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viernes, 11 de abril de 2014

El cerebro en el parto


El cerebro en el parto

by Ibone Olza
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Llevo años intentando entender que pasa con el cerebro en el parto. Mejor dicho: los cerebros. El de la madre y el del bebé. Me impactó mucho ver este vídeo de la primera Resonancia Magnética realizada intraparto. Aunque el estudio en si me parezca una barbaridad (meter a una parturienta en una máquina de resonancia magnética nuclear) creo que tiene cierta utilidad para visualizar algo que tradicionalmente ha pasado desapercibido: la enorme plasticidad del cerebro conforme desciende por el canal del parto, la intensidad de la fuerza a la que está sometido, la cantidad de fenómenos eléctricos y neuroquímicos que probablemente estén pasando en y durante el parto.
No sólo eso, además está el cerebro de la madre. Conforme hemos investigado más me ha sorprendido constatar que el parto es un evento neurohormonal, único, con un diálogo constante entre dos cerebros, el de la madre y el del bebé.  Casi no sabemos nada sobre todo lo que acontece ahí en ese momento absolutamente irrepetible, ni de las consecuencias que puede tener cualquier manipulación.
Ahora,  acabamos de publicar el trabajo que hemos hecho conjuntamente con Luis Miguel Garcia Segura y Angeles Arévalo del Instituto Cajal del CSIC en la prestigiosa revista Frontiers in Neuroendocrinology (¡factor de impacto a 5 años>10!). Algo así como mi segunda tesis doctoral, que sintetiza nuestra investigación de los últimos cinco años en torno al nacimiento.

Neuroendocrinology of childbirth and mother-child attachment: the basis of an etiopathogenic model of perinatal neurobiological disorders

Verlo ahí me emociona más de lo que puedo expresar, y confío que llegue a muchos lugares, ha sido un graníisimo esfuerzo que ahora toca celebrar.  En cierto modo es el trabajo que me hubiera gustado leer cuando empecé a interesarme por el tema, hace ya unos cuantos años. Ojalá sirva para concienciar a los profesionales de la atención al parto en la importancia de extremar los cuidados y de intervenir lo mínimo.

miércoles, 12 de marzo de 2014

La evolución del bebé

Le hemos visto sonreír mientras dormía pero, el día menos pensado, el bebé nos regala un momento único e inolvidable: su primera sonrisa de verdad, dedicada a nosotros en exclusiva, mirándonos fijamente a los ojos. Después, llegan los gorjeos y las carcajadas contagiosas.
Con los años, podemos olvidarnos de si pasó o no la varicela o cuántos años tenía cuando se le cayó su primer diente, pero lo que nunca olvidan los padres es la emoción que sintieron al recibir, por sorpresa y a bocajarro, laprimera sonrisa de su pequeño... una sonrisa irresistible.

La sonrisa, un eficaz mecanismo de supervivencia

Las modernas ecografías han permitido a los expertos comprobar que los fetos a partir de las 30 semanas ya sonríen. ¿A quién? podríamos preguntarnos. De momento es solo un reflejo, casi una mueca, aunque compleja, porque requiere la coordinación de muchos músculos faciales y está asociada con la fase de sueño activo o REM.
Los bebés vienen provistos de la capacidad de sonreír, y no precisamente para salir guapos en las fotos, sino para algo mucho más importante... sobrevivir. Nuestro pequeño nace con el instinto de mantenerse cerca de mamá como medida de protección.
Por eso, en cuanto aprenda a gatear, su objetivo será perseguirla por toda la casa. Pero ahora acaba de nacer y no puede moverse ni agarrarse al pelo de su madre como hacen nuestros primos los primates. Lo que sí puede hacer es llorar (y así llamar su atención), mamar (y favorecer un acercamiento físico privilegiado) y... claro está, sonreír, seducir a su mamá para que desee estar cerca de él y compensarla por lo cansado que puede ser hacerse cargo de una personita recién llegada.

Las etapas de la sonrisa del bebé

En su libro “El desarrollo del bebé” (Alianza Editorial), Ileana Enesco, profesora del Departamento de Psicología Evolutiva de la Universidad Complutense de Madrid establece estos hitos en la evolución de la sonrisa de los bebés. Eso sí, las fechas están basadas en estadísticas. En la práctica, cada niño tiene sus ritmos.

Primeras semanas de vida

Las sonrisas del bebé son reflejas. Aparecen con más frecuencia durante el sueño, aunque también en algunas ocasiones al despertar o como respuesta a una caricia suave.

Primer mes

Sonríe ante estímulos externos, como la voz de su madre o, por ejemplo, si le ponemos las manos juntas para hacer palmas palmitas.

Entre la 5ª y la 8ª semana

Puede sonreír también ante estímulos visuales como movimiento de luces, de la cara humana, de objetos brillantes...

Entre la 9ª y la 12ª semana

La sonrisa es ya plenamente social. Ahora los bebés responden abiertamente a las caras humanas y, hacia los tres meses, la sonrisa se encuentra casi siempre en las interacciones sociales.

Entre los 3 y los 4 meses

Aparece la risa como respuesta a estímulos de diferentes sentidos (tacto, visión...).

A partir de los 6 meses

Los bebés sonríen y ríen durante las interacciones sociales con personas cercanas.

Entre los 10 y los 12 meses

Sonríen abiertamente cuando llega una persona conocida, se ríen a carcajadas con juegos de interacción como el cucú tras.

Por: Laura Guerrero.
Asesora: Ileana Enesco, profesora del Departamento de Psicología Evolutiva de la Universidad Complutense.

viernes, 28 de febrero de 2014

martes, 5 de junio de 2012

La dinámica del desarrollo psíquico y la libertad del hombre



Oswald Spengler habló de la decadencia de Occidente, afirmando que la cultura occidental quedará aniquilada, casi por ley natural, porque, en su interpretación general, las culturas se desarrollan, degeneran y mueren como una planta, como cualquier ser orgánico se desarrolla y muere. A principios de siglo, Rosa de Luxemburgo veía una sola alternativa: socialismo o barbarie. Se trata de una gran diferencia entre dos apreciaciones. En el segundo caso, hay una alternativa: todavía se puede escoger una de dos cosas, pero no hay tercera opción.
Pueden tomarlo como una observación marginal. Hay dos clases de previsión determinista: una, la previsión de un resultado único, determinista en el sentido de creer que habrá de producirse un solo resultado. Y el determinismo de la alternativa: no prevé un solo resultado forzoso, pero sí cierta alternativa forzosa, de poder producirse este o aquel resultado, o quizá un tercero, pero ningún otro. Se trata de una diferencia importante, no solo en cuanto al determinismo en la historia y en la sociedad, sino también en el hombre.
No se puede decir nunca de una persona, o muy pocas veces, al menos en base a un fundamento teórico serio, que tal resultado habrá de producirse necesariamente. Pero se puede decir habitualmente que tal alternativa se producirá forzosamente. O seguirá desarrollándose, por decirlo muy en general, o se marchitará, psíquicamente hablando. En cada caso, la diferencia estará en la fuerza relativa de los dos elementos. La posibilidad de que tenga éxito, quiero decir éxito humano, puede ser de un uno por ciento o de un cincuenta por ciento, pero sigue siendo una posibilidad, no algo que deba ocurrir necesariamente.
Sin embargo, la mayoría de las personas se niegan a reconocer que en su vida encaran realmente una alternativa: pueden marchar por este camino o por ese otro. Creen tener toda clase de opciones, lo cual no suele ser realista, porque el pasado, su constitución y su situación no les han dejado demasiadas.
Pongamos como ejemplo el ajedrez. Cuando dos jugadores empiezan una partida, sus posibilidades son casi iguales. Puede ganar cualquiera de los dos. El que juega con blancas tiene una ventaja mínima, que podemos descartar. Después de cinco jugadas, si las blancas han cometido un error, su probabilidad de ganar habrá disminuido al diez o dieciséis por ciento, pero todavía podrán ganar, aunque tendrán que esforzarse por mejorar sus jugadas, o esperar a que las negras puedan cometer otro error. Diez jugadas después, quizá las blancas no hayan compensado su primer error, sino que hayan cometido otro. Entonces, teóricamente, todavía podrán ganar, pero esta posibilidad habrá disminuido, del cincuenta, al cinco por ciento. Luego llega un momento en que, por causa de otro error, ya es imposible que ganen. Es imposible según las reglas del ajedrez, a menos que el contrario cometa un verdadero disparate, que no podemos esperar y que los buenos jugadores no cometen. En ese momento, el buen jugador abandona, al saber ya que no puede ganar. El mal jugador sigue jugando porque no puede prever las jugadas siguientes y tiene todavía esperanzas, y continúa, y no se ahorra el amargo final, cuando ve su rey verdaderamente en jaque mate, no puede mover ya y tiene que admitir su derrota. (Nota de Rodrigo C.: Prefiero entender la vida en el sentido de Winnicott, como un "Playing" que como un "Game", esto es, jugar sin reglas. También decía Winnicott que un objetivo primordial en psicoterapia es que el paciente pase de un estado en el que no puede jugar a que pueda jugar).
¿Qué significa esto aplicándolo a la situación humana, a la vida de cada uno de nosotros? Tomemos un niño como ejemplo. A los cinco años, está jugando con un negrito. Digamos que es hijo de una familia neoyorquina muy acomodada. Está jugando con el negrito y le gusta, como es muy natural, porque todavía no conoce esas diferencias. Entonces, su madre le dice, de la manera mimosa como hablan las madres modernas: "¿Sabes, Johnny?, yo sé que ese niño es tan bueno como nosotros, es un niño estupendo, pero ya sabes que los vecinos no lo entienden, y en realidad sería mejor que no jugases con él. ¿Sabes?, ya sé que eso no te gusta, pero esta noche te voy a llevar al circo". Puede que no se le diga tan claro, pero tampoco le dice que es una recompensa, y lo lleva al circo, o a cualquier otro sitio, o le compra una cosa. Y el pequeño Johnny, que al principio había protestado, "¡pero si me gusta jugar con él!", acaba aceptando la invitación al circo. Es su primer error, su primera derrota. Se ha quebrantado su dignidad, su voluntad. Volviendo al ajedrez, ha hecho ya su primera mala jugada.
Bien, digamos que diez años después se enamora de una chica. Está verdaderamente enamorado, pero la chica es pobre, no proecde de la familia adecuada y los padres no creen que sea una chica con la que su hijo debe comprometerse. Pero no se lo dicen al estilo de sus abuelos: "¡Ni pensarlo! Esa chica es de una familia con la que no vamos a emparentar!". Sino que su madre dirá, a la moderna: "Es una chica encantadora, pero ya sabes que no tenéis el mismo origen. Para ser felices, las parejas tienen que ser del mismo origen. Pero ya sabes que eres perfectamente libre de casarte o no con ella, eso solo a ti te incumbe. Pero, ¿sabes?, puedes irte un año a París, allí te lo piensas bien y, si a la vuelta sigues queriéndote casar con ella, pues te casas".
Y él acepta. Es ya su segunda derrota, facilitada por la primera y por otras muchas pequelas de la misma especie. Lo han comprado. Ya lo han comprado. Ya se han quebrantado su propia estimación, su orgullo, su dignidad y el sentido de su propia identidad. Y como la oferta se le ha hecho con esa justificación tan tentadora, encubierta en su "perfecta libertad de casasrse y de irse a París"... Pero en el momento de aceptar el billete, ha entregado a la chica sin darse cuenta. Está convencido de que la sigue amando y se casará con ella. De modo que, durante los tres primeros meses le escribe desde París las más maravillosas cartas de amor, pero en su inconsciente sabe que ya no se casará, puesto que aceptó el soborno. (Nota de Rodrigo C.: Esto es lo que se llama "castración", pseudomutualidad, cumplir el deseo del otro: más trágico de lo que pudiera parecer).
Cuando se acepta un soborno, hay que cumplir. Aquí entra un segundo elemento moral, de tener palabra, porque uno no puede aceptar un soborno sin cumplir lo pactado, o es hombre muerto. De modo que Johnny, naturalmente, conoce en París a otras chicas y en un año han pasado muchas cosas, y llega a la conclusión de que, en realidad, no amaba tanto a aquella, se ha enamorado de otras muchas y, al final, con la conciencia tranquila, o no tan tranquila, le escribe diciéndole que ya no la ama. Le resulta fácil, porque, de todos modos, ha ido espaciando sus cartas y el corte no va a ser tan brusco. Puede que ella también se haya dado cuenta y le haya escrito rompiendo las relaciones.
A los 23 años, Johnny ingresa en la Universidad. Se trata de saber qué quiere. Su padre es un abogado conocido, y quiere que su hijo se haga también abogado, por muchas razones evidentes. Sin embargo, lo que al hijo le interesa es en realidad la arquitectura, y le ha interesado desde que era pequeño. Entonces, el padre le pinta el cuadro, ¡vaya!, de que está enfermo del corazón y, por lo que pudiera pasar, debe pensar en su madre. Además, ¡qué desgraciado es, después de todo lo que han hecho por él, y de haberle pagado una estancia de un año en París, que ahora lo abandone, con todas las esperanzas que había puesto en él,  y lo desgraciado que va a ser!, porque, vamos, ¿cuánto va a ganar de arquitecto y qué no ganará en el bufete de su padre, cuando se haga cargo de él? El hijo escenifica una escaramuza de retirada y, al final, cede. Llegados a este punto, el padre quizá le compre un precioso coche deportivo, como se hace a menudo. Lleva trampa, pero no se dice nunca que se trata de un soborno, como tampoco se dice en política. El soborno no se manifiesta en una declaración escrita: "Le entrego cien mil dólares para que vote usted a favor de esta ley". Se entregan los cien mil dólares, quedando entendiendo que el otro entenderá para qué se entregan. Bien, llegados a este punto, el joven ya está perdido. Se ha vendido por completo, ha perdido todo respeto de sí mismo, ha perdido su orgullo, ha perdido todo respeto de sí mismo, ha perdido su integridad, hace una cosa que no le gusta, y así pasará el resto de su vida: seguramente, se casará con una mujer a la que no ame, se aburrirá en su trabajo, se lamentará por haber llegado a tal situación...
¿Cómo ha llegado a esta situación? No por un suceso repentino, sino por una acumulación de sucesos menores, de cometer un error tras otro. Si al principio tenía mucha libertad, ha ido perdiéndola poco a poco, hasta un punto en que no tiene ya casi ninguna en absoluto.
La libertad no es una cosa que tengamos, no existe tal cosa. La libertad es una cualidad de nuestra personalidad: somos más o menos libres de resistir a la coacción, más o menos libres de hacer lo que queremos y de ser nosotros mismos. Y, siempre, la libertad aumenta o disminuye. Podemos decir que, en cierto momento, este joven ha abandonado ya casi toda esperanza, aunque también en ese punto podría ocurrir un suceso inesperado, un suceso extraordinario, que pocas veces ocurre a una persona, y por el que no debemos jugarnos la vida. A la edad de 30 años, a los 40, a los 50, un suceso extraordinario semejante podría producir un cambio total, una conversión, pero esperarlo será en vano, porque es rarísimo.

Erich Fromm: "El Arte de Escuchar". Paidós, 2012, Barcelona. Pp.: 88-93