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Paz y Ciencia

sábado, 15 de agosto de 2020

Michel Foucault: Vigilar y Castigar en la Pandemia

 


Cuando murió, el 25 de junio de 1984, Michel Foucault era el pensador más famoso del mundo. Aunque quizá fuese algo menos popular de lo que había logrado serlo Jean-Paul Sartre después de la Segunda Guerra Mundial, desde fines de los 60 su obra ocupó el lugar central.

Michel Foucault murió a los 57 años: tenía sida en una época en la que la enfermedad era rápidamente mortal. El virus que la causa había sido descubierto, apenas un par de años antes de que el filósofo muriese, por Luc Montagnier, un investigador que fue discípulo del doctor Paul Foucault, padre de Michel.

Hijo, nieto y bisnieto de médicos, a Michel no le resultó fácil decirle a su padre que no iba a continuar la tradición familiar. A los once años sorprendió a sus mayores -que daban por descontado que sería cirujano- cuando les anunció que deseaba ser profesor de Historia. A pesar de tal atrevimiento infantil, Foucault mantuvo toda su vida una relación privilegiada con la medicina, aunque fue una relación signada por una desconfianza esencial.

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Desde muy niño el filósofo conoció el sufrimiento. Se sabía diferente y su entorno le demostraba de mil maneras que eso no estaba bien. Criado en un hogar en el que la fuerte tradición católica de la rama paterna regía hasta los mínimos detalles de la vida cotidiana, miembro de la puritana clase media provincial de las décadas del 30 y del 40, el muchachito había descubierto que, a diferencia de lo que decían la mayoría de sus compañeros, él se sentía atraído por los varones. Ese descubrimiento se volvió una tortura: no sabía qué hacer, a quién recurrir, cómo vivir.

En su hogar las presiones para que el niño se “encauzara” debían de ser intolerables. El filósofo contó, poco antes de morir, que siendo pequeño su padre lo llevó a una de las salas de operaciones del Hospital de Poitiers para que fuese testigo de la amputación de la pierna que se le estaba realizando a un enfermo. El objetivo era inducir al niño a que “se hiciese hombre”. La vida para él se convirtió en una tortura: hasta mediados de sus 20 años, Foucault intentó varias veces suicidarse, su afición al alcohol nació en esa época.

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Sin embargo, el haber sobrevivido al escándalo de ser un adolescente homosexual en un mundo que consideraba que esa orientación sexual era una enfermedad o una forma de degeneración moral, el haber sido capaz de superar semejante condena lo acostumbró al riesgo, lo fortaleció y lo capacitó para intervenir en los combates intelectuales que lo esperaban, no menos feroces que las crueles burlas y los brutales sarcasmos que tuvo que soportar en sus años de estudiante.

En principio, Foucault aprendió desde muy joven a enfrentar las cuestiones desde un lugar absolutamente original. En las disputas que la izquierda y la derecha mantenían durante los calientes años de la Guerra Fría, aunque se había alineado con la izquierda (incluso, ingresó al Partido Comunista, siguiendo a su amigo Louis Althusser), su posición estaba tan lejos de ser ortodoxa que no le resultó extraño a nadie que dejara el comunismo tan rápidamente como había ingresado. Nunca fue un izquierdista típico; sus posiciones políticas escandalizaban tanto a los conservadores como a los progresistas.

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Brillante en una generación de hombres brillantes (entre sus muchos compañeros de estudios se destacaban Pierre Bourdieu y Paul Veyne, entre sus amigos figuran Pierre Boulez, Roland Barthes y Gilles Deleuze), Foucault sobresalió desde el comienzo de su carrera universitaria. Sus maestros (Maurice Merleau-Ponty, Georges Dumézil, Louis Althusser, Jean Hyppolite, Georges Canguilhem) creyeron, desde que lo conocieron, que era “la promesa de su generación”.

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Aún siendo niño estaba obsesionado por ocupar los primeros puestos en el estudio. En Poitiers sólo era superado por un compañero cuyo nombre parece una broma del destino: Pierre Riviere (el mismo que el del asesino que escribió las famosas memorias que Foucault analizó en Yo, Pierre Riviere maté a mi padre…). Uno de los recuerdos más amargos de su adolescencia está relacionado con la lucha por la primacía en la escuela. El jovencito Michel vio llegar de golpe, en plena invasión alemana, a muchachos judíos que escapaban de París, ocupada por los nazis. Los jóvenes parisinos tenían, obviamente, mejor formación que los de Poitiers y enseguida superaron a Michel. El detestó tanto esta situación que se encerró en una fantasía que no lo abandonó: en ella los de París “desaparecían”, eran secuestrados y deportados de Poitiers. Esa fantasía se hizo realidad muy pronto: los chicos judíos fueron enviados a los campos de concentración. El adulto e iconoclasta Michel Foucault aún sentía culpa por la forma en la que la historia realizó su deseo.

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La Beatriz de Foucault fue Nietzsche. Como Beatriz guía a Dante en la Divina Comedia, la obra de Friedrich Nietzsche (especialmente los textos que escribió casi al borde de la locura) fueron para Foucault una iluminación. Casi como ningún otro de los expertos en Nietzsche (ni siquiera pensadores tan sutiles como Giorgio Colli), Foucault supo ver en el autor del Origen de la tragedia al poeta tanto como al filósofo, al artista tanto como al pensador. Para Foucault (como para Nietzsche) la forma, el tono poético que recorre su escritura y la apelación al aforismo nunca fueron cuestiones secundarias.

Nietzsche también le permitió sentirse más seguro para elaborar su punto de vista singular. Como suele suceder con muchos jóvenes que se sienten incómodos a causa de su posición de extraño a las normas y a los estilos que definen al grupo de “pertenencia”, también a Foucault la obra de Nietzsche le reveló el poder y el goce de ser diferente. Esta obra fue su guía y su sostén; le ayudó a comprender que tener un punto de vista original no era un pecado por el que debía pagar caro. Hay un par de aforismos nietzscheanos que lo acompañaron toda la vida, casi como mantras para una meditación personal. Uno de esos aforismos (el que, según el filósofo francés, marcó cada momento de su vida), él lo parafraseaba así: “Se trata de llegar a ser lo que uno verdaderamente es”. El otro reza: “El amor a la verdad es terrible y poderoso”.

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Entre las influencias que el propio Foucault consideró esenciales para su formación se destacan Martin Heidegger y Jean-Paul Sartre (con quien se enfrentó más de una vez y de manera tan dura que le llevó mucho tiempo reconocer la deuda que tenía con su obra). No es casual que Sartre sea dramaturgo y novelista, además de filósofo. Como Roland Barthes, Foucault apreciaba sin discusión la obra literaria de Sartre. Tampoco es casual que Heidegger sea uno de los pocos filósofos que fundó gran parte de su reflexión sobre la poesía, a la que consideraba una potencia reveladora.

El punto de vista original que caracteriza la indagación foucaultiana, su mirada poco habitual en el mundo del pensamiento es, sin embargo, frecuente en el universo de la literatura. Se podría decir que Foucault es el más literario de los filósofos o el más filosófico de los escritores. Muchas de sus referencias “teóricas” son literarias. No es accidental, por ejemplo, que, al comienzo de Las palabras y las cosas, diga que la investigación de ese libro que lo catapultó a la fama (incluso, a la popularidad) nació de un fragmento de uno de los ensayos de Jorge Luis Borges que se encuentra en Otras inquisiciones: “El idioma analítico de John Wilkins”. Borges (al igual que su admirado Oscar Wilde) era un maestro en el difícil arte de expresar ideas extremadamente complejas y peligrosas mediante paradojas brillantes y sutilezas estilísticas.

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El estilo de Foucault (pero el estilo no es secundario, “el estilo es el hombre”) es literario: desde la inclusión de micronarraciones que son esenciales para el desarrollo del argumento hasta el trabajo con la escritura (una escritura que abunda en metáforas, una escritura que apela a transformar muchas de sus frases en epigramas, casi en versos, y a sus párrafos en aforismos) hacen de Foucault un escritor, antes que un pensador. El niño que decidió ser profesor de Historia se convirtió en uno de los escritores que más profundamente han reflexionado sobre la Historia, en un poeta del pensamiento y en un narrador teórico.

Su tesis principal (presentó dos; la segunda, titulada Kant, Anthropologie -introducción, traducción y notas- no se editó) fue presentada, en 1961, por G. Canguilhem y D. Lagache: era Historia de la locura en la época clásica. Apenas aparecido, el libro fue saludado como una contribución esencial a la historia de las mentalidades por historiadores de la talla de Fernand Braudel. A raíz de este texto comienza una serie de programas de radio dedicados a “historia de la locura y literatura” que se mantienen en el aire casi un año.

La Historia de la locura lo convierte en el pensador de moda en el medio intelectual francés. El diario Le Monde lo califica como un “intelectual absoluto, fuera del tiempo”. En ese libro fundacional, Foucault insiste en pensar la locura en su especificidad, no como una esencia inmutable que se mantendría a través del tiempo y las culturas (sólo cambiarían las formas de designarla), sino que es propia de cada momento histórico, de cada contexto cultural, social, económico. Mientras más precisamente es definida desde el punto de vista de la ciencia, la locura se convierte en cada vez más inaprensible. Sin embargo, su costado políticamente explosivo recién se pondrá de manifiesto tras el Mayo Francés, cuando Foucault se relacione con los antipsiquiatras, Ronald Laing y David Cooper, y con los que critican el encierro en el manicomio, como Basaglia.

A fines de ese año, Foucault termina de escribir El nacimiento de la clínica(libro al que presenta como “las sobras de la Historia de la locura“), que aparecerá dos años más tarde. La medicina -vista desde la crítica más virulenta contra el saber médico- sigue ocupando un lugar central en su pensamiento. A diferencia de los que critican la medicina moderna por sus errores (por los efectos secundarios que tienen los medicamentos o por los diagnósticos errados), Foucault critica la medicina en su “esencia”: el saber médico es negativo por sí mismo, sobre todo cuando “acierta”, porque por su mecánica destructiva -ver a la enfermedad como algo a combatir- crea las condiciones de nuevas enfermedades, que serán más difíciles de controlar.

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En 1966 aparece su libro más difundido, Las palabras y las cosas. La conclusión del ensayo contribuyó a que la prensa lanzara una polémica (para Foucault -como para muchos otros intelectuales- es una discusión fundamentalmente “mediática”) que ocupó durante meses las páginas de los principales periódicos franceses: la muy mal entendida cuestión de lo que se llamó “la muerte del hombre”. Foucault, que estaba interesado en desmontar el mecanismo de naturalización del pensamiento (un mecanismo que hace que se crea que los conceptos, así como también los problemas y las soluciones científicas, son eternos -o casi- porque el pensamiento es visto como si estuviera fuera de la historia), escribió, como conclusión de su investigación: “En todo caso, una cosa es cierta: el hombre no es el problema más antiguo ni el más constante que se haya planeado el saber humano (…) El hombre es una invención cuya fecha reciente muestra con toda facilidad la arqueología de nuestro pensamiento. Y quizá también su próximo fin. Si esas disposiciones desaparecieran tal como aparecieron, si, por cualquier acontecimiento cuya posibilidad podemos cuando mucho presentir, pero cuya forma y promesa no conocemos por ahora, oscilaran, como lo hizo, a fines del siglo XVIII, el suelo del pensamiento clásico, entonces podría apostarse a que el hombre se borraría, como en los límites del mar un rostro de arena”.

En los apasionados días del Mayo Francés, el pensador se encontraba entre dos continentes (Europa y Africa) y, además, nadando entre dos aguas: pocas horas antes de la sublevación estudiantil Foucault es un académico de prestigio, un profesor querido, pero “elitista”, un hombre que está discutiendo con el gobierno el futuro de la educación secundaria y universitaria de Francia. Es un hombre que ha “renegado” de Marx. La mayoría de la izquierda lo califica de “violentamente anticomunista”.

Dicta cursos en Túnez a la vez que es nombrado profesor de la Universidad de Nanterre, que será una de las trincheras más ardientes durante la revuelta estudiantil. Casi todo mayo, Foucault permanece bloqueado en Túnez; recién puede abordar un vuelo a París el 27. Llega justo para sumarse al mitin de los líderes de la izquierda que se realizó en el estadio Charléty. Con idas y vueltas a Túnez, Foucault participa de las últimas manifestaciones francesas, antes de que el partido de De Gaulle gane ampliamente las elecciones convocadas por Pompidou. Foucault declara que las revueltas hiperideologizadas de los estudiantes franceses no le interesan demasiado. Agrega que, por el contrario, “la militancia violenta, corporal y necesaria” de los tunecinos le hizo redescubrir el amor a la militancia.

Pocos días después de acabada la revuelta, Hélene Cixous lo invita a participar en la creación de la universidad de Vincennes. Aunque se lo convocó con el fin de dirigir el proyecto, Foucault sólo acepta ayudar a conformar los departamentos de psicoanálisis (en conjunto con el lacaniano Serge Leclaire) y de filosofía (junto a Alain Badiou). Mientras los intelectuales soviéticos -en la revista Literatournaa Gazeta- atacan duramente el “antimarxismo y antihumanismo” de Foucault, el nuevo ministro de Educación de Francia, Olivier Guichard, no le concedió validez nacional a la licenciatura en filosofía otorgada por Vincennes (donde el pensador enseñaba) porque “tiene demasiados cursos dedicados a la política y al marxismo”.

A comienzos de 1970 realiza su primer viaje a Estados Unidos. Desde allí conquistará al mundo intelectual. Al mismo tiempo que llega a Berkeley, a las experiencias con las drogas -de manera muy tímida- y a las prácticas sexuales sadomasoquistas -no tan tímidamente-, Foucault empieza a enfocar su trabajo sobre el problema del poder y de la relación entre saber y poder. En respuesta a un largo artículo que Althusser había publicado en La Pensée, en el cual los aparatos de Estado se diferencian según funcionen por la violencia o por la ideología, Foucault escribe un artículo que critica esa distinción. Es el origen de otro de sus libros más difundidos: Vigilar y castigar, que verá la luz un lustro más tarde. A la vez, funda el Grupo de Información sobre las Prisiones (GIP), como una forma de intervención específica sobre la realidad.

Es en esa época que Foucault escribe sobre las cárceles. Se interroga por qué las prisiones, a pesar de contener una población minoritaria, ejercen tal fascinación social. El cree que las prisiones fascinan porque permiten a los “buenos, a los ciudadanos irreprochables”, a los que se consideran socialmente “inocentes” ejercer el mal sin límites: “Todas las violencias y arbitrariedades son posibles en la prisión, aunque la ley diga lo contrario, porque la sociedad no sólo tolera, sino que exige, que al delincuente se lo haga sufrir”.

En su lección inaugural del Collge de France, el 2 de diciembre de 1970, Foucault expone sobre la cuestión del poder. Durante 13 años, cada miércoles a las 17.45 expondrá sus investigaciones. El tema del primer curso, titulado “La voluntad de saber”, es la contraposición de los modelos teóricos de Aristóteles y Nietzsche. La concurrencia fue tan masiva que no sabían dónde ubicar tanta gente.

Foucault comienza un período de apertura a todos los temas, a todas las formas de abordaje: los 70 serán años de intenso aprendizaje y de elaboración apasionada. Al regresar de su viaje a Irán (aún gobernado por el sha) en 1977, dirá una de sus frases más difundidas y, quizá, menos entendidas: “Hay más ideas en el mundo que las que se imaginan los intelectuales”.

La experiencia californiana que vivió durante sus últimos diez años fue esencial. En Berkeley enseñó (e investigó). En los saunas gay de Los Angeles accedió a prácticas sadomasoquistas que, además de subyugarlo, le permitieron desarrollar una reflexión original sobre el goce a través del dolor (es el Foucault más intenso y el menos difundido en las universidades).

A pesar de que su interés por la sexualidad pueda parecer obvio (interés reflejado en su última obra, los tres tomos de la Historia de la sexualidad), el enfoque que Foucault le da a la cuestión no lo es. Para el propio filósofo fue un problema acceder a pensar lo sexual. Cuando en sus años universitarios le dieron como tema de investigación filosófica “la sexualidad”, Foucault se enojó con Canguilhem por proponer “algo así como objeto de la filosofía”. Por el contrario, después de recorrer un largo camino, en sus investigaciones de los 70, él pregunta, en primer lugar, por qué la sexualidad es objeto de una preocupación moral (y ya la pregunta desarma la “naturalidad” de la cuestión, ya deja de ser obvio que el sexo es un problema moral: está claro que alguien, alguna institución, un poder necesita que el sexo sea supervisado por la moral).

Su obra se fue acercando a su ideal de vida: llegar a ser lo que verdaderamente se es. A la vez que el circunspecto Foucault -el que había negado la importancia de la vida para la obra- fue capaz de ir dejando de lado sus propios temores y se atrevió a manifestarse, comenzó a importarle no sólo quién habla, sino cómo se vive una experiencia. Esto iluminó su obra. Su filosofía se transformó en aquello que Sartre deseó producir pero no logró articular: una ética. La ética de Foucault nació cuando, en su reflexión, se encontró con sus maestros: los antiguos griegos. Esa intensidad final, nacida del riesgo, otorga a su obra una consistencia clásica. Quizá por eso sus ideas no parecieran correr el riesgo de desvanecerse como un rostro de arena en el borde del mar.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo

Zaragoza. N° Col.: A-1324

Teléfono: 653 379 269

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jueves, 13 de agosto de 2020

Bertrand Russell: La conquista de la felicidad

 

1. No te sientas absolutamente seguro de nada.

2. No creas que vale la pena proceder ocultando pruebas, es seguro que la evidencia saldrá a la luz.

3. Nunca trates de desalentar la idea de que tendrás éxito.

4. Cuando encuentres oposición, incluso si es de tu esposa o de tus hijos, trata de superarlo con argumentos y no por la autoridad, la victoria que depende de la autoridad es irreal e ilusoria.

5 . No tengas respeto por la autoridad de otros, porque siempre hay autoridades contrarias que se pueden encontrar.

6. No uses el poder para reprimir opiniones que tú piensas que son perniciosas, pues si lo haces las opiniones te reprimirán a ti.

7. No temas ser excéntrico en tus opiniones, pues toda opinión ahora aceptada alguna vez fue excéntrica.

8. Busca más placer en el disenso inteligente que en el acuerdo pasivo, ya que, si valoras la inteligencia como se debe, el primero implica un acuerdo más profundo que el segundo.

9. Sé escrupulosamente veraz, aun cuando la verdad sea incómoda, porque es más incómodo intentar ocultarla.

10. No sientas envidia de la felicidad de aquellos que viven en un paraíso de tontos, pues solo un tonto cree que eso es la felicidad.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo.

Zaragoza. Psicoterapeuta. 

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miércoles, 12 de agosto de 2020

Winnicott: Espacio Transicional y Creatividad

 


En el juego, y solo en él, pueden el niño o el adulto crear y usar toda la personalidad, y el individuo descubre su persona solo cuando se muestra creador”.

-Donald Winnicott

Winnicott plantea a la creatividad como capacidad humana innata, como la condición de estar vivo.
Sitúa el primer acto de creación en el humano en una fase temprana, en los primeros meses de vida, cuando se va produciendo el distanciamiento entre la madre y el bebé, cuando se abre un espacio transicional.
En este espacio el bebé es llamado a crear un sustituto ante la falta del objeto de satisfacción, valga aclarar, la madre que satisface sus necesidades corporales. En la fantasía del bebé, ese objeto sustituto, objeto transicional, tiene la capacidad de calmar las necesidades del bebé, y las ansiedades y temores que pueden despertar la ausencia de la madre.
Este es un fenómeno transicional, que se desarrolla en una zona intermedia, entre el exterior y el interior de la realidad psíquica del bebé.
El objeto transicional constituye la primera posesión no-yo, responde a la sensación de omnipotencia del bebé, que se considera capaz de dotar de vida a los objetos que crea.
Winnicott desarrolló esta idea, y la amplió usando la expresión “experiencia cultural”.
Sin saber si iba a poder definir el concepto de cultural, puso  el acento sobre la experiencia.
Al usar el vocablo cultural, pensaba en la tradición heredada, en que hay algo que está contenido en el conjunto común de la humanidad, a lo cual pueden contribuir los individuos y los grupos de personas, y que todos podemos usar si tenemos algún lugar en que poner lo que encontremos.
Para él, el juego recíproco entre la originalidad y la aceptación de la tradición como base para la inventiva es un ejemplo más, del que se desarrolla entre la separación y la unión.
Afirmaba que los mismos fenómenos que representan la vida y la muerte para los pacientes esquizoides aparecen en las experiencias culturales.
Las experiencias culturales son las que aseguran la continuidad de la raza humana, que va mas allá de la existencia personal, constituyen una continuidad directa del juego.
La tesis principal de Winnicott sobre este tema, es que el lugar de ubicación de la experiencia cultural es el espacio potencial que existe entre el individuo y el ambiente, que en los primeros meses del bebé es el objeto.
La utilización de ese espacio está determinada por las experiencias vitales que surgen en las primeras etapas de su vida, facilitadas por una “madre lo suficientemente buena” que sea capaz que llevar a cabo un adecuado sostén emocional y manipulación (holding y handling) del bebé.
Desde el principio, el bebé vive experiencias de máxima intensidad en el espacio potencial que existe entre el objeto subjetivo y el objeto percibido en forma objetiva, entre las extensiones del yo y el no-yo.
Ese espacio se encuentra el en juego recíproco entre el no existir otra cosa que yo y el existir de objetos y fenómenos fuera del control omnipotente.
Este espacio potencial se da sólo en relación con los sentimientos de confianza del bebé, de confianza vinculada con la confiabilidad materna o de los elementos ambientales, siendo la confianza la prueba de la confiabilidad que comienza a ser introyectada.
El espacio potencial puede llegar o no a destacarse como zona vital de la vida mental de la persona en el desarrollo.
Esto depende de que la madre haya sido capaz de generar las condiciones favorables, y de acercarle al bebé el objeto de creación.
Winnicott plantea que el “niño privado” es inquieto y posee una capacidad empobrecida para la experiencia cultural. La falta de confiabilidad o la perdida del objeto significan la perdida de la zona de creación, y la perdida del símbolo significativo.
En circunstancias favorables, el espacio potencial se llena de los productos de la imaginación creadora. La confianza esta basada en la experiencia, en el momento de total dependencia, y determina lo que va a llamar “tercera zona”: la capacidad de jugar, que se ensancha en el vivir creador, y en toda la vida cultural del hombre.
Rodrigo Córdoba Sanz. Zaragoza Psicólogo. N° Col.: A-1324 Psicoterapeuta.
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lunes, 10 de agosto de 2020

El hombre que busco en el absurdo



El escenario de El hombre en busca de sentido se dibuja sobre el hediondo paisaje de la vida en los campos de concentración nazis. Enfocar esa tragedia en su conjunto amortigua el impacto de la turbación y es capaz de mitigar la sensación de crueldad del Holocausto. Al contemplar el honroso cementerio de Auschwitz, con sus hileras de tumbas en perfecta simetría, solo parecen albergar oleadas de personas recordadas con una dignidad póstuma, tras una muerte (aparentemente) sin sentido. Sin embargo, el panorama cambia radicalmente si, ante cada tumba, el espectador juega con la imaginación y percibe un sinfín de vidas malogradas: en ese hueco podría yacer una persona que, en plenitud de energías, emprendía un prestigioso proyecto profesional…; aquí una madre muerta con la angustia por la suerte de unos hijos arrancados de su regazo…; allá —cercanos— un matrimonio, que tras sortear los avatares de una larga existencia, esperaban con sosiego el envejecer juntos…; más allá, a una joven le abortaron los sueños de un feliz matrimonio…; más allá todavía, el cuerpo inerme de un niño o una niña que aún conserva la sonrisa, helada, de una vitalidad en expansión… Si se suma el conjunto de ese dolor oculto y escondido, más la ignominia, se obtiene el genuino sufrimiento y la barbarie de los campos de concentración.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Zaragoza

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sábado, 8 de agosto de 2020

Gueshe Kelsang

 

El venerable Gueshe Kelsang Gyatso es un maestro de meditación completamente realizado y un reconocido maestro de budismo.

Gueshe-la, como afectuosamente lo llaman sus estudiantes, es el responsable de la difusión a nivel mundial del budismo kadampa en la actualidad.

A partir de los ocho años de edad Gueshe-la estudió extensamente en las grandes universidades monásticas del Tíbet y obtuvo el título de Gueshe, que significa ´amigo espiritual´. Bajo la dirección de su Guía Espiritual, Triyhang Rimpoché, permaneció durante dieciocho años haciendo retiros de meditación a los pies del Himalaya.

En 1977 aceptó una invitación para impartir enseñanzas en el Manjushri Kadampa Meditation Centre en Inglaterra, donde ha vivido desde entonces guiando a un grupo cada vez más numeroso de discípulos.

Cada año, Gueshe-la imparte enseñanzas y confiere iniciaciones en festivales kadampas internacionales a los que asisten miles de personas procedentes de todo el mundo.

Ha publicado una serie de libros excepcionales sobre budismo y meditación, desde introducciones básicas hasta avanzados textos filosóficos y manuales de meditación.

Gueshe-la ha diseñado tres programas especiales de estudio y establecido centros y grupos en diversas ciudades del mundo. Además ha formado a cientos de maestros cualificados y creado una floreciente comunidad de monjes y monjas. También ha diseñado un proyecto para construir templos budistas en las ciudades más importantes del mundo.

En sus enseñanzas, Gueshe Kelsang hace hincapié en la importancia de la meditación y cómo aplicarla en la vida diaria, en la necesidad de ser verdaderamente felices y en cultivar un buen corazón para poder ayudar a los demás –y él mismo muestra estas cualidades en su propia vida–.

Debido a que enseña a partir de su propio ejemplo, este extraordinario maestro es fuente de inspiración para numerosas personas procedentes de muchos países.

Es un humilde monje budista dedicado a ayudar a personas de todo el mundo a encontrar verdadera felicidad en su corazón.


Rodrigo Córdoba Sanz. Zaragoza.

N°Col.: A-1324 Aragón. Psicoterapeuta

Presencial/Online Teléfono: 653 379 269

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martes, 4 de agosto de 2020

Catherine Malabou



En mayo de 1743, llegó a Mesina una nave de Corfú que transportaba cuerpos de tripulantes muertos por una misteriosa enfermedad.  El barco y la carga se quemaron, pero poco después se observaron casos de una nueva y extraña enfermedad en el hospital y en las partes más pobres de la ciudad; y en el verano se desarrolló una espantosa epidemia de peste que mató a entre cuarenta y cincuenta mil personas y luego desapareció antes de propagarse a otras partes de Sicilia. Rousseau viajaba de París a Venecia y se vio obligado a detenerse en Génova a causa de la epidemia. Narra su cuarentena en Las Confesiones (1782):

«Era el tiempo en que reinaba la peste en Mesina; la flota inglesa allí anclada visitó el buque en que yo iba, lo que nos valió un a cuarentena de veinte y un días, al llegar a Génova después de una larga y penosa travesía.

Dieron a escoger a los pasajeros entre pasarla a bordo o en el lazareto, donde nos previnieron que no hallaríamos más que paredes, pues no habían tenido tiempo para amueblarlo. Todos se quedaron en el buque. Lo insoportable del calor, la falta de espacio, la imposibilidad de andar y la miseria me hicieron preferir el lazareto a todo trance. Fui conducido a un gran edificio de dos pisos enteramente vacío, donde no hallé ventana, ni mesa, ni cama, ni silla, ni siquiera un mal taburete para sentarme, ni un haz de paja donde reclinarme. Trajéronme mi capa, mi saco de noche y mis dos maletas; cerraron tras de mí enormes puertas con grandes cerrojos, y yo quedé allí dueño de pasearme a mi antojo de cuarto en cuarto y de uno a otro piso hallando por todas partes la misma soledad e idéntica desnudez.

Con todo esto no me arrepentí de haber escogido el lazareto con preferencia al buque; y, como un nuevo Robinson, me dediqué a arreglarme para los veinte y un días, como si fuese para toda la vida. Lo primero que tuve que hacer fue librarme de los piojos que se me habían pegado a bordo; cuando, a vueltas de cambiar de ropa interior y exterior, hube al fin logrado quedar limpio, procedí a amueblar el cuarto que había escogido. Me arreglé un buen colchón con mis chupas y mis camisas, sábanas con varias servilletas cosidas, un cobertor con mi bata, y con mi capa arrollada un a almohada. Me sirvió de silla una maleta puesta de plano y de mesa otra, puesta de canto. Formé con papel un escritorio, y dispuse una docena de libros que llevaba en forma de biblioteca. En una palabra, me arreglé tan bien que, exceptuando las cortinas y las ventanas, me hallaba casi tan cómodamente en ese lazareto enteramente vacío, como en mi juego de pelota de la calle Verdelet.

Me servían la comida con mucha pompa; venía escoltada por dos granaderos con bayoneta calada; mi comedor era la escalera, la meseta me servía de mesa y el peldaño inferior de silla; cuando estaba la comida, y en el acto de retirarse, tocaban una campanilla para advertírmelo. Entre comida y comida, cuando no leía ni escribía o no trabajaba en el ajuar, me iba a dar un paseo por el cementerio de los protestantes, que me servía de patio, o subía a una linterna que daba al puerto, desde donde podía ver entrar y salir los buques. Así pasé catorce días […]”[1]

Cuando me dijeron, como al resto de la humanidad, que «me quedara en casa» por la pandemia, recordé inmediatamente este pasaje de Las Confesiones. Mientras que todos sus compañeros de infortunio eligieron permanecer confinados juntos en un barco, Rousseau decidió en cambio ser encerrado en el lazareto. Un lazareto es un hospital para los afectados por enfermedades contagiosas. Un felucca, o velero del Mediterráneo, también podía ser apartado para fines de cuarentena. Obviamente, las dos posibilidades se ofrecían a los viajeros de Génova, y Rousseau pensó que era mejor dejar el barco y quedarse por su cuenta en el edificio.
 


Uno puede leer este episodio centrándose únicamente en la idea de la elección: ¿Qué es lo mejor en un tiempo de confinamiento? ¿Estar en cuarentena con otras personas? ¿O estar en cuarentena sola? Debo decir que pasé algún tiempo preguntándome sobre tal alternativa. Si hubiera podido elegir entre las dos opciones, ¿qué habría hecho? (Estoy sola, por cierto, refugiada en aislamiento casi total en Irvine, California.)

Hay algo más quizás más profundo en este pasaje, que es que la cuarentena solo es tolerable si te pones en cuarentena de ella; si te pones en cuarentena dentro de la cuarentena y de ella al mismo tiempo, por así decirlo. El lazareto representa esta cuarentena redoblada que expresa la necesidad de Rousseau de aislarse del aislamiento colectivo, de crear una isla (insula) dentro del aislamiento. Este es quizás el desafío más difícil en una situación de confinamiento: despejar un espacio donde estar solo cuando ya se está separado de la comunidad. Estar encerrado en un barco con unos pocos más, por supuesto, genera un sentimiento de extrañeza, pero el extrañamiento no es la soledad, y la soledad es, en realidad, lo que hace soportable el confinamiento. Y esto es cierto incluso si uno ya está solo. Me di cuenta de que lo que hacía que mi aislamiento fuera extremadamente angustioso era, de hecho, mi incapacidad de encerrarme en mí misma. Encontrar este punto insular donde podía ser mi yo (en dos palabras). No hablo aquí de autenticidad, simplemente de esta desnudez radical del alma que permite construir una morada en la propia casa, hacerla habitable localizando el espacio psíquico donde es posible hacer algo, es decir, en mi caso, escribir. Me di cuenta de que la escritura solo se hizo posible cuando llegué a un confinamiento tal dentro del confinamiento, un lugar en el que nadie podía entrar y que al mismo tiempo era la condición para mis intercambios con los demás. Cuando pude sumergirme en la escritura, las conversaciones a través de Skype, por ejemplo, se convirtieron en otra cosa. Eran diálogos, no monólogos velados. La escritura se hizo posible cuando la soledad comenzó a protegerme del aislamiento. Una tiene que desnudarse de todas las coberturas, ropas, cortinas, máscaras y charlas sin sentido que todavía se pegan a su ser cuando uno se separa de los demás. La distancia social nunca es tan poderosa como para despojarse de lo que queda de lo social en la distancia. Refugiarse-en-el-lugar tiene que ser una experiencia radical a lo Robinson Crusoe, una experiencia que le permita a una construir un hogar de la nada. Para empezar de nuevo. O para recordar.
 


Me pregunto si Foucault, al final de su vida, no se volcó a la ética de sí —cuidado de sí, tecnologías del yo, gobierno de sí— por la misma necesidad. La urgencia de labrarse un espacio para sí mismo dentro del aislamiento social con el que el SIDA le amenazaba insidiosamente. Tal vez Foucault buscaba su isla, su tierra absoluta (ab-solutus) donde habría encontrado el valor de hablar y escribir antes de morir. Aquellos que han visto en sus últimos seminarios una retirada individualista y nihilista de la política no han captado absolutamente nada.

Sabemos que Karl Marx se burlaba de las robinsonadas del siglo XVIII como la de Rousseau. Marx dijo que el origen de lo social no puede ser de ninguna manera un estado de la naturaleza donde hombres aislados finalmente llegan a reunirse y formar una comunidad. La soledad no puede ser el origen de la sociedad.

Esto puede ser cierto, pero creo que es necesario saber encontrar la sociedad dentro de una misma para entender lo que significa la política. Admiro a aquellos que son capaces de analizar la crisis actual causada por la pandemia del covid-19 en términos de política global, capitalismo, estado de excepción, crisis ecológica, relaciones estratégicas entre China y Rusia, etc. Personalmente, en este momento, estoy por el contrario tratando de ser una «individua». Esto, una vez más, no es por ningún individualismo sino porque pienso por el contrario que una epochè, una suspensión, un paréntesis de socialidad, es a veces el único acceso a la alteridad, una manera de sentirse cerca de todas las personas aisladas de la Tierra. Por eso intento ser lo más solitaria posible en mi soledad. Esa es la razón por la que también habría elegido el lazareto.

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[1] Jean Jacques Rousseau, Las Confesiones, trad. castellana Álvaro G. Gil (París: Garnier) 1: 352-353.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Zaragoza

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