«Nuestra verdadera casa es la vida y la vida es el aquí y ahora. Mi respiración puede llevarme de nuevo a mi verdadera casa» Thich Nhat Hanh
Considerado el padre del ' mindfulness ' o la atención plena, el maestro espiritual y monje budista Thich Nhat Hanh (1926-2022) defendió siempre que la capacidad de ser consciente de lo que está pasando y de lo que se está viviendo es la base para abordar los problemas y las injusticias del mundo moderno. A lo largo de su vida publicó más de 100 libros y organizó cientos de retiros espirituales, pero además logró que la comunidad budista fuera sensible a las necesidades de un mundo cambiante y en continua transformación.
CITAS
No tienes que hacer algo especial, solo tienes que ser consciente del hecho de que inspiras y de que expiras
Disfruto de mi inspiración y de mi expiración y de repente descubro que estoy realmente vivo y presente
Y esto lo puede hacer todo el mundo y representa una gran diferencia en la vida
Nuestra verdadera casa es la vida y la vida es el aquí y ahora
Mi respiración puede llevarme de nuevo a mi verdadera casa
Y deberíamos ser capaces de hacerlo cada día de nuestras vidas
Es posible que la muerte en sí no sea una necesidad biológica. Tal vez morimos porque deseamos morir.
Sigmund Freud
NOTA: Esta entrevista a Sigmund Freud, fue concedida en el año 1926 al periodista George Sylvester Viereck. A pesar de que se creía perdida, fue publicada en el volumen de “Psychoanalysis and the Fut” (New York en 1957). La traducción es de Miguel Ángel Arce.
“Revista Bifrontal” la reproduce con fines netamente informativos. De igual manera, acompañamos el texto con las ilustraciones de algunos artistas quienes realizaron magníficas piezas cuyo tema central es el mismo Sigmund Freud.
S. Freud: Setenta años me enseñaron a aceptar la vida con serena humildad.
Quien habla es el profesor Sigmund Freud, el gran explorador del alma.
El escenario de nuestra conversación fue en su casa de verano en Semmering, una montaña de los Alpes austríacos.
Yo había visto el país del psicoanálisis por última vez en su modesta casa de la capital austríaca. Los pocos años transcurridos entre mi última visita y la actual, multiplicaron las arrugas de su frente. Intensificaron la palidez del sabio.
Su rostro estaba tenso, como si sintiese dolor. Su mente estaba alerta, su espíritu firme, su cortesía impecable -como siempre- pero un ligero impedimento en su habla me perturbó. Parece que un tumor maligno en el maxilar superior tuvo que ser operado. Desde entonces Freud usa una prótesis, lo cual es una constante irritación para él.
S. Freud: Detesto mi maxilar mecánico, porque la lucha con este aparato me consume mucha energía preciosa. Pero prefiero esto a no tener ningún maxilar. Aún así prefiero la existencia a la extinción. Tal vez los dioses sean gentiles con nosotros, tornándonos la vida más desagradable a medida que envejecemos. Por fin, la muerte nos parece menos intolerable que los fardos que cargamos.
(Freud se rehusa a admitir que el destino le reserva algo especial).
S. Freud: ¿Por qué (dice calmadamente) debería yo esperar un tratamiento especial? La vejez, con sus arrugas, llega para todos. Yo no me revelo contra el orden universal. Finalmente, después de setenta años, tuve lo bastante para comer. Aprecié muchas cosas en compañía de mi mujer, mis hijos, el calor del sol.
Observé las plantas que crecen en primavera.
De vez en cuando tuve una mano amiga para apretar. En otra ocasión encontré un ser humano que casi me comprendió. ¿Qué más puedo querer?
De vez en cuando tuve una mano amiga para apretar. En otra ocasión encontré un ser humano que casi me comprendió. ¿Qué más puedo querer?
George Sylvester Viereck: El señor tiene ya una cierta fama. Su obra prima influye en la literatura de cada país. Los hombres miran la vida y a sí mismos con otros ojos, por su causa. Recientemente, en el septuagésimo aniversario, el mundo se unió para homenajearlo, con excepción de su propia universidad.
S. Freud: Si la Universidad de Viena me demostrase reconocimiento, me sentiría incómodo. No hay razón en aceptarme a mí o a mi obra porque tengo setenta años. Yo no atribuyo importancia insensata a los decimales. La fama llega cuando morimos y, francamente, lo que ven después no me interesa. No aspiro a la gloria póstuma. Mi virtud no es la modestia.
George Sylvester Viereck: ¿No significa nada el hecho de que su nombre va a perdurar?
S. Freud: Absolutamente nada. Es lo mismo que perdure o que nada sea cierto. Estoy más bien preocupado por el destino de mis hijos. Espero que sus vidas no sean difíciles. No puedo ayudarlos mucho. La guerra prácticamente liquidó mis posesiones, lo que había adquirido durante mi vida. Pero me puedo dar por satisfecho. El trabajo es mi fortuna.
(Estabamos subiendo y descendiendo una pequeña elevación de tierra en el jardín de su casa. Freud acarició tiernamente un arbusto que florecía).
S. Freud: Estoy mucho más interesado en este capullo de lo que me pueda acontecer después de estar muerto.
George Sylvester Viereck: ¿Entonces, usted es, al final, un profundo pesimista?
S. Freud: No, no lo soy. No permito que ninguna reflexión filosófica complique mi fluidez con las cosas simples de la vida.
Por lo que me toca, estoy perfectamente satisfecho en saber que el eterno aborrecimiento de vivir finalmente pasará.
S. Freud: Sinceramente no. Si la gente reconoce los motivos egoístas detrás de la conducta humana, no tengo el más mínimo deseo de retornar a la vida; moviéndose en un círculo, sería siempre la misma. Más allá de eso, si el eterno retorno de las cosas -para usar la expresión de Nietzsche- nos dotase nuevamente de nuestra carnalidad y lo que involucra, ¿para qué serviría sin memoria?. No habría vínculo entre el pasado y el futuro.
Por lo que me toca, estoy perfectamente satisfecho en saber que el eterno aborrecimiento de vivir finalmente pasará. Nuestra vida es necesariamente una serie de compromisos, una lucha interminable entre el ego y su ambiente. El deseo de prolongar la vida excesivamente me parece absurdo.
George Sylvester Viereck: Bernard Shaw sustenta que vivimos muy poco. Él encuentra que el hombre puede prolongar la vida si así lo desea, llevando su voluntad a actuar sobre las fuerzas de la evolución. Él cree que la humanidad puede recuperar la longevidad de los patriarcas.
S. Freud: Es posible que la muerte en sí no sea una necesidad biológica. Tal vez morimos porque deseamos morir. Así como el amor o el odio por una persona viven en nuestro pecho al mismo tiempo, así también toda la vida conjuga el deseo de la propia destrucción. Del mismo modo como un pequeño elástico tiende a asumir la forma original, así también toda materia viva, consciente o inconscientemente, busca readquirir la completa, la absoluta inercia de la existencia inorgánica. El impulso de vida o el impulso de muerte habitan lado a lado dentro de nosotros. La muerte es la compañera del Amor. Ellos juntos rigen el mundo. Esto es lo que dice mi libro: “Más allá del principio del placer”. En el comienzo del psicoanálisis se suponía que el Amor tenía toda la importancia. Ahora sabemos que la Muerte es igualmente importante. Biológicamente, todo ser vivo, no importa cuán intensamente la vida arda dentro de él, ansía el Nirvana, la cesación de la “fiebre llamada vivir”. El deseo puede ser encubierto por digresiones, no obstante, el objetivo último de la vida es la propia extinción.
George Sylvester Viereck: Esto es la filosofía de la autodestrucción. Ella justifica el auto-exterminio. Llevaría lógicamente al suicidio universal imaginado por Eduard Von Hartmann.
S. Freud: La humanidad no escoge el suicidio porque la ley de su ser desaprueba la vía directa para su fin. La vida tiene que completar su ciclo de existencia. En todo ser normal, la pulsión de vida es fuerte, lo bastante para contrabalancear la pulsión de muerte, pero en el final, ésta resulta más fuerte. Podemos entretenernos con la fantasía de que la muerte nos llega por nuestra propia voluntad. Sería más posible que no pudiéramos vencer a la muerte porque en realidad ella es un aliado dentro de nosotros. En este sentido (añadió Freud con una sonrisa) puede ser justificado decir que toda muerte es un suicidio disfrazado.
(Estaba haciendo frío en el jardín. Continuamos la conversación en el gabinete. Vi una pila de manuscritos sobre la mesa, con la caligrafía clara de Freud).
En este momento estoy trabajando en un caso muy difícil, intentando desatar conflictos psíquicos de un interesante paciente nuevo. Mi hija también es psicoanalista, como usted puede ver…
George Sylvester Viereck: ¿En qué está trabajando el señor Freud?
S. Freud: Estoy escribiendo una defensa del análisis lego, del psicoanálisis practicado por los legos. Los doctores quieren establecer al análisis ilegal para los no-médicos. La historia, esa vieja plagiadora, se repite después de cada descubrimiento. Los doctores combaten cada nueva verdad en el comienzo. Después procuran monopolizarla.
George Sylvester Viereck: ¿Usted tuvo mucho apoyo de los legos?
S. Freud: Algunos de mis mejores discípulos son legos.
George Sylvester Viereck: ¿El Señor Freud está practicando mucho psicoanálisis?
S. Freud: Ciertamente. En este momento estoy trabajando en un caso muy difícil, intentando desatar conflictos psíquicos de un interesante paciente nuevo. Mi hija también es psicoanalista, como usted puede ver …
(En ese momento apareció la señorita Anna Freud, acompañada por su paciente, un muchacho de once años y facciones inconfundiblemente anglosajonas)
George Sylvester Viereck: ¿Usted ya se analizó a sí mismo?
S. Freud: Ciertamente. El psicoanalista debe constantemente analizarse a sí mismo. Analizándonos a nosotros mismos, estamos más capacitados para analizar a otros. El psicoanalista es como el chivo expiatorio de los hebreos, los otros descargan sus pecados sobre él. El debe practicar su arte a la perfección para liberarse de los fardos con los que lo han cargados.
George Sylvester Viereck: Mi impresión es que el psicoanálisis despierta en todos los que lo practican el espíritu de la caridad cristiana. Nada existe en la vida humana que el psicoanálisis no nos pueda hacer comprender. “Tout comprendre c’est tout pardonner“.
El análisis nos enseña apenas lo que podemos soportar, pero también lo que podemos evitar.
S. Freud: Por el contrario (acusó Freud sus facciones asumiendo la severidad de un profeta hebreo), comprender todo no es perdonar todo. El análisis nos enseña apenas lo que podemos soportar, pero también lo que podemos evitar. El análisis nos dice lo que debe ser eliminado. La tolerancia con el mal no es de manera alguna corolario del conocimiento.
(Comprendí súbitamente por qué Freud había litigado con sus seguidores que lo habían abandonado, por qué él no perdona disentir del recto camino de la ortodoxia psicoanalítica. Su sentido de lo que es recto es herencia de sus ancestros. Una herencia de la que él se enorgullece como se enorgullece de su raza).
S. Freud: Mi lengua es el alemán. Mi cultura -mi realización- es alemana. Yo me consideré un intelectual alemán hasta que percibí el crecimiento del preconcepto antisemita en Alemania y en Austria. Desde entonces prefiero considerarme judío.
(Quedé algo desconcertado con esta observación. Me parecía que el espíritu de Freud debería vivir en las alturas más allá de cualquier preconcepto de razas, que él debería ser inmune a cualquier rencor personal. Pero debido precisamente a su indignación, a su honesta ira, se volvía más atrayente como ser humano. ¡Aquiles sería intolerable si no fuese por su talón!)
George Sylvester Viereck: ¡Me pone contento, Herr Profesor, que también el señor tenga sus complejos! ¡que el señor Freud demuestre que es, también, un mortal!.
S. Freud: Nuestros complejos son la fuente de nuestra debilidad; pero con frecuencia, son también la fuente de nuestra fuerza.
George Sylvester Viereck: Imagino, observo, ¡cuáles serían mis complejos!
S. Freud: Un análisis serio dura más o menos un año. Puede durar igualmente dos o tres años. Usted está dedicando muchos años de su vida a la “caza de los leones”. Usted buscó siempre a las personas más destacadas de su generación: Roosevelt, El Emperador, Hindenburgh, Briand, Foch, Joffre, George Bernard Shaw….
George Sylvester Viereck: Es parte de mi trabajo.
S. Freud: Pero también es su preferencia. El gran hombre es un símbolo. Su búsqueda es la búsqueda de su corazón. Usted también está procurando al gran hombre para tomar el lugar de su padre. Es parte del complejo del padre.
(Negué vehementemente la afirmación de Freud. Mientras tanto, reflexionando sobre eso, me parece que puede haber una verdad, no sospechada por mí, en su sugestión casual. Puede ser lo mismo que el impulso que me llevó a él).
El salvaje, como el animal, es cruel, pero no tiene la maldad del hombre civilizado. La maldad es la venganza del hombre contra la sociedad
George Sylvester Viereck: Me gustaría -observé después de un momento- poder quedarme aquí lo bastante para vislumbrar mi corazón a través de sus ojos. ¡Tal vez, como la Medusa, yo muriese de pavor al ver mi propia imagen! Aún cuando no confío en estar muy informado sobre el psicoanálisis, frecuentemente anticiparía o tentaría anticipar sus intenciones.
S. Freud: La inteligencia en un paciente no es un impedimento. Por el contrario, muchas veces facilita el trabajo.
(En este punto el maestro del psicoanálisis difiere bastante de sus seguidores, que no gustan mucho de la seguridad del paciente que tienen bajo su supervisión).
George Sylvester Viereck: A veces imagino si no seríamos más felices si supiésemos menos de los procesos que dan forma a nuestros pensamientos y emociones. El psicoanálisis le roba a la vida su último encanto al relacionar cada sentimiento a su original grupo de complejos. No nos volvemos más alegres descubriendo que todos abrigamos al criminal o al animal.
S. Freud: ¿Qué objeción puede haber contra los animales? Yo prefiero la compañía de los animales a la compañía humana.
George Sylvester Viereck: ¿Por qué?
S. Freud: Porque son más simples. No sufren de una personalidad dividida, de la desintegración del ego, que resulta de la tentativa del hombre de adaptarse a los patrones de civilización demasiado elevados para su mecanismo intelectual y psíquico. El salvaje, como el animal, es cruel, pero no tiene la maldad del hombre civilizado. La maldad es la venganza del hombre contra la sociedad, por las restricciones que ella impone. Las más desagradables características del hombre son generadas por ese ajuste precario a una civilización complicada. Es el resultado del conflicto entre nuestros instintos y nuestra cultura. Mucho más agradables son las emociones simples y directas de un perro, al mover su cola, o al ladrar expresando su displacer. Las emociones del perro (añadió Freud pensativamente) nos recuerdan a los héroes de la antigüedad. Tal vez sea esa la razón por la que inconscientemente damos a nuestros perros nombres de héroes como Aquiles o Héctor.
George Sylvester Viereck: Mi cachorro es un doberman Pinscher llamado Ájax.
S. Freud: (sonriendo) Me alegra saber que no puede leer. ¡Él sería, ciertamente, el miembro menos querido de la casa si pudiese ladrar sus opiniones sobre los traumas psíquicos y el complejo de Edipo!
Biológicamente, todo ser vivo, no importa cuán intensamente la vida arda dentro de él, ansía el Nirvana, la cesación de la “fiebre llamada vivir”
George Sylvester Viereck: Aún usted, profesor, sueña la existencia compleja por demás. En tanto me parece que el señor sea en parte responsable por las complejidades de la civilización moderna. Antes que usted inventase el psicoanálisis no sabíamos que nuestra personalidad era dominada por una hueste beligerante de complejos cuestionables. El psicoanálisis vuelve a la vida como un rompecabezas complicado.
S. Freud: De ninguna manera. El psicoanálisis vuelve a la vida más simple. Adquirimos una nueva síntesis después del análisis. El psicoanálisis reordena el enmarañado de impulsos dispersos, procura enrollarlos en torno a su carretel. O, modificando la metáfora, el psicoanálisis suministra el hilo que conduce a la persona fuera del laberinto de su propio inconsciente.
George Sylvester Viereck: Al menos en la superficie, pues la vida humana nunca fue más compleja. Cada día una nueva idea propuesta por usted o por sus discípulos, vuelven un problema de la conducta humana más intrigante y más contradictorio.
S. Freud: El psicoanálisis, por lo menos, jamás cierra la puerta a una nueva verdad.
George Sylvester Viereck: Algunos de sus discípulos, más ortodoxos que usted, se apegan a cada pronunciamiento que sale de su boca.
S. Freud: La vida cambia. El psicoanálisis también cambia. Estamos apenas en el comienzo de una nueva ciencia.
George Sylvester Viereck: La estructura científica que usted levanta me parece ser mucho más elaborada. Sus fundamentos: la teoría del “desplazamiento”, de la “sexualidad infantil”, de los “simbolismos de los sueños”, etc.- parecen permanentes.
S. Freud: Yo repito, pues, que estamos apenas en el inicio. Yo apenas soy un iniciador. Conseguí desenterrar monumentos enterrados en los sustratos de la mente. Pero allí donde yo descubrí algunos templos, otros podrán descubrir continentes.
Yo puedo estar errado en muchas cosas, pero estoy seguro de que no erré al enfatizar la importancia del instinto sexual. Por ser tan fuerte, choca siempre con las convenciones y salvaguardas de la civilización.
George Sylvester Viereck: ¿Usted siempre pone el énfasis sobre todo en el sexo?
S. Freud: Respondo con las palabras de su propio poeta, Walt Whitman: “Más todo faltaría si faltase el sexo” (Yet all were lacking, if sex were lacking). Mientras tanto, ya le expliqué que ahora pongo el énfasis casi igual en aquello que está “más allá” del placer -la muerte, la negociación de la vida-. ¡Este deseo explica por qué algunos hombres aman al dolor como un paso para el aniquilamiento! Explica por qué los poetas agradecen a “los dioses”:
From too much love of living from hope and fear set free, we thank with brief thanksgiving whatever gods may be that no life lives for ever; that dead men rise up never; that even the weariest river winds somewhere safe to sea*
Por excesivo amor a la vida, por la esperanza y el temor liberados, brevemente agradecemos a los dioses, sin importar quiénes sean, que la vida no sea eterna, que nunca los muertos se levanten, que hasta el río más perezoso llegue en sus giros al reposo del mar.
*”The garden of Proserpine” – Poema de Algernon Charles Swinburne
George Sylvester Viereck: Shaw, como usted, no desea vivir para siempre, pero a diferencia de usted, él considera al sexo carente de interés.
S. Freud: (Sonriendo) Shaw no comprende el sexo. Él no tiene ni la más remota concepción del amor. No hay un verdadero caso amoroso en ninguna de sus piezas. Él hace humoradas del amor de Julio César -tal vez la mayor pasión de la historia-. Deliberadamente, tal vez maliciosamente, despoja a Cleopatra de toda grandeza, relegándola a una simple e insignificante muchacha. La razón para la extraña actitud de Shaw frente al amor, por su negación del móvil de todas las cosas humanas que emanan de sus piezas, el clamor universal, a pesar de su enorme alcance intelectual, es inherente a su psicología. En uno de sus prefacios, él mismo enfatiza el rasgo ascético de su temperamento. Yo puedo estar errado en muchas cosas, pero estoy seguro de que no erré al enfatizar la importancia del instinto sexual. Por ser tan fuerte, choca siempre con las convenciones y salvaguardas de la civilización. La humanidad, en una especie de autodefensa, procura su propia importancia. Si usted raspa a un ruso, dice el proverbio, aparece el tártaro sobre la piel. Analice cualquier emoción humana, no importa cuán distante esté de la esfera de la sexualidad, usted encontrará ese impulso primordial al cual la propia vida debe su perpetuidad.
George Sylvester Viereck: Usted, sin duda, fue bien seguido al transmitir ese punto de vista a los escritores modernos. El psicoanálisis dio nuevas intensidades a la literatura.
S. Freud: También recibí mucho de la literatura y la filosofía. Nietzsche fue uno de los primeros psicoanalistas. Es sorprendente ver hasta qué punto su intuición preanuncia las novedades descubiertas. Ninguno se percató más profundamente de los motivos duales de la conducta humana, y de la insistencia del principio del placer en predominar indefinidamente que él. En Zaratustra dice: “El dolor grita: ¡Va! Pero el placer quiere eternidad Pura, profundamente eternidad”. El psicoanálisis puede ser menos discutido en Austria y en Alemania que en los Estados Unidos, su influencia en la literatura es, por lo tanto, inmensa. Thomas Mann y Hugo Von Hofmannsthak mucho nos deben a nosotros. Schnitzler recorre un sendero que es, en gran medida, paralela a mi propio desarrollo. El expresa poéticamente lo que yo intento comunicar científicamente. Pero el Dr. Schnitzle no es sólo un poeta, es también un científico.
George Sylvester Viereck: Usted no sólo es un científico, también es un poeta. La literatura americana está impregnada de psicoanálisis. Hupert Hughes, Harvrey O’Higgins y otros, son sus intérpretes. Es casi imposible abrir una nueva novela sin encontrar alguna referencia al psicoanálisis. Entre los dramaturgos Eugene O’Neill y Sydney Howard tienen una gran deuda con usted. “The Silver Cord” por ejemplo, es simplemente una dramatización del complejo de Edipo.
Es posible que la muerte en sí no sea una necesidad biológica. Tal vez morimos porque deseamos morir
S. Freud: Yo sé y entiendo el cumplido que hay en esa afirmación. Pero, tengo cierta desconfianza de mi popularidad en los Estados Unidos. El interés americano por el psicoanálisis no se profundiza. La popularización lo lleva a la aceptación sin que se lo estudie seriamente. Las personas apenas repiten las frases que aprenden en el teatro o en las revistas. Creen comprender algo del psicoanálisis porque juegan con su argot. Yo prefiero la ocupación intensa con el psicoanálisis, tal como ocurre en los centros europeos, aunque Estados Unidos fue el primer país en reconocerme oficialmente.
La “Clark University” me concedió un diploma honorario cuando yo siempre fui ignorado en Europa. Mientras tanto, Estados Unidos hace pocas contribuciones originales al psicoanálisis.
Los americanos son jugadores inteligentes, raramente pensadores creativos. Los médicos en los Estados Unidos, y ocasionalmente también en Europa, tratan de monopolizar para sí al psicoanálisis. Pero sería un peligro para el psicoanálisis dejarlo exclusivamente en manos de los médicos, pues una formación estrictamente médica es, con frecuencia, un impedimento para el psicoanálisis. Es siempre un impedimento cuando ciertas concepciones científicas tradicionales están arraigadas en el cerebro.
…
¡Freud tiene que decir la verdad a cualquier precio!. El no puede obligarse a sí mismo a agradar a Estados Unidos -donde están la mayoría de sus seguidores-.
A pesar de su rudeza, Freud es la urbanidad en persona. Él oye pacientemente cada intervención, procurando nunca intimidar al entrevistador. ¡Raro es el visitante que se aleja de su presencia sin un presente, alguna señal de hospitalidad!
Había oscurecido. Era tiempo de tomar el tren de vuelta a la ciudad que una vez cobijara el esplendor imperial de los Habsburgos. Acompañado de su esposa y de su hija, Freud desciende los escalones que lo alejan de su refugio en la montaña a la calle para verme partir. Me pareció verlo cansado y triste al darme el adiós.
“No me haga parecer un pesimista”, dice Freud después de un apretón de manos. “Yo no tengo desprecio por el mundo”
“No me haga parecer un pesimista”, dice Freud después de un apretón de manos. “Yo no tengo desprecio por el mundo”.
George Sylvester Viereck: Expresar desdén por el mundo es apenas otra forma de cortejarlo, de ganar audiencia y aplauso.
S. Freud: ¡No, yo no soy un pesimista, en tanto tenga a mis hijos, mi mujer y mis flores! No soy infeliz, al menos no más infeliz que otros.
…
El silbato de mi tren sonó en la noche. El automóvil me condujo rápidamente hacia la estación. Apenas logré ver, ligeramente encorvado, la cabeza grisácea de Sigmund Freud desapareciendo en la distancia…
#creemosenelasombro
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Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Y Psicoterapeuta. Presencial Y Online. Zaragoza Instagram: @psicoletrazaragoza Website: www.rcordobasanz.es
Desde que nacemos, recorremos una senda que nos lleva directos a nuestro fin. "Es ley de vida", solemos decir. La historia de la humanidad podría resumirse en la imagen de un ciclo de nacimientos y defunciones de personas que nos precedieron, y de otras que nos seguirán cuando ya no estemos. Como partes de una cadena quizá sin fin, convivimos con este hecho. Sin embargo, estamos lejos de haber integrado la presencia de la muerte en nuestra vida.
El filósofo alemán Martin Heidegger (1889-1976) afirmó que el ser humano no es alguien que muera, sino que en sí mismo es un ser-para-la-muerte. Con este concepto quiso transmitir que la muerte, más que una situación que encontraremos al final de nuestra vida, es una línea de meta a la que estamos avocados.
Lejos de situarse en el ocaso de la vida, la muerte está presente en cada uno de nuestros actos, decisiones y sentimientos.
El constante intento de dejar huella en el mundo, el temor a perder a nuestros seres queridos o, sencillamente, el miedo a dejar de existir son ejemplos de su constante presencia. Eso es lo que nos convierte en seres-para-la-muerte, el hecho de que, hagamos lo que hagamos, siempre lo hacemos impulsados por ella.
Por lo general, se trata de una presencia incómoda: tardamos años en entender las implicaciones de nuestra mortalidad, que nuestra vida tendrá un fin. Encontramos incluso a quienes nunca llegan a tomar conciencia de este hecho, aunque esté llamando a su puerta. Nos duele nuestra finitud, nos hace sentir efímeros, vulnerables, y no lo soportamos.
Rechazamos lo que nos parece intolerable, y quizá la muerte sea para nosotros la mayor de las injusticias. Por ello, la negamos. Hacemos de la muerte un evento que, por mucho que se repita, siempre parece sorprendernos.
Si nos sorprende la llegada de algo que ha sido anunciado cada día de nuestra vida es porque nuestros esfuerzos por ignorarla a veces consiguen sus objetivos, y logramos vivir eludiendo la conciencia de la muerte.
La vemos aparecer en los demás, pero es como si una parte de nuestra mente nos susurrase al oído que nosotros seremos una excepción, que no nos pasará lo mismo. O, al menos, que queda tanto para que ocurra que no es necesario tenerla presente. Pero la negación, el rechazo de lo que es, siempre tienen consecuencias negativas.
Heidegger nos advirtió que el carácter fundamental de nuestra relación con la muerte es la huida, y que es imposible el desarrollo interno en ese estado. Si el individuo está llamado a ser la mejor versión de sí mismo, no podrá responder a este impulso si está ocupado huyendo. La muerte es un hecho natural, una condición de la realidad, que no puede ser ocultada. No será posible una vida auténtica sin afrontar las verdades de la existencia, y la muerte es una de ellas.
Afrontar la muerte no es obsesionarse con ella, ni tenerla constantemente presente. Es, sencillamente, no negarla. Podríamos morir hoy, o dentro de muchos años: no podemos saberlo, y por tanto, no debemos esforzarnos en intentarlo.
Si la muerte es una condición de la existencia, aceptarla nos permitirá sumergirnos en nuestra vida de forma plena.
La muerte no es lo contrario de la vida, tan solo su conclusión. Su constante presencia nos reconcilia con lo efímero, con lo que es temporal y podría acabar en cualquier momento. Esa es la belleza de la naturaleza.
Es la constante extinción del día, el movimiento huidizo del sol, lo que aporta su valor al atardecer. Si se detuviese, si estuviese constantemente presente, perdería nuestra atención. Es liberador darse cuenta de que eso que hace bello el atardecer, su finitud, es algo que poseen el resto de momentos de nuestra vida. Algo no es triste porque se acabe, sino que es bello porque lo hace.
Aceptar nuestro ser-para-la-muerte nos permitirá tener una vida más plena. Conscientes de nuestro fin, no temeremos que llegue. Sabedores de que podría aparecer en cualquier momento, nos entregaremos al momento presente en cuerpo y alma.
Así, cuando llegue la muerte, nos encontrará haciendo lo que sentíamos que debíamos hacer. Nos encontrará siendo nosotros.
Interesante entrevista con el psiquiatra y escritor Irvin Yalom
“La vida demanda ser realistas”
NUEVA YORK.- ¿Puede el llamado “filósofo del pesimismo” ayudar a que la gente tenga una vida más feliz y plena? Para Irvin Yalom, profesor emérito de psiquiatría de la Universidad de Stanford y autor de novelas de psicoterapia devenidas best sellers internacionales como “El día que Nietzsche lloró”, no hay duda. Y lo prueba en su flamante libro “Un año con Schopenhauer” (Emecé), donde cuenta cómo la introducción de las enseñanzas del pensador alemán en la terapia de grupo permitió a sus miembros disfrutar más de lo que ya tenían.
El relato cuenta la historia de un psicoterapeuta que, al descubrir que padece una enfermedad terminal, se cuestiona qué hacer y cómo vivir. Con el propósito de cerrar su ciclo vital, decide incorporar la terapia grupal a su único fracaso como profesional: un hombre solitario y frío que aporta al grupo el pensamiento de Arthur Schopenhauer, a quien considera su guía personal. Y el resto es una historia que Yalom describe con el estilo que The San Francisco Chronicle ha comparado con el de Isaac Bashevis Singer y que lo ha convertido en el exponente más famoso de la mezcla del diván y la pluma.
Yalom, que vive en California con su mujer, Marilyn, especialista en estudios de género y literatura francesa, conversó sobre el libro que acaba de salir a la venta, publicado en la Argentina (país del que asegura que se siente “honrado de tener como colegas a sus extraordinarios profesionales”) aun antes que en inglés. Y en su conocida voz pausada y bajísima llamó a reflexionar sobre la vida y -como es habitual en su obra- la importancia que la muerte juega en ella.
-Primero fue Nietzsche. ¿Por qué ahora escribió una novela sobre Schopenhauer y la terapia?
-Cuando hace muchos años comencé a estudiar a Freud, me di cuenta de cuánto de filosofía había en él. Escribí un libro sobre Nietzsche porque estaba consciente de cuánto era lo que Freud había tomado de él. Pero luego me di cuenta de que mucho más había tomado de Schopenhauer, si bien nunca lo reconoció. Si uno lee a Schopenhauer puede encontrar los comienzos del pensamiento sobre la psicoterapia, fue el primer filósofo que realmente se ocupó de mirar la vida interior, los sentimientos y las pasiones de esa manera, y por eso me pareció que era un pensador importante para traer a la atención de un público general.
-¿Se puede aprender de alguien con una visión tan negativa de la vida como Schopenhauer?
-Es que más que un pesimista yo lo llamaría un realista. Schopenhauer miraba la vida de la manera que realmente es. No se hacía ilusiones vanas sobre la muerte o la infelicidad y trataba de vivir la vida lo mejor posible dentro de sus limitaciones. Nunca cayó presa de ningún tipo de emoción personal respecto de la naturaleza de la vida, y en ese sentido su visión permaneció muy clara y es muy valiosa para nosotros hoy.
-¿Cuál es la principal enseñanza que podemos extraer de él?
-Una de las maneras en que constantemente nos engañamos es creyendo que verdaderamente necesitamos objetos materiales o éxito profesional y cuando los conseguimos la satisfacción dura muy poco. Enseguida nos aburrimos. Schopenhauer quería que saliésemos de ese ciclo. Si estamos satisfechos con lo que somos sin querer o necesitar cosas de otros es un gran paso hacia estar en paz. Schopenhauer nos enseña a no ocupar la vida con búsquedas materiales; en cambio, él creía que uno de los grandes placeres es estético, y escribió mucho sobre el arte y la contemplación de lo bello, que todos podemos hacer.
-De Schopenhauer toma también la importancia de tener conciencia de que la vida es finita. ¿Le parece que personas de 30 o 40 años, que creen que están en la plenitud de la vida, tomen conciencia de la muerte?
-Sobre la base de los pacientes que yo he tratado, creo que sí. Los adolescentes, básicamente, tienen una conciencia bastante aguda sobre estos temas. Tienden a tener una menor negación operando que en otras etapas de la vida. Pero cuando finalmente salen al mundo, otras necesidades, las de éxito económico o empezar una familia, por ejemplo, empiezan a pesar. Y para satisfacer esas necesidades, su temor a la muerte es empujado hacia la oscuridad y el subconsciente. Si los jóvenes de 20 años, por ejemplo, tuviesen una mayor conciencia de la muerte, ¿afectaría eso su ambición o empuje? Me inclino a pensar que sí. Ciertamente haría algo por aquellos que son más duros, y tienden a hacer miserable la vida de los otros. Una mayor conciencia de lo finito de la propia vida y de lo que su tiempo en la Tierra verdaderamente significa, ciertamente podría servirles.
-¿Cómo puede una mayor conciencia de la muerte afectar el amor o la relación de pareja?
-Si uno está más cercano a las propias preocupaciones existenciales inconscientes, la relación con su pareja se vuelve más rica, tolerante y de mayor amor. Cuando vemos a la otra persona como una criatura en la misma situación en la vida, en general le tenemos una mayor apreciación. Se disminuye la posibilidad de que lo usemos o de ser usados, y aumenta la posibilidad de que ambos busquen una comunión profunda.
-¿Y qué hay de la vida laboral? ¿Cómo puede afectarnos estar más conscientes de la muerte?
-Eso ya es más complicado. A veces, una mayor conciencia de la muerte puede ser mala para el trabajo. Por ejemplo, si uno no tiene la alternativa de poder cambiar de trabajo, una acentuada conciencia del propio final podría aumentar la insatisfacción. Pero si uno sí tiene la opción de irse de un trabajo, confrontarse con la muerte puede ser un llamado para buscar algo que lo satisfaga más.
-¿Y cómo le afecta a usted la conciencia de la muerte?
-Ciertamente a medida que han pasado los años he pensado más y más sobre el fin de mis días, que puede no estar lejano. Sé que no me queda un tiempo ilimitado por delante, así que quiero ver qué es lo central para mi vida en este momento. Por ejemplo, no quiero hacer cosas repetitivas; no quiero ser más parte de comités ni seguir enseñando, porque mi campo se está convirtiendo básicamente en farmacoterapia. La próxima generación de terapeutas en Estados Unidos probablemente no se entrene en psicoterapia porque las compañías de seguros no van a pagar por ello. Lo que siento es central para mí en este momento; es ser creativo y ver qué talentos tuve y no utilicé. Básicamente, soy alguien que cuenta historias basadas en ideas que tienen que ver con una perspectiva profunda y existencialista de la viuda. Me siento muy incómodo con la idea de que ese talento no sea utilizado.
-Algo que también se aprende con Schopenhauer, ¿verdad?
-El pensaba que hay que vivir la vida con la muerte en mente, para no dejar al final mucha vida sin vivir dentro de nosotros. Sabía que tenía un gran poder intelectual, y sentía que, con esa herramienta, su objetivo era el de comprender la vida. Cuando murió, dejó tras de sí libros que otorgan a la humanidad una sabiduría mucho mayor que la que tenían antes de su paso por la Tierra. Schopenhauer tenía una misión y la cumplió. Esa es la forma de vivir una vida muy auténtica.