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Paz y Ciencia
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jueves, 15 de septiembre de 2022

RAMÓN Y CAJAL

 



(Petilla de Aragón, España, 1852 – Madrid, 1934) Histólogo español. En 1869 su familia se trasladó a Zaragoza, donde su padre había ganado por oposición una plaza de médico de la beneficencia provincial y había sido nombrado, además, profesor interino de disección. En un ambiente familiar dominado por el interés por la medicina, se licenció en esta disciplina en 1873. Tras sentar plaza en la sanidad militar (1874), fue destinado a Cuba como capitán médico de las tropas coloniales.

A su regreso a España, en 1875, fue nombrado ayudante interino de anatomía de la Escuela de Medicina de Zaragoza. Dos años más tarde, en 1877, se doctoró por la Universidad Complutense de Madrid; por esa época, Maestre de San Juan le inició en las técnicas de observación microscópica.

Poco después de concluir sus estudios, Santiago Ramón y Cajal fue nombrado director de Museos Anatómicos de la Universidad de Zaragoza (1879) y más tarde catedrático de anatomía de la de Valencia (1883), donde destacó en la lucha contra la epidemia de cólera que azotó la ciudad en 1885. Ocupó las cátedras de histología en la Universidad de Barcelona (1887) y de histología y anatomía patológica en la de Madrid (1892).

A partir de 1888 se dedicó al estudio de las conexiones de las células nerviosas, para lo cual desarrolló métodos de tinción propios, exclusivos para neuronas y nervios, que mejoraban los creados por Camillo Golgi. Gracias a ello logró demostrar que la neurona es el constituyente fundamental del tejido nervioso. En 1900 fue nombrado director del recién creado Instituto Nacional de Higiene Alfonso XII. Estudió también la estructura del cerebro y del cerebelo, la médula espinal, el bulbo raquídeo y diversos centros sensoriales del organismo, como la retina.

Su fama mundial, acrecentada a partir de su asistencia a un congreso en Berlín y gracias a la admiración que profesaba por sus trabajos el profesor Albert Von Kölliker, se vio refrendada con la concesión, en 1906, del Premio Nobel de Fisiología y Medicina por sus descubrimientos acerca de la estructura del sistema nervioso y el papel de la neurona, galardón que compartió con Camillo Golgi.

En 1907 se hizo cargo de la presidencia de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas. Un año después de la presentación de la técnica del formol-urano por Golgi, desarrolló su técnica del oro-sublimado, con la que se obtenían mejores resultados.

En 1920 renunció a la dirección del Instituto Nacional de Higiene y el rey Alfonso XIII autorizó la fundación del Instituto Cajal de Investigaciones Biológicas, que quedaría instituido dos años más tarde y al que Cajal dedicaría sus esfuerzos hasta su muerte, tras abandonar la docencia universitaria. Prueba de la intensa actividad que todavía desplegó Ramón y Cajal en este período es la publicación, en 1933, del trabajo titulado «Neuronismo o reticulismo» en la revista científica Archivos de Neurobiología, aportación que se considera su testamento científico.

Ramón y Cajal fue el creador, además, de una importante escuela, a la que se deben contribuciones esenciales en diversos campos de la histología y de la patología del sistema nervioso. Entre sus discípulos españoles destacan J. F. Tello, D. Sánchez, F. De Castro y R. Lorente de No. Su labor gozó de un amplio reconocimiento internacional, que no sólo se circunscribe a su época.

miércoles, 22 de diciembre de 2021

Winnicott

 



En el presente trabajo pretendo reflexionar acerca de los aportes winnicottianos a la interpretación como herramienta teórico-técnica, comparando la concepción de dicho autor con las que se desprenden de la obra de Melanie Klein y Sigmund Freud.
Lo primero que se observa al adentrarse en el tema es que para Winnicott lo central en una interpretación va mucho más allá de la certeza o "puntería" de la misma. Lo inteligente o "acertado" pasa a constituir un factor no siempre primario.
A diferencia del estilo kleiniano en el que es el analista quien interpreta de forma casi permanente las fantasías transferenciales inconscientes del analizado, en Winnicott nos encontramos con una enfática exhortación a permitir que sea el paciente quien cree la interpretación. La mencionada convicción lo lleva a afirmar que las interpretaciones producidas sin que el material disponga de la madurez suficiente producen adoctrinamiento y acatamiento. Ruega a los analistas que no roben la capacidad de jugar de sus pacientes, lo que a menudo sucede cuando estos intentan demostrar que saben demasiado. Propone incluso el no transmitir al paciente las interpretaciones que a uno se le van ocurriendo en el transcurso de la sesión a la espera de que sea éste quien, más tarde, llegue a ellas por sí mismo. A diferencia de la anterior modalidad, en Klein nos encontramos a una analista que brinda al paciente una interpretación tras otra, pareciendo recaer la importancia en que las mismas describan de forma certera sus fantasías y funcionamiento psíquico, interpretaciones que desde la perspectiva winnicottiana podrían pensarse como "adoctrinantes".
Otro factor a tener en cuenta en la concepción del autor inglés acerca de la interpretación es la de la zona en la que la misma se realiza. Para Winnicott la resistencia aparecería cuando la interpretación se efectúa fuera de la superposición de espacios transicionales, lugar en el que analista y paciente juegan juntos. En la misma línea sostiene que "cuando aquel carece de capacidad para jugar, la interpretación es inútil o provoca confusión" (1).
En lo que respecta al momento en el cual la interpretación debe ser formulada Winnicott profundiza en la línea de aquel viejo consejo freudiano de 1913 que instaba a realizar la interpretación cuando el paciente se encontrara a un paso de llegar a ella. La interpretación no es dada sino asistida, estimulada.

sábado, 18 de diciembre de 2021

TLP Borderline. Tratamientos

 




El trastorno límite de la personalidad (TLP) o borderline es un problema de salud mental encuadrado dentro del grupo B o clúster B de los trastornos de la personalidad, junto al trastorno de la personalidad antisocial, el trastorno histriónico de la personalidad, y el trastorno narcisista de la personalidad.

El trastorno límite de la personalidad se caracteriza por la dificultad en la regulación de las emociones. Esta dificultad provoca cambios acusados en el estado de ánimo, impulsividad e inestabilidad, problemas de autoimagen y relaciones interpersonales inestables. Pueden darse intentos frenéticos para evitar situaciones de abandono real o imaginario. El resultado combinado puede manifestarse en conductas destructivas, como las autolesiones o los intentos de suicidio.

Se estima que el 1,6% de la población adulta padece TLP, pero puede llegar al 5,9%. Casi un 75% de las personas diagnosticadas son mujeres, pero investigaciones recientes sugieren que el porcentaje de hombres afectados puede igualar al de las mujeres. En el pasado, los hombres con TLP eran a menudo mal diagnosticados con trastorno de estrés postraumático o depresión.

Síntomas

Los síntomas del trastorno límite de la personalidad pueden incluir:

  • Esfuerzos frenéticos para evitar el abandono real o imaginario.
  • Relaciones interpersonales inestables que alternan entre la idealización - "¡Estoy tan enamorado!" - y la devaluación - "la odio".
  • Autoimagen distorsionada e inestable, que afecta al estado de ánimo, valores, opiniones, metas y relaciones.
  • Conductas impulsivas que pueden tener resultados peligrosos, tales como gasto excesivo, sexo no seguro, abuso de sustancias o conducción temeraria.
  • Comportamiento suicida y autolesiones.
  • Períodos de intenso estado de ánimo depresivo, irritabilidad o ansiedad, que duran unas pocas horas o unos pocos días.
  • Sentimientos crónicos de aburrimiento o vacío.
  • Ira inapropiada, intensa o incontrolable, a menudo seguido de vergüenza y culpa.
  • Síntomas disociativos: desconectarse de los pensamientos o sentimiento de identidad, o tener sensación de estar "fuera del cuerpo", e ideación paranoide relacionada con el estrés. Los casos graves de estrés también pueden provocar episodios psicóticos breves.

El TLP se caracteriza, en última instancia, por la agitación emocional que provoca. Sienten las emociones intensamente y durante largos períodos de tiempo, y es más difícil para ellos volver a una base estable después de un episodio emocionalmente intenso. Las amenazas y los intentos de suicidio son muy comunes en estas personas. Actos de autolesión, como cortarse o quemarse, también son comunes.

Causas

Las causas del trastorno límite de la personalidad no se conocen completamente, pero los científicos coinciden en que es el resultado de una combinación de factores:

  • La genética. Si bien no se ha demostrado que ningún gen específico causa directamente el TLP, los estudios en gemelos sugieren que este trastorno tiene fuertes vínculos hereditarios. El trastorno límite de la personalidad es aproximadamente cinco veces más común entre las personas que tienen un familiar de primer grado con el trastorno.
  • Los factores ambientales. Las personas que experimentan acontecimientos traumáticos en su vida tales como abuso físico o sexual durante la infancia, o negligencia y separación de los padres, tienen mayor riesgo de desarrollar trastorno límite de la personalidad.
  • La función del cerebro. La forma en la que funciona el cerebro es a menudo diferente en las personas con trastorno límite de la personalidad, lo que sugiere que existe una base neurológica para algunos de los síntomas. Específicamente, las porciones del cerebro que controlan las emociones y la toma de decisiones / juicio pueden no comunicarse bien entre sí.

Diagnóstico

No existe ninguna prueba médica para el diagnóstico del trastorno límite de la personalidad, y un diagnóstico no se basa en un síntoma. Debe ser diagnosticado por un profesional de la salud mental tras una entrevista psiquiátrica minuciosa, puede incluir hablar con profesionales previos, evaluaciones médicas y, cuando sea apropiado, entrevistas con familiares y amigos. Para llegar al diagnosticado se deben cumplir al menos 5 de los 9 síntomas indicados anteriormente. 

Tratamiento

Un plan de tratamiento típico y completo incluye psicoterapia, medicación y apoyo familiar.

Psicoterapia:

La psicoterapia es la piedra angular para el tratamiento del trastorno límite de la personalidad. Además de la terapia dialéctica conductual (TDC), que fue creada específicamente para el tratamiento del TLP, existen otros tipos de psicoterapia que son eficaces.

  • La terapia dialéctica conductual (TDC, DBT en inglés) se centra en la enseñanza de habilidades de habilidades de afrontamiento para combatir impulsos destructivos, regular las emociones y mejorar las relaciones mientras añaden validación. Incluyendo trabajo individual y de grupo, la TDC fomenta la práctica de técnicas de mindfulness. Se ha demostrado que la TDC es eficaz para reducir el comportamiento suicida, la hospitalización psiquiátrica, el abandono del tratamiento, el abuso de sustancias, la ira y las dificultades interpersonales.
  • La terapia cognitiva conductual (TCC) ayuda a cambiar el pensamiento negativo y el comportamiento asociado al trastorno límite de la personalidad. El objetivo de esta terapia es reconocer pensamientos negativos y enseñar estrategias de afrontamiento.
  • La terapia basada en la mentalización (MBT) es un enfoque terapéutico desarrollado por Fonagy y Bateman. La capacidad de mentalizar es el proceso mediante el cual entendemos la propia mente y la de los otros, a partir de estados mentales (intenciones, sentimientos, pensamientos, deseos y creencias) con la finalidad de dar sentido y anticipar las acciones de cada uno.  La mentalización (o función reflexiva) implica la capacidad de contener, regular, experimentar y dar sentido a las emociones y sentimientos. La terapia basada en la mentalización persigue entender mejor las propias emociones y las de los demás. A través de esta mayor conexión entre sentimientos y pensamientos se consigue un comportamiento propio más adecuado así como unas relaciones más satisfactorias con los demás.
  • Medicación:
No existe medicación específica para el tratamiento de síntomas como el vacío, el sentimiento de abandono y la alteración de la identidad, pero puede ser útil para el tratamiento de otros síntomas como la ira, la depresión y la ansiedad. Esta medicación puede incluir estabilizadores del estado de ánimo, antipsicóticos, antidepresivos y ansiolíticos.

Hospitalización:

Cuando la psicoterapia y la medicación no son suficientes, puede ser necesaria la hospitalización. Un hospital puede proporcionar un ambiente seguro para una persona con TLP que se autolesiona o tiene pensamientos suicidas. 

Trastornos adicionales

Una persona con trastorno límite de la personalidad puede tener trastornos adicionales que deben tratarse conjuntamente, como pueden ser:

Trastornos de ansiedad, como el trastorno de estrés postraumático.
Trastorno bipolar.
Depresión.
Trastornos de la conducta alimentaria, especialmente bulimia nerviosa.
Otros trastornos de la personalidad.
Abuso de sustancias.
 

Fuente NAMI (The National Alliance on Mental Illness).

lunes, 8 de noviembre de 2021

El Camino de los Sueños


 LA VIDA NO VIVIDA ES UNA ENFERMEDAD DE LA QUE SE PUEDE MORIR. Carl Gustav Jung

El Camino de los Sueños

Marie L. von Franz, entrevistada por Fraser Boa

En su forma negativa, el animus, el hombre interior de la mujer, es una fuerza maligna que destruye la vida. Separa a la mujer de su propia feminidad. La aparta del calor humano y la delicadeza, aislándola en un mundo sin sentido, martirizada por manos invisibles. Se siente víctima, atrapada por circunstancias externas o un destino cruel. A la larga quizás llegue a creer que su terrible soledad no tendrá alivio en este mundo y se sumergirá en fantasías de muerte. El siguiente poema fue escrito en un estado de posesión de un animus de este tipo y expresa la pavorosa soledad de una mujer separada de su feminidad:

Busco, pero el desierto me rodea;
Tengo sed, pero no hay agua que me sacie;
Lloro, pero no hay brazos que me estrechen;
Anhelo, pero no hay seno que me amamante;
Ansío, pero no hay leche que me alimente;
Necesito, pero no hay falo que besar;
Siento sólo la explotación de mis amigos;
Temo que la muerte sea igual.

El complejo paterno puede crear un infierno en el inconsciente de la mujer. Su autoridad puede ser absoluta, impidiéndole efectivamente el contacto con su espíritu creativo. Este sueño muestra la masculinidad de una mujer en una forma altamente crítica, revelando cómo el animus la tortura y empuja a un amargo aislamiento:

Estoy sentada en el suelo de una lejana cabaña, cepillándole el pelo a un gato. No lo veo, pero sé que tiene pelaje anaranjado porque saco pelos del cepillo. Detrás mío una mujer habla por teléfono. Estoy sentada junto a un hombre que no reconozco, pero en el sueño sé que es mi padre. Es alto, fuerte, de pelo corto. Es jefe de policía y vivimos en la delegación de un remoto destacamento.

domingo, 24 de octubre de 2021

Apego Y Desapego: Budismo










Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Psicoterapeuta. Zaragoza Gran Vía Y Online. Teléfono: +34 653 379 269 Website: www.rcordobasanz.es.          Instagram: @psicoletrazaragoza

 ¿Cuál es el significado del desapego?

El significado budista del desapego es ligeramente diferente al significado normal de la palabra en inglés. El desapego en el budismo esta conectado con la renuncia. La palabra “renuncia” en inglés también es engañosa, ya que implica que tenemos que abandonar todo e irnos a vivir a una cueva. Y aunque existen ejemplos de personas que dejaron todo y se fueron a vivir a una cueva, como Milarepa; lo que hicieron se describe con una palabra distinta, no por la palabra que se traduce como renuncia o desprendimiento. La palabra que se ha traducido como “renuncia” significa “la determinación de ser libre”. Tenemos una determinación fuerte: ”Debo salir de mis problemas y dificultades. Mi mente está completamente firme respecto a esa meta”. Queremos dejar nuestros juegos del ego porque estamos determinados a ser libres de todos los problemas que esos juegos causan. Esto no significa que tengamos que dejar una cómoda casa o las cosas que disfrutamos. Más bien, estamos tratando de poner un alto los problemas que tenemos en relación a estos objetos. Esto nos lleva al desapego.

Ser desapegados no significa que no podamos disfrutar nada o no podamos disfrutar estar con alguien. Mas bien, se refiere al hecho de que aferrarnos fuertemente a algo o a alguien, nos causa problemas. Nos volvemos dependientes de ese objeto o persona y pensamos, “Si lo pierdo, o nunca lo obtengo, entonces seré miserable”. El desapego significa: ”Si obtengo la comida que me gusta, qué bueno; si no la obtengo, está bien. No es el fin del mundo”. No hay apego o aferramiento.

En la psicología moderna la palabra “apego” tiene una connotación positiva en ciertos contextos. Se refiere al lazo que une a un niño con sus padres. Los psicólogos dicen que si el niño no tiene este apego inicial a los padres, habrá dificultades en el desarrollo del niño. Una vez más es problemático encontrar la palabra apropiada en inglés para comunicar el significado budista, por que la connotación budista del desapego es muy específica. Cuando las enseñanzas budistas nos instruyen a desarrollar el desapego, no significa que no debamos desarrollar el lazo niño-padres. A lo que se refiere por “desapego” es a deshacer nuestro aferramiento y deseo por algo o por alguien.

¿Hay alguna diferencia entre una acción con desapego y una acción moralmente positiva?

Antes de discutir eso, sólo como un comentario al margen, prefiero la palabra “ constructivo” en lugar de “virtuoso”. “Virtuoso” y “no virtuoso” implican un juicio moral, que no es a lo que se refiere el budismo. No hay un juicio moral. Ni tampoco hay recompensa o castigo. Más bien, hay algunas acciones constructivas y otras destructivas. Si alguien le dispara a otras personas, eso es destructivo. Si alguien golpea a otros miembros de la familia, eso es destructivo. Todos están de acuerdo en esto. No se involucra un juicio moral. Si somos bondadosos y ayudamos a los demás, eso es muy constructivo o positivo.

Cuando ayudamos a otros lo podemos hacer con apego o con desapego. Ayudar a alguien con apego, sería por ejemplo:”Te voy a ayudar por que quiero que me ames, me quiero sentir necesitado”. Diríamos que la acción de ayudar sigue siendo positiva pero que la motivación no es la mejor.

En la discusión acerca del karma, distinguimos entre la acción y la motivación. Podemos hacer una acción positiva con una motivación muy pobre. La acción positiva dará como resultado cierta felicidad, mientras que la motivación pobre dará como resultado cierto sufrimiento. Lo opuesto también puede ser cierto, la acción es negativa. Por ejemplo: le pegamos a nuestro niño, pero la motivación es positiva, lo hacemos para salvar su vida. O bien, si nuestro pequeño niño esta por correr a la carretera y sólo le decimos dulcemente: “Oh querido, no corras hacia la carretera”, eso no lo detendrá. Si agarramos a nuestro hijo y le damos una nalgada, eso podría resentirlo y hacerlo llorar, así que hay un pequeño resultado negativo de esa acción. De todas formas, la motivación es positiva, y el resultado positivo es mucho mayor que el negativo, porque la vida del niño se salva. También nuestro hijo aprecia el hecho de que lo cuidemos.

Lo mismo sería cierto de una acción constructiva: Podría estar motivada por el desapego, lo cual siempre es mejor, pero podría estar hecha con apego.

¿La compasión implica que siempre tenemos que estar pasivos y complacientes, o los métodos enérgicos algunas veces son permitidos?

La compasión no debe ser una “compasión idiota” en la cual le damos a todos todo lo que desean. Si un borracho quiere whiskey o si un asesino quiere una pistola, ciertamente no es compasión complacer sus deseos. Nuestra compasión y generosidad debe ir acoplada con el discernimiento y la sabiduría.

Algunas veces hay que actuar de manera enérgica para disciplinar a nuestro hijo o para prevenir situaciones terribles. Es mejor actuar de una manera no violenta, siempre que sea posible, para prevenir o corregir una situación peligrosa. Sin embargo, si eso no funciona y vemos que el único camino para detener el peligro de inmediato es actuar enérgicamente, entonces sería considerado como una falta de voluntad para ayudar si no usamos ese método. De todas formas, debemos actuar de maneras tales que no causemos mayor daño a los demás.

A Su Santidad el Dalái Lama le preguntaron algo similar en una entrevista y dió el siguiente ejemplo: Un hombre va a un río que es extremadamente difícil y peligroso de cruzar y dispone a hacerlo nadando. Dos personas cerca de ahí lo miran, y ambos saben que si esta persona se mete al río se ahogará en la corriente. Uno mira placidamente y no hace nada, él piensa que debe ser no violento y que esto significa que no debe intervenir. La segunda persona le grita al nadador y le dice que no se meta al agua porque la corriente es peligrosa. El nadador le dice “no me importa, de todas formas voy a entrar”. Discuten y finalmente, para evitar que el nadador se ahogue, la persona en la orilla lo noquea y lo deja inconsciente. En esa situación la persona que sólo se sienta por ahí y esta esperando ver al hombre meterse en el agua y ahogarse, es el que comete el acto de violencia. La persona no violenta es aquella que realmente evita que se mate, aunque haya tenido que recurrir a un método enérgico.

martes, 12 de octubre de 2021

Lo que da de sí Jung...

 


Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Psicoterapeuta. Zaragoza Gran Vía Y Online. Teléfono: (+34) 653 379 269 Website: www.rcordobasanz.es          Instagram: @psicoletrazaragoza.                      E-E-mail: rcordobasanz@gmail.com


Nadie se ilumina imaginando figuras de luz, sino por hacer consciente su oscuridad

Este es el proceso por el que pasamos las personas al detectar un privilegio que nos favorece, con el que convivimos, del que nos aprovechamos. Ya sea este de clase, género, orientación sexual, raza, lugar de origen… Especie… Lo que permanece oculto no se ve. Y si proyectamos luz se verá menos aún -paradojitas…-. Sólo al visibilizar, al hacer presente, al colocarlo sobre la mesa y mirarlo a los ojos, es cuando la oscuridad se hace materia. Se encarna. Sujeto y objeto frente a frente. Hay quienes niegan por sistema sus privilegios. El dolor que supone reconocerlos. Reconocer que estamos haciendo algo mal. Que nos estamos aprovechando de nuestra posición privilegiada (pero si yo no he hecho nada para tener este privilegio. ¿Esto es un privilegio? Ay la negación… -Y el orgullo. Y la soberbia-. Claro, pero ya que está sobre la mesa, vamos a trabajarlo y si eres la buena persona que dices ser, no puedes seguir aprovechándote de él. No de forma consciente al menos.)

Las personas veganas son conscientes de la oscuridad que supone el privilegio de la pertenencia a la especie humana. Por ello renuncian, como posicionamiento político (de polis, de vida en común, de aquella frase de Carol Hanish: Lo personal es político), al uso de los animales en cualquiera de los aspectos de la vida, siempre dentro de las posibilidades de cada una y teniendo en cuenta el mundo especista en que vivimos. No somos seres de luz.

Las personas antiespecistas, además de renunciar al uso de los animales no humanos, somos conscientes de que solo siendo veganas no acabarán con la explotación animal. Que, además, no sólo sufren y necesitan de nuestra ayuda los animales domesticados, los «de» granja o laboratorio -como si hubiesen nacido para ello… El lenguaje es un arma potentísima de generación de realidades, de dominio, control y sumisión-. Ellas luchan desde el activismo antiespecista.

Y luego están las personas que luchan de forma activa por la Justicia mediante la transversalidad. La Justicia como eje transversal que lo atraviesa todo -y ha de ser feminista y antiespecista-. Supongo que son las más valientes. Quizá las que hayan visibilizado más oscuridad. Las que no se deben a amiguismos ni a pactos soterrados. Las que entienden los procesos de control y dominación. Y los entienden porque se preocupan por estudiarlos. Visibilizarlos. Combatirlos siempre. Esas personas son capaces de detectar una injusticia sea quien sea quien la comete. Las que se ponen siempre y en todo caso de parte de quienes más tienen que perder. De quienes (más) han perdido. Las que no invierten su tiempo en dar pena ni en lloriqueos. Son las personas a las que debemos tanto. Las que no piden nada. Las que más han acorralado su oscuridad. Un abrazo.

jueves, 30 de septiembre de 2021

Freud: Duelo y Melancolía

 


Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta. Zaragoza Gran Vía Y Online. Teléfono: +34 653 379 269.  Website: www.rcordobasanz.es                      Instagram: @psicoletrazaragoza


Freud trata en este texto de explicar la melancolía tomando como referencia el duelo, un afecto que considera normal.

Dado que el tema que interesa a Lacan es otro, la relación entre la constitución del objeto en el deseo y en el duelo, ese es el eje que guiará mi comentario. La cuestión del objeto en el duelo, en el texto de Freud. Y en este sentido, la pérdida es un punto central. Lacan afirma que Freud es el primero que destacó el objeto del duelo.
Veamos qué plantea Freud.

Nos dice que el duelo es la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces (la patria, la libertad, un ideal, etc.). Nunca se nos ocurrirá considerarlo un estado patológico, ni remitirlo al médico para su tratamiento. (Esto ha cambiado y hoy si se hace)

Duelo y melancolía coinciden en sus características a diferencia de un punto. Comparten el dolor, la pérdida de interés por el mundo exterior (en lo que no recuerde al muerto), la pérdida de la capacidad de escoger un nuevo objeto de amor y el extrañamiento respecto al trabajo productivo que no tenga relación con la memoria del muerto. Pero en la melancolía aparece además una perturbación del sentimiento de sí, un rebajamiento de sí que no se da en el duelo.

Estos factores forman parte de la realización del trabajo del duelo que se produce del siguiente modo. La realidad muestra que el objeto amado ya no existe y es necesario entonces retirar toda la libido de sus enlaces con el objeto. Sin embargo, a este trabajo se opone el hecho de que el humano no abandona de buen grado una posición libidinal. Este trabajo se realiza entonces pieza por pieza, con un gran gasto de tiempo y energía de investidura y durante ese tiempo la existencia del objeto perdido continúa en lo psíquico. El trabajo del duelo absorbe al yo. Es una operación lenta y dolorosa y una vez cumplido el trabajo del duelo, el yo se vuelve otra vez libre y desinhibido.

Freud plantea entonces que en la melancolía puede ocurrir también una pérdida de un objeto amado, muerto o perdido de forma más ideal, pro ejemplo, como objeto de amor (novia abandonada). Y en otras ocasiones aunque se supone una pérdida, no se sabe lo que se perdió. Esto puede ocurrir aun conociendo la pérdida que ocasiona la melancolía. Es decir, el sujeto puede saber a quién perdió pero no lo que perdió en él. La melancolía se refiere por tanto a una pérdida de objeto sustraída de la conciencia, algo en lo que se diferencia del duelo.

En el trabajo que el melancólico realiza ante la pérdida, Freud añade a los aspectos ya analizados en el duelo, un enorme empobrecimiento del yo. Si en el duelo el mundo se hace pobre y vacío, en la melancolía eso le ocurre al yo. Describe al yo como indigno, moralmente despreciable y se hace reproches, se denigra y espera repulsión y castigo. Freud firma que el melancólico es realmente tan falto de interés e incapaz de amar como dice pero que esto es la consecuencia del trabajo interior que devora su yo. También en otras de sus autoimputaciones parece tener razón y que capta la verdad con más claridad que otros no melancólicos. Afirma que Hamlet hizo una apreciación así de sí mismo y de los demás: “Dad a cada hombre el trato que se merece y ¿quién se salvaría de ser azotado?” (Afirmación que le plantea a Polonio cuando le pide que aloje a los actores.)

En el melancólico por tanto, aunque se puede afirmar que ha sufrido una pérdida en el objeto, de sus declaraciones sobre sí mismo, surge una pérdida en su yo. Vemos que una parte del yo se contrapone a la otra, la aprecia críticamente y la toma por objeto. (Instancia crítica o conciencia moral) Los autorreproches son en el fondo, reproches contra el objeto de amor que se vuelven sobre el yo propio.

El proceso es el siguiente: se elige un objeto, una ligadura de la libido a una persona; una afrenta o desengaño por parte de la persona amada lleva a conmover ese vínculo de objeto; la libido libre, en lugar de dirigirse a otro objeto, se retira sobre el yo. Y ahí sirve para establecer una identificación del yo con el objeto resignado: la sombra del objeto cae sobre el yo que será juzgado por una instancia particular (superyó) como el objeto abandonado. La pérdida del objeto se transforma en pérdida del yo y el conflicto entre el yo y el objeto, en una bipartición entre el yo crítico y el yo alterado por la identificación. La identificación narcisista con el objeto se convierte entonces en el sustituto de la investidura de amor.

La pérdida del objeto también saca a la luz la ambivalencia de los vínculos de amor. En este conflicto, si el amor por el objeto se refugia en la identificación narcisista, el odio se ensaña con ese objeto sustitutivo denigrándolo, haciéndolo sufrir y ganando en este sufrimiento una satisfacción sádica.

Las tres premisas de la melancolía son: pérdida del objeto, ambivalencia y regresión de la libido al yo. La tercera es el factor eficaz de la melancolía.

Freud afirma que pasado el tiempo el yo ha liberado su libido del objeto perdido. El duelo vence la pérdida de objeto que mientras persiste absorbe todas las energías del yo. Para cada uno de los recuerdos y situaciones que muestran a la libido anudada con el objeto perdido, la realidad revela que el objeto no existe y el yo, que podría compartir ese mismo destino, se deja llevar por la suma de satisfacciones narcisistas que le procura estar con vida y de este modo desata su ligazón con el objeto perdido. Este proceso de desasimiento de la libido se produce muy lentamente. El duelo mueve al yo a renunciar al objeto declarándolo muerto y ofreciéndole como premio el permanecer con vida.

Lacan plantea en estos capítulos la cuestión del fantasma y del objeto de deseo en el mismo. Y plantea que el objeto viene a ocupar el lugar de lo que permanece oculto para el sujeto, aquello que sacrifica de sí mismo, la libra de carne empeñada en su vínculo con el significante. Podemos decir, lo que pierde por su entrada en el discurso. Es decir, el objeto de deseo cubre esa pérdida. Y por otro lado, la pérdida del objeto que se produce en el duelo, produce un agujero en lo real. Ese agujero muestra el lugar donde se proyecta el significante faltante, el falo. (Privación, pérdida real de un objeto simbólico)

El objeto del fantasma cubre el agujero que sin embargo la pérdida deja al descubierto. El duelo toca esa pérdida que estaba velada.

jueves, 19 de agosto de 2021

Umberto Eco: Sobre el fascismo




El término «fascismo» se adapta a todo porque es posible eliminar de un régimen fascista uno o más aspectos, y siempre podremos reconocerlo como fascista. Quítenle al fascismo el imperialismo y obtendrán a Franco o Salazar; quítenle el colonialismo y obtendrán el fascismo balcánico. Añádanle al fascismo italiano un anticapitalismo radical (que nunca fascinó a Mussolini) y obtendrán a Ezra Pound. Añádanle el culto la mitología celta y el misticismo del Grial (completamente ajeno al fascismo oficial) y obtendrán uno de los gurús fascistas más respetados, Julius Evola. A pesar de esta confusión, considero que es posible indicar una lista de características típicas de lo que me gustaría denominar «Ur-Fascismo», o «fascismo eterno». Tales características no pueden quedar encuadradas en un sistema; muchas se contradicen mutuamente, y son típicas de otras formas de despotismo o fanatismo, pero basta con que una de ellas esté presente para hacer coagular una nebulosa fascista. 

1. La primera característica de un Ur-Fascismo es el culto de la tradición. El tradicionalismo es más antiguo que el fascismo. No fue típico sólo del pensamiento contrarrevolucionario católico posterior a la Revolución Francesa, sino que nació en la edad helenística tardía como reacción al racionalismo griego clásico. En la cuenca del Mediterráneo, los pueblos de religiones diferentes (aceptadas todas con indulgencia por el Olimpo romano) empezaron a soñar con una revelación recibida en el alba de la historia humana. Esta revelación había permanecido durante mucho tiempo bajo el velo de lenguas ya olvidadas. Estaba encomendada a los jeroglíficos egipcios, a las runas de los celtas, a los textos sagrados, aún desconocidos, de algunas religiones asiáticas. Esta nueva cultura había de ser sincrética. «Sincretismo» no es sólo, como indican los diccionarios, la combinación de formas diferentes de creencias o prácticas. Una combinación de ese tipo debe tolerar las contradicciones. Todos los mensajes originales condenen un germen de sabiduría y, cuando parecen decir cosas diferentes o incompatibles, lo hacen sólo porque todos aluden, alegóricamente, a alguna verdad primitiva. Como consecuencia, ya no puede haber avance del saber. La verdad ya ha sido anunciada de una vez por todas, y lo único que podemos hacer nosotros es seguir interpretando su oscuro mensaje. Es suficiente mirar la cartilla de cualquier movimiento fascista para encontrar a los principales pensadores tradicionalistas. La gnosis nazi se alimentaba de elementos tradicionalistas, sincretistas, ocultos. La fuente teórica más importante de la nueva derecha italiana, Julius Evola, mezclaba el Grial con los Protocolos de los Ancianos de Sión, la alquimia con el Sacro Imperio Romano. El hecho mismo de que, para demostrar su apertura mental, una parte de la derecha italiana haya ampliado recientemente su cartilla juntando a De Maistre, Guénon y Gramsci es una prueba fehaciente de sincretismo. Si curiosean ustedes en los estantes que en las librerías americanas llevan la indicación New Age, encontrarán incluso a San Agustín, el cual, por lo que me parece, no era fascista. Pero el hecho mismo de juntar a San Agustín con Stonehenge, esto es un síntoma de Ur-Fascismo. 

2. El tradicionalismo implica el rechazo del modernismo. Tanto los fascistas como los nazis adoraban la tecnología, mientras que los pensadores tradicionalistas suelen rechazar la tecnología como negación de los valores espirituales tradicionales. Sin embargo, a pesar de que el nazismo estuviera orgulloso de sus logros industriales, su aplauso a la modernidad era sólo el aspecto superficial de una ideología basada en la «sangre» y la «tierra» (Blut und Boden). El rechazo del mundo moderno se camuflaba como condena de la forma de vida capitalista, pero concernía principalmente a la repulsa del espíritu del 1789 (o del 1776, obviamente). La Ilustración, la edad de la Razón, se ven como el principio de la depravación moderna. En este sentido, el Ur-Fascismo puede definirse como «irracionalismo». 

3. El irracionalismo depende también del culto de la acción por la acción. La acción es bella de por sí, y, por lo tanto, debe actuarse antes de y sin reflexión alguna. Pensar es una forma de castración. Por eso la cultura es sospechosa en la medida en que se la identifica con actitudes críticas. Desde la declaración atribuida a Goebbels («cuando oigo la palabra cultura, echo la mano a la pistola») hasta el uso frecuente expresiones como «cerdos intelectuales», «estudiante cabrón, trabaja de peón», «muera la inteligencia», «universidad, guarida de comunistas», la sospecha hacia el mundo intelectual ha sido siempre un síntoma de Ur-Fascismo. El mayor empeño de los intelectuales fascistas oficiales consistía en acusar a la cultura moderna y a la intelligentsia liberal de haber abandonado los valores tradicionales.

4. Ninguna forma de sincretismo puede aceptar el pensamiento crítico. El espíritu crítico opera distinciones, y distinguir es señal de modernidad. En la cultura moderna, la comunidad científica entiende el desacuerdo como instrumento de progreso de los conocimientos. Para el Ur-Fascismo, el desacuerdo es traición.  

5. El desacuerdo es, además, un signo de diversidad. El Ur-Fascismo crece y busca el consenso explotando y exacerbando el natural miedo de la diferencia. El primer llamamiento de un movimiento fascista, o prematuramente fascista, es contra los intrusos. El Ur-Fascismo es, pues, racista por definición.  

6. El Ur-Fascismo surge de la frustración individual o social. Lo cual explica por qué una de las características típicas de los fascismos históricos ha sido el llamamiento a las clases medias frustradas, desazonadas, por alguna crisis económica o humillación política, asustadas por la presión de los grupos sociales subalternos. En nuestra época, en la que los antiguos «proletarios» se están convirtiendo en pequeña burguesía (y los lumpen se autoexcluyen de la escena política), el fascismo encontrará su público en esta nueva mayoría. 

7. A los que carecen de una identidad social cualquiera, el Ur-Fascismo les dice que su único privilegio es el más vulgar de todos, haber nacido en el mismo país. Es éste el origen del «nacionalismo». Además, los únicos que pueden ofrecer una identidad a la nación son los enemigos. De esta forma, en la raíz de la psicología Ur-Fascista está la obsesión por el complot, posiblemente internacional. Los secuaces deben sentirse asediados. La manera más fácil para hacer que asome un complot es apelar a la xenofobia. Ahora bien, el complot debe surgir también del interior: los judíos suelen ser el objetivo mejor, puesto que presentan la ventaja de estar al mismo tiempo dentro y fuera. En América, el último ejemplo de la obsesión del complot está representado por el libro The New World Order de Pat Robertson. 

8. Los secuaces deben sentirse humillados por la riqueza ostentada y por la fuerza de los enemigos. Cuando era niño, me enseñaban que los ingleses eran el «pueblo de las cinco comidas»: comían más a menudo que los italianos, pobres pero sobrios. Los judíos son ricos y se ayudan mutuamente gracias a una red secreta de recíproca asistencia. Los secuaces, con todo, deben estar convencidos de que pueden derrotar a los enemigos. De este modo, gracias a un continuo salto de registro retórico, los enemigos son simultáneamente demasiado fuertes y demasiado débiles. Los fascismos están condenados a perder sus guerras, porque son incapaces constitucionalmente de valorar con objetividad la fuerza del enemigo. 

9. Para el Ur-Fascismo no hay lucha por la vida, sino más bien, «vida para la lucha». El pacifismo es entonces colusión con el enemigo; el pacifismo es malo porque la vida es una guerra permanente. Esto, sin embargo, lleva consigo un complejo de Harmaguedón: puesto que los enemigos deben y pueden ser derrotados, tendrá que haber una batalla final, de resultas de la cual el movimiento obtendrá el control del mundo. Una solución final de ese tipo implica una sucesiva era de paz, una Edad de Oro que contradice el principio de la guerra permanente. Ningún líder fascista ha conseguido resolver jamás esta contradicción. 

10. El elitismo es un aspecto típico de toda ideología reaccionaria, en cuanto fundamentalmente aristocrático. En el curso de la historia, todos los elitismos aristocráticos y militaristas han implicado el desprecio por los débiles. El Ur-Fascismo no puede evitar predicar un «elitismo popular». Cada ciudadano pertenece al mejor pueblo del mundo, los miembros del partido son los ciudadanos mejores, cada ciudadano puede (o debería) convertirse en miembro del partido pero no puede haber patricios sin plebeyos. El líder, que sabe perfectamente que su poder no lo ha obtenido por mandato, sino que lo ha conquistado con la fuerza, sabe también que su fuerza se basa en la debilidad de las masas, tan débiles que necesitan y se merecen un «dominador». Puesto que el grupo está organizado jerárquicamente (según un modelo militar), todo líder subordinado desprecia a sus subalternos, y cada uno de ellos desprecia a sus inferiores. Todo ello refuerza el sentido de un elitismo de masa.  

11. En esta perspectiva, cada uno está educado para convertirse en un héroe. En todas las mitologías, el «héroe» es un ser excepcional, pero en la ideología Ur-Fascista el heroísmo es la norma. Este culto al heroísmo está vinculado estrechamente con el culto a la muerte: no es una coincidencia que el lema de los falangistas fuera «¡Viva la muerte!». A la gente normal se le dice que la muerte es enojosa, pero que hay que encararla con dignidad; a los creyentes se les dice que es una forma dolorosa de alcanzar una felicidad sobrenatural. El héroe Ur-Fascista, en cambio, aspira a la muerte, anunciada como la mejor recompensa de una vida heroica. El héroe Ur-Fascista está impaciente por morir, y en su impaciencia, todo hay que decirlo, más a menudo consigue hacer que mueran los demás. 

12. Puesto que tanto la guerra permanente como el heroísmo son juegos difíciles de jugar, el Ur-Fascista transfiere su voluntad de poder a cuestiones sexuales. Éste es el origen del machismo (que implica desdén hacia las mujeres y una condena intolerante de costumbres sexuales no conformistas, desde la castidad hasta la homosexualidad). Y puesto que también el sexo es un juego difícil de jugar, el héroe Ur-Fascista juega con las armas, que son su Ersatz fálico: sus juegos de guerra se deben a una invidia penis permanente.  

13. El Ur-Fascismo se basa en un «populismo cualitativo». En una democracia los ciudadanos gozan de derechos individuales, pero el conjunto de los ciudadanos sólo está dotado de un impacto político desde el punto de vista cuantitativo (se siguen las decisiones de la mayoría). Para el Ur-Fascismo los individuos en cuanto individuos no tienen derechos, y el «pueblo» se concibe como una cualidad, una entidad monolítica que expresa la «voluntad común». Puesto que ninguna cantidad de seres humanos puede poseer una voluntad común, el líder pretende ser su intérprete. Habiendo perdido su poder de mandato, los ciudadanos no actúan, son llamados sólo pars pro toto a desempeñar el papel de pueblo. El pueblo, de esta manera, es sólo una ficción teatral. Para poner un buen ejemplo de populismo cualitativo, ya no necesitamos Piazza Venezia o el estadio de Nuremberg. En nuestro futuro se perfila un populismo cualitativo Televisión o Internet, en el que la respuesta emotiva de un grupo seleccionado de ciudadanos puede ser presentada o aceptada como la «voz del pueblo». En razón de su populismo cualitativo, el Ur-Fascismo debe oponerse a los «podridos» gobiernos parlamentarios. Una de las primeras frases pronunciadas por Mussolini en el parlamento italiano fue: «Hubiera podido transformar esta aula sorda y gris en un xivac para mis manipulas». De hecho, encontró inmediatamente un alojamiento mejor para sus manípulos, pero poco después liquidó el parlamento. Cada vez que un político arroja dudas sobre la legitimidad del parlamento porque no representa ya la «voz del pueblo», podemos percibir olor de Ur-Fascismo. 

14. El Ur-Fascismo habla la «neolengua». La «neolengua» fue inventada por Orwell en 1984, como lengua oficial del Ingsoc, el socialismo inglés, pero elementos de Ur-Fascismo son comunes a formas diversas de dictadura. Todos los textos escolares nazis o fascistas se basaban en un léxico pobre y en una sintaxis elemental, con la finalidad de limitar los instrumentos para el razonamiento complejo y crítico. Pero debemos estar preparados para identificar otras formas de neolengua, incluso cuando adoptan la forma inocente de un popular reality-show. 

Después de haber indicado los posibles arquetipos del Ur-Fascismo, concédanme que concluya. La mañana del 27 de julio de 1943 me dijeron que, según los partes leídos por radio, el fascismo había caído y Mussolini había sido arrestado. Mi madre me mandó a comprar el periódico. Fui al quiosco más cercano y vi que los periódicos estaban, pero los nombres eran diferentes. Además, después de una breve ojeada a los títulos, me di cuenta de que cada periódico decía cosas diferentes y compré uno al azar, y leí un mensaje impreso en la primera página firmado por cinco o seis partidos políticos, como Democracia Cristiana, Partido Comunista, Partido Socialista, Partido de Acción, Partido Liberal. Hasta aquel momento yo creía que había un solo partido por cada país, y que en Italia sólo existía el Partido Nacional Fascista. Estaba descubriendo que en mi país podía haber diferentes partidos al mismo tiempo. No sólo esto: puesto que era un chico listo, me di cuenta enseguida de que era imposible que tantos partidos hubieran surgido de un día para otro. Comprendí, así, que ya existían como organizaciones clandestinas. El mensaje celebraba el final de la dictadura y el regreso de la libertad: libertad de palabra, de prensa, de asociación política. Estas palabras, «libertad», «dictadura» —Dios mío— era la primera vez en mi vida que las leía. En virtud de estas nuevas palabras yo había renacido hombre libre occidental. Debemos prestar atención a que el sentido de estas palabras no se vuelva a olvidar. El Ur-Fascismo está aún a nuestro alrededor, a veces con trajes de civil. Sería muy cómodo, para nosotros, que alguien se asomara a la escena del mundo y dijera: «¡Quiero volver a abrir Auschwitz, quiero que las camisas negras vuelvan a desfilar solemnemente por las plazas italianas!». Por desgracia, la vida no es tan fácil. El Ur-Fascismo puede volver todavía con las apariencias más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y apuntar con el índice sobre cada una de sus formas nuevas, cada día, en cada parte del mundo. Vuelvo a darle la palabra a Roosevelt: «Me atrevo a afirmar que si la democracia americana deja de progresar como una fuerza viva, intentando mejorar día y noche con medios pacíficos las condiciones de nuestros ciudadanos, la fuerza del fascismo crecerá en nuestro país» (4 de noviembre de 1938).



Libertad y liberación son una tarea que no acaba nunca. Que éste sea nuestro lema: «No olvidemos». Y permítanme que acabe con una poesía de Franco Forfini: 

En el pretil del puente

las cabezas de los ahorcados.

En el agua de la fuente

las babas de los ahorcados.

En el enlosado del mercado

las uñas de los fusilados.

En la hierba seca del prado

los dientes de los fusilados.

Morder el aire morder las piedras

nuestra carne no es ya de hombres.

Morder el aire morder las piedras

nuestro corazón no es ya de hombres.

Pero nosotros lo leímos en los ojos de los muertos

y en la tierra haremos libertad

pero apretaron los puños de los muertos

la justicia que se hará.

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Discurso pronunciado por Umberto Eco el 24 de abril de 1995 en la Universidad de Columbia, Nueva York, recogido después en Cinco escritos morales (Penguin Random House, 2010) y en Contra el fascismo (Lumen, 2018).

Traducción: Helena Lozano Miralles. 

domingo, 30 de mayo de 2021

Camus en Rebeldía

 


Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo, Psicoterapeuta, Psicoanalista. Zaragoza. Gran Vía Y Online. rcordobasanz@gmail.com  Website: Conóceme IG: @psicoletrazaragoza Teléfono: (+34) 653 379 269

Texto de Albert Camus, publicado en 1951, y que examina tanto la rebeldía como la revuelta, que para Camus deben ser vistas como un mismo fenómeno manifestado en el ámbito personal y social respectivamente.

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Por:  Albert Camus

¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice que no. Pero si se niega, no renuncia: es además un hombre que dice que sí desde su primer movimiento. Un esclavo, que ha recibido órdenes durante toda su vida, juzga de pronto inaceptable una nueva orden. ¿Cuál es el contenido de ese “no”?


Significa, por ejemplo, “las cosas han durado demasiado”, “hasta ahora, sí; en adelante, no”, “vas demasiado lejos”, y también “hay un límite que no pasaran”. En suma, ese “no” afirma la existencia de una frontera. Vuelve a encontrarse la misma idea de límite en ese sentimiento del rebelde de que el otro “exagera”, de que no extiende su derecho más allá de una frontera a partir de la cual otro derecho le hace frente y lo limita. Así, el movimiento de rebelión se apoya, al mismo tiempo, en el rechazo categórico de una intrusión juzgada intolerable y en la certidumbre confusa de un buen derecho; más exactamente, en la impresión del rebelde de que “tiene derecho a…”. La rebelión va  acompañada de la sensación de tener uno mismo, de alguna manera y en alguna parte, razón. En esto es en lo que el esclavo rebelado dice al mismo tiempo sí y no. Afirma, al mismo tiempo que la frontera, todo lo que sospecha y quiere conservar más acá de la frontera. Demuestra, con obstinación, que hay en él algo que “vale la pena de…”, que exige vigilancia. De cierta manera opone al orden que le oprime una especie de derecho a no ser oprimido más allá de lo que puede admitir.


Al mismo tiempo que la repulsión con respecto al intruso, hay en toda rebelión una adhesión entera o instantánea del hombre a cierta parte de sí mismo. Hace, pues, que intervenga implícitamente un juicio de valor, y tan poco gratuito que lo mantiene en medio de los peligros. Hasta entonces se callaba, por lo menos, abandonado a esa desesperación en que se acepta una situación aunque se la juzgue injusta. Callarse es dejar creer que no se juzga ni se desea nada y, en ciertos casos, es no desear nada en efecto. La desesperación, como lo absurdo, juzga y desea todo en general y nada en particular. El silencio la traduce bien. Pero desde el momento en que habla, aunque diga que no, desea y juzga. El rebelde (es decir, el que se vuelve o revuelve contra algo), da media vuelta. Marchaba bajo el látigo del amo y he aquí que hace frente. Opone lo que es preferible a lo que no lo es. Todo valor no implica la rebelión, pero todo movimiento de rebelión invoca tácitamente un valor. ¿Se trata por lo menos de un valor?


Por confusamente que sea, una toma de conciencia nace del movimiento de rebelión: la percepción, con frecuencia evidente, de que hay en el hombre algo con lo que el hombre puede identificarse, al menos por un tiempo. Esta identificación no era sentida realmente hasta ahora. El esclavo sufría todas las exacciones anteriores al movimiento de rebelión. Y hasta con frecuencia había recibido sin reaccionar órdenes más indignantes que la que provoca su negativa. Era con ellas paciente; las rechazaba, quizá, en sí mismo, pero puesto que callaba, era más cuidadoso de su interés inmediato que consciente todavía de su derecho. Con la pérdida de la paciencia con la impaciencia, comienza, por el contrario, un movimiento que puede extenderse a todo lo que era aceptado anteriormente. Ese impulso es casi siempre retroactivo. El esclavo, en el instante en que rechaza la orden humillante de su superior, rechaza al mismo tiempo el estado de esclavo. El movimiento de rebelión lo lleva más allá de donde estaba en la simple negación. Inclusive rebasa el límite que fijaba a su adversario, y ahora pide que se le trate como igual. Lo que era al principio una resistencia irreductible del hombre, se convierte en el hombre entero que se identifica con ella y se resume en ella. Esa parte de sí mismo que quería hacer respetar la pone entonces por encima de lo demás y la proclama preferible a todo, inclusive a la vida. Se convierte para él en el bien supremo. Instalado anteriormente en un convenio, el esclavo se arroja de un golpe (“puesto que es así…”) al Todo o Nada. La conciencia nace con la rebelión.


Pero se ve que es conciencia, al mismo tiempo, de un “todo” todavía bastante oscuro y de una “nada” que anuncia la posibilidad de que se sacrifique el hombre a ese todo. El rebelde quiere serlo todo, identificarse totalmente con ese bien del que ha adquirido conciencia de pronto y que quiere que sea, en su persona, reconocido y saludado; o nada, es decir, encontrarse definitivamente caído por la fuerza que le domina. Cuando no puede más, acepta la última pérdida, que le supone la muerte, si debe ser privado de esa consagración exclusiva que llamará, por ejemplo, su libertad. Antes morir de pie que vivir de rodillas.


El valor, según los buenos autores, “representa las más de las veces un paso del hecho al derecho, de lo deseado a lo deseable (en general, por intermedio de lo comúnmente deseado)”. El paso al derecho queda manifiesto, según hemos visto, en la rebelión. Igualmente el paso del “sería necesario que eso fuese” al “quiero que eso sea”. Pero más todavía, quizá, esa noción de la superación del individuo en un bien en adelante común. El surgimiento del Todo o Nada muestra que la rebelión, contrariamente a la opinión corriente, y aunque nazca en lo que el hombre tiene de más estrictamente individual, pone en tela de juicio la noción misma de individuo. Si el individuo, en efecto, acepta morir, y muere en la ocasión, en el movimiento de su rebelión, muestra con ello que se sacrifica en beneficio de un bien del que estima que sobrepasa a su propio destino. Si prefiere la probabilidad de la muerte a la negación de ese derecho que defiende es porque coloca a este último por encima de sí mismo. Obra, por lo tanto, en nombre de un valor que, aun siendo todavía confuso, al menos tiene de él el sentimiento de que le es común con todos los hombres. Se ve que la afirmación envuelta en todo acto de rebelión se extiende a algo que sobrepasa al individuo en la medida en que lo saca de su soledad supuesta y le proporciona una razón de obrar. Pero importa observar ya que este valor que existe antes de toda acción, contradice las filosofías puramente históricas, en las cuales el valor es conquistado (si se conquista) al término de la acción. El análisis de la rebelión conduce, por lo menos, a la sospecha de que hay una naturaleza humana, como pensaban los griegos, y contrariamente a los postulados del pensamiento contemporáneo. ¿Por qué rebelarse si no hay en uno nada permanente que conservar? El esclavo se alza por todas las existencias al mismo tiempo cuando juzga que con tal orden se niega algo que hay en él y que no le pertenece a él solo, sino que constituye un lazo común en el cual todos los hombres, hasta el que le insulta y le oprime, tienen una comunidad preparada


Dos observaciones apoyarán este razonamiento. Se advertirá ante todo que el movimiento de rebelión no es, en su esencia, un movimiento egoísta. Puede haber, sin duda, determinaciones egoístas. Pero la rebelión se hace tanto contra la mentira como contra la opresión. Además, a partir de esas determinaciones, y en su impulso más profundo, el rebelde no preserva nada, puesto que pone todo en juego. Exige, sin duda, para sí mismo el respeto, pero en la medida en que se identifica con una comunidad natural.


Observemos después que la rebelión no nace solamente, y forzosamente, en el oprimido, sino que puede nacer también ante el espectáculo de la opresión de que otro es víctima. Hay, pues, en este caso identificación con el otro individuo. Y hay que precisar que no se trata de una identificación psicológica, subterfugio por el cual el individuo sentiría imaginativamente que es a él a quien se hace la ofensa. Puede suceder, por el contrario, que no se soporte el ver cómo se infligen a otros ofensas que nosotros mismos hemos sufrido sin rebelarnos. Los suicidios de protesta en el presidio, entre los terroristas rusos a cuyos camaradas se azotaba, ilustran este gran movimiento. Tampoco se trata del sentimiento de la comunidad de intereses. Podemos encontrar indignamente, en efecto, la injusticia impuesta a hombres que consideramos adversarios. Hay solamente identificación de destinos y toma de partido. El individuo no es, por lo tanto, por sí solo, el valor que él quiere defender. Son necesarios, para componerlo, por lo menos todos los hombres. En la rebelión el hombre se supera en sus semejantes, y, desde este punto de vista, la solidaridad humana es metafísica. Simplemente, no se trata por el momento sino de esa especie de solidaridad que nace de las cadenas.


Todavía se puede precisar el aspecto positivo del valor presunto en toda rebelión comparándolo con una noción enteramente negativa como la del resentimiento, tal como la ha definido Scheler. En efecto, el movimiento de rebelión es más que un acto de reivindicación, en el sentido fuerte de la palabra. El resentimiento está definido muy bien por Scheler como una autointoxicación, la secreción nefasta, en vaso cerrado, de una impotencia prolongada. La rebelión, por el contrario, fractura al ser y le ayuda a desbordarse. Libera oleadas que, de estancadas, se hacen furiosas. Scheler mismo acentúa el aspecto pasivo del resentimiento, observando el gran lugar que ocupa en la psicología de las mujeres, destinadas al deseo y a la posesión. En las fuentes de la rebelión hay, por el contrario, un principio de actividad superabundante y de energía. Scheler tiene también razón cuando dice que la envidia colorea fuertemente al resentimiento. Pero se envidia lo que no se tiene, en tanto que el rebelde defiende lo que es. No reclama solamente un bien que no posee o que le hayan frustrado. Aspira a hacer reconocer algo que tiene y que ya ha sido reconocido por él, en casi todos los casos, como más importante que lo que podría envidiar. La rebelión, no es realista. Siempre, según Scheler, el resentimiento se convierte en arribismo o en acritud, según crezca en un alma fuerte o débil. Pero en ambos casos se quiere ser lo que no se es. El resentimiento es siempre resentimiento contra sí mismo. El rebelde, por el contrario, en su primer movimiento, se niega a que se toque lo que él es. Lucha por la integridad de una parte de su ser. No trata ante todo de conquistar, sino de imponer.


Parece, en fin, que el resentimiento se deleita de antemano con un dolor que querría que sintiese el objeto de su rencor. Nietzsche y Scheler tienen razón al ver una bella ilustración de esta sensibilidad en el pasaje en que Tertuliano informa a sus lectores que en el cielo la mayor fuente de felicidad entre los bienaventurados será el espectáculo de los emperadores romanos consumidos en el infierno. Esta felicidad es también la de las buenas gentes que iban a presenciar las ejecuciones capitales. La rebelión, por el contrario, en su principio, se limita a rechazar la humillación sin pedirla para los demás. Acepta también el dolor para uno mismo, con tal que su integridad sea respetada.


No se comprende, pues, por qué Scheler identifica absolutamente el espíritu de rebelión con el resentimiento. Su crítica del resentimiento inherente al humanitarismo (del cual trata como de la forma no cristiana del amor a los hombres) podría aplicarse quizá a ciertas formas vagas de idealismo humanitario, o a las técnicas del terror. Pero falla en lo concerniente a la rebelión del hombre contra su condición, al movimiento que alza al individuo en defensa de una dignidad común a todos los hombres. Scheler quiere demostrar que el humanitarismo va acompañado del odio al mundo. Se ama a la humanidad en general para no tener que amar a los seres en particular. Esto es justo en algunos casos, y se comprende mejor a Scheler cuando se ve que el humanitarismo está representado, según él, por Bentham y Rousseau. Pero la pasión del hombre por el hombre puede nacer de algo que no sea el cálculo aritmético de los intereses, o de una confianza, por lo demás teórica, en la naturaleza humana. Frente a los utilitaristas y al preceptor de Emilio existe, por ejemplo, la lógica encarnada por Dostoievsky en Iván Karamázov, que va del movimiento de rebelión a la insurrección metafísica. Scheler, que lo sabe, resume así esta concepción: “No hay en el mundo bastante amor para que se malgaste en otro que el ser humano”. Aunque esta proposición fuese cierta, la desesperación vertiginosa que supone merecería algo más que el desdén. En realidad, desconoce el carácter desgarrado de la rebelión de Karamázov. El drama de Iván, por el contrario, nace de que hay demasiado amor sin objeto. Como este amor queda sin empleo, y Dios es negado, se decide entonces transportarlo al ser humano en nombre de una generosa complicidad.


Por lo demás, en el movimiento de rebelión, tal como lo hemos encarado hasta ahora, no se elige un ideal abstracto, por pobreza de corazón, y con un fin de reivindicación estéril. Se exige que sea considerado lo que en el hombre no puede reducirse a la idea, esa parte ardorosa que no puede servir sino para ser. ¿Quiere decir esto que ninguna rebelión esté cargada de resentimiento? No, y lo sabemos harto bien en el siglo de los rencores. Pero debemos tomar esta noción en su sentido más amplio so pena de traicionarla y, a este respecto, la rebelión rebasa al resentimiento por todos lados. Cuando en Cumbres borrascosas Heathcliff prefiere su amor a Dios y pide el infierno para reunirse con la que ama, quien habla no es solamente su juventud humillada, sino también la experiencia ardiente de toda una vida. El mismo movimiento hace decir al maestro Eckart, en un arrebato sorprendente de herejía, que prefiere el infierno con Jesús al cielo sin Él. Es el movimiento mismo del amor. Contra Scheler no se podría, pues, insistir demasiado en la afirmación apasionada que circula por el movimiento de rebelión y que lo distingue del resentimiento. Aparentemente negativa, puesto que nada crea, la rebelión es profundamente positiva, pues revela lo que hay que defender siempre en el hombre.




Pero, para terminar, ¿esta rebelión y el valor que contiene no son relativos? En efecto, con las épocas y las civilizaciones parecen cambiar las razones por las cuales el hombre se subleva. Es evidente que un paria hindú, un guerrero del imperio Inca, un primitivo del África Central, o un miembro de las primeras comunidades cristianas, no tenían la misma idea de la rebelión. Se podría afirmar también, con una probabilidad extremadamente grande, que la idea de rebelión no tiene sentido en estos casos precisos. Sin embargo, un esclavo griego, un siervo, un condotiero del Renacimiento, un burgués parisiense de la Regencia, un intelectual ruso de la primera década de 1900 y un obrero contemporáneo, si bien podrían diferir con respecto a las razones de la rebelión, estarían de acuerdo, sin duda alguna, en cuanto a su legitimidad. Dicho de otro modo, el problema de la rebelión no adquirir un sentido preciso sino dentro del pensamiento occidental. Se podría ser todavía más explícito observando, con Scheler, que el espíritu de rebelión se expresa difícilmente en las sociedades en que las desigualdades son muy grandes (régimen de las castas hindúes) o, por el contrario, en las que la igualdad es absoluta (ciertas sociedades primitivas). En sociedad, el espíritu de rebelión no es posible sino en los grupos en que una igualdad teórica encubre grandes desigualdades de hecho. El problema de la rebelión no tiene, pues, sentido sino dentro de nuestra sociedad occidental. Por lo tanto, se podría sentir la tentación de afirmar que es relativo al desarrollo del individualismo si las observaciones precedentes no nos hubiesen puesto en guardia contra esta conclusión.


En efecto, en el plano de la evidencia, todo lo que se puede sacar de la observación de Scheler, es que, por la teoría de la libertad política, hay en el hombre, en el seno de nuestras sociedades, un aumento de la noción de hombre y, por la práctica de esta misma libertad, la insatisfacción correspondiente. La libertad de hecho no ha aumentado proporcionalmente a la conciencia que el hombre ha adquirido de ella. De esta observación no se puede deducir sino esto: la rebelión es el acto del hombre informado que posee la conciencia de sus derechos. Pero nada nos permite decir que se trate solamente de los derechos del individuo. Al contrario, parece, por la solidaridad ya señalada, que se trata de una conciencia cada vez más amplia que la especie humana adquiere de sí misma a lo largo de su aventura. En realidad, el súbdito del Inca o el paria no se plantean el problema de la rebelión porque ha sido resuelto para ellos en una tradición; antes de que hubieran podido planteárselo la respuesta era lo sagrado. Si en el mundo sagrado no se encuentra el problema de la rebelión, es porque, en verdad, no se encuentra en él ninguna problemática real, pues todas las respuestas han sido dadas de una vez. La metafísica está reemplazada por el mito. Ya no hay interrogaciones, no hay sino respuestas y comentarios eternos, que en tal caso pueden ser metafísicos. Pero antes de que el hombre entre en lo sagrado, y también para que entre en él, y desde que sale de él, y también para que salga, hay interrogación y rebelión. El hombre rebelde es el hombre situado antes o después de lo sagrado, y dedicado a reivindicar un orden humano en el cual todas las respuestas sean humanas, es decir, razonablemente formuladas. Desde ese momento toda interrogación, toda palabra es rebelión, en tanto que en el mundo de lo sagrado toda palabra es acción de gracias. Sería posible mostrar así que no puede haber para un espíritu humano sino dos universos posibles, el de lo sagrado (o de la gracia, para hablar el lenguaje cristiano) y el de la rebelión. La desaparición del uno equivale a la aparición del otro, aunque esta aparición puede hacerse en formas desconcertantes. También en ello volvemos a encontrar el Todo o Nada. La actualidad del problema de la rebelión depende únicamente del hecho de que sociedades enteras han querido diferenciarse con respecto a lo sagrado. Vivimos en una historia desconsagrada. Es cierto que el hombre no se resume en la insurrección. Pero la historia actual, con sus contiendas, nos obliga a decir que la rebelión es una de las dimensiones esenciales del hombre. Es nuestra realidad histórica. A menos de que huyamos de la realidad, es necesario que encontremos en ella nuestros valores. ¿Se Camus.jpgpuede, lejos de lo sagrado y de sus valores absolutos, encontrar la regla de una conducta? Tal es la pregunta que plantea la rebelión.


Ya hemos podido registrar el valor confuso que nace en ese límite en que se mantiene la rebelión. Ahora tenemos que preguntarnos si este valor vuelve a encontrarse en las formas contemporáneas del pensamiento y de la acción rebeldes y, si se encuentra en ellos, tenemos también que precisar su contenido. Pero, advirtámoslo antes de proseguir, el fundamento de ese valor es la rebelión misma. La solidaridad de los hombres se funda en el movimiento de rebelión y éste, a su vez, no encuentra justificación sino en esa complicidad. Tendremos, por lo tanto, derecho a decir que toda rebelión que se autoriza a negar o a destruir esta solidaridad pierde por ello el nombre de rebelión y coincide en realidad con un consentimiento homicida. Del mismo modo esta solidaridad fuera de lo sagrado sólo adquiere vida al nivel de la rebelión. Para ser, el hombre debe sublevarse pero su rebelión debe respetar el límite que descubre ella misma, allí donde los hombres, al juntarse, comienzan a ser. El pensamiento rebelde no puede, por lo tanto, prescindir de la memoria: es una tensión perpetua. Al seguirlo en sus obras y sus actos tendremos que decir siempre si permanece fiel a su nobleza primera o si, por cansancio y locura, la olvida contrariamente, en una embriaguez de tiranía o de servidumbre.


Entre tanto, he aquí el primer progreso que el espíritu de rebelión hace realizar a una reflexión anteriormente imbuida de la absurdidad y de la aparente esterilidad del mundo. En la experiencia absurda el sufrimiento es individual. A partir del movimiento de rebelión, tiene conciencia de ser colectivo, es la aventura de todos. El primer progreso de un espíritu extrañado consiste, por lo tanto, en reconocer que comparte esa extrañeza con todos los hombres y que la realidad humana, en su totalidad, sufre a causa de esa distancia en relación con ella y con el mundo. El mal que experimentaba un solo hombre se convierte en una peste colectiva. En nuestra prueba cotidiana la rebelión desempeña el mismo papel que el “cogito” en el orden del pensamiento: es la primera evidencia. Pero esta evidencia saca al individuo de su soledad. Es un lazo común que funda en todos los hombres el primer valor. Yo me rebelo, luego nosotros somos.