Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo, Psicoterapeuta, Psicoanalista. Zaragoza. Teléfono: (+34) 653 379 269 rcordobasanz@gmail.com Gran Vía Y Online Website: www.rcordobasanz.es
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Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta. Zaragoza -Gran Vía 32- Presencial y Online. IG: @psicoletrazaragoza Página Web: Contacta
Está el nihilismo ruso, ejemplificado por Turgueniev en un relato mediante un soldado que dice ¿para qué?, arroja la bayoneta, se tira en el suelo y dice: que le den a la Madre Rusia, al Zar, y a mí mismo, no hay nada que hacer. Es un nihilismo deprimido y deprimente: la conciencia de la ausencia de Dios, la sospecha de que Dios es un error que ha cazado nuestra conciencia (y por lo tanto ya no nos podemos dejar engañar por sus seducciones) abate al individuo. Pero también está el nihilismo activo, el que trae Nietzsche con prosa indomable y martillazos: es el que dice, no hay Dios, eso está claro, pero ¿quién ha dicho que nos hace falta para algo? ¿quién ha dicho que no es más que suficiente todo este manantial lleno de vida? Y lo que se propone es dejar de preguntarse por el ser, para proclamar el vivir. No se deprime porque no haya nada al otro lado del tiempo -es más, es capaz de inventarse la bonita fábula del eterno retorno-, sino que muy al contrario encuentra que esa nada es un impulso adorable para la celebración del vivir, hasta el punto de que le da la vuelta a todos los molestos conceptos que fueron encapsulándolo -reglas morales, costumbres, blablablás- y transforma el cuento en canto. Es un poeta, y sabe bien que fue un poeta (Lucano, Farsalia) el que escribió: No necesito a los dioses, pero los dioses me necesitan a mí.

Ilustración: Óscara Sarramia
Nietzsche es tan grande que le pasa lo que sólo le pasa a los grandes: puede tener de discípulos a escritores que no sólo no tienen nada que ver unos con otros, sino que se dirían antónimos. A Cervantes le pasa: Julián Ríos, y su chorro de juegos de palabras, puede reclamar su ascendencia tanto como Andrés Trapiello. Se diría que su fuerza y su pensamiento eran tan totales que bajo sus alas cabe lo mismo el nazi que entiende que el vaticinio del superhombre le está exigiendo que se arme hasta los dientes y empiece a estudiar genética, como el epicúreo que, saltándose los párrafos más feos y los más violentos, encuentra en sus martillazos un sensacional canto del mundo, una celebración constante. De él, en fin, podría decirse lo que se dijo de Platón: que toda la filosofía posterior no era más que una serie de notas a pie de página de su obra.
Tras muchos años buscando su manera particular de enfrentarse a la realidad como filósofo, como poeta, Nietzsche encontró su género: el aforismo. Escribía en mármol, aunque harían falta muchas canteras para contener todo su pensamiento, sus felices hallazgos, sus colosales imprudencias, sus decisivas impresiones. La editorial Renacimiento acaba de recuperar, con un excelente y limpísimo prólogo de Manuel Neila, la vieja edición de Luis Pietrafesa de los Aforismos de Nietzsche. Es un libro inagotable. Pietrafesa dice en su nota preliminar, en la que subraya el anticristianismo de Nietzsche, que no hubo hombre más parecido a Cristo que el propio Nietzsche. Cristo, nos dice, prometía un cielo tras la estancia en la tierra, Nietzsche aspiraba que la vida en la tierra fuera puro cielo: "Sintiéndose dios quiso que el hombre, transformándose en superhombre, fuese su propio dios, es decir, hacer de cada hombre un Jesús. Perseguía el ideal de un mundo mejor, con una moral nueva para un hombre excelso".
En el prólogo Neila resume bien el pensamiento trágico: consiste como primer movimiento en una afirmación -o aprobación- de lo real con conocimiento de causa, es decir, con conocimiento del carácter único, insignificante, azaroso y cruel de cuanto existe. El segundo rasgo es la crítica del doble -o de los ídolos-: "La intolerancia afectiva frente a la crueldad de lo real conduce de manera inevitable a la sustitución de la realidad por los productos derivados del pensamiento, el deseo, la ilusión o la naturaleza". De manera que una crítica trágica no se proponga la negación de lo real, sino más bien la reducción al absurdo -a ser posible a carcajadas- de cualquier sustituto irreal, cualquier simulacro que venga con una respuesta entre los dientes. No necesitamos respuestas porque el mundo es la sola respuesta que nos necesita. Nietzsche no expone una visión totalizadora ni ansía un saber absoluto, sino que se limita a amar y conocer la condición trágica de la existencia.
Apunta Neila que Nietzsche no tardó en darse cuenta de que la interpretación de la realidad no tenía más remedio que ser "cuestión de palabras", y ello le llevó a abrir el discurso filosófico a la nueva problemática del lenguaje. Pero el lenguaje humano es esencialmente retórico, pues sólo pretende transmitir opinión (doxa) y no conocimiento (episteme). Pero a pesar de esos límites, ("¡Las palabras nos estorban en el camino!") Nietzsche no podía renunciar a sus servidumbres. Otros filósofos y escritores pensaron que podían exorcisar el lenguaje tradicional -la escritura sagrada- dislocándola. Nietzsche alcanzó otra salida: la escritura fragmentaria.
"El aforismo, la sentencia, de los que soy el primer maestro en lengua alemana, son formas de la eternidad", dirá en El crepúsculo de los ídolos. Su ambición quedó declarada en otra sentencia de ese libro: "Mi ambición: expresar en 10 frases lo que otros dicen en un libro -lo que los otros no llegan a decir en un libro".
Acaba Neila su prólogo diciendo que si hubiera que presentar a Nietzsche de forma convincente habría que hacerlo así: "Un filósofo prendado de la vida, pero atrapado desde muy pronto en las redes del lenguaje, lo que le predispuso al rechazo del discurso tradicional, el lenguaje del todo, en favor del discurso fragmentado, el lenguaje de las partes". Lo que viene luego, la amplísima selección de aforismos de Nietzsche, es uno de los más evidentes monumentos de la poesía y del pensamiento.
Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta. Online y Presencial. Gran Vía. Página Web: Conóceme. Contacta Instagram:psicoletrazaragoza rcordobasanz@gmail.com

Dentro de esta perspectiva de la vida, el conocimiento no podría salir ileso. La verdad es atravesada por la pugna de fuerzas de la vida. Los remanentes de esta colisión de fuerzas son la ilusión de la Verdad: la verdad es una interpretación de perspectivas. Si bien Dios fungió durante siglos como un centro de pensamiento filosófico y científico, cuando la pléyade de hombres ilustrados de la modernidad arribo a la tribuna crítica, ahora fue el concepto y la razón los portadores de ese optimismo y fe: un dogma ciego en la razón exacerbado por los ideales de eternidad y certeza de los hombres. Pero todo cae y nada permanece: después de la crítica de Nietzsche hacia la verdad como fundamento, no se podría hacer filosofía de la misma forma. Una conciencia crítica subyace la filosofía hecha en el siglo XX: se murieron las ideologías, los ismos, las verdades eternas. La culpa no fue entera de Nietzsche. Pero su pensamiento echo luz sobre una perspectiva dogmática de nuestras certezas. Su crítica no fue un martillo sin miramientos hacia la tradición, sino la visión de la aurora: ¿para qué hacer filosofía si se decide no ver nuestros propios huecos de pensamiento?
La crítica era hacia el nihilismo desvalorizante culpable de 
Por supuesto siempre hay mucho que decir de Nietzsche y esta no será la última idea en torno a él. ¿Dónde quedó Zaratustra? ¿Dónde quedó el superhombre?
Nietzsche: "La genealogía de la moral"
"Yo considero que la mala conciencia es la profunda dolencia a que tenía que sucumbir el hombre bajo la presión de aquella modificación, la más radical de todas las experimentadas por él, de aquella modificación ocurrida cuando el hombre se encontró encerrado en en el sortilegio de la sociedad y de la paz [...] Pero con ella se había introducido la dolencia más grande, la más siniestra, una dolencia de la que la humanidad no se ha curado hasta hoy: el sufrimiento del hombre por el hombre.
Friedrich Nietzsche: La geneaología de la moral.
Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo. Zaragoza. Psicoterapeuta.
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