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Paz y Ciencia
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jueves, 8 de julio de 2021

Nietzsche. Leyendas

 


Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Psicoterapeuta. Zaragoza. Presencial (Gran Vía) y Online. IG: @psicoletrazaragoza Website: www.rcordobasanz.es

Nietzsche fue un tipo enamoradizo que ejerció a lo largo de su vida una misoginia muy singular. “El hombre ama dos cosas: el peligro y el juego. Por eso ama a la mujer, el más peligroso de los juegos”. Este aforismo lo sacó de sus entrañas y lo puso en boca de Zaratustra después de conocer en Roma a Lou Andreas-Salomé y haber recibido de ella la suficiente cosecha de calabazas. Zaratustra fue el profeta que lanzó la proclama del superhombre, un ejemplar humano que, según la teoría de Nietzsche, debería ser profundamente culto, bello, fuerte, independiente, poderoso, libre, tolerante, a semejanza de un dios epicúreo, capaz de aceptar el universo y la vida como es. Pues bien, este modelo de superhombre aplicado por Nietzsche a sí mismo, en la vida real babeaba ante cualquier mujer atractiva que se pusiera a su alcance y si era rubia y rica la pedía en matrimonio de forma compulsiva, casi como un reflejo condicionado. El consiguiente rechazo le despertaba una descarga agresiva contra todo el género femenino. “Hasta aquí hemos sido muy corteses con las mujeres. Pero, ¡ay!, llegará el día en que para tratar con una mujer habrá primero que pegarle en la boca”. Y una vez vomitada la invectiva literaria, el superhombre quedaba tranquilo.

Su padre fue pastor protestante, de quien recibió una educación muy religiosa y que al morir tempranamente de enfermedad mental dejó a su hijo Friedrich, de cuatro años, tal vez inoculado con el germen de la locura. Durante la infancia y adolescencia del filósofo en Röcken (la actual Alemania), su lugar de nacimiento, estuvo rodeado de un férreo círculo femenino compuesto por la madre Franziska, la hermana Elizabeth, la tía Rosalie y la abuela Erdmunde. Fue un paisaje familiar agobiante, que le dejó unas secuelas de las que no se recuperaría nunca. Además de Lou Andreas-Salomé, una galería de mujeres pasó por su vida, unas como amor platónico, otras a través de una relación epistolar erótica, otras bajo la especie de amor maternal, otras como amor imposible y cada una de ellas formaba una ola sucesiva de un solo tormento. A todas adoraba en la práctica, a todas zahería literariamente y pese a su misoginia, lejos de aborrecerle, ellas se sentían atraídas por su talento y su bondad enloquecida, pero al final siempre terminaban por pararle los pies. Tampoco él estaba muy seguro de su virilidad. Por ejemplo, cuando una de sus amigas, Rosalie Nielsen, lo citó en la habitación de un hotel y comenzó a insinuarse Nietzsche tuvo que huir saltando por una ventana.

Nietzsche estudió Teología en el internado de Schulpforta e imbuido de religión se adentró después en la filología griega en las Universidades de Bonn y de Leipzig. Su cerebro no encontró la forma de asimilar la mezcla explosiva de cristianismo y belleza socrática. Deslumbrado por los mármoles de una Grecia imaginada, se convirtió al paganismo, que le obligó a gritar a los cielos el aforismo famoso: “¡Dios ha muerto!”.

jueves, 27 de mayo de 2021

Nietzsche: "Dios ha muerto..."

 



Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo, Psicoterapeuta, Pensador. Psicoanalista. Zaragoza. Teléfono: (+34) 653 379 269 IG:@psicoletrazaragoza

Es sumamente complejo y pretencioso (eufemismos típicos cuando hablamos de un imposible) resumir el pensamiento de un autor en una sola frase. Sin embargo, se dan casos de sentencias que imprimen carácter y si le preguntáramos a cualquiera (incluso a alguien totalmente lego en Filosofía), por ejemplo, quién es Sócrates, inmediatamente nos respondería: el que dijo “solo sé que no sé nada”. Y lo mismo tal vez nos pasaría con Descartes (“Pienso luego existo”), Sartre (“El infierno son los otros”) u Ortega y Gasset (“Yo soy yo y mi circunstancia”). En el caso de Nietzsche, esa frase a la que podríamos calificar de identitaria es “Dios ha muerto”.

No cabe duda de que la frase en cuestión posee un sello lapidario y enigmático, que hasta podría ser tildado de absurdo ¿Qué sentido tiene decir que ha muerto algo que no ha existido nunca? Si bien la teología tradicional incurre en sinsentidos aún mayores al sostener que Dios, un ser eterno e intemporal, creó el universo, de naturaleza finita y temporal. Ya Immanuel Kant en el siglo XVIII había formulado la siguiente pregunta: “Si es verdad que Dios creó el universo ex nihilo… ¿qué estuvo haciendo antes durante un tiempo infinito?” Pero tales disquisiciones nos apartan de la cuestión principal.

Para empezar, conviene llamar la atención sobre un hecho curioso: no fue Nietzsche el primero en utilizar esta metáfora de la muerte de Dios. Fue Ralph Waldo Emerson quien en un discurso dirigido a los alumnos de la Facultad de Teología de la Universidad de Cambridge, Massachusetts, dijo lo siguiente: “Los hombres hablan de la Revelación como si fuera algo que nos hubiera sido dicho y dado hace mucho tiempo, como si Dios estuviera muerto” (la cursiva y la traducción son mías). Esto tuvo lugar en 1838, esto es, seis años antes de que Nietzsche naciera. Cabe señalar que Emerson, figura señera del movimiento transcendentalista americano, fue un pensador por el que Nietzsche sentía profunda admiración y que ejerció sobre él una notable influencia, especialmente durante su juventud{1}. Esto es así hasta el punto de que Nietzsche inaugura La gaya ciencia, su cuarta obra importante, precisamente con una cita de Emerson{2}.

No vamos a entrar, pues ello nos parece baladí, en la cuestión de si Nietzsche plagió deliberadamente a Emerson o si, sencillamente, la imagen de la muerte de Dios quedó grabada en su subconsciente y la trajo a colación cuando las circunstancias lo propiciaron. Lo importante es que fue Nietzsche el que desarrolló a fondo esta idea y, si bien resulta innegable su deuda con el pensador americano, lo mismo podría decirse de este último para con el alemán. Ya lo dijo Borges en cierta ocasión: “Todo gran escritor crea a sus precursores”.

Nietzsche nos habla por primera vez de la muerte de Dios en el aforismo 125 de La gaya ciencia, obra a la que antes hicimos referencia. El pasaje que nos interesa dice así:

“¿No habéis oído hablar de ese loco que encendió un farol en pleno día{3} y corrió el mercado gritando sin cesar: ¡Busco a Dios, busco a Dios!” Como precisamente estaban reunidos allí muchos que no creían en Dios, sus gritos provocaron enormes risotadas. El loco saltó en medio de ellos y los traspasó con su mirada: (…) ¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado! (…) Todavía se cuenta que el loco entró aquel mismo día en varias iglesias y entonó su Requiem aeternam Deo. Una vez conducido al exterior e interpelado contestó siempre esta única frase: “Pues, ¿qué son ahora ya estas iglesias, más que las tumbas y panteones de Dios?”’

La segunda referencia la encontramos al comienzo de Así habló Zaratustra, obra de claras reminiscencias bíblicas a la que Nietzsche consideraba su obra principal. Gran conocedor como era de las Sagradas Escrituras, en ella se propone crear la contrafigura del Cristo evangélico, siendo numerosos los paralelismos: la oración en el huerto de los olivos, los discípulos, la pasión y resurrección… Como Jesucristo, también empieza Zaratustra su vida pública a la edad de treinta años, tras pasar un largo período de retiro. Su primer encuentro es con un ermitaño que lleva una existencia solitaria en los bosques. Cuando le pregunta Zaratustra qué hace allí, el santo le responde: “Hago canciones y las canto, y cuando hago canciones, río, gruño y lloro: así glorifico a Dios”. Tras despedirse de él, Zaratustra sigue su camino y cuando se ha alejado lo suficiente, hace el siguiente comentario: “¡Será acaso posible! ¡Este viejo santón no ha oído nada en su bosque de que Dios ha muerto!”

Posteriormente, en su discurso sobre los compasivos, Zaratustra vuelve a insistir ante sus discípulos sobre la idea de la muerte de Dios, esta vez añadiendo un significativo matiz:

“Ay, ¿en qué lugar del mundo se han cometido mayores tonterías que entre los compasivos? (…) ¡Ay de todos aquellos que aman y no tienen todavía una altura que esté por encima de su compasión! Así me dijo el demonio una vez: “También tiene Dios su infierno: es su amor a los hombres”. Y hace poco le oí decir esta frase: “Dios ha muerto; a causa de su compasión por los hombres ha muerto Dios”.

Por último, hay un tercer momento clave en el que sale a relucir el tema de la muerte de Dios. En la cuarta y última parte de la obra{4} se produce el encuentro de Zaratustra con un enigmático personaje de apariencia repulsiva, al que se denomina como “el más feo de los hombres”. Cuando este personaje se cruza en el camino de Zaratustra, le espeta lo siguiente:

“¡Zaratustra, descifra mi enigma! ¡Dime cuál es la venganza contra el testigo! (…) Ya que te consideras sabio, descifra el enigma, engreído Zaratustra, tú que eres capaz de cascar la nuez más dura ¡Adivina el enigma que soy! ¡Dime quién soy!”

A la vista de este adefesio, Zaratustra siente por un momento tambalearse sus convicciones más profundas y está a punto de sucumbir ante el “pecado” de la compasión, al que él considera el más abominable. Pero finalmente consigue sobreponerse y, aceptando el reto del vestiglo, le responde con firmeza: “Te conozco bien, dijo con voz de bronce, ¡tú eres el asesino de Dios!” El más feo de los hombres felicita a Zaratustra por su perspicacia y acto seguido reconoce que fue la gran vergüenza que sentía al ser contemplado y compadecido por este el ojo implacable de Dios lo que le llevó a suprimir a tan incómodo testigo. Sencillamente, tuvo que matarlo porque Él, en su calidad de omnipotente y omnisciente, lo estaba matando poco a poco.

Es conveniente señalar, antes de proseguir, que Nietzsche no es un pensador sistemático a la manera en que lo son, por ejemplo, Kant o Hegel. Su estilo aforístico le permite pasar de un tema a otro sin solución de continuidad, de tal suerte que la mayoría de sus obras vienen a ser complejos puzles cuyas piezas se ve obligado el lector a encajar a posteriori para dar un sentido global. Incluso es difícil interpretar aquellas sin tener en cuenta el modo en el que están interrelacionadas unas con otras. Creemos que es una de sus obras posteriores, La genealogía de la moral, la que nos proporciona las claves para descifrar las parábolas y enigmas más importantes de Así habló Zaratustra. Allí es donde acuña Nietzsche el término “conciencia reactiva” para designar el malestar general que impregna la cultura occidental y que se traduce en una actitud de resentimiento y de desprecio hacia la vida que ha llevado al hombre “a crear a Dios a su imagen y semejanza”. La incapacidad del ser humano para dar un sentido o una respuesta al sinsentido de la existencia lo ha llevado a crear un trasmundo imaginario, en el que la figura de Dios se erige en juez o árbitro absoluto cuyo cometido esencial consiste en premiar o castigar a cada uno, conforme sus acciones en esta vida hayan sido buenas o malas. Es así como nace la moral, fruto del nihilismo negativo que niega cualquier valor inherente a este mundo. Nietzsche ve un antecedente de esta actitud en la filosofía platónica{5}, si bien considera que es en el cristianismo donde este sentimiento cristaliza de manera paradigmática{6}, al que combatirá con energía a lo largo de toda su obra.

Sin embargo, el problema persiste. La ilusión de un trasmundo en que el bien y el mal que hagamos en la tierra se vean recompensados, no consigue neutralizar el sentimiento de frustración e inanidad que la desvalorización de la vida en este mundo, el único real, ha generado en la conciencia reactiva. Es entonces cuando esta se rebela y decide emanciparse del pesado yugo de la moral y gobernar por sí misma, eliminando a ese testigo incómodo que “todo lo ve” ¿Quién necesita de un juez o un árbitro que actúe además como fiscal, dispensando premios o castigos? Es el momento en que la conciencia reactiva decide “matar a Dios”, que ha dejado de ser una fuerza necesaria en el devenir histórico de los hombres. Pero estos, lejos de encontrar un sustituto aceptable, deciden reemplazar al viejo Dios del judaísmo con los nuevos becerros de oro que pasarían a heredar su pedestal. Dios queda eliminado, pero no su trono vacío, y las diversas instancias de lo reactivo se aprestan a ocuparlo: el socialismo marxista{7}, el capitalismo de origen calvinista con su ética del trabajo incesante{8}, el periodismo, el estado, los nacionalismos exacerbados (un fenómeno que a nosotros nos parece tan novedoso y que, sin embargo, viene a ser muy similar a los procesos que se gestaron en Europa a lo largo del siglo XIX y cuyos siniestros frutos maduraron en la centuria posterior), el intelectualismo deshumanizado{9}… El punto de inflexión en el tránsito de unos valores a otros lo sitúa Nietzsche en el pensamiento ilustrado del siglo XVIII, que culminó con la Revolución Francesa y que culminó en el XIX con uno de los períodos más convulsos en la historia de Europa hasta el momento. Para Nietzsche este tránsito representa la consumación del nihilismo “negativo” de la religión cristiana al nihilismo “reactivo” de la modernidad, que si bien ha decidido prescindir del lastre que supone la creencia en Dios, se aferra a una serie de falsos ídolos y tampoco cree realmente en la humanidad{10}.

Cabe preguntarse en qué momento histórico estamos ahora, puesto que al fin y al cabo esa es la expectativa que genera el título del presente trabajo. Para responder, es preciso retrotraerse al discurso de Así habló Zaratustra titulado “El último hombre”. En él nos pinta Zaratustra-Nietzsche un cuadro apocalíptico que, sin embargo, se halla exento de acontecimientos traumáticos o grandes hecatombes, por el mero hecho de que estos ya no serán necesarios. La especie humana se suicidará de manera silenciosa, al quedar desprovista de anhelos o ideales. El tránsito de la vida a la muerte tendrá lugar en perfecta solución de continuidad, pues ya una y otra resultarán indistinguibles, quedando ambas anegadas en la insipidez de la nada cotidiana{11}. “El último hombre” supone en este sentido la consumación del nihilismo: de la esperanza de un trasmundo imaginario creada por el cristianismo (nihilismo negativo), pasando por la adoración de los falsos ídolos levantados por la conciencia reactiva para reemplazar a Dios (marxismo, estado, ciencia, prosperidad material…) hemos desembocado en el nihilismo pasivo, o el nihilismo absoluto, del último hombre, a quien ya ni siquiera urge la necesidad de crear falsos ídolos o metas alternativas.

Este es el tiempo en el que estamos entrando, lamentablemente, en estos inicios de siglo, marcados por la impronta del consumismo, realidad virtual y eso que llaman los sociólogos “post-verdad”. Lo cual es mucho más que una palabra de moda más o menos rimbombante, sino que designa verdaderamente un proceso de cosificación del individuo y deconstrucción de la realidad, a través de las nuevas tecnologías y las redes sociales, que empieza a ser alarmante. Una mentira puede convertirse en verdad, o una verdad puede fabricarse y desecharse al día siguiente, tan pronto como deja de ser “útil” para un correcto funcionamiento del “establishment”. Es un proceso que está ocurriendo realmente y que podemos constatar, por ejemplo, en las campañas electorales de los partidos políticos, donde con frecuencia se impostan falsos debates que nada tienen que ver con los verdaderos problemas que aquejan a nuestra sociedad, tales como la transformación del modelo económico o la necesidad, consecuencia de la globalización, de crear estructuras supranacionales que ejerzan algún tipo de control sobre las grandes multinacionales, que han sabido adaptarse a la nueva realidad mucho antes y están imponiendo su deshumanizado modelo neoliberal a todo el planeta. Podría decirse que estamos asistiendo a una masiva fiesta del asno posmoderna, en que Dios ha sido reemplazado no ya por los patriotismos heroicos, el culto a ultranza a la ciencia o el falso paraíso marxista, sino por la pleitesía a los nuevos tótems de la modernidad, como pueden ser Facebook, Instagram o Amazon. Una nueva subcultura virtual asentada sobre la absoluta carencia de principios, groucho-marxista, donde la inmediatez y la superficialidad son las únicas divisas vaídas y que, a buen seguro, no aguantará mucho tiempo. Es preciso que los intelectuales tomen la iniciativa y, en este sentido, el martillo de Nietzsche, pese a sus numerosos excesos verbales rayanos en el histrionismo, se hace más indispensable que nunca.

miércoles, 5 de mayo de 2021

Nietzsche y el Psicoanálisis

 


¿Quién es Nietzsche? ¿Qué representa para el psicoanálisis?

Las ideas de Nietzsche impregnaron el psicoanálisis. Su influencia resulta evidente incluso en el estilo literario de Freud. Toda la generación del médico vienés estuvo impregnada del pensamiento de Nietzsche del mismo modo que la generación anterior había estado bajo el hechizo del darwinismo. Por otro lado, es imposible sobreestimar la presencia de Nietzsche sobre la psiquiatría dinámica. Más incluso que Bachofen, puede ser considerado como la fuente común de Freud, Adler y Jung.

El propio Freud, en su Presentación Autobiográfica se refiere a Nietzsche como un pensador “cuyas intuiciones e intelecciones coinciden a menudo de la manera más asombrosa con los resultados que el psicoanálisis logró con trabajo” y admite haberse mantenido al margen de sus escritos con la finalidad consciente de evitar que representación-expectativa de ninguna clase viniese a estorbarlo en la elaboración de las impresiones psicoanalíticas.

En una primera aproximación podemos ubicar los puntos de convergencia entre Nietzsche y Freud en un nivel teórico. Una serie de tópicos centrales -el estudio de los sueños, el reconocimiento de las pulsiones como “eso” (das Es) que gobierna y determina la vida anímica, la pluralidad del yo, la interdicción del incesto como vía -siempre conflictiva- de acceso al orden simbólico, la pregunta por la etiología de los sentimientos morales, el lugar predominante del cuerpo como representante de una verdad novedosa y reprimida... son sólo algunos temas que están presentes en Freud articulando de manera original aspectos importantes de la reflexión del Nietzsche.

Si indagamos profundamente en conceptos nietzscheanos como la doctrina del eterno retorno, el amor fati (amor al destino) y la idea del Superhombre tal como se plantea en Así habló Zaratustra, encontraremos aún más relaciones profundamente interesantes entre estos dos autores, que constituyen de las personalidades más brillantes y geniales que ha dado la humanidad.

Lo particular del enfoque psicoanalítico

A las coincidencias enumeradas, presentes en el plano de la teoría subyace un trasfondo ético, una concepción singular del hombre y la cultura. Ya sea en términos de “nihilismo” (voluntad de la nada) o de “pulsión de muerte”, ambos autores consideran el malestar del sujeto como un hecho enraizado en la civilización y articulado al lenguaje. En tal sentido, tanto Nietzsche como Freud descartan de plano toda idea de “progreso” o “avance” en cuanto a la cultura y las relaciones humanas.

Más aún, consideran todo idealismo, en éste o en cualquier otro sentido, como el residuo de una posición infantil (nada de romántico en este concepto) que es necesario perder. Freud nos dice a este respecto: “El hombre no puede permanecer enteramente niño; a la postre tiene que lanzarse fuera, a la «vida hostil». Puede llamarse a esto «educación para la realidad»; ¿necesito revelarle, todavía, que el único propósito de mi escrito es llamar la atención sobre la necesidad de este progreso?”.

La "observación psicológica" y el tratamiento psicoanalítico

Tanto la observación psicológica nietzscheana como el tratamiento psicoanalítico freudiano se proponen indagar en las condiciones singulares del infantilismo presente en el hombre de las culturas tardías bajo la hipótesis de que el esclarecimiento y la elaboración de un saber acerca de los procesos inconscientes implicados en el pathos derivarían en eventuales consecuencias de salud para el sujeto. 

Nietzsche, quien se autoproclama como “el primer psicólogo”, por supuesto está advertido de las dificultades implicadas en este trabajo de rectificación. Aun así, sienta posición respecto del carácter necesario de tal recorrido. “Es necesario despertar el espíritu de observación psicológica. El aspecto cruel de la mesa de disección psíquica, de sus cuchillos y de sus pinzas no puede serle evitado a la humanidad. Pues en este dominio está domiciliada esa ciencia que se pregunta el origen y la historia de los sentimientos llamados morales y que en su marcha debe proponer y resolver los problemas complicados de la psicología”.

Un maestro del escepticismo

En una dirección similar, Nietzsche cuestiona el protagonismo que han tenido las religiones en la historia de la humanidad. Señala que su combustible ha sido la enigmática voluntad de “perderse a uno mismo, obedeciendo mucho tiempo y en una misma dirección”. En El Anticristo, una de sus obras contestatarias por excelencia, aborda la idea de "orden moral del mundo" que propone el cristianismo y que resume en los siguientes principios: 1) que existe una voluntad de Dios sobre lo que se debe hacer y lo que no. 2) que el valor de un pueblo o de un individuo está determinado por el grado de obediencia prestado a tal imperativo.

El sacerdote se ha ubicado siempre como el representante del orden moral, aquel que ha recibido la revelación de la voluntad de Dios. En este sentido la iglesia “ ha abusado del nombre de Dios: llama reino de Dios a un estado de cosas en el que es un sacerdote quien fija los valores", ha llamado "voluntad de Dios" a los medios que empleado para alcanzar o mantener determinado estado de cosas.

El Malestar en la Cultura

Un elemento común de la obra de Nietzsche y Freud, y que ofrece un hilo conductor por los principales textos de uno y otro autor lo constituye el tópico del  malestar en la civilización, esto es, la identificación de un elemento irreductible de malestar en la base de la constitución de la sociedad.

En el prefacio a la Segunda Edición de La gaya ciencia, una de sus obras más importantes, Nietzsche nos habla acerca de la soledad que experimentó en su tiempo. Tengamos presente que el "filósofo del martillo" sólo devino famoso de manera póstuma, vendiendo sólo unos pocos ejemplares de sus obras mientras estuvo con vida. De alguna manera sentía no tener "oídos" a los cuales hablarles de sus descubrimientos. Es imposible, al leer hoy sus palabras evitar pensar que estaba hablando de Freud, aún sin conocerlo.

“Espero aún que un médico filosófico en el sentido excepcional de la primera palabra –uno que haya de ir tras el problema global de un pueblo, de una época, de una raza, del género humano- tenga alguna vez la valentía de llevar hasta el final mi sospecha y atreverse a sentar este principio: de lo que se trataba hasta ahora en todo filosofar no era en modo alguno la “verdad”, sino de otra cosa, digamos que de la salud, del futuro, del crecimiento, del poder, de la vida”. De lo que está hablando aquí Nietzsche, otro de los "maestros de la sospecha", no es otra cosa que lo que Freud llamaría cincuenta años más tarde El Malestar en la Cultura.

Bases del pensamiento de F. Nietzsche

Desde la perspectiva de Nietzsche, la entera cultura occidental se halla edificada sobre la base de valores -anclados en el lenguaje y su metafísica inherente- que han pasado a ser el fondo común de la especie humana, “sangre de nuestra sangre y carne de nuestra carne”. Estos valores, por su carácter gregario, han sofocado sistemáticamente las formaciones autónomas, constituyéndose en un dispositivo sacrificial de toda singularidad significativa y operante en la cultura

La función primera del proceso civilizatorio tal como Nietzsche la define en La genealogía de la moral es “criar un animal que pueda prometer” -a contramano del carácter radicalmente indomeñable de la pulsión. Este proceso ha conllevado el desarrollo en el hombre de una facultad puesta al servicio de un comportamiento predecible, regular.“De camino hacia el ‘ángel’ (para no utilizar aquí una palabra más dura), el hombre ha ido criando en sí mismo ese estómago estropeado y esa lengua cubierta que hacen no sólo que la alegría e inocencia del animal se le hayan tornado repugnantes, sino que la vida misma haya pasado a ser para él una cosa poco apetecible.”

Estas ideas abonan el terreno para la tesis de una degeneración histórica de la cultura –décadence-, que ocupa en la obra de Nietzsche un lugar central. La "filosofía a martillazos" se implica como una fuerte crítica a gran parte de los supuestos sobre los que se asienta nuestra cultura. Una a una, Nietzsche interroga las grandes verdades de occidente para encontrar tras ellas el testimonio del lado más cruento y nocivo de su historia: una suma de errores -de “autoengaño convertido en instinto”- fundados sobre el silenciamiento general de las pasiones.

La crítica nietzscheana en este sentido posee dos frentes principales: uno propiamente metafísico, y el segundo -más importante- se centra en el terreno de la moral, que es para Nietzsche previo y fundamento del anterior. Es necesario, señala, remitir los valores que desde tiempo inmemorial vienen alimentando -e indigestando- nuestra cultura, al terreno moral del que brotan. "Todo lo que hasta ahora se llamó “verdad” ha sido reconocido como la forma más nociva, más pérfida, más subterránea de la mentira; el sagrado pretexto de ‘mejorar’ la humanidad, reconocido como el ardid para chupar la sangre a la vida misma, para volverla anémica”.

El absurdo del "número máximo"

Nietzsche considera que el proceso de civilización se ha encargado de reprimir y desfigurar de manera sistemática los instintos. En una revisión histórica, tal procedimiento le ha permitido al hombre edificar estados y expandirse cada vez con mayor grandiosidad. En efecto, el poder de una comunidad siempre estuvo decidido por su carácter gregario, es decir, por cuánto de sí mismos estuvieron dispuestos a ceder los individuos a las exigencias del rebaño. “Es el error psicológico y en general la torpeza en este dominio lo que ayudan a la humanidad a avanzar”.

En este sentido, reconoce que existe una discordancia fundamental entre la cultura como "cúmulo de recetas universales de comportamiento" y el carácter radicalmente singular, diferenciado de la pulsión. Nietzsche sitúa como núcleo irreductible de malestar esta contradicción primordial entre los hombres y el hombre. Aquello que el instinto gregario considera como beneficioso es, para el filósofo, motivo de una fuerte sospecha: ¿Bueno para qué? ¿Permite el avance de quién? ¿Hacia dónde? 

En Más allá del bien y del mal es concluyente a este respecto, señalando que el absurdo del ‘número máximo’ estan sólo la última forma de aquel horrible dominio del absurdo y del azar que hasta ahora se ha llamado historia. “Todos nosotros aún adolecemos siempre del demasiado escaso respeto a lo personal en nosotros; esto está precariamente desarrollado, admitámoslo: nuestro sentido más bien se ha retraído violentamente de ello y se lo ha ofrecido como sacrificio al Estado, a la ciencia, al desamparado, como si fuera lo malo que debiera ser sacrificado.”

Nietzsche: decadencia y nihilismo

Para Nietzsche, el alma humana se encuentra, desde siempre, escindida por la moral. Ésta es la enfermedad incurable a él da el nombre de mala conciencia, que describe como “el fenómeno a partir del cual el hombre ha pasado a sufrir de sí mismo”, y que sitúa como el elemento genealógico fundamental del pensamiento semítico y cristiano.

En su trabajo Freud y Nietzsche, P-L Assoun destaca el carácter reactivo de este progresivo proceso de “envenenamiento” cuyo origen sitúa en una inversión paradojal de la voluntad, según la cual el afecto que no encuentra su descarga a través de la actividad dispara un mecanismo tóxico. Este mecanismo se pone en marcha a partir del momento en que aquella acción que se reprime deviene ‘creativa’, lo cual implica una inversión de la relación sujeto-acción-mundo; la mala voluntad es objeto y no sujeto. Sus acciones son en realidad reacciones.

Estas ideas básicas sostienen la tesis de una degeneración histórica de la cultura –décadence-, que ocupa en la obra de Nietzsche un lugar central, y que se encuentra directamente articulada a su idea del nihilismo. El concepto de nihilismo presenta en la teoría del filósofo diversos matices y merece un análisis diferenciado. Sin embargo, considero que una de las acepciones centrales del término queda expresada con simpleza y precisión por G. Deleuze quien, siguiendo a Heidegger, lo resume como el proceso a partir del cual, a lo largo de la historia, las fuerzas reactivas han creado valores y se han apoderado de la cultura de occidente

"Si se coloca el centro de gravedad de la vida no en la vida, sino en el más allá -en la nada-, se ha arrebatado el centro de gravedad a la vida en general. La gran mentira de la inmortalidad personal destruye toda razón, toda naturaleza en el instinto; todo lo que en los instintos es benéfico, favorable a la vida; todo lo que garantiza el porvenir despierta desde entonces desconfianza. Vivir de modo que la vida no tenga ningún sentido, es ahora el sentido de la vida..."

La teoría de Freud

 

Freud continúa en gran medida la línea escéptica planteada por Nietzsche. En contraposición con la idea de "progreso" se encarga de destacar el carácter inherentemente conflictivo, dramático que supone la traducción del mundo individual al mundo común. En este sentido, señala que “Todo individuo es virtualmente un enemigo de la cultura que, empero, está destinada a ser un interés humano universal".

En El Porvenir de una ilusión, el padre del psicoanálisis cuestiona la idea de progreso en términos de las relaciones humanas y define la ilusión que esto supone como la Edad de Oro: “Mientras que la humanidad ha logrado continuos progresos en el sojuzgamiento de la naturaleza y tiene derecho a esperar otros mayores, no se verifica con certeza un progreso semejante en la regulación de los asuntos humanos. Se creería posible una regulación nueva de los vínculos entre los hombres, que cegara las fuentes de descontento con respecto a la cultura renunciando a la sofocación de lo pulsional, de suerte que los seres humanos, libres de toda discordia interior, pudieran consagrarse a producir bienes y gozarlos. Sería la Edad de Oro; pero es dudoso que ese estado sea realizable".

Ya desde sus primeros escritos psicológicos, Freud advierte que existe un conflicto infranqueable entre el individuo y la cultura. La convivencia sólo es posible en la medida en que el poder de una mayoría aglutinada y cohesionada –que encuentra expresión en el derecho- prevalezca sobre el poder del individuo aislado, el cual será de aquí en más condenado como “violencia bruta” por la comunidad. La renuncia pulsional queda definida, pues, como el pilar del desarrollo cultural, condición de posibilidad de éste.

Constitución del síntoma neurótico

Freud explica el malestar que tal requisito ineludible lleva aparejado describiendo el paso desde una disposición infantil que es perversa polimorfa hacia la vida sexual regulada y normativizada del adulto. El postulado de una pulsión, como ese empuje interno, parcial y constante que acompaña la vida desde el comienzo y que busca de manera autónoma su satisfacción sin miramiento alguno por la persona constituye la piedra fundamental de su doctrina.

Si a esto añadimos el carácter estructurante del complejo de Edipo -cuya tesis central indica que la primera elección de objeto es necesariamente de tipo incestuoso -y por lo tanto inaceptable en términos culturales- vemos hasta qué punto Freud sitúa al infante en un atolladero. La neurosis es ya no la excepción, ¡sino la regla! Constituye el efecto patógeno de la relación inherentemente conflictiva, traumática del individuo con la cultura. “El ser humano se vuelve neurótico porque no puede soportar la medida de frustración que la sociedad le impone en aras de sus ideales culturales.”

Más allá del principio del placer...

El síntoma neurótico viene a dar cuenta de este hecho: a cambio de la satisfacción normal que se les ha negado, las mociones pulsionales buscan vías alternativas para satisfacerse. En este sentido, constituye una formación sustitutiva que irrumpe en el sujeto amenazando su bienestar e incluso su conservación, no obstante lo cual éste –tal como ocurre con los sueños, los lapsus y otras “formaciones del inconsciente” - no puede dar cuenta racionalmente del hecho de que le es propio, como así tampoco detener su repetición.

Es así como, en su clínica con neuróticos, Freud se confronta con esta dimensión paradojal, descentrada del deseo de la que hablaba Nietzsche. En el discurso de sus pacientes tiene oportunidad de escuchar en el nivel de la singularidad las consecuencias de aquellos procesos que el filósofo había descripto en un nivel más general. En el síntoma que se mantiene, en las reacciones terapéuticas negativas, en los análisis que se vuelven interminables, Freud discierne que el sujeto no siempre quiere su bien –o bien, que lo quiere y al mismo tiempo no lo quiere, “su yo ha perdido su unidad, y por eso tampoco da paso a una voluntad unitaria” , hecho que abordará en términos de un más allá del principio del placer o pulsión de muerte.

10 Frases de Nietzsche ligadas al Psicoanálisis

“La humanidad no marcha por sí misma por el camino recto, no es gobernada en absoluto por un Dios. Antes bien: el instinto de negación, de la corrupción, el instinto de décadence ha sido el que ha reinado con su seducción, ocultándose precisamente bajo el manto de los más santos conceptos de valor de la humanidad”.

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“Siempre que los hombres de las primeras edades colocaban una palabra, creían haber realizado un descubrimiento, creían haber resuelto el problema; y lo que habían hecho era dificultar la solución. Ahora, para conseguir el conocimiento, hay que tropezar constantemente con palabras que se han hecho eternas y duras como la piedra, tanto que es más fácil romperse una pierna que romper una palabra”.

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“La conciencia no se ha desarrollado sino en relación con su utilidad para la comunidad y el rebaño, de modo que cada uno de nosotros, a pesar de su deseo de ‘conocerse a sí mismo’, no adquirirá nunca conciencia más que de lo que hay de no individual en él (…) No tenemos ningún órgano para el ‘conocimiento’, para la ‘verdad’. No ‘sabemos’ (o creemos, o nos imaginamos) nada más que lo que pueda ser útil en interés del rebaño humano, de la especie”.

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“¿Cuáles son, en último término, las verdades del hombre? Sus errores irrefutables”.

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“Todas esas morales que se dirigen a la persona individual para procurarle su «felicidad»,  - qué otra cosa son que propuestas de comportamiento en relación con el grado de peligrosidad en que la persona individual vive a causa de sí misma; recetas contra sus pasiones, sus inclina­ciones buenas y malas, dado que éstas tienen voluntad de poder y quisieran desempeñar el papel de señor; ardides y artificios pequeños y grandes que desprenden el rancio olor propio de viejos remedios caseros y de una sabiduría de vie­jas; todas ellas barrocas e irracionales en la forma –porque se dirigen a «todos», porque generalizan donde no es lícito ge­neralizar-, todas ellas hablando en un tono incondicional, tomándose a sí mismas como algo incondicional...”

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“Por mucho que el hombre se extienda con su conocimiento, por muy objetivo que le parezca que es él mismo, al final, lo único que obtiene de ello es su propia biografía”.

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“Una mirada fría, un torcer el gesto de aquellos bajo los que y para los que uno ha sido educado, siguen siendo temidos aun por el más fuerte. ¿Qué es propiamente lo que ahí se teme? ¡Quedarse solo! ¡Un argumento, éste, que derriba incluso los mejores argumentos a favor de una persona o cosa! Así habla el instinto gregario por nuestra boca”.

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“Os apretáis contra vuestro prójimo y tenéis bellas palabras para expresar esta apretura. Huís de vosotros mismos hacia el prójimo, y pretendéis hacer de ello una virtud. No os soportáis a vosotros mismos y no os amáis lo suficiente: por eso queréis tentar al prójimo para que os ame y doraros con su error”.

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“Sufrimiento fue, e impotencia –lo que creó a todos los dioses y trasmundos; y aquel breve delirio de felicidad que sólo experimenta el que más sufre. Cansancio que quiere alcanzar el final con un solo salto, con un salto mortal; un cansancio pobre e ignorante que ya no quiere ni querer".

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“Cualquier aprendiz de moralista se atreve a decir: '­No! El hombre debería ser de otro modo...' Hasta sabe cómo debería ser el hombre, ese pobre diablo; se pinta a sí mismo en la pared y luego dice: ­¡Ecce homo! "

miércoles, 21 de abril de 2021

Humano. Demasiado Humano

 


Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta. Psicoanálisis. Zaragoza. Teléfono: 653 379 269 Presencial y Online. Consulta en Gran Vía. IG:@psicoletrazaragoza Página Web: Conóceme-Contacta

El prefacio de Humano demasiado humano escrito en 1886, revela que el padecimiento del hombre solo cambia de contexto y se sirve de los nuevos medios a su merced. La erupción de autodeterminación, de autovaloración, la voluntad de libre albedrío puede tornarse una salvaje tentativa por la que el hombre desasido se empeñe en demostrarse su dominio sobre las cosas. Vaga cruelmente con una avidez insatisfecha; lo que apresa debe expiar la peligrosa excitación de su orgullo…En el trasfondo de su trajín y vagabundeo -pues está intranquilo y sin norte que le oriente, como en un desierto- está el interrogante de una curiosidad cada vez más peligrosa.



de "Humano, demasiado humano"

Un alma delicada se siente molesta al saber que hay que darle las gracias; un alma grosera, al saber que tiene que darlas.

Es indefectible: cada maestro no tiene más que un alumno, y este alumno le llega a ser infiel, pues está predestinado a ser maestro también.

Las mujeres llegan a ser, por medio del amor, lo que son en la mente del hombre que las ama.

Se olvida la arrogancia cuando se está entre hombres de mérito; estar solo hace orgulloso. Los jóvenes son muy arrogantes, pues frecuentan sus semejantes, todos los cuales, no siendo nada, quieren pasar por mucho.

No sólo se ataca para hacer daño a alguien, para vencerle, sino a veces por el mero deseo de adquirir conciencia de la propia fuerza.

Pocas gentes habrá que, cuando se sientan perplejas en la elección de tema de conversación, no revelen los secretos más importantes de un amigo.

El cristianismo nació para dar al corazón alivio; pero luego necesita primeramente abrumar el corazón para poder en seguida consolarle.

Un escritor debería ser considerado como un malhechor que no merece, sino en casos rarísimos, el perdón o la gracia. Esto sería un remedio contra la invasión de libros.

La distinción que encontramos en el infortunio (como si fuera un signo de vulgaridad, de falta de ambición, sentirse feliz) es tan grande, que si decimos a una persona "¡Pero, qué feliz es usted!", por lo general protesta.

La ventaja de la mala memoria es que se disfruta varias veces de las mismas cosas por primera vez.

El que nos encontremos tan a gusto en plena naturaleza proviene de que ésta no tiene opinión sobre nosotros.


de "Así hablaba Zaratustra"

Vuestro honor no lo constituirá vuestro origen, sino vuestro fin.

Es preciso saberse amar a sí mismo, con amor sano y saludable, para saber soportarse a sí mismo y no vagabundear.

En el fondo no amamos más que a nuestros hijos y a nuestras obras; y el amarse mucho a sí mismo es un signo de fecundidad.

No debéis tener más enemigos que aquellos que sean dignos de odio, pero no tengáis enemigos dignos del menosprecio: debéis estar orgullosos de vuestros enemigos.

Hubo un tiempo en que el espíritu fue Dios; luego se hizo hombre y, por último, plebe.

El hombre es algo que debe ser superado; el hombre es un puente y no un fin.

Los hombres "no" son iguales: así lo dice la justicia; y ellos no pueden querer lo que yo quiero.

Cualquier que sea el mal que puedan hacer los malos, el mal que hacen los buenos es el más nocivo de todos los males.

Te castigan por tus virtudes. Sólo perdonan sinceramente tus errores.

El que busca conocimiento pasa por entre los hombres como por entre animales.

¡Oh soledad! ¡Soledad, patria mía!

¿Tenéis valor? No el valor ante los testigos, sino el valor de los solitarios, el valor de las águilas que no tienen ningún dios espectador.

Voluptuosidad: sólo para los marchitos es un dulce veneno; mas para los que tienen voluntad de león, es el mayor reconstituyente y el rey de los vinos conservado con veneración.


de "Filosofía general"

Sólo las almas ambiciosas y tensas saben lo que es arte y lo que es alegría.

Así, como somos, nos hacemos recalcitrantes ante un "tú debes". Nuestra moral debe decir "yo quiero".

La estimación de la autoridad aumenta en relación de la disminución de fuerzas creadoras.

Un hombre que se creyera absolutamente bueno sería espiritualmente un idiota.

Llamamos buena o mala a una cosa en relación con nosotros, no con la cosa misma.

El hombre es ante todo un animal que juzga.

¿Hay aún filósofos? En realidad, en nuestra vida hay mucho de filosófico, sobre todo en los hombres científicos; pero filósofos propiamente dichos, hay tan pocos como verdaderos nobles. ¿Por qué? Ya no se cree en los filósofos, ni aun entre los sabios; éste es el escepticismo de una época democrática, que abjura de los hombres superiores. La psicología del siglo va dirigida esencialmente contra las naturalezas superiores.

Los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos.

Puede creerse que llegará un tiempo en que el hombre se eleve tanto, que las cosas que hasta aquí le han parecido más sagradas, por ejemplo, la creencia en Dios, le parezcan infantilmente conmovedoras y que haga con ellas lo que ha hecho con todos los mitos: que las transforme en cuentos para niños.

El placer de hacer daño, porque trae consigo un acrecentamiento del sentimiento de poder, sobre todo cuando precede una disminución de éste, es decir, en la venganza.


de "Más allá del bien y del mal"

Lo que se hace por amor, se hace también más allá del bien y del mal.

El desilusionado habla: "Yo esperaba ecos y no he encontrado más que elogios".

No se odia mientras se menosprecia. No se odia más que a su igual o a su superior.

A riesgo de escandalizar los oídos inocentes, doy por hecho que el egoísmo pertenece a la esencia de las almas nobles; quiero afirmar esta creencia inmutable de que un ser tal como "somos nosotros" debe tener sometidos a otros seres, otros seres deben sacrificarse por él.

Ser independiente es cosa de una pequeña minoría, es el privilegio de los fuertes.

Las mujeres, hasta el presente, han sido tratadas por los hombres como pájaros que, habiendo descendido de una altura cualquiera, se han perdido entre ellos: como una cosa delicada, frágil, salvaje, extraña, dulce, encantadora, pero también como algo que es preciso poner en una jaula para que no se vuele.

Ser dueños de nuestras cuatro virtudes: el valor, la penetración, la simpatía, la soledad.


de "Tratados filosóficos"

El amor y la crueldad no son dos cosas opuestas: siempre se encuentran juntos en los caracteres más firmes y mejores.

Debemos desechar todo escrúpulo de conciencia en lo que se refiere a la verdad y el error, mientras se trate de la vida, para que luego podamos emplear la vida en servicio de la verdad y de la conciencia intelectual.

Esto es para desesperar: la historia nos enseña que ninguno de los grandes hombres ha triunfado sin un gran orgullo y una buena dosis de injusticia.


de "Aurora"

¿Qué haremos para estimularnos cuando estemos fatigados y cansados de nosotros mismos? Unos recomiendan la mesa de juegos, otros el cristianismo, otros la electricidad. Pero lo mejor, mi querido melancólico, es "dormir mucho", en el sentido propio y figurado. Así terminaremos por tener de nuevo nuestra mañana. Un alarde en la sabiduría de la vida es saber intercalar a tiempo el sueño bajo todas sus formas.

Sólo cuando el hombre haya adquirido el conocimiento de todas las cosas podrá conocerse a sí mismo. Pues las cosas no son sino las fronteras del hombre.

Lo que es muy difícil de comprender por los hombres es su ignorancia con respecto a ellos mismos.

¡Nada os pertenece en propiedad más que vuestros sueños!

El hombre libre es inmoral, porque en todas las cosas quiere depender de sí mismo y no de un uso establecido.

Es necesario que el maestro ponga a sus discípulos en guardia contra él.

La virtud principal del trabajo es impedir los ocios de las naturalezas más vulgares.


de "El ocaso de los ídolos"

Para vivir hay que ser un animal o un dios -dice Aristóteles-. Falta el tercer caso: hay que ser lo uno y lo otro; esto es, un "filósofo".

Guardarse de la mediocridad. ¡Antes la muerte!

Se debe vivir de modo que se tenga, en el momento oportuno, la voluntad de morir.


de "El eterno retorno"

Temo que los animales consideren al hombre como un ser de su especie que, con gran peligro para él, ha perdido su buen sentido animal; que le consideren como un animal absurdo, como un animal que ríe y que llora, como un animal nefasto.

¿Cuántos hombres hay que sepan observar? Y entre el pequeño número de los que saben, ¿cuántos hay que se observen a sí mismos? "Cada cual es lo más lejano para sí mismo".

El que sabe que es profundo se esfuerza por ser claro; el que quiere parecer profundo se esfuerza por ser oscuro.


de "La voluntad de dominio"

Para que el hombre pueda tenerse respeto a sí mismo es necesario que sea capaz también de ser malo.