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Paz y Ciencia

lunes, 10 de agosto de 2020

El hombre que busco en el absurdo



El escenario de El hombre en busca de sentido se dibuja sobre el hediondo paisaje de la vida en los campos de concentración nazis. Enfocar esa tragedia en su conjunto amortigua el impacto de la turbación y es capaz de mitigar la sensación de crueldad del Holocausto. Al contemplar el honroso cementerio de Auschwitz, con sus hileras de tumbas en perfecta simetría, solo parecen albergar oleadas de personas recordadas con una dignidad póstuma, tras una muerte (aparentemente) sin sentido. Sin embargo, el panorama cambia radicalmente si, ante cada tumba, el espectador juega con la imaginación y percibe un sinfín de vidas malogradas: en ese hueco podría yacer una persona que, en plenitud de energías, emprendía un prestigioso proyecto profesional…; aquí una madre muerta con la angustia por la suerte de unos hijos arrancados de su regazo…; allá —cercanos— un matrimonio, que tras sortear los avatares de una larga existencia, esperaban con sosiego el envejecer juntos…; más allá, a una joven le abortaron los sueños de un feliz matrimonio…; más allá todavía, el cuerpo inerme de un niño o una niña que aún conserva la sonrisa, helada, de una vitalidad en expansión… Si se suma el conjunto de ese dolor oculto y escondido, más la ignominia, se obtiene el genuino sufrimiento y la barbarie de los campos de concentración.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Zaragoza

N° Col.: A-1324 Teléfono: 653 379 269

Psicoterapeuta. Página Web: www.rcordobasanz.es

Instagram: @psicoletrazaragoza


 



sábado, 8 de agosto de 2020

Gueshe Kelsang

 

El venerable Gueshe Kelsang Gyatso es un maestro de meditación completamente realizado y un reconocido maestro de budismo.

Gueshe-la, como afectuosamente lo llaman sus estudiantes, es el responsable de la difusión a nivel mundial del budismo kadampa en la actualidad.

A partir de los ocho años de edad Gueshe-la estudió extensamente en las grandes universidades monásticas del Tíbet y obtuvo el título de Gueshe, que significa ´amigo espiritual´. Bajo la dirección de su Guía Espiritual, Triyhang Rimpoché, permaneció durante dieciocho años haciendo retiros de meditación a los pies del Himalaya.

En 1977 aceptó una invitación para impartir enseñanzas en el Manjushri Kadampa Meditation Centre en Inglaterra, donde ha vivido desde entonces guiando a un grupo cada vez más numeroso de discípulos.

Cada año, Gueshe-la imparte enseñanzas y confiere iniciaciones en festivales kadampas internacionales a los que asisten miles de personas procedentes de todo el mundo.

Ha publicado una serie de libros excepcionales sobre budismo y meditación, desde introducciones básicas hasta avanzados textos filosóficos y manuales de meditación.

Gueshe-la ha diseñado tres programas especiales de estudio y establecido centros y grupos en diversas ciudades del mundo. Además ha formado a cientos de maestros cualificados y creado una floreciente comunidad de monjes y monjas. También ha diseñado un proyecto para construir templos budistas en las ciudades más importantes del mundo.

En sus enseñanzas, Gueshe Kelsang hace hincapié en la importancia de la meditación y cómo aplicarla en la vida diaria, en la necesidad de ser verdaderamente felices y en cultivar un buen corazón para poder ayudar a los demás –y él mismo muestra estas cualidades en su propia vida–.

Debido a que enseña a partir de su propio ejemplo, este extraordinario maestro es fuente de inspiración para numerosas personas procedentes de muchos países.

Es un humilde monje budista dedicado a ayudar a personas de todo el mundo a encontrar verdadera felicidad en su corazón.


Rodrigo Córdoba Sanz. Zaragoza.

N°Col.: A-1324 Aragón. Psicoterapeuta

Presencial/Online Teléfono: 653 379 269

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martes, 4 de agosto de 2020

Catherine Malabou



En mayo de 1743, llegó a Mesina una nave de Corfú que transportaba cuerpos de tripulantes muertos por una misteriosa enfermedad.  El barco y la carga se quemaron, pero poco después se observaron casos de una nueva y extraña enfermedad en el hospital y en las partes más pobres de la ciudad; y en el verano se desarrolló una espantosa epidemia de peste que mató a entre cuarenta y cincuenta mil personas y luego desapareció antes de propagarse a otras partes de Sicilia. Rousseau viajaba de París a Venecia y se vio obligado a detenerse en Génova a causa de la epidemia. Narra su cuarentena en Las Confesiones (1782):

«Era el tiempo en que reinaba la peste en Mesina; la flota inglesa allí anclada visitó el buque en que yo iba, lo que nos valió un a cuarentena de veinte y un días, al llegar a Génova después de una larga y penosa travesía.

Dieron a escoger a los pasajeros entre pasarla a bordo o en el lazareto, donde nos previnieron que no hallaríamos más que paredes, pues no habían tenido tiempo para amueblarlo. Todos se quedaron en el buque. Lo insoportable del calor, la falta de espacio, la imposibilidad de andar y la miseria me hicieron preferir el lazareto a todo trance. Fui conducido a un gran edificio de dos pisos enteramente vacío, donde no hallé ventana, ni mesa, ni cama, ni silla, ni siquiera un mal taburete para sentarme, ni un haz de paja donde reclinarme. Trajéronme mi capa, mi saco de noche y mis dos maletas; cerraron tras de mí enormes puertas con grandes cerrojos, y yo quedé allí dueño de pasearme a mi antojo de cuarto en cuarto y de uno a otro piso hallando por todas partes la misma soledad e idéntica desnudez.

Con todo esto no me arrepentí de haber escogido el lazareto con preferencia al buque; y, como un nuevo Robinson, me dediqué a arreglarme para los veinte y un días, como si fuese para toda la vida. Lo primero que tuve que hacer fue librarme de los piojos que se me habían pegado a bordo; cuando, a vueltas de cambiar de ropa interior y exterior, hube al fin logrado quedar limpio, procedí a amueblar el cuarto que había escogido. Me arreglé un buen colchón con mis chupas y mis camisas, sábanas con varias servilletas cosidas, un cobertor con mi bata, y con mi capa arrollada un a almohada. Me sirvió de silla una maleta puesta de plano y de mesa otra, puesta de canto. Formé con papel un escritorio, y dispuse una docena de libros que llevaba en forma de biblioteca. En una palabra, me arreglé tan bien que, exceptuando las cortinas y las ventanas, me hallaba casi tan cómodamente en ese lazareto enteramente vacío, como en mi juego de pelota de la calle Verdelet.

Me servían la comida con mucha pompa; venía escoltada por dos granaderos con bayoneta calada; mi comedor era la escalera, la meseta me servía de mesa y el peldaño inferior de silla; cuando estaba la comida, y en el acto de retirarse, tocaban una campanilla para advertírmelo. Entre comida y comida, cuando no leía ni escribía o no trabajaba en el ajuar, me iba a dar un paseo por el cementerio de los protestantes, que me servía de patio, o subía a una linterna que daba al puerto, desde donde podía ver entrar y salir los buques. Así pasé catorce días […]”[1]

Cuando me dijeron, como al resto de la humanidad, que «me quedara en casa» por la pandemia, recordé inmediatamente este pasaje de Las Confesiones. Mientras que todos sus compañeros de infortunio eligieron permanecer confinados juntos en un barco, Rousseau decidió en cambio ser encerrado en el lazareto. Un lazareto es un hospital para los afectados por enfermedades contagiosas. Un felucca, o velero del Mediterráneo, también podía ser apartado para fines de cuarentena. Obviamente, las dos posibilidades se ofrecían a los viajeros de Génova, y Rousseau pensó que era mejor dejar el barco y quedarse por su cuenta en el edificio.
 


Uno puede leer este episodio centrándose únicamente en la idea de la elección: ¿Qué es lo mejor en un tiempo de confinamiento? ¿Estar en cuarentena con otras personas? ¿O estar en cuarentena sola? Debo decir que pasé algún tiempo preguntándome sobre tal alternativa. Si hubiera podido elegir entre las dos opciones, ¿qué habría hecho? (Estoy sola, por cierto, refugiada en aislamiento casi total en Irvine, California.)

Hay algo más quizás más profundo en este pasaje, que es que la cuarentena solo es tolerable si te pones en cuarentena de ella; si te pones en cuarentena dentro de la cuarentena y de ella al mismo tiempo, por así decirlo. El lazareto representa esta cuarentena redoblada que expresa la necesidad de Rousseau de aislarse del aislamiento colectivo, de crear una isla (insula) dentro del aislamiento. Este es quizás el desafío más difícil en una situación de confinamiento: despejar un espacio donde estar solo cuando ya se está separado de la comunidad. Estar encerrado en un barco con unos pocos más, por supuesto, genera un sentimiento de extrañeza, pero el extrañamiento no es la soledad, y la soledad es, en realidad, lo que hace soportable el confinamiento. Y esto es cierto incluso si uno ya está solo. Me di cuenta de que lo que hacía que mi aislamiento fuera extremadamente angustioso era, de hecho, mi incapacidad de encerrarme en mí misma. Encontrar este punto insular donde podía ser mi yo (en dos palabras). No hablo aquí de autenticidad, simplemente de esta desnudez radical del alma que permite construir una morada en la propia casa, hacerla habitable localizando el espacio psíquico donde es posible hacer algo, es decir, en mi caso, escribir. Me di cuenta de que la escritura solo se hizo posible cuando llegué a un confinamiento tal dentro del confinamiento, un lugar en el que nadie podía entrar y que al mismo tiempo era la condición para mis intercambios con los demás. Cuando pude sumergirme en la escritura, las conversaciones a través de Skype, por ejemplo, se convirtieron en otra cosa. Eran diálogos, no monólogos velados. La escritura se hizo posible cuando la soledad comenzó a protegerme del aislamiento. Una tiene que desnudarse de todas las coberturas, ropas, cortinas, máscaras y charlas sin sentido que todavía se pegan a su ser cuando uno se separa de los demás. La distancia social nunca es tan poderosa como para despojarse de lo que queda de lo social en la distancia. Refugiarse-en-el-lugar tiene que ser una experiencia radical a lo Robinson Crusoe, una experiencia que le permita a una construir un hogar de la nada. Para empezar de nuevo. O para recordar.
 


Me pregunto si Foucault, al final de su vida, no se volcó a la ética de sí —cuidado de sí, tecnologías del yo, gobierno de sí— por la misma necesidad. La urgencia de labrarse un espacio para sí mismo dentro del aislamiento social con el que el SIDA le amenazaba insidiosamente. Tal vez Foucault buscaba su isla, su tierra absoluta (ab-solutus) donde habría encontrado el valor de hablar y escribir antes de morir. Aquellos que han visto en sus últimos seminarios una retirada individualista y nihilista de la política no han captado absolutamente nada.

Sabemos que Karl Marx se burlaba de las robinsonadas del siglo XVIII como la de Rousseau. Marx dijo que el origen de lo social no puede ser de ninguna manera un estado de la naturaleza donde hombres aislados finalmente llegan a reunirse y formar una comunidad. La soledad no puede ser el origen de la sociedad.

Esto puede ser cierto, pero creo que es necesario saber encontrar la sociedad dentro de una misma para entender lo que significa la política. Admiro a aquellos que son capaces de analizar la crisis actual causada por la pandemia del covid-19 en términos de política global, capitalismo, estado de excepción, crisis ecológica, relaciones estratégicas entre China y Rusia, etc. Personalmente, en este momento, estoy por el contrario tratando de ser una «individua». Esto, una vez más, no es por ningún individualismo sino porque pienso por el contrario que una epochè, una suspensión, un paréntesis de socialidad, es a veces el único acceso a la alteridad, una manera de sentirse cerca de todas las personas aisladas de la Tierra. Por eso intento ser lo más solitaria posible en mi soledad. Esa es la razón por la que también habría elegido el lazareto.

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[1] Jean Jacques Rousseau, Las Confesiones, trad. castellana Álvaro G. Gil (París: Garnier) 1: 352-353.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Zaragoza

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domingo, 2 de agosto de 2020

Claudio Naranjo: Educación



Claudio Naranjo, impulsor del eneagrama de la personalidad, propone un nuevo modelo formativo para producir mentes despiertas

“Si queremos mejorar nuestra sociedad, necesitamos personas más completas. Eso es algo que solo conseguiremos si cambiamos la educación”, reconoce el chileno Claudio Naranjo, de 87 años, exprofesor de la Universidad de Berkeley, psiquiatra, escritor prolijo y, posiblemente, uno de los grandes sabios sobre el conocimiento del ser humano. Hace décadas que inició una cruzada para conseguir que la educación sea más humanista y permita el desarrollo integral del ser humano. Ese propósito lo desarrolla a través de una formación en el autoconocimiento por la que han pasado en las últimas décadas más de 100.000 personas en 10 países. Su pasión se centra en impulsar la transformación del sistema educativo y pasar del modelo actual, patriarcal y jerárquico, en el que prima todo lo relacionado con lo intelectual, a otro sistema integral que fomente el humanismo. Pero todavía queda mucho camino por recorrer.

En la educación actual, los niños y los jóvenes son tratados como meros espectadores que deben ceñirse a unos estándares. En contadas ocasiones se les ofrece la posibilidad de descubrir todo su potencial. Naranjo lo evidencia con una metáfora: “La educación se parece más a la jardinería que a la carpintería”. En su opinión, mientras un carpintero sigue un plano preestablecido y no se sale del mismo, el jardinero se enfrenta al misterio. Desconoce cuál va a ser el resultado final de su trabajo y deja los espacios de libertad al ser que acompaña y ayuda. Cuando se educa en libertad se producen mentes despiertas, creativas, que no viven a medias y que no van al colegio solo a aprobar un examen o a cumplir un mero trámite. Pero para dar ese paso se requiere tomar decisiones importantes y valientes que dependen de cada uno de nosotros. Veamos algunas de las que propone nuestro experto.

1. Educar a los educadores: Naranjo no se refiere a la formación en conocimientos técnicos como las matemáticas o las lenguas, sino a aspectos más profundos. Para ello propone que los profesores se adentren en el mundo del desarrollo personal. Que vivan su propio proceso de transformación, aunque enseñen asignaturas de ciencias puras. Es difícil ayudar a alguien a aceptar el error, a superar sus conflictos o a no etiquetar a la primera de cambio si no trabaja primero sus propias dificultades. Por eso, no es de extrañar que Naranjo creara el programa SAT (ser y verdad en sánscrito), formación que imparte a través de su fundación. En ella utiliza diferentes herramientas. Una de ellas es el eneagrama, de la que Claudio es el mayor estudioso e impulsor mundial. Se trata de uno de los mapas humanos más minuciosos. Gracias al eneagrama es posible clasificar la personalidad en nueve tipos con sus subtipos correspondientes.

2. Integrar los tres cerebros en la educación. Somos algo más que intelecto, sin embargo, la mayoría de los sistemas educativos se centran en esa parte. Naranjo propone incluir una vertiente espiritual que nada tiene que ver con la religiosidad, sino con las emociones y el instinto, que ha sido profundamente penalizado, cuando lo más apropiado sería darle su espacio, aliarnos con él. Cuando conseguimos hacerlo, alcanzamos niveles mayores de energía que nos ayudan a comprendernos de una manera más completa.

 3. Educar en el humanismo. En un mundo tan tecnológico como el actual es más importante que nunca regresar a aspectos esencialmente humanos, como el cultivo de la paz interior, la generosidad o el amor por uno mismo. Solo así podemos querer a los demás. La sociedad pone el foco en superar exámenes y en adquirir conocimientos del mundo exterior, pero no en aprender a aceptar nuestras sombras. Como resume Naranjo: “¿Cuánta vida perdemos metiéndonos en la cabeza cosas que no sirven para nada?”.

 4. Eliminar la sobreprotección. El exceso de perfeccionismo nos ha llevado a generar un sinfín de normas sobre cómo deberían ser nuestros hijos o alumnos. Muchas veces las aplicamos inconscientemente. El modelo educativo que propone Naranjo se basa en reconocer a los niños como personas independientemente de su edad, con derecho a opinar y a expresar aquello que sienten. Eso les ayuda a descubrir su potencial sin estereotipos impuestos.

 5. Foco en la comunidad. La educación es más amplia que aprender conceptos en una escuela. Es el trabajo de la sociedad en su conjunto, donde todos actuamos y somos responsables de una u otra forma. La labor de impulsar un cambio en la educación que sirva para transformar el mundo depende de cada uno de nosotros.

En definitiva, educar en libertad requiere romper esquemas y creencias tradicionales sobre los niños y jóvenes, pero también sobre la educación en sí misma. El paso a la transformación comienza en educadores, padres, maestros y la sociedad en su conjunto, que debe asumir el desafío y comenzar un crecimiento interior. Esta es la propuesta de Naranjo, una persona muy querida y reconocida que contribuye desde hace décadas a que este mundo sea un poco mejor.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo.

Zaragoza. N° Col.: A-1324 Psicoterapeuta

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viernes, 31 de julio de 2020

Byung-Chul Han: Pandemia



Supervivencia, sacrificio del placer y pérdida del sentido de la buena vida. Así es el mundo que vaticina el filósofo coreano Byung-Chul Han después de la pandemia: “Sobrevivir se convertirá en algo absoluto, como si estuviéramos en un estado de guerra permanente”.

Nacido en Seúl en 1959, Han estudió Filosofía, Literatura y Teología en Alemania, donde reside, y ahora es una de las mentes más innovadoras en la crítica de la sociedad actual. En una entrevista a EFE, teme que el coronavirus imponga regímenes de vigilancia y cuarentenas biopolíticas, pérdida de libertad, fin del buen vivir o una falta de humanidad generada por la histeria y el miedo colectivo. “La muerte no es democrática”, advierte este pensador. La Covid-19 ha dejado latentes las diferencias sociales, así como que “el principio de la globalización es maximizar las ganancias” y que “el capital es enemigo del ser humano”. A su juicio, “eso ha costado muchas vidas en Europa y en Estados Unidos” en plena pandemia.

Byung-Chul Han, que publicará en las próximas semanas en español su último libro, “La desaparición de los rituales” (Herder), está convencido de que la pandemia “hará que el poder mundial se desplace hacia Asia” frente a lo que se ha llamado históricamente el Occidente. Comienza una nueva era.

Aquí, las 9 definiciones sobre la pandemia del filósofo surcoreano que seduce al mundo:

1- “El coronavirus está mostrando que la vulnerabilidad o mortalidad humanas no son democráticas, sino que dependen del estatus social. La muerte no es democrática. La Covid-19 no ha cambiado nada al respecto. La muerte nunca ha sido democrática. La pandemia, en particular, pone de relieve los problemas sociales, los fallos y las diferencias de cada sociedad. Con la Covid-19 enferman y mueren los trabajadores pobres de origen inmigrante en las zonas periféricas de las grandes ciudades. Tienen que trabajar. El teletrabajo no se lo pueden permitir los cuidadores, los trabajadores de las fábricas, los que limpian, las vendedoras o los que recogen la basura. Los ricos, por su parte, se mudan a sus casas en el campo.

2- “La pandemia no es solo un problema médico, sino social. Una razón por la que no han muerto tantas personas en Alemania es porque no hay problemas sociales tan graves como en otros países europeos y Estados Unidos. Además el sistema sanitario es mucho mejor en Alemania que en los Estados Unidos, Francia, Inglaterra o Italia”.

Byung-Chul Han, que publicará en las próximas semanas en español su último libro, “La desaparición de los rituales”
Byung-Chul Han, que publicará en las próximas semanas en español su último libro, “La desaparición de los rituales”

3- “El segundo problema es que la Covid-19 no sustenta a la democracia. Como es bien sabido, del miedo se alimentan los autócratas. En la crisis, las personas vuelven a buscar líderes. El húngaro Viktor Orban se beneficia enormemente de ello, declara el estado de emergencia y lo convierte en una situación normal. Ese es el final de la democracia”

4- “Con la pandemia nos dirigimos hacia un régimen de vigilancia biopolítica. No solo nuestras comunicaciones, sino incluso nuestro cuerpo, nuestro estado de salud se convierten en objetos de vigilancia digital. El choque pandémico hará que la biopolítica digital se consolide a nivel mundial, que con su control y su sistema de vigilancia se apodere de nuestro cuerpo, dará lugar a una sociedad disciplinaria biopolítica en la que también se monitorizará constantemente nuestro estado de salud”.

5- “El virus es un espejo, muestra en qué sociedad vivimos. Y vivimos en una sociedad de supervivencia que se basa en última instancia en el miedo a la muerte. Ahora sobrevivir se convertirá en algo absoluto, como si estuviéramos en un estado de guerra permanente. Todas las fuerzas vitales se emplearán para prolongar la vida. En una sociedad de la supervivencia se pierde todo sentido de la buena vida. El placer también se sacrificará al propósito más elevado de la propia salud”.

6- “La pandemia vuelve a hacer visible la muerte, que habíamos suprimido y subcontratado cuidadosamente. La presencia de la muerte en los medios de comunicación está poniendo nerviosa a la gente. La histeria de la supervivencia hace que la sociedad sea tan inhumana. A quien tenemos al lado es un potencial portador del virus y hay que mantenerse a distancia. Los mayores mueren solos en los asilos porque nadie puede visitarles por el riesgo de infección. ¿Esa vida prolongada unos meses es mejor que morir solo? En nuestra histeria por la supervivencia olvidamos por completo lo que es la buena vida”.

7- “Por sobrevivir, sacrificamos voluntariamente todo lo que hace que valga la pena vivir, la sociabilidad, el sentimiento de comunidad y la cercanía. Con la pandemia además se acepta sin cuestionamiento la limitación de los derechos fundamentales, incluso se prohíben los servicios religiosos. Los sacerdotes también practican el distanciamiento social y usan máscaras protectoras. Sacrifican la creencia a la supervivencia. La caridad se manifiesta mediante el distanciamiento. La virología desempodera a la teología. Todos escuchan a los virólogos, que tienen soberanía absoluta de interpretación. La narrativa de la resurrección da paso a la ideología de la salud y de supervivencia. Ante el virus, la creencia se convierte en una farsa”.

8- “El pánico ante el virus es exagerado. La edad promedio de quienes mueren en Alemania por Covid-19 es 80 u 81 años y la esperanza media de vida es de 80,5 años. Lo que muestra nuestra reacción de pánico ante el virus es que algo anda mal en nuestra sociedad”.

9- “La Covid-19 probablemente no sea un buen presagio para Europa y Estados Unidos. El virus es una prueba para el sistema. Los países asiáticos, que creen poco en el liberalismo, han asumido con bastante rapidez el control de la pandemia, especialmente en el aspecto de la vigilancia digital y biopolítica, inimaginables para Occidente. Europa y Estados Unidos están tropezando. Ante la pandemia están perdiendo su brillo. El virus no detiene el avance de China. China venderá su estado de vigilancia autocrática como modelo de éxito contra la epidemia. Exhibirá por todo el mundo aún con más orgullo la superioridad de su sistema. La Covid-19 hará que el poder mundial se desplace un poco más hacia Asia. Visto así, el virus marca un cambio de era”.


Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Zaragoza

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jueves, 30 de julio de 2020

Claudio Naranjo sobre Fritz Perls



“(…)  Si Fritz Perls fue un profeta de Dionisio, como a menudo he propuesto—uno que hacia efectivamente presente lo dionisiaco en su contacto con la gente, cambiándola a través de la oportunidad de encuentro con ese espíritu— diría

que Nietzsche fue un apóstol de Dionisio: uno que a través de su filosofar comprendió que la única salvación para la civilización occidental podría ser una inyección de espíritu dionisíaco.”

 

“(…) La Gestalt tal vez sea la más dionisíaca de las terapias. El creador de la Gestalt—Fritz Perls– fue alguien a quien he caracterizado como una especie de apóstol de Dionisio. Lo que significa un apóstol del placer y un apóstol de la naturalidad, entre otras cosas.

Apareció en Estados Unidos un “comic”, que se llamaba “Mister Natural” y me he preguntado si tal vez hubiese sido inspirado por Fritz Perls. Se ve en él a un barbudo al que se acercan los discípulos muy respetuosamente: “Mister Natural, dígame como debo yo comportarme con mi querida; dice que tiene este problema con su padre, etc.,etc.– y Mister Natural le responde diciendo cosas muy simples y un poco blasfemas. “Qué me importan a mi tus pajas mentales”, por ejemplo. Su comportamiento no pretende de ninguna manera ajustarse a un rol terapéutico, pero entraña tal confrontación de la estupidez de la persona que pide ayuda, que termina siendo más sanador que si lo pretendiera.

Algo así era Fritz, cuya manera de hacer terapia era en buena parte su expresión de verdad y su actitud más humana que profesional. Y además de natural y mal educado era también Fritz un hombre, aparentemente, antireligioso. Una vez fui testigo de una sesión de terapia que hacia con un ministro protestante, y no recuerdo los detalles pero sí recuerdo que Fritz le decía “tu dios interfiere en nuestra comunicación”, “tu estas poniendo a dios entre tu y yo”. Para Fritz bastaba con el tú y el yo, y diría que implícitamente intuía lo divino en el corazón de lo humano. Y su manera de hacer terapia era tan directa que se saltaba todas las referencias tradicionales. Partía de la base que todo lo que estamos buscando está ya en el momento presente.

Pero esta misma terapia gestáltica, que décadas atrás fue el más poderoso fermento del mundo humanista y que he caracterizado como altamente dionisíaca, es también muy apolinea, y aquí estoy introduciendo un nombre que hace referencia a otro dios griego, que representa justamente lo contrario de Dionisio: Apolo.

 

De modo que, aunque sea cierto que Fritz Perls haya sido un gran dionisiaco, sería aún más exacto decir que fue un cincuenta por ciento dionisiaco y cincuenta por ciento apolíneo. ¿Qué quiero decir con esto? Parece una contradicción, ya que hablar de lo dionisiaco es hablar de entrega, y lo apolíneo tiene relación con el control. Dionisio es embriaguez, en tanto que Apolo es lucidez. ¿No son acaso cosas contradictorias? ¿No son incompatibles? Sólo aparentemente. Digamos que son más bien complementarias, no más incompatibles que la afirmación de que  muestro puño sea una mano, y la afirmación de que una mano sea esto: (muestra la misma mano con los dedos extendidos).

La forma de espiritualidad prevalente en las altas civilizaciones es una espiritualidad apolinea, y se asocia a ciertas formas ya prefijadas de la virtud: ciertas normas, ciertos mandamientos, reglas o recetas. El camino dionisiaco, en cambio, es completamente misterioso, como también lo es el camino del chamán. Para explicar el chamanismo muchas veces he citado una frase de un célebre rabino de Polonia que dijo, unos tres siglos atrás: “todo lo que aprendí, lo aprendí de mi padre; él no imitaba a nadie. Yo tampoco”. Un chamán aprende principalmente de si mismo: de su inspiración y de se experiencia.”

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Zaragoza y Psicoterapeuta

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Filosofía y Pandemia



La pandemia de coronavirus parece haber llevado las discusiones filosóficas a los hogares. Los temas clásicos de la filosofía, como la muerte, la libertad, el miedo, el cuidado, el amor, la educación, el ocio, el trabajo, las formas de control político, el problema de la verdad o el lugar de las ciencias en la sociedad, están hoy en boca de todos. Que haga falta una pandemia mundial televisada con millones de personas en cuarentena, que hoy arrastra miles de muertos, para que estos temas entren en nuestras casas, merecería una reflexión, aunque quizá no haya nada más aleccionador que nuestro silencio sobre otro tipo de problemas.

Algunos se preguntan para qué sirve la filosofía en una pandemia, como quien saca un instrumento extraño de un kit de supervivencia, sin percatarse de que la idea misma de utilidad es un problema filosófico. La filosofía se define por su pretensión crítica de abordar las cuestiones más importantes y acercarnos a lo mejor, reconociendo que partimos de un estado de ignorancia que nos obliga a cuestionar continuamente nuestras ideas. La filosofía se parece a las pandemias en que nos impele a priorizar y a hacernos conscientes de nuestra finitud (memento mori), pero también en que nos obliga a plantear nuevos problemas.

De alguna forma, los filósofos viven en perpetuo estado de excepción. El filósofo es por definición un epidemos, alguien que está en el demos circulando entre los hombres y cuestionando sus vidas, como Sócrates. El acuñador de la palabra epidemia, Hipócrates, la utiliza para referirse a enfermedades de distintos pueblos, a los que el médico asiste como un viajero que está de paso, intentando ayudar en lo posible. Si la filosofía y la pandemia enseñan algo es que todos estamos de paso, pero también que la crisis (otro concepto hipocrático) conduce a dos salidas posibles: la recaída o la curación. No hay tanta distancia entre aprender a morir y aprender a vivir. 

Algunos se han querido enfrentar a esta pandemia desde una perspectiva gremial. Se preguntan qué pueden aportar los filósofos como si fueran una casta de especialistas. Esto, más que engrandecer a los filósofos, los empequeñece. Quizá la pandemia sirva para recordarnos que la filosofía no cabe en ningún gremio. Los temas mencionados no son problemas universitarios. Lo que está en juego es nuestra forma de vivir, la sociedad que nos gustaría tener, el modo en que hemos de educarnos a nosotros mismos y a los demás, y no parece que los programas de las facultades, con sus métodos de evaluación, sus revistas indexadas, sus anquilosados congresos y sus agencias de acreditación estén muy abiertos a estos problemas. Boccaccio ya contaba en su Deccameron, a propósito de la peste negra, que “aquello que el curso natural de las cosas, con sus pequeños e infrecuentes daños, no enseñó a los sabios a soportar con paciencia, lo hizo la grandeza de los males aun con los simples, los desaprensivos y los despreocupados”.

Pero no se trata sólo de recordar la consolatio philosophiae de Boecio en tiempos de incertidumbre, o de cultivar estoicamente el hábito de la templanza, el autocontrol y la ataraxia, sino de comprender que no podemos escapar a la idea de una vida mejor. Es imposible vivir sin ideas, y no porque nosotros tengamos o dejemos de tener ideas, sino porque ellas nos tienen a nosotros. Los políticos, los legisladores, los periodistas o los médicos toman decisiones drásticas guiados en última instancia por ideas, muchas de ellas plasmadas en leyes, normativas, reglamentos, juramentos, etc., que presuponen de facto una idea del hombre y de la sociedad, lo justo y lo injusto, lo prioritario y lo secundario. La realidad misma, como refleja la cita de Boccaccio, nos impone sus ideas nos guste o no. Un simple virus puede movilizar más ideas que un manual de filosofía.   

En sus Epidemias, Hipócrates recomienda al médico “describir lo pasado, conocer lo presente y predecir lo futuro”, enumerando las cosas que ha de saber un médico para entender a sus pacientes, en lo que resulta un ejemplo evidente de confluencia entre filosofía y medicina

En sus Epidemias, Hipócrates recomienda al médico “describir lo pasado, conocer lo presente y predecir lo futuro”, enumerando las cosas que ha de saber un médico para entender a sus pacientes, en lo que resulta un ejemplo evidente de confluencia entre filosofía y medicina. El médico ha de aprender “de la naturaleza común a todos y de la peculiar de cada uno”, pero también “de los fenómenos celestes y de cada región, de las costumbres, de la dieta, del género de vida, de la edad de cada uno, por las palabras, por la actitud, por el silencio, por los pensamientos” (I, 23). La medicina cuestiona nuestro género de vida, como la filosofía, pero ésta cuestiona también a la propia medicina, preguntándonos para qué queremos estar sanos si no somos virtuosos y felices, y recordándonos que existe una idea de salud más allá de la fisiología. Platón, por ejemplo, se refiere a la injusticia como una “enfermedad del alma” [nósos psychés] que puede curarse (Leyes, 862c), y el propio corpus hipocrático incluye una obra Sobre la decencia donde se nos conmina a “conducir la sabiduría a la medicina y la medicina a la sabiduría”, sentenciando que “el médico filósofo es semejante a un dios”.  

La pandemia nos recuerda la interconexión de la medicina con otras realidades, donde entran en juego múltiples disciplinas. El arte hipocrático de la cura, la virología, la epidemiología, la veterinaria, la bioingeniería, las matemáticas, la informática, etc., cumplen funciones diversas cuya articulación depende de factores externos a cualquiera de ellas. La solución a una epidemia no se limita a curar cuerpos o manipular virus en los laboratorios, sino que supone aprender a convivir con ellos y prevenirlos a través de medidas diversas, incluidas las políticas y las educativas. Un ejemplo evidente es el caso de Balmis y su lucha contra la viruela, que hoy da nombre a la operación contra el coronavirus en España. En aquella operación no sólo se transportó la vacuna contra la viruela, sino también libros e ideales. Esto debería servir para cuestionar nuestra idea ingenua del conocimiento, empezando por la tosca distinción entre ciencias y letras, o entre humanidades y tecnologías.  

La primera pandemia global de la historia ha servido para hacernos algunas preguntas con especial crudeza, mostrando todo tipo de contradicciones entre la economía y la medicina, entre la libertad y el control estatal, entre contar la verdad y evitar el alarmismo, entre defender nuestro derecho de manifestación y limitar el contagio. En España, hemos tenido ejemplos desde lo económico y lo político hasta lo religioso. Hemos discutido si cancelar el Congreso Mundial de Móviles, si asistir a las manifestaciones del 8-M y la Semana Santa, si era necesario el cierre de peluquerías y estancos, la asistencia a conciertos y hasta la participación en el sacramento de la eucaristía y los besamanos. Muchos han planteado esta pandemia como un dilema entre salvar a los ancianos o a los jóvenes, la salud de los vulnerables o la crisis económica que se avecinará por paralizar el país. En definitiva, nos cuestionamos si debe primar la medicina o la economía, la política, la religión, etc., situación en la que han jugado un papel esencial los periódicos, la radio y la televisión, que se han inclinado por una cosa u otra con criterios cambiantes, revelando evidentes contradicciones entre la medicina y el periodismo.

No han faltado quienes se han preguntado si este estado de excepción podría ser un modo encubierto de limitar la libertad individual, un dispositivo de control que acabará favoreciendo el autoritarismo. Algunos han sumado a esto el problema de la inversión poblacional y la tendencia de la economía al teletrabajo, que condena a tantos trabajadores como improductivos o, incluso, sustituibles por máquinas. Por el contrario, hay quien entiende el confinamiento como una oportunidad revolucionaria que nos ayudará a comprender nuestra vulnerabilidad, nos hará conscientes de nuestra interdependencia mutua y nos enseñará que todos somos iguales, animándonos a construir una sociedad más justa. Algunos incluso han llegado a mantener que esta crisis favorece la idea de un superestado planetario, que debería garantizar en el futuro los derechos humanos y la sostenibilidad de los recursos naturales.

Parece revivirse así el debate entre optimistas y pesimistas que afloró en otras catástrofes, como el terremoto de Lisboa de 1755, que en Portugal acabó con la vida de más personas que el coronavirus. Lo mismo ocurrió en la plaga de Atenas narrada por Tucídides en el siglo V a. C., en la peste antonina del siglo II, en la plaga de Justiniano del siglo VI, en la viruela japonesa del siglo VIII, en la peste negra del siglo XIV, en las epidemias americanas causadas por la conquista española, en la plaga de Milán de 1630, en la peste de Sevilla de 1649, en la gran peste de Viena de 1679, en la gripe rusa de 1890 o en la gripe española de 1918, que causaron millones de muertos. Que hayamos olvidado que esto sucede y no seamos capaces de concebir una respuesta conjunta al virus sorprende más que su letalidad. Deberíamos preguntarnos hasta qué punto esto depende de nuestra idea de la historia, marcada a fuego por arcaicas teodiceas y antropodiceas.

Con ello se ha hecho acuciante el problema de la inversión en sanidad y la precariedad de la investigación. La importancia que ahora damos a las vacunas contrasta con el maltrato que han recibido los investigadores durante la última década. Los aplausos en los balcones a los médicos incluyen a muchos doctores en paro, muchos de los cuales aplauden desde casa de sus familiares en lugar de ayudar desde las aulas y los laboratorios. Los propios médicos se enfrentan al virus sin la mejor protección, y algunos de ellos lo hacen sabiendo que se arriesgan a morir. Lo mismo podríamos decir de los músicos y los dramaturgos, que han mostrado su valor a través de las pantallas, como antaño lo hicieron las canciones y danzas del Deccameron. Despreciar la vacuna del médico, la pregunta del filósofo o la canción del músico es una forma de autodesprecio.

Esto debe ayudarnos a profundizar en nuestra idea del estado moderno, que aúna a figuras como el ejército, la policía, los sanitarios y los científicos, cuyo funcionamiento hemos podido conocer con especial intensidad. La capacidad de los estados para encerrar a millones de personas en sus casas, sin apenas resistencia, ha de hacernos reflexionar sobre las ideas de soberanía, autoridad y obediencia, especialmente en países que han cambiado su respuesta en pocos días, pero también sobre nuestra idea del estado de bienestar. Esto habría de servir para cuestionar nuestra idea de la democracia como soberanía del pueblo, sobre todo si aceptamos la definición de soberanía como la capacidad de tomar decisiones en estados de excepción.

No estamos ante problemas menores. Que esferas como la economía, la política, la religión, el periodismo y la medicina entren en colisión es inevitable, pues cada una de ellas cumple funciones distintas, eventualmente contradictorias. No existe una armonía preestablecida ni una solución fácil. Filosofar no es una opción, es una obligación si queremos aclarar las ideas que utilizamos y que conforman la opinión pública, que a su vez determina las decisiones gubernamentales. Sólo un materialismo grosero puede despreciar la fuerza de las ideas. Esto ha sido evidente en el caso del periodismo, incapaz de criticar las posturas oficiales hasta que era demasiado tarde, y lo mismo podemos afirmar del propio gobierno respecto a las instituciones sanitarias. De eso depende que la política, la medicina y el periodismo puedan dedicar más tiempo a la prevención que a la reparación, entendiendo que curar, denunciar y censurar no es más importante que fortalecer la salud y crear instituciones previsoras y veraces. La responsabilidad ha de prevalecer ante las visiones reparadoras, arrastradas por una visión cortoplacista que posterga los problemas y se los carga a las generaciones futuras.  

Si alguien considera que esto son cuestiones teóricas, sólo debe escuchar a quienes se han entregado al darwinismo social sin pestañear, anteponiendo la economía a los fallecimientos de los más débiles, esencialmente ancianos y personas con comorbilidades, mientras el caso índice se buscaba entre los trabajadores de los mercados chinos o los recolectores de guano, cuyas penosas condiciones higiénicas se deben precisamente a la precariedad, el tráfico de animales salvajes, etc. Ya en el siglo XIX se denunció el caso de las mujeres y niños encargados de organizar trapos viejos, muchos de los cuales acababan contagiándose de viruela. Esta pandemia supone un problema médico, pero también económico e intergeneracional, tanto por sus consecuencias como por su origen y expansión. Mientras los jóvenes vuelven a enfrentarse al desempleo, sólo una década después de haber sido golpeados por una crisis que ha entorpecido sus proyectos vitales, algunos gurús de la bolsa se apresuran a presentar esta pandemia como una oportunidad de enriquecerse, al tiempo que se vislumbra la posible guerra de patentes que generará la epidemia. Esto nos alerta sobre los intereses existentes a la hora de afrontar los estados de excepción.

La Organización Mundial de la Salud ha sido tan incapaz de predecir esta pandemia como lo fueron los economistas ante la crisis del año 2008, que entonces incluyó a instituciones como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional

La geopolítica entre Estados Unidos y China, que han adoptado modelos tan distintos de actuación ante la pandemia, hace que las diversas alternativas sean algo más que retórica, obligándonos a preguntarnos si hemos de dar prioridad a la lógica estatal o a la colaboración internacional. Esto requeriría aclarar nuestra idea de nación y de humanidad, como resulta especialmente evidente en el ámbito de la salud, donde hemos visto a ciertas instituciones chinas aprovechando la ocasión para difundir sus peudo-medicinas tradicionales, las mismas que recomiendan ingerir animales salvajes que son vectores de virus. En el lado opuesto, hay quienes se entregan al cientificismo, cuando precisamente la situación actual nos ha mostrado sus limitaciones, perdiendo de vista hasta qué punto se favorecen así los planteamientos tecnocráticos. La Organización Mundial de la Salud ha sido tan incapaz de predecir esta pandemia como lo fueron los economistas ante la crisis del año 2008, que entonces incluyó a instituciones como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional.

Hemos de preguntarnos en qué medida la globalización se parece más a un mito que a una realidad definida, lo que afecta a entidades como Europa e Hispanoamérica. Hemos escuchado afirmar a un responsable político que si un país como España se aislaba no habría otros países que le prestaran ayuda, algo que confirmaron después otros países europeos con sus recelos a buscar soluciones conjuntas. Al mismo tiempo, hemos observado cómo los diversos países compiten entre sí para adquirir material sanitario sin orden ni concierto. Esto resulta especialmente grave en el caso de Hispanoamérica. África se enfrenta a problemas aún mayores, como ha demostrado la propuesta de utilizar a sus habitantes como cobayas para la experimentación de vacunas. Nuestra propia idea del cosmopolitismo se ve afectada por la propuesta de los pasaportes serológicos, que contrasta radicalmente con la situación de los refugiados en Europa.

La diferencia de actuación entre diversos países resulta igualmente aleccionadora. Se ha dicho que en países como Italia y España el contagio puede haber resultado favorecido por la precariedad, dada la cantidad de jóvenes que viven con sus padres y la necesidad de dejar a los niños con sus abuelos durante el cierre de colegios. También se ha destacado la importancia de las costumbres y la relevancia de las reuniones familiares y las muestras de cariño en estos países, que algunos han pretendido remontar a las diferencias entre católicos y protestantes. Capítulo aparte merece la distinción entre países con sanidad pública y privada, una distinción a veces muy confusa cuyas implicaciones filosóficas son inagotables.  

No menos importante parece nuestra idea de la naturaleza y nuestra relación con otros seres vivos. El interés que han despertado los cielomotos, compartidos por las redes sociales como si fueran las trompetas del apocalipsis o señales de alienígenas, no por casualidad han coincidido con la desclasificación de avistamientos de OVNIs por parte del Pentágono de Estados Unidos, que nos retrotrae a las viejas ideas utilizadas por autores como Ficino para explicar la aparición de pestilencias, vinculadas a los astros y a fenómenos como los terremotos, que también han sido relacionados con el coronavirus en estas fechas, junto a erupciones volcánicas, inundaciones e incendios forestales.

No es casualidad que esto ocurra, como ocurrió tras la Segunda Guerra Mundial con los primeros avistamientos de platillos volantes, en un momento propicio para el chismorreo y las alucinaciones colectivas, donde todo tipo de esperanzas y miedos latentes llegan a grados de intensidad incontrolables. En una época en que las religiones parecen haber perdido la batalla de las explicaciones, y mientras iglesias, sinagogas y mezquitas están cerradas en todo el mundo por primera vez en su historia, un polémico astrofísico incluso aventura que el coronavirus tiene un origen extraterrestre, en lo que parece ser una reformulación de viejos arquetipos numinosos. Uno estaría tentado a retomar la idea de Jung, que apelaba al pánico constante ante la política soviética, al peligro de la bomba atómica y al crecimiento exponencial de la población como causa de los avistamientos estadounidenses. El tradicional sesgo contra las minorías, el alienus que pudo ser en otro tiempo el judío, el masón, etc., se acabó transformando en el alienígena, proyectado por encima del género humano debido al carácter mundial de la Guerra Fría. El psicólogo suizo, a quien se atribuye haber acuñado el concepto de “epidemia psíquica”, insistía en la influencia de estas ideas en los sueños, que también hoy han dado lugar a interesantes cambios oníricos, humorísticos y hasta pornográficos, aprovechando el sex-appeal de los médicos, las enfermeras y los videos caseros, así como el fetichismo de las mascarillas y los guantes.

Todo ello resulta de gran interés para una filosofía de la religión. Baste recordar la teoría sobre el origen de la religión como resultado de nuestra conexión primigenia con los animales. Que el vector del virus pueda ser un animal como el murciélago, a medio camino entre el mal y el bien, entre lo tenebroso y lo heroico, personificados en nuestra cultura por personajes de terror y superhéroes, podría ayudarnos a comprender la importancia de la religión en la historia humana, incluso (o precisamente) en sociedades que pretenden guiarse por el racionalismo de la ciencia y la tecnología. Nuestra idea de la religión ha de tener en cuenta las catástrofes naturales, que también hoy se vinculan al coronavirus, como cuando se afirma que la pandemia es una especie de venganza de la Naturaleza (Gaia) contra la hybris del Antropoceno, o una anticipación de futuros desastres medioambientales de carácter mundial.

El ecologismo adquiere así una función apotropaica. La pandemia ha servido para subrayar la fragilidad y la fortaleza del hombre respecto al planeta, a medio camino entre la contaminación y el contagio. Los niveles de contaminación atmosférica se han reducido con el estado de alarma, que nos ha dejado imágenes cargadas de simbolismo, como la claridad de las aguas de Venecia, que ha coincidido con una reducción del agujero de la capa de ozono. Sin embargo, desde casa seguimos produciendo la basura que resulta ser otra pandemia para los países más desfavorecidos. Es significativo que algunos hayan necesitado un virus capaz de colapsar los sistemas de salud de su país para hablar de la fragilidad humana. Hemos de preguntarnos hasta qué punto resulta obsceno hablar en nombre de la humanidad, sobre todo cuando observamos el dolor por televisión, entregados a la estética de lo sublime mientras compartimos memes en nuestros teléfonos móviles.

La importancia de los animales ha quedado también reflejada en el interés de los internautas por encontrar el origen del virus en animales exóticos, desde el pangolín hasta el búngaro. No parece tratarse de un repentino interés por la zoonosis, que en otros casos ha explicado la llegada de virus al hombre por medio de vectores como los dromedarios. El virus se ha transformado en un enemigo invisible en los discursos políticos, una retórica marcial que convierte a los médicos en soldados, a los hospitales en trincheras y a los políticos en generales, todo lo cual nos recuerda a la situación descrita anteriormente en torno a la Guerra Fría. El coronavirus ha atraído sobre sí el lenguaje del terrorismo, que abre la puerta a la idea del salvador, el redentor, incluso el vengador, favorecida por nuestra tendencia casi etológica a delegar las decisiones en tiempos de excepción. El político tiende a resaltar la lógica vertical de tipo carismático para subrayar su acción, algo que también reproducen los usuarios en las redes al convertir al propio gobernante en posible chivo expiatorio. Los movimientos antivacuna incluso apelan a la previsión de implantar microchips, insistiendo en el origen del virus en manos de empresarios del mundo de la informática, fortaleciendo así las teorías conspiranoicas características de todas las epidemias.

Nuestra reclusión también resulta aleccionadora respecto al ocio, el trabajo y el consumo. Algunos han recordado el adagio de Pascal: “toda la desdicha de los hombres proviene de una sola cosa: no saber permanecer en reposo en una habitación”, donde se lamenta que los hombres antepongan los placeres pasajeros a la sabiduría. Esta metáfora, que hoy adquiere una nueva luz, podría replantearse. Las horas que pasamos en redes sociales nos alertan de hasta qué punto el trabajo telemático no es el que llevamos a casa a cambio de un sueldo, sino el que hacemos gratuitamente como personas ociosas creando macrodatos para las redes sociales, que han concebido sus plataformas con el objetivo explícito de provocar adicción con sus algoritmos, contribuyendo a la proliferación de noticias falsas y contenidos en bucle. Los ciberanzuelos, como las proteínas del virus, garantizan la entrada de contenidos que se replican hasta la extenuación. La perspectiva de estar encerrado en una habitación adquiere así una fisionomía distópica que recuerda otro lamento de Pascal: “no habiendo podido curar la muerte, la miseria y la ignorancia, los hombres han convenido, para ser felices, no pensar en ello”. Huyendo del coronavirus (genes) nos hemos encerrado con el virus de las redes (memes), donde la salud corporal entra en contradicción con la mental.

En el lado opuesto, la realidad del periodismo y las redes ha despertado el ánimo censor de los gobiernos, cuya ambigüedad resulta tan dañina como los bulos. Esto ha sido determinante en China, donde los medios de comunicación han servido al mismo tiempo para controlar a los enfermos y para ocultar información, provocando la desaparición de varios médicos y periodistas, situación que parece haberse repetido en Rusia. Todo ello ha provocado la práctica ausencia de problemas ajenos a la epidemia. La economía de la vivienda está entre los más evidentes, dado que no todos tienen una casa donde recluirse y trabajar cómodamente. El virus físico y el virus digital han resultado encajar a la perfección, mostrándonos hasta qué punto sólo existe lo que se asocia al gusto a través de reforzadores adictivos (el famoso “Me gusta” y otros equivalentes).

Todo ello resulta especialmente relevante en el caso de los nacionalismos, que impulsan a diversos líderes a culparse mutuamente de la pandemia. Un conocido político, al verse contagiado por el coronavirus, presentó la epidemia como un virus chino para erigirse a sí mismo en una suerte de héroe nacional que se enfrentaba a una entidad extranjera, mientras en China se ha dejado correr la noticia del origen estadounidense del virus en Wuhan, dándose en diversas regiones chinas casos de racismo contra africanos. Los casos más trágicos a nivel europeo los hemos encontrado en los nacionalismos regionalistas, donde hemos contemplado a líderes políticos mofarse de la muerte de los contagiados en Madrid, y a otros solicitar que se escupa en la cara de los militares para infectarlos y expulsarlos, mientras otros reviven en el Congreso de los Diputados una retórica guerracivilista irresponsable. Esto mismo ha ocurrido a nivel mundial, donde muchos han querido acentuar la oposición entre Oriente y Occidente.

Es importante reconocer que todo esto responde a esquemas arcaicos. Ya Platón subrayaba en su Menéxeno el peligro de la retórica funeraria para despertar el odio contra los extranjeros y enaltecer la idea de pureza de la propia nación, convirtiendo a las víctimas en héroes y a los verdugos en salvadores. Incluso la palabra Europa aparece en este diálogo como el escenario de oposición entre Grecia y Persia, que bien podrían representar hoy a Estados Unidos y China.

Esto nos deja entrever hasta qué punto el enemigo no es el coronavirus, sino nosotros mismos. Todos hemos visto a políticos saltándose la cuarentena, desde expresidentes hasta vicepresidentes y alcaldes, algunos de los cuales, acusados por su incapacidad para proveer de materiales a los hospitales, han culpado a los médicos de infectarse en sus casas; a personas vaciando las estanterías de los supermercados y peleándose por el papel higiénico; a periodistas criticando a sus propios colegas por dar voz a quienes anunciaban la llegada de la epidemia; a médicos estigmatizados por sus vecinos; a jóvenes alegrándose del cierre de universidades, que tomaban como una oportunidad para asistir a las discotecas, o haciendo botellones en plena cuarentena; a vagabundos sin hogar a los que nadie había informado; a un policía humillando a una persona transexual y a otro acabando con la vida de un afroamericano; a charlatanes recomendando productos dañinos para la salud como supuesta cura; a vecinos que increpan desde sus balcones a quienes salen a la calle en cuarentena; ciberataques a los hospitales para obtener datos y pedir su rescate; cargamentos de mascarillas y medicamentos utilizados por el crimen organizado para sus negocios; a vecinos que han apedreado un autobús lleno de ancianos para evitar que los trasladasen a su barrio; a personas ocupando espacios cerrados y bares sin seguir las recomendaciones sanitarias; incluso han aparecido cadáveres desatendidos en residencias, que una vez más ponen en entredicho nuestra idea de la vejez y nos recuerdan la soledad que viven tantas personas, algunas de las cuales fallecen en sus casas sin que nadie se percate de ello. El silencio que seguimos guardando sobre el suicidio, por el que mueren más personas cada año que por accidentes de tráfico, no es ajeno a este problema.

En definitiva, pandemias como esta no sólo requieren ciencia, sino también prudencia. Esto supone, entre otras cosas, reconocer que ninguna ciencia puede resolver nuestra idea de la política y la sociedad, ni nuestra idea de la muerte, ni la forma en que educamos a los jóvenes y tratamos a los ancianos, ni agotar nuestra idea de la virtud y la educación, y que no podemos delegar nuestra responsabilidad en manos de especialistas. En última instancia, el virus no es un mero conjunto de moléculas de ARN y proteínas, sino también una idea, en ocasiones mítica y hasta metafísica, alrededor de la cual están girando problemas filosóficos, políticos y religiosos de enorme trascendencia. Hemos de ser precavidos con la idea de cuidado que salga de ahí. Lucrecio culminaba De rerum natura hablando sobre la peste de Atenas y mostraba su asombro por que alguien dejase de visitar a sus enfermos por miedo al contagio. Entre los últimos fallecidos, muchos no han podido despedirse de sus seres queridos. Actuar en tiempos de pandemia supone tomar decisiones excepcionales, pero también preguntarnos si la excepción merece transformarse en la norma, y no olvidar que muchos viven en continuo estado de alarma y también merecen nuestro cuidado.

Fuente: Nuevatribuna.es

"Filosofía en tiempos de Pandemia".

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo.

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