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Paz y Ciencia

martes, 31 de enero de 2017

Es Lacan Estructuralista...



A finales los cincuenta, el foco de atención de Lacan deja de ser la palabra y pasa a ser el lenguaje. Hablar es un acto que implica al sujeto y a otro. El lenguaje, en cambio, es una estructura y como tal no supone un sujeto. El lenguaje no tiene nada de humano, si se lo ve como un sistema formal de diferencias y se lo distingue claramente de la palabra.
Lacan, no podría ser considerado un estructuralista. El estructuralismo apuntaba a prescindir del sujeto y de la noción de un agente subjetivo, poniendo en su lugar la autonomía de las estructuras lingüísticas. Como señaló Jacques-Alain Miller, aunque Lacan comparte esta concepción de la autonomía de lo simbólico, al mismo tiempo le preocupa seriamente dar cabida al sujeto. Ese es el problema: si el lenguaje es una estructura abstracta, ¿qué sujeto puede concebirse para él?
¿Cómo puede el ser humano encontrar una estructura que le es intrínsecamente ajena?
Lo que escribe es diferente de uno. Puede representarlo, pero debe enfrentar de que las palabras no van a ayudarle. No fueron creadas pensando en ti. (Las palabras me representan pero no están destinadas a mí).
Surge así una nueva teoría de la alienación en Lacan. Sus primeras obras situaban la alienación en el registro de la imagen, en tanto que ahora la alienación es situada en el registro del lenguaje. Si antes se veía en el habla un factor que le daba al sujeto cierta identidad, ahora se ve que la función del lenguaje es bloquear la identidad. Esta es la diferencia entre la concepción lacaniana en 1953 y en 1958: el sujeto ya no es reconocido sino abolido.
Pérdida y Lenguaje: Desde la infancia recurrimos al habla para expresar nuestras necesidades, pero tan pronto usamos las palabras a fin de expresar algo, ya estamos en otro registro. Si lo que queremos es agua, el solo hecho de pedirla modifica las cosas. (El agua importa menos que mi madre me la de o no... En otros términos cómo manifiesta amor la mama.
El objeto de la necesidad es pulverizado por la dimensión del lenguaje: ahora lo que importa no es el objeto (el agua) sino el signo de amor. Por lo tanto, el habla introduce una forma particular de pérdida en el mundo. Hablar es desvanecer el objeto, porque uno siempre le habla a alguien. El objeto de la necesidad queda eclipsado por la demanda.