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martes, 26 de enero de 2016

Los Alienistas del Pisuerga










Este nombre comenzó como una broma en el Hospital Psiquiátrico de Valladolid.
Un grupo de psiquiatras y psicólogos cultivados, con tres cabezas pensantes sobre pensadores dentro de su contexto histórico y psicopatológico. Es una propuesta interesante, puesto que nos acerca a las bases, a las fuentes de aquellos que condujeron los primeros pensamientos acerca de la locura.
Y no hay que tener miedo de la locura. Los "locos" pueden ser muy razonantes como dice un texto compilado de este grupo. Hay razón en la locura y locura en la razón. Como decía el propio Nietzsche: "Hay una poco de amor en la locura, pero también locura en el amor".
Estas iniciativas son fundamentales para psicólogos y psiquiatras. Ir a las propias fuentes nos aporta mucho saber, un saber contrastado que está perfilado dentro de su contexto histórico.
Tengo la suerte de conocer a un compañero, Mariano San Juan, que se formó con dichos caballeros andantes-errantes y la verdad es que la formación es verdaderamente sutil, precisa y delicada. Con fidelidad y lealtad a sus majestades los primeros "alienistas" de la historia, de donde surge este nombre: "Los Alienistas del Pisuerga". Tal vez lo expliquen ellos mejor. Os dejo con un vídeo de sus orígenes:
Alienistas del Pisuerga
Fernando Colina -Melancolía y Paranoia-

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta. Para ser un buen psicólogo hay que leer otras disciplinas como las ciencias sociales y la filosofía; Hegel, Foucault, Schopenhauer, Nietzsche, Albert Camus, etc-

domingo, 31 de agosto de 2014

"Odiarse": Fernando Colina



FERNANDO COLINA/ EL NORTE DE CASTILLA 19 DE MARZO DE 2005
Muchas de nuestras definiciones del hombre tienden a ser muy sencillas. Gustan además de establecer paralelismos cabales con la naturaleza. Baste recordar aquellas tan felices que hablaban del hombre como bípedo implume, junco pensante o riente bestia.
Una muy actual consiste en definir al hombre como el único animal capaz de odiarse. Para ello tiene que contravenir las concepciones más antiguas, pues en tiempos pasados no era imaginable la existencia de ningún animal que pudiera odiarse y menos el hombre. Sin embargo, la modernidad ha cambiado mucho las cosas y en algunas materias ha invertido la perspectiva. No deja de ser curioso que ahora juzguemos también a alguien por la intrínseca enemistad con que se tutea. De muchos decimos que no se aguantan, y del más renegado y agrio de entre ellos nos atrevemos a decir que se odia, incluso llegamos sospechar que lo hace con saña. Todo parece indicar que nuestra valoración del hombre ha caído en picado, como si no pudiéramos ya respetarnos y querernos con el sentimiento que parecía más seguro y genuino del alma.
Un pagano antiguo escrutaba al hombre para juzgar sobre todo los excesos de vanidad, de orgullo o de engreimiento. Las condenas morales se dirigían antes que nada a la inmodestia, la altanería o la arrogancia. La inclinación a amarse a sí mismo era un postulado sobre la lógica humana que nadie discutía. Tan solo se dudaba de la poca resistencia que ofrecemos, que nos hace caer fácilmente en la presunción, la fatuidad o la pedantería. Cualquiera podía resultar desgraciado por infortunio o por falta de afecto de los demás, pero nunca porque su aversión y aborrecimiento apuntaran al propio corazón. Y del mismo axioma parte luego el cristiano, pues a la hora de reducir los mandamientos a dos, uno de ellos dicta que debemos amar al prójimo igual que nos amamos por dentro, dando por seguro que no hay inclinación más indomable y natural que esta que nos procuramos, a veces hasta quedarnos boquiabiertos. El alma podía sentirse sucia, culpable o despreciada, pero era difícil encontrar en su interior signos de odio o de autorresentimiento. Si el suicidio en ciertas condiciones estaba bien visto no era tanto por justificarse con una vida o una muerte dignas, como ahora se propugna, sino para no dejar de tratarse con cariño hasta el último momento.
Los modernos, en cambio, hemos descubierto que nos odiamos con una facilidad que no entraba en nuestros cálculos. Nos destruimos no por error o desesperación, sino por odio íntimo y expreso. No es tanto que nos deshagamos porque una conjura de tribulaciones nos vaya haciendo pedazos, sino porque nosotros mismos nos aplicamos con frecuente fruición un saqueo sombrío y cruel que nos arrasa. Una herida irrestañable, la del odio, sangra en cuanto nos descuidamos, y por encima de envanecernos y obligarnos a atacar a los demás, como hasta hace poco se creía, declara la guerra antes que nada al otro interior con quien compartimos casa. Y no hablo con esto de masoquismo o cosas parecidas, que no dejan de ser manifestaciones más o menos habilidosas del erotismo. Me refiero mejor y por encima de todo a los propios arbitrajes del espíritu, cuya primera decisión parece consistir en atacarse en su fuero interno.
El odio a sí mismo es anterior a todo. Representa como ninguna otra experiencia el fracaso humano, el mal, la imposibilidad. El amor, en este sentido, ni siquiera es la cura del odio, que no admite esa reparación emocional. A lo sumo es su prolongación culta. El amor es solo un descuento de odio, una tregua de placer que nos regalamos en momentos de altura de miras y generosidad.

jueves, 28 de agosto de 2014

"La falta de deseo lleva a la depresión, su exceso a la megalomanía"



La falta de deseo lleva a la depresión, su exceso a la megalomanía. Fernando Colina

La locura es un estado del ser humano que afecta a su conducta, equilibrio y defensas sociales, pero en ningún caso es una enfermedad "en sentido estricto", por lo que este tipo de pacientes tiene derecho "a ser lo que son, a estar locos", ha manifestado hoy el escritor y psiquiatra Fernando Colina.
"Uno no se cura nunca de cómo es porque nunca se libra uno de sí mismo. En el caso de la locura, más que a sanar, a lo que se tiende es a lograr que el enfermo esté estabilizado, integrado y maneje bien sus defensas", ha declarado a Efe Colina (Valladolid, 1947), que esta tarde presenta su último libro "Sobre la locura".
La psiquiatría, una ciencia que nació en el siglo XIX, "ha avanzado muchísimo" en las últimas décadas: "los grandes manicomios han desaparecido y no son tantos los casos de ingresos no voluntarios", ha añadido.
"Si bien se ha progresado en la libertad, respeto y tolerancia del enfermo, todos los avances conllevan un aspecto negativo como el exceso de diagnóstico, una necesidad de etiquetar que conlleva el riesgo de estigmatizar al paciente y de considerar al médico como un estigmatizador", ha meditado Colina, jefe de Psiquiatría del Hospital Universitario Río Hortega (HURH) de Valladolid.
La psiquiatría, ha insistido en este punto, "se está empobreciendo en los conceptos teóricos y prácticos de la enfermedad mental", como a su juicio demuestra su estancamiento respecto a la vertiente asistencial de los enfermos graves.
Esta ciencia, ha continuado, "muestra un desinterés hacia los aspectos subjetivos de la persona al llevar todo el procedimiento hacia el diagnóstico o la concepción estricta de la enfermedad", cuando en realidad "el verdadero trabajo empieza después del dictamen médico".
"Existen aspectos de la locura que no se pueden abordar porque no es una enfermedad en sentido estricto", ha resumido Colina, autor de reflexiones como "Escritos psicóticos" (1996), "El saber delirante" (2001), "Deseo sobre deseo" (2006) y "Melancolía y paranoia" (2011).

Su último libro, "Sobre la locura" (Cuatro Ediciones), es un ensayo estructurado en veinticuatro capítulos breves donde, fruto de su experiencia médica, defiende el derecho a la no intervención, el respeto a la locura y la ayuda al enfermo a valerse en la sociedad con un equilibrio entre el tratamiento médico y el conocimiento de sus circunstancias subjetivas.
Agencia EFE

miércoles, 23 de julio de 2014

Fernando Colina, entre la locura.

 
 
Son 39 años cerca de los enfermos mentales y una veintena en la dirección del Hospital Doctor Villacián -ahora servicio asumido por el Río Hortega-, toda una vida. Fernando Colina (Valladolid, 1947), psiquiatra y escritor, es un hombre tranquilo, con una serenidad que además comparte.
-En tantos años... ¿está más trastornada la sociedad actual?
-En las patologías menores, como depresión o ansiedad, hay más casos o, al menos, más diagnósticos. Antes, estos temas se asumían mejor, dentro de una cierta normalidad, y con el médico de cabecera, profesionales más cercanos... se resolvían y además la tolerancia a la tristeza era mayor. En la patología grave no creo que haya habido un incremento, el psiquiátrico tenía 700 enfermos ingresados y ahora apenas quedan pacientes.
-Usted siempre ha defendido la denostada palabra loco.
-Creo que en el fondo, loco causa menos estigma que otros términos. La locura tiene mejores fronteras con la normalidad. Es más coloquial, pero ahora está desgastada. Yo ya he conocido seis o siete términos abandonados. Débil mental, oligofrenia, imbecilidad, idiocia... son palabras que se piensa que hieren, se gastan sobre una realidad.
-Pasa horas con los enfermos en sus peores momentos. ¿Se puede convivir bien con ellos?
-Perfectamente. Son pacíficos y sensatos, en general. La violencia es muy escasa y puntual. Son inteligentes y llenos de sabiduría.
-¿Se pueden curar?
-Nosotros decimos que se estabilizan. El psicótico puede integrarse en la ciudad, incluso sin tratamiento. Hay grados infinitos de la enfermedad.
-¿Nacen o se hacen?
-El huevo o la gallina. No se sabe si la causa es orgánica o psicológica y social. Hay dos tendencias psiquiátricas, una somática y otra más dinámica y social, psíquica.
-¿Y cuál es la suya?
-La psicológica. Las enfermedades psiquiátricas han sido siempre enfermedades morales... que el cuerpo está ahí, está claro, pero hay que entender al que tienes delante.
-Doctor Colina, ¿está usted loco?
-Yo sí, claro. Mi locura es intentar ser normal.
-¿Sigue en su despacho el muñeco con la cuna, el casco y el cartel de salida de emergencia en la ventana?
-Claro. El casco es de guardia urbano, blanco, de los de antes. Es que donde hay locura tiene que haber cierta autoridad.
-Aquí llegan todos obligados.
-La Unidad de Rehabilitación es abierta y pueden salir, en la de agudos, unos sí y otros no. Hay ingresos voluntarios y otros obligados por procedimiento jurídico, pero el forense realmente está para vigilar a los médicos, para que no nos pasemos.
         El Norte de Castila