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miércoles, 5 de diciembre de 2012
La "técnica psicoanalítica", o el arte de escuchar
"Técnica" quiere decir aplicación de las reglas de un arte a su objeto. Pero el significado de esta palabra ha cambiado, para referirse a las reglas relativas a lo mecánico, a lo que no está vivo, mientras que la palabra adecuada para aludir a los vivo es "Arte". Por este motivo, el concepto de "técnica" psicoanalítica es defectuoso, porque parece aludir a un objeto no viviente y, por tanto, no sería aplicable al hombre.
Pisaremos terreno firme entendiendo el psicoanálisis como la comprensión de la mente humana, en especial, de su inconsciente. Es un arte, como la comprensión de la poesía, y, como todo arte, tiene sus propias reglas y normas:
- La regla fundamental para practicar este arte es que el psicoanalista se concentre por completo en la escucha.
- El psicoanalista no debe tener ninguna otra cosa importante en la cabeza: debe estar lo más libre posible de miedo y codicia.
- Debe tener una imaginación espontánea y lo suficientemente concreta como para poder expresarse en palabras.
- Debe tener la suficiente capacidad de empatía con la otra persona para sentir como propia la vivencia del otro.
- Esta empatía tiene como condición una gran capacidad de amar. Comprender a otro significa amarlo: no en sentido erótico, sino en el sentido de entregarse sin miedo a perderse.
- La comprensión y el amor son inseparables. Quien trate de comprender sin amar se limitará a una operación cerebral y se cerrará la puerta a lo esencial de la comprensión.
El fin del psicoanálisis es comprender los afectos y pensamientos reprimidos (inconscientes), hacerlos conscientes y comprender sus causas y funciones.
La regla fundamental para el paciente es que hable de todo lo que pueda y, cuando no pueda hablar de algo, lo diga. Debe dejarse muy claro que el paciente no tiene obligación moral de ningún tipo, ni siquiera la de decir la verdad. (Pero si miente, el psicoanalista tendrá que hacérselo notar. Si no, demostrará incompetencia.)
El analista debe contestar a todas las preguntas que se le hagan sobre datos de dominio público y que sean de interés para el paciente, como su edad, su carrera y su origen social. Respecto de otras cuestiones, el paciente habrá de demostrar que tiene un interés legítimo, o si no es que quiere invertir la situación y analizar él al analista (como sería un caso de resistencia, por ejemplo).
La atmósfera no debe caracterizarse por una conversación amable, cortés, ni por la charla trivial. El psicoanalista debe emplear un lenguaje directo, sin mentiras piadosas. Nunca debe tratar de complacer ni de impresionar, sino que debe tener en sí mismo su propio apoyo. Lo cual quiere decir que él mismo tiene que haberse cultivado.
Erich Fromm
lunes, 23 de julio de 2012
Métodos para tratar las "modernas" neurosis de carácter
"La soledad es muy hermosa... cuando se tiene alguien a quien decírselo" Gustavo Adolfo Bécquer
Para tratar la dolencia de sí mismo, que es característica de la moderna neurosis de carácter, hacen falta otros métodos allende el psicoanálisis:
a) CAMBIAR LA FORMA DE OBRAR
En primer lugar, creo que hace falta cambiar la propia forma de obrar, no solo analizarse y conocerse a sí mismo. Toda conciencia y conocimiento de sí mismo serás ineficaces si no se toman las decisiones en consecuencia. Uno puede analizarse y saberlo todo durante un montón de años, pero eso no será eficaz, quedará estéril, si a ello no acompañan unos cambios en la forma de vida. Estos cambios pueden ser pequeños, pero no se puede esperar la revolución, como dicen algunos filósofos izquierdistas, que solo con la revolución vendrá un hombre mejor. Esto es lo que dice Marcuse, y es que reaccionaría toda tentativa de perfeccionarse antes de que venga la revolución. en mi opinión esto es completamente absurdo, esa revolución no hará más que repetir las mismas calamidades, puesto que la traerán unos pocos hombres sin la menor idea de lo que pueda ser una vida humana mejor.
Naturalmente, el cómo pueda uno reformarse es cosa delicada. No se puede hacer demasiado, pero tampoco se debe tener un exceso de prudencia. En el psicoanálisis, importa mucho tener siempre presente cuáles son los estímulos de una persona, cómo se anima a hacer descubrimientos, al experimentar sus sentimientos, atender a sus experiencias y, en particular, a las resistencias que tiene al dar cada nuevo paso al actuar de otra manera. En caso contrario, quedará uno en una situación un poco irreal, por muhcsa experiencias subjetivas que haya tenido. Cuáles sean estos cambios, dependerá por completo de la situación. Pero el psicoanálisis tiene el gran peligro de que todo se le confía, y la gente piensa que ya cambiará cuando el análisis haya terminado. Estoy convencido de que se debe empezar a cambiar antes, y la cuestión es solo en qué, el ritmo y la calidad: cambios que no sean ilusorios y que no se hallen fuera de la propia capacidad de llevarlos a cabo en cada momento.
Erich Fromm: "El Arte de Escuchar". Paidós, 2011, Barcelona. Pp.: 170-171
TRASTORNOS DEL CARÁCTER
Los rasgos del carácter no aparecen accidentalmente ni son congénitos, sino que se desarrollan progresivamente como pautas más o menos fijas y estereotipadas de actitud y respuesta ante los estímulos externos e internos. Cualquier forma de conducta y cualquier estilo de comportamiento es el resultado de la adecuación entre los impulsos y la realidad externa a través de la actividad del yo. Todos los rasgos del carácter pueden ser reducidos:
Rasgos del tipo sublimado: son resultado de una labor organizadora e integradora del yo, logrando que los instintos destructivos queden neutralizados por los eróticos o de vida.
Rasgos reactivos (reacción caracterológica): resultado de un compromiso entre la pulsión instintiva primaria y su represión por una contrapulsión.
Neurosis del carácter: al parecer, el yo ha fracasado considerablemente en su labor mediatizadora y representa la expresión directa, o casi directa, de los impulsos instintivos originales.
Reacciones caracterológicas
La represión obtiene su éxito a través de las formaciones reactivas y actitudes de evitación, que se presentan del mismo modo ante diversas situaciones. Entre las reacciones caracterológicas se cuentan: la personalidad histriónica, compulsiva, esquizoide, ciclotímica, paranoide y las personalidades con problemas de dependencia.
Neurosis del carácter
En las neurosis del carácter se presentan trastornos menos definidos en los cuales participa todo el conjunto de la personalidad, que no son sentidos generalmente como ajenos a uno mismo, sino como egosintónicos y, por lo tanto, no producen conciencia de enfermedad. No se trata de entidades totalmente separadas, sino un predominio de diversos rasgos, impulsos y formas de comportamiento.
Personalidades psicopáticas: un psicópata es una persona cuyo comportamiento es predominantemente amoral y antisocial. Sus acciones son fundamentalmente impulsivas, irresponsables y dirigidas a satisfacer sus intereses inmediatos y narcisistas, sin ninguna preocupación por las obvias e implícitas consecuencias sociales, con ausencia de manifestaciones externas de ansiedad o remordimientos por su conducta. Se caracterizan por su atractivo superficial y buena inteligencia, ausencia de ideas delirantes o manifestaciones psiconeuróticas, inconstancia, insinceridad, falta de vergüenza, conducta social inadecuadamente motivada, incapacidad de aprender con la experiencia, egocentrismo, pobreza afectiva, falta de previsión, irresponsabilidad interpersonal, conducta fantástica y chocante, escaso suicidio, sexo impersonal y falta de persistencia.
Psicodinámicamente presentan una notable debilidad del yo, dificultades graves en los mecanismos de disociación (pobre discriminación bueno - malo, yo - no yo), un superyó primitivo, predominio de la acción sobre el pensamiento por déficit en la simbolización y sentido de realidad, supeditación del principio de realidad al principio del placer, utilización de defensas maníacas frente a la pérdida del objeto y organización narcisista de la personalidad.
Los mecanismos psicodinámicos que conducirían a la homosexualidad masculina se pueden clasificar en: provocadas por el fallo o inadecuación de las fijaciones tempranas (por identificación positiva femenina o fallo de la identificación masculina), el predominio de la fijación libidinosa con el padre, como mecanismo de defensa o adaptación, como forma de expresión de los impulsos pregenitales o como fin común a impulsos y necesidades infantiles.
Con relación a la homosexualidad (teorías ancestrales sobre esta manifestación como un problema)
Por M. Klein sabemos que a consecuencia de la frustración recibida de parte de la madre, el bebé, en algún momento dirigirá sus impulsos orales hacia el pene del padre. En los niños de ambos sexos, una fijación oral de succión al pene paterno constituiría el factor básico y primario en el establecimiento de la verdadera homosexualidad masculina. Por otro lado, si los impulsos sádicos son demasiado violentos, dan lugar a la rivalidad contra este padre tan terrorífico, pudiendo abandonar los fines heterosexuales para no tener que enfrentarlo. Mientras más ataques dirija contra la pareja parental, más difícil le resultará establecer la situación edípica positiva, es decir, rivalidad con el padre y deseos heterosexuales hacia la madre.
El acto homosexual tiene, muchas veces dos finalidades: hacer al compañero impotente frente a las relaciones heterosexuales y tomar posesión del pene del compañero para castrarlo y así aumentar la propia potencia con las mujeres.
Homosexualidad femenina: se distinguen las homosexuales facultativas, fruto de personalidades inmaduras, mujeres con trastornos del carácter, histeroides y narcisistas o de una frustración heterosexual, y las homosexuales esenciales.
La psicodinamia se puede agrupar en tres tipos de factores: intento de ser como el padre y amar a la madre desde esa postura, fijación por identificación a la madre o, como es el caso de las mujeres viriloides, por desprecio hacia la madre, identificación predominante con el padre o renuncia al padre como objeto y goce de la feminidad por sus parejas.
Al texto de Fromm no añadiría ni comentaría más, poco a poco iré compartiendo lo que se puede hacer, además del análisis para ayudar a trabajar las "neurosis de carácter".
El segundo testo está influído en el link de debajo, debo decir que es una teoría clásica, quizá se estudie a Galeno, Hiipócrates y demás inspiradores y referentes en medicina en las facultades, pero a nadie se le ocurre hacer una sangría como hacían antes para "purificar la sangre". La misma validez otorgo a los planteamientos psicodinámicos sobre la homosexualidad. Hablan de un estereotipo, nada más. Rodrigo Córdoba Sanz. Feliz día y semana.
http://youtu.be/XfyG0RYITXg John Lennon -Love- Subtítulos en español.
domingo, 22 de julio de 2012
Sobre la Interpretación de los sueños
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Pablo Neruda
Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos. Pablo Neruda
SOBRE LA INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS: ERICH FROMM
La interpretación de los sueños es el medio más importante de la terapéutica psicoanalítica. El paciente no puede decir nada, ni asociaciones, ni lapsus lingüísticos, ni nada, tan revelador como los sueños. Yo creo, como dice Freud, que los sueños y la interpretación de los sueños son verdaderamente el camino real a la comprensión de lo inconsciente. En cuanto a las diferencias entre Freud y Jung, mi opinión no es en realidad la de uno ni la del otro.
Freud dijo que el sueño se refiere al pasado, es decir, a deseos extraños, a deseos instintivos, que aparecen en el sueño y se arraigan en el pasado, pero dijo también que el tema del sueño está desfigurado forzosamente y que su significado verdadero, a saber, lo que Freud llamaba el sueño latente, tiene que arrancarse a su tema manifiesto. En cambio, para Jung, el sueño es una comunicación directa, no desfigurada. Yo no lo creo, y me parece que interpretó mal muchos sueños porque no son tan directos, como pude verse en los distintos tipos de símbolos que aparecen en ellos.
En mi libro El Lenguaje Olvidado (1951), distinguía en primer lugar entre dos tipos de símbolos, los accidentales y los universales. Si, por ejemplo, uno sueña conn una ciudad, con una casa, o con una época particular, se trata de símbolos accidentales, y solo podemos saber lo que significan por las ocurrencias del paciente. Con los símbolos universales, es distintos. Veamos el ejemplo siguiente:
Sueño: un hombre sueña que está primero en un edificio grande y cerrado; después, está con una joven, pero tiene miedo de que la gente le reconozca; después, se encuentra con la chica en una playa, andando sobre el océano, pero es de noche; y en la tercera parte del sueño, está completamente solo, con ruinas a su derecha y acantilados a su izquierda.
Aquí no necesitamos asociaciones forzosamente, porque este sueño trata de símbolos universales. Y lo que encontramos en este sueño es una regresión profunda. En el plano consciente, está con la joven, el paciente es casado, está en un edificio grande, que es un símbolo materno, pero sigue estando con la chica, aunque esté asustado. Después sigue con la chica, pero es de noche y, al final, está enteramente solo con la madre mutilada , o sea, con las ruinas y los acantilados cortados. En este sueño vemos planteado el problema esencial del paciente, sin que hagan falta interpretaciones ni asociaciones (aunque yo siempre pregunto al paciente qué se le ocurre, porque a veces puede servir).
Un ejemplo que pone Jung en su autobiografía (1963) demuestra que el sueño no es una simple comunicación directa, porque en muchos descubrimos la represión de algo esencial:
Sueño: Jung se sentía impulsado a matar a Sigfrido (Siegfried). Así que, va y lo mata. Después, se siente culpable y tiene miedo de que lo descubran. Pero, con gran satisfacción suya, una fuerte lluvia borra todo rastro de crimen. Y se despierta con la idea: "o averiguo lo que significa este sueño, o me mato". Entonces, reflexiona y cree averiguar que, al matar a Sigfrido, mata al héroe que tiene dentro y, por tanto, el sueño es un símbolo de humildad.
Pues bien, el sueño estaba realmente desfigurado, porque el nombre de Freud, Sigmund, se había transformado en Siegfried. Esa era toda la desfiguración. Y bastó a Jung para no comprender que en él hacía precisamente lo que Freud le había dicho siempre que quería, o sea, matarlo, y ni siquiera se enteró del significado de algo tan sencillo como la idea de que, si no entendía bien el sueño, se mataría. Significa, naturalmente, que si no logra confundir bien el sueño, es decir, su deseo de matar a Freud, se matará él mismo, tendrá que matarse; debido a lo cual, se buscó una interpretación contraria al significado verdadero. Vemos aquí una desfiguración, una represión completa y una interpretación justificante. Todo ello ocurre con frecuencia. Por eso, sencillamente, no es cierta la idea de Jung de que el tema manifiesto es siempre idéntico a lo que Freud llamaba el tema latente.
Lo que llamo símbolos universales son, en muchos aspectos, los arquetipos de Jung. Pero es un poco difícil hablar de las teorías de Jung. Se expresaba con mucha brillantez, pero, a menudo, no con la claridad suficiente, de modo que es difícil saber qué entendía exactamente por cualquiera de sus conceptos. Creo que el tipo de arquetipo es un concepto muy fecundo, o al menos aquello a lo que s refiere, que podría afirmarse también desde un punto de vista humanista: el hombre es siempre el mismo, por la simple condición fundamental de su existencia, la de estar dividido entre su conciencia y su determinación como animal. Por eso, tiene solo unas cuantas soluciones al problema que la vida le plantea. Estas soluciones pueden ser la regresión al seno materno, la seguridad y la obediencia al padre; o puede ser la solución que han propuesto las grandes religiones y filosofías humanistas, la de encontrar una nueva armonía con el mundo desarrollando todas las facultades humanas, especialmente la razón y el amor. Dicho de otro modo, es limitado el número de soluciones que el hombre puede hallar al problema de la vida, tiene que escoger entre ellas, y es también limitado el número de símbolos que representan estas soluciones. Los símbolos son universales porque el hombre es uno.
Las opciones son pocas. Por ejemplo, el símbolo del héroe encierra la idea del hombre que se aventura en la individuación. Abraham es un héroe del Antiguo Testamento, a quien Dios dice: "Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré".
Este es siempre el símbolo del héroe: el que aventura toda su vida por la independencia y es audaz en este sentido, que abandona la seguridad y se aventura en la inseguridad. Pues bien, esto es parte del destino del hombre y esta es una de las posibilidades que tiene. La otra es, precisamente, no querer arrostrar la individuación y aferrarse a la madre, el hogar, la raza y la tierra, sin llegar nunca a la individuación ni a ser un hombre independiente.
La forma de decirle al paciente el significado ed un sueño depende de algunas cosas. Si me cuenta aquel sueño de los acantilados en la segunda hora, quizá no le diga mucho, pues supongo que no entenderá mi interpretación, a menos que sea una de estas personas tan sensibles, aun sin llegar a acercarse a la psicosis, que les gusta la poesía, y que sí entenderían la interpretación, por no estar tan ligados a las palabras y las cosas concretas. Pero incluso en la segunda hora podría decirle a este paciente: usted parece tener miedo a quedar apartado de la vida y pegado a algo muerto, ruinoso, sin vida, porque eso precisamente es el paciente.
Dicho de otra manera: cómo me sirva del sueño, dependerá de lo que crea que pueda entender el paciente en el momento. Pero, excepto en algunos casos, no tengo demasiada reserva ante la posibilidad de comprensión del paciente. Muchos estudiantes de seminarios, cuando exponen un caso y yo sugiero que digan algo al paciente, dicen: "Bueno, pero temo que el paciente no pueda soportarlo". Y mi primera contestación suele ser: "El único que no puedo soportarlo es usted, porque tiene miedo a dar la cara diciéndole algo a lo que reaccionará irritado, molesto, y usted no está seguro de tener razón -y no es cosa de que se haya de tener razón forzosamente-, pero usted no está lo bastante seguro de su interpretación". Para ver realmente el significado de un sueño hace falta mucha experiencia y sensibilidad, y lo que llaman simpatía.
Erich Fromm: "El Arte de Escuchar". Paidós, 2011, Barcelona. Pp.:125-129
El amor no se mira, se siente, y aún más cuando ella está junto a ti. Pablo Neruda
http://youtu.be/Fvvz5qJWIM0 William Shakespeare -Aprenderás-
http://youtu.be/8YFxgEp2O6c Puedo escribir los versos más tristes. Poema 20. Pablo Neruda. Recitado por Joaquín Sabina
http://youtu.be/xUJo0i1zJRw Me gustas cuando callas. Pablo Neruda. Recita por Joaquín Sabina.
http://youtu.be/Yz8ts5mRBkA Me gustas cuando callas. Pablo Neruda.
http://youtu.be/z4QQpVkmiQQ Jorge Bucay -Para Reirse en Serio-
domingo, 1 de julio de 2012
Transferencia, Contratransferencia y Relación Real
cesse et le bonheur!
G. de Bernal
Qué tengo que elegir, entre yo mismo sin ninguna atadura o la felicidad. Rodrigo Códoba Sanz.
.
El amor auténtico se encuentra siempre hecho.
En este amor un ser qued adscrito de una vez
para siempre y del todo a otro ser.
Es el amor que empieza con el amor.
Ortega y Gasset.
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El amor auténtico se encuentra siempre hecho.
En este amor un ser qued adscrito de una vez
para siempre y del todo a otro ser.
Es el amor que empieza con el amor.
Ortega y Gasset.
El segundo problema importante del psicoanálisis es la transferencia, y es quizá el más importante en la vida humana. Si nos preguntamos por qué ha habido personas que sacrificaron sus hijos al Moloch, por qué adoraron ídolos como Hitler y Mussolini, y por qué dieron su vida por un ídolo ideológico, se trata en todos estos casos del mismo fenómeno: la transferencia. Ahora bien, el concepto analítico freudiano de la transferencia es demasiado estricto. Para Freud, y todavía para la mayoría de psicoanalistas, quiere decir -y eso dice la palabra- que se transfiere un afecto, referido antes a una persona sigificativa de la infancia, padre o madre; como dicen, se "catectiza", se transfiere al psicoanalista. Lo cual, en gran medida, es cierto.
Harry Stack Sullivan ponía como ejemplo de la transferencia un caso en que una paciente, a la que había analizado durante una semana, al despedirse, el día siguiente, le dijo: "Pero doctor, ¡si no tiene barba!". En realidad, Sullivan no tenía más que un bigotito. Y ella, durante una semana había creído que tenía barba, En efecto, él era tanto el padre para ella que, en sentido literal, le había transferido el rostro de su padre verdadero, con barba. Veía en él, incluso físicamente, la imagen de su padre, porque, a causa de sus sentimientos que se tuvieron de niño a una persona significativa. Pero quizá no sea esta la esencia de la transferencia, quizá no sea lo más importante.
La transferencia, en sentido general, indica la necesidad de tener alguien que asuma la responsabilidad, una madre que ofrezca amor incondicional, un padre que elogie y castigue, que enseñe y amoneste. E incluso lo necesitará el que no haya tenido nunca padre ni madre, el que no haya sido nunca hijo para nadie, en tanto no haya llegado a ser plenamente humano, plenamente independiente. Si queremos comprender la necesidad de estas personas a las que considerar guías, protectores, o dioses, no basta pensar en la niñez. Debemos tener en cuenta la entera situación humana, en la cual el hombre está tan desamparado, tan confuso -en gran medida, por los errores que la cultura le impone sobre la vida-, tan atemorizado y tan inseguro, que es un anhelo general humano tener alguien a quien poder escoger como ídolo, de quien poder decir: "Este es mi dios; este es el que me ama, el que me guía y el que me recompensa, porque yo no puedo depender de mí mismo".
La transferencia se debe a un defecto de libertad y, en consecuencia, a la necesidad de encontrar un ídolo que adorar, en el cual creer para vencer el miedo y la inseguridad ante el mundo. (Nota de Rodrigo C.: Este es el hilo conductor del trabajo clave de Fromm titulado "El Miedo a la Libertad"). En cierto sentido, el hombre adulto no está menos desamparado que el niño. Podría estar menos desamparado llegando a ser un hombre plenamente indendiente y desarrollado, pero, en caso contrario, está tan desamparado, en efecto, como un niño, pues se ve rodeado por un mundo sobre el cual no tiene ninguna influencia, que lo deja en en la inseguridad y el miedo y, por eso, mientras que el niño, digamos, por motivos biológicos, busca un adulto, busca al padre y a la madre, la persona mayor busca un ídolo por motivos históricos y sociales.
El afecto, por ejemplo, de un neurótico o de un irrealista se transfiere tanto a un psicoanalista como a un profesor, a la mujer, a un amigo o a un personaje público. Yo definiría la transferencia en psicoanálisis como la relación irracional con otra persona que puede analizarse en el procedimiento analítico, mientras que la transferencia en otras situaciones es al misma, según la racionalidad de la persona, pero no es susceptible de análisis, no está en la mesa de operaciones.
Si alguien se impresiona por el poder, si alguien quiere ser protegido por una persona poderosa, nos encontramos co la misma adoración y la misma sobreestimación de un psicoanalista, un profesor, un politico, un sacerdote, o cualquier otra figura. Se trata siempre del mismo mecanismo. Solo en el psicoanálisis puede analizarse este tipo particular de ídolo irracional, que corresponde a una necesidad del paciente.
La transferencia no es simplemente una repetición, sino que se debe a la necesidad de (apoyarse en) otra persona (que supla un vacío o defecto). Por ejemplo, si yo me siento débil, inseguro, con miedo al peligro y con miedo a decidir, puedo querer encontrar alguien que sea seguro, resuelto y fuerte y me sirva de refugio. Y, naturalmente, lo estaré buscando toda la vida. Puede ser la clase de jefe que busque, o el profesor si soy estudiante, y eso es lo que veré en el psicoanalista. En cambio, si soy muy narcisista y creo que todo el que me critique es un solemne idiota, creeré que el psicoanalista es un idiota, mi maestro es un idiota, y todo el mundo es un idiota. Todos estos son fenómenos de transferencia, aunque solo reciban tal nombre en psicoanálisis.
El analista y el analizando se encuentran realmente en dos planos diferenciables: el plano de la transferencia y el de la contratransferencia. En cuanto a esta, digamos que el analista mantiene también toda clase de posturas irracionales ante el paciente. Tiene miedo al paciente, quiere que este le elogie, que le ame. Pues eso está mal, no debiera ser así. Mediante su propio análisis, debiera haber alcanzado un estado en que no necesite únicamente amor, pero en realidad no siempre ocurre así.
Me parece un error creer que todo lo que ocurre entre el analista y el paciente es transferencia. Este es solo un aspecto de su relación. Hay otro, el más importante: el hecho de dos personas que conversan. En esta época de teléfono y radio, quizá no se tome muy en serio, pero para mí es una de las cosas más serias: una persona habla a la otra. Y no hablan de cosas triviales, sino de algo muy importante, a saber, la vida de esta persona.
Aparte, pues, de transferencia y contratransferencia, hay un trato entre dos personas, y el paciente que no sea psicótico tendrá una idea de cómo es el otro, y el psicoanalista tendrá una idea de cómo es el otro, y el psicoanalista tendrá una de idea de quién es el paciente, y no todo es transferencia. En "técnica" psicoanalítica, importa mucho que el analista, por decirlo así, marcha constantemente por dos vías: se ofrezca como objeto de transferencia y la analice y se ofrezca tambièn como persona real, respondiendo como persona real.
Erich Fromm: "El Arte de Escuchar". Paidós, 2012, Barcelona. Pp.: 122-125.
martes, 26 de junio de 2012
Importancia de la resistencia
"A nadie le duele la cabeza cuando consuela a otro". Proverbio indio
"Cuatro cosas hay que nunca vuelven más: una bala disparada, una palabra hablada, un tiempo pasado y una ocasión desaprovechada". Proverbio árabe
"Disfruta hoy, es más tarde de lo que crees". Proverbio Chino
Importancia de la resistencia. Del texto de Erich Fromm: "El Arte de Escuchar". Paidós, 2012. Barcelona. Pp.: 118-122
En el psicoanálisis, lo más importante quizá sea reconocer la resistencia. El primero que la reconoció fue Wilhelm Reich. De hecho, esta fue su principal contribución al psicoanálisis, mientras que otras han sido dudosas o discutibles. Pero otra igualmente fue pensar, el único después de Groddeck, en la ralajación física para vencer la represión. Para ello se servía del masaje y, finalmente, llegó a creer que no hacía falta el análisis oral, según insistía en su libro Análisis del Carácter, publicado en 1933.
La resistencia es de lo más engañoso, no solo en el psicoanálisis, sino en la vida de todo el que quiere desarrollarse, que quiere vivir. Parece que el hombre tiene dos tendencias muy fuertes. Una es la de avanzar, que empieza al principio del nacimiento del niño, con su impulso a salir del útero. A la vez, está el gran temor a todo lo nuevo, a todo lo diferente, incluso el miedo a la libertad, el miedo al peligro: una tendencia casi igual de fuerte a retroceder, a retraerse, a no avanzar. Este miedo a lo nuevo, a aquello a lo que uno no está acostumbrado, este miedo a lo incierto por no haberse experimentado nunca: todo este miedo se manifiesta en resistencias, en maniobras diversas para evitar que se avance, que se haga algo atrevido.
No se trata solamente de un problema psicoanalítico. De hecho, la mayoría de los problemas que se discuten en el psicoanálisis, como la resistencia y la transferencia, tienen mucha más importancia como problemas humanos generales.
Como problemas psicoanalíticos, son relativamente limitados, porque, ¿cuánta gente se psicoanaliza? En términos generales humanos, la resistencia y la transferencia se cuentan entre las fuerzas emotivas más poderosas.
Nunca somos más listos que cuando justificamos nuestras resistencias. Y el mejorar no es la resistencia menor importante. Toda mejora ha de considerarse con gran recelo, más que con la satisfacción y alegría; porque, muy a menudo, solo sirve para ajustar un compromiso, para darse por satisfecho-"¿lo ve?, ya no estoy tan enfermo como antes"-, pero al mismo tiempo basta para impedirnos dar el paso decisivo que podría resolver radicalmente el problema, seguir adelante. Así, importa mucho ser escépticos ante las mejoras. Las derrotas son mejores que los éxitos, si aceptamos que Nietzsche tenía razón al decir: "Lo que no mata engorda"(1889). Ciertas derrotas son fatales, pero en general el éxito es la trampa más peligrosa en que suele caer la gente. Y suele servir de resistencia al progreso.
Naturalmente, la resistencia tiene otras muchas formas. Hay quien manifiesta su resistencia mareando al psicoanalista con sueños, de modo que no tenga otra cosa que hacer sino escucharlos durante años y años. Los hay que sueñan a destajo, y entonces nada se analiza, porque el sueño se enajena: es el sueño lo que se analiza, pero no se analiza al soñante.
Otra forma de resistencia es la charla trivial durante el análisis. La asociación libre fue una gran idea de Freud, con la que pensó sustituir al hipnotismo. Así, pensó que tocar la frente a una persona y decirle: "Cuando le toque la frente, digame cualquier cosa que se le ocurra", era una forma mejor y más breve de sugestión hipnótica. Hay mucho de verdad en ello, pero esta idea se ha ido abandonando, para llegar a significar que uno diga cualquier cosa que le venga a la cabeza. Bueno, pues entonces el paciente habla de todas las trivialidades de la vid, repitiendo cien mil veces qué le dijo su madre, qué le dijo su padre, su marido y la discusión que tuvieron. Pues bien, esto no es sino una forma de resistencia que el analista no debe permitir, porque no tiene ninguna pertinencia escuchar todos esos detalles triviales de esta y aquella trifulca y la repetición de todas esas cosas personales, que no sirven de nada, solo para pasar el rato y, esencialmente, de resistencia [...]
En muchos casos, se trata de una especie de trato caballeresco por el que ambas partes acuerdan ser reservadas, no molestarse, no hacer uno que el otro pierda el sueño. El paciente quiere tener la satisfacción de hablar, de ser analizado, mejorar y encontrarse a sí mismo. El psicoanalista, de todos modos, también tiene que ganarse la vida, tampoco quiere molestias, todo debe ir como la seda. Así, pasado un tiempo, ambos hallan un modus vivendi, por el que uno habla de problemas aparentemente significativos, pero sin que nadie se moleste realmente. No digo que todos los psicoanalistas lo hagan, pero sí que eso es lo que pasa en muchos análisis: freudianos o no freudianos, sin diferencia ninguna. Lo único que varía son las frases: si una habla cien mil veces de fijación a su padre y de que está interesada por eso mozo porque es una figura paterna, o si uno dice que su madre no lo quería mucho y por eso se ha enamorado de tal chica que lo quiere mucho, y cosas así. Es absurdo, y es uno de los motivos principales de la resistencia.
sábado, 16 de junio de 2012
Misiones y métodos del psicoanálisis
a) Movilización de energías inconscientes e indicación de alternativas.
En toda labor psicoanalítica, lo esencial es movilizar las energías latentes de una persona. Pondré un ejemplo. Me acuerdo de un cuarentón que vino a verme y me preguntó: "Bueno, ¿qué probabilidades tengo que mejorar?". Hasta entonces, había ido tirando con ciertos síntomas neuróticos, y "funcionaba", de modo que le contesté: "Hablando francamente, si se tratase de apostar, yo no apostaría por su mejora. Ha vivido usted tenga cuarenta años con los mismos problemas, y no hay motivo para que se vuelva loco ni muera prematuramente, así que puede seguir viviendo igual treinta años más. Será infeliz, pero, como eso lo ha soportado hasta ahora, ¿por qué no lo va a soportar el resto de su vida? La cosa no parece tan mala". Después le dije: "Si usted tiene un deseo y una voluntad fortísima de reformarse verdaderamente, quizá haya una posibilidad. Por esta posibilidad. Por esta posibilidad, estoy dispuesto a analizarlo, pero si me pregunta mi opinión objetiva, creo que no tiene muchas probabilidades de conseguirlo". Si hay algo que pueda animar a un paciente es esto. Pero, si se desanima, será mejor no empezar; porque, si no puede aceptarlo, es que le falta ese impulso fundamental, la fuerza para movilizar sus energías.
Bueno, no me lo tomen demasiado al pie de la letra. Hay personas, por ejemplo, tan atemorizadas, hipocondríacas y angustiadas que, si se les dice, podrían verse asaltadas por el pánico y serían incapaces de pensar. Esto es otra cosa. Hablo en sentido general, y he insistido tanto en ello solo para subrayar cuánta importancia le doy, no solo en el psicoanálisis, sino también en cualquier caso de la vida real, al hecho de ver con claridad la comprensión de la gente. Si nos preguntamos por qué la mayoría fracasa en la vida, creo que es por no saber cuándo llega el momento decisivo. Si uno supiese justo en el momento: si lo hago... -digamos, aceptar un soborno, directa o indirectamente-, seré un desgraciado, porque seguiré dejándome sobornar, me someteré y terminaré siendo un hombre malogrado, un infeliz... Si uno lo supiese en el momento, el sentido del bienestar y las energías excepcionales actuarían lo suficiente en muchos como para hacerles contestar "no". Sin embargo, lo que hacen es justificarse: "Bueno, es solo una vez, no tiene tanta importancia, ahora me conviene y después no lo haré más". Así, muchos no tienen vida un momento para ser conscientes, para estar en situación de poder decirse "hay que tomar una decisión", y se dan cuenta cuando ya es demasiado tarde. Entonces, retrospectivamente, uno puede decir que su vida estaba determinada y nunca ha tenido una oportunidad de ser libre.
Pero eso solo puede decirlo retrospectivamente. Si hubiese comprendido la situación, y se hubiese enfrentado al hecho de que tal camino lleva a tal punto, habría tenido, en efecto, una oportunidad de obrar de otra manera, porque entonces no estaba tan enfermo y no había fracasado todavía.
Volviendo al psicoanálisis, considero que una misión suya muy importante es mostrar las alternativas reales, con mucha energía, no con suavidad y cautela, cuidando las palabras para que digan y no digan, sin que lo parezca. En caso de que el analizando tenga una resistencia y no quiera comprender claramente que no están empleando con él palabras claras, no oirá nada, porque no quiere oír nada. ¡El psicoanalista debe gritar!, a veces, en sentido literal, aunque ahora quiero decir "gritar" en el sentido de hacer una declaración de que no pueda pasar por alto, que tenga que reaccionar ante ella, por ser muy exigente.
La explicación principal de que esta conciencia, esta verdadera comprensión de la situacion de uno, pueda hacerle reformarse, es que permite actuar a esas energías que tenemos dentro. Y si no están ahí, si se han agotado ya, no hay nada que hacer. Y si no están ahí, si se han agotado ya, no hay nada que hacer. Hay que tener, y especialmente el psicoanalista debe tener, sin insensatez, muchísima fe en la existencia de estas energías. Muchas personas las tienen tan débiles que ya no se puede hacer nada: puede ser cosa de la edad, o de estar ya derrotado que no se vea ninguna esperanza. Sería insensato decir, por dogma o por principio, que tal persona reaccionará positivamente al pleno enfrentamiento con su vida. Quizá no reaccione positivamente, pero, en general, ese afrontar su vida puede ayudarle a comprender a dónde va, cuáles han sido sus alternativas en toda su existencia.
Creo que ésta es una de las misiones más importantes del psicoanalista. También esto es psicoanalizar (como, de hecho, puedo declarar yo en cualquier otro terreno): estas son las fuerzas y si usted escoge este camino, sucederá esto; y si escoge aquel camino, sucederá aquello. Estas son las alternativas, que existen por sí mismas. Estas alternativas determinan que no haya otro camino. Pero la mayoría prefiere creer y esperar siemrpe la solución imposible. Quieren ser libres y quieren ser independientes. Bien, pues eso no funciona, no se puede, es puro engaño, como tampoco pueden querer que seamos libres e independientes, entonteciéndonos al mismo tiempo con esa publicidad agobiante y con la instrucción, la enseñanza y las ideas que nos venden. No pueden ser las dos cosas a la vez. Pero la mayoría quiere juntarlas, busca un compromiso, y quizá sera esta una forma de resistencia. Mientras yo me quede esperando el milagro de la solución imposible, que verdadera e irremediablemente es imposible, naturalmente, me quedaré cruzado de brazos.
Erich Fromm: "El Arte de Escuchar". Paidós, 2012, Barcelona. Pp.; 111-114
Nota de Rodrigo C.: Este texto de Erich Fromm ya no me sorprende, puesto que he leído prácticamente todos sus libros y, en ello continuaré. Tengo la cartilla de ahorros en el texto "Tener o Ser". Este hombre es un grandísimo profesional, aportó cuestiones brillantes. Sin embargo, con respecto al componente filosófico que él tiene, especialmente cuando analiza la sociedad, la cultura y sus manifestaciones, como la religión, se muestra especialmente pesimista. En cierto modo, este texto, a mí, y en este momento, me parece muy distinto a otros que escribe, incluso en el mismo libro. Es un hombre astuto, sagaz y con mucho oficio, pero a veces se expresa con una vehemencia que desprende cierto pesimismo, es un poco "cenizo". Creo que hay que entender su trabajo en su contexto epocal y pensar que fue instruido inicialmente desde el psicoanálisis ortodoxo. Hay ciertos estereotipos, prejuicios y pre-textos que son difíciles de vencer. Así, es probable que todo su amplísimo bagaje, para bien y para mal, determine los distintos enfoques que da a la naturaleza humana. En el fondo tiene razón en lo que dice, pero el cómo lo dice resulta prácticamente duro, demasiado contundente. Decir "un cuarentón", no sé si es torpeza del traductor o una expresión infeliz o estereotipada. Paradójicamente él siempre criticó los modelos sociales estandarizados, el "establishment" psicoanalítico y psiquiátrico. Fue una persona muy reinvindicativa. Además, es el único psicoanalista, además de Freud, que se puede encontrar en cualquier librería de España. Un abrazo. R.C.S.
http://youtu.be/cXEgE1pluJk Erich Fromm -Psicoanálisis de la Sociedad Contemporánea-
http://youtu.be/O9_cUru4l7w Erich Fromm -el credo de un Humanista-
http://youtu.be/OncMJQGbFIk Documental sobre Erich Fromm
jueves, 14 de junio de 2012
La atención al analizando
"El acto de desobediencia como acto de libertad es el comienzo de la razón." Erich Fromm.
"En el arte de vivir, el hombre es al mismo tiempo el artista y el objeto de su arte, es el escultor y es el mármol, el médico y el paciente." Erich Fromm.
"La esperanza es paradójica. Tener esperanza significa estar listo en todo momento para lo que todavía no nace, pero sin llegar a desesperarse si el nacimiento no ocurre en el lapso de nuestra vida." Erich Fromm.
La posibilidad de que haya confianza es condición para empezar una relación terapéutica. Cuando un paciente me pregunto si confío en él, le digo: "Confío en usted por ahora, pero yo no tengo motivo para confiar en usted, ni usted tiene motivo para confiar en mí. Veamos qué pasa si después podemos confiar el uno en el otro, cuando nos hayamos tratado un poco". Si le dijese: "¡Claro que confío en usted!", le mentiría. ¿Cómo podría confiar en él, a menos que fuese un hombre excepcional? A veces, confío en una persona a los cinco minutos; a veces, sé definitivamente que no voy a confiar en alguien, y eso es bastante malo, porque no sirve de base para el análisis.
Pero si, a pesar de no confiar en esa persona, veo en ella algo en lo que podría cambiar, quizá le dijese que no la veo muy digna de confianza, pero que creo que hay algo en ella. Y si tampoco es así, sin ofenderla, encontraría alguna razón para explicarle por qué no somos muy aptos para colaborar y qu debería ir a otro. Jamás he dicho a nadie, ni se lo voy a decir, que no puede analizarse o que no tiene remedio. Estoy profundamente convencido de que nadie puede responder de esta afirmación. Yo no soy Dios para saber definitivamente si una persona es curable o no. A mi juicio, lo puede parecer, pero ¿cómo voy a poder confiar en mi juicio hasta tal punto de dictar un veredicto sobre esa persona, negando que nadie la pueda ayudar? De manera que nunca he terminado una primera entrevista, ni he interrumpido el cominezo de una labor, con semejante afirmación. Cuando he creído que yo no estaba en situación de atender a una persona, he tratado de mandarla a otro. Y no por excusa, sino por la profunda convicción de que estoy obligado a darle cualquier posibilidad que tenga, y una decisión de tan vital importancia, ciertamente, no puede basarse solo en mi juicio.
En lo que se refiere a reducir la dependencia del paciente, es cuestión de dosificar cada caso. Tratándose de un paciente cuasi esquizofrénico, con un entremado apego, que yo llamo simbiótico, a su analista, se siente absolutamente perdido si no tiene este vínculo inconmovible o inquebrantable con la persona central. En muchos pacientes esquizofrénicos o preesquizofrénicos se descubrirá una relación simbiótica con la figura materna o paterna, y en ese momento debe hacer qeu se enfrenten a la necesidad de independizarse... y podrían sufrir una crisis psicótica. Sobre la relación simbiótica, yo diría que no se ha cumplido la individuación a pesar de haberse superado la adolescencia.
Freud creía que al examinar, al estudiar al profundidad de una persona, el comprender esta lo que ocurre en su interior puede hacerle cambiar de personalidad, puede curar sus síntomas. Quisiera llamar la atención sobre lo extraordinario de esta idea de Freud, de dedicar tanto tiempo a una persona, ya entonces, hace mucho años, y más aun ahora, que no corresponde al talante contemporáneo. Al contrario, como todo hay que hacerlo deprisa, la objeción más importante al psicoanálisis es que lleva mucho tiempo. Claro que un análisis malo debe durar lo menos posible. Pero un análisis eficaz, un análisis profundo, debe durar tanto como haga falta. Naturalmente, hay que probar métodos para no prolongarlo más de lo necesario, pero la idea de que merece la pena prestar atención a una persona, dedicarle cientos y cientos de horas, me parece que por sí solo manifiesta el profundo humanismo de Freud.
Pero que el psicoanálisis lleve demasiado tiempo no es en sí mismo, un argumento en contra. Y el aducirlo como problema social no pasa de mera justificación. Es decir, cuando uno cree que una persona no merece tanta atención, que esa persona no es tan importante para eso, justifica esta idea presentándola como un punto de vista social: el que solo los acomodados pueden permitirse ese tratamiento. Siempre hay profesionales que analizan algunos pacientes gratis o por reducidos honorarios, sin que de este modo pueda resolverse el problema de la remuneración. Me parece que la única solución estaría en que la sanidad pública hiciese asequible a todos este tratamiento terapéutico.
Por otra parte, la idea de que el paciente debe pagar el tratamiento como condición para curarse parece la contraria a la del Evangelio, de que los ricos no entrarán en el reino de los cielos.Me parece un absurdo enorme. Porque se trata del esfuerzo que uno haga. Para una persona muy rica, pagar el tratamiento no signifca absolutamente nada. De hecho, sirve para deducir de los impuestos (Nota de Rodrigo C.: 1ºSoy partidario de la Aceptación Incondicional y 2ª Creo que en tiempos como estos, todavía más, hay que tener sensibilidad con los honorarios, sin que llegue a ser una cuestión de regateo de mercadillo turco). De manera que se convierte en el único criterio de si una persona se muestra desinteresada por el tener que pagar o no pagar. Pero es una justificación muy interesada del psicoanalista, que el paciente tenga que pagar y, cuanto más pague, antes se curará, porque ha hecho más sacrificio. Aunque también es una forma de pensar moderna: uno paga lo que más estima y no paga lo que estima poco. Pero si uno paga mucho por el psicoanálisis, puede estimarlo menos aún, porque, sencillamente, está acostumbrado a comprar. Es un hecho. La gente que tieen mucho dinero no da un valor especial a lo que compra.
En cuanto a la terapia de grupo, desconfío mucho de ella. Tengo que decirlo, aunque yo ninca he hecho terapia de grupo, y quizá precisamente porque me disgusta muchísicmo. Simplemente, me disgusta la idea de que una persona hable de su intimidad delante de otras diez. Yo no lo soportaría. Además, sospecho que se trata de un psicoanálisis de pobres, para los que no pueden pagar los 25 dólares por hora de consulta, pero si se juntan diez y pagan 50 entre todos, ¡pùes muy requetebién! (Nota de Rodrigo C.: Ahora, el psicodrama y otras técnicas gestálticas y psicoanalíticas pueden ayudar, aunque lo entiendo como refuerzo, no como único tratamiento).
Aunque, en realidad, puedo imaginar que la terapia de grupo tenga utilidad especial para los adolescentes, en el caso de que no estén muy enfermos y sus problemas sean parecidos. Quizá les sirva de ayuda el ver que sus problemas son semejantes a los de otros y pueden aliviarse superficialmente con buenas instrucciones y buenos consejos, lo que no está mal. Pero no creo de ningún modo que pueda sutituir al psicoanálisis, tan individual y personal que no me parece que pueda prestarse a este método de la terapia de grupo. Y yo soy un individualista, chapado a la antigua. Pero eso, creo que es inhumano y antihumanista el método, el sistema, el ambiente general de hoy, en que la intimidad va reduciéndose cada vez más en beneficio de la cháchara colectiva. Y no me parece que sea favorable a ninguna buena terapéutica, excepto en casos muy precisos en los que no se pretenda mucho más.
No me impresiona todo eso que se dice, de que la relación terapéutica entre el analista y el paciente es artificial, como también sería artificial la relación amorosa entre dos personas que no se amen en sociedad y no se exhiban en sus momentos más íntimos -"¿estáis viendo qué bien lo hacemos?"- delante de otros diez. Se trata de la justificación de una época que va perdiendo cada vez más intimidad.
martes, 12 de junio de 2012
Las condiciones del psicoterapeuta
Este gran hombre, Erich Fromm puede ser entendido como un Psicoanalista Humanista, sociólogo, filósofo y muchas otras cosas más. Lo que sabemos por él, es que fue psicoanalista freudiana y se desencantó. A partir de ahi, desarrolla un trabajo donde relaciona figuras del humanismo y destaca el papel de lo social en el desarrollo de los problemas psicológicos. También habla de una "sociedad narcisista". Otros, actuales, hablan en los mismos términos u otros como "sociedad líquida", "sociedad competitiva", etc. Aquí, el propone un modelo que data de 40 años. Asi pues, entiendo que lo suyo es no adhrerirse a su propuesta sino ser, como el mismo invita y practicó a la crítica ya entender la clínica desde el ángulo del Siglo XXI y sus cuestiones socioculturales, políticas, artísticas, literarias y psicológicas. Para entender al hombre hay que entenderse a uno mismo y abrir el campo de registro, tener la mayor cantidad de herramientas terapéuticas y teóricas. Y, en la práctica clínica, dejarlas al margen, y en todo caso, que estas reverberen cuando aparezca una reacción contratransferencial. Desde la 1ª Fuerza a la 4ª Fuerza hay un cambio que viene con la época, el zeitgeist. Entonces, aprendamos de todos los modelos para integrarlos en la clínica y comprender y ofrecer una posibilidad creativa a la persona para resolver su problema. Al decir de Jung, en muchos casos espiritual; según Victor Frankl de falta de sentido; Claudio Naranjo habla de una sociedad patriarcal. Parece que él vuelve a apuntar a lo social, en especial, a la educación. Fritz Perls, su maestro, del que pasó de indetificarse a desarrollarse independientemente tras muchísimas vivencias, decía que tenemos que liberarnos de la esclavitud de los debería, tengo que, y vivir el "aquí y ahora" para darnos cuenta de lo que sentimos. Esto, para personas que no han pedido ayuda psicológica resulta extraño, puesto que lo que parece importar, siguiendo el modelo médico son los síntomas. Rodrigo Córdoba Sanz.
| El hombre que no investiga las dos partes de una cuestión, no es honrado. |
Abraham Lincoln.
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http://youtu.be/DUWgd6sh3fc 5ª Sinfonía de Beetoven. Acompañamiento a la lectura de Fromm.
Son muy importantes las cualidades personales del psicoanalista, en primer lugar, su experiencia y su comprensión del otro. Me parece que muchos se hacen psicoanalistas porque se sienten inhibidos para establecer comunicación con otros, para relacionarse con otros, y se sienten protegidos en el papel de psicoanalista, sobre todo sentándose detrás de un diván, pero no es solo esto. Importa mucho que el psicoanalista no tenga miedo a descubrir lo inconsciente del paciente y no sienta por ello ningún embarazo.
Pongo entonces una condición que podríamos llamar humanista, la de no haber nada humano que nos sea ajeno. Todo está en mí. Yo soy un niño, soy soy un adulto, soy un asesino y soy un santo. Y soy un narcisista, y soy destructivo. No hay nada en el paciente que yo no tenga en mí. Y solo en tanto yo pueda modelar dentro de mí las experiencias de las que el paciente me habla explícita o implícitamente, solo si despiertan y resuenan dentro de mí, podré saber de qué está hablando el paciente y podré resitituirle lo que dice en realidad. Entonces, ocurrirá una cosa extraña: el paciente no tendrá la sensación de que yo estoy hablando del asunto, ni de que yo lo estoy aleccionando a él, sino que sentirá que le hablo de algo que ambos compartimos.
Citaré una sentencia del Antiguo Testamento: "Amad al extranjero, porque también vosotros fuisteis extranjeros en tierra de Egipto, y así conoceréis el alma del extranjero" [Deut., 10, 19]. Se conoce a otra persona solo en tanto se experimente lo mismo. Y analizarse uno mismo no significa otra cosa sino estar abierto a toda la totalidad de la experiencia humana, que es buena y mala, que lo es todo.Hace poco, he oído una frase de Martin Buber sobre Adolf Eichmann, de que no podía tener ninguna simpatía particular por él, aunque estaba en contra de su proceso, porque no encontraba nada de Eichmann en él. Pues bien, yo creo que eso no se puede decir. Yo encuentro a Eichmann en mí mismo, yo encuentro todo en mí, encuentro el santo también en mí, si me lo permiten.
Analizarme significa realmente, no que haya descubierto unos traumas o cualesquiera otras cosas pueriles, sino que me he sincerado, que soy constantemente franco a toda la irracionalidad que hay dentro de mí, y por eso puedo comprender a mi paciente. Y ni siquiera tengo que buscarla: está ahí. Todavía, porque mi paciente me analiza todo el rato. El mejor análisis que me hayan hecho nunca me lo han hecho como analista, no como paciente, porque en tanto trate de responder al paciente, y de comprender, sentir, lo que ocurre en este hombre, tendré que examinarme a mí mismo y movilizar en mí todo lo irracional de que está hablando el paciente. Si el paciente está atemorizado y yo reprimo mi propio temor, no comprenderé al paciente. No lo comprenderé si es un carácter receptivo, pero sigue habiéndolo aunque sea en grado mínimo.
Creo que, para su instrucción adecuada, el psicoanalista debe estudiar historia, historia de la religión, mitología, simbolismo, filosofía, es decir, todas las creaciones particulares de la mente humana: porque va a ocuparse de la mente humana. Pues bien, esta carrera no existe, no hay un plan de estudios que combine todo ello. (Con la antropología, que la había olvidado). En su lugar, la actual condición oficial es que estudie psicología y se doctore en psicología, o sea, en mi opinión, y ciertamente de acuerdo con muchos psicólogos, que pierda lastimosamente el tiempo. Y lo pierde porque ese grado de doctor en psicología es la condición que impone el Estado para obtener la licencia de psicoteraeputa. Pero al estudiar psicología en la universidad no se oye nada en realidad sobre el hombre, en el sentido en que el psicoanálisis se ocupa del hombre para entender sus móviles, para entender sus problemas. En el mejor de los casos, se encuentra algo como el conductismo, que por definición rechaza la comprensión del hombre, para estudiar únicamente su conducta y cómo puede manipularse.
El psicoanalista es ingenuo. Es decir, ve las cosas como sin y mantiene una postura crítica ante la vida. ¿Cómo se puede ser crítico ante la mente de otro, ante su conciencia, si al mismo tiempo no se es crítico ante la conciencia general y las fuerzas reales del mundo? No creo que se pueda. No creo que la verdad sea divisible, que se pueda ver la verdad en lo personal y ser ciego en lo demás. Se podrá ver la verdad en los personal hasta cierto punto, pero nunca podremos comprenderla si tenemos la mente semiciega. Si tenemos la mente completamente despierta y franca, hemos de ser críticos y hemos de ver lo que haya detrás de las apariencias, trátese de una persona, de la sociedad, de la situación, del arte, o de cualquier otra cosa.
No creo que podamos comprender a una persona, a un individuo, a menos que seamos críticos y comprendamos las fuerzas sociales que la han moldeado, que han hecho que esta persona sea como es. No podemos darnos por satisfechos con el historial familiar. Y el paciente, tampoco. Solo podrá hacerse plenamente consciente de quién es si se hace consciente de la situación social en su conjunto, de la situación en que está, de todas las fuerzas y de todos los factores que influyen en él. Creo que el psicoanálisis es esencialmente un método de pensamiento crítico. Y pensar críticamente es una tarea de veras difícil, porque va en contra de las conveniencias. No se estimula demasiado a nadie a pensar críticamente, a ser crítico. Nadie saca beneficio de ello, excepto quizás a largo plazo.
En mi opinión, no pueden separarse realmente el análisis personal y el análisis social[...]
http://youtu.be/GRxofEmo3HA Four Seasons-Vivaldi-
domingo, 10 de junio de 2012
El trato entre el psicoanalista y el analizando
No basta con definir solo como interacción la relación terapéutica entre el analista y el analizando. Naturalmente, hay una interacción, pero, ¿cuál? Entre un prisionero y su guardián, también hay una interacción, aunque sea poca. Skinner, en su libro Más állá de la Libertad y la Dignidad (1971), ha llegado incluso a decir que el torturao domina al torturador como este a aquel, porque, con sus gritos de dolor, le comunica qué significa la tortura. Skinner tiene razón en cierto sentido, en un sentido muy retorcido y absurdo. En lo esencial, el torturador domina a su víctima. Hay, en efecto, cierta interacción, pero despreciable en lo relativo a la cuestión de quién domina a quién.
He puesto este ejemplo extremo para discutir el concepto de interacción. Es perfectamente cierto que ahí hay interacción. Es perfectamente cierto que ahí hay interacción, pero ante toda interacción hay que hacerse una pregunta: en esta interacción, ¿quién tiene la fuerza de obligar al otro? ¿Es una interacción entre iguales, o una interacción entre desiguales, que no pueden luchar en el mismo nivel? El concepto sociológico estadounidense de interacción, este concepto intelectual, encierra un grave peligro, el de ser puramente formalista, señalándose una interacción siempre que dos personas interactúen. Aunque haya interacción, aun tendré que determinar qué cualidad tiene, si una interacción de igualdad o de dominio, de fuerza mayor por la que uno puede obligar al otro a obrar de acuerdo con sus deseos.
Tenemos un ejemplo clásico de esto en los tratados internacionales y en los contratos entre sociedades. Cuando una gran potencia concierta una alianza con otra muy pequeña, e incluso en el caso de la anexión, dicen que es un tratado entre iguales, pero lo cierto es que todos los derechos se los reserva de facto el más fuerte, salvando quizá las apariencias.
Y la misma vieja historia se repite en la economía: lo que los romanos llamaban societas leonina, cuando una gran empresa firma un contrato de fusión con una empresa pequeña. En realidad, la gran empresa se apodera de la pequeña, pero legalmente se aparenta que ambas tenían plena libertad de contratación.
Así pues, la interacción no es suficiente. Aunque la haya, se trata de un concepto demasiado formal, demasiado abstracto. Lo que importa fundamentalmente en toda relación humana es la relativa libertad y confianza de ambos interlocutores.
En este sentido, mi experiencia es muy distinta a la de Freud. En realidad, he hechos ambas experiencias, porque me formé en el instituto freudiano ortodoxo de Berlín y fui psicoanalista freudiano ortodoxo durante unos diez años hasta que fui quedando cada vez más insatisfecho. Observé que me aburría durante la consulta. Pero, por citar solo lo que quizá sea lo principal: Freud consideraba la situación analítica total como una situación de laboratorio: aquí, un paciente, el objeto; allá, el analista, el experimentador, observando lo que este objeto echa por la boca. Después, saca toda clase de conclusiones: devuelve al paciente lo que le ha cogido.
Tampoco se trata de lo que Carl R. Rogers llama terapéutica "centrada en el cliente". La misma expresión resulta un poco rara, puesto que toda terapéutica tiene que estar centrada en el cliente. Si el psicoanalista es tan narcisista que no puede centrarse en el cliente, mejor será que se busque otro trabajo. Es evidente la idea de la terapéutica centrada en el cliente, pero no creo que solo signifique reflejarlo: al contrario. ¿Qué hago yo? Escucho al paciente y después le digo: "Mire, lo que vamos a hacer es lo siguiente: usted me cuenta todo lo que le venga a la cabeza. Eso no siempre será fácil. A veces no querrá contármelo. En este caso, lo único que le pido es que me diga que hay una cosa que no quiere contarme, porque no quiero obligarlo a hacer nada más de lo que usted quiera hacer. En su vida, quizá le hayan dicho con demasiada frecuencia que teníai que hacer una cosa. Muy bien, pero le agradecería que me dijera que omite algo, lo que, dicho sea de paso, suele ocurrir. De modo que lo voy a escuchar. Y al escucharlo, tendré unas reacciones que serán las de un órgano afinado, porque yo tengo práctica en esto. De modo que lo que usted me diga me hará oír ciertas cosas, y yo le diré lo que oiga, qu será muy distinto a lo que usted me diga, o quiera decirme. Entonces, usted me dirá cómo reacciona a mi reacción. Y de esta manera nos comunicaremos. Yo reacciono a usted, usted reacciona a mis reacciones, y ya veremos dónde llegamos". Pero yo tomo en esto parte muy activa.
En realidad, ni siquiera empleo la palabra "interpretación". Yo digo lo que oigo. Por ejemplo: el paciente me dice que me tiene miedo, y me contará una situación particular; y lo que yo "oigo" es que tiene una envidia terrible, digamos, tiene un carácter oral-sádico, explotador, y en realidad le gustaría quitarme todo lo que tengo. Y si tengo la ocasión de comprenderlo por un sueño suyo, por un gesto, o por sus ocurrencias espontáneas, le digo: "Bueno, mire, yo deduzco, de esto, eto y esto, que usted verdaderamente me tiene miedo, porque no quiere que yo me entere de que usted quiere devorarme". Yo trato de llamarle la atención sobre algo de lo que no es consciente.
Pues bien, todo está en que algunos analistas creen -Rogers, más exageradamente y, algunos freudianos, menos. que el paciente debe averiguarlo por sí mismo. En mi opinión eso no hace más que prolongarlo todo enormemente, y ya es bastante largo de todos modos, ya es bastante difícil de todos modos. El paciente tiene ciertas cosas que reprime, y las reprime por buenas razones: no quiere enterarse, tiene miedo a enterarse. Si yo me quedo sentado, esperando horas, meses, y años quizá, hasta que estas resistencias se quiebren, haré perder tiempo al paciente.
Yo hago lo mismo que hacía Freud al interpretar los sueños. Quizá el sueño sea inocuo y, sin embargo, según Freud, dice en realidad que quiere matarme. También hago lo mismo con otras cosas. Digo al paciente lo que veo y analizo su resistencia a lo que le digo. Si la resistencia no es muy grande, el paciente lo notará, pero sé muy bien que la intelectualización no le sirve ni pizca; más bien, lo hacec todo imposible. Lo que importa es si el paciente puede notar aquello de que le hablo.
Spinoza dijo que, en sí mismo, el conocimiento de la verdad no hace cambiar nada, a menos que sea también un conocimiento afectivo. Digamos, por ejemplo, que uno se psicoanaliza y averigua que padece depresión porque, de pequeño, su madre no le hacía caso. Puede averiguarlo, y puede creerlo hasta el día del Juicio, y eso no lo servíra en lo más mínimo. Bueno, quizá sea exagerar un poco. Quizá sea una pequeña ayuda, como con el exorcismo, cuando decimos: "¡Aquí está el diablo!", y si lo hacemos durante muchos años a modo de sugestión, y si el paciente acaba por creer que ha exorcizado al diablo en la figura de su madre que no le hacía caso, al final podrá sentirse menos deprimido, si es que la depresión no era tan grave.
En primer lugar, saber lo que se ha reprimido significa vivirlo de veras en el momento, no solo en el pensamiento, sino sintiéndolo, sintiéndolo plenamente. Lo cual produce ya un efecto de mucho alivio. Si uno recibe una explicación, sino que siente de veras algo, puede sentir en el momento: "Estoy deprimido", y puede avanzar a la fase siguiente, de: "Como realmente estoy furioso, castigo a mi mujer con mi depresión". El sentirlo de veras fomenta la idea de hacer algo por eliminar al depresión. Por otra parte, se puede estar tan enfermo, o la depresión puede ser tan grave, que tampoco esto sirva de ayuda.
Erich Fromm: "El Arte de Escuchar". Paidós, 2012, Barcelona. Pp.: 99-103
Les voy a poner una viñeta que tiene ue ver con que la intelectualización en la terapia no srive para prácticamente nada. Aquellos terapeutas que trabajan en la esfera de lo intelectual, empleando como herramienta fundamental la interpretación pueden retroalimentar los mecanismos de defensa del paciente. Hablo, en particular, de un paciente, profesional de la salud mental, artista y hobre polifacético, que se refugia en sus conocimientos de la terapia para "cubrirse", esconderse, ocultarse. De tal manera, que es una conversación de esas que podían aparecer en algún programa de televisión, donde dos personas dialogan en el plano intelectual. Esos programas suelen ser muy aburridos a la larga.
Bien, esta persona tiene una hipertrofia de lo intelectual que compensa sus carencias afectivas. Ahora, tras haber escuchado en una primera fase su sufrimiento, sus razones y (menos) sus motivos subyacentes, trato de que conecte con las emociones que siente al recordar un evento, y que sienta, tome conciencia, se "de cuenta" del signifcado de la relación terapéutica y lo que significa en un aspecto emocional.
La conversación fue esta (en el plano intelectual con cierta complicidad e ironía para provocar y movilizarle):
- Terapeuta: ¿Cómo va el equilibrio entre el contacto con el mundo exterior y la retirada al mundo interior?
- Paciente con formación Gestalt: Por ahora el equilibrio bien. El FMI no necesita rescatarme.
Detrás de esa ironía se podrían interpretar muchas cuestiones, quizá es un comentario irónico que tiene que ver con lo sucedido recientemente a España a nivel económico-político. Esto, si se vincula con lo que él transmite dice muchas cosas: por ejemplo, el hecho de ver al profesional como una entidad externa amenazante y que se relaciona con un fondo de dinero al que no necesita, de momento, pedir rescate. Quizá pudiera significar el hecho de sentir un mundo hostil, en el cual, el terapeuta puede formar parte de esa trama, de ese tejido, de esa red que envuelve su discurso de intelectualización, perdiendo contacto con sus sentimientos.
sábado, 9 de junio de 2012
El efecto de la terapéutica psicoanalítica
¿A qué se debe el efecto terapéutico del psicoanálisis? A mi parecer, dicho brevemente, son tres los factores que determinan este efecto terapéutico: 1. El aumento de libertad al comprender los conflictos verdaderos; (2. El aumento de energía psíquica al liberarse la energía ligada a la represión y a la resistencia; y 3. La liberación del afán innato de curación).
1. Por un lado, el efecto terapéutico del psicoanálisis se debe al aumento de la libertad de una persona cuando puede comprender cuáles son sus conflictos verdaderos, en vez de los ficticios.
El conflicto verdadero de una mujer puede ser, por ejemplo, su incapacidad de emanciparse de una autoridad, su incapacidad de ser ella misma y de empezar a vivir su propia vida: su incapacidad de ser libre. Su conflicto ficticio es si debe casarse o si debe divorciarse de su marido. Este no es el conflicto verdadero. No es conflicto, porque no se puede solucionar. Su vida será miserable, tanto si se divorcia, como si sigue con su marido. Seguiría teniendo la misma vida miserable mientras no sea libre...
Es como buscar una solución...o, digámoslo de esta manera, como si uno quisiera abrir una puerta equivocándose de llave: la puerta no se abrirá. Si cree que no ha metido bien la llave, o cualquier otra cosa, y mientras siga insistiendo con la misma llave, no conseguirá nunca abrir la puerta. Tiene que tener la llave verdadera. Es fácil poner muchos ejemplos sobre el preguntarse uno si debe hacer esto o aquello se refiere a un problema ficticio, cuando se trata de algo totalmente distinto. Pregúntese uno mismo, examine su propia vida, y examine la vida de otras personas que puedan servir mejor de ejemplo, por haber vivido más, como los padres, cuya vida podemos conocer más íntimamente si queremos examinarla. Entonces, veremos hasta qué punto la gente suele ocuparse del problema equivocado y trata de resolver algo que no se puede resolver.
2. En segundo lugar, toda represión requiere energía para mantenerse. Por decirlo más sencillamente, la resistencia exige mucha energía. Pues bien, esta energía se retira, se gasta inútilmente, del mismo modo que gastamos una parte considerable de nuestra renta nacional en armamento. Es una energía desperdiciada. Una vez que se elimina la represión, una vez hemos dejado de alimentar la resistencia, volvemos a tener disponible esta energía. La consecuencia vuelve a ser un aumento total de energía disponible, lo que significa un aumento de libertad, e incluso podríamos decir, con Espinosa, un incremento de virtud y gozo.
3. El tercer factor terapéutico del psicoanálisis es quizá el más importante. Porque, si elimino mis obstáculos interiores a enterarme de lo que realmente me pasa, puede empezar a obrar mi afán innato de salud. Lo digo por la creencia y por la experiencia personal, mía y de otros, en sentido muy alto, de que todo hombre tiende al bienestar, no solo biológico y fisiológico. Y no hay nada de misterioso. Desde un punto de vista darwiniano, es muy lógico, puesto que el bienestar, en realidad, sirve a la supervivencia. El bienestar mental sirve a la supervivencia biológica. Cuanto más alegre sea uno y mejor se sienta, más tiempo vivirá, más hijos tendrá y más productivo será. Desde el punto de vista biológico, lo único que cuenta es que viva, se case y tenga hijos: en sentido muy estricto, pero yo no lo digo en este sentido estricto. En el libro: Anatomía de la destructividad humana, cito recientes explicaciones de neurólogos y neurofisiólogos, para mi muy convincentes, según las cuales incluso en la estructura de nuestro cerebro encontramos ciertas propensiones, que no son precisamente instintivas, pero son innatas, preformadas, que nos empujan al bienestar, a la cooperación y al desarrollo...
El impulso de vivir es tan fuerte en el cerebro humano -y aquí entra la biología- que cuando llega a ser cosa de vida o muerte, se moviliza una energía desconocida hasta entonces.
Es cierto en el psicoanálisis lo mismo que en la vida corriente fuera del psicoanálisis. Es fatal dar cualquier clase de falsos ánimos, excepto en caso de enfermedad tan grave que no se pueda esperar ningún efecto de decir toda la verdad. En otro caso, si doy falsos ánimos quitando importancia al problema, lo único que hago es perjudicar, sencillamente porque impido que se despliegue la energía excepcional. Al contrario, cuanto más clara y rigurosamente explique a uno la situación en que se encuentra y las opciones que tiene, tanto más movilizaré sus energías de excepción y tanto más lo acercaré a la posibilidad de mejorar.
Erich Fromm: "El Arte de Escuchar". Paidós, 2012, Barcelona. Pp.: 93-98
martes, 5 de junio de 2012
La dinámica del desarrollo psíquico y la libertad del hombre
Oswald Spengler habló de la decadencia de Occidente, afirmando que la cultura occidental quedará aniquilada, casi por ley natural, porque, en su interpretación general, las culturas se desarrollan, degeneran y mueren como una planta, como cualquier ser orgánico se desarrolla y muere. A principios de siglo, Rosa de Luxemburgo veía una sola alternativa: socialismo o barbarie. Se trata de una gran diferencia entre dos apreciaciones. En el segundo caso, hay una alternativa: todavía se puede escoger una de dos cosas, pero no hay tercera opción.
Pueden tomarlo como una observación marginal. Hay dos clases de previsión determinista: una, la previsión de un resultado único, determinista en el sentido de creer que habrá de producirse un solo resultado. Y el determinismo de la alternativa: no prevé un solo resultado forzoso, pero sí cierta alternativa forzosa, de poder producirse este o aquel resultado, o quizá un tercero, pero ningún otro. Se trata de una diferencia importante, no solo en cuanto al determinismo en la historia y en la sociedad, sino también en el hombre.
No se puede decir nunca de una persona, o muy pocas veces, al menos en base a un fundamento teórico serio, que tal resultado habrá de producirse necesariamente. Pero se puede decir habitualmente que tal alternativa se producirá forzosamente. O seguirá desarrollándose, por decirlo muy en general, o se marchitará, psíquicamente hablando. En cada caso, la diferencia estará en la fuerza relativa de los dos elementos. La posibilidad de que tenga éxito, quiero decir éxito humano, puede ser de un uno por ciento o de un cincuenta por ciento, pero sigue siendo una posibilidad, no algo que deba ocurrir necesariamente.
Sin embargo, la mayoría de las personas se niegan a reconocer que en su vida encaran realmente una alternativa: pueden marchar por este camino o por ese otro. Creen tener toda clase de opciones, lo cual no suele ser realista, porque el pasado, su constitución y su situación no les han dejado demasiadas.
Pongamos como ejemplo el ajedrez. Cuando dos jugadores empiezan una partida, sus posibilidades son casi iguales. Puede ganar cualquiera de los dos. El que juega con blancas tiene una ventaja mínima, que podemos descartar. Después de cinco jugadas, si las blancas han cometido un error, su probabilidad de ganar habrá disminuido al diez o dieciséis por ciento, pero todavía podrán ganar, aunque tendrán que esforzarse por mejorar sus jugadas, o esperar a que las negras puedan cometer otro error. Diez jugadas después, quizá las blancas no hayan compensado su primer error, sino que hayan cometido otro. Entonces, teóricamente, todavía podrán ganar, pero esta posibilidad habrá disminuido, del cincuenta, al cinco por ciento. Luego llega un momento en que, por causa de otro error, ya es imposible que ganen. Es imposible según las reglas del ajedrez, a menos que el contrario cometa un verdadero disparate, que no podemos esperar y que los buenos jugadores no cometen. En ese momento, el buen jugador abandona, al saber ya que no puede ganar. El mal jugador sigue jugando porque no puede prever las jugadas siguientes y tiene todavía esperanzas, y continúa, y no se ahorra el amargo final, cuando ve su rey verdaderamente en jaque mate, no puede mover ya y tiene que admitir su derrota. (Nota de Rodrigo C.: Prefiero entender la vida en el sentido de Winnicott, como un "Playing" que como un "Game", esto es, jugar sin reglas. También decía Winnicott que un objetivo primordial en psicoterapia es que el paciente pase de un estado en el que no puede jugar a que pueda jugar).
¿Qué significa esto aplicándolo a la situación humana, a la vida de cada uno de nosotros? Tomemos un niño como ejemplo. A los cinco años, está jugando con un negrito. Digamos que es hijo de una familia neoyorquina muy acomodada. Está jugando con el negrito y le gusta, como es muy natural, porque todavía no conoce esas diferencias. Entonces, su madre le dice, de la manera mimosa como hablan las madres modernas: "¿Sabes, Johnny?, yo sé que ese niño es tan bueno como nosotros, es un niño estupendo, pero ya sabes que los vecinos no lo entienden, y en realidad sería mejor que no jugases con él. ¿Sabes?, ya sé que eso no te gusta, pero esta noche te voy a llevar al circo". Puede que no se le diga tan claro, pero tampoco le dice que es una recompensa, y lo lleva al circo, o a cualquier otro sitio, o le compra una cosa. Y el pequeño Johnny, que al principio había protestado, "¡pero si me gusta jugar con él!", acaba aceptando la invitación al circo. Es su primer error, su primera derrota. Se ha quebrantado su dignidad, su voluntad. Volviendo al ajedrez, ha hecho ya su primera mala jugada.
Bien, digamos que diez años después se enamora de una chica. Está verdaderamente enamorado, pero la chica es pobre, no proecde de la familia adecuada y los padres no creen que sea una chica con la que su hijo debe comprometerse. Pero no se lo dicen al estilo de sus abuelos: "¡Ni pensarlo! Esa chica es de una familia con la que no vamos a emparentar!". Sino que su madre dirá, a la moderna: "Es una chica encantadora, pero ya sabes que no tenéis el mismo origen. Para ser felices, las parejas tienen que ser del mismo origen. Pero ya sabes que eres perfectamente libre de casarte o no con ella, eso solo a ti te incumbe. Pero, ¿sabes?, puedes irte un año a París, allí te lo piensas bien y, si a la vuelta sigues queriéndote casar con ella, pues te casas".
Y él acepta. Es ya su segunda derrota, facilitada por la primera y por otras muchas pequelas de la misma especie. Lo han comprado. Ya lo han comprado. Ya se han quebrantado su propia estimación, su orgullo, su dignidad y el sentido de su propia identidad. Y como la oferta se le ha hecho con esa justificación tan tentadora, encubierta en su "perfecta libertad de casasrse y de irse a París"... Pero en el momento de aceptar el billete, ha entregado a la chica sin darse cuenta. Está convencido de que la sigue amando y se casará con ella. De modo que, durante los tres primeros meses le escribe desde París las más maravillosas cartas de amor, pero en su inconsciente sabe que ya no se casará, puesto que aceptó el soborno. (Nota de Rodrigo C.: Esto es lo que se llama "castración", pseudomutualidad, cumplir el deseo del otro: más trágico de lo que pudiera parecer).
Cuando se acepta un soborno, hay que cumplir. Aquí entra un segundo elemento moral, de tener palabra, porque uno no puede aceptar un soborno sin cumplir lo pactado, o es hombre muerto. De modo que Johnny, naturalmente, conoce en París a otras chicas y en un año han pasado muchas cosas, y llega a la conclusión de que, en realidad, no amaba tanto a aquella, se ha enamorado de otras muchas y, al final, con la conciencia tranquila, o no tan tranquila, le escribe diciéndole que ya no la ama. Le resulta fácil, porque, de todos modos, ha ido espaciando sus cartas y el corte no va a ser tan brusco. Puede que ella también se haya dado cuenta y le haya escrito rompiendo las relaciones.
A los 23 años, Johnny ingresa en la Universidad. Se trata de saber qué quiere. Su padre es un abogado conocido, y quiere que su hijo se haga también abogado, por muchas razones evidentes. Sin embargo, lo que al hijo le interesa es en realidad la arquitectura, y le ha interesado desde que era pequeño. Entonces, el padre le pinta el cuadro, ¡vaya!, de que está enfermo del corazón y, por lo que pudiera pasar, debe pensar en su madre. Además, ¡qué desgraciado es, después de todo lo que han hecho por él, y de haberle pagado una estancia de un año en París, que ahora lo abandone, con todas las esperanzas que había puesto en él, y lo desgraciado que va a ser!, porque, vamos, ¿cuánto va a ganar de arquitecto y qué no ganará en el bufete de su padre, cuando se haga cargo de él? El hijo escenifica una escaramuza de retirada y, al final, cede. Llegados a este punto, el padre quizá le compre un precioso coche deportivo, como se hace a menudo. Lleva trampa, pero no se dice nunca que se trata de un soborno, como tampoco se dice en política. El soborno no se manifiesta en una declaración escrita: "Le entrego cien mil dólares para que vote usted a favor de esta ley". Se entregan los cien mil dólares, quedando entendiendo que el otro entenderá para qué se entregan. Bien, llegados a este punto, el joven ya está perdido. Se ha vendido por completo, ha perdido todo respeto de sí mismo, ha perdido su orgullo, ha perdido todo respeto de sí mismo, ha perdido su integridad, hace una cosa que no le gusta, y así pasará el resto de su vida: seguramente, se casará con una mujer a la que no ame, se aburrirá en su trabajo, se lamentará por haber llegado a tal situación...
¿Cómo ha llegado a esta situación? No por un suceso repentino, sino por una acumulación de sucesos menores, de cometer un error tras otro. Si al principio tenía mucha libertad, ha ido perdiéndola poco a poco, hasta un punto en que no tiene ya casi ninguna en absoluto.
La libertad no es una cosa que tengamos, no existe tal cosa. La libertad es una cualidad de nuestra personalidad: somos más o menos libres de resistir a la coacción, más o menos libres de hacer lo que queremos y de ser nosotros mismos. Y, siempre, la libertad aumenta o disminuye. Podemos decir que, en cierto momento, este joven ha abandonado ya casi toda esperanza, aunque también en ese punto podría ocurrir un suceso inesperado, un suceso extraordinario, que pocas veces ocurre a una persona, y por el que no debemos jugarnos la vida. A la edad de 30 años, a los 40, a los 50, un suceso extraordinario semejante podría producir un cambio total, una conversión, pero esperarlo será en vano, porque es rarísimo.
Erich Fromm: "El Arte de Escuchar". Paidós, 2012, Barcelona. Pp.: 88-93
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