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domingo, 13 de diciembre de 2020

Cambio Climático

 


Yayo Herrero: “El cambio climático es la consecuencia de una forma de organizar la economía que no conoce límites”

Entrevista a Yayo Herrero, una de las voces referentes del ecofeminismo en el Estado español, en el marco de la pandemia del COVID-19 en relación a la crisis climática

El lunes, 25 de mayo, Yayo Herrero junto a otras compañeras firmaron en nombre del Foro de Transiciones una carta pública dirigida al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, con la exigencia de iniciar un gran debate social  en torno a la emergencia social y ecológica. Un día después, las tecnologías de la información nos permiten tener esta entrevista vía Skype, en la que la antropóloga, ingeniera y profesora madrileña reflexiona sobre el valor de la biodiversidad, modelos de vida más sostenibles y futuros escenarios utópicos para repensar en torno a la austeridad, donde lo material quede relegado frente a una colectividad puesta en el centro. Yayo se aleja de la visión catastrofista del futuro y apela a la corresponsabilidad con miras a un cambio radical de modelo donde nadie quede atrás.

¿Era esperable la llegada de una pandemia de tales características desde la Ciencia y el Ecologismo?

La verdad es que sí. Fíjate que, siendo ecologista desde hace mucho tiempo, incluso así te sorprende la forma de llegar y lo alucinas porque lo tienes en la cabeza de haberlo leído muchas veces en los informes. Por ejemplo, en los informes del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) pero, sobre todo, del Panel Intergubernamental que se ocupa de la Ciencia y gestión de la Biodiversidad (IPBES), sí que venían alertando desde hace tiempo que los dos problemas en conjunto, en especial el de la pérdida de biodiversidad, podían generar el riesgo de que los virus entraran con mucha más facilidad en contacto con los seres humanos si se extendieran. Por otro lado, desde la perspectiva del cambio climático, están más sometidas a la ampliación de vectores de infección y enfermedades, que combinado con una economía hiperglobalizada, donde muchísimas personas y mercancías se trasladan miles de kilómetros diariamente, hace casi incontenible una pandemia de estas características.

¿Hasta qué punto es culpable la actividad humana de esta situación?

Es completamente culpable, pero no la actividad de todos los seres humanos. La responsabilidad desde una determinada forma de organizar la economía y la política no es consciente de que los seres humanos somos radicalmente ecodependientes y vulnerables; de que dependemos de la naturaleza y esta tiene también sus límites. En ese marco, el poder político contando como cuenta con toda la información que nos proporciona desde hace décadas la comunidad científica y sabiéndolo, tiene una gran responsabilidad. Todas las personas también tenemos una responsabilidad asimétrica que no está al mismo nivel que la responsabilidad de quienes toman decisiones y mandan en el poder económico, pero es asimétrica en el sentido de que vivimos bajo estilos de vida y modelos de consumo que les dan directamente la espalda a los problemas. Como si no se quisiera ver, hasta que llegan.

La situación invita a repensarnos, a formular otros modelos de vida más sostenibles, pero ¿es posible implantar nuevos modelos con un capitalismo imperante?

Desde mi punto de vista no. Es difícil poder resolver los problemas bajo la misma lógica o con los mismos criterios que los han causado. En este momento en el que necesitamos una reconstrucción de la economía, implica sobre todo vivir con menos energía, con menos agua, con menos presión sobre la tierra, sobre los animales y sobre las plantas. Y todo esto hacerlo con criterios de justicia, es decir, con repartos de la riqueza. Si esta reconstrucción que ponga en el centro a las personas y a la naturaleza hay que hacerla solo en la medida en la que genere beneficios para quienes son dueños del capital, estamos perdidos y perdidas. Yo creo que nos hace falta repensarlo de una forma completamente distinta: colocando el bienestar y la supervivencia como absoluta prioridad.

El sociólogo Jeremy Rifkin afirmaba en una entrevista para la revista Ethic, que “todo lo que nos está ocurriendo se deriva del cambio climático”. Sin embargo, existen otros factores como la deforestación, la agricultura y la ganadería intensiva o el comercio ilegal de especies.

El cambio climático sin duda es un problema enorme, no viene de la nada y nos cae como un platillo volante. El cambio climático es la consecuencia de una forma de organizar la economía y la vida que no conoce límites, que no es consciente de que el planeta tiene límites físicos, y de haber alterado los ciclos naturales que permitían que las personas estuviéramos. Creo que hay un problema al que habitualmente se le concede muy poca importancia, pero que está detrás de esta pandemia y de muchas de las cosas que nos suceden, que es la pérdida de biodiversidad. Somos una cultura que tiene muchas dificultades para entender qué es la biodiversidad, que no solo es el conjunto de animales que pueden existir o de plantas o microorganismos, sino que más bien es la relación que hay entre todos ellos, la relación que existe entre todo lo vivo precisamente para poder mantener unas condiciones de vida que sean adecuadas para que esta vida se pueda sostener y se pueda conservar. Por tanto, la destrucción o pérdida de la biodiversidad es como echar a perder el seguro de vida de la propia vida. Fernando Valladares, un investigador del CSIC, decía estos días: “Teníamos una vacuna y nos la hemos cargado”. Y la vacuna era la biodiversidad. Por supuesto que el cambio climático es un problema enorme, como lo es el declive de la energía fósil y los minerales, como lo es la alteración del ciclo del agua o de la fotosíntesis, pero todos estos problemas son las consecuencias de haber construido una forma de organizar materialmente la vida, que se desarrollan en contra de la propia vida.

Resulta común apelar a la solidaridad global durante el periodo de confinamiento, pero ¿cuán importante es la responsabilidad gubernamental en estos tiempos? Por ejemplo, con el lanzamiento de la Ley de Cambio Climático y Transición Energética

Lo mejor que ha pasado durante esta pandemia ha sido esa explosión comunitaria y de solidaridad a la que te refieres. Creo que muestra que las personas cuando tenemos información y sabemos lo que nos estamos jugando, estamos en condiciones de coprotagonizar procesos de cambio y de transición que sitúen el bienestar de las personas como una prioridad y a voluntad de no dejar gente atrás. Pero claro, la auto organización, que me parece absolutamente imprescindible y fundamental, tiene que ir de la mano, sobre todo por la gravedad de los problemas que afrontamos y la velocidad con la que los tenemos que enfrentar en dinámicas como la del cambio climático o la pérdida de biodiversidad. Esto requiere que el espacio público se active para situar ese bienestar y esa protección de la vida en el centro. Y eso involucra claramente a las instituciones en todas las escalas: municipal, regional, estatal y supraestatal. Por tanto, quienes nos gobiernan tienen una responsabilidad enorme y desde mi punto de vista, no solamente es irresponsable, sino absolutamente criminal no abordar el problema que estamos viviendo y vamos a vivir. Porque esta pandemia no termina cuando termine la crisis sanitaria, estamos ante una emergencia que es mucho más amplia. Volverán otras pandemias y otros eventos climáticos extremos, y necesitamos sociedades resilientes que sean capaces de estar preparadas para aguantar y para ello la institucionalidad es clave.

¿Cómo ha afectado este parón de meses a las emisiones de CO2 y gases de efecto invernado? ¿Ha sido realmente significativo para el medio ambiente?

Ha sido significativo para darnos cuenta de que cuando la economía para, directamente las emisiones puntuales de gases de efecto invernadero bajan de una forma impresionante. Ha servido para comprobar lo que tanto tiempo se llevaba diciendo desde muchos ámbitos: el modelo económico, el modelo de transporte y la forma de producir son los que generan las emisiones de efecto invernadero desatadas. Por tanto, cuando el modelo económico para, frenan las emisiones de gases de efecto invernadero. Al igual que cuando el modelo de transporte frena, refrena la contaminación en nuestras ciudades y podemos respirar más seguras. Pero esto que pedagógicamente tiene un papel fundamental, necesitamos conservarlo en el tiempo y convertirlo en algo estructural y, aun así, cuando frenemos las emisiones si las conseguimos frenar, eso significará que no vamos a echar más leña al fuego del problema del cambio climático.

Hay una parte del problema que ya está aquí, que tiene una inercia y aunque frenemos, parte del cambio climático ha venido para quedarse. Es importante saber que no es lo mismo si las subidas de las temperaturas medias globales son tres grados, que si es un grado y medio. No tiene nada que ver. A tres o cuatro grados, la supervivencia de una parte importante de la humanidad está en riesgo. A un grado y medio, vamos a vivir circunstancias complicadas, pero si hiciéramos lo que hay que hacer, podríamos afrontarlas resilientemente de otra manera. 

Francia ha estudiado la manera de implantar el uso de la bicicleta como medio de transporte para garantizar el distanciamiento social y en algunas ciudades del Estado, como Barcelona, se han creado carriles bicis provisionales para tal fin. ¿Consideras esto un primer paso u oportunidad para cambiar el modelo de transporte e iniciar la reducción de emisiones en los entornos urbanos?

Absolutamente. El modelo de transporte es un elemento que tiene que cambiar radicalmente. Pasa por cómo nos transportamos las personas en nuestra vida cotidiana. Deberíamos hacer evolucionar las ciudades para que fueran policéntricas y no nos viéramos obligadas a recorrer una cantidad enorme de kilómetros para hacer nuestra vida diaria y, por tanto, poder privilegiar el transporte a pie o en bici y cuando no se pueda, transporte motorizado público y colectivo. Disminuir, por otro lado, los desplazamientos en avión, que ya en algunos lugares se está legislando en esa línea y luego pensar no solamente en el transporte de las personas sino en cómo se transportan las mercancías. Por ejemplo, el sistema alimentario es muy importante en esta situación, ya que vivimos en sociedades donde comemos alimentos que son producidos muy lejos y de forma insostenible. Pero el hecho de apostar por una producción de alimentos que sea cercana y por los circuitos cortos de comercialización también es una cuestión central para reducir emisiones de efecto invernadero y en la propia huella ecológica, además de en los niveles de contaminación. Me han llamado muchísimo la atención algunos estudios que correlacionaban el haber estado expuesto a aire contaminado durante mucho tiempo en una ciudad con una mayor virulencia del virus, esto quiere decir que las personas que han estado respirando aire sucio durante 15 o 17 años, decía la Universidad de Harvard en uno de sus estudios, están mucho más expuestas a sufrir con mayor violencia o mortalidad el virus. Por tanto, no afrontar estas situaciones no es una cuestión de estética sino una responsabilidad brutal. Y no es normal que sea una catástrofe lo que te permita respirar sin enfermar y no sean políticas públicas responsables que cuiden de la gente y de su salud.

Se augura el fin de la globalización y el papel decisivo de las tecnologías y las comunicaciones en red en este sentido. ¿De qué manera incidiría esto en el cambio climático?

Hay que tener en cuenta que en estos días muchísimas personas han valorado poder estar conectadas con las personas que quieren o haber podido mantener incluso la posibilidad de trabajar gracias a la tecnología de la información, y de tener dispositivos electrónicos. Por otro lado, la enorme alegría con la que hemos aceptado la informatización del mundo y de nuestras relaciones, pero también en algunas decisiones complicadas como la de la vigilancia o el control, que vienen de tener nuestras vidas conectadas a máquinas que manejan grandes empresas y grandes poderes de forma tremenda. Es muy importante fijarnos en su dimensión material, es decir, la informática y las técnicas de comunicación son de todo menos inmateriales y para poder mantenerlas hace falta construir pantallas, móviles, servidores, fibra óptica, repetidores, satélites que requieren minerales de la corteza terrestre y que para funcionar necesitan unas cantidades ingentes de energía. Las técnicas de comunicación no son en absoluto inmateriales y tienen también su repercusión ¿Qué quiere decir esto? Pues que, como en todo, el uso de la tecnología depende de la escala a la que se use, depende de cómo la utilicemos y si no somos conscientes de la cuestión de la limitación, por un lado, agravamos los problemas y por otro lado nos encontraremos que el uso de estas posibilidades poco a poco irá quedando en sectores de privilegio, mientras cada vez más gente quedará fuera. Es una reflexión importante a hacer.

Ahora que tanto se habla de distopías e imaginando un futuro utópicamente posible ¿Estamos a tiempo de revertir los destrozos que como civilización hemos hecho al planeta? Por ejemplo, con la explotación del suelo para uso de combustibles fósiles. ¿Cuáles serían los escenarios realizables?

Siempre estamos a tiempo de repensar cómo sobrevivir en mejores condiciones. Hay parte de la destrucción de la naturaleza que es irreversible porque los procesos de la vida son irreversibles. Una persona envejece y no rejuvenece; una persona muere y no vuelve a la vida. Digamos que hay una flecha del tiempo que va cambiando en todo lo vivo y hace que todos esos procesos sean irreversibles. Esto no quiere decir que no podamos acometer procesos de restauración ecológica de espacios degradados y que no podamos torcer el rumbo que sigue manteniendo la destrucción. Así que, por supuesto, que siempre estamos en condiciones de repensar un mundo diferente. Y es muy importante el planteamiento de las utopías, porque a veces se utiliza la palabra utopía como aquello que casi está en la ciencia ficción o es inalcanzable y se emplea de un modo peyorativo. Creo que la utopía es algo inédito que todavía no se ha producido, pero que es posible y alcanzable.

Por tanto, pensar cómo podrían ser los mundos futuros en un planeta con los límites superados y donde quepamos todas las personas es clave. Cómo podrían ser vidas cotidianas que vivan con mucha menos energía, con muchos menos minerales, con mucha menos presión sobre la tierra, pero cabiendo todas las personas y generando vidas significativas. Cómo podría ser el ocio o nuestro sistema de alimentación, qué tipo de viviendas podríamos tener, cómo podría cuidarse la salud o cómo podría ser la educación en un mundo -insisto- con los límites superados, donde queramos o no queramos, vamos a tener que vivir con menos en lo material. A veces se presenta un mundo oscuro, un mundo violento del todo contra todos, pero coyunturas como la que ha traído la pandemia muestra que puede ser un mundo de apoyo mutuo, un mundo de colaboración, un mundo donde compartir y hacer cosas juntos. Si en esos horizontes utópicos pudiéramos colocar toda la dimensión relacional en el centro y conseguir unas relaciones significativas, nos encontraríamos con que muchísima gente valora los momentos más importantes de su vida en cuestiones que tienen que ver con relaciones sociales y no con lo material. En esa construcción de las utopías podemos avanzar a modelos más austeros en lo material, pero con mucho más tiempo para disfrutar de las cosas que queremos, en sociedades que están permanentemente hambrientas de tiempo. La reflexión de esas utopías pensando en cuáles son las necesidades que hay que satisfacer para poder tener vidas dignas y a partir de ahí, tratar de ver cómo hacerlo de forma austera, nos puede conducir a una sociedad mucho más deseable.

¿Qué podemos hacer como ciudadanía de cara a los próximos meses?

Si nos vamos a ocupar el futuro en algo es en la capacidad de aprender o reaprender a hacer cosas en común. Más allá de las recomendaciones de corte individual, que son bastante de intentar desplazarnos lo más sosteniblemente que podamos, viajar lo más cerca que podamos y disfrutarlo a tope o comer alimentos que vengan de cerca o que sean de temporada, reducir el consumo de proteína animal, pensar en un ocio que no destruya… Todo ese tipo de cosas que han sido más trabajadas y que son de corte individual, tengo la convicción de que muchas no son posibles o no se pueden hacer bien si no las hacemos colectivamente. Los propios mercados verdes o el capitalismo verde apuntan a estas soluciones individuales, que se apresura a resolver por la vía del mercado. Si se resuelven por la vía del mercado, muchas personas no podrán acceder a ellas, y no queremos un mundo solamente para unos pocos que pueden comprar comida ecológica carísima en una tienda o vivir en una vivienda bioclimática absolutamente cara. Lo queremos hacer colectivamente y para todo el mundo. Ya hay muchas experiencias en marcha como las cooperativas o la economía social y solidaria, que son laboratorios de experiencias que con voluntad política y llevados a la esfera pública, podrían ampliar la escala de una forma enorme. Por tanto, ese no estar solo ni sola y estar articulado en un partido político, en un sindicato, en un grupo feminista o en un colectivo ecologista, en una asociación de padres y madres o en una asociación vecinal, para mi es clave.

Lecciones del COVID-19 aplicables a la crisis climática

El COVID ha sido una especie de laboratorio para pensar muchas de estas cosas. Por un lado, ha sido un pequeño minuto de lucidez para ver la fragilidad de nuestro modelo, para darnos cuenta de que esto no es abrupto ni inesperado, sino que ya venía anunciado y no se ha hecho caso. Nos ha permitido también reconocer cuáles son los trabajos esenciales y valorar el papel de las personas limpiadoras, cuidadoras, carretilleros, transportistas, es decir, darnos cuenta de que muchos de los trabajos que no se han podido dejar de hacer, son trabajos habitualmente despreciados, mal pagados y que nadie quiere. Ha sido también una oportunidad para darnos cuenta de lo importante que son los servicios públicos y sociocomunitarios. Lo importante que es poder ir a un médico independientemente de dónde seas, de si tienes papeles o no los tienes, de si tienes dinero o no lo tienes. Ha permitido ver también lo que sucede cuando esos servicios públicos se privatizan, se fragilizan o se desmantelan. Nos encontramos con que un montón de gente tienen unas dificultades enormes. Ha permitido ver también hasta qué punto nuestras sociedades desatienden a las personas más vulnerables. Creo que lo que ha pasado en las residencias de mayores es el tipo de cuidados que damos a las personas cuando ya no están dentro del modelo productivo y que, por tanto, no son susceptibles de generar valor añadido o de hacer crecer la economía. Da mucha muestra de qué tipo de sociedad tenemos. Nos ha permitido también ver cómo se disminuye la polución y las emisiones de gases invernadero o mejora la naturaleza cuando la economía frena.

Pero nos ha permitido también toda esa explosión sociocomunitaria y mirando realistamente cómo hay sectores de la población que se articulan en la línea contraria alrededor del bulo, de la fake news, de la generación de desconfianza y de la presión extrema para que la economía vuelva a funcionar sea a consta de lo que sea. Eso también existe y hemos visto dentro y fuera de nuestro país afirmaciones terribles. Como lo que está sucediendo ahora mismo en Brasil donde, aunque las cuentas oficiales no contabilizan a los muertos de las favelas, se ha abandonado a la gente como pasa en muchos lugares de Estados Unidos. Vemos también las colas del hambre en ciudades como Madrid. Esta situación nos debe permitir mirar hacia delante de una forma distinta. Desde mi punto de vista, eso no se va a conseguir sin organización y sin presión social. Podemos salir de esto. Solo hay que mirar lo que está planteando la Unión Europea y algunos sectores, con la reactivación de la economía y planes de ajustes como los de 2008, de tal modo que sea la gente más precaria la que pague el pato y con una crisis social absolutamente brutal. Por eso vamos a necesitar mucha articulación, mucha corresponsabilidad, aunque sea para mirar cara a cara lo que está pasando, presionar para que el cambio vaya por otra línea e involucrarnos en las iniciativas y en los pequeños laboratorios que ya están en marcha.

Rodrigo Córdoba. Teléfono: 653 379 269.    Zaragoza. Psicólogo Clínico. Psicoterapia.  Gran Vía 32, 3° Izquierda Presencial/Online Página Web: www.rcordobasanz.es





jueves, 10 de diciembre de 2020

Yayo Herrero: New World Order

 


Cómo se imagina la vida Yayo Herrero, referente del ecofeminismo, en 2030  


Yayo Herrero es un referente en activismo ecofeminista, por eso en ‘El Asombrario’ hemos querido que Miriam Leirós, maestra y coordinadora de Teachers for Future España / Profes por el Futuro, la entreviste con motivo de una fecha clave para las dos: el Día Mundial de la Educación Ambiental, que se celebra hoy. Un día que nos recuerda la educación en relación a la vida, aunque debiéramos ir un paso más allá y, como reza el título de una de sus últimas publicaciones, poner “la vida en el centro”. ¿Cómo ve la vida Yayo Herrero en 2030? “Si nuestros movimientos tienen éxito, puede ser una vida sencilla en lo material, con tiempo para las relaciones, desarrollada en cercanía y resiliente. Si se sigue por este camino, puede ser algo violento y cruel”. 

La educación ambiental ha ido cambiando para atender demandas y problemas de los nuevos tiempos, incluso para acoger nuevas denominaciones, como “ecoalfabetización” o “educación ecosocial”, lo que es para mí un término más ambicioso y completo y que comparto plenamente. ¿Qué opinas de la evolución de estos términos?

Creo que responden a la evolución de la propia crisis ecosocial y la falta de respuesta acorde a la dimensión del conflicto. La educación ambiental es, desde sus inicios, una propuesta comprometida y ambiciosa. Surge en el momento en el que se comienza a visibilizar la crisis ecosocial, pero desde entonces hemos asistido a un deterioro de los sistemas naturales que garantizan la vida y al declive de bienes y materiales indispensables para sostener los metabolismos naturales tal y como los conocemos.

Somos conscientes del terrible analfabetismo ecológico en el que están inmersas muchas de las personas que toman cada día decisiones y que no reconocen la ecodependencia e interdependecia como relaciones básicas para garantizar la existencia.

Por último, asistimos a una degradación de las condiciones de vida de muchas personas. La crisis ecológica y social no afecta igual a todo el mundo. Las personas pobres, no blancas y las mujeres, por ejemplo, la sufren en mucha mayor medida. Cuanto más te alejes del supuesto sujeto universal (hombre, blanco, burgués…), más sufres las consecuencias. Por ello, coincido contigo al considerar que el adjetivo ecosocial refleja esa evolución.

Como maestra creo firmemente en el poder de la educación como forma de transformación social, una educación integral que eduque en espíritu crítico, en tolerancia y buenos hábitos, y considero que la ecoalfabetización y/o la educación ecosocial deben estar presentes de forma sólida en las aulas. ¿Cómo concibes tú esta educación, qué papel consideras que ha de tener? Se debate mucho entre una asignatura determinada –el modelo por el que ha apostado recientemente Italia– o la necesidad de la transversalidad; ¿cuál es tu postura?

Yo también considero la educación como un ámbito fundamental. De hecho, que sea permanentemente un campo de batalla política y cultural muestra su importancia. No es que la educación vaya a resolver los problemas estructurales –se necesitan cambios políticos y económicos–, pero sí es un espacio en el que es posible fomentar que las personas comprendan el momento que vivimos, se hagan preguntas y puedan asumir sus propios principios a la hora de habitar el mundo real en que vivimos.

Yo creo más en la transversalización. Creo necesario aprender la física, las matemáticas, la historia o la lengua desde la perspectiva de la sostenibilidad de la vida. Al mirar el currículum oficial, a veces tengo la sensación de que estamos educando a las personas más pequeñas en contra de su propia supervivencia. Una asignatura también tiene valor y creo que conocer el curriculum oculto que esconde el propio curriculum es fundamental.

En relación a asignaturas o no, pero dentro de la educación, hay quien se empeña en vetar conocimientos o incluso negar la ciencia, hablo evidentemente del negacionismo y el ‘pin’ (veto) parental. Me gustaría que compartieses una pequeña reflexión sobre este tema.

Creo que vetar conocimientos en la escuela es parte de la estrategia que siguen los ricos para proteger y blindar sus intereses y un claro ataque a la educación pública. El negacionismo de la crisis ecológica es parte de esa estrategia, que esconde los problemas que atravesamos y que están ya afectando a las personas más pobres y vulnerables. No deja de ser significativo que los ejércitos más poderosos, las empresas transnacionales y los sectores más ricos sí que se están preparando para afrontar la crisis ecosocial, mientras la niegan y desprotegen al resto.

Entre todo lo que ha de abarcar esta educación, desde el cambio climático a la acelerada pérdida de biodiversidad, ¿cuáles deberían ser las prioridades?, ¿qué aspectos son los que te preocupan más?

A mí lo que más me preocupa es la asunción de los límites del planeta y la vulnerabilidad de las vidas. Me parece que la clave es entender que el crecimiento infinito es imposible, que la reducción de la esfera material de la economía es simplemente un dato. Ante esto, la capacidad de hacer cosas en común, aprender a querer la vida y todo lo vivo, aprender a vivir con suficiencia y obviamente con justicia me parece el gran reto.

De no tomar partido de forma activa y constructiva con acciones contundentes, todo hace pensar en un futuro nada positivo; no me gusta hacer este tipo de reflexiones porque pueden llevar a un pensamiento catastrofista ante el que mucha gente decide tirar la toalla, sin embargo, en vez de pensar a tan largo plazo, podríamos hacer una abstracción a un tiempo relativamente cercano. ¿Cómo te imaginas tú la vida en 2030?

Si nuestros movimientos tienen éxito, puede ser una vida sencilla en lo material, con tiempo para las relaciones, desarrollada en cercanía y resiliente. Si se sigue por este camino, puede ser algo violento y cruel. Yo creo que la catástrofe es no hacer nada. El pensamiento catastrofista es el que mira hacia otro lado pensando que el problema desaparecerá si no lo nombramos. Es preciso mirarlo cara a cara, afrontarlo desde el apoyo mutuo, la precaución, el cuidado y la prudencia y, a la vez, poniendo freno a quienes blindan su propia seguridad dejando desprotegido al resto. Esta tarea es motivadora. No es la épica clásica de morir por la causa, sino que la causa es el mantenimiento de la vida. Recomponer los lazos rotos con la naturaleza y entre las personas puede ser la tarea más hermosa y llena de sentido vital que tenemos por delante.

A menudo comento que las personas que estamos concienciadas oscilamos continuamente entre sentimientos de frustración y otros de esperanza, decepción e ilusión, ¿cómo lo vives tú tras tantos años de experiencia en primera línea?

Yo no siento frustración y siento cada vez un amor más intenso por esta vida que algunos supeditan a ganar cada vez más. En estos años, hemos construido comunidades y redes de personas comprometidas que te hacen sentir que nunca estás sola. Hemos construido cosas tan potentes y bonitas de forma autoorganizada que siento una firme esperanza activa, que es la que crece cuando ya estás puesta en marcha.

Me gustaría conocer tus sentimientos respecto a la situación actual en España, tanto devenidos de la “resaca de la COP25” como respecto al nuevo gobierno que acaba de constituirse y en el que por primera vez estos temas han adquirido rango de vicepresidencia de la mano de Teresa Ribera, cuando no hace tanto tiempo el medioambiente no ocupaba más allá de una secretaría de Estado. ¿Cómo ves la evolución aquí?

Yo creo que la vicepresidencia es una buena noticia. Quienes llevamos mucho tiempo en esto sentimos cierto alivio viendo que el tema, por fin, entra en las agendas políticas y, sobre todo, sentimos una enorme alegría ante todas esas personas que habéis irrumpido con tantas fuerzas superando la barrera de comunicación que no habíamos conseguido superar. Ahora toca estar activas para ver en qué se traduce esa agenda política. A veces parece que afrontar el cambio climático es una simple sustitución de las energías fósiles por las renovables. Y no es así. Abordar la crisis ecosocial supone cambiar formas de producir, de consumir, repartir la riqueza, adoptar un principio de suficiencia, cambiar valores y prioridades. Requiere organizarse, confrontar, desobedecer y poner alternativas en marcha, y requiere hacerlo desde la alegría, la solidaridad, la cooperación. Desbancar a los mercados como epicentro de la sociedad haciendo de lo común y el cuidado principios políticos no es tarea fácil. La educación es fundamental, pero también los cambios estructurales en la economía y la política y, por supuesto, la autoorganización y la construcción de alternativas sin esperar a que nos den permiso para organizarlas.

Yo me hice activista no solo por el medioambiente en sí, sino porque entendía que no hay nada en la sociedad que se escape a las consecuencias del cambio climático. Para mí, plantarle cara al reto del cambio climático es una cuestión de justicia social, ya que provoca hambrunas, problemas de salud, migraciones y refugiados; en fin, mayores desigualdades. Y pagarán las consecuencias los más vulnerables. ¿Qué te llevó a ti a ser activista ambiental? ¿Cómo surgió en ti esa conciencia, qué hizo que se encendiera y cuáles fueron tus primeros pasos en este sentido?

Yo fui parte de movimientos sociales desde los 14 años. Empecé solidarizándome en la lucha contra el apartheid en Sudáfrica. Tenía sensibilidad ante otros temas, pero mi vida era urbana y no tenía gran contacto con la naturaleza. Cuando empecé a estudiar en la escuela de ingeniería y visité como parte del aprendizaje la primera granja industrial de pollos, para mí fue un shock. ¿De verdad había que hacer aquella brutalidad para comer? ¿Cómo era posible que comer causara ese dolor y ese destrozo? A partir de ahí comencé a aprender y a querer todo lo vivo. El conocimiento y el amor vinieron juntos. Y luego me organicé con otras personas en asociaciones de barrio y en el movimiento sindical. Llegar a Ecologistas en Acción fue de lo mejor que me ha pasado en la vida. Nunca más tuve miedo ni me sentí sola.

Las mujeres tienen un papel fundamental tanto en el cambio de hábitos o como pieza social clave, y a la vez son las primeras víctimas ante el cambio climático; sin embargo, es algo difícil de explicar a alguien que simpatiza con el tema medioambiental y no ve la relación con la cuestión de género, ¿qué mensaje lanzarías o cómo podrías simplificar la explicación para que fuese fácilmente entendible?

La cuestión es entender cómo se sostiene la vida. Somos seres ecodependientes, somos naturaleza y dependemos de ella. No hay ningún tipo de producción humana que suceda al margen de la naturaleza. Y esta tiene límites. Pero además nuestra vida transcurre encarnada en otro territorio: nuestro cuerpo. Los cuerpos son vulnerables, finitos como la Tierra, y tienen que ser cuidados a lo largo de toda la vida, pero sobre todo en algunos momentos del ciclo vital, como la infancia, la vejez, los momentos de enfermedad o toda la vida, como en el caso de algunas personas diversas funcionales. A lo largo de la historia han sido mujeres mayoritariamente quienes se han ocupado del cuidado y regeneración de los cuerpos, no porque estemos mejor capacitadas naturalmente para el cuidado, sino porque vivimos en sociedades que tienen una particular división sexual del trabajo y asignan a las mujeres, de forma no libre, la tarea de sostener cotidiana y generacionalmente la vida.

Los extractivismos, el cambio climático, los desahucios de las viviendas, la contaminación afectan sobre todo a las personas más mayores, más pequeñas, que son cuidadas por mujeres. Además, algunos enfermedades derivadas de la contaminación afectan tambien más a las mujeres por cuestiones fisiológicas. Son muchas las mujeres involucradas en las luchas que surgen ante los conflictos ecológico-distributivos. Cuidar de la vida humana en un sistema que ataca la propia vida no es asunto sencillo. Y esto no niega las capacidades de los hombres para la ternura, el cuidado y la protección de lo vivo. Son muchos los compañeros de viaje.

Creo que el diálogo entre el ecologismo y el feminismo permite evidenciar que, además del conflicto capital-trabajo que habían denunciado los movimientos emancipadores, hay un conflicto entre el capital y todos los trabajos –también los no pagados– y con la naturaleza. Es decir, existe un conflicto entre el capital y la vida.

Para finalizar, Yayo, y conociendo lo activa que eres, me gustaría saber en qué estas ahora, tus proyectos para este año.

Bueno, sigo en Ecologistas en Acción, en la comisión de educación del grupo de Madrid, queremos darle un buen impulso al Foro de Transiciones, que hemos constituido como asociación; estoy intentando escribir un librito que tengo en la cabeza desde hace tiempo y trataremos de seguir en esta disputa de la hegemonía cultural. He vuelto a mi coro de mujeres, Malvalocas, que echaba de menos lo de cantar con ellas. Y en definitiva, seguir en la calle codo a codo con personas como tú. Gracias, Miriam, por la entrevista y, sobre todo, por el trabajo que haces.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Clínico.        Psicoterapeuta N° Col.: A-1324  Zaragoza.        Teléfono: 653 379 269 Presencial y Online.      Instagram: @psicoletrazaragoza.                        Página Web: www.rcordobasanz.es          

martes, 27 de octubre de 2020

Yayo Herrero: Ecofeminismo

 


"La dictadura del dinero es bestial; les merece la pena sacrificar todo con tal de que la economía crezca"

Yayo Herrero, una de las voces más influyentes en el ámbito ecofeminista y de la ecología política en Europa, conversa con lavozdelsur.es sobre la urgencia de un cambio radical de estilo de vida basado en la suficiencia, el reparto y la justicia. La pandemia, afirma, es fruto de "mirar la economía sin mirar lo que nos sostiene en la vida".


El despertar ecológico en una granja de pollos

Yayo Herrero López (Madrid, 1965) sonríe cuando se le pregunta si fue una Greta Thunberg a la madrileña, pero rápidamente responde que no. Antes de llegar a la ecología y a los problemas derivados de una crisis sistémica tan devastadora, antes de escribir más de una decena de libros y convertirse en una de las investigadoras más influyentes en el ámbito ecofeminista y ecosocialista a nivel europeo, se adentró en la lacra del racismo institucionalizado y en los primeros movimiento migratorios llamados ilegales en España. “Me acuerdo perfectamente que un cura vino a clase a dar una charla y fue sobre las zonas deprimidas de Argentina donde había trabajado y el Apartheid en Sudáfrica. Fíjate lo que puede marcar una charla", comenta a la mañana siguiente de haber sido invitada a impartir una conferencia en Jerez por el grupo Ganemos.

"Mi familia es muy decente moralmente, pero nunca había estado involucrada en nada, y yo con aquello del Apartheid me quedé… Empecé con 14 años a ir al grupo de la parroquia y, claro, era gente muy maja y muy comprometida, pero por más que quería creer, no había forma... por la vía de la religión no entraba”. Luego vino el movimiento de acogida de inmigrantes en Madrid, el sindicalismo y el despertar ecológico, justo cuando estudiaba Ingeniería Agrícola. Y entonces, en la carrera, visitó una granja de pollos: “Salí de allí pensando, ostras pero ¿hay que hacer esto para comer?”.

También es licenciada en Antropología Social y Cultural, diplomada en Educación social y DEA en Ciencias de la Educación. Actualmente es profesora en la Uned y fue coordinadora estatal de Ecologistas en Acción —donde llegó desde Aedenat, la Asociación Ecologista de Defensa de la Naturaleza—. Aunque en la universidad aprendió cosas importantes, “lo más potente que he aprendido ha sido en los movimientos sociales, con gente como Ramón Fernández Durán o Ladislao Martínez, ya fallecidos, o Isabel Bermejo… que vive en Cantabria”. Al igual que ella, que reside en el valle de Terán, junto a unos mil vecinos y vecinas. Tiene una hija de 26 años que estudió Sociología e hizo un máster en estudios feministas. Ahora vive en otro valle casi despoblado, pero en Huesca. “Estoy muy satisfecha por cómo está y por la relación que hemos conseguido crear”, sostiene con orgullo de madre.

¿Habíamos olvidado lo importante?

Pues sí. En realidad ya son décadas en las que llevábamos mirando para otro lado y olvidándonos de que para sostener la vida necesitas energía, agua, alimentos sanos y una biodiversidad que impida que pasen los virus desde los animales hasta las personas, como está sucediendo con esta zoonosis del coronavirus y anteriormente con el zika, el ébola, el sars y demás. Mirar la economía sin mirar lo que nos sostiene en la vida conduce a este tipo de cosas.

Es sorprendente la capacidad que tenemos para tomar conciencia de que algo hay que cambiar en el estilo de vida que llevamos y, en apenas unos meses, volver a las andadas.

A ver, creo que tiene mucho que ver con las vidas cotidianas que tenemos. El confinamiento noqueó a mucha gente cuando vio que al hablar de trabajos esenciales comprendió que cuidadoras, limpiadoras… eran parte de esos trabajos esenciales que no se pueden dejar de hacer y que, a la vez, son los peor pagados y los que nadie quiere. Unos meses después del confinamiento nos encontramos con una crisis económica brutal, gente que tiene que seguir pagando facturas y volvemos a meternos en la dinámica de los últimos años. Una carrera de seguir el crecimiento del dinero a lo bestia, aunque se haya demostrado que solo perseguir eso es lo que ha conducido a esto. Nos falta esa capacidad de frenar, ver y reconducir las cosas de otro modo.

El planeta sigue siendo más generoso que todo esto. A poco que hemos parado, todos los niveles de contaminación bajaron drásticamente y la tierra de alguna manera mejoró.

No sé si el planeta es o no generoso, porque la tierra no tiene agencia y voluntad, pero sí está claro que los sistemas vivos tienen una característica, y eso les ha hecho pervivir durante miles de millones de años, y es la gran resiliencia que tienen. Una gran capacidad de regenerarse a sí mismos. La evolución lo que ha hecho es generar una forma de supervivencia que tiene una enorme fuerza. Cuando la civilización industrial deja de golpear a la naturaleza, aunque sea coyunturalmente, los niveles de recuperación son super rápidos. El reto es cómo conseguir respirar sin envenenarnos y sin que a la vez se desplome la economía o que la gente más vulnerable se nos muera. Porque, además, todo esto se produce en unas condiciones de extrema desigualdad. Ese cambio tiene que ser fruto de políticas públicas que cuidan a la gente y a la tierra.

"El reto es cómo conseguir respirar sin envenenarnos y sin que a la vez se desplome la economía o que la gente más vulnerable se nos muera"

El coronavirus nos ha impuesto un recordatorio inaplazable: acabar con la lógica de crecimiento ilimitado en un planeta finito.

Claro, esa es la clave. Nuestro planeta tierra tiene límites y límites en lo que llamamos no renovables, como son los minerales de la corteza terrestre: el petróleo, el carbón, el litio, el platino… pero límites también en lo que se renueva, porque el agua no se renueva a la velocidad que le gustaría a la industria, y limites en los sumideros del planeta. Todos esos límites están ahora mismo sobrepasados. Estos días estamos viendo cómo se están produciendo todas las desinversiones en las energías fósiles porque ya no hay posibilidad de mantenerlas. El asunto clave es que los seres humanos, queramos o no, vamos a vivir con menos energía, menos materiales y menos agua. La reducción del tamaño material de la economía es un dato, no una opción, y ahora la clave es cómo abordamos eso. Se puede hacer con un proceso planificado, conscientes, educando e informado a la ciudadanía, y que esté basado en la justicia y el reparto, que no deje a mucha gente atrás, o se puede hacer como ahora, por una vía fascista. Aquellos sectores que están protegidos por el poder económico, político y militar siguen sosteniendo estilos de vida absolutamente despilfarradores, mientras cada vez más gente va quedando fuera. Me refiero aquí a personas de otros países, a migrantes que se ahogan en el Mediterráneo, pero también a gente que, incluso teniendo trabajo, no llega a pagar la hipoteca o la factura de la luz. Ese es el gran reto: la economía va a tener globalmente dificultades importantes para crecer, ¿vamos a organizar la vida para que de forma más sencilla en lo material todos podamos vivir razonablemente bien, o permitimos que haya sectores con sus privilegios blindados a costa de situaciones de precariedad intolerables?

De alguna manera, ¿los fondos extraordinarios por la covid que va a liberar la UE irían en ese sentido, a diferencia del ‘austericidio’ que impuso en la última gran crisis?

Creo que nos encontramos en un momento tremendamente importante por varios motivos. Por un lado, desde luego para poder hacer la transición hacia un modelo ecológico y justo para las personas hacen falta inversiones tremendas; pero por otro, hacen falta también generar sistemas sanitarios y de salud pública potentes que puedan atender a las personas ante las olas de calor, las pandemias que puedan venir o las consecuencias del cambio climático, que sabemos que se van a producir. Hacen falta sistemas educativos que cubran a todos e invertir en sistemas de protección de las personas más vulnerables, cómo vamos a cuidar a los mayores y a los más vulnerables. La UE está lanzando ese mensaje y ahora la clave es no apostar por falsas soluciones. Puede haber una apuesta por un crecimiento verde, o un capitalismo verde, que no necesariamente sea justa. Me refiero a que puedes plantearte cambiar la industria del coche de motor de combustión al coche eléctrico, pero claro, tienes que ser consciente de que cuando sumas la cantidad de minerales que hacen falta para producir un coche eléctrico y lo contrastas con las reservas que existen, no da para transformarlo todo y, sobre todo, esos minerales los quieres utilizar para muchas otras cosas más.

No hay litio para tanto chorizo.

(Ríe) Efectivamente. Corremos el riesgo de que, si la apuesta por lo verde no está centrada en la justicia y es consciente de que el planeta tiene límites físicos, podemos caer en un capitalismo verde que desemboque, casi sin darse cuenta, en una especie de ecofascismo. Que esas transiciones verdes solamente atiendan, de nuevo, las necesidades de sectores de privilegio y grandes focos de poder. Claramente hace falta un cambio de modelo radical, pero la clave es que en todo momento vaya esa transición con los 7.500 millones de personas que somos en este planeta.

Algo así como que si no hay vacuna de la covid para todos siempre estaremos todos en riesgo.

Totalmente. Porque además, mucho de lo que está pasando con las migraciones en este momento es que son migraciones forzosas. Hay cantidad de gente que está migrando porque en sus territorios, por ejemplo, las dinámicas del cambio climático no dejan cultivar porque no hay agua, o hay inundaciones, o por dinámicas extractivistas de la industria, cualquier territorio es objeto de saqueo y la gente sale buscando legítimamente opciones de vida. Nadie va a parar el derecho legítimo sobre vivir que tiene todo el mundo. Ponemos mucho el foco en los países del sur global, pero ya estamos viviendo en España migraciones climáticas debido a las DANA. A lo mejor lo razonable no es vivir en una primera línea de playa. España está tremendamente afectada por el cambio climático.

"Aquellos sectores que están protegidos por el poder económico, político y militar siguen sosteniendo estilos de vida absolutamente despilfarradores, mientras cada vez más gente va quedando fuera"

Aunque tenemos, al menos, medio centenar de diputados en el Congreso que niegan esta realidad.

Desde mi punto de vista, el mayor éxito que han tenido estos negacionistas, siguiendo la estela de Donald Trump y Bolsonaro, es que los demás nos creamos que de verdad son negacionistas. Creo que representan a elites con enorme poder que saben perfectamente que el cambio climático u otra serie de problemas que puedan llegar afectan a todas las personas, pero no de la misma manera. El aumento de las temperaturas medias globales afecta a todo el mundo, pero no es lo mismo para un agricultor que se queda sin agua que para otra persona con un montón de patrimonio y recursos detrás.

Ni Trump es tan idiota como podría pensarse, ni el cambio climático, como la covid, no distingue de clases…

Totalmente. Me parecería un enorme error pensar que Trump es un idiota. Nos puede parecer chabacano y grosero, porque lo es, al igual que otros exponentes patrios que podamos tener, pero es un señor que está en la elite del poder económico de Estados Unidos y controla perfectamente lo que hay. En la serie La voz más alta, ves cosas de las que ahora estamos viviendo, plantea muy bien el nacimiento de cómo se construye la figura de Trump y es un poder fuerte, fuerte, fuerte. Están perfectamente preparados para lo que viene. Cuando en 2012 el huracán Sandy dejó arrasada Nueva York, con varios días sin luz en Manhattan, fue muy simbólico que lo único que quedase iluminado fuese la torre de Goldman & Sachs. Sus sistemas eléctricos no perdieron actividad en un caso extremo. Metafóricamente es muy fuerte. Algunos sectores neopopulistas de extrema derecha, que niegan la cuestión de los límites de la tierra, en el fondo lanzan un mensaje terrible para mucha gente de las capas más populares: mienten para socavar la tierra, el agua y la vida debajo de los pies y la mayor parte de la gente no nos damos cuenta.

Usted estuvo en los comienzos de Ecologistas en Acción, cuando se manifestaban unos cuantos. Con el tiempo, sus reivindicaciones se han convertido en un ‘os lo dije’ de libro. Que el tiempo os haya dado la razón de esta manera no debe ser muy reconfortante…

Es algo muy amargo. Tenía un cuadernillo cuando aprendí a escribir que se llamaba Cosas que nunca le haré a mis hijos y ahí iba apuntando todas las cosas que me fastidiaban. Con 5 o 6 años apunté: nunca les diré a mis hijos te lo dije.

¿Lo cumplió?
He intentado no hacerlo. La historia esta de colgarte medallas morales no me interesa mucho; es más bien, tenemos registros históricos de lo que ha venido pasando, y basándonos en ese conocimiento que se ha ido generando, podemos pensar el futuro de otra forma, y es urgente hacerlo. El informe Meadows sobre los límites del crecimiento se publicó en 1972. Y en ese informe ya se avanzaba la inviabilidad que había de un sistema económico de crecimiento ilimitado extrayendo materiales y generando residuos sobre un planeta con límites. El informe era brutal porque proyectaron una serie de estados que fueron muy denostados en los 80 y esas predicciones las clavaron. Clavaron los años del pico del petróleo, del pico de los minerales, de las dinámicas del calentamiento global, las incidencias de todo esto sobre la salud y las tasas de mortalidad… Más que el te lo dije, lo que me interesa mucho es la reflexión que hay detrás del hecho de que una sociedad que se autodenomina sociedad del conocimiento pueda ignorar de esta manera desde hace décadas todas las proyecciones que nos da la ciencia. Si vas al médico y te dice que tienes un tumor, pasado el rato del disgusto, lo que haces es cambiar tu vida para orientarte a sanar. Aquí el asunto es que la lógica es más bien negar todo. Niego que hay problemas con la biodiversidad, con los límites, con el cambio climático… y cuando te llegan todos los golpes no somos conscientes ni de por dónde nos vienen. Aún hay una parte importantísima de la población que permanece política y socialmente de espaldas a las causas estructurales de lo que estamos viviendo. Hay que seguir haciendo esa labor pedagógica aunque ya no podamos volver atrás, pero de aquí en adelante nos podemos organizar para vivir en mejores condiciones.

Al final, la nueva normalidad es la vieja normalidad con mascarilla. ¿Todo esto no debe empezar por nosotros mismos? ¿Tiene sentido volver a los viajes de miles de kilómetros para hacerte un selfie y colgarlo en Instagram?

Claro, claro, absolutamente. Creo que hay como tres ejes que son los que nos pueden permitir construir un futuro en el que más o menos quepamos todas las personas: el principio de suficiencia, aprender a vivir con lo suficiente y lo suficiente lo marcan los límites físicos del planeta; necesidades de cambio en la organización social, podríamos vivir trabajando menos horas y disponiendo de más tiempo en cosas que nos importan, así como un principio de reparto, pensar que puede haber rentas mínimas para quienes las necesiten y viviendas vacías suficientes como para que todo el mundo tenga una casa. Pensar la vida en común desde el punto de vista de la satisfacción de las necesidades es posible hacerlo con menos presión sobre la naturaleza. Hay posibilidad de construir una utopía que será distinta, el problema es que ahora mismo tenemos una cultura que es más capaz de pensar en el fin del mundo que en el fin del capitalismo. Nos podemos imaginar mucho mejor que el mundo se convierta en un lugar invivible, antes que imaginarnos que nuestras sociedades puedan vivir con una organización material distinta.  El gran reto es imaginarnos cómo lo podríamos hacer, diseñar utopías, en el buen sentido de la palabra, que proyecten horizontes deseables para el común de la gente.

"Hay posibilidad de construir una utopía que será distinta, el problema es que ahora mismo tenemos una cultura que es más capaz de pensar en el fin del mundo que en el fin del capitalismo"

Y decir eso, hay que dejarlo claro, no es irte a vivir a una dictadura bananera…

Desde mi punto de vista, la dictadura y el totalitarismo del dinero es bestial. Qué cosa más terrible hay que haya un montón de madres y padres que se quitarían la comida de la boca para dársela a sus hijos, y que estén apostando y sostengan modelos que están impidiendo la vida de sus hijas e hijos. Esa es la mayor dictadura que hay en el mundo. Perseguimos a veces objetivos que sabes que le van a hacer la vida imposible a tus hijos y a tus nietos. Es de un totalitarismo brutal que está obligando a que muchos jóvenes del mundo salgan a la calle para defenderse de las generaciones de sus padres. La dictadura del dinero es absolutamente brutal. Vivimos en una sociedad en la que se cree que todo merece la pena ser sacrificado con tal de que la economía crezca y eso es muy bestia. Lo decías antes, de repente en el confinamiento vemos que la calidad del aire mejora, pero no solo eso, ves que el Gobierno prohíbe los despidos, los cortes de luz y agua, los desahucios, se aprueba una prestación por desempleo para empleadas domésticas que no tenían derecho a ello… ¿Cómo es posible que en un periodo de excepcionalidad de repente se aprueben un montón de cosas que parecen imposibles de hacer cuando la economía va bien? Ahí ves con claridad la trampa de civilización. Cuando a la economía le va bien tenemos que respirar mierda y todo lo que protege a la gente es imposible. El asunto es cómo hacemos para salir de una dictadura en la que para poder vivir dignamente la condición previa es que haya gente que gane mucho dinero. Las vidas buenas de muchas personas son como el subproducto, el residuo, de que previamente muchos se hayan forrado.

¿Por qué pesa tan poco en la agenda política la conciliación, especialmente ahora que la pandemia ha impuesto el teletrabajo; por qué no se habla, por ejemplo, de la educación universal de 0 a 3 años?

Creo que el movimiento feminista ha conseguido meter muchas cosas en la agenda política, pero vivimos en un país en el que una parte de los cuidados siguen descansando sobre una estrategia puramente familiarista y sobre una mirada muy patriarcal. Hay muchas familias que reparten tareas entre hombres y mujeres, pero la sociedad en su conjunto y el Estado no ha terminado de responsabilizarse del sostenimiento de esas vidas y se deja todo mucho más fiado a la lógica familiar, que cada familia se organice como pueda. Cuando no es la mujer la que se queda en casa, se resuelve la situación con abuelas esclavas o mecanismos de mercado, donde pagas tu propia conciliación, te haces cargo privadamente de ella. La clave es que políticamente entendamos que el cuidado de las personas más pequeñas, más viejas o a las diversas funcionales es una cuestión social, no privada de cada familia. Para eso necesitamos otros horarios de trabajo, mecanismos de flexibilidad en la generación de excedencias y permisos, y también unos servicios públicos sociocomunitarios generalizados. La clave es la desfeminización del cuidado, que no sean solo mujeres las que cuidan.

"Con el tema de las etiquetas lo que siempre planteo es que hay que hacer un permanente ejercicio de redefinición de lo que estás diciendo"

A usted en sus conferencias le colocan la etiqueta de ecofeminista, pero precisamente usted reclama acabar con ese imperio de las etiquetas e ir al fondo de las cuestiones ante el peligro de que todo se quede en apariencia y superficialidad. ¿Al final el capitalismo también consigue pervertir y convertir en nicho de mercado lo bueno que puedan tener olas como las del ‘me too’, no?

Sí, creo que el capitalismo cultural, no la forma de producir bienes y servicios, sino el capitalismo como una forma de vida, se ha convertido en una antropología. Lo que más fabrica ahora mismo la mirada del capitalismo son subjetividades y tiene una capacidad de coptar y arrancar todo tipo de etiquetas que es impresionante. El tema de poner la vida en el centro se empieza a escuchar en todas partes y se corre el riego de siempre, como en su día se hablaba de economía verde… Con el tema de las etiquetas lo que siempre planteo es que hay que hacer un ejercicio de redefinición permanente de lo que estás diciendo. Me acuerdo de aquello de los significantes vacíos, la idea de libertad, patria, familia… a todo el mundo apelan y a todo el mundo dicen algo, pero hay que ver de qué están rellenas estas ideas. Si hablamos de economía verde y hablamos de crecimiento económico a partir de energías renovables o agricultura ecológica y no lo conectamos a riqueza, reparto de riqueza y límites, podemos estar hablando simplemente de un capitalismo pintado de verde. Si hablamos de poner la vida en el centro y nos referimos a algo naif que no habla de condiciones de existencia, por ejemplo el acceso a una vivienda digna o a una alimentación saludable, o acceso a los cuidados que cada persona necesita en cada momento del ciclo vital, estamos despojando esa expresión de contenido. Por eso yo creo que cada etiqueta o concepto que se pone de moda hay que estar disputándolo permanentemente, y aunque suponga perder un poco de tiempo, aclarar que te refieres a esto, a esto y a esto.

"¿Por qué creo que no me da la bajona? Precisamente por el tema de la organización con la gente. Lo peor que puede pasar es ser consciente del mundo en el que estamos viviendo y estar sola"

Y ahí hablamos de feminismo, que en parte en los discursos y en lo que luego se hace también ha sufrido la caída en la trampa del capitalismo.

Sí, sí, pero le vería la parte buena y la parte mala. Cuando todo el mundo empieza a hablar de feminismo es porque ha habido un trabajo previo que ha sido conseguir meter eso como un tema político importante del que no se puede dejar de hablar. Y eso en sí ya es un logro importante. Se han ido dando saltos y se ha ido ganando en hegemonía. Y cuando lo vuelves el asunto hegemónico, el sistema se reconfigura para ver cómo lo vuelve a su favor. Entonces empieza otra pelea distinta y no es ya defender que hay un sistema patriarcal que subyuga, y somete, y discrimina a las mujeres, sino cómo abordarlo para que las dimensiones más estructurales, rompedoras y transformadoras de esas miradas no queden neutralizadas y las que salgan sean las que son perfectamente tragables y asumibles por el sistema. Ahí damos todos otro salto, el modelo económico o la política mainstream se configura para coptarlo y quienes estamos activos nos configuramos para abrir otro ciclo que intente discriminar eso.

¿No se siente a veces Quijote luchando contra molinos de viento, o no siente a veces, mirando a su alrededor, esa resignación de decir esto no lo reciclo, a tomar por saco…?

(Ríe) No, no me ha pasado nunca, pero ¿sabes por qué creo que no me da la bajona? Precisamente por el tema de la organización con la gente. Lo peor que puede pasar es ser consciente del mundo en el que estamos viviendo y estar sola, ahí sí que, o te das a la bebida, o adoptas esa política de para lo que me queda en el convento, me cago dentro. Si estás sola, no hay quién lo soporte. El asunto es que cuando estás organizada esto se vive de una forma muy distinta. Formo parte del movimiento ecologista, pero he estado mucho tiempo articulada en una cooperativa de consumo, estoy en colectivos que nos organizamos y lo mismo preparamos una mani, que escribimos un artículo, que hacemos una salida al campo…

¿Esa red da seguridad para seguir peleando?

Totalmente. Pero seguridad no solamente en la defensa política, sino también material. Formo parte de una red donde si un compañero se queda sin empleo no va a acabar en la calle, o si una familia lo está pasando mal, no le va a faltar un plato de comida. Desde hace muchísimo tiempo no me siento sola y, además, me lo paso bien. Necesitamos configurar movimientos de barrio, cercanos, donde construyamos esas redes de seguridad y estemos bien.

Desde lo lúdico también, no solo con la pancarta…

Claro. Intentar mejorar el mundo tiene tanto sentido vital que merece la pena hacerlo disfrutando. Creo que muchos partidos políticos que pretendían ser transformadores han tenido el problema de que han creado unas dinámicas y unas relaciones de mierda entre ellos. Si te juntas con un montón de gente para intentar cambiar el mundo y están a navajazo limpio y no se respetan, al final no te apetece estar ahí. Y vamos a necesitar meter mucho tiempo para construir alternativas, estrategias de autodefensa, con unas relaciones distintas.

Yayo Herrero. Ecofeminista.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Clínico.

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