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Paz y Ciencia

miércoles, 20 de mayo de 2015

Un cuento "majico"


Este texto es una delicia, algunos "sesudos" pueden analizarlo y hablar de pensamiento mágico.
El pensamiento mágico llega a las personas porque, por ser irreal, ofrece esperanza, fe y devoción.
El pensamiento mágico tiene tintes psicóticos pero no de enfermedad. En las tribus primitivas este tipo de pensamiento está a la orden del día.
Este fragmento bellísimo nos indica muchas cosas. Yo no me atrevo a realizar una exégesis porque la interpretación, a mi entender, la tiene que dar la persona. Espero con cariño y muchas ganas recibir la interpretación de esta bonita fábula. Puede que usted también se sienta identificado.
Feliz día. Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta. 653 379 269

¿Os acordáis cuando transitábamos por la vida como si nadie ni nada nos hubiera hecho daño? Sí, quizás os tengáis que remontar muchísimos años atrás; quizás no reconozcáis en la imagen que se os devuelve a la mujer que se levanta a las 6 de la mañana y se queda dormida en el sofá a las 22h de la noche presa del cansancio por el peso de las obligaciones; quizás ni siquiera identifiquéis quién es esa niña con las mejillas sonrojadas  y el pelo revuelto que se tiraba por la rampa del parque con una bicicleta destartalada y sin frenos, porque para esa niña aquello representaba la máxima libertad. Aún no sabía definir qué era la libertad, y sin embargo jamás estuvo más cerca de ella.

Pero pronto los demás niños y adultos empezaron a reírse de ella y su bicicleta sin frenos cada vez que se estrellaba contra algo o alguien. Sí, aquella niña que todavía no sabía definir la libertad, aprendió que aquel acto de rebeldía implicaba asumir riesgos y estrellarse; estrellarse constantemente contra algo y alguien, y que aquello dolía: dolía mucho.

Y así fue como aquella niña que conducía una bicicleta sin frenos sintió la vergüenza y el rechazo y se dijo a sí misma que jamás volvería a hacer el ridículo. Arrinconó aquel armatoste con dos ruedas y en vez de poner unos frenos a su bicicleta destartalada, se los puso a su vida.

Aquella niña que se precipitó contra un muro con aquella bicicleta sin frenos, construyó  con aquellas piedras una fortaleza para ella y su miedo.

Qué segura se sentía aquella niña en su fortaleza de piedra, desde aquel muro observaba el mundo pero no lo podía acariciar. A veces saltaba hacia el otro lado del muro y se quedaba un tiempo en él, pero el miedo, tan previsor como cobarde, la arrastraba de los pelos a la fortaleza, no sin antes advertidle de los múltiples peligros que corría cada vez que lo intentaba.

Cada vez que quería bailar echaba el freno; cada vez que quería invitar a alguien a salir echaba el freno; cada vez que se enamoraba echaba el freno; cada vez que tenía una opinión que no estaba acorde con la mayoría echaba el freno; cada vez que sentía el estímulo de hacer alguna cosa que se escapara de las convenciones sociales echaba el freno; cada vez que tenía el deseo de satisfacer una necesidad echaba el freno. “¿Qué van a pensar de mí?, No estoy a la altura, No voy a ser capaz, Yo no sirvo para esto, No está bien que sienta rabia y enfado, No está bien que me muestre débil y vulnerable, No es lo suficientemente bueno, No es perfecto, No es válido, No es correcto.”

Y ahí estaba el miedo para corroborarle y secundar todas esas creencias sobre sí misma, inflándose y engordando cada día más y más.

Aquella fortaleza, que había sido construida para una niña de proporciones diminutas con un miedo diminuto, se quedó pequeña. La niña creció y se convirtió en una adulta, pero aquel miedo creció desproporcionadamente, rozando el absurdo. Ya casi no quedaba espacio para los dos en aquella fortaleza. El miedo había ocupado todos los espacios y recovecos, dejando a aquella niña que ya era una mujer, completamente aplastada por el peso de aquel ser desproporcionado y monstruoso.

Confinada, enclaustrada y aislada como estaba, cada vez con menos margen de movimiento y completamente tiranizada, empezó a sentir dolor (precisamente aquello por lo que se había construido la fortaleza). El miedo había crecido tanto y ejercía tal presión sobre ella que la arrojaba y sacudía brutalmente contra las piedras de aquel muro una y otra vez, provocándole múltiples heridas que nunca acababan de cicatrizar, siempre abiertas y dolientes. Aquello que temía tanto era justo aquello que estaba provocando.

La niña que antaño se había estrellado con una bicicleta sin frenos era la que respondía por la mujer adulta que ya era. Y aquello estuvo bien porque aquella niña hizo lo mejor que pudo con lo que sabía y tenía, pero lo que en su momento funcionó, ahora le estorbaba.

Ahora es una mujer con recursos, capacidad, voz, fuerza y presencia; ahora, hoy mismo, es una mujer que responde y se alía con su miedo, porque tener miedo es humano, un indicativo de salud mental que nos previene de situaciones peligrosas, pero vivir con miedo es el verdadero peligro porque aquello que tanto evitas se convierte en el centro de tu vida, el leitmotiv de tu existencia y el miedo acaba viviendo tu vida por ti.

Todos los manuales de psicología coinciden en lo mismo: el miedo sólo se supera enfrentándose a él, mirándolo de frente, diseccionando y examinando cada una de sus partes, el material con el que se ha forjado y cuánto es capaz de resistir. Si decides enfrentarte a él, puede (seguro) que duela, pero es un dolor muy necesario. Si vivir implica también sufrir, que por lo menos el dolor valga la pena o la alegría, que no hay nada más respetable y bien visto que el penar, el victimismo y la queja en esta sociedad.

Si te da miedo la soledad, quédate un día en casa escuchándote; si te da miedo enamorarte, enamórate sin reservas ni expectativas; si te da miedo que te rechacen, invita a esa persona que comparte contigo la misma parada de metro cada mañana a un café; si te da miedo apostar por aquel sueño que mantienes oculto, visibilízalo, muéstraselo al mundo y apuesta todo o nada por él.

1 comentario:

luis vicente valencia dijo...

Si, de alguna manera los humanos creamos condiciones en nuestras vidas y luego nos cuesta salir de esa zona cuando ya no la necesitamos. Me gustó mucho esta historia porque muestra claramente que en la vida se puede ser feliz. Sólo basta con arriesgarse.