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Paz y Ciencia

sábado, 28 de marzo de 2020

Cuentos del Tibet



Había un joven monje que queria conocer a Buda y ser discípulo suyo. Había escuchado que estaba predicando en un pueblo y se dirigia hacia allí. Por el camino se encontró a un anciano que acarreaba una gran carga de leña y decidió desviarse un poco para ayudarlo y acompañarlo a casa. Cuando al fin llegó al pueblo, Buda se habia marchado.
Preguntando de pueblo en pueblo averiguó a donde habia ido y se puso en marcha, pero por el camino encontró una mujer que habia caído al rio y se ahogaba. Se tiró a salvarla, encendió un fuego para calentarla y se quedó con ella hasta que se repuso. Cuando finalmente llegó al pueblo, Buda ya no estaba.
Pasaron muchos años y el monje nunca consiguió encontrar a Buda, siempre llegaba tarde. Un dia supo que se encontraba en el pueblo de al lado, pero que estaba muy enfermo y no viviría hasta el amanecer. Decidió que esta vez si conseguiria conocerlo, nada le podria detener.
Mientras cruzaba el bosque encontró un ciervo, herido por la flecha de un cazador. El monje dudó si debia seguir su camino, pero no podia abandonar al ciervo moribundo. Le curó sus heridas, lo tapó con su manta y lo cuidó toda la noche. Al amanecer, el monje se sintió triste y pensó “he perdido mi última oportunidad, nunca podré conocer a Buda porque ha muerto”. Entonces el ciervo se pusó de pie y le dijo:
-”Mientras quede en el mundo gente con tanta compasión como tu, Buda no morirá. No necesitabas conocerme porque siempre me llevaste en el corazón. “

Rodrigo Córdoba Sanz.
Psicólogo y Psicoterapeuta.
N° Col.: A-1324
Instagram: @psicoletrazaragoza
Página Web: www.rcordobasanz.es

jueves, 26 de marzo de 2020

La Ansiedad




La ansiedad es una vivencia de temor ante algo difuso, vago, inconcreto, que, a diferencia del miedo, tiene una referencia explícita. Comparte con el anterior la impresión interior de temor, de indefensión, de zozobra. Pero mientras en el miedo esto se produce por algo, en la angustia (o ansiedad) se produce por nada, se difuminan las referencias. De ahí que podamos decir, simplificando en exceso los conceptos, que el miedo es un temor con objeto, mientras que la ansiedad es un temor impreciso carente de objeto exterior. 

El temor indefinido se experimenta como anticipación de lo peor. Es decir, el futuro, cargado de malos presagios, se precipita sobre el presente provocando una anticipación temerosa llena de incertidumbres. Y así como en el miedo se utilizan medidas racionales para escapar, ya que existe una referencia externa, en la ansiedad no se puede seguir ese camino, ya que lo indefinido de su objeto pone esa nota etérea y desdibujada hacia la cual no puede uno dirigirse. Por eso, la ansiedad está dominada por la perplejidad. Hay mucho en ella de sorpresa.

De otra parte, el impacto de la ansiedad va a provocar una distorsión de toda la psicología del sujeto, la cual podría quedar expresada como una alteración en el sentido etimológico de la palabra: la de sentirse traído y llevado y tiranizado por lo otro, por ese temor extenso, confuso y farragoso.

La ansiedad es una manifestación esencialmente afectiva. Esto quiere decir que se trata de una vivencia, de un estado subjetivo o de una experiencia interior, que podemos calificar de emoción, con las características apuntadas para la misma. A esto se añade un estado de activación neurofisiológica (arousal en término anglosajón), que consiste en una puesta en marcha de los mecanismos que controlan la vigilancia. La consecuencia va a ser ese estado de alteración antes mencionado y que en términos de la psicología empírica denominamos hipervigilancia. La psicofisiología aquí seguida es similar a la del miedo, y no es otra cosa que una defensa organizada frente a estímulos que rompen el equilibrio fisiológico.

Al mismo tiempo, esta ansiedad es adaptativa, ya que ayuda a enfrentarse (si su intensidad no es excesiva) a ciertos requerimientos y exigencias concretos de la vida. Esto entra de lleno dentro del campo de la motivación. Ahora bien, la ansiedad libre y flotante del neurótico fásico es ya otra cosa y tiene otra lectura: no es adaptativa, antes al contrario, provoca respuestas de evitación e inhibición, manteniendo un estado de alerta de forma prolongada, sin que ya sea realmente necesario.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta. Nº Col.: A-1324
Tfno.: (+34) 653 379 269
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martes, 24 de marzo de 2020

El Espíritu Santo es la Energía del Amor y la Compasión




Para tener un buen Sangha (comunidad de monjes budistas), los miembros deben vivir de manera que les ayude a generar más entendimiento y amor. Si un Sangha tiene dificultades, la manera de transformarlo es transformándose uno mismo, regresar a la isla del sí-mismo y hacerse más comprensivo. Así seremos como la primera vela que alumbre a la segunda que a su vez alumbre tercera, cuarta y quinta. Pero si damos lo mejor de nosotros mismos para practicar de esta manera y el resto de la comunidad sigue sin tener, será necesario encontrar otro Sangha o incluso iniciar uno nuevo. De todas formas, no hay que darse por vencido con demasiada facilidad. Tal vez se trate de que no practiquemos con la suficiente intensidad como para transformarnos a nosotros mismos en una llama que alumbre a todas las demás velas. Cuando se tiene el convencimiento de que crear un nuevo Sangha es la única alternativa, entonces hay que seguir adelante y hacerlo. Cualquier Sangha es mejor que nada. Sin un Sangha nos perderemos.

Lo mismo es válido para la Iglesia. Si vemos que el Espíritu Santo no está presente en nuestra Iglesia, primero hay que hacer un esfuerzo para atraer al Espíritu Santo mediante la intensa vivencia de las enseñanzas de Jesús. Pero si no se consigue nada, si la práctica en la Iglesia no está de acuerdo con la vida y las enseñanzas de Jesús, entonces puede que deseemos unirnos a aquellos que comparten nuestras convicciones e iniciar una nueva Iglesia, donde podamos invitar a manifestarse al Espíritu Santo. Para ser de ayuda real a la Iglesia a la que se pertenece, en primer lugar se debe encender el propio fuego del entendimiento, el amor, la estabilidad y la calma. Entonces se estará en condiciones de inspirar a otros, tanto en un grupo existente como en uno de nueva creación. Por favor, no practiquemos el "imperialismo religioso". Aunque se disponga de un hermoso templo o iglesia con estupendas decoraciones y obras de arte, si en su interior no existe tolerancia, felicidad, comprensión o amor, entonces se trata de un falso Sangha, de una Iglesia falsa. Por favor, continuemos realizando un esfuerzo para mejorar.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta. Nº Col.: A-1324
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viernes, 20 de marzo de 2020

Thich Nhat Hanh nos habla de Cristo


Cuando Jesús dijo: "Yo soy el camino", quiso decir que para tener una auténtica relación con Dios debe seguirse su camino. En los Hechos de los Apóstoles, los primeros cristianos siempre hablan de su fe como "el Camino". Para mí, el "yo soy el camino" es una frase mejor que"yo conozco el camino". El camino no es una carretera asfaltada. Pero debemos distinguir entre el "yo" del que habla Jesús y el "yo" sobre el que generalmente piensa la gente. El "yo" en su frase es la vida misma, su vida, que es el camino. Si sólo nos autosatisfacemos adorando un nombre, incluso el nombre de Jesús, no practicamos la vida de Jesús. Debemos practicar viviendo profundamente, amando y actuando con caridad si queremos honrar a Jesús.
El camino es el mismo Jesús y no las ideas acerca de él. Una verdadera enseñanza no es estática, no son meras palabras sino la realidad de la vida. Muchos que ni tienen el camino ni la vida tratan de imponer a otros lo que ellos creen que es el camino. Pero éstas son sólo palabras sin relación con la vida real o con un camino real.

Rodrigo Córdoba Sanz.
Psicólogo y Psicoterapeuta.
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jueves, 19 de marzo de 2020

Karma




El «Karma» es a la vez acción y las consecuencias de la acción; es causa y efecto simultáneamente, pues toda acción engendra una fuerza de energía que vuelve a nosotros en igual cantidad. Esta Ley no tiene nada de insólito, todos hemos oído decir que «cosechamos lo que sembramos».
Los seres humanos somos, esencialmente, tomadores de decisiones infinitas.
En cada uno de los momentos de nuestra existencia tenemos acceso a una infinidad de posibilidades de decisión.
Algunas de estas decisiones las tomamos conscientemente, mientras que otras se toman inconscientemente. Pero la mejor manera de comprender y optimizar la aplicación de la Ley de la causalidad es volvernos conscientes de las decisiones que tomamos en cada momento.
La mayoría de nosotros, como consecuencia de los condicionamientos, tenemos respuestas repetitivas y previsibles ante los estímulos de nuestro entorno. Parece que nuestras reacciones son desencadenadas automáticamente por las personas y por las circunstancias, y nos olvidamos de que no dejan de ser decisiones que estamos tomando en cada momento de nuestra existencia. Sencillamente, estamos tomando estas decisiones inconscientemente.
Cuando tomamos una decisión, la que sea, podemos preguntarnos dos cosas, en primer lugar: «¿Cuáles son las consecuencias de esta decisión que estoy tomando?» en
Nuestro fuero interno sabremos cuáles son.
En segundo lugar: «Me aportará felicidad a mi y los que me rodean esta decisión que estoy tomando ahora?» Si la respuesta es afirmativa, entonces sigamos con la decisión. Si es negativa, entonces no tomemos la decisión. Es así de sencillo.
Entre el número infinito de posibilidades de decisión que tenemos ante nosotros a cada segundo, sólo hay una opción que nos generará felicidad a nosotros mismos y los que nos rodean. Y cuando elijamos esta opción su consecuencia será una forma de conducta que se llama «acción correcta espontánea», que es la acción correcta en el momento correcto. Es la respuesta correcta ante cada situación en el momento de producirse.

Lo importante es saber que las emociones aflictivas son nuestro peor enemigo y fuente de sufrimiento. En el momento en que éstas invaden nuestra mente, destruyen nuestra paz psíquica, a veces nuestra salud e incluso nuestras relaciones con los demás. Todas las acciones negativas, como matar, intimidar, engañar, etc., son producto de emociones aflictivas. Éstas son, por tanto, nuestro auténtico enemigo.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo 
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martes, 17 de marzo de 2020

Naturaleza Sufriente



Mientras hablaba el Dalai Lama, empecé a percatarme de que reflexionar sobre nuestra "naturaleza sufriente" podía ayudarnos a aceptar las inevitables penas de la vida, que podía ser incluso un método valioso para situar nuestros problemas cotidianos en la debida perspectiva. Empecé así a ver el sufrimiento dentro de un contexto más amplio, como parte de un camino espiritual más grande, sobre todo si se tiene en cuenta la doctrina budista, que reconoce la posibilidad de purificar la mente y, en último término, alcanzar un estado en el que no hay más sufrimiento. Pero, alejándome de estas grandiosas especulaciones filosóficas, sentí gran curiosidad por saber cómo afrontaba el Dalai Lama el sufrimiento, cómo abordaba la pérdida de un ser querido, por ejemplo.

La primera vez que visité Dharamsala, hace muchos años, pude conocer al hermano mayor del Dalai Lama, Lobsang Samden. Le llegué a tomar cariño y me entristeció mucho su muerte. Sabedor de que él y el Dalai Lama habían estado muy unidos, comenté:
- Imagino que la muerte de su hermano Lobsang debió de ser muy dura para usted...
- Sí.
- Me preguntaba cómo la afrontó.
- Naturalmente, me sentí muy triste al enterarme de su muerte -contestó con serenidad.
- ¿Y cómo asumió ese sentimiento de tristeza? ¿Hubo algo en particular que le ayudara a superarlo?
- No lo sé -contestó, pensativo-. Experimenté ese sentimiento de tristeza durante algunas semanas, pero luego, gradualmente, fue desapareciendo. Había, sin embargo, un sentimiento de pesar.
- ¿De pesar?
- Sí. Yo no estaba presente cuando murió y creo que si hubiera estado allí, quizá podría haber hecho algo para ayudar. De ahí procede ese sentimiento de pesar.

Mientras veamos el sufrimiento como un estado anormal que tememos y rechazamos, nunca lograremos desarraigar sus causas y llevar una vida feliz.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta. Nº Col.: A-1324
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El Sufrimiento según el Dalai Lama



Al hablar de la naturaleza insatisfactoria de la existencia, hay que comprender que lo hago en el camino budista general. Estas reflexiones tienen que comprenderse en su verdadero contexto; si no se hace, estoy de acuerdo en que puede ser interpretado erróneamente y considerado bastante pesimista y negativo. En consecuencia, es importante comprender la postura budista respecto al sufrimiento. Lo primero que Buda enseñó fue el principio de las cuatro nobles verdades, la primera de las cuales es la verdad del sufrimiento. Y aquí se hace hincapié en la toma de conciencia de la naturaleza humana.

Lo que hay que tener en cuenta es que la importancia de la reflexión sobre el sufrimiento deriva de la posibilidad e abandonarlo, porque hay otra opción. Existe la posibilidad de liberarnos de él. Según el pensamiento budista, las causas profundas del sufrimiento son la ignorancia, el anhelo y el odio, a las que llama "los tres venenos de la mente". Estos términos tienen connotaciones específicas utilizados en un contexto budista. "Ignorancia", por ejemplo, no se refiere a falta de información, sino más bien a una falsa percepción de la verdadera naturaleza del ser y de todos los fenómenos. Al generar una percepción de la verdadera naturaleza de la realidad y eliminar los estados negativos de la mente como el anhelo y el odio, se puede alcanzar un estado completamente purificado de la mente, libre del sufrimiento. En un contexto budista, al reflexionar sobre el hecho de que el sufrimiento caracteriza la existencia cotidiana, nos estimulamos a realizar prácticas que eliminarán sus causas profundas. De otro modo, hubiera esperanza o posibilidad de liberarnos del sufrimiento, la simple reflexión sobre el mismo sería enfermiza y, por tanto, bastante negativa.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta. Nº Col.: A-1324
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