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Paz y Ciencia

sábado, 5 de diciembre de 2009

Salvador Dalí desde el psicoanálisis




"En el juego, y sólo en él, pueden el niño o el adulto crear y usar toda la personalidad, y el individuo descubre su persona sólo cuando se muestra creador." Winnicott

"[...]la única diferencia entre un loco y yo es el hecho de que yo no estoy loco!" Dalí


Además de la pajarita de papel hay otro objeto todavía en el cuadro daliniano de mi infancia: una muleta, que descubrí en el granero de nuestros amigos los Pichot. Al ver aquel instrumento por primera vez, lo elegí como mascota. Su extraña funcionalidad me sedujo y los materiales que la componían me atrajeron a ella. Me gustaba el trapo sucio que recubría la horquilla que sirve de soporte para la axila. Esta muleta encarnó para mí la autoridad, el misterio y la magia, y me confirió una verdadera voluntad de poder. Me parecía que con ella iba a conocer la voluptuosidad de nuevos caprichos. La muleta ocupa todavía hoy en mi obra, en mi mitología, un lugar particular. Todo daliniano debería poseer su muleta personal como una varita mágica. Dalí.




Quizá haya llegado el momento en que la imaginación esté próxima a volver a ejercer los derechos que le corresponden. [...] SURREALISMO, sustantivo, masculino. Automatismo psíquico puro, por cuyo medio se intenta expresar [...] el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral [...] EL surrealismo se basa en la creencia de la realidad superior de ciertas formas de asociación desdeñadas hasta la aparición del mismo, [en la omnipotencia del sueño], y en el libre ejercicio del pensamiento. Breton


EL MÉTODO PARANOICO-CRÍTICO:
"Actividad paranoico-crítica: método espontáneo de conocimiento irracional basado en la asociación interpretativa-crítica de los fenómenos delirantes". Dalí.




Uno de los mecanismos de defensa más frecuentes en la paranoia es la proyección, por la que los propios pensamientos y miedos, con frecuencia inconscientes, son atribuidos a alguien o algo distinto de uno mismo. Es en virtud de la proyección que la realidad interior se ve como realidad exterior. El paranoico vive en un mundo poblado por sus propios fantasmas, creando una realidad llena de significado simbólico, que refleja sus delirios. La paranoia es la enfermedad mental más "racional", dado que su delirio consiste en una explicación intrincada y muy lógica del mundo en torno a la clave de una idea obsesiva. Las explicaciones de causa y efecto del paranoico son tan sólidas que un observador poco avezado podría fácilmente tomarlas por válidas. Ana Iribas Rudín.


Dalí entró en contacto con Lacan y con Freud, dicen que la perspectiva de Dalí influyó en la obra de Lacan "De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad", en 1932.

Dalí se convirtió en un freudiano acérrimo desde que, en sus tiempos de estudiante en Madrid leyera "La Interpretación de los sueños", "uno de los descubrimientos capitales de mi vida", diría Dalí. Tras muchos esfuerzos infructuosos de Dalí por ver a Freud en Viena, Stefan Zweig medió finalmente y los presentó en el exilio londinense del analista, el 19 de julio de 1938, un año antes de la muerte de Freud. El catalán le mostró su Metamorfosis de Narciso (1937) y, durante el encuentro, dibujó un retrato sintético del analista y se lo entregó a Zweig para que se lo enseñara a Freud, Zweig no lo hizo porque parecía presagiar su muerte...
Dalí recordó las palabras del psicoanalista: "En las pinturas clásicas, busco lo inconsciente; en una pintura surrealista, lo consciente".
Dos días después del encuentro de Freud con Dalí, el primero escribió: "hasta entonces, los surrealistas, que al parecer, me han elegido como su santo patrón, me parecían unos locos al ciento por ciento (o mejor dicho, como el alcohol, al noventa y cinco por ciento). Este joven español, con sus cándidos ojos de fanático y su innegable maestría técnica, me ha incitado a reconsiderar mi opinión". Sin embargo en la carta apostilló: "Sin embargo se trata de serios problemas psicológicos".





FUENTE: "A Psychoanalytical view of Salvador Dalí". Ana Iribas Rudín

viernes, 4 de diciembre de 2009

Las madres y sus hijos

Winnicott plantea que el hecho de ser madre es entrar en un repliegue parecido a una enfermedad esquizoide. La madre está pensando en su hijo, las fantasías de cómo será, a quién se parecerá y todo lo relacionado con la representación imaginaria de ese infans contribuyen a que se geste a través de la memoria, de la imaginación, de la fantasía y de la dedicación. Es bien sabido que un hijo hace feliz a los padres pero si la madre es primeriza es la angustia el factor predominante, el desconcierto y la sorpresa.
Al nacer el infans, según Winnicott se da una fusión en la que la madre-medio-ambiente brinda la posibilidad de instalarse con el bebé en una única estructura, ya que "eso que llaman infans no existe". Primero se dará el primer sorbo de leche que le ayudará a entrar en las relaciones objetales, relaciones humanas, relaciones en ese momento con objetos parciales, con el pecho. En función de la salud de la madre esos momentos serán más o menos tranquilos para la pareja madre-hijo.
El proceso que muestra Winnicott es de la creatividad, el que la madre esté allí para ir desilusionando al bebé porque el no crea el mundo sino que la madre le tiene que ayudar a crear lo dado, facilitando lo que hay en el mundo la madre progresivamente debe mostrar la realidad externa a su hijo que se irá desilusionando porque ese pecho no es creación suya. En ese momento tendrá sentimientos de preocupación y culpa por haber atacado al pecho y en torno a los 4 meses empezará a ver a la madre como un objeto total donde se han proyectado sentimientos hostiles y amorosos, dice Winnicott siguiendo a Klein.
La madre se identificará con su hijo y ese grado de empatía y de replegamiento como enfermedad normal llevará meses después del parto. La madre tendrá la fantasía de estar completa y la belleza está en que sólo ella sabrá la mejor manera de atender a su bebé si está sana. La experiencia de la maternidad es transformadora y juntos aprenderán a descubrir universos, el bebé el mundo externo y la madre el mundo interno del bebé. En ese camino de transacciones recorrerá la madre la experiencia de ser una madre suficientemente buena, que no es más que una madre devota común y corriente.

El comienzo de una psicoterapia


El comienzo de una psicoterapia va más allá de los síntomas, el final también trasciende a la presencia o no de molestias. La fuente de atención reside en la transferencia. En cómo se vincula el consultante con el terapeuta. Qué punto de vista tiene del tratamiento, qué fantasías, qué objetivos. Tomadas las primeras notas se abre la perspectiva de facilitar confianza y constancia. Para ello hay que olvidar la psicopatología para tratar de entrar, con permiso de su dueño, al mundo interno del consultante. Éste se podrá resistir, ya que abre una herida narcisista el reconocer un problema personal, de la índole que sea. El terapeuta no debe asumir la posición superyoica o persecutoria que tiene que ver con “recordar” la patología asociada a la persona.
La psicoterapia psicoanalítica es un proceso vivencial, que se entiende mientras se está en las coordenadas del tratamiento, con una persona que trata de entender e ir desbrozando el camino que se dirige a conocer, explorar y aportar luz a los puntos ciegos y los potenciales de salud del consultante.
Por esta razón hay que olvidar mucho de lo que se recomienda oficialmente:
- Primero: los diagnósticos. En psicoterapia los rótulos no sirven porque la persona tiene una estructura dinámica, permítanme abrir la paradoja.
- Segundo: los consejos. La persona que consulta puede en un primer tiempo requerir de consejos que le saquen de la posición de indefensión, duda y angustia. Los consejos son fuegos de artificio que no sirven para fortalecer el yo de la persona consultante si no crecen de sus propios recursos, esto es, de su reflexión y trabajo personal en la psicoterapia. Se trata de conectar los módulos emocionales con los intelectuales. De explorar y darse cuenta, de “arribar a la consciencia”.
- Tercero: al principio las fuentes de conflicto son las referentes al encuadre, al “setting”, al marco terapéutico. También a los miedos asociados a iniciar un tratamiento, el terror a cambiar, el deseo de hacerlo o la necesidad pensada de que esto sirva para algo. Por tales motivos son punto de urgencia de las primeras sesiones. Bien distinto es el analizando conocedor del mundo psi que acude para una psicoterapia, en estas excepciones el trabajo previo está realizado en la formación de la persona y en su voluntad. Esto último no hace desaparecer las resistencias. “Durante la cura psicoanalítica, se denomina resistencia a todo aquello que, en los actos y palabras del analizado, se opone al acceso de éste a su inconsciente”. LAPLANCHE Y PONTALIS, Diccionario de Psicoanálisis, Editorial Labor, p. 384
- Cuarto: Al comienzo y durante todo el tratamiento el terapeuta debe proveer un medio ambiente suficientemente bueno para poder pensar sin ser juzgado, para poder reflexionar sin ser etiquetado y para poder aceptar y reconocer las fuentes de conflicto.
- Quinto: El terapeuta debe conocer el lenguaje del paciente y hablarle sin grandes artificios, sin refugiarse en la intelectualidad de la técnica o de la teoría, debe hablar claro y sencillo empleándose al nivel que pueda entender el paciente. Lo contrario responde a problemas contratransferenciales y a la adhesión a grupos herméticos de pensamiento.
- Sexto: El paciente es el único que sabe lo que le pasa pero no lo puede ver, el terapeuta es un asistente que trata de brindarle el pase para que haga el insight. Esta es la razón de las intervenciones como el señalamiento, el resumen, la clarificación o la interpretación.
- Séptimo: Intervenir en el momento y nivel que la temperatura de la sesión y el clima de la psicoterapia indica. Las interpretaciones inteligentes o a destiempo pueden ser vividas como violentas.
- Octavo: El terapeuta debe tener una vida rica y sana, formarse de manera continua y teniendo una red de apoyo para drenar las angustias que produce el trabajo. El terapeuta es un ser humano que tiene corazón y puede sufrir.
- Noveno: El objetivo del tratamiento va variando a medida que transcurre el tratamiento pero siempre debe estar acordado con el paciente de forma que se mantenga la reciprocidad, la mutualidad y haya un feedback necesario.
- Décimo: El objetivo de una primera consulta es que haya una segunda, para ello el terapeuta debe brindar un espacio propicio e informar en qué consistirán las variables fijas del tratamiento a la persona que solicita ayuda. La atmósfera debe transcurrir invitando a la curiosidad.

Por tanto confianza, constancia y curiosidad son las tres Cs que articulan un tratamiento en sus inicios. Cada sujeto es singular y no existen recetas psicológicas o librescas para ayudar a una persona, la ayuda se realiza en la relación ENTRE el terapeuta y el consultante.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Krishnamurti: ¿Qué significa amar a otro?

Qué significa amar a otro

¿Saben ustedes lo que significa amar a otro? ¿Alguna vez han amado a alguien? El amor, ¿es dependencia, es deseo, es placer? Yo no amo a mi esposa, ella no me ama. Somos dos individuos separados. Podemos encontrarnos sexualmente; en lo demás, seguimos nuestros propios caminos particulares. ¿Comprenden, señores? ¿Existe el amor en este país? No pregunten: “¿Acaso existe en Europa?” Cuando quien les habla está en Europa, trata este tema allá. Pero como nosotros nos encontramos en este país, en esta parte del mundo, estamos hablando de eso aquí. ¿Hay amor en este país? ¿Aman ustedes a alguien? ¿Puede el amor coexistir con el miedo, o cuando cada uno está tratando de llegar a ser esto o aquello? ¿Puede haber amor cuando yo deseo convertirme en un santo y ella no, o ella quiere llegar a ser una santa y yo no lo soy? ¿Puede haber amor cuando cada uno está queriendo ‘llegar a ser’ alguna cosa? Por favor, entiendan todo esto; es la vida de ustedes. Cuando cada uno está deseando ‘llegar a ser’ alguna cosa, ¿cómo puede haber amor? ¿Es posible amar a alguien sin desear nada del otro, ni emocionalmente, ni físicamente, de ningún modo? ¿Es posible amar a la esposa sin requerir nada de ella? Ella puede sentir afecto por mí porque me necesita, porque tal vez sea yo quien trae el dinero a la casa; no estoy hablando de eso. Pero internamente, el amor no puede existir cuando hay apego. Si estamos apegados a nuestro gurú, no hay amor en nuestro corazón.

Esto es muy, pero que muy serio. Sin amor no existe una acción correcta. Hablamos de acción, desarrollamos muchas clases de trabajo social. Pero cuando hay amor en nuestro corazón, en nuestros ojos, en nuestra sangre, en nuestro rostro, somos un ser humano diferente. Cualquier cosa que hagamos entonces, tiene belleza, tiene gracia, es una acción correcta. Todo esto puede ser un conjunto de excelentes palabras que ustedes escuchan, pero ¿tienen esta cualidad que no puede ser cultivada ni practicada? Uno no puede comprarla a su gurú, no puede comprarla en ninguna parte. No obstante, sin esa cualidad somos seres humanos muertos. ¿Qué harán, pues? Por favor, formúlense esta pregunta, descubran por sí mismos por qué no existe esta llama, por qué se han convertido ustedes en semejantes mendigos. A menos que pongamos la propia casa en orden, nuestra casa ?que somos cada uno de nosotros- no habrá orden en el mundo. Podremos meditar por el resto de nuestras vidas, pero sin eso nuestra meditación no tiene significado alguno. Así que, por favor, esta pregunta se les formula con el mayor respeto. ¿Cuál es la respuesta de ustedes?

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Él ha dejado de amarte

Él ha dejado de amarte
tú, deshecha te refugias en tus sueños
vives en ese fantaseo intentando proyectar en la realidad lo que deseas
por tanto vives una suerte de ensueño donde las sombras quedan en el exterior
y él sigue su camino, camino que no converge, camino separado
tú, dañada, estás esperando que algo cambie pero eso no puede pasar,
mientras te planteas la posibilidad de verlo desde un punto de vista objetivo
tu corazón se estruja y rompe en mil pedazos porque todo lo que tenías en relación a ese hombre se queda en tu memoria, en tu deseo y en tu necesidad.

Los Lazos del amor. Psicoanálisis, feminismo y el problema de la dominación. Carmina Serrano

Los lazos del amor. Psicoanálisis, feminismo, y el problema de la dominación
Publicado en la revista nº012
Autor: Serrano, Carmina

Libro: Los lazos del Amor. Psicoanalisis, feminismo y el problema de la dominación , de Benjamin, J. (1988). Paidós: Psicología profunda (1996)



Introducción

En este libro, Jessica Benjamin trata de comprender cómo se desarrolla en el ser humano la dominación y su contrario, el sometimiento. Considera que la dominación y el sometimiento forman parte de un sistema de ida y vuelta que involucra tanto a los que ejercen el poder como a los que se someten a él. Hace una crítica al pensamiento psicoanalítico sobre la autoridad. Lo que en el pensamiento freudiano aparecía como lo inevitable de la dominación, ahora puede verse como el resultado de un proceso complejo del desarrollo psíquico y no como simplemente algo imposible de cambiar.

En opinión de la autora, nuestra situación histórica nos permite cuestionar con relativa facilidad la forma masculina de la autoridad (como Freud no lo hizo), aunque esto en sí no resuelve inmediatamente el problema de la destructividad o la sumisión. Lo que sí pone en marcha es un nuevo enfoque para captar la tensión entre el deseo de ser libre y el de no serlo.

Capítulo I. El primer vínculo

La autora nos muestra de qué modo la dominación se origina en una transformación de la relación entre el self (sí mismo) y el otro. Dominación y sumisión resultan de una ruptura de la tensión necesaria entre la autoafirmación y el mutuo reconocimiento, una tensión que permite que el self y el otro se encuentren como iguales soberanos. La afirmación de uno mismo y el reconocimiento del otro constituyen los polos de un delicado equilibrio difícil de mantener. El reconocimiento es la respuesta del otro que hace significativos los sentimientos, intenciones y las acciones del self. Permite que el self ejerza su capacidad de ser agente de sus propias acciones de un modo tangible.

El comienzo del reconocimiento

J. Benjamin analiza cómo se produce el encuentro entre madre e hijo, cómo se va construyendo el vínculo por parte de la madre. En esa temprana interacción, la madre ya puede identificar los primeros signos de reconocimiento mutuo. El placer de reconocer la existencia del otro debe incluir tanto la conexión con él como el reconocimiento de su existencia en tanto ser independiente.

La intersubjetividad

La teoría intersubjetiva describe las capacidades que surgen de la interacción entre el self y los otros. El elemento crucial que se explora es la representación del self y el otro como seres distintos, pero interrelacionados.

Nos plantea que las teorías intersubjetiva e intrapsíquica no deben considerarse opuestas (como se las ve por lo general), sino como modos complementarios de entender la psique. Sin el concepto intrapsíquico del inconsciente, la teoría intersubjetiva se vuelve unidimensional. Lo que propone no es invertir la opción de Freud por el mundo interno, y escoger el mundo externo; se trata de captar las dos realidades.

A medida que la vida evoluciona, la afirmación y el reconocimiento pasan a ser motivaciones importantes en el diálogo entre el self y el otro, con sus conflictos y dificultades. Esta idea de reconocimiento mutuo es crucial para la visión intersubjetiva; implica que tenemos que reconocer al otro como una persona separada, semejante a nosotros pero distinta. Esto significa que el niño tiene también la necesidad de ver a la madre como un sujeto independiente y no como un objeto. La madre sólo puede proveer este reconocimiento si tiene una identidad independiente. A pesar de la desigualdad entre el niño y la madre el reconocimiento debe ser mutuo y permitir la afirmación de cada self. Esto es una meta evolutiva tan importante como la separación.

Mutualidad: la tensión esencial

El estudio de la interacción lúdica temprana revela que el principal medio que tiene el bebé para regular sus propios sentimientos, su estado de ánimo interno, consiste en actuar sobre su partenaire. Necesita la experiencia integrativa de que su acción reestructura con éxito el mundo. Cuando la interacción entre la madre y el bebé es exitosa, el niño puede sentir que el mundo es proclive a responder y que él es eficaz. Cuando se quiebra la regulación mutua, y falla el entonamiento se observa no sólo ausencia de juego sino una especie de antijuego (el bebé trata de evitar a la madre y esta le persigue ). En ésta, que es la más temprana de las interacciones sociales, vemos de qué modo la búsqueda de reconocimiento puede convertirse en una lucha de poder, de qué modo la afirmación se convierte en agresión. El fracaso de la mutualidad temprana parece promover la formación del límite defensivo entre lo interno y lo externo.

En cada fase del desarrollo, el conflicto nuclear entre la afirmación y el reconocimiento, se refunde en los términos del nuevo nivel en que el niño experimenta su ser como agente activo y el carácter distinto del otro.

La paradoja del reconocimiento

El conflicto entre la afirmación del self y la necesidad del otro fue estudiado por Hegel. Este filósofo demostró que la necesidad que el self tiene del otro es paradójica puesto que el self trata de establecerse como una realidad absoluta independiente. Pero el self sólo puede ser reconocido por sus actos, y sólo si sus actos tienen un significado para otro, tienen significado para él. Sin embargo, cada vez que el actúa niega al otro.

La mutualidad que implica el concepto de reconocimiento es un problema para el sujeto, cuya meta es sólo estar seguro de sí mismo. Cada persona debe tratar de demostrar la certidumbre de sí misma en la lucha a muerte que todos enfrentamos con otro. Esta lucha a muerte culmina en la relación del amo y el esclavo, cuando uno se rinde y el otro se impone. Hegel ve el origen de la dominación en este desenlace, que no es el reconocimiento mutuo. Esta noción hegeliana del conflicto se relaciona con la concepción psicoanalítica. Para ambas, el self empieza en un estado de omnipotencia (todo es una extensión mía y de mi poder).

La necesidad de reconocimiento supone esta paradoja: en el momento mismo de comprender nuestra independencia, dependemos de que otro la reconozca. En el momento en que comprendemos que mentes separadas pueden compartir el mismo estado, también advertimos que esas mentes pueden disentir.

La resolución “ideal” a la paradoja del reconocimiento es que esta continúe como una tensión constante. Pero esto no es lo que pensaba Hegel, ni tiene mucho espacio en el psicoanálisis. Mahler nos dice que la resolución de la fase del reacercamiento es el momento en que el niño incorpora a la madre dentro de sí, puede separarse, enfadarse, pero sabe que esta ahí, como un “objeto constante”.

El proceso que llamamos diferenciación opera a través del movimiento de reconocimiento. La naturaleza de este movimiento es necesariamente contradictoria. Sólo profundizando en la comprensión de esta paradoja podemos ampliar el cuadro del desarrollo humano para que incluya, además de la separación, el encuentro de las mentes.

El descubrimiento del otro

Para Winnicott, el reconocimiento del otro se logra a través de un proceso paradójico, en el que el objeto tiene que ser destruido dentro de nosotros para que sepamos que ha sobrevivido fuera; así podemos reconocerlo como no sometido a nuestro control. El reconocimiento mutuo no puede lograrse por medio de la obediencia, de la identificación con el poder de la madre o de la represión. Requiere el contacto con el otro. El significado de la destrucción es que el sujeto pueda comprometerse en una confrontación con el otro, y experimentar que esa colisión no es nociva para el otro ni para él mismo, y no provoca ni abandono ni retaliación.

Louis Sander, ha conceptualizado una forma muy temprana de experiencia transicional, que denomina “Espacio abierto”. Surge en el primer mes de vida, cuando madre y bebé han llegado a un equilibrio suficiente, lo que le permite al bebé destrabarse de la madre; en esos momentos es cuando se inicia el sentido de la autoría, la convicción de que el propio acto se origina adentro y refleja la propia intención. Es el origen de la capacidad para interesarse por lo que está fuera, independientemente de la presión de la necesidad o la angustia.

Más allá de la internalización

La mayor parte de la teoría psicoanalítica se ha formulado en los términos del sujeto aislado, y de la internalización de lo que está fuera para desarrollar lo que está dentro. La internalización implica que el otro es consumido, incorporado, digerido por el self (sí mismo). Por medio de la internalización, el niño progresa hacia la autonomía, se libera de la dependencia exclusiva respecto del objeto que satisface la necesidad.

Cuando Winniccot habla del “ambiente sostenedor”, y “ambiente facilitador”, iba más allá de la internalización. Trataba de definir las zonas en las que el niño puede desarrollar sus capacidades innatas porque la gente que le rodea facilita su desarrollo. La activación de las capacidades innatas es un proceso evolutivo muy distinto de la internalización, presupone en todo momento la presencia de dos sujetos interactuantes, cada uno de los cuales contribuye con su parte y no un sujeto que incorpora la acción del objeto. Según Stern, la experiencia de “estar con” el otro no puede reducirse a la de “ser regulado”.

En el curso de la diferenciación, el proceso de reconocimiento puede descarriarse (fallar), y entonces el self recurre a afirmar la omnipotencia propia o del otro. Esta fractura en el reconocimiento es el mejor punto para entender la psicología del dominio.

La sobrevaloración de la separación es una fuerte tendencia teórica, consecuencia de concebir al individuo como un sistema cerrado. Dentro de este sistema cerrado, el ego inviste a los objetos con un deseo, y los incorpora para fortalecer su autonomía respeto a ellos. Este modelo teórico no abarca el proceso simultáneo de transformar y ser transformado.

La teoría intersubjetiva ve la relación entre el self y el otro, con su tensión entre la igualdad y la diferencia, como un continuo intercambio de influencias. Cuando el conflicto entre dependencia e independencia se vuelve demasiado intenso, la psique humana renuncia a la paradoja en función de una opción. La polaridad, el conflicto entre los opuestos, reemplaza el equilibrio dentro del self, en los términos de un alejamiento otorga la dependencia, la niega, y por tanto monta las bases para la dominación. Los opuestos ya no pueden integrarse, un lado es desvalorizado, el otro idealizado.

Capitulo II. El amo y el esclavo

En las fantasías y relaciones sadomasoquistas podemos discernir la “cultura pura” del dominio, una dinámica que organiza tanto la dominación como la sumisión. La fantasía de dominio erótico encarna tanto el deseo de independencia como el de reconocimiento. Trata de comprender el proceso de alienación, en virtud del cual los deseos se transforman en violencia y sumisión erótica. En el sometimiento voluntario al dominio erótico vemos una paradoja en la que el individuo trata de liberarse por medio de la esclavitud.

Dominación y diferenciación

La dominación comienza con el intento de negar la dependencia. Nadie puede substraerse verdaderamente a su dependencia respecto de otros, y a la necesidad de reconocimiento. La primera relación de dependencia entre el niño y la madre es una lección especialmente dolorosa y paradójica. El niño tiene que aceptar el hecho de que no controla mágicamente a la madre, de que lo que la madre hace por él depende de la voluntad de ella y no de la suya. La paradoja consiste en que el niño no sólo necesita lograr independencia sino que debe ser reconocido como independiente por las mismas personas de las cuales ha sido dependiente.

El reconocimiento mutuo es quizás el punto más vulnerable del proceso de diferenciación Par afirmar nuestra existencia, necesitamos la oportunidad de actuar e influir sobre otro. Si el otro me niega su reconocimiento, mis actos no tienen ningún significado; si el otro está tan por encima de mi que nada que yo pueda hacer modificará su actitud conmigo, sólo cabe que me someta. Mi deseo y mi ser como agente activo de mis actos no encuentran salida, salvo en forma de obediencia. Podíamos llamar a esto la dialéctica del control: si controlo totalmente al otro, el otro deja de existir, y si el otro me controla totalmente soy yo quien deja de existir. El reconocimiento del otro es una condición de nuestra propia existencia independiente. La verdadera independencia supone mantener la tensión esencial de estos impulsos contradictorios, tanto afirmar al self como reconocer al otro. El dominio es la consecuencia de rechazar esta condición.

La fantasía de dominación erótica

J. Benjamin trata de buscar cuáles son las motivaciones psicológicas que llevan a aceptar la opresión, la humillación y el servilismo. Para ello va a estudiar “la historia de O”, de Paulina Reage. En ella se muestra cómo las personas no se someten sólo por miedo sino también en complicidad con sus deseos más profundos. Su masoquismo es una búsqueda de reconocimiento por parte del otro lo bastante poderoso como para entregarse masoquísticamente a ese otro. Ese otro tiene el poder que el self anhela.

El placer del sádico no consiste en el goce directo del dolor que inflige, sino en el conocimiento del poder sobre el otro, en el hecho de que ese poder es visible. El deseo de ser reconocido por el padre excede por completo al amor a la madre.

El miedo de O a la pérdida y abandono apunta a un aspecto importante de la cuestión del dolor. La cuestión del masoquismo ha sido simplificada en exceso por Freud, en el sentido de que se obtiene placer en el dolor. La teoría psicoanalítica actual entiende que el dolor solo conduce al placer cuando involucra el sometimiento a una figura idealizada. Khan plantea la importancia de que exista un testigo del propio dolor psíquico. En Freud falta una concepción del dolor psíquico puesto que éste es una propiedad del self, para el que tampoco tenía un concepto. El dolor de la violación sirve para proteger al self, al sustituir el dolor psíquico de la pérdida y el abandono por un dolor físico. Mientras O pueda convertir su miedo a la pérdida en sumisión, mientras siga siendo el objeto y la manifestación del poder del amante, está segura. Freud considera que la erotización del dolor permite una sensación de dominio al convertirlo en placer. Pero esto sólo es cierto para el amo. La pérdida del self para O es la ganancia de él. O acoge de buen grado esta pérdida de coherencia a condición de que su sacrificio genere el poder del amo, en el que pueda encontrar refugio.

La relación de dominación es asimétrica, puede invertirse pero nunca convertirse en una relación recíproca o igualitaria. El sometimiento se convierte en la forma “pura” del reconocimiento, así como la violación se convierte en la forma “pura” de la afirmación. La afirmación de un individuo (el amo) se transforma en dominio, el reconocimiento del otro (el esclavo) se convierte en sometimiento, puesto que el masoquista obtiene su identidad a través del poder del amo. De modo que la tensión de fuerzas básica dentro del individuo pasa a ser una dinámica entre individuos.

La dominación, la muerte y el malestar

La relación de dominación se nutre en el mismo deseo de reconocimiento que encontramos en el amor, pero el problema de estas relaciones es que no tienen salida, pues cada uno de los sujetos va a representar uno de los polos de la tensión. Para el psicoanálisis, esta fractura de la realidad se entiende como “escisión” en la que los dos lados aparecen representados como tendencias opuestas y distintas, el sujeto sólo puede así asumir un aspecto cada vez, proyectando el opuesto en el otro. ¿Es inevitable la fractura?

J. Benjamin cita a Georges Bataille, quien trata de explicar de qué modo la escisión y la fractura asumen una forma erótica. Para Bataille, la existencia individual es un estado de separación: somos como islas, conectadas pero separadas por un océano de muerte. El erotismo es el cruce peligroso de ese mar, permite salir del aislamiento, exponiéndonos a “la muerte”. La ruptura nunca debe disolver realmente los límites pues de ello resulta la muerte. La excitación reside en el riesgo de muerte, no en la muerte en sí. En la oposición entre violador y violada, una persona mantiene sus límites y la otra permite la fractura de los suyos. La complementariedad erótica es la que permite irrumpir a través de los límites y al mismo tiempo preservarlos, la complementariedad protege al self. Cuando ambos partenaires disuelven el límite, en lugar de la conexión con otro definido se produce un vacío terrorífico. El deseo de infligir dolor o experimentarlo por la acción de otro, aunque se haga rompiendo los límites, es un deseo de encontrarlos.

Para ambos partenaires, el placer está en el dominio. Este poder visto como protector constituye el aspecto más importante de la autoridad. Es lo que inspira amor y transforma la violencia en una oportunidad de sometimiento voluntario.

Una vez que se fractura la tensión entre el subyugamiento y la resistencia, la muerte o el abandono, es el final de la historia. Para la masoquista, el final intolerable es el abandono, mientras que para el sádico lo es la muerte (el asesinato) del otro a quién él destruye.

En las relaciones “ordinarias” podemos encontrar un paralelo en el que la complementariedad reemplaza a la reciprocidad, es una frecuente corriente subterránea en las relaciones íntimas: uno da, el otro se niega a aceptar, uno persigue, el otro pierde interés, uno critica, el otro se siente aniquilado. Para ambos, el sentido de la conexión está perdido: la autosuficiencia extrema lleva a separarse del otro, y la dependencia extrema vicia la realidad separada del otro.

De modo que metafóricamente, y a veces literalmente, la relación sadomasoquista tiende a la muerte o en todo caso a lo muerto, lo entumecido, el agotamiento de la sensación.

Para Freud, el dominio es inevitable puesto que sin él el instinto de muerte se volvería hacia dentro y destruiría a la vida misma. La omnipotencia es la manifestación del instinto de muerte. Cuando el instinto destructivo se proyecta fuera, el problema de la omnipotencia no queda resuelto, sino sólo reubicado. Cuando la agresión es proyectada hacia fuera y aprovechada para la civilización, termina haciendo en el exterior lo que de otro modo haría en el interior. El dominio, tal como lo veía Freud, era por una parte la expresión de la omnipotencia (muerte-ausencia de tensión) y por otra un esfuerzo por crear tensión, por romper esa asimilación del otro que no permite que nada exista fuera.

Cuando examinamos la omnipotencia desde la perspectiva intersubjetiva, no es considerada como el resultado de la pulsión de muerte sino que se debe a la incapacidad de reconocimiento entre el self y el otro. El dominio presupone un sujeto atrapado en la omnipotencia, incapaz de establecer un contacto “vivo” con la realidad externa, de experimentar la subjetividad de la otra persona.

Destrucción y supervivencia

Para Winnicott, la destrucción es un modo de diferenciarse, el intento de situar al otro fuera de la propia fantasía y experimentarlo como realidad externa. En gran parte de la vida temprana, la destrucción se dirige adecuadamente al otro y es internalizada cuando el otro no puede “tomarla” y sobrevivir. Cuando la madre no sobrevive al ataque (no soporta la destrucción sin retaliación o desconexión) el niño vuelve su agresión hacia dentro y desarrolla lo que conocemos como rabia. Cuando las cosas van bien, esta rabia se disipa a través de un movimiento en la relación, una vuelta a la comprensión mutua, que le permite al niño sentir de nuevo la presencia del otro. Cuando el niño experimenta a la madre como alguien que se derrumba, o que cede, continúa el ataque en la fantasía o en la realidad, buscando un límite para su rabia. Para él, su actuar y su afirmación no se han integrado en el contacto de la mutualidad y el respeto al otro sino en el contacto del control y la retaliación. El niño sádico es cognitivamente consciente de las diferencias entre él mismo y el otro, pero a nivel emocional no hay una conciencia que contrarreste el deseo de controlar al otro. La supervivencia significa que la madre pueda permitirse reducir la grandiosidad del niño lo bastante (sólo lo bastante) como para hacerle saber que puede ir hasta allí, pero no más lejos. Cuando la madre pone límites, en realidad protege al hijo de la disolución que se produce. Cuando las cosas no se resuelven fuera entre el self y el otro, la interacción se transfiere al mundo de la fantasía, el drama se sitúa en la omnipotencia de la vida mental. Cuando la destrucción ha sido exitosa y el otro sobrevive, nos permite distinguir entre fantasía y realidad. Pasa a ser algo más que una percatación cognitiva para convertirse en una experiencia sentida. La distinción entre la fantasía que yo tengo de ti y tú como persona real es la esencia misma de la conexión.

J. Benjamin examina a continuación el masoquismo, también llamado deseo de entrega, como contrapunto del sadismo. El niño masoquista se ha encontrado con una madre retaliativa que ante su agresión castiga o se separa. Nunca ha realizado un ataque total a la madre para poder poner a prueba si sobrevive, su rabia se vuelve hacia dentro, aparenta que deja al otro al margen pero la pérdida de un otro afuera confiable oscurece la lucha por la diferenciación. No ha experimentado sus impulsos y actos como propios, sin recibir una dirección desde fuera. Esta experiencia es la que anhela. El deseo del masoquista es experimentar su realidad interior auténtica en la compañía de otro, y esto es paralelo al deseo del sádico de descubrir al otro en una realidad compartida.

Estas dinámicas son la base tanto del dominio como de la mutualidad. En la dominación nos encontramos una relación en la que la complementariedad ha eclipsado la mutualidad. Esta dinámica de destrucción y supervivencia está presente en la unión erótica. Pero lo que hace erótica la sexualidad es la supervivencia del otro, con la destrucción y a pesar de ella. En la unión erótica se vive una de las experiencias más importantes del entonamiento: la experiencia de que individuos separados puedan compartir el mismo sentimiento.

La dominación y la diferencia sexual

¿Por qué el sadismo y el masoquismo se han asociado con lo masculino y lo femenino? La estructura profunda de complementariedad sigue existiendo, a pesar de la mayor flexibilidad de los roles sexuales contemporáneos. Para comprender los orígenes del dominio masculino y el sometimiento femenino debemos analizar cómo ha sido el proceso de diferenciación para cada género.

La persona que se ocupa de los primeros cuidados de los bebés suele ser mayoritariamente la madre. Tanto los niños como las niñas se diferencian en relación con una mujer, la madre. Los niños se identifican en un primer momento con la madre, pero para poder constituirse como varones deben romper esta identificación y definirse como el sexo diferente. Esta necesidad de romper la identificación con la madre a menudo impide reconocer a la madre, ella no es vista como una persona independiente (otro sujeto) sino como algo distinto: naturaleza, instrumento, un objeto, como menos que humana. Una actitud viene objetivamente a reemplazar las interacciones anteriores de la infancia. Al romper la identificación con la madre y la dependencia con respecto a ella, el varón corre el peligro de perder su capacidad para el reconocimiento mutuo. Puede aceptar cognitivamente que el otro está separado pero sin la vivencia empática. Se relaciona con ella como si fuera un objeto, se generaliza, la racionalidad reemplaza el intercambio afectivo con el otro. Elude el conocimiento real de la subjetividad del otro. Podríamos llamarlo identificación falsa.

En nuestra cultura, incluida la psicoanalítica, se concibe a la madre como objeto de las pulsiones del niño, y se desvaloriza su subjetividad. La esencia de la individualización consiste en la independencia de la madre como objeto, no en su reconocimiento como sujeto. El complemento de la negativa masculina de reconocer al otro es la aceptación por parte de la mujer de su falta de subjetividad su disponibilidad para ofrecer reconocimiento sin esperar el suyo a cambio. La dificultad de la mujer para diferenciarse se puede considerar como la imagen en el espejo: el varón niega al otro, mientras que la mujer se niega a sí misma. Las niñas no tienen que romper la identificación con la madre, lo cual constituye sin embargo una desventaja pues carecen de motivo alguno para desidentificarse de ella. La mujer no pone el énfasis en la independencia. La relación de la niña con la madre pone el énfasis en la fusión y la continuidad a expensas de la individualidad y la independencia. Todo ello proporciona un terreno fértil para el sometimiento. La sumisión muy frecuentemente está motivada por el miedo a la separación y el abandono. El masoquismo refleja la incapacidad para expresar el propio deseo, el ejercicio de la independencia es vivido como peligroso. En la medida que la madre ha sacrificado su propia independencia, el intento de independizarse de la niña representaría una afirmación de poder para la que ella no tiene bases en la identificación. La niña percibe que la fuente de poder de la madre está en el autosacrificio. Se vuelve incapaz de diferenciar lo que quiere ella de lo que quiere la madre.

Esto explica la tendencia al sometimiento femenino, pero no porque sea un componente inevitable de la sexualidad femenina como consideraba Freud. Las mujeres, al igual que los hombres, son por “naturaleza” sociales, y lo que está en cuestión es la represión de su sociabilidad y de ser agentes sociales activos.

¿Cómo penetra en la cabeza de las mujeres la esencia de la “feminidad entrenada”, entendiendo como tal la falta de subjetividad y la tendencia al sometimiento? Para empezar a explicar este hecho tenemos que partir de comprender el modo en que la carencia de subjetividad de la madre crea una propensión interna hacia el masoquismo femenino y el sadismo masculino. La corriente principal del pensamiento psicoanalítico actual considera el masoquismo como una estrategia defensiva del self, pero esta explicación no ha tenido en cuenta el género como un aspecto decisivo en la construcción de la subjetividad, y cómo la polaridad de los géneros afecta a la ruptura del equilibrio de la diferenciación. La escisión tan típica del sadomasoquismo constituye en gran medida un problema de género. La asignación de estatus de sujeto al varón y de estatus de objeto a la mujer, supone que el varón debe luchar por su libertad con respecto a la mujer que le engendró, con toda la violencia de un segundo alumbramiento. En este segundo alumbramiento, comienzan las fantasías de omnipotencia y dominación erótica, lo que conlleva un profundo anhelo de totalidad. Pero mientras el todo no reciba su forma en la mutualidad, ese deseo lleva a la complementariedad desigual. El género sigue representando una parte del todo, la mujer no es reconocida como sujeto por la otra parte. El hombre se atribuye la subjetividad con carácter exclusivo. Esta división se basa en la renuncia de la madre a su propia voluntad, con su consiguiente carencia de subjetividad frente a los niños. Parece que esa falta de subjetividad es un gran impedimento para que el niño y la niña puedan experimentar de forma exitosa su capacidad destructiva como limitada.

Sólo una madre que se sienta con derecho a ser una persona puede ser vista como tal por su hijo, y sólo una madre así puede apreciar y poner límites a la agresión y a la angustia que acompañarán la independización y permitir una diferenciación completa. Es necesario volver a concebir el ideal (y la realidad) de la maternidad para resituar el proceso de diferenciación. Mitigar la forma que toma la individualización, que privilegia la separación sobre la dependencia, porque la individualización basada en la negación de que se necesita al otro no puede considerarse una liberación.

Capítulo III. El deseo de la mujer

Este capítulo se centra en la carencia de subjetividad de la mujer (subjetividad sexual) y en las consecuencias de la complementariedad sexual tradicional: El hombre expresa el deseo y la mujer es el objeto de ese deseo. Esa falta de deseo produce la “idealización del amor”, un amor en el que ella se somete y adora a otro, que es lo que la mujer no puede ser.

No es la anatomía sino la totalidad de la relación de la niña con el padre, en un contexto de polaridad de géneros y responsabilidades desiguales con respeto a la crianza, lo que explica “la falta” percibida de la mujer.

El problema del deseo de la mujer

Para Freud, la feminidad se construye mediante la aceptación de la pasividad sexual. La niña comienza siendo un “hombrecito”, ama activamente a la madre, hasta que en la fase edípica descubre que ella y la madre carecen de falo. Sólo se convierte en femenina al volverse de la madre al padre, para conseguir el falo que no tiene, este deseo le coloca en la posición de ser el objeto del padre. Aunque critiquemos esta posición, tenemos que reconocer que incluso hoy en día la feminidad sigue identificándose con la pasividad. La imagen de la mujer se asocia con la maternidad y la fertilidad, la madre no es reconocida como alguien que desea activamente algo para ella misma sino al contrario: es una figura desexualizada. Su poder no es suyo propio, tiene como fin cuidar al hijo, su poder puede incluir el control de los otros pero no su propio destino. Ser mujer es vivir para otro. Los propios sentimientos sexuales son percibidos por ella misma de forma perturbada.

En la actualidad, cuando la sexualidad se ha separado de la reproducción, la feminidad no puede equiparase con la maternidad, pero la imagen alternativa de la mujer “sexy” (que inquieta a las mujeres), es sexy pero como objeto, no como sujeto. Ella no expresa tanto su deseo como su placer por ser deseada. Su poder no reside en su pasión, sino en ser deseable. Si una mujer no tiene ningún deseo propio, tiene que basarse en el deseo de un hombre con consecuencias desastrosas para su vida psíquica. Para Freud, en la mujer el deseo aparece sólo como envidia, el ser sujeto activo sexual esta inhibido, y su deseo suele expresarse escogiendo la subordinación. Pero esta situación no es inevitable. No hay por qué negar la anatomía, basta con que sostengamos que la integración psicológica de la realidad biológica es en gran parte obra de la cultura.

La posición feminista psicoanalítica actual demuestra que los niños consolidan su sentido inalterable de género en los dos primeros años de vida, junto con la idea de que la niña desarrolla su identidad por medio de la identificación con la madre. Pero no explica la ausencia del deseo. ¿Dónde se origina la ausencia de deseo? La idealización de la maternidad persigue este fin, idealizando la desexualización y la falta de ser sujeto activo de las propias acciones. Este posicionamiento preserva el antiguo sistema de géneros -las mujeres siguen siendo entrañables y solícitas, pero carentes de placer-, no permite comprender la fuerza subyacente del deseo que ratifica el poder masculino.

La envidia del pene. La causa

El pensamiento psicoanalítico actual cuestiona que el mundo edípico sea todo el mundo. Hace hincapié en la vida preedípica y en ese sentido el poder de la madre aparece bajo una luz diferente. En el mundo preedípico, el padre y su falo son poderosos porque representan la libertad frente a la dependencia de la madre en la infancia. El falo no es intrínsecamente el símbolo del deseo, se convierte en ese símbolo porque representa un camino hacia la individuación.

Jessica Benjamin interpreta lo que Freud definió como envidia del pene como un esfuerzo por identificarse con el padre para poder diferenciarse de la madre. Es una defensa contra el terrible poder de la madre, expresión del esfuerzo que el infante debe hacer para individuarse. El trabajo de la individuación no tiene por qué ser sólo una expresión de hostilidad respecto de la dependencia, también expresa el amor del mundo. Que predomine el amor o la hostilidad, depende de las circunstancias que rodeen al niño. La fantasía de una madre omnipotente peligrosa puede deberse a las condiciones que atrapan a la madre y al niño y a las dificultades de individuación de ambos. Tenemos que encontrar una forma de diferenciación que no suponga el intercambio de un amo por otro. Salir del atolladero de la diferenciación defensiva y buscar ordenamientos diferentes de los existentes.

Eligiendo al padre

La lucha del niño por la autonomía se da en el ámbito del cuerpo y sus placeres, la madre que no experimenta su cuerpo y su propia voluntad como fuentes de placer, que no disfruta con sus deseos y actos, no puede reconocer la sexualidad de la niña. Al apartarse de la madre y volverse hacia el padre, teme que el padre la trate como le ha visto tratar a la madre, la forzará a someterse, la degradará. ¿Cómo ser un sujeto en relación con el padre? ¿Cómo ser semejante al padre y ser mujer? Vemos el dilema que se le presenta a la mujer cuando se identifica con el padre como vía de separación de la madre, cuando la relación padre-madre es desigual, cuando la madre no es sujeto en sí misma pero tiene poder sobre la hija. Este uso del padre es una solución que conlleva un problema, la escisión entre autonomía y sexualidad, que se ve tan frecuentemente en las mujeres actuales. Pero queda por explicar por qué el padre se convierte en la imagen de la liberación, por qué pasa a ser quien reconoce y encara el deseo.

El espejo del deseo

Lo que Freud llamaba envidia del pene, la orientación masculina de la niñita, en realidad es el deseo del deambulador (de ambos sexos) de identificarse con el padre, al que se le percibe como representante del mundo externo. El psicoanálisis ha reconocido la importancia del amor temprano del niño al padre en la formación de su sentido de ser sujeto activo y deseante. Pero no se ha reconocido la importancia de este amor en la niña.

Este es un “amor ideal”, el niño idealiza al padre porque éste es el espejo mágico que refleja el self, tal como a él le gustaría ser. Esta idealización puede convertirse en la base del amor ideal adulto como sometimiento a un otro poderoso que aparentemente encarna el ser sujeto activo de sus propios actos y el deseo que le faltan a uno mismo. El niño que en ese momento se encuentra en la fase de reacercamiento, J. Benjamin considera que esta etapa podría considerase como un complejo con igual rango que Edipo, pero anterior a él. En ese momento el niño empieza a percibir su voluntad, y deseos como diferenciados de los padres, a los que percibe como poderosos en contraposición con su propio desvalimiento. Por ello su autoestima tiene que ser reparada por la confirmación de que puede hacer cosas en la vida real. El conflicto entre la autoafirmación y la angustia de separación generan una ambivalencia esencial. El niño trata de reparar su autoestima por medio de la identificación, un tipo particular de unidad con la persona que encarna el poder, que él siente que le falta. El niño quiere algo más que la simple satisfacción de una necesidad, quiere que se reconozca su voluntad, su deseo, su acto. En el mismo momento en que el deseo se convierte en un problema, el niño empieza a comprender también la diferencia entre los géneros. El padre es el camino al mundo, es el liberador, esta idealización del padre implica la desvalorización de la madre.

Todo esto tiene un significado muy importante para la niña. Mahler observa como si fuera un hecho “natural” que en la fase de reacercamiento las niñas se deprimen más, tienen menos entusiasmo exploratorio que los varones. Esta diferencia se debe a la mayor identificación de la madre con la hija y a la tendencia de ésta a reforzar la independencia del hijo. Los varones resuelven el conflicto de la independencia (deseo de aferrarse a la madre y el deseo de alejarse de ella) volviéndose al padre, depositando en cada padre impulsos distintos. Esquemáticamente, la madre representa el objeto del deseo y el padre el sujeto del deseo, en quien uno se reconoce. El padre se convierte en la figura simbólica que representa el yo “propietario” del deseo, deseo de la madre. El impulso identificador de ser como el padre va unido a la lucha por la libertad. El “amor identificatorio”, “ser como”, es el principal medio para que un niño de esta edad pueda reconocer la subjetividad de otra persona. En la fase de reacercamiento, este amor constituye la base de estructuras básicas esenciales. Su deseo de ser reconocido como semejante al padre es el motivo erótico que está detrás de la separación. Está enamorado de su ideal y, a través de él, empieza a verse a sí mismo como sujeto de deseo, crea su identidad masculina y mantiene su narcisismo frente al desvalimiento. El vínculo identificatorio homoerótico entre el deambulador varón y el padre es el prototipo de amor ideal (un amor en el que la persona busca en el otro una imagen ideal de ella misma). El niño trata de resolver el conflicto del reacercamiento entre independencia y desamparo a través de este amor.

El padre que falta

Para las mujeres “el padre que falta”, es la clave para entender su falta de deseo y su retorno en forma de masoquismo. Interpreta el deseo del pene como prueba de que las niñas buscan lo mismo que los varones (la identificación con el padre de la separación), el representante del mundo exterior. Como los varones, en su angustia por separase de la madre buscan una figura de apego que represente su pasaje al exterior; esa figura es el padre.

Los padres a menudo prefieren a sus hijos varones; éstos tienden a formar un vínculo intenso con ellos. En relación con la hija su situación se complica: puesto que de niño tuvo que desidentificarse de su propia madre, teniendo que sostener su diferencia respecto a las mujeres, se le hace difícil reconocer a la hija como reconoce al hijo. El repliegue del padre impulsa a la niña hacia la madre. Su aspiración a la independencia y la rabia por el no reconocimiento se vuelven hacia adentro y dan cuenta de la respuesta depresiva ante el conflicto del reacercamiento. Las niñas tienen más dificultades para separarse de las madres, y sin el sostén de una relación alternativa renuncian a su derecho a desear. Al crecer, idealizan al hombre que tiene lo que ellas nunca tendrán (poder, deseo). En la actualidad, se empieza a comprender las consecuencias que tiene para la niña el que el padre no se comprometa en la relación, esté ausente u ofrezca seducción en lugar de identificación. La “carencia” que afecta a las niñas es la brecha que deja en su subjetividad el padre que falta, y esto es lo que la envidia el pene trata de explicar.

Los niños/as en la fase de deambulación se esfuerzan por identificarse y conservar el acceso a ambos padres como objetos de apego y reconocimiento. En estos momentos, la identificación no está aún limitada por la identidad. Las identificaciones sexuales no se han endurecido en polaridades, pueden coexistir la identificación con ambos sexos. No sugiere que el género debe ser eliminado sino que el individuo debe “idealmente” integrar los aspectos masculinos y femeninos en la mismidad. Una persona capaz de mantener esta flexibilidad, puede aceptar todas las partes de ella misma, y del otro.

¿Por qué es tan difícil la integración? Por la polarización de los géneros: padre idealizado, madre desvalorizada. La escisión que tiene el deambulador sólo puede repararse cuando cada padre sostiene una identificación cruzada y proporciona un ejemplo de integración, no de complementariedad.

La búsqueda por la mujer de un amor ideal

En la fase de reacercamiento, el deseo de la niña es ser reconocida como semejante del padre; en la fase edípica el deseo es el de estar unida al padre como objeto amoroso. Con demasiada frecuencia se ha confundido en psicoanálisis el amor identificatorio con el edípico. Cuando el amor identificatorio es fustrado en la niñez queda asociado con un anhelo inalcanzable y con la autohumillación; más tarde surge como deseo de reparación de esta situación a través del “amor ideal”. Las mujeres son arrastradas a un amor ideal, como una segunda oportunidad de lograr la identificación padre-hija, en la que el propio deseo y la propia subjetividad sean reconocidas. Con la creencia de que el hombre dará acceso a un mundo cerrado para la mujer. En el amor ideal vemos una “perversión” de la identificación, una deformación del amor identificatorio que se convierte en sumisión. El otro es el sustituto del propio ser como agente de sus actos. Toma la forma pasiva de aceptar la voluntad y el deseo del otro como propios, desde aquí a la entrega de la voluntad al otro, hay solo un paso. Para las niñas, la constatación de una madre sin subjetividad, con un padre que la tiene, presenta una opción difícil: para resolver la identificación con cada padre debe realizar un esfuerzo allí donde la madre fracasó, tiene que unir subjetividad con feminidad, pero la división de géneros no permite conciliar feminidad con ser agente de sus actos y deseo.

Cualquier propuesta de cambio debe cuestionar la estructura fundamental de la heterosexualidad, en la que el padre proporciona la excitación faltante, “hace retroceder el poder materno” y niega la subjetividad de la madre porque es demasiado peligrosa. Esta idealización del padre no se da sólo en el ámbito privado, sino que permanece activa como un anhelo compartido, agregado a la representación cultural del deseo.

Mientras la imagen del padre represente la subjetividad y el deseo a nivel cultural, el deseo de la mujer tendrá que luchar con ese monopolio y con la desvalorización que implica la feminidad.

Un deseo propio

¿Cuál es la alternativa al falo? J. Benjamin propone volver al concepto de intersubjetividad para ver como se podría llegar a una representación diferente del deseo.

El modelo fálico de representación corresponde al “modo intrapsíquico” que incluye toda la constelación del empleo del padre como vehículo de separación y la internalización del padre como representante de ser agente activo y el deseo.

El sentido del self (sí mismo) se entrelaza con las estructuras simbólicas, pero no son ellas las que lo crean.

De manera que para descubrir el deseo independiente de la mujer tenemos que considerar el modelo intersubjetivo, en el que dos sujetos se encuentran, en el que hombre y mujer pueden ser sujetos. Para el modelo intersubjetivo, el “reconocimiento” del otro es el aspecto decisivo de la diferencia, diferentes mentes se sintonizan

En la unión erótica, este entonamiento puede ser tan intenso que el self y el otro se sienten como si por un momento cada uno estuviera “dentro” del otro. El deseo simultáneo de perder el self y de unión con el otro es, en realidad, una forma del deseo de reconocimiento. La comprensión del deseo como deseo de reconocimiento modifica nuestra concepción de la experiencia erótica. Nos permite describir un modo de representar el deseo, un modo singular de intersubjetividad que, a su vez, nos ofrece una nueva perspectiva del deseo de la mujer.

Jessica Bemjamin nos propone que este tipo de deseo intersubjetivo se expresa como una representación espacial más que mediante una representación simbólica. El significado de la “metáfora espacial” para una mujer reside en el descubrimiento de su propio deseo interior, sin miedo a la intromisión o a la violación.

La idea del espacio abierto es importante para comprender no sólo la génesis del deseo sexual de la mujer sino también su experiencia del placer sexual. La relación en sí o, más precisamente, el intercambio de gestos que trasmiten el entonamiento, y no el órgano, es lo que sirve para enfocar el placer de las mujeres y contener su angustia. El contacto de su deseo es la danza del mutuo reconocimiento. Esta faceta de la relación erótica no esta articulada en el simbolismo fálico de la complementariedad genital.

El centramiento en la sexualidad genital, ha velado la importancia que para el placer erótico tiene el entonamiento temprano y el juego mutuo de la infancia. Cuando el self sexual está representado por las capacidades sensuales de todo el cuerpo, el deseo va más allá de los límites del falo imperial.

J. Benjamin plantea que, idealmente, la relación del individuo con el deseo debe constituirse a través del acceso a toda una gama de experiencias e identificaciones no restringidas por fórmulas genéricas rígidas. No se trata de invalidar el modo dominante de representación sino de cuestionar su privilegio para circunscribir el deseo. Considerar al padre excitante y a la madre contenedora como elementos constitutivos del deseo. Muy a menudo el deseo de la mujer se expresa a través de formas alienadas de sumisión y envidia, productos de la idealización. Es necesario ampliar la idea de “libertad”, ofreciendo una concepción de la unión erótica como tensión, generando una expansión del espacio en el que el sujeto encuentre al sujeto.

El falo como emblema del deseo ha representado el encuentro del sujeto y su objeto en una complementariedad que idealiza un lado y desvaloriza el otro. El descubrimiento de otra dimensión del deseo puede transformar esta oposición en la tensión vital entre sujetos.

Capitulo IV. El enigma edípico

“En el corazón de la teoría psicoanalítica hay una paradoja no reconocida: la creación de la diferencia distorsiona en lugar de alentar al reconocimiento del otro”. Para Freud, el Complejo de Edipo es el punto nodal del desarrollo en que el niño acepta la diferencia generacional y sexual. Acepta su posición prescrita en la constelación fija de madre, padre, e hijo. La diferencia aparece gobernada por el código de la dominación, pues la idea del padre como protección contra el “narcisismo ilimitado”, autoriza la idealización de éste y al mismo tiempo la denigración de la madre, fracturando el reconocimiento mutuo.

En la identificación con el padre de la fase de reacercamiento, se observa un aspecto defensivo y otro positivo. En el complejo edípico este aspecto defensivo se vuelve mucho más pronunciado. El varón no se limita a desidentificarse de la madre sino que la repudia y repudia todos los atributos femeninos. La escisión incipiente entre la madre como fuente de lo bueno y el padre como principio de individuación se endurece en una polaridad en la que lo bueno de la madre es redefinido como una “amenaza seductora” a la autonomía. De manera que toma forma un ideal paterno de separación, mediante el reordenamiento de los géneros que conlleva al repudio de la feminidad. Da vigencia a la escisión entre sujeto masculino y objeto femenino. Quizás el mejor modo de comprender la dominación consiste en analizar cómo se legitima en lo que es la más influyente construcción moderna de la vida psíquica.

Bajo la protección del padre

El psicoanálisis actual considera el conflicto edípico como la culminación de la lucha preedípica por separase de los padres. La separación incluye la renuncia a la fantasía narcisista de omnipotencia, sea en forma de unidad perfecta o de autosuficiencia. El énfasis que pone en la separación el modelo edípico se vuelve problemático. La idea de que el padre se interpone en la diada: madre-hijo para generar una identidad masculina parte de un supuesto (no científico) según el cual el padre es el único liberador posible. Se equipara la paternidad con la individuación y la civilización. En otras teorías, se enuncia explícitamente el contraste entre una madre primitiva, narcisística, y un padre edípico-civilizado. Este punto de vista presenta varios problemas, se le presenta como alternativa al narcisismo, se tapa su papel en el mantenimiento de dicha fantasía, y se niega el miedo y la sumisión que el poder paterno ha provocado históricamente.

La interpretación freudiana del mito pasa por alto la transgresión del padre. El intento de Layo de asesinar a Edipo en la infancia trata de evitar el destino de todos los padres mortales: morir y ser suplantado por sus hijos varones. El padre edípico no puede renunciar a su omnipotencia, no soporta la idea de su propia condición de mortal. En esta otra versión, el hijo no puede soportar su deseo de destituir al padre, porque si fuera así se vería privado de la autoridad que le protege, del ideal que le da la vida.

Freud sitúa el inicio del complejo de Edipo en los remordimientos que los hijos sienten por haber asesinado al padre primitivo, crean un ideal del bien, el padre bueno y su ley. Esto es una protección frente al peligro de la autoridad irracional y el odio que despierta.

La autoridad paterna es una trama mucho más compleja, no se basa sólo en la ley racional que prohibe el incesto y el parricidio sino también en la erótica del amor ideal, en la identificación culpable con el poder que socava el deseo de libertad del hijo. La necesidad de conservar el vínculo con el padre hace imposible que los hijos reconozcan el lado asesino de la autoridad.

La madre primitiva

En el modelo edípico clásico está implícita la ecuación: Unidad = Madre = Narcisismo. La feminidad y el narcisismo son sirenas gemelas que nos llaman a la “fusión indiferenciada”. J. Benjamin hace una crítica de las posiciones de Chasseguet-Smirgel, quien revisa el complejo de Edipo a través del contraste entre el “ideal del yo” y el “superyó”, considerando que Edipo es una reformulación del conflicto preedípico anterior, entre la separación respecto a la madre y la reunión con ella. En opinión de Chasseguet-Smirgel, el deseo de hacer de la madre un ser exclusivo puede entenderse como la expresión de los anhelos narcisistas tempranos: “la nostalgia de la fusión primaria” cuando el infante gozaba de plenitud y perfección. De modo que la realización del incesto significaría retornar a la unidad. El superyó en esta versión es el que sostiene la diferencia, niega el deseo de omnipotencia y reunión que sigue vivo en el “ideal del yo”.

La consecuencia de esta visión, según J. Benjamin, es que el narcisismo se presenta alineado con la madre y el superyó con el padre y con la demanda de separación. Para heredar el falo, para sostener la identificación con el padre, el niño debe aceptar la separación de la madre. Es precisamente el reconocimiento de la diferencia y la capacidad de separación lo que permite que una persona disfrute de las posibilidades de unión erótica en la vida posterior. Está de acuerdo con este aspecto, lo que critica es que parece que la madre no desempeña ningún papel activo en la introducción en la realidad. En este esquema polarizado, la madre ejercería la atracción magnética a la regresión y el padre protegería de ella. Lo que cuestiona J. Benjamin es que se confunde las figuras simbólicas del padre y la madre con las fuerzas reales del crecimiento o la regresión. De esta manera se suprime la diferenciación entre representación simbólica y realidad concreta. En cambio, en nuestra cultura las madres reales alientan la independencia, son ellas las que inculcan los valores morales y sociales que constituyen el contenido del superyó del niño pequeño. En lugar de oponer el superyó paterno al ideal del yo materno, plantea J. Benjamin, deberíamos distinguir entre los ideales masculino y femenino. El ideal del superyó femenino se define como preocupación por los otros más que como separatividad, esto es lo que doblega la agresión y el deseo. Esto nos lleva a pensar que tal vez el principio paterno de separación no sea el mejor camino a la mismidad y la moral. Las niñas aprenden a apreciar las diferencias dentro del cuidado del otro. El narcisismo del niño puede ser una vía para el desarrollo o un camino a la regresión.

Podemos ver la escisión entre padre progresivo y la madre arcaica como el resultado de una defensa: en la medida que el niño percibe al padre como poderoso y amenazante no se atreve a acercarse y conocerlo, desplaza el peligro hacia la madre. Justifica la dominación del padre sobre la madre basándose en que en el inconsciente ella sigue reinando con omnipotencia.

En el modelo edípico, el padre representa de una forma u otra la diferencia y disfruta de una posición privilegiada respecto de la madre. La desvalorización de la feminidad socava lo que pretende lograr: la diferencia, la tensión erótica y el equilibrio de las fuerzas intrapsíquicas.

El repudio de la feminidad

Freud en el “Análisis terminable e interminable” resume las cuestiones más profundas del psicoanálisis para hombres y mujeres; el deseo de las mujeres de ser como hombres es considerado patológico mientras que el miedo de los hombres a ser como las mujeres se considera como un hecho simple e inmutable. Freud, al aceptar este repudio, lo ha “normalizado”, encubriendo las graves consecuencias no sólo para la teoría sino también para el destino de la relación entre hombres y mujeres.

J.B. sostiene que el daño que este repudio ocasiona a la psique masculina es comparable a la “falta” de la mujer, aunque ese daño se disfrace de dominio e invulnerabilidad. Después del Edipo, la identificación del varón con la madre queda bloqueada, no tiene más opción que superar su infancia mediante el repudio de la dependencia. Al proyectar fuera de sí mismo a la madre, pierde en gran medida la sensación de tener dentro de sí esa fuente vital de lo bueno. El repudio a la madre genera una desconfianza en su propio “adentro”. Al perder el espacio intersubjetivo y volverse hacia la conquista del objeto externo, la intensa estimulación proveniente del exterior le roba al hombre el espacio interior para sentir el deseo emergiendo desde adentro. El modelo edípico clásico se construye sobre la base de la polaridad, mantiene la idealización de un lado y la denigración del otro, el cuidado de la madre se hace invisible. El falo, al asumir la representación de la sexualidad tanto de las mujeres como de los hombres niega la sexualidad independiente de las mujeres. El repudio se basa en la identificación bloqueada. De manera que un período más largo de “bisexualidad”, de coexistencia permitida de las identificaciones masculinas y femeninas, ayudaría a los varones a diferenciarse más y a no tener que utilizar defensas como el repudio, la distancia y el control.

El principio de la Polaridad

Una de las tareas del conflicto edípico es establecer las diferencias entre los sexos. Éstas se fijan de una forma polarizada, de manera que la separación prevalece sobre la conexión y el construir límites es más importante que mantener el vínculo afectivo. Los dos elementos centrales del reconocimiento, ser semejante y ser distinto, quedan escindidos. El reconocimiento se reduce a una identificación con el semejante, la semejanza sólo puede darse con el mismo sexo. La prohibición a la identificación con la madre, lleva al varón a desconectarse de la comunicación intersubjetiva, del entonamiento emocional, de la percepción imaginativa de las necesidades y sentimientos del otro. Éstos son rasgos asociados con lo femenino que hay que repudiar, reduciéndose cada vez más la dimensión intersubjetiva. El reconocimiento se consigue más a través de identificaciones ideales y menos mediante la interacción concreta.

Para las niñas, los rasgos masculinos son un ideal inalcanzable; para los varones los rasgos femeninos son una amenaza a su identidad. Como la mujer es privada de subjetividad, el hombre no la ve como a otro sujeto que puede reconocerle. Sólo los hombres se equiparan con él. La pérdida de reconocimiento mutuo es una de las consecuencias de la polaridad de los géneros; la otra consecuencia es el ideal de individualidad autónoma. La desvalorización de la necesidad del otro se convierte en un ideal de la masculinidad adulta. J. Benjamin plantea que la fuente profunda de malestar en nuestra cultura no es la represión ni el narcisismo sino la polaridad de los géneros.

Pero existe otro modelo de infante que obtiene placer en la conexión interpersonal y también está motivado por la curiosidad y el mundo exterior.

Una reformulación del Edipo

¿Cómo superar la polarización? J. Benjamin nos plantea reinterpretar el complejo de Edipo, de manera que no se presente como el resultado final del desarrollo sino verlo como una etapa más en la vida mental que no excluye niveles de integración anteriores y posteriores.

Sostiene que al comprender la etapa preedípica se ha tomado conciencia de la validez y la fuerza de los deseos de esta etapa, que tienden a la unidad, fusión, simbiosis, mezcla, identificación. Su validación ayudará a remediar el repudio de la madre y a dar cabida a la experiencia intersubjetiva del reconocimiento y todos los elementos emocionales que intervienen cuando uno está en contacto con otro. Se puede conceptualizar una fase preedípica en la que la muerte metafórica del padre, como ser querido responsable de nosotros, se acompaña por el júbilo de la supervivencia exitosa. Revisando la antigua noción edípica de responsabilidad, los hijos asumían la culpa por haber transgredido el poder del padre y convertir ese poder opresivo en ley. La internalización de la agresión era remplazada por la identificación con el agresor. El deseo de ser uno con la autoridad es siempre peligroso. La interpretación freudiana del Edipo, que sólo lo ve como una historia de deseo inconsciente y no de transgresión real, muestra cuán difícil resulta mirar cara a cara nuestra agresión, nuestro propio deseo, y también el de los padres.

La reconceptualización del Edipo que propone J. Benjamin supone la posibilidad de una separación postedípica, en la que los individuos puedan volverse, mirar a sus padres y evaluar críticamente su herencia en lugar de limitarse a una identificación con su autoridad.

Al ir más allá del Edipo, al rechazar la premisa falsa de que la autoridad paterna es la única senda de la libertad, es posible recobrar la promesa de que la teoría edípica no cumplió “ la aceptación de la diferencia”. Pues, como hemos visto, parte de un sujeto -“varón”- y un otro que es objeto -“la mujer”-.

Capítulo V. Género y dominación

La escisión que constituye la polaridad entre los géneros se extiende a la vida intelectual y social. Es significativo que en la representación cultural del dualismo, el aspecto genérico pasa inadvertido. En el psicoanálisis se toma el desarrollo del varón como modelo del individuo, y gran parte del pensamiento moderno pretende que exprese a un sujeto neutro, sin género y universal. Pero en el pensamiento liberal moderno, el individuo es tácitamente definido como masculino. El principio de racionalidad que se ha considerado el sello de la modernidad es, en realidad, una racionalización masculina. En lo social, la racionalización monta el escenario para la dominación, tiene que ver con el descuido social de la actitud cuidadora y su relegamiento a la esfera de lo privado. La separación de las esferas públicas y privadas se intensifica a medida que la sociedad se racionaliza.

Individualidad masculina, racionalidad masculina

J.B. sostiene que la polaridad genérica se encuentra también en la vida intelectual y social, eliminando las posibilidades de reconocimiento mutuo en la sociedad como un todo. Considera que el concepto de individuo se refiere en realidad al sujeto varón; así como el principio de racionalidad que los teóricos sociales desde Weber han considerado el sello de la modernidad, es en realidad una racionalidad masculina.

La racionalización (referida aquí a los principios sociológicos y organizativos) según Weber es el proceso en el que los modos de interacción abstracto, calculables y despersonalizados, reemplazan a los basados en las relaciones personales, la autoridad y las creencias tradicionales. Los procedimientos formales (ley) y las metas abstractas (utilidad económica) reemplazan a los valores y costumbres tradicionales. El principio formal del intercambio de mercancías, “valores iguales”, enmascara la dominación de una clase por otra. Como la dominación, es racionalista y despersonalizada, se vuelve invisible y parece natural y necesaria, describiendo la esencia de la práctica social y el pensamiento moderno. La dominación masculina, así como la dominación de clase, es algo inherente a las estructuras sociales y culturales, independiente de la voluntad de los hombres y mujeres individuales. J.B. rechaza este supuesto del pensamiento moderno: que ”la individualidad y la racionalidad son universales”, mientras que el género es particular, secundario no esencial. Lo que significa que esta manera de hacer las cosas no es “única” o “inevitable”.

Objetividad y autonomía

J.B. sigue el pensamiento Evelyn Keller, sosteniendo que así como ha cambiado el carácter del dominio masculino sobre la mujer, también ha cambiado la metáfora del conocimiento científico. Para Bacon, conocimiento es igual a poder. La ciencia adoptó la metáfora de someter a la naturaleza, arrancándole sus secretos, con una dicotomía radical entre sujeto y objeto, llevando al racionalismo a un impasse, análogo al impasse de la omnipotencia. No se trata de anular toda la ciencia moderna, sino de reconocer el valor de lo excluido. El acto de conocer puede experimentarse como comunión, y no como conquista.

El ideal del individuo autónomo sólo podía crearse haciendo abstracción de las relaciones de dependencia entre hombres y mujeres. Las relaciones que las personas necesitan para cuidarse se consideran “privadas” y no verdaderas relaciones con los otros de afuera.

Defensores de la esfera privada

J. B. critica las posiciones de lo que denomina ”conservadurismo genérico”, que aunque objetan los efectos de los principios de la racionalización (1) sin embargo aceptan su premisa, que en la vida social es inevitable la división entre la actitud cuidadora y la racionalidad. Mientras que los valores de la competencia, el éxito y el trabajo emprendedor prosperan, los valores del cuidado y la responsabilidad colectiva respecto de los otros se han deteriorado.

La madre/esposa ideal protege al individuo autónomo de tener que admitir sus necesidades pues se anticipa a satisfacerlas, lo protege de la vergüenza de la exposición de esas necesidades, permitiéndole parecer independiente y en control. Por lo tanto, la pérdida del control sobre ella -el objeto- constituye una amenaza al autocontrol del individuo, a su sentido del self intacto. Dice J. B. que el ideal de la individualidad autónoma, con su énfasis en la racionalidad, autosuficiencia, desempeño, competencia, amenaza con negar tan completamente a la madre que quizás no quede ningún hogar al que acudir.

El ideal perdido de la maternidad

Según J.B. el intento de relanzar el ideal de la maternidad oscurece la situación en que se encuentra la mujer en el hogar, privada del ambiente sostenedor. Las esferas separadas se reemplazaron por el “matrimonio sociedad”, pero este ideal ha sido un injerto y ha dejado a las mujeres de esta época en el hogar, más aisladas y dependientes que nunca. La desigualdad entre los hombres y las mujeres en el trabajo, y en el hogar, socava las relaciones íntimas y la solidaridad, que son las metas teóricas del matrimonio moderno. La dependencia de las mujeres respecto a los hombres se ve reforzada por la estructura salarial e incrementada cuando la mujer deja de trabajar para cuidar de los hijos. Las madres están casi tan desamparadas, como en los días de la dependencia económica total, y en algunos sentidos más. Todo esto ha provocado que el ideal materno, “la mujer que todo lo da”, carezca de realismo, la mujer que se queda en el hogar al cuidado de los hijos no es respetada. La autoridad moral de la madre ha sido desvalorizada pero sigue siendo la columna vertebral de la socialización y el cuidado. Se ha abierto un debate sobre la importancia del cuidado materno en oposición a la guardería, se equipara atención en la guardería con abandono. Detrás del ideal de maternidad, se ocultan los problemas reales que ponen en peligro a madres e hijos. ¿Qué fantasía sobre la separación está operando? Un elemento es la idea de que el infante es infinitamente frágil en su dependencia e insaciable en su necesidad. Pero no existen pruebas al respecto. Las experiencias de separación y reunión, de rabia y resolución, son necesarias, elaborar esas experiencias es mucho más productivo que no tenerlas. La incapacidad para sobrevivir a la separación y a la agresión mantienen a la madre y al hijo en el campo de la omnipotencia.

Según J. B. la dominación es una deformación de las cadenas del amor: la dominación no reprime el deseo de reconocimiento, lo pone a su servicio y lo transforma. Esto se inicia por la ruptura de la tensión entre el self y el otro, avanza a través de la identificación con los otros poderosos, que representan la fantasía de la omnipotencia o de someterse a ellos. Cuando se sigue el camino de la omnipotencia, donde debería estar el otro hay un vacío que se llena con la fantasía de un otro que puede aparecer tan peligroso o tan débil (o ambas cosas), que amenazan al self y tiene que ser controlado. Lo que no se había explicado antes, es que es esta destrucción del otro lo que está en la base de cualquier fantasía de dominación. Los sometidos que no reciben reconocimiento, aunque rechacen el derecho del amo a dominarlos, no rechazan su personificación del poder, invierten los términos y desean ser ellos los amos, también tienen el deseo de ser absoluto. La relación amo/esclavo es un modelo que sólo puede invertirse, siempre uno esta arriba y el otro abajo. Es esta complementaridad reversible lo que constituye la pauta básica de la dominación y pone en marcha la negación del otro, la madre, que es reducida a la condición de objeto. Esta polaridad genérica, impregna nuestras relaciones sociales, nuestros modos de conocer, nuestros esfuerzos por transformar y controlar el mundo, El ideal de libertad lleva consigo las semillas de la dominación, pues significa huir o subyugar al otro, la autonomía significa una fuga de la dependencia. Es necesario cuestionar esta lógica de la escisión, con su dualismo, polarización e inversión de roles. Si la fractura forma parte de la vida, también es parte de la vida recrearla. Una base suficiente para el optimismo es la idea de que si la fractura esta “incorporada” en el sistema psíquico; también lo esta la posibilidad de renovar la tensión. J.B. sostiene que su conclusión es modesta y también utópica, Tratar de recuperar el reconocimiento en la vida personal. Significa ver que lo personal y lo social están interconectados y comprender que si tapamos nuestros anhelos personales de reconocimiento, también tapamos nuestra esperanza de transformación

Comentario final de la reseña

La lectura del libro al principio se hace ardua, pues introduce en el pensamiento complejo de la filosofía pero una vez que el lector se adentra en el texto se van desvelando críticamente muchos supuestos implícitos en el pensamiento psicoanalítico (el origen de la agresividad, femenino, masculino, la polaridad/dicotomía entre los géneros y sus consecuencias, etc.). El libro hace una critica rigurosa y bien documentada al pensamiento e ideología de la civilización occidental en general, y a la filosofía, al psicoanálisis y la psicología, en particular. Saca a la luz un número importante de “supuestos básicos” erróneos que pueblan nuestras mentes, provocando distorsiones a la hora de entender la realidad.

El planteamiento que tiene sobre la violencia, la dominación y el sometimiento, presenta un ángulo muy novedoso que puede ser de gran utilidad al ampliar los conocimientos que tenemos sobre las raíces de la violencia, permitiendo así modificaciones tanto en la teoría como en la clínica . Además, y ese es otro de los valores del libro de Jessica Benajmin, no se limita a la mera crítica sino que intenta aportar posibles vías de resolución a los conflictos que tiene planteados nuestra sociedad actual.



Notas de la autora

(1) Cuando habla de “principios de la racionalización” se refiere a principios organizativos y sociológicos, consistentes en la aplicación de los principios racionales de la técnica a la acción, con el fin de solucionar eficientemente los problemas prácticos.

La esclavitud afectiva: clínica y tratamiento de la sumisión. Hugo Bleichmar

La esclavitud afectiva: clínica y tratamiento de la sumisión
Publicado en la revista nº028
Autor: Bleichmar, Hugo [en www.psicoterapiapsicoanalitica.com]


Vivir para la realización de un proyecto personal que incluya al otro versus tener como proyecto automático que el otro/a nos quiera o no se enoje.


Ser definido por el otro en lo que somos versus sentir la legitimidad de nuestra subjetividad, de nuestros deseos y opciones como diferentes de la subjetividad, de los deseos, de las opciones de cualquier otro/a, y esto último sin fabricar una moralidad moldeada a la medida de nuestras conveniencias.





Este trabajo [1] es un intento de contribuir al tratamiento de una condición que atraviesa nuestro ser desde la más temprana infancia hasta la muerte: el sometimiento al otro producido por el miedo a su respuesta emocional, a que no nos valide, a que frustre nuestros deseos de intimidad, a que nos castigue con la pérdida de amor, con la descalificación brutal, con su furia, con el abandono. Basta adentrarnos en la vida de pareja para comprobar el profundo sufrimiento que se deriva de estar pendiente de la respuesta emocional del otro/a. Es una continuación, a veces casi sin modificación alguna, del mundo emocional del bebé, quien es moldeado por la mirada de sus otros significativos dado que la única referencia que tiene sobre su ser es el estado de ánimo de ese otro. No tiene forma de saber que el humor cambiante de los que le rodean, el fastidio o el amor que experimentan hacia él, son más el producto de necesidades y estados internos del otro que de su propia conducta y valía. Esa es la marca que llevamos como núcleo duro de nuestro ser y que determina nuestra reacción emocional ante el otro, nuestro continuo temor en la pareja, en la amistad, incluso en el encuentro fugaz con alguien que no volveremos a ver. Nuestra vida está marcada por la conflictiva del sometimiento, por los intentos de lidiar con las angustias que nos produce la dependencia emocional y con las angustias generadas al intentar desprendernos de aquellos a los cuales nos sometemos. Es lo que explica por qué hay sumisión a una pareja que no responde a legítimas necesidades emocionales, o que tiene frecuentes estallidos de agresividad, o es infiel, o llega a formas brutales de maltrato, sumisión que requiere del autoengaño para poder continuar soportando esas condiciones, fabricándose, una y otra vez, argumentos que hagan creer a la razón lo que profundamente se sabe que no es cierto: que se sufre en esa relación, que el miedo a la separación –soledad, indefensión, sentimientos acerca de la imposibilidad de conseguir otra pareja- es capaz de imperar por encima de cualquier sufrimiento.


Cuando empleo el término sumisión me refiero a una gama muy amplia de fenómenos, no sólo a los casos más extremos en que alguien es dominado totalmente por el otro/a, aceptando sus deseos, sino a algo mucho más frecuente, cotidiano: la angustia que experimentamos frente al otro/a, a la inhibición en expresarnos, a la mirada atenta con temor a los gestos del otro/a, a lo que dice, a su tono de voz, a su cara. El otro es escudriñado inconscientemente de manera constante para ver si está conforme/satisfecho con nosotros. Sumisión al otro/a es lo que impide dejar fluir lo que somos, lo que deseamos, lo que pensamos, lo que sentimos. Es aquello que genera la formación reactiva, el falso self del cual habló Winnicott (1965). Es lo que vemos en pacientes inhibidos a los que solemos denominar fóbicos, paralizados por las angustias persecutorias que forman el trasfondo de toda su vida mental y de relaciones (Klein, 1946).


Como se desprende de esta simple descripción, la sumisión al otro/a es la más universal de las condiciones. El gran desafío que todos debemos afrontar es cómo seguir en relación, cómo mantener el vínculo, cómo escuchar al otro/a, cómo tener en cuenta lo que el otro/a siente y piensa, y todo ello sin renunciar a ser uno mismo, diferente de ese otro, con nuestras limitaciones pero con nuestros valores.


Estamos condicionados para creer que lo que el otro siente frente a nosotros –su entusiasmo o su rechazo, su deseo de acariciarnos o la reticencia a nuestras caricias- testimoniarían sobre lo que somos, si somos dignos de ser queridos o no, sin darnos cuenta que, en verdad, lo único que indican es lo que le pasa al otro. Como ilustración, una anécdota relatada por un paciente que no por banal deja de ser enormemente esclarecedora. Una niñita, de corta edad, por primera vez se acerca a su abuela y le da, sin que se lo pida, un beso. Euforia de la abuela que dura justo el tiempo en que ve a la nieta dirigirse a la pared y darle también un beso. ¿Es que quería a la pared tanto como a la abuela? Sin lugar a dudas no, pero una vez que la necesidad y el placer de besar de la pequeña se habían activado, entonces el besar respondía a algo interior. Muchas veces las manos del adulto que acarician también testimonian de una necesidad de éste y no sólo del deseo despertado por las cualidades del otro/a. ¿Y si, en otro momento, o para siempre, no desea acariciar porque no encajamos en los moldes de sus preferencias? ¿Una llave y una cerradura que pertenecen a distintas puertas deberían sentirse mal porque no encajan la una en la otra? ¿Debería la llave insistir ante la cerradura para que la acepte o, para restituir su narcisismo lastimado, considerar que la cerradura es perversa, inadecuada, y tratar de forzarla? ¿No debería buscar la cerradura en la que sí encaje? Desgraciadamente, los seres humanos por crecer en un mundo en que nos es vital que las pocas figuras que nos rodean nos acepten, nos quieran, nos valoren –no puede ser de otro modo- arrastramos esa condición y no llegamos a saber emocionalmente que el mundo que ahora nos rodea es más amplio que el infantil, que si alguien no nos quiere siempre encontraremos a alguien que sí goce estando con nosotros. Las necesidades/deseos que tenemos de intimidad de distinto tipo -acariciar, besar, ser acariciados, ser besados, dormir junto a alguien, tener relaciones sexuales, compartir estados de ánimo, experiencias, etc.- hacen que la ausencia de la pareja, o la sola anticipación de que ello pudiera suceder, desencadene un estado de necesidad imperiosa semejante al provocado por la abstinencia en cualquier adicción. De ahí lo difícil que resulta desprenderse de una pareja que junto al maltrato o a la frustración que produce alterna éstos con momentos en que vuelve a proporcionar satisfacción suficiente para mantener la adicción. No es una cuestión en la que se pueda considerar que la persona niegue la patología del otro/a sino que, aun sabiendo de ella, no puede resistir la presión de su propia necesidad de contacto con el otro/droga.


Pero éste no es un destino inexorable, se abre la posibilidad de una línea terapéutica de superación de esta condición cuya aplicación da lugar a un lento pero continuo proceso de elaboración que, tras un primer tiempo de comprensión intelectual de las condiciones que nos empujan al sometimiento, llega a ser verdad encarnada en la vivencia, verdad emocional, de que podemos recuperar nuestro ser de la alienación en el otro. Por supuesto que hay condiciones de la realidad que hacen que alguien no pueda separarse, o que el balance entre sufrimiento y satisfacción con la pareja no sea tan desequilibrado hacia el polo del primero como para impulsar una medida tan drástica, dolorosa y traumática como es la separación, pero el llegar a sentir que la persona que es nuestra pareja no es única, que sus respuestas afectivas frustrantes no son por lo que uno es sino que dependen de características del otro, contribuye –es lo que nos muestra el tratamiento de pacientes con esta problemática- a disminuir el sufrimiento, la dependencia afectiva, el daño a la autoestima, y a continuar con la pareja bajo otras condiciones. Como me dijo una paciente: “Antes lo quería a él y no me quería a mí. Ahora lo quiero menos pero me quiero a mí”. El estado afectivo con que expresaba estas palabras era una mezcla de orgullo sobre sí misma y de dolor porque ya no quería como antes, y eso era una pérdida, pero con el sentimiento de que por primera vez era ella y no lo que él le hacía sentir que era.


La clínica


Hagamos ahora un recorrido por algunos ejemplos que permitan ubicar formas de sumisión y sus causas para, después, encarar cómo ayudar a su modificación. Comencemos por el caso de un hombre casado con una mujer que a lo largo de muchas sesiones no me dejó ninguna duda de que se trataba de una personalidad con una patología severa. Traigo intencionalmente este caso en primer lugar porque si bien el sometimiento es mucho más frecuente en las mujeres –el maltrato a la mujer lo prueba más allá de cualquier duda-, nosotros, en tanto terapeutas, como no trabajamos con la estadística sino con casos individuales debemos cuidarnos de no incurrir en ideología reduccionista y tener en cuenta situaciones en los que la persona que somete es la mujer y el sometido es el hombre. Efectivamente, ¿qué pasa si en una pareja ella sufre de un trastorno, pongamos por caso borderline, con explosiones agresivas, con furia narcisista, con formas de relación incorporadas a partir de un padre o de una madre patológica, y él es un fóbico con tendencia al sometimiento? Esto nos permite reflexionar sobre la diferencia entre la estadística y el caso individual.


Volviendo al caso, mi paciente está casado con una mujer que lo maltrata, que le grita, que lo descalifica delante de los hijos, que inventa supuestas infidelidades. Él es muy trabajador, mientras que su mujer no trabaja pero dice que no lo hace por culpa de él. Él intuye que la mujer tiene rasgos patológicos pero el temor a ella le impide poder llegar a pensarlo con claridad. Condición que no es efecto de la represión –algo se sabe pero es excluido de la conciencia. En este caso, en cambio, el pensamiento es inhibido, abortado casi en su origen, no llega a desarrollarse. Fenómeno de indudable interés para la teoría de los mecanismos de defensa y para la terapia pues no es cuestión de levantar la represión, de llevar a la conciencia algo constituido y sabido pero rechazado, sino de eliminar la causa que impide que algo pueda ser pensado, incluso inconscientemente.


Él no actúa bajo sentimientos de culpabilidad, no depende económicamente de la mujer, no siente que ella valga más que él, pero la cara airada de ella lo paraliza y le hace someterse. Lo mismo sucede en sesión, yo le atiendo frente a frente, me escruta cuidadosamente para averiguar qué es lo que pienso, trata de acomodarse. Hablarle solamente de la patología de la mujer es inútil, lo central fue ayudarle a elaborar su miedo al enfrentamiento al otro/a como rasgo central de su personalidad, que en la esfera de su vida matrimonial toma la forma de tolerancia al maltrato. Tuvo que darse cuenta, y sentir profundamente, que era ahora un adulto, no el chiquito que dependía del favor de los demás, que el mundo es ancho y muy poblado, que el pequeño círculo familiar y de su entorno eran cosa del pasado, que si su mujer se enoja, o a mí no me gusta algo de él, lo central de su vida no está comprometido. Fue llegar a sentir “se enojó, bien, pero ¿qué me va a cambiar mi vida hoy, mañana, dentro de un mes, dentro de un año por este enojo?” Fue reemplazar la inmediatez del enojo de su pareja por una vivencia de su vida como más allá de ese momento.


Es la fragmentación del tiempo -de un presente que no se integra en un pasado y un futuro que le daría su verdadera proporción- lo que ocasiona que la reacción del otro tenga tanto peso en nosotros. Es la herencia en nosotros del cerebro y las reacciones de un animal para quien cada momento es decisivo –consigue a la presa o se libra del predador, satisface en ese momento sus necesidades o perece. Nuestras reacciones emocionales tienen esa marca de la pérdida de la dimensión temporal. Cuando Freud se refirió a que el tiempo del inconsciente era el presente, había captado algo de enorme trascendencia: nuestro tiempo emocional es el del presente. Corresponde a la psicoterapia -es uno de los focos explícitos que trabajo- hacer que nuestros pacientes puedan ubicar el momento emocional del presente en el tiempo más amplio del pasado y del futuro.


Causas de la sumisión


Veamos ahora otro ejemplo que nos permita trascender la mera descripción fenoménica de la sumisión y entrar en los condicionamientos causados por una biografía particular. Es una mujer casada con un hombre tiránico que determina todo lo que se debe de hacer en casa. En una oportunidad, van al teatro y ella en el intervalo le dice: “un poquito difícil la obra”. Es una mujer inteligente pero asume ya el papel de inferior y le consulta a él diciéndole “un poquito difícil”. El marido, en medio del patio de butacas, le grita: “esto es cultura, no como lo que tú estás acostumbrada”, haciéndole pasar enorme vergüenza. Es un hombre que la maltrata de múltiples manera sin llegar a la agresión física. La historia de esta mujer permite entender las causas de su sometimiento: es alguien que vivió la guerra civil española, quedó huérfana, incluso no sabe si la madre se había casado o no con el padre, lo que le hizo crecer bajo el dominio de un profundo sentimiento de inferioridad, de vergüenza. Además, vio fusilamientos, murió la hermana y se aterrorizó ante esa situación. Se sentía absolutamente desprotegida en el mundo, especialmente cuando murió el abuelo de quien ella decía que era muy severo pero que le daba seguridad. Relata que el abuelo la sentaba en el umbral de la puerta y si ella se movía le daba unos “coscorrones”, pero ella se sentía bien por hallarse protegida por esa figura autoritaria. Después de morir el abuelo, fue a vivir a una de esas casas antiguas en las que había un patio común donde conoció al que sería su marido. Ese hombre, con su carácter autoritario, le creó el sentimiento de que era una figura fuerte; en él creyó encontrar alguien como el abuelo. El futuro marido le decía que algún día, si ella llegase a ser como la familia de ella, de baja moral, entonces la dejaría, lo que la tenía aterrorizada.


En este caso el sometimiento no es sólo por el hecho de que él sea agresivo sino porque hay una condición básica en ella que siente que sin alguien que la proteja su vida corre peligro -autoconservación en el nivel más básico. Además, sentimiento de ser indigna -falla narcisista- por su pertenencia a una familia “no moral”. Es lo que trabajé con esta paciente (Ver más adelante el trabajo realizado en la transferencia).


La sumisión y los sistemas motivacionales


¿Qué es lo que vamos viendo con los ejemplos aportados? Que la conducta de sumisión al otro resulta siempre de las necesidades y angustias de distintos sistemas motivacionales. Hay sumisión por necesidades y angustias de autoconservación: “sin el otro corro peligro” o “si me opongo me atacará, es capaz de cualquier cosa”. Hay sumisión por heteroconservación, por un superyó que hace sentir culpable si se produce el menor sufrimiento en el otro, lo que conduce al autosacrificio. Hay sumisión por el placer sexual que el otro ofrece, por angustias narcisistas, o por profundos sentimientos de inferioridad en que la persona se deslegitima continuamente y ubica al otro como fuente de la verdad. Hay sumisión por necesidades de apego o de intimidad (ver Bleichmar, 1999), condición en que las diferencias de género son marcadas, siendo causa importante de sufrimiento por parte de la mujer.


La consecuencia para el tratamiento resulta entonces clara: la superación de las conductas de sumisión no puede derivar de una incitación al paciente para que abandone su esclavitud ante el otro, es necesario trabajar las angustias, las fantasías, las experiencias infantiles, las identificaciones, los deseos que sostienen la sumisión.


Identidad relacional


Quiero introducir el concepto de “identidad relacional” para referirme a la representación que alguien tiene de sí mismo en relación con la identidad, por supuesto también imaginaria, que le atribuye al otro en la relación. Hay gente que se ubica como inmediatamente superior y eso marca la confianza en los propios juicios. Si alguien piensa que el otro es superior, va a desconfiar de sus juicios y comenzará sus interacciones diciendo: “bueno, yo no sé si lo que voy a decir es una tontería”; esa introducción tan frecuente a una intervención en cualquier grupo. Es un estatus relacional en que alguien se ha ubicado claramente como inferior, mientras que hay gente que se pronuncia con total seguridad porque considera que con respecto al otro posee una verdad que debe ser aceptada.


La identidad relacional es una categoría que merece ser incorporada a nuestro concepto de identidad. Por supuesto, identidad relacional que en algunas caracterologías puede ser independiente de con quién se esté relacionando, independiente del contexto. Hay quienes se sienten superior a todos y quienes se sienten inferiores. Pero, a su vez, la identidad relacional puede ir variando de acuerdo al interlocutor. Si vemos al otro como capaz, poderoso, superior a nosotros, desde esa identidad relacional no nos atreveremos ni siquiera a iniciar el desarrollo de un pensamiento independiente.


El papel real del otro en la sumisión


Hasta aquí hemos visto causas internas, intrapsíquicas -miedo, culpa, vergüenza, narcisismo- que determinan la sumisión. Pero la pregunta que nos podemos plantear es si la sumisión es sólo una cuestión intrapsíquica o interviene el tipo de vínculo y las características del sometedor/a, por ejemplo, que tenga rasgos paranoides y autoritarios. La personalidad autoritaria fuerza a que se acepte su posición: acusa a los demás y utiliza la acusación como una forma de imponer su autoritarismo. El miembro de una pareja con rasgos paranoides, autoritarios, con explosiones de violencia, y con insensibilidad frente al sufrimiento del otro, es capaz de generar en el otro conductas de sometimiento. El llamado síndrome de Estocolmo en que alguien, bajo el peso del terror, adopta la concepción que el perseguidor le impone, ocurre también en el marco de relaciones íntimas. Se puede vivir “secuestrado/a” mental/ emocionalmente en el ámbito de la pareja y tener que pagar continuamente el rescate de la sumisión.


Quisiera detenerme ahora en cierto rasgo que presentan algunos sometedores, la insensibilidad frente al sufrimiento del otro, la incapacidad para la identificación con el sufrimiento de la persona que es objeto de su maltrato. Hay gente en quienes las necesidades del otro no están en su horizonte mental. No se trata de que detecten la necesidad del otro y que nieguen la culpa por lo que hacen. Esa sería la concepción kleiniana: supuestamente todos nos formaríamos de igual manera y cuando falta algo es por un mecanismo de defensa; todos nos sentiríamos culpables cuando maltratamos y si no hay sentimiento de culpa habría que buscarlo en el inconsciente, simplemente se estaría negando el mismo. Esa es solamente una posibilidad, pero hay gente para quienes el otro no ha entrado en el panorama mental como alguien a cuidar. Hay quienes van directamente a su objetivo y sólo se dan cuenta que han pasado por encima de los demás cuando éstos protestan. Diferencio esto de la gente caradura que dice “por cinco minutos de tensión, hago lo que quiero”. En cambio, me refiero a aquellos que, ante una necesidad propia, el otro no existe; situación que va desde la experiencia banal del que se sirve la mejor ración en la comida hasta los que en cada oportunidad hacen lo que les conviene frente a la pareja, los hijos o los amigos, teniendo siempre un argumento que los autojustificar cuando son cuestionados. Se trata de una falla básica de la constitución de la intersubjetividad que tiene que ver con haber sido criados por padres en que el otro no estaba en el horizonte mental/emocional, que el hijo/a no era captado en sus deseos y sufrimientos. Con un agregado, el uso de un particular proceso defensivo. Si se les reclama, responden “No me hagas sentir culpable… Yo no me siento culpable… no me voy a sentir culpable”. La defensa consiste en desplazar el problema de lo que se hizo, que sólo puede ser juzgado por parámetros convalidados intersubjetivamente, reemplazándolo, en cambio, por el hecho de que se sienta culpable o no. Es una defensa porque se hace depender exclusivamente de un superyó que crea una moralidad ad hoc, fabricada en cada momento a la medida de las propias necesidades, el decidir que lo hecho sea inadecuado o no. Que alguien se sienta culpable o no guarda escasa relación –a veces nula relación- con lo que se está examinando de lo sucedido en el vínculo. Hay quienes se sienten continuamente culpables por todo y otros que se sacuden el sentimiento de culpabilidad con facilidad. Parafraseando lo que aparece en la presentación de algunas películas: “Cualquier semejanza entre el sentimiento de culpabilidad y la responsabilidad por las acciones es pura coincidencia”. Por ello frente al argumento, escuchado tantas veces en la vida cotidiana o en la terapia de parejas, de “No me siento culpable” la respuesta sería “No es cuestión de lo que sientas, eso depende de lo que necesites sentir, sino de lo que cualquier observador, cualquier persona, diría sobre eso”. Como sostiene Friedman (1988), la realidad es siempre realidad humana, intersubjetiva, de consenso, y la persona que apela a sus sentimientos como justificación coloca, por conveniencia, su realidad psíquica por encima de la realidad intersubjetivamente convalidada.


La insensibilidad, en sus tan diversos grados, se transmite generacionalmente cuando uno de los progenitores ha tenido esa característica y no ha habido un otro miembro de la pareja que la contrarrestre, o figuras sustitutivas que hubieran aportado que en la mente exista como presencia constante la representación de un otro con cuyas necesidades y sufrimiento se produzca la identificación. Se puede desatender al otro para lograr satisfacer deseos de autoconservación patológica, beneficios materiales, por ejemplo, o deseos sexuales, de apego, de regulación psicobiológica, o por necesidades narcisistas para engrandecer la propia imagen. Por supuesto que es dable una coexistencia entre varias de estas motivaciones. De este modo vemos que el tener en cuenta distintos sistemas motivacionales permite ir encontrando subtipos de sometedores así como nos ha posibilitado ir describiendo subtipos de situaciones de sometimiento.


Si hay distintos grados de insensibilidad frente al otro, también ésta varía de acuerdo a distintos momentos en función de dos parámetros: la intensidad de la necesidad que impulsa a desatender al otro para satisfacerla, y las tendencias del psiquismo a la disociación, a poder desconectarse de otros sentimientos, a ser movidos por el placer a hacer lo que desean y después a modificar los criterios de su superyó hasta acomodarlos a su deseo. Hay superyós tan “oscilantes” que en los momentos de gratificación funcionan de una manera y en aquellos en que las necesidades se intensifican ceden a las mismas modificándose las normas, los ideales y la instancia crítica. Los argumentos se barajan hasta encontrar el naipe que convenga. Esta es una condición humana, todos tenemos en alguna medida un superyó oscilante pero hay algunos que son eximios trapecistas. Como psicoanalistas sabemos que éste no es un problema de orden moral sino motivado por una debilidad en la constitución del sentimiento de valía, por la intolerancia a experimentar genuinos sentimientos de culpa sin que éstos tiñan toda la representación de sí mismo, por el sentimiento de que si aceptan la responsabilidad por lo que hacen, entonces es como si no valieran nada y estuvieran expuestos a grandes peligros. Lo que permite aceptar la responsabilidad por las acciones que realizamos es que éstas, cuando son inadecuadas, queden enmarcadas, formando parte de un sentimiento global de que lo inadecuado es sólo parte de lo que somos. Por ello, las distorsiones, las mentiras, son el producto de un self no integrado, disociado, que fuerza a la persona a una defensa a ultranza de todas sus conductas. Los sentimientos de persecución y de culpa, consecuencia de haber tenido padres que castigaban/criticaban/descalificaban a la menor falla -o lo hacían aun sin que ésta ocurriera- es lo que impide colocar a la realidad por encima de las propias acciones, aceptando la responsabilidad que de ellas deriven. Generalmente, complica más la situación la defensa empleada –distorsión en la reconstrucción de lo sucedido, saltos de tema, proyecciones, etc.-, que provoca rechazo y hasta ira en el interlocutor, que la acción en sí misma que es objeto de examen.


Basta pensar en cómo ciertos niños se defienden negando la evidencia para comprender cómo el adulto, bajo iguales temores, acomoda la realidad a sus necesidades y angustias. ¿Se trataría de una regresión a cierta etapa infantil normal? Creemos que no, que el niño asustado será un adulto asustado, pero que un niño cuyos padres apoyan, toleran en sus errores y limitaciones, no las niegan pero tampoco alteran ante ellos la imagen global del hijo/a, tendrá de niño una mayor tolerancia para exponerse a la mirada del los otros y de adulto la fuerza para encarar la realidad de sus fallas y limitaciones sin apelar a defensas extremas. Esa tolerancia a las fallas, a los sentimientos de culpa, de persecución, es un objetivo privilegiado a alcanzar en la terapia psicoanalítica. No se trata tanto de la modificación del superyó sino del objeto interno persecutorio –verdadero resto arcaico generado en la biografía de la persona- que es proyectado en el objeto externo actual.


La sumisión en la situación terapéutica


Ferenczi hizo notar, para desazón de muchos de sus colegas, que el paciente puede repetir en el tratamiento la situación de sometimiento. Fairbairn aportó a la comprensión de la tendencia la autoinculpación defensiva: “Resulta obvio, por tanto, que el niño preferiría ser malo que tener objetos malos; y, de acuerdo con esto, tenemos alguna justificación para conjeturar que una de sus motivaciones al ser malo es hacer “buenos” a sus objetos” (Fairbairn se refería a creerse malo, a construir una imagen de sí como malo, no a la conducta de portarse inadecuadamente). “Al volverse malo realmente está asumiendo la carga de maldad que parece residir en sus objetos. Por este medio, busca liberarlos de su maldad; y, en la medida en que consiga esto, se verá recompensado por ese sentimiento de seguridad que característicamente confiere un entorno de objetos buenos”. (1952, p. 65). “Enmarcada en esos términos, la respuesta es que es mejor ser un pecador en un mundo regido por Dios que vivir en un mundo regido por el Diablo. Un pecador en un mundo regido por Dios puede ser malo, pero siempre existe un cierto sentimiento de seguridad derivado del hecho de que el mundo de alrededor es bueno... En un mundo regido por el Diablo, el individuo puede escapar de la maldad de ser un pecador pero es malo porque el mundo que lo rodea es malo. Más aún, no puede tener sentimiento de seguridad ni esperanza de redención. La única perspectiva es la muerte y la destrucción” (p. 67).


La idea que transmite Fairbairn permite la comprensión de la articulación entre lo intrapsíquico y lo personal, la creación de una figura idealizada por necesidad de protección. Lo que está describiendo es la imperiosa necesidad de adquirir un sentimiento de seguridad -“prefiero creerme malo, pero estar cuidado”. La persona que se somete prefiere pensar que está equivocada, que es pecadora. En cambio, llegar a la comprensión de que un progenitor, la pareja o el terapeuta son inadecuados es enormemente intranquilizante. Una de las dificultades que tenemos con algunos pacientes sometidos es que no pueden tolerar pensar que la otra persona es mala, insensible, egoísta, etc., porque eso les haría sentir que están en un mundo peligroso. De modo que hay diferentes estratos a trabajar. Uno, es el de la culpa; otro, es el del terror a vivir en un mundo que nos pueda atacar, que no nos permita sobrevivir. Kohut (1971) habló de la necesidad de tener figuras idealizadas; lo que describió muy bien es la dificultad de ciertos pacientes de criticar a los padres, pero lo que está por detrás de eso es que criticar es colocarse en la situación tan terrorífica que Fairbairn describe.


Es relativamente fácil trabajar el tema del sometimiento con los pacientes que se someten a sus parejas u otras personas con las que se relacionan. Uno se convierte en un salvador, es una alianza terapéutica fácil. Pero, ¿trabajamos el sometimiento en el vínculo terapéutico? ¿Toleramos el enfrentamiento por parte del paciente, la defensa de su autonomía? Eso es más difícil porque hace que nos cuestionemos o que permitamos que el paciente lo haga. Por ello, el sometimiento en la transferencia tiene que convertirse en un foco importante del tratamiento, para lo cual es necesario que, como terapeutas, hagamos un trabajo con nosotros mismos superando distintos tipos de angustias. No es una tarea fácil, tememos perder estatus frente al paciente, necesitamos sentirnos en situación de ejercer el poder, nuestras angustias de autoconservación y narcisistas nos acechan. Sólo si nos sentimos seguros –internamente seguros- podremos aceptar la existencia en nosotros de fuertes tendencias a funcionar como sometedores e intentar no actuarlas dando libertad al otro; lo que no significa renunciar a lo que somos, a lo que preferimos. Lo que está en juego es la integridad con nosotros mismos, la necesidad de no defender nuestra posición con racionalizaciones, de no apuntalar nuestro narcisismo, nuestro sentimiento de seguridad, en base a someter al paciente. Cuando más insegura internamente sea una persona, tanto más necesitará que el otro/a lo convalide a través del sometimiento.


La sumisión del terapeuta


Les he hablado de sumisión del paciente pero también los terapeutas nos sometemos (Racker, 1960). No basta que sepamos que debemos respetar la visión del paciente y sus tiempos. Ello es obvio, pero muchas veces el concepto de empatía se usa como coartada y tras el supuesto de darle tiempo al paciente subyacen profundos temores de autoconservación –no perder una fuente de ingresos-, o temores narcisistas de que el paciente nos descalifique, o ruptura del apego, etc. Todos los analistas tenemos esos temores, la cuestión es cómo darles una solución, cómo elaborar esas angustias en el trabajo con nuestros pacientes a través de intervenciones que ayuden a salir de esa situación de sometimiento. Nuestro sometimiento como terapeutas -piensen que somos prestadores de servicio- a veces nos convierte en gerentes de hotel que no quieren perder al pasajero. La excusa es la apelación a una presunta empatía: “el paciente no está preparado para profundizar, para enfrentar sus fantasmas, es vulnerable”. En verdad, los pacientes están preparados para ir encarando aspectos cuyo reconocimiento provoca dolor, angustia, si sabemos hacerlo con delicadeza, con cuidado, con respeto. Si le hacemos sentir que entendemos lo doloroso que es enfrentar ciertos rasgos, si le planteamos que hemos dudado en abordar ciertos aspectos de sus sentimientos, de sus conductas, pero que pensamos que es la forma en que podemos ayudarles, que esos aspectos son una parte de ellos, que no los descalifican globalmente, que son rasgos que no pudo impedir que se desarrollasen, que las circunstancias que vivió determinaron que surgieran y se desplegaran pero que ahora pueden tener la libertad, de la que nunca gozaron antes, de “recriarse” a sí mismo. Se trata de tener lealtad con el paciente y lealtad con uno mismo en el sentido de aceptar la angustia que nos produce que el otro se angustie, o que se irrite, o que nos haga sentir que nos abandonará. Muchas terapias en que no pasa nada, en que no hay elaboración, tienen que ver con una actitud evitativa del analista. Pero para que no se malentienda, hay dos riesgos: el del terapeuta defensivamente pasivo y el del defensivamente hiperactivo que desatiende los tiempos del paciente. Lo que puede ayudarnos a encontrar un punto de equilibrio entre esas dos actitudes no es solamente la evaluación del paciente, de igual importancia es preguntarnos ¿qué de mí, de mis rasgos caracterológicos, de mis temores, de mis necesidades, me hacen actuar de una manera u otra? Resulta imprescindible reflexionar sobre las razones que determinan que, como terapeutas, tendamos a adscribamos a modalidades técnicas que son adaptaciones a nuestras necesidades personales, y que luego las defendamos con racionalizaciones.


Compartir con el paciente la “cocina” de nuestras intervenciones para favorecer el desarrollo de su autonomía


Les traigo un ejemplo de una paciente que me cuenta con enorme intensidad afectiva que el ex marido deja todo sucio en la cocina. A mí lo que me llama la atención es la intensidad del rechazo y le recuerdo que ella tuvo el mismo rechazo con respecto a una escultura en la que trabajó mucho tiempo y que luego destruyó. Le digo que aquello que no le gusta lo rechaza con intensidad. Es una mujer apasionada, la forma en que se expresa, todo el cuerpo está comprometido, y esto lo asocio con la forma en que ella rechazó su obra. Me dice que su obra la sentía como un “engaño”, como un “usurpar” lo genuino, que pensaba que no la representaba. Le digo que utiliza palabras muy duras como usurpación o engaño, dichas con enorme carga de odio. Me responde que sí, que es cierto pero que, al mismo tiempo, esa es la fuerza la que le ha permitido salir adelante desde una condición muy precaria en su infancia y adolescencia que me describe. Le digo que su rechazo a la suciedad que deja el marido en su casa tiene que ver con el rechazo que sintió respecto a las condiciones de pobreza y suciedad en que vivía con sus padres, que reacciona como si fuera una persona alérgica dado que la suciedad actual le evoca la suciedad de la infancia pero que hay algo más importante: así como quiso expulsar, erradicar, eliminar todo lo relacionado con la suciedad, cuando encuentra un rasgo de sí misma, o de los demás, que no le gusta, lo quiere eliminar con esa intensidad. Yo no me quedo en la temática -la humillación por la suciedad vivida en la casa de la infancia. Ese es el nivel temático, porque ella podría sentir ese rechazo pero sin esa intensidad afectiva. En ella lo significativo es más estructural: lo desagradable es rechazado con enorme violencia, como si lo quisiera arrancar. Esto nos muestra, una vez más, que nosotros tenemos que diferenciar entre temática y algo que es transtemático, estructural, por ejemplo, el tipo de reacción agresiva frente a lo que no gusta.


Le dije, además, que estoy en una situación que no es fácil: por un lado, no quisiera modificar un ápice su pasión porque tiene que ver con su fuerza creadora, con su compromiso con lo que hace pero, por otro lado, me doy cuenta que esa misma pasión la lleva a estar continuamente en conflicto consigo misma rechazando aspectos de sí misma, que esos rechazos que realiza de sí misma es algo que me preocupa, que estoy en un dilema de cómo conservar su pasión y, al mismo tiempo, cómo modificar esos niveles de rechazo que tiene con ciertos aspectos de ella. Le digo que iremos viendo cómo conciliamos esos dos criterios. Entonces, me contesta con ironía, y una sonrisa, que yo “voy a tener que ganarme esforzadamente mi sueldo”. Ahí terminó la sesión, pero es un tema que retomo en el tratamiento porque podría haber dicho “vas a tener que trabajar mucho, etc.”, pero que me voy a tener que ganar mi sueldo esforzadamente constituye un indicador de que ella siente que lo que me paga se lo gana esforzadamente. Lo voy a retomar, no inmediatamente en la próxima sesión porque tengo que ver cómo viene, pero es algo que no puede dejarse de lado porque es un punto de conflicto real entre nosotros, porque a ella le cuesta mucho más que a mí ganar ese dinero. El abordar los conflictos de necesidades, deseos, concepciones que surgen entre paciente y terapeuta ayuda a que uno y otro legitimen su propia subjetividad, conozcan la del otro, acepten la del otro, y sepan que hay que “negociar” los inevitables conflictos entre subjetividades (Slavin, 1998). Cuando el paciente capta la subjetividad del analista -esto es sólo posible si el analista se presta a ello (Aron, 1991) y no le señala que sólo fantasea, distorsiona- se incrementa la capacidad de mentalización, de captar estados mentales del otro (Fonagy, 2000, 2002). En no pocas oportunidades se usa el trabajar sobre los conflictos intrapsíquicos del paciente para evadir el examen de los conflictos que inevitablemente existen entre las necesidades de paciente y terapeuta. Ambos niveles de conflicto requieren ser examinados.


Diálogo interior entre múltiples perspectivas


Resulta importante mostrarle al paciente las razones de nuestras intervenciones, incluso, en algunos casos, las dudas que tenemos, porque eso brinda un modelo: uno tiene un pensamiento y, simultáneamente, objeciones a ese pensamiento. Diálogo en el interior de uno que se puede desarrollar sin acritud, no desde un superyó que critica sino desde la perspectiva de saber y sentir que la realidad y nosotros somos complejos. Una modalidad que posee una virtud nada despreciable: ayuda a superar el dogmatismo de las visiones monocordes mediante un diálogo interior entre múltiples perspectivas. Si queremos que el paciente pueda hacer que sus múltiples selfs dialoguen, que capte las contradicciones, que rectifique, es necesario que el analista lo haga y que, de alguna manera, implícita o explícitamente dependiendo de las circunstancias, se lo transmita al paciente.


Fijación afectiva


¿Por qué alguien queda fijado a otra persona y busca desesperadamente su amor, observa los más mínimos movimientos de su amado/a para detectar, minuto a minuto, el “parte meteorológico” del estado del otro, se llena de dolor si el otro/a no busca el contacto emocional o físico con la misma asiduidad que él o ella lo hace? Se suele apelar al apego como si la invocación a éste fuera explicación suficiente cuando, en realidad, es la causa de ese apego lo que requiere ser aclarado. El riesgo es convertir un término que simplemente describe una conducta en explicación del fenómeno –“tiene necesidades de apego… es por apego...”, es como decir “dado que observamos que alguien no puede dejar de buscar el contacto de otro, que privilegia a éste por encima de cualquier otro vínculo, a esa conducta la denominamos apego” y, luego, para explicar las razones, causas, de esa conducta concluyéramos que ésta “es por apego”. Por tanto, resulta necesario reformular la cuestión preguntándonos ¿por qué alguien tiene intensas necesidades de apego? Dejo de lado el nivel biológico –circuitos y receptores para vasopresina y oxitocina- cuyo papel en el apego diferencial está suficientemente documentado (ver Panksepp, 1998), o las experiencias infantiles que crearon intensas necesidades de contacto físico/emocional, para detenerme sólo en una de las varias condiciones psicológicas que en el presente, en la interacción, hacen que una persona no pueda tomar distancia con respecto al amado: las oscilaciones entre momentos de gratificación y de frustración narcisista. El trauma narcisista por el rechazo real, o por lo que se siente como rechazo al codificarse como tal, crean la necesidad compulsiva, como en el ludópata, de volver una y otra vez para ver si en la nueva oportunidad el resultado es por fin favorable. Nada fija tanto al objeto como la necesidad de que se deshaga la afrenta narcisista, el deseo de que el otro/a sea como deseamos. El trauma narcisista no reside únicamente en que el otro no lo desee a uno sino, y especialmente, en el sentimiento de impotencia para hacer que el otro sea conforme a nuestro deseo, que sienta lo que deseamos que sienta, que sienta la necesidad de contacto con igual intensidad, y bajo la misma forma, que nosotros.


Si he hablado de rechazo real y de otro tipo de rechazo -el sentimiento de rechazo por la codificación que se hace de la respuesta del otro- es porque en este segundo caso se trata de la dificultad para captar que el otro no rechaza sino que hay necesidades diferentes en el contacto, que los seres humanos nos distribuimos en un amplio espectro que va desde un extremo “cocker spaniel”, siempre dispuestos a ser acariciados y a lamer, hasta otro extremo “gato” que circula en el hogar, se deja tocar poco, es intermitente, y requiere mucha autonomía. El ayudar a un/una paciente a saber vivencialmente que es “cocker spaniel” y que su pareja es “gato” no le quita el hambre de contacto emocional pero, por lo menos, le saca de la situación de dolor narcisista.


Condición totalmente diferente en terapia cuando llegamos a la convicción de que la pareja de nuestro/a paciente es realmente frustrante, convicción que sólo debemos aceptar en nosotros una vez que superemos tres cautelas metodológicas que el psicoanálisis ha descrito: a) la ingenuidad de tomar el relato del paciente como descripción objetiva de la realidad sin reparar que es un relato –riesgo con pacientes paranoides que ofrecen narrativa sistemática, tendenciosa; b) la identificación contratransferencial por problemas con la propia pareja actual o pasada; c) un mundo/prejuicio sobre el hombre o la mujer producto de fantasías inconscientes y de ideologías adoptadas en función de experiencias infantiles y sentimientos profundamente arraigados que le dan forma de expresión, con raíces inconscientes que se desconocen.


En este tipo de fijación a una pareja frustrante, que puede llegar al nivel del maltrato, la ayuda al/la paciente consiste en que pueda recuperar para sí la función de autoevaluación que le ha cedido al otro/a, el mirarse desde la mirada este otro. Es aquí donde la elección de línea terapéutica resulta esencial, no consistiendo sólo en la narcisización del paciente, en que reconozca sus aspectos valiosos, sino, esencialmente, en hacer explícito, compartido con el paciente, el objetivo de dejar de seguir entregando a alguien en particular, o los demás en general, la decisión de quién se es. Formulado al paciente este objetivo con todas las palabras, una vez que esto se convierte en temática a trabajar, lo que se requiere es un proceso minucioso, lento, de elaboración analítica de las condiciones infantiles que generaron esa tendencia a entregar al otro la decisión sobre lo que es adecuado/inadecuado, sobre la identidad, sobre las angustias que provoca el enfrentar al otro y autoafirmarse en los propios juicios y sentimientos. Pero explicitar el paciente el objetivo de reapropiación de la identidad es sólo un andamiaje -aunque esencial dado que orientará el tratamiento- que requiere ser rellenado con experiencias concretas que le den sentido vivencial: recuerdo de experiencias del pasado que condicionaron la entrega de la función de autoevaluación, y nuevas experiencias en el presente en las que pueda ir quitando peso a lo que el otro/a opina, con palabras o con hechos. El recorrer estas experiencias es esencial, pues nadie cambia por una idea transmitida al paciente, o encontrada con éste, o descubierta por éste, sino porque inicia el desarrollo de experiencias emocionales que se inscriben como memoria procedimental.


Para ello es indispensable que se pase de interpretaciones de tipo general “le tiene miedo…, o por miedo a…” –la palabra miedo es siempre una abstracción- a la descripción de una escena concreta en que el paciente se conecte con las sentimientos y las sensaciones corporales que experimenta ante el tono de voz de la figura amenazante, a la cara que éste muestra –furor en los ojos, apertura o cierre de éstos, movimientos de la mandíbula, etc. El miedo del niño, y del adulto, tiene su base en imágenes concretas de la cara, del cuerpo, de la voz, de la figura amenazante. Es ante esas representaciones a las que se responde con lo que llamamos miedo, y que determina la sumisión. El paciente tiene necesidad, para que haya transformación, de recrear en el tratamiento de manera vivencial, en forma de representaciones específicas, las respuestas tanto de las figuras de la infancia como de las presentes en el nivel concreto que acabo de mencionar. Ayuda que el terapeuta le proponga “vea en este momento la cara de… cuando no le gusta algo de Ud.. Recree -imagine, vea- en su mente el gesto con que él/ella reacciona, el tono de voz con que le habla, las palabras que le dice, cómo él/ella pone el cuerpo, la cara…, etc.”. Cuando el paciente logra recrear esas imágenes, entonces sí se le puede conectar con sus sentimientos ante esa reacción del otro: “¿qué siente/es en esos momentos?” Es a partir de ahí que la elaboración del miedo al otro puede progresar.


Líneas generales del tratamiento


Con respecto al tratamiento, no basta, como dijimos antes, con denunciar el sometimiento, es indispensable elaborar las causas. Por supuesto que cuando uno como terapeuta empieza a hablarle al paciente de su sometimiento en cierto vínculo, en su relación de pareja o en cualquier circunstancia, nuestra palabra tiene peso, el de la transferencia, y el paciente puede iniciar el proceso hacia la autonomía. En el trabajo Hacer consciente lo inconsciente (Aperturas Psicoanalíticas,. 22) en que planteo la modificación en base a un referente externo, el terapeuta se convierte en un referente externo y aparece así una cierta propuesta para el paciente de “no te sometas”. Hay una paradoja en esto: “no te sometas a algo o alguien pero sí acepta lo que te estoy diciendo”. Los que vieron el video de la paciente que estaba sometida a un marido tan tiránico recordarán que los primeros 10´ del video son notables porque ella dice, mirándome a mí como esperando una aprobación, “porque yo me estoy rebelando ante Juan. El otro día, cuando Juan me dijo algo, yo le dije que no”, etc. Enfatiza que se está rebelando ante el marido. Recordarán que le dije que aprecio lo que ella estaba haciendo. Comencé por una valorización porque se trataba de un logro, pero mi preocupación era, así se lo manifesté, que se rebelase ante Juan porque era lo que yo quería y que eso, al mismo tiempo, implicase un sometimiento a mí, y que lo que ella tenía que plantearse es qué es lo que quiere ante Juan y ante mí. Recordarán que ella me respondió “y si algún día lo necesito a Vd.”. Frase escalofriante que mostraba el terror de no ser protegida, de ser abandonada.


Esto nos indica la necesidad de plantear al paciente no sólo el sometimiento ante otras figuras sino en la relación terapéutica y, sobre todo, las causas del mismo, el tipo de angustias que lo determinan. Tenemos que ayudar a que nuestros pacientes se den cuenta de que sus deseos son diferentes de nuestras preferencias. Muchas veces les explicito a mis pacientes que cierta opción es una preferencia mía en función de mis características, de mi historia, pero no tiene porqué ser una preferencia suya.


El someterse no corresponde en general a un ideal del yo, salvo en las novelas de caballería, en las que el sometimiento del vasallo al señor es presentado como virtud. El lavado de cerebro, la gran inteligencia de los grupos dirigentes es convertir el sometimiento en virtud. En general, todos los grupos –políticos, religiosos, profesionales- convierten en una virtud el no cuestionar, el someterse. El lavado de cabeza toma la forma de una ideología. Pero, simultáneamente, en otras condiciones, la palabra sometimiento tiene una connotación negativa. Por lo tanto, nuestros pacientes tocados en su narcisismo podrán tratar de no someterse pero si no se trabajan las angustias que les subyacen nos quedamos en mera modificación de conducta, no hay cambio profundo, la ansiedad se mantiene y se la intenta vencer mediante el voluntarismo. En cambio, a lo que aspiramos es a una transformación más profunda. Se requiere una modificación de las condiciones intrapsíquicas, una modificación del poder atribuido al otro. Para ello podemos trabajar en tres dimensiones: a) modificación de la representación de sí mismo; b) modificación de la representación de los demás; c) modificación de las fantasías sobre las consecuencias supuestamente siniestras de la confrontación con el otro.


En relación a la modificación de la representación de sí mismo, la gente que se ha sometido o se somete tiende, a lo largo del tiempo, a una autodescalificación creciente. Se ven como débiles, incapaces o defectuosos. Lo que trabajamos con esos pacientes es que, por supuesto, tienen limitaciones, como las tenemos todos, pero que como personas no son solamente esas limitaciones, son algo más que la suma de esas limitaciones. Esto requiere que el analista le reconozca y acepte en su especificidad como persona, lo que no resulta fácil porque tenemos nuestros valores y preferencias, nuestros gustos de cómo el otro debe de hablar, moverse, comer, etc. No hay ninguno de nosotros que no sienta irritación frente a ciertos comportamientos del otro. Ese es un problema en terapia. Nos obliga a estar enormemente alerta frente a las alergias personales ante las conductas de los demás. No son de fácil modificación pero una cierta cautela ayuda si uno se dice “éstas son mis preferencias”. Es la elección narcisista de que habla Freud. En Introducción al narcisismo, Freud da como formas de elección narcisista de objeto a lo que uno es, a lo que uno fue, a lo que uno quiere ser. Por ello, los pacientes que son similares a nosotros son más aceptados. Debemos saber esto y estar continuamente alerta para valorar en nuestros pacientes aquellos rasgos que son diferentes, y superiores, a los nuestros. Con mucha frecuencia encuentro en mis pacientes rasgos que me gustan más que los míos. Si bien hay dimensiones en las que siento que poseo rasgos que para mi escala de valores podrían ser mejores, sin embargo, siempre encuentro rasgos en que a mí me gustaría ser como ellos. Busquen en los pacientes rasgos en que ellos son mejores. Al principio es una búsqueda intencional, pero después se convierte en un automatismo. Hay pacientes que, junto a sus limitaciones, son más simpáticos que uno, o más inteligentes, o más hábiles socialmente, o más diversificados en sus intereses, o más hedónicos, etc. Preguntémonos en qué es mejor nuestro paciente con respecto a nosotros. Eso va a permitir una conexión y una aceptación del paciente totalmente diferente.


La autodescalificación defensiva


Vale la pena transmitir explícitamente al paciente el conocimiento sobre el mecanismo intrapsíquico de la autodescalificación defensiva estudiada por Fairbairn. Tiene gran valor terapéutico porque cuando es entendida permite que vea que por miedo al enfrentamiento se autodescalifica y que eso le va construyendo determinada imagen. Se trata de examinar cómo se formó cierta representación de sí, cómo se estructuró cierto estatus relacional en su desarrollo. Ayuda al proceso de superación de las tendencias al sometimiento el vivenciar que en la infancia fue obligado porque no se tenía otro remedio pero que ahora sí tiene existen opciones.


Esto tiene que ver con las fantasías acerca de las consecuencias de romper el vínculo. Hay pacientes que no se pueden separar por el sentimiento de que se van a quedar solos y librados a consecuencias funestas, o el temor de qué les va a pasar a los hijos, cómo van éstos a sufrir daño irreparable. En el caso del paciente al que me referí antes, sometido a una mujer borderline, una de sus preocupaciones principales estaba relacionada con sus hijos. Tenía razón, pero no solamente por el sufrimiento de ellos sino porque esta mujer se había apoderado del cerebro de uno de los hijos, le había mentido sobre él, le decía que él tenía amantes, que se gastaba el dinero con ellas. El hijo no hablaba desde sí mismo, pensaba desde la madre. Ayudé a este paciente a tener confianza en la evolución de las cosas en el medio y largo plazo. A mí no me cabía ninguna duda que cuando esos hijos llegasen a la adolescencia, no tan lejana, iban a padecer conflictos con la madre y en ese momento podrían ver quién era quién en la pareja de los padres.


En cuanto a la modificación de las fantasías sobre las consecuencias siniestras de romper el vínculo, la mujer a la que me referí sometida al marido, estaba convencida que sin el marido ella no podría sobrevivir. Cuando ella empezó a mostrar su disconformidad, a no temer a la reacción de él, el marido empezó a darse cuenta que era él quien la necesitaba.


Modificación de la representación del otro


La otra condición a tener en cuenta es la modificación de la representación de los demás. Ni tan poderosos ni tan perfectos, no dejar que se conviertan en árbitros de nosotros. Siempre estuvimos preocupados en psicoanálisis por no favorecer la proyección pero, al mismo tiempo, hay un riesgo en que nuestros pacientes no vean los defectos de la pareja, de la gente que los rodea, de nosotros como analistas.


Por tanto, modificación de la representación de sí, modificación de la representación del otro y modificación de las fantasías acerca de las consecuencias siniestras de romper el vínculo. Todo esto debe ser explicitado, y éste es otro de los principios que quiero reiterar: compartir con el paciente la línea terapéutica, explicación de lo que uno está queriendo, hacia dónde tiende el tratamiento. Les suelo plantear a mis pacientes cuál sería un objetivo a largo plazo, que esto no significa que se lo vaya a conseguir ahora, ni que piense que está obligado hacer actos heroicos, pero que cuando se visualiza el objetivo se puede entrever el camino y los medios para alcanzarlo. Si uno le aclara al paciente qué es lo que uno quiere, la ventaja es que le otorga autonomía al permitirle saber cuál es la agenda del psicoanalista, con lo cual le ayuda a que se pregunte ¿cuál es la agenda, el deseo, las preferencias del otro? El paciente, a través de estas situaciones, que son simplemente de un vínculo particular, en este caso referido a compartir un proyecto y los objetivos del tratamiento, aprende a diferenciar entre su deseo y el del otro, entre las preferencias del otro y las suyas, a decirse: “ésta es la propuesta de él/ella, yo la puedo o no aceptar”. Permite que la gente reconozca las agendas, las propuestas, los objetivos de la otra persona. Con lo cual lo que hacemos con este trabajo, llamémoslo en la transferencia -sería más adecuado en el vínculo porque transferencia parecería que se refiere a las distorsiones del paciente-, con este trabajo en el vínculo, entonces, es ir creando estructuras que permiten al paciente reconocer qué es lo de él, qué es lo del otro, cuáles son sus valores, cuáles son sus preferencias y limitaciones, cuáles son las preferencias y limitaciones del otro. Es decir, que el paciente logre incorporar un tercero que observe a esos dos en interacción que son él y el terapeuta. Trabajo sobre el superyó, trabajo sobre la ideología inconsciente, los mandatos, el sometimiento a los padres internalizados como mandatos del propio superyó. Aquí resulta pertinente recordar el caso de Mitchell (2000), el paciente Will, que se había separado de la mujer y se sentía culpable debido a un mandato internalizado que le hacía sentir que traicionaba ciertos ideales del padre. En el superyó siempre hay reglas que se han perdido en su génesis, hay que retrotraerse a las condiciones específicas en que se formaron para mostrar que son el producto de creencias/preferencias del otro. El contextualizar su origen les quita el carácter de verdades eternas. Nada enseña tanto como el revisar la historia de las costumbres que una vez que se establecen parecen ser verdades eternas. Tarea nada fácil pues está sujeta a las narrativas desde las que se construye la historia (para una discusión del tema, véase Friedman, el apartado “Problems of history”, 1988, p. 454).


Para terminar, quiero leerles una cita de Freud y el contexto intersubjetivo en el que transcurre lo intrapsíquico, porque se suele oponer Freud a una perspectiva intersubjetiva. No cabe duda que la perspectiva intersubjetiva, la perspectiva relacional, es un avance sobre algo que Freud no desarrolló nunca. Cuando planteamos la importancia de la intersubjetividad hay quienes dicen que eso no es psicoanálisis, que el psicoanálisis sería solamente lo intrapsíquico.


En Psicología de las masas y análisis del yo Freud escribió lo siguiente:


“La oposición entre psicología individual y psicología social o de las masas, que a primera vista quizá nos parezca muy sustancial, pierde buena parte de su nitidez si se la considera más a fondo. Es verdad que la psicología individual se ciñe al ser humano singular y estudia los caminos por los cuales busca alcanzar la satisfacción de sus mociones pulsionales. Pero sólo rara vez, bajo determinadas condiciones de excepción, puede prescindir de los vínculos de este individuo con otros. En la vida anímica del individuo, el otro cuenta, con total regularidad, como modelo, como objeto, como auxiliar y como enemigo, y por eso desde el comienzo mismo la psicología individual es simultáneamente psicología social en este sentido más lato, pero enteramente legítimo”.


La cita es notable, el psicoanálisis no es sociología, estudiamos lo intrapsíquico, pero lo intrapsíquico en un contexto, en la relación con los demás, y esto no sólo en su origen sino en su funcionamiento a lo largo de toda la vida. De ahí que el estudio de los mutuos sometimientos entre paciente y analista, aunque tomen distintas formas y niveles de asimetría, es campo fértil para aclarar esa particular articulación entre lo intrapsíquico y lo intersubjetivo, en cómo las tendencias sometedoras o al sometimiento de alguien se encuentran con las tendencias del otro, esa dialéctica del someter/ ser sometido que viene desde Hegel y que Jessica Benjamin (1998) ha encarado productivamente en psicoanálisis. Es lo que ha trabajado fructíferamente la corriente relacional en psicoanálisis, me refiero al sector que señala cómo a partir del encuentro entre dos subjetividades se construye lo que cada uno siente y hace. Posicionamiento teórico que no descarta la importancia de lo intrapsíquico, que busca entender la complejidad entre aspectos caracterológicos más o menos estables y el contexto intersubjetivo que hace que alguna de las configuraciones afectivas/cognitivas/ de acción de una persona se activen/generen en el encuentro con el otro. Superación de dos radicalismos: el de una psicología que estudia mentes aisladas, creyendo que se las puede entender fuera del contexto intersubjetivo en que existen y manifiestan, y el de una concepción que hace desaparecer los rasgos de carácter, las fuertes tendencias afectivas/cognitivas/ de acción que dominan a una persona en múltiples contextos y consideran que todo se co-construye en la interacción como si la persona fuera un fluido, sin rigidez interna, que se moldea en el encuentro con el otro.


El gran conflicto intersubjetivo –y moral- es si escuchar más las necesidades del otro o las propias, cómo encontrar un balance entre ambas, cómo decidir cuándo ese balance no es posible y hay que optar, a veces tajantemente, por uno o por el otro. Los automatismos llevan a algunas personas a ceder en sus necesidades y satisfacer siempre las de los demás. Hay quienes, de manera también automática, siempre se colocan primero y son ciegos a lo que los otros puedan necesitar, desear, sufrir. Nuestra labor como psicoanalistas es que nuestros pacientes puedan plantearse la existencia de ese conflicto, verlo como parte ineludible de la intersubjetividad, y hacer sus opciones en cada momento, superando sus automatismos inconscientes y las fuerzas que los sostienen, venciendo las tendencias a la sumisión o al egocentrismo que, hasta el momento en que son abordadas psicoanalíticamente, gobiernan sus vidas.





Bibliografía

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[1][Versión ampliada de la presentación hecha en la reunión de la Sociedad Forum de psicoterapia psicoanalítica, Madrid, noviembre 2006]