PEACE

PEACE
Paz y Ciencia
Mostrando entradas con la etiqueta Contratransferencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Contratransferencia. Mostrar todas las entradas

domingo, 27 de junio de 2021

Jacques Lacan

 

JACQUES LACAN

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta Psicoanálisis Tfno. 653379269 Instagram: @psicoletrazaragoza.            Website: www.rcordobasanz.es

Escritos 1

 

No es que reduzcamos a la oposición primaria de lo oscuro y de lo claro la pareja veterana del yin y del yang. Pues su manejo exacto implica lo que tiene de cegador el brillo de la luz, no menos que los espejos de que se sirve la sombra para no soltar su presa.

Aquí el signo y el ser maravillosamente desarticulados nos muestran cuál de los dos tiene la primacía cuando se oponen. El hombre bastante hombre para desafiar hasta el desprecio la temida ira de la mujer sufre hasta la metamorfosis la maldición del signo del que la ha desposeído.

Pues este signo es sin duda el de la mujer, por el hecho de que en él hace ella valer su ser, fundándolo fuera de la ley, que la contiene siempre, debido al efecto de los orígenes, en posición de significante, e incluso de fetiche. Para estar a la altura del poder de ese signo, lo único que tiene que hacer es permanecer inmóvil a su sombra, encontrando en ella por añadidura, tal como la Reina, esa simulación del dominio del no-actuar que solo el “ojo de lince” del Ministro ha podido traspasar.

J. Lacan, El Seminario sobre “La carta robada”, Escritos 1, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, p. 25.

 

Para atenernos a una tradición más clara, tal vez entendamos la máxima célebre en la que La Rochefoucauld nos dice que “hay personas que no habrían estado nunca enamoradas si no hubiesen oído nunca hablar del amor”, no en el sentido romántico de una realización totalmente imaginaria del amor que encontraría en ello una amarga objeción, sino como un reconocimiento auténtico de lo que el amor debe al símbolo y de lo que la palabra lleva de amor.

J. Lacan, “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, Escritos 1, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, p. 253.

 

La ley primordial es pues la que, regulando la alianza, sobrepone el reino de la cultura al reino de la naturaleza entregado a la ley del apareamiento. La prohibición del incesto no es sino su pivote subjetivo, despojado por la tendencia moderna hasta reducir a la madre y a la hermana los objetos prohibidos a la elección del sujeto, aunque por lo demás no toda licencia quede abierta de ahí en adelante.

J. Lacan, “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, Escritos 1, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, p. 266.

 

Por eso enseñamos que no hay solo en la situación analítica dos sujetos presentes, sino dos sujetos provistos cada uno de dos objetos que son el yo y el otro, dando a este otro [autre] el índice de una a minúscula inicial. Ahora bien, en virtud de las singularidades de una matemática dialéctica con las cuales habrá que familiarizarse, su reunión en el par de los sujetos S y A sólo cuenta en total con cuatro términos, debido a que la relación de exclusión que juega entra a y a´ reduce a las dos parejas así anotadas a una sola en la confrontación de los sujetos.

J. Lacan, “La Cosa freudiana o sentido del retorno a Freud en Psicoanálisis”, Escritos 1, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, p. 412.

 

Escritos 2

 

Para ello, la relación polar por la que la imagen especular (de la relación narcisista) está ligada como unificante al conjunto de elementos imaginarios llamado del cuerpo fragmentado, proporciona una pareja que no está solamente preparada por una conveniencia natural de desarrollo y de estructura para servir de homólogo a la relación simbólica Madre-Niño. La pareja imaginaria del estadio del espejo, por lo que manifiesta de contranatura, si hay que referirla a una prematuración específica del nacimiento en el hombre, resulta ser adecuada para dar al triángulo imaginario la base que la relación simbólica pueda en cierto modo recubrir.

J. Lacan, “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, Escritos vol. 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, pp. 533-534.

 

Lo que hace que el objeto se presente como quebrado y descompuesto, es tal vez otra cosa que un factor patológico. ¿Y qué tiene que ver con lo real ese himno absurdo a la armonía de lo genital?¿Habrá que tachar de nuestra experiencia el drama del edipismo, cuando debió ser forjado por Freud justamente para explicar las barreras y los rebajamientos (Erniedrigungen), que son los más banales en la vida amorosa, aunque fuese la más plena?

J. Lacan, “La dirección de la cura y los principios de su poder”, Escritos vol. 2, Méjico, Siglo XXI, 2003, pp. 586-587.

 

Pero ¿cómo puede ser amada otra (¿acaso no basta para que la paciente lo piense con que su marido la considere?) por un hombre que no podría satisfacerse con ella (él, el hombre de la rebanada de trasero)? Ahí está puesta en su punto la cuestión, que es muy generalmente la de la identificación histérica.

J. Lacan, “La dirección de la cura y los principios de su poder”, Escritos vol. 2, Méjico, Siglo XXI, 2003, p. 606.

 

Es la ocasión de hacer captar al paciente la función de significante que tiene el falo en su deseo. Pues es en cuanto tal como opera el falo en el sueño para hacerle recobrar el uso del órgano que representa, como vamos a demostrarlo por el lugar al que apunta el sueño en la estructura donde su deseo está tomado. (…) Pues para nuestro paciente de nada sirve tener ese falo, puesto que su deseo es serlo. Y el deseo de la mujer aquí cede al suyo, mostrándole lo que ella no tiene. (…) Pero sería revelarle sobre eso menos de lo que le dice su amante: que en su sueño, tener el falo no le impedía en absoluto desearlo. En lo cual es su propia carencia de ser la que se encontró alcanzada.

J. Lacan, “La dirección de la cura y los principios de su poder”, Escritos vol. 2, Méjico, Siglo XXI, 2003, pp. 612-613.

 

Hombre de deseo, de un deseo al que siguió contra su voluntad por los caminos donde se refleja en el sentir, el dominar y el saber, pero del cual supo revelar, él solo, como un iniciado en los difuntos misterios, el significante impar: ese falo cuya recepción y cuyo don son para el neurótico igualmente imposibles, ya sea que sepa que el otro no lo tiene o bien que lo tiene, porque en los dos casos su deseo está en otra parte: es el de serlo, y es preciso que el hombre, masculino o femenino, acepte tenerlo y no tenerlo, a partir del descubrimiento de que no lo es.

J. Lacan, “La dirección de la cura y los principios de su poder”, Escritos vol. 2, Méjico, Siglo XXI, pp. 622-623.

 

Pero el lugar que el niño ocupa en la estirpe según la convención de las estructuras del parentesco, el nombre de pila [prénom en francés] que a veces lo identifica ya con su abuelo, los marcos del estado civil y aun lo que denotará su sexo, son cosas estas que se preocupan bien poco de lo que él es en sí mismo: ¡que surja pues hermafrodita, a ver qué!

J. Lacan, “Observación del informe de Daniel Lagache: Psicoanálisis y estructura de la personalidad”, Escritos vol. 2, Méjico, Siglo XXI, 2003, p. 633.

 

Es sabido que el complejo de castración inconsciente tiene una función de nudo. (...) a saber la instalación en el sujeto de una posición inconsciente sin la cual no podría identificarse con el tipo ideal de su sexo, ni siquiera responder sin graves vicisitudes a las necesidades de su partenaire en la relación sexual, e incluso acoger con justeza las del niño que es procreado en ellas.

J. Lacan, “La significación del falo”, Escritos vol. 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, p. 665.

 

La homosexualidad masculina, conforme a la marca fálica que constituye el deseo, se constituye sobre su vertiente, mientras que la homosexualidad femenina, por el contrario, como lo muestra la observación, se orienta sobre una decepción que refuerza la vertiente de la demanda de amor.

J. Lacan, “La significación del falo”, Escritos vol. 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, p. 675.

 

El hecho de que la feminidad encuentre su refugio en esa máscara por el hecho de la Verdrängung inherente a la marca fálica del deseo, acarrea la curiosa consecuencia de hacer que en el ser humano la ostentación viril misma parezca femenina.

J. Lacan, “La significación del falo”, Escritos vol. 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, p. 675.

 

Interesa al punto mismo sobre el que quisiéramos en esta coyuntura llamar la atención: a saber la parte femenina, si es que este término tiene sentido, de lo que se pone en juego en la relación genital, en la cual el acto del coito ocupa un lugar por lo menos local.

J. Lacan, “Ideas directivas para un congreso sobre sexualidad femenina”, Escritos, vol. 2, México, Siglo XXI, 2003, p. 704.

 

La oposición bastante trivial entre el goce clitoridiano y la satisfacción vaginal ha visto a la teoría reforzar su motivo hasta alojar en él la inquietud de los sujetos, incluso llevarla hasta el tema, si es que no hasta la reivindicación, sin que se pueda decir que su antagonista haya sido elucidado con más justeza.

J. Lacan, “Ideas directivas para un congreso sobre sexualidad femenina” Escritos, vol. 2, México, Siglo XXI, 2003, p.706.

 

(…) conviene preguntar si la mediación fálica drena todo lo que puede manifestarse de pulsional en la mujer, y principalmente toda la corriente del instinto materno. ¿Por qué no establecer aquí que el hecho de que todo lo que es analizable sea sexual no implica que todo lo que sea sexual sea accesible al análisis?

J. Lacan, “Ideas directivas para un congreso sobre sexualidad femenina”, Escritos, vol. 2, México, Siglo XXI, 2003, p.709.

 

¿Podemos confiar en lo que la perversión masoquista debe a la invención masculina para concluir que el masoquismo de la mujer es una fantasía del deseo del hombre?

J. Lacan, “Ideas directivas para un congreso sobre sexualidad femenina”, Escritos, vol. 2, México, Siglo XXI, 2003, p.709.

 

Y de reconocer a la vez que el analista está tan expuesto como cualquier otro a un prejuicio sobre el sexo, fuera de lo que le descubre el inconsciente.

Recordemos el consejo que Freud repite a menudo de no reducir el suplemento de lo femenino a lo masculino al complemento del pasivo al activo.

J. Lacan, “Ideas directivas para un congreso sobre sexualidad femenina” Escritos, vol. 2, México, Siglo XXI, 2003, p.710.

 

Si la posición del sexo difiere en cuanto al objeto, es con toda la distancia que separa a la forma fetichista de la forma erotomaníaca del amor.

J. Lacan, “Ideas directivas para un congreso sobre sexualidad femenina”, Escritos, vol. 2, México, Siglo XXI, 2003, p.711.

 

(…) la castración no podría deducirse únicamente del desarrollo, puesto que supone la subjetividad del Otro en cuanto lugar de su ley. La otredad del sexo se desnaturaliza por esta enajenación. El hombre sirve de relevo para que la mujer se convierta en ese Otro para sí misma, como lo es para él.

J. Lacan, “Ideas directivas para un congreso sobre sexualidad femenina”. Escritos, vol. 2, México, Siglo XXI, 2003, pp.710-711.

 

Pues suponer que la mujer misma asume el papel del fetiche, no es si no introducir la cuestión de la diferencia de su posición en cuanto al deseo y al objeto.

J. Lacan, “Ideas directivas para un congreso sobre sexualidad femenina”. Escritos, vol. 2, México, Siglo XXI, 2003, p. 713.

(…) la sexualidad femenina aparece como el esfuerzo de un goce envuelto en su propia contigüidad (…) para realizarse a porfía del deseo que la castración libera en el hombre dándole su significante en el falo.

J. Lacan, “Ideas directivas para un congreso sobre sexualidad femenina”, Escritos, vol. 2, México, Siglo XXI, 2003, p.714.

 

Escuchemos más bien al propio Kant ilustrarlo una vez más.

“Supongamos”, nos dice, “que alguien pretenda no poder resistir a su pasión, cuando el objeto amado y la ocasión se presentan, ¿acaso si se hubiera alzado un patíbulo delante de la casa donde encuentra esa ocasión, para atarle a él inmediatamente después de que hubiera satisfecho su deseo, le sería todavía imposible resistir a él?

J. Lacan, “Kant con Sade”, Escritos, vol. 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, pp. 760-761.

 

El derecho al goce, si fuera reconocido, relegaría a una era desde ese momento caduca la dominación del principio del placer.

J. Lacan, “Kant con Sade”, Escritos, vol. 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, p. 765.

 

De los imprevisibles quanta con que tornasola el átomo amor-odio en la vecindad de la Cosa de donde el hombre emerge con un grito, lo que se experimenta, después de ciertos límites, no tiene nada que ver con aquello con que se sostiene el deseo en el fantasma que precisamente se constituye por esos límites.

J. Lacan, “Kant con Sade”, Escritos, vol. 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, pp. 766.

 

Lo que el psicoanálisis demuestra referente al deseo en su función que podemos llamar más natural puesto que es de ella de la que depende el mantenimiento de la especie, no es únicamente que está sometido en su instancia, su apropiación, su normalidad, para decirlo todo, a los accidentes de la historia del sujeto (noción del traumatismo como contingencia), es además que todo esto exige el concurso de elementos estructurales que, para intervenir, prescinden precisamente de esos accidentes, y cuya incidencia inarmónica, inesperada, difícil de reducir, parece sin duda dejar a la experiencia un residuo que pudo arrancar a Freud la confesión de que la sexualidad debía llevar el rastro de alguna rajadura poco natural.

J. Lacan, “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, Escritos. vol. 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003 p. 792.

 

Haríamos mal en creer que el mito freudiano del Edipo dé el golpe de gracia sobre este punto a la teología. Pues no se basta por el hecho de agitar el guiñol de la rivalidad sexual. Y convendría más bien leer en él lo que en sus coordenadas Freud impone a nuestra reflexión; pues regresan a la cuestión de donde el mismo partió: ¿Qué es un Padre?

.J. Lacan, “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, Escritos, vol. 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, p.792.

 

El Edipo sin embargo no podría conservar indefinidamente el estrellato en unas formas de sociedad donde se pierde cada vez más el sentido de la tragedia.

Partamos de la concepción del Otro como lugar del significante. Todo enunciado de autoridad no tiene allí más garantía que su enunciación misma.

J. Lacan, “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, Escritos, vol. 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, pp.792-793.

 

A lo que hay que atenerse, es a que el goce está interdicto para quien habla como tal, o también que no puede decirse sino entre líneas para quienquiera que sea sujeto de la Ley, puesto que la Ley se funda en esta interdicción misma.

J. Lacan, “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente Freudiano”, Escritos, vol. 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, p. 801.

 

El paso de la (-φ) (fi minúscula) de la imagen fálica de uno a otro lado de la ecuación de lo imaginario a lo simbólico, lo hace positivo en todo caso, incluso si viene a colmar una falta. Por muy sostén que sea del (-1), se convierte allí en Φ (Fi mayúscula), el falo simbólico imposible de hacer negativo, significante de goce. Y es este carácter del Φ el que explica tanto las particularidades del abordamiento de la sexualidad por la mujer, como lo que hace del sexo masculino el sexo débil respeto de la perversión.

J. Lacan, “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente Freudiano”, Escritos, vol. 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, p. 803.

 

No hay otra vía en que se manifieste en el sujeto una incidencia de la sexualidad. La pulsión en cuanto que representa la sexualidad en el inconsciente no es nunca sino pulsión parcial. Esta es la carencia esencial, a saber la de aquello que podría representar en el sujeto el modo en su ser de lo que es allí macho o hembra. (...) A esto es a lo que queremos llegar en este discurso, que la sexualidad se reparte de un lado al otro de nuestro borde en cuanto umbral del inconsciente, como sigue:

Del lado del viviente en cuanto ser apresable en la palabra, (…) no hay acceso al Otro del sexo opuesto sino por la vía de las pulsiones llamadas parciales donde el sujeto busca un objeto que le sustituya esa pérdida de vida que es la suya por ser sexuado.

J. Lacan, Posición del Inconsciente, Escritos, vol. 2, México, Siglo XXI, 2003, p. 828.

 

Todo el problema de las perversiones consiste en concebir cómo el niño, en su relación con la madre, relación constituida en el análisis no por su dependencia vital, sino por su dependencia de su amor, es decir por el deseo de su deseo, se identifica con el objeto imaginario de ese deseo en cuanto que la madre misma lo simboliza en el falo. (…) Pues el inconsciente muestra que el deseo está aferrado al interdicto, que la crisis del Edipo es determinante para la maduración sexual misma.

J. Lacan, “Del Trieb de Freud y del deseo del psicoanalista”, Escritos, vol. 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, p. 831.

 

(…) la castración es el resorte enteramente nuevo que Freud introdujo en el deseo, dando a la carencia del deseo el sentido que había permanecido enigmático en la dialéctica de Sócrates, aunque conservado en la relación del Banquete (…) En su búsqueda, Alcibíades enseña el cobre del embuste del amor, y de su bajeza (amar es querer ser amado), en la que estaba dispuesto a consentir.

J. Lacan, “Del Trieb de Freud y del deseo del psicoanalista”, Escritos, vol. 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, pp. 831-832.

 

(…) las pulsiones son nuestros mitos, ha dicho Freud. No hay que entenderlo como una remisión a lo real. Es lo real lo que mitifican, según lo que es ordinario en los mitos: aquí el que hace el deseo reproduciendo en ello la relación del sujeto con el objeto perdido.

J. Lacan, “Del Trieb de Freud y del deseo del psicoanalista”, Escritos, vol. 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, p. 832.

 

El sujeto está, si puede decirse, en exclusión interna de su objeto.

.J. Lacan, “La ciencia y la verdad”, Escritos, vol. 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, p. 840.

 

No nos parece en absoluto inaccesible a un tratamiento científico el que la verdad cristiana haya tenido que pasar por lo insostenible de la formulación de un Dios Trino y Uno. (...) Y lo que oculta una máquina tan bien hecha, cuando le sucede que se enfrenta a la pareja de Adán y Eva en la flor de su pecado es por cierto de una naturaleza como para ser propuesto a una imaginación de la relación humana que no rebasa ordinariamente la dualidad.

J. Lacan, “La ciencia y la verdad”, Escritos, vol. 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, pp. 851-852.

 

¿(...) división del sujeto? Ese punto es un nudo. Recordemos donde lo desanuda Freud: en esa falta de pene de la madre donde se revela la naturaleza del falo. El sujeto se divide aquí, nos dice Freud, para con la realidad, viendo a la vez abrirse en ella el abismo contra el cual se amurallará con una fobia, y por otra parte recubriéndolo con esa superficie donde erigirá el fetiche, es decir la existencia de pene como mantenida, aunque desplazada.

J. Lacan, “La ciencia y la verdad”, Escritos, vol. 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, p. 856.

 

Revelando del falo mismo que no es nada más que ese punto de falta que indica en el sujeto.

J. Lacan, “La ciencia y la verdad”, Escritos, vol. 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, p. 856.


domingo, 26 de mayo de 2013

La relación terapéutica en Gestalt


La relación terapéutica en Gestalt
 
Artículo publicado en el Boletín nº26 de la Asociación Española de Terapia Gestalt. (2006)
Cristina Nadal: http://www.aulagestalt.com/es/escritos/cristina-nadal/la_relacion_terapeutica_en_gestalt.htm

Este escrito habla sobre la especificidad gestáltica del uso de lo que el terapeuta experimenta frente al paciente. Primero enfoca el nivel transferencial y contratransferecial, también presente en la relación terapéutica gestáltica -que prima lo actual-, y hace referencia al nivel de apoyo y confrontación que el terapeuta fomenta con su intervención.

Sabemos que la relación que el terapeuta establece con el paciente es determinante para el éxito o el fracaso del tratamiento. Es más determinante que la técnica que se utilice y la teoría de la que se parta, dado que éstas, tal como dice Claudio Naranjo 1, son aplicadas a través de la actitud que el terapeuta toma frente al paciente.
Me resulta clarificador encuadrar la relación terapéutica como una relación de ayuda y entender que, como tal, debe facilitar el desarrollo y la maduración de la persona con la que trabajamos. Aquí conviene recordar que para Perls madurar es ir pasando de la dependencia (propia de la etapa infantil) al autoapoyo propio del adulto con un funcionamiento saludable.
El o la paciente tiene identificados aspectos sintomáticos que le molestan: accesos de cólera incontrolables, dificultades en la relación con los demás, conflictos de pareja o familiares, crisis de angustia, obsesiones que van obstaculizando su cotidianidad, enfermedades psicosomáticas, insatisfacción persistente... También puede acudir a la consulta con una sensación de malestar generalizado viendo que algo o mucho en su vida no funciona.Pide ayuda para curarse, para sentirse mejor, y viene con todas sus maneras de evitar sensaciones, recuerdos...Es decir, con las defensas que le “permiten” mantener la sintomatología.
Como gestaltistas, con nuestra presencia y nuestras intervenciones vamos a ayudar al paciente a que se dé cuenta de qué hace y de cómo participa en la generación de estas situaciones o pensamientos que le hacen sufrir. Compartimos con otros enfoques dinámicos y humanistas que el sujeto es responsable de su vida. Entendemos que el trabajo de irlo asumiendo es curativo.
Estamos entrenados/as para acompañarle en el viaje de zambullirse en su propia experiencia, ayudándole a hacerse cargo de la misma. Por ejemplo, no tiene el mismo efecto que una persona diga “tengo una tensión en la nuca”, que “estoy tensando la nuca”. Mayor riqueza le aportará aún identificar cómo lo está haciendo o qué sentido tiene este hecho, para él, en este momento. En relación a su capacidad de identificar sus sensaciones, puede decir, por ejemplo, “es como si quisiera mantener siempre la cabeza en alto”. A ello podría seguirle la identificación de una situación en la que está forzando esta actitud. La exploración de este gesto puede a su vez facilitarle descubrir qué evita con él. Como vemos, apropiarse de la autoría de sus experiencias no es sólo un objetivo sino también una vía de conocimiento.
El proceso de profundización en uno mismo, de desvelamiento de los engaños y apaños que nos hacemos, el encuentro con lo propio, es la vía de curación que proponemos.En ello nos alineamos con las demás corrientes que tengan como objetivo sanador una búsqueda de conocimiento interno. “La inscripción -Conócete a ti mismo y conocerás a Dios-, en la puerta de entrada al templo de Tebas, apunta a una fuente interna de máximo conocimiento. El modo de acceso al mismo y el objeto de conocimiento que se pretende conseguir son definidos de manera diferente por cada sistema de pensamiento o enfoque que comparten el interés por dicha fuente de conocimiento.” 2 Los gestaltistas entendemos que no se puede conocer verdaderamente el interior si no se reconoce y conoce, también, lo ajeno y, sobre todo, nuestra forma de estar y de movernos en el mundo. Para facilitar el desarrollo del proceso curativo y por lo tanto reestablecer la capacidad de aprender de la vida, enfocamos, básicamente, aquello que acontece en la interacción que el sujeto establece con su entorno.
RELACIÓN ACTUAL Y TRANSFERENCIAL/CONTRATRANSFERENCIAL
El terapeuta, en la sesión, será un otroen minúsculas, con el que el paciente desplegará, como con muchos otros, su estilo de establecer vínculos con los demás. Por ejemplo, si alguien es invasivo, seguro que lo será con su terapeuta. Al igual que también lo retará o seducirá si esto es lo que el paciente hace con los demás. Poner conciencia en la relación y explorar lo que hace y le sucede en ella será un excelente filón, una buena autopista, para que el paciente pueda verse y reconocerse en su forma de establecer relaciones. Teniendo, esta vez, la ocasión de explorar lo que estaba oculto o ausente de la conciencia y la oportunidad de encontrarse con aquello de lo que uno/a pretendía escapar o que no se atrevía a reconocer. Pudiendo, por lo tanto, llorar lo no llorado, sentir lo no permitido o celebrar lo denostado. Puntualizo que, si esos descubrimientos y experiencias emocionales no se acompañan del reconocimiento de los autoengaños y de las propias distorsiones (que conforman el cuento que nos contamos sobre uno/a y sobre el mundo), no hay elaboración, sólo hay catarsis -cuyo efecto terapéutico es menor.
Sin embargo, este otro que el terapeuta es para el paciente, además de ser otro en minúsculas, vendrá a ocupar el lugar de los otros significativos: figuras parentales, abuelos o tíos significativos, algún hermano…. Es por ello que podríamos entenderlo como un Otro en mayúsculas. Aquel en el que fácilmente se le pueden depositar, y le depositamos, la posibilidad de satisfacción (idealización) del deseo de ser salvados, protegidos… Ello es así incluso cuando el o la paciente sabe que el asunto no se trata de eso, de encontrar la salvación. Este Otro también toma la forma de juzgador y deperseguidor. El paciente, como en el resto de enfoques, sean del tipo que sean, va a transferir, trasladar y reeditar con el terapeuta formas de relación vividas con sus progenitores y personas significativas de su infancia. Este fenómeno de la transferencia ocurre en todas las relaciones, especialmente en los vínculos de relación de ayuda y con mayor intensidad cuando la situación del que es ayudado supone un alto grado de vulnerabilidad. La transferencia se ve incrementada, por ejemplo, con un guía de viaje, con el abogado o con el médico. Para no simplificar en exceso, añado aquí que “(…)esta repetición no debe tomarse en un sentido realista que limitaría la actualización a relaciones efectivamente vividas; por una parte, lo que se transfiere es, en esencia, la realidad psíquica, es decir, en el fondo, el deseo inconsciente y las fantasías con él relacionadas; por otra parte, las manifestaciones transferenciales no son repeticiones literales, sino equivalentes simbólicos, de lo que es transferido.” 3
Por supuesto, losvínculos primigenios con nuestras figuras parentales y hermanos determinan nuestro sistema vincular, nuestro sistema de establecer relaciones con los demás. Ello es siempre así. Frente a la posibilidad de analizar aquellas relaciones para entender y poder modificar las que establecemos en la actualidad, apuesta propia del psicoanálisis, nosotros vamos a ocuparnos de explorar cómo son estos modos de relación actuales.Como propone Albert Rams 4, creo que la mejor perspectiva es la de tener presente que en lo que vive, expresa y hace el paciente hay un nivel transferencial edípico, algunas veces está presente el nivel preedípico y todo esto se da aquí con el terapeuta, es decir, tiene un nivel real y actual. Es precisamente el seguimiento de la experiencia actual nuestra puerta de entrada a los diferentes niveles.
Abundando en la complejidad de la relación, a la vez, el terapeuta, el médico o el guía, además de poner en marcha su propia transferencia en relación al usuario o paciente, tiene reacciones frente a la transferencia del paciente o el usuario, lo cual es llamado, específicamente, contratransferencia. La opción psicoanalítica general es el de controlar dicha reacción contratransferencial y sólo supervisarla. La gestáltica, es, además de supervisarla, hacer uso de ella frente al paciente. Transparentarse será una de sus más potentes intervenciones.
El terapeuta deberá identificar y trabajar, en supervisión, la reacción que él tiene frente a la transferencia de su paciente (la llamada contratransferencia) así como las reacciones provenientes de sus vínculos infantiles. Podríamos decir, su propia transferencia hacia el paciente.A ambas, tanto sus “aficiones” transferenciales como contratransferenciales, debe conocerlas y trabajar sobre ellas (tanto en terapia como en supervisión) para conseguir mayor espacio interno y libertad para intervenir. En Gestalt, nos entrenamos en afinar estas mismas vivencias y reacciones como una de las mejores herramientas del terapeuta. Para ello, como terapeutas debemos estar atentos a nuestro sentir.
Perls llamó “Simpático” 5 al estilo de relación terapéutica gestáltica refiriéndose a que él o la terapeuta atiende tanto lo que expresa y le sucede al/la paciente como lo que le sucede a sí mismo/a. Lo específicamente gestáltico es el uso de su propia vivencia en sus intervenciones. Si cuando el paciente se queja de que su mujer no le escucha, el terapeuta nota como él tampocolo haría, tiene la posibilidad de poner de manifiesto su propia reacción para ayudar al paciente a descubrir cómo hace la demanda de modo que incluso puede producir la respuesta contraria a la deseada. Lo que al paciente le suceda con este hecho será material terapéutico y el terapeuta deberá tener el arte de facilitar al paciente su exploración.
APOYO Y FRUSTRACIÓN
El reconocimiento y el uso que el terapeuta hace de lo que experimenta va a resultar reconfortante y/o frustrante para el paciente. El apoyo y la frustraciónson dos aspectos básicos del desarrollo personal. El bebé necesita caerse para aprender a caminar. Para orientar la intervención terapéutica, Perls alienta combinar el apoyo a las vivencias y expresiones genuinas con la frustración de las actitudes manipulativas.
Como ya hemos mencionado, el comportamiento neurótico es sustentado por un importante uso, más o menos masivo, de conductas evitativas del contacto consigo y con la realidad circundante. Estas mismas actitudes son las que siguen manteniendo la desconexión y alimentando el funcionamiento manipulativo. Va a ser el juego a dos manos (apoyo-confrontación) del terapeuta el que le va a permitir al paciente ir encarando los asuntos que le son propios e irse ocupando de sí.
Creo que el encuadre, que puede ser variable en función de cada terapeuta, al establecer el marco y ciertas pautas del desarrollo del tratamiento, supone un factor importante de apoyo.Sin embargo, el aspecto fundamental del apoyo es ser escuchado.
El uso de la empatía favorece que el paciente se pueda abrir. Sin ese rapport no es posible un trabajo eficaz. Carl Rogers es quien más énfasis puso en la función de apoyo del terapeuta. Para él, el terapeuta debía sentir y manifestar -y hacer que el paciente lo notara- aceptación incondicional y empatía. La otra condición necesaria, para que el terapeuta no se perdiera en la confluencia y para que la persona sanara, era la congruencia del terapeuta. Es decir, el apoyo y la empatía debía ser verdadera, no fingirla ni fabricarla.
Lo decía Ferenczi, también se lo he oído repetidamente a Paco Peñarrubia y todos comprobamos diariamente que el terapeuta ha de apreciar al paciente para que el trabajo se pueda dar. Memo (Guillermo Borja), perlsiano tanto por carácter como por convicción, decía que si rechazaba a un paciente se lo decía, se lo mostraba y, sólo si entonces el paciente quería seguir trabajando con él, podía aceptarlo como paciente.
En relación a la confrontación, Perls afirmaba: “Y el prerrequisito para una satisfacción plena es el sentido de identificación del paciente con todas las acciones en que participa, incluyendo sus autointerrupciones. Una situación puede concluirse – lo que es igual a decir que se logra satisfacción-, únicamente si el paciente está comprometido enteramente en ella. Dado que sus evitaciones neuróticas son un modo de evitar el compromiso total de las situaciones, deben frustrarse.” 6 Para él era fácil, digamos que natural, no dejar pasar ni una manipulación sin ser confrontada, no sólo en sesión sino en cualquier lugar.
Según Claudio Naranjo, “La confrontación es una maniobra psicológica más completa y más rica que la simple frustración por el hecho de que refleja la percepción que el terapeuta tiene de lo que le está pasando al otro”. Por ejemplo, dice que el acto de Perls de taparse los oídos cuando Claudio le contaba unos hechos a modo de justificación, no era una simple frustración, con ello le estaba devolviendo el juego que él hacía para no entrar en el contacto de un modo más directo y vivo. 7
De Memo (Guillermo Borja) aprendí que la verdad cura y que la mentira neurotiza y puede psicotizar. Decía que una violación la podía curar en unas semanas, una fantasía de violación podía resultar mucho más compleja. La violación, la carencia, el mal trato, la enfermedad… fueron, se dieron. Ello pasó y puede seguir pasando. Aquello que fue vivido de forma traumática sigue presente y se reaviva ante situaciones conflictivas actuales. Seguirles la pista y encarar y asumir ahorael mal trato recibido, el hecho de haber sido no deseado o de haber sido violada; encararlo ahora, aprovechando las ocasiones en que lo histórico y lo neurótico se reaviva sirve para ocuparnos de lo que nos es propio y para cambiar nuestra actitud. Asumirse uno y asumir la propia historia requiere hacerse cargo de lo pendiente, hacer ahora el trabajo de dar la cara, el trabajo de duelo o de lo que sea necesario para poder andar con la mochila menos repleta y pesante; para poder hacernos cargo de nuestro deseo y comprometernos con lo que nos concierne.
Ahorrarle malas sensaciones o dolor al otro es un engaño; cuando uno protege al otro se está protegiendo a uno mismo. Por supuesto, como terapeutas debemos diferenciar entre confrontar para que el otro pueda verse, lo cual implica saber cómo y en qué momento lo hacemos, y ensañarse con el otro como uso abusivo de poder o en aras de cualquier “buena” justificación.
USO DEL SENTIR DEL TERAPEUTA
Asegurando el espacio de supervisión, nuestra opción de trabajo como gestaltistas,va a pasar por dejarnos sentir, reconocer y poder expresar lo que nos pasa.
Son varios los niveles en que los gestaltistas usamos lo que experimentamos en la sesión.
En un primer momento, registrar la propia respuesta emocional frente al paciente tiene efecto. Por ejemplo, dejarnos notar qué sentimos cuando el paciente nos intenta convencer de algo y poderlo notar sin pretender nada de forma inmediata, sólo dejarle espacio, repercute en él. Este efecto es quizás más fácil de imaginar si, por ejemplo, el terapeuta se deja sentir tristeza cuando el paciente niega o disimula la suya. Facilita la emergencia de la misma o potencia que la evitación de la misma se presente de forma más clara.
Por supuesto, y dando un paso más, lo que sentimos sirve para elaborar hipótesis diagnósticas. Y, de forma más inmediata, para orientar la creación de experimentos. Si tenemos la sensación de que quiere tener todo el tiempo la razón podemos proponerle que nos intente convencer de lo que dice. O bien intervenir preguntando. “¿de qué me estás intentando convencer?” o “¿crees que ya me has convencido?”.
El nivel específicamente gestáltico es mostrar la propia experiencia. Comunicar lo que le sucede a uno es la regla de oro de cualquier relación íntima. Hablar de lo que me pasa, no de lo que pienso que hace el otro y tampoco juzgarle no es nada fácil. “ (…) la comunicación, desprovista de un fin pulsional no puede ser otra cosa que un acto de amor.” 8 En este caso puedo decir algo así como: “noto malestar, presión, imagino que pretendes que vea lo mismo que tú.”
Aún otro nivel será reaccionar mostrando mi rabia por sentirme presionada. Ponerme agresiva gritándole “¡Me molesta que me intentes convencer!” supone un mayor impacto energético que puede tornar más eficaz la intervención si la o el paciente se puede enterar del juego que está jugando. Es útil en la medida en que podemos seguir qué le pasa al otro/a después de la misma.
Veamos otro ejemplo: La suposición de una paciente de que su terapeuta tiene debilidad por las rubias con ojos azules, además de pertenecer a su propio mundo y, por lo tanto, ser un excelente material para seguir explorando, puede ser verdad para el terapeuta. Revelar que ello es cierto, posibilitará la exploración de lo que a ella le sucede ahora con este hecho y no sólo lo que le ha sucedido en su vida en relación al mismo. Aporta la posibilidad de reposicionarse en relación a un hecho real, aunque en general ello requerirá la reelaboración de algunos de los hechos vividos con anterioridad.
El terapeuta es alguien de carne y hueso que usa el ponerse de manifiesto como persona y, por lo tanto, como alguien limitado. Es alguien que siente dolor, angustia y que se da “subidones” narcisistas como todo hijo de vecino. Poner de manifiesto lo propio del terapeuta aporta experiencia real que permite el seguimiento de qué le pasa al paciente con ello. Aporta realidad y ello implica vivencia, que en la sesión terapéutica puede ser explorada. Explorada y saboreada en el sentido del saber que le aporta al paciente de sí. Por una parte, le permite atender y reconocer la experiencia como suya y, por lo tanto, adueñarse de la misma y no sólo especular. Por otra, que el terapeuta se transparente tiene un efecto de contagio. Facilita al paciente también carnificarse y reconocerse como limitado.
Dicho todo lo anterior y, por lo tanto, optando por hacer de la relación actualy del sentir del terapeuta una excelente herramienta terapéutica, creo que debemos saber que no todos los pacientes toleran el contacto ni reciben de igual modo la confrontación. Los y las pacientes psicóticas y borders pueden tener serias dificultades en integrar las confrontaciones. Sólo estar frente al otro ya puede ser inmensamente angustiante y necesitan, por tanto, mayor trabajo previo.
También quiero añadir que el ejercicio de transparencia por parte del terapeuta puede tener la desventaja de limitar, a veces con excesiva prontitud, el mundo fantasmagórico del paciente: frente a la fantasía, a la suposición, existe la contrastación de una respuesta determinada. Tarea del terapeuta va a ser no detener la exploración de la fantasía del paciente, corresponda o no con la realidad, puesto que ésta forma parte del mundo interno del paciente y configura su cosmovisión. Aunque también es verdad que la contrastación que supone la revelación de la experiencia del terapeuta o de otros compañeros, en el caso de la psicoterapia grupal, puede no reducir la fuerza de la distorsión perceptual del paciente, que dependerá de su nivel de enfermedad.
En todo caso, y según mi punto de vista, no se trata de que el nivel actual tapone el transferencial. Poner luz en el nivel transferencial es necesario para ir asumiendo la autoría de la autobiografía de cada cual. Y sí se trata de que el sujeto se actualice, se vivifique y se transforme en lo que es. En este sentido, me parece muy buen resumen de la adecuada actitud del terapeuta la formulación: “Estar renunciando a los propios contenidos pero confiando en la propia capacidad de resonar” 9.
Aunque estemos entrenados en usar nuestro sentir para trabajar con el otro, creo que nuestra mayor potencia como terapeutas es la de no quedarnos apegados en una sola reacción, posición o hipótesis diagnóstica. Parafraseo otra vez a Claudio Naranjo 10, refiriéndose a Perls y al rol del terapeuta: “Perls mostraba un grado asombroso de indiferencia creativa como terapeuta por su capacidad de quedarse en el punto cero11sin verse atrapado en el juego de sus pacientes. Pienso en el punto cero como un refugio del terapeuta gestáltico en medio de una participación intensa; no sólo como una fuente de fortaleza, sino como su último apoyo”. Quedarme en el vacío, dándole valor al no saber, aunque a veces es muy incómodo, da espacio al otro. Al otro y a mí; más allá de mi hipótesis, de mi pretensión o de mi reacción emocional.
Para ir terminando, retomo el valor de la relación actual citando a Paolo: “Mientras que el paciente tiene el derecho a ser tratado como un tú, el terapeuta debe conseguir ser tratado como un tú por el paciente en virtud de su actuación: desde la óptica de la psicoterapia de la Gestalt éste es el trabajo por el que se le paga”12. Si yo le permito al o a la paciente que me trate como una agente técnica o como una sabia maestra le dificulto el aprendizaje de hacer proceso, de entrar en contacto con lo que le inquieta y angustia, y de ir identificando qué es lo que le va ocurriendo. Entrar en contacto con uno implica también entrar en contacto con el otro y viceversa. De ahí el valor de poner la atención en la relación.
Y para finalizar añado que la relación terapéutica es una relación real entre dos personas con roles diferentes que marcan posiciones diferentes. Según muchos autores, la diferencia jerárquica entre ambos roles está sustentada por el grado de maduración alcanzado. Cremos, y por ello nuestros alumnos deben hacer terapia, que el terapeuta ha tenido que explorar ampliamente sus fantasmas, angustias y manipulaciones antes de poder acompañar a otros en ello. “La diferencia entre el terapeuta y el paciente es que el primero reconoce su enfermedad, seguirá estando enfermo y no se opondrá a este caminar. Mientras que el segundo se niega, se quiere quitar la enfermedad y su fantasía es seguir el tratamiento para no ser más enfermo”13. Siendo una afirmación a veces difícil de asimilar, me parece que la verdad a la que apunta esta cita es la que nos permite poder mejorar el uso de lo que experimentamos frente al paciente para apoyarle en su búsqueda y confrontarle en su manipulación.

sábado, 14 de julio de 2012

Compenetración entre los Aspectos Emocionales de la Relación Terapéutica




FRIEDA FROMM-REICHMANN: PRINCIPIOS DE PSICOTERAPIA INTENSIVA
Aspectos Emocionales de la Relación Terapéutica entre Psicoterapeuta y Paciente

El Psicoterapeuta corriente que ha adquirido cierto conocimiento de la psicoterapia intensiva, ha estudiado, por lo general, solo los procesos psicoterapéuticos y los problemas concernientes a la personalidad del paciente. A menos que haya recibido una preparación psicoanalítica, no presta mucha atención a explorar su propia personalidad. No podría realizarse ninguna psicoterapia exitosa, a menos que el psicoterapeuta tenga pleno conocimiento de sus propios procesos interpersonales, de tal manera que los pueda emplear para beneficio del paciente en el trato terapéutico interpersonal recíproco.
Debe contarse entre los méritos inmortales de Sigmund Freud el de haber sido el primero en comprender y describir el proceso psicoterapéutico en términos de una experiencia interpersonal entre paciente y psicoterapeuta , y el de haber sido el primero en prestar atención y estudiar tanto la personalidad del psicoterapeuta, como así también la del paciente, y su relación interpersonal mutua. Tan solo los psicoterapeutas que han hecho psicoterapia tanto antes como después de haberse familiarizado con los conceptos de Freud, podrán captar en toda su significación, su descubrimiento de las leyes que gobiernan el intercambio interpersonal entre terapeuta y paciente. Yo personalmente recuerdo nítidamente cuando traté psicoterapéuticamente pacientes mentales, antes de haber conocido las enseñanzas de Freud. Comprobé con pena que algo acaecía en las relaciones del paciente conmigo y en las mías con ellos, que interfería con el proceso psicoterapéutico. Empero, no podía señalarlo, definirlo o investigarlo. ¡Qué alivio fue ponerme en contacto con los instrumentos provistos por Freud para explorar y conocer la relación psicólogo-paciente! Con anterioridad a estos descubrimientos los psicoterapeutas estaban a oscuras, en detrimento de sus pacientes y en menoscabo para su autorrespeto profesional.
La deuda de gratitud con Freud por su descubrimiento de la necesidad del estudio de la relación entre terapeuta-paciente, respecto al papel tanto del paciente como del terapeuta en ella, todavía tiene actualidad, no obstante el hecho de que Freud y sus discípulos posteriormente anularon parte de sus trascendentes implicaciones. Como sabemos, Freud enseñó que todas nuestras relaciones con otra gente, incluso la del enfermo mental con su terapeuta-médico, están modeladas por nuestras tempranas relaciones con las personas de significación de nuestro ambiente, en la infancia y la niñez. Nuestras dificultades interpersonales ulteriores deben ser entendidas en términos de estos tempranos vínculos interpersonales. Las vicisitudes de las experiencias del paciente con el terapeuta, en particular, deben ser investigadas y comprendidas con finalidades psicoterapéuticas. Debido a que son transferidas, es decir, provenientes de dificultades no resueltas en relaciones interpersonales con las personas de significación de la vida temprana del paciente, se trata "de experiencias de transferencia".
Asimismo, dado que las experiencias de contratransferencia del psicoterapeuta, a su vez, afloran e interfieren en el proceso psicoterapéutico, deben ser exploradas, comprendidas, y si es posible eliminadas, en términos del hecho de ser transferidas de experiencias interpersonales primeras del psicoterapeuta con las personas significativas de su infancia y niñez.
Si bien es cierto que los modelos de nuestras relaciones interpersonales ulteriores son formadas en nuestra infancia, repetidos en nuestros años posteriores, y pueden ser comprendidos mediante su repetición con la gente en general y a través de los aspectos recíprocos de la relación psicoterapeuta-paciente en particular, es peligroso llevar demasiado lejos este conocimiento. En el presente estudio de desarrollo de la psicoterapia psicoanalítica dinámica, seguimos creyendo que no solo es útil, sino indispensable para el éxito psicoterapéutico, el estudio de las relaciones mutuas del paciente y del psicoterapeuta, en términos de sus características de repetición. Pero creemos firmemente que esto no debiera hacerse al punto de descuidar el escrutinio de la realidad de la experiencia misma entre el terapeuta y el paciente, en su propio derecho. Este punto de vista también está incluído en las enseñanzas originales de Freud. Pero su doctrina de la transferencia abrió el camino para descuidar el hecho de las experiencias reales entre terapeuta y paciente en momento determinado. En la práctica esto implica a veces el peligro de inducir a los terapeutas a dejar de lado la significación de las vicisitudes de la real relación psicoterapeuta-paciente, como opuesta a sus aspectos de transferencia...
Recientemente se ha incrementado y hecha de ella foco terapéutico, la atención a las vicisitudes significativas de las relaciones del psicoterapeuta con sus pacientes. Esto tiene validez para los aspectos transferidos y reales. Es sabido por todo psicoterapeuta, que debe haber un juego fluctuante entre terapeuta y paciente; esto se deduce inevitablemente del carácter interpersonal del proceso psicoterapéutico. El psicoterapeuta que está adiestrado en la observación y en la introspección de su reacción hacia las manifestaciones de sus pacientes, puede con frecuencia hacer uso de estas reacciones, como de un instrumento conducente a la comprensión de las implicaciones de otro modo ocultas en las comunicaciones de estos. De esta manera la participación del terapeuta en las reacciones de transferencia recíproca del terapeuta y paciente, en el más amplio sentido del término, puede suministrar una guía importante para la conducción del proceso psicoterapéutico.
Volviendo a las reacciones de transferencia de los pacientes, existe otro importante punto que difiere de las enseñanzas originales de Freud sobre la transferencia, en los conceptos de psicoterapia psicoanalítica tal como los bosquejamos aquí. Esta variante se origina en el hecho de que nuestros pensamientos no coinciden con la doctrina de Freud sobre la ubicuidad del complejo de Edipo, el apego positivo (sexual) hacia el progenitor del sexo opuesto, con un odio de rivalidad concominantes hacia el progenitor del mismo sexo. En consecuencia, nosotros no llegamos a la conclusión predeterminada de que las dificultades de los terapeutas en sus relaciones con los pacientes y viceversa, se engendren o sean solamente una repetición de sus constelaciones de Edipo no resueltas.
H.S. Sullivan ha introducido el término "parataxia" en lugar de "transferencia" y "contratransferencia". Las experiencias interpersonales paratáxicas son distorsiones de las relaciones interpersonales presentes de la gente. Son condicionadas, y provienen de las experiencias interpersonales previas de un sujeto, prevalentemente de la infancia y la niñez, pero no siempre o necesariamente debido a complicaciones con sus padres.
Lo precedente va para esta discusión preliminar de los conceptos de transferencia, contratransferencia y parataxia, en su importancia para comprender los procesos intepersonales del psicoterapeuta. Son mencionados aquí con el solo objeto de facilitar la comprensión de que los procesos interpersonales del psicoterapeuta, en su calidad de persona privada y profesional, deben investigarse y reconocerse no solo respecto de la posibilidad de su distorsión como "contratransferencia", es decir como experiencias "paratáxicas" sino también en relación con la presente situación interpersonal. Esta es una de las razones para establecer la necesidad de un psicoanálisis personal como parte de la preparación para la práctica de la psicoterapia intensiva.

Frieda Fromm-Reichmann: "Principios de Psicoterapia Intensiva". Hormé, Buenos Aires.
El libro lo dedica así- A mis Maestros: Sigmund Freud; Kurt Goldstein; Georg Groddeck; Harry Stack Sullivan-




http://youtu.be/nOatrXGc0do Cecilia -Mi querida España- Sin Censura.
http://youtu.be/tLkbPiJzf0I Concert Zaz in Noni Sad Petrovaradin Agosto 2011
http://www.lexia.com.ar/20_poetas_mexicanos.htm Poetas Mexicanos con un no-Prólogo
http://youtu.be/rZNlHKMu_CI Serrat -L´Estaca- Canción-Leyenda Revolucionaria de Lluis Llach (Palau Sant Jordi)
http://youtu.be/NrROdpJb4Ek Jara -Libertad sin Ira-
http://youtu.be/FlbAt-XesJE Labordeta -Canto a la Libertad- Himno de Aragón no oficial
http://youtu.be/VMlwwPZxGaY Celtas Cortos -Homenaje a Labordeta en Directo- Que en Paz descanse, fue profesor de alguien muy cercano, fue un padre, fue un artista, fue un trangresor, fue un revolucionario por los derechos de Aragón, se  metió en política no por la ética sino por Aragón. Así cantó, así cantan, así cantaremos. ¡Grande Labordeta!
http://youtu.be/4oOpbGM8fnw Acústico de China Chana: Canto a la Libertad con voz femenina. Porque Labordeta es de todos/as.
http://youtu.be/U2wR7eRYuFQ Labordeta -Somos- Pregonero de las Fiestas del Pilar. Dicen que era su canción favorita, no tengo certeza, solo sé que hubo reuniones en plazas para recordar la memoria de Labordeta. Lo admiro por su LUCHA POR LA IGUALDAD.
http://youtu.be/qgOVPEVGtMo Labordeta -Somos- En concierto. LETRAS A CONTINUACIÓN:

Somos

Somos
como esos viejos árboles
batidos por el viento
que azota desde el mar.

Hemos
perdido compañeros
paisajes y esperanzas
en nuestro caminar.

Vamos
hundiendo en las palabras
las huellas de los labios
para poder besar

tiempos
futuros y anhelados,
de manos contra manos
izando la igualdad.

Somos
como la humilde adoba
que cubre contra el tiempo
la sombra del hogar.

Hemos
perdido nuestra historia
canciones y caminos
en duro batallar.

Vamos
a echar nuevas raíces
por campos y veredas,
para poder andar

tiempos
que traigan en su entraña
esa gran utopía
que es la fraternidad.

Somos
igual que nuestra tierra
suaves como la arcilla
duros del roquedal.

Hemos
atravesado el tiempo
dejando en los secanos
nuestra lucha total.

Vamos
a hacer con el futuro
un canto a la esperanza
y poder encontrar

tiempos
cubiertos con las manos
los rostros y los labios
que sueñan libertad.

Somos
como esos viejos árboles.





CANTO A LA LIBERTAD

Habrá un día en que todos
Al levantar la vista
Veremos una tierra
Que ponga libertad (bis)

Hermano aquí mi mano
Será tuya mi frente
Y tu gesto de siempre
Caerá sin levantar
Huracanes de miedo
Ante la libertad

Haremos el camino
En un mismo trazado
Uniendo nuestros hombros
Para así levantar
A aquellos que cayeron
Gritando libertad

Sonarán las campanas
Desde los campanarios
Y los campos desiertos
Volverán a granar
Unas espigas altas
Dispuestas para el pan

Para un pan que en los siglos
Nunca fue repartido
Entre todos aquellos
Que hicieron lo posible
Para empujar la historia
Hacia la libertad

También será posible
Que esa hermosa mañana
Ni tú, ni yo, ni el otro
La lleguemos a ver
Pero habrá que empujarla
Para que pueda ser

Que sea como un viento
Que arranque los matojos
Surgiendo la verdad
Y limpie los caminos
De siglos de destrozos
Contra la libertad

sábado, 31 de marzo de 2012

"La Contratransferencia", Winnicott




Trabajo presentado en la segunda parte de un simposio sobre la Contratransferencia, organizado por la Sección Médica de la British Psychological Society, Londres, 25 de noviembre de 1959, y publicado originalmente en el British Journal of Medical Psychology, 33, págs. 17-21.

Lo que deseo decir puede enunciarse brevemente. Creo que a la palabra "contratransferencia" ahora debería restituírsele su uso original. Podemos utilizar las palabras como gustemos, sobre todo tratándose de palabras artificiales como lo es ésta. Naturalmente, una palabra como "self" sabe más que nosotros; nos usa y puede gobernarnos. Pero "contratransferencia" es un término que nosotros podemos esclavizar, y la lectura de los textos técnicos me lleva a pensar que está en peligro de perder su identidad. Hay ahora toda una literatura en torno de este vocablo, y yo he tratado de estudiarla. En mi artículo "Hate in the Counter-transference" (1947) (que trata principalmente sobre el odio), dije que, según cierto uso, "contratransferencia" designaría "la anormalidad en los sentimientos contratransferenciales, y relaciones e identificaciones fijas reprimidas en el analista. Esto lleva a comentar que el analista necesita más análisis...". A los fines de ese escrito, recogí a continuación otros dos significados posibles. Será fútil cualquier discusión que se base en las fallas del análisis del propio analista. En cierto sentido, esto pone fin al debate. Pero el significado de la palabra contratransferencia puede ampliarse, y creo que todos estamos de acuerdo en extenderlo un poco para tener la oportunidad de ver nuestro trabajo de una manera nueva. Pero volveré a la idea que he expresado. Antes de proseguir, tengo que retomar una observación realizada por Michael Fordham al principio de su intervención, en la cual cita a Jung como cuestionando la idea de que la transferencia es el producto de la técnica psicoanalítica, y subrayando que es un fenómeno general transpersonal o social. Aparte del hecho de que no sé qué significa "transpersonal", pienso que una distorsión del uso del término tal como Freud lo introdujo puede generar confusiones. La característica de la técnica psicoanalítica es este empleo de la .transferencia y de la neurosis de transferencia. La transferencia no es sólo una cuestión de buena comunicación o relación. Tiene que ver con el modo como un fenómeno altamente subjetivo surge repetidamente en el análisis. El psicoanálisis consiste en gran medida en la preparación de las condiciones para el desarrollo de esos fenómenos, y en su interpretación en el momento oportuno.
La interpretación relaciona el fenómeno transferencia) específico con una porción de la realidad psíquica del paciente, y esto en algunos casos significa relacionarla al mismo tiempo con una porción de su vida pasada. En un ejemplo típico, el paciente va eligiendo desconfianza y odio en la relación con el analista, lo que puede verse como correlacionado con el peligro de encontrarse con otro paciente, o con las interrupciones debidas a los fines de semana y las vacaciones. Con el transcurso del tiempo, una interpretación le da sentido a todo esto, no en los términos del presente, sino de la estructura dinámica de la personalidad del paciente. A continuación de ese trabajo, el paciente pierde esa neurosis de transferencia específica y comienza la eclosión de otra. (A menudo el trabajo no se realiza de un modo tan claro, pero como ilustración esto describe perfectamente el principio básico.) Michael Fordham (1960) nos ha proporcionado un buen ejemplo con la paciente que lo interrogaba reiteradamente. por fin la mujer dijo: "Usted es como mi padre, nunca contesta las preguntas". A menudo un paciente da claves que el analista puede interpretar de modo fructífero, pero en este caso una porción importante aunque pequeña de la interpretación fue aportada por la propia paciente, y sin duda el analista pudo entonces intervenir con una interpretación más completa. Es necesario que dedique tiempo a estas aclaraciones, porque si no nos ponemos de acuerdo sobre el término transferencia no debemos empezar a discutir la contratransferencia. Incidentalmente, podría recordarle al doctor Fordham que alguno de los términos que él emplea carecen de valor para mí, pues pertenecen a la jerga junguiana. El, a su turno, podría decirme cuáles de mis palabras le resultan inútiles. Por mi parte, me refiero a "transpersonal", "inconsciente transpersonal", "ideal analítico transpersonal", "arquetípico", "componentes contrasexuales de la psique", "ánimus y ánima", "conjunción ánimus-ánima". Este lenguaje no puede llegar a establecer una comunicación conmigo. Para algunas de las personas que se encuentran en este salón, éstas son palabras cotidianas, y para el resto no tienen ningún significado preciso. También debemos tener cuidado con el empleo de términos que reciben diferentes usos entre grupos diversos de investigadores: yo, inconsciente, ilusorio, sintónico (reaccionar sintónicamente), análisis, etcétera. Ahora puedo volver al tema del fenómeno de la transferencia-contratransferencia y examinar lo que sucede en términos generales en el trabajo profesional. El trabajo profesional es totalmente distinto de la vida corriente, ¿no es así? Todo esto comenzó con Hipócrates, quizás el fundador de la actitud profesional.
En el juramento médico encontramos el cuadro de un hombre o una mujer que constituye una versión idealizada del hombre o la mujer comunes de la calle. Pero es así como somos cuando actuamos profesionalmente. Ese juramento incluye la promesa de no cometer adulterio con una paciente. Este punto supone el pleno reconocimiento de un aspecto de la transferencia, la necesidad que experimenta el paciente de idealizar al médico, y de enamorarse de él, de soñar. Freud admitió el desarrollo de toda una gama de fenómenos subjetivos en la relación profesional; en efecto, el análisis del propio analista implicaba el reconocimiento de que éste se encuentra bajo tensión al mantener una actitud profesional. Empleo deliberadamente este modo de hablar. No estoy diciendo que el análisis del analista pretenda liberarlo de la neurosis; se trata de aumentar la estabilidad del carácter y la madurez de la personalidad del profesional, que constituyen la base de su trabajo y de nuestra capacidad para mantener una relación profesional. Desde luego, la actitud profesional podría erigirse sobre una base de defensas, inhibiciones y regularidad obsesiva; lo que digo es que precisamente en esos casos el terapeuta se encuentra bajo tensión, porque cualquier estructuración de las defensas de su yo reduce su capacidad para enfrentar las situaciones nuevas. El psicoterapeuta (analista o psicólogo analítico) debe seguir siendo vulnerable y, sin embargo, no abandonar su rol profesional en sus sesiones de trabajo reales. Supongo que el analista profesional de conducta correcta es más fácil de encontrar que el analista que, sin dejar de comportarse bien, conserva la vulnerabilidad propia de una organización defensiva flexible. (Fordham se refiere a esta misma idea en su propio lenguaje.) En el psicoanálisis hay un uso mucho más pleno de los fenómenos de la transferencia que, por ejemplo, en la asistencia social. Esto le proporciona al analista una ventaja terapéutica sobre el asistente social, pero hay que recordar las ventajas que conserva la asistencia individualizada más general que brinda el primero, quien, trabajando con las funciones yoicas del paciente, está en mejores condiciones para relacionarse con las necesidades de provisión social que tiene el yo del individuo. Como analistas solemos encontrar obstáculos en esta función, que no es la nuestra. En el análisis, lo característico es que la neurosis de transferencia derive del ello. En la asistencia social un hombre puede decirle a una visitadora "usted me recuerda a mi madre", y no es necesario hacer nada respecto de esto, salvo que la asistente lo crea. En el análisis, el analista habrá recibido claves que le permiten interpretar no sólo la transferencia de sentimientos de la madre a él, sino también los elementos instintivos inconscientes que están debajo, y los conflictos suscitados y las defensas que se organizan. De este modo, el inconsciente empieza a tener un equivalente consciente y a convertirse en un proceso vivo que envuelve a las personas, y a ser un fenómeno aceptable para el paciente. Seguramente lo que el paciente encuentra es la actitud profesional del analista, y no los hombres y mujeres inconfiables que somos en la vida privada. Quiero empezar con esta observación clara, aunque tenga que modificar algo más adelante lo que ahora estoy diciendo. Deseo dejar establecido que el trabajo del analista es un estado especial, es decir, que su actitud es profesional. El trabajo se realiza con un encuadre profesional. En este encuadre damos por sentado que el analista no está sometido a trastornos de la personalidad y el carácter de un tipo o grado tal que impidan mantener la relación profesional, o que para mantenerla obliguen a pagar el alto costo que suponen las defensas excesivas. La actitud profesional se parece al simbolismo, en cuanto supone una distancia entre el analista y el paciente. El símbolo está en una brecha entre el objeto subjetivo y el objeto percibido objetivamente. Se verá que en este sentido estoy en desacuerdo con una afirmación de Fordham, aunque algo más adelante concordaré con él. La afirmación a la que me refiero es la siguiente: "El (Jung) compara la relación analítica con una interacción química, y continúa diciendo que el tratamiento no puede, mediante ningún dispositivo... ser otra cosa que el producto de la influencia recíproca en la cual desempeñan su parte tanto el ser total del médico como el paciente". Más adelante subraya que es fútil que el analista erija defensas de tipo profesional contra la influencia del paciente, y continúa: "Al hacerlo, no hace más que negarse el empleo de un órgano de información sumamente importante". Yo preferiría ser recordado como alguien que sostiene que entre el paciente y el analista está la actitud profesional del analista, su técnica, el trabajo que realiza con su mente. Ahora bien, les digo esto sin temor porque no soy un intelectual, y de hecho hago personalmente mi trabajo en gran medida partiendo del yo corporal, por así decirlo. Pero en mi trabajo analítico me pienso funcionando gracias a un esfuerzo mental consciente aunque fácil.Las ideas y los sentimientos acuden a la mente, pero antes de formular una interpretación los examino y escudriño. Esto no significa que los sentimientos no participen. Por un lado, puedo sentir dolor de estómago, pero habitualmente ello no afecta mis interpretaciones; por otra parte, tal vez una idea del paciente me ha estimulado erótica o agresivamente, pero tampoco este hecho afecta por lo común mi trabajo interpretativo, lo que diga, el modo o el momento en que lo diga. Durante la sesión el analista es objetivo y congruente, y no es un salvador, un maestro, un aliado ni un moralista. El efecto importante del propio análisis del analista en relación con esto consiste en que ha fortalecido su yo de modo tal que puede seguir profesionalmente involucrado y hacerlo sin demasiada tensión. En la medida en que esto sea cierto, la palabra contratransferencia puede designar los rasgos neuróticos que malogran la actitud profesional y perturban el curso del proceso analítico tal como lo determina el paciente. A mi juicio esto es así, salvo con cierto tipo de diagnóstico, que ahora deseo describir, que modifica la totalidad del problema y me lleva a desear concordar con la afirmación de la que acabo de disentir. El tema en discusión es ahora el rol del analista: este rol debe variar según el diagnóstico del paciente. Ninguno de los oradores tuvo tiempo para referirse más que brevemente a la cuestión del diagnóstico (aunque Fordham citó a Jung: "Está claro, sin embargo, que él está segura de que el naciente puede tener efectos muy drásticos sobre el analista y que ellos pueden inducir en él manifestaciones patológicas. Sostiene que éste es particularmente el caso cuando se trata de esquizofrenias fronterizas, y Jung desarrolla este tema de un modo interesante"). Por lo tanto, ahora hablo desde una posición diferente, y el cambio se origina en el hecho de que me refiero al manejo y tratamiento de casos fronterizos para los cuales la palabra psicótico es más apropiada que la palabra neurótico. Pero la gran mayoría de las personas que acuden a nosotros en busca de psicoanálisis no son psicóticos, y a los estudiantes hay que enseñarles en primer lugarel análisis de los casos no-psicóticos. Quizá se espere que yo emplee palabras tales como psiconeurosis, psicosis, o histeria, trastorno afectivo y esquizofrenia, pero no lo haré para clasificar los casos en función de lo que nos proponemos aquí. Creo que dos tipos de casos modifican completamente la actitud profesional del terapeuta. Uno es el paciente con tendencia antisocial y el otro es el paciente que necesita una regresión. El primero, el paciente con una tendencia más o menos antisocial, está reaccionando permanentemente a una deprivación. Su enfermedad, o el aspecto esperanzado que hay en ella, obliga al terapeuta a corregir y a continuar corrigiendo las fallas del yo auxiliar que alteró el curso de la vida del paciente. Lo único que el terapeuta puede hacer, aparte de quedar atrapado, es aprovechar lo que sucede para llegar a un enunciado preciso de la deprivación o las deprivaciones originales, tal como las percibió y sintió el paciente en su niñez. Esto supone trabajar o no con el inconsciente del paciente. Un terapeuta completamente comprometido en el trabajo con pacientes que presentan una tendencia antisocial no estaría en una buena posición para comprender la técnica psicoanalítica, la operación de la transferencia o la interpretación de la neurosis de transferencia. Nosotros tratamos de no derivar los casos antisociales a nuestros estudiantes de psicoanálisis precisamente porque con esos casos no podemos enseñar psicoanálisis. Se los trata mejor de otro modo, aunque el psicoanálisis puede a veces añadirse con utilidad. No dedicaré más consideraciones a la tendencia antisocial. En el otro tipo de paciente al que estoy refiriéndome, puede ser necesaria una regresión. Para generar un cambio significativo, el paciente tendrá que atravesar una fase de dependencia infantil. Tampoco en este caso puede enseñarse psicoanálisis, aunque sí practicarlo en una forma modificada. La dificultad consiste aquí en el diagnóstico, en la localización de la falsedad de la personalidad falsa que oculta al self verdadero inmaduro. Para que en este caso el self verdadero oculto se haga reconocer, el derrumbe del paciente formará parte del tratamiento, y el analista tendrá que ser capaz de interpretar el rol de la madre para el infante del paciente. Esto significa brindar un yo auxiliar en gran escala. El analista tendrá que seguir orientado hacia la realidad externa, mientras de hecho se identifica con el paciente, incluso se fusiona con él. El paciente debe volverse sumamente dependiente, incluso absolutamente dependiente, y esto vale aunque exista una parte sana de la personalidad que mientras tanto actúe como aliado del analista y de hecho le diga cómo debe comportarse. Advertirán que ahora estoy empleando frases concordantes con las utilizadas por Fordham. Una vez más puede decirse que los analistas que trabajan principalmente con pacientes que se vuelven muy dependientes de esta manera, quizá no comprendan ni aprendan la técnica psicoanalítica, basada en el trabajo con la gran mayoría de los pacientes, en los cuales su propia dependencia infantil fue manejada con éxito por sus madres y padres. (Nunca podrá subrayarse lo bastante el hecho de que la mayoría de las personas, si se analizan, necesitan la técnica psicoanalítica clásica, con la actitud profesional del analista entre éste y el paciente.) Per contra, el analista clásico, el que ha aprendido su tarea con la neurosis de transferencia y confía en su capacidad para abordarla a medida que se desarrolla y repetidamente reaparece, tiene mucho que aprender de quienes cuidan e intentan hacer psicoterapia con pacientes necesitados de atravesar las etapas del desarrollo emocional que en sentido propio corresponden a la infancia.
Por lo tanto, desde esta posición modificada con el paciente diagnosticado como psicótico o esquizofrénico, y con la transferencia dominada por la necesidad que tiene el paciente de hacer regresión a una dependencia infantil, me encuentro en condiciones de sumarme a muchas de las observaciones del doctor Fordham, quien, no obstante, considero que no las vinculó adecuadamente con la clasificación de los pacientes, debido a que le faltó tiempo. El psicótico fronterizo gradualmente atraviesa las barreras que yo he denominado la técnica del analista y la actitud profesional, y obliga a una relación directa de tipo primitivo, incluso al extremo de la fusión. Esto se hace de un modo gradual y ordenado, y la recuperación es consecuentemente ordenada, salvo cuando, como característica misma de la enfermedad, el caos debe reinar supremo tanto dentro como fuera. En la formación de psicoanalistas y en estudios relacionados, no debemos colocar a los estudiantes en la situación de quedar relacionados con las necesidades primitivas de los pacientes psicóticos, porque pocos podrán soportarlo, y pocos podrán extraer algún aprendizaje de esa experiencia. Por otra parte, en una práctica psicoanalítica adecuadamente organizada hay lugar para algunos pacientes que cruzan la frontera profesional, y que nos someten a esas pruebas especiales y formulan las exigencias que en esta discusión nosotros parecemos estar abarcando con el término "contratransferencia". Yo podría tomar el tema de las respuestas del analista. De hecho, me resulta difícil perder esta oportunidad de discutir las cosas de toda clase que he experimentado y que se vinculan con las ideas formuladas por el doctor Fordham.
Por ejemplo, hubo una paciente que me golpeó. Lo que yo le dije entonces no puede publicarse. No fue una interpretación, sino la reacción a un hecho. La paciente atravesó la línea blanca profesional y obtuvo un poco de lo que soy realmente; creo que ella lo sintió como real. Pero una reacción no es contratransferencia. ¿No sería mejor en este punto permitir que el término contratransferencia recobre su significado y designe lo que esperamos eliminar mediante la selección, el análisis y la formación de los analistas? Esto nos dejaría las manos libres para discutir muchas cosas interesantes que los analistas pueden hacer con los pacientes psicóticos en regresión temporaria y dependientes, a los cuales podríamos aplicarles la expresión de Margaret Little: la respuesta total del analista a las necesidades del paciente. Bajo este título u otro similar hay mucho por decir sobre el empleo que puede hacer el analista de sus propias reacciones conscientes e inconscientes ante el impacto del paciente psicótico o de la parte psicótica del paciente, y sobre el efecto de este impacto en la actitud profesional. Yo me cuento entre quienes ya han escrito algo y dicho mucho sobre este tema que interesa por igual a junguianos y freudianos. Esto podría y sin duda debe constituir la base de futuras discusiones, pero si se pretende extender está palabra para que abarque todo el mundo contenido en el título de este simposio (la contratransferencia), creo que lo único que se obtendrá es confusión.