La noche se astilló de estrellas mirándome alucinada el aire arroja odio embellecido su rostro con música.
Pronto nos iremos
Arcano sueño antepasado de mi sonrisa el mundo está demacrado y hay candado pero no llaves y hay pavor pero no lágrimas.
¿Qué haré conmigo?
Porque a Ti te debo lo que soy
Pero no tengo mañana
Porque a Ti te…
La noche sufre.
Cuarto solo
Si te atreves a sorprender la verdad de esta vieja pared; y sus fisuras, desgarraduras, formando rostros, esfinges, manos, clepsidras, seguramente vendrá una presencia para tu sed, probablemente partirá esta ausencia que te bebe.
Despedida
Mata su luz un fuego abandonado. Sube su canto un pájaro enamorado. Tantas criaturas ávidas en mi silencio y esta pequeña lluvia que me acompaña.
Exilio
A Raúl Gustavo Aguirre
Esta manía de saberme ángel, sin edad, sin muerte en qué vivirme, sin piedad por mi nombre ni por mis huesos que lloran vagando.
¿Y quién no tiene un amor? ¿Y quién no goza entre amapolas? ¿Y quién no posee un fuego, una muerte, un miedo, algo horrible, aunque fuere con plumas, aunque fuere con sonrisas?
Siniestro delirio amar a una sombra. La sombra no muere. Y mi amor sólo abraza a lo que fluye como lava del infierno: una logia callada, fantasmas en dulce erección.
sacerdotes de espuma, y sobre todo ángeles, ángeles bellos como cuchillos que se elevan en la noche y devastan la esperanza.
Hija del viento
Han venido. Invaden la sangre. Huelen a plumas, a carencias, a llanto. Pero tú alimentas al miedo y a la soledad como a dos animales pequeños perdidos en el desierto.
Han venido a incendiar la edad del sueño. Un adiós es tu vida. Pero tú te abrazas como la serpiente loca de movimiento que sólo se halla a sí misma porque no hay nadie.
Tú lloras debajo del llanto, tú abres el cofre de tus deseos y eres más rica que la noche.
Pero hace tanta soledad que las palabras se suicidan.
Uno de mis amigos de mayor edad tuvo con ella una relación sentimental: la describe como adorable, extraordinaria e insoportable. Había que turnarse para lograr que se durmiera en el departamento de la calle Charcas, en Buenos Aires, siempre aterrorizada por la posibilidad de que su madre viniera a invadir su espacio. Había que estar atento al teléfono aguardando la repetida noticia: "Alejandra se suicidó" de vuelta, hasta que un día de 1972 la casi rutinaria advertencia se volvió realidad. La conocí en el bar de la Sociedad Argentina de Escritores, ese mismo año. Fue la única vez que la vi: medía un metro y medio y no dejaba de hacer citas literarias hasta el hartazgo. Cuando murió, empezó a ser canonizada lentamente y hoy es una leyenda explotada hasta el límite: todos la trataron, todos fueron sus amigos íntimos, todos tienen la clave de su poesía. Era una poeta auténtica y le tocó la suerte que se puede esperar cuando el talento es ”reconocido”: la incorporación al panteón, previa desfiguración ritual.
La hija del “cuentenik” de Avellaneda
Fernando es hoy un hombre que pasó de la madurez. Hace más de veinticinco años podía tomar vodka toda la noche, en su departamento del barrio de Congreso, en el centro de Buenos Aires. Tiene todavía un don, Fernando: puede uno instalarse frente a él, sintonizarlo, y escuchar por vía directa la verdad respecto de cómo era la vida literaria cuando tenía 30 años y frecuentaba a Alejandra Pizarnik.
Explicaba Fernando hace más de dos décadas, a las dos de la mañana, que su relación con Alejandra era bastante difícil. Para empezar, la Pizarnik era alguien imprevisible y muy escurridizo.
Alejandra era la hija menor de un cuentenik de Avellaneda, una ciudad pegada a la de Buenos Aires hasta el punto de parecer su misma continuación.
Esta palabra cuentenik, en yiddish, designaba a uno que vendía mercancía de puerta en puerta, en varias cuotas. Hoy ese oficio ha desaparecido, gracias a que nadie le abre la puerta a nadie en Avellaneda ni en ninguna otra parte, pero en los ´30 y en Avellaneda, eso era algo habitual. El señor Pizarnik había emigrado de la URSS buscando barrios mejores y en el exilio, lo mejor era encontrar un sitio donde la colectividad judía no fuera demasiado ultrajada.
Explicaba Fernando hace más de dos décadas, a las dos de la mañana, que su relación con Alejandra era bastante difícil. Para empezar, la Pizarnik era alguien imprevisible y muy escurridizo.
Alejandra era la hija menor de un cuentenik de Avellaneda, una ciudad pegada a la de Buenos Aires hasta el punto de parecer su misma continuación.
Esta palabra cuentenik, en yiddish, designaba a uno que vendía mercancía de puerta en puerta, en varias cuotas. Hoy ese oficio ha desaparecido, gracias a que nadie le abre la puerta a nadie en Avellaneda ni en ninguna otra parte, pero en los ´30 y en Avellaneda, eso era algo habitual. El señor Pizarnik había emigrado de la URSS buscando barrios mejores y en el exilio, lo mejor era encontrar un sitio donde la colectividad judía no fuera demasiado ultrajada.
Esa Avellaneda, donde la colectividad era lo suficientemente abundante y poderosa como para no ser molestada por las fuerzas en movimiento en el resto del mundo, era el sitio adecuado. El señor Pizarnik se estableció allí e incluso prosperó: vendiendo puerta a puerta ropa barata y manteles de ocasión, alcanzó a establecerse y hasta a comprar un departamento en la calle Lambaré, a una cuadra de la avenida Mitre, donde nació su primera hija, Miriam, que sigue casi tan pelirroja como entonces y tiene 75 años y vive en Buenos Aires. Curiosamente, apunto, la casa de Alejandra Pizarnik distaba pocas cuadras de la de la infancia de otro bienaventurado de la poesía argentina, Néstor Perlongher, hijo de un taxista de Avellaneda.
La esposa del señor Pizarnik, mientras él era tan querido y afable, demostraba un carácter hostil en general: para la época en que nació su segunda hija, Flora Alejandra, todo el barrio le temía -más o menos- hasta que la relación de esposo bien recibido/señora terrible explotó. La mujer comenzó a exacerbar su batalla contra el entorno y especialmente contra sus vecinos inmediatos, los del mismo edificio, a quienes acusó de robarles el agua a ella y a su familia, mientras unas irregularidades en el suministro del líquido municipal atormentaban a toda Avellaneda.
El reparo por lo que fueran a decir sus vecinos llevó al señor Pizarnik a poner tierra de por medio entre tanta discordia: se mudaron al cercano barrio de Barracas, a un departamento en la avenida Montes de Oca. Para ese entonces el antiguo cuentenik había prosperado bastante más, pues alquilaba algunos locales propios de la calle Vélez Sarsfield, en Avellaneda. Cuando sus inquilinos se llegaban a la casa de Montes de Oca a pagarle la renta, eran recibidos por el propietario con el dedo índice sobre los labios y una advertencia: “Shhh, hable por favor en voz baja, que Alejandrita está al lado con los profesores”. Aquel inmigrante modestamente enriquecido, así prevenía sobre molestar a su desgarbada, huraña y hasta extraña hija menor, que recibía en la habitación contigua a gente mayor que ella: poetas, narradores, ensayistas -Alejandra aún no había terminado la secundaria- que la iban formando en aquella no menos extraña afición que no terminaba de comprender: la de escribir versos.
A esas reuniones sigilosas acudía también su terapeuta desde hacía años, León Ostrov, dejándose ganar por el magnetismo de aquella adolescente que, desde entonces, quería ser poeta.
Psicólogo Clínico y Psicoterapeuta FEAP. Acreditado.
Muy querido León Ostrov:
Le envíe hace poco una carta desde una hermosa piecita, que ya no existe para mí, pues estoy de nuevo con mi familia, hasta fines de este mes. Después va a venir Agosto y no sé qué haré, hay un vacío en Agosto, una distancia hecha de un precipicio, que necesitaré saltar o, lo mejor, cambiaré de camino. Le dije que le contaría sobre mi encuentro con S. de Beauvoir, pero me es penoso rememorarlo. Quizás, y casi como siempre, veo con ojos lúgubres cosas que objetivamente no lo son. Razonablemente hablando, tal vez fue un encuentro como cualquier otro del estilo: una periodista preguntando sobre esto y aquello, y la entrevistada que responde. Pero yo no me he recuperado aún de lo que fue para mí este encuentro: una profunda experiencia de miedo. Y más profunda aún por lo inesperado de este miedo. Comenzó el día del encuentro: despertar y sentir que el corazón me lleva y me trae. Horribles sacudidas. Taquicardia. Esto fue nuevo. No era mi viejo miedo “espiritual” posible de traducir en metáforas. Un nuevo miedo: cuerpo y alma encontrados por vez primera, reunidos, celebrando nupcias horribles. Traté de beber, pero la primera gota me obligó a permanecer tendida en la cama varios minutos, asistiendo a algo como una revolución. Imposible pensar. Imposible todo. Imposible también la lenta agonía –con la mano en el corazón- de mi ser paseándose hasta que se hizo la hora y yo entré en Les Deux Magots rogando y rogándome que mi voz surgiera –pues mi miedo más profundo (el de los exámenes) era que la garganta se cerrara. Y cuando llegó me calmé un poco pues su aspecto no es en modo alguno aterrador. Le pregunté –con una seriedad excesiva, con la voz estrangulada, con el ritmo del corazón siempre delirante- sobre la mujer y el arte y algunas otras idioteces por el estilo que respondió con algunas frases de El segundo sexo. Cuando finalizamos me preguntó a su vez sobre mí y mis cosas: y le dije de mis poemas, de mi preocupación por la palabra, de mi angustia por mis poemas actuales, etc., exagerando un poco, por supuesto, cuando dije, por ejemplo que “lo único que me interesa en este mundo es hacer poemas”, lo que la sorprendió, sin duda, y me pidió mis libros. Creo que contenía o reprimía su interés por mí, no sé por qué, pero seguramente a causa de su tiempo escaso, y cuando nos despedimos, me insinuó que vuelve de Brasil –se va ahora con Sartre- en Octubre, por lo que estará “a mi disposición.
INFORMA SOBRE ESTE ANUNCIOPRIVACIDAD
Todo esto que cuento y digo sucede hoy. Mañana tal vez despierte y sonría con cierto desprecio por la obsesiva de ayer, por sus planes “burgueses”, por su anhelo de seguridad. Y tal vez la neurosis sea esencialmente un anhelo de seguridad. Un no saber que ella no existe. (Descubrimiento durante el viaje). Pero aunque mañana venga Otra y pasando Otra, mi visión de la felicidad es siempre la misma: un poder trabajar en y con las cosas que uno quiere. Me pregunto si hay posibilidad de cura cuando alguien no lo puede. Si no puede trabajar es porque no quiere, no tiene cosas que quiere. ¿Y alguien que es así está enfermo? Oh me gustaría conversar con usted de estas cosas [...]
Hablé por teléfono con Verdeyone y tal vez nos veremos la semana próxima. Perdón por mi lentitud en buscar las revistas: comenzaré “mañana”. Perdón también por esta carta aburrida y excesiva. Abrazos para usted y Aglae,
Carta de Alejandra Pizarnik a León Ostrov (carta 12)
IG: @psicoletrazaragoza
Carta N.º 12[24]
Querido León Ostrov, gracias, como siempre, por sus palabras. Cuanto a las que mencionan la posibilidad de un nuevo psicoanálisis, aún no, aún no puedo, aún no quiero, y aunque lo quisiera, alguien en mí no lo quiere. Usted comprende, ¿verdad?
La fecha de la probable partida, la fecha anual, mi primer año en París, pasó imperceptible. En verdad, París es el pretexto, el lugar de ensayo, sólo por ver si puedo vivir, aprender a vivir. Me quedo. Las dificultades aumentan. Son materiales ahora. Mejor dicho, la antigua imposibilidad, mi vocación de intocada se concreta en las experiencias de cada día. Tensión a toda hora. La cuestión de siempre: destrucción o creación, sí y no. Me repito la frase aquella que leí hace mucho: «Le seul rémède contre la folie c’est l’innocence des faits». Felizmente no ha muerto el humor y no deja de divertirme mi vida cotidiana en la que mi torpeza actúa y transforma todo en un viejo film de Chaplin. Así es como me resistí durante muchos meses a lavarme la ropa (me compraba cosas nuevas) lo que me impidió suicidarme porque qué poeta se dejaría manosear sus valijas de muerto si hay en ellas ropa no lavada. Pero luego establecí premios para mi particular beneficio: un libro, alguna reproducción. Felizmente descubrí cierto jabón en polvo que contiene juguetes en el fondo de cada caja. Es verdad que en París hay todo para todos.
Mi nuevo trabajo es por ahora fácil y llevadero. Algunas cartas y un poco de corrección de estilo (a veces). Como la revista es esencialmente política (made in USA) y como yo execro esas cuestiones, trato de no hablar allí de literatura ni de poesía.
Me dice usted que no le hablo de mis poemas. Es curioso pero hace tiempo que no deseo comentarlos ni mostrarlos ni publicarlos. De pronto me di cuenta de lo que es la poesía, quiero decir, leyendo y releyendo poetas muy distintos sentí cierto ritmo, cierta iluminación, cierta vivencia distinta del lenguaje. Mis últimos poemas son lo mejor que hice. (Y qué hice). Pero no me contentan. Confieso tener miedo. Sé que soy poeta y que haré poemas verdaderos, importantes, insustituibles, me preparo, me dirijo, me consumo y me destruyo. Es mi fin. Y no obstante corro peligro. Tal vez si me encerraran y me torturaran y me obligaran mediante horribles suplicios a escribir dos poemas maravillosos por día, los haría. Estoy segura de ello. Tal vez yo no busco un maestro, busco un verdugo. También esto estoy segura que lo comprende.
Y hablando de mi vocación de objeto sigo dándome en holocausto a la sombra de la Madre. Mi pasión por esa periodista persiste. La encontré por azar varias veces. Un ser casi despreciable, que no sabe nada ni comprende nada de las cosas serias e importantes [...]
Alejandra Pizarnik (1936-1972) fue una poetisa argentina que de haber sido hombre tendría el dudoso honor de figurar en el panteón de los poetas malditos. Por suerte, ser mujer, una niña vieja como se describía a sí misma y una adulta niña como la vieron los demás, la dejaron a un lado de estos honores pero no de los corazones de quienes la conocieron o han leído su obra. Era una mujer de extensa cultura que con su fragilidad, su peculiaridad y su inteligencia se relacionó con los mejores intelectuales de su época. A modo de ejemplo, decir que fue casi adoptada por Julio Cortázar y por Octavio Paz durante su primera estancia en París. Fue Octavio Paz quién prologó con sutil delicadeza su libro Árbol de Diana (1962) donde aparece el micropoema que inicia este escrito.
Es muy difícil elegir solo uno de entre sus poemas para dar muestra de su cruda sensibilidad, de su libertad de verbo y de su sufrimiento con la finalidad de despertar el deseo de conocer su obra. Para aportar cierta comprensión, quizá es necesario destacar de su biografía la desaparición de casi toda su familia residente en Europa en el holocausto, lo que conmocionó a Alejandra y a su familia residente en Argentina a donde habían huido al inicio de la persecución. No es aventurado sugerir que este contacto tan temprano con el horror y el efecto que pudo tener sobre sus padres fue lo que configuró su personalidad y su preocupación precoz por la muerte. Desde los primeros poemas antes de los veinte años hasta su último verso antes de suicidarse, anduvo luchando contra el deseo de muerte o a favor del deseo de vivir sin dolor: no lo puedo asegurar, solo sé que su obra se nos infiltra sin pedir permiso a la búsqueda de las sensaciones ?más que de los sentimientos? que nos amedrentan y a la vez nos colma de belleza. Podría así decirse que su verso entronca el miedo con la belleza para aplazar la muerte, como Sherezade que con sus historias conseguía mantenerse en vida. Su miedo no es un miedo al que se le pueda poner cara, es el terror de los vacíos oscuros y su belleza es la belleza de los conjuros que inventa para seguir viviendo. Y quizá esto que nos inquieta de su verbo es lo mismo que nos ayuda a soportar lo innombrable.
En 1968 publicó el libro La extracción de la piedra de la locura que dedicó a su madre que seguía poniendo un poco de orden en su vida. La muerte de su padre en 1966 y la vuelta a Buenos Aires después de su estancia en París le agravaron los omnipresentes malestares e inició su segundo análisis con Enrique Pichón Rivière. De muy joven ya se había analizado con León Orlov, a quién dedicó su libro La última inocencia (1956). En 1968 era ya una poetisa consolidada y formalmente sus poemas podían tener la contundencia de apenas tres versos o deslizarse sin complejos hacia la prosa poética llena de ritmos: su constante seguía siendo la urgencia del verbo frente al magnetismo de la muerte, un cuento más para seguir viviendo quizá, con un poco menos de dolor. De este volumen elegí, precisamente porque habla del lenguaje, el siguiente poema.
FRAGMENTOS PARA DOMINAR EL SILENCIO
I
Las fuerzas del lenguaje son las damas solitarias, desoladas, que cantan a través de mi voz que escucho a lo lejos. Y lejos, en la negra arena, yace una niña densa de música ancestral. ¿Dónde la verdadera muerte? He querido iluminarme a la luz de mi falta de luz. Los ramos se mueren en la memoria. La yacente anida en mí con su máscara de loba. La que no pudo más e imploró llamas y ardimos.
II
Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo.
Las damas de rojo se extraviaron dentro de sus máscaras aunque regresarían para sollozar entre flores.
No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo canto florecer mi silencio gris.
III
La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de decirlo. Aún si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino.
Escuche el lector lo que siente, qué le transmite el trepidante discurrir de las frases, qué rincón del alma se le despierta… o del cuerpo. Si se conoce su obra, se puede reconocer la soledad terrible que sentía, la resistencia a la atracción de la muerte, la obstinación por comunicarla, la rebeldía y la rendición simultáneas, la certeza del final. Ella y sus símbolos como peluches que rodeaban su cama negra. Si no fuera una frivolidad podría decirse que nunca la melancolía fue tan bella.
Referencias bibliográficas
Pizarnik, A. (1956), La última inocencia, Buenos Aires, Poesía Buenos Aires.
Pizarnik, A. (1962), Árbol de Diana, Buenos Aires, Sur.
Pizarnik, A. (1968), La extracción de la piedra de locura. Otros poemas, Madrid, Visor, 2007.
Como celebración del 85 aniversario de su nacimiento, se publica “Alejandra Pizarnik y sus múltiples voces”, un homenaje que saca brillo al legado de la poeta argentina.
Ante la agitación que la muerte está provocando en el mundo durante este último año, celebrar la vida es tan valiente como necesario. En lo complicado de destacar lo positivo de la oscuridad reside la belleza, pues una vez esa luz sale a la superficie cualquier tragedia disminuye. Se antoja difícil sacarle el brillo a la existencia de una poeta a la que tildaron (y siguen haciéndolo) de “maldita”. Alejandra Pizarnik se quitó la vida en 1972 dejando como sus últimos versos “No quiero ir / nada más / que hasta el fondo”. Fue víctima de las exigencias de su entorno, o también de las pastillas, del acné, de la discriminación por su homosexualidad o de sus traumas infantiles. Fueran esos tormentos u otros los que terminaran con ella, pocos se han atrevido a ofrecerle a la autora argentina ese abrazo que en vida anheló, hasta ahora, con la publicación de “Alejandra Pizarnik y sus múltiples voces” (Huso). Esta obra parte de una celebración: la del 85 aniversario del nacimiento de la poeta que tuvo lugar el pasado 29 de abril. “Tal vez en mi inconsciente se contraponían la vida y la muerte. Buscaba parecidos, diferencias, y ganó la vida”, explica a LA RAZÓN Mayda Bustamante, editora del libro que recoge las voces de 85 escritoras de 15 países diferentes. “A Alejandra le faltó un abrazo”, continúa, “o muchos que la sostuvieran y alejaran del sentimiento de soledad que marcó su vida. De ahí surge este libro, de buscar voces amigas que se abrazaran en el privilegio de celebrar su 85 cumpleaños”. De esta manera, el resultado es “la prueba del alcance que hoy tiene la poesía de Alejandra en el mundo, y no solo en los países de habla hispana, porque han participado escritoras de Marruecos, Israel, Australia, Rumanía Italia, Polonia, Bulgaria, Francia, Cuba, Chile, Perú, Uruguay y México”, explica Bustamante. El libro también incluye palabras de Sandra Riaboy y Miriam Pizarnik, nieta y hermana, respectivamente, de la autora. “Solo tengo palabras de agradecimiento para todas las participantes”, confiesa Riaboy a este diario, quien recibe esta recopilación como “un regalo de cumpleaños para Alejandra, una gran oportunidad para sentirnos más cerca de ella”.
Pizarnik, en palabras de Bustamante, “fue surrealista, transgresora, provocadora, irreverente, rupturista. Para algunos, poeta maldita, pero profundamente humana”. “Yo recuerdo a mi abuela siempre preocupada por ella y rezongando”, añade Riaboy, “siempre hubo en mi familia una especie de estado de alerta hacia ella, yo era pequeña y a veces me daba miedo escuchar a mis padres hablar de Alejandra”. No obstante, y sin “poder hablar en nombre de toda mi familia”, asegura que “creo que hoy todos compartimos el orgullo de ‘La maldición de Alejandra’”. Pero esta obra no trata de recuperar su trágico final, sino su legado literario. “Es hoy una de las voces más influyentes de la literatura contemporánea”, afirma Bustamante, y por ello matiza que, “aunque su humanidad estuvo marcada por la soledad, la huida, la depresión y su necesidad de abandonar lo que entendemos por vida, hay que leerla, aceptarla e incluso aprender de ella”.
Las norteamericanas Anne Sexton y Sylvia Plath, la inglesa Viginia Woolf, la rusa Marina Tsvetaeva y la latinoamericana Alfonsina Storni comparten con Pizarnik la elección del camino del suicidio. “Todas son hoy iconos de la literatura”, advierte la editora de Huso, “en cuanto a Pizarnik, es una mujer que murió con 36 años y que alcanzó a escribir 7 poemarios, un diario de casi 1.000 páginas, relatos cortos y alguna novela breve”. Por ello, “no cabe duda en que Alejandra es enorme y que su huella es indisoluble”, de tal manera que “aquellos que se acerquen a su obra por primera vez, se sentirán atraídos y la buscarán con avidez, y el que la haya leído, se unirá al festejo”.
En la palabra, compañía
“Alejandra tenía un trastorno mental que con los años se fue agudizando”, recuerda su nieta, “su búsqueda terminó en un túnel sin luz en el fondo, pero entró porque allí encontró el silencio que tan desesperadamente buscaba”. De hecho, en palabras de su hermana Myriam, “desde muy niña se distinguió por tener una simpatía enorme y una inteligencia notable. En su adolescencia nuestra casa era un constante entrar y salir de amigos”. No obstante, con el tiempo, “se convirtió en una hija, hermana, tía, prima y sobrina ausente”, asegura Bustamante.
Aquellos que se acerquen a su obra por primera vez, se sentirán atraídos y la buscarán con avidez, y el que la haya leído, se unirá al festejo.
Escribió para buscar en la palabra compañía, así como para lanzar una obra con la libertad como mensaje fulminante. “Desde que leí a Alejandra por primera vez, me llamó la atención que su palabra adquiría otra dimensión, una libertad tridimensional que se materializa en un poema espacial”, continúa Riaboy, “mi abuela consiguió transmitir lo mismo que un cuadro, una escultura o una película: un espacio para reflexionar”. Un sello, por tanto, envolvente, en el que la tragedia no le invitaba a otra cosa que a la de buscar la evasión del silencio. “Siento que Pizarnik cala hondo en una etapa de la vida de muchos, la que tiene que ver con las inseguridades, las incertidumbres, cuando estás a medio camino entre lo que eres y lo que quieres construir con tu vida”, opina Bustamante, “si en esa época alguien ha leído a Alejandra, difícil le será olvidarla”. Y es esa plenitud que evocó con sus palabras la que se recoge en una obra que permite que, y no hay maldición que lo impida, por fin, “nuestra querida Alejandra sonríe feliz”, dice la editora.
La búsqueda de identidad, la construcción de la subjetividad, la infancia perdida y la muerte fueron los grandes temas de una carrera poética brillante. A continuación, puedes leer los mejores poemas de Alejandra Pizarnik.
1.- El despertar
A León Ostrov
Señor La jaula se ha vuelto pájaro y se ha volado y mi corazón está loco porque aúlla a la muerte y sonríe detrás del viento a mis delirios
Qué haré con el miedo Qué haré con el miedo
Ya no baila la luz en mi sonrisa ni las estaciones queman palomas en mis ideas Mis manos se han desnudado y se han ido donde la muerte enseña a vivir a los muertos
Señor El aire me castiga el ser Detrás del aire hay monstruos que beben de mi sangre
Es el desastre Es la hora del vacío no vacío Es el instante de poner cerrojo a los labios oír a los condenados gritar contemplar a cada uno de mis nombres ahorcados en la nada.
Señor Tengo veinte años También mis ojos tienen veinte años y sin embargo no dicen nada
Señor He consumado mi vida en un instante La última inocencia estalló Ahora es nunca o jamás o simplemente fue
¿Cómo no me suicido frente a un espejo y desaparezco para reaparecer en el mar donde un gran barco me esperaría con las luces encendidas?
¿Cómo no me extraigo las venas y hago con ellas una escala para huir al otro lado de la noche?
El principio ha dado a luz el final Todo continuará igual Las sonrisas gastadas El interés interesado Las preguntas de piedra en piedra Las gesticulaciones que remedan amor Todo continuará igual
Con obras como El árbol de Diana, o Los trabajos y las noches, Alejandra Pizarnik desarrolló una carrera poética marcada por lo personal, pues sobrellevó la poesía como el centro de su vida. En su natalicio, en Culto perfilamos a la poeta argentina, una de las autoras fundamentales dentro del canon de la literatura hispanoamericana.
Vivió para la poesía, por la poesía, con la poesía. Y en su hora final, no podía estar ausente. En una pizarra que tenía en su cuarto, anotó con tiza los que serían sus últimos versos:
No quiero ir nada más que hasta el fondo
50 pastillas de Seconal —un barbitúrico empleado para tratar la angustia y la ansiedad— tomadas de un solo tirón terminaron llevándola a ese fondo al que le cantaba. El 25 de septiembre de 1972, a los 36 años, Alejandra Pizarnik concretó uno de sus intentos de suicidio.
Se acababa la poeta. Se acababa la literatura.
En sus Diarios (Lumen, 2003) Pizarnik ya se había referido en múltiples ocasiones a la idea del suicidio como una sombra rondante sobre su cabeza. Acá una de ellas.
“Estoy en un lugar tan peligroso que no tengo fuerzas para tener miedo. (De súbito, recuerdo que V. Woolf se suicidó.) La idea de suicidio me persigue. Suicidarme en París para no ser enterrada en una ciudad que detesto, y que me parece detestar menos, paradójicamente, desde que P. R. huyó o se escondió”, anotó el 3 de agosto de 1968.
Al día siguiente, fue velada en la nueva sede de la Sociedad Argentina de Escritores. El local no se había inaugurado, y el deceso de Pizarnik fue el acontecimiento que le dio su estreno.
En sus Diarios (Lumen, 2003) Pizarnik ya se había referido en múltiples ocasiones a la idea del suicidio como una sombra rondante sobre su cabeza. Acá una de ellas.
“Estoy en un lugar tan peligroso que no tengo fuerzas para tener miedo. (De súbito, recuerdo que V. Woolf se suicidó.) La idea de suicidio me persigue. Suicidarme en París para no ser enterrada en una ciudad que detesto, y que me parece detestar menos, paradójicamente, desde que P. R. huyó o se escondió”, anotó el 3 de agosto de 1968.
Flora Alejandra Pizarnik Broznike. Poeta. Nació el 29 de abril de 1936 en Avellaneda, Buenos Aires, Argentina.
Alejandra Pizarnik (de nombre real Flora Pizarnik) nació el 29 de abril de 1936 en Buenos Aires (Argentina). Su familia eran inmigrantes judíos de ascendencia rusa y polaca que se dedicaron en tierras argentinas al comercio de joyería. Su madre se llamaba Rezla Bromiker y su padre Elías Pizarnik. Tenía una hermana mayor de nombre Myriam.
Tras cursar estudios secundarios, la joven y tímida Flora, tartamuda y asmática, se sintió un tanto desorientada en su desarrollo académico, pasando por la Escuela de Periodismo y estudiando durante un tiempo Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires mientras se atiborraba de anfetaminas con el objetivo de no engordar. Desde finales de los años 50, siendo financiada económicamente por sus padres, dedicó gran parte de su tiempo a la escritura y a la pintura, arte que aprendió junto a Juan Batlle Planas.
En el año 1960 se instaló en París, trabajando como traductora y estudiando en la Sorbona Literatura e Historia de las Religiones. En Francia permaneció hasta el año 1964.
Amiga de Julio Cortázar, Octavio Paz y Antonio Beneyto, firmemente apolítica e influenciada en su lirismo por Antonio Porchia, los simbolistas franceses, en especial Rimbaud y Mallarmé, por el espíritu del romanticismo, y por los surrealistas, Pizarnik escribió libros poéticos de notoria sensibilidad e inquietud formal marcada por una insinuante imaginería. Sus temas giraban en torno a la soledad, la infancia, el dolor y, sobre todo, la muerte
Su primer libro fue “La Tierra Más Ajena” (1955), editado en Botella Al Mar. Más tarde publicó “La Última Inocencia” (1956), volumen dedicado a su psicoanalista Oscar Ostrov, “Las Aventuras Perdidas” (1958), “Árbol De Diana” (1962), “Los Trabajos y Las Noches” (1965), “Extracción De La Piedra De La Locura” (1968) o “El Infierno Musical” (1971). También escribió en prosa “La Condesa Sangrienta” (1971).
En un recorrido reflexivo y existencial que parecía predestinado hacia la enajenación y la muerte prematura, Alejandra Pizarnik terminó suicidándose con una sobredosis de seconal el 25 de septiembre de 1972. Tenía solamente 36 años. Está enterrada en el cementerio de La Tablada de Buenos Aires. Años después de su fallecimiento su obra pudo ser recuperada en “Poesía Completa” y “Prosa Completa”.