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domingo, 3 de agosto de 2014

"La equivocación del sujeto supuesto saber"


Jacques Lacan. "La equivocación del sujeto supuesto saber"

(14 de diciembre de 1967)


Qué es el inconsciente? La cosa todavía no ha sido comprendida.

Habiendo sido el esfuerzo de los psicoanalistas, durante décadas, tranquilizar acerca de este descubrimiento, el más revolucionario que haya existido para el pensamiento, y considerar su experiencia como su privilegio -es cierto que lo adquirido seguía siendo de apreciación privada-, las cosas llegaron al punto en que sufrieron la recaída que les provocó este esfuerzo mismo, por estar motivado en el inconsciente: al haber querido tranquilizarse ellos mismos acerca de él, lograron olvidar el descubrimiento. Les fue mucho más fácil en la medida en que el inconsciente nunca desorienta mejor que al ser cogido in fraganti, pero sobre todo omitieron darse cuenta de lo que Freud, empero, había denotado sobre él: que su estructura no dependía de ninguna representación, siendo más bien su costumbre tan sólo tenerla en cuenta para con ella enmascararse (Rücksicht auf Darstellbarkeit). La política que supone toda provocación en un mercado sólo puede ser falsificación: se la proporcionaba entonces inocentemente, en ausencia del socorro de las "ciencias humanas". De este modo no se sabía que querer volver tranquilizante el Unheimlich era hacer una, siendo el inconsciente, por su naturaleza, muy poco tranquilizador. Admitida la cosa, todo viene bien para servir de modelo que dé cuenta del inconsciente: el pattern del comportamiento, la tendencia instintiva, incluso la huella filogenética en la que se reconoce la reminiscencia de Platón -el alma aprendió antes de nacer-, la emergencia evolutiva que falsea el sentido de las fases llamadas pregenitales (oral, anal) y que despista al impulsar a lo sublime el orden genital...


Hay que escuchar a la superchería analítica darse cuenta al respecto: de modo inesperado Francia se distinguió en este punto al llevarla hasta el ridículo. Se corrige porque se sabe todo lo que puede encubrirse así: dado el caso, el menos discreto, la coprofilia. Agreguemos a la lista la teología, para escindir los fines de la vida de los fines de la muerte. Todo esto por no ser más que representación, intuición siempre ingenua y, por qué no decirlo, registro imaginario, indudablemente es aire que infla el inconsciente para todos, incluso canción que despierta las ganas de verlo en alguno. Pero es también estafar a cada quien de una verdad que espejea al ofrecerse tan sólo en falsas capturas. ¿Pero diablos, se me dirá, demostradas falsas en qué pues?. Simplemente en la incompatibilidad en que el engaño del inconsciente se denuncia, en la sobrecarga retórica con que Freud lo muestra argumentar. Estas representaciones se suman, como se dice del caldero, cuyo daño se descarta pues no me fue prestado: 1) pues, cuando lo tuve, ya estaba agujereado, 2) pues estaba perfectamente nuevo, 3) en el momento de devolverlo. Y métete eso que me muestras donde quieras. De todos modos no cosecharemos del discurso del inconsciente la teoría que de él da cuenta. Que el apólogo de Freud cause risa, prueba que da en el clavo. Pero no disipa el oscurantismo que lo relega al rango de pasatiempo. Fue así como hice bostezar durante tres meses a mi auditorio, al descolgar la araña con la que creí haberlo iluminado de una vez por todas, demostrándole en el Witz de Freud (chiste se lo traduce) la articulación misma del inconsciente. No fue elocuencia lo que me faltó, créaseme, ni, me atrevo a decirlo, el talento. Palpé allí la fuerza cuyo resultado es el Witz sea desconocido para el batallón de los Institutos de psicoanálisis, que el "psicoanálisis aplicado" fuese asunto de Ernst Kris, el no médico del trío neoyorquino, y que el discurso sobre el inconsciente sea un discurso condenado: que sólo se sostiene, en efecto, desde el puesto sin esperanza de todo metalenguaje. Falta decir aún que los astutos lo son menos que el inconsciente y esto es lo que sugiere el oponerlo al Dios de Einstein. Se sabe que ese Dios para nada era para Einstein una forma de expresarse, más bien hay que decir que lo palpaba a partir de lo que se imponía: ciertamente era complicado, pero no deshonesto. Esto quiere decir que lo que Erinstein considera en la física (y éste es un hecho de sujeto) su partenaire, no es mal jugador, ni siquiera es jugador, nada hace para despistarlo, no se las da de listo. ¿Basta acaso fiarse del contraste del que se deduciría, señalémoslo, hasta que punto el inconsciente es más simple; y porque engañe a los astutos, hay que considerar que es más hábil que nosotros en lo que creemos conocer muy bien bajo el nombre de deshonestidad? Aquí es donde hay que ser prudente. No basta con que sea taimado o al menos que lo parezca. Los novatos llegan rápidamente a esta conclusión, resultando luego recargada toda su deducción. ¡A Dios gracias! Para aquellos con quien tuve que vérmelas tenía yo a mi alcance la historia hegeliana, llamada de la astucia de la razón, para hacerles ver una diferencia que quizás nos permita comprender por qué están perdidos de antemano. Observemos lo cómico -nunca se los señalé, pues con las disposiciones que acabamos de verles, ¿dónde habría terminado todo esto?-, lo cómico de esa razón que necesita de esos rodeos interminables ¿para llevarnos hasta qué? Hasta lo que se designa por el fin de la historia como saber absoluto. Recordemos aquí la irrisión de un tal saber que pudo forjar el humor de un Queneau, por haberse formado en Hegel en los mismos pupitres que yo, o sea su "domingo de la vida" o el advenimiento del holgazán y del vago, ¿mostrando en una pereza absoluta el saber apropiado para satisfacer al animal?, o solamente la sabiduría que la risa sardónica de Kojève, que fue maestro de ambos, autentifica.Atengámonos a este contraste: la astucia de la razón al fin pone sus cartas sobre la mesa. Esto nos remite a algo que mencionamos un poco a la ligera. Si la ley de la naturaleza (Dios de la física) es complicada, ¿cómo puede ser que sólo la alcancemos al jugar la reglas del pensamiento simple, a la que entendemos así: la que no redobla su hipótesis de modo que ninguna de ellas sea superflua? ¿Lo que así asumió la imagen del filo de la navaja en la mente de Occam, no nos permitiría, gracias a lo mucho que sabemos, rendir homenaje al inconsciente por un filo que, en suma, se reveló bastante tajante? Esto nos introduce mejor quizás a ese aspecto del inconsciente por el cual éste no se abre si primero no se cierra. ¿Se vuelve entonces más coriáceo a una segunda pulsación? La cosa es clara a partir de la advertencia donde Freud previó tan bien lo que comenzamos por destacar acerca del agravamiento de la represión que se produjo en la clínica media, fijándose en sus discípulos para agregarle al suyo, con una propensión mucho mejor intencionada, en la medida en que era menos intencional, a ceder a lo irresistible del conductismo para forjar ese camino. El presente comentario permite percatarse de lo que se formula, al menos para quien lee a Freud en nuestra escuela: que la disciplina conductista se define por la negación (Verneinung) del principio de realidad. ¿No es esto dar lugar a la operación de la navaja, subrayando que mi polémica aquí, al igual que en otros lados, no es digresiva, para demostrar que es en la juntura misma del psicoanálisis con el objeto que él suscita donde el psicoanalista abre su sentido por ser su desecho práctico?

 Puesto que, donde parece que denuncio como traición la carencia del psicoanalista, ciño la aporía con la que articulo este año el acto psicoanalítico. Acto que fundo en una estructura paradójica pues en él el objeto es activo y el sujeto subvertido, y donde inauguro el método de una teoría en tanto ésta no puede, con toda corrección, considerarse irresponsable de los hechos que se comprueban en una práctica. Así, en el punto sensible de la práctica que hizo palidecer al inconsciente, ahora tengo que evaluar su registro. Para ello es necesario lo que diseño de un proceso anudado por su propia estructura. Toda crítica que fuese nostalgia de un inconsciente en su primera flor, de una práctica en su audacia todavía salvaje, sería ella misma puro idealismo. Simplemente nuestro realismo no implica el progreso en el movimiento que se dibuja con la simple sucesión. No lo implica en modo alguno, pues lo considera como una de las fantasías más groseras de lo que merece ser clasificado como ideología de cada época, aquí como efecto de mercado en tanto que es supuesto por el valor de cambio. Es necesario que el movimiento del universo del discurso sea presentado al menos como el crecimiento a interés compuesto de una renta de inversión. Sin embargo, cuando no hay idea de progreso, ¿cómo apreciar la regresión, la regresión del pensamiento naturalmente? Observemos incluso cómo esta referencia al pensamiento está puesta en tela de juicio mientras no esté definida, pero tampoco podemos definirla hasta tanto no hayamos respondido a la pregunta qué es el inconsciente. Pues el inconsciente, lo primero que se puede decir de él, lo que quiere decir su: lo que es, el quod est, en tanto es el sujeto de todo lo que puede serle atribuido, es lo que, en efecto, Freud dice en primer término sobre él: son pensamientos. Asimismo, el término regresión del pensamiento tiene aquí, de todos modos, la ventaja de incluir la pulsación indicada por nuestros preliminares: o sea, ese movimiento de retiro depredador cuya succión vacía de algún modo las representaciones de su implicación de conocimiento, esto, a veces, según la propia confesión de los autores que se jactan de este vaciamiento (conductista o mitologizante en el mejor de los casos), otras por sólo sostener la burbuja al rellenarla con la "parafina" de un positivismo menos adecuado todavía aquí que en otros lados (migración de la libido, pretendido desarrollo afectivo). La reducción del inconsciente a la inconciencia procede del movimiento mismo del inconsciente, donde el momento de la reducción se escabulle por no poder medirse al movimiento como su causa. Ninguna pretensión de conocimiento sería apropiada aquí, ya que ni siquiera sabemos si el inconsciente tiene ser propio, y es por no poder decir "eso es" que se lo llamó con el nombre de "eso" (Es en alemán, o sea: eso, en el sentido en que se dice "eso anda" o "eso patina"). De hecho, el inconsciente "no es eso", o bien "es eso, pero sin valor". Nunca a las mil maravillas. "Soy un tramposo de oficio", dice un niñito de cuatro años acurrucándose en los brazos de su progenitora ante su padre, quien acaba de responder "Eres lindo" a su pregunta "¿por qué me miras?" Y el padre no reconoce allí (aunque el niño haya fingido en el intervalo haber perdido el gusto de sí desde el día en que habló) el impasse que él mismo intenta sobre el Otro, jugando al muerto. Le toca al padre que me lo dijo, el escucharme o no. Imposible volver a encontrar el inconsciente sin arremeter con todo porque su función es borrar el sujeto. De allí los aforismos de Lacán: "El inconsciente está estructurado como un lenguaje" o también: "El inconsciente, es el discurso del Otro". Esto recuerda que el inconsciente no es perder la memoria, es no acordarse de lo que se sabe. Pues hay que decir según el uso del no-purista: "yo me acuerdo de ello" (je m'en rappelle) o sea: me llamo (rappelle) al ser (de la representación) a partir de ello. ¿A partir de qué? De un significante. No me acuerdo más de ello. Eso quiere decir que no me encuentro allí adentro. Esto no me incita a ninguna representación donde se pruebe que habité allí. Esa representación es lo que se llama recuerdo. 
Deslizar allí el recuerdo se debe a la confusión que hubo hasta ahora entre dos fuentes: 1) La inserción del ser vivo en la realidad que es lo que de ella imagina y que puede calibrarse por el modo en que ante ella reacciona; 2) el lazo del sujeto con un discurso del que puede ser suprimido, es decir, no saber que ese discurso lo implica. El formidable cuadro de la amnesia llamada de identidad debería ser edificante en este punto. Hay que implicar aquí que el uso de nombre propio, por el hecho de ser social, no revela que éste sea su origen. De aquí en más puede perfectamente llamarse amnesia el orden de eclipse que se suspende a su pérdida: en él el enigma se distingue aún mejor, pues el sujeto no pierde para nada el beneficio de lo aprendido. Todo lo tocante al inconsciente sólo juega sobre efectos de lenguaje. Es algo que se dice, sin que el sujeto se represente ni se diga allí: sin que se sepa qué dice. Esta no es la dificultad. El orden de indeterminación que constituye la relación del sujeto con un saber que lo supera resulta, puede decirse, de nuestra práctica, que lo implica en la medida en que ella es interpretativa. Pero que pueda haber en él un decir que se diga sin que uno (on) sepa quién lo dice, es precisamente lo que se le escapa al pensamiento, es una resistencia ón-tica, una resistencia gesticulante. (Juego con la palabra on en francés, de la que hago, no sin razón, un soporte del ser, un óv, un ente y no la figura de la omnitud: en suma el sujeto supuesto al saber). Si on, uno, la omnitud, acabó acostumbrándose a la interpretación, lo hizo mucho más fácilmente en la medida en que desde hace añares la religión la habituó a ella. Incluso es de este modo con cierta obscenidad universitaria, la que se denomina hermenéutica, hace su agosto con el psicoanálisis. En nombre del pattern y del filos ya evocado, del patrón-amor que es la piedra filosofal del fiduciario intersubketivo y sin que nadie se haya detenido nunca en el misterio de esta heteróclita Trinidad, la interpretación brinda amplia satisfacción... apropósito, ¿a quién? Ante todo al psicoanalista que despliega en ella el moralismo bendecidor cuyas intimidades acabo de exponer. Es decir, que se cubre por actuar siempre en función del bien: conformismo, herencia y fervor reconciliador constituyen la triple mama que éste ofrece al pequeño número de quienes, por haber oído su llamado, ya son elegidos. Así, las piedras con las que tropieza su paciente no son más que los adoquines de sus propias buenas intenciones, modo, sin duda, para el psicoanalista de no renegar de la esfera de influencia del infierno a la que Freud se había resignado (Si nequeo flectere Superos...). Pero no es quizá con esta pastoral, con estas palabras de pastoril poesía como Freud procedía. Basta con leerlo. Que haya llamado mitología a la pulsión, no quiere decir que no haya que tomar en serio lo que en ella muestra. Lo que en ella se demuestra, diremos más bien nosotros, es la estructura de ese deseo que Spinoza formuló como la esencia del hombre. Ese deseo que de la desideración que confiesa en las lenguas romances, sufre aquí la deflación que lo devuelve a su deser. Si el psicoanalista dio en el punto justo, por su inherencia a la pulsión anal, pues el oro es mierda, es bastante bufo verlo calmar esa llaga en el flanco que es el amor, con la pomada de lo auténtico, cuyo oro es fons et... origo.
Por eso el psicoanalista ya no interpreta como en la belle époque, se sabe. Porque él mismo mancilló su fuente viva. Pero comoo es necesario que camine erguido, desteta, es decir corrige el deseo e imagina que desteta (frustración, agresión, ..., etc.). Castigat mores, diremos: ¿riendo? No, ¡desafortunadamente!, sin reír: castra las costumbres de su propio ridículo. Remite la interpretación a la transferencia, lo que nos lleva a nuestro uno (on). Lo que el psicoanalista de hoy le ahorra al psicoanalizante es, precisamente, lo que antes dijimos: no es lo que le concierne, que está dispuesto a tragarse de inmediato, pues le dan las formas, las formas de la poción... Abrirá gentilmente su piquito de besito, lo abrirá no lo abrirá. No, lo que el psicoanalista encubre, porque con ello se cubre, es que algo pueda decirse sin que ningún sujeto lo sepa. Mené, mené, thékel, oupharsin. Si eso aparece en la pared para que todo el mundo lo lea,, eso echa por tierra un imperio. La cosa es trasladada al lugar preciso. Pero, sin siquiera tomar nuevo aliento, se atribuye la farsa al Todo-Poderoso, en forma tal que el agujero se vuelve a cerrar con el golpe mismo con que se lo produce; y ni siquiera se cuida de que por este artificio el estruendo mismo sirva de bastión al deseo mayor, el deseo de dormir. Aquel del que Freud hace la instancia última del sueño. Sin embargo, ¿no podríamos percatarnos de que la única diferencia, esa diferencia que reduce a la nada aquello de lo que difiere, la diferencia de ser, ésa sin la cual el inconsciente de Freud es fútil, que se opone a todo lo que antes suyo se produjo bajo el label de inconsciente, pues señala claramente que un saber se libra desde un lugar que difiere de toda aprehensión (prise) del sujeto, pues sólo se entrega en aquello que es la equivocación (méprise) del sujeto? El Vergreifen [cf. Freud: la equivocación (méprise) es su término para los actos sintomáticos], superando la Bergriff (la aprehensión o la prise), promueve una nada que se afirma y se impone debido a que su negación misma la indica en la confirmación que no faltará de su efecto en la secuencia. Súbitamente surge una pregunta por aparecer la respuesta que la preveía al ser su(b)-puesta. El saber que sólo se libra a la equivocación del sujeto: ¿cuál puede ser el sujeto que lo supiese antes? Por más que podamos muy bien suponer que el descubrimiento del número transfinito se abrió debido a que Cantor tropezó al manosear decimales diagonalmente, no por ello llegamos a reducir la pregunta acerca del furor que su construcción desencadena en un Kroenecker. No obstante, esta pregunta no debe enmascararnos otra que concierne al saber así surgido: ¿dónde puede decirse que esperaba el número transfinito, como "nada más que saber", al que resultaría su descubridor? ¿Si no es en ningún sujeto, es en algún uno (on) del ser? El sujeto supuesto al saber, Dios mismo para llamarlo con el nombre que le da Pascal, cuando se precisa su contrario: no el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacobo, sino el Dios de los filósofos, despojado aquí de su latencia en toda teoría. Teoría, ¿sería el lugar en el mundo de la teo-logía? De la cristiana seguramente desde que ella existe, gracias a lo cual el ateo se nos presenta como quien más se aferra a ella. Lo sospechábamos: y que ese Dios estaba un poco enfermo. No lo volverá más animoso una cura de ecumenismo ni, me temo, el Otro con una A mayúscula en francés, el de Lacan. Convendría separarla de la Dio-logía, cuyos Padres se despliegan desde Moisés a James Joyce, pasando por Meister Eckhart, pero cuyo lugar, nos parece, es nuevamente Freud quien mejor lo marca. Como lo dije: sin ese lugar marcado, la teoría psicoanalítica se reduciría a lo que es, para mejor o para peor, un delirio de tipo schreberiano; Freud no se engañó al respecto y no vacila en reconocerlo (cf. precisamente su "caso Schreber"). Ese lugar de Dios-el-Padre es el que designé como Nombre-del-Padre y el que me proponía ilustrar en lo que debía ser el decimotercer año de mi seminario (mi undécimo en Sainte-Anne) cuando un pasaje al acto de mis colegas psicoanalistas me forzó a ponerle punto final después de mi primera lección. Nunca retomaré ese tema, pues veo en él que ese sello no podría aún ser abierto por el psicoanálisis. En efecto, la posición del psicoanalista está suspendida a una relación muy hiante. Pero no sólo a ella, pues se le requiere que construya la teoría de la equivocación esencial del sujeto en la teoría: lo que llamamos el sujeto supuesto al saber. Una teoría que incluye una falta que debe volverse a encontrar en todos los niveles; inscribirse aquí como indeterminación, allí como certeza y formar el nudo de lo ininterpretable; en ella me esfuerzo, sin dejar de experimentar su atopia sin precedentes. La pregunta aquí es: ¿qué soy yo para osar una tal elaboración? La respuesta es sencilla: un psicoanalista. La respuesta es suficiente, si se limita su alcance a lo que tengo de un psicoanalista: la práctica. Ahora bien, es precisamente en la práctica donde el psicoanalista debe estar a la altura de la estructura que la determina, no en su forma mental, ¡por desgracia! Allí justamente se encuentra el impasse, pero en su posición de sujeto en tanto que inscrita en lo real: una tal inscripción es lo que define propiamente el acto. En la estructura de la equivocación del sujeto supuesto al saber, el psicoanalista (pero ¿quiés es y dóde está y cuándo está, agote usted la lira de las categorías, es decir, la indeterminación de su sujeto, el psicoanalista?), no obstante, debe encontrar la cereza de su acto y la hiancia que hace su ley. ¿Llegaré acaso a recordarles, a quienes algo saben de esto, la irreductibilidad de lo que queda de ello al final del psicoanálisis y que Freud indicó (en Análisis terminable e interminable) bajo los términos de castración, incluso de envidia del pene? ¿Acaso puede evitarse que dirigiéndome a una audiencia a la que nada prepara para esta intrusión del acto psicoanalítico, pues ese acto sólo se le presenta bajo disfraces que lo degradan y desvían, el sujeto que mi discurso delimita, no siga siendo lo que es para nuestra realidad de ficción psicologizante: en el peor de los casos el sujeto de la representación, el sujeto del obispo de Berkeley, punto muerto del idealismo; en el mejor, el sujeto de la comunicación, de lo intersubjetivo del mensaje y de la información, inútil incluso como contribución a nuestro problema? Aunque hayan llegado al punto de decirme, para que acuda a este encuentro, que era popular en Nápoles, no puedo ver en el éxito de mis Escritos más que el signo de que mi trabajo emerge en este momento del presentimiento univeersal, que resulta de otras emergencias más opacas. Esta interpretación es sin duda justa, si se comprueba que este eco produce más allá del campo francés, donde esta acogida se explica mejor por la exclusión en la que la mantuve durante veinte años. Desde la publicación de mi libro, ningún crítico cumplió con su oficio, que es el dar cuenta, salvo uno llamado Jean-Marie Auzias, en uno de esos libritos de morondanga cuyo bajo costo no disculpa las negligencias tipográficas, que se llama: Claves del estructuralismo, en el que se me consagra el capítulo IX y usa mi referencia en los restantes. Jean-Marie Auzias, repito, es un crítico estimable, avis rara. A pesar de su caso, sólo espero de aquellos a quienes aquí hablo que confirmen el malentendido. Retengan al menos lo que testimonia este texto que ofrezco a vuestro ingenio: que mi empresa (enterprise) no supera el acto del que está presa (prise) y que, por ende, su única posibilidad es la de la equivocación (meprise). Y aún habría que decir del acto analítico que por ser, desde su revelación original, el acto que nunca triunfa tan bien como cuando es fallido, esta definición no implica (al igual en otras partes que en nuestro campo) la reciprocidad, noción tan cara a la divagación psicológica. Esto quiere decir que no basta con que fracase para triunfar, el mero malogro no abre la dimensión de la equivocación aquí en cuestión. Cierto retraso del pensamiento en el psicoanálisis -dejando a los juegos de lo imaginario todo lo que puede proferirse de una experiencia continuada en el lugar en que Freud la hizo- constituye un malogro sin un plus de significación. Por eso toda una parte de mi enseñanza no es acto analítico, sino tesis, y la polémica a ella inherente, acerca de las condiciones que redoblan la equivocación propia del acto, con un fracaso de sus incidencias. Al no haber podido cambiar esas condiciones, dejo mi esfuerzo en el suspenso de este fracaso. La falsa equivocación, estos dos términos anudados como en una comedia de Marivaux, encuentran aquí un sentido renovado que no implica ninguna verdad de hallazgo. Es en Roma, como recuerdo de un hito de mi empresa, donde daré mañana, como se pueda, la medida de este fracaso con sus razones. La suerte dirá si está preñado del futuro, que está en manos de aquellos que he formado. Jacques Lacan: "La equivocación del sujeto supuesto saber"


El Psicoanalista Lector

Seminario 11 e "Intersubjetividad"


“(…) la transferencia es por sí sola objeción de la intersubjetividad”. Si hay algo que especifica a la transferencia analítica es justamente que no hay en ella pretensión de intersubjetividad. Esta consiste en gran parte en la búsqueda incesante de realizar la metáfora del amor intercambiando el lugar de objeto a. La constitución de dicho objeto es de vital importancia a los efectos de poder desplegar nuestros goces y ser causados como deseantes, lo que posibilitará el advenimiento del sujeto. Lacan va a proponer en lugar de la intersubjetividad a la intersignificancia. Entiendo a la significancia como la capacidad de los significantes para entrar en discurso combinándose entre ellos. Y a la intersignificancia como a aquellas combinaciones en común entre dos o más lalenguas. No habrá por lo tanto un sujeto anterior al discurso sino como efecto del mismo. No hay entonces sujeto que se dirige al analista. Ni sujeto supuesto, ni sujeto que supone. Habrá en todo caso, dos personas, una que habla, el analizante y la otra que escucha, el analista. El primero habrá concurrido creyendo que el segundo lo podrá ayudar a hacer algo con su malestar. Podrá suponer yoicamente que el otro sabe mucho, poquito o nada pero no será esto lo que posibilite o impida el trabajo analítico.
“Un sujeto no supone nada, es supuesto. Supuesto, enseñamos, por el significante que lo representa para otro significante” El sujeto, entonces, no es aquel que se encuentra en posición activa frente al objeto inerte. Debemos “pulir a este sujeto de lo subjetivo”[3]. Es el sujeto que resultará como efecto de la articulación del S1 con el S2, dividido por estar representado por uno para el otro, sin llegar a serlo completamente por ninguno, y en la articulación entre ambos poder solamente señalar su presencia por su ausencia: lo que no es ni uno ni otro, y que se articulará a las especies del objeto a (heces, pecho, mirada, voz) que darán el tono a sus modalidades de goce (siempre parciales) y a su deseo.

Sujeto supuesto Saber


Nuestro Sujeto supuesto Saber, Jacques Alain Miller

Nuestro sujeto Supuesto saber
Intervención de Jacques-Alain Miller en las Jornadas de la ECF de 2006

Aquí está mi proposición para el año próximo, ya es más que una proposición, pues me vi llevado a presentarla anoche en un cenáculo más restringido, la Asamblea General de la Escuela de la Causa freudiana, y recibió una acogida favorable e incluso ha estimulado el inicio, de lo que llamábamos hace un momento, un brain storming. Voy a dar simplemente el título y a hacer algunas consideraciones al respecto. Propongo para las Jornadas de estudio de 2007 el título:

Nuestro sujeto supuesto saber [1].

Di anoche un brevevisimo esbozo, distinguiendo primeramente varios sujetos supuestos al saber [2]. Tres sujetos supuestos al saber... El primer sujeto supuesto saber que encontramos en el análisis es quien viene a encontrarnos, el analizante en perspectiva. Es, al menos, supuesto a saber -y esperamos que nos informe- lo que le lleva a dirigirse a nosotros. De entrada le damos la palabra, nosotros hacemos de hoja blanca, de tabula rasa. A este respecto, el análisis es primeramente un ejercicio de olvido. Tenemos que olvidar, cuando llega un caso nuevo, señalaba Freud, lo que sabemos de los otros casos, este olvido es la condición para que sepamos acoger a quien nos cae delante, pues es la etimología misma de la palabra caso, casus, lo que cae. Bion dice, a su manera, que insistía al analista a olvidar todo, incluso cada sesión pasada, que debía ser novel en cada encuentro. Lacan dice, en su estilo, que la pasión que nos anima es la de la ignorancia –hacer como si no supiéramos- siendo esta ignorancia la condición para que el sujeto supuesto saber pueda instalarse en la sesión analítica. El analista mismo es un sujeto supuesto al saber –es el segundo sujeto supuesto saber. Si no lo fuera, no nos confiaríamos a él. Es supuesto a saber, al menos, lo que quiere verdaderamente decir la confidencia del analizante, o sea, es supuesto a saber interpretar, digamos, hablando en latín, a responder al casus de las formaciones del inconsciente por el saltus, el salto de la interpretación. Este salto de la interpretación es por otra parte central en el ejercicio, llamado, de control: ¿Cuándo hay que saltar sobre la palabra del analizante para hacerlo en el momento oportuno y tener los efectos que esperamos de ello? Este salto de la interpretación engendra una significación que lo podríamos articular así: Tú, analizante, que eres supuesto al saber, no sabes lo que dices. Podríamos localizar allí la función de lo que llamamos las entrevistas preliminares, la introducción del analizante a esta modalidad freudiana de la enunciación que se llama asociación libre y que consiste en desanudar palabra y saber mediante lo cual la palabra viene a anudarse al goce, el goce, sí, de hablar en análisis, este nudo de palabra y goce incluyendo el "no sé lo que digo". Por las entrevistas preliminares, el analizante accede al régimen de "no sé lo que digo pero lo digo a pesar de todo". Este "no sé lo que digo" implica la posición del inconsciente como una potencia de ciframiento –tercer sujeto supuesto saber- que a la vez opaca la intención de decir y al mismo tiempo la desdobla. En el interior de lo que digo con claridad, otra cosa quiere decirse obscuramente, cifrada. Esta es la posición del inconsciente que había llamado ya hace tiempo "El inconsciente interprete" [3]. Se puede incluso decir que el inconsciente interprete es lo que es transferido sobre el analista. Tomamos aquí, conforme a las indicaciones de Lacan, la transferencia como transferencia de saber. ...Haciendo una estructura Ponemos entonces el sujeto supuesto saber en plural. Admitimos que hay tres en juego en la sesión analítica, permitiéndonos desarrollar que la primera suposición es imaginaria, la segunda simbólica y la tercera real. Pero verdaderamente las tres hacen una. Estos tres sujetos supuestos al saber constituyen una estructura, la estructura de lo que llamamos la sesión analítica ya que el psicoanálisis se administra y experimenta bajo el modo de la sesión. ¿Qué comporta esta estructura? Se puede dar razón de ello en el nivel más elemental del discurso, de la cadena significante, por la ruptura introducida entre S1 y S2 –un significante primero y un significante segundo- esta ruptura entre los dos deja al primer significante a falta de interpretación. La interpretación no acaba de a extinguirse en el significante segundo, en el saber explicito, sino que se va al infinito y es la raíz del fenómeno llamado interpretativo, en la psicosis. En psicoanálisis –acordémonos de que Lacan, al inicio de su enseñanza o un poco antes, hablaba del psicoanálisis como de una "paranoia dirigida"[4]- le corresponde al analista volver a enmarcar el eco de verdad que suscita el significante primero, dejado completamente solo, lo que también pone el saber en posición de verdad. Es lo que se produce en esta travesía del sujeto supuesto saber que es una cura analítica: las emergencias de verdad se acumulan en saber, un saber paradojal, estructuralmente supuesto, es decir inexplicable. Esto define la condición misma de posibilidad del ejercicio psicoanalítico. Para que haya psicoanálisis, tiene que ser lícito, permitido –y esto es lo que contrarían los poderes establecidos de otros discursos- ir contra el significante amo, hacerle perder su rango, revelar su pretensión al absoluto, como un semblante y restituirlo a su lugar lo que resulta de la conexión del sujeto del inconsciente sobre el cuerpo, a saber, lo que llamamos con Lacan el objeto (a). Cuando el psicoanálisis da su plena potencia, hace vacilar, para un sujeto, todos los semblantes [5] y organiza su deflación metódica, inclusive del semblante mismo del que procede en tanto que sujeto supuesto saber, ya que este sujeto supuesto saber al final del análisis, después de haber servido, se desvanece. Lo que libera un signo de abertura, quizás de invención o de creatividad, que es al revés de la sentencia del festín de Baltasar. Lo que emerge en lo mejor de los casos es un signo que dice "Todo no está escrito". Una objeción al amo contemporáneo Nuestro arte del sujeto supuesto saber hace objeción al discurso contemporáneo del amo, en la misma medida en que dicho discurso –es un desplazamiento en relación con el amo tradicional- toma su asiento en el saber puesto en posición de semblante absoluto. De este saber como semblante absoluto, que es nuevo, ahora sentimos su peso, su presión, su insistencia. El saber semblante absoluto es este saber cifrado, numérico del que estamos acosados. Hoy en día y por todas partes se interroga incansablemente al sujeto supuesto saber para, diría, hacerle escupir el número. Piensen por ejemplo en la pasión del sondeo, máquina de extracción de cifras a partir de la opinión solicitada y supuesta a declararse en el momento oportuno y con conocimiento de causa. O incluso, los cuestionarios –que están por todas partes y en primer lugar los cuestionarios conductuales, conductistas –que no tiene otro principio que la supuesta opinión trasparente a sí misma. El cuestionario induce a una autoevaluación individual, que supone, que en sí mismo constituye una negación del inconsciente. Ocurre lo mismo dentro de la epidemiología en la salud mental, en que la máquina numérica, que puede ser muy compleja, no hace más que tratar autoevaluaciones, esto es lo que está en su base. La misma medicina está sometida al sujeto supuesto saber numérico: es suficiente con una gota de sangre para extraer de ello valores numéricos. Ocurre lo mismo en política cuando prevalece la democracia: se cuenta primeramente con las opiniones para hacer un sondeo y luego cuando se pasa al acto, si puede decirse, se cuentan los votos y el resultado tiene fuerza de ley. El sujeto supuesto saber democrático es supuesto a hacerse escuchar [6]. La democracia es desde siempre la ley del número, funciona en un régimen de sujeto supuesto saber completamente opuesto al nuestro, dicho régimen del sujeto supuesto saber busca bloquear al nuestro, sitiándolo. Teníamos, hace algunos años, un ejemplo en California, donde se impuso una suerte de nueva molienda del método de Ferenczi donde el paciente exigía la legalidad democrática también con el analista: si le cuento lo que me concierne, usted también tiene que contarme lo que le concierne [7]. No es fácil practicar el psicoanálisis bajo la condición democrática. Esta es la cuestión. La cuestión planteada al analista: ¿Quién te ha hecho rey? ¿Quién te ha hecho analista? Esto, por otra parte, se me hizo presente muy recientemente a través de una llamada telefónica. Al otro lado del hilo, una encantadora voz diciéndome: soy fulanita de tal, jurista del Ministerio de Sanidad. ¿Podría darme los textos legislativos concernientes al psicoanálisis? ¿Cómo ejerce un analista? Le pedí un momento para reponerme y le respondí por correo electrónico, constatando que no había una legislación específica concerniendo al psicoanálisis y que un decreto de aplicación estaba en marcha, pero que se encontraba con ciertas objeciones, que los analistas se forman en asociaciones desde 1901 y que entre estas asociaciones había al menos una declarada de utilidad pública- vemos aquí, por ejemplo, para qué sirve esto Una opacidad necesaria Hemos entrado en guerra. Hemos entrado –se nos ha hecho preciso percibirlo- en una guerra de saber, una guerra entre los sujetos supuestos al saber. Está nuestro sujeto supuesto saber y los de los otros. Y la apuesta es vital para nosotros, pues el sujeto supuesto saber es el nombre del inconsciente en tanto que transferencial. No hay primeramente el inconsciente y después la transferencia. La posición misma de inconsciente, su posición operativa, sostiene la transferencia como transferencia de saber. Freud que ciertamente tenía una interpretación realista del inconsciente, reconocía sin embargo que el inconsciente por estructura es una suposición –la palabra alemana de la que Freud se servía era Annahme y, correlativamente, Lacan dice del síntoma que es una creencia, que existe sólo si lo creemos como el inconsciente existe sólo si lo suponemos. Cuando el amo de hoy en día exige trasparencia y trazabilidad qué podemos alegar sino la opacidad necesaria para nuestra práctica, y ¿el inconsciente entonces no es sino una ruptura a esa trazabilidad, una búsqueda o, como decía Lacan, una equivocación? Por supuesto la maestría no tiene más que desprecio por la equivocación. Sabemos que muchos analistas han cedido al espíritu de nuestros días, gritando a grito pelado que el inconsciente freudiano tenía una realidad que puede ser trazable a nivel neuronal –se espera localizarlo con IRM [8]. En nuestra opinión, es una vía de perdición donde el inconsciente, por supuesto, es de entrada escamoteado. El año próximo tendremos que demostrar el uso que hacemos dentro de nuestra práctica del sujeto supuesto saber para conducir al sujeto analizante a encontrarse dentro del fárrago en el que consiste como sujeto del inconsciente. Será, pues, la exposición de nuestra clínica, clínica del saber y del síntoma, caminando entre la hipótesis y la creencia y en donde el secreto en que se disfraza el saber supuesto deviene agalmático –así, el objeto saber es supuesto inclusive en el análisis. Esto será, el año próximo, nuestra respuesta a los atolladeros de la civilización que Freud había anunciado por su estudio del malestar. Nosotros somos los depositarios y los agentes del sujeto supuesto saber concebido por Freud, articulado como tal por Lacan y que hoy día está establecido en la Escuela de la Causa freudiana como en la Asociación mundial de psicoanálisis. Este sujeto supuesto saber nos corresponde asumirlo, protegerlo, desarrollarlo y esto no marcha, sin duda, sin amarlo un poco.

Notas y Bibliografía
*
Intervención en las Jornadas de estudio de la ECF de 2006, en el curso de la cual J.-A. Miller presenta el tema de las Jornadas siguientes. Trascripción y notas de C. Bonnigue. Texto publicado en la Lettre mensuelle nº 254, enero de 2007.
1-
J.-A. Miller hace referencia a la Asamblea General de la ECF que se mantuvo la noche anterior, en el trascurso de la cual debatió con algunos colegas sobre el tema de las Jornadas de 2007, entre los que citará, particularmente, en orden: Guilles Chatenay, Bernard This y Carlo Vigano.
2-
He mantenido sólo para el matema SsS la expresión sujeto supuesto saber, mientras que he utilizado en otros casos la expresión sujeto supuesto al saber para poder dar un matiz de suposición de saber que puede tener todo su interés (N de la T).
3-
Miller, J.-A.: "El reverso de la interpretación". Revista de La Cause freudiana nº 32, Navarin/Seuil. París, 1996, p.(7-13).
4-
Lacan, J.: "La agresividad en psicoanálisis" en Escritos, Siglo XXI, Buenos Aires, 1990, p. (94-116).
5-
Las jornadas de la ECF de 2000 se desarrollaron bajo el título Cuando los semblantes vacilan, así como el documento de trabajo preparatorio a las Jornadas, aparecido en la revista de La Cause freudienne nº 47, Navarin/Seuil, París, 2000.
6-
Los votos en francés, literalmente, se traducen como voces, de ahí tal como propone J.-A. Miller, el sujeto supuesto saber democrático es supuesto a hacerse escuchar (N de la T).
7-
Miller, J.-A.: "Contratrasferencia e intersubjetividad" en la revista de La Cause freudienne nº 53, Navarin/Seuil, París, 2002, p.(7-39).
8-
IRM: Imagen por resonancia magnética. Se basa en la capacidad de algunos núcleos para absorber ondas de radiofrecuencia cuando son sometidos al efecto de un campo magnético. Dicha capacidad genera una señal que es detectada por un receptor y tratada en un ordenador para producir imágenes (N de la T).

Sujeto supuesto Saber

sábado, 12 de abril de 2008

Sujeto Entrañable Analista

Sujeto Entrañable Analista (SEA)

Jacques Lacan nos trajo un concepto hermoso, el Sujeto Supuesto Saber (SsS), véase por ejemplo a Jacques-Alain Miller: http://www.elp-debates.com/e-textos/nuestroSsS-JAMiller.prn.pdf

Wilfred Bion habló de trabajar “sin memoria ni deseo”, olvidar los encuentros anteriores, las estructuras latentes, los conocimientos previos. Una neutralidad ya no sólo técnica sino referente a la percepción del analista. Esto significa, en un plano más mundano y/o real, recibir la demanda percibida del paciente sin las interferencias del deseo y conocimiento del analista. A menudo vastas y bastas.

Estos son aproximaciones intelectuales a un hecho poco frecuente, que el analista-terapeuta abandone sus prejuicios y el incómodo conocimiento que supone a veces al colocar o hacer depositario de diagnósticos y, en otro orden, fantasías. Esto último entraría en aquello llamado por DWW “interpretaciones inteligentes”, interpretaciones teóricamente y técnicamente correctas (siguiendo a un modelo excluyente concreto) pero humanamente imposibles.

En la naturaleza humana cobra valor, sentido y significado el Sujeto Entrañable Analista (SEA), dicho de otra manera, con un guiño cariñoso al genial y bizarro francés: Sujeto Supuesto Sabor. Un analista que pueda ser paladeado por el analizando como un objeto bueno, que supla las fallas narcisistas. Claro que aquí estaríamos hablando seguramente de un perfil concreto de pacientes, que cubren la inmensa mayoría de la clínica, aquellos que no son sólo neuróticos ad hoc.

El Sujeto Entrañable Analista (SEA) o Sujeto Supuesto Sabor es un analista abierto, cálido, cariñoso, mece al analizando-paciente, acuna su verbo, reposa sus afectos y revierte la perspectiva lastimera. Es un analista sin estandarizar, o estandarizado pero sin normalizar dentro de un enfoque operativo distante y estrictamente intelectual.
El SEA es un analista natural y espontáneo en términos winnicottianos.

El modelo de analista estándar es, dicho en términos winnicottianos, un falso self en beneficio del verdadero self del paciente-analizando (R. Córdoba, 2007). Un sujeto engolado, como dice la RAE: 2. adj. Dicho del habla: Afectadamente grave o enfática.3. adj. Dicho de una persona: Fatua, engreída, altanera.

El SEA o Sujeto Supuesto Sabor es una persona que sabe, que siente, conoce e intenta analizar y ayudar a entender desde lo emocional hasta lo racional. Heinz Kohut habla de la idealización transmutativa, según el Analista del Self, su trabajo con pacientes narcisistas, con organización límite para Kernberg, consistiría básicamente en que introyectaran el objeto bueno del analista para suplir esa “falta básica”, tal y como diría M. Balint. Por tanto es una mirada desde el vínculo, desde la relación entre dos personas más allá de los postulados de Freud referentes a la pulsión y el énfasis kleiniano de la agresividad y la envidia como fuentes de patología.

La psicología humanista habla de la aceptación, la autenticidad, la empatía y la congruencia. Todo ello genera una atmósfera para poder pensar y sentir. El psicoanálisis elabora constantemente un modelo de trabajo para entender más allá de la relación humana. Sin embargo, tan feroces preceptos técnicos sitúan al analizando en un falso self, una forma forzada de presentación de objetos, de mostrarse ante ese otro que porta un saber que no es suficiente. Para ser un analista hay que tener una flema muy especial, un carácter analítico, moldeado en Institutos Psicoanalíticos por supervisores y analistas. Pueden recordar aquí a Charles Chaplin en Tiempos Modernos, con el trabajo en cadena. En este psicoanálisis estándar el trabajo en cadena genera analistas en serie, aquello que Sándor Ferenczi reivindica en su trabajo “La Elasticidad de la Técnica”.

El Sujeto Entrañable Analista (SEA), es una persona que se ocupa del analizando en este orden: entender, ayudar (raíz etimológica de terapia), sostener-apoyar, ser usado (que no utilizado). Mostrar los fenómenos inconscientes al analizando-paciente, que desconoce o, las más veces, desplaza de su conciencia por diversos mecanismos los contenidos frustrantes, los recuerdos.

El SEA es alguien que puede amar y ser amado, es un analista, es un terapeuta y un ciudadano libre de opinar. Es compatible la neutralidad técnica dentro de un margen de sentido común, al que hay que convocar más a menudo para el trabajo analítico. Digo esto porque la mayor parte de los pacientes que acuden en el Siglo XXI a nuestras consultas no conocen los pormenores del psicoanálisis y si lo conocen, muchas veces no lo respaldan. Avanzar es la única forma de ser una ciencia, es absurdo que la Sociedad avance en una línea y esta ciencia Médica y Humana lo haga en un sentido retroactivo, para rendir culto y homenaje a Ilustres o Figuras Relevantes en la vida formativa del analista.

El SEA es un analista desenfadado, sin complejos, sin excesiva inseguridad, desenvuelto, cómodo en su trabajo, feliz por lo que hace, realizado con su forma de ser y trabajar. Puede que esté analizado. Esto es captado por el paciente, capturado en su aparato psíquico e introyectado. Las intervenciones se hacen de inconsciente a inconsciente. También se ayuda a integrar aspectos de su discurso, de sus relaciones objetales. El instrumento es la palabra, lo frecuente (cada vez menos) es hacerlo desde un supremo intelecto SsS autoengañado hasta el Sujeto Engañado, el paciente. Esto, por mucho que nos pese es sugestión o hipnosis. En el peor de los casos persuasión.

El SEA es, el SsS es un falso self, una quimera, el analista estandarizado que no ha encontrado su forma de vivir y de analizar es un falso self, pero no la vertiente sana que todos tenemos sino potencialmente peligroso. Apurado por sus Contratransferencia Complementaria (Racker) y su Contraidentificación Proyectiva (Grinberg). Las fuentes que nutren este falso self profesional en beneficio del verdadero self del paciente son las siguientes:
Uno, la arquitectura de su deseo (J.A. Marina); dos, la relación con el mundo, la motivación que le conecta por el gusto por el trabajo analítico-psiquiátrico-psicológico (de poder, de afiliación, etc) y tres, la formación como terapeuta.