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domingo, 29 de enero de 2023

ALICE MILLER. PROTEGER A LOS NIÑOS


@psicoletrazaragoza

La raíz de la violencia, por Alice Miller


Alice Miller, psicoanalista suiza de origen polaco (que luego ha abandonado el psicoanálisis) ha investigado y publicado varios libros sobre maltrato infantil, y el origen de la violencia y el mal social.

Su aporte me parece esencial. Más esencial me parece que todos los padres, y las instituciones sociales, pudiéramos incorporar estos enfoques que hasta ahora han sido ignorados por el mainstream de la ciencia y la política.

Parece que cuando se habla de violencia contra los niños, o de niños maltratados, nos referimos siempre a "otros", a familias marginales, a pobres niños huérfanos o hijos de delincuentes que están muy lejos de nosotros. Que los violentos son otros.

Pero la violencia de la que habla Alice Miller está en cada una de nuestras familias, en cada uno de nuestros hogares, en mayor o menor medida. Muchas de las formas educativas que se dan por "normales" están cargadas de estas formas de violencia.

Es frecuente además, que cuando uno habla de estos temas, enseguida la gente reaccione: "pero un cachete a tiempo hace mucha falta", "los jóvenes están como están por la permisividad de los padres". Volveré en otro post sobre este tema, que merece varias vueltas de tuerca. Hoy, solo con la intención de presentaros a Alice Miller, os dejo con este magnífico artículo.


La raíz de la violencia
12 Puntos


por Alice Miller

Hace ya varios años que está científicamente comprobado que los efectos devastadores de los traumatismos infligidos a los niños repercuten inevitablemente sobre la sociedad. Esta verdad concierne a cada individuo por separado y debería –si fuese suficientemente conocida– llevar a modificar fundamentalmente nuestra sociedad, y sobre todo a liberarnos del crecimiento ciego de la violencia. Los puntos siguientes ilustrarán esta tesis.


  • Cada niño viene al mundo para expandirse, desarrollarse, amar, expresar sus necesidades y sus sentimientos.
  • Para poder desarrollarse, el niño necesita el respeto y la protección de los adultos, tomándolo en serio, amándolo y ayudándolo a orientarse.
  • Cuando explotamos al niño para satisfacer nuestras necesidades de adulto, cuando le pegamos, castigamos, manipulamos, descuidamos, abusamos de él, o lo engañamos, sin que jamás ningún testigo intervenga en su favor, su integridad sufrirá de una herida incurable.
  • La reacción normal del niño a esta herida sería la cólera y el dolor. Pero, en su soledad, la experiencia del dolor le sería insoportable, y la cólera la tiene prohibida. No le queda otro remedio que el de contener sus sentimientos, reprimir el recuerdo del traumatismo e idealizar a sus agresores. Más tarde no le quedará ningún recuerdo de lo que le han hecho.
  • Estos sentimientos de cólera, de impotencia, de desesperación, de nostalgia, de angustia y de dolor, desconectados de su verdadero origen, tratan por todos los medios de expresarse a través de actos destructores, que se dirigirán contra otros (criminalidad, genocidio), o contra sí mismo ( toxicomanía, alcoholismo , prostitución, trastornos psíquicos, suicidio).
  • Cuando nos hacemos padres, utilizamos a menudo a nuestros propios hijos como víctimas propiciatorias: persecución, por otra parte, totalmente legitimada por la sociedad, gozando incluso de un cierto prestigio desde el momento en que se engalana con el título de educación. El drama es que el padre o la madre maltratan a su hijo para no sentir lo que le hicieron a ellos sus propios padres. Así se asienta la raíz de la futura violencia.
  • Para que un niño maltratado no se convierta ni en un criminal, ni en un enfermo mental es necesario que encuentre, al menos una vez en su vida, a alguien que sepa pertinentemente que no es él quien está enfermo, sino las personas que lo rodean. Es únicamente de esta forma que la lucidez o ausencia de lucidez por parte de la sociedad puede ayudar a salvar la vida del niño o contribuir a destruirla. Esta es la responsabilidad de las personas que trabajan en el terreno del auxilio social, terapeutas, enseñantes, psiquiatras, médicos, funcionarios, enfermeros.
  • Hasta ahora, la sociedad ha sostenido a los adultos y acusado a las víctimas. Se ha reconfortado en su ceguera con teorías, que están perfectamente de acuerdo con aquellas de la educación de nuestros abuelos, y que ven en el niño a un ser falso , con malos instintos, mentiroso, que agrede a sus inocentes padres o los desea sexualmente. La verdad es que cada niño tiende a sentirse culpable de la crueldad de sus padres. Y como, a pesar de todo, sigue queriéndolos, los disculpa así de su responsabilidad .
  • Hace solamente unos años, se ha podido comprobar, gracias a nuevos métodos terapeúticos, que las experiencias traumatizantes de la infancia, reprimidas, están inscritas en el organismo y repercuten inconscientemente durante toda la vida de la persona. Por otra parte, los ordenadores que han grabado las reacciones del niño en el vientre de su madre, han demostrado que el bebé siente y aprende desde el principio de su vida la ternura, de la misma manera que puede aprender la crueldad.
  • Con esta manera de ver, cada comportamiento absurdo revela su lógica , hasta ahora ocultada, en el mismo instante en que las experiencias traumatizantes salen a la luz.
    Una vez conscientes de los traumatismos de la infancia y de sus efectos podremos poner término a la perpetuación de la violencia de generación en generación.
  • Los niños, cuya integridad no ha sido dañada, que han obtenido de sus padres la protección, el respeto y la sinceridad necesaria, se convertirán en adolescentes y adultos inteligentes, sensibles, comprensivos y abiertos. Amarán la vida y no tendrán necesidad de ir en contra de los otros, ni de ellos mismos, menos aún de suicidarse. Utilizarán su fuerza únicamente para defenderse. Protegerán y respetarán naturalmente a los más débiles y por consecuencia a sus propios hijos porque habrán conocido ellos mismos la experiencia de este respeto y protección y será este recuerdo y no el de la crueldad el que estará grabado en ellos.

lunes, 1 de agosto de 2022

EXPRESAR Y PERDONAR

 



"ALICE MILLER: La pensadora más importante de la psiquiatría, hoy"
Entrevistada por Diane Connors

“…La entrevistadora, Diane Connors, es también psicoterapeuta y visitó a Miller en su apartamento, cerca de Zurich. Pequeña de estatura, Miller irradia un sentido de precaución y fragilidad, una mirada clara y un compromiso inquebrantable con lo que dice, muy consciente de la resistencia social a su trabajo.

Entrevista

OMNI: ¿Cuándo te diste cuenta de que el respeto por el niño es tu foco central?

Miller: Lo vi desde el comienzo, creo que desde mi infancia, como respuesta a por qué las personas se comportan de modo tan irracional. Siempre necesité entender las cosas; no tuve mucha información de mi madre, que solía decir: "Éste es el camino, es así y así y así." Nunca daba explicaciones a mis preguntas. Yo estuve muy sola de niña. Quizá tendría cinco años cuando vi por la calle a una mujer con una niña de tres o cuatro. Ella cayó y se hirió. Su madre, que estaba hablando con otra madre, abofeteó a la niña sólo porque la vio llorando con las rodillas ensangrentadas. Recuerdo que mi pregunta fue entonces: "¿Este niña es castigada dos veces, primero al caer y luego por la madre? ¿Por qué? Ella no es culpable, sólo necesita la ayuda de su madre, no el castigo...".

OMNI: ¿Por qué niegan algunos profesionales lo que dices?

Miller: Debido a que no se les permite enfrentarse a la realidad. Ya sabes, esto es interesante. La primera vez que hablé de estas ideas fue ante unos trescientos analistas, hablando sobre el narcisismo de los psicoanalistas. Estaban sorprendidos, porque era muy raro escuchar a un colega ponerse del lado del niño. Primero reaccionaron con naturalidad, estaban agradecidos y no mostraron mucha resistencia a sus sentimientos. Me dieron las gracias y dijeron: "Pero, ¿cómo sabías que era mi vida la que has descrito?" Yo dije: "¡Fue mi propia vida la que expuse!". Muchos hombres tenían lágrimas en los ojos. Entonces traté de publicar ese artículo en una revista especializada alemana, pero los editores lo rechazaron. La resistencia ya estaba en marcha. Se rechazó porque tenían que verlo todo como Freud; lo contrario les resultaba aterrador o peligroso. La Sociedad Analítica Internacional lo publicó en la Revista Internacional de Psicoanálisis. Pero la revista alemana Psique no lo hizo. Fue demasiado provocador para los alemanes [...]



ALICE MILLER: DRAMA DEL NIÑO DOTADO

 


ALICE MILLER- EL DRAMA DEL NIÑO DOTADO. PSICÓLOGA. RODRIGO CÓRDOBA SANZ- PSICÓLOGO.          PÁGINA WEB: www.rcordobasanz.es.  

Instagram: @psicoletrazaragoza


Hace ya varios años que está científicamente comprobado que los efectos devastadores de los traumatismos infligidos a los niños repercuten inevitablemente sobre la sociedad. Esta verdad concierne a cada individuo por separado y debería –si fuese suficientemente conocida– llevar a modificar fundamentalmente nuestra sociedad, y sobre todo a liberarnos del crecimiento ciego de la violencia. Los puntos siguientes ilustrarán esta tesis.

  • Cada niño viene al mundo para expandirse, desarrollarse, amar, expresar sus necesidades y sus sentimientos.

 

  • Para poder desarrollarse, el niño necesita el respeto y la protección de los adultos, tomándolo en serio, amándolo y ayudándolo a orientarse.

 

  • Cuando explotamos al niño para satisfacer nuestras necesidades de adulto, cuando le pegamos, castigamos, manipulamos, descuidamos, abusamos de él, o lo engañamos, sin que jamás ningún testigo intervenga en su favor, su integridad sufrirá de una herida incurable.

 

  • La reacción normal del niño a esta herida sería la cólera y el dolor. Pero, en su soledad, la experiencia del dolor le sería insoportable, y la cólera la tiene prohibida. No le queda otro remedio que el de contener sus sentimientos, reprimir el recuerdo del traumatismo e idealizar a sus agresores. Más tarde no le quedará ningún recuerdo de lo que le han hecho.

 Estos sentimientos de cólera, de impotencia, de desesperación, de nostalgia, de angustia y de dolor, desconectados de su verdadero origen, tratan por todos los medios de expresarse a través de actos destructores, que se dirigirán contra otros (criminalidad, genocidio), o contra sí mismo ( toxicomanía, alcoholismo, prostitución, trastornos psíquicos, suicidio).

 


Cuando nos hacemos padres, utilizamos a menudo a nuestros propios hijos como víctimas propiciatorias: persecución, por otra parte, totalmente legitimada por la sociedad, gozando incluso de un cierto prestigio desde el momento en que se engalana con el título de educación. El drama es que el padre o la madre maltratan a su hijo para no sentir lo que le hicieron a ellos sus propios padres. Así se asienta la raíz de la futura violencia.

 


Para que un niño maltratado no se convierta ni en un criminal, ni en un enfermo mental es necesario que encuentre, al menos una vez en su vida, a alguien que sepa pertinentemente que no es él quien está enfermo, sino las personas que lo rodean. Es únicamente de esta forma que la lucidez o ausencia de lucidez por parte de la sociedad puede ayudar a salvar la vida del niño o contribuir a destruirla. Esta es la responsabilidad de las personas que trabajan en el terreno del auxilio social, terapeutas, enseñantes, psiquiatras, médicos, funcionarios, enfermeros.

 


Hasta ahora, la sociedad ha sostenido a los adultos y acusado a las víctimas. Se ha reconfortado en su ceguera con teorías, que están perfectamente de acuerdo con aquellas de la educación de nuestros abuelos, y que ven en el niño a un ser falso , con malos instintos, mentiroso, que agrede a sus inocentes padres o los desea sexualmente. La verdad es que cada niño tiende a sentirse culpable [...]

sábado, 11 de junio de 2022

ALICE MILLER: AGRESIÓN

Maltratar a los niños produce una sociedad perversa: Entrevista a Alice Miller

 

Por medio de sus libros, artículos, folletos y entrevistas, Alice Miller, nos muestra que maltratar a los niños no sólo produce niños maltratados, desgraciados y perturbados, sino también una sociedad perturbada y perversa. Durante sus últimos años, Alice Miller desarrolló un concepto de terapia que propone a las personas que sufren, confrontarse con su pasado para encontrar la angustia del niño maltratado que fueron, sentirla, y así liberarse. Personalmente, pienso que para poder cambiar, transformar y finalmente sanarnos necesitamos saber qué nos pasó siendo niños y desde allí podremos comprender qué nos pasa hoy con nuestros hijos. En muchas ocasiones necesitaremos de un otro (terapeuta, libro, curso… ) que nos haga de testigo y nos dé voz. Mi trabajo, al igual que el de Alice Miller, es llevar al consultante (en mi caso a madres, padres, docentes, acompañantes…) a darse un paseo por su infancia, adolescencia y juventud para poder comprender quienes son en realidad y qué les imposibilita poder llegar a ser quienes ha venido a ser. A través de  mi curso online de Sanar la Herida Primaria he podido crear una forma de terapia individual que está ayudando a muchos padres, madres y docentes a sanarse para poder sentir y comprender más y mejor a los niños de su vida. Es el miedo infantil hacia los padres todopoderosos el que empuja al adulto a maltratar a los niños o a aceptar vivir con graves enfermedades, minimizando totalmente la crueldad de sus propios padres. Son numerosas las proposiciones esotéricas y espirituales que prometen la curación pero en realidad, su único objetivo es el de camuflar los terrores vividos durante la infancia. Su percepción de la vivencia real del niño ya no está ligada con la del psicoanálisis. A su manera de ver, éste permanece de acuerdo con la vieja tradición que acusa a los niños y protege a los padres, tanto en la teoría como en la práctica. Por esta razón, entre otras, Miller dejó de ser miembro de la Asociación Internacional de Psicoanálisis. Aquí teneis una entrevista que se le realizó y que personalmente he seleccionado y sintetizado. En ella, se pone al descubierto la responsabilidad que tienen los padres y madres en el crecimiento y desarrollo del niño. Sin pelos en la lengua, nos habla desde su experiencia psicoterapéutica como profesional e investigadora de la infancia.

¿Por qué muchos expertos rechazan lo que usted escribe? Mis afirmaciones provocan miedo a algunas personas que las encuentran peligrosas. ¿Qué es lo que les da tanto miedo? Mis advertencias sobre el maltrato infantil y sus consecuencias. La rabia del niño y otros sentimientos intensos, que debemos temer, son reacciones al daño que nos causaron en la infancia. Hoy sabemos que estas reacciones se producen con mucha frecuencia. El niño se ve obligado a reprimir el recuerdo del daño sufrido, niega el dolor y los hechos para poder sobrevivir, para no tener que morir por ello.

¿Cómo se enfrenta usted al dolor en el proceso terapéutico?
El dolor encierra el camino a la verdad. Si rehusamos aceptar que no nos quisieron siendo niños, nos ahorramos mucho dolor, pero bloqueamos el camino que nos lleva a la verdad. Como adultos, podemos aprender en el marco de una terapia a querer a ese niño que un día fuimos. Si nos liberamos de los sentimientos de culpa. El sentimiento de culpa nos protege de la dolorosa verdad de que el destino nos dio una madre o un padre incapaz de amar. Esto es más doloroso que pensar, bueno, era una buena madre, el problema es que yo era malo. Es importante que el paciente pueda experimentar sus sentimientos y expresarlos verbalmente en el marco de la terapia. Si el paciente sufrió maltrato en la infancia y el terapeuta no rehúsa a creerlo, se abrirán muchas posibilidad para el paciente, siempre que el terapeuta no trate de convencerlo de que debe perdonar. Si lo hace, la terapia será contraproducente. El cliente reprimirá e intentará expulsar su rabia y más adelante la descargará contra sus propios hijos u otros cabezas de turco.
¿Cree usted que cuando nacemos somos como una hoja de papel donde no hay nada escrito?
No, no lo creo. El niño llega al mundo con la historia que ha vivido en el vientre de su madre. Sin embargo, cuando nace es inocente y está dispuesto a amar. La capacidad de amar del niño es mucho mayor que la de los adultos. Esta convicción mía provoca tanto rechazo porque hemos aprendido a proteger a nuestros padres y a culparnos a nosotros mismos de todo cuanto ellos han hecho.
¿De qué manera refleja su forma de escribir estos pensamientos?
Yo intento siempre llegar al niño que existe en el lector y posibilitarle el camino a sus sentimientos. Le proporciono la llave. Quien quiera puede cogerla y abrir una puerta en su interior. O puede decir, no quiero abrir esa puerta; le devuelvo la llave. Cuando tenemos esta llave resulta más sencillo llegar a ese niño que fuimos y aprender de él. Con este niño, la persona aprenderá mucho más que conmigo, porque realmente sólo podemos aprender de las propias experiencias.
¿La terapia puede producir cambios?
Sí, pero sólo cuando nos permite comprender y sentir el dolor que ha sido bloqueado por los sentimientos de culpa [...]

domingo, 12 de septiembre de 2021

Alice Miller: Testimonios sobrecogedores

 


Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Psicoterapeuta. Zaragoza Gran Vía Y Online. Teléfono: 653 379 269 Website: www.rcordobasanz.es.                Instagram: @psicoletrazaragoza


Describo imágenes de personas, uso sus historias como espejos. Entonces muchas personas dicen: "¡Eso es exactamente lo que sentí toda mi vida, pero no tuve palabras para decirlo". No quiero ser una gurú. No quiero que la gente me crea. Sólo la animo a que tome en serio sus propias experiencias".

Las historias de Alice Miller retratan niños abusados y silenciados que, más tarde, se hacen destructivos para sí mismos y para los demás. Adolf Hitler, dice Miller, fue un niño así. Constantemente maltratado por su padre, abandonado emocionalmente por la madre, aprendió solamente la crueldad; aprendió a obedecer y a aceptar castigos diarios con sumisión incondicional. Años después, tomó venganza. Ya adulto, dijo una vez: "Nos da un placer secreto muy especial ver cómo la gente no se da cuenta de lo que realmente está sucediendo."

Miller, famosa en toda Europa, escribió sobre la infancia de Hitler en "Por tu propio bien: la crueldad oculta en la crianza de los hijos y las raíces de la violencia". En dicha obra, Christiane F. se permite asimismo contar su historia:."Tenía problemas para distinguir las letras H y K. Una noche, mi madre estaba tomándose muchas molestias para explicarme la diferencia, pero yo apenas podía atender porque veía que mi padre estaba poniéndose más y más furioso. Sabía lo que iba a pasar. Salió, cogió una escoba de mano y me dio una paliza. Ahora yo debería saber la diferencia entre H y K... Por supuesto, en ese momento no supe más, así que me dieron otra paliza y me mandaron a la cama."

Christiane salió a la calle y se volvió adicta a las drogas .

"No necesitamos libros de psicología para aprender a respetar a nuestros hijos", dice Miller. "Lo que necesitamos es una revisión total de los métodos de crianza y de nuestro punto de vista tradicional sobre el tema". La forma como nos trataron de niños es la manera como nos trataremos a nosotros mismos el resto de nuestras vidas: con crueldad, o con ternura y protección. A menudo nos autoimponemos el sufrimiento más agonizante y, más tarde, sobre nuestros hijos.

En 1979, el primer libro de Miller, "El drama del niño dotado", se publicó en Alemania como "Prisioneros de la infancia". Sus tres breves ensayos describen cómo los padres proyectan sus sentimientos, ideas y sueños sobre los hijos. Para sobrevivir y ser amado, el niño aprende a obedecer. En la represión de sus sentimientos, reprime también sus intentos de ser él mismo. El resultado, dice Miller, es muy a menudo la depresión, la falta de vitalidad, la pérdida de sí mismo. "El drama del niño dotado" atrajo grandes audiencias en Europa y luego de Estados Unidos. Dos libros siguieron rápidamente: "Por tu propio bien" y "No seas consciente", que siguieron centrándose en el niño, esta vez con estudios más profundos sobre el abuso infantil, las actitudes de crianza, y la teoría y tratamiento psicológicos.

El verano pasado, Miller publicó "Fotos de una niñez", una colección de 66 acuarelas que representa una pequeña fracción de su arte. Como ella misma nos dice en la introducción, Miller comenzó a pintar hace 14 años. "Cinco años después de comenzar a pintar espontáneamente, empecé a escribir libros. Esto nunca habría sido posible sin la liberación interior que la pintura me dió. Cuanto más me liberaba jugando con los colores, más me cuestionaba lo aprendido hace veinte años".

"No fue hasta que comencé a escribir que me enteré de cuán hostil es la sociedad hacia los niños", dice. "Me he dado cuenta de que esa hostilidad adopta innumerables formas, no sólo en los campos de exterminio, sino en todos los niveles de la sociedad y en cada disciplina intelectual, incluída la mayoría de escuelas de psicoterapia."

Nacida en Polonia en 1923, Miller fue educada y vive en Suiza. Estudió filosofía, sociología y psicología, y se doctoró en 1953. Completó su formación psicoanalítica en Zurich y, como psicoanalista practicante, ha estado involucrada en la enseñanza y formación durante más de 20 años. A medida que su obra ha avanzado, la opinión de Miller sobre la infancia se ha vuelto cada vez más opuesta a la teoría freudiana tradicional. En "No seas consciente", dedicada en principio a Freud en el ciento veinticinco aniversario de su nacimiento, dice: "Sus descubrimientos sobre la supervivencia de las experiencias infantiles en el inconciente del adulto y sobre los fenómenos de represión han influido en mi vida y mi forma de pensar. Pero llegué a conclusiones distintas de Freud cuando ya no pude negar lo aprendido de mis pacientes respecto a la represión del abuso infantil."

Hoy, Miller se ha apartado del enfoque analítico tradicional sobre la teoría y el tratamiento freudianos. Al principio de su obra, Freud creía que la raíz de la neurosis era un trauma real, a menudo de naturaleza violenta o sexual, que había sido reprimido en la infancia. Más tarde cambió su punto de vista y decidió que el niño no es en absoluto inocente, sino que nace con elementos sexuales y destructivos.

¿Por qué el complejo de Edipo de Freud ha durado tanto tiempo?, se pregunta Miller. "Porque, en la concepción freudiana, son los padres, no el niño, los inocentes. La visión freudiana encaja con la sociedad, pues el Edipo pasa por alto al niño maltratado y lo ve con deseos incestuosos que lo conducen a matar al padre, casarse con su madre y, en última instancia, encegarse de sí mismo".

El análisis tradicional, dice Miller, repite la relación padre-hijo con el analista, que está en posición de poder. Pero hay esperanzas en la terapia si el terapeuta es un verdadero defensor del paciente. El respeto por el "niño interior" del paciente y el descubrimiento de su verdadera historia debe desempeñar un papel en el tratamiento. El niño sufre una larga lucha interior "entre el miedo de perder a la persona que ama si sigue siendo fiel a sí mismo; y el pánico de perderse él mismo si tiene que negar lo que es. Un niño no puede resolver un conflicto de esta naturaleza y está obligado a obedecer, porque no puede sobrevivir por sí mismo. La terapia no debe repetir esta condición".

Miller usa la frase "pedagogía negra" para describir lo que infligimos a los niños "por su propio bien", con hipocresía e ignorancia. Percibe que inculcamos la humillación, la vergüenza, el miedo y la culpa como formas de "adiestramiento" infantil. Al alentar la conformidad, la supresión de la curiosidad y de las emociones, los padres reducen la capacidad del niño de tener percepciones cruciales en su vida posterior. "Los niños son tolerantes. Aprenden la intolerancia de nosotros."

Mientras que la obra de Miller es ignorada o atacada por la ortodoxia, los terapeutas con visión de futuro a menudo aclaman y consideran monumental su análisis de la crueldad oculta y las raíces de la violencia. El antropólogo Ashley Montagu afirmó que "No seas consciente" "sin duda resultará un hito en la historia del psicoanálisis."

"Mi posición antipedagógica no se dirige contra un tipo específico de pedagogía", señala Miller, "sino contra la ideología pedagógica en general, que puede encontrarse también en las teorías permisivas". Teme que, como consecuencia de las actitudes arrogantes de los adultos, incluso cuando son "permisivos" con los niños, éstos se vuelven serviciales. Sus voces se silencian; su conciencia es asesinada. Y los adultos más ciegos y arrogantes serán el resultado.

La entrevistadora, Diane Connors, es también psicoterapeuta y visitó a Miller en su apartamento, cerca de Zurich. Pequeña de estatura, Miller irradia un sentido de precaución y fragilidad, una mirada clara y un compromiso inquebrantable con lo que dice, muy consciente de la resistencia social a su trabajo.

Entrevista

OMNI: ¿Cuándo te diste cuenta de que el respeto por el niño es tu foco central?

Miller: Lo vi desde el comienzo, creo que desde mi infancia, como respuesta a por qué las personas se comportan de modo tan irracional. Siempre necesité entender las cosas; no tuve mucha información de mi madre, que solía decir: "Éste es el camino, es así y así y así." Nunca daba explicaciones a mis preguntas. Yo estuve muy sola de niña. Quizá tendría cinco años cuando vi por la calle a una mujer con una niña de tres o cuatro. Ella cayó y se hirió. Su madre, que estaba hablando con otra madre, abofeteó a la niña sólo porque la vio llorando con las rodillas ensangrentadas. Recuerdo que mi pregunta fue entonces: "¿Este niña es castigada dos veces, primero al caer y luego por la madre? ¿Por qué? Ella no es culpable, sólo necesita la ayuda de su madre, no el castigo...".

OMNI: ¿Por qué niegan algunos profesionales lo que dices?

Miller: Debido a que no se les permite enfrentarse a la realidad. Ya sabes, esto es interesante. La primera vez que hablé de estas ideas fue con unos trescientos analistas, hablando sobre el narcisismo de los psicoanalistas. Estaban sorprendidos, porque era muy raro escuchar a un colega ponerse del lado del niño. Primero reaccionaron con naturalidad, estaban agradecidos y no mostraron mucha resistencia a sus sentimientos. Me dieron las gracias y dijeron: "Pero, ¿cómo sabes que era mi vida la que has descrito?" Yo dije: "¡Fue mi propia vida la que expuse!". Muchos hombres tenían lágrimas en los ojos. Entonces traté de publicar ese artículo en una revista especializada alemana, pero los editores lo rechazaron. La resistencia ya estaba en marcha. Se rechazó porque tenían que verlo todo como Freud; lo contrario les resultaba aterrador o peligroso. La Sociedad Analítica Internacional lo publicó en la Revista Internacional de Psicoanálisis. Pero la revista alemana Psique no lo hizo. Fue demasiado provocador para los alemanes.

OMNI: ¿Qué fue lo provocativo?

Miller: La neurosis y la psicosis son el resultado de sentimientos reprimidos, son una reacción al trauma. El enojo del niño y todos los demás sentimientos que no nos gustan son reacciones al abuso infantil. Hoy sabemos que existe una gran cantidad de abusos infantiles. Se había silenciado antes. El niño tiene que reprimir el recuerdo de ese abuso y negar el dolor para sobrevivir; de lo contrario moriría.

OMNI: ¿Podría esto suceder tan temprano en su desarrollo como para carecer de palabras, comprensión o permiso para expresar el dolor?

Miller: Las palabras tienen que encontrarse. Una buena terapia debe ayudar al paciente a evolucionar desde el  "niño en silencio" al  "niño que habla". El niño no pudo encontrar palabras si el trauma fue demasiado temprano o el entorno demasiado hostil. Pero ahora, en la terapia, si tienes un terapeuta que es realmente tu abogado, tu testigo consciente de tu trauma, entonces, por primera vez, te convertirás en un niño que habla. La terapia te ayuda a encontrar las palabras que decir a tu madre o tu padre sobre cómo te sentiste en aquel momento, cuando te hacían daño, o cómo te sentías cuando ni siquiera se podía hablar de nada.

OMNI: ¿Qué entiendes por "abogado"?

Miller: Es alguien que toma partido por el niño. Siempre. El terapeuta no debe decir que los padres "estaban perturbados pero fueron bienintencionados", porque entonces se pone del lado de los adultos. Si el niño piensa que los padres que se comportaron de modo tan extraño y lo humillaron fueron bienintencionados, entonces no podrá sentir su dolor, y a su vez simpatizará con sus padres. Es un crimen para vencer al niño, pues la paliza es un daño, y nunca se podrá cambiar esa realidad. Un niño maltratado se siente humillado, confundido, aislado; y se le hace sentir culpable porque se le dijo que él es malo. Tenemos miedo a decir que el maltrato infantil es un crimen, porque queremos proteger a los padres de su culpabilidad. Pero no podemos realmente ayudarles si apoyamos su ceguera, ya que entonces también traicionamos al niño.

OMNI: ¿Cómo lidiar con el dolor en el proceso de curación?

Miller: El dolor es el camino hacia la verdad. Al negar que no fuiste amado de niño, te ahorras un poco de dolor, pero no conectas con tu verdad. Y durante toda la vida sólo intentarás ganarte el amor. En terapia, evitar el dolor causa obstrucción. Sin embargo, nadie puede sentirse desatendido u odiado sin sentirse culpable. "Es mi culpa por lo que mi madre es cruel", pensamos. "Hice enfadar a mi madre, ¿qué podría hacer para que me quiera?" Así que sigues tratando de hacer que te quieran. El sentimiento de culpa es realmente una defensa contra la terrible comprensión de que estás destinado a tener una madre que no puede amar. Porque esta comprensión es mucho más dolorosa que pensar "¡oh, ella es buena madre, soy yo quien está mal!" Porque entonces crees que aún puedes intentar algo para conseguir su amor. Pero no es cierto; no puede ganarse el amor. Y, sintiéndote culpable por lo que te han hecho, sólo admitirás tu ceguera y tu neurosis.

Hay algunos tratamientos donde los pacientes lloran mucho, sufren realmente, pero no hablan. Vi un vídeo donde durante una hora un paciente revive el dolor del nacimiento, pero no habla de ello. Sólo más tarde informa de lo que había sentido. Pero, en mi opinión, es importante que hable, que verbalice su experiencia del dolor. Incluso si el paciente se sintiera como en el vientre materno, él debe procurar hablar con la madre para decirle lo que siente. El vínculo entre los sentimientos y su expresión verbal es crucial para el proceso de curación. Pero no puede hacerse sin ayuda; el paciente necesita saber que hay alguien ahí capaz de entender cómo se siente, y apoyarlo y confirmarlo. Si un niño ha sido abusado sexualmente y el terapeuta no niega ese hecho, entonces muchas cosas pueden abrirse en el paciente. El terapeuta no debe predicar el perdón, o el paciente reprimirá su dolor. Entonces no cambiará, y la rabia reprimida buscará un chivo expiatorio.

OMNI: ¿Crees que el niño no tiene historia, que nace como una página en blanco donde la experiencia va escribiendo su personaje?

Miller: No. El niño ya nace con su historia vivida en el seno materno. Pero no viene con las proyecciones  [de sus padres]. Nace inocente y dispuesto a amar. Puede amar mucho más que los adultos. Esta idea del niño como ser amoroso encuentra muchas resistencias porque aprendimos a defender a nuestros padres y a culparnos a nosotros mismos por todo lo que hicieron.

OMNI: En "El drama..." se relaciona el sentimiento reprimido con la pérdida de vitalidad. ¿Fue así tu experiencia?

Miller: Sí, experimentar el dolor de mi vida me devolvió la vitalidad. Primero el dolor; después la vitalidad. El precio de la represión de los sentimientos es la depresión. También tuve que soportar la educación convencional.... Si te ves obligado a hacer las cosas, no puedes tener diversión. Y, para mí, la diversión es la primera condición de la creatividad. Lo aprendí jugando con el color. Leyendo las teorías de los libros me había resistido a aprender sobre los colores... Creo que la pintura, el sueño y la escritura tienen algo en común. Yo pinto como sueño. Tengo muchos impulsos y asociaciones. Nunca tengo un plan, una idea de lo que quiero hacer. A veces tengo algo, pero mientras pinto voy soñando otras cosas y lo olvido. Al principio tenía una especie de estilo narrativo. Quería contar una historia, o una historia en mí quería ser contada... Ahora es más como una necesidad de este color, esa forma, esta línea... Es la improvisación. Yo diría que pinto como un músico de jazz. No quiero hacer una obra maestra, o incluso buenas fotos. Afortunadamente, no tengo que vender mis cuadros. Sólo me siento obligada a trabajar más y más en lo que es auténtico para mí... A veces destruyo mis pinturas. Cambio yo y entonces las cambio, aunque puedan haber sido mejores antes... Al final estoy contenta porque es lo que quería decir. No me importa si alguien dice si la pintura es buena o no; me siento totalmente gratuita. Tengo mi paleta, mi papel blanco, y nadie puede decirme lo que es correcto o incorrecto.

OMNI: La respuesta a tu trabajo ¿difiere de un país a otro?

Miller: Sí. Los países escandinavos, Holanda y los Estados Unidos son más liberales y abiertos. La mayoría de mis libros se venden en Alemania, pero muchos alemanes están aún muy formados por la pedagogía negra. Los suizos también. Así que a muchos de ellos no se les permite criticar a los padres, o descubrir el veneno de su crianza. Estas personas dicen que mi trabajo describe la educación del siglo XIX. ¡No se dan cuenta de que todavía viven de acuerdo a los valores del siglo XIX! Esta respuesta es también una defensa contra la época de Hitler. La negación de Hitler es tan profunda que el alemán no puede aprender de su historia. Cuando era niño, Hitler no tuvo ningún testigo. Su padre destruyó todo lo que su hijo hizo. Nunca pudo expresar a nadie el dolor que sufrió. En Suecia se hizo una obra, "La infancia de Hitler," de un capítulo de mi libro. La historia muestra cómo ese niño buscó contacto, anhelando ser visto, pero siempre fue tratado como un perro.

Una reacción similar a la de Alemania viene también de Japón, aunque de Japón llegan también reacciones de personas que ya han tomado conciencia. Su conciencia no está dañada por teorías como la de las pulsiones de Freud, por lo que estos japoneses pueden enfrentar mejor lo que escribo, utilizarlo en su realidad. Pueden darse cuenta del siempre presente abuso de menores, y que realmente pueden ayudar.

Detrás de cada acto de violencia hay una historia. Una historia de abuso, y una historia de negación. La negación es la ley que nos rige, pero es ignorada por la sociedad y aún no ha sido investigada por los profesionales. La la negación es la clave de por qué ciertas tonterías pueden ser aún estimadas en nuestra cultura, como la idea de Sigmund Freud de que el niño inventa traumas.

OMNI: ¿Hay culturas que tengan alguna actitud diferente sobre la paternidad?

Miller: A pesar de las variaciones culturales, el abuso se encuentra en casi todo el mundo. Aunque hay algunas que son diferentes. Por ejemplo, hay gente en una isla de Malasia, llamados senoi, que tienen una cultura no violenta. Hablan con sus hijos de sus sueños cada mañana. Nunca han tenido guerras. Nuestra cultura es tan violenta porque de niños aprendimos a no sentir.

OMNI: ¿Puede la terapia producir cambios?

Miller: Sí, pero sólo si la terapia viene del dolor, que está bloqueado por nuestros sentimientos de culpa. La idea "yo soy culpable por lo que me pasó" es un bloqueo. Desde que descubrí que la teoría freudiana de las pulsiones oculta, no por casualidad sino necesariamente, la realidad del abuso infantil, he buscado alguna forma nueva de psicoterapia. Una terapia eficaz debería basarse en todo lo que sabemos hoy sobre el abuso infantil. Finalmente la encontré, y voy a describir ese concepto en mi próximo libro. Esta terapia permite a paciente y terapeuta llegar sistemáticamente a tomar contacto con los traumas y el dolor  -paso a paso, no bruscamente rompiendo defensas-, sin actitudes moralistas ni pedagógicas. Y sin poner a la gente en estados peligrosos donde experimenten quizá sentimientos caóticos donde puedan quedar atascados.

Uno puede encontrar un montón de técnicas y mezclas de ellas que no ofrecen una confrontación sistemática con el pasado, o que son irresponsables y perjudiciales. Algunas dejan a las personas con diferentes propuestas místicas o con un dolor sin resolver. Estos pacientes son víctimas en primer lugar del abuso infantil, y más tarde del abuso de la terapia. Y tratan entonces de "ayudarse" a sí mismos tomando drogas, uniéndose a sectas o gurús, u otras formas de negar la realidad y matar el dolor. La actividad política puede ser una de esas formas.

OMNI: ¿Qué consejo le darías hoy a un terapeuta en formación?

Miller: Primero, tratar de descubrir su propia infancia; a continuación, realizar su trabajo en serio. Escuchar al paciente y no a ninguna teoría; con la teoría no es libre para escuchar. Olvídelo. No analizar al paciente como un objeto. Tratar de sentir y ayudar a que el paciente sienta, en vez de hablarle de los sentimientos de los demás.... El niño necesita fantasías para sobrevivir, para no sufrir. Que crea lo que el paciente le dice, y no olvide que la realidad reprimida es siempre peor que una fantasía. Nadie inventa traumas, porque no necesitamos traumas para sobrevivir. Pero tampoco necesitamos su negación. Algunos de nosotros pagamos con síntomas severos esta negación. Estudiar la historia de la infancia. La terapia tiene que abrirle a usted, así como a su paciente, su sensibilidad ante la vida. Tiene que despertarte de un sueño.

Es trágico ir a terapia y encontrar, en vez de ayuda, confusión. Tengo una carta de una mujer de 79 años diciendo que "durante 40 años de mi vida hice psicoanálisis. Vi a ocho analistas. Pero, por primera vez, después de leer su libro, no me siento culpable de lo que me pasó. Siempre lo intenté, y los analistas eran buena gente. Ellos querían ayudarme. Pero nunca dudaron de que mis padres fueron buenos para mí. Estoy tan agradecida ahora que ya no me siento culpable desde que leí sus libros. Ahora veo lo terriblemente que abusaron de mí. ¡Fueron, primero mis padres, y luego mis analistas los que me hicieron sentir mal y culpable!" Esta idea vino de una mujer de 79 años. Luego cita la última línea de "Por tu propio bien": "Porque el espíritu humano es prácticamente indestructible, y su capacidad para levantarse de las cenizas permanece mientras que el cuerpo respire ".

OMNI: ¿Afecta la violencia de la televisión a los niños?

Miller: Los niños que realmente han sido amados y protegidos no se interesan por esas películas y programas, y no estarán en peligro. Pero el niño que fue herido y humillado -tal vez en la escuela, no necesariamente por sus padres- busca un objeto de odio y en quién tomar venganza. Por supuesto que hay gente que hace negocio del sufrimiento de los niños. Pero la violencia no viene de las películas de televisión. Sus fuentes son más profundas. Los niños protegidos no pueden convertirse en asesinos. Es imposible encontrar a una persona que, sin haber sido golpeada, pueda golpear a un niño.

OMNI: ¿Por qué se engendra la violencia a través de las generaciones?

Miller: Si miras hacia atrás, puedes ver que el abusador siempre fue abusado. Pero en la mayoría de casos no se oye hablar de él o de ella, porque hay tanta negación. Si vas a una prisión y preguntas a un asesino "¿cómo fue tu infancia?", te dirá: "¡oh, no fue tan mala! Mi padre era severo y me castigó porque me portaba mal. Y mi madre era una mujer agradable." Éste es el problema: no se puede encontrar la verdad, porque la persona, el propio asesino, no puede ver su cruel infancia como lo que realmente fue. Y, debido a que no puede soportar su dolor, en vez de sentir su infancia, mata a personas inocentes.

OMNI: ¿Crees que un niño puede experimentar abusos en el propio seno materno?

Miller: Por supuesto. Cada niño tiene su experiencia; a veces un verdadero martirio. Hubo un niño que nació con tres úlceras. Murió. La madre tenía quince años. Había sido golpeada durante el embarazo y tomaba drogas. Nadie sabe lo que un niño, incluso en el vientre materno, puede llegar a sufrir. Somos tan ignorantes, y nos negamos a saber.

¿Has oído hablar de la Escuela McMartin, de Los Angeles? En ese centro de día, se denunció que más de trescientos niños fueron sexualmente abusados. Durante siete meses, los abogados interrogaron a los niños sobre lo sucedido, lo que fue una tortura para ellos. Algunos informaron que habían ayudado a matar a un bebé. Los adultos no lo creyeron, por lo que llamaron mentirosos a los niños.  Finalmente se retiraron los cargos contra cinco de los siete acusados. Obviamente, todo esto era una manera simbólica de decir: "Cuando asumí ser abusado sexualmente, maté al niño en mí mismo."

Quiero mostrar cómo la sociedad reacciona a los informes de los niños. Abuso significa matar el alma del niño. No entendemos su lenguaje simbólico, por eso decimos tranquilamente que miente. Entonces los maestros abusan con libertad y creemos que todo es jurídicamente correcto. El problema es que los niños protegen al abusador. A veces se cambia al abusador por otra persona en las declaraciones. Dicen quizá: "Tengo miedo del cartero porque es malo para mí."  Y los padres saben que el cartero no tiene ningún contacto físico con el hijo. Pero detrás de esta historia "inventada" se esconde un padre o un tío. La función de las mentiras es proteger a la persona amada, al tiempo que expresan ansiedades. Los adultos dicen que "se trata de niños que inventan historias". Pero las historias no se inventan; son hechos que realmente sucedieron.

OMNI: ¿Puede la sociedad aprender el lenguaje del niño?

Miller: ¡Eso espero! De lo contrario, vamos a suicidarnos en masa con ayuda de la tecnología. El lenguaje del niño es, a menudo, muy claro, pero nos negamos a escucharlo. Los niños pueden sufrir terribles abusos y crueldades incluso desde el primer momento de sus vidas, gracias a la tecnología, en los hospitales. El abuso se almacena en su mente y puede permanecer activo durante toda su vida. Por tanto, una madre que maltrata a su bebé puede estar repitiendo exactamente lo que le pasó a ella, sin ningún conocimiento, sin ningún recuerdo consciente de ello Y los recuerdos almacenados en su cuerpo la obligan a repetir el mismo trauma.

A menos que un niño reciba los cálidos brazos de una persona que va a consolarlo y demostrarle con ello que el trauma de su nacimiento ha terminado, ese niño va a esperar durante toda su vida una repetición de ese choque. Una de las primeras lecciones es que estás solo en un lugar peligroso, y que nadie ve tu dolor. Pero esta situación puede cambiar fácilmente cuando reconocemos al bebé como una persona con sentimientos y muy sensible.

Muy a menudo, el niño entra en la vida después de una lucha, y no nos damos cuenta de que necesita consuelo y los brazos de una madre. En vez de eso, le damos medicación, hospitales, alta tecnología. Y creemos que es bueno para él sólo porque nos hicieron lo mismo, y porque es lo habitual. Lo que realmente sucede en la psique de un recién nacido no es en absoluto interesante para la mayoría de gente. ¡Por eso estoy dando esta entrevista!

OMNI: ¿Qué te gustaría hacer ahora?

Miller: Me gustaría apoyar a las personas que están enfrentando el abuso infantil. Recibí una carta de un terapeuta infantil de California. Fue consultor para una escuela. Una niña le contó historias sobre una "caja caliente", un pequeño armario sin ventanas en el que los niños eran encerrados como castigo. Él la creyó, investigó, y, cuando escribió un informe al respecto, fue despedido. Pero siguió investigando y descubrió esas "cajas calientes" en otras escuelas. Los periódicos informaron sobre el caso, y su voz y experiencia se hicieron notar. Me dio las gracias porque se sentía apoyado por mis libros. Esto demuestra que una persona puede hacer que la gente tome conciencia de que métodos nunca antes cuestionados son, de hecho, dañinos. Un único abogado de un niño puede salvar una vida. Los defensores dicen que un crimen es un crimen; no ocultan la verdad llamándolo "amor de padre ambivalente". Un abogado puede ayudar a prevenir que un niño se convierta en criminal. El niño aprende del testigo iluminado cómo reconocer la crueldad, para rechazarla, para defenderse de ella, a fin de no perpetuarla. Los experimentos han demostrado de manera concluyente que nadie aprende nada por castigo. Lo que se aprende es cómo evitar el castigo mediante mentiras, y cómo castigar a un niño veinte o treinta años después. La gente sigue creyendo, sin embargo, que el castigo puede ser eficaz.

OMNI: ¿Puedes cambiar esa creencia?

Miller: Así lo espero, al menos en parte. Mi vida y mi trabajo se centran en el problema del abuso de menores y cómo puedo transmitir lo que he aprendido a los profesionales, los padres y los legisladores. No es fácil, pues la mayoría de gente aprendió desde el comienzo de sus vidas que el niño tiene que ser azotado a fin de llegar a ser tan "bueno, humano, honesto, tolerante" con los maestros, padres, ministros y otros del entorno, como ella cree ser. 

En Inglaterra, donde he hecho algunos programas de radio, los entrevistadores dicen a menudo: "Usted habla de las formas graves de violencia y brutalidad en las familias, pero también hay otras formas: palizas, azotes, gritos". Suelen decir que estas formas de poder son inofensivas, no serias, y argumentan que, pese a que a menudo ellos mismos fueron azotados de pequeños, no se convirtieron por ello en Adolfo Hitler. Mi tarea es repetir que cualquier tipo de golpes, azotes y nalgadas a un niño es una humillación y un daño grave para toda su vida.

Un niño puede evitar convertirse en criminal si  tiene la oportunidad en su infancia de hallar al menos una persona que no sea cruel con él, que tal vez le guste o le entienda. La experiencia del amor, la compasión o simpatía le ayudará a reconocer la crueldad tal como es. Los niños que carecen de esta experiencia porque no hay ningún testigo consciente, verán la crueldad como una forma normal de tratar a los niños y continuarán con esa carga. Llegarán a ser como Hitler, Eichmann, [Rudolf] Hoss y todos sus millones de seguidores, que nunca encontraron nada en sus infancias, salvo crueldad.

OMNI: ¿Qué pasa con las formas más leves de crueldad, como nalgadas, gritos y humillaciones verbales?

Miller: La tragedia es que las personas tratadas de esa manera, incluso si no llegan a ser como Hitler, pretenderán que esa clase de tratamiento es necesaria. Se reservarán el derecho de hacer lo mismo con sus hijos, y se mostrarán reacias a aprobar leyes que prohíban los azotes. En Gran Bretaña, una ley de ese tipo no se aprobó hasta 1986, y veo este retraso como uno de los efectos del abuso infantil allí. La ignorancia de nuestra sociedad es el resultado del abuso infantil. Somos castigados para ser ciegos como Edipo. Tenemos que recuperar la visión para dar a nuestros hijos la oportunidad de crecer con más responsabilidad y más conciencia de las que dispusimos en nuestra generación de bombas atómicas.

NOTA: Alice Miller falleció el 14 de abril de 2010.

Alice Miller: Por tu propio bien

 

ALICE MILLER: POR TU PROPIO BIEN

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Psicoterapeuta Zaragoza Gran Vía Y Online Teléfono: 653 379 269 Website: www.rcordobasanz.es.                      Instagram: @psicoletrazaragoza


<<Las personas a las que desde un principio se les permitió, en su infancia, reaccionar adecuadamente –es decir, con rabia- a los dolores, ofensas y rechazos que se les inflingiera de manera consciente o inconsciente, conservarán esta capacidad para reaccionar adecuadamente también en la edad madura. De adultos, sentirán el mal que se les haga y podrán expresarse verbalmente sobre él, pero apenas tendrán necesidad de saltarle al otro al cuello. Esta necesidad se presentará sólo en la gente obligada a vigilar siempre que sus diques de contención interna no se resquebrajen. Cuando esto ocurre, todo se torna impredecible. Ello explica que parte de esta gente, por miedo a sufrir consecuencias impredecibles, tema cualquier reacción espontánea, y que la otra parte descargue ocasionalmente una ira inexplicable en personas sustitutorias, o bien cometa regularmente actos de violencia en forma de asesinatos y atentados terroristas. Un ser humano capaz de comprender e integrar su ira como parte de sí mismo, no será violento. Sólo tendrá necesidad de golpear a los demás precisamente cuando no pueda comprender su ira, cuando de niño no le permitieron familiarizarse con este sentimiento y no pudo vivirlo como parte integrante de sí mismo porque aquello era totalmente impensable en su entorno.


(…) ¿No sería acaso mucho peor que los objetivos pedagógicos se cumplieran del todo, que se cometiera un auténtico e irreparable homicidio con el alma del niño sin que la opinión pública llegase nunca a enterarse? Cuando, en nombre de sus ideales, un terrorista ejerce la violencia contra personas inermes y se entrega él mismo tanto a los jefes que lo manipulan como a la policía del Estado contra el cual lucha, está contando inconscientemente, desde su compulsión a la repetición, lo que alguna vez le sucedió en nombre de los elevados valores de la educación. La historia que cuente podrá ser entendida por el público como una señal de alarma, o bien comprendida en forma totalmente errónea; en cualquier caso, como señal de alarma será una señal de la vida que aún puede ser salvada.


¿Qué ocurre, en cambio, cuando ya no queda rastro alguno de esta vida porque la educación fue un éxito rotundo y perfecto, como en el caso de Adolf Eichmann o Rudolf Höss, por ejemplo? Fueron educados para la obediencia con tanto éxito y desde una edad tan temprana que aquella educación no falló, y el edificio no tuvo grietas ni agujeros en ningún sitio, el agua jamás penetró en él y ningún sentimiento fue capaz de estremecerlo. Estas personas cumplieron hasta el final de sus vidas las órdenes que les impartían, sin jamás cuestionar su contenido. Cumplían esas órdenes no porque las consideraran justas y pertinentes, sino simplemente porque era órdenes, tal y como recomienda la <<pedagogía negra>>.


(…) Los psicoanalistas saben lo que puede tardar la formación y vivencia plena de un sentimiento infantil reprimido por espacio de 30, 40 o 50 años.

Da ahí que la situación de un niño pequeño víctima de malos tratos sea a veces hasta peor –y por sus consecuencias sociales incluso más seria- que la situación de un adulto en un campo de concentración. Cierto es que el ex recluso de un campo de exterminio puede hallarse en situaciones en que sienta la imposibilidad de transmitir adecuadamente todo el horror de sus padecimientos pasados y tenga la impresión de que los demás lo miran sin comprenderlo, fría e insensiblemente, con indiferencia y hasta con incredulidad, pero él mismo, salvo unas pocas excepciones, no pondrá en duda el carácter trágico de sus experiencias. Nunca intentará convencerse de que la crueldad que le infligieron se la infligieron por su propio bien, ni tratará de entender lo absurdo del campo de exterminio como una medida pedagógica necesaria para él; en la mayoría de los casos tampoco intentará comprender ni simpatizar con las motivaciones de sus verdugos. Encontrará a gente que haya pasado por experiencias similares y compartirá con ellos sus sentimientos de indignación, odio y desesperación por las crueldades padecidas.


La comparación entre los abusos cometidos contra un niño y los que se cometen contra un adulto presenta, además de los puntos de vista del grado de madurez del Yo, la lealtad y el aislamiento, otro aspecto totalmente nuevo. El prisionero de un campo de concentración no podrá oponer resistencia a los malos tratos ni defenderse contra las humillaciones que le inflijan, pero sí será interiormente libre para odiar a sus torturadores. Esta posibilidad de vivir sus sentimientos, y hasta de compartirlos con otros prisioneros, le brinda la oportunidad de no tener que renunciar a su Yo. Un niño no tiene precisamente esta oportunidad.


No dudo de que detrás de todo crimen se oculta una tragedia personal. Si investigáramos con más detenimiento las historias y prehistorias de los crímenes, quizá podríamos hacer mucho más por evitarlos que indignándonos y lanzando discursos moralizadores. Tal vez alguien me diga: no todo el que recibe palizas de niño tiene por qué ser un asesino, pues en este caso la casi totalidad de los seres humanos serían criminales. Esto es verdad en cierto sentido. Sin embargo, la humanidad no está viviendo una época particularmente pacífica y nunca sabemos lo que un niño puede –y debe- hacer con las injusticias de que ha sido víctima; hay numerosas técnicas para enfrentarse a este problema. Pero aún no sabemos, sobre todo, cómo sería el mundo si los niños crecieran sin sufrir humillaciones, si sus padres los respetaran y les tomaran en serio como a cualquier ser humano. En cualquier caso, no conozco a nadie que haya gozado de este respeto siendo niño y que más tarde, adulto ya, haya tenido la necesidad de asesinar a otros seres humanos.

Sin embargo, aún somos muy poco conscientes de lo dañino que es humillar a los niños. Tratarlos con respeto y saber qué consecuencias acarrea humillarlos no son problemas intelectuales, de lo contrario se hubiera reconocido su importancia hace ya tiempo. Sentir con el niño lo que él siente cuando es despojado, ofendido o humillado, supone toparse de pronto, como en un espejo, con los sufrimientos de la propia infancia, y esto es algo contra lo que muchos tendrán que defenderse por miedo, mientras que otros podrán aceptarlo con ayuda del duelo. Quienes hayan seguido esta vía del duelo sabrán luego sobre la dinámica psíquica mucho más que lo que hubieran podido aprender de los libros.

(…)

(…) gracias a la creciente comprensión, por parte de la opinión pública, de las relaciones existentes entre criminalidad y experiencias de la primera infancia, ha dejado de ser un misterio reservado a los especialistas el hecho de que todo crimen revela una historia oculta que es posible descifrar a partir de los detalles y la escenificación misma del delito. Cuanto más a fondo estudiemos estos contextos, más rápidamente derribaremos los muros de protección tras los cuales se han venido criando impunemente los futuros criminales. Los posteriores actos de venganza se deben a que el adulto puede dar libre curso a sus agresiones contra el niño, mientras que las reacciones emocionales de éste, que son incluso más intensas que las de un adulto, son reprimidas violentamente y con sanciones más fuertes.

(…)

El auténtico perdón no bordea la rabia sin tocarla, sino que pasa a través de ella. Sólo cuando pueda indignarme por la injusticia que cometieron conmigo, cuando advierta el acoso como tal y pueda reconocer y odiar a mi perseguidor como tal, sólo entonces se me abrirá realmente la vía del perdón. La ira, la rabia y el odio reprimidos dejarán de perpetuarse eternamente sólo cuando la historia de los abusos cometidos en la primera infancia pueda ser revelada. Y entonces se transformarán en duelo y en dolor ante la inevitabilidad del hecho, dejando, en medio de ese dolor, cabida a una verdadera comprensión, a la comprensión del adulto que ha echado una mirada a la infancia de sus padres y, liberado finalmente de su propio odio, es capaz de vivir una empatía auténtica y madura. Este perdón no puede ser exigido con preceptos ni con mandamientos; ha de ser vivido como gracia y surgirá espontáneamente cuando ningún odio reprimido –por estar vedado- siga envenenando el alma. El sol no necesita que le obliguen a brillar; cuando las nubes se apartan, él, simplemente, brilla. Pero sería erróneo ignorar que las nubes constituyen un impedimento cuando realmente se presentan.>>

sábado, 3 de abril de 2021

Alice Miller. El drama del niño dotado.

 

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta. Psicoanalista. Zaragoza. Instagram: @psicoletrazaragoza                  Página Web: Conóceme y Contacta.              Teléfono: +34 653 379 269

Retrato de Alice Miller

Sobre la realidad de la infancia

Alice Miller realizó sus estudios en Basilea, donde obtuvo en 1953 su doctorado en filosofía. Ejerció su profesión de psicoanalista en Zurich pero la abandonó para consagrarse por completo a la investigación sobre la infancia. En 1986 recibió en Nueva York el premio Janusz Korczak.
De los 192 países miembros de la ONU, 18 solamente han prohibido pegar a los niños. En los Estados Unidos hay todavía 20 estados donde están autorizados los castigos corporales en la escuela primaria y también sobre los adolescentes.
Las personas que pueden indignarse con estos hechos y que son conscientes de sus graves consecuencias, comprenderán, sin ninguna dificultad, todos los libros que ha escrito Alice Miller. Comprenderán también por qué esta autora se empeña, aún a su avanzada edad, en liberar la sociedad de su ignorancia.
Por medio de sus libros, artículos, folletos, entrevistas y respuestas al correo de los lectores en su página web nos muestra que maltratar a los niños produce no solamente niños desgraciados y perturbados, adolescentes destructores y padres que maltratan sino también una sociedad perturbada que funciona a menudo de una forma extremadamente irracional.
Gracias a sus investigaciones sobre la infancia, Alice Miller ha comprendido que la violencia ejercida sobre los niños conduce a la violencia global que reina en el mundo entero, sobre todo si se empieza a pegar a los niños en los primeros años de su vida, justamente en el momento en el que se construye su cerebro. Incluso si las consecuencias escandalosas son evidentes, la sociedad no las percibe y aún menos las tiene en cuenta. Ahora bien, la situación es fácil de comprender: los niños no tienen derecho a defenderse de la violencia de sus padres y están obligados a suprimir y reprimir las reacciones naturales a la agresión de sus padres como la cólera y la angustia. Sólo siendo adultos pueden descargar esas fuertes emociones sobre sus propios hijos, o en ciertos casos, sobre naciones enteras.
Alice Miller describe esta dinámica en sus 13 libros y la ilustra ayudándose de relatos de sus pacientes y también con la ayuda de sus numerosos estudios sobre las biografías de dictadores y de artistas muy conocidos. La omisión de este razonamiento sobre la infancia por la sociedad ocasiona en los niños, en la oscuridad familiar comportamientos extremadamente peligrosos como la brutalidad, el sadismo y otras perversiones, que nos gusta denominar luego, en el adulto como “trastornos genéticos”. Es únicamente la toma de conciencia de este dinamismo la que nos permitirá romper la cadena de la violencia, piensa Alice Miller que consagra toda su obra a este esclarecimiento.
Durante estos últimos años, Alice Miller ha desarrollado un concepto de terapia, que propone a las personas que sufren, confrontarse con su pasado para encontrar la angustia del niño maltratado que fueron, sentirla y así liberarse. Es el miedo infantil hacia los padres todopoderosos el que empuja al adulto a maltratar a los niños o a aceptar vivir con graves enfermedades, minimizando totalmente la crueldad de sus propios padres. Son numerosas las proposiciones esotéricas y espirituales que prometen la curación pero en realidad su único objetivo es el de camuflar los terrores vividos durante la infancia.
Alice Miller piensa que a pesar del aspecto trágico de su descubrimiento, éste aporta sin embargo opciones positivas y optimistas ya que abre la puerta de la conciencia, a la percepción de la realidad del niño y al mismo tiempo a la liberación del miedo infantil del adulto y de sus efectos destructores. Su percepción de la vivencia real del niño ya no está ligada con la del psicoanálisis. A su manera de ver éste permanece de acuerdo con la vieja tradición que acusa a los niños y protege a los padres tanto en la teoría como en la práctica. Por esta razón Alice Miller ya no es miembro de la Asociación Internacional del Psicoanálisis.

Alice Miller 2008

traducido por Rosa Barrio

sábado, 6 de marzo de 2021

El cuerpo nunca miente

 EL CUERPO NUNCA MIENTE


Rodrigo Córdoba. Psicólogo y Psicoterapeuta. Zaragoza. Gran Vía 32. Tno.: +34 653 379 269 Página Web: www.rcordobasanz.es. 

"El cuerpo nunca miente", publicado en 2004, es una obra de madurez, en la que Alice Miller expone sus ideas con seguridad y sin tapujos. Una obra breve, amena y lúcida, en la que se sirve de numerosos ejemplos para aclarar sus teorías.

 "He llegado a la conclusión - asegura Miller - de que aquellos que en su infancia han sido maltratados sólo pueden intentar cumplir el cuarto mandamiento (honrarás a tu padre y a tu madre") mediante una represión masiva y una disociación de sus verdaderas emociones. No pueden venerar y querer a sus padres porque inconscientemente siempre los han temido. Por lo general, establecen con ellos un lazo enfermizo, compuesto de miedo y de sentido del deber. Por desgracia, es el cuerpo el que paga el precio de dicha concepción moral".
El dichoso cuarto mandamiento es el principal caballo de batalla de Miller, que no deja de advertirnos de su proverbial poder destructivo. El amor es algo que surge de manera espontánea, de manera que ningún amor "obligado" puede ser verdadero amor.
Necesitamos experimentar el amor y la comprensión hacia ese niño maltratado que fuimos, hacia ese pequeñín lleno de posibilidades que vio destruida su capacidad de sentir y sus ganas de vivir.
Los terapeutas convencionales no valen. Estos terapeutas se ponen de parte de los padres, y nos invitan a perdonar y olvidar. Muy al contrario, lo que necesitamos es un terapeuta que se ponga de parte del niño (un "testigo cómplice"), y que se indigne con el trato que recibió de sus padres. Desgraciadamente, la inmensa mayoría de los terapeutas actuales se inclinan por la teoría de que "el perdón cura". Pero Miller es taxativa: el perdón nunca ha sido causa de curación.
Es preciso que nos desprendamos de los padres que tenemos interiorizados (esos supuestos padres buenos que lo hacían todo por nuestro bien) y que continúan destruyéndonos. Sólo así tendremos ganas de vivir y aprenderemos a respetarnos.
La "pedagogía venenosa" que impera en la sociedad reprime esos sentimientos de rabia e indignación por el maltrato recibido que provocarán ya en el adulto una necesidad de destrucción que puede dirigirse a los demás, generalmente a los propios hijos, o contra uno mismo, en forma de terribles depresiones u otras enfermedades físicas (como el cáncer) o psíquicas (esquizofrenia). Un concienzudo estudio realizado en San Diego (USA) demostró que entre las personas que habían sido maltratadas en su infancia el índice de enfermedades graves era mucho mayor que en las personas que no fueron maltratadas.
El cuerpo es el guardián de nuestra verdad. Mediante síntomas nos fuerza a admitir de manera cognitiva esta verdad para que podamos comunicarnos armoniosamente con el niño menospreciado y humillado que hay en nosotros. El cuerpo necesita la verdad a toda costa. Hasta que ésta sea reconocida, mientras los sentimientos auténticos de una persona hacia sus padres sigan siendo ignorados, la persona no se librará de los síntomas.



En los primeros capítulos del libro, Miller se refiere a las biografías de algunos escritores célebres que padecieron maltrato en su infancia. Virginia Wolff se suicidó muy joven después de sufrir graves depresiones durante toda su vida. Sufrió reiterados abusos sexuales por parte de sus hermanastros, mientras sus padres miraban para otro lado. En un primer momento, Wolff estableció una relación de causa-efecto entre estas violaciones y sus depresiones. Pero, al descubrir la teoría psicoanalítica de Freud, renunció a esta primera interpretación y empezó a dudar incluso de que estos abusos existieran realmente y no fueran producto de su imaginación. Freud la condujo a un callejón sin salida que acabo en su suicidio.
El poeta Rimbaud padeció una madre autoritaria que controlaba cada detalle de la vida de sus hijos. La reacción de Rimbaud ante este amor destructivo fue un profundo odio a sí mismo. Se consideró a sí mismo un monstruo, un homosexual vicioso. Trató de liberarse de la opresión materna por medio de las drogas, de su destructiva amistad con Verlaine y sobre todo de la poesía. Pero fue en vano, claro. Su temprana muerte es la prueba de que nunca llegó a liberarse.
Caso parecido es el de Marcel Proust, sometido por completo a la voluntad de su absorvente madre. Esa necesidad de verdad que tiene el cuerpo la intuía ya Proust cuando escribe en una carta a su madre: "Pues prefiero tener ataques y gustarte a no tenerlos y no gustarte". Lapidaria frase que describe muy bien el sinsentido de muchas relaciones paterno-filiales. En otra carta dice:"La verdad es que tan pronto como me encuentro bien tú lo destrozas todo hasta que vuelvo a sentirme mal, porque la vida que me procura una mejora a ti te produce irritación. Es triste que no pueda tener a la vez tu cariño y mi salud". Su aguda inteligencia le marcaba el camino de la verdad, pero la moral de la época le impidió rebelarse contra su madre, lo que le ocasionó una enfermiza y corta vida. El control no es amor, añadiría yo.
Miller hace incapié en la general comprensión que tiene la sociedad hacia los maltratadores. El maltrato infantil se suele considerar una falta no intencionada cometida por padres que abrigaban las mejores intenciones, pero a los que tener que educar los desbordó. Asimismo el desempleo o el exceso de trabajo se designan como causantes de que un padre levante la mano, y las tensiones en el matrimonio explican que las madres partan perchas sobre los cuerpos de sus hijos. Explicaciones tan absurdas son fruto de nuestra moral, que desde siempre se ha situado del lado de los adultos y en contra del niño.
Tampoco en los libros de autoayuda se detecta una inclinación clara en favor del niño. Al lector se le aconseja que abandone el papel de víctima, que no acuse a nadie del desbaratamiento de su vida, que sea fiel a sí mismo para conseguir liberarse del pasado e, incluso, que mantenga buenas relaciones con sus padres. En estos consejos Miller percibe las contradicciones de la "pedagogía venenosa" y la moral tradicional.
Hacerse adulto significa dejar de negar la verdad, sentir el dolor reprimido, conocer racionalmente la historia que el cuerpo ya conoce emocionalmente, integrar esa historia y no tener que reprimirla más. Que luego el contacto con los padres pueda mantenerse o no dependerá de las circunstancias. Pero lo que sí debe terminar es la relación enfermiza con los padres interiorizados de la infancia, esa relación a la que llamamos amor, pero que no es amor.
Miller aboga por el trascendental derecho de no querer a los padres. Esa obligación socialmente sancionada de querer a los padres, por muy mal que se comportaran con sus hijos, es terriblemente destructiva. Sólo al permitirnos sentir odio por personas que nos perjudicaron tanto nos da acceso a nuestra verdad y permitirá a nuestro cuerpo expresar sus verdaderas necesidades. Ya no seremos marionetas de nuestros padres dedicadas a satisfacer sus necesidades, ahora nos dedicaremos al fin a satisfacer nuestras propias necesidades. "Decidí ser adulta y la confusión desapareció", apostilla Miller. Y no es cierto que el odio nos lleve a enfermar. El odio reprimido y disociado sí puede hacerlo, pero no el sentimiento exteriorizado y vivido de forma consciente. Si el odio está ahí, de nada sirve prohibirse odiar, como hacen todas las religiones.
Miller no se opone a que uno pueda perdonar a sus padres si estos reconocen sus errores y se disculpan por ellos. Pero desgraciadamente esto ocurre muy pocas veces.
Es asombroso, dice Miller, que incluso terapeutas universalmente reconocidos que han publicado best sellers no hayan podido aún desprenderse de la idea de que perdonar a los padres es la coronación de una terapia exitosa.
Miller comenta el caso del asesino en serie Patrice Alegre, que violó y asesinó a numerosas mujeres. Patrice era el hijo de una prostituta que llevaba a los clientes a su casa y permitía al chico observarlo todo. Alegre reprimió el odio por su madre, y dio rienda suelta a ese odio con otras mujeres. Cuando estrangulaba a una mujer en realidad estaba en su inconsciente estrangulando a su madre. Prefirió matar antes que asumir la verdad.
Miller nos habla también de las drogas. Cuando los sentimientos de carencia, de abandono y de ira provocan pánico las drogas pueden ser la "solución". La droga manipula al cuerpo para crear sentimientos deseables, pero falsos. Lo mismo provocan los antidepresivos, drogas legales, pero igualmente enmascaradoras de la verdad. El "no" rotundo de Miller a los antidepresivos y demás psicofármacos es sin duda revolucionario. La dependencia de las drogas obstruye el camino a los verdaderos sentimientos y emociones, impidiendo la curación. Sin duda, los millares o millones de psiquiatras en todo el mundo cuyo trabajo consiste fundamentalmente en atiborrar de pastillas a sus pacientes no conocen esta gran verdad.
Miller insiste en que a los padres que nos han maltratado no les debemos agradecimiento alguno y, desde luego, tampoco ningún sacrificio. Sacrificios que se hicieron por unos fantasmas, unos padres idealizados que nunca existieron. Cuando logremos renunciar a la esperanza de que nuestros padres nos quieran finalmente algún día, desaparecerán nuestras expectativas y, con ellas, el autoengaño que nos ha acompañado toda nuestra vida. Ya no creeremos que no éramos dignos de ser amados, porque eso no dependía de nosotros sino de la situación de nuestros padres, de cómo les afectaron sus traumas infantiles.
Los padres maltratadores suelen reaccionar mal al cambio esencial que sufren sus hijos cuando consiguen liberarse. Reaccionan con frustración y deseos de que el hijo vuelva a ser como antes, es decir, sumisos, leales, que consientan el menosprecio y, en el fondo, depresivos e infelices.
Lo que nos protege de la ciega repetición, de maltratar a nuestros hijos como nuestros padres nos maltrataron, es la aceptación de nuestra verdad, de toda la verdad, en todos sus aspectos.
La mayoría de los terapeutas insisten en la necesidad de perdonar a los padres. Para Miller, esa idea sólo refleja el miedo del terapeuta a sus propios padres. El perdón no cura. Dejar fluir tus sentimientos con libertad, ya sean sentimientos de amor o de odio, sí que puede curar. El adulto debe desarrollar una empatía profunda hacia ese niño maltratado cuyo sufrimiento nadie vio. Es a ese pequeñín al que debemos amar, no a los que lo torturaron. El camino hacia la madurez no pasa por la tolerancia a las crueldades sufridas, sino por el reconocimiento de la propia verdad y por el aumento de la empatía hacia el niño maltratado.
Los sentimientos positivos fingidos, que propugnan tantas terapias, no solamente duran poco, también nos dejan en el estado del niño con sus infantiles esperanzas de que los padres algún día muestren su lado bueno. Muy al contrario, es necesario que podamos vivir las llamadas emociones negativas y transformarlas en sentimientos sensatos. Las emociones vividas no son eternas. Sólo cuando las desterramos anidan en el cuerpo. No podemos querernos, respetarnos ni entendernos a nosotros mismos si ignoramos los mensajes de nuestras emociones, como, por ejemplo, la ira. A pesar de ello existe toda una serie de reglas y técnicas "terapéuticas" para manipular las emociones. Nos dicen, con la mayor seriedad, cómo se puede eliminar la tristeza y provocar la alegría. Personas con graves síntomas corporales se dejan asesorar en las clínicas , con la esperanza de liberarse así del resentimiento hacia sus padres. Los resultados a largo plazo son siempre desastrosos.
Miller distingue entre la comunicación auténtica, que se basa en hechos y facilita la transmisión de los sentimientos e ideas propios, y la comunicación confusa, que se basa en la tergiversación de los hechos y en la acusación a otros de las emociones indeseadas que uno tiene, emociones, que en el fondo, van dirigidas hacia los padres.
En "El diario ficticio de Anita Fink", Miller expone las vivencias de un joven anoréxica. Esta joven sólo deseó desde su más tierna infancia una comunicación emocional auténtica, sin mentiras, sin falsas preocupaciones, sin sentimientos de culpa, sin reproches, sin advertencias, sin temor, sin proyecciones. Cuando esa comunicación nunca ha tenido lugar, cuando al niño se le ha alimentado con mentiras, entonces éste se resiste a crecer con este "alimento". Sólo cuando Anita pudo experimentar esa comunicación auténtica con otras personas pudo al fin superar su enfermedad.
En el Epílogo del libro se  resumen sus ideas en cuatro puntos:
1.El amor que siente el niño maltratado hacia sus padres no es amor, sino un vínculo cargado de expectativas, ilusiones y negaciones que exige un alto precio a todos los implicados.
2. El precio de este vínculo lo paga en primer lugar el niño, que crece con el espíritu de la mentira, cosa que pagará probablemente con su salud.
3. El fracaso de muchas terapias se explica porque muchos terapeutas han caído en la trampa de la moral tradicional. Cuando recomiendan el perdón a sus pacientes en realidad sólo están tranquilizándose a sí mismos.
4. Sin embargo, si el paciente tiene la suerte de ser asistido por un testigo con empatía, podrá vivir y entender su miedo a los padres y, poco a poco, romper los vínculos destructivos. Entonces descubrirá que sus terapeutas le han engañado, pues el perdón impide la cicatrización de las heridas y conduce a la pulsión a la repetición, con lo que nos convertiremos nosotros en maltratadores de nuestros hijos.
En definitiva, que sólo LA VERDAD nos hará libres. No todo el mundo está capacitado para asumir esa verdad. Muchos preferirán la enfermedad o la muerte antes que reconocerla. Pero, para los que sí estamos dispuestos a asumir el coste, nos espera una nueva vida.