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Paz y Ciencia
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domingo, 4 de octubre de 2020

Caricias

 


“El amor todo lo vence.”

 PUBLIO VIRGILIO MARÓN

 

 

Leo Buscaglia, en su bello libro “Amor. Ser persona” afirma: “A pesar de que el niño no conoce ni comprende la dinámica sutil del amor, siente desde muy temprano una gran necesidad de amar y la falta de amor puede afectar a su crecimiento y desarrollo e incluso provocarle la muerte”. También hoy sabemos que la falta de amor es la causa principal de una buena parte de las enfermedades psicológicas que no paran de ir en aumento en Occidente: desde la angustia, pasando por la depresión, hasta la neurosis e incluso la psicosis nacen, en mayor o menor medida, de esta carencia. Sin el trato amable, no se satisface una necesidad fundamental que nos permite seguir sintiéndonos bien, experimentar la alegría, desarrollarnos: sin amor es más difícil crecer.

Pero yendo más allá, las ideas que Claude Steiner refleja en su libro “Los guiones que vivimos” apuntan a direcciones muy interesantes: “las caricias son imprescindibles para sobrevivir”, concluye este especialista; si no las recibimos, se pone en marcha un mecanismo de supervivencia instintivo que nos lleva a demandarlas —a menudo de manera inconsciente— a cualquier precio. Bajo esta premisa, estamos dispuestos incluso a recibir caricias negativas antes que no recibir ninguna caricia, o parafraseando a Faulkner, preferimos el dolor a la nada, la bofetada a la ignorancia, la pena al vacío, el desprecio a la indiferencia, el grito a la apatía. Es a partir de este mecanismo que se pueden comprender determinados comportamientos humanos, que van desde el masoquismo hasta la rebelión gratuita. Por ejemplo, el niño que se rebela reiteradamente y sin motivo objetivo aparente quizás lo que hace es buscar con desesperación la atención de unos padres ausentes. Quizás el pequeño, con su comportamiento agresivo, rebelde, transgresor hace una llamada exasperada a la atención de sus padres para que éstos le marquen un límite o aún mejor, para que estén por él de verdad.

Cuando es positiva, sincera y deseada, la caricia transforma. En el juego amoroso y en la lujuria desatadanos transporta al movimiento, al ardor, al entrelazamiento, al clímax y a la relajación dichosa. En la ternura, nos conmueve y emociona. En la amistad, el abrazo nos une y nos hace cómplices. Incluso la paz y la buena voluntad se manifiestan en el encuentro de dos manos que se enlazan firmemente en el tacto de la caricia. También en el dolor y durante el duelo, el mimo y el abrazo del ser amado hacen soportable la pérdida porque apuntalan el alma herida.

Las caricias abren además la puerta a la conciencia de nuestro cuerpo. ¿Conocemos los matices y el infinito espectro de sensaciones que pueden despertar las caricias del ser amado? ¿Conocemos en detalle la piel de nuestra pareja, del ser querido o deseado con el que nos sumergimos en contacto íntimo? Más bien no. En general, conocemos poco nuestro cuerpo y aún menos el del ser amado. Le dedicamos poco tiempo y atención. En él existe un universo que jamás acabaremos de explorar, porque el tiempo además aporta nuevas dimensiones y sensaciones que matizan y amplían continuamente la experiencia de reconocimiento del cuerpo de la persona amada.

Frente a la comunicación a distancia y a la sobresaturación de estímulos, disponemos de un recurso sumamente económico pero altamente valioso: caricias y tacto; contacto y ternura. Muestras de afecto en el cuerpo a cuerpo en lugar de tanto teléfono móvil, internet, televisión y demás media. Quizás hoy, buena parte de los problemas de salud psicológica y física que estamos viviendo, en una sociedad cada vez más estresada y bulímica, son gritos desesperados de nuestros cuerpos que llevados por una inteligencia arcaica, esencial y profunda reclaman ver satisfecha su necesidad de encuentro íntimo con el otro. Una intimidad que no es solo o necesariamente encuentro sexual, sino que es, ante todo, necesidad de encuentro sincero, de amor. ¿Y si en lugar de atiborrarnos diariamente de banalidades, historias ajenas o pasatiempos de escaso valor emocional e intelectual nos sumergiéramos en los matices de la caricia con aquellos a quienes deseamos expresar nuestro afecto? Sin duda, el mal humor, la depresión, la angustia e incluso la tristeza descenderían drásticamente. “Haz el amor y no la guerra”, rezaba el eslogan pacifista, y no estaría de más retomarlo hoy.

Porque acariciarnos estimula las endorfinas, aquellas hormonas naturales que segregamos y que nos hacen más soportable el dolor amén de aportarnos una profunda sensación de bienestar. Además, sabemos que en caso de crecer y vivir en ausencia de caricias, de contactos afectuosos, de abrazos, nuestros cerebros tenderán a tolerar poco el estrés, la ansiedad y el dolor. Porque cuando hablamos de caricias estamos hablando de algo más que de una cuestión de puro tacto, calor, o sensaciones. Es el significado que acompaña a la caricia, el mensaje de atención y cuidado, el deseo de abrir la puerta al placer, lo que hace que el vello se erice, que el escalofrío surja y que la emoción se despliegue. El tacto acompañado de ternura y afecto, transmite mensajes que requieren mil palabras para ser descodificados. Una caricia puede llegar a ser el único medio para expresar lo innombrable. Su mensaje es sutil y profundo a la vez. Porque la caricia ya habla incluso antes de manifestarse. Está ya presente en su intención. Como lo expresó Mario Benedetti cuando escribió: “Como aventura y enigma/ la caricia empieza antes/ de convertirse en caricia”.

Luego, la invitación a la que llegamos es simple: podemos incluir en el espectro de nuestro lenguaje, con nuestros afectos, el gesto amable, próximo, conciliador y tierno de las caricias. Podemos elegir incluir en nuestro alfabeto comunicativo y en nuestra dieta emocional una saludable dosis de ternura a través de la piel para construir nuestra Buena Vida y la de los que nos rodean. ¿Cómo realizarlo, entonces? ¿Cómo podemos comunicarnos mejor con aquellos a los que amamos? La respuesta, tal cual, está en nuestras manos.

Álex Rovira

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Zaragoza

Teléfono: +34 653 379 269

Instagram: @psicoletrazaragoza

Página Web: www.rcordibasanz.es

martes, 25 de agosto de 2020

Claude Steiner

 


El psicólogo Claude Steiner, protagonista del Congreso Internacional de Inteligencia Emocional y Bienestar, defiende la importancia de identificar y controlar las emociones para obtener efectos positivos de ellas. Anima a las personas a acariciarse, con el tacto y con las palabras, y a expresar sus sentimientos sin miedo para ser felices.

Steiner cree que los hombres todavía tienen que aprender a decir “te quiero”
Claude Steiner nació en Francia, pero su familia es de origen austriaco, estudió en Estados Unidos y vivió durante mucho tiempo en México.  Visitó Zaragoza para participar en el Congreso Internacional de Inteligencia Emocional y Bienestar, en el que cientos de expertos procedentes de todo el mundo han trabajado en la búsqueda de la felicidad.

Considerado uno de los padres del análisis transaccional y de la psiquiatría radical, Steiner ha estudiado en profundidad la relación entre la información racional y las emociones, y cómo éstas influyen en la vida de las personas. En sus conferencias, es capaz de conseguir que el público intercambie “caricias” en forma de halagos.

Pregunta.- ¿Qué es la inteligencia emocional?

Respuesta.- La inteligencia emocional está basada en la capacidad de entender nuestras propias emociones y las de otros. Eso significa no sólo identificar qué emoción sentimos en cada momento -rabia, amor, tristeza, miedo, alegría-, sino además conocer su intensidad y su causa, porque las emociones no son caprichosas, siempre tienen una razón. Una vez capaces de entender las emociones propias y también las ajenas a través de la empatía, es importante aprender a controlarlas de forma que tengan efectos positivos, incluso si son emociones negativas, para que nos beneficien no solo a nosotros mismos sino también a las personas a nuestro alrededor.

P.- Llevemos ese concepto a la práctica. En España, uno de los problemas sociales más importantes actualmente es la elevada tasa de paro. ¿Cómo podría un desempleado controlar sus emociones de rabia y desesperación para sacar algo positivo?

R.- Cualquier persona desempleada atraviesa un proceso tremendamente doloroso, sobre todo si lleva mucho tiempo sin trabajo y llega a pensar que ya nunca lo encontrará. Estas emociones pueden aliviarse en parte pero son muy reales y es posible que no desaparezcan. Uno puede sentirse mejor al reunirse con otras personas que tienen el mismo problema. Puede compartir con otros desempleados la rabia hacia el Gobierno, la tristeza de no poder mantener a su familia o el miedo de no volver a trabajar. Estas emociones se pueden comunicar para que no sean tan pesadas, pero a fin de cuentas son reales y no se pueden evitar.

Caricias y nuevas tecnologías

P.- Usted propone que todas las personas vivimos en un estado continuo de hambre de caricias. ¿Puede ocurrir que los mensajes de móvil y las redes sociales acaben sustituyendo a las caricias reales y recurramos a ese tipo de comunicación para saciar ese apetito de estímulos?

R.- El apetito de caricias es igual que el de comida, lo tenemos y no lo podemos cambiar. Si no comes, vas a morir de hambre. Si no tienes bastantes caricias, te vas a deprimir e incluso puedes morir de depresión. Las caricias son tan necesarias como la comida y la bebida. Qué va a pasar con toda la gente que esta sustituyendo caricias reales por virtuales es una pregunta importante y no sé la respuesta. Da miedo. Si no aprendes a comunicarte personalmente, cuando llegue el momento de casarte o tener hijos, no sabrás como manejar relaciones reales en lugar de virtuales. Porque virtualmente no puedes estar casado ni tener niños. Podemos anticipar problemas debidos a este cambio, aunque no sé cuáles serán.

P.- Igual que tenemos hambre de caricias, dice usted que tenemos hambre de información. ¿Deberíamos marcarnos algunos límites para no consumir toda la que hay disponible hoy en día?

R.- Está claro que uno necesita aprender a filtrar la información de Internet porque existe tal cantidad que podríamos pasarnos toda la vida viendo videos de Youtube y nunca terminaríamos de verlos todos. Además hay que tener cuidado, porque incluso yo he descubierto que algunas de las cosas que Wikipedia dice sobre mí no son ciertas. Aunque la verdad es que es imposible corregir todo lo que pueda haber mal, y ni siquiera es necesario.

Emociones universales

P.- Desde su experiencia como psicoterapeuta en países diversos, ¿cree que las emociones son diferentes según el lugar en el que viva cada persona?

R.- Las emociones son universales. Todo el mundo tiene emociones y son las mismas, pero es cierto que ciertas culturas enfatizan unas sobre otras. Hay países donde la gente es más amorosa, otros donde la gente tiene miedo, donde la gente odia… Son preferencias que pasan de generación en generación. Pero las emociones son las mismas. Otra cosa es la forma de expresarlas, y eso sí que puede variar mucho.

P.- En sus libros define a las mujeres como eternas guardianas de las emociones. En el siglo XXI, ¿los hombres ya dicen “te quiero”?

R.- Más que antes pero no tanto como deberían. El problema clásico entre hombres y mujeres es que ellas dan amor y ellos lo reciben, pero a la inversa no es tan fácil. Así que todavía queda mucho camino por recorrer, pero estamos en ello.

P.- Cuando hablamos de educación emocional, ¿nos referimos a algo que se puede enseñar en el colegio?

R.- Los maestros pueden tener mucha influencia, en el sentido de que pueden enfatizar las emociones que tienen los niños y animarles a expresarlas. El problema es que si en casa reciben la educación contraria, no sirve de nada. Por eso hay que educar emocionalmente a los niños, pero también a los adultos.

P.- ¿Cómo ve el futuro de la inteligencia emocional?

R.- Cada vez hay un entorno más acogedor para permitir a las personas que expresen sus emociones, aunque sean difíciles, como la tristeza, el miedo o el amor, que también es una emoción muy difícil de expresar. Se va incrementando la facilidad y el permiso que damos a las personas para compartir emociones; estos es un síntoma muy positivo y creo que seguiremos por este camino.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Zaragoza

Psicoterapeuta. N° Col.: A-1324

Teléfono: 653 379 269

Instagram: @psicoletrazaragoza

Página Web: www.rcordobasanz.es

jueves, 12 de enero de 2017

Caricias y Análisis Transaccional



El Análisis Transaccional es heterodoxo y todavía depende mucho de Eric Berne.
Claude Steiner, en Los guiones que vivimos, completa la obra de manera muy creativa, tratando de ir más hayá que Berne.
Steiner fue uno de esos pocos  pensadores de esta rama que se alimentaron de Laing, Szasz, Cooper y el espíritu de su época.
Un ejemplo de su trabajo es "La ley de economía de caricias" (1971). Éste principio es deudor de Reich y Marcuse, es la necesidad de control social para salvaguardar la ordenación sexual existente. Según Steiner una de las formas de control sería el razonamiento de las caricias que pasan así a convertirse en un objetivo a conseguir. Los temas de su interés son la indefensión del Niño ante los mandatos del guión. Por tanto estamos hablando de una perspectiva intrapsíquica, familiar y social.
Los fundamentos que van asomando en la obra de Berne son: alienación, poder, alfabetismo emocional, el énfasis en el Padre Cerdo (ahora llamado enemigo), etc.
Su obra está impregnada de la Psiquiatría Radical y la Psicología Humanista. En estos últimos años Steiner ha estado muy interesado en el análisis de fenómenos que observa en su ámbito social. Su enfoque toma otro interés, más cercano a lo social y no tanto clínico. Una concepción del ser humano que era, al mismo tiempo intrapsíquica y social. Cimientos de la Psicología Social.
En realidad los conceptos de juego psicológico y guión pueden enriquecerse desde la perspectiva de la identidad y representaciones sociales o de los procesos de categorización, y éstos pueden encontrar en aquéllos unos referentes de explicación funcional de la conducta humana de fácil utilización.
Todos, sabiéndolo o no, representamos un papel, vivimos de acuerdo con un guión (script). Casi siempre, este guión nos es impuesto y arranca de decisiones tomadas en la infancia: es un guión -nuestro guión vital- que a veces puede conducir a la depresión, el alcoholismo, la infelicidad e incluso el suicidio. O, sentir una insatisfacción vital permanente, una peculiar impotencia.
Ese es el caso de quienes se sienten incapaces de mantener una relación amorosa con otras personas. O el caso de seguir el guión de "Mamá": preocupada de todos menos de ella misma. O el caso que representa a "Gran Papá": un ser exageradamente responsable, regente absoluto de su familia y que siempre "lo sabe todo".
Los guiones de vida son patrones de actuación que nos impiden vivir una existencia libre y propia.
Su mensaje central es de la máxima importancia: no es demasiado tarde para salir de nuestra propia trampa y recomenzar una existencia de auténtica libertad y plenitud.