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Paz y Ciencia
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martes, 12 de octubre de 2021

Lo que da de sí Jung...

 


Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Psicoterapeuta. Zaragoza Gran Vía Y Online. Teléfono: (+34) 653 379 269 Website: www.rcordobasanz.es          Instagram: @psicoletrazaragoza.                      E-E-mail: rcordobasanz@gmail.com


Nadie se ilumina imaginando figuras de luz, sino por hacer consciente su oscuridad

Este es el proceso por el que pasamos las personas al detectar un privilegio que nos favorece, con el que convivimos, del que nos aprovechamos. Ya sea este de clase, género, orientación sexual, raza, lugar de origen… Especie… Lo que permanece oculto no se ve. Y si proyectamos luz se verá menos aún -paradojitas…-. Sólo al visibilizar, al hacer presente, al colocarlo sobre la mesa y mirarlo a los ojos, es cuando la oscuridad se hace materia. Se encarna. Sujeto y objeto frente a frente. Hay quienes niegan por sistema sus privilegios. El dolor que supone reconocerlos. Reconocer que estamos haciendo algo mal. Que nos estamos aprovechando de nuestra posición privilegiada (pero si yo no he hecho nada para tener este privilegio. ¿Esto es un privilegio? Ay la negación… -Y el orgullo. Y la soberbia-. Claro, pero ya que está sobre la mesa, vamos a trabajarlo y si eres la buena persona que dices ser, no puedes seguir aprovechándote de él. No de forma consciente al menos.)

Las personas veganas son conscientes de la oscuridad que supone el privilegio de la pertenencia a la especie humana. Por ello renuncian, como posicionamiento político (de polis, de vida en común, de aquella frase de Carol Hanish: Lo personal es político), al uso de los animales en cualquiera de los aspectos de la vida, siempre dentro de las posibilidades de cada una y teniendo en cuenta el mundo especista en que vivimos. No somos seres de luz.

Las personas antiespecistas, además de renunciar al uso de los animales no humanos, somos conscientes de que solo siendo veganas no acabarán con la explotación animal. Que, además, no sólo sufren y necesitan de nuestra ayuda los animales domesticados, los «de» granja o laboratorio -como si hubiesen nacido para ello… El lenguaje es un arma potentísima de generación de realidades, de dominio, control y sumisión-. Ellas luchan desde el activismo antiespecista.

Y luego están las personas que luchan de forma activa por la Justicia mediante la transversalidad. La Justicia como eje transversal que lo atraviesa todo -y ha de ser feminista y antiespecista-. Supongo que son las más valientes. Quizá las que hayan visibilizado más oscuridad. Las que no se deben a amiguismos ni a pactos soterrados. Las que entienden los procesos de control y dominación. Y los entienden porque se preocupan por estudiarlos. Visibilizarlos. Combatirlos siempre. Esas personas son capaces de detectar una injusticia sea quien sea quien la comete. Las que se ponen siempre y en todo caso de parte de quienes más tienen que perder. De quienes (más) han perdido. Las que no invierten su tiempo en dar pena ni en lloriqueos. Son las personas a las que debemos tanto. Las que no piden nada. Las que más han acorralado su oscuridad. Un abrazo.

lunes, 14 de diciembre de 2020

Feminismo y Judith Butler

 


En 1949 en el Segundo sexo, Simone de Beauvoir escribió que la historia había sido construida a partir de un androcentrismo: el hombre como la medida de todas cosas. Desde esa perspectiva, si las mujeres pedían ser simplemente humanos se les decía que querían parecerse a los hombres, y ello debido a que el varón había acaparado lo que se entendía como lo genéricamente humano: “él es el Sujeto, es el Absoluto: ella es la Alteridad”. Cuando la filósofa plantea que “no se nace mujer, se llega a serlo” queda claro que  el concepto de “mujer” es una construcción cultural definida  con referencia al hombre: la mujer es esposa, madre o hija.

Ilustración: Jonathan Rosas

Este feminismo de la década de los sesenta se centraba en el opresivo dualismo de género y en la experiencia que tenían las mujeres en  que las cuestiones biológicas limitaban la igualdad de derechos. El dualismo de género se entiende como lo que cada sociedad, con sus variantes culturales, considera como lo “naturalmente femenino” y lo “naturalmente masculino” y la infinidad de estereotipos que se forman respecto a ello. A la mujer, entonces, se le asignaron labores domésticas, de servicio, y tareas de carácter asistencial como cuidar a los hijos, a los ancianos, a los enfermos y, en suma, atender las necesidades de otros,1 una serie de estereotipos fundados en la supuesta sensibilidad intrínseca de la mujer, que conllevaba tareas serviles bajo el pretexto de la concepción.

Si las mujeres no participaban en la esfera pública era porque sólo los hombres  poseían las aptitudes políticas para ello. Así, las relaciones de poder que estructuraban las dimensiones política, social y económica eran determinadas por el género masculino; lo que implicaba que las mujeres no fueran dueñas de su propio destino, sino simples espectadoras. De ahí viene entonces el término patriarcado pues fue el concepto que adoptó el feminismo para señalar el poder y la política masculinas.

Hay que decir que en el feminismo moderno hay un campo de batalla en torno a lo que se entiende por esencialismo. Esto es, que la distinción entre hombre y mujer es algo fijo, biológico y natural. Las feministas esencialistas rechazan la política masculina, abogan por una nueva forma de hacer política separada de la participación del hombre, apelan a una separación donde la mujer pueda desenvolverse y crear su propia forma de organización. Algunas feministas como Gayatri Spivakha argumentan que se necesita contar con un esencialismo operacional, una falsa ontología de las mujeres como categoría universal para avanzar en un programa político feminista:2 una organización propia donde sea posible formular sus problemas, sus demandas y sus alternativas.

El principal aporte de Judith Butler a la teoría feminista ha sido combatir la suposición de que el esencialismo sea necesario para la acción política, lo que ha renovado este debate de décadas.

De acuerdo con la filósofa estadunidense sería erróneo suponer anticipadamente que existe la categoría de “mujeres” pues son los complejos significados institucionales y discursivos mediante los cuales se construye el término los que deben ser cuestionados. Según Butler, el hecho de enunciar la categoría mujer para lograr una “unidad” bajo el impulso democratizador feminista reafirma al mismo tiempo la condición de mujer que pretende emancipar. La  filósofa observa que este feminismo solidario entre mujeres niega la complejidad de lo que es el ser humano y pretende meter en una única categoría a aquello que tiene aparatos reproductivos “femeninos”. Para ella, habría que pasar de una categoría fija y estable a una desnaturalización de conceptos como sexo y género y lograr lo que denomina “identidades nómadas”.3

Butler, como  Simone de Beauvoir, considera que el término mujer es una construcción social, pero le interesa saber cómo y dónde se construye el género mujer. Intenta demostrar cómo se han constituido los conceptos cosificados y naturalizados de sexo y género y, por ende, cómo son entonces susceptibles de ser constituidos de otra manera. La filósofa observa que si el sexo es lo que da paso a la construcción del género, es entonces la noción de que el “sexo es algo natural” lo que dio paso al binarismo hombre-mujer, lo cual es la norma  que sufren los cuerpos en el momento en el que la corroboran.

Si el género se construye, como lo expuso Beauvoir, el género es una situación histórica y es una manera de ir haciendo, dramatizando y reproduciendo esa situación, por lo que Butler sugiere que el cuerpo adquiere su género en una serie de actos que son renovados, revisados y consolidados en el tiempo. Butler establece que hay una sedimentación de las normas de género, es decir, que en algún momento se dijo que —de acuerdo a lo biológico— el sexo era natural, por lo que había tal cosa como una  verdadera mujer, "con el paso del tiempo este discurso ha ido produciendo un conjunto de estilos corporales que, en forma cosificada, aparecen como la configuración natural de los cuerpos en sexos que existen en una relación binaria y mutua".4 De acuerdo con Butler “la acción social requiere una performance repetida. Esta repetición es a la vez reactuación y reexperimentación de un conjunto de significados ya socialmente establecidos; es la forma mundana y ritualizada de su legitimación”.5 El género es entonces para Butler un performativo,6 conforma la identidad que se supone que es:  “nadie es realmente género desde el principio”.

A partir de su lectura de Foucault, Butler sugiere que la idea del sexo natural es una conjunción nada natural de construcciones culturales al servicio de intereses reproductivos. No hay sucesos estáticos unitarios, sino identidades contingentes que están en procedimiento (el cuerpo no es estático, es un devenir). Por tanto, no es necesario buscar un “origen” de la identidad (genealogía)7 pues no hay una identidad de género detrás de las expresiones de género, sino identidades que se construyen performativamente por las mismas expresiones que, al parecer, son resultado de ésta.

Butler también retoma a Lacan para sugerir que si el género está en constante construcción, entonces nunca estará completamente terminado. Si el sujeto es una estructura lingüística en formación, la tarea del feminismo sería estudiar “las prácticas discursivas que legitiman el género que nuestro vocabulario invariablemente disfraza, y llevar esta complejidad a un interjuego cultural dramático sin consecuencias punitivas”.8 Es decir, es posible subvertir: transformar mediante nuevas significaciones a partir de actos cotidianos la heterosexualidad normativa que violenta los cuerpos.

Si para Beauvoir el género se construye, no hay nada que asegure que la persona que se convierte en mujer sea obligatoriamente aquello con características femeninas. No hay razón alguna para fijar un sólo sexo, un  género y por tanto una identidad. Butler dice que “¡La vida no es la identidad! La vida resiste a la idea de la identidad”. Por esta razón, los estudios de Judith Butler son fundadores de la teoría queer, según la cual los géneros y las identidades sexuales no están inscritos en la naturaleza humana.

Con estas propuestas, Judith Butler ha renovado el debate dentro del feminismo e impulsado un feminismo más inclusivo donde no sólo se le dé voz a las mujeres, sino también a aquellas minorías que constantemente han estado excluidas: la comunidad LGBTTTIQA. De esta manera, Butler se aleja de aquel feminismo que rechaza a otras minorías por el simple hecho de no tener órganos sexuales femeninos, por ejemplo, el Feminismo Radical Trans Excluyente (TERF por sus siglas en inglés).

Sin duda la relación de la lucha LGBT+ y el feminismo es larga y compleja,9 el debate está en constante discusión y las ideas que se presentan en este texto no están cerradas herméticamente. Sin embargo, considero que la lucha por la emancipación no puede orientarse sólo al resurgimiento de las mujeres, sin antes atender las relaciones desiguales que surgen a partir de la idea de la existencia intrínseca de dos sexos fijos, biológicos y naturales; debe orientarse a la búsqueda de nuevas significaciones que permitan liberar al cuerpo ligado a ubicaciones desiguales en la sociedad.

 

Dalia Vázquez


1 La perspectiva feminista, Jenny Chapman, en David Marsh y Gerry Stoker (eds.) Teoría y métodos de la Ciencia Política, Alianza Editorial, España, 1997, p. 104-105.

2 Citado en Judith Butler. “Performative Acts and Gender Constitution: An Essay on Phenomenology and Feminist Theory”. Theatre Journal, Vol. 40, No. 4, (diciembre, 1988), The Johns Hopkins University Press. Publicado en español en Debate feminista, 18 (1998), Actos performativos y constitución del género: un ensayo sobre fenomenología y teoría feminista, p. 311.

3 Judith Butler. El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. Paidós Ibérica, Barcelona, 2007. 

4 Judith Butler, Actos performativos…, op. cit., p. 304.

5 Ibid, p. 307.

6 Un performativo de acuerdo a John Langshaw Austin en su texto Cómo hacer cosas con palabras es un acto de habla realizado, por ejemplo, en el momento en el que un sacerdote dice "Yo te bautizo" la misma frase transforma a la persona bautizada en un miembro de la religión. Así, el acto se pone en marcha en el momento en el que se enuncia.

7 En su ensayo Nietzsche, la genealogía, la historia, Foucault señala que la búsqueda de un orígen de las cosas es el intento por recoger la esencia de la cosa, su identidad más pura, ajena a cualquier influencia extraña. Sin embargo, eso es una invención metafísica, por lo que “detrás de las cosas hay otra cosa bien distinta: no su secreto esencial y sin fecha, sino el secreto de que no tienen esencia, o de que su esencia fue construida pieza a pieza a partir de figuras extrañas a ella.” 

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta. Zaragoza.        Teléfono: 653 379 269 

N° Col.: A-1324 

Instagram: @psicoletrazaragoza

Página Web: www.rcordobasanz.es

martes, 8 de diciembre de 2020

Judith Butler

 


“Necesitamos una gran red de solidaridades para combatir el capitalismo y la destrucción del planeta”


Desde su nacimiento, los estudios de género han suscitado debates cada vez más amplios que han ido tomando cada vez mayor importancia a lo largo y ancho del planeta gracias a las diferentes olas feministas. Judith Butler es una de las principales teóricas de esta corriente. Le vent se lève ha hablado con ella por correo electrónico para preguntarle sobre los principales conceptos de su trabajo, así como sobre su visión del futuro político, en un momento en el que la cuestión de la reformulación de la masculinidad se ha vuelto crucial para cualquiera que quiera luchar contra el patriarcado. 

Usted nació en una familia judía tradicional, en Ohio. Su tío fue encarcelado por ser transexual y falleció en prisión. Sus primos fueron expulsados de sus hogares por ser homosexuales y a usted la llevaron a un psiquiatra con 15 años, cuando anunció su homosexualidad. ¿Cómo deconstruye usted el género en su difícil historia personal? Para aquellas y aquellos que no le conozcan, ¿cómo se describiría?

Es probable que mi tío fuese intersexual, pero terminó convirtiéndose en una especie de atracción debido a que las autoridades médicas y psiquiátricas lo analizaban constantemente

Las autodescripciones no son mi fuerte. Es probable que mi tío fuese intersexual, pero terminó convirtiéndose en una especie de atracción debido a que las autoridades médicas y psiquiátricas lo analizaban constantemente. Nunca lo conocí, puesto que lo internaron antes de que yo naciese y me dijeron que ya no estaba consciente. Era mentira, podría haberlo conocido, pero mis padres no querían que los niños se pusieran en contacto con él. Tengo un primo homosexual que sabe lo que realmente ocurrió. Este primo simplemente fue excomulgado. Algunas familias hacen donaciones financieras, que luego recalifican como préstamos, y cuando estos se convierten en deudas impagables, se colocan en la categoría de delitos. Esto no es una sorpresa, puesto que a la mínima oportunidad, la criminalidad ha sido utilizada contra nosotros. A mis padres y abuelos les aterraba que el antisemitismo surgiera en cualquier momento y pensaban que asimilarse a las normas y estándares americanos era la única manera de protegerse. Continuaron respetando las festividades religiosas y algunos respetaron el shabbat, pero con el tiempo la judeidad se desconectó de la mayoría de rituales (aunque no de todos) y se convirtió en un ethos comunitario.

Uno de los conceptos principales que usted desarrolla en El género en disputa es la idea de performatividad del género. ¿Podría explicar este concepto?

La idea de la performatividad del género ha evolucionado con el tiempo. Cuando la presenté por primera vez, me interesaba cómo las personas repetían algunos gestos, y cómo estos gestos parecían expresar y ampliar el modo en el que percibían su género. Pero estaba claro que esta gente no creaba por completo los gestos que repetían. No eran totalmente suyos, aunque los hubiesen personalizado. Expresaban gestos que ya se habían hecho previamente, de manera que se establecía una especie de solidaridad tácita con aquellas y aquellos que habían hecho esos gestos. Al mismo tiempo, los modificaban y transformaban, improvisaban las actuaciones, los movimientos y los gestos que reproducían.

Respecto a la performatividad del género, algunas interpretaciones de su teoría son claramente voluntaristas. ¿Podemos elegir nuestro propio género? ¿Cuál es la relación entre nuestro cuerpo y nuestro género?

Hay momentos en los que elegimos nuestro género. Por ejemplo, cuando acudimos a los tribunales para solicitar un cambio de género. En ese momento, hacemos la elección legal e incluso política del reconocimiento del género al que creemos pertenecer. Existe pues una elección a nivel legal y político –¿debo presentar la solicitud o no?–, pero las cosas son diferentes cuando se trata del sentimiento profundo en términos de género. Muchas, si no la mayoría, de las personas que quieren cambiar legalmente de género sienten que su género es parte inalterable de su identidad y que por tanto no lo han escogido. Recurriendo a este amparo legal, deciden que esta parte no escogida de su ser sea reconocida, y afirman lo que son.

El feminismo no es un movimiento homogéneo. ¿Qué piensa usted de los mecanismos neoliberales de reapropiación (las grandes marcas que venden productos feministas, pero también la lucha de Beyoncé o de Rihanna por los derechos de las mujeres)? ¿Cómo analizar esta realidad ideológica? ¿Cree que contribuye a diluir la capacidad crítica del feminismo?

Hay muchos tipos de feminismo diferentes, y debemos ser críticos y distinguir aquellos que realmente hacen progresar los ideales y valores fundamentales del movimiento. Las diferentes formas de feminismo liberal que se centran en el desarrollo individual abandonan a menudo la naturaleza colectiva y la fuerza del movimiento. Sin embargo, para las mujeres y chicas jóvenes que viven en lugares donde no se conoce el movimiento feminista, ver a Beyoncé cantar y afirmar su cuerpo de manera poderosa puede ser bastante impactante. Como también lo hacen, creo, algunas atletas como Serena Williams o Megan Rapinoe. No tiene por qué gustarnos todo lo que dicen para ver que la representación pública de su fuerza marca la diferencia para muchas otras mujeres en el mundo.

Los movimientos feministas han empezado a crecer en numerosos países, como en España. La masculinidad tóxica está a veces en la agenda política. ¿Qué les diría usted a esos hombres que deberían reorganizar su propia construcción de género?

Mientras la opresión de género no sea derrotada, necesitaremos feministas para tomar cartas en el asunto

Sospecharía de cualquier medida que se parezca a la autocorrección estalinista o a una autocrítica maoísta. Pero creo que hay en los hombres muchos pactos no codificados e implícitos en lo que respecta a la violencia que ejercen sobre las mujeres. Hombres que ven a maridos golpear a sus parejas o novias y miran para otro lado. Es en esos momentos en los que un hombre está permitiéndole a otro hombre abusar de una mujer. Mirar hacia otro lado es un gesto que no siempre se limita a una cabeza que gira en otra dirección. Implica tanto la negación como la concesión de la impunidad. Algunos hombres rompen este vínculo de hermandad y lo interrumpen, alzan la voz, intervienen o dejan claro que la violencia contra las mujeres es inaceptable. En y mediante este acto, o serie de actos, se formula una versión diferente de la masculinidad. Se trata de asegurar que la actuación que rompe el vínculo fraterno sea también un acto que crea solidaridad con las mujeres. ¡Las mujeres no necesitan otro salvador! Necesitan solidaridad en pie de igualdad. Mientras la opresión de género no sea derrotada, necesitaremos feministas para tomar cartas en el asunto.

En respuesta a esta ola feminista, hemos visto un aumento considerable de movimientos culturales, especialmente en las redes sociales, que afirman defender la identidad de los hombres y la masculinidad. ¿Cómo explicaría este resurgimiento? ¿En qué consistiría un feminismo hegemónico capaz de neutralizar este tipo de reacción?

Me parece que esta defensa de los hombres y el masculinismo actúan como si la oposición a la violencia masculina fuera una oposición a los hombres. O que la oposición a la desigualdad de género fuera una mera oposición a los hombres como tales. Pero este argumento presupone que no puede haber hombres sin violencia masculina o desigualdades de género, que terminar con la violencia y la desigualdad significaría la abolición de los hombres. Es inconcebible para ellos que los hombres sigan siendo hombres en el momento en el que alcanzan una nueva forma de masculinidad o una masculinidad basada en la igualdad y la no violencia. Es una defensa reaccionaria de los hombres que piensan que la violencia es una parte integral del hombre.

Usted habla de las manifestaciones como formas de expresión encarnadas, formas de llevar reclamos o reivindicaciones políticas, incluso cuando el discurso está ausente o no es la forma principal de expresión, usa la performatividad del género como punto de partida para hablamos de poblaciones precarias y de la unión de los cuerpos como protesta. Combina sus dos teorías, performatividad y precariedad con los trabajos de Hannah Arendt, Giorgio Agamben y Emmanuel Levinas para evaluar de manera crítica y abordar movimientos como los de la Plaza Tahrir, Occupy, Black Lives Matter y otros movimientos de protesta ¿Puede contarnos más sobre cómo están conectadas estas dos teorías?

Muchas de las principales protestas de los últimos años han llamado la atención sobre el estado precario de los cuerpos en las calles. Lo experimentan en la calle, en casa, en las fronteras, en el lugar de trabajo, en el espacio público o, de hecho, en campos de detención o prisiones. Una de las muchas formas de expresar la ira y denunciar la injusticia de esta precariedad vivida es precisamente uniéndose, consagrándose, es decir, volviéndose plural y expresando su oposición; la expresión a veces es oral, pero otras puede pasar por una amplia gama de medios, incluidos movimientos, gestos, imágenes o sonidos. Todos los sentidos del cuerpo contribuyen a la forma en que se formula la oposición y se hace su reivindicación. Levinas hablaba de la demanda que el otro me hace, en contra de mi voluntad, y que es una demanda ética. Mi planteamiento es que, cuando los cuerpos son expulsados, apátridas o sin medios básicos de sustento, formulan sus reivindicaciones con sus cuerpos y los medios que son y tienen. A veces puede ser simplemente grabar de manera espontánea la violencia policial con un teléfono móvil. Y, sin embargo, aquellos que se encuentran fuera de la escena se ven afectados por estas reivindicaciones o demandas, deben ser sensibles a lo que se expresa, manifiesta, comunica, y esto los exhorta a traducir mediante el lenguaje político al que están acostumbrados (principalmente parlamentario) la realidad de quienes expresan demandas políticas de diferentes maneras.


Desde su nacimiento, los estudios de género han suscitado debates cada vez más amplios que han ido tomando cada vez mayor importancia a lo largo y ancho del planeta gracias a las diferentes olas feministas. Judith Butler es una de las principales teóricas de esta corriente. Le vent se lève ha hablado con ella por correo electrónico para preguntarle sobre los principales conceptos de su trabajo, así como sobre su visión del futuro político, en un momento en el que la cuestión de la reformulación de la masculinidad se ha vuelto crucial para cualquiera que quiera luchar contra el patriarcado. 

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Usted nació en una familia judía tradicional, en Ohio. Su tío fue encarcelado por ser transexual y falleció en prisión. Sus primos fueron expulsados de sus hogares por ser homosexuales y a usted la llevaron a un psiquiatra con 15 años, cuando anunció su homosexualidad. ¿Cómo deconstruye usted el género en su difícil historia personal? Para aquellas y aquellos que no le conozcan, ¿cómo se describiría?

Es probable que mi tío fuese intersexual, pero terminó convirtiéndose en una especie de atracción debido a que las autoridades médicas y psiquiátricas lo analizaban constantemente

Las autodescripciones no son mi fuerte. Es probable que mi tío fuese intersexual, pero terminó convirtiéndose en una especie de atracción debido a que las autoridades médicas y psiquiátricas lo analizaban constantemente. Nunca lo conocí, puesto que lo internaron antes de que yo naciese y me dijeron que ya no estaba consciente. Era mentira, podría haberlo conocido, pero mis padres no querían que los niños se pusieran en contacto con él. Tengo un primo homosexual que sabe lo que realmente ocurrió. Este primo simplemente fue excomulgado. Algunas familias hacen donaciones financieras, que luego recalifican como préstamos, y cuando estos se convierten en deudas impagables, se colocan en la categoría de delitos. Esto no es una sorpresa, puesto que a la mínima oportunidad, la criminalidad ha sido utilizada contra nosotros. A mis padres y abuelos les aterraba que el antisemitismo surgiera en cualquier momento y pensaban que asimilarse a las normas y estándares americanos era la única manera de protegerse. Continuaron respetando las festividades religiosas y algunos respetaron el shabbat, pero con el tiempo la judeidad se desconectó de la mayoría de rituales (aunque no de todos) y se convirtió en un ethos comunitario.

La idea de la performatividad del género ha evolucionado con el tiempo. Cuando la presenté por primera vez, me interesaba cómo las personas repetían algunos gestos, y cómo estos gestos parecían expresar y ampliar el modo en el que percibían su género. Pero estaba claro que esta gente no creaba por completo los gestos que repetían. No eran totalmente suyos, aunque los hubiesen personalizado. Expresaban gestos que ya se habían hecho previamente, de manera que se establecía una especie de solidaridad tácita con aquellas y aquellos que habían hecho esos gestos. Al mismo tiempo, los modificaban y transformaban, improvisaban las actuaciones, los movimientos y los gestos que reproducían.

Respecto a la performatividad del género, algunas interpretaciones de su teoría son claramente voluntaristas. ¿Podemos elegir nuestro propio género? ¿Cuál es la relación entre nuestro cuerpo y nuestro género?

Hay momentos en los que elegimos nuestro género. Por ejemplo, cuando acudimos a los tribunales para solicitar un cambio de género. En ese momento, hacemos la elección legal e incluso política del reconocimiento del género al que creemos pertenecer. Existe pues una elección a nivel legal y político –¿debo presentar la solicitud o no?–, pero las cosas son diferentes cuando se trata del sentimiento profundo en términos de género. Muchas, si no la mayoría, de las personas que quieren cambiar legalmente de género sienten que su género es parte inalterable de su identidad y que por tanto no lo han escogido. Recurriendo a este amparo legal, deciden que esta parte no escogida de su ser sea reconocida, y afirman lo que son.

Hay muchos tipos de feminismo diferentes, y debemos ser críticos y distinguir aquellos que realmente hacen progresar los ideales y valores fundamentales del movimiento. Las diferentes formas de feminismo liberal que se centran en el desarrollo individual abandonan a menudo la naturaleza colectiva y la fuerza del movimiento. Sin embargo, para las mujeres y chicas jóvenes que viven en lugares donde no se conoce el movimiento feminista, ver a Beyoncé cantar y afirmar su cuerpo de manera poderosa puede ser bastante impactante. Como también lo hacen, creo, algunas atletas como Serena Williams o Megan Rapinoe. No tiene por qué gustarnos todo lo que dicen para ver que la representación pública de su fuerza marca la diferencia para muchas otras mujeres en el mundo.

Los movimientos feministas han empezado a crecer en numerosos países, como en España. La masculinidad tóxica está a veces en la agenda política. ¿Qué les diría usted a esos hombres que deberían reorganizar su propia construcción de género?

Mientras la opresión de género no sea derrotada, necesitaremos feministas para tomar cartas en el asunto

Sospecharía de cualquier medida que se parezca a la autocorrección estalinista o a una autocrítica maoísta. Pero creo que hay en los hombres muchos pactos no codificados e implícitos en lo que respecta a la violencia que ejercen sobre las mujeres. Hombres que ven a maridos golpear a sus parejas o novias y miran para otro lado. Es en esos momentos en los que un hombre está permitiéndole a otro hombre abusar de una mujer. Mirar hacia otro lado es un gesto que no siempre se limita a una cabeza que gira en otra dirección. Implica tanto la negación como la concesión de la impunidad. Algunos hombres rompen este vínculo de hermandad y lo interrumpen, alzan la voz, intervienen o dejan claro que la violencia contra las mujeres es inaceptable. En y mediante este acto, o serie de actos, se formula una versión diferente de la masculinidad. Se trata de asegurar que la actuación que rompe el vínculo fraterno sea también un acto que crea solidaridad con las mujeres. ¡Las mujeres no necesitan otro salvador! Necesitan solidaridad en pie de igualdad. Mientras la opresión de género no sea derrotada, necesitaremos feministas para tomar cartas en el asunto.

En respuesta a esta ola feminista, hemos visto un aumento considerable de movimientos culturales, especialmente en las redes sociales, que afirman defender la identidad de los hombres y la masculinidad. ¿Cómo explicaría este resurgimiento? ¿En qué consistiría un feminismo hegemónico capaz de neutralizar este tipo de reacción?

Me parece que esta defensa de los hombres y el masculinismo actúan como si la oposición a la violencia masculina fuera una oposición a los hombres. O que la oposición a la desigualdad de género fuera una mera oposición a los hombres como tales. Pero este argumento presupone que no puede haber hombres sin violencia masculina o desigualdades de género, que terminar con la violencia y la desigualdad significaría la abolición de los hombres. Es inconcebible para ellos que los hombres sigan siendo hombres en el momento en el que alcanzan una nueva forma de masculinidad o una masculinidad basada en la igualdad y la no violencia. Es una defensa reaccionaria de los hombres que piensan que la violencia es una parte integral del hombre.

Usted habla de las manifestaciones como formas de expresión encarnadas, formas de llevar reclamos o reivindicaciones políticas, incluso cuando el discurso está ausente o no es la forma principal de expresión, usa la performatividad del género como punto de partida para hablamos de poblaciones precarias y de la unión de los cuerpos como protesta. Combina sus dos teorías, performatividad y precariedad con los trabajos de Hannah Arendt, Giorgio Agamben y Emmanuel Levinas para evaluar de manera crítica y abordar movimientos como los de la Plaza Tahrir, Occupy, Black Lives Matter y otros movimientos de protesta ¿Puede contarnos más sobre cómo están conectadas estas dos teorías?

Muchas de las principales protestas de los últimos años han llamado la atención sobre el estado precario de los cuerpos en las calles. Lo experimentan en la calle, en casa, en las fronteras, en el lugar de trabajo, en el espacio público o, de hecho, en campos de detención o prisiones. Una de las muchas formas de expresar la ira y denunciar la injusticia de esta precariedad vivida es precisamente uniéndose, consagrándose, es decir, volviéndose plural y expresando su oposición; la expresión a veces es oral, pero otras puede pasar por una amplia gama de medios, incluidos movimientos, gestos, imágenes o sonidos. Todos los sentidos del cuerpo contribuyen a la forma en que se formula la oposición y se hace su reivindicación. Levinas hablaba de la demanda que el otro me hace, en contra de mi voluntad, y que es una demanda ética. Mi planteamiento es que, cuando los cuerpos son expulsados, apátridas o sin medios básicos de sustento, formulan sus reivindicaciones con sus cuerpos y los medios que son y tienen. A veces puede ser simplemente grabar de manera espontánea la violencia policial con un teléfono móvil. Y, sin embargo, aquellos que se encuentran fuera de la escena se ven afectados por estas reivindicaciones o demandas, deben ser sensibles a lo que se expresa, manifiesta, comunica, y esto los exhorta a traducir mediante el lenguaje político al que están acostumbrados (principalmente parlamentario) la realidad de quienes expresan demandas políticas de diferentes maneras .

En alguna ocasión le hemos escuchado decir: “Es más fácil seguir luchando si sabemos que no estamos solos, que dependemos de los demás”. ¿Qué opina de la idea según la que la estructuración del activismo actual atravesada por el neoliberalismo contribuye a una fragmentación de las luchas y de la identidad de la clase trabajadora? ¿Cree que ya no buscamos una historia común que una a diferentes personas en torno a un solo objetivo, sino que tratamos de exagerar nuestras particularidades para así llenar la ansiedad de un presente vacío, desprovisto, de identidad de clase? ¿Cómo construir entonces esa unidad que nos hace depender unos de otros?

Las viejas ideas de unidad ya no existen, pero sería un error pensar que lo único que nos queda es el estado fragmentado de las diferentes identidades. La idea de la alianza es una forma de pensar en solidaridad que permite que la diferencia sea un factor movilizador en lugar de paralizante. Esta forma de política de identidad que afirma que uno solo puede representarse a sí mismo por su especificidad no deja espacio para la creación de alianzas. Entiendo la necesidad de enfatizar en la singularidad, especialmente en un contexto de pueblos autóctonos cuyas historias han sido borradas con muchos de sus antepasados. Sin embargo, debemos cuestionarnos sobre las condiciones históricas comunes que hemos atravesado, el desplazamiento neoliberal de los trabajadores, la destrucción de los derechos humanos, los niveles crecientes de pobreza y las formas neoliberales de individualismo que hacen que la solidaridad parezca aún más lejana. Necesitamos crear formas de solidaridad transregionales y translingüísticas que profundicen en la justicia económica, luchando contra los efectos devastadores del capitalismo sin relegar al plano de lucha secundaria el feminismo, el activismo queer y trans, y las luchas por la igualdad racial y la libertad. No debemos volver a una unidad simple, sino luchar para formar una red de solidaridades cada vez más poderosa enfocada en combatir la destrucción del planeta y por un salario digno. Necesitamos muchos movimientos trabajando juntos para iluminar cada aspecto de esta constelación. Esto no significa que todo tengamos una misma opinión o que hablemos el mismo idioma, sino que aceptamos el hecho de que vivimos juntos en este planeta y que eso nos obliga a desmantelar juntos las fuerzas de destrucción y opresión para crear una vida más habitable para todos. Cuando la izquierda sea más afilada contra las devastadoras fuerzas económicas que obran contra nosotros, la versión securitaria del fascismo y la resurrección destructiva del patriarcado, no tendremos un nuevo idioma, sino un nuevo activismo de traducción que reúna los lenguajes políticos de la vida.


martes, 25 de marzo de 2014

Género y Psicoanálisis


Género y Psicoanálisis: Subjetividades femeninas 

vulnerables

Por Mabel BurinDoctora en Psicología Clínica, especialista en Estudios de Género y Salud Mental. Directora del Área de Género y Subjetividad de la Universidad Hebrea Argentina Bar Ilan. Es autora de los libros "Estudios sobre la subjetividad femenina. Mujeres y Salud Mental"(1987), "El malestar de las mujeres. La tranquilidad recetada" (1990), "Género, Psicoanálisis, Subjetividad"(1996), "Género y Familia"(1998) y "Varones, Género masculino y subjetividad" (2000).

I. Introducción

A partir de los años 60, y más acentuadamente en la década de los 70, los Estudios de Género han puesto en el escenario académico gran cantidad de estudios e investigaciones que revelan diversos modos de construcción de la subjetividad femenina, a partir de la ubicación social de las mujeres en la cultura descripta como partriarcal. Esto ha generado intensos debates sociales, políticos, económicos, poniendo de relieve la condición de marginación de las mujeres en tales espacios. A la vez se han estudiado las marcas que deja en la constitución de las subjetividades femeninas semejantes procesos de exclusión. Como resultado de tales análisis, se han ofrecido diversas hipótesis provenientes de teorías psicoanalíticas acerca de la constitución de la subjetividad femenina que, entrecruzadas con aquellas provenientes de los estudios de género, ofrecen una masa interesante de datos y de nuevas hipótesis para seguir avanzando en este campo de conocimientos.

Tal entrecruzamiento teórico y de prácticas clínicas en sus comienzos fue arduo y difícil, debido más bien a relaciones de tensión entre ambas corrientes disciplinarias. Esta situación se caracterizó al principio por enfatizar, a veces hasta el paroxismo, las relaciones críticas y conflictivas entre los estudios de género y las teorías psicoanalíticas. Si bien todavía persisten algunos rasgos de aquella situación de exasperación crítica y a menudo desestimante una de la otra, en la actualidad estamos intentando fertilizar mutuamente el campo con hipótesis provenientes de ambas disciplinas, en un esfuerzo por articular aquellos conocimientos que se hayan revelado como fructíferos.

¿Qué son los Estudios de Género? El término género circula en las ciencias sociales y en los discursos que se ocupan de él, con una acepción específica y una intencionalidad explicativa. Dicha acepción data de 1955, cuando el investigador John Money propuso el término "papel de género" (gender role) para describir el conjunto de conductas atribuidas a los varones y a las mujeres. Pero ha sido Robert Stoller el que estableció más nítidamente la diferencia conceptual entre sexo y género en un libro dedicado a ello (Stoller, 1968), basado en sus investigaciones sobre niños y niñas que, debido a problemas anatómicos, habían sido educados de acuerdo a un sexo que fisiológicamente no era el suyo. La idea general mediante la cual se distingue sexo de género consiste en que el primero se refiere al hecho biológico de que la especie humana es una de las que se reproducen a través de la diferenciación sexual, mientras el segundo guarda relación con los significados que cada sociedad le atribuye a tal hecho.

Según lo plantea E. Gomáriz (1992), de manera amplia podría aceptarse que son reflexiones sobre género todas aquellas que se han hecho en la historia del pensamiento humano acerca de las consecuencias y significados que tiene pertenecer a cada uno de los sexos, por cuanto, esas consecuencias, muchas veces entendidas como "naturales", no son sino formulaciones de género. Mediante ese anclaje temático, puede hablarse así de forma amplia de "estudios de género" para referir al segmento de la producción de conocimientos que se han ocupado de este ámbito de la experiencia humana: los sentidos atribuídos al hecho de ser varón o ser mujer en cada cultura.

Una de las ideas centrales desde un punto de vista descriptivo, es que los modos de pensar, sentir, y comportarse de ambos géneros, más que tener una base natural e invariable, se deben a construcciones sociales que aluden a características culturales y psicológicas asignadas de manera diferenciada a mujeres y hombres. Por medio de tal asignación, a través de los recursos de la socialización temprana, unas y otros incorporan ciertas pautas de configuración psíquica y social que hacen posible la femineidad y la masculinidad. Desde este criterio, el género se define como la red de creencias, rasgos de personalidad, actitudes, sentimientos, valores, conductas y actividades que diferencian a mujeres y varones. Tal diferenciación es producto de un largo proceso histórico de construcción social, que no sólo genera diferencias entre los géneros femenino y masculino, sino que, a la vez, esas diferencias implican desigualdades y jerarquías entre ambos. Cuando realizamos estudios de género, ponemos énfasis en analizar las relaciones de poder que se dan entre varones y mujeres. Hasta ahora, los estudios se han centrado en la predominancia del ejercicio del poder de los afectos en el género femenino, y del poder racional y económico en el género masculino, y en las implicaciones que tal ejercicio del poder tiene sobre la construcción de la subjetividad femenina y masculina.

La noción de género suele ofrecer dificultades, en particular cuando se lo toma como un concepto totalizador, que invisibiliza a la variedad de determinaciones con las que nos construímos como sujetos: raza, religión, clase social, nivel educativo, etc. Todos estos son factores que se entrecruzan en la constitución de nuestra subjetividad. Estamos sugiriendo, entonces, que el género jamás aparece en su forma pura, sino entrecruzado con otros aspectos determinantes de la vida de las personas: su historia familiar, sus oportunidades educativas, su nivel socio-económico, etc. Sin embargo, consideramos necesario mantener la categoría de género como instrumento de análisis de algunas problemáticas específicas de mujeres y varones que nos permita ampliar la comprensión tradicional. Así, desde las teorías del género se enfatizan los rasgos con que nuestra cultura patriarcal deja sus marcas en la constitución de la subjetividad femenina o masculina.

Entre las hipótesis psicoanalíticas, algunas cobran mayor relevancia en sus esfuerzos de poder explicativo para la constitución de la subjetividad femenina: la envidia fálica, la construcción del narcisismo femenino, los rasgos de su sistema Superyó-Ideal del Yo, sus sistemas de identificaciones, etc.

Algunas de las críticas más frecuentemente esgrimidas por los estudios de género a estas hipótesis psicoanalíticas se basan en sus criterios esencialistas, biologistas, individualistas y a-históricos. Entendemos por esencialistas aquellas respuestas que se ofrecen a la pregunta "¿quién soy?", y "¿qué soy?", suponiendo que existiría algo sustancial e inmutable que respondería a tales inquietudes. Los criterios biologistas responden a los interrogantes asociando a un sujeto mujer con un cuerpo biológico, y fundamentalmente con su capacidad reproductora. Los principios a-históricos deniegan que a lo largo de la historia las mujeres han padecido cambios económicos y sociales que han implicado profundas transformaciones en las definiciones sobre la femineidad; por el contrario, suponen la existencia de "eterno femenino" inmutable a través del tiempo. Los criterios individualistas aislan a las mujeres del contexto social, y suponen que cada mujer, por separado, y según su propia historia individual puede responder acerca de su identidad femenina.

Principalmente los debates conciernen, principalmente, al esencialismo con que se formulan las hipótesis (de Lauretis,1990; Alcoff, 1989; Brennan, 1989), al tipo de leyes simbólicas que la cultura requiere para estructurar el aparato psíquico (Saal, 1991; Irigaray 1982; Mitchell, 1982), a la diferencia sexual y sus implicaciones, a en qué medida la construcción del conocimiento es inherentemente patriarcal, y a las implicaciones que tiene para los Estudios de Género la utilización de los conocimientos psicoanalíticos en campos no académicos (por ejemplo, políticos).

El entrecruzamiento teórico entre psicoanálisis y género ofrece un enriquecimiento insospechado, a la vez que una profunda complejización en sus estructuras teóricas, al nutrirse de conocimientos provenientes de la sociología, la antropología, la historia, la psicología social, etc., lo cual hace difícil la delimitación o el "control de fronteras". Con ello, consideramos que no sólo enriquecemos la perspectiva, sino que además, colocamos este entrecruzamiento disciplinario en un punto de encrucijada, expresada hoy en día en el quehacer científico bajo el término de interdisciplinariedad.

La atmósfera de crisis que en general rodea a los paradigmas científicos en los últimos años, ha tenido sus efectos también sobre este nuevo campo de conocimientos. Aquella filosofía neopositivista que era expresión obligada y única en otras épocas del modo de producción del conocimiento científico, ha dejado de constituir la base epistemológica única o suficiente para la valoración de los conocimientos producidos actualmente. Algunos de los fundamentos que se están cuestionando en la actualidad por las disciplinas con las que operamos son, por ejemplo, el determinismo estricto, el postulado de simplicidad, el criterio de "objetividad", el supuesto de la causalidad lineal, etc.

Los nuevos criterios para reformular los paradigmas del entrecruzamiento disciplinario entre los estudios de género y psicoanálisis, incluye en primer lugar, la noción de complejidad: requiere la flexibilidad de utilizar pensamientos complejos, tolerantes de las contradicciones, capaces de sostener la tensión entre aspectos antagónicos de las conductas, y de abordar, también con recursos complejos, a veces conflictivos entre sí, los problemas que resultan de tal modo de pensar.

En la reformulación de paradigmas que guíen nuestras investigaciones, se ha descripto (Gomáriz, 1992) cómo gran parte de las/los estudiosas/os del género y del psicoanálisis no están muy preocupadas/os por sus articulaciones intersectivas. Parecen, en general, satisfechas/os con el hecho de que la fragmentación teórica que sufren hoy las ciencias humanas les permite un nicho propio, donde pueden desarrollarse. Esta actitud parece justificada especialmente por la idea postmoderna de que el mejor estado de las ciencias humanas es la fragmentación (Burin, 1993). Sin embargo, ésta parecería una apuesta arriesgada: a pesar de todo, también las ciencias humanas están tensionadas por la acumulación de conocimiento. Para E. Gomáriz es muy arriesgado afirmar que dicha tensión no va a impulsar a diversas disciplinas a salir de la actual crisis teórica y de paradigmas. Sostiene que si en el pasado ya se pasó por ciclos de articulación-desarticulación-rearticulación, no sería nada extraño que las ciencias humanas volvieran a articular alguna visión teórica, especialmente si se tiene en cuenta que -como ya sucedió- esta articulación no necesita ser única ni homogénea: puede desarrollarse como competencia entre teorías opuestas o, también, en torno a problemas temáticos históricamente relevantes (como ha sucedido recientemente en nuestro medio con las reflexiones sobre la violencia, especialmente como efecto socio-histórico de la dictadura militar 1976-1983 en Argentina).

SUBJETIVIDAD FEMENINA EN EL ACTUAL DEBATE

Los Estudios de Género han enfatizado la construcción de la subjetividad femenina como un proceso multideterminado, que fue sufriendo variadas transformaciones a lo largo del tiempo y de los distintos grupos de mujeres.

En el campo de la salud mental de mujeres (Burin, 1987; 1990) nos ha interesado describir los procesos que han llevado a la generación desubjetividades femeninas vulnerables. Hemos intentado articular modelos teórico-clínicos de comprensión de las patologías de género femenino en relación con las áreas de poder predominantes en las cuales desarrollan sus vidas cotidianas gran cantidad de mujeres en la cultura patriarcal. Tal como lo hemos desarrollado en otros trabajos (Burin, 1992; 1990), nuestra cultura ha identificado a las mujeres en tanto sujetos con la maternidad. Con esto les ha asignado un lugar y un papel social considerado como garante de su salud mental. Nuestra cultura patriarcal ha utilizado diversos recursos materiales y simbólicos para mantener dicha identificación, tales como los conceptos y prácticas del rol maternal, la función materna, el ejercicio de la maternidad, el deseo maternal, el ideal maternal, etc. También podríamos describir cómo se ha producido, a partir de la Revolución Industrial, en los países occidentales, la gestación y puesta en marcha de estos dispositivos de poder materiales y simbólicos, a la vez que su profunda y compleja imbricación con la división de dos ámbitos de producción y de representación social diferenciados: el ámbito doméstico y el ámbito extradoméstico. Junto con ellos, dos áreas para varones y mujeres: para los varones, el poder racional y poder económico; para las mujeres, el poder de los afectos. Esta distribución de áreas de poder entre los géneros femenino y masculino han tenido efectos de largo alcance sobre la salud mental de varones y mujeres. En el caso de las mujeres, la centración en el poder de afectos les representó un recurso y un espacio de poder específico, dentro del ámbito doméstico y mediante la regulación y el control de las emociones que circulaban dentro de la familia. Sin embargo, el ejercicio de tal poder, también les significó modos específicos de enfermar y de expresar su malestar. Las familias nucleares comenzaron a constituírse fundamentalmente a partir de la Revolución Industrial, con todos los procesos socioeconómicos asociados a ella, en particular los fenómenos de urbanización y de industrialización creciente. Las familias nucleares fueron estrechando sus límites de intimidad personal y ampliando la especificidad de sus funciones emocionales. Junto con el estrechamiento del escenario doméstico, también el contexto social de las mujeres se redujo en tamaño y perdió perspectivas: su subjetividad quedó centrada en los roles familiares y domésticos, que pasaron a ser paradigmáticos del género femenino. El rol familiar de las mujeres fue centrándose cada vez más en el cuidado de los niños y de los hombres (sus padres, hermanos, maridos). Junto con este proceso, como ya lo hemos descripto, se fue configurando una serie de prescripciones respecto de la "moral familiar y maternal", que suponía subjetividades femeninas con características emocionales de receptividad, capacidad de contención y de nutrición, no sólo de los niños sino también de los hombres que volvían a sus hogares luego de su trabajo cotidiano en el ámbito extradoméstico. A la circulación de afectos "inmorales" del mundo del trabajo extradoméstico -pleno de rivalidades, egoísta e individualista- se le opuso una "moral" del mundo doméstico, donde las emociones prevalecientes eran la amorosidad, la generosidad, el altruísmo, la entrega afectiva, lideradas y sostenidas por las mujeres. La eficacia en el cumplimiento de estos afectos les garantizaba a las mujeres un lugar y un papel en la cultura, con claras definiciones sobre cómo pensar, actuar y desarrollar sus afectos en el desempeño de sus roles familiares (Bernard, 1971; Burin y Bonder, 1982). Se fueron configurando así ciertos roles de género específicamente femeninos: el rol maternal, el rol de esposa, el rol de ama de casa. Estos roles suponían condiciones afectivas a su vez específicas para poder desempeñarlos con eficacia: para el rol de esposa, la docilidad, la comprensión, la generosidad; para el rol maternal, la amorosidad, el altruismo, la capacidad de contención emocional; para el rol de ama de casa, la disposición sumisa para servir (servilismo), la receptividad, y ciertos modos inhibidos, controlables y aceptables de agresividad y de dominación para el manejo de la vida doméstica.

Pero con el correr de la experiencia acumulada históricamente por las mujeres en estos roles de género, paulatinamente se fue produciendo el fenómeno inverso. Se trataba de roles de género femenino que, en lugar de garantizar la salud mental de las mujeres, les proporcionaba en cambio numerosas condiciones de malestar psíquico que las ponían en riesgo. ¿Qué ocurrió? Que hacia fines del siglo pasado y principio de este siglo, con la multiplicación de escuelas y otros espacios educativos y recreativos para niños, fuera del hogar; y con el avance de nuevas teconologías que invisibilizaron la producción doméstica como fruto del esfuerzo personal de las mujeres; más adelante con el aumento y la difusión de los anticonceptivos que otorgaron mayor libertad a la sexualidad femenina, de modo que ésta ya podía no circunscribirse obligatoriamente al escenario doméstico, ni ser sólo para la reproducción; y también con la experiencia acumulada por las mujeres en el trabajo extradoméstico, mujeres que comenzaron a ganar su propio dinero, especialmente como resultado de las necesidades apremiantes impuestas por la primera y la segunda guerra mundial; en fin, con éstos y otros hechos sociales y económicos que se produjeron a lo largo de este siglo, se multiplicaron los factores que hicieron que los roles de género femeninos tradicionales dejaran de tener valor y el sentido social que se les asignaba anteriormente. Estapuesta en crisis de los sentidos tradicionales sobre los roles de género femenino, también implicó una puesta en crisis de la subjetividad femenina que habían estado construyendo las mujeres hasta entonces. En particular comonenzaron a poner en crisis el sentido que habían de otorgarle a su liderazgo emocional. Las mujeres comenzaron a sentir que su poder afectivo iba perdiendo significación histórica y social, especialmente a medida que numerosas teorías y prácticas psicológicas lo cuestionaban, dando cuenta de las fallas, abusos e incumplimiento de las mujeres en el ejercicio de tal poder. En este aspecto, comenzaron a surgir variadas hipótesis psicológicas y psicosociales que adjudicaban a las "madres patógenas" (Sáez Buenaventura, 1988) -descriptas mediante conceptos tales como las "madres esquizofrenizantes", las "madres abandónicas", las "madres simbiotizantes", etc.- diversos trastornos en la salud mental de sus hijos. Se produjeron así numerosas teorías psicológicas que comenzaron a restar poder al rol materno, intentando combinarlo y relativizarlo (¿neutralizarlo?) al poder paterno. Diversas hipótesis se combinaron entre sí para tal fin, desde variados marcos teóricos, tales como las de "la ley del padre" o "la ley fálica", de corte psicoanalítico, así como las hipótesis sobre los contextos familiares enfermantes o disfuncionales, desde las perspectivas sistémicas. En cuanto a las mujeres, la decepción resultante de tal pérdida de poder fue configurándose en determinados grupos etáreos, tal como las de mujeres de mediana edad cuando sus hijos crecían y se alejaban del hogar, bajo la forma de preguntas tales como "¿y ahora qué?", y "¿y esto es todo?". Ambas preguntas se configuraron como expresión de una puesta en crisis de los sentidos que habían otorgado en sus vidas a la centralidad de los roles de madre, esposa y ama de casa. En el campo de la salud mental de las mujeres se han descripto verdaderos cuadros clínicos, asociados a los estados depresivos, caracterizados como "neurosis del ama de casa", "síndrome del nido vacío", "depresión de mujeres de mediana edad", "crisis de la edad media de la vida", etc. Así como en el campo de la salud mental de las mujeres la histeria surgió como la enfermedad paradigmática femenina de fines de siglo pasado, asociada a las condiciones de la represión sexual de las mujeres de esa época, actualmente se considera que los estados depresivos son los modos paradigmáticos de expresar su malestar las mujeres de este fin de siglo. Estaríamos ante la finalización de aquel proyecto de la modernidad en cuanto a la composición subjetiva de las mujeres, que les ofrecía garantías de salud mental en el cumplimiento exitoso de los roles de género maternos, conyugales y domésticos.

GÉNERO FEMENINO Y PSICOANÁLISIS. EL "TECHO DE CRISTAL"

Una hipótesis psicoanalítica

Desde diversas hipótesis psicoanalíticas se ofrecen variados modos de comprensión a la constitución de la subjetividad femenina, con el análisis del desarrollo de la identificación con la madre mediante el Ideal maternal, a través del sistema Superyó-Ideal del Yo. La configuración de semejante ideal parecería haber suministrado a las mujeres de mediana edad una fuente de satisfacción debido a la movilidad pulsional que tal identificación provoca,una movilidad pulsional desplegada ampliamente en su vínculo con sus hijos. Las características del vínculo materno filial en cierto grupo de mujeres han sido de máxima intimidad corporal, fusión y/o identificación con las necesidades de sus hijos pequeños o adolescentes, de modo tal que la ruptura de tal vínculo cuando los hijos son grandes y se alejan de ella las ha dejado sin objeto libidinal. La movilidad pulsional antes desplegada con los hijos quedaría sin destinatario aparente, provocando una situación crítica al aparato psíquico. Uno de los efectos resultantes de tal condición es la así llamada estasis pulsional. Bajo estas circunstancias, lo que produciría sería lo que en la teoría freudiana se denominan estados tóxicos: se trata de la imposibilidad de transformar una cantidad de libido disponible en algo cualificable, que tenga una significación para el sujeto. El conflicto parecería derivarse del hecho de que existiría una magnitud libidinal no tramitable, o difícil de procesar, es la que en esta hipótesis se describe como estancamiento pulsional.

He desarrollado con más amplitud esta hipótesis en trabajos anteriores, en particular cuando analicé el empuje pulsional en dos crisis vitales femeninas: la de la adolescencia y la de la mediana edad. En esa ocasión he ilustrado cómo se produce en ellas un incremento de empuje libidinal que se constituye en estasis tóxica por la dificultad de procesamiento psíquico. También he descripto algunas adicciones comunes entre las mujeres, por ejemplo, a los psicofármacos, como resultado de la dificultad para tramitar magnitudes pulsionales que se vuelven tóxicas para la sujeto que las padece).

En una investigación que he realizado en 1991-1992, las mujeres del estudio que se encuadran dentro del grupo de las Tradicionales se encontrarían más representadas dentro de esta problemática, en tanto que aquellas categorizadas como Transicionales o como Innovadoras estarían enfrentando esta problemática con otros recursos que les permitirían lograr mayor movilidad pulsional. Estas últimas tratan de encontrar más salidas o resoluciones a la inermidad yoica ante los avatares de la detención pulsional que puedan padecer. Muchas de ellas refuerzan su inserción laboral, otras su participación social, otras diversifican o amplían sus actividades recreativas, de estudios, de cuidados por su salud, etc., en el intento de investir libidinalmente otros objetos pulsionales. Este trabajo de elaboración psíquica lo realizan mediante diversos recursos de reflexión y de juicio crítico en relación con su composición subjetiva, para lo cual suelen atravesar una profunda crisis vital que pone en cuestión su subjetividad. Sin embargo, también he encontrado la problemática del estancamiento libidinal de aquellas mujeres que han logrado un máximo de movilidad pulsional a través de su carrera laboral. En este grupo de mujeres el"techo de cristal" ha operado como factor de detención y aún de estancamiento, en sus carreras laborales. El efecto de estasis pulsional en este grupo de mujeres puede percibirse a través de la expresión de su malestar, especialmente bajo la forma de estados depresivos en la mediana edad. Me refiero a un "techo de cristal" que opera simultáneamente en una doble inscripción: como realidad cultural opresiva y como realidad psíquica paralizante. Mi preocupación estará dirigida a analizar esta doble inscripción del "techo de cristal".

Una hipótesis de género: el "techo de cristal" en la carrera laboral.

El concepto de "techo de cristal" ha sido descripto recientemente por algunas estudiosas de la sociología referido al trabajo femenino, particularmente en los países anglosajones.

En mi estudio sobre estados depresivos en mujeres de mediana edad, he intentado articular la noción de "techo de cristal" con algunas hipótesis psicoanalíticas y de género para comprender ciertos rasgos del malestar de este grupo de mujeres.

¿Qué es el "techo de cristal"?. Se denomina así a una superficie superior invisible en la carrera laboral de las mujeres, difícil de traspasar, que les impide seguir avanzando. Su carácter de invisibilidad está dado por el hecho de que no existen leyes ni dispositivos sociales establecidos ni códigos visibles que impongan a las mujeres semejante limitación, sino que está construido sobre la base de otros rasgos que, por su invisibilidad, son difíciles de detectar. Debido a esta particular conformación del techo de cristal, para estudiarlo debemos buscar sus rasgos en los intersticios que deja el entramado visible de la carrera laboral de este grupo de mujeres. Entre ellos, he hallado rasgos cuya comprensión nos la ofrecen las hipótesis de género y otras que podemos comprender mediante hipótesis psicoanalíticas.

El concepto "techo de cristal" fue originariamente utilizado para analizar la carrera laboral de mujeres que habían tenido altas calificaciones en sus trabajos gracias a la formación educativa de nivel superior. Sin embargo, su experiencia laboral indica que en determinado momento de sus carreras se encuentran con esa superficie superior invisible llamado "techo de cristal".

A partir de los estudios realizados desde la perspectiva del género, que indican cómo nuestra cultura patriarcal construye semejante obstáculo para las carreras laborales de las mujeres, me he preocupado por estudiar cuales son las condiciones de construcción de la subjetividad femenina que hacen posible tal imposición cultural. He hallado que parte del "techo de cristal" como límite se gesta en la temprana infancia y adquiere una dimensión más relevante a partir de la pubertad en las niñas. La importancia del análisis de este fenómeno en los estadios tempranos de la configuración de la subjetividad femenina se manifiesta cuando comprendemos sus efectos ulteriores, sobre su salud mental y sus modos de enfermar.

La necesidad de regular las semejanzas y las diferencias entre hipótesis provenientes de teorías psicoanalíticas e hipótesis que surgen de los estudios de género nos han llevado a puntualizar algunas problemáticas que inciden en la construcción del "techo de cristal" en las mujeres.

Dado que no podemos extendermos ampliamente en ellos, describiremos someramente algunos de los elementos que constituyen la superficie del techo de cristal. Luego, abordaremos esta problemática a partir del análisis de dos componentes subjetivos: el deseo hostil y el juicio crítico, en la configuración del aparato psíquico de las niñas, y de su resignificación en la pubertad. En esta circunstancia, los estudios de género nos ofrecerán herramientas conceptuales para comprender la constitución de la subjetividad femenina y su incidencia sobre su salud mental. El análisis más amplio de este estudio puede hallarse en las referencias indicadas en la bibliografía.

Género y subjetividad femenina.

Algunos de los rasgos que nuestra cultura ha construido para configurar esa estructura superior invisible denominada "techo de cristal" para las mujeres se basa en:

a. Las responsabilidades domésticas:

* la dedicación horaria de los puestos más altos en la mayoría de los espacios laborales están diseñados por lo general dentro de un universo de trabajo masculino, e incluye horarios que habitualmente no están disponibles para las mujeres -por ejemplo, horarios vespertinos o nocturnos- dado que, por lo general, este grupo de mujeres también desempeñan roles domésticos como madres, esposas y amas de casa. Entre el grupo de mujeres definidas como Transicionales en su desempeño laboral, han aceptado los límites del "techo de cristal" y realizado enormes esfuerzos tratando de superar tales limitaciones, utilizando recursos muy diversos; en su mayoría, uno de los efectos de tal esfuerzo consiste en padecer de estrés laboral.

* el entrenamiento predominante de las mujeres de este grupo etáreo en el ámbito doméstico, en los vínculos humanos con predominio de la afectividad, con relaciones de intimidad, con el acento puesto en las emociones cálidas (ternura, cariño, odio, etc.) estaría en contraposición con el mundo del trabajo masculino, donde los vínculos humanos se caracterizarían por un máximo de racionalidad, y con afectos puestos en juego mediante emociones frías (distancia afectiva, indiferencia, etc.). En el grupo de mujeres caracterizadas como tradicionales, suelen encontrar muy dificultoso el pasaje de un tipo de vinculación al otro; por lo general, consideran inaceptable cambiar sus modos clásicos de vinculación, y renuncian a seguir avanzando en sus carreras. Entre las mujeres caracterizadas como innovadoreas, suelen identificarse con el modo de vinculación masculino requerido para seguir adelante en sus carreras laborales, estableciendo una dicotomía entre sus vínculos en el ámbito doméstico y los del ámbito laboral. El grupo mayoritario está localizado entre las mujeres caracterizadas como transicionales, que padecen las tensiones y conflictos de intentar compatibilizar los dos tipos de vinculación -a predominio afectivo y a predominio racional- dentro del ámbito laboral.

b. El nivel de exigencias: este grupo generacional ha encontrado que en sus carreras laborales se les exige el doble que a sus pares masculinos para demostrar su valía. En su mayoría, perciben que en tanto a ellas se les exige un nivel de excelencia en sus desempeños, a sus pares varones se les acepta un nivel mediano o bueno a la hora de evaluar sus desempeños. En estos casos, en los criterios de evaluación utilizados, se califica por igual el nivel de excelencia obtenido como cualificación por las mujeres, con el nivel de bueno obtenido por los varones. Esto constituiría un ejercicio de discriminación laboral en perjuicio de las mujeres.

c. Los estereotipos sociales: algunos estereotipos que configuran el "techo de cristal" se formulan de la siguiente manera: "las mujeres temen ocupar posiciones de poder", "a las mujeres no les interesa ocupar puestos de responsabilidad", "las mujeres no pueden afrontar situaciones difíciles que requieren actitudes de autoridad y poder". Estos estereotipos sociales inciden en la carrera laboral de las mujeres, haciendo que se vuelvan intelegibles para puestos que requieren autoridad y ejercicio del poder. En el grupo de mujeres estudiadas, tal estereotipo ha sido internalizado de tal modo por ellas mismas, que casi sin cuestionarlos, los repiten como si fueran resultado de elecciones propias. Si embargo, afirmaciones tales como "a mí no me interesa ocupar posiciones de poder" se ven confrontadas con otras actitudes en las que, contradictoriamente, desean asumir trabajos que les representan poder, autoridad, prestigio, reconocimiento social, etc. En tanto el grupo de mujeres tradicionales parece refugiarse más en aquellas afirmaciones, las mujeres agrupadas como innovadoras admiten sus conflictos y tratan de enfrentarlos con recursos variados cada vez que ocupan tales puestos de trabajo.

d. La percepción que tienen de sí mismas las propias mujeres: la falta de modelos femeninos con los cuales identificarse lleva a este grupo generacional a sentir inseguridad y temor por su eficacia cuando acceden a lugares de trabajo tradicionalmente ocupados por varones. Uno de los temores que suele surgir en ellas es el miedo a perder su identidad sexual. La necesidad de identificarse con modelos masculinos -preferentemente camisas y faldas largas, maletín o portafolios- como así también cambios en el timbre de su voz, impostando sonidos más graves y hablando en tonos más altos que su voz habitual.

Las mujeres que en su carrera laboral desean ocupar puestos hasta ahora caracterizados como típicamente masculinos deben enfrentar el doble de exigencias que sus pares varones, afrontar más riesgos -por ejemplo de acoso sexual- soportar un mayor escrutinio de sus vidas privadas, a la vez que se le perdonan menos equivocaciones. Cuando cometen errores, no se los atribuyen, a la parte correspondiente a su entrenamiento, o a su experiencia previa, o a su formación profesional, sino al hecho de ser mujer; su pertenencia al género femenino operaría como categoría que explicaría su incapacidad.

e. El principio de logro: otro factor que incide en la composición del "techo de cristal" y que resulta discriminatorio contra el género femenino es el así llamado "principio de logro". Al evaluar la valía de las personas miembros de una empresa u organización tradicionalmente masculina, en que compiten hombres y mujeres por igual, algunos estudios describen cómo funciona un tipo de adscripción que precede al desempeño en el cargo, aun cuando esto ocurra en forma velada e imperceptible la mayoría de las veces. En el caso de las mujeres de este grupo etáreo, esto ha llevado a muchas de ellas no sólo a ser orientadas hacia el mercado de trabajo secundario, sino también a la "división secundaria" casi universal dentro de las profesiones y las ocupaciones lucrativas. Como resultado de este proceso, incluso mujeres profesionalmente muy cualificadas se ven orientadas sistemáticamente hacia ramas de estas ocupaciones menos atractivas, poco creativas y generalmente peor pagadas.

Este fenómeno, que ha sido descripto como parte de la división sexual del trabajo, es bien conocido por la mayoría de los estudios que se realizan sobre la participación de las mujeres de este grupo etáreo en el mercado de trabajo. Sin embargo, su alcance no es fácil de medir y además, está sometido a diferentes interpretaciones. Lo que sí ha sido bien analizado es que esta situación poco tiene que ver con el desempeño concreto del trabajo de las mujeres, sino que más bien está conectada con los sustitutos simbólicos antes descriptos, que sirven de base para la evaluación. Ocurre que no sólo se suele valorar inicialmente a las mujeres como si tuvieran un potencial más bajo para determinados puestos de trabajo y por lo tanto menor valía para quienes las empleen, sino que además suelen mostrar ellas mismas un grado inferior de "habilidades extrafuncionales" tales como planificar su carrera, demostrar intereses ambiciosos, capacitarse dirigiéndose a determinados fines. Por el contrario, las habilidades extrafuncionales de las mujeres de este grupo etáreo se han orientado más bien hacia cierto "laissez-faire" respecto de su carrera laboral -entendida como complementaria o secundaria a su carrera principal que sería la carrera maternal y/o matrimonial- y cultivar rasgos de personalidad tales como demostrar intereses ambiciosos parecían contrarios a la configuración de una subjetividad definida como femenina.

Entonces no es accidental que muchas de las mujeres de nuestro estudio se sientan en una "impasse" -un callejón sin salida- cuando se refieren a sus carreras laborales. Se les hace evidente que el talento, la capacidad y la dedicación a sus trabajos, incluso con una legislación orientada en contra de diversas formas de discriminación directa, no les garantiza un éxito laboral equitativo. La exigencia de igualdad, e incluso las garantías formales de tratamiento igualitario para todos, por una parte, y por otra parte, las renegociaciones individuales de las relaciones privadas, la distribución de tareas y responsabilidades domésticas, la elaboración de normas aceptables para convivir con alguien, sólo constituyen condiciones límites de la necesaria reestructuración de las instituciones laborales y de las relaciones de poder entre los géneros femenino y masculino.

f. Los ideales juveniles: otro factor que opera en la configuración del "techo de cristal" son los ideales juveniles cultivados por estas mujeres mientras se estaban forjando una carrera laboral. Muchas de las mujeres de esta generación convalidaron los ideales sociales y familiares que les indicarían "asegúrense de hacer lo correcto", y sobre esta base afirmaron una ética femenina propia de las mujeres de este grupo etáreo. En la actualidad, he hallado que muchas de estas mujeres se encuentran con un mercado laboral cuyos ideales y valores se han transformado por efecto del pragmatismo imperante para este fin del milenio, y que algunas de ellas expresan, decepcionadas, que el mandato social actual sería "asegúrense de ganar mucho dinero y rápido". Esta noción de que el fin justificaría los medios, ya que el valor supremo sería ganar mucho dinero, entra en contradicción con sus ideales juveniles con los cuales iniciaron sus carreras laborales. Para este grupo de mujeres, los medios importan tanto como los fines: por ejemplo, la consideración por el otro, el respeto mutuo, el peso dado a los vínculos afectivos, la confianza en el prójimo, constituyen valores irrenunciables, y forma parte de los ideales con los cuales construyeron su subjetividad femenina.

Los ideales generacionales de este grupo de mujeres son puestos en cuestión; sienten decepción por la ineficacia actual de aquellos valores, y junto con necesidades económicas crecientes debido a la crisis económica en la Argentina, se ven sumidas en dudas, replanteos, cuestionamientos, poniendo en crisis sus ideales generacionales y genéricos. Esta puesta en crisis de los ideales de su generación y de su género para algunas, las mujeres categorizadas como innovadoras, opera como motor que pone en marcha nuevos criterios de inserción laboral; pero para otras, las mujeres agrupadas como tradicionales, constituye uno de los factores más poderosos en la configuración del "techo de cristal" como factor depresógeno. En estas últimas, la puesta en crisis de sus ideales generacionales y genéricos encuentra como única resolución posible la detención pulsional.

Psicoanálisis y subjetividad femenina.

Actualmente, la conceptualización acerca de la identidad femenina se ha visto revitalizada por algunas estudiosas provenientes de los movimientos de mujeres que han incorporado la noción deidentidad de género femenino. Quienes provienen del campo psicoanalítico fundamentan la identidad de género femenino en la temprana identificación de la niña con su madre. Esta primera identificación concentrada en un único objeto libinal, su madre, determinaría en la sujeto mujer una mayor dependencia del mismo, un vínculo fusional intenso que dificultaría posteriormente los movimientos de separación. De acuerdo con las hipótesis freudianas, las relaciones tempranas de la niña con su madre son de enorme intensidad, tanto en el vínculo amoroso como en el vínculo hostil, debido a que tanto la erogeneidad como el narcisismo entre ambas están constantemente interpenetrados. El vínculo fusional maternofilial se construiría de modo diferente con hijas mujeres y con hijos varones: en tanto la madre mira a su hija como una igual a sí misma -fundamentalmente percibe en ella un mismo cuerpo-, la mirada que brinda a su hijo registra una diferencia -la diferencia sexual anatómica-. Esto haría que, en tanto los vínculos de la madre con su hija mujer se construyen sobre la base de la cercanía y de la fusión, los vínculos de la madre con su hijo varón propiciarían las tendencias a la separación, al abandono de su identificación primaria con su madre, y a la construcción de su identidad sobre la base del modelo paterno. La descripción se completa señalando que en tanto las mujeres formularían su identidad sobre la base del ser (como en la frase "ser una con la madre"), los varones configurarían su identidad sobre la base del hacer (en el movimiento de alejamiento temprano de la madre).

Estos modos de construcción de la subjetividad femenina, ha configurado buena parte de la superficie del "techo de cristal" para el desarrollo de las mujeres en tanto sujetos en nuestra cultura. En un estudio anterior he analizado detalladamente cómo incide la gestación del deseo hostil y del juicio crítico en la constitución de la subjetividad femenina. Retomaré ahora alguno de esos conceptos.

El deseo hostil y el juicio crítico en la construcción de la subjetividad femenina.

Las descripciones realizadas sobre el "techo de cristal" en la carrera laboral de las mujeres insisten en resaltar los factores culturales invisibles que producen condiciones discriminatorias hacia las mujeres. Pero también podemos destacar factores de constitución del aparato psíquico femenino que, con su invisibilidad, contribuyeron a la formación del "techo de cristal". Me refiero a la constitución del deseo hostil y del juicio crítico en la subjetividad femenina.

Me ha interesado analizar, a partir de la clásica teoría pulsional freudiana, qué vicisitudes han padecido las pulsiones en las mujeres, cuáles de ellas han devenido en deseos, y cuáles y por qué han devenido en desarrollo de afectos. En este sentido, planteamos un desarrollo de deseos a partir de pulsiones que invisten representaciones, o sea, que producen cargas libidinales tendientes a efectuar transformaciones sobre aquello que se desea. Sin embargo, sabemos que, para las mujeres, tales representaciones no siempre han estado disponibles en nuestros ordenamientos culturales. En este sentido quiero destacar la necesidad de analizar el surgimiento y puesta en marcha del deseohostil al que describiremos como un deseo diferenciador, cuya constitución y despliegue permite la gestación de nuevos deseos, por ejemplo del deseo de saber y del deseo de poder. He descripto en trabajo anteriores al deseo hostil que surge en la temprana infancia, como un deseo fundante de la subjetividad femenina. Se trata de un deseo que, para las mujeres de nuestra cultura, ha tenido predominantemente un destino de represión. ¿Por qué? Porque, al enfatizar las diferencias y al propiciar la ruptura de los vínculos identificatorios, constituye un deseo que atenta contra el vínculo fusional: recordemos que el deseo amoroso, a diferencia del deseo hostil, propicia experiencias placenteras y de máxima satisfacción libidinal en el vínculo identificatorio madre-hijo. El desarrollo del deseo hostil implicaría un peligro para nuestros ordenamientos culturales que identifican a las mujeres con las madres.

También es necesario distinguir entre un desarrollo de afectos, como es el desarrollo de la hostilidad, de un desarrollo de deseos, como es el deseo hostil. Cuando nos referimos a la hostilidad, estamos acotando un afecto complejo, resultante de un estado de frustración a una necesidad: es un afecto que, según su intensidad, provoca movimientos de descarga para la tensión insatisfecha, bajo la forma de estallidos emocionales (cólera o resentimiento, por ejemplo), o bien sufriendo algunas de las vicisitudes de las transformaciones afectivas (por ejemplo, su trasmutación en altruismo), o de su búsqueda de descarga mediante representaciones en el cuerpo (por ejemplo, hacer una investidura de órgano). Lo que nos interesa destacar es que, en tanto la hostilidad, como desarrollo afectivo, busca su descarga bajo diferentes formas, el deseo hostil, por el contrario, provoca nuevas cargas libidinales, reinviste de representaciones y promueve nuevas búsquedas de objetos libidinales al aparato psíquico. Este sería un tipo de deseo cuya puesta en marcha en la construcción de la subjetividad femenina ofrecería mejores garantías para provocar resquebrajamientos en el "techo de cristal".

Haré un breve esbozo acerca del juicio crítico como herramienta disponible en la configuración de las mujeres como sujetos, que permita operar transformaciones sobre el "techo de cristal". El juicio crítico es una forma de pensamiento que surge en la temprana infancia, ligado al sentimiento de injusticia. Ulteriormente, hallamos nuevos surgimientos del juicio crítico en situaciones de crisis vitales en las mujeres, por ejemplo, en la crisis de la adolescencia o de la mediana edad. En la temprana infancia, los juicios sobre los que se construye la subjetividad femenina basados en los movimientos de apego con la madre, configuran los juicios identificatorios. Al llegar a la pubertad, la necesidad de regular las semejanzas y las diferencias con la madre pone en marcha un proceso de desasimiento a través del deseo hostil diferenciador. Este es un proceso largo y complejo donde también intervienen otro tipo de juicios, de atribución y de desatribución, a la sentencia "ser mujer es ser madre". La ruptura del juicio identificatorio y el proceso de desprendimiento de las figuras originarias da lugar a un reordenamiento enjuiciador, que sienta las bases para el juicio crítico en la adolescente.

Algunos estudios realizados sobre niñas púberes sugieren que el período de la menarca podría constituir una circunstancia vital crucial para la resignificación y puesta en marcha del deseo hostil y del juicio crítico en las mujeres en tanto sujetos.

El "techo de cristal" en la carrera laboral de las mujeres como superficie superior invisible, difícil de traspasar, constituye una realidad social decepcionante para quienes operamos en el campo de la salud mental de las mujeres. El análisis de la construcción social de la subjetividad femenina podría contribuír a que contemos con mejores herramientas desde nuestra subjetividad para oponer resistencia a semejante dispositivo social. Hemos sugerido que la ampliación de los deseos femeninos, con la puesta en marcha del deseo hostil y del juicio crítico, podría ser útil para estos fines. Esto supone una puesta en crisis de los paradigmas tradicionales sobre los cuales hasta ahora hemos construido los discursos acerca de la femeneidad. Insistimos en la necesidad de entrecruzamientos interdisciplinarios para enriquecer la perspectiva sobre la construcción de la subjetividad femenina.

La articulación entre hipótesis psicoanalíticas, tal como la de la estasis pulsional, con la hipótesis del género, tal como los fenómenos de exclusión-marginación de las mujeres de determinados espacios sociales,nos plantean algunos interrogantes. Uno de ellos, que nos ha preocupado con mayor insistencia, se refiere a los estados depresivos en mujeres de mediana edad. El entrecruzamiento teórico entre psicoanálisis y género nos ofrece algunas respuestas que amplían nuestro horizonte: hasta ahora, uno de los hallazgos fundamentales consistió en articular la hipótesis psicoanalítica de la detención pulsionial con otra hipótesis, también dentro de la teoría psicoanalítica, tal como aquella de un yo que se construye en base a sus identificaciones (la identificación de la niña con la madre). Hemos entrelazado estas hipótesis psicoanalíticas con aquellas cuyo modelo genérico implica la construcción de una sujeto mujer en nuestra cultura cuyo lugar social se define básicamente a través de roles de género en el ámbito privado. Este corte por género implicaría, a su vez, una composición subjetiva basada fundamentalmente en movimientos pulsionales que orientarían hacia el desarrollo de los deseos amorosos en detrimento de los deseos hostiles y sus derivados (por ejemplo el deseo de saber y el deseo de poder). Las mejores preguntas se nos plantean cuando los roles de género que encuentran su máxima satisfacción pulsional al ser desplegados en el espacio privado deja de tener el sentido psíquico y social que tenían hasta entonces, cuando las mujeres llegan a la mediana edad. Parecería que los nuevos desafíos generacionales en los umbrales del año 2000 implican reconsiderar si aquellos ideales de la modernidad, tal como lo hemos descripto en este trabajo, realmente han caducado o bien se han reciclado, bajo la forma de nuevas necesidades de la configuración de familias y de nuevos ejercicios de la maternidad para las mujeres. El intenso debate actual sobre las nuevas tecnologías reproductivas sugiere volver a poner estas problemáticas en cuestión. Aquella pregunta de "¿qué es ser mujer?", y su respuesta casi obligada en el contexto de la cultura patriarcal: "ser mujer es ser madre", parecería requerir nuevos cuestionamientos, junto con el actual debate modernidad-postmodernidad acerca de la subjetividad femenina. Semejante posicionamiento en el género parece haber contribuido a obturar las problemáticas acerca de la condición femenina. En este nuevo milenio las mujeres volvemos a abrir los interrogantes, decepcionadas en parte por las respuestas logradas hasta ahora, pero con esperanzas renovadas, gracias a nuestros cuestionamientos por mantener vivos nuestros deseos.

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