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lunes, 1 de marzo de 2021

Psicofármacos


Rodrigo Córdoba Sanz Psicólogo Psicoterapeuta. Zaragoza. Gran Vía 32, 3° Izq. PáginaWeb: www.rcordobasanz.es    rcordobasanz@gmail.com.                                IG: @psicoletrazaragoza



"La base científica de la psiquiatría es casi inexistente"

Javier Álvarez Rodríguez es un psiquiatra honesto que ha ejercido siempre "de un modo tradicional pero con mucha autocrítica".

Hasta hace poco era jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital de León, el centro de referencia en la comunidad. Sus 40 años de experiencia profesional han estado presididos por una duda: "¿la psiquiatría es beneficiosa o perjudicial?"

JAVIER ÁLVAREZ: "SE USAN MEDICAMENTOS SIN SABER CÓMO ACTÚAN"

—Su posición a favor de la desmedicalización recuerda el movimiento de la antipsiquiatría…
—En el año 1967, cuando empecé a estudiar, comenzaba la primera revolución antipsiquiátrica en España.

Estaba enamorado de Cooper, Laing y Basaglia. Para mí han sido lecturas muy importantes, pero no me he quedado ahí, porque la antipsiquiatría no planteaba ninguna solución real a la enfermedad mental.

¿Qué nos aportó entonces?
—Lo primero, la desaparición de los manicomios. En Europa y Estados Unidos había alrededor de dos millones de personas encerradas de por vida que se han liberado: esto ya es importante.

Además, persiste la autocrítica: ¿hasta qué punto la psiquiatría es científica? ¿Hasta qué punto es una rama de la medicina? ¿Hasta qué punto los diagnósticos tienen valor? ¿Hasta qué punto los tratamientos son beneficiosos? Ese espíritu permanece a pesar de que los últimos 20 años han sido de psiquiatría especialmente biologicista.

—Se ha perseguido algo objetivo para diagnosticar y tratar...
—Sí, como una forma de acercarse a la medicina; y también por la ley del péndulo: del extremo psicologicista al extremo organicista en las últimas décadas, que yo creo que está tocando a su fin.

El péndulo ha llegado al extremo y probablemente empezará un movimiento hacia una psiquiatría con más alma, más espíritu.

No hay ninguna razón científica, ni bioquímica, ni médica, que justifique que uno de cada dos americanos vaya a ser diagnosticado de una enfermedad mental. Un absurdo, pero son cifras que se repiten en Holanda o Francia, y en España estamos cerca del 40%.

Estas personas recibirán además un tratamiento de por vida. Probablemente hay intereses económicos por parte de las multinacionales de la bioquímica.

—Dice que se emplean medicamentos sin saber cómo actúan.
—Sí. La bioquímica del cerebro es muy desconocida. Una sola neurona tiene entre miles y millones de conexiones con otras.

En cada una de esas conexiones está interviniendo una sustancia química diferente, y hay trillones de sinapsis neuronales en el cerebro. La base científica de la psiquiatría es casi inexistente…

La base neurofisiológica, genética, farmacológica es un pantano de arenas movedizas.

"Muchas posibilidades de Curación están fuera del marco académico de enfermedad mental"

—Quizá si ampliáramos los límites de la biología, como hace por ejemplo el biólogo Bruce Lipton…
—Uno de los graves defectos de la psiquiatría es que te meten dentro de un marco de conocimientos: yo he estudiado siete años de medicina, tres o cuatro de psiquiatría...

Me dicen que esto es así, y con esas orejeras trabajas. En estos meses que estamos poniendo en marcha Nueva Psiquiatría me he dado cuenta de que muchas posibilidades están fuera de ese marco limitado, y que hay posibilidades probablemente más resolutivas que las aprendidas en las facultades.

Como la medicina ortomolecular o la nutrición… ¿Cómo es posible que la nutrición, que es la base de la vida, no esté en la carrera de medicina?

LA NUEVA PSIQUIATRÍA Y LA REDUCCIÓN DEL USO DE FÁRMACOS

—¿Qué es la Nueva Psiquiatría?
—Mi insatisfacción me llevó a investigar los síntomas de los esquizofrénicos o los maníaco-depresivos, que son las enfermedades en las que más daño estamos haciendo.

Y me he atrevido a elaborar una hipótesis: lo que llamamos síndrome de bipolaridad o esquizofrenia son en realidad vivencias psíquicas que, en mayor o menor medida, compartimos todos, y que son expresión, no de una enfermedad, sino de una función cognitiva que se expresa a través de alucinaciones, ataques de pánico, depresiones...

Experiencias que mucha gente tiene sin darle valor patológico, sino positivo y productivo. Yo lo he llamado "hiperia".

—¿Qué es hiperia?
—Hiperia significa literalmente "excesividad".

Y he decidido llamar así a mi hipótesis porque las vivencias a las que me refiero son en su mayoría excesivas, muy intensas; automatismos que se viven con una tremenda intensidad.

—¿Cómo aplicas eso a la práctica psiquiátrica?
—No hay que olvidar que hablamos de enfermedades que aparecen en la juventud.

Los chavales sometidos a tratamiento antipsicótico están abúlicos, apáticos, sin sentimientos, sin capacidad de pensar, de actuar, de querer… ¡de vivir!

La idea es, por lo tanto, hacer una psiquiatría diferente, en la que tratemos de medicalizar o patologizar al mínimo. Utilizar los fármacos solo en los casos en que sean imprescindibles, y en esos casos, hacerlo en las dosis justas, en los momentos justos y durante el tiempo justo.

—Pero los psicofármacos son adictivos, ¿cómo se consigue usarlos de ese modo?
—Son adictivos debido a la angustia que produce quitar esa especie de interruptor que apaga la angustia.

Pero se puede hacer de manera paulatina y con el apoyo de las familias, del entorno… Es importante dar a las familias un mensaje diferente. No entiendo que se tome níquel o litio durante treinta años sin recaídas, produciendo hipertiroidismo, nefritis…

Hay cosas que se pueden evitar tranquilamente porque la clínica dice que no va a pasar nada, y otras que hay que hacerlo paulatinamente y con ayuda de la familia.

TÉCNICAS DE APOYO

—¿Combinas los tratamientos con otras técnicas?
—Estamos descubriendo el potencial del grupo horizontal.

Se reúnen afectados, familiares, terapeutas clásicos, psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales, terapeutas complementarios, expertos en reiki, medicina ortomolecular, nutrición, yoga, pacientes expertos…

Son personas que hace años que buscaron la solución y conocen los mecanismos válidos para superar el problema. Esto lo estamos organizando en varios sitios, donde surgen o nos lo piden, y ya está en marcha en varias provincias. El gran descubrimiento es que al final todos somos todos.

¿Qué significa? El primer paso en el grupo es perder el miedo al estigmo empiezo las sesiones diciendo que he sido diagnosticado de esto y de aquello, y que he tomado Prozac diez años y que tengo ataques de pánico… y que he ido manejando todo eso. Cuando lo digo yo, se atreve a decirlo otro y otrno está en esta fase, y otro, en esta otra, pero todos tenemos algo que aportar y recibir de la experiencia de los demás: todos somos pacientes y todos podemos ser terapeutas. Para eso, es clave eliminar el estigma.


Desde hace más de 10 años Javier Álvarez encabeza un movimiento de renovación del modelo de asistencia psiquiátrica. Propone acabar con el abuso de diagnósticos y con el uso excesivo de fármacos.

Al tiempo ha desarrollado la hipótesis "hiperia", que explica los síntomas o manifestaciones psíquicas como "experiencias excesivas", que son la expresión de una sensibilidad especial.

Esta sensibilidad se manifiesta en los místicos, en los artistas y en los "enfermos mentales".

Según "hiperia", los síntomas pueden ser un avance de potencialidades futuras del cerebro humano en evolucion


domingo, 28 de febrero de 2021

Sobrediagnóstico psiquiátrico

 

Rodrigo Córdoba. Psicólogo y Psicoterapeuta. N° Col.: A-1324 Zaragoza. Presencial y Online. Tno.: +34 653 379 269                                    Página Web: www.rcordobasanz.es

Cuanto más avanza la psiquiatría, más enfermedades mentales hay. Y cuando una persona entra en cualquier servicio psiquiátrico, sale con un diagnóstico y un tratamiento. Habría que cuestionarse por qué es así.


Javier Carreño, psiquiatra del Hospital Povisa de Vigo, y Kepa Matilla, psicólogo clínico y psicoanalista del Hospital Río Hortega, de Valladolid, son autores del libro Cosas que tu psiquiatra nunca te dijo (Xoroi Ediciones).

Exponen con una enorme riqueza de estudios clínicos y pruebas cómo la psiquiatría actual, en nombre de una supuesta “ciencia”, en lugar de sanar ha multiplicado las enfermedades mentales.

NO TODO SE SOLUCIONA CON UNA PASTILLA

Javier Carreño y Kepa Matilla, en su libro Cosas que tu psiquiatra nunca te dijo, denuncian el perjuicio de abordar cualquier síntoma del sufrimiento humano con una pastilla. Estos profesionales ven cada día los estragos de esta psiquiatría que tiene como biblia el DSM-V de dudosa validez científica y se niegan a aceptar esta reducción del sufrimiento humano a una moda psiquiátrica.

¿Qué es lo que no nos dice nuestro psiquiatra?

No es que tu psiquiatra te esconda algo o que sea mala persona, no te lo dice porque no sabe. El problema es que la psiquiatría actual basa sus prácticas en una ciencia que tiene los pies de barro y palidece cuando se la compara con otras ciencias, porque nunca es lo mismo medir la tristeza que la glucosa en sangre.

Estamos ante una gran dificultad epistémica para evaluar lo subjetivo que es lo que constituye auténticamente la psiquiatría; pero mientras, las prácticas psiquiátricas, haciendo una apología del biologismo, olvidan lo humano, que siempre está más allá de la biología.

Falta más humanidad...

Nuestro libro trata de recuperar esta humanidad perdida en la psiquiatría porque la cura del sufrimiento psíquico tiene que pasar por abordar lo humano; sin embargo, la psiquiatría actual ha reducido el malestar a una pastilla.

El malestar humano se ha reducido a una enfermedad y en esa reducción la pastilla ha sustituido el poder sanador de la relación paciente-psiquiatra, el poder sanador de la transferencia y de la escucha.

En su libro ponen en jaque la validez del DSM como herramienta de diagnóstico.

El psiquiatra Robert Spitzer inició la revisión del DSM-II, y su resultado, el DSM-III se vendió como la quintaesencia de la ciencia y como fruto de las investigaciones científicas. Pero con el paso del tiempo se vio que no estaba respaldado por ninguna investigación, sino que era fruto de un acuerdo entre profesionales que se habían reunido en una habitación y habían votado.

Cuando habían acabado de definir el trastorno masoquista, la mujer de Spitzer, que estaba allí, le dio un codazo a su marido: “Cariño, yo cumplo todos los síntomas”. A lo que él contestó: “Bueno, pues quitaremos dos o tres…”.

¿Es así? ¿Cualquiera puede cumplir todos los síntomas?

A lo largo de los siglos XX y XXI, en psiquiatría se han llevado a cabo un montón de clasificaciones de las enfermedades mentales, todas ellas supuestamente muy científicas, aunque cada una ha sustituido a la anterior. También se han inventado nuevas enfermedades mentales provocando la multiplicación de las mismas. Uno puede abrir al azar el DSM-V, señalar un trastorno y darse cuenta que puede estar cumpliendo todos los criterios que lo definen.

Lo terrible es que cuanto más avanza la psiquiatría, más enfermedades mentales hay.

Y cuando una persona entra en cualquier servicio psiquiátrico, sale con un diagnóstico y un tratamiento. Habría que cuestionarse por qué es así. Los profesionales viven con la presión de diagnosticar y la obligación de tratar, lo cual en el caso de los niños es aún más triste.

¿Cómo el TDHA en niños?

En Holanda, casi un 32,4% de la población infantil está diagnosticada de TDHA; en Estados Unidos los diagnósticos han aumentado un 53% en los últimos diez años y en España el TDHA se sitúa alrededor de un 5%. Es interesante destacar que en países como Francia, donde está prohibido medicar de entrada a los niños, apenas se diagnostica y el porcentaje se sitúa en un 0,5% de la población infantil.

¿Cómo se explica? ¿Es que los niños y niñas franceses tienen una genética diferente?

El TDHA se incrementó a partir del año 1980 tras la aparición del DSM-III cuando su prevalencia era del 0,2%.

Nosotros creemos que el TDHA no existe.

Eso no significa que hoy no haya niños y niñas que no se puedan concentrar, la cuestión es: ¿No es esto subsidiario de nuestra cultura, que les impone vivir en la ciudad, donde salen a la calle media hora, tienen una agenda llena de actividades todas ellas dirigidas, todo por su bien, y todos los regalos que quieren para que se porten bien…? ¿No es esta su respuesta a tanta exigencia? Eso no significa que tengan el cerebro estropeado o sufran una disfunción biológica. De hecho, llevan años intentando encontrar esa disfunción y no existe. Si a un niño le están exigiendo un montón de cosas y además que sea feliz, ¿qué esperas?

Creamos enfermos...

Los países nórdicos tienen a los niños jugando hasta los 10 años y eso es lo que tiene sentido porque son niños, no máquinas de eficiencia. Para nosotros, las enfermedades mentales no existen en la naturaleza, sino que son un invento humano que algunas veces puede ser útil y en otras ocasiones resulta muy perjudicial. Quizá si pudiéramos entender el TDHA desde otro lugar, nuestra respuesta a la hora de abordarlo sería mucho más adecuada.

Algunos estudios muestran que los niños que toman anfetaminas son adultos más propensos a consumir cocaína; y aquellos que lo hacen de manera prolongada pueden presentar un retraso madurativo, una disminución de peso y talla, muerte súbita y problemas cardiacos.

Si no es una cuestión biológica, entonces, ¿qué origina un trastorno mental?

Tú tienes un malestar interno, por lo que sea, por tu historia, porque te han pasado determinadas cosas y presentas un síntoma como, por ejemplo, una fobia, una depresión, un estado de ansiedad... Eso es un diagnóstico, pero lo importante es lo que está detrás de ese síntoma: el malestar humano.

La angustia existencial se cuela en todos los síntomas desde la depresión hasta la fibromialgia.

Todos son respuestas ante la levedad del ser. Para ayudar a la persona de verdad hay que intentar comprender de qué sufre y que la psiquiatría vuelva a realizar al paciente las preguntas hipocráticas: ¿Qué te pasa? ¿Desde cuándo? ¿Cómo te pasa? ¿Qué sientes tú? ¿Cómo cambió?

Llegar a conocer la causa...

Sí, abordar la etiología del síntoma porque eso da lugar a que el paciente pueda elaborar un discurso de lo que siente enmarcado en su vida. La historia del paciente es más importante que la etiqueta del diagnóstico, algo que ahora es justo al revés:

"Donde tienes un síntoma, te doy una pastilla para quitarlo sin intentar comprender qué lo ha creado".

La cultura humana siempre produce malestar y angustia vital, que está debajo de cualquier síntoma.

¿Y nuestra cultura qué síntomas produce con más frecuencia?

Angustia y depresión, síntomas que siempre están muy relacionados. Pero en nuestra sociedad la depresión está mejor vista. Si tengo angustia y desarrollo una fobia parezco tonto, pero si digo: “Estoy triste” la sociedad me lo permite porque estamos dentro del discurso de la eficacia y la salida contemporánea de ella es decir: “Yo no puedo. Me retiro del mundo”. Sin embargo, si a una persona de Zimbaue le dices que no has ido a trabajar porque estás triste, te dirá: “Pero si es mejor ir a trabajar, así te alegras…”.

¿Y qué les dicen a sus pacientes con depresión o ansiedad?

Depende de cada persona. Les hacemos las preguntas hipocráticas y a algunos les dices que tienen que volver a trabajar; a otros les tienes que coger de la mano y acompañarlos a la cama y estar con ellos; y a otros, que deben parar porque lo que les ocurre es que se han pasado de vueltas y por eso se han roto.

Depende siempre de cada persona.

lunes, 24 de febrero de 2020

Menos pastillas, por favor



"Lo que sería ideal es que, en la medida de lo posible, se recetaran menos pastillas y ensañáramos más a las personas a resolver sus problemas desde el punto de vista psicológico", dice Francisco Pascual Pastor. Coincide con él Maribel Martínez, que durante los años que lleva ejerciendo en el centro de Psicoterapia Breve Sentirse Bien, de Barcelona, ha visto que las pastillas reinan, sí, pero no funcionan: "Creo que crecemos con la idea de que todo puede arreglarse con una píldora y, si a eso le añades que cada vez hay más padres hiperprotectores y que existe una industria farmacéutica brutal, el resultado es que resulta mucho más fácil tomarse un fármaco que enfrentarse a la situación que nos pone ansiosos".

La solución, reitera, es la terapia, que lo que hace es cambiar el sistema receptivo y de respuesta de las personas ante el problema. Al final, "de lo que se trata es de que las personas no dependan de nada. Ni de una pastilla ni de un terapeuta. Que ellos sean sus mejores herramientas".

Como ya señalaba la psicóloga Leticia Escario, Maribel Martínez también considera que, tanto en niños como en adultos, se están patologizando emociones -empezando por la propia ansiedad- que hasta hace poco eran normales: "Y es ahí donde se inicia el problema. Porque tener ansiedad ante un examen es una dificultad que todos hemos podido sobrellevar. No es divertida, pero ese punto de ansiedad puede servir para que sobresalgas: las emociones pueden ser algo normal, adaptativo, hasta positivo. Hay que aprender a gestionarlas".

También la tristeza del duelo, es medicada y no tiene por qué ser así. No tiene fundamento. El duelo hay que transitarlo de forma natural y responde a una situación de la vida que no se debe medicar, a no ser de que se cronifique, se convierta en un duelo complicado. "Luego vemos los problemas, con personas a las que, después de una separación traumática o de muerte de alguien cercano, se les han dado pastillas desde el minuto cero y no han elaborado ese duelo. No queremos sentir, y todavía sufrimos más".

La gestión emocional, la capacidad de identificar nuestras emociones, de saber qué son y de dónde salen -qué nos pasa, en definitiva-, es una herramienta muy útil para conseguir una salud mental estable, para nosotros y para nuestros hijos. Como hacerles saber que la ansiedad es una emoción que nos viene de serie y que tanto puede ser una aliada como una enemiga. Y ayudarlos a entrenar una habilidad tan importante como es la valentía, fundamental para ir por la vida.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo. Nº Col.: A-1324
Tfno.: (+34) 653 379 269
Instagram: @psicoletrazaragoza
Página Web: www.rcordobasanz.es


domingo, 7 de enero de 2018

La salud mental en la encrujizada




La salud mental en la encrucijada: buscando una nueva psiquiatría para un mundo cada vez más enfermo. Por José Valdecasas



Ponencia de José Valdecasas en las V Jornadas Nogracias
Antes de nada, manifestar mi más sincero agradecimiento a No Gracias y a Abel Novoa por ofrecerme la oportunidad de estar hoy aquí. Para mí, No Gracias marcó un cierto antes y después en mi forma de pensar y practicar la medicina y desde luego es un honor poder formar parte de este movimiento. Como casi siempre, he preparado este trabajo junto a mi compañera Amaia Vispe, por lo que usaré con frecuencia el plural. Vamos a llevar a cabo una cierta crítica de la psiquiatría actual, a partir de un intento de análisis de la relación entre nuestra cultura occidental y dicha psiquiatría, como institución y disciplina.

Nuestra poco original tesis es que existe una suerte de retroalimentación entre la psiquiatría actual, como conjunto de teorías y prácticas, y el sistema sociocultural en que vivimos, y que ambos se influyen mutuamente de manera estrecha.
Cuando nos referimos a la “psiquiatría actual”, hablamos del paradigma “biológico” dominante, que se suele centrar en un enfoque exclusivamente neuroquímico en nuestra opinión demasiado simple para la complejidad que posee el cerebro humano: básicamente, trastornos explicados en base a neurotransmisores cuya cantidad aumenta o disminuye. Junto a este enfoque “biologicista” perduran aún otros que han sido preponderantes en distintos momentos, como por ejemplo el psicoanálisis en las décadas intermedias del siglo XX.

La psiquiatría ya desde dicho momento se fue estableciendo como un elemento más de la cultura popular. Como decía en un episodio de la genial “Mad Men” Roger Sterling a Don Draper, ante el hecho de que las mujeres de ambos estuvieran yendo al psicoanalista: “la psiquiatría es el regalo de estas navidades…”.
Corrían los primeros 60 y ya desde esa época podemos rastrear una cierta característica con la que la psiquiatría llega al espacio sociocultural: la sospecha, el misterio, la búsqueda de lo oculto a simple vista, lo que se encuentra en las profundidades…
Con un estilo a lo Sherlock Holmes (y similar querencia por las drogas), el pensamiento psiquiátrico juega a localizar significados ocultos, neurosis clandestinas, enfermedades sin tratar… Y lo que en esos tiempos ya lejanos del psicoanálisis es más una búsqueda de deseos, perversiones inconfesables o pecados de distinta índole, se va convirtiendo a lo largo de los años 80 y posteriores en una búsqueda esta vez de patologías concretas, en una obsesión enfermiza por analizar cualquier malestar psíquico, emocional o moral en términos de enfermedad, de disfunción somática más o menos teorizada, de tara física a niveles ignotos (pero siempre próximos a ser descubiertos, con una proximidad que varias décadas después no ha llegado a ningún puerto).

El Sherlock Holmespsiquiátrico, encuentra ahora elementalcategorizar la tristeza como depresión, la ansiedad como fobia social, la rareza como autismo, las travesuras como TDAH, la variabilidad emocional como bipolaridad y la condición de ser humano como trastorno de la personalidad, entre otras lindezas…
Esta psiquiatría contribuye a configurar una cultura donde muchos malestares explicables desde el punto de vista social, tales como la precariedad laboral, el paro de larga duración, la falta de vivienda o de los medios mínimos para subsistir con dignidad, la falta de recursos para personas dependientes o la misma soledad, son entendidos y afrontados como problemas individuales subsidiarios de tratamiento farmacológico o psicoterapéutico, sin prestar la debida atención muchas veces a los riesgos en forma de dependencias o efectos secundarios diversos.
Esta problemática es explicada exclusivamente a nivel del individuo: hipótesis nunca demostradas sobre sus excesos o déficits de neurotransmisores, o su biografía en edades tempranas, o su forma de procesar la información del entorno, o sus conductas o su dinámica familiar… Pero siempre sin levantar un ápice la mirada y plantearse (o dejar que la persona se plantee) si su situación social no será la principal causa de su malestar y cómo unas pastillas o una terapia para, en última instancia, resignarse a su destino, no harán otra cosa que impedirle intentar cambiar dicha situación social, a ser posible junto a muchas otras personas dañadas por las mismas circunstancias.
Una psiquiatría tal configura una cultura donde se rehúyen los conceptos de voluntad, responsabilidad o libertad, quedando muchas conductas consideradas problemáticas (adicciones diversas, ludopatía, tal vez incluso el maltrato físico…) como ajenas al control del sujeto, pretendidamente determinadas por sus neurotransmisores, sus conflictos intrapsíquicos o cualquier otro enfoque que deje siempre desatendido el aspecto social y la responsabilidad y el control del sujeto sobre sus propios actos y su propia vida.

Por supuesto, esta psiquiatría no nace hecha ni llega a ser como es y funcionar como funciona sin causa alguna. Hemos señalado el momento aproximado del inicio de este estado de cosas en los años 80 del siglo pasado, en clara relación temporal con la aparición del DSM-III, manual de la Asociación Americana de Psiquiatría que se convirtió en arma de la entonces incipiente psiquiatría biológica. También en estos años surgen los primeros psicofármacos de precios elevados que son propulsados a los primeros puestos en ventas y como iconos culturales, con el ejemplo paradigmático del Prozac. La industria farmacéutica, desde nuestro punto de vista, ha colaborado y sigue haciéndolo de forma clave en provocar y mantener este estado de cosas.

Distintos autores han señalado que este paradigma biológico podría considerarse más apropiadamente como “biocomercial”, dada la extraordinaria influencia que en su instauración y sobre todo mantenimiento tiene la industria farmacéutica, en busca de sus inmensos beneficios y a través de variados mecanismos. Es clara la influencia de la industria en cuanto a que es quien realiza gran parte de la investigación científica, con los más que conocidos efectos en cuanto a sesgos de publicación, manipulación de datos para favorecer determinadas conclusiones o ghostwritting. Se aprecia también esta influencia en lo referente al marketing, ya sea directo sobre los médicos prescriptores, con generosos obsequios y patrocinios para actividades solo muy relativamente científicas, o bien sobre asociaciones de enfermos y familiares, que se convierten en voceros de cada supuesta novedad terapéutica.

De todas maneras, para nada es la industria farmacéutica el único villano de esta historia. Realmente, ni siquiera el principal: la industria tiene como fin la obtención de beneficios económicos, como no podría ser de otra forma en el sistema económico en que vivimos (y que sufrimos). Otra cosa es que, en este afán de lucro, la ética brille por su ausencia. Pero aún más grave que la falta de ética de la industria farmacéutica es la connivencia de muchos profesionales sanitarios con ella.Conflictos de intereses cuya revelación nada soluciona (pues no es otra cosa que confesar el pecado sin el menor propósito de enmienda), de grandes líderes de opinión que salen en revistas científicas o incluso en medios de comunicación de masas anunciando nuevos remedios como si de feriantes se tratara, o incluso tratamientos para condiciones que en absoluto eran enfermedades hasta ese momento, como fue el caso paradigmático de la fobia social.
Conflictos de interés también del profesional de a pie, que a cambio de pequeños obsequios (no obstante, prohibidos por la Ley del Medicamento) en forma de comidas, viajes o libros se deja influir en su prescripción. Y apuntando hacia más arriba, las administraciones sanitarias públicas encargadas de velar por el adecuado funcionamiento del sistema en cuanto a aprobación de nuevos fármacos, estudio y control de los ya aprobados, etc., realizan una negligente dejación de funciones, permitiendo legislaciones que autorizan un fármaco con estudios insuficientes tanto de eficacia como de seguridad, consintiendo manga ancha a los laboratorios farmacéuticos a los que luego van a trabajar (mediante bien engrasadas puertas giratorias) muchos directivos de las mismas agencias públicas que se supone los controlan.

Todo este entramado, conocido y notorio, para nada fruto de ninguna teoría de la conspiración, ha contribuido y contribuye de forma esencial en el cambio sociocultural que venimos señalando: una sociedad donde condiciones y situaciones que antes se consideraban variantes de la normalidad, son conceptualizadas ahora como enfermedades necesitadas de tratamiento, usualmente farmacológico.
Ello provoca una desresponsabilización masiva, no solo sobre el control de las emociones consustanciales a los avatares de la vida, sino también sobre conductas voluntarias, como adicciones diversas, que escapan ya al control del sujeto, según dice el mantra psiquiátrico, y son excusadas por principio. Esta desresponsabilización se convierte en otro factor importante de mantenimiento de esta visión de la psiquiatría en nuestra cultura: podemos refugiarnos en nuestras depresiones para no actuar ante nuestros problemas; podemos exculparnos de educar deficientemente a nuestros hijos, porque su hiperactividad y distracción están en su cerebro; podemos gastarnos el dinero que no tenemos en máquinas tragaperras o casinos, porque sufrimos un déficit del control de los impulsos…
Una psiquiatría así termina por causar un daño terrible: no solo múltiples efectos secundarios causados por los fármacos psiquiátricos, especialmente si son consumidos por períodos prolongados de tiempo, sino también un cambio más global, en el sentido de ir construyendo una sociedad donde nadie es culpable de lo que hace, donde la responsabilidad se diluye en un magma de neurotransmisores, infancias traumáticas, cogniciones desordenadas y otros conceptos más o menos parecidos… Una sociedad donde se considera casi imprescindible tener que acudir a un profesional a por una pastilla o una terapia para superar el duelo por la muerte de un ser querido o el abandono por parte de la persona amada…

Foucault estudió la locura y mostró cómo, mediante ese extraño discurso psiquiátrico, se hace posible un cierto tipo de control de los individuos tanto dentro como fuera de los asilos. El dispositivo psiquiátrico tal y como existe en nuestra sociedad, se ampara en un supuesto saber, una ciencia que no deja de ser un cierto “juego de verdad” mucho más cercano a la subjetividad de las ciencias del espíritu que a la mayor objetividad (tampoco completa) de las ciencias naturales.
La psiquiatría plantea una relación entre psiquiatra y paciente que es básicamente de dos tipos: el paciente es un “loco” sobre el que se ejerce un dominio que pretende controlar su conducta (con el encierro en el asilo clásico o con el tratamiento tranquilizador dispensado en las consultas modernas), o bien el paciente es un “cuerdo” preso de ansiedades y depresiones diversas, sobre el que se ejerce un dominio diferente, buscando su consuelo, su anestesia o su resignación.
Desde nuestro punto de vista, la tecnología de poder clásica de “control del loco” que con tan gran acierto describió Foucault se ha visto en las últimas décadas acompañada de la tecnología de poder de “consuelo del triste y el ansioso”, desviando todo un caudal de malestar social a cauces de tranquilización individuales (ya sea con fármacos o psicoterapias). Desde este punto de vista, se podría considerar que el saber psiquiátrico (y el poder que conlleva) están al servicio de un sistema político y social injusto, desempeñando una función de control y anestesia del malestar, apaciguando posibles ansias emancipadoras (o revolucionarias) al situar en lo individual, donde se agota en sí mismo, el descontento originado realmente en lo social.

Partiendo de este punto de vista, planteamos la idea de que la psicoterapia sería una cierta tecnología del yo en el sentido de Foucault, por la cual el sujeto lleva a cabo toda una serie de cambios en sus pensamientos, afectos o conductas, bajo la dirección de un terapeuta. Creemos que existe en nuestra cultura la idea extendidísima y aceptada casi de forma acrítica de que “expresar / confesar / no guardarse los problemas / preocupaciones / traumas… es bueno / necesario / imprescindible… para estar bien / ser feliz / realizarse uno mismo…”.
Tal vez pueda leerse esta idea como un meme porque se transmite de persona a persona, de generación en generación, e impregna nuestras manifestaciones artísticas más diversas, en cine, literatura, televisión, etc. Si tienes un problema que te preocupa, es imprescindible o, en todo caso, muy útil, que lo hables con un psiquiatra / psicólogo / psiloquesea paradesahogarte / elaborarlo / superarlo.
Nuestra hipótesis es que tal meme se origina posiblemente en los inicios del siglo XX y en relación con el extraordinario auge del psicoanálisis. El caso es que se extiende poco a poco la idea de que hay que hablar de los problemas para solucionarlos o superarlos. Nos parece que en otras culturas o en épocas previas a la nuestra, dicho meme no existía. Tal vez en la época de nuestros abuelos y bisabuelos, el meme dominante fuera algo así como “no hables de tus problemas, resígnate a ellos y sigue adelante”. Y la cuestión es que no nos parece que las personas que vivieron en esas épocas y esas culturas fueran necesariamente más desgraciados / infelices / enfermos que nosotros. De hecho, la impresión es más bien que cada vez se soporta menos cualquier dolor, frustración o malestar y enseguida necesitamos un experto que nos dé un remedio para aliviarnos, porque no somos capaces (o creemos no serlo) de salir adelante por nuestros propios medios personales y la ayuda de nuestros propios apoyos sociales.
Evidentemente, una vez instaurado el meme de que “hablar es bueno”, la gente inmersa en dicha cultura siente la necesidad de hablar y corre el riesgo de sentirse mal si no habla. Pero tal vez la eficacia de las psicoterapias tenga más que ver con la profecía autocumplida de esta idea cultural que con una realidad más o menos objetivable. Una especie de placebo para toda una cultura, por así decirlo.

Esta psiquiatrización y psicologización del malestar vital cobra especial virulencia contra las mujeres: en nuestra cultura, aún claramente machista a pesar del esfuerzo de muchos por hacer ver que el machismo está superado (lo cual es la mejor manera de asegurarse de que nunca lo llegue a estar), son las mujeres quienes con más frecuencia son catalogadas de depresivas, neuróticas, trastornos de personalidad, etc. Y ello ante dificultades vitales muy frecuentemente mayores a las de los varones: más paro, menores sueldos, mucha más carga como cuidadoras familiares, más acosos, abusos y agresiones de todo tipo, etc…
Estamos configurando un contexto donde cualquier dolor consustancial a la vida (que, a veces, duele mucho) parece requerir un profesional y un remedio, del tipo que sea. Un contexto socio-cultural marcado, en nuestra opinión, no tanto por una escasa tolerancia a la frustración, como suele decirse desde círculos profesionales ante la demanda imparable de atención psiquiátrica o psicológica, sino más bien por un engaño masivo que lleva a la gente a pensar que su malestar debe ser atendido desde un enfoque médico, con el consiguiente beneficio económico de las empresas farmacéuticas que venden sus productos y de algunos profesionales que ven acrecentado su supuesto prestigio y su importancia social.

Gentes destrozadas por una crisis económica que no han provocado pero que sufren, mientras los individuos que sí la provocaron no la sufren en absoluto, gentes que han perdido o van a perder sus empleos, sus casas, sin dinero suficiente para vivir con dignidad, sin expectativas de mejoría para ellos mismos o sus hijos… Gentes que son encaminadas a servicios de salud mental, a contar sus penas a profesionales que no pueden hacer otra cosa que intentar adormecer tanto dolor a base de medicamentos o escuchas, unadormecimiento que, aunque alivie momentáneamente, lo que provoca es que no se busque la solución donde se originó el problema: en un orden social injusto, un desigual reparto de la riqueza, una distribución surrealista de la carga impositiva…
En definitiva, en un sistema montado para que los ricos y poderosos lo sean cada vez más, mientras las clases bajas y los que se esfuerzan en creerse clase media, estemos cada vez más hundidos y más aterrados de perder lo que todavía nos queda…

En este contexto, todo ese dolor e indignación es encaminado hacia enfoques individuales que promueven la anestesia y la resignación, en vez de hacia un enfoque social, en busca de unirse a tantas personas que sufren, que sufrimos, por los mismos males y las mismas injusticias. La psiquiatría influye en la cultura colaborando a crear un dispositivo de control social y mantenimiento del orden establecido, frente al que solo cabe intentar luchar, asumir la propia responsabilidad y creer en la propia libertad, desarrollando lo que podríamos denominar, por anacrónico que suene, una auténtica conciencia de clase, que nos lleve a darnos cuenta de que no estamos solos en nuestro dolor, que somos muchos, y que tenemos un poder que ni imaginamos si nos unimos. Aunque para eso haya que salir de las consultas y marchar juntos por las calles…
Esta psiquiatría debe ser superada si queremos sostener un punto de vista emancipatorio para el individuo y para la sociedad en su conjunto: una reafirmación de la responsabilidad, sin miedo a la noción de culpa, apoyada en una libertad individual que asuma sus elecciones pero que no pierda de vista la condición del ser humano como animal social, y las repercusiones éticas que ello debería conllevar. No pretender curar lo que no es una enfermedad, sacar del ámbito médico lo que debería dirimirse en el político y no circunscribir a lo individual lo que son problemáticas sociales que solo en la sociedad y de formas colectivas podrán encontrar solución. O no, pero al menos habrá que intentarlo.
José Valdecasas es psiquiatra y licenciado en filosofía. Editor del blog “postPsiquiatría” y miembro del Consejo Asesor de NoGracias. Su ponencia está extraída en parte de un texto recientemente publicado “Despsiquiatrizar la cultura como necesidad ineludible para un cambio social emancipatorio”

jueves, 14 de diciembre de 2017

Electroshock

ELECTROSHOCK 



En el Siglo XXI, con toda la famacopea, a menudo prescrita de manera exagerada; todavía se siguen realizando estas prácticas. No sólo resulta a primera vista una salvajada, además es un insulto al sentido común. 

No niego que en casos particulares pueda resultar útil, sin embargo, aquello que venden como avance de la medicina y la psiquiatría es sólo una ilusión.

Deseo que esos supuestos avances puedan llevarse a cabo, tengamos en cuenta que este procedimiento perjudica gravemente la memoria y además es un artefacto cuando la desesperación del psiquiatra, o su inutilidad, si me permiten, recurre a ello como "recurso" radical, sabemos que radical viene de raíz. Por tanto elimina de cuajo la planta que algún día puede brotar, crecer su tallo y sus hermosas flores que atraigan a los insectos por su maravillosa dulzura.

El "establishment" está dando más importancia a un psicofármaco que a la psicoterapia, evidentemente los intereses son muy claros.
Está demostrado que la psicoterapia, por sí sola, para muchos casos puede resultar muy útil y en esta patología, cuando es aguda, la combinación de ambos factores se imbrican de manera inexorable.
Espero que nos dejen pensar. Y no impongan nada, al menos se puede dar el consentimiento firmado para el electroshock...

Gracias por su indulgencia...

PD.: Procuren no anestesiar con pastillas, eso destroza la Naturaleza Humana y sus vicisitudes.

Parafraseando a Kierkegaard, la angustia es el miedo a la libertad.



Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Zaragoza. Página Personal 
Zona Centro. Lacarra de Miguel. Antes Gral. Sueiro


jueves, 12 de octubre de 2017

Placebo



Se suele creer que los fármacos tienen un efecto superior al placebo, esta hipótesis está sin verificar todavía. Y se plantea que ante un proceso ansioso o depresivo leve, entonces el fármaco tiene una eficacia compatible con el efecto placebo. La psicoterapia, su efecto terapéutico, sin entrar en otras discusiones teóricas, puede formularse así: como la medida del efecto placebo, cualquiera que sea, el efecto que se produce cuando no hay fármaco.
La distinción fundamental es que una pastilla supone una relación con el médico de forma pasiva, a menudo limitándose a una breve conversación; la psicoterapia es una relación entre dos seres humanos que establecen un vínculo, una relación y que van construyendo una alianza terapéutica para que se pueda colaborar Entre los Dos, en este caso, la participación es activa.

Rodrigo Córdoba Sanz. Zaragoza. Día de la Ofrenda de la Flores en el Pilar, no se lo pierdan ;)