PEACE

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Paz y Ciencia

domingo, 12 de marzo de 2017

Laura Gutman




Extracto del libro Adicciones y violencias invisibles
El maternaje depende fundamentalmente de la capacidad de contacto emocional que las mujeres estemos en condiciones de desplegar en el vínculo con el niño pequeño durante las horas que efectivamente estamos en casa. Si la comunicación, el amparo, la vibración perceptiva, la sincronicidad de tiempos y de emociones se plasman con facilidad en la relación, el niño puede esperarnos durante las horas de ausencia. De todas maneras, las madres fusionalmente conectadas dejaremos a nuestro hijo en manos de alguien que perciba el clima sutil que mantenemos y que sea capaz de respetar el ritmo y la cadencia que nos envuelve.
Esas horas de encuentro llenarán de gozo y de leche las necesidades de ambos; nos fundiremos entre sensaciones oníricas y dormiremos abrazados sin desperdiciar un instante de intercambio y de ternura. Las madre sabremos regalarles a nuestro bebé, palabras suaves que expliquen dónde estaremos durante nuestras ausencias y cuánto lo extrañamos cuando no estamos juntos. Por su parte, el niño confirmará cada día que regresamos llenas de entusiasmo ofreciéndole nuestro cuerpo caliente para nutrirlo sin pausa. Un niño íntimamente amparado sabe que estamos siempre cerca, que solo tiene que esperar un rato. Que en breve lo compensaremos.
Por eso el problema no es trabajar. El único problema para el niño pequeño es la distancia emocional y el miedo que las madres tenemos respecto a nuestro propio despertar. A veces el trabajo es una excelente coartada para no tener que confrontar con nuestros demonios internos, ni tener que acercarnos a nuestra dura realidad interior. El trabajo no lastima nuestra capacidad para fusionarnos con el bebé. Solo nos obliga a ser más prolijas para lograr un mejor rendimiento de las horas del día.
Cuando creemos enloquecer, cuando las imágenes de unión con el cosmos se presentan, cuando las percepciones se agudizan al punto de escuchar realidades paralelas, podemos aferrarnos a ese lugar tan seguro que es nuestra oficina. No está mal si las mujeres tomamos esta decisión, que probablemente sea la mejor para muchas de nosotras. Pero queda claro que esta también es una determinación: alejarnos del mundo sombrío y deleitarnos con la luz. En cualquier caso, no es el trabajo el que determina nuestra cuota de fusión, sino que –por el contrario– es nuestra capacidad o incapacidad de fusión la que determina cómo, cuándo, cuánto y dónde elegimos trabajar.

Laura Gutman