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Paz y Ciencia

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Marx Crítico

 


Karl Heinrich Marx​​ (Tréveris, 5 de mayo de 1818-Londres, 14 de marzo de 1883) fue un filósofo, economista, sociólogo, periodista, intelectual y militante comunista alemán de origen judío.

Al comienzo de la actual pandemia, los mercados bursátiles cayeron hasta un 30% en el espacio de pocas semanas e hicieron saltar las alarmas mediáticas ante lo que se podría convertir, de nuevo, en una inminente crisis económica mundial. Así el Covid-19, al igual que el colapso financiero global que desencadenó la Gran Recesión de 2008-2009, se convierte en el producto ideológico que enmascararía una muy posible causa endógena que explicaría la permanente recurrencia a la crisis; pues la economía capitalista ya no avanzaba a un ritmo acelerado antes de la pandemia. De hecho, en las llamadas economías emergentes más grandes y en la mayoría de las principales, el crecimiento y la inversión se había ralentizado y la rentabilidad del capital estaba cerca del mínimo de posguerra. Por tanto, la pandemia solo ha sido la gota que colmó el vaso ante los problemas de valorización que el capital ya venía sosteniendo.  Pero, ¿si la pandemia no explica este actual «retroceso» de la economía mundial, qué lo explica?; ¿por qué la rentabilidad y la inversión descendió mucho antes de la pandemia del Covid-19?; ¿existe otra visión alternativa coherente, aplicando este caso concreto, que pueda explicar a qué se debe esa recurrente tendencia a la caída de la rentabilidad en el modo de producción capitalista que desencadena la crisis económica?

 

Para no demorarnos demasiado sobre este aspecto, concluimos que la respuesta es afirmativa: la ley del valor-trabajo (TVT) y, en relación a esta, la ley del descenso tendencial de la tasa de ganancia (LDTTG), expuestas y desarrolladas por Karl Marx en su obra El capital, explicaría cómo los aumentos de la productividad en el capitalismo, que tendría como consecuencia la devaluación de las mercancías, incluyendo los medios de producción, hacen surgir una tendencia a que la tasa de ganancia descienda, provocando que sólo pueda ser superada mediante la crisis (volveremos sobre este punto más adelante). Sin embargo, El capital ha sido desde su concepción objetivo de innumerables críticas infundadas, incluso convertido hoy en día por muchos en una mera obra descriptiva y metafísica de la historia del capitalismo o la forma concreta que este adoptó en el siglo XIX. De esta manera, «Marx se transforma en un icono que dijo muy poco distintivo y nada que sea “amenazador”» (Kliman, 2017) y El capital, por consiguiente, se relega a un segundo plano, abandonando descarada y, a veces, concienzuda e interesadamente el carácter teórico-abstracto de la obra, donde el objeto de investigación son las relaciones fundamentales que definen el capitalismo en cuanto tal y lo distinguen de otros sistema sociales anteriores, y no una burda descripción fenoménica de, por ejemplo, la Inglaterra industrial en tiempos de Marx.

Por otro lado, distintos autores, en su mayoría economistas -aunque también sociólogos, antropólogos, filósofos o historiadores guiados por los argumentos de los primeros-, han pretendido demostrar las eventuales incoherencias internas que padece El capital de Marx. Por ende, durante los últimos cien años varios economistas burgueses han afirmado que la teoría del valor trabajo de Marx y su aplicación para comprender la dinámica del capitalismo es inconsistente y/o errónea.  Además, estas «réplicas» apelando a una supuesta incoherencia/error de El capital no solo ha penetrado en la economía convencional; sino que, incluso, en muchos economistas, sociólogos o filósofos que se reclaman marxistas, como Paul Sweezy, Erik Olin Wright o Gerald A. Cohen, respectivamente.

 

Pero si hemos insistido brevemente en mostrar la acusación de una supuesta incoherencia en El capital, es para presentar la aportación indudable que realiza Andrew Kliman en su libro “Reivindicando El capital de Marx. Una refutación al mito de su incoherencia” (recién traducido al español y editado por El Viejo Topo), para desmentir las hipotéticas contradicciones internas teóricas de Marx.

 

El mito de la incoherencia de El capital

 

El primero de los aspectos centrales de Reivindicando El capital de Marx, obra a la que Andrew Kliman ha dedicado años de trabajo y diálogos con economistas como Alan Freeman o Ted McGlone, no puede ser otro -de ahí nuestra concisa exposición anterior- que la crítica a la tan estandarizada afirmación académica de que “Marx se olvidó de transformar los precios de los insumos” -es decir, el llamado «problema de la transformación»-; que vendría a exponer que en el Tomo III de El capital, Marx comete el fatídico error de no transformar a precios de producción los valores de los insumos (capital constante y capital variable). Esto convertiría como lógicamente contradictorio el planteo de El capital, ya que los outputs (productos) no podrían establecerse en precios de producción y los inputs (insumos) en valores.

 

Karl Marx ✆ Raficolv © Ñángara MarxUno de los pioneros en iniciar una conjetura contra El capital de Marx es Böhm-Bawerk, autor de la Escuela Austriaca de economía, que creyó en su libro de 1896 haber descubierto el nudo gordiano del «problema» en el que incide Marx; pues, según el autor liberal, Marx incurre en un error insalvable entre lo que dice en el Tomo I y el Tomo III de El capital. A juicio de Böhm-Bawerk, el autor alemán afirma que las mercancías se venden por su valor para luego, en el tomo III, decir que se venden por su precio de producción. Por consiguiente, el austrohúngaro se obsesiona con desordenar la relación entre precio -expresión monetaria del valor- y valor, y en reducir este último a su magnitud, llegando a afirmar en reiteradas ocasiones, por activa y por pasiva, que Marx comenzó diciendo que “las mercancías tienden a venderse a sus valores”, para pasar a decir después que “las mercancías no tienden a venderse a sus valores”. No obstante, Böhm-Bawerk solo tendría que haber leído, si no es demasiado pedir, el capítulo IX de El capital sin detenerse interesadamente (como sí que hizo) en el aviso de Marx a que “se supone, en efecto, que los precios = los valores”; pues consecuentemente después, el autor de El capital, continúa señalando, como nota aclaratoria para algún que otro despistado, que “en el libro tercero veremos que esa equiparación no se aplica tan sencillamente ni siquiera en el caso de los precios medios”.

 

Asimismo, la crítica de Böhm-Bawerk empobreció el lenguaje y la exposición de Marx, restándole su preciado y necesario contenido categorial filosófico e incidiendo en aquello que sentenciaba Kant: “las intuiciones sin conceptos son ciegas”. El economista austrohúngaro, al igual que muchos más, menospreciaron la dialéctica de Marx y la consideraron como el vulgar envoltorio del caramelo que querían masticar y escupir, terminando por interpretar un espejismo en el vasto universo de El capital. Por esta razón, y sirviéndose de citas y extractos de la obra de Marx fuera de contexto, Böhm-Bawerk acabó diciendo lo que dijo porque así lo quiso desde el principio, sin más.

 

Por su parte, años más tarde, el economista estadounidense Paul Sweezy, sedicente de la teoría de Marx, comulgó con ruedas de molino -al recuperar e introducir en Occidente los documentos del economista ruso Ladislaus Bortkiewicz en 1949- con la idea de que, en realidad, el autor alemán de El capital no cometía un «error insalvable» como señalaba Böhm-Bawerk; sino que su exposición adolecía de incoherencias lógicas internas. Por tanto, para aclaraciones posteriores, el mito del «problema de la transformación» no surge en 1893 con la publicación del Tomo III de El capital, sino con las críticas realizadas en primer lugar por Böhm-Bawerk en 1896 y, sobre todo, por aquella que realiza Bortkiewicz en 1907 -que, aunque relacionadas, hay razones suficientes, como así expone Andrew Kliman, para no ser confundidas-.

 

En efecto, la crítica de Bortkiewicz –“la justificación más citada para rechazar la teoría de Marx en el último siglo”-  mantuvo que la solución a la «cuestión de la transformación» es asumir la incoherencia desde el punto de vista lógico de El capital. Afirmó que Marx había calculado el capital constante y el capital variable en términos de valor, mientras que la mercancía resultante se valoraba por el precio de producción. En consecuencia, sostuvo que el pensador de Tréveris situaba el valor en un nivel de su propia teoría y el precio en otro, concluyendo en que había fallado al conectar ambos. Bortkiewicz, por tanto, sentencia que el alemán “falla en mantener separados con suficiente rigurosidad los dos principios del cálculo de valores y precios” (Bortkiewicz, 1971). A partir de esto, se sostuvo también que la tasa de ganancia cambia con la transformación de valores a precios, de manera que en Marx habría dos tasas de ganancia: la tasa determinada con los precios de producción, y la determinada con los valores.

 

Bortkiewicz argumentó que el error de Marx consiste en que la determinación sucesiva provoca que la reproducción simple no se dé; es decir, la reproducción de la economía se vería interrumpida porque los valores totales no coinciden con los precios totales. Así, Bortkiewicz demostró presuntamente que el método de Marx es contradictorio en sí mismo y que la única forma de corregirlo es cambiando su metodología sucesiva por una simultánea de sistema dual, aun cuando las conclusiones de Marx se modifiquen. En definitiva, el error consiste, según Bortkiewicz y demás corrientes fisicalistas-simultaneístas, en que las mercancías producidas son evaluadas a su precio de producción y las mercancías utilizadas a su valor.

 

Aunque volveremos concisamente sobre ella, la determinación simultánea de los precios de producción se puede resumir en un fragmento escrito por Paul Sweezy, que recibió entusiasmado las «correcciones» artificiosas de Bortkiewicz:

 

En su esquema del precio, los desembolsos de los capitalistas en capital constante y en capital variable quedan exactamente como estaban en el esquema del valor; en otras palabras, el capital constante y el capital variable, empleados en la producción, se siguen expresando en términos de valor. Las producciones totales, por otra parte, se expresan en términos del precio. Ahora bien, es obvio que en un sistema en que el cálculo del precio es general, tanto el capital empleado en la producción como el producto mismo deben expresarse en términos de precio. El inconveniente está en que Marx sólo anduvo la mitad del camino en la transformación de los valores en precios de producción. No hay por qué sorprenderse de que tal procedimiento conduzca a resultados contradictorios (Sweezy, 1945; 128).

 

Más tarde, en la década de 1970, la mayoría de los académicos pretendidamente marxistas aceptaron los argumentos de Piero Sraffa -influenciado por la crítica de Bortkiewicz- que sostienen la redundancia del valor; teorizando, en consecuencia, todas las variables económicas (tasa de ganancia, precios, etc.) sin necesidad de la teoría del valor. La corriente de Sraffa, también llamada neo-ricardiana, considera que puede explicarse la economía con un sistema donde unas máquinas producen réplicas suyas; es decir, en el que el trabajo vivo para la producción puede no ser indispensable, ya que “el trabajo vivo desempeñado por el trabajador no es diferente a las demás mercancías”. Además, “el teorema marxiano fundamental, dado a ampliamente a conocer por Morishima (1973) también ayudó a consolidar la victoria del sraffismo” (Kliman, 2020; 86).

 

De esta manera, el trabajo de Andrew Kliman demuestra en consecuencia que todas estas corrientes, que pretenden demostrar la incoherencia lógica de El capital, sostienen una interpretación simultánea, lo que se traduce en que tanto el valor del producto que se utiliza para producir, como el valor del producto obtenido después del proceso de producción se determinan simultáneamente (el producto final tiene el mismo valor que el medio de producción). Además, Kliman constata que toda determinación simultánea infiere irremediablemente en el fisicalismo -como se puede observar sin mayor esfuerzo en la exposición de Sraffa- que comprende la determinación del valor por la cantidad de producto físico, y no por el tiempo de trabajo; por ende, el valor generado aumenta porque así lo hace el producto físico, sin tomar en cuenta el cambio en el tiempo de trabajo socialmente necesario, y contradiciendo, en definitiva, la ley del valor de Marx.

 

El trabajo de Kliman, Reivindicando El capital de Marx, confirma que la determinación simultánea introduce fundamentos ajenos a la teoría marxista; ya que, claramente, Marx no empleó premisas simultaneístas. De modo que la incoherencia lógica alegada se debe a que la interpretación simultánea altera y pone «patas arriba» los supuestos del procedimiento de Marx, concluyendo artificiosamente que los resultados del alemán son contradictorios. Es por esto que, en consecuencia, todas las corrientes que sostienen la determinación simultánea, sin importar su origen, sus intenciones, o su “apego” a las palabras de Marx, concluyen (consciente o inconscientemente) que la teoría del valor es innecesaria (redundante), que Marx fue inconsistente al explicar la determinación de los precios (el famoso “problema” de la transformación), que el plustrabajo no es la única fuente de plusvalor (ganancia) y que Marx se contradice porque la tasa de ganancia tiende a subir y no a bajar cuando se ahorra trabajo vivo por incrementos en las fuerzas productivas  (Hdez. Solorza y Deitha Mon, 2015; 5). 

 

De este modo, el Teorema de Okishio, partiendo también de premisas externas a las planteadas por Marx, pretende probar que los supuestos de la Ley del descenso tendencial de la tasa de ganancia (LDTTG) son lógicamente inválidos, y aunque el teorema no niega que pueda caer la tasa de ganancia, sí que dice que las premisas que aplica Marx no pueden explicar correctamente porqué sucede tal descenso.

 

La presentación que realiza Marx sobre la LDTTG es, hasta cierto punto, sencilla y fácil de comprender: el pensador alemán parte del supuesto de que la tasa de plusvalía es constante, que la composición orgánica de capital es creciente a lo largo del proceso de acumulación y expansión capitalista, concluyendo finalmente que existe una tendencia por la que la tasa general de ganancia desciende; en otras palabras, esto es fácilmente comprensible si tenemos en consideración que la masa de plusvalía depende del número de trabajadores, dada la tasa de explotación, y que la tasa de ganancia debe ser calculada en relación al capital total. Una composición orgánica creciente, que exprese la elevación de la proporción entre el volumen de los medios de producción y la cantidad de trabajo vivo, sólo puede tener como consecuencia la reducción de la tasa de ganancia (Carcanholo, 2013; 3).

 

Marx declaró que la LDTTG es la primera “ley” para explicar la tendencia de manera satisfactoria y repetidamente dijo que es “la ley más importante” de la economía política, la solución del rompecabezas central alrededor del cual “toda la economía política desde Adam Smith lleva dando vueltas”. “La progresiva tendencia para que caiga la tasa de ganancia es simplemente la expresión, peculiar al modo capitalista de producción, del desarrollo progresivo de la productividad social del trabajo” (El capital. Tomo III, Marx). En otras palabras, la productividad creciente tiende a deprimir la tasa de ganancia; es decir, los resultados de continuos aumentos en la productividad física sobre la tasa de plusvalía son cada vez más limitados. Por tanto, la tendencia a la caída de la ganancia obedece a un aumento de la productividad que supone, a su vez, dificultades crecientes de valorización y no, por el contrario, a un hipotético descenso de la productividad:

 

La tasa de ganancia no disminuye porque el trabajo se haga más improductivo, sino porque se torna más productivo. Ambas cosas, tanto el aumento en la tasa del plusvalor como la baja en la tasa de ganancia, sólo son formas particulares mediante las cuales se expresa en el modo capitalista de producción la creciente productividad del trabajo (Marx, 2011; 307).

 

Su marcado carácter tendencial hace hincapié en que eventualmente «la presión a la baja» puede ser contrarrestada; esto es, por ejemplo, que la elevación de la composición orgánica del capital puede no materializarse y, además, el menor valor de los bienes de consumo, al reducir el valor de la fuerza de trabajo e incrementar la tasa de explotación, puede compensar la eventual elevación de la composición orgánica del capital en su efecto sobre la tasa de ganancia. Por supuesto, Marx contempla esas y otras contratendencias, añadiendo que “las más generalizadas son” la reducción de los salarios; la sobrepoblación relativa; el comercio exterior o el aumento del capital accionario. No obstante, como aclara Kliman en la obra que nos ocupamos:

 

En suma, aunque la tendencia al descenso de la tasa de ganancia es “constantemente…superada”, la tendencia no queda anulada. Hace sentir su presencia, puesto que solo “se supera mediante la crisis”. Las crisis económicas recurrentes, y no una tendencia al descenso de la tasa de ganancia en el largo plazo, es lo que predice en realidad la teoría de Marx. (Kliman, 2020; 57)

 

Estos supuestos de la LDTTG tiene implicaciones políticas revolucionarias, ya que la ley verifica la agudización de las dificultades en el proceso de valorización, lo cual significa que las crisis económicas nacen de la contradicción interna e inherente al modo de producción capitalista: “los capitalistas «matan la gallina de los huevos de oro»”.

 

Sin embargo, la LDTTG de Marx contradice la lógica formal de aquellos, especialmente fisicalistas, para los que intuitivamente es contradictorio el hecho de que productividad creciente = descenso tendencial de la tasa de ganancia (A≠No-A/ creciente≠descenso). Para el sentido común de Okishio (o Dmitriev antes que él), un aumento de la productividad es sinónimo de un aumento en la rentabilidad; pero esto es así, tal como demuestra Kliman, solo si nos servimos de la valoración simultánea para llegar a conclusiones fisicalistas. En conclusión, el Teorema de Okishio solo se sostiene si la problemática se «piensa» en términos de valor de uso (fisicalismo) y no de valor.

 

“Caben diversas interpretaciones de Marx, pero no cualquier interpretación es válida”

 

En suma, en mayor o menor medida, todas las interpretaciones que concluyentemente afirman que El capital de Marx adolece de incoherencias lógicas internas han sostenido y valorado los insumos y los productos de forma simultánea, esto es, alegando que los insumos que se introducen en la producción y los productos que surgen con posterioridad deben tener los mismos valores o precios; han planteado los problemas en términos de las propiedades de estados de equilibrio estático y han inferido insalvablemente en el fisicalismo. Por tanto, cuando la teoría de Marx se interpreta en términos simultaneístas cualquiera de sus supuestos se convierten en contradictorios.

 

Andrew Kliman en Reivindicando El capital de Marx. Una refutación al mito de su incoherencia, evidencia y da sentido a aquella frase formulada por el filósofo español Felipe Martínez Marzoa: “caben diversas interpretaciones de Marx, pero no cualquier interpretación es valida”; pues el trabajo de Kliman se fundamenta precisamente en reclamar las teoría económicas de Marx, mostrando que un estudio adecuado de El capital revela una teoría coherente y unas conclusiones lógicas fundamentadas en la ley del valor. En definitiva, Andrew Kliman desmonta el mito de las  supuestas contradicciones internas atribuidas por la interpretación fisicalista-simultaneísta, que juzgan a Marx por lo que nunca enunció, ya que no existe una interpretación de la teoría del valor de Marx que concilia esas contradicciones aparentes (Kliman, 2020; 18).

 

Por tanto, para Andrew Kliman basta con realizar una interpretación adecuada para que todos esas supuestas contradicciones en las teorías de Marx se desvanezcan. Así en la década de los 80’, diversos autores marxistas, entre los que se incluyen Alan Freeman, Guglielmo Carchedi, Ted McGlone y el propio Andrew Kliman, que no se atiborraron de las artificiosas  y distorsionadas conclusiones de la interpretación simultánea, ofrecieron la llamada Interpretación de Sistema Único Temporal (TSSI).

 

Aunque en Reivindicando El capital de Marx, Andrew Kliman explica con elocuente riqueza  argumentativa la TSSI, se puede decir que esta “coloca las piezas en su posición original”, aclarando, ni más ni menos, que “Marx no planteó los problemas en términos de las propiedades de estados de equilibrio estático, y por tanto, no tenía necesidad alguna de valorar los insumos y los productos de forma simultánea” (Kliman, 2020; 31) . Si valoramos de forma temporal los valores y los precios, tal como hizo Marx, de modo que los precios de los insumos y los productos pueden diferir, y consideramos toda la teoría económica marxista bajo un solo sistema (sistema único), en el que los valores y los precios se determinan entre sí de forma dinámica, podemos concluir con total seguridad, como hace Kliman, que El capital de Marx no adolece absolutamente de nada. Su incoherencia es, por ende, un mito de la ideología dominante.

 

La Interpretación de Sistema Único Temporal logra, por tanto, demostrar que el plustrabajo es la única fuente de plusvalor y, en consecuencia, que el valor no es redundante; explica coherentemente, reproduciendo la metodología y el procedimiento de Marx, cómo los incrementos graduales en la composición orgánica que ahorran trabajo vivo generan una tendencia a la baja en la tasa de ganancia y ha disipado cualquier artificio creado en torno al mal llamado «problema de la transformación».

 

Reivindicando El capital de Marx es, en resumen, un arma formidable para defender las teorías económicas de Marx y desprenderlas del sambenito que artificiosamente se le ha colocado. Disponer de una traducción al español después de casi 14 años desde su publicación original, es sin duda una buena oportunidad para la clase obrera hispanohablante.

Alfonso Fernández BustosEstudiante de Sociología. Universidad Nacional de Educación a Distancia

El libro se puede adquirir en El Viejo Topo

Referencias bibliográficas

Arrizabalo, Xabier. 2016 segunda edición. Capitalismo y Economía Mundial. Instituto marxista de economía. 

Bortkiewicz, Ladislaus. 1971. La teoría económica de Marx. Giulio Einaudi Editore.

Carcanholo, Reinaldo. 2013. La Ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia.

Freeman, Alan. 1996. Price, Value and Profit – a continuous, general, treatment. En Freeman y Carchedi (eds.).

Hdez. Solorza, Sebastian y Deytha Mon, Alan. 2015. Parte I. Determinación del Valor.

Kliman, Andrew. 2020. Reivindicando El capital de Marx. Una refutación al mito de su incoherencia. El Viejo Topo.

Marx, Karl. 2011. El capital. Akal

Nieto, Maxi. 2015. Cómo funciona la economía capitalista: una introducción a la teoría del valor-trabajo de Marx. Escolar y Mayo.

Roberts, Michael. 2017. La Larga Depresión. El Viejo Topo.

Roberts, Michael. thenextrecession.wordpress.com. Blog Personal

Sweezy, Paul. 1945. Teoría del desarrollo capitalista. Fondo de Cultura Económica.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Zaragoza

N° Col.: A-1324 Psicoterapeuta

Teléfono: +34 653 379 269

Instagram: @psicoletrazaragoza

martes, 1 de septiembre de 2020

Byung-Chul Han. Sobre su obra

 


Las obras de 
Byung-Chul Han — La sociedad del cansancio; La sociedad de la transparencia; La agonía de Eros; En el Enjambre y Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder—  recurren a varias metáforas y figuras emblemáticas de la historia cultural y literaria para explicar la figura del sujeto de rendimiento. Sometido a un exitismo patológico y una auto-explotación productiva que entre otras consecuencias ha producido un declinar del deseo sexual o la agonía del eros. Ni siquiera el ocio o la sexualidad pueden rehuir el imperativo del rendimiento. El hombre contemporáneo se ha convertido en una fábrica de sí, hiperactiva, hiperneurótica, que agota cada día su propio ser diluyéndolo en un afán competitivo, de allí que el síntoma de nuestra época es el cansancio. El sistema neoliberal ha sido internalizado hasta el punto de que ya no necesita coerción externa para existir. Asimismo La sociedad de la transparencia lleva a la información total, no permite lagunas de información ni de visión” y acelera el flujo de datos empíricos. El mundo es hoy un mercado en el que se exponen, venden y consumen intimidades.

1.- Byung-Chul Han de la Metalurgia a la Filosofía. 

Byung-Chul Han es el filósofo de moda. Nacido en 1959 en Corea del Sur, este pensador ha desarrollado toda su carrera académica en Alemania en diálogo permanente con un amplio abanico de intelectuales, desde Heidegger hasta MarxFoucaultBaudrillard y Benjamín. Hay ya quien habla del “Zygmunt Bauman de Oriente”.

Llegó a Alemania tras ser admitido por la Universidad Técnica de Clausthal-Zellerfeld, cerca de Gotinga, para estudiar Metalurgia. A sus padres les había dicho que iba a continuar su carrera de Metalurgia en Alemania. Tuvo que mentirles porque no lo habrían dejado partir. Entonces tenía veintidós años. Estudió Filosofía en la Universidad de Friburgo y Literatura alemana y Teología en la de Múnich. Profesor de Filosofía y Estudios Culturales en la Universidad de las Artes de Berlín lo último que ha publicado en España, y en Herder, la misma editorial que sus anteriores cuatro libros, es Psicopolítica, en el que dirige su mirada crítica “hacia las nuevas técnicas de poder del capitalismo neoliberal, que dan acceso a la esfera de la psique, convirtiéndola en su mayor fuerza de producción”.

En algunos ámbitos se lo compara por eso con Peter Sloterdijk o se lo considera incluso como su sucesor, a pesar de las disputas que ha habido entre ellos. En cualquier caso, su éxito editorial es fácil de comprender. Su prosa, clara y directa, resulta fácilmente accesible para el lector no especializado, con el innegable mérito de que la legibilidad de sus escritos no va en desmedro del uso preciso que hace de los conceptos o del interés que despiertan sus reflexiones.

Los escritos de Byung-Chul Han dialogan, se interpelan y se complementan entre sí, pero eso no impide que ciertas cuestiones despierten previsibles dudas u objeciones en el lector que podrían haber sido dilucidadas en el libro. En este sentido, y pese al elogio expresado más arriba, su forma de escribir, brillante e incisiva, se corresponde a un modo de razonar que a veces peca de ser demasiado directo, sin preocuparse por arrostrar algunas de las dificultades que se desprenden de sus aseveraciones. Eso facilita la lectura pero también va en detrimento de la precisión o de una mayor exhaustividad a la hora de explicar una realidad que no deja de ser compleja, heterogénea y ambivalente.

2.- Exitismo patológico, narcisismo y cansancio elocuente

Han aplica el método fenomenológico al examen de las cuestiones del presente, no hay que olvidar que se doctoró con una tesis sobre Heidegger. Convierte su aproximación filo-sociológica en una dialéctica constante donde se resalta, por un lado, los efectos que determinada forma de vivir tiene sobre nosotros y, por otra, cuales son los mecanismos que se esconden detrás de dicha ideología. Cuanto más perdemos la capacidad de ser nuestro propio centro, anulamos la posibilidad de ser autónomos y nos tornamos excéntricos, volcados hacia fuera hasta el paroxismo de la acumulación no productiva, la que nos produce desvelos y que nos impide vivir eso que Peter Handke denomina el cansancio elocuente. El cansancio profundo que afloja la atadura de la identidad liberando un aura de cordialidad que nos permite vivir íntimamente conectados con nuestra interioridad, espacio donde radica la auténtica libertad.

Con grandes dosis de materia filosófica, pero poniendo el acento en los cambios sociológicos que están teniendo lugar en la sociedad contemporánea, la tesis con la que Han entra en la palestra filosófica es que estamos viviendo un silencioso cambio de paradigma que nos encamina, sin apenas darnos cuenta, hacia una sociedad del rendimiento. El hombre contemporáneo ha devenido en una fábrica de sí, hiperactiva, hiperneurótica, que agota cada día su propio ser diluyéndolo en un sin fin de actividades, a la postre, vacías de sentido. Por decirlo con las palabras de un autor muy citado por Han, ha estallado el simulacro anunciado por Baudrillard y eso es algo que, obviamente, tiene sus consecuencias. Hemos pasado del éxtasis de la información al exceso de positividad, cosa que ha terminado por ahogar las fuerzas creativas de las sociedades occidentales bajo una falsa promesa, la promesa de la eterna productividad.

3.- Psicopolítica y el síndrome burnout. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder.

Su última obra, Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder1 es un ensayo que arroja una de esas lúcidas miradas sobre el presente a las que este autor nos tiene acostumbrados y que nos ayuda a comprender mejor cuál es el trasfondo que yace detrás de numerosos fenómenos y actos cuya significación oculta suele pasar desapercibida. Y aunque no lo explicite se lo puede ver en este sentido como una ejemplificación más de aquello que Michel Foucault denominó una ontología del presente. De hecho, el título de su obra debe entenderse como una continuación de lo que este pensador francés bautizó como biopolítica. Byung-Chul Han arguye que la biopolítica foucaultiana se quedó anclada en un análisis del cuerpo, de modo que no habría llevado a cabo el viraje necesario para explicar la explotación de la psique, aquello que fundamentalmente caracterizaría a la forma hegemónica de poder en nuestra sociedad contemporánea. La tesis fundamental que recorre el libro se resume cuando escribe que “la psicopolítica neoliberal es la técnica de dominación que estabiliza y reproduce el sistema dominante por medio de una programación y control psicológicos”.2

En la línea de sus primeros ensayos, como La sociedad del cansancio y La agonía del ErosByung-Chul Han pone énfasis en que la psicopolítica recurre a un sistema de dominación que, en lugar de emplear el poder opresor, utiliza un poder seductor, inteligente (smart), que consigue que los hombres se sometan por sí mismos al entramado de la dominación.

Para Karl Marx, el trabajo conduce a la alienación. Ese es el tema de Byung Chul-Han: la nueva alienación. El hombre se ha convertido en el explotador de sí mismo por un propio afán desmesurado de competencia, de éxito, vivido como "realización personal". Uno se explota a sí mismo hasta el colapso. El sistema neoliberal ha sido internalizado hasta el punto de que ya no necesita coerción externa para existir. Y, por eso, el síntoma de nuestra época es el cansancio.

Como aclara Han no es la multitude cooperante que Antonio Negri eleva a sucesora posmarxista del “proletariado”, sino la solitude del empresario aislado, enfrentado consigo mismo, la que constituye el modo de producción presente.3 Los otros, nuestros prójimos, se han convertido en competidores o sombras en nuestras pantallas autistas. En nuestra época, el trabajo se presenta en forma de libertad y autorealización. Me (auto)exploto, pero creo que me realizo. En ese momento no aparece la sensación de alienación. Así, el primer estadio del síndrome burnout (agotamiento) es la euforia. Entusiasmado, me vuelco en el trabajo hasta caer rendido. Me realizo hasta morir. Me optimizo hasta morir. Me exploto a mí mismo hasta quebrarme. Esta autoexplotación es más eficaz que la explotación ajena a la que se refería el marxismo, porque va acompañada de un sentimiento de libertad. Esta libertad imaginada impide la resistencia o la revolución. El neoliberalismo nos aísla a cada uno y nos hace empresarios de nosotros mismos. El capitalismo huye hacia el futuro, se desmaterializa, se convierte en neoliberalismo y convierte al trabajador en empresario que se explota a sí mismo en su empresa.4

El neoliberalismo, como una forma de mutación del capitalismo, convierte al trabajador en empresario”. El neoliberalismo y no la revolución comunista. Elimina la clase trabajadora sometida a la explotación ajena. Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa”.5

La crítica de Byung-Chul Han –un ataque al corazón de esa ideología del emprendimiento que ha colonizado el Mundo interior del capital 6 desde el centro neurálgico de la tecnología informática, ubicado en el norte de California, Estados Unidos –el Silicon Valley7– sirve para comprender las tensiones entre lo privado y lo público, entre el tiempo del trabajo y el tiempo del ocio, y otras oposiciones que marcaron a la sociedad industrial y hoy están en vías de desaparición.   

La sentencia de Han es sombría pero honesta, no todos pueden ser emprendedores exitosos. La revolución digital esconde miles de trabajadores hiperexplotados de la manera más tradicional en las líneas de producción (no solo en China) y una buena cantidad deespecialistas flexibles que se auto-explotan y viven al borde del síndrome de burnout 8 , también llamado síndrome de desgaste ocupacional (SDO) y del que Byung-Chul Han se encarga de reflexionar. 

4.- El cambio de paradigma en La sociedad del cansancio: de lo viral-inmunológico a lo neuronal-estresante. 

La estrategia o microfísica del poder en el sistema neoliberal es la seducción, la misma que ya anunciaba Baudrillard. Pero, como se puede entrever en su libro –La sociedad del cansancio– Han explora la sutil interacción entre el discurso social y el discurso biológico tomando como base la permeabilización que se efectúa entre ambos, para desvelar un cambio de paradigma que podría pasar inadvertido. Su teoría va más allá del trabajo de filósofos como Peter SloterdijkRoberto Espósito o Jean Baudrillard, quienes ya habían explorado esta interconectividad y a quienes Byung-Chul Han refuta, preconizando que ya no vivimos en una sociedad inmunológica, sino que la violencia inmanente al sistema es neuronal y, por tanto, no desarrolla una reacción de rechazo en el cuerpo social.

Toda época tiene sus enfermedades emblemáticas. Así, existe una época bacterial que, sin embargo, toca a su fin con el descubrimiento de los antibióticos. A pesar del manifiesto miedo a la pandemia gripal, actualmente no vivimos una época viral. La hemos dejado atrás gracias a la técnica inmunológica. El comienzo de siglo XXI, desde un punto de vista patológico, no sería ni bacterial ni viral, sino neuronal, escribe Byung-Chul Han.

Han sostiene que el modelo “viral” y la metáfora de la invasión bacterial -que reina en nuestra sociedad desde al menos el siglo XIX- ha ido perdiendo fuerza para ser reemplazada por otras metáforas y enfermedades. Según el filósofo surcoreano ahora domina un paisaje patológico de trastornos neuronales: enfermedades como la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), el trastorno límite de la personalidad (TLP) o el síndrome de desgaste profesional (SDO o “síndrome de burnout”) definen el panorama patológico de comienzos del siglo XXI.9 Byung-Chul Han ubica en el fin de la guerra fría el momento inicial de esa transición. 

La era inmunológica parece haber sido superada. Sin embargo, aún cuando, esta hipótesis puede resultar interesante ella parece no considerar la reciente crisis del ébola en Europa, que puso de manifiesto que el miedo al Otro (en este caso un virus que, además, viene de África) sigue vivo y operante. Pese a ello, habrá que seguir con atención la evolución de estos modelos de control en la sociedad contemporánea. Según Kuhn10 pueden coexistir, en un período de transición, dos paradigmas aunque sean mutuamente excluyentes. La compartimentación de paradigmas divide -necesariamente- a la comunidad científica, siendo esa circunstancia típica de tiempos de crisis y no de ciencia normal: "hay circunstancias, aunque [Kuhn las considera raras] en las que pueden coexistir pacíficamente dos paradigmas en el último período de ciencia normal".11

En sus ensayos12 —breves, controvertidos, estimulantes— Han desarrolla una misma idea: el “paradigma inmunológico”, que pensadores como Michel Foucault o Jean Baudrillard han empleado para explicar la sociedad tardocapitalista, ha quedado obsoleto; ahora cabe hablar del “paradigma neuronal”. En consonancia con este cambio, se han producido otros deslizamientos relevantes: la “sociedad disciplinaria” ha sido sustituida por la “sociedad del rendimiento” y al “sujeto de obediencia” le ha seguido un individuo enfermo de Ego al que Han denomina “el emprendedor de sí mismo”.

El “emprendedor de sí mismo”, surge con el paradigma neuronal y destierra al obsoleto “sujeto de obediencia” del que hablaba Foucault (en su sociedad disciplinaria) y que era uno que obedecía a una instancia externa: ese sujeto es ciudadano de un mundo de fronteras y, por consiguiente, distingue un exterior de un interior, un amo que está fuera, que es “otro”, de un esclavo que está dentro, que es “yo”. El primero, el “emprendedor de sí mismo”, sin embargo, solo se obedece a sí mismo: habita un mundo de lo idéntico, sin amo externo, sin otro… pero en su interior aloja a un bicéfalo amo-esclavo o esclavo-amo que le succiona la energía.

La optimización personal es una forma de autoexplotación total. El coaching, la motivación, la competitividad, la optimización… son técnicas que la sociedad abraza para conseguir la productividad ilimitada. Las personas entran en una dinámica de autoexplotación, de autoexigencia, de constante optimización que acaba generando enfermedades como la depresión. En estos casos, no se tiende a pensar que es la dinámica, el sistema, el que ha generado esta ansiedad, sino que se plantea siempre como un fracaso personal. Este tipo de poder inteligente, propio del régimen neoliberal, actúa de forma silenciosa, domina intentando agradar y generando dependencias, “se ajusta a la psique en lugar de disciplinarla”.13 

El sujeto de rendimiento, como empresario de sí mismo, sin duda es libre en cuanto no está sometido a ningún otro que le mande y lo explote, pero no es realmente libre, pues se explota a sí mismo, por más que lo haga con entera libertad. El explotador es el explotado”.14

Este nuevo tipo de explotación es mucho más eficiente que la anterior porque “va unida al sentimiento de libertad. Con ello la explotación es posible sin dominio”. El neoliberalismo entiende al sujeto como proyecto y no como explotado. De esta forma el fracaso lo asume el sujeto: “no hay nadie a quien pueda hacer responsable de su fracaso”.15 Esta idea rebate la concepción de Benjamin (“el capitalismo es una religión”): el capitalismo no es ninguna religión porque “toda religión maneja las categorías de deuda (culpa) y desendeudamiento (perdón). El capitalismo es solamente endeudador”.16 El resultado es la depresión y el síndrome del agotamiento.

La sociedad disciplinaria de Foucault, que constaba de hospitales, psiquiátricos, cárceles, cuarteles y fábricas, ya no se corresponde con nuestra sociedad, en su lugar se ha establecido desde hace tiempo otra completamente diferente, a saber: una sociedad de gimnasios, torres de oficinas, bancos, aviones, grandes centros comerciales y laboratorios genéticos. La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad del rendimiento.17 La topología de la sociedad del rendimiento se compone así de aeropuertos, torres de oficinas, shopping mall, escaparates bien iluminados, grandes ventanales y espacios abiertos. Los espacios de la sociedad disciplinaria son lugares cerrados y en penumbra, sustraídos a la vista, regimientos, centros penitenciarios, manicomios y fronteras. Una vez más el cambio parece positivo: se ha pasado de la opacidad y el secreto de una sociedad basada en relaciones de enemistad (conflicto) a la transparencia de un mundo donde lo otro ha sido transmutado en accesible y cercano. De allí que Han insista en La sociedad de la transparencia, que el problema reside en que la transparencia, que parece (y se presenta como) voluntaria, resulta ser obligatoria.

Es en la sobreabundancia de lo idéntico, en ese exceso de afabilidad que no crea anticuerpos, que no genera ningún rechazo ni implica ninguna negatividad, donde Byung-Chul Han encuentra las razones para explicar la proliferación de los estados patológicos neuronales. La violencia hoy ha dejado de responder a los esquemas inmunológicos virales de lo propio y lo extraño, como la planteaba Baudrillard.18 La violencia hoy es neuronal e inmanente al sistema, sentencia el autor, quien atribuye al “superrendimiento”, la “supercomunicación” y la “superproducción” actual las razones que generan un colapso del Yo, en lo que denomina “infartos psíquicos”.

La otredad es la categoría fundamental de la inmunología. Cada reacción inmunológica es una reacción frente a la otredad. Pero en la actualidad, en lugar de esta, comparece la diferencia, que no produce ninguna reacción inmunitaria. (…) A la diferencia le falta, por decirlo así, el aguijón de la extrañeza, que provocaría una violenta reacción inmunitaria. También la extrañeza se reduce a una fórmula de consumo. Lo extraño se sustituye por lo exótico y el turista lo recorre. El turista o el consumidor ya no es más un sujeto inmunológico.

Se comprende ahora la metáfora inmunológica: la sociedad es un cuerpo que ha desarrollado un sistema defensivo contra eventuales ataques bacterianos o virales: el cuerpo es el “yo”, el virus es el “otro”.

La actual es una sociedad aparentemente pacífica de la que ha sido desterrada la violencia basada en la enemistad. ¿Por qué entonces se multiplican en ella las figuras que podríamos considerar correlativas del loco y el criminal de la sociedad inmunológica, a saber, los depresivos y los fracasados?

El “emprendedor de sí mismo” de la sociedad del rendimiento, señala Han en La sociedad del cansancio, está exhausto; sus enfermedades características no son víricas sino neuronales. Padecen depresión y un amplio espectro de trastornos por hiperactividad y fatiga neuro-funcional: TDAH, TLP y SDO. La etiología de estos males solo puede comprenderse a la luz del verbo que gobierna la acción de la sociedad tardocapitalista. Mientras que en la disciplinaria el verbo imperante era deber, en la de rendimiento es poder; mientras que en la primera se obliga al individuo al trabajo, en la segunda se lo motiva apelando a su capacidad: ya no se conjuga tú debes sino tú puedes. Se produce así un aparente tránsito de la coacción a la libertad en tanto en cuanto se elimina la instancia externa que ordena y se estimula la autogestión y autoexigencia de quien se gobierna.

¿Por qué, sin embargo, este paso del deber al poder es solo aparentemente liberador? ¿Cómo podría el estímulo y la motivación conducir, en última instancia, al fracaso? La respuesta parece un acertijo: el “emprendedor de sí mismo” puede poder pero no puede no poder, es decir, poder constituye para él un deber. Han explica que hay dos formas de potencia: la positiva (decir “sí puedo”) y la negativa (decir “no puedo” — que se distingue netamente de la impotencia) y advierte de que si se elimina la segunda, si el individuo no puede decir “no puedo”, se ve coaccionado para tener que poder siempre. El resultado: hiperactividad, agitación, histeria del trabajo y de la producción y, finalmente, cansancio y depresión.

No-poder— poder-más conduce a un destructivo reproche de sí mismo y a la autoagresión. El sujeto de rendimiento se encuentra en guerra consigo mismo y el depresivo es el inválido de esta guerra interiorizada.

5.- La sociedad de la transparencia y la hipervisibilidad en la era digital. Del homo digitalis al Big Data.

Un mundo donde lo que vale no es el ser, sino el aparecer, aunque el placer exige cierto ocultamiento, lo contrario de esta desnudez y transparencia pornográficas, cuyo ejemplo más evidente sería Facebook. Del capitalismo, donde lo esencial era el tener, pasamos a una sociedad neoliberal exhibicionista, donde lo fundamental es "aparecer".

La sociedad de la transparencia valora la exposición. Cada sujeto “es su propio objeto de publicidad. Todo se mide en su valor de exposición. La sociedad expuesta es una sociedad pornográfica”.19 Vivimos en un mundo que tiende a la hipervisibilidad, un espacio sin secretos ni misterios ocultos. A la sociedad de la transparencia toda distancia le parece una negatividad que hay que eliminar: constituye un obstáculo para la aceleración de los ciclos de la comunicación y del capital.

La sociedad de la transparencia lleva a la información total, “no permite lagunas de información ni de visión”20 y acelera el flujo de datos empíricos. De allí que Han concluya que la tremenda cantidad de información eleva masivamente la entropía del mundo, y también el nivel de ruido. “El pensamiento tiene necesidad de silencio. Es una expedición al silencio”.21

“El mundo no es hoy ningún teatro en el que se representen y lean acciones y sentimientos, sino un mercado en el que se exponen, venden y consumen intimidades. El teatro es un lugar de representación, mientras que el mercado es un lugar de exposición.”22

La sociedad de la transparencia también amenaza a la política, un tipo de acción estratégica que incluye una dimensión o esfera secreta. Si toda la política se reduce a una escenificación de la transparencia, el “final de los secretos sería el final de la política”.23

Así como en el caso de la producción se sustituye el verbo deber por poder, en el plano del control se pasa de la vigilancia a la transparencia, sin caer en la cuenta de que tanto el verbo poder como la transparencia son coercitivos.

Internet, en lugar de ser presentado como un espacio de libertad y de transformación, aparece, según Byung-Chul Han, como el escenario paradigmático y cómplice de los problemas del presente, allí donde éstos se revelan con mayor claridad e intensidad. En la red se asistiría a una suerte de dictadura de la transparencia que derivaría en un panóptico digital que a la postre, en conexión con lo referido anteriormente, sería más bien un autopanóptico, donde cada uno ejercería al mismo tiempo de policía de sí mismo y de los otros. O por decirlo con sus palabras: “el me gusta es el amén digital. Cuando hacemos clic en el botón de me gusta nos sometemos a un entramado de dominación. El Smartphone no es solo un eficiente aparato de vigilancia, sino también un confesionario móvil. Facebook es la iglesia, la sinagoga global (literalmente, la congregación) de lo digital”.24

Medir el éxito a partir de los ‘Me gusta’ o retuiteos es algo habitual.25 Empresas e individuos calibran sus fuerzas en las RRSS. También es la manera más directa de perder/vender tu intimidad. Sólo hay que atender al imparable y creciente fenómeno mediático de Facebook y Twitter, sin olvidar Instagram, para ver cómo los usuarios seducidos por la exhibición publicitaria de un sí mismo virtual desnudan sus ideas, y con ello –sin percatarse revelan sus obsesiones, patrones de consumo y psicopatologías. De allí que en este exhibicionismo festivo los grandes beneficiados son las empresas de marketing, con Google a la cabeza.

La época digital totaliza lo aditivo, el contar y lo numerable. Incluso las inclinaciones se cuentan en forma de "me gusta". Lo narrativo pierde importancia considerablemente. Hoy todo se hace numerable, para poder transformarlo en el lenguaje del rendimiento y de la eficiencia.26

En el enjambre es un conjunto de individuos aislados e hipercomunicados  —el homo digitalis —, pero sin capacidad para crear un movimiento de cambio real. La comunicación digital hace que se erosione fuertemente la comunidad, el nosotros. Destruye la noción de espacio público y agudiza el aislamiento del hombre.

La sociedad de la información, la era digital, produce un extraño estado de embotamiento, nuevas formas de alienación y un tipo de comunicación lleno de desencuentros, de pérdida de la sintonía.

Según Han:
“La comunicación digital se distingue por el hecho de que las informaciones se producen, envían y reciben sin mediación. No son dirigidas y filtradas por mediadores. La instancia intermedia es eliminada para siempre […]. Medios como blogs, Twitter o Facebook liquidan la mediación de la comunicación, la desmediatizan. La actual sociedad de la opinión y la información en esta comunicación desmediatizada.“27
Han especula acerca de que en esta inmediatez se produce la pérdida de lo político:
"En los blogs o las redes sociales [que] hoy en día construyen o reemplazan el espacio público no se produce ningún discurso. No se construye espacio público (Öffentlichkeit) alguno. Los medios digitales hacen que la sociedad se vuelva cada vez más pobre en su discurso. Impiden la construcción de una comunidad en un sentido empático. Sólo producen al azar muchedumbres (An- sammlungen) o multitudes (Vielheiten) de individuos aislados, de ego, sin cohesión alguna (Versammlung), sin lugar de discurso. El individuo ya no es una entidad política capaz de producir un nosotros”.28
Es posible que el performance haya sustituido a la participación y que esa “memoria política” de las generaciones precedentes esté dando lugar a lujos de apropiación que son cada vez menos estables. Los signos circulan en las redes, las causas van a la velocidad del hashtag y la memoria queda en los archivos que, posiblemente, nunca sean revisitados.

Ahora bien, las críticas a Internet se concentran además en las retóricas del Big Data tan en boga hoy en día, el cual designa esa forma o ideología del conocimiento según Han que se sustenta en la explotación de la transparencia, donde se confunde la recolección de informaciones y de huellas de todo tipo con el auténtico conocimiento y donde se iría a parar a una especie de Big Brother digital. Así se consumaría una presunta o sedicente segunda Ilustración que anunciaría el fin del reinado de la teoría y cuyo imperativo se sintetizaría en querer convertir todo en datos e información. En realidad, empero, este dataísmo se descubriría más bien como un dadaísmo redivivo por sobredimensionar los datos, sobre todo por culpa de la inmensa cantidad de ellos, al mismo tiempo que se renunciaría a dotarles de un entramado de sentido, cayendo así en un deslumbramiento que sacrifica lo cualitativo en favor de lo cuantitativo. Así pues, los partidarios del Big Data confiarían ilusamente en que los números, como si fueran una especie de manifestación del inconsciente digital, hablan por sí mismos y en que dan cuenta exacta de nuestros patrones de conducta, lo que incluso les otorgaría la capacidad de poder anticipar el futuro. Por añadidura, esta ideología del conocimiento, que en su opinión no sería más que un nuevo rostro de la barbarie, lo que este autor denomina una barbarie de los datos, se revelaría asimismo como un reflejo de los tiempos. Por eso pone de relieve que el Big Data, al hacer del futuro algo predecible y controlable, es “totalmente ciego ante el acontecimiento” y al fin y al cabo lo es de manera necesaria, puesto que más que un conocimiento, esta ideología del conocimiento proyecta en verdad lo que no sería más que la imagen que tiene del sujeto actual: la de un sujeto sujetado, inconscientemente preso de su deseo y prácticamente incapaz de escapar de sí mismo, donde en realidad no se contempla la posibilidad de lo imprevisible, de lo discontinuo, de la interrupción o de la ruptura. De ahí también que vea este dataísmo como una simple moda epocal.

Han ilustra este último deslizamiento recurriendo al célebre panóptico de Bentham. Uno de los lugares representativos de la arquitectura disciplinaria es el panóptico descrito por Jeremy Bentham en el siglo XVIII.Tanto el Big Brother de Orwell como el Panóptico de Bentham (representativo de la arquitectura disciplinaria del siglo XVIII) presentaban un control físico de la población, es decir, sometían a los sujetos a una serie de normas y vigilaban todo lo visible. Pero no tenían acceso al control del pensamiento. Sin embargo, el panóptico digital es una forma de control muy eficiente en la que no existe limitación óptica. “La óptica digital posibilita la vigilancia desde todos los ángulos”29 es capaz de alcanzar la psique, de actuar desde un nivel prerreflexivo, trabajando con las emociones para influir en las acciones.

La sociedad globalizada del rendimiento, por el contrario, no necesita de ningún centro penitenciario para ejercer la vigilancia de los individuos puesto que son estos mismos los que, a través de los diversos mecanismos de comunicación a su alcance, se exponen. Los ocupantes del panóptico digital, al desnudarse y exhibirse en las redes sociales, colaboran activamente en la construcción de su celda.

La peculiaridad del panóptico digital está sobre todo en que sus moradores mismos colaboran de manera activa en su construcción y en su conservación, en cuanto se exhiben ellos mismos y se desnudan. Ellos mismos se exponen en el mercado panóptico. (…) La sociedad del control se consuma allí donde su sujeto se desnuda no por coacción externa, sino por la necesidad engendrada en sí mismo, es decir, allí donde el miedo de tener que renunciar a su esfera privada e íntima cede a la necesidad de exhibirse sin vergüenza.

Al igual que la de poder, la exigencia de la transparencia responde a intereses económicos y productivos: estos demandan un ritmo acelerado (aceleración de las operaciones bursátiles y de las transacciones) y, frente a la demora que toda opacidad requiere, la transparencia es garante de celeridad. Un ejemplo claro puede encontrarse al comparar el lenguaje transparente de los medios de comunicación con al lenguaje denso de la poesía.

En sintonía con los argumentos de Eli Pariser 30 Byung-Chul Han denuncia la construcción de burbujas de información personalizadas por los algoritmos. Estos sistemas -como el PageRank 31 de Google- “presenta(n) al participante tan solo aquellas secciones del mundo que le gustan. Así, desintegra la esfera pública, la conciencia pública, crítica, y privatiza al mundo”.32 Para terminar este volumen Byung-Chul Han se interna en territorios foucaultianos y nos habla del nuevo panóptico digital, un dispositivo que “carece de perspectiva en el sentido de que no es vigilado desde el único centro por la omnipotencia de la mirada despótica. Desaparece por completo la distinción entre centro y periferia, que era constitutiva para el panóptico de Bentham”.33

6.- La agonía de Eros.

La sociedad de la transparencia no tiene en cuenta que hay dimensiones del ser humano que sólo pueden tener lugar en la intimidad, nuestras relaciones interpersonales. La intimidad del ser humano necesita esferas en las que pueda estar en sí mismo, sustraído a la mirada del otro.

Por último, en La agonía de ErosHan añade un tercer apelativo al sujeto de rendimiento: exhausto, pornográfico… e incapaz de amar. El Eros es aquella fuerza que arranca al sujeto de sí mismo, de su interioridad, y lo conduce afuera, al otro, al mundo. Pero, ¿qué sucede cuando no hay mundo, otro, afuera? ¿Qué pasa cuando la alteridad ha sido fagocitada por un yo insaciable? En ausencia del otro, el sujeto narcisista-depresivo “se derrumba en sí mismo”. No tiene a quien amar salvo a sí mismo; los demás actúan como espejo de su propio yo.

Del mismo modo que en el caso de la motivación y la transparencia, el amor cae, en la sociedad del rendimiento, al servicio del capitalismo tardío. El deber ha dado paso al poder, la opacidad a la transparencia y el amor a la pura pornografía: el amor se reduce a una fórmula de disfrute, de modo que ya no se puede amar al otro, solo consumirlo.

El amor se positiva hoy como sexualidad, que está sometida, a su vez, al dictado del rendimiento. El sexo es rendimiento. Y la sensualidad es un capital que hay que aumentar. El cuerpo, con su valor de exposición, equivale a una mercancía. El otro es sexualizado como objeto excitante. No se puede amar al otro despojado de su alteridad, solo se puede consumir.34

Hoy todo se convierte en objeto de rendimiento. Ni siquiera el ocio o la sexualidad pueden rehuir el imperativo del rendimiento. Pero el Eros supone una relación con lo otro, más allá del rendimiento y de las habilidades que se tengan. Ser capaz de no ser capaz es el verbo modal del amor. El estar en manos de alguien y la posibilidad de resultar herido forman parte del amor. Hoy se trata de evitar cualquier herida cueste lo que cueste.

La mujer actual sucumbe a los estados depresivos porque está absolutamente agotada, fatigada de sí misma. Toda su libido se dirige contra su propia subjetividad. Por eso no es capaz de amar. Con el narcisismo exacerbado comienza la agonía del "eros". Y sin eros, no hay pensar. El pensamiento nace del cultivo de la amistad, del contagio erotológico propio la philo-sophia, esta función telecomunicativa es la esencia del humanismo.

Rodrigo Córdoba. Psicólogo Zaragoza. Psicoterapeuta. N° Col.: A-1324
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