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Paz y Ciencia
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lunes, 24 de febrero de 2020

Menos pastillas, por favor



"Lo que sería ideal es que, en la medida de lo posible, se recetaran menos pastillas y ensañáramos más a las personas a resolver sus problemas desde el punto de vista psicológico", dice Francisco Pascual Pastor. Coincide con él Maribel Martínez, que durante los años que lleva ejerciendo en el centro de Psicoterapia Breve Sentirse Bien, de Barcelona, ha visto que las pastillas reinan, sí, pero no funcionan: "Creo que crecemos con la idea de que todo puede arreglarse con una píldora y, si a eso le añades que cada vez hay más padres hiperprotectores y que existe una industria farmacéutica brutal, el resultado es que resulta mucho más fácil tomarse un fármaco que enfrentarse a la situación que nos pone ansiosos".

La solución, reitera, es la terapia, que lo que hace es cambiar el sistema receptivo y de respuesta de las personas ante el problema. Al final, "de lo que se trata es de que las personas no dependan de nada. Ni de una pastilla ni de un terapeuta. Que ellos sean sus mejores herramientas".

Como ya señalaba la psicóloga Leticia Escario, Maribel Martínez también considera que, tanto en niños como en adultos, se están patologizando emociones -empezando por la propia ansiedad- que hasta hace poco eran normales: "Y es ahí donde se inicia el problema. Porque tener ansiedad ante un examen es una dificultad que todos hemos podido sobrellevar. No es divertida, pero ese punto de ansiedad puede servir para que sobresalgas: las emociones pueden ser algo normal, adaptativo, hasta positivo. Hay que aprender a gestionarlas".

También la tristeza del duelo, es medicada y no tiene por qué ser así. No tiene fundamento. El duelo hay que transitarlo de forma natural y responde a una situación de la vida que no se debe medicar, a no ser de que se cronifique, se convierta en un duelo complicado. "Luego vemos los problemas, con personas a las que, después de una separación traumática o de muerte de alguien cercano, se les han dado pastillas desde el minuto cero y no han elaborado ese duelo. No queremos sentir, y todavía sufrimos más".

La gestión emocional, la capacidad de identificar nuestras emociones, de saber qué son y de dónde salen -qué nos pasa, en definitiva-, es una herramienta muy útil para conseguir una salud mental estable, para nosotros y para nuestros hijos. Como hacerles saber que la ansiedad es una emoción que nos viene de serie y que tanto puede ser una aliada como una enemiga. Y ayudarlos a entrenar una habilidad tan importante como es la valentía, fundamental para ir por la vida.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo. Nº Col.: A-1324
Tfno.: (+34) 653 379 269
Instagram: @psicoletrazaragoza
Página Web: www.rcordobasanz.es


miércoles, 19 de febrero de 2020

Cuando la Ansiedad es un Lujo




"Yo creo que la gente que tiene ansiedad de verdad son los de Siria. Comen con bombas. ¡Juegan y les caen bombas!"

La doctora estadounidense Suniya S. Luthar es catedrática de psicología y profesora emérita en el Teachers College de la Universidad de Columbia. Entre sus intereses académicos está el estudio de la resiliencia -la capacidad que tiene una persona para superar circunstancias traumáticas-. Hace unos años, Luthar decidió analizar sus niveles en diferentes ámbitos sociales, incluidos los adolescentes en familias de clases altas y medias, un grupo poco estudiado. Descubrió que los jóvenes de clases más privilegiadas, forman parte del grupo de los más emocionalmente angustiados del país.

Existe un cierto mito de que la gente más pobre no sufre ansiedad porque está preocupada por temas más básicos. Sin embargo, la precariedad aumenta la posibilidad de sufrirla. Como señalaba el doctor Figueroa: "En un entorno de pobreza todo se vive con mayor estrés". Una afirmación que ratifica la OMS: en el citado informe sobre trastornos mentales en la juventud europea señala que los jóvenes con menos ventajas -como minorías e inmigrantes- están "particularmente afectados". Lo que ocurre a menudo, es que muchos de estos jóvenes que viven en la precariedad no tienen ni el tiempo ni los recursos para manifestar -y mucho menos para tratar- su ansiedad.

La precariedad produce ansiedad. La diferencia sería que, para muchas personas, expresarlass es un lujo que, sencillamente, no pueden permitirse. Leticia Escario, ante la pregunta de por qué parece que las clases bajas no tienen tanta ansiedad, explica: "Lo que ocurre es que hoy hay una tendencia a que cualquier cosa que se sale de lo normal automáticamente se convierte en patológica. Y en las clases pudientes hay más tendencia, sin querer, a patologizar cosas".


Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo. Nº Col.: A-1324
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domingo, 16 de febrero de 2020

Padres ansiosos, hijos ansiosos



Niños con agendas de ministro por el horario lectivo abusivo, extraescolares, clases de refuerzo; el producto de lo que Eva Millet denomina "Hiperpaternidad". Las agendas frenéticas, sin embargo, no son su única característica. La hiperpaternidad tiene otros ingredientes. Como la precocidad y la sobreprotección de los padres, mezclada con la presión para que el hijo triunfe y... ¡la ansiedad! Que es debidamente transmitida a la prole.

En un mundo cada vez más polarizado, la crianza también se está colocando en dos extremos, ambos generadores de ansiedad. Por un lado, encontramos a más niños y adolescentes desamparados, olvidados por sus familias y con una protección social más precaria. Por otro, a niños y adolescentes cada vez más supervisados, sobreprotegidos y consentidos. En las sociedades más ricas del siglo XXI hay niños que no les importan a casi nadie y otros con unos progenitores dispuestos a allanarles el camino en la vida cueste lo que cueste.

En paralelo a una desigualdad social cada vez más pronunciada, la hiperpaternidad avanza a pasos de gigante, dominada por el miedo y las ansiedades que los padres respecto a su prole. Los padres actuales tienen pavor a que los hijos se equivoquen, y a que se frustren (el "que no se traumatice" es un mantra de los progenitores de este siglo). Sin olvidar el miedo a no hacerlo bien como padres, a no llegar a las expectativas impuestas por no sé muy bien qué panel de expertos.

Y, entre tanta inseguridad, la ansiedad campa a sus anchas. Ansiedad por llegar a todo y por dárselo todo. Para conseguir a esos niños perfectos que parece que el mundo demande. Por llegar a ser los padres perfectos, de revista.

De este modo, los bienintencionados padres ejercen tanto de guardaespaldas (y evitan así entrenar una habilidad básica en la vida: enfrentarse a nuestros miedos) como de solícitos secretarios o asistentes personales. Unos secretarios tan buenos que hasta anticipan los posibles contratiempos de los hijos. Que hasta actúan de mediadores entre los pequeños conflictos con sus amigos. Que hasta les hacen ellos mismos los deberes -¡para que no se equivoquen!-. Que los acompañarán, en el útimo año de la escuela, al examen de la Selectividad, cargados de bolígrafos de repuesto y de bocadillos. Padres y madres que ejercerán una vigilancia constante sobre su prole que produce una lógica ansiedad: la de sentirse permanentemente observado.

Y, de esta forma, cual fieles servidores, los hiperpadres no permiten que sus hijos se enfrenten a sus obstáculos cotidianos y adquieran algo también tan fundamental en la vida como es la capacidad de autonomía.

"Sí, la hiperpaternidad implica mucha sobreprotección y lo que están haciendo los padres sobreprotectores es decirles a sus hijos que hay peligros por todas partes, que, si ellos no están interviniendo o supervisando, los niños están en riesgo. Y eso genera mucha ansiedad", resume Stella O´Malley.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Nº Col.: A-1324 Zaragoza
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