No digas que partiré mañana porque todavía estoy llegando.
Mira profundamente: llego a cada instante para ser el brote de una rama de primavera, para ser un pequeño pájaro de alas aún frágiles que aprende a cantar en su nuevo nido, para ser oruga en el corazón de una flor, para ser una piedra preciosa escondida en una roca.
Todavía estoy llegando para reír y llorar, para temer y esperar, pues el ritmo de mi corazón es el nacimiento y la muerte de todo lo que vive.
Soy el efímero insecto en metamorfosis sobre la superficie del río, y soy el pájaro que cuando llega la primavera llega a tiempo para devorar este insecto.
Soy una rana que nada feliz en el agua clara de un estanque, y soy la culebra que se acerca sigilosa para alimentarse de la rana.
Soy el niño de Uganda, todo piel y huesos, con piernas delgadas como cañas de bambú, y soy el comerciante de armas que vende armas mortales a Uganda.
Soy la niña de 12 años refugiada en un pequeño bote, que se arroja al mar tras haber sido violada por un pirata, y soy el pirata cuyo corazón es incapaz de amar.
Soy el miembro del Politburó con todo el poder en mis manos, y soy el hombre que ha de pagar su deuda de sangre a mi pueblo, muriendo lentamente en un campo de concentración.
Mi alegría es como la primavera, tan cálida que abre las flores de toda la Tierra. mi dolor es como un rio de lágrimas, tan desbordante que llena todos los Océanos.
Llámame por mis verdaderos nombres para poder oír al mismo tiempo mis llantos y mis risas, para poder ver que mi dolor y mi alegría son la misma cosa.
Por favor, llámame por mis verdaderos nombres para que pueda despertar y quede abierta la puerta de mi corazón, la puerta de la compasión.
Thich Nhat Hanh nació en Hue (Vietnam) y era monje budista, poeta, erudito y activista por los derechos humanos. El maestro vietnamita Thich Nhat Hanh fue uno de los principales impulsores del budismo zen en Occidente. Desde los 16 años fue monje budista y activista social. Durante la guerra del Vietnam trabajó incansablemente por la reconciliación de Vietnam del Norte y Vietnam del Sur.
Fundador de universidades y organizaciones de servicios sociales. Sus últimos años vivió en Plum Village, una comunidad de meditación en el sur de Francia a la que acuden anualmente cientos de personas para escuchar sus enseñanzas y aprender sus sencillas técnicas de meditación.
Propuesto para el premio Nobel de la Paz, Thich Nhat Hanh fue uno de los líderes espirituales más importantes de nuestro tiempo.
Uno de mis amigos de mayor edad tuvo con ella una relación sentimental: la describe como adorable, extraordinaria e insoportable. Había que turnarse para lograr que se durmiera en el departamento de la calle Charcas, en Buenos Aires, siempre aterrorizada por la posibilidad de que su madre viniera a invadir su espacio. Había que estar atento al teléfono aguardando la repetida noticia: "Alejandra se suicidó" de vuelta, hasta que un día de 1972 la casi rutinaria advertencia se volvió realidad. La conocí en el bar de la Sociedad Argentina de Escritores, ese mismo año. Fue la única vez que la vi: medía un metro y medio y no dejaba de hacer citas literarias hasta el hartazgo. Cuando murió, empezó a ser canonizada lentamente y hoy es una leyenda explotada hasta el límite: todos la trataron, todos fueron sus amigos íntimos, todos tienen la clave de su poesía. Era una poeta auténtica y le tocó la suerte que se puede esperar cuando el talento es ”reconocido”: la incorporación al panteón, previa desfiguración ritual.
La hija del “cuentenik” de Avellaneda
Fernando es hoy un hombre que pasó de la madurez. Hace más de veinticinco años podía tomar vodka toda la noche, en su departamento del barrio de Congreso, en el centro de Buenos Aires. Tiene todavía un don, Fernando: puede uno instalarse frente a él, sintonizarlo, y escuchar por vía directa la verdad respecto de cómo era la vida literaria cuando tenía 30 años y frecuentaba a Alejandra Pizarnik.
Explicaba Fernando hace más de dos décadas, a las dos de la mañana, que su relación con Alejandra era bastante difícil. Para empezar, la Pizarnik era alguien imprevisible y muy escurridizo.
Alejandra era la hija menor de un cuentenik de Avellaneda, una ciudad pegada a la de Buenos Aires hasta el punto de parecer su misma continuación.
Esta palabra cuentenik, en yiddish, designaba a uno que vendía mercancía de puerta en puerta, en varias cuotas. Hoy ese oficio ha desaparecido, gracias a que nadie le abre la puerta a nadie en Avellaneda ni en ninguna otra parte, pero en los ´30 y en Avellaneda, eso era algo habitual. El señor Pizarnik había emigrado de la URSS buscando barrios mejores y en el exilio, lo mejor era encontrar un sitio donde la colectividad judía no fuera demasiado ultrajada.
Explicaba Fernando hace más de dos décadas, a las dos de la mañana, que su relación con Alejandra era bastante difícil. Para empezar, la Pizarnik era alguien imprevisible y muy escurridizo.
Alejandra era la hija menor de un cuentenik de Avellaneda, una ciudad pegada a la de Buenos Aires hasta el punto de parecer su misma continuación.
Esta palabra cuentenik, en yiddish, designaba a uno que vendía mercancía de puerta en puerta, en varias cuotas. Hoy ese oficio ha desaparecido, gracias a que nadie le abre la puerta a nadie en Avellaneda ni en ninguna otra parte, pero en los ´30 y en Avellaneda, eso era algo habitual. El señor Pizarnik había emigrado de la URSS buscando barrios mejores y en el exilio, lo mejor era encontrar un sitio donde la colectividad judía no fuera demasiado ultrajada.
Esa Avellaneda, donde la colectividad era lo suficientemente abundante y poderosa como para no ser molestada por las fuerzas en movimiento en el resto del mundo, era el sitio adecuado. El señor Pizarnik se estableció allí e incluso prosperó: vendiendo puerta a puerta ropa barata y manteles de ocasión, alcanzó a establecerse y hasta a comprar un departamento en la calle Lambaré, a una cuadra de la avenida Mitre, donde nació su primera hija, Miriam, que sigue casi tan pelirroja como entonces y tiene 75 años y vive en Buenos Aires. Curiosamente, apunto, la casa de Alejandra Pizarnik distaba pocas cuadras de la de la infancia de otro bienaventurado de la poesía argentina, Néstor Perlongher, hijo de un taxista de Avellaneda.
La esposa del señor Pizarnik, mientras él era tan querido y afable, demostraba un carácter hostil en general: para la época en que nació su segunda hija, Flora Alejandra, todo el barrio le temía -más o menos- hasta que la relación de esposo bien recibido/señora terrible explotó. La mujer comenzó a exacerbar su batalla contra el entorno y especialmente contra sus vecinos inmediatos, los del mismo edificio, a quienes acusó de robarles el agua a ella y a su familia, mientras unas irregularidades en el suministro del líquido municipal atormentaban a toda Avellaneda.
El reparo por lo que fueran a decir sus vecinos llevó al señor Pizarnik a poner tierra de por medio entre tanta discordia: se mudaron al cercano barrio de Barracas, a un departamento en la avenida Montes de Oca. Para ese entonces el antiguo cuentenik había prosperado bastante más, pues alquilaba algunos locales propios de la calle Vélez Sarsfield, en Avellaneda. Cuando sus inquilinos se llegaban a la casa de Montes de Oca a pagarle la renta, eran recibidos por el propietario con el dedo índice sobre los labios y una advertencia: “Shhh, hable por favor en voz baja, que Alejandrita está al lado con los profesores”. Aquel inmigrante modestamente enriquecido, así prevenía sobre molestar a su desgarbada, huraña y hasta extraña hija menor, que recibía en la habitación contigua a gente mayor que ella: poetas, narradores, ensayistas -Alejandra aún no había terminado la secundaria- que la iban formando en aquella no menos extraña afición que no terminaba de comprender: la de escribir versos.
A esas reuniones sigilosas acudía también su terapeuta desde hacía años, León Ostrov, dejándose ganar por el magnetismo de aquella adolescente que, desde entonces, quería ser poeta.
Como celebración del 85 aniversario de su nacimiento, se publica “Alejandra Pizarnik y sus múltiples voces”, un homenaje que saca brillo al legado de la poeta argentina.
Ante la agitación que la muerte está provocando en el mundo durante este último año, celebrar la vida es tan valiente como necesario. En lo complicado de destacar lo positivo de la oscuridad reside la belleza, pues una vez esa luz sale a la superficie cualquier tragedia disminuye. Se antoja difícil sacarle el brillo a la existencia de una poeta a la que tildaron (y siguen haciéndolo) de “maldita”. Alejandra Pizarnik se quitó la vida en 1972 dejando como sus últimos versos “No quiero ir / nada más / que hasta el fondo”. Fue víctima de las exigencias de su entorno, o también de las pastillas, del acné, de la discriminación por su homosexualidad o de sus traumas infantiles. Fueran esos tormentos u otros los que terminaran con ella, pocos se han atrevido a ofrecerle a la autora argentina ese abrazo que en vida anheló, hasta ahora, con la publicación de “Alejandra Pizarnik y sus múltiples voces” (Huso). Esta obra parte de una celebración: la del 85 aniversario del nacimiento de la poeta que tuvo lugar el pasado 29 de abril. “Tal vez en mi inconsciente se contraponían la vida y la muerte. Buscaba parecidos, diferencias, y ganó la vida”, explica a LA RAZÓN Mayda Bustamante, editora del libro que recoge las voces de 85 escritoras de 15 países diferentes. “A Alejandra le faltó un abrazo”, continúa, “o muchos que la sostuvieran y alejaran del sentimiento de soledad que marcó su vida. De ahí surge este libro, de buscar voces amigas que se abrazaran en el privilegio de celebrar su 85 cumpleaños”. De esta manera, el resultado es “la prueba del alcance que hoy tiene la poesía de Alejandra en el mundo, y no solo en los países de habla hispana, porque han participado escritoras de Marruecos, Israel, Australia, Rumanía Italia, Polonia, Bulgaria, Francia, Cuba, Chile, Perú, Uruguay y México”, explica Bustamante. El libro también incluye palabras de Sandra Riaboy y Miriam Pizarnik, nieta y hermana, respectivamente, de la autora. “Solo tengo palabras de agradecimiento para todas las participantes”, confiesa Riaboy a este diario, quien recibe esta recopilación como “un regalo de cumpleaños para Alejandra, una gran oportunidad para sentirnos más cerca de ella”.
Pizarnik, en palabras de Bustamante, “fue surrealista, transgresora, provocadora, irreverente, rupturista. Para algunos, poeta maldita, pero profundamente humana”. “Yo recuerdo a mi abuela siempre preocupada por ella y rezongando”, añade Riaboy, “siempre hubo en mi familia una especie de estado de alerta hacia ella, yo era pequeña y a veces me daba miedo escuchar a mis padres hablar de Alejandra”. No obstante, y sin “poder hablar en nombre de toda mi familia”, asegura que “creo que hoy todos compartimos el orgullo de ‘La maldición de Alejandra’”. Pero esta obra no trata de recuperar su trágico final, sino su legado literario. “Es hoy una de las voces más influyentes de la literatura contemporánea”, afirma Bustamante, y por ello matiza que, “aunque su humanidad estuvo marcada por la soledad, la huida, la depresión y su necesidad de abandonar lo que entendemos por vida, hay que leerla, aceptarla e incluso aprender de ella”.
Las norteamericanas Anne Sexton y Sylvia Plath, la inglesa Viginia Woolf, la rusa Marina Tsvetaeva y la latinoamericana Alfonsina Storni comparten con Pizarnik la elección del camino del suicidio. “Todas son hoy iconos de la literatura”, advierte la editora de Huso, “en cuanto a Pizarnik, es una mujer que murió con 36 años y que alcanzó a escribir 7 poemarios, un diario de casi 1.000 páginas, relatos cortos y alguna novela breve”. Por ello, “no cabe duda en que Alejandra es enorme y que su huella es indisoluble”, de tal manera que “aquellos que se acerquen a su obra por primera vez, se sentirán atraídos y la buscarán con avidez, y el que la haya leído, se unirá al festejo”.
En la palabra, compañía
“Alejandra tenía un trastorno mental que con los años se fue agudizando”, recuerda su nieta, “su búsqueda terminó en un túnel sin luz en el fondo, pero entró porque allí encontró el silencio que tan desesperadamente buscaba”. De hecho, en palabras de su hermana Myriam, “desde muy niña se distinguió por tener una simpatía enorme y una inteligencia notable. En su adolescencia nuestra casa era un constante entrar y salir de amigos”. No obstante, con el tiempo, “se convirtió en una hija, hermana, tía, prima y sobrina ausente”, asegura Bustamante.
Aquellos que se acerquen a su obra por primera vez, se sentirán atraídos y la buscarán con avidez, y el que la haya leído, se unirá al festejo.
Escribió para buscar en la palabra compañía, así como para lanzar una obra con la libertad como mensaje fulminante. “Desde que leí a Alejandra por primera vez, me llamó la atención que su palabra adquiría otra dimensión, una libertad tridimensional que se materializa en un poema espacial”, continúa Riaboy, “mi abuela consiguió transmitir lo mismo que un cuadro, una escultura o una película: un espacio para reflexionar”. Un sello, por tanto, envolvente, en el que la tragedia no le invitaba a otra cosa que a la de buscar la evasión del silencio. “Siento que Pizarnik cala hondo en una etapa de la vida de muchos, la que tiene que ver con las inseguridades, las incertidumbres, cuando estás a medio camino entre lo que eres y lo que quieres construir con tu vida”, opina Bustamante, “si en esa época alguien ha leído a Alejandra, difícil le será olvidarla”. Y es esa plenitud que evocó con sus palabras la que se recoge en una obra que permite que, y no hay maldición que lo impida, por fin, “nuestra querida Alejandra sonríe feliz”, dice la editora.
Con obras como El árbol de Diana, o Los trabajos y las noches, Alejandra Pizarnik desarrolló una carrera poética marcada por lo personal, pues sobrellevó la poesía como el centro de su vida. En su natalicio, en Culto perfilamos a la poeta argentina, una de las autoras fundamentales dentro del canon de la literatura hispanoamericana.
Vivió para la poesía, por la poesía, con la poesía. Y en su hora final, no podía estar ausente. En una pizarra que tenía en su cuarto, anotó con tiza los que serían sus últimos versos:
No quiero ir nada más que hasta el fondo
50 pastillas de Seconal —un barbitúrico empleado para tratar la angustia y la ansiedad— tomadas de un solo tirón terminaron llevándola a ese fondo al que le cantaba. El 25 de septiembre de 1972, a los 36 años, Alejandra Pizarnik concretó uno de sus intentos de suicidio.
Se acababa la poeta. Se acababa la literatura.
En sus Diarios (Lumen, 2003) Pizarnik ya se había referido en múltiples ocasiones a la idea del suicidio como una sombra rondante sobre su cabeza. Acá una de ellas.
“Estoy en un lugar tan peligroso que no tengo fuerzas para tener miedo. (De súbito, recuerdo que V. Woolf se suicidó.) La idea de suicidio me persigue. Suicidarme en París para no ser enterrada en una ciudad que detesto, y que me parece detestar menos, paradójicamente, desde que P. R. huyó o se escondió”, anotó el 3 de agosto de 1968.
Al día siguiente, fue velada en la nueva sede de la Sociedad Argentina de Escritores. El local no se había inaugurado, y el deceso de Pizarnik fue el acontecimiento que le dio su estreno.
En sus Diarios (Lumen, 2003) Pizarnik ya se había referido en múltiples ocasiones a la idea del suicidio como una sombra rondante sobre su cabeza. Acá una de ellas.
“Estoy en un lugar tan peligroso que no tengo fuerzas para tener miedo. (De súbito, recuerdo que V. Woolf se suicidó.) La idea de suicidio me persigue. Suicidarme en París para no ser enterrada en una ciudad que detesto, y que me parece detestar menos, paradójicamente, desde que P. R. huyó o se escondió”, anotó el 3 de agosto de 1968.
Flora Alejandra Pizarnik Broznike. Poeta. Nació el 29 de abril de 1936 en Avellaneda, Buenos Aires, Argentina.
Brindo por las guitarras despeinadas, por los adúlteros sin indulgencia, por los pecados contra la prudencia, por los escombros de la madrugada.
II
Brindo por los abuelos sin medallas que no cuentan batallas a sus nietos, por las abuelas que zurcen y callan, por la acuarela, el thriller, el soneto.
III
Brindo por Medellín, por Guanajuato, Isla Negra, Macondo, Guatemala, Región, Santa María, Chiapas, Comala, la rumba, el son, la cumbia, el vallenato.
IV
Hoy brindo por los sabios despistados, los parados, los santos inocentes, los que luchan con uñas y con dientes los que se rinden, los desconsolados.
V
Brindo por los yogures caducados, por los pecados que cometería, por la alegría del desesperado, por los premiados con la lotería.
VI
Brindo por los amores clandestinos, por el sudor con uñas y con dientes, por los fans de al pan pan y al vino vino, por el tímido, el raro, el impotente.
VII
Brindo por los pecados veniales, por el orgullo de los vagabundos, por la morfina de los moribundos, por el idioma de los animales.
VIII
Brindo por la memoria sin olvido, por la lluvia que empapa a los amantes, por las alas del pájaro sin nido, por los heridos, por los caminantes.
IX Brindo por el negrito sin patera por la sangre torera de Morante por el grito del blues de la frontera por los mares del sur, por el Levante.
X Brindo por los que brindan con cualquiera que tenga un corazón noble y caliente, por las fatigas de la buena gente, por el swing que derrochan tus caderas.
Alejandra Pizarnik (de nombre real Flora Pizarnik) nació el 29 de abril de 1936 en Buenos Aires (Argentina). Su familia eran inmigrantes judíos de ascendencia rusa y polaca que se dedicaron en tierras argentinas al comercio de joyería. Su madre se llamaba Rezla Bromiker y su padre Elías Pizarnik. Tenía una hermana mayor de nombre Myriam.
Tras cursar estudios secundarios, la joven y tímida Flora, tartamuda y asmática, se sintió un tanto desorientada en su desarrollo académico, pasando por la Escuela de Periodismo y estudiando durante un tiempo Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires mientras se atiborraba de anfetaminas con el objetivo de no engordar. Desde finales de los años 50, siendo financiada económicamente por sus padres, dedicó gran parte de su tiempo a la escritura y a la pintura, arte que aprendió junto a Juan Batlle Planas.
En el año 1960 se instaló en París, trabajando como traductora y estudiando en la Sorbona Literatura e Historia de las Religiones. En Francia permaneció hasta el año 1964.
Amiga de Julio Cortázar, Octavio Paz y Antonio Beneyto, firmemente apolítica e influenciada en su lirismo por Antonio Porchia, los simbolistas franceses, en especial Rimbaud y Mallarmé, por el espíritu del romanticismo, y por los surrealistas, Pizarnik escribió libros poéticos de notoria sensibilidad e inquietud formal marcada por una insinuante imaginería. Sus temas giraban en torno a la soledad, la infancia, el dolor y, sobre todo, la muerte
Su primer libro fue “La Tierra Más Ajena” (1955), editado en Botella Al Mar. Más tarde publicó “La Última Inocencia” (1956), volumen dedicado a su psicoanalista Oscar Ostrov, “Las Aventuras Perdidas” (1958), “Árbol De Diana” (1962), “Los Trabajos y Las Noches” (1965), “Extracción De La Piedra De La Locura” (1968) o “El Infierno Musical” (1971). También escribió en prosa “La Condesa Sangrienta” (1971).
En un recorrido reflexivo y existencial que parecía predestinado hacia la enajenación y la muerte prematura, Alejandra Pizarnik terminó suicidándose con una sobredosis de seconal el 25 de septiembre de 1972. Tenía solamente 36 años. Está enterrada en el cementerio de La Tablada de Buenos Aires. Años después de su fallecimiento su obra pudo ser recuperada en “Poesía Completa” y “Prosa Completa”.
Alejandra Pizarnik falleció el 25 de septiembre de 1972, a los 36 años y dejando una obra única que todavía merece análisis y estudio. Algunas claves para entrar en su escritura y no perderse de la mejor poeta argentina del siglo XX.
En 1947 Antonin Artaud publicó “Van Gogh, el suicidado por la sociedad”. En ese texto precioso, que tenía como fin reivindicar la figura del pintor, escribía la siguiente frase: “Las cosas andan mal porque en este momento el mayor interés de la conciencia alienada es no salir de su enfermedad.” El planteo del poeta francés era directo y absoluto. Van Gogh fue un genio y la sociedad, una masa alienada que nunca quiso ni supo comprenderlo.
Empiezo con esta referencia para decirlo de una vez. Alejandra fue la más cuerda de todas.
Nacida en Avellaneda un 29 de abril de 1936, tempranamente se vio inclinada hacia las letras. Tentada por el existencialismo y el surrealismo leyó a Artaud, Rimbaud, Baudelaire y Rilke, influencias que marcarían su escritura y la acompañarían a lo largo de su vida.
Hay dos cuestiones que quiero evitar. Por un lado, el aspecto biográfico que suele resaltarse en relación a una vida familiar compleja y un posterior padecimiento psíquico. Por otro lado, quiero evitar hacer un análisis temático de su obra que, en general, implica los conceptos de soledad, locura, muerte, niñez, desamor y sentimiento de ajenidad. Considero que poner el énfasis en lo primero nos aleja de su obra, y en cuanto a lo segundo, nos daría una superficialidad que no es la característica distintiva de la escritora. Elijo, entonces, desentenderme de esas lecturas.
Decir que Pizarnik fue una poeta es quedarse a medio camino. Hay personas que traspasan la barrera de los rótulos y no pueden encasillarse. Si la poética es un modo de asociar las palabras dentro de un sistema, ella fue más lejos aún y encontró el sonido del silencio que produce el vacío entre esas palabras.
Cuando uno lee su obra se queda atravesado por la experiencia. No puede leerse a la ligera, es preciso avanzar lentamente e incorporar -subjetivamente, por supuesto- uno por uno los colores que se nos van presentando. Avanzar sobre los rieles de su poética es presenciar la lenta elaboración de una pintura que se define a nuestro alrededor y nos deja adentro del cuadro. Una vez ahí no se puede escapar.
Esta lila se deshoja.
Desde sí misma cae
Y oculta su antigua sombra.
He de morir de cosas así.
“Vértigos o contemplación de algo que termina”
Deconstruyó el lenguaje y nos enseñó a leer. Lo hizo como nadie. Si bien su obra es vasta y pasó por distintos estilos, el efecto que más me atrapa es aquel efecto concreto, escueto y sobrio, que punza como una aguja en la piel sin necesidad de tirarte encima todo el aparato de la lengua y su floritura.
«La cura para el dolor está en el dolor». Frase de Rumi, célebre poeta místico musulmán persa.
Esta frase de Rumi, es una invitación a pensar al dolor como fuente de información.
Es decir, indagar en el dolor para descubrir que juicios o hechos lo promueven, que situaciones lo sostienen, qué personas lo causan y pararse en el protagonismo de solucionar lo solucionable, resignificar lo inmodificable y soltar lo que hace daño.
No dejar que cause aflicción y resentimiento sino abrirlo en un prisma de posibles acciones para darle razón de estar como maestro del cambio personal.
Descubrir qué decires lo mantienen latente, cuáles son las actitudes que le dan permanencia e invitarlo a que cuente qué aspectos a resolver trae consigo.
Y no resultará menos doloroso, sin embargo su utilidad lo hará más breve.
A continuación encontrarás una recopilación de frases de Soren Kierkegaard cuyos escritos hasta la fecha tienen un gran número de lectores y se citan ampliamente.
Søren Aabye Kierkegaard (1813-1855) fue un célebre poeta danés además de filósofo, teólogo y crítico cultural que ejerció una gran influencia en la filosofía del existencialismo y en la teología protestante en el siglo 20.
Sus escritos incluían críticas sobre la filosofía de las religiones, la moralidad, la psicología, la ética y la cristiandad. Los pensamientos, puntos de vista, opiniones y escritos de Kierkegaard mostraron su preferencia por el uso de las parábolas, la metáfora y la ironía. Las obras psicológicas realizadas por él sondean los sentimientos que experimentan los individuos al enfrentarse a las elecciones que plantea la vida.
40 frases de Soren Kierkegaard verdaderamente perspicaces
1. “La forma más profunda de desesperación es elegir ser otro que uno mismo.”
2. “El grado de pudor de una persona mide exactamente su valor espiritual”
3. “Una vez que naces en este mundo, tienes suficiente edad para morir.”
4. “La felicidad es el mayor escondite para la desesperación.”
5. “Quien no pueda humillarse ante sí y ante su amada, no ama.”
6. “La angustia es el vértigo de la libertad.”
7. “El engaño más lamentable y terrible es engañarse a sí mismo en el amor porque es una pérdida eterna de la que uno no se compensa ni en el tiempo ni en la eternidad.”
8. “La gente exige la libertad de expresión como una compensación por la libertad de pensamiento que rara vez utilizan.”
9. “La confianza es el tiempo presente de la esperanza.”
10. “El amor es hermoso sólo mientras duran el contraste y el deseo; después, todo es debilidad y costumbre.”
11. “¿Qué pasaría si todo en el mundo fuera un malentendido?, ¿y si la risa fuera realmente las lágrimas?”
12. “Los dioses no regalan grandezas. Nada verdaderamente grande se obtiene gratis.”
13. “Dondequiera que haya una multitud hay falsedad.”
14. “¡Qué irónico es que precisamente por medio del lenguaje un hombre pueda degradarse por debajo de lo que no tiene lenguaje!”
15. “La minoría siempre es más fuerte que la mayoría, porque la minoría generalmente está formada por quienes realmente tienen una opinión.”
Alenjandra Pizarnik nació en Avellaneda, provincia de Buenos Aires, el 29 de abril de 1936. Cursó la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires, pasó por la Escuela de Periodismo y luego estudió pintura en el taller de Juan Batlle Planas. Entre 1960 y 1964, se radicó en París, Francia, donde trabajó para la revista Cuadernos para la liberación de la cultura y para algunas editoriales, publicó poemas y críticas en varios diarios, estudió Historia de la Religión y Literatura Francesa en la Sorbona y tradujo a varios autores, como Antonin Artaud, Henri Michaux, Aimé Cesairé, e Yves Bonnefoy. Allí fue donde conoció al escritor Julio Cortázar, con quien entabló una amistad que duró hasta el día de su muerte. De regreso en Buenos Aires, publicó los que luego serían algunos de sus libros más reconocidos: Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de locura (1968) y El infierno musical (1971). En 1968, recibió la beca Guggenheim y en 1971, la Fullbright, programa que sin embargo no llegó a completar. En medio de un severo cuadro depresivo, Pizarnik se suicidó el 26 de septiembre de 1972.
1) “Por amor al silencio se dicen miserables palabras” “Palabras”, 1965
2) “Ha tornado el viejo terror: haber hablado nada con nadie” “En honor de una pérdida”, 1963
3) “Noches caníbales alrededor de mi cadáver, permisión de no verme por unas horas, alto velar para que nada ni nadie se acerque” “Las uniones posibles”, 1963
4) “-Todo es imaginación -replicó la muerte-, en realidad no tiene la menor tristeza – Pero sufre igual, entonces no hay ninguna diferencia – dijo la niña” “A tiempo y no”
5) “Entre tanto, la muerte cerró los ojos, y tuvieron que reconocer que dormida quedaba hermosa” “A tiempo y no”
6) “Se cerró el sol, se cerró el sentido del sol, se iluminó el sentido de cerrarse” “Pequeños poemas en prosa”, 1967
7) “Hablo con la voz que está detrás de la voz” “Tangible ausencia”, 1970
8) “Me embriaga la luz. No nombro más que la luz. Quiero verla. Quiero ver en vez de nombrar” “Tangible ausencia”, 1970
9) “Volver a mi viejo dolor inacabable, sin desenlace. Temía quedarme sin un imposible. Y lo hallé, claro que lo hallé”
“Tangible ausencia”, 1970
10) “Tengo miedo de este gran NO que se me sube a la cabeza” “Toda Azul”
11) “Estoy muriendo porque alguien ha creado un silencio para mí”
“Una traición mística”, 1966
12) “Voy a romper el hechizo. Voy a escribir como llora un niño, es decir: no llora porque esté triste sino que llora para informar, tranquilamente”
“Una traición mística”, 1966
13) “Murieron las formas despavoridas de la noche y no hubo más un afuera ni un adentro” “Contemplación”, 1971.
14) “La vida nos ha olvidado y lo malo es que uno no muere de eso” “Casa de citas”, 1971
15) “Nada más pleigroso, cuando se necesita ayuda, que recibir ayuda” “La mesa verde”
16) “El centro/ de un poema/ es otro poema/ el centro del centro/ es la ausencia” “Los pequeños cantos”, 1971
17) “El que me ama aleja a mis dobles” “Los pequeños cantos”, 1971
18) “el resto es silencio/ sólo que el silencio no existe”
“En esta noche, en este mundo”, 1971
19) “Las palabras/ no hacen el amor/ hacen la ausencia” “En esta noche, en este mundo”, 1971
20) “Hasta yo, o sobre todo yo, me traiciono” “Recuerdos de la pequeña casa del canto”, 1971
21) “Triste cuando deseo y cuando no. Triste cuando con cuerpo y cuando no. Triste cuando con su sonrisa y cuando no” 1972
22) “No me abandones aun si yo me he abandonado” “Escrito en Anahuac (Talitas)”, 1972
23) “Si para herirme la vida toma formas tan extrañas” “Te hablo”, 1972
24) “Luz como una agonía, como cenias. Pero también, a veces, como una fiesta en un libro para niños” Los poseídos entre lilas, 1969
25) “Tenés cara de irte” Los poseídos entre lilas, 1969
26) “Mi único país es mi memoria y no tiene himnos” Los poseídos entre lilas, 1969
27) “No hacemos nada pero lo hacemos mal” Los poseídos entre lilas, 1969
28) “Hemos comido el fruto del árbol del Más o Menos. Buscamos lo absoluto y no encontramos sino cosas” Los poseídos entre lilas, 1969
29) “Todos me dicen que tengo una larga, resplandeciente vida por vivir. Pero yo sé que sólo tengo mis propias palabras que me vuelven” Los poseídos entre lilas, 196
30) “¿Debo agradecer o maldecir esta circunstancia de poder sentir todavía amor a pesar de tanta desdicha?” Los poseídos entre lilas, 1969
31) “Yo he firmado un pacto con la tragedia y un acuerdo con la desmesura” Los poseídos entre lilas, 1969
32) “Sí, lo malo de la vida es que no es lo que creemos, pero tampoco lo contrario” Los poseídos entre lilas, 1969
33) “Es curioso cuánto se habla para tan solo no llegar al fondo de la cuestión” Los poseídos entre lilas, 1969
34) “Ella tiene miedo de no saber nombrar/ lo que no existe” El árbol de Diana, 1962
35) “Memoria iluminada, galería donde vaga la sobra de lo que espero. No es verdad que vendrá. No es verdad que no vendrá”. El árbol de Diana, 1962
36) “Explicar con palabras de este mundo/ que partió de mí un barco llevándome”. El árbol de Diana, 1962
37) “Como un poema enterado/ del silencio de las cosas/ hablás para no verme”. El árbol de Diana, 1962
38) “Una mirada desde la alcantarilla/ puede ser una visión del mundo”. El árbol de Diana, 1962
39) “La rebelión consiste en mirar una rosa/ hasta pulverizarse los ojos”. El árbol de Diana, 1962
40) “Alguna vez tal vez/ me iré sin quedarme/ me iré como quien se va”. El árbol de Diana, 1962
41) “Más allá de cualquier zona prohibida/ hay un espejo para nuestra triste transparencia”. El árbol de Diana, 1962
42) “La carta desconocida encontrará las manos del alma”. “Sueño”, 1956
43) “Sin ti/ el sol cae como un muerto abandonado”. Las aventuras perdidas, 1958
44) “Tú eliges el lugar de la herida/ en donde hablamos nuestro silencio”. Los trabajos y las noches, 1965
45) “Recibe este amor que te pido./ Recibe lo que hay en mí que eres tú”. Los trabajos y las noches, 1965
46) “Cuando me miras/ mis ojos son llaves”. Los trabajos y las noches, 1965
47) “No me entregues/ tristísima medianoche,/ al impuro mediodía blanco”. Los trabajos y las noches, 1965
48) “Recuerdo con todas mis vidas/ por qué olvido”. Los trabajos y las noches, 1965
49) “Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay”. Los trabajos y las noches, 1965
50) “Ayúdame a no pedir ayuda”. Extracción de la piedra de la locura, 1968