PEACE

PEACE
Paz y Ciencia
Mostrando entradas con la etiqueta pediatría. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pediatría. Mostrar todas las entradas

martes, 1 de junio de 2021

Winnicott. El brillante pediatra juguetón

 


Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta. Zaragoza Gran Vía y Online. Teléfono: (+34) 653 379 269.                    Instagram: @psicoletrazaragoza.                Website: www.rcordobasanz.es

Winnicott al igual que todos los psicoanalistas teóricos y clínicos, está interesado en conocer los procesos y fenómenos involucrados en la constitución, desarrollo y funcionamiento que ocurren en el aparato psíquico de un individuo, así como también sus posibles patologías (Stutman, 2017).

A lo largo de su carrera, Winnicott desarrolla un pensamiento propio de gran relevancia en el ámbito psicoanalítico, a partir de diversos conceptos provenientes tanto de la influencia kleiniana como de posturas más ortodoxas dentro de la obra psicoanalítica. Concuerda con que gran parte de los trastornos psicoemocionales de los niños encontraban su origen en la primera infancia. No obstante, su explicación acerca de la causa de estos trastornos no la localizó en el complejo de edipo; su explicación al respecto se basa en las experiencias vinculares de los primeros meses de vida (Naxete, 2017).

Uno de los grandes aportes de Winnicott es profundizar en el conocimiento sobre el desarrollo psíquico del bebé. Su teoría queda expuesta en su publicación de 1945, “Desarrollo emocional primitivo”.

Su obra se centra en la relación diádica madre-hijo, considerando al padre un sostén para el mantenimiento del núcleo familiar. La madre es una figura fundamental en el desarrollo psicológico del menor, siendo la conducta emocional de ésta la que va a determinar si el el bebé puede alcanzar su verdadero self al servirle de yo auxiliar (Castillero, 2017).

“no existe bebe sin su madre”

Su teoría contempla varios aspectos:

a. No-integración y dependencia absoluta

Esta emocionalidad primitiva correspondería al estado del niño al nacer, encontrándose en un estado de no integración y de dependencia absoluta con la madre o figura sustituta, de quien requiere sus cuidados para sobrevivir. Winnicott explica que el individuo al nacer se encuentra en una relación de dependencia absoluta con su madre y en la medida que va creciendo se dirigirá hacia una forma de ser personal con características únicas. Esto último ocurrirá en la medida que la madre-ambiente lo facilite y lo haga posible (ambiente facilitador).

b. “Madre suficientemente buena”

Continuando con su teoría del desarrollo, Winnicott reflexiona acerca de lo fundamental de la existencia de un ambiente facilitador y de una madre suficientemente buena. Serían estos dos conceptos cruciales al intentar explicar los requisitos necesarios para que el bebé se desarrolle saludablemente. Lo suficientemente buena implica fallos y pequeños lapsos de ausencia inevitables en un comienzo, que frustrarán mínimamente al bebé, pero que contribuirán a su desarrollo psíquico. Las ausencias muy breves (no poder recurrir automáticamente a la satisfacción inmediata del bebé) o los fallos pequeños (no siempre conocer la razón del llanto o demanda de su hijo) progresivamente permitirán que se incorpore la continuidad existencial del objeto y del sí mismo, es decir, poco a poco el bebé logra tolerar estos fallos y ausencias sin la sensación de desgarramiento inicial, pues va incorporando el hecho de que la madre siempre estará y él no se desintegrará ante la frustración (Naxete, 2017).

La ruptura o interrupción de la continuidad existencial puede conllevar grave psicopatología en el futuro, por lo que el exceso de frustración (falla o ausencia exagerada de la madre) resulta nocivo para la continuidad indemne del desarrollo. En otras palabras, es la madre la que otorga la continuidad del existir, de lo contrario surge una angustia insoportable, una angustia de carácter psicótica. Son las defensas a esta angustia lo que da lugar a distintas patologías, impidiendo el gradual aumento de la integración del sujeto, la que como ya dijimos surge desde el estado de dependencia absoluta, si la madre-ambiente así lo permite.

c. Funciones maternales

Holding y Handling

Otro aspecto que toma muy en cuenta es el holding o conducta de sostenimiento de la madre hacia el bebé, que permite que este adquiera seguridad y que se siente amado permitiendo que integre la representación de sí mismo y de los demás (Castillero, 2017).

En la medida que esto ocurre, el psiquismo del bebé va alcanzando mayores niveles de integración y personalización. En la medida que transcurre el tiempo y se van dando los requisitos mencionados, el bebé va percibiéndose como una unidad cada vez más diferenciada de la madre, comprendiendo además que su cuerpo le pertenece, lo cual implica la integración además de su propio esquema corporal, reconociendo que hay sensaciones que son sólo de él. Para esto último, es esencial el handling de la madre, es decir la manipulación que hace del cuerpo de su bebé al bañarlo, cambiarlo, vestirlo, entre otros lo cual responde a la correspondencia entre fantasía y realidad, en la medida que la madre pueda adaptarse a las necesidades bio-emocionales del bebé. Poco a poco devendrá la desadaptación gradual que permitirá el ingreso del principio de realidad al psiquismo del bebé (Naxete, 2017).

Presentación objetal

Es el modo de presentación del objeto, accesibilidad, disponibilidad, posibilidades de manipulación y utilización, que determinan cómo se le presenta la realidad al bebé (Riveros, 2013):

· El bebé (siempre posibilitado por la madre) comienza a relacionarse con el mundo a través de determinados objetos.

· La madre provee al bebé los elementos de la realidad con qué construir la imagen psíquica del mundo externo (juguetes y objetos de apego).

d. Ilusión de Omnipotencia

Una vez que se dan las variables anteriores y el niño logra la integración del sí mismo y se apropia paulatinamente de su esquema corporal, desarrolla una ilusión de omnipotencia. El niño por tanto fantasea con que él es capaz de crear a los objetos que lo satisfacen. En este proceso necesario marcado por la ilusión de omnipotencia, el bebé cree que la madre siempre estará o aparecerá cuando él lo necesite. Esto último también es fundamental para el desarrollo de un psiquismo sano, es decir, el bebé debe estar en una posición de satisfacción tal, que le permita fantasear con su omnipotencia en relación a los objetos.

Será por tanto esta ilusión de omnipotencia la que creará el objeto (pecho-madre que aún no están diferenciados de la unidad psique-soma del bebé) al que luego con el tiempo y la personalización podrá amar como objeto diferenciado. Lo cual compete a la fantasía y realidad, en la medida que la madre pueda adaptarse a las necesidades bio-emocionales del bebé, poco a poco devendrá la desadaptación gradual que permitirá el ingreso del principio de realidad al psiquismo del bebé.

Fases del desarrollo psíquico

Winnicott establece que a lo largo del desarrollo el ser humano pasa por diferentes fases, existe en un primer momento una dependencia absoluta del bebé hacia los progenitores en la que no es capaz de contener la angustia, para a partir de los seis meses empezar a ser consciente de la necesidad de éstos y sus cuidados y a expresar su necesidad, hasta que finalmente se va avanzando hacia una independencia cada vez mayor (Castillero, 2017).

viernes, 28 de mayo de 2021

Ripesi: sobre el narcisismo primario

 Artículo externo de mi querido Ripesi.

(Sobre el Narcisismo primario)

05/01/2005- Por Daniel Ripesi 


 

(reflexiones sobre el narcisismo primario a partir de la lectura del texto “Matan a un niño”, de Serge leclaire[1])

 

 

I. ¿”Deseo” o “dolor” inconsciente de una madre?

 

El niño en nosotros”, tal es la expresión que Serge Leclaire emplea para designar la permanencia en cada uno de nosotros de esa presencia  omnipotente, henchida de plenitud y goce absolutos, que supone el narcisismo infantil[2]. No se trata exactamente de ese sujeto caprichoso que a veces somos cuando nos sentimos contrariados, tampoco de ese ser recóndito que se abstrae y repliega[3] en el curso de una reunión social, tampoco de ese otro que vacila aterrorizado frente a ciertas circunstancias, aunque lo disimule con una resolución que sólo convence a los demás, ni es tampoco ese atolondrado, un poco travieso, que algunas veces se usa para seducir o forzar una consideración especial de los demás en momentos difíciles...  No, todas estas manifestaciones son evidencias meramente secundarias de un “niño maravilloso” que se atesora como una figuración primordialmente reprimida. “El niño en nosotros” no resulta ser otra cosa que “el representante inconsciente de la fantasía de la madre, cualquiera que sea su especificación figurada o significante, -que- será catectizada por el sujeto en su inconsciente como representante privilegiado, el más íntimo, el más extraño e inquietante de todos”. “Íntimo y extraño” al mismo tiempo, estamos al borde de lo siniestro –con Freud- o en el reino de la paradoja –con Winnicott-. Un fantasma materno, pero no cualquier fantasía inconsciente de la madre, sino una primordial también en ella, una en la que se condensa todo aquello que su hijo ha venido a coronar como realización de su propio narcisismo. Ese representante primordial es núcleo de significación que condena y sujeta a un destino distinto y ajeno al que podría elaborar el propio niño. Ordenador de un mundo y un destino que ordena la madre (“¡Quédate toda la vida conmigo que sufro de tanta soledad!”, “¡Mátate, que necesito sufrir tu pérdida!”, “¡Asesina a tu hermana, que no sé ser madre de una niña!”, etc.) Leclaire señala de entrada[4] una paradoja: es necesario “matar a ese niño” para que cada cual asuma su propio deseo, su propio impulso de vida, para poder personalizar entonces un destino que, de lo contrario, quedaría ineluctablemente marcado y enajenado en las fortísimas expectativas inconscientes de la madre, pero -y he aquí la paradoja-, renunciar a esa imagen es morir, “no tener razón alguna para vivir”. Hasta aquí, “el niño en nosotros” es cierta forma mortífera -respecto del propio deseo- de la “madre en nosotros”, porque ella nos habitaría con un deseo tiránico y excluyente. ¿Habrá otras formas de albergar una madre?.

 

Recuerdo aquel pequeño del que Winnicott nos habla en un artículo de 1948[5], uno que se adelanta a su madre en cierta consulta pediátrica para llegar corriendo hasta su encuentro y declararle: “Dr. por favor, ayúdeme,  mi mamá se queja de un dolor en mi panza”. Winnicott desarrolla a partir de esta anécdota la necesidad de que el niño pueda apartarse del dolor materno para hacerse cargo del propio, e iniciar así, y de una vez por todas, su propia vida. Parece ser que para unos es “en el deseo” lo que para otros sucede con relación “al dolor”, nos referimos a la posibilidad de establecer una posición subjetiva que esté a cierta distancia de la gravitación enajenante de los padres. En el primer caso (desarrollos de Leclaire), el sujeto podría quedar atrapado en el deseo-angustia de la madre, y hacerse objeto de su satisfacción narcisista (para que ésta no sufra); en el otro (desarrollos de la llamada escuela inglesa) es la propia responsabilidad culpógena del hijo la que fija una posición subjetiva –desde el vamos en el niño- desde donde se intenta reparar un dolor-daño provocado (pulsiones sádico-orales) al –en este caso- objeto madre. Pero, en el ejemplo propuesto por Winnicott, vemos cómo éste da un paso más en este sucinto esquema kleiniano “culpa-reparación”. Efectivamente no hay para Winnicott sujeto psíquico de entrada en el infans que se haga responsable de haber agredido y dañado (fantasmáticamente) a la madre, sino que el infans es objeto de un dolor que la madre le transfiere (desde las contingencias de su propia historia): el trabajo del infans para subjetivizarse será entonces “pasar de un dolor ajeno a un deseo propio”, momento crítico de su subjetivación siempre conflictivo y paradójico. Y es que, con M.Klein, no estamos nunca en el plano del narcisismo como momento crucial en la constitución subjetiva de un ser humano, con ella estamos desde el principio en el esquema temprano de las relaciones de objeto. En ese contexto, el infans tiene posición subjetiva tomada (“posición”esquizoparanoide –primero-, “posición” depresiva –después-) frente al objeto (parcial) madre. Con Winnicott, en cambio, recuperamos ese momento constitutivo y estructurante en el desarrollo de un sujeto: el narcisismo; paso necesario para el “desarrollo del yo”, como dice Freud.

Para Melanie, en cambio, el yo del infans tiene bastante madurez inicial, es un punto dado de partida. Con Winnicott y Freud acordamos la necesidad de “un nuevo acto psíquico” para forjar una futura posición subjetiva. Pero, entonces, ¿qué gravita más como antecedente para la constitución subjetiva en el momento del narcisismo primario?: ¿la experiencia autoerótica que lo prepara, con su economía gozosa y anárquica, o el deseo concluyente y “organizado” de la madre en términos de prolongación y realización de su propio narcisismo? Finalmente, ¿es legítimo poner en oposición estos dos acontecimientos?

 

Curiosidad a destacar: Winnicott no acuerda con las relaciones de objeto tempranas en la vida del infans (que sería, en consecuencia, suficientemente maduro desde el vamos) tal como lo piensa Melanie. Winnicott acepta, en cambio, con todo su valor teórico al concepto de narcisismo, sin embargo, M.Klein acepta hasta sus últimas consecuencias el segundo dualismo pulsional freudiano que propone la pulsión de muerte y Winnicott no... ¿Será verdaderamente así que hay que leerlos? Pienso que si tiene algún sentido la expresión “leer a la letra”, no será sólo para exigirnos comprender adecuadamente lo que dicen, más allá de las propias expectativas y prejuicios, sino, también, para leer lo que  dicen “a pesar de ellos mismos”, y en este sentido, quizás sean más contradictorios de lo que parecen a primera vista, afortunadamente contradictorios. En este sentido todavía hay mucho que “leer” en Winnicott, Melanie, Lacan y, probablemente, en Freud.

 

II. El niño extraño y ajeno que somos

 

Volvamos al principio. Si tomamos en cuenta lo que Freud formula en estos términos:  “(el hijo) realizará los sueños de deseo que los padres no han podido cumplir (...) El amor de los padres, tan conmovedor y, en el fondo, tan infantil, no es otra cosa que su narcisismo redivivo… [6].” Ese extraño, inoculado en el infans, como compensación de las propias frustraciones infantiles parentales, empieza resultarnos familiar pues terminamos por identificarnos con él: es el objeto idealizado por los padres que hace del infans “his majesty the baby”. Sin embargo, esa potestad tiránica conferida desde  la pareja parental y asumida como un hecho por el infans, deberá ser pagada por éste trabajando para un dolor ajeno.  Es el dolor[7] del narcisismo frustrado de los padres lo que el niño  deberá subsanar para empezar a realizar sus propios anhelos. Narcisismo frustrado de los padres, transferencia de deudas al niño, fantasma de un negativo: “lo que no se pudo ser”.

 

Evoco ahora otra anécdota: la maestra jardinera (Mahia) de mi hijita Chiara se había accidentado, se había caído desde considerable altura y se había lastimado muy seriamente una pierna, de modo que tuvo que dejar de ir al jardín por algún tiempo, y los niños tuvieron que dejar de verla de un día para el otro. Durante ese período en que su maestra se había ausentado,  Chiarita –que en ese momento tenía 2 añitos y un par de meses- cierto día, mientras estaba en casa, dejó de jugar un momento y comentó -muy consternada-: “Me duele la pierna de Mahia”. Aquí, la niña se había apropiado de un dolor ajeno para poder soportar su ausencia, se hacía compañía con ella padeciéndola en su propia pierna. Con mi ejemplo -y el de Winnicott- estamos en el plano de las identificaciones. Pero mientras que en un caso, la identificación es con un factor externo –dolor- incrustado por la madre en el niño (producto de una identificación proyectiva de ésta), en el otro caso, la identificación es producto de una apropiación activa por parte del niño en su afán de atenuar el dolor íntimo de una pérdida (identificación en ciertos procesos de duelo). Ahora bien, ¿qué tipo de operación se juega en la identificación primaria que compromete el narcisismo? Una identificación donde se intenta sellar una unión primitiva[8] con el objeto. Sin embargo, toda identificación debe implicar un elemento común entre los polos de la identificación, se trata de un elemento inconsciente: un fantasma. El sustrato de tales identificaciones narcisistas tiene como sustancia para S. Leclaire, como ya lo enunciáramos en las primeras líneas, la representación inconsciente del deseo de la madre. “(...) Lo que se debe matar es una representación que preside, cual astro, el destino del niño de carne. (...) el sujeto inconsciente –del niño-, o sea, sus propios representantes inconscientes, se constituirán ineluctablemente, y en su mayor parte, con referencia a la representación inconsciente de su madre”. Bien, ese “representante narcisista primario”, que tiene la forma de “un niño maravilloso” y que persiste en nuestro inconsciente, y que se instala como organizador del deseo inconsciente del sujeto, es el fantasma materno: el niño maravilloso es el revestimiento fálico del infans que conforma tanto a la madre como al hijo. “Dos son uno”: ¿cuál resignó más? Surgen acá algunas consideraciones: no toda madre instala desde sus representantes inconscientes un “niño maravilloso” en su hijo, puede que éste sea para ella “un niño siniestro”, pero esta diferencia poco importa: el sujeto deberá igualmente matar a ese niño (que conserva en él) para vivir su propia vida: “Este representante inconsciente privilegiado es lo que designo como representante narcisista primario. El niño que se debe matar, glorificar, el niño omnipotente, el niño terrorífico, es la representación del representante narcisista primario. Parte maldita y universalmente compartida de la herencia de cada uno: el objeto del asesinato necesario e imposible”.  (Subrayado mío para destacar una vez más la paradoja que implica la relación del sujeto con este representante).

 

II. No lo maten demasiado

 

Ahora bien, ¿sólo cuenta en la constitución subjetiva del niño el fantasma narcisista materno proyectado en el infans? ¿El infans mismo no tiene nada que aportar en su desarrollo narcisista? Para M. Masud Khan “la madre es capaz de atender, tanto imaginativa como afectivamente, los primeros gestos creativos del bebé, lo cual constituirá la base de la verdadera confianza del niño en su sentimiento del self en proceso de evolución y cristalización[9]. De modo que el infans tiene algún aporte personal que hacer, no marcado –pero si atendido- desde el fantasma materno: se trata de la expresión potencial natural de sus fuerzas libidinales, sumadas a las fuerzas agresivas, imaginativas y afectivas, que operan el psique-soma del bebé. Basado en la experiencia clínica que le aportó el tratamiento de pacientes perversos, Khan comenta que, en el contexto de un padre que registra sin valor significativo al infans, éste a menudo terminaba recibiendo cuidados más o menos mecanizados –impersonales- por parte de la madre. Digamos que la madre trataba a este hijo como “cosa creada por ella”, sin que ella pueda considerar el aporte señalado más arriba como absolutamente personal del niño. Así obliga al infans a disociar ese aspecto más comprometido con su intimidad para reconocerse únicamente en la creación que la madre ha hecho de él. Es un proceso de “idolización” del infans según la expresión de Khan (para distinguirlo del proceso de idealización materno que implica su “ensoñación”). Aquí, con la idolización, “lo que la madre catextiza e  inviste es, a la vez, algo muy especial en él y, sin embargo, no es él como persona total. El niño aprende a tolerar esa disociación (...)  internaliza ese self idolizado que es “la cosa creada por la madre” (...) En tanto se encuentran asombrosamente empáticos con los estados anímicos de su madre, parecen renunciar prematuramente a ofrecer algo como aportación propia”. La madre deberá dispensar una libidinización del infans a desmedro de su propio narcisismo –y no a favor del mismo-. Quiere decir que “algo” en el infans debe “rebelarse” a las expectativas fálicas que se depositan en él y lo enajenan de su deseo personal. Efectivamente, el grito del infans limita toda omnipotencia materna. Pero, si algún sentido tiene para el sujeto “matar al niño” será porque hay algo que recuperar en la propia intimidad.

 

De todos modos, se lo considere como se lo considere, hay algo que resulta claro e indiscutido: ese “niño idealizado” –ya sea negativa o positivamente-, siempre superará al niño real. Dicho de otro modo, el niño siempre estará deudor de la expectativa inconsciente que sobre él se proyecta. Podrá intentar “pagar esa deuda”, podrá inscribirla en identificaciones primarias o secundarias, podrá actuarlas compulsivamente (¿podría  con este último recurso, matar(se) realmente al deudor?), En fin, las alternativas pueden ser diversas, pero lo que no podrá hacer es desconocerla. También puede suceder que la deuda sea insaldable, M. Mannoni, lo trabaja extensamente en  “El niño retardado y su madre” (Ed. Paidos, 1982), -por citar sólo un pasaje-“la llegada de un niño va a ocupar un lugar entre los sueños perdidos: un sueño encargado de llenar lo que quedó vacío en su propio pasado, una imagen fantasmática que se superpone a la persona “real” del niño. Este niño soñado tiene por misión restablecer, repara aquello que en la historia de la madre fue juzgado deficiente, sufrido como carencia, o prolongar aquello a lo que ella debió renunciar (hasta aquí lo que Freud mismo supone para un destino normal) pero (...) la irrupción de una imagen del cuerpo enfermo va a causar en la madre un shok: en el instante en que, en el plano fantasmático, un vacío era llenado por un niño imaginario, surge el ser real que, por su enfermedad, no solo va despertar los traumas y las insatisfaciones anteriores, sino que impedirá más adelante en el plano simbólico, que la madre pueda resolver su propio problema de castración” Al revés, si el hijo está realmente a la altura de las expectativas inconscientes de su madre (la madre puede fantasear durante su embarazo, como en general sucede, con la concepción de un monstruo, ocurriendo, como en los casos que comenta Mannoni, que realmente sucede así), es decir, si no hay deuda alguna con las expectativas  inconscientes maternas, las cosas pueden resultar mucho peor: con una deuda desmesurada o con una deuda inexistente, no habrá casi nada que pueda inscribir al niño en el triángulo edípico, sin deuda estará “fuera de la ley”.

 

De todos modos, como lo dice Leclaire “ni el poder del niño, ni la belleza de la mujer, ni el desafío presuntuoso del pene erecto del hombre bastan para representarlo (al falo) si cada uno de ellos brilla de verdad es porque su florecimiento se enraíza directamente en el orden del inconsciente, porque encierra, en su gloria expuesta, la marca inmediata de la cifra que ninguna escritura puede trazar sin alterarla[10]. El niño maravilloso en nosotros, con la deuda que nos impone (porque es realmente  difícil estar a la altura de su brillo fálico) está para recordarnos, en la experiencia cotidiana de nosotros mismos y de los demás... la castración! No lo matemos, entonces, tan rápido... 

 

III. Hacer hablar al infans

 

Era una fórmula común decir que, para asumir una posición adulta y madura, era necesario “matar a los padres”, lo que Leclaire pone de relieve es que dicha tarea va de la mano de “matar al niño” que ellos delegaron en nosotros como su propio ideal narcisista incumplido. Y, en el curso de un análisis, ese niño “íntimo y extraño”, justamente, como el infans: no habla. De modo que, empezar a hablar es, de algún modo acosarlo o ponerlo en agonía. Una evidencia posible de esa agonía del narcisismo es el sentimiento incómodo, cada vez que hablamos, de tener que hacer un duelo respecto “de lo que queríamos o pretendíamos decir”, nuestra palabra falla una y otra vez respecto de un presunto pensamiento previo e idealmente perfecto. En silencio las palabras acuden y atrapan la cosa-pensamiento, pero abrimos la boca y comienzan los problemas, las palabras ya no acuden tan fácilmente a la cita. Ese silencio anterior a la palabra es un narcisismo que el discurso oral violenta, un precio necesario que la palabra paga por su vocación de diálogo. “Matan a un niño” sólo aparece como fantasía, es decir –según aclara Leclaire-, como estructura del deseo, en el transcurso del trabajo analítico..[11] Contrariamente, se podría pensar que en cada silencio, en el ritmo y la cadencia del discurso, más que la palabra pronunciada, sobrevive el niño más personal que somos, indecible y no enajenable en deseo ajeno alguno. Volvamos a la pluma elegante de Leclaire: "El niño maravilloso es una representación inconsciente primordial en la que se anudan, con mayor densidad que en cualquier otra, los anhelos, nostalgias y esperanzas de cada cual. En la transparente realidad del niño, muestra, casi sin velos, lo real de nuestros deseos. Nos fascina y no podemos ni apartarnos de ella ni asirla. Renunciar a ella es morir, no tener ya razón alguna para vivir; pero fingir estar contenido en ella es condenarse a no vivir en absoluto. Para cada uno hay siempre un niño al que hay que matar, el duelo que se debe hacer y rehacer continuamente de una representación de plenitud, de goce inmóvil, una luz que se debe enceguecer para que no pueda brillar y extinguirse sobre un fondo de noche.

En el narcisismo parental traspuesto a cuenta del niño, en rigor, van las deudas no saldadas por ellos en sus historias personales (“Dr. mi madre se queja de un dolor en mí”). Dichas deudas son, también, un compromiso filiatorio: “hay que continuar una estirpe, prolongar una tradición, etc.” ¿Quién no necesita de ese soporte para empezar a ser y hacer?  Expectativas que son un poco condena y un poco orientación para seguir, en lo posible, con el propio estilo (y retrasmitir –a su turno- a los propios hijos, una deuda algo distinta a la que se recibió)

Finalmente, dice Leclaire: “No queremos decir  en absoluto que un discernimiento tal de representantes inconscientes borre su marca determinante: un discernimiento acertado se distingue, en realidad, por una organización diferente de sus efectosMatar al niño: ponerle nombre propio, lo cual no es poco.

 

 

Correo electrónico: paularot@datamarkets.com.ar

 

 

 



[1] “Matan a un niño”, S. Leclaire, Ed. Amorrortu, 1977, Bs. AsMatan a un niño”, S. Leclaire, Ed. Amorrortu, 1977, Bs. As

[2] Tema desarrollado en “Matan a un niño”, S. Leclaire, Ed. Amorrortu, 1977, Bs. As. Todas las citas de este artículo –cuando no se especifique de otro modo- pertenecen a este texto

[3] Para no empobrecerse libidinalmente.

[4] Ob. Cit.

[5] Reparación con respecto a la organización antidepresiva de la madre, en Escritos de pediatría y psicoanálisis, Ed. Laia, 1979, Barcelona

[6]En Introducción del narcisismo.

[7] El dolor “de haber sido y ya no ser” como dice el tango, o de “no haber sido”,  a secas; en todo caso, siempre dolor narcisista.

[8] Sobre el modelo de un lazo afectivo oral.

[9] M.Masud Khan, Alienación en las perversiones, Ed Nueva Visión, Argentina, 1987 (Cap. La reparación al self como objeto interno idolizado) Subrayado mío.

[10] Obra Cit.

[11] Hoy se podría distinguir como “Fantasma” de sus retoños que llegan como fantasías a los estratos superiores de la vida anímica, o, como lo distingue Miller, en su valoración clínica, fantasma y síntomas.

miércoles, 24 de marzo de 2021

Françoise Dolto

 

FRANÇOISE DOLTO

“Psicoanálisis y pediatría”,  “Sexualidad femenina”, “La imagen inconsciente del cuerpo”, “Las etapas principales de la infancia” y “La dificultad de vivir” son algunos de los libros fundamentales de la que probablemente fue la psicoanalista más conocida de Francia por impulsar y tratar estos temas.

Esta pediatra y psicoanalista vivió entre 1908 y 1988, y justamente desarrolló una importantísima labor haciendo confluir sus dos especialidades: la infancia y el análisis. No solo fundó, junto con Jacques Lacan, la Escuela Freudiana de París, y la Sociedad Francesa de Psicoanálisis, sino que fue hija, esposa y madre de reconocidas personalidades en los ámbitos de la política, las terapias, la música y también del psicoanálisis.

Dolto alcanzó una visión propia que reconduciría la terapia con y para niños. En concreto, apostó porque el individuo comenzara a psicoanalizarse en su niñez, ya que la infancia es definitoria en el desarrollo de una persona. La gran baza del psicoanálisis infantil, según esta especialista, es poder hablar e interpretar al niño usando su propio lenguaje; incluso, plantea que existe un lenguaje anterior al verbal, que es el corporal, y que la expresión del cuerpo de un menor ofrece significados de sus deseos y miedos.

Asociada a esta tesis y como feminista activa, formuló también la de la influencia de la imagen corporal inconsciente para la autoestima y, sobre todo, en una sexualidad femenina saludable.

Françoise Dolto fue la primera en analizar la actitud de los más pequeños y de los adolescentes frente al divorcio de sus progenitores y las relaciones entre padres e hijos como base para la construcción del individuo. Hoy, sus teorías se siguen en terapias diversas para ayudar a padres e hijos a comunicarse y a comprenderse, además de para favorecer la liberación de la mujer de roles del pasado. A continuación, algunas de sus ideas:

 

En un mundo de superávit, gran cantidad de bienes materiales mal distribuidos, la única propiedad propia es precisamente el amor entre los seres humanos.

 

El miedo a la muerte es en última instancia el miedo de vivir.

 

Se necesita una gran madurez para poder ser padre [madre], porque se trata de ser consciente de que esto no es una posición de poder, sino una posición de tener, y no tenemos derecho a esperar intercambio.

 

Poner en palabras lo que sentimos, tanto en la sensibilidad como en el odio, eso es humano.

 

Cada grupo humano tiene su riqueza en la comunicación, el apoyo mutuo y la solidaridad por un objetivo común: el desarrollo de cada uno en el respeto a las diferencias.

 

Los niños son los síntomas de los padres.

 

Solo unos pocos individuos que, en su historia, consiguen no dejar morir al niño en ellos, logran crear algo y hacer avanzar las cosas por saltos, descubrimientos, emociones que aportan a la sociedad, abriendo nuevas puertas, nuevas ventanas.

 

Un bebé cuya familia lamenta que sea como es, que se parezca a aquel otro, que tenga una nariz así o asá, y llega hasta lamentar el sexo que tiene o el color de su cabello, corre el riesgo de quedar marcado para toda la vida, mientras la gente piensa que no comprende nada.

 

Para comprender adecuadamente qué es la inopia, la debilidad de la adolescencia, tomemos la imagen de los bogavantes y langostas que pierden su concha: se ocultan bajo las rocas en ese momento, mientras segregan su nueva concha para adquirir defensas. Pero, si mientras son vulnerables reciben golpes, quedan heridos para siempre; su caparazón recubrirá las heridas y las cicatrices, pero no las borrará.

viernes, 8 de enero de 2021

Donald Winnicott: El Pediatra Psicoanalista


CONOCIENDO A D.WINNICOTT (EL PEDIATRA PSICOANALISTA)

 

D.WINNICOTT (EL PEDIATRA PSICOANALISTA)




Donald Woods Winnicott fue un pediatra, psiquiatra y psicoanalista inglés. 
Nacimiento: 7 de abril de 1896, Plymouth, Reino Unido
Fallecimiento: 25 de enero de 1971, Londres, Reino Unido
Nombre en inglés: Donald Winnicott
Cónyuge: Clare Winnicott (m. 1951–1971), Alice Buxton Winnicott (m. 1923–1951)
Educación: Jesus College, Cambridge University


Donald Winnicott


Conceptos centrales en Winnicott

Verdadero y Falso Self

   Winnicott usa el término 'self' para describir tanto el 'yo' como el 'self-como-objeto', y lo hace como una organización psicosomática que emerge desde un estado arcaico no-integrado en etapas graduales.

Verdadero self: Solamente el verdadero self puede ser creativo y solamente él puede sentirse real. Muy cerca de la idea de Ello propuesta por Sigmund Freud, y originado en el funcionamiento de lo somático, para Winnicott el verdadero self es el corazón instintivo de la personalidad, la capacidad de cada niño para reconocer y representar sus necesidades genuinas con expresión propia. Aparece espontáneamente en cada persona y se relaciona con el sentido de integridad y de continuidad. Este espontáneo self y su experiencia de sentirse vivo es el núcleo de la autenticidad.

   El verdadero self arcaico irá evolucionando hacia la gestación de un mundo interno original y personal, y ello será así si la satisfacción de las necesidades no obstaculiza la continuidad de la existencia. Cuando el niño expresa su gesto espontáneo es indicación de la existencia de un potencial verdadero self: éste comenzará a tener vida a través de la fuerza transmitida al débil yo del infante por la madre receptiva. Este proceso de desarrollo depende de la actitud y del comportamiento de la madre: la madre suficientemente buena es repetidamente receptiva a la ilusión de omnipotencia de su pequeño y hasta cierto punto la entiende, le da un sentido. Esta aceptación repetida supondrá para el pequeño una ilusión de verdad, con lo que el verdadero self se va consolidando. El verdadero self solamente florecerá en respuesta al repetido éxito de la complicidad de la madre ante el gesto espontáneo del niño, de este modo el niño irá creyendo en esa realidad externa que no parece entrar en competencia con su omnipotencia.

Falso self:  Es una estructura de defensa que asume prematuramente las funciones maternas de cuidado y protección, de modo que el pequeño se adapta al medio a la par que protege a su verdadero self, la fuente de sus impulsos más personales, de supuestas amenazas, heridas o incluso de la destrucción.

   Si la madre no es suficientemente buena y no es capaz de sentir y responder suficientemente bien a las necesidades del pequeño, sustituirá el gesto espontáneo de aquel por una conformidad forzada con su propio gesto materno, de ese modo esta repetida conformidad llega a ser la base del más temprano modo de falso self.

    En la base de esta temprana, y en cierto modo fallida, relación con la madre está la incapacidad de ésta para sintonizar, para entrar en resonancia, para afinar con lo más genuino de su pequeño. El complaciente falso self reacciona a las demandas del entorno y el pequeño parece acatarlas. Mediante este proceso se irá construyendo un conjunto de falsas relaciones, y a través de repetidas introyecciones incluso alcanzará a mostrarse como algo real, por ello el niño puede querer crecer para ser como la madre, la niñera, la tía, el hermano o quienquiera que domine la escena.

   El falso self es una máscara de la falsa persona que constantemente intenta conseguir anticiparse a la demanda del otro, para mantener la relación: se está empleando cada vez que se ha de cumplir con normas exteriores, como ser educado o seguir códigos sociales. Todo ello es un proceso inconsciente y el falso self llega a ser confundido con el verdadero por los otros, incluso por el 'yo'. Bajo la apariencia de éxito, de triunfo social, podrán aparecer sentimientos de irrealidad, sensaciones de no estar realmente vivo, de infelicidad, de no existir realmente.

   Para Winnicott, en cada persona habría un falso y un verdadero self, y su organización puede ser entendida como una serie complementaria más desde el saludable hasta el patológico falso self: en el primer caso los aspectos socialmente indispensables, en el último la enfermedad.

   El verdadero self, que en la salud expresa la autenticidad y la vitalidad de la persona, estará siempre en parte, o en su totalidad, oculto. Mientras que el verdadero self hace sentirse real, el falso self tiñe la existencia de un sentimiento de irrealidad, de futilidad. Si se percibe funcionante, tanto la persona como la sociedad, consideran el falso self como saludable: el 'saludable' falso self puede hacer sentir que es aún más verdadero que el verdadero self.

   La temprana interrupción de la experiencia de omnipotencia infantil perjudica el desarrollo de la capacidad de simbolización, por el bloqueo de la formación de símbolos. El pequeño se ve abocado a la sumisión, a la imposición aplastante de una realidad que no deja hueco a la ilusión, y de este modo se compromete o desaparece la creatividad. Cada individuo necesitará ciertas relaciones o actividades con las que conectar con su propio mundo interno, con su espontaneidad y creatividad propias, sin la exigencia de estar integrado.

   Se podría entender el estrés desde estas premisas como la permanente vigencia de los repetidos y agotadores estímulos externos, y la consecuente incapacidad de conexión consigo mismo.

   En caso de gran separación entre verdadero y falso self, lo que hace desaparecer por completo al verdadero self, suele advertirse una pobre capacidad para la simbolización y una vida culturalmente muy empobrecida. Así ocurre en algunas personas extremadamente inquietas o impacientes, con poca capacidad de concentración y gran necesidad de reaccionar a las demandas de la realidad externa, al tiempo que sintiendo malestar consigo mismas.

14 títulos para "Donald W Winnicott"

Escritos de pediatría y psicoanálisis

Winnicott, Donald W.

El presente volumen ofrece algunas de las más importantes contribuciones científicas realizadas por el doctor Winnicott en su ámbito de estudio. De hecho, la consideración de su obra va creciendo día a día, y cada vez se reconoce más su valor no sólo entre los psicoanalistas, sino también entre los psicólogos y psiquiatras generales.













LA TEORÍA DE LA AGRESIVIDAD EN WINNICOTT
La teoría de la agresividad en Winnicott. Su inscripción en el desarrollo emocional temprano.
Sólo si sabemos que el niño desea derribar la torre de ladrillos,
le resulta valioso comprobar que puede construirla.
D. W. Winnicott. La agresión (1939)

   El psicoanálisis ha hecho aportaciones importantes al estudio de la agresividad humana, si bien sus autores mantienen criterios divergentes y en ocasiones contrapuestos. Entre la variedad de tendencias destacan los estudios realizados por la escuela inglesa de psicoanálisis y, por ende, la aportación de Donald Winnicott, una de las voces más singulares del siglo XX. Lo importante en Winnicott, respecto de la agresión, es tanto lo que niega como lo que afirma: niega la pulsión de muerte formulada por Freud y la envidia de Klein, y afirma que el impulso destructivo (potencial) crea la exterioridad al sobrevivir el objeto. En consecuencia, destaca el «valor positivo» de la agresión. En su modelo teórico concibe una agresividad primaria al servicio de la creatividad, de la vida, esto es, del gesto espontáneo del individuo.

   La teoría de Winnicott sobre la agresividad –que considera que la agresión primaria es necesaria, pero que su temprana represión la transforma en agresión reactiva– es central en su obra en tanto que recorre varios ejes de su estudio sobre la naturaleza humana: el desarrollo emocional del bebé, la tendencia antisocial y la clínica de niños y adultos. Su concepción, original y plena de matices, es sustancialmente diferente a la de su coetáneos. Y su enseñanza trasciende el campo del psicoanálisis, impregnando a otras disciplinas y con alcance a padres y educadores. La singularidad del pensamiento de Winnicott radica en el valor positivo de la agresión, entendida como entidad potencial y/o fuerza vital, en tanto que impulsa la creatividad, el conocimiento y el aprendizaje, y su importancia en la estructuración del psiquismo, como articulador esencial de la subjetivación del individuo.

   En tanto que la concepción de Winnicott sobre la agresividad no sigue un desarrollo lineal, ni un orden cronológico, su aportación ha sido desatendida, mal interpretada o ignorada, lo que ha determinado más confusión que entendimiento sobre su obra en general y sobre este asunto en particular. Por esta razón, este texto trata de dar cuenta de la secuencia de su pensamiento, mostrando su teoría de la agresividad de la forma más acorde con su concepción general del psiquismo humano, y destacando su aportación específica sobre este asunto. Solidario con lo anterior, el objetivo de este texto es el de un simple señalador de caminos, puesto que no pretende contravenir su écriture –asistemática por su naturaleza creativa– en un orden rígido y/o esquematizado, ni distorsionar su riqueza de matices, dejándola siempre librada al albur de quien quiere explorar por su cuenta los dédalos de su proceso creativo.

El valor positivo de la agresión

   El 6 de julio de 1948, Donald Winnicott envía una carta a Anna Freud sobre la presentación que debe hacer sobre la agresividad en el Congreso de Salud Mental. En la misiva le comunica su preocupación porque no quede bien reflejada la aportación de los psicoanalistas británicos, a la vez que le manifiesta su sorpresa de que le pida un resumen de sus ideas tras haberle enviado su artículo sobre «La agresión» (1939). Un tanto molesto escribe:

   Uno no puede dejar de pensar sobre este horrible Congreso de Salud Mental y la tarea que a usted le incumbe. Como alguien que tal vez fue uno de los principales responsables de este programa de la Sección de Niños, me preocupa que se cumpla uno de los objetivos, a saber, que alguien que represente a Gran Bretaña exponga la labor realizada específicamente en Gran Bretaña en los últimos veinticinco años. Ya que, en mi opinión, dentro de la evolución natural del Psicoanálisis, le ha tocado en suerte a los psicoanalistas de este país situar a los impulsos e ideas agresivos en el lugar que les corresponde dentro de la teoría y práctica psicoanalíticas. Particularmente importante ha sido el estudio de la relación recíproca entre la agresión, la culpa y depresión, y la reparación.

Sobre el resumen que le pide la hija de Freud, le indica que atienda las siguientes cuestiones:

a) En este congreso, lo importante a lo que hay que llegar es que los problemas del mundo no se deben a la agresión del hombre, sino a la agresión reprimida en cada individuo.

b) De ello se desprende que el remedio no es educar a los niños sobre el modo de manejar y controlar su agresión sino proporcionar al máximo número de bebés y niños condiciones estables y confiables (de ambiente emocional) como para que cada uno de ellos pueda llegar a conocer y a tolerar, como parte de sí mismo, la totalidad de su agresión (amor voraz primitivo, destructividad, capacidad de odiar, etc.).

c) A fin de posibilitar que los seres humanos (bebés, niños o adultos) toleren y acepten su propia agresión, es necesario respetar la culpa y la depresión y reconocer plenamente las tendencias reparadoras cuando ellas existen.

d) También es importante manifestar con claridad que, en esta cuestión de la agresión y sus orígenes en el desarrollo humano, hay muchas cosas que aún no se conocen.

   Winnicott le plantea unas consideraciones generales pero imprescindibles para comentar en el citado congreso, puesto que es ella la elegida para la presentación de este asunto (más por su prestigio que por sus trabajos específicos sobre la agresividad), y desea que al menos queden reflejadas algunas de las notables contribuciones que se han realizado en Londres en un asunto tan caro a la Sociedad Psicoanalítica Británica. Por este tiempo, Winnicott ya tiene pensamiento propio sobre este asunto, como le hace observar al enviarle su artículo sobre «La agresión».

   El estudio de la agresión en Winnicott es indisociable de su teoría general del psiquismo humano e inherente a su forma de pensar al bebé y al niño dentro de su teoría del desarrollo infantil, al adolescente y al adulto. Asimismo, el carácter paradójico de su propuesta teórica sobre la naturaleza de la agresividad (su noción de amor cruel [ruthless love], una suerte de agresividad creativa) se inscribe en el conjunto de sus formulaciones y cobra su máxima expresión en la última etapa de su proceso creativo, que desarrolla y expone en su libro póstumo Realidad y juego (1971), en el que muestra la esencia de su pensamiento. Lo destaca su único discípulo directo, Masud Khan, en «Cierta intimidad», donde dice: «Durante cuarenta años, o más, de trabajo clínico intensivo, Winnicott llegó gradualmente a una especie de síntesis de sus diversas teorías y prácticas clínicas, que formuló de forma definitiva en su libro Playing and Reality».

   La concepción de Winnicott sobre la agresividad difiere sustancialmente de la formulada por Freud, de la desarrollada por Klein y de la aceptada en general por la comunidad psicoanalítica. En «Entre el ídolo el ideal» Masud Khan describe el punto de partida de Winnicott, su idea de niño, en tanto que el «bebé no existe» in vacuo, sino que lo que existe es la «pareja de crianza», donde enfatiza el papel de la madre o ambiente facilitador (el otro), frente al eje freudo-kleiniano de un niño inscrito ab initio por ansiedades y tensiones emocionales. Dice:

El ser humano comienza por ser no sujeto, sino objeto. El niño, en efecto, existe y se siente a sí mismo únicamente a través de la atención de su madre, atención idolizante: es el objeto de los cuidados maternosDurante estos últimos años, hemos sido adoctrinados por una teoría que sostiene que la psique del lactante es un caldero de ansiedades infinitas y de incesantes conflictos, que hemos llegado a olvidar que, inicialmente, el niño existe solo como objeto de los cuidados y del amor materno.

   Partiendo de esa premisa inaugural de su teorización, Winnicott considera que la motilidad muscular prenatal denota una actividad, una «fuerza vital» inicial, rudimentaria, que sitúa como origen de la agresividad. En la etapa de la dependencia absoluta, donde predomina la no integración del bebé (o mejor: el infans, el bebé de menos de seis meses), esta agresividad primaria derivada de la motilidad muscular prenatal (ahora) en conjunción con el ambiente facilitador, esto es, con el cuidado materno, es de naturaleza aconductal y, en consecuencia, inintencional. Por ello, para este autor, en las primera etapa de la vida el amor y la agresión primarios están fusionados (por lo que la denomina de amor cruel), donde no caben per se el odio, la ira, la envidia, los celos, el sadismo, todos ellos sentimientos más elaborados y propios de etapas posteriores, que requieren un psiquismo más integrado y maduro.

   En la década de los cincuenta, concretamente en «La agresión en relación con el desarrollo emocional» (1950-1955), Winnicott desarrolla estas ideas: plantea la agresividad como parte de la expresión primitiva del amor, discrimina el impulso agresivo (inintencional) de la agresividad real (intencional), y explora la agresión reactiva. Por entonces estudia la agresividad en relación a las fases del desarrollo: una fase (teórica) temprana, de preintegración, sin inquietud; otra intermedia, de integración, con inquietud o preocupación (concern), esto es, con capacidad de sentir culpa; y la de persona total, propia de las relaciones interpersonales, donde abocan las situaciones triangulares y los conflictos entre instancias psíquicas. Asimismo, desvincula la agresión primaria del concepto de frustración. Winnicott plantea que no se debe confundir la agresividad con la ira, que surge por frustración, por represión ambiental. Apunta: «La destrucción únicamente pasa a ser responsabilidad del yo cuando existe una integración del yo y una organización del mismo suficiente para la existencia de la ira, y por consiguiente del miedo al talión». Y considera que la agresividad no es peligrosa en sí misma, es más, que tiene valor social. Comenta: «En la salud, el individuo puede ir atesorando la maldad en el interior con el fin de utilizarla en un ataque contra las fuerzas externas que parecen amenazar lo que él percibe que vale la pena preservar. Así pues, la agresión tiene un valor social».

Más tarde, en el texto «El uso de un objeto» (1968), paradigmático en sus últimos desarrollos teóricos, culmina su teoría de la agresividad al formular que «el impulso agresivo es el que crea la exterioridad», de modo que establece la diferenciación entre el sujeto y el objeto, y determina que el objeto (el objeto de relación: otro sujeto) deja de ser un objeto subjetivo (término que describe al sujeto que toma al objeto como parte de sí mismo) y pasa a ser considerado como alguien diferenciado del sujeto. En la conferencia «Individuación» (1970), en la que comenta sus avances acerca del proceso de desarrollo emocional infantil, sobre el papel de la agresión afirma:

   Ninguna descripción de estas cuestiones, por más que se la reduzca para amoldarla al principio de realidad que es un reloj, puede omitir la referencia al papel de la agresión. Permítaseme decir que no iremos muy lejos de nuestro examen del tema de la agresión si no vemos su valor positivo. Una manera de verlo es observar cómo se separa el niño de la madre y del ambiente en general. Es axiomático que no existe relación alguna con un objeto subjetivo: el mundo solo está allí para relacionarse con él en la medida en que es percibido objetivamente y es exterior al niño, según decimos. Ese mundo exterior puede ser traído adentro, introyectado o incorporado (o sea, comido) mediante un proceso mental.

   Lo que procuro transmitir es que no iremos a ninguna parte en nuestro estudio de la agresión si en nuestra mente la tenemos inextrincablemente ligada a los celos, la envidia, la ira ante la frustración, la operación de los instintos que denominamos sádicos. Más básico es el concepto de la agresión como parte de un ejercicio capaz de llevar al descubrimiento de los objetos externos.

   En su estudio del desarrollo emocional primitivo el tema de la agresividad destaca por tres razones principales: la primera, porque se ocupa muy precozmente de la misma, como lo atestigua el trabajo preliminar titulado «Apetito y trastorno emocional» (1936); la segunda, porque recorre toda su obra, en la que va progresivamente puliendo sus ideas, hasta dar cuenta con una teoría acabada en sus últimos escritos. En orden cronológico sus principales trabajos sobre la agresión son «La agresión» (1939); «La observación de niños en una situación establecida» (1941); «La agresión en relación con el desarrollo emocional» (1950-1955), «Agresión, culpa y reparación» (1960); «El uso de un objeto» (1968) y «El uso de un objeto en el contexto de Moisés y la religión monoteísta» (1969). A los que cabe añadir dos agregados: «Las raíces de la agresión» (1964) y «Raíces de la agresión» (1968), el segundo inconcluso. La tercera razón obedece a su original aportación a este asunto, debido a que considera que la agresividad posee una naturaleza benéfica en tanto que es impulsora de la vitalidad, está ligada a la creatividad y al aprendizaje, como fuentes de conocimiento, y contribuye a la construcción de la subjetivación del individuo.


   A principios de los años cuarenta Donald Winnicott atiende a bebés y niños pequeños en su consultorio pediátrico –al que llama Psychiatric Snack Bar (cafetería psiquiátrica)– del hospital Paddington Green Children’s, donde se familiariza con el juego infantil y desarrolla una técnica personal de estudio del psiquismo infantil: primero el juego de la espátula que sirve como herramienta diagnóstica y, posteriormente, el squiggle o juego del garabato, una variedad de juego espontáneo mediante la realización de un dibujo compartido como medio para favorecer el contacto y la comunicación terapeutica. El juego de la espátula –estimulado por el Fort Da freudiano– lo aplica dentro de un encuadre específico, predeterminado, la situación establecida (set situation), que le sirve para observar la actitud y disposición de los bebés de cinco a trece meses de edad ante un depresor o bajalenguas colocado al borde de la mesa y al alcance de sus manos. En esencia, la razón de ser de este dispositivo es la de estudiar la espontaneidad o la inhibición del niño, esto es, la capacidad creativa que muestra el bebé para coger la espátula y jugar con ella. De este modo evalúa las desviaciones del desarrollo emocional normal del psiquismo infantil: el grado de aceptación o rechazo de los impulsos agresivos (la agresión primaria, avidez teórica o amor-apetito primario, en sus diferentes denominaciones winnicottianas) que la madre permite a su hijo. En suma, si estimula o inhibe su expresión y su capacidad de explorar el mundo.


   Para Winnicott la represión es la causa de la agresividad, por lo que vuelve sobre sus pasos para reflexionar al modo socrático –mediante preguntas– acerca de las raíces de la agresividad: «¿Es que en definitiva la agresión viene de la ira suscitada por la frustración, o bien tiene una raíz propia?». Y contesta que, tal como establece en «La agresión» (1939), hay una fase temprana de no integración (o de preinquietud) donde la agresividad es primaria, de mera actividad o de descarga de la motilidad, a la que sigue una fase intermedia o fase de inquietud (equivalente a la que Melanie Klein denomina posición depresiva), con integración de la personalidad, donde la agresividad ya es intencional. En esta fase (propia del segundo semestre de vida) el niño siente angustia por el temor de perder a su madre por haberla dañado, pero confía en poder reparar la situación, por lo que la angustia se transforma en sentimiento de culpa. La disposición de la madre, al seguir viva y accesible, favorece la capacidad de preocuparse por el otro, lo que supone considerar al otro como independiente –esto es, fuera del control omnipotente–, e integrar un sentido de responsabilidad por los impulsos agresivos. Al haber integración yoica, el individuo se inquieta, se preocupa, por lo que más adelante a esta fase la denomina fase de preocupación o concern (la capacidad de preocuparse por el otro), que implica asumir la responsabilidad o culpa de su agresividad. Finalmente, describe una tercera fase, que denomina de la persona total, en la que ya intervienen las relaciones interpersonales, las situaciones triangulares o edípicas, y donde tiene cabida el conflicto según lo establecido por Freud.

   En el citado artículo Winnicott evoca su importante contribución presentada en «La agresión» (1939), en el que destaca que antes de que se integre la personalidad, en la etapa de la dependencia absoluta, existe ya agresividad, aunque sin finalidad destructiva; una agresividad que en una nota al pie la vincula con la «movilidad». En el trabajo realizado entre 1950 y 1955 lo describe así:

   El bebé ya da patadas cuando está en el vientre; no hay que suponer que intenta abrirse paso a patadas. El bebé de pocas semanas descarga golpes con sus brazos; no hay que suponer que trata de golpear a alguien. El bebé masca el pezón con sus encías; no hay que suponer que esté intentando destruir o hacer daño. En su origen la agresividad es casi sinónima de actividad, es una cuestión de función parcial.

   De este modo, el paso gradual de la no integración a la integración supone el paso de una actividad inintencional a otra más elaborada o intencional. En suma, para Winnicott hay una primera etapa que denomina de amor cruel en la todavía no hay odio ni rabia, esto es, una etapa donde la agresividad es fruto de la descarga mecánica de la motilidad muscular del infans, y otra reactiva, por represión, ya intencional.

   Desde su perspectiva considera que el acto agresivo no puede ser tomado como un fenómeno aislado, sino que está en función de la disposición ambiental, el grado de madurez emocional, la capacidad creativa y la espontaneidad del niño. Winnicott sostiene que cuando el ambiente ejerce una intensa represión provoca defensivamente una agresividad reactiva que inhibe su capacidad de expresarse y de explorar el mundo. Cita casos de conductas agresivas que se explican por el modo en que el niño maneja su mundo interior. En los casos de peleas entre los padres, algunos niños interiorizan esta experiencia, que incorpora en su cuerpo y trata de controlar la angustia en su interior con el fin de dominarla, manifestando cansancio, depresión o enfermedad física. Y apunta: «En ciertos momentos, esta mala relación interiorizada se hace con el control y entonces el niño se comporta como si estuviera poseído por los padres que se pelean. Lo vemos compulsivamente agresivo, antipático irrazonable y desilusionado»33. Algo que Anna Freud describe como la «identificación con el agresor» (1937). Alternativamente, señala que en otros casos los niños que introyectan las peleas de sus padres lo proyectan en el exterior a través de peleas con los que le rodean (padres, compañeros de colegio, etc.), proyectando lo malo al exterior. En el control de su mundo interno trata de preservar lo que considera benigno, dramatizando –a modo de víctima propiciatoria– la expulsion de la maldad por medio de su cuerpo y fuera de este, mediante patadas, escupitajos, gritos y mostrarse violentamente agresivo. Y matiza:

   Estas fases maníacas no son lo que se llama defensa maníaca, en la cual hay una negación de la muerte interior por medio de la actividad artificial (la llamada, según Melanie Klein, defensa maníaca contra la depresión). El resultado clínico de la defensa maníaca no es un estallido de agresividad, sino un estado de inquietud angustiosa corriente, hipomanía, en el cual la agresión presenta una tónica moderada de dejadez, suciedad, irritabilidad, con falta de perseverancia constructiva.

Y culmina: «En la salud, el individuo puede ir atesorando la maldad en el interior con el fin de utilizarla en un ataque contra las fuerzas externas que parecen amenazar lo que él percibe que vale la pena preservar. Así, pues, la agresión tiene un valor social».

Winnicott establece la siguiente secuencia :

a) El sujeto se relaciona con el objeto: el objeto está bajo la influencia de la fantasía, en la zona de control omnipotente del sujeto, que no lo reconoce como externo.

b) El objeto está a punto de ser hallado por el sujeto, en lugar de ser ubicado por este en el mundo.

c) El sujeto destruye el objeto: el sujeto destruye al objeto en la fantasía, no en la realidad. Esto es, de forma potencial.

d) El objeto sobrevive a la destrucción: el sujeto no logra destruir al objeto.

e) El sujeto puede usar el objeto: el objeto adquiere una vida independiente del sujeto, y puede vivir en intercambio con los objetos.


La última aportación de Winnicott al tema de la agresividad la establece en torno al libro Moisés y la religión monoteísta (1939) de Freud, su obra póstuma. Winnicott considera que inicialmente existe una única pulsión, que denomina pulsión amor-lucha, en la que el amor temprano contiene esta agresión-motilidad. En el texto «El uso de un objeto en el contexto de Moisés y la religión monoteísta» fechado el 16 de enero de 1969, describe el impulso combinado de amor-lucha y resume toda su teoría. Escribe:

Aquí es indispensable repensar algo que hemos llegado a aceptar (porque es válido en el análisis de los casos analizables), a saber, que uno de los fenómenos integradores en el desarrollo es la fusión de lo que aquí me permitiré a mí mismo llamar instintos de vida y de muerte (de amor y de discordia, en Empedocles). El eje de mi argumentación es que la primera pulsión es, en sí misma, una sola, es algo que yo llamo destrucción [destruction] pero también podría haber llamado impulso combinado de amor y lucha. Esta unidad es primaria. Es lo que sale a relucir en el bebé por los procesos naturales de maduración.

No es posible enunciar esta unidad emocional sin hacer referencia al ambiente. La pulsión es potencialmente destructiva, pero que lo sea o no dependerá del objeto: ¿el objeto sobrevive, o sea, conserva su carácter, o reacciona?.

   En la práctica clínica es importante que el paciente pase de la relación de objeto al uso del objeto, tal como señala Luis Felipe Muñoz: «Para alcanzar la cura se requiere que el paciente pase de la relación al uso de objeto, en su vinculación con el analista. Este último, debe sobrevivir y ser usado por su paciente». Al comienzo del análisis el paciente experimenta una suerte de autoanálisis, donde el terapeuta es ubicado como una proyección de sus fantasías. En el transcurso de las sesiones, el comportamiento o la actitud del terapeuta (que Winnicott denomina portarse bien, y que implica estar «vivo, sano y despierto»), en tanto que no cede a las demandas del paciente, favorece el abandono de la fantasía y la entrada en la realidad. La frustración de las expectativas mágicas del paciente provoca la agresión al terapeuta (ataques al encuadre, verbalizaciones descalificantes, devaluación de sus interpretaciones, manipulaciones, engaños, etc.), que le exigen sobrevivir. Esta tarea no depende tanto del trabajo interpretativo, pero le puede resultar muy difícil al terapeuta, por lo que en una nota al pie aclara: «Cuando el analista sabe que su paciente lleva un revólver encima, me parece que ese trabajo no se puede llevar a cabo».
Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta. Zaragoza.                        Instagram: @psicoletrazaragoza                   Página Web: Psicólogo Zaragoza