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domingo, 7 de marzo de 2021

Lacan y su As: El Amor

Rodrigo Córdoba. Psicólogo y Psicoterapeuta. Teléfono: +34 653 379 269 Zaragoza. Gran Vía Página Web: www.rcordobasanz.es              rcordobasanz@gmail.com Twitter:@psicoletra Instagram: @psicoletrazaragoza

Amor, ¿Amor normal o Amor patológico?: Una exploración es Amar es ante todo querer ser amado, y uno sacrifica su subjetividad para hacerse objeto del otro en el amor.

 ¿El amor es amor por el otro o goce de ese discurso tan particular que constituye el hecho de ‘hablar de amor’? En ambos casos, hay poca diferencia entre amor y erotomanía. Con la salvedad de que el ‘Fallo’ del Otro producido por el narcisismo. El amor lo definimos ‒en el campo psicoanalítico al menos‒, como una respuesta a una de las tesis fundamentales que postula el psicoanálisis de la escuela francesa, más específicamente me refiero a Jacques Lacan, es el quien articula la tan difundida como manoseada frase: “No hay relación sexual”.a consecuencias más o menos radicales”

En la temática del amor desde el psicoanálisis...


La temática del amor, es un núcleo central para el psicoanálisis, encontramos frases tales como: “El amor es dar lo que no se tiene a quien no es” “no eres tú eres lo que en ti inventa mi deseo” “amamos a aquel que responde a nuestra pregunta: “¿Quién soy yo?” por mencionar algunas. La importancia de este escrito recae en que sobre todo en nuestra época, sigue siendo central la apuesta a interrogarse: ¿Qué es el amor?

 

 

                

                              La Nascita di Venere de Botticelli (1445 – 1510)*

 

        

Introducción

 

 

  

"La temática del amor comprende diversas áreas, y son muchos los intentos que hay para definirla o acercarse a la comprensión. Parece curioso todo lo que desprende un concepto, pero ciertamente aún en nuestra Posmodernidad, no hay consenso respecto a ella; filósofos, poetas, la psicología como disciplina, etc. Asimismo los estudios y libros que trabajan la temática son una extensa lista". Jacques-Alain Miller

 

  El psicoanálisis en esto, en el intento por definir este fenómeno, tan interesante al momento de comprender al ser humano, entrega un punto de partida, el tomar en consideración el caso a caso que se produce en las relaciones que se generan.

Ahora bien, ¿hay un tipo de amor que sea correcto? ¿Existe amor normal y anormal? En un intento de acercarnos a la respuesta a estos interrogantes traemos a Jacques-Alain Miller (2008) quien refiere:

 

“Las psicosis no deben considerarse como ‘Trastornos’, tal como lo querría cierta psiquiatría reducida a la estadística, sino como una forma singular de la subjetividad humana sin la cual la civilización, que no es nada sin eros, no existiría. Las psicosis pueden entonces enseñarnos mucho sobre esa locura común que es el amor, y sobre todo la transferencia” (pp.12).

 

  Desde este escrito, podemos ver como aún en casos “complejos” de funcionamiento respecto a un individuo, la temática del amor parece ser común. Los diagnósticos en este sentido no hacen más que encasillar y restringir. Pero, ¿restringir qué?, no solo al individuo, sino también la oportunidad que hay de generar nuevos conocimientos respecto a la condición humana.

 

 

El psicoanálisis y el amor

 

“En el psicoanálisis el síntoma representa la huella de un amor pasado y, a menudo, el punto de partida de un nuevo amor. Pero el amor representa el mejor síntoma debido al hecho evidente de que nos gusta amar a Otro que no existe, sea hombre, mujer o Dios” (Miller, 2008.pp. 12)

 

  Jacques Lacan respecto al amor nos dejó en claro que el amor siempre es reciproco, ¿pero que significa esto? Que a quien amo me amará por igual, en una entrevista realizada a Jacques-Alain Miller en mayo del 2011 este responde “se repite esta frase sin comprenderla, o se la comprende de través. No quiere decir que basta con amar a alguien para que el lo ame. Eso seria absurdo. Quiere decir:

 

“si yo te amo, es que tú eres amable. Soy yo quien ama, pero tú, tú también estas implicado, puesto que hay en ti algo que hace que te ame. Es reciproco porque hay un ir y venir: el amor que tengo por ti es el efecto de retorno de la causa de amor que tú eres para mí. Por lo tanto, algo tú tienes que ver. Mi amor por ti no es solo asunto mío, sino también tuyo. Mi amor dice algo de ti que quizá tú mismo no conozcas”.

 

  El amor como tal, responde a ese lanzarse al vacío, lanzarse al caos natural de la vida, y dejar que el azar, el milagro o lo que sea que genere el encuentro mágico emerja. No podemos negar la importancia del amor en nosotros. Freud ya lo dejaba en claro: “Si amas; sufres, si no amas; enfermas”. Los afectos negados, las emociones inexpresadas solo incrementan el caos natural de la vida misma.

 

“Así se consideraba que el único amor verdadero estaba aparado de cualquier perspectiva de recompensa y de cualquier interés propio, u el criterio de validez e incluso de legitimidad del amor era la perfección de un desapego llevado hasta la pérdida del sujeto” (Le Brun, 2004. p.8)

 

 

Signos de amor

 

  Según J. A. Miller “Amar verdaderamente a alguien es creer que amándolo se accederá a una pregunta sobre sí mismo (…) quién soy” (Miller, 2008).

Quienes pueden decir del amor son las mujeres considerando que para amar hay que “asumir su falta, su castración, y esto es esencialmente femenino” (Miller, 2008).

 

  Amar es reconocer su falta, lo que Lacan estableció en su frase “amar es dar lo que no se tiene”. Por lo tanto, en el caso del hombre y cómo amar verdaderamente es amar con la falta, a partir de una posición femenina, entonces amar naturalmente lo feminiza, por lo cual el hombre ha de estar bien parado en su posición viril, y así sostenerla.

 

  Ahora bien, para reencontrarse con su posición viril el hombre desea a la mujer que no ama, le acontece una escisión del amor y del deseo que Freud denominó como “degradación de la vida amorosa” (Miller, 2008)

 

  Traigo otra frase; “Aquello que se da no es todo”, esto, debería considerarse “el arte”, la forma en que se da, y esta manera de dar, contempla un artificio (devenido de arte) que implica cierta cualidad etérea de regalar naderías con preciosísimos envoltorios. Por ejemplo; galas de cintas, papeles de seda. Miller lo refiere también a la “ceremonia del té”. Un pequeño cuenco que alberga el líquido y que, ceremonia mediante, adviene una y otra vez el ancestral obsequio amoroso típico de la cultura japonesa.

 

  Con el amor, al decir de Miller acontece de manera similar al “demandar nada”. Es una lógica desprovista de la abundancia “por amor a Dios, a una mujer,”… por amor al arte.

 

  Lacan muestra, como en occidente a través de una elaboración “culta” del amor aparece lo que se denomina “amor cortés” en el siglo XVIII, en esos salones las mujeres educaron al hombre en los interludios precisos de modo tal que “las maneras se refinaran” y para no llegar al objeto de la necesidad grotescamente es que las mujeres emprendieron la educación del amor para que ellos, los hombres respetaran la “nada”, “respetaran la nada”.

 

  Miller comenta que en el siglo XVIII el gusto mismo se convirtió en un problema teórico… Hume primer filósofo… con la paradoja de la inducción… Se situaba en ruptura con la cadena significante” (Miller, 2011. Pp. 236).

 

  En relación a “Las buenas maneras” estas se ordenan alrededor de la falta. Incluso las buenas maneras que se observan en el saludo, antes de conducir a la palabra a la finalidad del pedido, si lo hubiere.

Son necesarias como semblante de la falta, y como condición de posibilidad para que sea respetada.

 

  En relación a esto Miller nos dice “que este asunto de las buenas maneras, el falo siempre participa, incluso… bajo la forma verbal “complacer”.

Ahora, es importante considerar que la mujer siempre espera el signo de amor en el otro, el signo de amor es de un valor que lo diferencia de la prueba de amor.

 

  Hay diferencias entre el signo de amor y la prueba de amor. Esta última requiere de sacrificar el tener a la nada mientras que el signo de amor es una “nadería” (1) que desaparece sino se lo respeta (Miller, 2011. Pp. 237).

 

  Lacan para establecer cómo entra el amor en la clínica lo transmite con la dialéctica de la frustración en la articulación del objeto y la falta, en esta falta fálica surge la ecuación simbólica de Freud, pene-niño. Ecuación ausente en el “amor cortés” el amor de las cortesanas.

 

  La mujer realiza una conjunción de sustituciones ya que los atributos masculinos, caros, para ella se eliden al feminizarse el Otro del amor.

Con la dialéctica de la frustración y la falta Lacan puntualiza la demanda de un objeto (de la necesidad) y la demanda de amor (de signos del Otro), sin objeto en tanto es demanda de nada.

 

  Se consideran entonces:

Privación - necesidad

Frustración - demanda de amor

Castración - deseo.

 

  La articulación elemental: objeto en relación a la falta y cómo interviene el amor en esta articulación.

En esta articulación el amor aparece en la importancia del derrotero del objeto, en el sentido de la relación del objeto con la nada.

 

 

El niño

 

  En un principio depende de un Otro que tiene (ser-tener), la madre que debe atender a su necesidad, esto es un efecto de significación de la necesidad, de la cual la madre debe diferenciar de la demanda de amor. El niño no solo demanda alimento, demanda amor. Esto es  comprobable (si fuese necesario comprobar) en los casos de niños hospitalizados, la presencia es absolutamente del orden de la vida (en la referencia presencia-ausencia).

 

  La responsabilidad de la madre, estará en no confundir el alimento con el amor, que es demanda de nada. La observación de Freud en el juego del fort-da muestra el movimiento de la demanda de amor. Lacan sitúa la función de la repetición en Freud, luego la demanda de amor, el goce y la relación del sujeto con el goce.

 

 

La carta

 

  Ausencia y demanda de amor. Una carta de amor se envía en ausencia de alguien que no está, la ausencia del Otro es también la propia, quien escribe esa carta también está incluido en la ausencia. Lacan establece que el deseo está entre la demanda y la demanda de amor.

 

  La demanda de algo es el objeto. La demanda de amor es la nada. Objeto del deseo como agalma entre algo y nada.

El objeto a, objeto causa, es el significante entre nada y algo.

“El objeto del deseo como un objeto en relación con la metonimia de la nada” (Miller, 2011. Pp. 244-245).

 

  Pero en relación al deseo, Lacan establece una diferenciación con el amor.

En el amor, lo que se espera del Otro es el signo de amor. El deseo se sustrae a la relación con el Otro “tiene relación con algo en el Otro”.

Hay un elemento desconocido por el Otro mismo. Miller llama a esa zona del Otro extimidad. (Lacan, 1981. Pp.64).

La angustia respondería a ese enigma –“qué me quiere?–

 

 

Conclusión

 

  Aun quedarán infinitas vías del amor y del des-amor y el goce sexual por recorrer en un escrito. Elegimos estas las palabras de Lacan que entregamos para concluir:

 

“El signo no es signo de algo, es signo de un efecto... a partir del funcionamiento del significante... punto de partida del discurso analítico, o sea del sujeto.

En el amor se apunta al sujeto, al sujeto como tal, en cuanto se le supone una frase articulada, a algo que se ordena, o puede ordenarse, con toda una vida.

Un sujeto como tal, no tiene mucho que ver con el goce. Pero su signo puede provocar el deseo. Es el principio del amor.”

 

 

Imagen*: “El nacimiento de Venus” realizado en 1486 es un cuadro realizado por el pintor renacentista Sandro Botticelli, una de las obras cumbre del maestro florentino y del Quattrocento italiano.

 

 

 

Bibliografía:

 

Entrevista a Jacques Alain Miller por Hanna Waar, en mayo del 2011: NEL, ciudad de México.

 

Miller, J. (2008) El amor en las psicosis. Buenos Aires: Paidós.

 

Le Brun, J. (2004) El amor puro: De platón a Lacan. Argentina: Ediciones literales en coedición con el cuenco de plata

 

 

Conferencia de J. A. Miller para Psycologies Magazine, octubre 2008, n°278

 

J. A. Miller Donc La lógica de la cura. Ed. Paidós 2011. Cap.XII Los signos del goce pag 233.

Ibid.pag. 236

       Pag. 236

       Pag. 237

       pag. 244-245

 

Seminario Aun J. Lacan Ed. Paidós 1981 Pag. 64

 

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Entre la razón y la locura


“Locos razonantes”: extraña asociación entre la razón y la locura
Trabajo leído y comentado en la clase del 25 de febrero de 2011 del Seminario Clínico y Presentación de Enfermos en la Comunidad Terapéutica del Maresme. Docente: Vicente Palomera. Curso: 2010-2011.
M. Laura Bueno

Resum

Este artículo es un resumen del libro El delirio en la clínica francesa de F. Colina y J. M. Álvarez, del apartado que trata las investigaciones sobre los delirios crónicos sistematizados llevadas a cabo por P. Sérieux y J. Capgras. En él se abordan conceptos psiquiatricos y entidades nosográficas como el delirio de interpretación, las locuras razonantes..., para finalmente realizar el diagnóstico diferencial con el delirio de reivindicación, los delirios interpretativos sintomáticos y las psicosis sistematizadas alucinatorias. A su vez ilustra el ámbito problemático en el cual se sitúan las relaciones entre la locura y la razón.

Paraules clau

P. Sérieux y J. Capgras, delirio de interpretación, “locuras razonantes”, delirio de reivindicación, delirios interpretativos sintomáticos, psicosis sistematizadas alucinatorias
“Locos razonantes”: extraña asociación entre la razón y la locura
Delirio de interpretación = “locuras razonantes”
Planteo abrir la conversación que hoy nos convoca con una pregunta, el delirio de interpretación: ¿se trata de una enfermedad mental? Sugiero que dicha pregunta nos puede orientar a la hora de trabajar el concepto clínico del delirio de interpretación, vale decir, las “locuras razonantes”.
Como veremos a lo largo de esta presentación, la lucidez y la reserva del sujeto, la ausencia de trastornos sensoriales, la corrección de actitudes alejan –a primera vista- toda suposición de psicopatía. Sin embargo, como venimos aprendiendo a través de las presentaciones de enfermos que conduce el Dr. Vicente Palomera, para descubrir ciertas particularidades y la estructura psicótica del sujeto, son necesarias conversaciones con ellos que nos orienten a localizar y aislar los fenómenos elementales y la certeza psicótica que las determinan.
Para trabajar en esta línea, estudiaremos el tema propuesto por Graciela Elosegui, el delirio en la Clínica Francesa, más precisamente, las locuras razonantes; el delirio de interpretación de P. Sérieux y J. Capgras.
Presentación y contextualización
Hoy abordaremos el tema El delirio de interpretación, publicado en 1909; son las investigaciones sobre los delirios crónicos sistematizados llevadas a cabo por Paul Sérieux y Joseph Capgras, maestro y alumno respectivamente.
Situémonos en el contexto de la época, alrededor de 1910 se constituye el edificio nosológico considerado en Francia como clásico, con el cual la psiquiatría francesa alcanza su punto de estabilidad.
Sérieux y Capgras
Es incuestionablemente bajo la influencia de Kraepelin que, a partir de 1902, Sérieux y Capgras inauguran una serie de trabajos sobre el delirio de interpretación, coronados por su célebre monografía sobre lasLocuras razonantes. Se constata en ella que si bien las formas que son objeto de su trabajo estaban descriptas, sin duda someramente, desde hacía ya algún tiempo (desde 1890 figura en las revisiones generales de Sérieux y de Séglas) ninguno había pensado hacer de ellas entidades mórbidas autónomas.
El trabajo magistral de Sérieux y Capgras consistirá finalmente en adaptar las grandes líneas de las concepciones de Kraepelin (quien por su lado dará, en su octava edición, un paso en la misma dirección que ellos) a la preocupación del análisis clínico y semiológico fino que caracteriza a la psiquiatría francesa de esta época, pero también a las formas clínicas heredadas de la tradición anterior.
P. Sérieux (1864- 1947), alumno de Magnan y uno de los introductores en Francia de la nosografía de Kraepelin. En 1888 culmina sus estudios de medicina con una tesis atrevida, en la que estudiaba comparativamente las psicopatías sexuales en los degenerados, los histéricos, los epilépticos, los maníacos, los melancólicos y los enfermos afectos de delirios sistematizados.
J. Capgras (1873-1950), médico jefe en el Hospital de la Maison Blanche y posteriormente en Sainte-Anne.
Los argumentos desarrollados por los autores se nutren del estudio de unos sesenta casos seguidos durante décadas; cuarenta fueron observados  y tratados por ellos. La obra está dedicada a los “interpretadores puros”, es decir, a esos sujetos que, sin ver visiones ni oír voces, desvarían pero a la vez manifiestan una extraña articulación entre la locura y la razón que les hace merecedores del calificativo de “locos razonantes”.
Volvemos a encontrarnos en el ámbito problemático en el cual se sitúan las relaciones entre la locura y la razón, y nos surgen más preguntas: ¿El loco siempre está loco? ¿La razón y la locura mantienen vínculos indestructibles? ¿Existen locos que razonan como los cuerdos, o quizás mejor que ellos?
Como iremos desplegando a lo largo de la clase, esta panorámica centrada en los vínculos de la razón y de la locura ilustra con claridad sobre la capacidad de la paranoia de poner en entredicho la visión médica de las enfermedades mentales.
La elaboración del delirio de interpretación se produce en el momento que se habían cuestionado definitivamente las agrupaciones nosográficas temáticas (Laségue, Foville) y evolutivas (Magnan). Con el nuevo siglo, los clínicos comenzarán a perseverar en los mecanismos íntimos y específicos de cada tipo clínico. De este modo, el campo de los delirios crónicos se ordenó en función de tres conceptos: el de interpretación delirante (delirio de interpretación, Sérieux y Capgras), alucinación (psicosis alucinatoria crónica, Ballet) e imaginación (delirios de imaginación, Dupré).
El delirio de interpretación se cierne sobre una categoría de alienados, que desde Pinel, Esquirol, Leuret, J.-P. Falret, Lasègue, Foville, Magnan, Séglas y Régis, se venían caracterizando por conservar la integridad de sus facultades intelectuales a pesar de sus ideas delirantes, que concernían a aspectos muy parciales y puntuales.
Sintomatológicamente, se caracteriza por la existencia de dos órdenes de fenómenos en apariencia contradictorios:
  1.        Positivos: los trastornos delirantes manifiestos (concepciones e interpretaciones delirantes). Las interpretaciones delirantes que caracterizan el delirio tienen como objeto hechos tomados del mundo externo (percepciones exógenas) o del sujeto mismo (sensaciones endógenas).
  2.        Negativos: una sorprendente conservación de la actividad mental e integridad afectiva (ausencia o excepcionalidad de trastornos sensoriales).
Es una locura crónica, lúcida, sin demencia terminal, y con evolución por extensión progresiva del círculo delirante.
El delirio de interpretación es una psicosis sistematizada crónica caracterizada por:
1-    la multiplicidad y la organización de interpretaciones delirantes
2-    la ausencia o la penuria de alucinaciones, su contingencia
3-    la persistencia de la lucidez y de la actividad psíquica
4-    la evolución por extensión progresiva de las interpretaciones
5-    la incurabilidad sin demencia terminal
Introducción del delirio de interpretación
Desde hace ya mucho tiempo se ha agrupado bajo el nombre de “Delirios sistematizados” en Francia, de “Paranoia” en el extranjero, ciertos estados psicopatológicos caracterizados por la organización de un conjunto más o menos coherente de concepciones delirantes, que llega a convertirse para el autor, en la expresión indiscutible de la realidad. Antiguamente, se los clasificaba subdividiéndolos según la naturaleza del sistema delirante (delirio de persecución, delirio de grandezas…). Hoy en día, se sabe que este criterio es superficial, simplista y que reunía hechos inconexos, por lo tanto para establecer la autonomía de una psicosis es preciso estudiar el agrupamiento especial de los síntomas, la evolución completa de los trastornos mórbidos y tener en cuenta sus causas y su génesis. Así, pues, se considera a los “delirios sistematizados” como una manifestación mórbida susceptible de aparecer al inicio o en el curso de enfermedades mentales muy diferentes.
En cuanto a los delirios sistematizados crónicos, se impone la necesidad de separarlos en dos divisiones, por una parte, psicosis adquiridas que, alterando profundamente la mentalidad del sujeto, desembocan con rapidez en la demencia; por otra, psicosis constitucionales (“psicosis crónicas a base de interpretaciones delirantes = delirio de interpretación”) que no modifican la personalidad, de la cual ellas son una exageración, y no se encaminan hacia el debilitamiento intelectual.
La interpretación delirante es definida como un razonamiento falso que tiene como punto de partida una sensación real, un hecho exacto, el cual, en virtud de asociaciones de ideas ligadas a las tendencias, a la afectividad, toma, con ayuda de inducciones o deducciones erróneas, una significación personal para el enfermo, empujado ineluctablemente a relacionarlo todo consigo mismo.
La interpretación delirante se diferencia de la idea delirante, concepción imaginaria, elaborada en todos sus componentes o, al menos, no deducida de un hecho observable. La interpretación delirante tiene un punto de partida exacto, en cambio, la idea delirante es errónea hasta en su fundamento. A su vez, la interpretación delirante tiende a realizarse, orienta y domina la actividad del sujeto.
El delirio de interpretación es una psicosis sistematizada crónica caracterizada por: la multiplicidad y la organización de interpretaciones delirantes; la ausencia o penuria de alucinaciones, su contingencia; la persistencia de lucidez y de actividad psíquica; la evolución por extensión progresiva de interpretaciones;  la incurabilidad sin demencia terminal. Psicosis constitucional cuyo origen debe buscarse, no en la acción de un agente tóxico, sino en la predisposición psicopática… el delirio de interpretación revela esencialmente una malformación congénita, una degeneración.
“Locuras razonantes”: los sujetos afectados conservan, fuera de su delirio parcial, toda su vivacidad de espíritu. No merecerían el epíteto de alienados en el sentido etimológico del término (alienus, extraño), continúan en relación con su medio, su aspecto se mantiene normal, algunos logran vivir en libertad hasta el fin de sus días (en caso de ser ingresados es más por su carácter violento que les vuelve peligrosos que por sus ideas delirantes). Inteligencia intacta: asociación de ideas normales, recuerdos fieles, curiosidad despierta… No se pueden evidenciar ni alucinaciones, ni excitación, ni depresión; ausencia de confusión, ninguna pérdida de sentimientos afectivos.
Hoy nos dedicaremos a los interpretadores, esos sujetos que, más que cualquiera de los otros, ponen de relieve la asociación extraña de la razón y de la locura, y merecen de ser calificados de “locos razonantes”.
Diagnóstico
El conocimiento de los síntomas, las fórmulas, las variedades de la evolución y de las causas del delirio de interpretación permite abordar el diagnóstico.
¿Cuándo es legítimo admitir que se trata de un delirio de interpretación?
  • Cuando un delirio más o menos sistematizado se organiza sin participación notable de los centros sensoriales, con la ayuda de razonamientos afectivos cuyo punto de partida –exacto- determina conclusiones paradójicas o quiméricas;
  • Cuando esta psicosis, preparada durante una larga incubación, progresa por la acumulación de interpretaciones múltiples;
  • Cuando en el curso de su evolución, no muestra tendencias ni hacia la curación, ni hacia el debilitamiento intelectual.
  • Este diagnóstico positivo se establecerá si se constata la ausencia de ciertos signos: fuera de complicaciones transitorias, no se deben encontrar ni alucinaciones activas, ni excitación, ni depresión, ni confusión, ni amnesia, ni pérdida de los sentimientos afectivos, sin negativismo, sin manierismo; fuera de su novela delirante, el individuo no manifiesta ningún trastorno mórbido.
Diagnóstico diferencial:
I. Delirio de reivindicación
Psicosis sistematizada crónica caracterizada por el predominio exclusivo de una idea fija que se impone al espíritu de manera obsesiva; ella sola orienta por completo la actividad en un sentido manifiestamente patológico y la exalta en razón de los obstáculos encontrados. Este estado de monoideísmo, de prevalencia mórbida, se desarrolla en sujetos degenerados; no termina en demencia.
Se pueden distinguir dos variedades según un carácter de la idea obsesiva que da a los reivindicadores un aspecto especial: 1º el delirio de reivindicación egocéntrico; 2º el delirio de reivindicación altruista; el mismo individuo evoluciona en ocasiones de uno al otro o los presenta combinados.
Egocéntricos: en la base de la psicosis se encuentra un hecho determinado (ya sea un perjuicio real o una pretensión sin fundamento),  el enfermo ambiciona la satisfacción de sus deseos egoístas, la defensa de sus propios intereses.
Altruistas: reposa sobre una idea abstracta y se traduce por teorías impersonales (ciencia, filosofía, política, religión, etc.). Al contrario que los anteriores, que son siempre perseguidores en conflicto con los demás, éstos, dominados por las preocupaciones altruistas, dañinos únicamente consigo mismos y con su familia a la que arruinan: sacrificaran toda su fortuna a la edición de sus numerosos escritos, a la preparación de sus experiencias, al ardor de su proxelitismo.
 A pesar de su aparente diversidad, que obedece únicamente a los diferentes modos de reacción, todos los reivindicadotes son idénticos; su psicosis se caracteriza por dos signos constantes; la idea prevalente y laexaltación intelectual.
El delirio de reivindicación se caracteriza por dos síntomas: 1º la idea obsesiva, 2º la exaltación maníaca.
1º Los reivindicadores son obsesos: Irresistibilidad de la idea obsesiva: la idea que los tiraniza no les deja un instante de reposo, el deseo de hacer triunfar su causa no tiene freno y los subyaga por completo, los reivindicadotes permanecen incapaces de razonar sobre aquello que recae en su idea fija. Estas interpretaciones revelan más pasión que delirio.
2º Los reivindicadores son maníacos razonantes: La causa de la anomalía de su conducta es que sus pensamientos y sus sentimientos están activados por una fuerza maníaca. Su excitación es creciente; los reivindicadores buscan por todos los medios atraer sobre ellos la atención. Esta actividad desmesurada y continua no puede ser asimilada a una reacción secundaria y accesoria; únicamente son contingentes los modos variables por los que ésta se manifiesta; pero en sí misma permanece como una de las expresiones esenciales de la psicosis.
La evolución del delirio de reivindicación está estrechamente ligada por una parte a la irresistibilidad de la idea dominante, por otra a la persistencia de la actividad mórbida. Bajo esta doble influencia los enfermos agrandan el círculo de sus reivindicaciones y de sus acusaciones. Pero a pesar de que las ideas de orgullo alcancen con el tiempo un grado extremo, jamás desembocan, como en los interpretadores, en megalomanía.
El inicio difiere en las dos psicosis. Tanto en una como en la otra, las interpretaciones se subordinan a una idea directriz, pero el carácter de las ideas no se parece en absoluto. El delirio de reivindicación tiene por punto de partida una idea fija; en el delirio de interpretación se llega a una idea fija tras una larga fase preparatoria. Desde el origen, el reivindicador tiene su sistema establecido, su objetivo único consiste en hacer triunfar su idea obsesiva. Por el contrario, el interpretador comienza por emitir juicios falsos sin un plan determinado, y tan sólo los coordinará secundariamente alrededor de una idea principal.
Bien diferentes son las interpretaciones. Las del reivindicador se manifiestan únicamente por deducciones que le dicta su pasión. Y jamás experimenta la necesidad de construir un delirio retrospectivo, jamás concluye en una concepción delirante del mundo exterior, jamás alcanza la megalomanía sistemática (cambio de nombre, proclamarse rey…).
En el interpretador, por el contrario, las interpretaciones falsas se multiplican, se asiste a la edificación de verdaderos delirios, construidos sobre juicios falsos traídos con ocasión de las más insignificantes impresiones sensoriales, sensitivas o cenestésicas, actuales o pasadas.
Las reacciones del interpretador son transitorias siempre, a veces efímeras; las del reivindicador, en contraposición, atestiguan una actividad pervertida, son parte intrínseca de su anomalía y permanecen en primer plano sin cesar.
En resumen, el delirio de interpretación es una psicosis en la cual la proliferación de interpretaciones múltiples y la irradiación progresiva de una concepción predominante determinan la organización de una novela delirante complicada, susceptible de desencadenar reacciones transitorias. El delirio de reivindicación es un estado mórbido continuo del carácter que, bajo el empuje de una idea obsesiva, se traduce en una excitación permanente, una sobreactividad anormal, independiente de todo sistema verdaderamente delirante.
Delirio de interpretación
Delirio de reivindicación
Estado delirante crónico.
Estado pasional (obsesivo) crónico.
Interpretaciones delirantes múltiples y diversas.
Interpretaciones erróneas, raras y muy circunscriptas, secundarias y accesorias.
Concepciones delirantes variadas. Idea directriz secundaria.
Idea prevalente y obsesiva primaria, localizada en un hecho determinado o una teoría abstracta.
Interpretadores perseguidos: ideas de persecución muy activas.
Idea de perjuicio, sin persecuciones físicas.
Interpretadores megalómanos: ideas de grandeza sistematizadas.
Hipertrofia del yo, sin megalomanía.
Falsedad y a veces inverosimilitud notoria de la novela delirante.
Tema prevalente plausible.
Actividad anormal.
Excitación intelectual permanente.
Reacciones en relación con sus móviles.
Reacciones desproporcionadas a sus móviles.
Estigmas de degeneración poco acentuados y electivos.
Estigmas numerosos.
Conservación del sentido moral.
Frecuencia de anomalías del sentido moral.
Extensión progresiva del delirio.
Irradiación menor.
Transformación del medio exterior.
Sin transformación de medio.
Incurabilidad.
Posibilidad de mejoría.

II. Delirios interpretativos sintomáticos
La interpretación errónea no es un síntoma patognomónico del delirio de interpretación; puede aparecer al inicio o en el curso de psicosis muy diversas. No solamente concurre a la organización de todos los delirios sistematizados, sino que incluso se encuentra en ciertos estados mórbidos desprovistos de sistematización.
Desde el punto de vista del rol que juegan las interpretaciones, se puede dividir a las psicosis en dos grupos. Primer grupo, aquellas en las cuales las interpretaciones aparecen de una manera accidental y fugaz; segundo grupo, aquellas en las que el número y la frecuencia dan a la enfermedad, al menos durante intervalos, un aspecto particular.
Primer grupo: Psicosis con interpretaciones episódicas
En este grupo podemos ubicar a las interpretaciones que tienen lugar en: la parálisis general, en la histeria, en la psicastenia…
Pero, el diagnóstico del delirio de interpretación se establecerá por los antecedentes, en los que encontramos al sujeto encaminado desde mucho tiempo atrás hacia el delirio sistematizado y gozando de una actividad intelectual y de una energía moral excesivas, un sujeto en plena posesión de sus facultades que argumenta con una serie de razones que denotan una convicción y una combatividad llevadas hasta el extremo.
Segundo grupo: Psicosis con interpretaciones activas
Nos referimos a las principales psicosis interpretativas: locura intermitente (psicosis maníaco-depresiva),locura periódica de los degenerados, delirio de interpretación alcohólico (delirio de celos), demencia precoz(pueden aparecer interpretaciones más o menos numerosas en las tres formas principales de esta afección: la hebefrenia, la catatonía, la demencia paranoide).
El diagnóstico resulta complicado al principio; más tarde esos casos se distinguen del delirio de interpretación por la absurdidad, la incoherencia de la novela construida, su duración generalmente transitoria, su rápida degradación.
III. Psicosis sistematizadas alucinatorias
El delirio crónico de evolución sistemática (Magnan) se puede tomar como tipo de estas psicosis, la mayor parte de las cuales sólo tardíamente conducen al debilitamiento. Esta afección esta compuesta por cuatro períodos, cuya sucesión metódica hace del enfermo primero un inquieto, después un  perseguido,  más tarde un megalómano, y por último un demente.
Primer período: Período de incubación o de interpretación: inquietud vaga, tendencia a las sospechas. Las interpretaciones son los síntomas principales de esta fase que puede durar dos o tres años.
Segundo período: Sistematización delirante bajo la influencia de las alucinaciones auditivas. La alucinación auditiva verbal es el fenómeno capital de este período, esta evoluciona progresivamente. Por último, aparece un cortejo de trastornos sensoriales variados: alucinaciones motrices verbales, alucinaciones olfativas, gustativas e incluso, aunque más raramente visuales, trastornos de la sensibilidad general, de la cenestesia.
Tercer período: Período de megalomanía. El delirio de persecución pierde su actividad, se reduce a formas esteriotipadas, se metamorfosea poco a poco en un delirio de grandeza.
Cuarto período: Período de declive, el alienado desciende en la escala intelectual. El nivel mental baja poco a poco, el enfermo se limita a repetir las mismas concepciones delirantes, mezcla incoherentemente ideas de persecución de grandeza expresadas en un lenguaje lleno de neologismos.
¿Qué caracteres particulares distinguen las interpretaciones en cada una de estas dos formas clínicas?
El delirante alucinado siente un cambio íntimo que le inquieta; rechaza sin más dilación los pensamientos que le asaltan, tiene consciencia del desacuerdo entre su mentalidad anterior y estos pensamientos; se muestra indeciso. No llega a la certeza, a la sistematización hasta el día que la idea delirante se ha vuelto sensación. Ningún parecido con el delirio de interpretación, cuyo origen se pierde en lontananza. Lejos de ser consecutiva a una modificación brusca, la interpretación no es más que la ramificación de tendencias anteriores. El delirio se origina en medio de percepciones actuales y recuerdos antiguos, se enriquece cada día, no espera para sistematizarse la eclosión de trastornos sensoriales.
En el segundo período es la alucinación auditiva la que, por lo general, quebranta las excitaciones y orienta definitivamente las concepciones. Esta psicosis sensorial sigue una progresión que, desde el trastorno elemental del ruido aún indistinguible, conduce, por una serie de peldaños, al eco del pensamiento, alterando cada vez más la personalidad. Por el contrario, en el delirio de interpretación la personalidad jamás está desdoblada ni transformada.
El perseguidor alucinado sufre de su delirio, le es impuesto, de alguna manera, por el automatismo de sus centros sensoriales. No tiene consciencia alguna de elaborar sus alucinaciones, ellas no forman parte de su yo, las atribuye a una fuerza misteriosa, inventa neologismos que le parecen adecuados a la extrañeza de esos fenómenos. Vive en lo sobre natural, se aísla, se aparta del mundo.
¡Qué diferente es el perseguido interpretador! Ninguna ruptura con el mundo exterior; extrae todos los elementos de su delirio. Él mismo crea, coordina sus concepciones; forman parte integral de su yo, sabe defenderlas mediante numerosos argumentos. Su sistema permanece poco más o menos verosímil, se mantiene en la esfera de las ideas de perjuicio, ideas de celos, y conserva a veces la apariencia de un no-delirio.
En el período del delirio crónico, en los primeros hay una intensidad de los trastornos sensoriales y cenestésicos y frecuencia de neologismos. Por otra parte, su dialéctica queda con inferioridad respecto a la de los interpretadores. En el delirio de interpretación pueden presentarse trastornos sensoriales pero son casi siempre episódicos, transitorios, reducidos a una frase o palabra, insuficientes para dirigir el sistema vesánico. Su progresión no es metódica, surgen bruscamente para desvanecerse, en general, del mismo modo. A veces incluso, dichas alucinaciones son criticadas por el enfermo. El interpretador se da cuenta de que se trata de un trastorno subjetivo, mientras que el alucinado, por el contrario, objetiva siempre y no consiente en discutir sus “voces”.
Las alucinaciones, los neologismos, los dichos y los actos esteriotipados, el debilitamiento intelectual manifiesto, son otros tantos de los signos que establecen un marcado contraste con la actividad psíquica persistente de los interpretadores.

Bibliografia

Bercherie, P. (1986). Los fundamentos de la clínica, Historia y estructura del saber psiquiátrico. Buenos Aires: Ed. Manantial.
Colina, F. y Álvarez, J. M. (1994). El delirio en la clínica francesa, Colección: Clásicos de la psiquiatría. Madrid: Ediciones Dorsa.
Sérieux, P. y Capgras, J. (1909). Las locuras razonantes, El delirio de interpretación. La biblioteca de los alienistas del Pisuerga. Madrid: Ed. Ergon.

viernes, 24 de octubre de 2014

"El Delirio, un error necesario"


Introducción
El presente trabajo se fundamenta en conceptos procedentes de disciplinas que, como la semiología y la pragmática lingüística, considero esenciales para la psicopatología. Como su nombre indica, el objeto de la psicopatología es el estudio de lo psíquico alterado, y este estudio, al ser el sujeto de naturaleza psicosocial, no puede obviar los conocimientos procedentes del conjunto de las ciencias llamadas humanas; algo así constituyó el intento de Jaspers al introducir en su psicopatología el criterio de comprensión, propio de éstas (junto al deexplicación, método de las ciencias de la naturaleza) (1). Entre nosotros, solo Castilla del Pino se ha dedicado a una labor de esta índole (2). A este autor me remito para dar cuenta de la orientación epistemológica que aquí se adopta.
Partiré de las dos siguientes consideraciones: 1) Es discutible que todas las ideas delirantes constituyan un mismo fenómeno; probablemente el delirio sea un fenómeno heterogéneo, de modo tal que enfermedades diferentes den lugar a distintos tipos de delirio (3) (4) (5). Desde este punto de vista, el delirio sería un fenómeno complejo en el que numerosos factores contribuyen a su formación y mantenimiento. Así, por ejemplo, es probable que no entrañen los mismos mecanismos de construcción el delirio fragmentario, extraño y pueril, sin aparente relación con la biografía del sujeto, propio de ciertas formas de esquizofrenia, que el que constituye la paranoia. 2) El tipo de delirio que denomino interpretación delirante, cuyo contenido es habitualmente autorreferencial, puede ser explicado a partir de las reglas que rigen el pensamiento o raciocinio normal. Con esto intento acercarme al que debería ser el proceder correcto en psicopatología, consistente en explicar lo patológico desde la normalidad.
El concepto de interpretación delirante (desde ahora ID), como el de delirio en general, adolece de cierta imprecisión. En lo que respecta a las ideas delirantes, clásicamente se habla de percepción delirante y de ocurrencia delirante (6), conceptos que han venido manteniéndose a pesar de que en la nosografía actual, a diferencia de, por ejemplo, la nosografía clásica francesa, no encuentren aplicación alguna; en esta última se distinguía el delirio de interpretación de Sérieux y Capgras, constituido por interpretaciones delirantes, y el delirio de imaginación de Dupré y Logre, elaborado a expensas de ocurrencias delirantes (7) (8). Más pormenorizadamente, la escuela francesa ha diferenciado clásicamente cuatro apartados en las "estructuras delirantes crónicas" (9):
a) Las psicosis paranoicas (en principio sin alucinaciones) que incluyen los delirios pasionales (celosos y erotómanos), los de reivindicación (querulantes, inventores e idealistas apasionados), el delirio sensitivo de Kretschmer y los delirios de interpretación de Sérieux y Capgras.
b) Las psicosis alucinatorias crónicas
c) Los delirios parafrénicos y fantásticos
d) Los delirios esquizofrénicos.
Mientras que las psicosis paranoicas se caracterizan por su construcción aparentemente lógica y basada en interpretaciones, los delirios parafrénicos se caracterizan por el carácter fantástico de los temas delirantes y su riqueza imaginativa. Éstos se corresponden con la parafrenia de Kraepelin (10) y su construcción se realiza a expensas de un mecanismo "imaginativo", es decir, mediante fantasías tomadas como reales.
El presente trabajo se refiere al tipo de delirio que constituye el síntoma fundamental, cuando no el único, de las psicosis paranoicas, delirio que, como es admitido clásicamente, (11) (12) guarda una estrecha relación con la personalidad del sujeto delirante.
El concepto de percepción delirante procedente de la escuela fenomenológica de Heidelberg no tiene una exacta correspondencia con el de ID. La ID se asemeja hasta cierto punto a la percepción delirante si entendemos ésta no en el sentido de Jaspers o de Schneider, sino como la interpretación, con características delirantes, de una percepción normal. Pero no es así la genuina concepción de Jaspers. Jaspers (13) habla de ideas delirantes primarias, que surgen de vivencias delirantes primarias, las cuales consisten en una "significación alterada de la realidad". Para Jaspers, la realidad es la significación de las cosas, significación que está indisolublemente unida a la percepción de la realidad, ya que al sujeto las cosas le son dadas con un significado. La vivencia delirante –y la idea, pues la vivencia "se comunica en juicios"- es, como he dicho antes, la significación alterada de la realidad: "La conciencia de la significación experimenta una transformación radical. El saber inmediato que se impone de las significaciones, es la vivencia primaria del delirio" (14). No se trata, pues, de una mera interpretación de la realidad percibida, "sino que es experimentada directamente la significación en la percepción completamente normal e inalterada de los sentidos" (15). Según el "material sensorial" con que se experimenta esta significación, se habla de percepciones delirantes, representaciones delirantes, recuerdos delirantes, cogniciones delirantes, etc. Para Jaspers, estos fenómenos son "incomprensibles", pues son "inmediatos", "primarios", es decir, "no pueden ser seguidos psicológicamente más atrás" e implican un cambio en la personalidad o "conjuntoindividualmente distinto y característico de las relaciones comprensibles de la vida psíquica" (16). Por el contrario, a las ideas delirantes que surgen "comprensiblemente" de fenómenos afectivos, de percepciones falsas o de la personalidad las llama ideas deliroides.
La anterior división se realiza a expensas de un único criterio, la comprensión, criterio, pensamos, débilmente argumentado, por lo que ha suscitado numerosas críticas (17) (18) (19). En definitiva, como dice Sims, para muchos autores, "...todo delirio sería comprensible si uno conociera lo suficiente acerca del paciente" (20). En lo que respecta a las teorías actuales sobre el proceso de formación y mantenimiento del delirio, la mayoría de los autores piensa que el delirio no es psicológicamente irreductible, como dijo Jaspers, sino que es secundario a una anomalía más básica, llámese afecto, personalidad, deseos inconscientes, etc., o una combinación de ellos (21).
Hamilton diferencia la percepción delirante, para cuya conceptuación sigue a Jaspers, de la seudointerpretación delirante o interpretación delirante falsa, la cual no sería más que una interpretación delirante cuyo contenido no es "nuevo" pues guarda relación con el tema de un delirio preexistente. El autor emplea el siguiente ejemplo: un delirante de persecución oye un crujido y lo interpreta como un detective que lo está espiando. Según Hamilton, lo que ocurre en este caso es que "En los delirios totalmente sistematizados hay un delirio básico y el resto del sistema se halla construido lógicamente sobre dicho error" (22).
El presente trabajo versa sobre el tipo de ideas delirantes que constituyen las denominadas psicosis paranoicas de los autores franceses, la paranoia de Kraepelin, el trastorno de idas delirantes de la ICD 10 (23) o el trastorno delirante del DSM IV (24).

Teoría de la interpretación
Una teoría de la interpretación exige partir de una concepción semiótica o, si se quiere, lingüística de la conducta. Esta concepción la encontramos ya en Saussure, en su Curso de lingüística general, donde inscribe la lingüística en una teoría general del signo o semiología: "Se puede, pues, concebir una ciencia que estudie la vida de los signos en el seno de la vida social. Tal ciencia sería parte de la psicología social, y por consiguiente de la psicología general (...) La lingüística no es más que una parte de esta ciencia general" (25).
Las definiciones más usuales de semiología -o de semiótica, si hacemos sinónimos ambos términos- son anteriores a Saussure pues proceden de Morris (26), quien a su vez se basó en Peirce (27). Para Morris, una teoría de la conducta debe fundamentarse en la semiótica, en la que debería basarse asimismo el conjunto de las ciencias humanas.
Ahora bien, ¿qué se entiende por signo? Según Eco, "Signo es cualquier cosa que pueda considerarse como sustituto significante de cualquier otra cosa" (28). Existen varios tipos de signo; uno es el símbolo, en el que la relación significante/significado es totalmente convencional y cuyo paradigma es la palabra no onomatopéyica; otro es el índice, en el que el significante es una muestra física del significado, como lo es el humo respecto del fuego o la nube respecto de la tormenta. Para nuestro cometido, consistente en tratar de fundamentar una teoría psicopatológica de la interpretación, interesa la clasificación de los signos en naturales y convencionales. Los primeros son indicios de algo (es decir, índices), como la nube es indicio de lluvia, o la fiebre lo es de una enfermedad. Indicio, en este caso, es lo mismo que síntoma. Los segundos, los signos convencionales, el más representativo de ellos, la palabra, tienen una triple dimensión, de tal modo que son: síntoma del sujeto, pues allí donde los encontremos (por ejemplo, en forma de manuscrito hallado en una botella, o de pintura rupestre) sabemos que tras ellos existe un sujeto que los produjo; señal dirigida a un receptor (de aquí que comuniquen algo), y símbolo de aquello a que se refiere (la palabra "mesa" al objeto mesa, la caricia al afecto, etc.) (29).
En el presente trabajo se adopta una concepción semiótica de la conducta, es decir, la conducta como signo con esta triple dimensión. Y esto lo aplicamos también, por el momento y en tanto no se demuestre otra cosa, a aquellas conductas consideradas síntomas de una alteración mental "funcional". Pues, siguiendo este razonamiento, ¿ha de entenderse la fobia, algunos tipos de delirio o determinados tipos de alucinaciones como muestras físicas del significado, como lo son los anteriormente llamados índices, síntomas o signos naturales?
Es necesario hacer hincapié en esta división de los signos -en general de los objetos que componen la realidad- en naturales y convencionales. Los objetos convencionales poseen sentido o significación, y como son resultado de la actividad del sujeto, tienen un carácter intencional. Es por esto que no nos preguntamos por el sentido del árbol que hallamos junto al camino pero sí por el del dibujo grabado en su corteza, sobre el que podemos preguntarnos qué significa y con qué intención fue trazado.
Con el término intención me refiero a lo que en el lenguaje coloquial significa "hacer algo con propósito", es decir, con objetivos o fines. Para algunos, la intención es entendida como causa de la conducta; si fuera así, las explicaciones teleológicas de ésta serían explicaciones causales. Mas la relación entre intención y conducta es de carácter conceptual o lógico y no causal; en el caso de que fuera causal, en la inferencia o juicio de intención la verdad de las premisas comportaría la verdad de las conclusiones, y no es así. El análisis de los resultados de una conducta no permite deducir lógicamente que el sujeto tenía la intención de obtener dichos resultados; el segmento externo de la conducta –entendiendo la intención como el segmento interno- no permite verificar (o falsar) la intención del sujeto que la realiza (30).
Atendiendo a lo anterior, se puede definir la interpretación como el proceso cognitivo mediante el cual un objeto convencional, un signo, es dotado de sentido. Dotar de sentido un objeto producto de la actividad humana consiste en atribuirle motivos y/o intenciones; por ejemplo, respecto a la lámpara situada sobre el atril del conferenciante podemos preguntarnos: "¿Qué hace esa lámpara ahí?", o sea, "¿Quién la ha puesto ahí?", "¿Por qué o para qué ha sido puesta ahí?", etc. Ya que, como hemos dicho, todo signo convencional, en tanto síntoma, remite a un sujeto actante; por eso, nuestra actitud no es la misma cuando paseando por el campo vemos una piedra que cuando vemos un hacha de sílex: de la primera damos una explicación causal, o sea, intentamos desarrollar la cadena de hechos naturales que han dado lugar a su presencia allí; la segunda, la interpretamos, le atribuimos motivos y/o intenciones.
Las anteriores afirmaciones implican que el significado de la conducta humana no es unívoco, pues una misma conducta puede ser interpretada de muy diversas maneras –la lámpara sobre el atril podría significar también: "Señal para disparar cuando el conferenciante la encienda"-. Esto quiere decir que acerca de una interpretación no se pueda hablar de su verdad o falsedad sino de su verosimilitud o probabilidad, probabilidad que aumenta cuanto más sea confirmada por los datos que aporta el contexto (31). Todo significado es posible pero unos son más probables que otros. Respecto al significado hay que hablar por lo tanto de grados de probabilidad o de verosimilitud.
Como hemos hecho ver en otro lugar (32) (33), el concepto de contexto es fundamental en toda teoría de la interpretación pues incluso aquellos significados más codificados, como los de las palabras, dependen del contexto en que aparecen. Así, si le digo a alguien: "Eres un mueble", la frase solo tiene sentido para quien sabe de la pasividad de mi interlocutor. Existen contextos codificados (situaciones) que permiten inferir con un alto grado de verosimilitud el sentido de la conducta; así, en el contexto "oficina" no es necesario preguntarse por el significado del objeto "teléfono" pues ya viene dado convencionalmente; pero, ¿y si al entrar en el retrete vemos instalado un teléfono en la cabina del mismo?
Para Ruesh y Bateson (34) el concepto de contexto se corresponde con el nombre que se le da a las situaciones sociales. En psicología cognitiva al contexto codificado se le denomina marco (frame) (35). Mientras que los marcos recogen más bien información visual, los guiones (36) representan información sobre situaciones sociales. Los guiones situacionales se asemejan a los estereotipos culturales compartidos por una comunidad y permiten hacer inferencias sobre el sentido de la conducta; así, son guiones las situaciones sociales recogidas bajo los términos "conferencia", "boda", etc.
La obtención del significado más plausible de una conducta en un contexto dado es posible merced a lo que Eco denomina enciclopedia o conocimiento del mundo (37), que le permite al sujeto extraer del contexto aquellos datos lo suficientemente relevantes como para hacer posible una interpretación verosímil. De este modo, por ejemplo, solo es posible entender el sentido de la conducta del maître si se posee un suficiente conocimiento del mundo de los restaurantes.
Realizar una interpretación racional o, lo que es lo mismo, verosímil, exige, en primer lugar, la construcción de una hipótesis de partida y, en segundo lugar, la valoración correcta de la relevancia de los datos aportados por el contexto a partir de los cuales se confirmará o refutará la hipótesis. Asimismo, se han de construir hipótesis alternativas y se han de seleccionar aquellos datos que las confirmen o refuten. En cualquier caso, la interpretación final resulta de contrastar la hipótesis principal con la información que proporciona el contexto.

La conducta psicótica
Para dar cuenta del fenómeno de la ID partiré del modelo judicativo de la conducta de Castilla del Pino (38) (39) (40). Según este autor, el delirio constituye una patología del juicio de realidad que afecta al componente connotativo de éste. El juicio de realidad tiene dos componentes: denotación o constatación de la existencia del objeto, y connotación o atribución de valores, significado, intención o sentido al denotado. Para los no familiarizados con esta teoría, en la proferencia "La mujer cordobesa es guapa pero altiva", la denotación sería "mujer cordobesa" y la connotación "guapa pero altiva". "Mujer cordobesa" es una realidad empírica, mientras que "guapa pero altiva" nada dice de la mujer cordobesa, sino, más bien, del emisor de la frase, de sus valores y concepción del mundo. La connotación tiene un carácter subjetivo, por lo que no es posible su verificación empírica. "Denotación" y "percepción" no son términos sinónimos; esto se comprueba cuando nos referimos a un objeto interno (una representación mental, un recuerdo, un pensamiento, etc.), el cual no es perceptible pero sí denotable. Denotar es, según Castilla del Pino, "dirimir si un objeto existe o no, y dónde existe, si en el espacio interno o en el externo..." (41). La función del sujeto en virtud de la cual se diferencia la realidad externa de la interna es denominada por Castilla del Pino diacrisis.
El enjuiciamiento de la realidad es una función del sujeto y exige, como condición necesaria, la integridad de los instrumentos cognitivos -inteligencia, memoria, atención, etc.- que hacen posible su vida de relación, es decir, su existencia como sujeto, no como mero organismo. Se trata de una función inherente a la conducta; toda actividad del sujeto exige el enjuiciamiento de la realidad en la cual se lleva a cabo. Denotación y connotación son, pues, dos componentes de toda conducta. Pero hay que añadir algo más: la relación que el sujeto establece con la realidad, en cuanto realidad significante, está determinada por el sentido que le da a los objetos/ signos que la componen. Esto es evidente: la relación que establecemos con, por ejemplo, el vecino, depende de la valoración que hagamos de él como buena/mala persona, simpático/antipático, etc.
En el juicio de realidad psicótico, un objeto interno es situado en la realidad externa y se actúa como si a ésta perteneciera. En lo que respecta a la denotación, lo psicótico consiste en ubicar un objeto interno en la realidad externa, a la vez que se le confiere cualidad sensorial. Se formarían de este modo las pseudopercepciones (alucinaciones e ilusiones). Respecto a la connotación, lo psicótico consiste en considerarla una propiedad, un atributo del objeto; es decir, el juicio de valor es tomado como juicio de hecho, como denotado, adquiriendo la misma certeza que éste. Se forman así las ideas delirantes.
Ahora bien, es necesario hacer las siguientes precisiones; existen dos tipos de connotaciones: los juicios de valor de contenido ético y/o estético y las interpretaciones o juicios de intención. Para todos ellos rige el principio de no-verificabilidad, pero es preciso diferenciar la nula verificabilidad de los juicios éticos y estéticos, de los grados de probabilidad o confirmación de las interpretaciones. Como he dicho antes, en la interpretación, aunque la inferencia obtenida nunca debe adquirir una total certeza, sí puede estar más o menos cercana a la verdad, es decir, ser más o menos verosímil. Así, es imposible verificar la proposición "Juan es simpático pero poco agraciado"; se puede comprender el sentido de la frase si se toma como referencia el sistema de valores del sujeto emisor, pero no es posible acercamiento alguno a la verdad. Por el contrario, mediante indicios o argumentos se podría mostrar la mayor o menor verosimilitud de la frase "No le caigo bien a Charo". Aún mayor acercamiento a la verdad se puede obtener de enunciados tales como "Me persigue la policía", los cuales son prácticamente verificables (o refutables).
Esta diferencia tiene, desde mi punto de vista, un gran interés psicopatológico. Por ejemplo, los delirios constituidos por interpretaciones son auténticos delirios, esto es, las interpretaciones son dotadas de certeza absoluta y tienden a sistematizarse, mientras que los delirios constituidos por juicios de contenido ético y estético no suelen poseer esta convicción y sistematización, tratándose más bien de ideas sobrevaloradas, más que de ideas delirantes. Son los delirios de las psicosis afectivas, depresivas y maníacas (42).

El razonamiento natural
Podemos ahora hacernos la siguiente pregunta: ¿en qué se diferencia formalmente la interpretación delirante de la interpretación normal? Muchos autores vieron en la lógica la base teórica que daría cuenta de los aspectos formales de algunos tipos de delirio, pero más tarde se pudo comprobar que el razonamiento lógico en ellos implicado en nada difiere del razonamiento no delirante. Podemos definir la lógica como la teoría de los sistemas de reglas formales del razonamiento; o también como la codificación de las reglas del razonamiento formalmente válido. Aunque tradicionalmente fue considerada como la teoría de las leyes del pensamiento, esto no es así: el pensamiento opera con arreglo a una lógica, pero la lógica formal no es su constituyente fundamental. Por ello, Piaget postuló la existencia de lo que denominó lógica operatoria o lógica psicológica, que estaría a caballo entre la lógica formal y la psicología como ciencia empírica (43). Esta lógica sería el modelo de la lógica natural que usa el sujeto en su enjuiciamiento de la realidad. Señalaré algunas diferencias entre la lógica formal y el pensamiento natural:
a) El sujeto razona a partir de lo que Jonson-Laird denomina un "modelo mental", que consiste en una representación general o simulación mental del problema a tratar, el cual construye a partir de un número reducido del conjunto de datos que aporta el contexto en que se da dicho problema (44). Es decir, el sujeto no razona acerca del mundo sino acerca de su representación mental del mundo (45).
b) El sujeto no razona solo formalmente sino que al razonar tiene presentes tanto el contenido como la forma.
c) El sujeto razona no sobre datos aislados sino sobre el conjunto de la situación o contexto, por lo cual cuenta con gran cantidad de presuposiciones que obtiene gracias a su conocimiento del mundo o enciclopedia.
d) El problema sobre el que se ha de razonar tiende a ser simplificado; se reduce la información que habría que manejar y se cierra lo antes posible, lo que limita el número de alternativas a considerar (46).
Por todo lo anterior, para muchos autores, los principios de la lógica formal son irrelevantes, cuando no antitéticos, con el razonamiento natural (47).
Gran parte del razonamiento se lleva a cabo a partir de lo que Kahneman y Tversky denominan heurísticos (48). Como se sabe, el entendimiento humano muestra una especial intolerancia a la ambigüedad y a la incertidumbre; pues bien, los heurísticos son mecanismos cognitivos que constituyen una especie de atajos mediante los cuales se reduce la incertidumbre derivada de la limitada capacidad cognitiva humana y la ambigüedad del significado de la conducta. Es definitiva, restringen los problemas a una dimensión manejable por el sistema cognitivo. Esto se logra a expensas de enfatizar unos datos e ignorar otros; los problemas quedan así simplificados pero, lógicamente, a expensas de aumentar la probabilidad de errar en las conclusiones. Su utilización, que es automática e inconsciente, es la norma, mientras que es excepcional que en la vida cotidiana se usen análisis formales y de cálculo. Evans (49) va más allá y diferencia dos etapas en el proceso de razonamiento, la de los heurísticos y la de los analíticos; mientras que la primera etapa es automática y preatencional, determinando aquello a lo que el sujeto atenderá y sobre lo que pensará, estableciéndose de este modo la representación mental del problema, en la segunda se realiza el juicio inferencial. La función de los heurísticos consistiría por tanto en identificar los aspectos subjetivamente relevantes de la información dada.
Uno de los heurísticos descritos por Kahneman y Tversky es la representatividad. Mediante este mecanismo se reduce la complejidad de los razonamientos probabilísticos y causales basándose en la similitud que guardan entre sí los datos. Permite evaluar el grado de correspondencia o semejanza entre una muestra y una población, un ejemplar y una categoría, un acto y un actante, o un resultado y un modelo. Esto es, se valora la probabilidad de que un evento acontezca a partir de que: 1) sus características esenciales se parezcan a las de la población de que proceden, y 2) refleje los rasgos más sobresalientes del proceso mediante el que se ha generado. En conclusión: se valora que A es más probable que B debido a que A es más representativo que B. En un ejemplo de De Vega (50), se trata de decidir qué oficio tiene una mujer, divorciada cuatro veces, que vive en Estados Unidos y que gana mucho dinero. La mayoría de los sujetos suelen contestar que se trata de una actriz de Hollywod, porque el dato "divorciada cuatro veces" suele ser tomado como representativo de actriz de Hollywod. No es infrecuente que se alzaprime la representatividad incluso en contra de probabilidades previamente conocidas; siguiendo con el ejemplo anterior, el que las mujeres ejecutivas se divorcian más que las actrices.
Otro de los heurísticos descritos por Kahneman y Tversky es la accesibilidad; mediante él se juzga la frecuencia de los datos; estima la probabilidad en función de la facilidad con que los datos acceden a la mente, de tal modo que se juzgan como más frecuentes los datos más fáciles de recordar. Es decir, se utiliza la fuerza de la asociación para evaluar la frecuencia de los eventos. Como es natural, los acontecimientos más frecuentes son los más fáciles de recordar, pero la inversa no es cierta. Aparte de la frecuencia, la accesibilidad está determinada por la relevancia que los datos posean para el sujeto en virtud de su impacto emocional. Por ejemplo, es normal que un sujeto piense que es más probable que le roben la casa si acaba de hablar con un amigo al que le han robado la suya.
Una consecuencia de la accesibilidad es la denominada por Chapman y Chapman correlación ilusoria (51), mediante la cual el sujeto establece una correlación entre acontecimientos basándose en su parecido conceptual o semántico. Por ejemplo, en el ya relegado por su nula validez Test de la figura humana se solía correlacionar ojos grandes y muy abiertos con tendencias paranoides. En la correlación ilusoria juega un papel fundamental las expectativas y concepciones previas, más aún si se tiene en cuenta que las teorías previas fuertemente sustentadas no suelen modificarse ante la existencia de datos evidentes contrarios a ellas. También sabemos que existe una tendencia natural a creer que los datos que confirman una hipótesis son más relevantes que los que la falsan, del mismo modo que se suelen "verificar" hipótesis falsas si expresan la ideas que el sujeto tiene al respecto, incluso rechazando la información que permitiría refutarlas (52).
Existen numerosos estudios sobre este fenómeno; así, en sus trabajos sobre psicología social, Nisbett y Ross (53) muestran que los sujetos tienden a no dar crédito a las pruebas que entran en conflicto con sus creencias, y viceversa: tienden a aceptar aquellos argumentos que las confirman. Evans (54) denomina a este fenómenosesgo de confirmación, consistente en la tendencia del razonamiento humano a confirmar antes que refutar las hipótesis de partida. Se trata del principal mecanismo cognitivo implicado en el prejuicio y otras creencias irracionales. Por su parte, Kahneman y Tversky (55) hablan del fenómeno que denominan anclaje (anchoring), que, en la evaluación de probabilidades, consiste en la tendencia a realizar estimaciones a partir de un valor inicial que se ajusta para producir la respuesta final. Extrapolando este mecanismo a la interacción social, vemos que es frecuente que el sujeto persevere en sus primeras impresiones a la hora de predecir acontecimientos futuros, sobrestimando la información que verifica las expectativas y soslayando la que las falsan. Otro fenómeno de esta clase, importante para el tema del presente trabajo, es la denominada ilusión de validez, según la cual datos aparentemente confirmatorios de una inferencia errónea se van añadiendo reforzando progresivamente el juicio erróneo inicial (56).
A modo de resumen interesa destacar lo siguiente:
-Las actitudes, creencias y expectativas del sujeto determinan su manera de razonar. El problema radica en saber cómo tiene lugar esa influencia, esto es, qué modificaciones produce la motivación en el proceso de raciocinio.
-Existe una tendencia natural en el sujeto a negar los hechos que refutan sus interpretaciones y a aceptar aquellos que las confirman.
-Cuando un sujeto sostiene fuertemente una hipótesis, toda nueva información que sea contradictoria con ella es escasamente eficaz para modificarla.
-De mismo modo, si un sujeto sostiene fuertes expectativas sobre algo, suele pasar por alto las evidencias que chocan con ellas. Las concepciones previas suelen pesar más que los datos a la hora de hacer interpretaciones.
Por todo lo anterior, si consideramos que las características fundamentales del pensamiento racional son la coherencia, el estar respaldado por datos relevantes y el ser susceptible de corrección por parte de estos, entonces se puede afirmar que en la vida cotidiana la norma es la irracionalidad.

La interpretación delirante
Veamos ahora algunos aspectos de la ID. Es obvio que la ID constituye un problema cognitivo, pero las investigaciones de enfoque cognitivo más recientes muestran que en el sujeto delirante no existe un problema cognitivo general (57); no obstante, si bien no se puede hablar de una alteración cognitiva, sí podemos hacerlo de un determinado "estilo" cognitivo, una determinado manera de aprehender la realidad. Por ejemplo, las investigaciones de Hemsley y Garety (58), Huq y cols. (59), Garety y cols. (60), así como las de Bottlender y cols. (61), muestran el fenómeno que denominan salto a las conclusiones, sugiriendo que los delirantes tienden a extraer conclusiones más rápidamente que los sujetos no delirantes, se precipitan en la toma de decisiones, muestran dificultad para tener en cuenta nuevos datos y son menos proclives a adoptar hipótesis alternativas. Young y Bentall (62), Dudley y cols. (63) (64) y Mcguire y cols. (65) añaden algo más: muestran que partiendo de datos cuyo contenido es emocionalmente "neutro", los delirantes necesitan menos información para tomar una decisión, pero si los datos tienen un contenido no neutro, tanto los sujetos delirantes como los sanos reducen el número de datos necesarios para decidir. Los autores sugieren que el delirante razona como si se sintiera sobrecargado emocionalmente. Es natural que esta tendencia a extraer conclusiones precipitadamente dé lugar a errores; pues bien, se ha comprobado que el número de errores es mayor si el contenido del material utilizado en el experimento guarda relación con el tema del delirio.
En otros estudios, Mujica-Parodi y cols. (66) (67) sugieren que las conclusiones falsas a las que llega el delirante no se deben tanto a su precipitación a la hora de obtener conclusiones como a una selección y valoración inadecuada de las premisas a partir de las cuales se extraen dichas conclusiones, así como a una dificultad para reconocer hipótesis alternativas. Como dije más atrás, el sujeto normal ha de saber distinguir la información relevante de la accesoria a la hora de construir hipótesis interpretativas, y también cuestionar la validez de estas hipótesis cuando surjan datos que las contradigan. Los autores citados muestran que los errores cometidos en la selección de las premisas son provocados en los sujetos sanos y exacerbados en los sujetos delirantes mediante información cargada emocionalmente. Sostienen que el razonamiento del sujeto normal sometido a situaciones de estrés o miedo es parecido al del sujeto delirante, por lo que sugieren que en éste está activado un mecanismo cognitivo que en el sano solo se activa bajo dichas emociones. En este sentido, el delirio es considerado una vez más un mecanismo de defensa, constituyendo un intento por parte del sujeto de explicarse emociones que no poseen para él un claro referente.
Desde mi punto de vista, en la interpretación delirante el sujeto no parte de una hipótesis cuya verosimilitud ha de contrastar mediante la obtención de datos relevantes y argumentos de carácter lógico, sino de una tesis cierta que se ve corroborada por pseudoargumentos, esto es, por datos que resultan irrelevantes para lo que se trata de demostrar. Esta tesis de partida constituye el tema del delirio -por ejemplo, en el delirio de celos la tesis sería: "Mi pareja me es infiel"; en el de persecución: "Soy perseguido por la CIA", etc.- Se trata de lo que Clerambault denominó postulado (68), una proposición fundamental que, por surgir de un "núcleo ideoafectivo", adquiere para el delirante un carácter axiomático, evidente, derivándose de él todo un sistema deductivo. Sérieux y Capgras (69), al igual que Bleuler (70), en quien se basan respecto a esta cuestión, parten de una hipótesis similar: los errores lógicos que constituyen el delirio tendrían una base afectiva. Sostienen Sérieux y Capgras que en el delirante la idea matriz y el estado emocional acompañante determinan una atención selectiva que "eclipsa el sentido crítico y favorece la producción de interpretaciones" (71). También dicen estos autores que el mecanismo de producción de las idas delirantes no difiere esencialmente del modo habitual de formación de las opiniones erróneas: "En ambos casos la convicción penetra no por el entendimiento, sino por el sentimiento" (72). En virtud de este mecanismo, el delirante "elige" aquellos acontecimientos que mejor se adaptan a la ida matriz, y la "atención expectante" contribuye a que admita como exactos aquellas ideas que concuerdan con su "sistema de errores".
Como he dicho antes, es evidente que la interpretación delirante constituye un problema cognitivo, pero ¿resuelve una aproximación puramente cognitiva los problemas que suscita? Hemos visto cómo en algunos trabajos recientes se sugiere que sin introducir el factor emocional no es posible explicar el fenómeno de la ID. Todo parece indicar, pues, que los afectos influyen en la génesis del delirio; esto ya fue visto por muchos autores clásicos de muy diversas orientaciones epistemológicas.
Para concluir: una correcta explicación de la ID, como la de toda teoría de la interpretación, exige partir de un modelo de sujeto que permita integrar los factores cognitivos y los emocionales, única manera de dar cuenta de los siguientes dos hechos fundamentales: el primero es que el sujeto delirante no delira sobre cualquier tema (73), y el segundo es que el sujeto es siempre protagonista en la trama que constituye el delirio.

Texto de Antonio Díez Patricio: Psicopatología de la Interpretación Delirante