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Paz y Ciencia

jueves, 9 de mayo de 2013

El Humanismo "Imposible"



El hombre adulto se ve obligado a sumirse en sí, a ensimismarse, a centrar sus fines y objetivos en su solo sí mismo. Es a esto a lo que antes llamaba la retracción a un yoismo o egoísmo reaccional. Dado que la forma de supervivencia solo es alcanzable merced a la competencia, y la competencia es naturalmente competencia con otros, es preciso, a partir de algún momento, iniciar el aprendizaje de vivir por sí mismo, a solas consigo mismo, para sí mismo. Ciertamente, nuestra estructura capitalista es incapaz de adoptar un modo de pensar concorde con su práctica. Mientras en los primeros años de nuestra existencia se nos insuflan una serie de valores a los cuales debemos aspirar y con los cuales debemos aspirar y con los cuales conformar nuestra existencia de hombres, por decirlo así, formales, con posterioridad se nos advierte explícitamente, o verificamos en la práctica, el aprendizaje de la inviabilidad de tales valores que componen el sistema de una ética abstracta e impracticable. El mundo es como es, se nos dice, y si no se nos dice lo advertimos en la primera ocasión. El resultado es que a veces sumidos en una suerte de escepticismo y resignación, de la soledad a que nos vemos obligados. No sabemos qué es realmente la amistad -sobre la amistad y el carácter excepcional de la misma se ha escrito, desde tiempo inmemorial, toda clase de consideraciones sopesadas- ni sabemos siquiera qué es el amor, allí donde estas formas insuperables de la comunicación interpersonal están contaminadas por una competencia de fondo.

Carlos Castilla del Pino: El Humanismo "Imposible".

1 comentario:

ancr dijo...

Es que somos así. Ser todos es una forma de disolverse, de no Ser. Además, sociable no es decir carecer de estructuras jerárquicas. No tener diferentes identidades y cualidades y carencias. Precisamente significa todo lo contrario. Porque somos animales "políticos", que desempeñamos roles, ajustándose a nuestras posibilidades: unos sujetos van a contener más poder que otros.

Tomar consciencia de que competimos con el resto de la humanidad por los recursos existentes, afectivos o materiales, es una abstracción empírica que nos dota de la concepción real del cómo funcionan las cosas, encontrándonos, por supuesto, con el meollo de todo, nosotros mismos, y nuestra soledad fáctica, facilitando también el no sucumbir a servidumbres arbitrarias.

Colaborar es algo que se hace, pero por necesidad, es una estrategia. No caer en el combate belicoso, es un artefacto adoptado, que no refleja la naturaleza primaria de nuestras relaciones, que a poco que se rasque en ellas, desvelan cómo se desea luchar hasta las últimas consecuencias para imponer nuestras identidades, y por ende a la de los que nos apoyan, poseyendo, frente a frente, a los "otros", los no-Yo. Los rivales. Pero es que nos resulta útil funcionalmente. Evitar daños probables. Por eso evitamos el combate abierto, y por eso algo así compone parte de nuestro sentido de realidad: el Humanismo.

Nos gusta sentirnos "queridos", únicos, pero esto no viene dado, no es algo que pueda fabricarse sin más, en vacío. Es necesario conquistarlo, consciente o inconscientemente. Toda relación es una prueba de cómo nos comportamos. Y si obtendremos nuestro premio, la aceptación del par, mejor si es incondicional. Los hay altos y bajos, guapos y feos, inteligentes y tontos, simpáticos y ariscos.

A veces solo es un ejercicio de poder, para evitar el desamparo, o para satisfacer llanamente nuestros más elementales deseos, porque participar nos desplaza, a favor del resto: cuanto más se distribuye más toca a menos a uno. O sencillamente, otros consiguen espontáneamente más por libre. Conseguir lo tuyo siempre es un objeto de deseo.

En suma, nuestras cualidades o defectos, el Yo no tan personal, pero necesariamente solitario, resulta decisivo para la entrega del otro y su anterior otorgamiento confiado. Porque él también porfía lo mejor para sí mismo.

El deseado humanismo, no el totalitario igualitario, es siempre un valor en su contexto, práctico, y no “imposible”.