PEACE

PEACE
Paz y Ciencia

lunes, 21 de junio de 2021

Janine Puget

 



Cuando uno rememora con un “antes no era así” se trata de un pensamiento melancólico de que el mundo no debe cambiar. Es como si costara admitir que uno está en movimiento permanente. ¿Por qué necesitamos tanto una inmovilidad cuando la vida es movimiento? La vida es cambio, ¡eso es vida! Pero parece que hay una añoranza de que tiene que ser igual. Que los chicos crecen, que llega fin de año, ¿todo es sorpresivo?

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta. rcordobasanz@gmail.com Zaragoza. Teléfono: (+34) 653 379 269.    Instagram: @psicoletrazaragoza.                    Website: Conóceme

Iara: ¿Qué es el psicoanálisis?

Janine: Cada uno tiene su propia definición y está bien. Si uno dice que se ocupa del inconsciente, de los sueños, de la sexualidad, indagar algo que está oculto, y del sufrimiento humano, con criterio hipotético deductivo, ha dicho que es psicoanalista. Salvo que de cualquiera de esos temas hay definiciones diferentes. ¿Qué entiendo por sufrimiento? Los que me dicen que sufren. Luego está cómo pienso yo ese sufrimiento y de qué herramientas clínicas dispongo para ocuparme de ese sufrimiento. Entonces ahí empieza una complicación mía que me hizo proponer otra lógica, no la lógica empleada por Freud únicamente sino lo que yo llamo una «lógica heteróloga», que diferencia lo que es la relación consigo mismo del sujeto singular y la relación entre dos o más, una lógica vincular.

¿Qué sería una lógica vincular?

Hay otros que se ocuparon y ocupan del «vínculo» y que funcionan bien con la lógica de Freud y continuadores, Bion, Winnicott, Bergeret, etcétera. La lógica vincular que tengo en cuenta es la que toma como «fuerza» —que es equiparable a «pulsión» en la lógica singular— el espacio entre dos. Ese espacio imposible de franquear que es el de la diferencia radical y la fuerza motriz de un encuentro. Fuerza que no se acaba nunca y que está ligado al principio de incertidumbre: la incertidumbre como factor necesario, condición suficiente y necesaria de cualquier vínculo. Se presenta la oportunidad de un hacer productivo a partir de la diferencia radical.

Hay muchas frases en la vida cotidiana que intentan anular el devenir; lo que uno no espera que pase en el encuentro. Lo nuestro sería un ejemplo: qué va a pasar, no sé. Vos estás en pleno centro de la tormenta que es las diferencias: entre una escuela y otra, entre un psicoanalista y otro… y que ¡por suerte! no se unifican. Como el mundo es muy amplio, el sufrimiento es variado y depende de las situaciones y de un presente siempre renovado. No puede haber una sola mirada. Entonces, algunos piensan de una manera, otros piensan de otra. Todas las perspectivas son enriquecedoras en el sentido de que cada una habla del sufrimiento, lo define, emplea un vocabulario propio a su lógica, a su cuerpo teórico, y no tiene por qué coincidir porque son distintos anteojos, distintas visiones; pero a pesar de que son distintas uno puede usar la diferencia para cuestionarse, no para anularse.

No es decir en forma binaria: “Esto sirve, lo otro no sirve”. Si nos manejamos con lo múltiple, no binario, de todo lo que pasa uno se enriquece. Después se puede descartar, pero te obliga a pensar de nuevo qué es lo tuyo.

Entonces, la definición de inconsciente que tiene un lacaniano, un freudiano, etcétera, me interesa, aprendo, pero no lo adopto sino que me cuestiona si eso me sirve para lo que yo hablo del inconsciente vincular, que no es el inconsciente de Freud.

Para mí, el inconsciente vincular se crea en cada encuentro. No es un almacén de representaciones que se expresan a través de signos, síntomas, que también lo es, eso no lo descarto sino que digo: “Esto es, pero no es todo lo que pasa”.

Con eso, pero además algo que sucede “nuevo”. Algo que se presenta.

“Algo que se presenta”. Me interesa que pudiste emplear la palabra, desde lo tuyo o desde cómo me escuchás, que para mí forma parte del vocabulario importante que diferencia el psicoanálisis singular, el del mundo interno, del psicoanálisis vincular. No es una representación, es algo que se presenta, que se construye en el momento.

En el psicoanálisis vincular me ocupo también de lo singular. Con el inconveniente de que nunca voy a estar del todo contenta porque si me ocupo de lo que pasa entre dos, lo que se puede crear, no me estoy ocupando del aparato psíquico singular de cada uno.

Algo que me sucede es que no tengo más un marco sólido para apoyarme sino que estoy permanentemente en un nivel de «incompletud», de fragilidad y de descubrimiento; y con la idea, para los psicoanalistas, de que cuando tiene sus pacientes —sean parejas, familias o uno solo— nunca va a estar conforme del todo con lo que dice porque siempre le va a faltar algo.

Si se ocupa de cómo se desconocen uno al otro, no se va a ocupar de si el pasado infantil de uno de los dos produjo ese personaje, pero también tiene que ocuparse. Entonces, es una tarea compleja.

¿No sucede también cuando uno está en una situación de analista que se construye con el otro eso que está sucediendo? ¿Se puede considerar que también ahí hay un «inconsciente vincular»? Podría decirse que uno se desentiende de uno porque se ocupa del paciente. Se desentiende de uno hasta un punto, porque también, antes o después, recalcula, se percata de dónde le aprieta el zapato. Ya que ese zapato y hasta el mismo pie puede variar…

Está muy bien eso que decís. Yo hago una diferencia en relación con el analista. Pienso que el analista es en parte objeto de transferencia, pero a la vez es sujeto de un vínculo; y en ese caso no es un interpretador sino alguien que interviene con sus opiniones, su enfoque.

El paciente te puede decir, como me ha pasado: “Yo no he venido para escuchar tus opiniones; he venido para que alivie mi sufrimiento”. “Eso es uno de los temas que lo puede hacer sufrir: que desconoce que no quiere escuchar a otro, que no piensa igual que usted”. No le doy una conferencia, pero sería eso: le propongo que entre los dos pensemos juntos qué está pasando.

En ese caso hay una especie de herida narcisista: “Pero ¿cómo? ¿no se ocupan de mí que soy lo principal?” “No, porque yo soy sujeto, no soy objeto; no soy solamente objeto de transferencia. Soy un sujeto que lo piensa; y pensar entre dos es muy difícil y muy diferente a pensar solo”.

De esta forma introduzco la idea de que hay un pensar solo, un monólogo interno, pero que hay también un pensar entre dos que nos descoloca. “Yo quería ir por allí, pero no, me llevan para acá”. Y sí, me llevan para acá.

Y, además, cuando yo pretendo conocer al otro — en estas palabras: “te conozco” —, solamente es un conocer identitario. Te pregunté en un momento ¿quién eras, qué hacías? Te describiste en función de la situación, de una serie de experiencias que tenés. Es en función de esta situación. ¿Qué voy a hacer yo con esto? No sé, pero me dio ganas, me metió en un mundo que no conozco, interesante. “Me escribe, me habla, le interesa lo que pienso… Bueno, vamos a ver si se arma algo”, pensé.

Una cosa es: “Yo te conozco porque me das los títulos”, y otra es “Nos iremos conociendo en base a algo que no sabemos qué es”.

Me interesa crear un nuevo vocabulario que pueda abrir a pensar otras cosas. Llamo «producción inconsciente» no al inconsciente que está previo sino al que se produce en el momento.

Hace un rato dijiste “se presenta”, que me da pie para decir algo que estoy pensando que sería lo que yo llamo «efecto de presente». El efecto de presente descoloca, necesariamente. Pero esa es la riqueza del efecto de presente, que es que hay que hospedar lo ajeno. Si es para hospedar lo que uno ya conoce, puede ser interesante pero no muy creativo. Si es hospedar lo que uno no conoce, te desacomoda. Desacomodar es la fuerza vital de la vida.

Si uno ya tiene preceptos, los va a ir a buscar todo el tiempo…

Los ve. Por ejemplo: Cuando alguien presenta un material clínico, la costumbre es contar quién lo derivo, quién es, algo de su historia, y después llegamos a la sesión. Pero entonces ya tenemos en la cabeza que de chico los papás le pegaban, que después esto, que después lo otro, y cuando empieza a hablar ya no lo escucho sino que busco lo que yo sé que está. Es lo opuesto a una conversación.

Entonces, yo hablo de dos presentes: «la historia del presente» y de «el presente de la historia». Primero hay que crear la situación en un presente y ver después si el presente es una repetición de la historia o un nuevo presente que abre un nuevo futuro. En ocasiones, ese presente puede llegar a ser «acontecimental». Algunas veces, es mero intercambio que produce ideas, interés, curiosidad, deseo de investigar, etcétera. Otras veces es algo que pasa que se puede leer en términos acontecimentales, con lo cual nada va a ser igual después a eso que pasó.

El analista también está en juego. Porque podría parecer que está en juego sólo el paciente y el analista interviene en el juego del otro, se deja tomar.

Hubo muchas cosas en la vida que me llevaron a decir que el analista es algo más que eso, que un objeto que se deja tomar, que se presta al juego del otro. Algunos eventos como la dictadura en Argentina —ahora lo que sucede en Chile, y tantos otros en el mundo—, eventos que nos afectan. Esos serían efectos de presente. Entonces, aparecía algo nuevo, inédito, que descolocaba de las lógicas habituales y que había que hacer, pensar en que el sujeto analista y el analizado estaban en juego. Hay eventos que no provienen del mundo interno sino que nos alteran y nos obligan a salir de nuestra singularidad para conectarnos con el mundo.

Tengo que aceptar que yo no soy hacedor del mundo. Las pulsiones las tengo en cuenta, pero no alcanzan para ubicarme como sujeto social.

El analista «interfiere» en el análisis del paciente. No es sólo transferencia sino interferencia. El analista no sólo tiene que «interpretar» sino también «intervenir», insisto. Son dos vocabularios. No se anulan el uno al otro. Son las dos cosas. Y allí no es solamente «representación» sino también «presentación».

Construyo herramientas clínicas y técnicas para poder trabajar. La realidad me obliga a derribar paredes del cuerpo teórico. Hago entrar lo múltiple, opuesto a lo central. El sujeto no es centro, está, estamos influenciados por múltiples influencias que no dependen de mi inconsciente sino que yo tengo que hacer algo con ellas. Somos uno entre muchos y cada uno es distinto. Es muy difícil de escuchar eso. Uno tiende a decir “Yo soy”. Yo no soy, yo voy siendo, voy deviniendo.

Es difícil de escuchar… (Papá y mamá no lean lo que sigue, a ustedes esto no les pasa). Por ejemplo, a muchos padres les cuesta aceptar que con sus hijos no tienen el mismo trato. “Los quiero igual”. Quizá ni mejor ni peor, pero diferente.

Absolutamente. En cualquier constelación social, vincular —familia, pareja, grupos—, no hay una sola definición del “ir siendo”. Uno va siendo.

Hace ya muchísimos años de mi primer contacto con eso —de que somos diferentes si estamos con otro a que si estamos solos— fue cuando me formé como psicoanalista en la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y creamos la Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupo (AAPPG) con otros colegas porque había gente que por razones económicas no podía atenderse allí. Yo hacía las entrevistas para ver a qué grupo mandaba a las personas; y me encontré con que la persona que veía en la entrevista estando sola, cuando entraba al grupo era otra. De ahí surgió que en situación con otros uno no es el mismo.

Me he encontrado con gente, que en distintas circunstancias me decían, por ejemplo, “Porque tal persona cambió”. Hablando de que cambió no para ‘bien’. “Cambió, antes no era así”. Y yo me preguntaba cada vez que me decían algo así sobre el “antes no era…” ¿Uno ‘de golpe’ cambia? ¿Hasta qué punto se es influenciable, o se influencia sobre algo que ya habitaba allí? Y, por otro lado, ¿ese “cambio” del otro fue algo que podría haber estado y no se vio, o realmente surgió después? Hay un dicho: “Para muestra, un botón”.  Si te precipitás, podés estar muy aferrado de ese botón, pero a veces ese botón puede aparecer como alerta y se lo anula y se piensa: “No, no tiene nada que ver porque es encantador, fue un desliz, no voy a pensar ‘mal’”. Y después, indagando, me doy cuenta de que no hubo tal cambio… Siendo irónica, lamentablemente no creo que exagerada, escucho: “Bueno, sí, abusó de unos chicos, mató a dos, pero conmigo es un amor”. Empezás a escuchar con atención y no es que ‘de golpe’ se transformó en algo completamente distinto. Tal vez yo puedo caer en juzgar mal, porque ya no sería prejuzgar, si se puede dar ese real cambio y de un momento al siguiente. Más allá de que haya eventos disrruptivos en la vida que irrumpan o posibiliten un despertar estrepitoso. Incluso cuando una persona comienza un tratamiento psicoanalítico, hay un núcleo duro que persiste. Y luego de mi verborragia, ahora pregunto tu opinión: ¿Considerás que hay núcleos duros que persisten en los sujetos o podrían advenir/devenir/convertirse en un otro radicalmente diferente?

Para un congreso en Portugal escribí un trabajo sobre el “antes”: “Antes no era así, antes era esto…”. Por eso gracias, porque justo me permitís anclar la palabra. Da para mucho esa palabra: “antes”.

Si cada situación produce un nuevo sujeto, no quiere decir que no haya núcleos duros que subsisten, pero no ocupan el mismo lugar que cuando se está solo.

Cuando uno dice “Antes no era así”, añora un momento en el que sucedió algo que no tiene por qué volver a suceder hoy. Es un pensamiento melancólico de que el mundo no debe cambiar, como si costara admitir que uno está en movimiento permanente.

Es usual escuchar de una pareja: “Antes no era así”. No, antes no era así porque era otro momento, otra situación. Todos los días se producen cosas nuevas e intereses nuevos. Si todo lo que yo te digo hoy coincide exactamente con lo que dije ayer no despierta mucho interés, pero en la vida de muchas parejas es muy difícil la aceptación de la diferencia y de esa situación: que uno nunca termina de conocer al otro y que es la fuerza vital de un vínculo. Entonces dicen: “Pero ¿cómo? Si ayer estabas bien. ¿Ahora por qué no?”. “Y porque pasó otra cosa”. “Pero ¿cómo? Si antes te gustaba eso y ahora no”. “No, no me gusta más porque cambié de gusto, qué se yo”. Eso puede ser divertido y un estímulo para relacionarse, o despertar una angustia horrible de que uno no posee al otro. Hay que abdicar con [1] la idea de poseer al otro y abdicar con la idea de conocer al otro. Uno conoce ciertos ámbitos pero no es que conoce al otro. Y lo divertido es no conocerlo.

Cuando uno rememora con un “antes no era así” se trata de un pensamiento melancólico de que el mundo no debe cambiar. Como cuando la gente dice: “Uy, está terminando el año, mirá cómo pasa el tiempo”. El tiempo pasa todos los días. Es como si costara admitir que uno está en movimiento permanente; y que hoy no es igual que ayer pero ¡no puede ser igual que ayer!

¿Por qué necesitamos tanto una inmovilidad cuando la vida es movimiento? La vida es cambio, ¡eso es vida! Pero parece que hay una añoranza de que tiene que ser igual. Que los chicos crecen, que llega fin de año, ¿todo es sorpresivo? No. Sí, la vida cambia. O que hace frío, que hace calor. Esas conversaciones que empiezan: “¿Viste el tiempo que hace?”. Qué sé yo. El clima cambia.

¿No cambiar? ¿Que no te afecte el cambio que te rodea? Canalla se puede ser, pero no con todo el mundo. No obstante, es cierto que en algunos hay rasgos que les impiden conectarse con cada situación, entonces son muy pobres en su capacidad de expresión. Lo único que ven es la maldad o cómo se puede jorobar al otro, que es una pobreza de conexión, pobreza de lenguaje también,  ya que no pueden decir: “En el mundo pasan muchas cosas, pero yo me conecto más fácil haciendo tal cosa”. Entonces se ponen rutinarios. Lo único que desarrollan es eso con mucho talento. Van mejorando lo canallesco. Es gente con muy poca capacidad de diversificación de sus relaciones con el mundo. Ven desde una sola mirada: cómo lastimar, cómo molestar, cómo irritar, que es la fuerza que les da el ser. Se definen como canallas, son héroes de la canallería. Pero además no se dejan penetrar ni conmover en cuanto a aceptar que la vida es cambio, que no se conoce al otro, que lo va conociendo y desconociendo, que la incertidumbre es un valor y que se tiende a la fijeza.

Ni uno se conoce a veces.

Sí, es verdad, uno se sorprende. Pero está bueno porque estoy sentada en la misma silla pero no soy la misma. Si acepto el cambio, no me asombra que no sea la misma. Si no lo acepto como algo que sucede en la vida, me molesta y trato de confirmar: “Yo soy así”. Fui ayer, pero hoy no. Hoy no me podés definir con la de ayer.

Hay un mito que ronda en algunas cabezas que es que si concurre una pareja a un análisis o psicoterapia es para terminar de separarse o de divorciarse “bien”. ¿Qué sucede en tu práctica como analista?

Yo creo que es una negación del sufrimiento. Si estuvieran bien, no se separarían. Vienen porque no saben qué hacer con el desacuerdo, cómo manejar los desacuerdos, pero no quieren matarse.

Si hay hijos, no se pueden cortar por la mitad. Hay una decisión que también tiene su costo porque van a tener que administrar diferente: antes, la vida de pareja; y ahora, la vida de separados.

¿Y cuando hay un grupo más amplio de qué manera trabajás? ¿Qué diferencia hay entre el psicoanálisis de las configuraciones vinculares y el trabajo con grupos como el de Alcohólicos Anónimos?

Las adicciones son un tema muy difícil porque necesitan decir “no” a algo. El análisis puede ayudarlos a aceptar el “no”. Pero el “no” del adicto es muy difícil de imponer. Yo estoy para intervenir e interpretar. ¿Puedo ayudarlo a que se sienta mejor y que acepte un “no”? A un chico le decís que no toque electricidad y le decís “no” y no hay explicación. Y es necesario. A un adulto le decís: “No fumes más porque te vas a matar”. Puede ser que lo tome o no.

Hay un límite para que el “no” ese produzca un “no”. Porque además produce una limitación. El adicto al alcohol, por ejemplo, no puede tomar ni un vasito de alcohol. Hay veces que hace falta que hagan grupo porque esos grupos son muy conductistas. Y a veces funcionan bien.

¿Con respecto a una familia, cuál es el enfoque? ¿Cómo solicitan las familias un tratamiento?

Si quieren todos, vendrán todos y veremos entre todos qué pasa. En ocasiones, vienen algunos; a veces piden alguna entrevista aparte. Otras, vienen a consulta por un hijo y resulta que quedan ellos y no el hijo. También pasa al revés. Cada situación tiene su propio enfoque.

¿Tenés algún criterio para decirle a una persona que comience un tratamiento individual y abandone el grupal?

Sí, cuando hay algunas patologías que invaden mucho el campo vincular, entonces ayuda que tenga su lugar aparte para el núcleo duro y vengan en familia para ir viendo los problemas familiares. Es más un diagnóstico psiquiátrico.

¿Requiere más energía del analista un tratamiento vincular?

Es otra energía, es otra situación. Es muy interesante, muy creativo. Se les ocurren más ideas. Hay una vitalidad que surge del intercambio vincular que no lo ves en lo singular. Hay que tener un cuerpo teórico y saber qué mirar. ¿Cómo se relacionan? ¿Qué se escucha? Si escuchan…

¿Qué le dirías a un analista que se está formando?

Me parece muy importante no crear analizados solamente concentrados en sí mismos y en su mundo interior, en lo que sabe, y que se larguen a vivir la vida sin una guía. Pero no todo el mundo está con ganas. Yo no puedo forzar.

Acepto que es mi manera de acercarme al sufrimiento en la relación con mis semejantes. Si es otra cosa, me parece bien siempre que no sea adoctrinamiento.

¿Realizás análisis por internet / skype?

Yo trabajo mucho por internet. A algunos pacientes los conocí y después viajaron. Y a otros no los conocí en persona, pero los conozco por internet. Los veo, nos hablamos. No es tan importante eso de que estés físicamente. Saben que hay alguien que los escucha, que es un interlocutor al que tienen ganas de contarle sobre sus vidas.

domingo, 20 de junio de 2021

Erick Fromm: Desnudo

 

“El amor a la vida”.

Erich Fromm, autor de El amor a la vida. Fuente de la imagen
Erich Fromm nació en 1900 en Francfort del Meno, Alemania, en el seno de una familia judía ortodoxa que había dado varios rabinos. Es lógico, pues, que pronto se interesara por las narraciones del Viejo Testamento, cuyas enseñanzas acabaría comentando en algunos de sus libros. Cuando aún era un adolescente, protestó vivamente contra la Primera Guerra Mundial. A esta juvenil implicación política le seguiría un suceso que cambió su percepción de la vida: el suicidio de una amiga de la familia, una artista joven y hermosa, que decidió acompañar a su padre al más allá cuando el buen hombre falleció. Este suicidio, en principio incomprensible, marcó quizá el inicio de su interés por el psicoanálisis, que le depararía una fructífera carrera: al cabo de los años se convirtió en uno de sus máximos exponentes.
 
Fromm estudió psicología, filosofía y sociología en la ciudad alemana de Heidelberg, y completó su formación académica en universidades de Múnich y Fráncfort.

Empezó a practicar el psicoanálisis en 1930. Cuatro años después, en pleno auge del nazismo (con el que estaba en completo desacuerdo), se exilió a Estados Unidos, donde impartiría clases en diversas universidades. Es autor de casi una treintena de libros, en los que vertió sus conocimientos e ideas sobre temas recurrentes: el psicoanálisis, la religión, la libertad… Escribió también sobre hombres que trastocaron –para bien o para mal– el devenir de la humanidad: Marx, Freud, Hitler…

Autor del celebérrimo Miedo a la libertad, publicado por primera vez en 1941, Fromm tenía casi ochenta años cuando dio a conocer una serie de textos radiales, recopilados en El amor a la vida, que he leído en una antigua edición de Altaya (1997), con traducción de Eduardo Prieto. Algunos de estos textos fueron grabados (como explica el prologuista y editor Hans Jürgen Schultz) en la casa de Fromm, en Locarnos, y otros en el estudio radiofónico, en Zurich. Fromm recupera en esta obra su idioma materno con la intención de divulgar su pensamiento en Alemania, donde él era casi desconocido, al contrario de lo que ocurría en muchos países. Sin ir más lejos Estados Unidos, donde sus libros, pese a su condición de ensayos sobre psicoanálisis, fueron auténticos best–sellers durante décadas.
 
Pese a que el formato de El amor a la vida pueda ser ligeramente diferente al que estaban habituados sus muchos lectores (no eran estudios para ser leídos sino para ser escuchados), encontramos en ellos al mismo Fromm de siempre: con su estilo sencillo y seductor, nada ampuloso, sereno, donde reflexiona, como siempre –él mismo se encarga de recordarlo–, sobre temas vivenciales, nunca sobre meras abstracciones. En El amor a la vida, el pensador alemán diserta sobre la abundancia en las sociedades modernas, la estructura patriarcal y matriarcal, las religiones, el racismo, el sectarismo político, el canibalismo, la angustia, los sueños, Freud, Marx y Hitler (una vez más), y repasa sus autores y libros preferidos…
 
El amor a la vida podría ser una buena síntesis del pensamiento de este sabio alemán que cautivó a millones de lectores en una época en la que el psicoanálisis levantaba pasiones y también, cómo no, críticas furibundas.
Pero sería un error pensar en Erich Fromm como en un simple psicoanalista y escritor de best-sellers. Desde luego, es mucho más: psicólogo, filósofo, sociólogo, estudioso de las religiones. Podríamos decir de él, sin miedo a equivocarnos, que todo lo humano le interesaba. Su deseo de ayudar a los hombres a encontrar la armonía interior desde el autoconocimiento nos permite definirlo en una sola palabra: humanista.
 
Erich Fromm murió en Suiza en 1980, cuando estaba a punto de cumplir ochenta años. Intelectual incansable, siguió trabajando hasta el último de sus días.

 

 Título: El amor a la vida. Conferencias radiofónicas compiladas por Hans Jürgen Schultz
Autor: Erich Fromm

Género: Ensayo (psicoanálisis)

Primera edición: 1983, Estate of Erich Fromm and Hans Jürgen Schultz, con el título Über die Liebe Zum Leben

Edición comentada: El miedo a la vida (Altaya, 1997), con traducción de Eduardo Prieto.

 

LISTADO DE GRANDES LIBROS

NarrativaBreve.com (la mejor literatura en castellano)

“La verdad es que la idea es espectacular, quién no sueña con eso? El problema es que yo no lo podría hacer, a mi me criaron para tener”


miércoles, 16 de junio de 2021

Byung-Chul Han

 




5 conceptos clave en la obra de Byung-Chul Han

La obra de Byung-Chul Han es un llamado a la resistencia frente a fenómenos como la productividad sin límites, la digitalización de la vida y la servidumbre consentida. Todas esas son realidades contemporáneas que nos ponen al límite.

Última actualización: 30 Junio, 2020

La obra de Byung-Chul Han es una de las más interesantes de la actualidad. No obstante, aunque ya es muy famosa y célebre, todavía no se ha popularizado lo suficiente. Por eso vale la pena hacer una aproximación a sus postulados, sobre todo si estamos interesados en reflexionar sobre el estilo de vida actual y el rumbo que estamos tomando.

Este filósofo y escritor surcoreano es también experto en estudios culturales y se ha convertido en una de las voces más autorizadas del pensamiento contemporáneo. La obra de Byung-Chul Han se ha centrado en fenómenos de palpitante actualidad, como la tecnología, la cultura del trabajo a ultranza o los efectos de la globalización del capitalismo.

Quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace a sí mismo responsable y se avergüenza, en lugar de poner en duda a la sociedad o al sistema. En esto consiste la especial inteligencia del régimen neoliberal. (…) En el régimen neoliberal de la autoexplotación uno dirige la agresión hacia sí mismo. Esta autoagresividad no convierte al explotado en revolucionario, sino en depresivo”.

– Byung-Chul Han-


 Algunos de los títulos más célebres en la obra de Byung-Chul Han son La sociedad del cansancioLa agonía del erosTopología de la violencia y Psicopolítica: neoliberalismo y nuevas formas de poder, entre otras. En ellos, hay algunos conceptos que sobresalen y que se configuran como los ejes de su forma de ver el mundo. Profundicemos.

1. Autoexplotación

Buena parte de la obra de Byung-Chul Han está dedicada a reflexionar sobre cómo trabajamos hoy en día. En una entrevista concedida al diario El País, resumió su pensamiento en una frase realmente lapidaria. Dice: Ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose”.

Para Byung-Chul Han, el hombre actual sigue irreflexivamente un mandato social: hacer todo lo que PUEDA. Hasta hace un tiempo, las personas hacían lo que DEBÍAN. Ahora el ser humano cree que debe alcanzar el “éxito”, aún a costa de sí mismo, y se angustia severamente si no triunfa. El poder no tiene que fustigarlo. Cada quien se somete a ese régimen de trabajo y consumo, de forma totalmente voluntaria.

. Comunicación

En la obra de Byung-Chul Han también hay constantes alusiones a los fenómenos de comunicación, tal y como los conocemos hoy en día. Para él, las relaciones han sido reemplazadas por las conexiones. Lo que se establece hoy en día es un enlace entre fuentes de información dispersas por el mundo.

Byung-Chul Han señala que sin la presencia física del otro, ya no hay comunicación, sino intercambio de información. Todos los sentidos, excepto la vista, están cayendo en desuso. Por eso en parte, la comunicación se ha debilitado notoriamente. A su vez, la gente busca solo a sus “iguales”, los capaces de dar like a lo suyo. ¿Dónde queda la diferencia entonces?

3. Jardín, uno de los conceptos clave en la obra de Byung-Chul Han

Ciertamente, el concepto de jardín no es uno de los más trabajados en filosofía. En la obra de Byung-Chul Han tiene que ver con la resistencia a las imposiciones del mundo digital. Esa esfera tiene una materialidad muy difusa y deleznable. Como dice el filósofo: “lo digital no pesa, no huele, no opone resistencia, pasas un dedo y ya está”.

De este modo, el concepto de jardín es un llamado a volver a las sensaciones concretas. Oler, sentir, palpar… El pensador surcoreano habla del “jardín secreto”, ese espacio reservado en el que nuevamente uno se pone en contacto con la realidad material, no mediada por lo digital. Es, a su juicio, una forma de recuperar lo que llama “la belleza original”.

4. Lo otro

Lo otro es uno de los conceptos que está en crisis en la sociedad actual. Pareciera que la única consigna es la de igualarnos. Las “tendencias” y “lo viral” son manifestaciones de este deseo de pertenecer a un colectivo que marche al unísono.

Dice Byung-Chul Han que cuanto más iguales somos, más aumenta la producción. A su juicio, la diferencia es contraria a los objetivos del neoliberalismo. Si hubiese unos que usaran smartphones y otros que no, el mercado saldría perjudicado. Actualmente hay un conformismo radical, una enorme pasividad que reduce al ser humano a la condición de cliente o de productor.

5. El tiempo

El tiempo es otro de esos elementos críticos en el mundo actual. Dice el filósofo que es necesaria una revolución en el uso del tiempo. Lo que prima ahora es la aceleración y lo pasajero. Hacer todo rápido y dejarlo que se vaya tan pronto como llegó. Es un atentado contra la permanencia.

Para este pensador es fundamental recuperar el tiempo personal, es decir, aquel en el que nos dedicamos a nosotros. Tiempo propio, al margen del sistema productivo. Recuperar los instantes de ocio y los momentos para la fiesta. Reservar tiempo para lo improductivo, no para la “pausa” que haga más eficiente el trabajo.

Sin duda alguna, la obra de Byung-Chul Han es una de las más ricas e interesantes en el mundo actual. Y no es solo una obra. Él mismo vive de acuerdo con los postulados que predica. Lo que busca, ante todo, es autoafirmar su ser y su libertad.

 

Epicteto 10 Claves

 



El estoicismo es un filosofía que busca, ante todo, la tranquilidad y la serenidad de espíritu. Para Epicteto, el sabio –y feliz– es aquel que acepta de buena gana todas las circunstancias de la vida, sin desear otras. (Imagen de Epicteto de dominio público vía Wikimedia Commons).

Epicteto es uno de los filósofos más célebres de la corriente filosófica conocida como estoicismo, de gran popularidad en la Grecia helenística y en la antigua Roma. Vivió casi toda su existencia como esclavo, sin embargo, tras quedar en libertad, se convirtió en uno de los filósofos más famosos del mundo. Ante todo, serenidad de espíritu.

Su doctrina se centra básicamente en la ética, en la mejor manera de vivir la vida, y sus enseñanzas han pasado a la historia como unas de las mejores maneras de alcanzar la paz interior. Tanto es así que cuando hablamos de «tomarnos las cosas con filosofía», por lo general nos referimos a las ideas estoicas, y por tanto, a las de Epicteto.

1 Destino predeterminado. Esta es una de las enseñanzas básicas del estoicismo, y por ello también de Epicteto. El ser humano no es libre, sino que su existencia está predeterminada. Nacemos y morimos bajo un plan divino que no podemos cambiar. Por ello, nuestro filósofo determina que no tiene sentido que sintamos preocupaciones, angustias o frustraciones, puesto que todo lo que nos ocurre, todo lo que acontece, no puede ser de otro modo. Como si de un viaje en tren se tratara, nuestra vida discurre por una senda marcada de antemano, de modo que nuestra libertad de acción no ha de centrarse en buscar tal o cual fin específico, sino en aceptar las reglas del juego y tratar, sencillamente, de vivir lo más cerca posible de nuestra propia naturaleza.

2 Tranquilidad de espíritu (ataraxia). Relacionado con lo anterior, el sabio es aquel que acepta de buena gana todas las circunstancias de la vida, pues comprende que no tiene otra opción. No está en su mano controlar los sucesos de la existencia y por ello puede permitirse relajarse y aceptar lo que la vida le ofrece.

De este modo, asumiendo y aceptando la incapacidad de controlar los sucesos a los que se enfrenta, el ser humano puede alcanzar la ataraxia, la tranquilidad de espíritu. Como el mismo Epicteto afirmaba: «Compórtate en tu vida como en un banquete. Si algún plato pasa cerca de ti, cuídate mucho de meter la mano. En cambio, si te lo ofrecen, coge tu parte. Haz lo mismo con tus riquezas, amigos, parejas, familia o cualquier otro aspecto. Si puedes lograrlo, serás digno de sentarte a la mesa de los dioses. Y si eres capaz, incluso, de rechazar lo que te ponen delante, tendrás parte de su poder».

El sabio es aquel que acepta de buena gana todas las circunstancias que la vida trae consigo en cada momento

3 Vivir en el ahora. No preocuparnos ni por el pasado ni por el futuro, sino vivir siempre en el presente, único período sobre el que tenemos algún control. La vida centrada en el futuro complica la misma, pues el anticipo de aquello que puede ocurrir causa en nosotros temores (muchas veces infundados) y preocupaciones que pueden desembocar en problemas como la ansiedad o el estrés. Del mismo modo, la vida en el pasado, evocando lo que fue, comparándolo con lo que podría haber sido, desemboca a menudo en depresión, otro grave problema para el ánimo.

Por ello, Epicteto apuesta por una vida plena en el único momento sobre el que podemos tener algún poder de decisión: el ahora. Solo el momento presente es nuestro realmente y a él hemos de dedicar nuestra atención y esfuerzo. Y no dejemos que ni el pasado ni el futuro nos atormenten –dice el filósofo–, pues el primero ya no existe y el segundo lo afrontaremos con la misma ecuanimidad y virtuosismo que el hoy.

4 Imperturbabilidad. No debemos celebrar nuestros logros ni llorar nuestras pérdidas, pues ambos son parte de lo que el destino ha trazado para nosotros.

«Nunca digas respecto a nada: ‘lo he perdido’. Piensa: ‘lo he devuelto’»

Básicamente lo que nos pide Epicteto es que no cedamos el control de nuestra vida a nuestras emociones, que no son parte de un comportamiento basado en la razón. El sabio se conoce a sí mismo, su propia naturaleza, sus fortalezas y debilidades. Por ello, no cede ante la irracionalidad de las pasiones, ya sean estas de alegría, tristeza, orgullo, etc. Al contrario, acepta lo que ocurre como parte del plan divino al que está sometido y se pliega a este. Un perro que pasea con una correa tiene dos opciones: luchar por liberarse y marcar el paso, o dejarse guiar por su amo, que le dirige y vela por él. Epicteto nos anima a vivir del mismo modo.

5 Razón ante todo. Los estoicos respetaban ante todo la razón, despreciando la irracionalidad y la representación de esta: las pasiones. Puesto que la racionalidad es la característica básica de la naturaleza del ser humano, es conforme a ella que hemos de vivir, repudiando todo aquello que no sigue su senda.

El sabio ha de tener dominio absoluto de sus pasiones y mantenerse imperturbable ante cualquier suceso. Sabe que el control de las mismas es la base de su tranquilidad de espíritu, de manera que pone todo su esfuerzo en vivir con la herramienta con que para ello se le ha dotado: la racionalidad.

6 Mirada al interior. Epicteto, como estoico que es, no presta atención a lo que sucede en el mundo, en el exterior. ¿Por qué? Por la simple razón de que sabe que no tiene control alguno sobre lo que en este acontece. Solo presta atención a lo que depende de sí mismo: sus pensamientos y sus acciones. El ideal estoico es un hombre vuelto hacia sí mismo que encuentra la paz en su interior. De este modo, trata de conocerse, de analizarse, de comprender por qué es como es. Busca aumentar sus virtudes y vencer sus vicios, esforzándose día tras día para mejorar y acercarse al ideal del sabio.

7 Libertad. Todo esto que venimos diciendo no tiene otro fin que el más ansiado objetivo de la filosofía estoica: la libertad. Epicteto, lo mismo que Séneca, Zenón o Marco Aurelio, persigue lo que él considera la esencia de quien es verdaderamente libre, que no es otra cosa que el total control y conocimiento de sí mismo. Nada puede dañarle o hacerle perder su imperturbabilidad, nada puede afectarle emocionalmente, ningún deseo tiene que pueda ser insatisfecho. De este modo, impasible ante los accidentes de la vida, el sabio estoico es plenamente libre, pues nadie más que él está al mando de su alma.

Epicteto persigue lo que él considera la esencia de quien es verdaderamente libre: el total control y conocimiento de sí mismo

8 Confianza en los sentidos. Los estoicos seguían la teoría aristotélica de que nuestro conocimiento nos llega a través de los sentidos –nuestra experiencia sensible–, cuya información pasa más tarde a ser analizada y abstraída por nuestra razón (como ya hemos dicho, la herramienta principal con la que cuenta el ser humano para vivir en el mundo), sacando entonces conclusiones generales.

Marco Aurelio, el "emperador filósofo" que tomó muchas ideas de Epicteto. Gobernó el Imperio romano desde el año 161 hasta el año de su muerte, en 180 (Busto de Marco Aurelio. Museo Metropolitano)
Marco Aurelio, el «emperador filósofo» que tomó muchas ideas de Epicteto. Gobernó el Imperio romano desde el año 161 hasta el año de su muerte, en 180 (Busto de Marco Aurelio. Museo Metropolitano)

9 Dios. Epicteto defiende la idea de una o varias divinidades, superiores a los humanos, que se encargan de regir nuestros destinos y organizar las leyes que gobiernan la naturaleza. Así, el ser humano nunca está solo, pues vive conforme al plan que Dios ha establecido para él. Esta visión de la divinidad de los estoicos tuvo una fácil reinterpretación por la mayoría de las religiones, que adaptaron a ese «guía» que marca nuestro destino y nuestra naturaleza a sus respectivas divinidades.

Para los estoicos, es irrelevante qué Dios es el que está guiando nuestros pasos, sino el hecho de que sea así. Llamémoslo Dios, ley natural, logos, Tao, karma… No importa. Sólo hemos de aceptar la idea de que nuestra vida no depende exclusivamente de nosotros y que, por ello, la misma nunca podrá plegarse totalmente a lo que queremos. Por eso, lo mejor es permitirla fluir y dejarnos llevar por ella, anulando nuestras expectativas y confiando en el buen hacer de quien ha fijado nuestro rumbo.

10 Naturaleza. En esencia, toda la filosofía estoica se basa en vivir comulgando con las leyes establecidas por la naturaleza. Por ello, hemos de vivir racionalmente y confiando en el plan que se ha establecido para nosotros. Sólo así el ser humano puede lograr vivir una buena vida. No una llena de placeres y desenfrenos, sino una vida feliz, ausente de dolor y caracterizada por la tranquilidad.

Palabra de Epicteto

  • «Solo el hombre culto es libre»
  • «No se llega a campeón sin sudar»
  • «La prudencia es el más excelso de todos los bienes»
  • «No pretendas que las cosas ocurran como tú quieres. Desea más bien que se produzcan tal como se producen y serás más feliz»
  • «Filosofar es esto: examinar y afinar los criterios»
  • «Si no tienes ganas de ser frustrado jamás en tus deseos, no desees sino aquello que depende de ti»
  • «La felicidad no consiste en adquirir y gozar, sino en no desear nada, pues en eso consiste ser libre»