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domingo, 12 de septiembre de 2021

Alice Miller: Por tu propio bien

 

ALICE MILLER: POR TU PROPIO BIEN

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Psicoterapeuta Zaragoza Gran Vía Y Online Teléfono: 653 379 269 Website: www.rcordobasanz.es.                      Instagram: @psicoletrazaragoza


<<Las personas a las que desde un principio se les permitió, en su infancia, reaccionar adecuadamente –es decir, con rabia- a los dolores, ofensas y rechazos que se les inflingiera de manera consciente o inconsciente, conservarán esta capacidad para reaccionar adecuadamente también en la edad madura. De adultos, sentirán el mal que se les haga y podrán expresarse verbalmente sobre él, pero apenas tendrán necesidad de saltarle al otro al cuello. Esta necesidad se presentará sólo en la gente obligada a vigilar siempre que sus diques de contención interna no se resquebrajen. Cuando esto ocurre, todo se torna impredecible. Ello explica que parte de esta gente, por miedo a sufrir consecuencias impredecibles, tema cualquier reacción espontánea, y que la otra parte descargue ocasionalmente una ira inexplicable en personas sustitutorias, o bien cometa regularmente actos de violencia en forma de asesinatos y atentados terroristas. Un ser humano capaz de comprender e integrar su ira como parte de sí mismo, no será violento. Sólo tendrá necesidad de golpear a los demás precisamente cuando no pueda comprender su ira, cuando de niño no le permitieron familiarizarse con este sentimiento y no pudo vivirlo como parte integrante de sí mismo porque aquello era totalmente impensable en su entorno.


(…) ¿No sería acaso mucho peor que los objetivos pedagógicos se cumplieran del todo, que se cometiera un auténtico e irreparable homicidio con el alma del niño sin que la opinión pública llegase nunca a enterarse? Cuando, en nombre de sus ideales, un terrorista ejerce la violencia contra personas inermes y se entrega él mismo tanto a los jefes que lo manipulan como a la policía del Estado contra el cual lucha, está contando inconscientemente, desde su compulsión a la repetición, lo que alguna vez le sucedió en nombre de los elevados valores de la educación. La historia que cuente podrá ser entendida por el público como una señal de alarma, o bien comprendida en forma totalmente errónea; en cualquier caso, como señal de alarma será una señal de la vida que aún puede ser salvada.


¿Qué ocurre, en cambio, cuando ya no queda rastro alguno de esta vida porque la educación fue un éxito rotundo y perfecto, como en el caso de Adolf Eichmann o Rudolf Höss, por ejemplo? Fueron educados para la obediencia con tanto éxito y desde una edad tan temprana que aquella educación no falló, y el edificio no tuvo grietas ni agujeros en ningún sitio, el agua jamás penetró en él y ningún sentimiento fue capaz de estremecerlo. Estas personas cumplieron hasta el final de sus vidas las órdenes que les impartían, sin jamás cuestionar su contenido. Cumplían esas órdenes no porque las consideraran justas y pertinentes, sino simplemente porque era órdenes, tal y como recomienda la <<pedagogía negra>>.


(…) Los psicoanalistas saben lo que puede tardar la formación y vivencia plena de un sentimiento infantil reprimido por espacio de 30, 40 o 50 años.

Da ahí que la situación de un niño pequeño víctima de malos tratos sea a veces hasta peor –y por sus consecuencias sociales incluso más seria- que la situación de un adulto en un campo de concentración. Cierto es que el ex recluso de un campo de exterminio puede hallarse en situaciones en que sienta la imposibilidad de transmitir adecuadamente todo el horror de sus padecimientos pasados y tenga la impresión de que los demás lo miran sin comprenderlo, fría e insensiblemente, con indiferencia y hasta con incredulidad, pero él mismo, salvo unas pocas excepciones, no pondrá en duda el carácter trágico de sus experiencias. Nunca intentará convencerse de que la crueldad que le infligieron se la infligieron por su propio bien, ni tratará de entender lo absurdo del campo de exterminio como una medida pedagógica necesaria para él; en la mayoría de los casos tampoco intentará comprender ni simpatizar con las motivaciones de sus verdugos. Encontrará a gente que haya pasado por experiencias similares y compartirá con ellos sus sentimientos de indignación, odio y desesperación por las crueldades padecidas.


La comparación entre los abusos cometidos contra un niño y los que se cometen contra un adulto presenta, además de los puntos de vista del grado de madurez del Yo, la lealtad y el aislamiento, otro aspecto totalmente nuevo. El prisionero de un campo de concentración no podrá oponer resistencia a los malos tratos ni defenderse contra las humillaciones que le inflijan, pero sí será interiormente libre para odiar a sus torturadores. Esta posibilidad de vivir sus sentimientos, y hasta de compartirlos con otros prisioneros, le brinda la oportunidad de no tener que renunciar a su Yo. Un niño no tiene precisamente esta oportunidad.


No dudo de que detrás de todo crimen se oculta una tragedia personal. Si investigáramos con más detenimiento las historias y prehistorias de los crímenes, quizá podríamos hacer mucho más por evitarlos que indignándonos y lanzando discursos moralizadores. Tal vez alguien me diga: no todo el que recibe palizas de niño tiene por qué ser un asesino, pues en este caso la casi totalidad de los seres humanos serían criminales. Esto es verdad en cierto sentido. Sin embargo, la humanidad no está viviendo una época particularmente pacífica y nunca sabemos lo que un niño puede –y debe- hacer con las injusticias de que ha sido víctima; hay numerosas técnicas para enfrentarse a este problema. Pero aún no sabemos, sobre todo, cómo sería el mundo si los niños crecieran sin sufrir humillaciones, si sus padres los respetaran y les tomaran en serio como a cualquier ser humano. En cualquier caso, no conozco a nadie que haya gozado de este respeto siendo niño y que más tarde, adulto ya, haya tenido la necesidad de asesinar a otros seres humanos.

Sin embargo, aún somos muy poco conscientes de lo dañino que es humillar a los niños. Tratarlos con respeto y saber qué consecuencias acarrea humillarlos no son problemas intelectuales, de lo contrario se hubiera reconocido su importancia hace ya tiempo. Sentir con el niño lo que él siente cuando es despojado, ofendido o humillado, supone toparse de pronto, como en un espejo, con los sufrimientos de la propia infancia, y esto es algo contra lo que muchos tendrán que defenderse por miedo, mientras que otros podrán aceptarlo con ayuda del duelo. Quienes hayan seguido esta vía del duelo sabrán luego sobre la dinámica psíquica mucho más que lo que hubieran podido aprender de los libros.

(…)

(…) gracias a la creciente comprensión, por parte de la opinión pública, de las relaciones existentes entre criminalidad y experiencias de la primera infancia, ha dejado de ser un misterio reservado a los especialistas el hecho de que todo crimen revela una historia oculta que es posible descifrar a partir de los detalles y la escenificación misma del delito. Cuanto más a fondo estudiemos estos contextos, más rápidamente derribaremos los muros de protección tras los cuales se han venido criando impunemente los futuros criminales. Los posteriores actos de venganza se deben a que el adulto puede dar libre curso a sus agresiones contra el niño, mientras que las reacciones emocionales de éste, que son incluso más intensas que las de un adulto, son reprimidas violentamente y con sanciones más fuertes.

(…)

El auténtico perdón no bordea la rabia sin tocarla, sino que pasa a través de ella. Sólo cuando pueda indignarme por la injusticia que cometieron conmigo, cuando advierta el acoso como tal y pueda reconocer y odiar a mi perseguidor como tal, sólo entonces se me abrirá realmente la vía del perdón. La ira, la rabia y el odio reprimidos dejarán de perpetuarse eternamente sólo cuando la historia de los abusos cometidos en la primera infancia pueda ser revelada. Y entonces se transformarán en duelo y en dolor ante la inevitabilidad del hecho, dejando, en medio de ese dolor, cabida a una verdadera comprensión, a la comprensión del adulto que ha echado una mirada a la infancia de sus padres y, liberado finalmente de su propio odio, es capaz de vivir una empatía auténtica y madura. Este perdón no puede ser exigido con preceptos ni con mandamientos; ha de ser vivido como gracia y surgirá espontáneamente cuando ningún odio reprimido –por estar vedado- siga envenenando el alma. El sol no necesita que le obliguen a brillar; cuando las nubes se apartan, él, simplemente, brilla. Pero sería erróneo ignorar que las nubes constituyen un impedimento cuando realmente se presentan.>>

sábado, 10 de agosto de 2013

Pedagogía Negra

Observamos aquí los principales fundamentos filosóficos que se oponen a las conductas de afecto entre madre e hijo:

-La maldad intrínseca del recién nacido: un ser caprichoso que abusa de quienes le cuidan y exige cosas que no necesita solo por fastidiar. Solo con una formación represiva adquiere los valores del adulto.
- El niño que necesita llorar. El llanto no es reconocido como síntoma de sufrimiento sino algo malévolo, un chantaje.
- La exigencia de abnegaciòn materna.
- Es por su propio bien.
"Mucho recreo, mucha expansión al aire libre..., pero todo con método, con orden, con medida."
Leopoldo Alas Clarín: Don Urbano

Recomiendo las lecturas de Alice Miller.

Rodrigo Córdoba Sanz
Psicólogo y Psicoterapeuta
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lunes, 5 de noviembre de 2012

Hojas susurrantes para mamás comprometidas con el Amor

Páginas 119-120 de Hojas susurrantes Prólogo En mi Carta a mamá Medusa, a la que me referiré simplemente como la Carta, hablé de unos acontecimientos terribles a mis dieciséis y diecisiete años. Después de la paliza emocional que me propinó mi padre a instancias de mi madre, en las primeras páginas veremos que junto con el siquiatra, uno de los más renombrados sicoanalistas en la Ciudad de México, a mis dieciocho años mi madre me propinó una brutal paliza física. En este libro demostraré que la profesión llamada siquiatría, la nueva arma con la que mi madre intentó sojuzgarme, es una falsa ciencia. Y mostraré que, desde sus orígenes, esta seudociencia se ha aliado con los padres controladores en conflicto con sus hijos cuerdos. Como conté en mi libro anterior, cuando osé huir con mi abuela por los golpes de mi padre, mi madre me difamó con la palabra “enfermo”: palabra que aprendió del siquiatra que fungió como abogado de mis padres. De esa manera, y aun de lejos, mi madre socavó aún más mi autoestima en su guerra de voluntades contra el adolescente que fui. En otras palabras, a pesar de que no tuve desvarío psicótico alguno fui calumniado ante la familia y los parientes de “enfermo”. Además del maltrato en casa, esta vejación fue resultado directo de la confabulación con el falso médico, el representante de una profesión que las naciones del mundo acreditan: la siquiatría.[1] A diferencia de la Carta, en este libro no me enfocaré ni en mi madre ni en mi padre. Me referiré a ellos ocasionalmente, así como a otros padres que traumatizan a sus hijos. Mas ante todo hablaré de los siquiatras. La conducta del médico sicoanalista que me atacó me hace desviar la atención del maltrato parental, el tema central de mis libros, a la siquiatría. Sin embargo, tal desviación es sólo aparente. Como veremos, la paidosiquiatría está íntimamente relacionada al maltrato de menores e hijos de familia. En las siguientes páginas hago pública otra carta: una que le escribí a mis padres más de un cuarto de siglo después de los fatídicos sucesos de mi adolescencia. En esta relativamente breve misiva si la comparamos con la anterior, muestro cómo el asalto siquiátrico a un menor es meramente una escalada del maltrato parental. ____________________ [1] En mis escritos le quito la “p” a las palabras psiquiatría y psicoanálisis. También se la quito a psicología, pero sólo cuando me refiero a la sicología académica, no a la psicología intuitiva que todos manejamos en la vida cotidiana. Published in: "Cómo asesinar el alma de tu hijo" (2º libro de Hojas Susurrantes) on febrero 2, 2012 at 7:58 pm Comentarios (2) Páginas 121-125 de Hojas susurrantes Papá y mamá: El 28 de abril de 1976 huí con abue Mecho después de que tú, papá, me abofetearas y me rompieras el corazón. Añadiendo insulto a la injuria, el doctor Giuseppe Amara, el siquiatra pagado por mamá, me calumnió a mí, al indefenso menor de edad, no al adulto que me pegó, de “esquizoide”, y en su consultorio me dijo que quería asaltar mi cerebro. Sus palabras exactas fueron: “¡A bombardear el cerebro con metabolitos franceses!” Me sentí molido. Sus palabras fueron un terrible golpe para un muchacho que acababa de sufrir la traición de su vida. No sólo mis padres me habían roto el corazón en casa: ahora un sujeto pagado por ellos quería atentar contra la sede de mi inteligencia. En esos días visité a tío Chepo. Siendo doctor quería preguntarle qué era “Majeptil”, la droga con la que Amara quería “bombardearme el cerebro” según sus propias palabras. Descubrí que era el nombre comercial de la droga que le dan a la gente muy perturbada (tiempo después supe que algunos médicos la llaman lobotomía química). Después de mi investigación decidí que jamás tomaría la temible droga de Amara: además de una ofensa mortal era un atentado a mis facultades. Pasó un cuarto de siglo… ♣ Mamá: En el primer año del nuevo siglo mi hermana Corina me confesó que me ponías esa droga, que yo había jurado jamás tomar, en los desayunos cuando regresé a casa. Según Corina, varias veces “te cachó” haciendo eso y tú le explicaste: “Ésas se las mandó el doctor Amara y no las quiere tomar”. Cori me dijo que le confesaste que a diario me ponías esa droga y que lo hiciste por meses; y papá estaba perfectamente enterado de lo que me hacías. Le pregunté entonces a Germán y me confesó que te vio poniéndole gotas de un medicamento a un jugo de naranja. Que lo que se le grabó fue tu reacción sospechosa cuando te descubrió. Se le quedó muy grabado que, de tus hijos, ponías las sospechosas gotas sólo a mi comida. Lloré con Germán como nunca lo hago porque de chico papá me vio todo chueco en mis músculos —resultado de la droga— y a pesar de que papá detestaba a la siquiatría, jamás me dijo nada sobre lo que me hacías. Haz de saber que, junto con la golpiza emocional que a lo largo de años me propinaste con mi padre, tu médico destruyó mi vida. La droga que me pusiste es la más peligrosa del mercado. Más peligrosa que la cocaína y la heroína. ¿Cuál fue el resultado de esa falta de respeto hacia tu hijo? En casa de abue Mecho padecí unos ataques de pánico que nunca había entendido con anterioridad a mi investigación de las drogas siquiátricas; y de enero a julio de 1977, cuando regresé a casa, padecí algo que se llama acatisia. Un doctor que ha hecho campañas en Estados Unidos para prohibir la misma droga que me ponías define la acatisia como “un tormento psicológico permanente”. Es similar al ansia física de aquellos heroinómanos a quienes, de golpe, se les retira la heroína. No obstante, cuando le retiran la droga a un drogadicto el tormento dura sólo unos cuantos días. Pero como yo sentí la acatisia de enero a julio de 1977, significa que fui torturado ¡a lo largo de siete meses! Cuando iba a ver a Amara ese año le decía que me sentía muy mal; que sentía una suerte de “ansia física”. En aquel entonces desconocía la palabra acatisia. Antes de la revelación de mis hermanos no lograba comprender por qué rayos me habían dado esas malditas “ansias físicas” que paraban en seco mi rendimiento cotidiano. Ahora sé que, como médico, Amara sabía perfectamente que eran los efectos de la espantosa droga: mi cerebro se rebelaba ante un agresivo bombardeo químico del que yo no sabía ni pío. Pero a tu médico le importó un bledo verme torturado por la droga, torturado con tu complicidad, mamá. Como te dije hace años en mi larga carta: “Todos esos meses me la pasé tumbado en cama, sólo dormir me sacaba de la atosigante sensación psíquica. Me quedaba en la cama en posición fetal para ‘protegerme’ de aquella constante sensación”. Incluso se ha visto en escaneos cerebrales y autopsias que a los chicos que se les administra esa droga por mucho tiempo se les encoge el cerebro. No me extraña que en el caló norteamericano les llamen shrinks a los siquiatras, “encogedores”. A pesar de su gentil aspecto cuando aparece en televisión, el doctor Amara es, en realidad, un monstruo. En la investigación que en tiempos recientes hice de la siquiatría me topé con el caso de un joven llamado Ricardo. Su madre le dio el mismo tipo de droga que me dabas y me confesó que Ricardo también padeció acatisia: una palabra que ella conocía muy bien. Fue tal la tortura de la acatisia que Ricardo se suicidó. Ya no aguantaba el tormento, las ansias de todos los días similares a quitarle de golpe la heroína a una persona. La madre de Ricardo me confesó que se arrepintió de haberle creído a los médicos que consultó; según ella, “los mejores siquiatras de México”. Yo no me suicidé, aunque bien me dieron ganas. Resistí heroicamente la tortura que tu médico-brujo y tú me infligieron por tanto tiempo. ¡Si me hubiera enterado de lo que me hacían habría huido del hogar! Ahora me llega el recuerdo de cierta ocasión que yacía tumbado en cama abatido en tal suplicio de acatisia que me dije a mí mismo: “Si tuviera una pistola en la mano no dudaría en dispararme”. Nadie me socorrió en esos momentos. Yo mismo no podía hacer nada: ignoraba lo que a instancias de tu médico-brujo me hacías. Esa droga que me pusiste furtivamente, lo digo una vez más, contribuyó a destruir mi vida. Me ponías esa maldita cosa a pesar que en tu mismo diario anotabas las crisis de acatisia que me daban a lo largo de ese tiempo. Ese diario tú misma me lo regalaste y lo iniciaste el día que huí con abue Mecho por el ultraje de las bofetadas de mi padre. En la primera página de tu diario, la noche en que mi padre me ultrajó, escribiste: César chico Salió el Martes 28 de abril de 1976 a las 9 de la noche. El diagnóstico empezó a principios de Marzo. El tratamiento empezó en el mes de Abril. Lunes 17 de Mayo: Nuevas medicinas: Majeptil 2 gotas: 8-11-2-5-8. Akineton grageas: 2-1-2. ¡Se me parte el alma al leer tu diario! Este fue el inicio de un ataque médico similar a la tortura de siquiatras a disidentes políticos (los números que citas se refieren a las horas del día; aunque semana y media después tu diario menciona un incremento a “3 gotas 5 veces al día”). Como resultado de tu “tratamiento”, tiempo después escribiste: César se puso muy malo, primero con dolor de cabeza y después se torció del cuello y del cuerpo. Fue algo horrible, no sé adonde va a llegar. A este torcerse se le llama “distonía”, otro resultado de la droga. Luego el médico-monstruo incrementó la dosis. Continúa tu diario: Se sigue quejando de sentirse mal, el jueves pasado el 12, y el 14 tuvo un bajón acentuado… el Doctor piensa que es un poco de teatro para conquistarme. No lo creo, él sufre horriblemente, se le nota en su semblante. ♣ Papá: Si el cuerpo es el templo del espíritu, el cerebro es el sanctum sanctuorum del cuerpo. Violar al cerebro sería entonces, como dijo Daniel sobre la profanación del templo, la “abominación de la desolación”. Ante esta abominación, este asalto a mis derechos más elementales, y, me siento violado al decirlo, al lugar más sagrado de mi ser, tú no hiciste nada. ¡Absolutamente nada! Jugaste un papel estúpidamente pasivo. Anulaste tu voluntad, como un niño pequeño, ante las locuras de mamá y del monstruo mercenario. A pesar de que la droga me enchuecó los músculos varias veces ese año —la distonía— y me produjo un molesto tic en el hombro derecho —disquinesia tardía en lenguaje médico—, no te tentaste el corazón, papá. Es sabido que la monstruosidad que me ponía mamá causa esos síntomas. Recuerda esa noche en casa en que, chueco cual Cuasimodo y grotescamente encorvado, fui al baño. Ya adulto, en mi lucha contra la falsa ciencia que contribuyó a destruir mi vida, traduje para internet el artículo de una joven norteamericana que quedó en silla de ruedas de por vida por haber tomado el mismo tipo de droga que, contra mi voluntad, mamá me ponía. Recuerdo bien que durante mi niñez decías con gran vehemencia: “El sicoanálisis es la plasta que vino a usurpar al confesionario”. Bien. Si hubiéramos ido todos con un buen sacerdote en lugar de llevarme a mí solo con un analista nos habríamos dado la oportunidad de comunicarnos y de resolver el problema en casa. ¡Un sacerdote jamás les habría sugerido: “No tengan piedad: bombardeen el cerebro de su primogénito con la droga más agresiva”, papá! Sólo ponte en mi lugar. Recuerda cómo de adolescente te rebelabas ante tu familia de ingenieros y sus consejos de que estudiaras arquitectura. También recuerda cómo tu hermano Alejandro y tu primo Guillermo te zaherían de modo muy hiriente. ¿Cómo te habrías sentido si, además de los malos tratos de tu padre, en lugar de buscarte una beca para que estudiaras música en España mi abuelo hubiera solicitado los “servicios” de un siquiatra? Imagínate que el siquiatra hubiera “descubierto” que eras un “esquizoide”. Tu enfermedad era “estar fuera de la realidad”: querer ser músico. Imagínate que, después de recetar “bombardear el cerebro” del musiquillo, un siquiatra pagado por tu padre te hubiera amenazado con hospitalizarte si, ante tal insulto, decidieras no volver a sus sesiones (¡como el loco monstruo de Amara hizo conmigo!). No conformes con eso, imagínate que a tus espaldas te hubieran puesto en los desayunos una droga considerada “lobotomía química” para “curarte” de la rebeldía artística. Eso habría destruido tu carrera de músico… Algo análogo a este escenario sucedió en mi vida, papá. No pude hacer mi carrera de director de cine después de lo que ustedes y su médico-brujo me hicieron. ¿Cómo fue que accediste a los deseos de mamá: llevarme con alguien cuya profesión perfectamente sabías que era fraudulenta? ¿Cómo fue que violaste tus más caros principios? ¿Por qué demonios te autolobotomizas ante la voluntad de tu esposa? ♣ Papá y mamá: Hace muchos años intenté comunicarles una tragedia que ocurrió en nuestra querida casa de Palenque, y lo que el siquiatra con quien me obligaban a ir de chico me hacía en la privacidad de su consulta. Traté de comunicar todo eso a través de una carta muy larga. Por años y más años albergué la esperanza que la leyeran. Esperé, esperé, esperé… Llegó el nuevo siglo pero no recibí respuesta. Ya no puedo esperar más. Tengo que publicar la Carta a mamá Medusa. Necesito catarsis. Necesito vindicación. Necesito que otros lean lo que ustedes me hicieron. César.

miércoles, 20 de junio de 2012

Los valores sagrados de la educación: Alice Miller



Los valores sagrados de la educacion, del libro "Por tu propio bien" de Alice Miller.

Pero también nos produce un placer muy especial, secreto, ver cómo la gente que nos rodea no se da cuenta de lo que realmente está ocurriendo (Adolf Hitler, cit. según Rasuchning, pág. 181).

Sinopsis del libro: ¿Cuántas veces no habremos oído —y dicho, llegado nuestro turno— «te castigaremos por tu propio bien» ? Este libro denuncia precisamente los estragos de este tipo de educación —que se propone romper la voluntad del niño para convertirlo en un ser dócil y obediente— y demuestra cómo, fatalmente, el niño que ha sido pegado pegará a su vez, el que ha sido amenazado amenazará y el que ha sido humillado humillará ; cómo, sobre todo, en el origen de la peor violencia, la que uno se inflige a sí mismo o la que se hace padecer al prójimo, se encuentra siempre el aniquilamiento del alma infantil.

Las personas uqe hayan crecido dentro del sistema de valores de la "pedagogía negra" y no hayan tenido experiencias psicoanalíticas de ningún tipo, recibirán mi postura antipedagógica ya sea con un miedo consciente, ya con un rechazo intelectual. Me reprocharán mi indiferencia ante ciertos valores sagrados o el hecho de que saque a relucir un optimismo ingenuo y no tenga la menor idea de lo malos que pueden ser los niños. Tales reproches no me sorprenderían, pues sé perfectamente en el qué razones se apoyan. No obstante, quisiera decir algo sobre el problema de la indiferencia de valores.
Para cualuier pedagogo resulta evidente que es malo mentir, hacer daño a otra persona u ofenderla, reaccionar con crueldad a la crueldad de los padres en vez de mostrar comprensión haci asus buenas intenciones, etc, etc. Por otro lado, se considera bueno y valioso que el niño diga la verdad, que agradezca a sus padres sus intenciones y pase por alto la crueldad de sus actos, que acepte las ideas de sus progenitores, pero a la vez sea capaz de expresarse críticamente sobre sus propias ideas y, sobre todo, que no cree dificultad alguna en relación con los que se le exija. Para inculcar al niño estos valores casi universalmente válidos y arraigados tanto en tradición judeo-cristiana como en otras, el adulto debe recurrir a veces a la mentira, la simulación, la crueldad, los malos tratos y la humillación. Sin embargo, en su caso no se trata de "valores negativos" , puesto que él mismo ha sido ya educado y solo puede destinar estos medios al objetivo sagrado: conseguir que el niño se libere algún día de la mentira, la simulación, la maldad, la crueldad y el egoismo. De lo expuesto resulta evidente que una relativización de los valores morales tradicionales ya es inmanente a este sistema de valores: en última instancia, la jerarquía y el poder deciden si una acción se ha de incluir entre las buenas o entre las malas. El mismo principio domina el mundo entero. El poderoso dictamina el criterio, y el vencedor en la guerra obtiene reconocimiento tarde o temprano, independientemente de los crímenes que haya cometido en su marcha hacia la victoria.
A esta conocidísima relativización  de los valores según la posición de poder quisiera yo añadir otra, deducible de perspectivas psicaonalíticas. En cuanto dejamos ed dar instrucciones a los niños, debemos comprobar que es impoisble decir la verdad sin herir al mismo tiempo a nadie, o demostrar, sin mentir, una gratitud que no sentimos, o bien pasar por alto las crueldades de los padres y convertirnos en seres humanos con autonomía crítica. Estas dudas surgen necesariamente en cuanto abandonamos el sistema abstracto de valores de la ética religiosa o filosófica  y nos volvemos hacia la realidad psíquica concreta. Las personas no familiarizadas con esta manera concreta de pensar puede que sientan mi relativización de los valores pedagógicos tradicionales y, en general, el cuestionamiento del valor de la educación, como una actitud chocante, nihilista, amenazadora o incluso ingenua. Esto dependerá de su propia historia. Por mi parte solo puedo decir que, para mi, existen valores que no necesito relativizar y de cuya posibilidad de realización probablemente dependan, a la larga, nuestras perspectivas de supervivencia. Entre ellos se cuentan: el respeto al más débil -es decir, también al niño- y el respeto a la vida y sus leyes, sin las cuales cualquier creatividad acabaría asfixiándose. El fascismo, en todas sus manifestaciones, carece de este respeto, propaga la muerte psíquica y castra el alma con ayuda de su idelogía. Entre todas las figuras prominentes del Tercer Reich no he encontrado una sola que no hubiera tenido una educación rígida y severa. ¿No debería invitarnos a reflexionar?