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Paz y Ciencia

domingo, 20 de septiembre de 2020

Byung-Chul Han y su jardín

 


Byung-Chul Han.

"Desde que trabajo en el jardín percibo el tiempo de manera distinta. Transcurre mucho más lentamente. Se dilata. Me parece que falta casi una eternidad hasta que llegue la próxima primavera. La próxima hojarasca otoñal se distancia hasta una lejanía inconcebible. Incluso el verano me parece infinitamente lejano. El invierno se me hace ya eterno. El trabajo en el jardín invernal lo prolonga. Jamás me resultó tan largo el invierno como en mi primer año de jardinero. Sufrí mucho a causa del frío y la helada persistente, pero no por mí, sino sobre todo por las flores de invierno, que mantenían su floración incluso con la nieve y en plena helada persistente. Mi mayor preocupación eran las flores, y por eso les brindaba mi asistencia. El jardín me aleja un paso más de mi ego. No tengo hijos, pero con el jardín voy aprendiendo lentamente qué significa brindar asistencia, preocuparse por otros. El jardín se ha convertido en un lugar del amor."

Francesc Torralba: Vivir en lo esencial. Ideas y preguntas después de la pandemia

 

El filósofo Francesc Torralba acaba de publicar Vivir en lo esencial. Ideas y preguntas después de la pandemia (Plataforma Editorial) –cuyos derechos de autor van destinados a Aldeas Infantiles SOS– en el que sostiene que la crisis global causada por la pandemia de la COVID-19 nos ha permitido redescubrir valores que serán indispensables para afrontar el tsunami social y económico que ha comenzado a golpear nuestras vidas.

Pero, a través de las páginas de su nuevo libro, Torralba nos invita también a imaginar cómo estos nuevos valores que han emergido pueden servir para configurar un mundo distinto, un mundo mejor para las próximas generaciones. Un mundo basado en lo esencial.

–¿Y qué es lo esencial en la vida?
–Lo que nos sustenta, lo que da sentido a nuestra existencia, lo que queda cuando todo lo que creíamos básico se ha volatilizado. La crisis depura, permite entrever lo sustantivo. Caen los dioses, caen las seguridades, se deshacen ciertas creencias.

–¿Qué hemos aprendido?
–El valor de la humildad. Nuestra pequeñez. Hemos constatado que no somos autosuficientes, ni tenemos la realidad bajo control. Eso exige cooperación, prudencia, dosis de templanza y de perseverancia. Hemos aprendido que solos no podemos salir de la crisis. Necesitamos comunidades solidarias, sentido de la interdependencia y cambiar nuestro paradigma vital.

Qué ha impulsado más este resurgir: ¿la incertidumbre, el habernos dado cuenta la volatibilidad del mundo o de nuestra vulnerabilidad…?
–La incertidumbre es un rasgo fundamental de nuestro tiempo. No sabemos qué significa ni remotamente esto que llamamos nueva normalidad. Hay miedo, temor y temblor. Es fácil caer en la desesperación y en el nihilismo. Lo difícil es imaginar escenarios nuevos. La crisis ha acelerado la transición digital y ello tiene pros y contras, pero también ha acelerado la transición ecológica. Eso puede inaugurar un nuevo modo de producir, de consumir, de relacionarnos.

–Usted habla de que se han manifestado tres tipos de actitud ante esta crisis. ¿Qué las diferencia?
–La primera actitud es ignorarla. La segunda actitud es sucumbir al fatalismo, a la desesperación. La tercera actitud es interpretarla como una oportunidad, una ocasión para discernir cómo debe ser el futuro, qué aprendizajes hemos hecho, qué nueva forma de vida se tiene que generar.

Esta actitud es la más difícil, porque exige desasirse del pasado, ser dúctil y tener la flexibilidad de cambiar rutinas y protocolos establecidos.

–¿De qué hemos podido disfrutar durante estas vidas confinadas?
–La desaceleración nos ha permitido reencontrarnos. Hemos gozado de silencio, del hogar, de las personas más cercanas. Hemos redescubierto a nuestros hijos y desarrollado soluciones creativas a las contrariedades. La crisis es una ocasión para estimular la imaginación, la creatividad, porque los procesos habituales no pueden desarrollarse.

¿Nos habíamos olvidado de los cuidados, de los más vulnerables…?
–El cuidado, como valor, ha emergido con gran fuerza. Nos hemos dado cuenta de que tenemos que cuidar de las personas más vulnerables y cuidar del entorno. Dado que somos tan vulnerables, el cuidado no es un lujo, ni una anécdota, sino que es fundamental para seguir siendo, para poder desarrollar nuestros proyectos de vida.

–Pero ¿han llegado para quedarse estos valores o los olvidaremos al mismo ritmo que los hemos recordado?
Es difícil saberlo. No sabemos qué densidad tendrá en el futuro este sedimento moral que ha emergido de la sociedad. Para suscitarse un cambio de paradigma, es preciso tocar fondo, darse cuenta de que no hay vuelta atrás. Algunos se agarran al pasado nostálgicamente. Otros, los emprendedores, abren nuevas rutas, desarrollan nuevos proyectos. El tiempo permitirá verificar si esta transformación axiológica será longeva o se volatilizará.

–¿Cómo podría ser el futuro tras todas las lecciones aprendidas?
Muy distinto. Podría salir fortalecido el sistema de salud, mejorar significativamente el sistema educativo y social. Podría emerger una sociedad cuidadora, centrada en los más vulnerables y atenta a los ecosistemas.

–La forma en la que producimos y consumimos… ¿podría llegar a cambiar? Parecía un reto imposible hace tan solo unos meses.
–El hiperconsumismo es destructivo. El individualismo es un insulto a la inteligencia. Debemos virar hacia una sociedad centrada en el consumo responsable o consciente. La sobriedad tiene que emerger como valor porque el sistema de vida hiperconsumista es, simplemente, insostenible desde un punto de vista global. Producir menos, consumir menos, descubrir valores postmaterialistas son pasos imprescindibles para el futuro.

¿Se podría decir que la pandemia nos ha llevado de lo complicado a lo simple de nuevo?
–En efecto, permite esta transición. Vivir con menos, para vivir de un modo más sostenible. Vivir con menos, para que todos puedan vivir dignamente.

–En su nuevo libro dice que el talento compartido es imprescindible para poder salir del atolladero. ¿Por qué?
–La salida a problemas complejos requiere de órganos de deliberación, de comunidades adultas que dialogan, se escuchan y llegan a consensos. No hay respuestas fáciles a problemas complejos. Necesitamos liderazgos corresponsables, coliderazgos, la puesta en práctica de la inteligencia social. No podemos caer en la ingenuidad de aceptar soluciones neopopulistas y neomesiánicas a problemas complejos.

–¿Qué otras preguntas deberíamos hacernos después de la pandemia?
–¿Cómo consolar a quienes han perdido a un ser amado? ¿Cómo pacificar emociones tan tóxicas como la culpa, la rabia, la indignación? ¿Cómo evitar el estallido de una crisis humanitaria? ¿Cómo articular una gobernanza mundial? ¿Cómo transmigrar de la conciencia individual a la conciencia global? ¿Cómo crear un relato de esperanza


miércoles, 16 de septiembre de 2020

Epícteto: Manual de Vida

 


Es dueño de cada uno el que tiene potestad sobre lo que él quiere o no quiere para conseguírselo o quitárselo. Así que el que pretenda ser libre que ni quiera ni rehúya nada de lo que depende de otros. Si no, por fuerza será esclavo.

Se dice que el amo de Epicteto, Epafrodites (que llegó a ser el secretario de Nerón), era tan cruel que le provocó cojera crónica a su esclavo. Epicteto, sereno, le decía mientras le torturaba la pierna: "me la vas a romper". Finalmente, el día que se rompió, Epicteto le dijo sonriendo: "¿ves como me la ibas a romper?".

Para Epicteto, el filósofo era quien practicaba sus principios en su vida cotidiana. La teoría no bastaba. La mayoría de las escuelas filosóficas de la Antigüedad (epicúreos, cínicos, académicos, estoicos, megáricos, entre otros) se preocuparon por la felicidad humana. Por eso fueron también estilos de vida.

Epicteto no escribió una sola línea. Le concedieron la libertad antes del 93 d.C. y fundó su escuela en Nicópolis. Allí fueron ciudadanos destacados de Grecia y Roma para seguir sus enseñanzas. Lo que sabemos de su filosofía deriva de las anotaciones de uno de sus alumnos, Arriano de Nicomedia: el Enchiridion y las Disertaciones con Arriano.

Las ideas de Epicteto hay que tomarlas como el entreno de un atleta. Cuanto más te ejercites en ellas, más podrían cambiarte la vida y mejorar tu salud.

1. Lo que depende de nosotros

Las ideas que manejamos (opiniones, deseos, rechazos) dependen de nosotros. Podemos elegirlas y son los bienes verdaderos. Por contra, la riqueza, la salud o el éxito, no dependen de nosotros y son bienes aparentes o indiferentes. Para Epicteto, la mayoría se encadena a objetos externos que no pueden controlar y "nos vemos oprimidos y arrastrados por ellos".

"No nos afecta lo que nos sucede, sino lo que pensamos sobre lo que nos sucede". Es la idea clave de Epicteto para la salud emocional moderna. Nuestro sufrimiento depende de las ideas que manejamos. La psicología cognitiva defiende que entre un insulto y nuestro enfado no hay una relación directa. Hay un puente entre los dos hechos: el pensamiento. Por eso a Juan le puede enfadar que Pepe le insulte, pero a Edu le será indiferente.

Para Epicteto, el "albedrío" es nuestra capacidad de elegir en cada momento qué y cómo pensamos: la libertad pura. Nadie puede quitarte el razonamiento, ni siquiera los dioses. Si te conoces, serás feliz.


2. La queja es inútil

El mundo estoico es determinista. La Física estoica defiende que todo es consecuencia de un movimiento anterior. El hombre que se queja de sus circunstancias no ha comprendido el mundo (que han dispuesto los dioses y está escrito) ni su propia naturaleza. Solo podemos cambiar nuestras ideas. El sabio conoce esa verdad y le corresponde adaptarse lo mejor que sepa a las circunstancias.

Es lo que se ha llamado la "ataraxía estoica": ser imperturbable. Por eso Epicteto sonreía cuando su amo le dejó cojo. La enfermedad, la fortuna, la muerte o el éxito son indiferentes para el sabio. La ataraxía deriva del control de sus propias opiniones. El mundo, como para los budistas, es mental. Por eso es el mejor mundo posible.

Según cuenta el psicólogo Rafael Santandreu en El arte de no amargarse la vida Stephen Hawking, un científico brillante con una enfermedad degenerativa al que tienen que alimentar y limpiar a diario, dijo algo parecido en una entrevista para La Vanguardia: que un buen día decidió no quejarse y la vida le va mejor desde entonces.


3. La vida es un banquete

Epicteto compara su vida con un banquete. Él no dispone las mesas, ni cocina la carne, ni elige con quién se sienta. Pero elige cómo comportarse.

"Llega a ti algo que va pasando, extiende la mano y sírvete moderadamente. Pasa de largo: no lo retengas. Aún no viene: no exhibas tu deseo y espera que llegue".

La metáfora la extiende a su vida familiar, a sus cargos públicos, a su riqueza. A Epicteto le basta con admirar el banquete y dar unos bocados. La vida es, en cualquier caso, un regalo inesperado.


4. No hay nada que perder

La filosofía estoica está llena de consuelos. Para Epicteto, el hombre se ha de comportar en la vida como el viajero. El viajero siempre está de paso: solo lleva lo que necesita y no le pertenecen las posadas donde duerme.

"La paz interior comienza cuando dejamos de decir 'lo he perdido' y en su lugar decimos 'ha regresado al lugar de donde vino'", sugiere el filósofo. Es una idea alentadora que promueve el desapego. ¿Qué harías si perdieras tu móvil? Podrías entrenarte y pensar que ha vuelto al lugar de donde vino.

5. Los problemas de los demás son contagiosos

Pon que un amigo te cuenta que su jefe le ha humillado en público y tú le demuestras con rabia que estás con él para apoyarle contra una injusticia como esa. Para Epicteto, esa actitud no demuestra amistad ni empatía. Además, te perjudica.

Epicteto propone recordarle a tu amigo que sufre por lo que opina sobre la humillación (que es injusta), no por la humillación en sí. El estoico avisa: solo puedes controlar tus propias opiniones, pero es imposible controlar las de los demás. Si no proteges tus pensamientos, te contagiarán.


6. Nadie obra mal a sabiendas

Es, quizás, la idea más optimista de los estoicos y deriva de su Física. Para los estoicos y para el filósofo contemporáneo Emilio Lledó, la maldad es fruto de la ignorancia.

Para Epicteto, la bondad humana va unida al conocimiento. Si el hombre tiende a saber por naturaleza (igual que "el caballo tiende a correr y el perro a olfatear"), el hombre tiende a la bondad.

La tarea del filósofo es enseñar a los hombres el uso correcto de las propias ideas. Encauzar la bondad de los hombres.

Si tienes problemas para perdonar a alguien, recuerda que para los estoicos esa persona actuó por ignorancia, no por maldad. "Si te ocupas de la razón", dice Epicteto, "no tropezarás con trabas, ni te angustiarás, ni harás reproches, ni adularás a nadie".

Todo, absolutamente, depende de ti. Incluso tu felicidad.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Clínico

Zaragoza. Gran Vía 32, 3° izquierda

Teléfono: 653 379 269

Instagram: @psicoletrazaragoza

lunes, 14 de septiembre de 2020

Carlos Castilla del Pino

 


Creo que todos sentimos algún tipo de admiración por algunas personas que hemos conocido, sea por experiencia directa o de manera indirecta. Y no me estoy refiriendo a la admiración que se experimenta por gente muy famosa que ha alcanzado la gloria o el reconocimiento social; aunque también puede suceder que, en algunos casos, se rinda tributo emocional hacia personajes cuyos nombres han quedado registrados para siempre en la historia, puesto que los recordamos como modelos a imitar.

En mi caso personal, siento gran admiración por un psiquiatra al que he aludido en algún artículo anterior, no solo por la brillantez de sus estudios sobre la mente humana, que dejó impresos en sus numerosas publicaciones, sino por la franqueza con la que abordó el recuerdo de su vida y que dejó plasmado en dos extraordinarios libros de memorias –Pretérito imperfecto Casa del olivo- que son un ejemplo de sinceridad y de extraordinaria literatura.

Y al decir ejemplo de sinceridad, me estoy refiriendo a que la vida de Castilla del Pino estuvo cruzada de duras tragedias familiares que no oculta y que explica cómo tuvo que afrontarlas para poder seguir adelante, pues un psiquiatra también es una persona como cualquier otra que puede verse enfrentada a fuertes penalidades.

El hacer un breve semblante de su figura, y de otras que irán apareciendo en Azagala digital, se debe a que el estudio de las emociones y sentimientos de los escolares que llevo a cabo a través de sus dibujos, y que son la base de los que tenemos ya de adultos, nos da una visión más completa de lo que expongo en los primeros años de la vida.

Tengo que apuntar que Carlos Castilla del Pino nació en la localidad gaditana de San Roque en 1922. Una vez que terminó sus estudios de Medicina se instala en Córdoba en 1949, donde vivió y ejerció su profesión de psiquiatra a lo largo de su vida, dejando un amplio número de discípulos que se formaron con él y continuaron su labor en el campo de esta disciplina.

Sin lugar a dudas, fue de los grandes psiquiatras con los que ha contado nuestro país, pero su actividad profesional y su obra escrita no se circunscriben exclusivamente al ámbito de la medicina, sino que en su extensa producción también encontramos ensayos y novelas por lo que su trabajo fue ampliamente reconocido, no solo en vida, ya que fue miembro de la Real Academia de la Lengua Española, sino que, una vez fallecido en 2009, la ciudad de Córdoba puso un nuevo centro de salud a su nombre y creó una fundación para que se pudiera conocer y estudiar su obra.

Como homenaje a su memoria, no citaré ninguna obra de su extensa producción profesional, sino que voy a acudir a un libro de pensamientos que lo he tenido como libro de cabecera durante bastantes años. Se trata del que lleva por título Aflorismos. Pensamientos póstumos, que vio la luz una vez fallecido (entendiendo por aflorismo como palabra derivada de ‘florecer’).

Se trata de un libro construido a partir de breves frases, o aforismos, que el autor iba escribiendo en cualquier lugar cuando se encontraba solo y que eran reflexiones sobre la vida, la sociedad, la naturaleza, el sentido de nuestra existencia, los sentimientos, las pasiones, etc., que anidan en todo ser humano.

Son frases sencillas de leer, pero que reflejan la profundidad de pensamiento de alguien que sabiendo que su vida caminaba hacia el final reflexiona como lo hacían los antiguos filósofos griegos: con total libertad, con sinceridad, sin condicionamientos ni cortapisas. Y como homenaje a este gran maestro, cargado de sabiduría, creo que lo mejor que puedo hacer es realizar una breve selección de esos aforismos, que numeraré, comentando sus significados y haciendo una escueta interpretación por mi parte.

  1. La felicidad –ya me entienden- no se la encuentra; se construye”.

Con esta breve reflexión se inicia el recorrido de 844 aforismos a lo largo del libro, hablándonos de algo tan deseado y difícil de lograr como es la felicidad. Personalmente coincido con la frase, puesto que, efectivamente, ser feliz o, de un modo más cercano, ser dichoso, no es algo que nos venga dado desde fuera, sino que los trozos de felicidad que podemos lograr en nuestra existencia es el resultado de un arduo trabajo. Solamente los niños pequeños son receptores de felicidad por parte de sus padres y de su familia; pero en el momento de crecer, todos tenemos que esforzarnos para recoger algunos frutos de dicha que la existencia nos puede proporcionar.

  1. No hay pecados. Si los hubiera se resumirían en uno: la mentira. Adán –el primero- mintió a Dios al desobedecerle”.
  2. Callar, pero no mentir”.
  3. No ir de sincero; ser simplemente veraz”.

Castilla del Pino, en concordancia con sus convicciones, tiene un pensamiento humanista y laico. Él no cree en el pecado; en cambio, sí en la culpa que se puede derivar de nuestras acciones y de nuestra responsabilidad con los demás. No es de extrañar, pues, que uno de sus libros lleva precisamente por título La culpa, en el que hace un recorrido por el sentimiento que acompaña al sujeto cuando lleva a cabo de modo consciente una acción que supone un quebranto de la norma o de los principios morales que todo ser humano, de un modo u otro, posee.

Y dentro del quebranto de los principios morales, Castilla del Pino sitúa a la mentira como la base de toda deshonestidad, pues sus diferentes modalidades –engaño, ocultamiento, tergiversación, difamación, calumnia, etc.- se encuentran en cualquier forma de corrupción individual o social, con los consiguientes daños hacia terceros.

  1. ¿La vida? Una de dos: o nos la hacemos o nos la hacen”.
  2. Vivir es una cosa: más o menos vegetar. Estar vivo es participar”.
  3. No hay que vivir con miedoPero eso no quiere decir que haya que hacerse el valiente”.

Todos tenemos un concepto, más o menos elaborado, más o menos claro, de lo que es la vida. Todos tenemos que enfrentarnos a nuestra propia vida y construir nuestro propio destino: no cabe otra alternativa. Bien es cierto que contamos con muchas limitaciones, ya que no podemos traspasar las fronteras que la propia naturaleza nos ha puesto; pero, como se dice en el aforismo número 5, tenemos la opción de edificar nuestra propia casa, con todas sus virtudes y defectos, puesto que, si no lo hacemos, al final nos encontraremos que lo que hemos logrado es una especie de chabola con los materiales que otros nos han proporcionado.

  1. La compasión no mejora el mundo. La solidaridad, sí”.
  2. La verdadera piedad entrañaría complicidad con el sufrimiento”.
  3. La piedad, en lo íntimo, enriquece; exteriorizada, es una obscenidad”.

Compasión, solidaridad, piedad: tres palabras que forman parte del lenguaje común que, ocasionalmente, pueden confundirse entre sí.

Como podemos comprobar, Castilla del Pino defiende el término de piedad como valor humano; sin embargo, no se muestra favorable con el de compasión, quizás porque en muchas ocasiones las personas insolidarias y que no tienen sentimientos de piedad se justifican con un acto puntual (limosna o donativo) pensando que con ello se resuelven los problemas que acucian a un mundo profundamente injusto. Sin embargo, considero que se distancia de la compasión, que proviene de “padecer con”, por lo que, en su sentido más profundo, la compasión y la piedad básicamente coinciden como valores humanos necesarios.

  1. Se confunde al cobarde con el bueno. ¡Qué bueno es! Hasta deja que los demás hagan el mal”.
  2. El mundo no es tan estúpido como para tolerar que solo triunfen los malvados”.

Magnífico el número 12 de estos aforismos. Cuántas veces escuchamos decir de alguien que es “una buena persona”, cuando lo que se está queriendo manifestar que no quiere comprometerse, que no quiere líos, que esconde la cabeza cuando tiene enfrente un claro ejemplo de injusticia, pero mira para otro lado porque a él o a ella no le afecta directamente. Esto me recuerda a una frase del filósofo Javier Sádaba cuando apuntaba, metafóricamente, que “hay gente que solo protesta cuando cae la bomba al lado de su casa”.

Con mucha frecuencia se confunden triunfo y verdad; poder y legitimidad; dominio y principios. El que se cuente con muchos votos o muchos seguidores no equivale a estar en posesión de la verdad y, menos aún, en ser una persona decente. La maldad humana habitualmente se esconde en la prepotencia; pero, como dice nuestro autor (con otras palabras), también la infamia acaba siendo derrotada por la razón.

  1. La vejez comienza cuando no hay proyecto”.
  2. Envejecer tiene su ventaja: muchas cosas se ven como banales, como lo son en realidad, y se adquiere una ligereza que antes no se poseía”.
  3. No hay muerte si no hay olvido”.

Estos aforismos, tal como he apuntado anteriormente, están escritos cuando su autor entraba en sus últimos años de existencia: tiempo de reflexión, tiempo de sabiduría, tiempo, como él mismo apunta, en el que las cosas adquieren otros matices que no se percibían con anterioridad. Y para comprenderlos, paradójicamente, hay que llegar a ese período en el que no queremos penetrar, pero que nos espera como ciclo último de nuestra existencia.

Y es que, una vez que se ha transitado por la vida, dejamos en los demás como herencia nuestro recuerdo. Y ese recuerdo resulta ser inapelable, no es posible cambiarlo, por lo que conviene que, al menos, en aquellos a los que amamos se deposite lo mejor que hayamos podido ofrecerles como último legado. De este modo, seguiremos vivos en sus memorias y ellos sentirán de algún modo las huellas que hemos marcado en nuestro peregrinaje por la vida.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Clínico.

Psicoterapeuta. Zaragoza.

Teléfono: +34 653 379 269

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domingo, 13 de septiembre de 2020

Dos gigantes intelectuales

 


El bosque de Vincennes estaba lleno de hojas secas. Había que atravesar sus caminos aquel frío invierno de 1975 para llegar a la Universidad, un moderno edificio de ladrillo oculto por los árboles.

Todavía recuerdo el olor a pachulí del vestíbulo y los pasillos con tenderetes que daban a la Universidad un aire de zoco. La Facultad de Filosofía estaba en el primer piso y allí impartían clase François Chatelet, Alain Badiou, François Lyotard y Gilles Deleuze.

Se me ha quedado grabada también la imagen de Nicos Poulantzas, que daba su curso un piso más abajo, fumando en un pasillo y hablando expresivamente con sus estudiantes. Se suicidó en 1979 al tirarse al vacío desde el último piso de la torre de Montparnasse, abrazado a sus libros. Era una persona afable y simpática.

Fui alumno de todos ellos, pero recuerdo especiamente el curso cuatrimestral de Deleuze sobre el sentido. El aula era grande y destartalada, apenas había sillas y el filósofo se sentaba en una gran mesa, muy cerca de los alumnos. Llegaba a clase con una gabardina y un sombrero de fieltro verde. Esperaba a que se hiciese el silencio y se ponía a hablar con su voz bien timbrada y algo nasal, sin perder su discurso durante casi hora y media.

Deleuze era un personaje socrático que enseñaba mientras pensaba. Hacía preguntas a los alumnos y acostumbraba a refutar sus propios enunciados para luego introducir nuevos argumentos que iluminaban su pensamiento. Era un intelectual que no solamente había profundizado en los clásicos como Platón, Spinoza, Kant, Heidegger y Nietzsche sino que además tenía una sólida formación matemática y científica, que le permitía recurrir a la física para trazar un símil con una idea filosófica.


Recuerdo también que era muy aficionado al cine. Un tarde estuvimos paseando por el bosque mientras él hablaba de 'Ma nuit chez Maud', la película de Eric Rohmer. Deleuze aprovechó la ocasión para reflexionar sobre el tiempo y la noción kantiana de forma a priori.

Todo esto me ha venido a la cabeza al leer el libro 'Michel Foucault y el poder (viajes iniciáticos I)', publicado por Errata Naturae, en el que se recoge un seminario dictado por Gilles Deleuze en Vincennes en el curso 1985-86. El texto es una reflexión sobre la filosofía de Foucault y un homenaje a su amigo, al que conoció en 1952 cuando era profesor de instituto.

Deleuze y Foucault, a pesar de sus polémicas y sus distanciamientos, mantuvieron siempre una admiración mutua. Ambos fueron los promotores de París VIII, la Universidad de Vincennes, fundada en 1968. Como yo pude comprobar durante mi estancia, no había exámenes ni controles académicos, por lo que sus diplomas no eran reconocidos por nadie. Pero eso no le importaba a ninguno de sus entusiastas profesores, entre los que también figuraba la hija de Lacan.

Se decía entonces que unos alumnos bromistas habían matriculado a un caballo y le habían entregado su título con un poco de alfalfa en el patio de Vincennes. Pero seguramente era sólo una leyenda.

La enseñanza en aquel edificio -que, a pesar de su corta vida, se caía a pedazos- era un ejercicio de libertad e inteligencia para el que tuviera el más mínimo interés en implicarse en su impresionante oferta.

Gilles Deleuze impartió apasionantes cursos en Vicennes, donde pasó sus mejores años hasta que decidió quitarse la vida en 1995, debido a sus problemas respiratorios. Pero probablemente ninguno tiene tanto interés como éste sobre la noción de poder en Foucault, en el que entabla un lúcido diálogo con su amigo.

Foucault no quiso definir el poder expresamente en sus obras, pese a que indudablemente es el objeto de la mayoría de sus indagaciones. Y ello porque era consciente de su naturaleza sutil y huidiza -singular dice Deleuze- que impide atraparlo con la Razón universal.

El poder es como una red capilar que atraviesa toda la sociedad y la impregna de forma inconsciente a través de los valores y las instituciones, que siempre expresan relaciones de dominación. Foucault analiza esa penetración del poder en la cárcel, en el manicomio, en la sexualidad y en las escuelas.

Retomando la concepción de su amigo, Deleuze sostiene que el poder es una relación que se propaga como las ondas. Y que hay que analizarlo desde el punto de vista de una micropolítica del deseo, ya que al final se encarna en un conjunto de singularidades individuales.

La noción de poder está indisolublemente ligada a la de saber, por lo que la tarea del filósofo sería desentrañar los mecanismos de perpetuación de la ideología dominante a través del lenguaje y de la educación.

Pero es mejor leer a Deleuze en sus propios términos que intentar desentrañarlo. Era un hombre de extrema curiosidad intelectual, que vivía rodeado de libros y odiaba viajar fuera de París y salir de su apartamento en la avenida Niel. Por el contrario, Foucault era un personaje abierto, que no desdeñaba la oportunida de recorrer el mundo ni de buscar nuevas experiencias personales.

Ambos fueron dos 'maître penseurs', dos gigantes intelectuales cuyas órbitas se cruzaron para iluminar un nuevo rostro de la realidad. Los dos han muerto hace tiempo, pero nos quedan sus libros.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Clínico

Teléfono: 653 379 269 Psicoterapeuta

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Gilles Deleuze y Michel Foucault

 


Claire Parnet realiza en 1986 una entrevista a Gilles Deleuze sobre Michel Foucault, a poco tiempo de su muerte.
 Lo primero que señala Deleuze es que no pretende hacer la típica apología de glorificación del fallecido. Quiere trazar un retrato personal de Michel Foucault. El retrato de alguien no puede hacerse antes de su muerte, ya que es en este momento donde acaba la experiencia de un sujeto, es cuando podemos decir : "es él". 
 Foucault, nos dice Deleuze, era un hombre apasionado, un guerrero ( como señaló su amigo Paul Veyne). Pensar era para él una  aventura peligrosa, una línea en la que uno se implica y que bordea la locura. La locura está presente en toda la obra de Foucault. Su filosofía procede por crisis "porque cuando parece haber llegado a un puerto se encuentra otra vez en alta mar" ( Deleuze retoma aquí la bella metáfora de Leibnitz). La teoría de los enunciados de Foucault entra en crisis a partir de mayo del 68, época intensa y de júbilo que le lleva del análisis del saber al del poder. Dicho de otra manera, sería pasar del análisis de las formas a las relaciones de fuerza que subyacen en las formas. Esto durará hasta el primer libro de su historia de la sexualidad, "La voluntad de saber." Esto le produce otra crisis, pero esta vez más triste y secreta, que es la que aparece cuando uno se encuentra, o cree encontrarse, en un callejón sin salida. Coincide con el fracaso del movimiento carcelario, el derrumbe de las esperanzas más recientes ( Irán, Polonia...), la asfixia de la vida intelectual francesa, un impasse vital...
 Su historia de la sexualidad le desplazó a otra época, una época de larga duración ( la de los griegos), mientras lo que había tratado hasta entonces eran períodos de corta duración ( S. XVII-XIX) para tratar los modos de subjetivación.  Pero Michel Foucault nos propone una ontología de la actualidad y, por tanto, los períodos históricos tratados siempre estaban en relación con el presente. Esto no lo decía en sus libros, lo decía en sus entrevistas, que eran una parte de su obra. Los períodos históricos interesaban en la medida en que señalan el lugar de partida para llegar al punto donde estamos. Pensar ( en el sentido filosófico) es siempre experimentar, es hablar de lo que se está formando. Foucault es un filósofo, no un historiador, porque no interpreta lo que ha pasado, lo que hace es pensar lo que está pasando. La subjetivación significa para Foucault la búsqueda de otra forma de vivir. Siempre lo ha planteado pero en este momento lo hace de una manera serena, mucho más tranquila que en momentos existenciales anteriores. Era para él una exigencia práctica. 
 La pregunta que se le planteaba era : ¿ no hay nada más allá de las relaciones de poder ?Necesitaba entender los puntos de resistencia que podía generar estas relaciones de poder. La línea le conducía Afuera. Había que franquearla y convertirla en un arte de vida. Esto es lo que llama proceso de subjetivación. Se trata de curvar líneas, plegarlas sobre uno mismo, conseguir que la fuerza se autoafecte. Foucault siempre hablaba del dominio de uno mismo, de la producción de uno mismo. Son los griegos inventan la subjetivación, el conocimiento y la relación con un mismo. La subjetivación es ética y estética, tiene que ver con el conocimiento y el trabajo sobre uno mismo. No tiene que ver con la moral, que se mueven en la esfera del saber y del poder.

 Deleuze plantea en esta entrevista las grandes semejanzas entre Nietzsche y Foucault.
 Primera : la concepción de fuerza. El poder como relaciones de fuerza.
 Segunda : la relación de las fuerzas con la forma. Toda forma es un conjunto de fuerzas.
 Tercera : los procesos de subjetivación, entendida no como creación de sujetos sino como modos de existencia. 
 Foucault, como Nietzsche, fue un creador, que transforman lo que reciben para producir algo nuevo.
 Es relevante que en esta entrevista Deleuze mencione una conversación con Werner Schroeter en la que Foucault habla del suicidio cuando dice que la subjetivación puede conducir a la muerte y el suicidio se convierte en un arte que puede ocupar la vida entera. Justo Yukio Mishima, nacido el mismo año que Deleuze y uno antes que Foucault, morirá en un acto suicida al que le dará máxima publicidad y al que le dará este significado. Deleuze se suicidará a los 70 años, en 1995, lanzándose al vacío como un pájaro. Padecía una grave enfermedad respiratoria. Quizás las muertes de Foucault y Deleuze puedan considerarse trágicas pero nunca dramáticas. Siempre rechazaron una concepción dramática de la vida y quizás la entendieron, como Nietzsche, en un sentido trágico. La tragedia de su finitud, de la muerte como horizonte. Foucault murió joven, a los 56 años, víctima del SIDA. Deleuze de un acto suicida. Nietzsche murió también a los 56 años, después de un deterioro de diez años. ¿ Muertes trágicas ? ¿ muertes violentas ? Quizás es la muerte la que es siempre un final trágico y violento. 

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo.
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miércoles, 9 de septiembre de 2020

Iván Krastev: COVID y Filosofía

 


Ivan Krastev: “Los europeos tenemos que protegernos de Estados Unidos y China”

Es considerado uno de los pensadores más interesantes y originales de Europa. Filósofo y politólogo, investigador en el Instituto de Ciencias Humanas de Viena, acaba de publicar uno de los primeros análisis sobre las consecuencias políticas y sociales de la pandemia.

Ivan Krastev, nacido en 1965, es un filósofo y politólogo búlgaro que investiga en el Instituto de Ciencias Humanas de Viena. Está considerado uno de los pensadores más originales de Europa. Tras sus libros Europa después de Europa y La luz que se apaga, sobre la confusión política y de ideales en el mundo occidental, publica ahora, pasado el cierre total en el continente, uno de los primeros análisis políticos sobre este estado de excepción que hemos vivido: ¿Ya es mañana? Cómo la pandemia cambiará el mundo (Editorial Debate).

. ¿Conoce esa situación en la que vas en un tren, hablando con tu vecino de asiento, y de repente el vagón entra en un túnel? ¿Y en ese instante te quedas callado? La oscuridad acaba con la conversación. Cuando empezó la pandemia, enseguida tuve claro, creo que como todo el mundo, que estaba pasando algo grande. La política está marcada por guerras y revoluciones. Y siempre queremos saber quién está detrás y con qué medios. Y, de repente, ocurre algo sin que haya un actor. Un virus no tiene motivos. Como no estoy muy versado en temas médicos, preferí no convertirme en virólogo amateur y leí muchos libros de historia; por ejemplo, sobre la gripe española, que se cobró más vidas que la Primera Guerra Mundial. ¿Sabía usted que se han escrito 80.000 libros sobre la Primera Guerra Mundial, pero solo 400 sobre la gripe española? Casi nos habíamos olvidado de ella. Aquello hizo que me preguntara si la COVID-19 permanecería en nuestra memoria.

No tengo forma de saberlo, como es lógico, pero es interesante reflexionar sobre ello. La segunda pregunta que me hice fue: en el caso de que al final sí la recordemos, ¿cómo lo haremos, de qué nos acordaremos exactamente? Ya en los primeros momentos nos dijeron que si queríamos salvar a la humanidad teníamos que quedarnos en casa. Aquello venía a decir: aquí no hay heroísmo. Y también que la mayor expresión de solidaridad hacia los demás consistía en no tener contacto físico con ellos. Así que nos quedamos en casa sin hacer nada, al tiempo que nos convertíamos en personas totalmente individualistas.

Creo que ha cambiado algo. Hay una famosa novela de Saramago, Ensayo sobre la ceguera, en la que de repente aparece una enfermedad contagiosa que deja ciega a la gente. Las personas afectadas son llevadas a un sanatorio mental vacío, vigiladas por soldados que tienen miedo de contagiarse; es una especie de campo de concentración. La epidemia termina tan rápido como empezó. Uno de los personajes dice algo así como: «Somos ciegos que ven, somos ciegos que viendo no ven». Las epidemias no transforman la sociedad, pero nos permiten ver la verdad de nuestra sociedad. Vemos lo que antes no podíamos ver.

Las últimas crisis cambiaron el mundo de una forma sustancial, pero nosotros seguíamos viendo las cosas como si todo siguiera igual. No fuimos capaces de diagnosticar las enfermedades que ya presentaba el sistema. La crisis actual la hemos visto como una mera continuación de las anteriores. Pero no me convence.

En la crisis financiera, los alemanes les dijeron a los griegos: «Endeudaos tanto fue decisión vuestra, ahora tenéis que responder por esa decisión». Curiosamente, aquella vez el debate estuvo dominado por la idea de la solidaridad, pero sin que al final hubiera un reparto verdadero de las cargas. Esta vez, en los países de la Unión Europea, los intereses nacionales están en primer plano y, sin embargo, se ha aprobado un enorme paquete de ayudas económicas.

Es otra forma de nacionalismo. Durante la crisis de los refugiados se trataba de un nacionalismo étnico, basado en el origen de las personas. Esta vez es un nacionalismo territorial, derivado del intento de proteger a la población dentro de las fronteras del Estado. Y yo no creo que eso sea algo terrible. Cuando el Gobierno de Portugal anunció el cierre del país, dijo: «Todas las personas que viven aquí serán consideradas ciudadanos de este país y tratadas como tales». Extranjeros pasaron a ser aquellos que vivían fuera y que querían volver a su país de origen y no eran bien vistos por miedo a que trajeran el virus. La residencia ahora es más importante que el pasaporte.

El mundo de la universidad no verá un retorno a la vieja normalidad. Habrá una reducción del número de estudiantes extranjeros. Las universidades se renacionalizarán. Y ya están sufriendo graves dificultades financieras. En el futuro viajaremos menos.

“Las videoconferencias no sustituyen a los viajes. Faltan las pausas para el café, que son fundamentales: permiten contagiar ideas”

 Las conversaciones informales son lo más importante con diferencia. Se pierde la intensidad de los encuentros intelectuales. Las ideas son como virus que contagian al interlocutor. On-line no hay contagio.

 En realidad, la pandemia debería ser un motor de la globalización. Hay un interés común, global, en vencerla. ¿Y qué es lo que ocurre? Que el mundo es incapaz de encontrar una respuesta común. Los dos países más poderosos, Estados Unidos y China, profundizan el conflicto que los separa. En la era de las cadenas de suministro globales, la interdependencia parecía una fuente de seguridad: las economías nacionales se necesitaban las unas a las otras. Pero ahora esas cadenas de suministro han quedado interrumpidas. A cambio, se ha extendido la idea de que los países ya no son parte de esas cadenas, sino elementos que fabrican y almacenan los productos de forma independiente para dejar de estar supeditados a otros países, como ocurre, por ejemplo, con los envíos de material médico procedentes de China. En estos momentos, a la dependencia se la ve como una fuente de inseguridad.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Zaragoza

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