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Paz y Ciencia
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domingo, 2 de mayo de 2021

Agresión, culpa y reparación

 


Agresión, culpa y reparación
1960
Disertación pronunciada ante la Liga Progresiva el 7 de mayo de 1960

 

Deseo valerme de mi experiencia como psicoanalista para exponer un tema recurrente en el trabajo analítico, que ha tenido siempre gran importancia. Concierne a una de las raíces de la actividad constructiva: la relación entre construcción y destrucción. Tal vez ustedes lo reconozcan al punto como un tema desarrollado principalmente por Melanie Klein, quien reunió sus ideas al respecto bajo el título de "La posición depresiva en el desarrollo emocional". No viene al caso establecer si es o no un título acertado. Lo importante es que la teoría psicoanalítica evoluciona en forma constante, que Melanie Klein fue quien tomó la destructividad existente en la naturaleza humana y empezó a explicarla y encontrarle un sentido desde el punto de vista psicoanalítico. Fue un adelanto importante, acaecido en la década siguiente a la Primera Guerra Mundial; muchos de nosotros tenemos la impresión de que no podríamos haber llevado a cabo nuestro trabajo sin este agregado importante a lo dicho por Freud acerca del desarrollo emocional del ser humano. Melanie Klein amplió lo enunciado por Freud sin alterar los métodos de trabajo del analista.

Podría suponerse que el tema atañe a la enseñanza de la técnica psicoanalítica. Si no me equivoco, esto no les molestaría a ustedes. Empero, creo sinceramente que es un tema de vital importancia para toda la gente pensante, sobre todo porque enriquece nuestra comprensión del significado de la expresión “sentimiento de culpa", asociándola a éste, por un lado, con la destructividad y, por el otro, con la actividad constructiva.

Todo esto parece bastante simple y obvio: surge la idea de destruir un objeto, aparece un sentimiento de culpa y el resultado es un trabajo constructivo; pero si ahondamos en la cuestión descubrimos que es mucho más compleja. Cuando se intenta ofrecer una descripción completa del tema, se debe recordar que el momento en que esta secuencia simple empieza a cobrar sentido, a ser realidad o a tener importancia constituye un logro dentro del desarrollo emocional del individuo.

Es típico de los psicoanalistas que, al tratar de abordar-un tema como éste, siempre piensen en función del individuo en proceso de desarrollo, lo cual significa remontarse a una etapa muy temprana de su vida para ver si se puede determinar el punto de origen. Por cierto que la más temprana infancia podría concebirse como un estado en que el individuo es incapaz de sentirse culpable. En consecuencia, y refiriéndonos siempre a una persona sana, cabe suponer que más adelante podrá tener o experienciar un sentimiento de culpa quizá sin registrarlo como tal en su conciencia. Entre estos dos puntos se extiende un período en que la capacidad de experienciar un sentimiento de culpa está en vías de establecerse. A él me referiré en esta disertación.

Aunque no es necesario dar edades y fechas, diría que a veces los progenitores pueden detectar los inicios de un sentimiento de culpa antes que su hijo cumpla un año, si bien nadie pensaría que la técnica de aceptación de una responsabilidad plena por las ideas destructivas propias queda firmemente establecida en el niño antes de los cinco años. Al ocuparnos de este desarrollo, sabemos que hablamos de la niñez en su totalidad y, en particular, de la adolescencia... y si hablamos de la adolescencia también nos referimos a los adultos, porque ningún adulto lo es en todo momento. Las personas no se limitan a tener su edad cronológica; hasta cierto punto, tienen todas las edades, o no tienen ninguna.

Diré de paso que, a mi entender, nos resulta relativamente fácil llegar a la destructividad que llevamos dentro cuando la vinculamos con la rabia por una frustración o el odio contra algo que desaprobamos, o cuando es una reacción ante el miedo. Lo difícil es que cada individuo asuma plena responsabilidad por la destructividad personal que en forma inherente atañe a una relación con un objeto percibido como bueno o, dicho de otro modo, con la destructividad que se relaciona con el amor.

Aquí viene al caso hablar de integración, porque si es dable imaginar una persona totalmente integrada, esa persona asumirá plena responsabilidad por todos los sentimientos e ideas propios del estar vivo. En cambio, la integración fallará si nos vemos obligados a encontrar los objetos que desaprobamos fuera de nosotros y a un precio: la pérdida de aquella destructividad que en realidad nos pertenece.

Por eso digo que todo individuo debe desarrollar la capacidad de responsabilizarse por la totalidad de sus sentimientos e ideas. La palabra "salud" (en el sentido de una buena salud) está estrechamente ligada al grado de integración que posibilita asumir esta responsabilidad plena. La persona sana se caracteriza, entre otras cosas, por no tener que aplicar en gran medida la técnica de la proyección para hacer frente a sus propios impulsos y pensamientos destructivos.

Comprenderán que paso por alto las etapas más tempranas, lo que podríamos llamar los aspectos primitivos del desarrollo emocional. No hablo de la primeras semanas o meses de vida, porque un derrumbe en esta área del desarrollo emocional básico ocasionaría una enfermedad mental que requeriría la internación del individuo; me refiero a la esquizofrenia, que no entra en el tema de esta disertación. Aquí doy por sentado que en cada caso los padres han provisto lo imprescindible para que el bebé inicie una existencia individual. Lo que quiero decir podría aplicarse tanto al cuidado de un niño normal durante una etapa determinada de su desarrollo como a una fase del tratamiento de un niño o adulto, pues en psicoterapia nunca sucede nada verdaderamente nuevo. En el mejor de los casos, alguna parte del desarrollo de un individuo que no había sido completada originariamente se completa, hasta cierto punto, en el curso del tratamiento.

A continuación citaré algunos ejemplos tomados de tratamientos psicoanalíticos, en los que omitiré todo detalle ajeno a la idea que procuro exponer.



Caso I

Este ejemplo ha sido extraído del análisis de un hombre que ejerce la psicoterapia. Empezó una sesión contándome que había ido a ver el modo en que se desempeñaba en sus tareas un paciente suyo; en otras palabras, había abandonado el rol del terapeuta que trata al paciente en el consultorio y lo había visto en su lugar de trabajo. El paciente tenía mucho éxito en su trabajo, que era muy especializado y requería movimientos muy rápidos. Durante las sesiones de terapia, el paciente también ejecutaba movimientos rápidos (que en ese ámbito carecían de sentido) y se revolvía en el diván como un poseso. Mi paciente dudaba de si había sido acertado o no visitar a su paciente en el lugar de trabajo, aunque creía probable que tal acción lo había beneficiado a él.

A continuación se refirió a sus propias actividades durante las vacaciones de Pascua. Tiene una casa de campo, le gustan mucho los trabajos físicos, cualquier actividad constructiva y los aparatos y herramientas, que sabe usar. Me describió diversos sucesos de su vida doméstica que no creo necesario relatar con todo su colorido emocional; diré tan sólo que volvió a referirse a un tema que ha tenido importancia en la fase más reciente de su análisis, y en el que desempeñan un gran papel varios tipos de herramientas mecánicas. En camino hacia mi consultorio, suele detenerse a contemplar una máquina-herramienta expuesta en una vidriera cercana a mi casa y provista de unos dientes espléndidos. Este es el modo en que mi paciente llega hasta su agresión oral, al impulso de amor primitivo con toda su crueldad y destructividad. Podríamos llamarlo "comer" [eating]. En su tratamiento tiende a esta crueldad del amor primitivo y, como supondrán, la resistencia a enfrentarla era tremenda. (Diré de paso que este hombre conoce la teoría y podría ofrecer una buena explicación intelectual de todos estos procesos, pero hace psicoanálisis de posgrado porque necesita ponerse verdaderamente en contacto con sus impulsos primitivos, no como una cuestión mental, sino como una experiencia instintiva y una sensación corporal.) En la hora de sesión pasaron muchas otras cosas, incluido un examen de la pregunta: ¿podemos comer nuestra torta y, al mismo tiempo, tenerla? (
1)

Sólo deseo extraer de este caso la siguiente observación: cuando salió a la luz este material nuevo, relacionado con el amor primitivo y la destrucción del objeto, ya se había hecho alguna referencia al trabajo constructivo. Cuando le hice al paciente la interpretación de que necesitaba de mí y quería destruirme "comiéndome", pude recordarle lo que él había dicho acerca de la construcción. Le recordé que así como él había visto a su paciente desempeñando su trabajo, advirtiendo entonces que sus movimientos espasmódicos tenían sentido dentro de su oficio, yo podría haberlo visto a él trabajando en su jardín y utilizando artefactos mecánicos para embellecerlo. Podía abrir brechas en las paredes y talar árboles, disfrutando enormemente con ello, pero esta misma actividad, aislada de su meta constructiva, habría sido un episodio maníaco carente de sentido. Esta es una característica constante de nuestro trabajo y constituye el tema de mi disertación de hoy.

Tal vez sea cierto que los seres humanos no pueden tolerar la meta destructiva presente en su forma más temprana de amar. Sin embargo, el individuo que trata de llegar hasta ella puede tolerar la idea de su existencia si comprueba que ya tiene a mano una meta constructiva, que otra persona le puede recordar.

Al decir esto, pienso en el tratamiento de una paciente mía. En una etapa inicial de su terapia cometí un error que estuvo a punto de arruinarlo todo: interpreté el sadismo oral, o sea el acto de devorar cruelmente el objeto, como perteneciente a una forma primitiva del amor. Poseía muchas evidencias de ello y mi interpretación fue en verdad acertada... pero la di demasiado pronto: tendría que haberla formulado diez años después. Aprendí la lección. En el largo tratamiento siguiente la paciente se reorganizó y se convirtió en una persona real e integrada, capaz de aceptar la verdad con respecto a sus impulsos primitivos. Al cabo de diez o doce años de análisis diario, estuvo preparada para recibir esa interpretación.




Caso II

Al entrar en mi consultorio, un paciente vio un grabador que me habían prestado. Esto le inspiró algunas ideas. Mientras se acostaba en el diván y cobraba fuerzas para la hora de trabajo analítico que tenía por delante, me dijo: "Me gustaría suponer que una vez terminado el tratamiento, lo que haya ocurrido aquí conmigo tendrá valor para el mundo de un modo u otro". Anoté mentalmente que este comentario podría indicar que el paciente estaba al borde de otro de esos ataques de destructividad que yo había debido tratar, una y otra vez, en sus dos años de terapia. Antes de que transcurriera la hora de sesión, el paciente accedió en verdad a un nuevo conocimiento de la envidia que me tenía por ser un analista relativamente bueno. Tuvo el impulso de darme las gracias por ser bueno y capaz de hacer lo que él necesitaba que yo hiciera. Ya habíamos pasado por todo esto en otras ocasiones, pero ahora el paciente estaba más en contacto con sus sentimientos destructivos hacia lo que podría denominarse un objeto bueno. Una vez que quedó plenamente establecido todo esto, le recordé su esperanza -expresada al entrar en el consultorio y ver el grabador- de que su tratamiento en sí resultara valioso y constituyera un aporte al acervo general de las necesidades humanas. (Por supuesto no era necesario que yo se lo recordara, pues lo importante era lo que había sucedido y no la discusión de lo que había sucedido.)

Cuando relacioné estos dos puntos, mi paciente dijo que mi interpretación le parecía correcta pero que habría sido horrible si yo la hubiese hecho basándome en su primer comentario, o sea si le hubiese dicho que su deseo de ser útil indicaba un deseo de destruir. Era preciso que él llegara primeramente al afán destructivo pero, eso sí, que lo hiciera a su modo y en el momento que le resultara oportuno. No cabe duda de que, si pudo acceder a un contacto más íntimo con su destructividad, fue gracias a su capacidad de pensar que en definitiva lo suyo sería una contribución. Pero el esfuerzo constructivo es falso -y esta falsedad es peor que la falta de sentido- a menos que, como dijo mi paciente, el individuo llegue primero a establecer contacto con su destructividad. Le pareció que cuanto había hecho hasta entonces en la terapia carecía de bases adecuadas y, como él mismo me lo recordó, en realidad venía a tratarse conmigo para sentar esas bases.

Diré de paso que este hombre ha hecho un trabajo muy bueno, pero siempre que se acerca al éxito experimenta un sentimiento creciente de futilidad y falsedad, una necesidad de demostrar que no vale. Esta pauta ha regido su vida.




Caso III

Una colega comenta el caso de un paciente suyo, que accede a un material que podría interpretarse correctamente como un impulso de robarle a su analista. De hecho, tras haber pasado por la experiencia de un buen trabajo analítico, le dijo: "Ahora he descubierto que la odio por su agudeza intelectual, que es justamente lo que necesito que usted me dé. Siento el impulso de robarle ese don, o lo que sea, que la capacita para hacer este trabajo". Ahora bien, estas palabras habían sido precedidas por un comentario, dicho al pasar, sobre lo agradable que sería ganar más dinero para poder pagar unos honorarios más altos. Aquí vemos lo mismo que en el caso anterior: el individuo alcanza una plataforma de generosidad y la usa de tal modo, que desde ella se puede vislumbrar la envidia y el impulso de robar y de destruir al objeto bueno, todos ellos subyacentes bajo esa generosidad y correspondientes a la forma primitiva de amar.




Caso IV

He extraído la siguiente viñeta de la extensa descripción del caso de una adolescente cuya terapeuta es a la vez su cuidadora: la muchacha se aloja en el hogar de la terapeuta, quien cuida de ella como si fuera una hija más. Este régimen de atención tiene sus ventajas y desventajas.

La adolescente había padecido una enfermedad grave y, en la época en que ocurrió el incidente que relataré, salía de un largo período de regresión a la dependencia y a un estado infantil. Podría decirse que ya no había regresión en su relación con el hogar y la familia, pero todavía se encontraba en un estado muy especial en el reducido ámbito de las sesiones vespertinas de terapia, que se efectuaban dentro de un horario fijo.

Llegó un momento en que la adolescente expresó el odio más profundo hacia su terapeuta-cuidadora, la señora X. Todo iba bien durante el resto de las 24 horas, pero en la sesión de terapia la muchacha destruía total y reiteradamente a la señora X. Resulta difícil dar una idea de hasta qué punto la odiaba como terapeuta y, de hecho, la aniquilaba. Este caso no era similar al del terapeuta que iba a ver al paciente en su lugar de trabajo, por cuanto la señora X tenía a la joven bajo su cuidado constante; ambas mantenían dos relaciones independientes y simultáneas.

Durante el día comenzaron a suceder toda clase de incidentes novedosos. La adolescente empezó a manifestar su deseo de ayudar a limpiar la casa, lustrar los muebles y ser útil. Esta ayuda era algo absolutamente nuevo; nunca había integrado la pauta personal de la muchacha cuando vivía en su propio hogar, ni aun antes de contraer aquella enfermedad grave.

Creo que debe haber pocas adolescentes que hayan prestado tan escasa ayuda efectiva en su hogar: ni siquiera ayudaba a lavar la vajilla. Esta colaboración fue, pues, un rasgo muy novedoso en ella. Emergió calladamente, por decirlo así, como un elemento paralelo a la destructividad total que la adolescente empezaba a descubrir en los aspectos primitivos de su amor, a los que accedía en su relación con la terapeuta durante las sesiones.

Como ven, aquí se repite la misma idea que afloró en los casos anteriores. Por supuesto, la toma de conciencia de la destructividad por parte de la paciente posibilitó la actividad constructiva manifestada durante el día, pero en este momento quiero que ustedes vean el proceso a la inversa: las experiencias constructivas y creativas posibilitaban el acceso de la adolescente a la experiencia de su destructividad.

Observarán que de estos ejemplos se extrae un corolario: el paciente necesita tener una oportunidad de contribuir, de cooperar en algo, y aquí es donde el tema de mi disertación se enlaza con la vida cotidiana. La oportunidad de practicar una actividad creativa, un juego imaginativo, un trabajo constructivo, es precisamente lo que tratamos de proporcionar a todas las personas de manera equitativa. Volveré sobre esto más adelante.

Ahora intentaré agrupar las ideas expuestas en forma de casos ilustrativos.

Estamos tratando un aspecto del sentimiento de culpa que nace de la tolerancia de nuestros impulsos destructivos en la forma primitiva del amor. Dicha tolerancia genera algo nuevo: la capacidad de disfrutar de las ideas, aun cuando lleven en sí la destrucción, y de las excitaciones corporales correspondientes. (Hay una correspondencia mutua entre estas excitaciones y las ideas.) Tal avance proporciona espacio suficiente para la experiencia de preocupación, base de todo lo constructivo.

Notarán que podemos utilizar varios pares de términos, según la etapa de desarrollo emocional que describamos:


aniquilación / creación
destrucción / recreación
odio / amor fortalecido
crueldad / ternura
ensuciar / limpiar
dañar / reparar
etcétera.


Permítanme formular mi tesis del siguiente modo. Si les agrada, pueden observar cómo una persona hace una reparación y comentar con sagacidad: "¿Ajá! Eso indica una destrucción inconsciente". Empero, si proceden así no prestarán gran ayuda al mundo. La alternativa es interpretar esa reparación como un acto mediante el cual esa persona está fortaleciendo su self, posibilitando así la tolerancia de su destructividad inherente. Supongamos que ustedes bloquean la reparación de algún modo. Esa persona quedará incapacitada, hasta cierto punto, para responsabilizarse de sus impulsos destructivos y, desde el punto de vista clínico, el resultado será la depresión o una búsqueda de alivio mediante el descubrimiento de la destructividad en otra parte (o sea, utilizando el mecanismo de la proyección).

Concluiré esta breve exposición de un tema muy extenso enumerando algunas aplicaciones cotidianas del trabajo en que se funda lo dicho hasta aquí:

a) La oportunidad de contribuir, de un modo u otro, ayuda a cada uno de nosotros a aceptar esa destructividad básica, vinculada con el amor, que es parte integral de nosotros mismos y que llamamos "comer".

b) Proporcionar esa oportunidad y ser perceptivo cuando alguien tiene momentos constructivos no siempre da resultado; es comprensible que así sea.

c) Si le damos a alguien esa oportunidad de contribuir, podemos obtener tres resultados:
1) Era exactamente lo que esa persona necesitaba.
2) El individuo da un uso falso a la oportunidad y sus actividades constructivas cesan, porque él siente que son falsas.
3) Si le ofrecemos una oportunidad a un individuo incapaz de acceder a su destructividad personal, lo sentirá como un reproche y el resultado será desastroso desde el punto de vista clínico.

d) Podemos utilizar las ideas aquí tratadas para obtener cierta comprensión intelectual acerca del modo en que actúa un sentimiento de culpa cuando está a punto de transformar la destructividad en constructividad. (Debo señalar que el sentimiento de culpa al que me refiero suele ser silencioso y no consciente. Es un sentimiento latente, anulado por las actividades constructivas. El sentimiento de culpa patológico, que se percibe como una carga consciente, es harina de otro costal.)

e) A partir de esto llegamos a comprender, en cierta medida, la destructividad compulsiva que puede aparecer en cualquier parte, pero que es un problema específico de la adolescencia y una característica constante de la tendencia antisocial. La destructividad, aun siendo compulsiva y engañosa, es más sincera que la constructividad, cuando ésta no se funda como corresponde en un sentimiento de culpa derivado de la aceptación de los propios impulsos destructivos, dirigidos hacia un objeto que se considera bueno.

f) Estas cuestiones se relacionan con los procesos importantísimos que se desarrollan (de manera poco discernible) cuando una madre y un padre proporcionan a su hijo recién nacido un buen punto de partida para su vida.

g) Por último, llegamos al fascinante y filosófico interrogantes ¿podemos comer nuestra torta y, al mismo tiempo, tenerla?  

 

 

 

 

(1)Traducimos literalmente esta pregunta para que se note su nexo con la referencia al acto de "comer". Es un dicho popular inglés cuyo equivalente en español podría ser "no se puede oír misa y andar en la procesión".

jueves, 15 de abril de 2021

Música nutriente del Alma

 


"La música es el lenguaje del alma. Nada puede ser más cierto que eso.  Nada es comparable a la sensación de una música que te hace vibrar, que te hace sentir el palpitar de tu corazón, porque penetra las fibras más profundas de tu cuerpo... Es una sensación diferente a la que entregan otros tipos de arte. La música invade el aire, invade tu cuerpo con la vibración que genera, moviliza los sentimientos. Es una forma de arte completa. Atraviesa todas las dimensiones del cuerpo y el alma, al dejarse llevar es casi orgásmica.
La música es la manera que tienen los recuerdos de cantarnos a través del tiempo.

 A quien se sienta aludida.


lunes, 5 de abril de 2021

Citas Hermosas de distintos profesionales Psi

 

Rodrigo Córdoba Sanz

Psicólogo y Psicoanalista. Zaragoza. Gran Vía Teléfono: 653 379 269. rcordobasanz@gmail.com                          Página Web: www.rcordobasanz.es.  Instagram: @psicoletrazaragoza Twitter:@psicoletra

"La forma en que se sienten las personas está asociada a la forma en que interpretan y piensan sobre una situación. La situación por sí misma no determina directamente cómo se sienten; su respuesta emocional está mediada por su percepción de la situación"Aaron Beck

"La envidia es un sentimiento de aguda incomodidad, determinada por el descubrimiento de que otro posee algo que sentimos que nosotros deberíamos tener". 
Harry Stack Sullivan

"Las personas son tan hermosas como las puestas de sol, si se les permite que lo sean. En realidad, puede que la razón por la que apreciamos verdaderamente una puesta de sol, es porque no podemos controlarla". 
Carl Rogers


“Dadme una docena de niños sanos, bien formados, para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger -médico, abogado, artista, hombre
de negocios e incluso mendigo o ladrón-,prescindiendo de su talento, inclinaciones, tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados” 
John Broadus Watson

"La satisfacción de una necesidad crea otra". 
Abraham Maslow

"Los actos más complicados de la vida, son simples combinaciones de patrones de comportamiento secundarios a asociaciones de un estímulo y una respuesta. J
ohn Broadus Watson


"A menudo sobre las paredes, en la mezcla de las piedras, en las fisuras, en los dibujos del moho del agua estancada, he encontrado semejanzas con sitios maravillosos, con montañas, con picos escarpados..." 
Hermann Rorschach

"La gente cree que amar es sencillo y lo difícil es encontrar un objeto apropiado para amar o para ser amado por él". 
Erich Fromm


"El afecto personal estable es algo más que una racionalización romántica de una unidad económica". 
B.F.Skinner


"La neurosis es la manifestación de una imaginación y unas energías desencaminadas; la neurosis es una obra de arte fallida, y el neurótico un artista fallido" . Otto Rank

"Está muy comprobado que el dinero, a partir de un cierto nivel mínimo, no da la felicidad.Otros factores como el optimismo, la autoestima y la gratitud, o rasgos básicos de personalidad como la extraversión y la estabilidad emocional, también aparecen relacionados con mayores niveles de felicidad". 
Martin Seligman

"La preocupación debería empujarnos a la acción y no a la depresión". 
Karen Horney


"El optimismo alarga la vida, es contagioso y hace de cada instante una experiencia intensa pero hay que trabajarlo". 
Luis rojas Marcos


"Yo soy yo, Tú eres Tú. Tú haces lo Tuyo, Yo hago lo Mío. Yo no vine a este mundo para vivir de acuerdo a tus expectativas. Tú no viniste a este mundo para vivir de acuerdo con mis expectativas. Yo hago mi vida, Tú haces la tuya. Si coincidimos, será maravilloso, Si no, no hay nada que hacer". 
Fritz. Perls

"La envidia es un sentimiento de aguda incomodidad, determinada por el descubrimiento de que otro posee algo que sentimos que nosotros deberíamos tener". 
Harry Stack Sullivan

"Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla". Sigmund Freud

"La empatía es la capacidad de pensar y sentir la vida interior de otra persona como si fuera la propia". 
Heinz Kohut

"El arte de amar... es mayormente el arte de perseverar". 
Albert Ellis

"Es en el juego y sólo en el juego que el niño o el adulto como individuos son capaces de ser creativos y de usar el total de su personalidad, y sólo al ser creativo el individuo se descubre a sí mismo". 
Donald Winnicott

"Nunca pienses que lo sabes todo. Por muy alto que te valores, ten siempre el coraje de decirte a ti mismo: Soy un ignorante". 
Iván Pavlov

"Cada hombre es escultor de su propio cerebro". 
Santiago Ramón y Cajal

"Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar, es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde".
 Sir Francis Bacon

"Es evidente que existe la verdad. Porque el que niega que existe la verdad, conoce que la verdad existe. Si, pues, no existe la verdad, es verdad que la verdad no existe".  Santo Tomás de Aquino

"Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo". Aristóteles

"Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla". Sigmund Freud

"La gran pregunta que nunca ha sido contestada y a la cual todavía no he podido responder, a pesar de mis treinta años de investigación del alma femenina, es: ¿qué quiere una mujer?".
 Sigmund Freud

"Una buena decision estará determinada por lo el grado de conocimieneto que tenemos sobre nosotros mismo"- Esteban Andino

viernes, 2 de abril de 2021

Ansiedad Social

 


Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta. Zaragoza. Tfno.; 653 379 269 Página Web: Contacta IG:@psicoletrazaragoza rcordobasanz@gmail.com


Pero… ¿Qué es la fobia social?.

Para entender qué es la fobia social hay que entender que esta se caracteriza por miedo intenso, irracional, persistente y excesivo ante situaciones o interacciones sociales, ante la eventualidad de no desempeñarse adecuadamente, verse en situaciones embarazosas, vergonzantes o humillantes, ya sea como consecuencia de la propia actuación o de la posible aparición de síntomas o reacciones incontroladas. No es lo mismo fobia social que timidez, no todos los tímidos padecen fobia social. Una persona tímida experimenta vergüenza y en algunos casos miedo, pero de forma muy atenuada; de hecho, un cierto grado de timidez es normal en la mayoría de las personas. Mientras que cuando se padece fobia social los síntomas de ansiedad y miedo son desproporcionadamente intensos e incapacitantes.

Este miedo es reconocido por la persona que lo padece como excesivo e irracional y habitualmente viene precedido de ansiedad anticipatoria, horas o incluso días antes de la ocurrencia de la situación temida. Por ello tratan de evitar cualquier acontecimiento social (reuniones, fiestas, hablar en público…) y si se ven obligados a enfrentar una de dichas situaciones experimentaran una ansiedad muy intensa.

“Confiar en ti mismo no garantiza el éxito, pero no hacerlo garantiza el fracaso” – Albert Bandura

Cuando anticipamos (con pensamientos catastrofistas) aparece la ansiedad, esta es tan elevada que cuando nos exponemos a la situación temida nos bloqueamos, de tal modo que se confirman nuestros pensamientos negativos que habíamos previsto y es cuando actuamos de forma inadaptada. Con esto se refuerza la idea inicial de que no valemos, pero en realidad no nos damos cuenta de que nos hemos boicoteado a nosotros mismos.

Para entender qué es la fobia social hay que distinguir distinguir 2 tipos de fobia social:

Fobia social específica: el miedo aparece en una situación determinada (ej., hablar en público).

Fobia social generalizada: las situaciones temidas incluirían todas las situaciones sociales menos aquellas en que la persona se relaciona con personas “seguras” (ej., andar por una calle concurrida, cruzar un paso de cebra, entrar en un bar, ir a comprar a una tienda…)

¿Qué teme un fóbico social?
  • Temores básicos, que son: temor a ser observado, a sentir mucha ansiedad y a tener un ataque de pánico.
  • Temor a no saber comportarse de un modo adecuado o competente.
  • Temor a manifestar síntomas de ansiedad que puedan ser vistos por los demás y/o interferir con la actuación.
  • Temor a la crítica, a la evaluación negativa y al rechazo.
  • Temor a no poder alcanzar las elevadas metas autoimpuestas.
Podemos entender qué es la fobia social si nos fijamos en las respuestas asociadas:

Respuesta Cognitiva (pensamientos): interpretaciones catastróficas, creencias firmes de que algo terrible va a suceder. Por ello, los principales pensamientos son:

  • Sobre la propia actuación (no sé qué decir, voy a meter la pata)
  • Sobre la percepción de los demás de la propia actuación (se van a dar cuenta, me están mirando…)
  • Sobre el juicio negativo de los demás (pensarán que soy idiota, mentiroso, raro…)
  • Sobre ser rechazado (me despreciarán, dejará de ser mi amigo…)
  • Sobre autodesprecio (nadie tiene un problema como éste, soy un inútil, nunca lo superaré)
  • Sobre reacciones de ansiedad visibles (¡Qué horror! Como sudo, tiemblo…)

Respuesta Fisiológica (síntomas):

  • Temblor de voz y manos.
  • Sudoraciónsonrojo, escalofríos
  • Malestar gastrointestinal (ej: sensación de vacío en el estómago o diarrea, náusea).
  • Urgencia urinaria
  • Taquicardia/palpitaciones
  • Dificultad para tragar, boca seca.
  • Tensión muscular,
  • Sensación de ahogo o falta de aire.

Respuesta Motora (Conducta):

Conductas de seguridad (evitación o escape) son comportamientos que se realizan para no sentir ansiedad o que no se note y así reducir la posibilidad de ser enjuiciado por los demás.

Ejemplos de estas conductas son: no ir a situaciones temidas, tomar alcohol o ansiolíticos antes de llegar al sitio, situarse en las reuniones sociales en un lugar seguro, no mirar a los ojos, maquillarse mucho para que no se note el rubor, uso de ropa ancha y fresca para evitar sudar, hablar poco, contestar con monosílabos a las preguntas, hablar sin parar para evitar silencios, apretar vasos para no temblar…

Ahora sabes qué es la fobia social, pero… ¿Se puede superar la fobia social?

¡Rotundamente SÍ! Los problemas de ansiedad en general, y las fobias en particular, se deben tratar con terapia cognitivo-conductual, ya sea individual o en grupo. Es decir, el objetivo debe ser aprender otras formas de evaluar una situación social, y cambiar nuestra forma de pensar, reaccionar y actuar ante ella. Lo importante para superar una fobia es enfrentar aquello que nos da miedo, pero de forma progresiva, y lo mejor es ponerse en manos de un profesional para ello. 

Recordad que: “El miedo está siempre dispuesto a ver las cosas peores de lo que son” – Livio

domingo, 21 de marzo de 2021

Filosofía COVID Postpandemia

 


Rodrigo Córdoba Sanz. Tno.: +34 653 379 269 Zaragoza [Online Y Offline]. Psicólogo Y Psicoterapeuta. rcordobasanz@gmail.com Página Web: www.rcordobasanz.es


“No aprenderemos de la pandemía porque somos muy lentos y nos cuesta”


Fernando García | 07 marzo 2021 | Dialogos | La Vanguardía |

El encuentro entre dos de los pensadores españoles  más influyentes, moderado por Sergio Vila-Sanjuán, aborda en profundidad temas actuales desde una perspectiva de amplio recorrido.


La epidemia global de la Covid-19 ha provocado un terremoto social, político y económico, y hasta alterado nuestros hábitos culturales. Es, tenía que ser, el gran asunto del primero de los Diálogos que La Vanguardia lanza hoy , con carácter mensual, para aportar visiones de luz larga sobre nuestra vertiginosa actualidad. José Antonio Marina y Javier Gomá, grandes pensadores de nuestro tiempo además de prolíficos ensayistas, abordan los diferentes aspectos de la crisis con perspectiva histórica, profundidad reflexiva y espíritu crítico alejado de crispaciones y clichés. El debate, celebrado en la Fundación March de Madrid, es animado siempre, apasionado a ratos pero nunca polarizado ni destructivo. Actúa de moderador el director del suplemento Cultura/s de La Vanguardia , Sergio Vila-Sanjuán...

DIÁLOGOS EN 'LA VANGUARDIA': JOSÉ ANTONIO MARINA/JAVIER GOMÁ

El encuentro entre dos de los pensadores españoles  más influyentes, moderado por Sergio Vila-Sanjuán, aborda en profundidad temas actuales desde una perspectiva de amplio recorrido.


La epidemia global de la Covid-19 ha provocado un terremoto social, político y económico, y hasta alterado nuestros hábitos culturales. Es, tenía que ser, el gran asunto del primero de los Diálogos que La Vanguardia lanza hoy , con carácter mensual, para aportar visiones de luz larga sobre nuestra vertiginosa actualidad. José Antonio Marina y Javier Gomá, grandes pensadores de nuestro tiempo además de prolíficos ensayistas, abordan los diferentes aspectos de la crisis con perspectiva histórica, profundidad reflexiva y espíritu crítico alejado de crispaciones y clichés. El debate, celebrado en la Fundación March de Madrid, es animado siempre, apasionado a ratos pero nunca polarizado ni destructivo. Actúa de moderador el director del suplemento Cultura/s de La Vanguardia , Sergio Vila-Sanjuán.

Sergio Vila-Sanjuán. - Empecemos por las experiencias y lecciones de la pandemia. ¿Aprenderemos de ella?

JOSÉ ANTONIO MARINA.- No queremos aprender, porque es costoso. Una cosa es el aprendizaje espontáneo y continuo sobre lo bueno, lo malo y lo regular, el cual es poco valioso, y otra el aprendizaje evaluativo con el que mejoramos en lo que hacemos y lo comprendemos mejor. Y ahí la experiencia por si sola no enseña. Necesitamos una actitud muy activa, metódica y tenaz. Todos tenemos la experiencia de la pandemia. Pero hacer el esfuerzo de intentar comprender qué está pasando o intentar sacarle alguna enseñanza, eso no creo que lo vayamos a hacer. No lo hicimos en la crisis del 2008, cuando aplicamos esquemas de interpretación antiguos. Estamos en una sociedad muy pasiva para el aprendizaje. Deberíamos estar siempre aprendiendo, pero tardamos muchísimo en hacerlo.


Dos filósofos ante la pandemia, el conflicto de derechos y la libertad de expresión

DIÁLOGOS EN 'LA VANGUARDIA': JOSÉ ANTONIO MARINA/JAVIER GOMÁ

El encuentro entre dos de los pensadores españoles  más influyentes, moderado por Sergio Vila-Sanjuán, aborda en profundidad temas actuales desde una perspectiva de amplio recorrido

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La epidemia global de la Covid-19 ha provocado un terremoto social, político y económico, y hasta alterado nuestros hábitos culturales. Es, tenía que ser, el gran asunto del primero de los Diálogos que La Vanguardia lanza hoy , con carácter mensual, para aportar visiones de luz larga sobre nuestra vertiginosa actualidad. José Antonio Marina y Javier Gomá, grandes pensadores de nuestro tiempo además de prolíficos ensayistas, abordan los diferentes aspectos de la crisis con perspectiva histórica, profundidad reflexiva y espíritu crítico alejado de crispaciones y clichés. El debate, celebrado en la Fundación March de Madrid, es animado siempre, apasionado a ratos pero nunca polarizado ni destructivo. Actúa de moderador el director del suplemento Cultura/s de La Vanguardia , Sergio Vila-Sanjuán.

Sergio Vila-Sanjuán. - Empecemos por las experiencias y lecciones de la pandemia. ¿Aprenderemos de ella?

JOSÉ ANTONIO MARINA.- No queremos aprender, porque es costoso. Una cosa es el aprendizaje espontáneo y continuo sobre lo bueno, lo malo y lo regular, el cual es poco valioso, y otra el aprendizaje evaluativo con el que mejoramos en lo que hacemos y lo comprendemos mejor. Y ahí la experiencia por si sola no enseña. Necesitamos una actitud muy activa, metódica y tenaz. Todos tenemos la experiencia de la pandemia. Pero hacer el esfuerzo de intentar comprender qué está pasando o intentar sacarle alguna enseñanza, eso no creo que lo vayamos a hacer. No lo hicimos en la crisis del 2008, cuando aplicamos esquemas de interpretación antiguos. Estamos en una sociedad muy pasiva para el aprendizaje. Deberíamos estar siempre aprendiendo, pero tardamos muchísimo en hacerlo.

No aprenderemos de la pandemia porque somos muy lentos y nos cuesta"

José Antonio MarinaFilósofo



JAVIER GOMÁ.- Estoy de acuerdo en que es muy difícil que el aprendizaje individual se extraiga de experiencias colectivas. Pero si uno se asoma a la historia, ve que ha habido un progreso no sólo material sino también moral. Tenemos que mirarlo con perspectiva. Si nos atenemos al mezquino plazo de una vida individual, el aprendizaje es nulo o muy lento. Pero cuando elevas un poco la mirada, aprecias que la humanidad, aun de manera torpe, con retrocesos, desvíos y decaimientos, acaba aprendiendo. La pandemia, quizás la primera con carácter mundial y simultáneo en toda la humanidad, no va a producir un aprendizaje en una semana o en cinco meses. Pero sí representa una de esas experiencias traumáticas que dan un pequeño salto en la humanidad, como ocurrió con la Segunda Guerra Mundial, que dio lugar a la Declaración Universal de los Derechos Humanos y entronizó el valor de la paz. Quedan algunas lecciones. Como que no sólo el individuo es frágil sino también la humanidad; una especie susceptible de entrar peligro de extinción. La pandemia nos ha recordado además el carácter sociable del humano. Nos ha hecho descubrir que el público, la concentración de esa masa viva, es un privilegio. Y creo que hará crecer el sentimiento de cosmopolitismo.

S.V. ¿De acuerdo entonces en que progresamos y así seguiremos?

J.A.M.- La humanidad ha progresado en el respeto por los derechos, en la longevidad, en que ahora los niños mueren menos, en que hay menos desigualdad y la violencia ha disminuido. Pero ese progreso de repente sufre colapsos. El siglo XX empezó con la convicción de que no era posible una guerra porque se habían establecido lazos comerciales tan intensos que a nadie le convenía tener una contienda. Hay como dos movimientos contradictorios. Por una parte, la humanidad progresa y por otra parte, de repente sufre colapsos descivilizatorios. Ahora no estamos en un colapso sino ante un movimiento regresivo. Sí que hay un movimiento de globalización que posiblemente va a triunfar, pero está produciendo una regresión hacia los nacionalismos. Tras la Segunda Guerra Mundial parecía que el nacionalismo había desaparecido, y ahora renace. La globalización ocasiona desarraigo, porque la unificación afectiva no acaba de ser lo suficientemente enérgica. En cambio, la identificación con un grupo más pequeño despierta muchas energías. Es un gran problema Los derechos humanos están pensados para la globalización, pero los nacionalismos ponen a la nación como su gran gestor. Los inmigrantes están defendidos por los derechos humanos, pero éstos se transmiten a través de naciones que pueden poner fronteras.

J.G.- Sin embargo, jamás en la historia se había reconocido un estatus cosmopolita al extranjero como ahora. Y cuando nos escandalizamos del maltrato que los Estados occidentales han dado al extranjero, nos escandalizamos con razón. Pero debemos saber que el escándalo por la dignidad atropellada del extranjero es una invención contemporánea y representa un progreso. Creo que José Antonio habla de un ritmo corto y medio, y yo hablo de un ritmo geológico; un ritmo compatible con las caídas y las recesiones. Hubo una Primera y una Segunda Guerra Mundial. Pero lo que vino luego fue mejor que lo que había antes de las dos. Lo erróneo no es la idea de progreso sino la ley del progreso necesario. Por su propia naturaleza, la historia es precaria, reversible, humana y por tanto, en cualquier momento está expuesta a la barbarie. Si no nos educamos en una virtud colectiva, en una costumbre colectiva, el regreso a la barbarie está siempre a las puertas. Lo que ocurre es que quizá por un principio de supervivencia de la especie, antes de caer en la barbarie damos el salto.

Un perfeccionismo extremo en el afán de reforma puede llevar a la revolución

Javier GomáFilósofo


J.A.M.- Yo no creo que sea este el mayor momento de fragilidad de la especie. En la Guerra Fría temimos que de repente se declarara una hecatombe atómica. Se vivieron muchos años con la idea de que esto se podía ir al garete. Auschwitz desapareció, pero después vinieron el Vietcong, Camboya, Ruanda…

J.G.- Hasta 1948, la virtud estuvo asociada a la violencia. Virtud significa valentía probada en la violencia. Y si a mí me mataban o violaban a mi hija, nadie me podía negar el derecho de la venganza privada. El Estado de derecho moderno, para mí un prodigio, consiste en que si violan a mi hija, yo, en lugar de hacer uso privado de la violencia, presento una hoja en una oficina polvorienta por el que denuncio el hecho y se inicia un procedimiento abstracto en virtud del cual yo renuncio a toda violencia y acepto lo que decide un individuo al que no conozco, un funcionario, aplicando unas leyes que son abstractas. Esto es un prodigio civilizatorio sin precedentes, uno de los resultados más hermosos de la civilización occidental. ¿En qué época distinta de finales del siglo XX y principios del XXI le gustaría vivir a un pobre, a un enfermo, a un niño, a una mujer, a un homosexual, a un parado, a una persona con problemas psíquicos, a un extranjero, a un disidente o a un preso?

J.A.M.- Creo que hay una ley del progreso ético de la humanidad. La ética es lo mejor que se le ha ocurrido a la inteligencia para resolver los problemas que surgen en la convivencia. Cuando la inteligencia se libera de los obstáculos, se va convergiendo hacia un modelo ético bastante bueno. Esos obstáculos son la pobreza extrema, la ignorancia, el dogmatismo, el miedo al poder y el odio al vecino. Eso nos da una especie de razón del optimismo y además un modo de actuar práctico.

La buena cultura expresa la dignidad humana y acentúa el drama de la muerte"

Javier Gomá

S.V. ¿Y la cultura? En estos meses la gente ha leído más, escuchado música, visto series... ¿Estamos ante una revalorización de la cultura como efecto de la pandemia?

J.A.M.- Cuando hablamos de esa cultura, de arte, literatura, arquitectura, cine o teatro, hablamos de una cultura cinco estrellas. Y creo que la cultura es el conjunto de soluciones transmisibles que una sociedad da a los problemas que tiene realmente planteados, como comer, vivir, relacionarse, expresarse, divertirse... Hay una parte bellísima, que es fantástica, pero es una parte de la cultura no correlaciona con la mejor ética. Una persona culta no tiene que ser una buena persona, puede ser una malísima persona. Mientras los jerarcas nazis se extasiaban con la música, no oían los quejidos de los deportados. Para mí esa cultura no tiene mucho valor en cuanto a lo que estamos hablando. Es maravillosa, pero la sensibilidad estética no mejora a las personas.

J.G.- No estoy del todo de acuerdo. En ese ejemplo de los nazis, una cosa es el consumo de la cultura por unos bárbaros y otra la cultura en sí, en este caso la música que están oyendo. La cultura casi siempre produce el sentimiento de la dignidad del humano. En prácticamente todas las grandes obras que se han producido a lo largo de la historia, uno descubre que lo humano es capaz de grandes cosas, cosas elevadas, elaboradas, buenas, potentes, incitantes, excitantes, producto excelente de la imaginación. Y sin embargo, si es buena cultura también acentúa el escándalo ante la indignidad que nos espera en la muerte. Es decir, que la cultura tiene la misión de acentuar nuestra doble condición.

Las decisiones sobre la Constitución deben recaer en ciudadanos informados que escuchen, sepan debatir y no se dejen llevar por emociones"

José Antonio Marina

S.V. Pandemia aparte, parece que hay coincidencia en que estamos atravesando un momento de crisis política y crisis social. ¿Como enfocarlas y superarlas?  Los dos habéis escrito positivamente sobre el modelo político español instaurado en la Transición. ¿Qué vigencia creéis que tiene  ahora ese modelo, que algunos han puesto en la picota con tanta energía? ¿Qué perspectivas afronta?

J.G.- Todo se puede revisar, pero puede que después de hacerlo se vea preferible mejorar lo que existe. Un perfeccionismo extremo puede llevar a revoluciones que terminan cercenando cabezas. Para mí, el enigma más grande de la vida política tiene que ver con el poder y la obediencia. ¿Por qué rayos obedece a la gente? En la época de minoría de edad, que es la época predemocrática, podías obedecer por miedo o porque la conciencia así te lo decía. En una época democrática, los ciudadanos son mayores de edad y por tanto no obedecen a nadie sino a si mismos, pero esto tiene algo de ficción, un elemento imaginativo que es más persuasivo cuando la sociedad está contenta, progresa y tiene futuro, pero que se convierte en una tesis poco convincente cuando la gente sufre. La paradoja es que, a mayor conciencia de dignidad, mayor sentimiento de descontento. Y ahora vivimos un descontento general que es inherente a la democracia y se suma al descontento circunstancial por la crisis económica, la pandemia y algunos problemas adicionales estrictamente españoles. Cuando el titular de la soberanía, que es el pueblo, no se cree esa ficción de que se está obedeciendo a sí mismo, recupera lo que se llama el poder constituyente. Y recuerda que, aunque hay un poder constituido, la Constitución, el poder reside en él, en el pueblo. Se genera una tensión entre el poder constituyente y poder constituido. Estamos en una de esas situaciones.

J.A.M.- Las constituciones aparecen como una solución a muchos problemas. La Constitución del 78 se hizo bien porque en ese momento la inteligencia política de los españoles vivía un raro momento de lucidez. Hubo una colaboración entre fuerzas muy distintas. Se establecieron soluciones muy coyunturales, que son las que habría que revisar, y soluciones que son muy estables: la democracia representativa –y no una democracia directa porque ésta nunca funcionó–; un Estado de derecho colectivo; con respeto a la propiedad y a su función social, y la inclusión de la Declaración de los Derechos Humanos en el texto constitucional. No hay ningún marco mejor. Lo discutible y revisable, porque en aquel momento era coyuntural, son otras cosas: la jefatura del Estado, que entonces se otorgó a la monarquía porque se pensó que era la mejor solución; o la distribución territorial. Se inventó la noción de nacionalidades, que era un poco absurda. El asunto está en quién revisa lo que hay que revisar. Javier dice que el poder constituyente, que es el pueblo. Pero intentar una reforma constitucional con una ciudadanía tan sumamente polarizada, tan poco informada y con tan poca educación política, eso me asusta un poco. ¿De quién me fiaría yo para que decidiera sobre la Constitución? Bueno, pues del ciudadano informado que escuche, sepa debatir y no se deje llevar por emociones. Ése es el ciudadano que debemos formar. Sobre todo ahora que algunos de los marcos estables están sometidos a una crítica muy poco racional; cuando en las democracias liberales se da la tentación de un viraje hacia la democracia autoritaria. ¿Por qué? Porque cuando hay miedo y se da a elegir entre libertad y seguridad, muchos optan por la seguridad. Las personas no eligen un partido político en vez de otro por razones. Sino que primero eligen, por motivos más bien emocionales, y luego los visten de razones. Hay un tipo de personalidad que prefiere la seguridad a la creatividad. Algunos son conservadores porque valoran más el premio que la posibilidad de castigo. Habría que conseguir que haya ciudadanos más fiables para que se encarguen de reformar todo lo que sea necesario reformar.

La humanidad oscila entre el progreso y los colapsos descivilizatorios"

José Antonio Marina

JG: Hay un malestar que convive con el progreso material y moral. Entonces existe una tendencia a retornar a la minoría de edad que trata de proyectar el malestar sobre las instituciones y les dice: ‘Haz algo por mí, solucióname la vida y edúcame, hazme feliz’. A veces surge la tentación de un determinado nacionalismo excluyente que excita el romanticismo y es impropio de una democracia. Cuando hablamos de reformar la Constitución de 1978, estoy de acuerdo con José Antonio en que hay que tener cuidado con el perfeccionismo; con un concepto tan elevado que finalmente lleve a la ruina del sistema viable. Porque todo el mundo quiere reformar, pero cada uno en un sentido. Unos querrán más centralismo y otros menos. Unos para confirmar la monarquía y otros para quitar al rey. Lo que importa no es reformar, sino que estemos todos de acuerdo y que ciudadanos ilustres con capacidad de visión de conjunto traigan esa una reforma para mejorar y no para aliviar un malestar. La mayoría nunca puede atropellar al individuo. Por tanto, hay que hacer la virguería de combinar el principio democrático de la mayoría con el respeto sagrado a lo minoritario. Si tú, por falta de refinamiento, te saltas uno de los dos principios, tenderás a la tiranía de una democracia con desprecio de la libertad individual. Eso es China. La tentación de China es la prosperidad y la seguridad, incluso de una supuesta democracia, que desprecia esa flor delicada que es la dignidad individual. Mi pronóstico es que China caerá. Porque todo el cosmopolitismo tiende hacia la dignidad de la mayoría de edad, y China es el régimen de la minoría de edad. Y llegará un momento, como ocurre normalmente en estos casos, en que se producirá un sentimiento de indignidad y de atropello de tal naturaleza que removerá todas las tiranías, incluyendo la China.

S.V. Los alborotos en grandes ciudades a raíz de la detención y encarcelamiento del rapero Pablo Hasél suscitan dos cuestiones: los límites a la libertad de expresión y la actuación frente a manifestaciones que derivan en actos de vandalismo .

J.A.M.- Respecto a la libertad de expresión, deberíamos precisar varias cosas. Todas las personas que opinan son respetables, pero las opiniones no. Un profesor de matemáticas no puede acogerse a la libertad de expresión para enseñar a los niños que dos más dos son cinco. Hay un límite interno a la opinión. Con intervención de los medios de comunicación y las redes sociales, se ha expandido la idea de que todas las opiniones son respetables y debemos escucharlas. Pues no. Deberemos oírlas o no, tal vez debamos criticarlas o prohibirlas Porque si una persona dice que los judíos son homúnculos, tendremos que frenar. Hay opiniones que no son respetables. El derecho a la expresión no es absoluto. Tenemos que desmitificar la opinión. Y lo mismo ocurre con la diversidad. Porque si incluye a muchos como Jack el Destripador, no introduce ninguna riqueza. La variedad tiene que estar sometida a evaluación. En cuanto a las manifestaciones violentas, lo que me parece más grave es que en Barcelona hayan aparecido pancartas en Barcelona diciendo ‘Nos habéis enseñado que pacíficamente no se consigue nada’. Esto nos recuerda la brutalización de la política en Europa tras la Primera Guerra Mundial, cuando empezaron a crearse fuerzas paramilitares, como los escuadrones de Mussolini y las SA de Hitler, que proponían pasar a la acción porque los sistemas democráticos no eran eficaces. Este es el problema, y no el vandalismo. Porque siempre ocurrió que a los seres humanos les gusta darse vacaciones morales; situarse fuera de la ley durante un poco de tiempo. Como los turistas que vienen a emborracharse en vacaciones.

Algunas opiniones no son respetables y deben criticarse o incluso prohibirse"

José Antonio Marina

J.G.- Yo creo que el concepto de libertad de expresión en España se entiende bien cuando se ve el momento en que se definió, en 1978. Entonces veníamos de una dictadura que imponía minoría de edad y censura. No se podía opinar como los adultos sino de manera tutelada. Con la Constitución del 78 se declaró el derecho fundamental a la libertad de expresión, que convivía con otros derechos. Pero desde el 81 la jurisprudencia del Tribunal Constitucional estableció que en caso de choque con otros derechos fundamentales, por ejemplo el de la propia imagen, prevalece la libertad de expresión. Así que hemos vivido en la idea de que esa libertad no conoce límites. Era una servidumbre de nuestro pasado franquista. Pero después hemos entrado en una época ya de madurez en la que podemos ya soslayar los legados franquistas y comprender que la libertad de expresión es un derecho fundamental que convive con otros derechos fundamentales. La pandemia nos ha enseñado que somos libres, pero si utilizamos nuestra libertad de determinada manera podemos ser cómplices de asesinato incluso de la persona que más estimamos. Ya no se trata solo de ser libres, sino de ser elegantes en el sentido de utilizar la libertad de manera social, virtuosa, inteligente. No tenemos prioridad ni libertad para todo.

J.A.M.- Yo creo que una de las enseñanzas jurídicas y políticas que deberíamos atender es la de la ponderación. Vale para cuando distintos derechos fundamentales entran en colisión. El ejemplo más clásico es el de la libertad y la seguridad. Hay que ponderar en cada momento cuál es el derecho prioritario. El Tribunal Supremo alemán ha trabajado muchísimo este concepto.

J.G.- La palabra que más repite Don Quijote cuando se describe asimismo es “comedimiento”.


S.V. ¿Hablamos, por tanto, de derechos en colisión?

J.A.M.- En varios campos. Cuando se habla de la situación en Cataluña, ¿tienen derecho los nacionalistas a querer ser independientes? Sí. ¿Tienen derecho los no nacionalistas a no querer la secesión? Sí. Y el resto de los españoles también tienen derechos adquiridos sobre el tema. ¿Son más importantes los derechos históricos de Cataluña o los derechos históricos de España? Unos y otros entran en colisión. Ahí es donde se requiere sabiduría. Se necesita la política en el sentido de los clásicos, como el arte de aplicar las normas generales a los casos particulares.

Después del pánico y cuando ganemos al virus, este año será el del estallido social”

Javier Gomá

J.G.- El problema de fondo es que desde el romanticismo hemos sido educados en una libertad absoluta y sin límites. Todo lo que nos limita, según el romanticismo, nos aliena. En consecuencia, el Estado es un gran limitador. Lo que está pendiente es una educación del ciudadano que vea la libertad como constitutiva, como una reapropiación de los límites que, como dice Goethe, nos extienden y amplían. Como el lenguaje, que nos limita pero nos saca de la barbarie. Debemos respetar unas leyes, que nos hacen civilizados. Cuando respeto la ley del amigo, al amigo que tengo por ley, no me privo de nada sino que adquiero el valioso tesoro de la amistad. Se ha definido el Estado como el lugar donde aceptas pagar impuestos. Porque hay un sentimiento de cooperación y de complicidad que admite sacrificios. El estallido social es una mezcla de una mala educación en el concepto de libertad: el que presupone que todo límite de tu libertad es alienante y empobrecedor, cuando en realidad sucede lo contrario. Si a eso le unes el malestar ambiental acentuado por determinadas circunstancias… Creo que el 2021 va a ser el año del estallido social. Porque la pandemia ha producido un dolor sin precedentes en todo Occidente. Pero aún no nos hemos hecho cargo de ese dolor por un sentimiento muy profundo que lo deja en latencia: el sentimiento del pánico. Cuando estás atrapado por el pánico porque puedes morir tú o tu madre o tu hijo, o se arruina tu negocio, todavía eres capaz de inhibir ese malestar, esa indignación y esa angustia profunda. Paradójicamente, a medida que vayamos venciendo al virus y se desvanezcan las nubes que antes nos cerraban los ojos y nos impedían ver la magnitud de los destrozos, entonces el estallido social será más grande. Para mí, lo que ha ocurrido en Barcelona tiene un elemento anárquico; de odio al poder; de mala educación en la comprensión de la libertad. También es una expresión del malestar ambiental acumulado con la crisis economía y la pandemia, así como por el asunto catalán. Pero también tiene algo de superación del pánico y de abrir los ojos a la magnitud del desastre que la pandemia ha ocasionado.