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Paz y Ciencia
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lunes, 3 de diciembre de 2018

Lo que se registra en la enfermedad mental. Foucault




1) El paciente puede percibir la enfermedad con una postura de objetividad que la sitúa a una distancia máxima de la conciencia enferma. En su esfuerzo por refrenarla y no reconocerse en ella, el enfermo le confiere el sentido de un proceso accidental y orgánico. Esa preeminencia de los procesos orgánicos en el campo de la conciencia del enfermo y en la manera en que concibe su enfermedad constituye la gama de los signos histéricos (parálisis o anestesias psicogénicas), síntomas psicosomáticos o, por último, preocupaciones hipocondríacas que con mucha frecuencia encontramos en la psicastenia o en ciertas formas de esquizofrenia. Como elementos de la enfermedad, esas formas orgánicas o pseudoorgánicas son también para el sujeto modos de comprender su enfermedad.
2) En la mayoría de los trastornos obsesivos, en muchas paranoias y en ciertas esquizofrenias, el enfermo reconoce que el proceso mórbido se confunde con su personalidad. Pero lo hace de manera paradójica: encuentra en su historia, en sus conflictos con las personas que lo rodean, en las contradicciones de su situación actual los primeros signos de enfermedad.
3) Esta unidad paradójica no puede mantenerse siempre: los elementos mórbidos se separan entonces de su contexto normal y, al cerrarse sobre sí mismos, constituyen un mundo autónomo que para el enfermo tiene muchos signos de objetividad: está movido y atormentado por fuerzas exteriores que escapan a toda investigación precisamente por el carácter misterioso de ese mundo que se impone por su evidencia y resiste frente a todo esfuerzo. Las alucinaciones que lo pueblan le dan la riqueza sensible de lo real; el delirio que mantiene unidos sus elementos le asegura una coherencia casi racional. Pero la conciencia de enfermedad no desaparece en esta casi objetividad; sigue estando presente, al menos de manera marginal. Lo que hace ese mundo de elementos alucinatorios y de delirios cristalizados es yuxtaponerse al mundo real.
4) Fonalmente, en las formas últimas de la esquizofrenia y en los estados de demencia, el enfermo termina sumergido en el mundo de su enfermedad, de modo que capta el universo que ha abandonado como una realidad lejana y velada. En ese paisaje crepuscular en el que las experiencias más reales -los acontecimientos, las palabras oídas, la gente que lo rodea- adquieren una condición fantasmagórica, parece que el enfermo conserva aún un sentimiento oceánico de su dolencia.
La enfermedad mental, independientemente de la forma que adopte y los grados de obnubilación que conlleve, siempre implica una conciencia de la enfermedad. El universo mórbido nunca es un delirio absoluto en el que quedarían abolidas todas las referencias a lo normal; por el contrario, la conciencia enferma siempre se despliega con una doble referencia para sí misma, sea a lo normal y lo patológico, sea a lo familiar y lo extraño, o bien a lo singular y lo universal, o a la vigilia y el onirismo.
:: Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta.
:: Tfno. Citaciones: 653 379 269
:: Zaragoza. C/ Lacarra de Miguel 27. 2C (Antes General Sueiro).
:: Página Web: www.rcordobasanz.es

martes, 17 de octubre de 2017

Enfermedad Mental y Psicología



Enfermedad mental y psicología propone una vuelta de tuerca a los debates en torno a, por un lado, las condiciones en que puede hablarse de enfermedad en el terreno psicológico y, por otro, las relaciones entre los fenómenos de la patología mental y los de la patología orgánica. Para ello busca problematizar las nociones de enfermedad, etiología, síntoma. “Si nos cuesta tanto definir la enfermedad y la salud psicológicas, ¿no será porque nos esforzamos en vano en aplicarles masivamente conceptos destinados también a la medicina somática? La dificultad de encontrar una unidad entre las perturbaciones orgánicas y las alteraciones de la personalidad, ¿no procede de suponerles una estructura del mismo tipo?” En este libro apasionante, Foucault apunta a desmontar la idea de una patología general y abstracta válida para ambos campos y a mostrar que la raíz de la patología mental no debe buscarse en tal “metapatología”, sino “en cierta relación, históricamente situada”, del hombre con la locura: en la enfermedad hay “todo un núcleo de significaciones que corresponden al ámbito de donde surgió y, ante todo, al simple hecho de que allí quedó identificada como enfermedad”. De este modo, pone en cuestión el estatuto epistemológico mismo de la psicología; la producción en este campo “no es el descubrimiento progresivo de lo que es la locura en su verdadera naturaleza; solo es la sedimentación de lo que la historia de Occidente hizo de ella desde hace trescientos años”. “En realidad, solo en la historia podemos descubrir el único a priori concreto en el que la enfermedad mental adquiere, con la apertura vacía de su posibilidad, sus figuras necesarias.” Publicada originalmente en 1954 con el títuloEnfermedad mental y personalidad, esta obra fue revisada luego por su autor a la luz de los desarrollos teóricos logrados en su Historia de la locura en la época clásica (1961), origen de la versión que ofrecemos al lector ahora. En este sentido, constituye un valioso testimonio del devenir del pensamiento foucaultiano.