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Paz y Ciencia
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viernes, 30 de diciembre de 2022

HEGEL

“La multitud ha perdido la virtud pública, yace tirada bajo la opresión, y necesita ahora de otros sostenes, de otros consuelos, para resarcirse de una miseria que no puede osar disminuir. Solamente un pueblo en estado avanzado de corrupción, de profunda debilidad moral, es capaz de convertir la obediencia ciega a los caprichos malvados de hombres abyectos en máxima moral para sí”. 

Georg Wilhelm Friedrich Hegel /1794

martes, 31 de agosto de 2021

Lacan: El deseo es el deseo del otro

 


Rodrigo Córdoba Sanz Psicólogo Clínico Zaragoza Gran Vía Y Online.                  Teléfono: 653 379 269 Website: www.rcordobasanz.es                  Instagram: @psicoletrazaragoza

A diferencia de la necesidad, el deseo no puede ser satisfecho.

La distinción que Lacan hace entre necesidad y deseo sustrae totalmente a este del ámbito de la biología.

También es importante diferenciar el deseo de las pulsiones: el deseo es uno, las pulsiones son muchas. Es decir, las pulsiones son manifestaciones particulares (y parciales) de una fuerza única, el deseo.

De hecho, habría un solo objeto de deseo, el objeto a, que es representado por objetos parciales en diferentes pulsiones parciales. Pero el objeto a no es el objeto hacia el que tiende el deseo, sino la causa misma del deseo. El deseo no es una relación con un objeto, sino la relación con una falta.

El sentido de la fórmula lacaniana “El deseo humano es el deseo del Otro” (una de las más famosas) tiene varios sentidos, no necesariamente opuestos entre sí.

Por una parte, el deseo es esencialmente “deseo del deseo del Otro”, deseo de ser objeto del deseo de otro (y deseo de reconocimiento por parte de otro).

Por otra parte, el sujeto desea en tanto Otro; o sea, desea desde el punto de vista de otro. Lo que hace que un objeto sea deseable no es que posea alguna cualidad intrínseca, sino el que sea deseado por otro.

Ambas definiciones se relacionan: el deseo humano es deseo de reconocimiento porque, al desear lo que desea otro, puedo hacer que el otro reconozca mi derecho a poseer ese objeto y, así, que el otro reconozca mi superioridad sobre él.

El deseo es deseo del Otro, también, en el sentido de que el deseo fundamental es el incestuoso con respecto a la madre, el Otro primordial.

El deseo es siempre “deseo de alguna otra cosa”, ya que es imposible desear lo que ya se tiene. Por lo tanto, el objeto de deseo es pospuesto continuamente, es una metonimia.

El deseo surge, originalmente, en el campo del Otro; es decir, en el inconsciente. Esto equivale a decir que el deseo es un producto social; se constituye en una relación (dialéctica) con los deseos percibidos de otros sujetos.

sábado, 27 de marzo de 2021

Karl Marx y Friedrich Engels

 

KARL MARX

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta. N° Col.: A-1324  Zaragoza.  Teléfono: 653 379 269.                                  Página Web: www.rcordobasanz.es


FRIEDRICH ENGELS


Sus tiempos fueron tiempos de revoluciones por explotar, de proclamas y duelos, de panfletos, de pólvora, poetas, luchadores y duelos a pistola. De reuniones secretas, reyes, príncipes y anarquistas. Él los potenció. Les puso su firma, Karl Marx, y los tiñó de comunismo, de discusión, de trabajo, de represalias hacia todo aquel que decidiera oponérsele, pues como dijo muy entrado el Siglo XIX, “La historia de la humanidad es la historia de las represalias”. Pasados los años, los siglos, y a la luz de la Historia, Marx fue demonio y ángel, el gran culpable del comunismo y sus excesos, un vidente que presagiaría lo que ocurriría en el Siglo XX, y el hombre más tergiversado de los últimos siglos. Marx fue pluma, idea y revueltas, y fue guerra, aunque jamás hubiera hecho parte de un ejército y su relación con las armas apenas se limitara a aceptar un desafío a duelo de un estudiante de los Borussia Korp en Colonia.

Aquella vez, el disparo de su enemigo le rozó un ojo. Su padre, hijo y nieto de rabinos, le envió una carta en la que le preguntaba, “¿Acaso el duelo está tan íntimamente ligado a la filosofía? No permitas que esta inclinación, y si no es inclinación, esta locura, arraigue”. Marx acababa de cumplir 18 años. Estudiaba derecho. Sus pasiones eran leer, estudiar, volver a leer, escribir y pelear. Peleaba con todo aquel que se encontrara. A fin de cuentas, por aquellos años, y toda su vida, la más alta de las dignidades del ser humano, decía, era luchar. En 1880, un periodista del The New York Sun llamado John Swinton le preguntó en Ramsgate por la suprema ley de la vida. Swinton escribió que “Parecía como si por un momento su mente diera marcha atrás mientras contemplaba bramar el mar ante él. ‘¿Qué es?’, había preguntado yo, a lo que en un tono profundo y solemne, replicó ‘Lucha’”.

Puede leer: Karl Marx: Darle valor a lo humano

Sus luchas eran de tono intelectual, en tono físico, con cualquiera y consigo mismo. En la Universidad de Berlín encontró a Hegel y se maravilló con sus tesis y antítesis, de las cuales Marx crearía su ‘materialismo histórico’. Sin embargo, en algún oscuro texto decía que las palabras de Hegel eran una especie de “encadenamiento caótico y diabólico”.  Por momentos, se apartó de Hegel y de los cientos de hegelianos de la universidad, y se dedicó a escribir poesías líricas, “difusas e incipientes expresiones de los sentimientos, nada naturales, construido todo con cosas insustanciales, oposición absoluta entre lo que es y lo que debería ser, reflexiones retóricas en lugar de pensamientos poéticos”, y por momentos, rompió en pedacitos sus poemas y se concentró en hacer resúmenes de todas y cada una de sus lecturas: Tácito, Ovidio, Aristóteles, Francis Bacon. Entre Hegel, Bacon y Aristóteles, quedaba él, siempre él, con sus infinitas angustias.

Él y sus luchas, él y su curiosidad, él y sus letras, él y sus conflictos. Él, convencido de que sólo escribiendo podría encontrar una solución a su vida, y por ende, a la vida de los demás. Él, empezando a comprender que nada humano le podía ser ajeno. Él, enclaustrado, convencido de que “la abundancia de buenos amigos no conduce a hacer mejor filosofía”. Él, firmante de una novela que tituló Escorpión y Félix, “un torrente absurdo de fantasías y chanzas que, evidentemente, había escrito bajo el hechizo de Tristram Shandy, de Sterne”, como decía Francis Wheen en su biografía “Karl Marx”. Él, suscriptor de sus propias palabras en su propia novela: “Todo gigante… presupone un enano; todo genio, un ignorante retrógrado; y toda tormenta en el mar, el barro, y tan pronto como el primero desaparece, comienza el segundo, se sienta a la mesa, despatarrando arrogantemente sus largas piernas”.

Marx sería el gigante, el genio, y en su camino quedarían muchos diminutos ignorantes, a quienes desafiaría a duelos intelectuales. Desde Berlín, retornó a Colonia, y allí empezó a escribir para un periódico recién fundado, la Rheinische Zeitung. Su primer artículo había sido publicado meses antes, en febrero de 1842, en los Deutsche Jahrbücher, una gacetilla de los jóvenes hegelianos de Dresde, y trataba sobre las últimas instrucciones de censura dictaminadas por el rey de la entonces Prusia, Federico Guillermo IV. El texto fue censurado, y el periódico de sus amigos, cerrado. Marx ya no era el muchacho lírico y poético de sus años adolescentes. Aunque con Hegel había entendido algo de teoría, cada vez estaba más seguro de que “ha de llegar el día en que la filosofía no solo internamente, por su contenido, sino también externamente, por su forma, se ponga en contacto y actúe recíprocamente con el mundo real de su tiempo”.

La libertad no podía ser un adorno ni una teoría, sino algo real. Marx no sólo se había filosofado para comprender; él pretendía filosofar para transformar. En Colonia hizo parte del Círculo de Colonia, donde hablaba, debatía, convencía y lideraba, como lo había hecho en Berlín en el Club de Doctores. Su nombre se propagaba por toda Prusia, hasta el punto de que un muchacho que ni siquiera lo conocía, llamado Friedrich Engels, y quien prestaba servicio militar, escribía de él: “¿Quién llega a continuación con salvaje ímpetu? Un individuo moreno de Tréveris, un verdadero monstruo. Ni brinca ni salta, pero se mueve a saltos y brincos. Despotricando en voz alta. Como si para agarrar y tirar hacia La Tierra la espaciosa tienda de lo alto de los cielos, abriese sus brazos en dirección del firmamento. Agita su malvado puño, despotrica con aire frenético, como si diez mil demonios lo sostuvieran por los cabellos”.

Puede leer: De la literatura, el lenguaje y el marxismo

Marx era moreno. Le decían y le dijeron hasta su muerte ‘Moro’. “Era un poderoso hombre de 24 años, cuyo espeso pelo negro le salía de sus mejillas, brazos, nariz y orejas. Era dominante, impetuoso, apasionado, lleno de una ilimitada confianza en sí mismo”, decía de él un empresario de Colonia, Gustav Mevissen. Se olvidaba a menudo de las pequeñas cosas. Cantaba. Recitaba. Su casa, sus casas, fueron un desordenado compendio de papeles, libros, cigarros, fotografías. Un periodista de apellido Heinzen recordaba la vez que fue a visitarlo. “Tan pronto llegué, cerró las puertas, escondió las llaves y se burló de mí, diciendo que era su prisionero. Me pidió que subiera con él a su estudio. Cuando llegamos, me sentó en el sofá para ver lo que este maravilloso excéntrico era capaz de hacer. Inmediatamente se olvidó de que yo estaba allí, se sentó a horcajadas en una silla con la cabeza inclinada sobre el respaldo y comenzó a declamar ‘Pobre teniente, pobre teniente’”.

El teniente había sido introducido a la filosofía de Hegel por Marx. Por eso Marx cantaba. Por eso Marx se sentía feliz, dentro de su idea de felicidad que era luchar. Creía que de uno en uno podrían cambiarse todos. De lo que se trataba era de transformarlos, siempre, y transformarlos convenciéndolos. No obstante, para convencerlos tenía que enfrentarse a los intereses políticos, económicos y sociales de los burgueses y los nobles, que empezaron a verlo como a un enemigo. Lo buscaron y lo persiguieron, hasta lograr que se fuera. En 1843 Marx viajó a París. Allí fundó una revista, los Jahrbücher, con algunos dédalos que había ahorrado y otros que le enviaron algunos amigos de Colonia. El primer número fue el último, pero pasó a la historia porque Marx le solicitó al poeta Heinrich Heine que le escribiera unas líneas. Había conocido sus versos desde niño, y desde entonces no había hecho más que reverenciarlo. “Los poetas -decía- eran bichos raros a los que hay que dejar hacer lo que gusten. No se les debe juzgar con el mismo rasero que a los hombres ordinarios o extraordinarios”.

La revista de Marx y de Heine fue cerrada. En Prusia se expidió orden de captura contra ellos si llegaban a cruzar la frontera. Sus textos, en especial los de Heine sobre el rey Luis de Baviera, eran una incitación a la alta traición, una falta de respeto, decía el gobierno. Sin periódico, sin dinero, recién casado con la aristócrata Jenny Von Westphalen, Marx se volvió a enclaustrar para leer y escribir. De su encierro saldrían unas 500 páginas que con el tiempo se conocerían como los Manuscritos de París. Se iniciaban con una terminante declaración: “El salario está determinado por la lucha abierta entre capitalista y obrero. Necesariamente triunfa el capitalista. El capitalista puede vivir más tiempo sin el obrero, que éste sin el capitalista”. Continuaba diciendo que “se ha ido arrebatando al obrero una cantidad creciente de su producción, ya que su propio trabajo se le enfrenta en medida creciente como propiedad ajena, y los medios de su existencia y de su actividad se concentran cada vez más en manos del capitalista”.

Al obrero le quitaban su trabajo. Lo enajenaban, y para Marx, esta no era una condición esencial del ser humano. La enajenación hacía que el hombre, el obrero, sólo se sintiera humano en sus funciones más animales, comer, beber y procrear, mientras que en sus funciones humanas apenas fuera un animal. La solución, anunciaba, sólo estaba en el comunismo. “Es la solución a la adivinanza de la historia, y sabe que es la solución”. En París, Marx conoció a Engels. Se habían cruzado una vez en Colonia, pero aquella vez sostuvieron un diálogo lejano y frío. Cuando se volvieron a ver, agosto de 1844, charlaron en el café de La Régence, donde años atrás se veían Voltaire y Diderot, y luego se recluyeron en la casa de Marx de la rue Vanneau, donde conversaron durante diez días. Engels tomó de Marx, y Marx tomó de Engels. Entre los dos crearon una infinita sociedad de cómplices y pensadores, en la que no importaban el dinero y lo material, y mucho menos lo moral. Importaban las ideas, la lucha, y plasmarlas en un papel.

Juntos, eran una contradicción. Engels era alto, rubio, fino, aristócrata, heredero de una fortuna. Marx era bajo, robusto, con rasgos físicos de lucha, frente amplia, heredero de rabinos. En 1845, los dos viajaron a Inglaterra para conocer a los “cartistas”, el primer movimiento obrero de la historia. En su viaje, elaboraron distintas teorías, discutieron, y luego de haber sacrificado a Dios, a Hegel, a Feuerbach, como escribió Wheen, “estaban listos para desvelar sus propias ideas sobre la teoría práctica o la práctica teórica, lo que se suele conocer como materialismo histórico”. Conocieron la Liga de los justos, la primera asociación obrera de alemanes, y fueron invitados como miembros fundadores al Comité de Correspondencia de Bruselas, de donde surgieron luego todos los partidos comunistas del mundo. Uno a uno, fueron tachando a los sensibleros del comité, a los que pensaban que el amor lo solucionaría todo. Ellos sólo creían en la razón y en la lucha. El amor es una enfermedad, decían.

Con los meses, Marx logró cambiar el slogan del Comité. Cambió el que decía “Todos los hombres son iguales”, por “¡Proletarios de todos los países, uníos!”, y en 1847 fue llamado para que escribiera el manifiesto de su asociación, que no era partido y que más bien parecía ser una Liga Comunista. El manifiesto del partido comunista fue escrito a comienzos de 1848. La primera edición salió el 24 de febrero de 1848, impresa en los talleres tipográficos de la Asociación Educativa de los Trabajadores Alemanes de Londres. La primera traducción fue publicada en el periódico Red Republican, en 1850. Decía “Un temible duende recorre Europa…”, pero fue cambiada luego por “Un fantasma”, en la traducción de Samuel Moore de 1888. El texto continuaba con “El duende del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para cazar a este duende: el papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los policías alemanes”.

Luego de la Liga, del Manifiesto, de ir y volver, Marx y Engels crearon la Internacional de Obreros. Engels vivía en Manchester y trabajaba para la fábrica de algodón de su familia. Marx, en Londres, aquejado de enfermedades hepáticas, escribiendo, luchando, viviendo con su esposa y sus hijas, Laura, Eleanor y Jenny, y padeciendo a las decenas de acreedores que lo acosaban. O mejor, espantándolos. Pero, sobre todo, le daba forma a su gran obra, El Capital. Entre tanto y tanto, las revoluciones, o los estallidos revolucionarios, fueron multiplicándose por Europa, y Karl Marx empezó a ser considerado por las derechas, sus periódicos, y la gente que no era comunista, como el maligno genio detrás de cada revuelta. Lo espiaban, lo perseguían, escribían cualquier cantidad de cosas sobre él, lo calumniaban, le dejaban insultantes notas bajo la puerta de su casa, e incluso algunos diarios, The World y Lávenir Libéral, lo dieron por muerto. Él escribía.

Hasta que el 16 de agosto de 1867 entregó El Capital, luego de haber incumplido cientos de plazos, y de haber dicho que sabía, muy bien sabía, que El Capital ni siquiera le daría para pagar los cigarros y cerillas que se había gastado escribiéndolo. Su gran obra empezaba a circular. Su legado empezaba a taladrar, lenta pero profundamente. Como dijo un tal Vladimir Ilich Ullianov en el entierro de Laura Marx, “Las ideas del padre de Laura se pondrán en práctica antes de lo que nadie puede suponer”.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Alienación

El término "alienación", sinónimo de enajenación, procede de Hegel, y fue puesto en uso por Karl Marx en sus primeros escritos de 1844. ¿Qué quiere decir exactamente alienación?
Etimológicamente alienación proviene de un vocablo latino, alienus, que significa lo ajeno, lo extraño a uno, lo que no es de uno. Hegel y Marx traducen el término alienación de dos formas, como Entfremdung, es decir, extrañación, y como Entäuserung, esto es, como desapropiación. Una persona está alienada cuando es de manera distinta, ajena, extraña a como debiera ser.
Lo que caracteriza a la alienación es el hecho, pues, doble de hacer de ese hombre que está alienado un hombre distinto, alguien que no es el que es, porque no hace lo que le es propio. Por otra parte, también que ese hacer es forzoso, impuesto, e impuesto, pues, desde fuera de sí mismo. Las formas de imposición son muy varias y, como es lógico, históricamente cambiantes.
:: Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta.
:: Tfno. Citaciones: 653 379 269
:: Zaragoza: C/ Lacarra de Miguel 27. 2C (Antes General Sueiro)

miércoles, 2 de marzo de 2016

Hegel

La filosofía se volvió realmente complicada con Hegel. Su método dialéctico produjo el más grandioso sistema metafísico que ha conocido el hombre. El propio Hegel admitió que sólo hay un hombre que me entiende y, en realidad, tampoco él.
El sistema de Hegel abarca absolutamente todo, pero si elemento nuclear es la dialéctica de la crisis, antítesis y síntesis. El método se originó en ambición hegeliana de superar las deficiencias de la lógica, y ascendió hasta el Espíritu como realidad última. Su visión de la Historia como un proceso de autodesarrollo de la Humanidad, por último, inspiró a Marx el materialismo dialéctico.

martes, 7 de octubre de 2014

Fenomenología del espíritu: Hegel


Acerca del diverso rol y posición de la “Fenomenología del espíritu” en la metafísica de Hegel

La obra que se denomina brevemente "Fenomenología del espíritu", de Hegel, apareció en el año 1807 bajo el título "Sistema de la ciencia. Primer tomo. La fenomenología del espíritu". E1 verdadero cuerpo de la obra se inicia con una reflexión, que al reaparecer en la edición de Obras completas[i] apenas abarca trece páginas, siendo dotada aquí expresamente del título "Introducción" (WW II, 59-72).[ii] Con ciertas reservas podríamos denominar a esta reflexión "Introducción", aunque este título falte en la primera edición. Ya en ésta se antepone un extenso Prefacio (WW II,3-58), que comprende cuarenta y una páginas. Después del Prefacio y antes de la "Introducción" se encuentra en algunos ejemplares de la primera edición[iii] una portada para toda la obra con el título "Ciencia de la experiencia de la conciencia". Durante la impresión Hegel reemplazó este título por el siguiente: "Ciencia de la fenomenología del espíritu". En la edición completa de sus obras, iniciada inmediatamente después de su muerte por sus discípulos, esta obra apareció en 1832 bajo el título de "Fenomenología del espíritu". (Este título es ya empleado por Hegel mismo en la Introducción de la "Lógica" 1812, p. X[iv]). El artículo determinado y determinante "la" es dejado fuera. Puesto que poco tiempo antes de su muerte había comenzado a revisar esta obra, puede suponerse que esta modificación del título, y de modo semejante la interpolación del título "Introducción", se remonta a él mismo.
La modificación del título tiene su razón de peso. La "Fenomenología del espíritu" debía perder el "rol" de "primera parte" del sistema, porque entre tanto el "sistema" mismo en el pensamiento de Hegel se había transformado. Para el "Sistema de la ciencia", cuya primera parte la constituía la "Ciencia de la fenomenología del espíritu", estaba prevista una segunda parte, según un anuncio redactado por el mismo Hegel y aparecido el 28 de octubre de 1807 en el Jenaer Allgemeinen Literaturzeitung: "Un segundo tomo contendrá el sistema de la Lógica como filosofía especulativa, y de las restantes dos partes de la filosofía, las Ciencias de la naturaleza y del espíritu".[v]
De hecho, la anunciada Lógica "especulativa" comenzó a aparecer cinco años más tarde y precisamente bajo el título de "Ciencia de la lógica". Este título corresponde al de la "primera parte" del "Sistema de la ciencia" de 1807: "Ciencia de la fenomenología del espíritu". Sólo que la "Ciencia de la lógica" en 1812 ya no aparece bajo el título abarcador "Sistema de la ciencia". Tampoco ya es editada, correspondiendo al propio anuncio de 1807, como el "segundo tomo" o la "segunda parte" del sistema. En los años 1812 y 1813 aparece el primer tomo de la Lógica en dos libros, en los que está contenida la "Lógica objetiva"; en 1816 aparece el segundo tomo, que concluye la obra con la "Lógica subjetiva" o la "Teoría del concepto". Las "Ciencias de la naturaleza y del espíritu", también previstas en el propio anuncio de 1807 para la segunda parte del "sistema", no aparecen para nada. Sabemos, por cierto, que Hegel durante su actividad académica en Jena (1801-1806) expuso varias veces detenidamente la Filosofía de la naturaleza y del espíritu.[vi] Fragmentos de esos cursos ingresaron en la "Fenomenología del espíritu", aunque con una función modificada. Por lo tanto, la publicación de las "Ciencias de la naturaleza y del espíritu" en la segunda parte del sistema de 1807 no se lleva a cabo, no porque Hegel no hubiera elaborado estos ámbitos sino por otra razón esencial.
En la época entre 1807 y 1812 el "sistema", cuya segunda parte íntegra la "Fenomenología del espíritu", tiene que haberse modificado. Denominamos abreviadamente al sistema determinado a partir de la "Fenomenología del espíritu", "sistema-Fenomenología". Un año después del acabamiento de la "Lógica", que había aparecido por sí misma entre 1812 y 1816, sin asignación expresa a un sistema como parte propia del mismo, Hegel publicó en el año 1817 una obra con el título "Enciclopedia de las ciencias filosóficas en compendio. Para empleo en los cursos [del Dr. Georg Friedrich Wilhelm Hegel]".[vii]
Hegel comenzó su actividad docente en el semestre de invierno 1816/17 en Heidelberg con el curso sobre la "Enciclopedia". La casi simultáneapublicación de la "Enciclopedia" tiene sin duda su "motivación próxima" en la "necesidad" de poner en manos de los "oyentes un hilo conductor".[viii]Pero la razón interna de la publicación es la transformación del sistema en la forma que Hegel consideró definitiva y también mantuvo como tal. En el Prefacio a la "Enciclopedia" se dice asimismo: "En un compendio viene sin embargo entonces a consideración más bien sólo una conveniencia externade disposición y organización, cuando hay un contenido ya presupuesto y conocido, que debe ser expuesto en una intencionada brevedad. En tanto la actual presentación no está en este caso, sino que expone una nueva elaboración de la filosofía según un método, el cual, como espero, será aún reconocido como el único verdadero, idéntico al contenido, entonces habría podido tener a la misma con respecto al público por más ventajosa, si las circunstancias me hubieran permitido hacer preceder un más detallado trabajo sobre las otras partes de la filosofía, semejante al que sobre la primera parte del todo, la Lógicahe entregado al público".[ix]
De estas observaciones se hace claro algo decisivo:
1. La "Enciclopedia" no es en el fondo un libro escolar, sino la forma del sistema nuevo y definitivo. Lo denominamos abreviadamente "sistema-Enciclopedia".
2. Para este sistema se reivindica ahora la "Lógica" como su primera parte y ya no la "Ciencia de la fenomenología del espíritu".
3. Hegel en el Prefacio a la "Enciclopedia" hace expresa referencia a la "Ciencia de la lógica" concluida el año anterior, la que con ello recibe hacia fuera una posición equívocaPareció primero ser aún la segunda parte del sistema-Fenomenología y es en su aparecer, en verdad, ya la primera y fundamental parte del nuevo sistema-Enciclopedia.
4. Hegel ya no menciona en el Prefacio a la "Enciclopedia" la "Fenomenología del espíritu"; pues ahora no sólo ya no es la primera parte del sistema, sino que ya no es más de ningún modo una parte principal de éste.
Que al aparecer la "Lógica" en 1812, cinco años después de la "Fenomenología", el "sistema-Fenomenología" ha sido ya abandonado, se deja suponer por la falta del título general "sistema de la ciencia" y la falta de caracterización como "segunda" parte. De la "Propedéutica filosófica", que Karl Rosenkrenz editó en el tomo XVIII de las obras en 1840,[x] es posible saber que ya en la época entre 1808 y 1811 constaba el sistema-Enciclopedia. Además de ello la división hecha por Hegel del material de enseñanza de la "Propedéutica filosófica", que expuso como Profesor en el Gimnasio de Nürnberg, descubre muy claramente la preeminencia del sistema-Enciclopedia:

Primer cursus: Clase inferior: Teoría del Derecho, de los Deberes y de la Religión.
Segundo cursus: Clase media: Fenomenología del espíritu y Lógica.
Tercer cursus: Clase superior: Teoría de los conceptos y Enciclopedia filosófica.[xi]

Aquí hasta aparece el verdadero acabamiento de la Lógica como inicio y base del sistema-Enciclopedia. Pero ahora en este sistema la Fenomenología del espíritu no está borrada. Es asumida en el sistema-Enciclopedia con una función modificada. Este tiene tres partes:

A. La Ciencia de la lógica.
B. La Filosofía de la naturaleza.
C. La Filosofía del espíritu.

Esta tercera parte está nuevamente articulada de modo triple:

1ª. parte: El Espíritu subjetivo.
2ª. parte: E1 Espíritu objetivo.
3ª. parte: El Espíritu absoluto.

La 1ª. parte de la tercera parte principal del sistema, la Filosofía del espíritu subjetivo, está de nuevo dispuesta en una triple articulación:

A. El alma.
B. La conciencia.
C. El espíritu.[xii]

En el # 307 introductorio a la 1ª. parte de la tercera parte principal del sistema se dice: "el espíritu subjetivo (es)
a) el inmediato, el espíritu de la naturalezaobjeto de la habitualmente denominada Antropología o el alma;
b) el espíritu como reflexión idéntica en sí y en otro, relación o particularización; -concienciael objeto de la Fenomenología del espíritu;
c) el espíritu que es para sío como sujeto; - el objeto de la antes así denominada Psicología-En el alma despierta la concienciala conciencia se pone como razóny la razón subjetiva se libera a través de su actividad hacia la objetividad".[xiii] Esta triple diferenciación del espíritu subjetivo, es históricamente dilucidable a través de la diferenciación de anima, animus sive mens y ratio.
Ahora la "Fenomenología del espíritu" se convierte en la pieza central de la primera parte de la tercera parte principal del sistema. En lugar de sostener y determinar como antes, en calidad de primera parte, la sistemática del sistema, desaparece ahora la "Fenomenología" en medio de la sistemática del sistema definitivo, en un ángulo del mismo. La "Fenomenología del espíritu" permanece la misma en su contenido de enseñanza, pero tiene otra función sistemática y muy restringida en el nuevo sistema.
Hegel terminó de construir en su contenido el sistema-Enciclopedia en los años siguientes. Con respecto a la primera forma de 1817, la así llamada Enciclopedia de Heidelberg, la segunda edición de 1827 es esencialmente más voluminosa, y la tercera de 1830 está aún más ampliada. En la segunda edición recogió la alocución que dirigiera a sus oyentes el 22 de octubre de 1818 al inaugurarse su actividad docente en Berlín. La frase finalde esta alocución caracteriza la postura fundamental del sistema-Enciclopedia y con ello de la metafísica hegeliana en general: "La esencia primero oculta y cerrada del universo no tiene fuerza alguna en sí que pudiera prestar resistencia al ánimo de conocimiento, tiene que abrirse a él y poner ante sus ojos y dar a disfrutar su riqueza y profundidades".[xiv]
El sistema-Enciclopedia muestra en su construcción un decidido retroceso a la estructura fundamental de la metafísica vigente. A la metaphysica generalis corresponde la posición de preferencia de la "Ciencia de la lógica". A la conclusión de la metaphysica specialis (a la verdadera metafísica en el sentido de Kant), es decir, a la theologia rationalis corresponde la Filosofía del espíritu absoluto. A la kosmologia rationalis corresponde la Filosofía de la naturaleza y a la psychologia rationalis la Filosofía del espíritu subjetivo y objetivo. Por cierto esta estructura tradicional se ha mantenido también en el sistema-Fenomenología, pero sólo para la segunda parte del sistema.
El cambio del sistema-Fenomenología al sistema-Enciclopedia está, en todo caso, con tales referencias sólo exteriormente caracterizado. La pregunta por la necesidad interna de tal cambio y por su significado metafísico, la pregunta por la oculta igualdad de derechos y por la solidaridad de ambos sistemas en la metafísica de Hegel, las preguntas por la esencia y el despliegue del carácter sistemático, que distingue en general a la metafísica moderna como tal, todas estas preguntas exigen una reflexión, que se encuentra fuera del horizonte de la investigación "historiográfica" de Hegel. Pero la dilucidación ahora intentada de la "Fenomenología del espíritu" quisiera, en el circuito de tales reflexiones, presignificar y con ello indicar que esta metafísica ahora y en el futuro nos respecta tan inmediatamente como la más antigua sentencia del pensamiento occidental.
Cuando Hegel en la conclusión del mencionado discurso dice del "universum", y esto es, para él, a la vez, del absoluto, que no tiene en sí fuerza alguna de resistencia, de afirmar su esencia cerrada, ante el ánimo explorador del conocimiento metafísico, surge entonces la pregunta de por qué le falta al absoluto esta fuerza de resistencia. La respuesta reza: porque el absoluto según su esencia no puede resistirse a la exploración, sino por el contrario sequiere manifestar. Esta voluntad de mostrarse es su esencia. E1 aparecer es la voluntad esencial del espíritu. Desde la mirada a esa voluntad esencial del absoluto está pronunciada aquella frase de Hegel. Esta determinación esencial del absoluto es entonces el supuesto del sistema-Enciclopedia. ¿Pero qué ocurre con este supuesto mismo? ¿Puede el sistema elevar la pretensión de ser absoluto cuando reposa en un supuesto, que él mismo no fundamenta y a saber absolutamente? Hegel ha desarrollado de hecho la fundamentación de esta esencia del absoluto y denunciado este desarrollo en la "Ciencia de la fenomenología del espíritu". Si el absoluto quiere manifestarse, porque él mismo es voluntad de manifestación, entonces tiene que pertenecer a la esencia del absoluto el manifestarse, es decir, el aparecer. Esencia y aparecer son aquí idénticos. El absoluto es espíritu. El espíritu es lo que se sabe a sí mismo y en tal saber, saber de sí mismo que se quiere, como fundamento esencial de todo ente. El espíritu es el saber absoluto. Mas como a su esencia pertenece el aparecer, el saber absoluto tiene que presentarse (darstellen) como saber que aparece. Sólo así el saber absoluto concede a partir de sí al ánimo del conocimiento humano la posibilidad de estar abierto para este conocimiento y en general en lo conocido de este conocer. Viceversa el conocer humano tiene, en tanto sabe el absoluto, antes que todo llevar a ejecución (Ausführung) el presentarse del saber que aparece. Pero esta ejecución del presentarse del absoluto que aparece sólo puede ser ella misma absoluta, si debe adecuarse al absolutoPor su parte la ciencia tiene que llevar este absoluto presentarse a absoluta ejecución. Si la "Fenomenología del espíritu" es esta ejecución, entonces la obra con este título ha osado una tarea metafísica como antes nunca necesitó ser planteada ni posteriormente nunca más podía serlo. Por ello esta "obra" es un instante único y en un particular sentido destacado de la historia de la metafísica. Y mentamos con la "obra" no la producción pensante del hombre Hegel, sino la "obra" como acaecimiento de una historia, en medio de la cual y para la cual se exige a toda realización (Vollbringen) humana una propia estabilidad y determinación (la instancia del ser-ahí).
Hegel supo a su manera de la singularidad de la tarea de la "Fenomenología del espíritu" y no se engañó acerca de la esencial dificultad. De lo contrario no hubiera anticipado a esta obra una "Introducción" de especial contenido y a esta "Introducción" nuevamente un "Prefacio", que no tiene símil en la historia del pensamiento occidental.
"Prefacios" e "introducciones" deben sin embargo, si de algún modo deben algo, introducir a la obra, ofrecer a los que "están afuera" el tránsito a su ingreso. En las "introducciones" a obras de las ciencias esta tarea puede ser cumplida sin dificultades, porque el representar diario y el pensar científico permanecen en una actitud dirigida directamente al ente. Una "introducción" al pensamiento filosófico es imposible; pues aquí no hay ningún continuo e improvisado deslizarse del pensar diario al pensar pensante, porque éste trata acerca del ser y el ser nunca ni en ninguna parte es hallable bajo el ente como un ente. Aquí sólo se da el salto y el ingreso. Una "introducción" aquí sólo puede servir para preparar el salto, llevar al campo visual la zanja que tiene que ser salvada entre el relacionarse con el ente y el pensar del ser, y a no tomar demasiado brevemente la acometida al salto. (¿Por qué es esto posible? La comprensión de ser prefilosófica). Pero toda introducción "a" "la filosofía" tiene sin embargo que entenderse con los que no-están-en ello y aventurarse a su horizonte de comprensión. De este modo la "introducción" procede siempre y necesariamente contra su propia intención.
A pesar de ello, no necesita ser vana, como preparación del salto al pensar que piensa el ser del ente. Ahora bien, en la metafísica de Hegel -y en la metafísica del idealismo alemán en general- se trata no sólo de pensar el ser, sino que aquí se hace necesario pensar absolutamente al ente en su sercomo lo absoluto, de manera absolutaAquí se exige un salto que tiene que salvarse nuevamente a sí mismo: el salto absoluto al absoluto. La presentación de la "Fenomenología del espíritu" osa realizar este salto.
Desde estas observaciones se hace claro que nuestro intento de dilucidar lo que es la "Fenomenología del espíritu" permanece cuestionable en todo respecto. ¿Cómo hemos de proceder cuando además no suponemos ahora el conocimiento de la obra misma ni el del "Prefacio" y la "Introducción"? Reivindicamos la ayuda que Hegel mismo ofreció con la "Introducción" a su obra. En todo caso tenemos que asegurar antes estas pocas hojas como lo que por fin tienen que ser reconocidas y concebidas. Ellas son, a saber, la explicación del título, que está ante toda la obra y que reza: "Ciencia de la experiencia de la conciencia". Ahora bien, Hegel durante la impresión suprimió justamente este título. Permaneció sólo en algunos ejemplares de la primera edición (1807). En lugar del título suprimido pone la versión definitiva: "Ciencia de la fenomenología del espíritu". En la edición de la "Fenomenología" dentro de las Obras completas (1832), que es la mayormente utilizada, falta el título suprimido, de tal modo que la "Introducción" referida a él queda sin indicación expresa de la relación en la que habla. Frente al pujante "Prefacio", la "Introducción" aparece además insignificante, de modo que en el mejor de los casos se toma de ella a veces uno que otro pasaje como "citas" -y son siempre las mismas mal entendidas-. La "Introducción" explica, por qué la "Ciencia de la experiencia de la conciencia" es necesaria y qué es ella misma en razón de su necesidad. Mantengamos cerca el segundo título "Ciencia de la fenomenología del espíritu", entonces veremos enseguida, aunque primero sólo formalmente, esto: La "Fenomenología del espíritu" es "la experiencia de la conciencia". Dilucidar la "Fenomenología del espíritu" significa según ello: exponer sobre la base de la "Introducción" lo que Hegel piensa cuando habla aquí, a saber, en el ámbito de la metafísica absoluta y la "especulación", de "la experiencia"; significa exponer cómo se entiende lo que se denomina "la experiencia de la conciencia"; significa exponer en qué sentido tiene que ser pensada la "Ciencia de la experiencia de la conciencia" (comp. Infra: III, # 3). Para que alcancemos claridad aquí, se requiere antes una dilucidación de lo que dice el título "conciencia" en la metafísica moderna.
"Conciencia" es el nombre no del todo claro por conscientia, es decir, para el saber que consabe todos los modos de conducirse del hombre, en tanto están referidos a la mens, al "espíritu". El "espíritu" se expresa a sí mismo como mismo, en tanto dice "yo". En tanto la conciencia como consaber de lo sabido y de su saber "es" la referencia a sí mismo, es autoconcienciaLa esencia de la conciencia es la autoconciencia; todo cogito es un ego cogito me cogitare. También el videre y ambulare es un cogitare, en tanto sólo son verdaderos, es decir, son en certeza, en el modo del cogitatum en el cogito me videre, cogito me ambulare. Por ello Descartes dice en # 9 de la primera parte de los Principia philosophieae (1646): Cogitationes nomine, intelligo fila omnia, quae nobis consciis in nobis fiunt, quatenus eorum in nobis conscientia est.[xv] "Bajo el nombre ‘pensamiento’ (‘conciencia’) entiendo todo aquello que en nosotros, quienes nos consabemos, acaece y a saber acaece en tanto de todo aquello en nosotros hay una conciencia".*
La conciencia no es mera perceptio, re-presentar asidor, sino apperceptio, un pre-sentar-nos que nos comprende. Pero el sí mismo de este modo co-representado no se mueve según la esencia posteriormente, fuera de lo ya sabido, ni en la conciencia, que de lo contrario permanece dirigida de inmediato a las cosas. La autoconciencia no es una conciencia enriquecida en su contenido sólo por la representación del sí mismo, sino que la conciencia de las cosas es esencialmente y propiamente autoconciencia, aunque en la mayoría de los casos una tal que no representa expresamente al sí mismo y así en cierta manera lo olvida. El sí mismo en la autoconciencia es sobre todo un aspecto de la relación de la conciencia con lo sabido y es simultáneamente y propiamente toda esta relación misma. Esta relación contiene la constitución esencial de la conciencia. Hegel la denomina "reflexión", pero no entiende este título psicológicamente como proceder, sino ontológicamente como la relación estructural de la flexión esencial y del reflejo de todo lo conciente como tal y con ello de la conciencia en el sí mismo. Entiende la "reflexión" no como retrodirección de la miradasino como retroflexión del brillar y aparecer, es decir, de la luz misma. (La "reflexión" -comp. ya Kant en la "Anfibolía de los conceptos de la reflexión"- está pensada metafísica ontológicamente, no subjetiva-psicológicamente). (La unidad esencial de "reflexión" y negatividad; la conciencia es el espíritu como reflexión idéntica en sí y otro).
Porque la conciencia es en esencia autoconciencia y tiene que ser concebida a partir del sí mismo, pero el sí mismo sale de sí al objeto y saliendo de este modo se muestra y aparece, la conciencia como autoconciencia es el saber que apareceLa conciencia, tomada en su esencia, es así elelemento y el éter del aparecer del saber, que es él mismo sólo como saberse, es decir, como mens sive animus, es decir, espíritu.
Que el hombre es sí mismo y puede decir "yo" y sabe de sí mismo y tiene una "autoconciencia", fue siempre conocida para el pensamiento occidental. Heráclito dice (Frag.101): ¤diz®samhn ¤meÇuton[xvi] "Yo -siguiendo al mí mismo- he obedecido a su interior". Pero estos "monólogos" del alma en el mundo griego y en el cristianismo -también los "soliloquios" de Agustín- son radicalmente diferentes de la "conciencia", que como autoconciencia, es decir, autocerteza, determina la esencia de la verdad modernamente concebida, es decir, objetividad y realidad. Hegel dice en su curso sobre la Historia de la filosofía moderna, después de haber tratado a Francis Bacon y Jakob Böhme: "Llegamos propiamente recién ahora a la filosofía del mundo moderno, y comenzamos ésta con Cartesius. Con él ingresamos propiamente a una filosofía independiente, la que sabe que procede independientemente de la razón y que la autoconciencia es momento esencial de lo verdadero. Aquí, podemos decir, estamos en casa y podemos, como el navegante después de un largo viaje por un mar impetuoso, gritar ‘¡tierra!’; Cartesius es uno de los hombres que comenzaron todo de nuevo; y con él se eleva la formación, el pensar del nuevo tiempo".[xvii] "En este nuevo período el principio es el pensar, el pensar que sale de sí".[xviii]
En nuestro lenguaje podemos decir también: La con-ciencia* es ahora la esencia del ser de todo ente. Todo ser es objetividad de la "conciencia". La metafísica moderna es lo que es en el elemento de la conciencia. Si por ello Hegel tituló por un momento esta obra, en la que se acaba la metafísica moderna: "Ciencia de la experiencia de la conciencia", entonces no podemos dejar pasar la claridad de este momento, sino que tenemos que intentar aclarar la obra desde ella. No se ha de eludir esta necesidad, sobre todo porque a pesar de la nueva desaparición del mencionado título, por doquier en el curso de la obra en pasajes decisivos se habla de la "experiencia". Preguntamos por lo tanto: ¿qué significa aquí, en el ámbito de la metafísica absoluta y de su especulación incondicionada, "experiencia"? ¿Qué significa "experiencia de la conciencia"?
La dilucidación del título "Ciencia de la experiencia de la conciencia" en base a la Introducción, evidentemente no puede en la presente oportunidad ser realizada como debiera a través de una interpretación formal, continua del texto introductorio. Una vista general y un rápido examen de la construcción de la "Introducción" debe bastar como recurso. La "Introducción" consiste en dieciséis parágrafos (1-16), que nosotros articulamos en cinco capítulos (I-V). Sean aquí dilucidados sólo los primeros cuatro capítulos (1-15).