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Paz y Ciencia

viernes, 12 de junio de 2009

La miocidad de los objetos y la relación imaginaria

Un hecho decisivo para entender la complejidad de la relación del sujeto con el objeto y al que no se ha prestado la debida atención: la vinculación afectiva no se establece directamente con los objetos sino con las imágenes de los mismos construidas por el sujeto. EL objeto parece ser condición necesaria para dotar de significado, y en casos patológicos esta tesis parece confirmarse. Así, en la ilusión -por ejemplo, el enfermo confunde un botón de la camisa con un insecto- se precisa de un ibjeto exterior, pero sobre él aparentemente externo con el significado del objeto interno superpuesto.
De esta forma, el objeto de la relación es, en alguna medida, parte del sujeto, pertenece al sujeto (S) que ha construido su imagen (imOb) Así quedó en la fórmula estándar:

f(S/imOb)

Por tanto, en la relación sujeto/objeto, a través de la imagen del objeto que el sujeto construye, parte del objeto pasa al sujeto, y parte del sujeto se entrega al objeto. Esto vale no sólo para los sentimientos de carácter aceptativo (posesivo, en términos generales), por ejemplo, los de simpatía, amor, etcétera, en los que deseamos de buen grado que parte del objeto pase a ser nuestro, cediendo parte de nosotros al objeto, sino también para los sentimientos aversivos, de antipatía y odio, aunque este caso la interiorización del objeto odiado ocurre a nuestro pesar. Consideramos placenteramente que la imagen del objeto amado sea nuestra y, por tanto, que sea mía. Lo penoso es que el objeto odiado, repudiado, deseado tan sólo para su alejamiento e incluso para su destrucción, sea también mío. Pese a todos los esfuerzos por considerarlo no-mío, el objeto odiado forma parte de mí. El problema del odio estriba precisamente en esto: el sujeto se encuentra poseído por el objeto odiado. Mientras la vinculación con el objeto amado depara un placer duradero, con el objeto odiado es una pesadilla: está dentro del sujeto, y como la destrucción no es posible, el deseo de la misma persiste y el odio se hace "eterno".
Se suele pensar que los objetos con los que establecemos vinculaciones afectivas son nuestros, pero esto es ilusorio. No nos pertenecen, ni los podemos hacer nuestros mas que de una manera virtual, imaginaria. Poseemos al objeto amado y destruimos al objeto odiado en forma figurada; por eso, la miocidad es imaginaria.

CASTILLA DEL PINO: "TEORÍA DE LOS SENTIMIENTOS". Pág. 59. Tusquets Editores. 2000. Barcelona.

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