El fútbol
La historia del fútbol es
un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho
industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque
sí.
En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es
inútil, y es inútil lo que no es rentable.
A nadie da de ganar esa locura que
hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo
y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota
leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber
que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.
El juego se ha convertido en
espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y
el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo,
que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia
del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha
fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohibe la
osadía.
Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en
cuando, algún descarado carasucia que sale del libreto y comete el disparate de
gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por
el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.
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Eduardo galeano habla
sobre su libro
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¿El opio de los pueblos?
¿En qué se
parece el fútbol a Dios?. En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la
desconfianza que el tienen muchos intelectuales.
En 1880, en Londres, Rudyard
Kipling se burló del fútbol y de «las almas pequeñas que pueden ser saciadas por
los embarrados idiotas que lo juegan». Un siglo después, en Buenos Aires, Jorge
Luis Borges fue más que sutil: dictó una conferencias sobre le tema de la
inmortalidad el mismo día, y a la misma hora, en la selecci ón argentina estaba
disputando su primer partido en el Mundial del ?78.
El desprecio de muchos
intelectuales conservadores se funda en la en la certeza de que la idolatría de
la pelota es la superstición que el pueblo merece. Poseída por el fútbol, la
plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza.
El instinto animal se impone a la razón humana, la ignorancia aplasta a la
Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere.
En cambio, muchos intelectuales
de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su
energía revolucionaria. Pan y circo, circo sin pan: hipnotizados por la pelota,
que ejerce una perversa fascinaci ón, los obreros atrofian su conciencia y se
dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de clase.
Cuando el fútbol dejó
de ser cosas de ingleses y de ricos, en el Río de la Plata nacieron los primeros
clubes populares, organizados en los talleres de los ferrocarriles y en los
astilleros de los puertos. En aquel entonces, algunos dirigentes anarquistas y
socialistas denunciaron esta maquinación de la burguesía destinada a evitar la
huelgas y enmascarar las contradicciones sociales.
La difusión del fútbol en
el mundo era el resultado de una maniobra imperialista para mantener en la edad
infantil a los pueblos oprimidos.
Sin embargo, el club Argentinos Juniors
nació llamándose Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas
ahorcados un primero de mayo, y fue un primero de mayo el día elegido para dar
nacimiento al club Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista de Buenos
Aires. En aquellos primeros años del siglo, no faltaron intelectuales de
izquierda que celebraron al fútbol en lugar de repudiarlo como anestesia de la
conciencia.
Entre ellos, el marxista italiano Antonio Gramsci, que elogió
«este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre».
La pelota como bandera
En el verano
de 1916, en plena guerra mundial, un capitán inglés se lanzó al asalto pateando
una pelota. El capitán Nevill saltó del parapeto que lo protegía, y corriendo
tras la pelota encabezó el asalto contra las trincheras alemanas. Su regimiento,
que vacilaba, lo siguió.
El capitán murió de un cañonazo, pero Inglaterra
conquistó aquella tierra de nadie y pudo celebrar la batalla como la primera
victoria del fútbol inglés en el frente de guerra.
Muchos años después, ya en
los fines del siglo, el dueño del club Milan ganó las elecciones italianas con
una consigna, Forza Italia!, que provenía de las tribunas de los estadios.
Silvio Berlusconi prometió que salvaría a Italia como había salvado al Milan, el
superequipo campeón de todo, y los electores olvidaron que algunas de sus
empresas estaban a la orilla de la ruina.
El fútbol y la patria están siempre
atados; y con frecuencia los políticos y los dictadores especulan con esos
vínculos de identidad. La escuadra italiana ganó los mundiales del '34 y del '38
en nombre de la patria y de Mussolini, y sus jugadores empezaban y terminaban
cada partido vivando a Italia y saludando al público con la palma de la mano
extendida.
También para los nazis, el fútbol era una
cuestión de Estado. Un monumento recuerda, en Ucrania, a los jugadores del
Dínamo de Kiev de 1942. En plena ocupación alemana, ellos cometieron la locura
de derrotar a una selección de Hitler en el estadio local. Le habían advertido:
-Si ganan mueren.
Entraron resignados a perder, temblando de miedo y de
hambre, pero no pudieron aguantarse las ganas de ser dignos. Los once fueron
fusilados con las camisetas puestas, en lo alto de un barranco, cuando terminó
el partido.
Fútbol y patria, fútbol y pueblo: en 1934, mientras Bolivia y
Paraguay se aniquilaban mutuamente en la guerra del Chaco, disputando un
desierto pedazo de mapa, la Cruz Roja paraguaya formó un equipo de fútbol, que
jugó en varias ciudades de Argentina y Uruguay y juntó bastante dinero para
atender a los heridos de ambos bandos en el campo de batalla.
Tres años
después, durante la guerra de España, dos equipos peregrinos fueron símbolos de
la resistencia democrática. Mientras el general Franco, del brazo de Hitler y
Mussolini, bombardeaba a la república española, una selección vasca recorría
Europa y el club Barcelona disputaba partidos en Estados Unidos y en
México.
El gobierno vasco envió al equipo Euzkadi a Francia y a otros países
con la misión de hacer propaganda y recaudar fondos para la defensa.
Simultáneamente, el club Barcelona se embarcó hacia América. Corría el año 1937,
y ya el presidente del club Barcelona había caído bajo las balas franquistas.
Ambos equipos encarnaron, en los campos de fútbol y también fuera de ellos, a la
democracia acosada.
Sólo cuatro jugadores catalanes regresaron a España
durante la guerra. De los vascos, apenas uno. Cuando la República fue vencida,
la FIFA declaró en rebeldía a los jugadores exiliados, y los amenazó con la
inhabilitación definitiva, pero unos cuantos consiguieron incorporarse al fútbol
latinoamericano. Con varios vascos se formó, en México, el club España, que
resultó imbatible en sus primeros tiempos. El delantero del equipo Euzkadi,
Isidro Lángara, debutó en el fútbol argentino en 1939. En el primer partido
metió cuatro goles. Fue en el club San Lorenzo, donde también brilló Angel
Zubieta, que había jugado en la línea media de Euzkadi.
Después, en México,
Lángara encabezó la tabla de goleadores de 1945 en el campeonato
local.
El club modelo de la España de Franco, el Real Madrid, reinó en el
mundo entre 1956 y 1960. Este equipo deslumbrante ganó al hilo cuatro copas de
la Liga española, cinco copas de Europa y una intercontinental. El Real Madrid
andaba por todas partes y siempre dejaba a la gente con la boca abierta. La
dictadura de Franco había encontrado una insuperable embajada ambulante. Los
goles que la radio transmitía eran clarinadas de triunfo más eficaces que el
himno Cara al sol. En 1959, uno de los jefes del régimen, José Solís, pronunció
un discurso de gratitud ante los jugadores, «porque gente que antes nos odiaba,
ahora nos comprende gracias a vosotros».
Como el Cid Campeador, el Real
Madrid reunía la virtudes de la Raza, aunque su famosa línea de ataque se
parecía más bien a la Legión Extranjera. En ella brillaba un francés, Kopa, dos
argentinos, Di Stéfano y Rial, el uruguayo Santamaría y el húngaro Puskas.
A
Ferenk Puskas lo llamaban Cañoncito Pum, por las virtudes demoledoras de su
pierna izquierda, que tambi én sabía ser un guante. Otros húngaros, Ladislao
Kubala, Zoltan Czibor y Sandor Kocsis, se lucían en el club Barcelona en esos
años. En 1954 se colocó la primera piedra del Camp Nou, el gran estadio que
nació de Kubala: el gentío que iba a verlo jugar, pases al milímetro, remates
mortíferos, no cabía en el estadio anterior.
Czibor, mientras tanto, sacaba
chispas de los zapatos.
El otro húngaro del Barcelona, Kocsis, era un
gran cabeceador.
Cabeza de oro, lo llamaban, y un mar de pañuelos
celebraba sus goles. Dicen que Kocsis fue la mejor cabeza de Europa, después de
Churchill.
En 1950, Kubala había integrado un equipo húngaro en el exilio, lo
que le valió una suspensión de dos años, decretada por la FIFA. Después, la FIFA
sancionó con más de un año de suspensión a Puskas, Czibor, Kocsis y otros
húngaros que habían jugado en otro equipo en el exilio desde fines de 1956,
cuando la invasión soviética aplastó la resurrección popular.
En 1958, en
plena guerra de la independencia, Argelia formó una selección de fútbol que por
primera vez vistió los colores patrios. Integraban su plantel Makhloufi, Ben
Tifour y otros argelinos que jugaban profesionalmente en el fútbol
francés.
Bloqueada por la potencia colonial, Argelia sólo consigui ó
jugar con Marruecos, país que por semejante pecado fue desafiliado de la FIFA
durante algunos años, y además disputó unos pocos partidos sin trascendencia,
organizados por los sindicatos deportivos de ciertos países árabes y del este de
Europa. La FIFA cerró todas las puertas a la selección argelina y el fútbol
francés castigó a esos jugadores decretando su muerte civil. Presos por
contrato, ellos nunca más podrían volver a la actividad profesional.
Pero
después Argelia conquistó la independencia, el fútbol francés no tuvo más
remedio que volver a llamar a los jugadores que sus tribunas añoraban.
El
estadio
¿Ha entrado usted, alguna vez, a un estadio vacío? Haga la prueba.
Párese en medio de la cancha y escuche. No hay nada menos vacío que un estadio
vacío. No hay nada menos mudo que las gradas sin nadie. En Wembley suena todavía
el griterío del Mundial del 66, que ganó Inglaterra, pero aguzando el oído puede
usted escuchar gemidos que vienen del 53, cuando los húngaros golearon a la
selección inglesa. El Estadio Centenario, de Montevideo, suspira de nostalgia
por las glorias del fútbol uruguayo.
Maracaná sigue llorando la derrota
brasileña en el Mundial del 50. En la Bombonera de Buenos Aires, trepidan
tambores de hace medio siglo. Desde las profundidades del estadio Azteca,
resuenan los ecos de los cánticos ceremoniales del antiguo juego mexicano de
pelota. Habla en catalán el cemento del Camp Nou, en Barcelona, y en euskera
conversan las gradas de San Mamés, en Bilbao. En Milán, el fantasma de Giuseppe
Meazza mete goles que hacen vibrar al estadio que lleva su nombre. La final del
Mundial del 74, que ganó Alemania, se juega día tras día y noche tras noche en
el Estadio Olímpico de Munich. El estadio del rey Fahd, en Arabia Saudita, tiene
palco de mármol y oro y tribunas alfombradas, pero no tiene memoria ni gran cosa
que decir.
El hincha
Una vez por semana, el hincha huye de su casa
y asiste al estadio.
Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes,
los tambores, llueven las serpientes y el papel picado; la ciudad desaparece, la
rutina se olvida, sólo existe el templo. En este espacio sagrado, la única
religión que no tiene ateos exibe a sus divinidades. Aunque el hincha puede
contemplar el milagro, más cómodamente, en la pantalla de la tele, prefiere
emprender la peregrinaci ón hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso a
sus ángeles, batiéndose a duelo contra los demonios de turno.
Aquí, el hincha
agita el pañuelo, traga saliva, glup, traga veneno, se come la gorra, susurra
plegarias y maldiciones y de pronto se rompe la garganta en una ovaci ón y salta
como pulga abrazando al desconocido que grita el gol a su lado. Mientras dura la
misa pagana, el hincha es muchos. Con miles de devotos comparte la certeza de
que somos los mejores, todos los árbitros est án vendidos, todos los rivales son
tramposos.
Rara vez el hincha dice: «hoy juega mi club». Más bien dice: «Hoy
jugamos nosotros». Bien sabe este jugador número doce que es él quien sopla los
vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben
los otros once jugadores que jugar sin hinchada es como bailar sin
música.
Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha movido de la
tribuna, celebra su victoria; qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos, o
llora su derrota; otra vez nos estafaron, juez ladrón. Y entonces el sol se va y
el hincha se va. Caen las sombras sobre el estadio que se vacía. En las gradas
de cemento arden, aquí y allá, algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van
apagando las luces y las voces. El estadio se queda solo y también el hincha
regresa a su soledad, yo que ha sido nosotros: el hincha se aleja, se dispersa,
se pierde, y el domingo es melancólico como un miércoles de cenizas después de
la muerte del carnaval.
El fanático es el hincha en el
manicomio.
La manía de negar la evidencia ha terminado por echar a pique
a la razón y a cuanta cosa se le parezca, y a la deriva navegan los restos del
naufragio en estas aguas hirvientes, siempre alborotadas por la furia sin
tregua.
El fanático llega al estadio envuelto en la bandera del club, la cara
pintada con los colores de la adorada camiseta, erizado de objetos estridentes y
contundentes, y ya por el camino viene armando mucho ruido y mucho lío.
Nunca
viene solo. Metido en la barra brava, peligroso ciempiés, el humillado se hace
humillante y da miedo el miedoso. La omnipotencia del domingo conjura la vida
obediente del resto de la semana, la cama sin deseo, el empleo sin vocación o el
ningún empleo: liberado por un día, el fanático tiene mucho que vengar.
En
estado de epilepsia mira el partido, pero no lo ve.
Lo suyo es la tribuna.
Ahí está su campo de batalla. La sola existencia del hincha del otro club
constituye una provocación inadmisible. El Bien no es violento, pero el Mal lo
obliga. El enemigo, siempre culpable, merece que le retuerzan el pescuezo. El
fanático no puede distraerse, porque el enemigo acecha por todas partes. También
está dentro del espectador callado, que en cualquier momento puede llegar a
opinar que el rival está jugando correctamente, y entonces tendrá su
merecido.
El jugador
Corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo
esperan los cielos de la gloria; al otro, los abismos de la ruina.
El barrio
lo envidia: el jugador profesional se ha salvado de la fábrica o de la oficina,
le pagan por divertirse, se sacó la lotería. Y aunque tenga que sudar como una
regadera, sin derecho a cansarse ni a equivocarse, él sale en los diarios y en
la tele, las radios dicen su nombre, las mujeres suspiran por él y los niños
quieren imitarlo.
Pero él, que había empezado jugando por el placer de jugar,
en las calles de tierra de los suburbios, ahora juega en los estadios por el
deber de trabajar y tiene la obligación de ganar o ganar.
Los empresarios lo
compran, lo venden, lo prestan; y él se deja llevar a cambio de la promesa de
más fama y más dinero. Cuanto más éxito tiene, y más dinero gana, más preso
está. Sometido a disciplina militar, sufre cada día el castigo de los
entrenamientos feroces y se somete a los bombardeos de analgésicos y las
infiltraciones de cortisona que olvidan el dolor y mienten la salud. Y en las
vísperas de los partidos importantes, lo encierran en un campo de concentración
donde cumple trabajos forzados, come comidas bobas, se emborracha con agua y
duerme solo.
En los otros oficios humanos, el ocaso llega con la vejez, pero
el jugador de fútbol puede ser viejo a los treinta años. Los músculos se cansan
temprano: -Éste no hace un gol ni con la cancha en bajada.
-¿Éste? Ni aunque
le aten las manos al arquero.
O antes de los treinta, si un pelotazo lo
desmaya de mala manera, o la mala suerte le revienta un músculo, o una patada le
rompe un hueso de esos que no tienen arreglo. Y algún mal día el jugador
descubre que se ha jugado la vida a una sola baraja y que el dinero se ha volado
y la fama también. La fama, señora fugaz, no le ha dejado ni una cartita de
consuelo.
El arquero
También lo llaman
portero, guardameta, golero, cancerbero o guardavallas, pero bien podría ser
llamado mártir, paganini, penitente o payaso de las bofetadas.
Dicen que
donde él pisa, nunca más crece el césped.
Es un solo. Está condenado a mirar
el partido de lejos.
Sin moverse de la meta aguarda a solas, entre los tres
palos, su fusilamiento. Antes vestía de negro, como el árbitro. Ahora el árbitro
ya no está disfrazado de cuervo y el arquero consuela su soledad con fantasías
de colores.
Él no hace goles. Está allí para impedir que se hagan.
El gol,
fiesta del fútbol: el goleador hace alegrías y el guardameta, el aguafiestas,
las deshace.
Lleva a la espalda el número uno. ¿Primero en cobrar?
Primero
en pagar. El portero siempre tiene la culpa.
Y si no la tiene, paga lo mismo.
Cuando un jugador cualquiera comete un penal, el castigado es él: allí lo dejan,
abandonado ante su verdugo, en la inmensidad de la valla vacía. Y cuando el
equipo tiene una mala tarde, es él quien paga el pato, bajo una lluvia de
pelotazos, expiando los pecados ajenos.
Los demás jugadores pueden
equivocarse feo una vez o muchas veces, pero se redimen mediante una finta
espectacular, un pase magistral, un disparo certero: él no. La multitud no
perdona al arquero. ¿Salió en falso?
¿Hizo el sapo? ¿Se le resbaló la pelota?
¿Fueron de seda los dedos de acero? Con una sola pifia, el guardameta arruina un
partido o pierde un campeonato, y entonces el público olvida súbitamente todas
sus hazañas y lo condena a la desgracia eterna. Hasta el fin de sus días lo
perseguirá la maldición.
El gol
El gol es el orgasmo del fútbol.
Como el orgasmo, el gol es cada vez menos frecuente en la vida moderna.
Hace
medio siglo, era raro que un partido terminara sin goles: 0 a 0, dos bocas
abiertas, dos bostezos. Ahora, los once jugadores se pasan todo el partido
colgados del travesaño, dedicados a evitar los goles y sin tiempo para
hacerlos.
El entusiasmo que se desata cada vez que la bala blanca sacude la
red puede parecer misterio o locura, pero hay que tener en cuenta que el milagro
se da poco.
El gol, aunque sea un golecito, resulta siempre
gooooooooooooooooooooooool en la garganta de los relatores de radio, un do de
pecho capaz de dejar a Caruso mudo para siempre, y la multitud delira y el
estadio se olvida de que es de cemento y se desprende de la tierra y se va al
aire.
El ídolo
Y un buen día la diosa del viento besa el pie del
hombre, el maltratado, el despreciado pie, y de ese beso nace el ídolo del
fútbol. Nace en cuna de paja y choza de lata y viene al mundo abrazado a una
pelota.
Desde que aprende a caminar, sabe jugar. En sus años tempranos alegra
los potreros, juega que te juega en los andurriales de los suburbios hasta que
cae la noche y ya no se ve la pelota, y en sus años mozos vuela y hace volar en
los estadios. Sus artes malabares convocan multitudes, domingo tras domingo, de
victoria en victoria, de ovación en ovación.
La pelota lo busca, lo reconoce,
lo necesita. En el pecho de su pie, ella descansa y se hamaca. Él le saca lustre
y la hace hablar, y en esa charla de dos conversan millones de mudos. Los
nadies, los condenados a ser por siempre nadies, pueden sentirse álguienes por
un rato, por obra y gracia de esos pases devueltos al toque, esas gambetas que
dibujan zetas en el césped, esos golazos de taquito o de chilena: cuando juega
él, el cuadro tiene doce jugadores.
-¿Doce? ¡Quince tiene! ¡Veinte!
La
pelota ríe, radiante, en el aire. Él la baja, la duerme, la piropea, la baila, y
viendo esas cosas jamás vistas sus adoradores sienten piedad por sus nietos aún
no nacidos, que no las verán.
Pero el ídolo es ídolo por un rato nomás,
humana eternidad, cosa de nada; y cuando al pie de oro le llega la hora de la
mala pata, la estrella ha concluido su viaje desde el fulgor hasta el apagón.
Está ese cuerpo con más remiendos que traje de payaso, y ya el acróbata es un
paralítico, el artista una bestia: -¡Con la herradura no!
La fuente de la
felicidad pública se convierte en el pararrayos del público rencor:
-¡Momia!
A veces el ídolo no cae entero. Y a veces, cuando se rompe, la gente
le devora los pedazos.
El mejor negocio del planeta
Al sur del
mundo, éste es el itinerario del jugador con buenas piernas y buena suerte: de
su pueblo pasa a una ciudad del interior; de la ciudad del interior pasa a un
club chico de la capital del país; en la capital, el club chico no tiene más
remedio que venderlo a un club grande; el club grande, asfixiado por las deudas,
lo vende a otro club más grande de un país más grande; y finalmente el jugador
corona su carrera en Europa.
El director técnico
Antes existía el
entrenador, y nadie le prestaba mayor atención. El entrenador murió, calladito
la boca, cuando el juego dejó de ser juego y el fútbol profesional necesitó una
tecnocracia del orden. Entonces nació el director técnico, con la misión de
evitar la improvisación, controlar la libertad y elevar al máximo el rendimiento
de los jugadores, obligados a convertirse en disciplinados atletas.
El
entrenador decía: Vamos a jugar.
El técnico dice: Vamos a trabajar.
Ahora
se habla en números. El viaje desde la osadía hacia el miedo, historia del
fútbol en el siglo veinte, es un tránsito desde el 2-3-5 hacia el 5-4-1. pasando
por el 4-3-3 y el 4-4-2. Cualquier profano es capaz de traducir eso, con un poco
de ayuda, pero después, no hay quien pueda. A partir de allí, el director
técnico desarrolla fórmulas misteriosas como la sagrada concepción de Jes ús, y
con ellas elabora esquemas tácticos más indescifrables que la Santísima
Trinidad.
Del viejo pizarrón a las pantallas electrónicas; ahora las jugadas
magistrales se dibujan en una computadora y se enseñan en video. Esas
perfecciones rara vez se ven, después, en los partidos que la televisión
transmite.
Más bien la televisión se complace exhibiendo la crispación en el
rostro del técnico, y lo muestra mordiéndose los puños o gritando orientaciones
que darían vuelta al partido si alguien pudiera entenderlas.
Los periodistas
lo acribillan en la conferencia de prensa, cuando el encuentro termina. El
técnico jamás cuenta el secreto de sus victorias, aunque formula admirables
explicaciones de sus derrotas: Las instrucciones eran claras, pero no fueron
escuchadas, dice, cuando el equipo pierde por goleada ante un cuadrito de
morondanga. O ratifica la confianza en sí mismo, hablando en tercera persona más
o menos así: «Los reveses sufridos no empañan la conquista de una claridad
conceptual que el técnico ha caracterizado como una síntesis de muchos
sacrificios necesarios para llegar a la eficacia».
La maquinaria del
espectáculo tritura todo, todo dura poco, y el director técnico es tan
desechable como cualquier otro producto de la sociedad de consumo. Hoy el
público le grita: ¡No te mueras nunca!
Y el Domingo que viene lo invita a
morirse.
El cree que el futbol es una ciencia y la cancha un laboratorio,
pero los dirigentes y la hinchada no sólo le exigen la genialidad de Einstein y
la sutileza de Freud, sino también la capacidad milagrera de la Virgen de
Lourdes y el aguante de Gandhi.
El árbitro
El árbitro es
arbitrario por definición. Éste es el abominable tirano que ejerce su dictadura
sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con
gestos de ópera. Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad
del destino y otorga o anula los goles. Tarjeta en mano, alza los colores de la
condenaci ón: el amarillo, que castiga al pecador y lo obliga al
arrepentimiento, y el rojo, que lo arroja al exilio.
Los jueces de línea, que
ayudan pero no mandan, miran de afuera. Sólo el árbitro entra al campo de juego;
y con toda razón se persigna al entrar, no bien se asoma ante la multitud que
ruge.
Su trabajo consiste en hacerse odiar. Única unanimidad del fútbol:
todos lo odian. Lo silban siempre, jamás lo aplauden. Nadie corre más que él. Él
es el único que está obligado a correr todo el tiempo. Todo el tiempo galopa,
deslomándose como un caballo, este intruso que jadea sin descanso entre los
veintidós jugadores; y en recompensa de tanto sacrificio, la multitud aúlla
exigiendo su cabeza. Desde el principio hasta el fin de cada partido, sudando a
mares, el árbitro está obligado a perseguir la blanca pelota que va y viene
entre los pies ajenos.
Es evidente que le encantaría jugar con ella, pero
jamás esa gracia le ha sido otorgada. Cuando la pelota, por accidente, le golpea
el cuerpo, todo el público recuerda a su madre. Y sin embargo, con tal de estar
ahí, en el sagrado espacio verde donde la pelota rueda y vuela, él aguanta
insultos, abucheos, pedradas y maldiciones.
A veces, raras veces, alguna
decisión del arbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue
probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a
pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias.
Los hinchas tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuánto más lo odian, más
lo necesitan.
Durante más de un siglo, el árbitro vistió de luto. ¿Por quién?
Por él. Ahora disimula con colores.
El Fútbol Criollo
Fue un proceso
imparable. Como el tango, el futbol crecio desde los suburbios... Lindo viaje
habia hecho el futbol: habia sido organizado en los colegios y universidades
inglesas, y en America del Sur alegraba la vida de gente que nunca habia pisado
una escuela.
En las canchas de Buenos Aires y de Montevideo, nacia un estilo.
Una manera propia de jugar al futbol iba abriendose paso, mientras una manera
propia de bailar se afirmaba en los patios milongueros. Los bailarines dibujaban
filigranas, floreandose en una sola baldoza, y los futbolistas inventaban su
lenguaje en el minusculo espacio donde la pelota no era pateada sino retenida y
poseida, como si los pies fueran manos trenzando el cuero. Y en los pies de los
primeros virtuosos criollos, nacio el toque: la pelota tocada como si fuera
guitarra, fuente de musica.
Simultaneamente, el futbol se tropicalizaba en
Rio de Janeiro y San Pablo. Eran los pobres quienes lo enriquecian, mientras lo
expropiaban. Este deporte extranjero se hacia brasileno a medida que dejaba de
ser el privilegio de unos pocos jovenes acomodados, que lo jugaban copiando, y
era fecundado por la energia creadora del pueblo que lo descubria. Y asi nacia
el futbol mas hermoso del mundo, hecho de quiebres de cintura, ondulaciones de
cuerpo y vuelos de piernas que venian de la capoeira, danza guerrera de los
esclavos negros, y de los bailongos alegres de los arrabales de las grandes
ciudades.
El lenguaje de los doctores del fútbol
Vamos a
sintetizar nuestro punto de vista, formulando una primera aproximación a la
problemática táctica, técnica y física del cotejo que se ha disputado esta tarde
en el campo del Unidos Venceremos Fútbol Club, sin caer en simplificaciones
incompatibles con un tema que sin duda nos está exigiendo análisis más profundos
y detallados y sin incurrir en ambigüedades que han sido, son y serán ajenas a
nuestra prédica de toda una vida al servicio de la afición deportiva.
Nos
resultaría cómodo eludir nuestra responsabilidad atribuyendo el revés del once
locatario a la discreta performance de sus jugadores, pero la excesiva lentitud
que indudablemente mostraron en la jornada de hoy a la hora de devolucionar cada
esférico recepcionado no justifica de ninguna manera, entiéndase bien, señoras y
señores, de ninguna manera, semejante descalificación generalizada y por lo
tanto injusta. No, no y no. El conformismo no es nuestro estilo, como bien saben
quienes nos han seguido a lo largo de nuestra trayectoria de tantos años, aquí
en nuestro querido país y en los escenarios del deporte internacional e incluso
mundial, donde hemos sido convocados a cumplir nuestra modesta función.
Así
que vamos a decirlo con todas las letras, como es nuestra costumbre: el éxito no
ha coronado la potencialidad orgánica del esquema de juego de este esforzado
equipo porque lisa y llanamente sigue siendo incapaz de canalizar adecuadamente
sus espectativas de una mayor proyección ofensiva hacia el ámbito de la valla
rival.
Ya lo decíamos el Domingo próximo pasado y así lo afirmamos hoy, con
la frente alta y sin pelos en la lengua, porque siempre hemos llamado al pan pan
y al vino vino y continuaremos denunciando la verdad, aunque a muchos les duela,
caiga quien caiga y cueste lo que cueste.
El Mundial del 30
Un
terremoto sacudía el sur de Italia enterrando a mil quinientos napolitanos,
Marlene Dietrich interpretaba El ángel azul, Stalin culminaba su usurpación de
la revoluci ón rusa, se suicidaba el poeta Vladimir Maiakovski.
Los ingleses
arrojaban a la cárcel a Mahatma Gandhi, que exigía la independencia y queriendo
patria había paralizado a la India, mientras bajo las mismas banderas AUGUSTO
CESAR SANDINO alzaba a los campesinos de Nicaragua en las otras Indias, las
nuestras, y los marines norteamericanos intentaban vencerlo por hambre
incendiando las siembras.
En los Estados Unidos había quien bailaba el
reciente boogie-woogie, pero la euforia de los locos años 20 había sido noqueada
por los feroces golpes de la crisis del 29.
La bolsa de Nueva York había
caído a pique y en derrumbe había volteado los precios internacionales y estaba
arrastrando al abismo a varios gobiernos latinoamericanos.
En el despeñadero
de la crisis mundial, la ruina del precio del estaño tumbaba al presidente
Hernando Siles, en Bolivia, y colocaba en su lugar a un general, mientras el
desplome de los precios de la carne y el trigo derribaban al presidente Hipólito
Yrigoyen, en la Argentina, y en su lugar instalaba a otro general. En la
República Dominicana, la caída del precio de la azúcar habría el largo ciclo de
la dictadura del también general Rafael Leónidas Trujillo, que inauguraba su
poder bautizando con su nombre a la capital y al puerto.
En el Uruguay, el
Golpe de Estado iba a estallar tres años después. En 1930, el país sólo tenía
ojos y oídos para el primer Campeonato Mundial de Fútbol. Las victorias
uruguayas en las dos últimas olimpíadas, disputadas en Europa, habían convertido
al Uruguay en el inevitable anfitrión del primer torneo.
Doce naciones
llegaron al puerto de Montevideo. Toda Europa estaba invitada, pero sólo cuatro
seleccionados europeos atravesaron el océano hacia estas playas del sur: "Eso
está muy lejos de todo", decían en Europa y el pasaje sale caro.
Un barco
trajo desde Francia el trofeo Jules Rimet, acompañado por el propio don Jules,
presidente de la FIFA, y por la selección francesa de fútbol, que vino a
regañadientes Uruguay estrenó con bombos y platillos un monumental escenario
construido en ocho meses. El estadio se llamó Centenario, para celebrar el
cumpleaños de la Constitución que un siglo antes había negado los derechos
civiles a las mujeres, a los analfabetos y a los pobres.
En las tribunas no
cabía un alfiler cuando Uruguay y Argentina disputaron la final del campeonato.
El estadio era un mar de sombreros de paja. También los fotógrafos usaban
sombreros, y cámaras con trípode. Los arqueros llevaban gorras y el juez lucía
un bombachudo negro que le cubría las rodillas.
La final del Mundial del 30
no mereció más que una columna de veinte líneas en el diario italiano La
Gazzetta dello Sport. Al fin y al cabo, se estaba repitiendo la historia de las
Olimpíadas de Amsterdam, en 1928; los dos países del río de la Plata ofendían a
Europa mostrando dónde estaba el mejor fútbol del mundo.
Como en el 28,
Argentina quedó en segundo lugar.
Uruguay, que iba perdiendo 2 a 1 en el
primer tiempo, acabó ganando 4 a 2 y de consagró campeón. Para arbitra la final,
el belga John Langenus había exigido un seguro de vida, pero no ocurrió nada más
grave que algunas trifulcas en las gradas. Después, un gentío apedre ó el
consulado uruguayo en Buenos Aires.
El tercer lugar del campeonato
correspondió a los Estados unidos, que contaban en sus filas con unos cuantos
jugadores escoceses recién nacionalizados, y el cuarto puesto fue para
Yugoslavia.
Ni un solo partido terminó empatado. El argentino Stábile
encabezó la lista de goleadores, con ocho tantos, seguido por el uruguayo Cea,
con cinco. El francés Louis Laurent hizo el primer gol de las historia de los
mundiales, jugando contra México.
Las Fuerzas Ocultas
«Un jugador
uruguayo, Adhemar Canavessi, se sacrifico para conjurar el daño de su propia
presencia en la final de la Olimpiada del 28, en Amsterdam. Uruguay iba a
disputar esa final contra Argentina. Canavessi decidio quedarse en el hotel y se
bajo del autobus que llevaba a los jugadores al estadio. Todas las veces que el
habia enfrentado a los argentinos, la seleccion uruguaya habia perdido, y en la
ultima ocasion el habia tenido la mala pata de hacerse un gol en contra. En el
partido de Amsterdam, sin Canavessi, Uruguay gano.
El dia anterior, Carlos
Gardel habia cantado para los jugadores argentinos en el hotel donde se
hospedaban.
Para darles suerte, habia estrenado un tango llamado Dandy. Dos
anos despues, se repitio la historia: Gardel volvio a cantar Dandy deseando
exito a la seleccion argentina.
Esa segunda vez fue en visperas de la final
del Mundial del 30, que tambien gano Uruguay.
Muchos juran que la intencion
estaba fuera de toda sospecha, pero mas de uno cree que ahi tenemos la prueba de
que Gardel era uruguayo».
El Mundial del 34
Johnny Weissmüller
lanzaba su primer aullido de Tarzán, el primer desodorante industrial aparecía
en el mercado, la policía de Louisiana acribillaba a balazos a Bonnie and Clyde.
Bolivia y Paraguay, los dos países más pobres de América del Sur, se desangraban
disputando el petróleo del Chaco en nombre de la Standard Oil y la Shell.
Sandino, que había vencido a los marines en Nicaragua, caía acribillado en una
emboscada y Somoza, el asesino, iniciaba su dinastía. Mao desataba la larga
marcha de la revolución en los campos de China.
En Alemania, Hitler se
consagraba Führer del Tercer Reich y promulgaba la ley en defensa de la raza
aria, que obligaba a esterilizar a los enfermos hereditarios y a los criminales,
mientras que Mussolini inauguraba, en Italia, el segundo Campeonato Mundial de
Fútbol. Los carteles del campeonato mostraban un hércules que hacía el saludo
fascista con una pelota a sus pies. El Mundial del 34 en Roma fue, para il Duce,
una gran operaci ón de propaganda. Mussolini asistió a todos los partidos desde
el palco de honor, el mentón alzado hacia las tribunas repletas de camisas
negras, y los once jugadores del equipo italiano le dedicaron sus victorias con
la palma extendida.
Pero el camino hacia el título no resultó fácil. El
partido entre Italia y España fue el más triturador de la historia de los
mundiales: la batalla duró 210 minutos y terminó al día siguiente, cuando varios
jugadores hab ían quedado fuera de combate por las heridas de guerra o porque ya
no daban más. Ganó Italia, sin cuatro de sus jugadores titulares. España terminó
con siete titulares menos. Entre los españoles lastimados, estaban los dos
mejores: el atacante Lángara y el arquero Zamora, el que hipnotizaba en el
área.
En el estadio del partido Nacional Fascista, Italia disputó contra
Checoslovaquia la final del campeonato.
Ganó en el alargue, 2 a 1. Dos
jugadores argentinos, recién nacionalizados italianos, aportaron lo suyo: Orsi
metió el primer gol, gambeteando al arquero, y otro argentino, Guaita, sirvió el
pase del gol de Schiavio que brindó a Italia su primera Copa mundial.
En el
34, participaron dieciséis países: doce europeos, tres americanos y Egipto,
solitario representante del resto del mundo. El campeón, Uruguay, se negó a
viajar, porque Italia no había venido al primer Mundial en Montevideo.
Detrás
de Italia y Checoslovaquia, Alemania y Austria ganaron el tercer y cuarto
puesto. El jugador checoslovaco Nejedly fue el goleador, con cinco tantos,
seguido por Conen, de Alemania, y Schiavio, de Italia, con cuatro.
El
Mundial del 38
Max Theiler descubría la vacuna contra la fiebre amarilla,
nacía la fotografía en colores, Walt Disney estrenaba Blancanieves, Einsestein
filmaba Alejandro Nevski.
El nailon, recién inventado por un profesor de
Harvard, empezaba a convertirse en paracaídas y medias de mujer.
Se
suicidaban los poetas argentinos Alfonsina Storni y Leopoldo Lugones. Lázaro
Cárdenas nacionalizaba el petróleo en México y enfrentaba el bloqueo y otras
furias de las potencias occidentales. Orson Welles inventaba una invasión de los
marcianos a los Estados Unidos y la transmitía por radio, para asustar incautos,
mientras la Standard Oil exigía que los Estados Unidos invadieran México de
verdad, para castigar el sacrilegio de Cárdenas y prevenir el mal ejemplo.
En
Italia se redactaba el Manifiesto sobre la raza, empezaban los atentados
antisemitas, Alemania ocupaba Austria, Hitler se dedicaba a cazar judíos y a
devorar territorios. El gobierno inglés enseñaba a los ciudadanos a defenderse
de los gases asfixiantes y mandaba acopiar alimentos. Franco acorralaba los
últimos bastiones de la república española y el Vaticano reconocía su gobierno.
Cesar Vallejo moría en París, quizás con aguacero, mientras Sartre publicaba La
náusea. Y ahí, en París, donde Picasso exhibía su Guernica denunciando el tiempo
de la infamia, se inauguraba el tercer Campeonato Mundial de Fútbol bajo la
sombra acechante de la guerra que se venía. En el estadio de Colombes, el
presidente de Francia, Albert Lebrun, dio el puntapié inicial: apuntó a la
pelota, pero pegó en el suelo.
Como el anterior, éste fue un campeonato de
Europa, Sólo dos países americanos, y once europeos, participaron en el Mundial
del 38. La selección de Indonesia, que todavía se llamaba Indias Holandesas,
llegó a París en solitaria representación de todo el resto del
planeta.
Alemania incorporó cinco jugadores de la recién anexada Austria. La
escuadra alemana así reforzada irrumpió dándose aires de muy imbatible, con la
cruz esvástica en el pecho y toda la simbología nazi del poder, pero tropez ó y
cayó ante la modesta Suiza. La derrota alemana ocurrió pocos días antes de que
la supremacía aria sufriera un duro golpe en Nueva York, cuando el boxeador
negro Joe Louis pulverizó al campeón germano Max Schmeling.
Italia, en
cambio, repitió su campaña de la Copa anterior.
En las semifinales, los
azzurri derrotaron al Brasil.
Hubo un penal dudoso, los brasileños
protestaron en vano. Como en el 34, todos los arbitros eran europeos.
Después
llegó la final, que Italia disputó contra Hungr ía. Para Mussolini, este triunfo
era una cuestión de Estado. En la víspera, los jugadores italianos recibieron,
desde Roma, un telegrama de tres palabras, firmado por el jefe del fascismo:
Vencer o morir. No hubo necesidad de morir, porque Italia ganó 4 a 2. Al día
siguiente, los vencedores vistieron uniforme militar en la ceremonia de
celebración, que el Duce presidió.
El diario La Gazzetta dello Sport exaltó
entonces «la apoteosis del deporte fascista en esta victoria de la
raza».
Poco antes, la prensa oficial italiana había celebrado así la derrota
de la selección brasileña: «Saludamos el triunfo de la itálica inteligencia
sobre la fuerza bruta de los negros».
La prensa internacional eligió,
mientras tanto, a los mejores jugadores del torneo. Entre ellos, dos negros,
Leônidas y Domingos da Guia. Leônidas fue, además, el goleador, con ocho tantos,
seguido por el húngaro Zsengeller, con siete. De los goles de Leônidas, el más
hermoso fue hecho contra Polonia, a pie descalzo.
Leónidas había perdido el
zapato, en el barro del área, bajo la lluvia torrencial.
Gol de Atilio Fue en
1939, Nacional de Montevideo y Boca Juniors de Buenos Aires iban empatados en
dos goles, y el partido estaba llegando a su fin. Los de Nacional atacaban; los
de Boca, replegados, aguantaban, Entoncés Atilio García recibió la pelota,
enfrentó una jungla de piernas, abrió espacio por la derecha y se tragó la
cancha comiendo rivales.
Atilio estaba acostumbrado a los hachazos. Le daban
con todo, sus piernas eran un mapa de cicatrices. Aquelle tarde, en el camino al
gol, recibió trancazos duros de Angeletti y Suarez, y el se dio el lujo de
eludirlos dos veces. Valussi le desgarró la camisa, lo agarró de un brazo y le
tiró una patada y el corpulento Ibañez se le planto delante en plena carrera,
pero la pelota formaba parte del cuerpo de Atilio y nadie podía parar esa tromba
que volteaba jugadores como si fueran muñecos de trapo, hasta que por fin Atilio
se desprendió de la pelota y su disparo tremebundo sacudió la red.
El aire
olía a pólvora. Los jugadores de Boca rodearon al árbitro: le exigían que
anulara el gol por las faltas que ELLOS habían cometido. Como el árbitro no les
hizo caso, los jugadores se retiraron, indignados, de la cancha.
El
Mundial del 50
Nacía la televisión en colores, las computadoras hacían
mil sumas por segundo, Marilyn Monroe asomaba en Hollywood. Una película de
Buñuel, Los olvidados, se imponía en Cannes. El automóvil de Fangio triunfaba en
Francia. Bertrand Russell ganaba el Nobel. Neruda publicaba su Canto general y
aparecían las primeras ediciones de La vida breve, de Onetti, y de El laberinto
de la soledad, de Octavio Paz.
Albizu Campos, que mucho había peleado por la
independencia de Puerto Rico, era condenado en Estados Unidos a setenta y nueve
años de prisión. Un delator entregaba a Salvatore Giuliano, el legendario
bandido del sur de Italia, que caía acribillado por la policía. En China, el
gobierno de Mao daba sus primeros pasos prohibiendo la poligamia y la venta de
niños. Las tropas norteamericanas entraban a sangre y fuego en la península de
Corea, envueltas en la bandera de las Naciones Unidas, mientras los jugadores de
fútbol aterrizaban en Río de Janeiro para disputar la cuarta Copa Rimet, después
del largo paréntesis de los años de la guerra mundial.
Siete países
americanos y seis naciones europeas, reci én resurgidas de los escombros,
participaron en el torneo brasileño del 50. La FIFA prohibió que jugara
Alemania.
Por primera vez, Inglaterra se hizo presente en el campeonato
mundial. Hasta entonces, los ingleses no habían creído que tales escaramuzas
fueran dignas de sus desvelos. El combinado inglés cayó derrotado ante los
Estados Unidos, créase o no, y el gol de la victoria norteamericana no fue obra
del general George Washington sino de un centrodelantero haitiano y negro
llamado Larry Gaetjens.
Brasil y Uruguay disputaron la final en Maracaná. El
dueño de casa estrenaba el estadio más grande del mundo.
Brasil era una fija,
la final era una fiesta. Los jugadores brasileños, que venían aplastando a todos
sus rivales de goleada en goleada, recibieron en la víspera, relojes de oro que
al dorso decían: Para los campeones del mundo. Las primeras páginas de los
diarios se habían impreso por anticipado, ya estaba armado el inmenso carruaje
de carnaval que iba a encabezar los festejos, ya se había vendido medio millón
de camisetas con grandes letreros que celebraban la victoria
inevitable.
Cuando el brasileño Friaça convirtió el primer gol, un trueno de
doscientos mil gritos y muchos cohetes sacudi ó al monumental estadio. Pero
después Schiaffino clav ó el gol del empate y un tiro cruzado de Ghiggia otorgó
el campeonato a Uruguay, que acabó ganando2a1. Cuando llegó el gol de Ghiggia,
estalló el silencio en Maracaná, el más estrepitoso silencio de la historia del
fútbol, y Ary Barroso, el músico autor de Aquarela do Brasil, que estaba
transmitiendo el partido a todo el país, decidió abandonar para siempre el
oficio de relator de fútbol.
Después del pitazo final, los comentaristas
brasileños definieron la derrota como la peor tragedia de la historia de Brasil.
Jules Rimet deambulaba por el campo, perdido, abrazado a la copa que llevaba su
nombre: "Me encontré solo, con la copa en mis brazos y sin saber qué hacer.
Terminé por descubrir al capitán uruguayo, Obdulio Varela, y se la entregué casi
a escondidas". Le estreché la mano sin decir ni una palabra. En el bolsillo,
Rimet tenía el discurso que había escrito en homenaje al campeón
brasileño.
Uruguay se había impuesto limpiamente: la selección uruguaya
cometió once faltas y la brasileña. El tercer puesto fue para Suecia. El cuarto,
para España. El brasileño Ademir encabezó la tabla de goleadores, con nueve
tantos, seguido por el uruguayo Schiaffino, con seis, y el español Zarra, con
cinco.
Moacir Barbosa
A la hora de elegir el arquero del
campeonato, los periodistas del Mundial del 50 votaron, por unanimidad, al
brasileño Moacir Barbosa. Barbosa era también, sin duda, el mejor arquero de su
país, piernas con resortes, hombre sereno y seguro que transmitía confianza al
equipo, y siguió siendo el mejor hasta que se retiró de las canchas, tiempo
después, con más de cuarenta años de edad. En tantos años de fútbol, Barbosa
evitó quién sabe cuántos goles, sin lesionar jamás a ningún delantero.
Pero
en aquella final del 50, el atacante uruguayo Ghiggia lo había sorprendido con
un certero disparo desde la punta derecha. Barbosa, que estaba adelantado, pegó
un salto hacia atrás, rozó la pelota y cayó. Cuando se levantó, seguro de que
había desviado el tiro, encontró la pelota al fondo de la red. Y ése fue el gol
que apabulló al estadio de Maracaná y consagró campeón al Uruguay.
Pasaron
los años y Barbosa nunca fue perdonado. En 1993, durante las eliminatorias para
el Mundial de Estados Unidos, él quiso dar aliento a los jugadores de la
selección brasileña. Fue a visitarlos a la concentración, pero las autoridades
le prohibieron la entrada. Por entonces, vivía de favor en casa de una cuñada,
sin más ingresos que una jubilación miserable. Barbosa coment ó: ? «En Brasil,
la pena mayor por un crimen es de treinta años de cárcel. Hace 43 años que yo
pago por un crimen que no cometí.» 35
Obdulio
Yo era chiquilín y
futbolero, y como todos los uruguayos estaba prendido a la radio, escuchando la
final de la Copa del Mundo. Cuando la voz de Carlos Solé me transmiti ó la
triste noticia del gol brasileño, se me cayó el alma al piso. Entonces recurrí
al más poderoso de mis amigos. Prometí a Dios una cantidad de sacrificios a
cambió de que Él se apareciera en Maracaná y diera vuelta el partido.
Nunca
conseguí recordar las muchas cosas que había prometido, y por eso nunca pude
cumplirlas. Además, la victoria de Uruguay ante la mayor multitud jamás reunida
en un partido de fútbol había sido sin duda un milagro, pero el milagro había
sido más bien obra de un mortal de carne y hueso llamado Obdulio Varela. Obdulio
había enfriado el partido, cuando se nos venía encima la avalancha, y después se
había echado el cuadro entero al hombro y a puro coraje había empujado contra
viento y marea.
Al fin de aquella jornada, los periodistas acosaron al héroe.
Y él no se golpeó el pecho proclamando que somos los mejores y no hay quien
pueda con la garra charrúa: "Fue casualidad" murmuró Obdulio, meneando la
cabeza. Y cuando quisieron fotografiarlo, se puso de espaldas.
Pasó esa noche
bebiendo cerveza, de bar en bar, abrazado a los vencidos, en los mostradores de
Río de Janeiro.
Los brasileños lloraban. Nadie lo reconoció. Al día
siguiente, huyó del gentío que lo esperaba en el aeropuerto de Montevideo, donde
su nombre brillaba en un enorme letrero luminoso. En medio de la euforia, se
escabulló disfrazado de Humphrey Bogart, con un sombrero metido hasta la nariz y
un impermeable de solapas levantadas.
En recompensa por la hazaña, los
dirigentes del fútbol uruguayo se otorgaron a sí mismos medallas de oro.
A
los jugadores les dieron medallas de plata y algún dinero.
El premio que
recibió Obdulio le alcanzó para comprar un Ford del año 31, que fue robado a la
semana.
El Mundial del 54
Gelsomina y Zampanó brotaban de la mano
mágica de Fellini y se echaban a payasear por La strada, sin apuro, mientras a
toda velocidad Fangio se consagraba campeón mundial de automovilismo por segunda
vez.
Jonas Salk preparaba la vacuna contra la poliomelitis.
En el Pacífico
estallaba la primera bomba de hidrógeno.
En Vietnam, el general Giap noqueaba
al ejército franc és en la fulminante batalla de Dien Bien Phu. En Argelia, otra
colonia francesa, nacía la guerra de la independencia.
El general Stroessner
era elegido presidente del Paraguay, en reñida competencia contra ningún
candidato.
En Brasil, se estrechaba el cerco de los militares y empresario,
armas y dineros, contra el presidente Getulio Vargas, que poco después se
rompería el corazón de un balazo. Aviones norteamericanos bombardeaban
Guatemala, con la bendición de la OEA, y un ejército fabricado en el norte
invadía, mataba y vencía. Mientras en Suiza se cantaban los himnos de dieciséis
países, inaugurando el quinto Campeonato Mundial de Fútbol, en Guatemala los
vencedores cantaban el himno de los Estados Unidos celebrando la caída del
presidente Arbenz, cuya ideología marxistaleninista estaba fuera de toda duda
porque se había metido con las tierras de la United Fruit.
En el Mundial del
54, participaron once equipos europeos, tres americanos, Turquía y Corea del
Sur. Brasil estrenó la camiseta amarilla con cuello verde, en vista de que la
anterior camiseta, blanca, le había dado mala suerte en Maracaná. Pero el color
canarito no tuvo efecto inmediato: Brasil fue derrotado por Hungría en un
partido violento, y no pudo llegar ni a las semifinales. La delegación brasileña
denunció ante la FIFA al árbitro inglés, que había actuado «al servicio del
comunismo internacional, contra la Civilización Occidental y
Cristiana».
Hungría era la gran favorita de esta Copa. El demoledor equipo de
Puskas, Kocsis y Hidegkuti llevaba cuatro años invicto, y poco antes del Mundial
había goleado a Inglaterra 7 a 1. Pero éste fue un campeonato
extenuante.
Tras el duro enfrentamiento con los brasileños, los húngaros
exprimieron sus energías contra los uruguayos.
Hungría y Uruguay jugaron a
muerte, sin darse tregua, y se agotaron mutuamente hasta que dos goles de Kocsis
definieron el partido en el alargue.
La final fue contra Alemania. Hungría ya
la había derrotado por paliza, 8 a 3, al comienzo del Mundial, y en aquel
partido había quedado fuera de combate el capit án Puskas. En la final, Puskas
reapareció, jugando a duras penas en una sola pierna, al frente de un equipo
brillante pero gastado. Hungría, que iba ganando 2 a 0, acabó perdiendo 3 a 2, y
Alemania conquistó su primer título mundial. Austria obtuvo el tercer lugar.
Uruguay, el cuarto.
El húngaro Kocsis fue el goleador de la Copa, con once
tantos, seguido por el alemán Morlock, con ocho, y el austríaco Probst, con
seis. De los once goles de Kocsis, el más golazo fue hecho contra Brasil. Kocsis
se lanzó como un avión, voló un buen rato en el aire y cabeceó al
ángulo.
Gol de Di Stéfano
Fue en 1957. España jugaba contra
Bélgica. Miguel madrugó a la defensa belga, se infiltró por la derecha y lanzó
un centro. Di Stéfano se arrojó en plancha y desde el aire remató, de taco, al
gol. Alfredo Di Stéfano, el astro argentino que se había nacionalizado español,
tenía la costumbre de meter goles así. Toda valla abierta era una crimen
imperdonable, que exigía de inmediato castigo, y él ejecutaba la pena metiendo
estocadas de duende bandido.
El Mundial del 58
Los Estados Unidos
lanzaban un satélite a los altos cielos: la nueva lunita giraba en torno a la
tierra, se cruzaba con los sputniks soviéticos y no los saludaba. Y mientras las
grandes potencias competían en el más allá, en el más acá comenzaba la guerra
civil de el Líbano, Argelia ardía, se incendiaba Francia y el general De Gaulle
alzaba sus dos metros de altura sobre las llamas y promet ía la salvación. En
Cuba fracasaba la huelga general de Fidel Castro contra la dictadura de
Fulgencio Batista, pero en Venezuela otra huelga general volteaba la dictadura
de Pérez Jiménez. En Colombia, conservadores y liberales bendecían con
elecciones su reparto del poder, al cabo de una década de guerra de exterminio
mutuo, mientras Richard Nixon era recibido a pedradas en su gira
latinoamericana. José María Arguedas publicaba Los ríos profundos. Aparecían La
región más transparente, de Carlos Fuentes, y los Poemas de amor de Idea
Vilariño.
En Hungría, caían fusilados Imre Nagy y otros rebeldes del 56, que
habían querido democracia en lugar de burocracia, y en Haití morían los rebeldes
que se habían alzado al asalto del palacio donde Papa Doc Duvalier reinaba
rodeado de brujos y verdugos. Juan XXIII, Juan el Bueno, era el nuevo Papa de
Roma, el príncipe Carlos era el futuro monarca de Inglaterra, Barbie era la
nueva reina de las muñecas, João Havelange conquistaba la corona brasileña en el
negocio del fútbol, mientras en el arte del fútbol un muchacho de diecisiete
años, llamado Pelé, se consagraba rey del mundo.
La consagración de Pelé tuvo
lugar en Suecia, durante el sexto Campeonato Mundial. Participaron del torneo
doce equipos europeos, cuatro americanos y ninguno de otras latitudes.
Los
suecos pudieron ver los partidos en las canchas y también en sus casas. Ésta fue
la primera vez que la Copa se transmitió por televisión, aunque sólo llegó en
vivo y en directo al ámbito nacional y el resto del mundo la recibió
después.
Ésta fue, también, primera vez que un país ganó la Copa jugando
fuera de su continente. En el Mundial del 58, la selección brasileña empezó más
o menos, pero fue arrolladora a partir del momento en que los jugadores se
sublevaron y pudieron imponer al director técnico el equipo que ellos querían.
Entonces, cinco suplentes se hicieron titulares. Entre ellos, Pelé, un
adolescente desconocido, y Garrincha, que ya traía mucha fama desde Brasil y
mucho se había lucido en los juegos previos, pero había sido excluido del
Mundial porque los estudios psicotéc-nicos le habían diagnosticado debilidad
mental. Ellos, suplentes negros de jugadores blancos, brillaron con luz propia
en el nuevo equipo de estrellas, junto a otro negro de juego deslumbrante, Didí,
que desde atrás les organizaba las magias.
Juego y fuego: el periódico
World Sports, de Londres, dijo que había que restregarse los ojos para creer que
aquello era cosa de este planeta. En las semifinales, contra la Francia de Kopa
y Fontaine, los brasileños ganaron 5 a 2, y otra vez 5 a 2 en la final contra el
dueño de casa. El capitán de Suecia, Liedholm, uno de los jugadores más limpios
y elegantes de la historia del fútbol, convirtió el primer gol del partido, pero
después Vavá, Pelé y Zagalo pusieron las cosas en su lugar, ante la atónita
mirada del rey Gustavo Adolfo. Brasil fue campeón invicto.
Cuando terminó el
partido, los jugadores regalaron la pelota a su hincha más devoto, el negro
Américo, masajista.
Francia ocupó el tercer lugar y Alemania Federal, el
cuarto.
El francés Fontaine encabezó la tabla de goleadores, con una lluvia
de trece tantos, ocho de pierna derecha, cuatro de izquierda y uno de cabeza,
seguido por Pelé y el alemán Helmut Rahn, que metieron
seis.
Garrincha
Alguno de sus muchos hermanos lo bautizó
Garrincha, que es el nombre de un pajarito inútil y feo. Cuando empezó a jugar
al futbol, los médicos le hicieron la cruz, diagnosticaron que nunca llegará a
ser un deportista este anormal, este pobre resto del hambre y de la
poliomelitis, burro y cojo, con un cerebro infantil, una columna vertebral hecha
una S y las dos piernas torcidas para el mismo lado.
Nunca hubo un puntero
derecho como él. En el Mundial del 58 fue el mejor de su puesto. En el Mundial
del 62, el mejor jugador del campeonato. Pero a lo largo de sus años en las
canchas, Garrincha fue mas: él fue el hombre que dio mas alegrias en toda la
historia del futbol.
Cuando él estaba allí, el campo de juego era un picadero
de circo, la pelota un bicho amaestrado, el partido, una invitacion a la fiesta.
Garrincha no se dejaba sacar la pelota, niño defendiendo su mascota, y la pelota
y él cometían diabluras que mataban de risa a la gente; él saltaba sobre ella,
ella brincaba sobre él, ella se escondía, él se escapaba, ella lo corría.
Garrincha ejerc ía sus picardías de malandra a la orilla de la cancha, sobre el
borde derecho, lejos del centro; criado en los suburbios, en los suburbios
jugaba. Jugaba para un club llamado Botafogo, que significa prendefuego, y ése
era él; el botafogo que encendía los estadios, loco por el aguardiente y por
todo lo ardiente, el que huía de las concentraciones, escapándose por la
ventana, porque desde los lejanos andurriales lo llamaba alguna pelota que pedía
ser jugada, alguna música que exigía ser bailada, alguna mujer que quería ser
besada.
¿Un ganador? Un perdedor con buena suerte. Y la buena suerte no dura.
Bien dicen en Brasil que si la mierda tuviera valor, los pobres nacerían sin
culo.
Garrincha murió de su muerte: pobre, borracho y solo.
El Mundial
del 62
Unos astrólogos hindúes y malayos habían anunciado el fin del
mundo pero el mundo seguía girando, y entre vuelta y vuelta nacía una
organización que se bautizaba con el nombre de Amnistía Internacional y Argelia
daba sus primeros pasos de vida independiente, al cabo de más de siete años de
guerra contra Francia. En Israel ahorcaban al criminal nazi Adolf Eichmann, los
mineros de Asturias se alzaban en huelga, el para Juan quería cambiar la Iglesia
y devolverla a los pobres. Se fabricaban los primeros disquetes para
computadoras, se realizaban las primeras operaciones con rayo láser, Marilyn
Monroe perdía las ganas de vivir.
¿En cuánto se cotizaba el voto
internacional de un país? Haití vendía su voto a cambio de quince millones de
dólares, una carretera, una represa y un hospital y así otorgaba a la OEA la
mayoría necesaria para expulsar a Cuba, la oveja negra del panamericanismo.
Fuentes bien informadas de Miami anunciaban la inminente caída de Fidel Castro,
que iba a desplomarse en cuesti ón de horas. Setenta y cinco demandas de
prohibición se presentaban ante los tribunales norteamericanos contra la novela
Trópico de Cáncer, de Henry Miller, que por primera vez se había publicado sin
censura. Linus Pauling, que estaba por recibir su segundo premio Nobel, caminaba
ante la Casa Blanca portando un cartel de protesta contra las explosiones
nucleares, mientras Benny Kid Paret, cubano, negro, analfabeto, caía muerto,
aniquilado por los golpes, en el ring del Madison Square Garden.
En Memphis,
Elvis Presley anunciaba su retiro, despu és de vender trescientos millones de
discos, pero se arrepentía al ratito, y en Londres una empresa de discos, la
Decca, se negaba a grabar canciones de unos músicos peludos que se llamaban los
Beatles. Carpentier publicaba El siglo de las luces, Gelman publicaba Gotán, los
militares argentinos volteaban al presidente Frondizi, moría el pintor brasileño
Cándido Portinari. Aparecían las Primeras estórias, de Guimaraes Rosa, y los
poemas que Vinícius de Moraes escribió para vivir um grande amor. João Gilberto
susurraba el samba de uma nota só, en el Carnegie Hall, mientras los jugadores
de Brasil aterrizaban en Chile, dispuestos a conquistar el séptimo Campeonato
Mundial de Fútbol ante cinco países americanos y diez europeos.
En el Mundial
del 62, Di Stéfano no tuvo buena suerte.
Iba a jugar en la selección de
España, su país de adopción. A los 36 años de edad, era su última
oportunidad.
En vísperas del estreno, se lastimó la rodilla derecha, y no
hubo caso. Di Stéfano, la Saeta Rubia, uno de los mejores jugadores de la
historia del fútbol, nunca pudo jugar un Mundial. Pelé, otra estrella de todos
los tiempos, no llegó muy lejos en el Mundial de Chile: sufrió de entrada un
desgarramiento muscular y quedó fuera. Y otro monstruo sagrado del fútbol, el
ruso Yashin, anduvo también con mala pata: el mejor arquero del mundo se comió
cuatro goles ante Colombia, porque parece que se le fue la mano con los
traguitos que lo entonaban en el vestuario.
Brasil ganó el torneo. Sin Pelé,
y bajo la batuta de Didí. Amarildo se lució en el difícil lugar de Pelé, atrás
Djalma Santos fue una muralla y adelante Garrincha deliraba y hacía delirar.
«¿De qué planeta procede Garrincha?», se preguntaba el diario El Mercurio,
mientras Brasil liquidaba a los dueños de casa. Los chilenos se habían impuesto
a Italia, en un partido que fue una batalla campal, y también habían vencido a
Suiza y a la Unión Soviética. Se habían servido spaguettis, chocolate y vodka,
pero se les atragantó el café: los brasileños ganaron 4 a 2.
En la final,
Brasil derrotó a Checoslovaquia 3 a 1 y fue, como en el 58, campeón invicto. Por
primera vez, la final de un campeonato mundial se pudo ver en directo por la
televisión en transmisión internacional, aunque fue en blanco y negro y llegó a
pocos países.
Chile conquistó el tercer lugar, la mejor clasificación de su
historia, y Yugoslavia ganó el cuarto puesto gracias a un pájaro llamado
Dragoslav Sekularac, que ninguna defensa pudo atrapar.
El campeonato no tuvo
un goleador, pero varios jugadores convirtieron cuatro tantos: los brasileños
Garrincha y Vavá, el chileno Sánchez, el yugoslavo Jerkovic, el húngaro Albert y
el soviético Ivanov.
El Mundial del 66
Los militares bañaban a
Indonesia en sangre, medio millón de muertos, un millón, quién sabe, y el
general Suharto iniciaba su larga dictadura asesinando a los pocos rojos,
rosados o dudosos que quedaban vivos. Otros militares volteaban a N?Krumah,
presidente de Guinea y profeta de la unidad africana, mientras sus colegas de
Argentina desalojaban al presidente Illia por golpe de Estado.
Por primera
vez en la historia, una mujer, Indira Gandhi, gobernaba la India. Los
estudiantes echaban abajo a la dictadura militar del Ecuador. La aviación de los
Estados Unidos bombardeaba Hanoi, en una nueva ofensiva, pero en la opinión
pública norteamericana crec ía la certeza de que nunca debían haber entrado en
Vietnam, que no debían haberse quedado y que debían salir cuanto
antes.
Truman Capote publicaba A sangre fría. Aparecían Cien años de soledad,
de García Márquez, y Paradiso, de Lezama Lima. El cura Camilo Torres caía
peleando en las montañas de Colombia, el Che Guevara cabalgaba su flaco
Rocinante por los campos de Bolivia, Mao desataba la revolución cultural en
China. Varias bombas atómicas caían en la costa española de Almería, y aunque no
estallaban, sembraban el pánico. Fuentes bien informadas de Miami anunciaban la
inminente caída deFidel Castro, que iba a desplomarse en cuestión de
horas.
En Londres, Harold Wilson mascaba su pipa y celebraba la victoria en
las elecciones, las muchachas andaban en minifalda, Carnaby Street dictaba la
moda y todo el mundo tarareaba las canciones de los Beatles, mientras se
inauguraba el octavo Campeonato Mundial de Fútbol.
Éste fue el último Mundial
de Garrincha, y también fue la despedida del arquero mexicano Antonio Carbajal,
el único jugador que había estado cinco veces en el torneo.
Participaron
dieciséis equipos: diez europeos, cinco americanos y, cosa rara, Corea del
Norte. Asombrosamente, la selección coreana eliminó a Italia con gol de Pak, un
dentista de la ciudad de Pyongyang que practicaba el fútbol en sus ratos libres.
En la selección italiana jugaban nada menos que Gianni Rivera y Sandro Mazzola.
Pier Paolo Pasolini decía que ellos jugaban al fútbol en buena prosa
interrumpida por versos fulgurantes, pero el dentista los dejó mudos.
Por
primera vez se transmitió todo el campeonato en directo, vía satélite, y el
mundo entero pudo ver, todavía en blanco y negro, el show de los jueces. En el
mundial anterior, los jueces europeos habían arbitrado 26 partidos; en éste,
dirigieron 24 de los 32 partidos disputados.
Un juez alemán obsequió a
Inglaterra el partido contra Argentina, mientras un juez inglés regalaba a
Alemania el partido contra Uruguay. Brasil no tuvo mejor suerte: Pelé fue
impunemente cazado a patadas por Bulgaria y Portugal, que lo desalojaron del
campeonato.
La reina Isabel asistió a la final. No gritó ningún gol, pero
aplaudió discretamente. El Mundial se definió entre la Inglaterra de Bobby
Charlton, hombre de temible empuje y puntería, y la Alemania de Beckenbauer, que
recién empezaba su carrera y ya jugaba de galera, guantes y bastón. Alguien
había robado la copa Rimet, pero un perro llamado Pickles la encontró tirada en
un jardín de Londres. Así, el trofeo pudo llegar a tiempo a manos del vencedor.
Inglaterra se impuso 4 a 2. Portugal entró tercero. En cuarto lugar, la Unión
Soviética. La reina Isabel otorgó título de nobleza a Alf Ramsey, el director
técnico de la selección triunfante, y el perro Pickles se convirtió en héroe
nacional.
El Mundial del 66 fue usurpado por las tácticas
defensivas.
Todos los equipos practicaban el cerrojo y dejaban un jugador
escoba barriendo la línea final detrás de los zagueros.
Sin embargo, Eusebio,
el artillero africano de Portugal, pudo atravesar nueve veces esas impenetrables
murallas en las retaguardias rivales. Tras él, en la lista de goleadores, figuró
el alemán Haller, con seis tantos.
Pelé
Cien canciones lo nombran.
A los diecisiete años fue campeón del mundo y rey del fútbol. No había cumplido
veinte cuando el gobierno de Brasil lo declaró tesoro nacional y prohibió su
exportación. Ganó tres campeonatos mundiales con la selección brasileña y dos
con el club Santos. Después de su gol número mil, siguió sumando.
Jugó más de
mil trescientos partidos, en ochenta países, un partido tras otro a ritmo de
paliza, y convirti ó casi mil trescientos goles. Una vez, detuvo una guerra:
Nigeria y Biafra hicieron una tregua para verlo jugar.
Verlo jugar, bien
valía una tregua y mucho más. Cuando Pelé iba a la carrera, pasaba a través de
los rivales, como un cuchillo. Cuando se detenía, los rivales se perd ían en los
laberintos que sus piernas dibujaban. Cuando saltaba, subía en el aire como si
el aire fuera una escalera.
Cuando ejecutaba un tiro libre, los rivales que
formaban la barrera querían ponerse al revés, de cara a la meta, para no
perderse el golazo.
Había nacido en casa pobre, en un pueblito remoto, y
llegó a las cumbres del poder y la fortuna, donde los negros tienen prohibida la
entrada. Fuera de las canchas, nunca regaló un minuto de su tiempo y jamás una
moneda se le cayó del bolsillo. Pero quienes tuvimos la suerte de verlo jugar,
hemos recibido ofrendas de rara belleza: momentos esos tan dignos de
inmortalidad que nos permiten creer que la inmortalidad existe.
Gol de Pelé
Fue en 1969. El club Santos jugaba contra el Vasco da Gama en el estadio
Maracaná.
Pelé atravesó la cancha en ráfaga, esquivando a los rivales en el
aire, sin tocar el suelo, y cuando ya se metía en el arco con pelota y todo, fue
derribado. El árbtro pitó penal. Pelé no quiso tirarlo. Cien mil personas lo
obligaron, gritando su nombre.
Pelé había hecho muchos goles en Maracaná.
Goles prodigiosos, como aquel en 1961, contra el club Fluminense, cuando había
gambeteado a siete jugadores y al arquero también. Pero este penal era
diferente: la gente sitió que algo tenía de sagrado. Y por eso hizo silencio el
pueblo más bullanguero del mundo. El clamor de la multitud calló de pronto, como
obedeciendo una orden: nadie hablaba, nadie respiraba, nadie estaba allí.
Súbitamente en las tribunas no hubo nadie, y en la cancha tampoco. Pelé y el
arquero, Andrada, estaban solos. A solas, esperaban. Pelé, parado junto a la
pelota en el punto blanco del penal. Doce pasos más allá, Andrada, encogido, al
acecho, entre los palos.
El guardamenta alcanzó a rozarla, pero Pelé clavó la
pelota en la red. Era su gol número mil. Ningún otro jugador había hecho mil
goles en la historia del fútbol profesional.
Entonces la multitud volvió a
existir, y saltó como un niño loco de alegría, iluminando la noche.»
El
Mundial del 70
En Praga moría Jiri Trnka, maestro del cine de marionetas,
y en Londres moría Bertrand Russell, tras casi un siglo de vida muy viva. A los
veinte años de edad, el poeta Rugama caía en Managua, peleando solito contra un
batallón de la dictadura de Somoza. El mundo perd ía su música: se desintegraban
los Beatles, por sobredosis de éxito, y por sobredosis de drogas se nos iban el
guitarrista Jimi Hendrix y la cantante Janis Joplin.
Un ciclón arrasaba
Pakistán y un terremoto borraba quince ciudades de los Andes peruanos. En
Washington ya nadie creía en la guerra de Vietnam pero la guerra seguía, según
el Pentágono los muertos sumaban un millón, mientras los generales
norteamericanos huían hacia adelante invadiendo Camboya. Allende iniciaba su
campaña hacia la presidencia de Chile, después de tres derrotas, y prometía dar
leche a todos los niños y nacionalizar el cobre. Fuentes bien informadas de
Miami anunciaban la inminente caída de Fidel Castro que iba a desplomarse en
cuestión de horas. Comenzaba la primera huelga en la historia del Vaticano, en
Roma se cruzaban de bra-zos los funcionarios del Santo Padre, mientras en México
movían las piernas los jugadores de dieciséis países y comenzaba el noveno
Campeonato Mundial de Fútbol.
Participaron nueve equipos europeos, cinco
americanos, Israel y Marruecos. En el partido inaugural, el juez alzó por
primera vez una tarjeta amarilla. La tarjeta amarilla, señal de amonestación, y
la tarjeta roja, señal de expulsión, no fueron las únicas novedades del Mundial
de México. El reglamento autorizó a cambiar dos jugadores en el curso de cada
partido. Hasta entonces, sólo el arquero podía ser sustituido, en caso de
lesión; y no resultaba muy difícil reducir a patadas al elenco
adversario.
Imágenes de la Copa del 70: la estampa de Beckenbauer, con un
brazo atado, batiéndose hasta el último minuto; fervor de Tostão, recién operado
de un ojo y aguantándose a pie firme todos los partidos; las volanderías de Pelé
en su último Mundial: «Saltamos juntos», contó Burgnich, el defensa italiano que
lo marcaba, «pero cuando volví a tierra, ví que Pelé se mantenía suspendido en
la altura».
Cuatro campeones del mundo, Brasil, Italia, Alemania y Uruguay,
disputaron las semifinales. Alemania ocupó el tercer lugar, Uruguay el cuarto.
En la final, Brasil apabulló a Italia 4 a 1. La prensa inglesa coment ó:
«Debería estar prohibido un fútbol tan bello». El último gol se recuerda de pie:
la pelota pasó por todo Brasil, la tocaron los once, y por fin Pelé la puso en
bandeja, sin mirar, para que rematara Carlos Alberto, que venía en tromba.
El
Torpedo Müller, de Alemania, encabezó la tabla de goleadores, con diez tantos,
seguido por el brasileño Jairzinho, con siete.
Campeón invicto por tercera
vez, Brasil se quedó con la copa Rimet en propiedad. A fines de 1983, la copa
fue robada y vendida, después de ser reducida a casi dos quilos de oro puro. Una
copia ocupa su lugar en las vitrinas.
Gol de Maradona
Fue en 1973.
Se medían los equipos infantiles de Argentina Juniors y River Plate, en Buenos
Aires.
El número 10 de Argentinos recibió la pelota de su arquero, esquivó al
delantero centro del River y emprendi ó la carrera. Varios jugadores le salieron
al encuentro: a uno se la pasó por el jopo, a otro entre las piernas y al otro
lo engañó de taquito. Después, sin detenerse, dejó paralíticos a los zagueros y
al arquero tumbado en el suelo, y se metió caminando con la pelota en la valla
rival. En la cancha habían quedado siete niños fritos y cuatro que no podían
cerrar la boca.
Aquel equipo de chiquilines, los Cebollitas, llevaba cien
partidos invicto y había llamado la atención de los periodistas.
Uno de los
jugadores, El Veneno, que tenía trece años, declaró: -Nosotros jugamos por
divertirnos. Nunca vamos a jugar por plata. Cuando entra la plata, todos se
matan por ser estrellas, y entonces vienen la envidia y el egoísmo.
Habló
abrazado al jugador más querido de todos, que también era el más alegre y el más
bajito: Diego Armando Maradona, que tenía doce años y acababa de meter ese gol
increíble.
Maradona tenía la costumbre de sacar la lengua cuando estaba en
pleno envión. Todos sus goles habían sido hechos con la lengua fuera. De noche
dormía abrazado a la pelota y de día hacía prodigios con ella. Vivía en una casa
pobre de un barrio pobre y quería ser técnico industrial.»
El Mundial del 78
En Alemania moría el
popular escarabajo de la Volkswagen, el Inglaterra nacía el primer bebé de
probeta, en Italia se legalizaba el aborto. Sucumbían las primeras víctimas del
sida, una maldición que todavía no se llamaba así. Las Brigadas Rojas asesinaban
a Aldo Moro, los Estados Unidos se comprometían a devolver a Panam á el canal
usurpado a principios de siglo. Fuentes bien informadas de Miami anunciaban la
inminente caída de Fidel Castro, que iba a desplomarse en cuestión de
horas.
En Nicaragua tambaleaba la dinastía de Somoza, en Irán tambaleaba la
dinastía del Sha, los militares de Guatemala ametrallaban una multitud de
campesinos en el pueblo de Panzós. Domitila Barrios y otras cuatro mujeres de
las minas de estaño iniciaban una huelga de hambre contra la dictadura militar
de Bolivia, al rato toda Bolivia estaba en huelga de hambre, la dictadura caía.
La dictadura militar argentina, en cambio, gozaba de buena salud, y para
probarlo organizaba el undécimo Campeonato Mundial de Fútbol.
Participaron
diez países europeos, cuatro americanos, Irán y Túnez. EL Papa de Roma envió su
bendición. Al son de una marcha militar, el general Videla condecoró a Havelange
en la ceremonia de la inauguración, en el estadio Monumental de Buenos Aires. A
unos pasos de allí, estaba en pleno funcionamiento el Auschwitz argentino, el
centro de tormento y exterminio de la Escuela de Mecánica de la Armada. Y
algunos kilómetros más allá, los aviones arrojaban a los prisioneros vivos al
fondo de la mar.
«Por fin el mundo puede ver la verdadera imagen de la
Argentina», celebró el presidente de la FIFA ante las cámaras de la televisión.
Henry Kissinger, invitado especial, anunció: "Este país tiene un gran futuro a
todo nivel."
Y el capitán del equipo alemán, Berti Vogts, que dio la patada
inicial, declaró unos días después: "Argentina es un país donde reina el orden.
Yo no he visto a ningún preso político."
Los dueños de casa vencieron algunos
partidos, pero perdieron ante Italia y empataron con Brasil. Para llegar a la
final contra Holanda, debían ahogar a Perú bajo una lluvia de goles. Argentina
obtuvo con creces el resultado que necesitaba, pero la goleada, 6 a 0, llenó de
dudas a lo malpensados, y a los bienpensados también.
Los peruanos fueron
apedreados al regresar a Lima.
La final entre Argentina y Holanda se definió
por alargue.
Ganaron los argentinos 3 a 1, y en cierta medida la victoria fue
posible gracias al patriotismo del palo que salvó al arco argentino en el último
minuto del tiempo reglamentario. Ese palo, que detuvo un pelotazo de
Rensenbrink, nunca fue objeto de honores militares, por esas cosas de la
ingratitud humana. De todos modos, más decisivos que el palo resultaron los
goles de Mario Kempes, un potro imparable que se lució galopando, con la
pelambre al viento, sobre el césped nevado de papelitos.
A la hora de recibir
los trofeos, los jugadores holandeses se negaron a saludar a los jefes de la
dictadura argentina.
El tercer puesto fue para Brasil. El cuarto, para
Italia.
Kempes fue el mejor jugador de la Copa y también el goleador, con
seis tantos. Detrás figuraron el peruano Cubillas y el holandés Rensenbrink, con
cinco goles cada uno.
El Mundial del 86
Baby Doc Duvalier huía de
Haití, robándose todo, y robándose todo huía Ferdinand Marcos de Filipinas,
mientras los archivos norteamericanos revelaban, más vale tarde que nunca, que
Marcos, el alabado héroe filipino de la segunda guerra mundial, había sido en
realidad un desertor.
El cometa Halley visitaba nuestro cielo después de
mucha ausencia, se descubrían nueve lunas en torno al planeta Urano, aparecía el
primer agujero en la capa de ozono que nos protege del sol. Se difundía una
nueva droga, hija de la ingeniería genética, contra la leucemia.
En el Japón
se suicidaba una cantante de moda y tras ella elegían la muerte veintitrés de
sus devotos. Un terremoto dejaba sin casa a doscientos mil salvadoreños y la
catástrofe nuclear soviética de Chernobyl desataba una lluvia de veneno
radioactivo, imposible de medir y de parar, sobre quién sabe cuántas leguas y
gentes.
Felipe González decía sí a la OTAN, la alianza militar atlántica,
después de haber gritado no, y un plebiscito bendecía el viraje mientras España
y Portugal entraban al mercado común europeo. El mundo lloraba la muerte de Olof
Palme, el primer ministro de Suecia, asesinado en la calle. Tiempos de luto para
las artes y las letras: se nos iban el escultor Henry Moore y los escritores
Simone de Beauvoir, Jean Genet, Juan Rulfo y Jorge Luis Borges.
Estallaba el
escándalo Irangate, que implicaba al presidente Reagan, a la CIA y a los contras
de Nicaragua en el tráfico de armas y de drogas, y estallaba la nave espacial
Challenger, al despegar de Cabo Cañaveral, con siete tripulantes a bordo. La
aviación norteamericana bombardeaba Libia y mataba a una hija del coronel
Gaddafi, para castigar un atentado que años después se atribuyó a Irán.
En
una cárcel de Lima morían ametrallados cuatrocientos presos. Fuentes bien
informadas de Miami anunciaban la inminente caída de Fidel Castro, que iba a
desplomarse en cuestión de horas. Se habían desplomado muchos edificios sin
cimientos, con toda la gente adentro, cuando un terremoto había sacudido a la
ciudad de México, el año anterior, y buena parte de la ciudad estaba todavía en
ruinas mientras se inauguraba allí el decimotercer Campeonato Mundial de
Fútbol.
En la Copa del 86, participaron catorce países europeos y seis
americanos, además de Marruecos, Corea del Sur, Irak y Argelia. En México nació
la ola en las tribunas, que a partir de entonces suele mover a las hinchadas del
mundo al ritmo de la mar bravía. Hubo partidos de esos que ponen los pelos de
punta, como el de Francia contra Brasil, donde los jugadores infalibles,
Platini, Zico, Sócrates, fracasaron en los penales; y hubo dos goleadas
espectaculares de Dinamarca, que propinó seis tantos a Uruguay y recibió cinco
de España.
Pero éste fue el Mundial de Maradona. Contra Inglaterra, Maradona
vengó con dos goles de zurda al orgullo patrio malherido en las Malvinas: hizo
uno con la mano izquierda, que él llamó mano de Dios, y el otro con la pierna
izquierda, después de haber tumbado por los suelos a la defensa
inglesa.
Argentina disputó la final contra Alemania. Fue de Maradona el pase
decisivo, que dejó solo a Burruchaga para que Argentina se impusiera 3 a 2 y
ganara el campeonato cuando ya el reloj señalaba el fin del partido, pero antes
había ocurrido otro gol memorable: Valdano arrancó con la pelota desde el arco
argentino, cruzó toda la cancha y cuando Schumacher le salió al cruce, la coloc
ó contra el poste derecho. Valdano venía hablando con la pelota, le venía
rogando: Por favor, entrá.
Francia se clasificó en tercer lugar, seguida por
Bélgica.
El inglés Lineker encabezó la tabla de goleadores, con seis tantos.
Maradona hizo cinco goles, como el brasileño Careca y el español
Butragueño.
Romario
Venido desde quién sabe qué región del aire,
el tigre aparece, pega su zarpazo y se esfuma. El arquero, atrapado en su jaula,
no tiene tiempo ni de pestañear. En un fogonazo, Romario asesta sus goles de
media vuelta, de chilena, de volea, de chanfle, de taco, de punta, o de
perfil.
Romario nació en la miseria, en la favela de Jacarezinho, pero desde
niño ensayaba la firma para los muchos autógrafos que iba a firmar en la vida.
Trepó a la fama sin pagar los impuestos de la mentira obligatoria: este hombre
muy pobre se dio siempre el lujo de hacer lo que quería, disfrutón de la noche,
parrandero, y siempre dijo lo que pensaba sin pensar lo que decía.
Ahora
tiene una colección de Mercedes Benz y doscientos cincuenta pares de zapatos,
pero sus mejores amigos siguen siendo aquellos impresentables buscavidas que en
la infancia le enseñaron el secreto del zarpazo.
Maradona
Jugó,
venció, meó, perdió. El análisis delató efedrina y Maradona acabó de mala manera
su Mundial del 94.
La efedrina, que no se considera droga estimulante en el
deporte profesional de los Estados Unidos y de muchos otros países, está
prohibida en las competencias internacionales.
Hubo estupor y escándalo. Los
truenos de la condenaci ón moral dejaron sordo al mundo entero, pero mal que
bien se hicieron oír algunas voces de apoyo al ídolo caído. Y no sólo en su
dolorida y atónita Argentina, sino en lugares tan lejanos como Bangladesh, donde
una manifestación numerosa rugió en las calles repudiando a la FIFA y exigiendo
el retorno del expulsado. Al fin y cabo, juzgarlo era fácil, y era fácil
condenarlo, pero no resultaba tan fácil olvidar que Maradona venía cometiendo
desde hacía años el pecado dc ser el mejor, el delito de denunciar a viva voz
las cosas que el poder manda callar y cl crimen de jugar con la zurda, lo cual,
según el Pequeño Larousse Ilustrado, significa «con la izquierda» y también
significa «al contrario de como se debe hacer».
Diego Armando Maradona nunca
había usado estimulantes, en vísperas dc los partidos, para multiplicarse el
cuerpo. Es verdad que había estado metido en la cocaína, pero se dopaba en las
fiestas tristes, para olvidar o ser olvidado, cuando ya estaba acorralado por la
gloria y no podía vivir sin la fama que no lo dejaba vivir. Jugaba mejor que
nadie a pesar de la cocaína, y no por ella.
Él estaba agobiado por el peso de
su propio personaje.
Tenía problemas en la columna vertebral, desde el lejano
día en que la multitud había gritado su nombre por primera vez. Maradona llevaba
una carga llamada Maradona, que le hacía crujir la espalda. El cuerpo como
metáfora: le dolían las piernas, no podía dormir sin pastillas.
No había
demorado en darse cuenta de que era insoportable la responsabilidad de trabajar
de dios en los estadios, pero desde el principio supo que era imposible dejar de
hacerlo. «Necesito que me necesiten», confes ó, cuando ya llevaba muchos años
con el halo sobre la cabeza, sometido a la tiranía del rendimiento sobrehumano,
empachado de cortisona y analgésicos y ovaciones, acosado por las exigencias de
sus devotos y por el odio de sus ofendidos.
El placer de derribar ídolos es
directamente proporcional a la necesidad de tenerlos. En España, cuando
Goicoechea le pegó de atrás y sin la pelota y lo dejó fuera de las canchas por
varios meses, no faltaron fanáticos que llevaron en andas al culpable de este
homicidio premeditado, y en todo el mundo sobraron gentes dispuestas a celebrar
la caída del arrogante sudaca intruso en las cumbres, el nuevo rico ése que se
había fugado del hambre y se daba el lujo de la insolencia y la
fanfarronería.
Después, en Nápoles, Maradona fue santa Maradonna y san
Gennaro se convirtió en san Gennarmando. En las calles se vendían imágenes de la
divinidad de pantal ón corto, iluminada por la corona de la Virgen o envuelta en
el manto sagrado del santo que sangra cada seis meses, y también se vendían
ataúdes de los clubes del norte de Italia y botellitas con lágrimas de Silvio
Berlusconi. Los niños y los perros lucían pelucas de Maradona. Había una pelota
bajo el pie de la estatua del Dante y el tritón de la fuente vestía la camiseta
azul del club Nápoles. Hacía más de medio siglo que el equipo de la ciudad no
ganaba un campeonato, ciudad condenada a las furias del Vesubio y a la derrota
eterna en los campos de fútbol, y gracias a Maradona el sur oscuro había
logrado, por fin, humillar al norte blanco que lo despreciaba.
Copa tras
copa, en los estadios italianos y europeos, el club Nápoles vencía, y cada gol
era una profanaci ón del orden establecido y una revancha contra la historia. En
Milán odiaban al culpable de esta afrenta de los pobres salidos de su lugar, lo
llamaban jamón con rulos. Y no sólo en Milán: en el Mundial del 90, la mayor ía
del público castigaba a Maradona con furiosas silbatinas cada vez que tocaba la
pelota, y la derrota argentina ante Alemania fue celebrada como una victoria
italiana.
Cuando Maradona dijo que quería irse de Nápoles, hubo quienes le
echaron por la ventana muñecos de cera atravesados de alfileres. Prisionero de
la ciudad que lo adoraba y de la camorra, la mafia dueña de la ciudad, él ya
estaba jugando a contracorazón, a contrapié; y entonces, estalló el escándalo de
la cocaína. Maradona se convirtió súbitamente en Maracoca, un delincuente que se
había hecho pasar por héroe.
Más tarde, en Buenos Aires, la televisión
trasmitió el segundo ajuste de cuentas: detención en vivo y en directo, como si
fuera un partido, para deleite de quienes disfrutaron el espectáculo del rey
desnudo que la policía se llevaba preso.
«Es un enfermo», dijeron. Dijeron:
«Está acabado». El mesías convocado para redimir la maldición histórica de los
italianos del sur había sido, también, el vengador de la derrota argentina en la
guerra de las Malvinas, mediante un gol tramposo y otro gol fabuloso, que dejó a
los ingleses girando como trompos durante algunos años; pero a la hora de la
caída, el Pibe de Oro no fue más que un farsante pichicatero y putañero.
Maradona había traicionado a los niños y había deshonrado al deporte. Lo dieron
por muerto.
Pero el cadáver se levantó de un brinco. Cumplida la penitencia
de la cocaína, Maradona fue el bombero de la selección argentina, que estaba
quemando sus últimas posibilidades de llegar al Mundial 94. Gracias a Maradona,
llegó. Y en el Mundial, Maradona estaba siendo otra vez, como en los viejos
tiempos, el mejor de todos, cuando estalló el escándalo de la efedrina.
La
máquina del poder se la tenía jurada. Él le cantaba las cuarenta, eso tiene su
precio, cl precio se cobra al contado y sin descuentos. Y el propio Maradona
regaló la justificación, por su tendencia suicida a servirse en bandeja en boca
de sus muchos enemigos y esa irresponsabilidad infantil que lo empuja a
precipitarse en cuanta trampa se abre en su camino.
Los mismos periodistas
que lo acosan con los micrófonos, lc reprochan su arrogancia y sus rabietas, y
lo acusan de hablar demasiado. No les falta razón; pero no es eso lo que no
pueden perdonarle: en realidad, no les gusta lo que a veces dice. Este petiso
respondón y calent ón tiene la costumbre de lanzar golpes hacia arriba. En el 86
y en el 94, en México y en Estados Unidos, denunció a la omnipotente dictadura
de la televisión, que estaba obligando a los jugadores a deslomarse al mediodía,
achicharrándose al sol, y en mil y una ocasiones más, todo a lo largo de su
accidentada carrera, Maradona ha dicho cosas que han sacudido el avispero. Él no
ha sido el único jugador desobediente, pero ha sido su voz la que ha dado
resonancia universal a las preguntas más insoportables: ¿Por qué no rigen en el
fútbol las normas universales del derecho laboral? Si es normal que cualquier
artista conozca las utilidades del show que ofrece, ¿por qué los jugadores no
pueden conocer las cuentas secretas de la opulenta multinacional del
fútbol?
Havelange calla, ocupado en otros menesteres, y Joseph Blatter,
burócrata de la FIFA que jamás ha pateado una pelota pero anda en limusinas de
ocho metros y con chófer negro, se limita a comentar: ?El último astro argentino
fue Di Stéfano.
Cuando Maradona fue, por fin, expulsado del Mundial del 94,
las canchas de fútbol perdieron a su rebelde más clamoroso. Y también perdieron
a un jugador fant ástico. Maradona es incontrolable cuando habla, pero mucho más
cuando juega: no hay quien pueda prever las diabluras de este inventor de
sorpresas, que jamás se repite y que disfruta desconcertando a las
computadoras.
No es un jugador veloz, torito corto de piernas, pero lleva la
pelota cosida al pie y tiene ojos en todo el cuerpo. Sus artes malabares
encienden la cancha. El puede resolver un partido disparando un tiro fulminante
de espaldas al arco o sirviendo un pase imposible, a lo lejos, cuando está
cercado por miles de piernas enemigas; y no hay quien lo pare cuando se lanza a
gambetear rivales.
En el frígido fútbol de fin de siglo, que exige ganar y
prohibe gozar, este hombre es uno de los pocos que demuestra que la fantasía
puede también ser eficaz.
Los dueños de la pelota
La FIFA, que
tiene trono y corte en Zurich, el Comité Olímpico Internacional, que reina desde
Lausana, y la empresa ISL Marketing, que en Lucerna teje sus negocios, manejan
los campeonatos mundiales de fútbol y la olimpíadas. Como se ve, las tres
poderosas organizaciones tienen su sede en Suiza, un país que se ha hecho famoso
por la punterías de Guillermo Tell, la precisión de sus relojes y su religiosa
devoción por el secreto bancario.
Casualmente, las tres tienen un
extraordinario sentido del pudor en todo lo que se refiere al dinero que pasa
por sus manos y al que en sus manos queda.
La ISL Marketing posee, al menos
hasta fin de siglo, los derechos exclusivos de venta de la publicidad en los
estadios, los filmes y videocasetes, las insignias, banderines y mascotas de las
competencias internacionales.
Este negocio pertenece a los herederos de
Adolph Dassler, el fundador de la empresa Adidas, hermano y enemigo del fundador
de la competidora Puma. Cuando otorgaron el monopolio de esos derechos a la
familia Dassler, Havelange y Samaranch estaban ejerciendo el noble deber de la
gratitud. La empresa Adidas, la mayor fabricante de artículos deportivos en el
mundo, había contribuido muy generosamente a edificarles el poder. En 1990, los
Dassler vendieron Adidas al empresario francés Bernard Tapie, pero se quedaron
con la ISL, que la familia sigue controlando en sociedad con la agencia
publicitaria japonesa Dentsu.
El poder sobre el deporte mundial no es moco de
pavo.
A fines de 1994, hablando en Nueva York ante un círculo de hombres de
negocios, Havelange confesó algunos números, lo que en él no es nada frecuente:
-Puedo afirmar que el movimiento financiero del fútbol en el mundo alcanza,
anualmente, la suma de 225 mil millones de dólares.
Y se vanaglorió
comparando esa fortuna con los 136 mil millones de dólares facturados en 1993
por la General Motors, que figura a la cabeza de las mayores corporaciones
multinacionales.
En ese mismo discurso, Havelange advirtió que «el fútbol es
un producto comercial que debe venderse lo más sabiamente posible», y recordó la
ley primera de la sabiduría en el mundo contemporáneo: -Hay que tener mucho
cuidado con el envoltorio.
La venta de los derechos para televisión es la
veta que más rinde, dentro de la pródiga mina de las competencias
internacionales, y la FIFA y el Comité Olímpico Internacional reciben la parte
del león de lo que paga la pantalla chica. El dinero se ha multiplicado
espectacularmente desde que la tele empezó a trasmitir en directo, para todos
los países, los torneos mundiales. Las Olimpíadas de Barcelona recibieron de la
televisión en 1993, seiscientas treinta veces más dinero que las Olimíadas de
Roma en 1960, cuando la transmisión sólo llegaba al ámbito nacional.
Y a la
hora de decidir cuáles serán las empresas anunciantes de cada torneo, tanto
Havelange y Samaranch como la familia Dassler lo tienen claro: hay que elegir a
las que pagan más. La máquina que convierte toda pasión en dinero no puede darse
el lujo de promover los productos más sanos y más aconsejables para la vida
deportiva: lisa y llanamente se pone siempre al servicio de la mejor oferta, y
sólo le interesa saber si Mastercard paga mejor o peor que Visa y si Fujifilm
pone o no pone sobre la mesa más dinero que Kodak. La Coca-Cola, nutritivo
elixir que no puede faltar en el cuerpo de ningún atleta, encabeza siempre la
lista. Sus millonarias virtudes la ponen fuera de discusión.
En este fútbol
de fin de siglo, tan pendiente del marketing y de los sponsors, nada tiene de
sorprendente que algunos de los clubes más importantes de Europa sean empresas
que pertenecen a otras empresas. La Juventus de Turín forma parte, como la Fiat,
del grupo Agnelli. El Milan integra la constelación de trescientas empresas del
grupo Berlusconi. El Parma es de Parmalat. La Sampdoria, del grupo petrolero
Mantovani. La Fiorentina, del productor de cine Cecchi Gori. El Olympique de
Marsella fue lanzado al primer plano del fútbol europeo cuando se convirtió en
una de las empresas de Bernard Tapie, hasta que un escándalo de sobornos arruinó
al exitoso empresario. El París Saint-Germain pertenece al Canal Plus de la
televisión. La peugeot, sponsor del club Sochaux, es también dueña de su
estadio. La Philips es la dueña del club holandés PSV de Eindhoven. Se llaman
Bayer los dos clubes de la primera división alemana que la empresa financia: el
Bayer Leverkusen y el Bayer Uerdingen. El inventor y dueño de las computadoras
Astrad es también propietario del club británico Tottenham Hotspur, cuyas
acciones se cotizan en bolsa, y el Blackburn Rover pertenece al grupo Walker. En
Japón, donde el fútbol profesional tiene poco tiempo de vida, las principales
empresas han fundado clubes y han contratado estrellas internacionales, a partir
de la certeza de que el fútbol es un idioma universal que puede contribuir a la
proyección de sus negocios en el mundo entero. La empresa eléctrica Furukawa
fundó el club Nagoya Grampus, que contó en sus filas con el goleador inglés Gary
Lineker. El veterano pero siempre brillante Zico jugó para el Kashima, que
pertenece al grupo industrial y financiero Sumitomo. Las empresas Mazda,
Mitsubishi, Nissan, Panasonic y Japan Airlines también tienen sus propios clubes
de fútbol.
El club puede perder dinero, pero este detalle carece de
importancia si brinda buena imagen a la constelaci ón de negocios que integra.
Por eso la propiedad no es secreta: el fútbol sirve a la publicidad de las
empresas y en el mundo no existe un instrumento de mayor alcance popular para
las relaciones públicas. Cuando Silvio Berlusconi compró el club Milan, que
estaba en bancarrota, inició su nueva era desplegando toda la coreograf ía de un
gran lanzamiento publicitario. Una tarde de 1987, los once jugadores del Milan
descendieron lentamente en helicóptero hacia el centro del estadio, mientras en
los altavoces cabalgaban las Walkirias de Wagner.
Bernard Tapie, otro
especialista en su propio protagonismo, solía celebrar las victorias del
Olympique con grandes fiestas, fulgurantes de fuegos artificiales y rayos láser,
donde trepidaban las mejores bandas de música rock.
El fútbol, fuente de
emociones populares, genera fama y poder. Los clubes que tienen cierta
autonomía, y que no dependen directamente de otras empresas, están habitualmente
dirigidos por opacos hombres de negocios y políticos de segunda que utilizan el
fútbol como una catapulta de prestigio para lanzarse al primer plano de la
popularidad. Hay, también, raros casos al revés: hombres que ponen su bien
ganada fama al servicio del fútbol, como el cantante inglés Elton John, que fue
presidente del Watford, el club de sus amores, o el director de cine Francisco
Lombardi, que preside el Sporting Cristal de Perú.
OTROS
ESCRITOS
El Mundial del '90 Se venden piernas (Para Ángel Ruocco) Hasta
el Papa de Roma ha suspendido sus viajes por un mes. Por un mes, mientras dure
el Mundial de Italia, estaré yo también cerrado por fútbol, al igual que muchos
otros millones de simples mortales.
Nada tiene de raro. Como todos los
uruguayos, de niño quise ser jugador de fútbol. Por mi absoluta falta de
talento, no tuve más remedio que hacerme escritor. Y ojal á pudiera yo, en algún
imposible día de gloria, escribir con el coraje de Obdulio, la gracia de
Garrincha, la belleza de Pelé y la penetración de Maradona.
En mi país, el
fútbol es la única religión sin ateos; y me consta que también la profesan, en
secreto, a escondidas, cuando nadie los ve, los raros uruguayos que públicamente
desprecian al fútbol o lo acusan de todo.
La furia de los fiscales enmascara
un amor inconfesable.
El fútbol tiene la culpa, toda la culpa, y si el fútbol
no existiera, seguramente los pobres harían la revoluci ón social y todos los
analfabetos serían doctores; pero en el fondo de su alma, todo uruguayo que se
respete termina sucumbiendo, tarde o temprano, a la irresistible tentación del
opio de los pueblos.
Y la verdad sea dicha este hermoso espectáculo, esta
fiesta de los ojos, es también un cochino negocio. No hay droga que mueva
fortunas tan inmensas en los cuatro puntos cardinales del mundo. Un buen jugador
es una muy valiosa mercancía, que se cotiza y se compra y se vende y se presta,
según la ley del mercado y la voluntad de los mercaderes.
Ley del mercado,
ley del éxito. Hay cada vez menos espacio para la improvisación y la
espontaneidad creadora.
Importa el resultado, cada vez más, y cada vez menos
el arte, y el resultado es enemigo del riesgo y la aventura. Se juega para
ganar, o para no perder, y no para gozar la alegría de dar alegría. Año tras
año, el fútbol se va enfriando; y el agua en las venas garantiza la eficacia. La
pasión de jugar por jugar, la libertad de divertirse y divertir, la diablura
inútil y genial, se van convirtiendo en temas de evocación nostalgiosa.
El
fútbol sudamericano, el que más comete todavía estos pecados de leso eficiencia,
parece condenado por las reglas universales del cálculo económico. Ley del
mercado, ley del más fuerte. En la organización desigual del mundo, el fútbol
sudamericano es una industria de exportación produce para otros. Nuestra región
cumple funciones de sirvienta del mercado internacional. En el fútbol, como en
todo lo demás, nuestros paises han perdido el derecho de desarrollarse hacia
adentro. No hay más que ver los seleccionados de Argentina, Brasil y Uruguay en
este mundial del 90. Los jugadores se conocen en el avión. Solamente un tercio
juega en el propio país; los dos tercios restantes han emigrado y pertenecen,
casi todos, a los equipos europeos. El Sur no sólo vende brazos, sino también
piernas, piernas de oro, a los grandes centros extranjeros de la sociedad de
consumo; y al fin y al cabo, los buenos jugadores son los únicos inmigrantes que
Europa acoge sin tormentos burocráticos ni fobias racistas.
Parece que muy
pronto cambiará la reglamentación internacional. Los clubes europeos podrían, de
aquí a poco, contratar a cuatro, o quizá cinco, jugadores extranjeros.
En ese
caso, me pregunto qué será del fútbol sudamericano. No nos van a quedar ni los
masajistas.
En estos tiempos de tanta duda, uno sigue creyendo que la tierra
es redonda por lo mucho que se parece al balón que gira, mágicamente, sobre el
césped de los estadios.
Pero también el fútbol demuestra que esta tierra no
es muy redonda, que digamos. (1990)
El mundial del '98
Enseñanzas del
Mundial Gracias a la reciente Copa del Mundo, hemos podido aprender, o confirmar
-Que las tarjetas MasterCard tonifican los músculos, y que la Coca-Cola y las
hamburguesas McDonald?s no pueden faltar en el menú de un buen atleta -Que en la
final, Francia apabulló a Brasil, y que eso también significa; Adidas se impuso
sobre Nike. El amor de Nike por el fútbol brasileño hizo que la empresa pagara
cuatrocientos millones de dólares a su selección, y otra millonada a su
estrella, Ronaldo. Denuncias bien fundadas revelan que Nike impuso la presencia
de Ronaldo en el partido último; son numerosos los indicios de que así Ronaldo
fue arrancado del hospital. Gravemente afectado por una convulsión, jugó pero no
jugó.
-Que la selección triunfante fue un equipo de inmigrantes. Según las
encuestas, la mitad de los franceses cree que hay que echar a los inmigrantes,
pero todos los franceses celebraron el triunfo como si los negros y los árabes
fueran hijos de Juana de Arco.
-Que el fútbol sigue teniendo, milagrosamente,
capacidad de sorpresa. Por Croacia nadie daba dos vintenes, y a punta de coraje
conquistó el tercer lugar.
-Que el fútbol sigue teniendo, milagrosamente,
capacidad de belleza. Ví todos los partidos, y no me arrepiento.
El fútbol de
fin de siglo, calculador, defensivo, es amarrete en hermosura; pero que lo hubo,
lo hubo.
[Aparecido en La Jornada miércoles 22 de julio de 1998.
México.]
Después del Mundial '98
FÚTBOL EN PEDACITOS Campeones
Brasil no pudo ser pentacampeón. Adidas, sí. Desde la Copa del 54, que Adidas
ganó cuando ganó Alemania, ésta es la quinta consagración de los seleccionados
que representan la marca de las tres barras. Adidas levantó, con Francia, el
trofeo mundial de oro macizo y conquist ó, con Zinedine Zidane, el premio al
mejor jugador del campeonato. La empresa rival, Nike, tuvo que conformarse con
el segundo y el cuarto lugar, que obtuvieron sus selecciones de Brasil y
Holanda. La estrella de Nike, Ronaldo, no se lució demasiado. Una empresa menor,
Lotto, dio el batacazo con la sorprendente Croacia, que entró tercera.
Según
un reciente estudio científico publicado por el Daily Telegraph de Londres, los
hinchas segregan, durante los partidos, casi tanta testosterona como los
jugadores.
Pero hay que reconocer que también las empresas multinacionales
transpiran la camisa como si fuera camiseta.
Estrellas Los jugadores de
fútbol más famosos son productos que venden productos. En tiempos de Pelé, el
jugador jugaba, y eso era todo, o casi todo. En tiempos de Maradona, ya en pleno
auge de la televisión y de la publicidad masiva, las cosas habían cambiado.
Maradona cobró mucho, y mucho pagó cobró con las piernas, pagó con el alma.
Cuando ya llevaba algunos años en las canchas, la crisis lo rompió, y enfermó
gravemente por sobredosis de éxito.
El éxito espectacular de Ronaldo le
permite facturar mil dólares por hora, incluyendo las horas que duerme.
En el
Mundial del 98, a los veintipoquitos años de edad, Ronaldo sufrió una crisis
temprana convulsiones, ataque de nervios. Dicen que la presión de Nike lo metió
a prepo en la final contra Francia. El hecho es que jugó enfermo, y no pudo
exhibir como debía las virtudes del nuevo modelo de botines, el R-9, que Nike
estaba lanzando al mercado por medio de sus pies.
Precios Al fin del siglo,
los periodistas especializados hablan cada vez menos de las habilidades de los
jugadores y cada vez más de sus cotizaciones. Los dirigentes, los empresarios,
los contratistas y demás cortadores del bacalao ocupan un espacio creciente en
las crónicas futboleras. Antes, los «pases» se referían al viaje de la pelota de
un jugador al otro; ahora, los «pases» aluden más bien al viaje del jugador de
uno a otro club o de un país a otro. ¿Cuánto están rindiendo los famosos en
relaci ón a la inversión? Los especialistas nos bombardean con el vocabulario de
los tiempos oferta, compra, opción de compra, venta, cesión en préstamo,
valorización, desvalorizaci ón.
El año pasado, un aviso de televisión de Fox
Sports exhortaba a mirar fútbol prometiendo «Sea testigo de cómo el pez grande
se come al pez chico». Era una invitaci ón al aburrimiento. Afortunadamente, en
el Mundial 98, en más de una ocasión el pez chico se comió al pez grande, con
espinas y todo. Eso es lo bueno que tienen, a veces, el fútbol y la
vida.
Sudamericanos
De los equipos sudamericanos, el que más me
gustó fue Holanda.
La selección naranja ofreció un fútbol vistoso, de buen
toque y pases cortos, gozador de la pelota. Este estilo sudamericano se debió,
en gran medida, al aporte de sus jugadores venidos de América del Sur
descendientes de esclavos, nacidos en Surinam. No había negros entre los diez
mil hinchas que viajaron a Francia desde Holanda, pero en la cancha sí que los
había. Fue una fiesta verlos Seedorf, Reiziger, Winter, Bogarde, Kluivert,
Davids. Kluivert es sutil como Francescoli, y cabecea como él. Davids, motor del
equipo, juega y crea juego mete pierna y mete líos, porque no acepta que los
negros cobren menos que los blancos en los clubes de Holanda.
Africanos
Njanka, jugador de Camerún, arrancó de atrás, dejó por el camino a toda la
población de Austria y clavó el golazo más lindo del Mundial. Pero Camerún no
llegó lejos.
Cuando Nigeria derrotó, con su fútbol divertido, a la selección
española, y Paraguay empató, el presidente Aznar comentó que «hasta un nigeriano
o un paraguayo pueden ponerte en tu lugar». Después, cuando Nigeria se fue de
Francia, un comentarista argentino sentenció «Son todos albañiles, ninguno usa
la cabeza para pensar». La Fifa, que otorga los premios fair play, no jugó
limpio con Nigeria le impidió ser cabeza de serie, aunque el fútbol nigeriano
venía de conquistar el trofeo olímpico.
Las selecciones del Africa negra se
fueron temprano del campeonato mundial, pero algunos jugadores africanos o
nietos de africanos deslumbraron en Holanda, Francia, Brasil y otros equipos.
Hubo locutores y comentaristas que los llamaban «negritos», aunque nunca
llamaron «blanquitos» a los demás.
Mundial del 98, las pantallas de la
televisión brindaron espacio a la emoción colectiva, la más colectiva de las
emociones, y también fueron vidrieras de exhibición mercantil Franceses El padre
de Zidane fue uno de los albañiles que levantaron el estadio donde su hijo se
consagró como el mejor de todos. Zidane es de familia argelina. Thuram, elevado
a la categoría de héroe nacional por dos golazos, nació en el Caribe, en la isla
Guadalupe, y de allí llegaron a Francia los padres de Henry. Desailly vino de
Ghana, Viera de Senegal, Karembeu de Nueva Caledonia.
Djorkaeff es de origen
ruso y armenio. Trezeguet se crió en Argentina.
Eran inmigrantes casi todos
los jugadores que vest ían la camiseta azul y cantaban La Marsellesa antes de
cada partido. Una encuesta, publicada en esos días por Le Figaro Magazine,
reveló que la mitad de los franceses quería la expulsión de los inmigrantes,
pero el doble discurso racista permite ovacionar a los héroes y maldecir a los
demás. El trofeo mundial fue celebrado por una multitud sólo comparable a la que
desbordó las calles, hace más de medio siglo, cuando llegó a su fin la ocupaci
ón alemana.
Hubo alzas y caídas en la bolsa de piernas.
[Aparecido en
el semanario uruguayo Brecha]
El Mundial del 2002
Modelos. Son dos
los campeonatos mundiales de fútbol. En uno juegan los deportistas de carne y
hueso. En el otro, al mismo tiempo, juegan los robots. Las selecciones
humanoides disputan la RoboCup 2002 en el puerto japon és de Fukuoka, frente a
la costa coreana.
Los torneos de robots ocurren, cada año, en un lugar
diferente. Este es el sexto. Sus organizadores tienen la esperanza de competir,
de aquí a algún tiempo, contra las selecciones de verdad. Al fin y al cabo,
dicen, ya una computadora ha derrotado al campeón Gary Kasparov en un tablero de
ajedrez, y no les cuesta tanto imaginar que los atletas mecánicos lleguen a
lograr una hazaña semejante en una cancha de fútbol.
Los robots, programados
por ingenieros, son fuertes en defensa y rápidos y cañoneros en el ataque. Jamás
se entretienen con la pelota. Cumplen sin chistar las órdenes del director
técnico y ni por un instante cometen la locura de creer que los jugadores
juegan.
¿Cuál es el sueño más frecuente de los empresarios, los tecnócratas,
los burócratas y los ideólogos de la industria del fútbol? En el sueño, cada vez
más parecido a la realidad, los jugadores imitan a los robots.
Triste signo
de los tiempos, el siglo XXI sacraliza la mediocridad en nombre de la eficiencia
y sacrifica la libertad en los altares del éxito. «Uno no gana porque vale sino
que vale porque gana», había comprobado, hace ya algunos años, Cornelius
Castoriadis. El no se refería al fútbol, pero era como si.
Prohibido
perder tiempo, prohibido perder convertido en trabajo, sometido a las leyes de
la rentabilidad, el juego deja de jugar. Cada vez más, como todo lo demás, el
fútbol profesional parece regido por la Uenbe (Unión de Enemigos de la Belleza),
poderosa organización que no existe, pero manda.
Ignacio Salvatierra, un
árbitro injustamente desconocido, merece la canonización. El dio testimonio de
la nueva fe. Hace seis años exorcizó al demonio de la fantas ía en la ciudad
boliviana de Trinidad. El árbitro Salvatierra expulsó de la cancha al jugador
Abel Vacca Saucedo. Le sacó tarjeta roja «para que aprenda a tomarse el fútbol
en serio». Vaca Saucedo había cometido un gol imperdonable. Eludió a todo el
equipo rival, en un desenfreno de gambetas, túneles, sombreros y taquitos y
culminó su orgía de espaldas al arco, con un certero culazo que clavó la pelota
en el ángulo.
Obediencia, velocidad, fuerza, y nada de firuletes éste es
el molde que la globalización impone.
Se fabrica en serie un fútbol más frío
que una heladera.
Y más implacable que una máquina trituradora.
Según los
datos publicados hace un par de años por France Football, el tiempo de vida útil
de los jugadores profesionales ha bajado a la mitad en los últimos veinte años.
El promedio, que era de doce años, se ha reducido a seis. Los obreros del fútbol
rinden cada vez más y duran cada vez menos. Para responder a las exigencias del
ritmo de trabajo, muchos no tienen más remedio que recurrir a la ayuda química,
inyecciones y pastillas que les aceleran el desgaste, las drogas tienen mil
nombres, pero todas nacen de la obligación de ganar y merecen llamarse
exitoína.
Las comunidades indígenas disputan en Brasil su propio
campeonato de fútbol. En la Copa del año 2000, el equipo de los indios makuxis
llegó a la final después de jugar tres partidos seguidos a lo largo de ocho
horas.
La proeza se explica por los prodigiosos poderes de otra droga, que el
fútbol profesional no puede pagar. Esa pócima mágica, que no tiene precio, se
llama entusiasmo.
La palabra no viene de la lengua de los makuxis sino del
idioma de la Grecia antigua y significa "tener a los dioses adentro".
Dos
mil quinientos años antes de Blatter, los atletas competían desnudos y sin
ningún tatuaje publicitario en el cuerpo. Los griegos, fragmentados en muchas
ciudades, cada cual con sus propias leyes y sus propios ejércitos, se juntaban
en los Juegos Olímpicos. Haciendo deporte, aquellos pueblos dispersos decían
«Nosotros somos griegos», como si recitaran con sus cuerpos los versos de La
Ilíada que habían fundado su conciencia de nación.
Mucho después, durante
buena parte del siglo XX, el fútbol fue el deporte que mejor expresó y afirmó la
identidad nacional. Las diversas maneras de jugar han revelado, y celebrado, las
diversas maneras de ser. Pero la diversidad del mundo está sucumbiendo a la
uniformizaci ón obligatoria. El fútbol industrial, que la televisión ha
convertido en el más lucrativo espectáculo de masas, impone un modelo único, que
borra los perfiles propios, como ocurre con esas caras que se vuelven máscaras,
todas iguales, al cabo de continuas operaciones de cirug ía plástica.
Se
supone que este aburrimiento es el progreso, pero el historiador Arnold Toynbee
había pasado por muchos pasados cuando comprobó «La más consistente
característica de las civilizaciones en decadencia es la tendencia a la
estandarización y la uniformidad».
Desde hace ya un buen tiempo, la
selección brasileña parece dedicada a dejar de ser brasileña. «Aquel fútbol de
gambetas espectaculares ha pasado a la historia», sentencia el director técnico
de la selección, Luiz Felipe Scolari. Mientras emite su certificado de defunción
al fútbol más hermoso del mundo, este fervoroso de la mediocridad practica la
disciplina militar. Scolari admira al general Pinochet, adora el orden y
desconfía del talento. Condena al exilio a los desobedientes Romario y
Djalminha, como en otros tiempos hubiera fusilado a aquel ingobernable rey del
circo llamado Garrincha.
El fútbol profesional practica la dictadura. Los
jugadores no pueden decir ni pío en el despótico señorío de los dueños de la
pelota, que desde su castillo de la FIFA reinan y roban. El poder absoluto se
justifica por la costumbre así es porque así debe ser, y así debe ser porque así
es.
Pero, ¿ha sido siempre así? Vale la pena recordar, ahora, una experiencia
que ocurrió en el país de Scolari, hace no más que veinte años, todavía en
tiempos de la dictadura militar. Los jugadores conquistaron la direcci ón del
club Corinthians, uno de los clubes más poderosos del Brasil, y ejercieron el
poder durante 1982 y 1983. Insólito, jamás visto los jugadores decidían todo
entre todos, por mayoría. Democráticamente discutían y votaban el método de
trabajo, el sistema de juego, la distribución del dinero y todo lo demás. En sus
camisetas, se leía Democracia Corinthiana. Al cabo de dos años, los dirigentes
desplazados recuperaron la manija y mandaron a parar. Pero mientras duró la
democracia, el Corinthians, gobernado por sus jugadores, ofreció el fútbol más
audaz y vistoso de todo el país, atrajo las mayores multitudes a los estadios y
ganó dos veces seguidas el campeonato local.
