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Paz y Ciencia
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viernes, 28 de enero de 2022

Llamadme por mis verdaderos nombres

 



No digas que partiré mañana
porque todavía estoy llegando.

Mira profundamente: llego a cada instante
para ser el brote de una rama de primavera,
para ser un pequeño pájaro de alas aún frágiles
que aprende a cantar en su nuevo nido,
para ser oruga en el corazón de una flor,
para ser una piedra preciosa escondida en una roca.

Todavía estoy llegando para reír y llorar,
para temer y esperar,
pues el ritmo de mi corazón es el nacimiento y la muerte
de todo lo que vive.

Soy el efímero insecto en metamorfosis
sobre la superficie del río,
y soy el pájaro que cuando llega la primavera
llega a tiempo para devorar este insecto.

Soy una rana que nada feliz
en el agua clara de un estanque,
y soy la culebra que se acerca
sigilosa para alimentarse de la rana.

Soy el niño de Uganda, todo piel y huesos,
con piernas delgadas como cañas de bambú,
y soy el comerciante de armas
que vende armas mortales a Uganda.

Soy la niña de 12 años
refugiada en un pequeño bote,
que se arroja al mar
tras haber sido violada por un pirata,
y soy el pirata
cuyo corazón es incapaz de amar.

Soy el miembro del Politburó
con todo el poder en mis manos,
y soy el hombre que ha de pagar su deuda de sangre
a mi pueblo, muriendo lentamente
en un campo de concentración.

Mi alegría es como la primavera, tan cálida
que abre las flores de toda la Tierra.
mi dolor es como un rio de lágrimas,
tan desbordante que llena todos los Océanos.

Llámame por mis verdaderos nombres
para poder oír al mismo tiempo mis llantos y mis risas,
para poder ver que mi dolor y mi alegría son la misma cosa.

Por favor, llámame por mis verdaderos nombres
para que pueda despertar
y quede abierta la puerta de mi corazón,
la puerta de la compasión.

Thich Nhat Hahn

domingo, 16 de enero de 2022

LA IRA. SÉNECA


 

Aristóteles dice que la ira es necesaria, pero dominada por la razón. Séneca refuta al gran maestro de Estagira, argumentando que si lo que aparece es ira de verdad, entonces esta es incompatible con la razón. Si es una ira “razonable” ya no es ira. Y descarta también la creencia de que la ira moderada es buena, argumentando que un mal en menor medida nunca puede convertirse en un bien.

Añade Séneca, quien escribió todo un tratado sobre la ira que esta no solo es contraria a la naturaleza del ser humano, sino que es inútil e indeseable. La razón solo es más fuerte cuando está alejada de las pasiones. Cuando las pasiones aparecen, toman las riendas y no pueden ser dominadas por la templanza. Por ello mismo, hay que rechazar los impulsos de la ira en su misma raíz.

Finalmente, dice Séneca que la ira ni siquiera es útil contra el enemigo, porque en la guerra se consigue más con la serenidad, la reflexión y la estrategia, mientras que la ira favorece las derrotas. En el caso de injusticias o atentados contra la familia, en vez de la ira son más útiles la piedad y la virtud, que llevan a actuar con calma y diligencia.

Algunos estoicos admiten hasta cierto punto la expresión de la ira como algo natural. En cualquier momento puede ocurrir algo que te altere el ánimo y te haga mostrarte visiblemente enfadado. Alguien podría ser impertinente, el coche dejar de funcionar en la situación más inoportuna, o una persona de tu equipo cometer un error crítico a pesar de que le hayas dejado muy claro lo que debía hacer. Tu comportamiento instintivo en esas circunstancias puede ser enfadarte con bastante afectación. Y eso puede ser, como decía, hasta

jueves, 22 de abril de 2021

Lacan y el Océano Borderline

 


Rodrigo Córdoba. Psicólogo Y Psicoterapeuta. Teléfono: 653 379 269 Zaragoza -Gran Vía- Y Online. Instagram: @psicoletrazaragoza rcordobasanz@gmail.com.                          Página Web: www.rcordobasanz.es

Artículo Externo. Delicioso 👇

Rafael Pozo Gowland

RESUMEN

El presente trabajo realiza un recorrido histórico sobre algunos aportes realizados desde el psicoanálisis y la psiquiatría en relación a la categoría diagnóstica borderline. Se hace particular hincapié en diferentes propuestas realizadas por autores de orientación lacaniana, analizando los puntos de convergencia y divergencia, así como las consecuencias clínicas que se extraen de las diferentes conceptualizaciones. PALABRAS CLAVE: limítrofe, personalidad, estructura, locura, psicosis.

ABSTRACT  

The Lacanian perspective againstthe polemic of the limits. This work makes a historical tour of some contributions made from psychoanalysis and psychiatry in relation to the diagnostic category borderline. Particular emphasis is placed on different proposals made by authors of Lacanian orientation, analyzing the points of convergence and divergence, as well as the clinical consequences extracted from the different conceptualizations. KEY WORDS borderline, personality, structure, madness, psychosis.

RESUM  

La perspectiva lacaniana enfrontla polèmica dels límits. El present treball realitza un recorregut històric sobre algunes aportacions des de la psicoanàlisi i la psiquiatria en relació amb la categoria diagnòstica borderline. Es fa un èmfasi particular en diferents propostes realitzades per autors d’orientació lacaniana, analitzant els punts de convergència i divergència, així com les conseqüències clíniques que s’extreuen de les diferents conceptualitzacions. PARAULES CLAU: límit, personalitat, estructura, bogeria, psicosi.  

Introducción  

Los intentos de categorización de la psicopatología siempre han sido complejos, sin importar la disciplina o la orientación teórica. De Freud al DSM, la revisión constante de las categorías remite, por un lado, a cierta imposibilidad frente a los esfuerzos por establecer lími­tes inamovibles y, por otro, a cómo la clínica funciona como cuestionador constante de estos intentos. La problemática de las estructuras clínicas, a su vez, ha provocado siempre mucha polémica dentro del psi­coanálisis, generando diferencias y divisiones y dando lugar a propuestas teóricas tan diversas que cuesta por momentos ubicar un denominador común entre dife­rentes autores. De ahí la clásica distinción entre “el psi­coanálisis” y “los psicoanálisis”. Aquellos pacientes coloquialmente denominados como borders, que no son fácilmente ubicables dentro de las categorías más clásicas, han sido objeto de un amplio interés por parte de prácticamente todas las líneas psicoanalíticas. El presente artículo pretende realizar una revisión sobre esta problemática, hacien­do hincapié en propuestas realizadas por autores de orientación lacaniana. Por un lado, debe aclararse que la misma representa un claro recorte que no pretende ser exhaustivo y, por otro, que no es lo mismo aclarar  “desde Lacan” que “desde una orientación lacaniana”, siendo esta última más amplia, ya que incluye la varie­dad de propuestas realizadas por los seguidores de La­can, algunas de ellas con diferencias significativas.

Recorrido histórico

Pocos conceptos han resultado tan problemáticos dentro del campo de la psicopatología como ocurre con el de borderline. Más allá incluso de su uso vulgarizado en el lenguaje popular, parece existir poco consenso al­rededor del mismo dentro del campo de la Salud Men­tal. Según Gabbard (2002), el diagnóstico de Borderline en sentido amplio o como organización de la personali­dad engloba una amplia variedad de casos, incluyendo a los diferentes Trastornos de la Personalidad del Grupo A y B, al punto de que se ha convertido en un “tacho de basura psiquiátrico, sobreutilizado y mal utilizado” (p. 447). Cabe realizar entonces una primera distinción del término: como trastorno de la personalidad, en tanto diagnóstico sintomático propuesto por el DSM (1994) y como estructura psíquica u organización de la perso­nalidad propuesta por el psicoanálisis. Si bien existen puntos de intersección (tanto históricos como clínicos) entre ambos constructos, pertenecen no solo a noso­grafías distintas sino que parten también de paradigmas y fundamentos diversos. Su homologación, ya sea por falta de rigurosidad o intentos de simplificación, puede resultar no sólo confuso sino también problemático, ya que quedan desdibujadas las implicancias clínicas que se desprenden de las diferentes conceptualizaciones. La historia del término Borderline como categoría diagnóstica es extensa y sus avatares responden a di­ferentes problemáticas, tanto clínicas como teóricas, que han ido surgiendo a lo largo de la historia de la psiquiatría y el psicoanálisis. Un modo de sintetizar la gran polémica entre autores es plantear si se trata de una estructura en sí misma, un estado, o un episodio dentro de una neurosis o una psicosis. Pero incluso to­mando partido por alguna de estas posturas, surge un nuevo debate en relación a cómo se entiende el con­cepto de estructura o qué estatuto darle a estos estados o episodios. Si bien el primer autor que parece haber utilizado el término limítrofe en la descripción clínica de pacientes fue Hughes en 1984 al referirse a “personas que pasa­ron toda su vida a uno u otro lado de la línea” (citado en Conti y Stagnaro, 2004, p. 271), Matusevich, Ruiz, y Vairo (2010) señalan varios antecedentes del mismo dentro de la psiquiatría clásica: La Locura Histérica de Falret, Prichard y su Locura Moral, Rosse y su cuestiona­miento al límite entre normalidad y enfermedad men­tal, entre otros. Dentro del ámbito del psicoanálisis, Freud ya mostró interés por aquellos pacientes en los que no resultaba sencillo determinar si se trataba de casos de neurosis o de psicosis. En uno de sus primeros textos, afirma que “no es raro que una psicosis de defensa interrumpa episódicamente la trayectoria de una neurosis histérica o mixta” (1894, p. 61). Este punto seguirá siendo una preocupación en sus desarrollos y, en 1924, se pregun­tará por los mecanismos subyacentes a estos casos en sus textos Neurosis y psicosis (1924a) y La pérdida de rea­lidad en la neurosis y la psicosis (1924b). Allí aclara que, tanto en la neurosis como en la psicosis, hay un “afloja­miento del nexo con la realidad” (1924b, p. 191) y, por lo tanto, “el tajante distingo entre neurosis y psicosis debe amenguarse, pues tampoco en la neurosis faltan intentos de sustituir la realidad indeseada por otra más acorde al deseo” (1924b, p. 196). Como ocurre con muchos de los problemas abor­dados por Freud, la verdadera polémica surgió luego de su muerte, frente al creciente número de psicoana­listas que teorizaban sobre sus pacientes, el aumento y variedad de experiencias clínicas que comenzaron a acumularse, así como las diferencias institucionales que empezaron a originarse. Porque si hay un punto que no puede dejarse de lado para un análisis serio sobre la temática es que las diferencias no son nunca solo teóri­co- clínicas, sino que se encuentran atravesadas a su vez por una dimensión política. En la historia del psicoanálisis ha habido numerosos aportes en relación a este tipo de pacientes. Diferentes autores han hecho referencias clínicas o teóricas, ya sea sobre las etapas del desarrollo evolutivo cuya perturba­ción puede dar lugar a este tipo de cuadros, las modali­dades particulares de transferencia con estos pacientes y los posibles objetivos del tratamiento psicoanalítico (cuando el mismo se considera viable). A los fines del presente trabajo serán desarrollados brevemente algu­nos aportes realizados por autores en relación a esta temática. Stern (1938, citado en Conti y Stagnaro, 2004) fue el primero de ellos en realizar una descripción sobre estos “estados limítrofes”, caracterizados por una sen­sibilidad extrema hacia las estímulos interpersonales,   una intolerable vivencia de dolor subjetivo y ansiedad, pudiendo incluso verse afectado el criterio de realidad. Helen Deutsch publica en 1942 un importante artículo sobre lo que ella denomina las “personalidades como sí”. Allí describe pacientes normales en apariencia pero con una actitud extremadamente pasiva y de naturale­za imitativa frente al medio, particular tendencia a la identificación, fácilmente sugestionables; con escasas respuestas afectivas aunque presenten intentos de si­mular una experiencia afectiva, falta de individualidad y carácter. La autora hace hincapié sobre las diferencias entre este tipo de pacientes y las descripciones más clá­sicas de neurosis y psicosis. Los desarrollos de Deutsch han sido retomados y reformulados por numerosos autores. Desde la perspectiva lacaniana, han sido par­ticularmente trabajados en relación al problema de las psicosis no desencadenadas y sus modos de compensa­ción imaginaria (Lacan, 1955-56; Maleval, 1996). En 1968, Grinker publica un análisis estadístico sobre este tipo de pacientes, a partir del cual inten­ta delimitar el ya en ese entonces polémico término Borderline. Lo destaca como un síndrome específico con consistencia interna y estabilidad, pero identifica, a su vez, cuatro subgrupos dentro del mismo. Dentro de un continuum, ubica en los extremos al Borderline psicótico y neurótico y entre éstos a las personalidades como si y al fronterizo central (Matusevich et al., 2010; Gabbard, 2002). Uno de los autores psicoanalíticos que más en pro­fundidad se ha abocado el problema de los pacientes Borderline, tanto en relación al diagnóstico como al tratamiento, ha sido Otto Kernberg. Sus concepto de organización Borderline no remite a un Trastorno de la Personalidad específico, ya que aclara que la misma incluye pacientes con trastornos narcisista, antisocial, paranoide, esquizoide, etc. (Gabbard, 2002). Si bien no descarta el valor clínico de un diagnóstico descriptivo (y realiza una revisión detallada de los síntomas princi­pales), destaca las limitaciones del mismo y hace hin­capié en la importancia del diagnóstico estructural a la hora de pensar el pronóstico y el tratamiento. Kernberg (1987) propone la existencia de tres organizaciones es­tructurales (neurótica, psicótica y límite) que difieren en el grado de integración de la identidad, el tipo de operaciones defensivas que predominan y el juicio de realidad. Kernberg señala a su vez que las modalida­des de funcionamiento pueden variar en un paciente con un diagnóstico determinado. Señala, por ejemplo, que pacientes esquizofrénicos pueden presentar en de­terminados momentos de remisión una organización neurótica o límite de la personalidad. Otro autor que resulta pertinente destacar es Jean Bergeret. Siguiendo su razonamiento, para la gran ma­yoría de los autores es evidente la existencia de pacien­tes con funcionamientos que no responden a los dos grandes marcos estructurales, pero los desacuerdos ra­dican en la posición nosológica que se les debe acordar. Destaca que, en estos casos, de lo que se trata es de una falla en la posibilidad de estructuración, motivo por el cual propone el concepto de una “a-estructura”, la cual podría orientarse en el desarrollo hacia una neurosis o una psicosis. Bergeret (1974), a su vez, hace mucho hincapié en los síntomas depresivos, vinculados al te­mor por la pérdida del objeto, que caracterizan a estos pacientes. Se trata un planteamiento que tiene impor­tantes implicaciones a nivel clínico, particularmente a la hora de pensar el trabajo con adolescentes. Sobre este punto y en relación a la posibilidad de transición entre estructuras sostenida por diferentes autores, Bergeret aclara que su conceptualización “no implica esas tran­siciones sino en el momento de la adolescencia, o en algunos momentos ulteriores que puedan corresponder a retardos de adolescencia” (1974, p. 184). Otro psicoanalista francés que ha trabajado extensa­mente este tema a lo largo de su obra es André Green. Sus trabajos tienen una marcada dimensión clínica y un cuestionamiento constante de las diferentes propues­tas (incluidas las suyas). Considera a los estados límites como el funcionamiento propio de esta época, dada su predominancia, y asegura que “definen el campo psi­coanalítico contemporáneo” (2011). Su concepción al respecto se fue modificando a lo largo de los años, des­de una visión más estructuralista, hacia un cuestiona­miento de las categorías estancas y una complejización de las relaciones y entrecruzamientos que existen entre las mismas (Lanza Castelli, 2016). Según Green (1991), el concepto de caso límite se encuentra, debido a su multiplicidad polimorfa, mal circunscrito. Opta enton­ces por un enfoque clínico en vez de una aproximación psicopatológica, motivo por el cual desarrolla la idea de “estados en los límites de la analizabilidad” para refe­rirse a aquellos “funcionamientos no neuróticos”. Hace hincapié en los afectos, los trastornos del pensamiento, las relaciones de objeto, la destructividad, y el narcisis­mo. Sus desarrollos son complejos, y entran en diálogo con diferentes autores: Freud, Winnicott, Bion, Piera Aulagnier, entre otros. Si bien toma muchos elemen­tos propuestos por Lacan (con quien se formó durante años), asegura que éste “niega o sencillamente ignora la especificidad de los funcionamientos limítrofes” (2011, parr. 5).  

Perspectivas lacanianas

Tal como ocurre con muchos temas, las referencias explícitas al concepto de Borderline no abundan en la obra de Lacan. Esto, sin embargo, no implica que no puedan extraerse diferentes conclusiones sobre el tema a partir de sus teorizaciones. Si hay algo que caracte­rizaba a Lacan era su constante diálogo con diversas disciplinas y autores, dentro de los cuales incluía fre­cuentemente autores psicoanalíticos contemporáneos o previos. No dudaba en marcar sus diferencias, pero demostrando siempre haberse detenido en una lectura precisa de las otras propuestas, algo que parece haber­se perdido actualmente entre sus seguidores. Tal como señala Muñoz (2011), si Lacan “adoptó esa postura de respeto y cuidado por sus colegas es porque entendió que había un núcleo de verdad en sus desarrollos en torno de los llamados núcleos psicóticos de la personalidad o casos fronterizos” (p. 48). A esto, además, se le su­man varios desarrollos o propuestas realizadas poste­riormente por autores que parten de la enseñanza de Lacan. Lacan utiliza el término Borderline una única vez como categoría clínica, en el Seminario 10 (1962-1963), para referirse al caso del Hombre de los Lobos. El tér­mino fue llamativamente eliminado de la versión oficial de dicho seminario (Soria, 2016). En dicho seminario, también trabaja algunos casos presentados como bor­derlines por la psicoanalista Margaret Little, a quienes Lacan, en cambio, entiende como estructuras psicó­ticas. Destaca, a su vez, la importancia de diferenciar estructura psicótica y psicosis clínica o sintomática. Ya había señalado este punto en otras oportunidades, por ejemplo en el Seminario 3 (1955-56), cuando realiza la tan citada aclaración: “nada se asemeja tanto a una sin­tomatología neurótica como una sintomatología pre-psicótica” (p. 273). Muñoz (2010a) destaca que, desde la perspectiva la­caniana, las estructuras planteadas por Freud “no in­tersectan y no son combinables” (p. 350), motivo por el cual no puede hablarse de desencadenamientos o núcleos psicóticos dentro de una estructura neurótica. A su vez, el autor argentino (2009) aclara que tampoco se hace uso del concepto de Borderline: los casos ha­bitualmente incluidos por otros autores en esta catego­ría son entendidos como neuróticos desestabilizados y con un grado importante de desorganización o como pacientes psicóticos que logran mantenerse estables en situaciones frente a las cuales otros se desestabiliza­rían. Llama a su vez la atención sobre la proliferación de trabajos sobre psicosis no tan evidentes y que pue­den pasar desapercibidas, lo cual contrasta con la poca producción en relación a los casos inversos, aquellos que por su presentación parecen claros casos de psico­sis pero el tratamiento demuestra luego que se trataba de una neurosis (Muñoz, 2011). Aclara, sin embargo, que, en la actualidad, la extensión de nuevos concep­tos como el de “psicosis ordinaria” vuelve a plantear el problema de las fronteras entre estructuras, al punto de “configurar una nueva categoría border pero de orienta­ción lacaniana” (Muñoz, 2010a, p. 350).

Locura

Dada la posición de los autores lacanianos con res­pecto al concepto de Borderline, el término “locura” resulta útil (e incluso necesario) a la hora de describir y teorizar sobre aquellos casos complejos en lo que hace al diagnóstico estructural. El mismo permite nombrar ciertos fenómenos o episodios que fácilmente pueden confundirse con una psicosis pero que se presentan en el marco de una neurosis (Muñoz, 2009). Se trata así de establecer una clara diferencia entre el fenómeno y la estructura: la locura atraviesa y puede ser articulada a las tres estructuras: psicosis, neurosis y perversión (Mu­ñoz, 2010b). Dicha articulación entre neurosis y locura ha sido tra­bajada por diferentes autores lacanianos, con diversas propuestas conceptuales que intentan dar cuenta de los mecanismos en juego. Jean-Claude Maleval es uno de los autores que, además de haber sido quien reintrodu­jo el debate, más ha trabajado este tema en diferentes momentos y con distintas elaboraciones al respecto. Sus desarrollos sobre el mecanismo de forclusión in­tentan ubicarlo en relación a la neurosis y la psicosis, llegando a postular la idea de “forclusión restringida”, que se diferencia de la forclusión del Nombre-del-Pa­dre (en tanto significante fundamental) propia de las psicosis. De este modo, siguiendo las ideas de Maleval, de lo que se trata en las locuras histéricas es de “una forclusión parcial sobre un significante que no acarrea la perturbación del conjunto del lenguaje para un suje­to” (Muñoz, 2009, p. 128). Otro autor que realiza un desarrollo similar es Juan David Nasio, al postular la idea de “forclusión local o parcial”, la cual tampoco recae sobre el significan­te del Nombre-del-Padre. Este autor critica la idea de una única realidad psíquica, planteando la existencia de multiplicidad de espacios psíquicos, independientes y coexistentes. Se trata así de “realidades locales”, algu­nas producidas por represión y otras por forclusión (Nasio, 1987, 2001). Otra propuesta que cabe destacar por su precisión conceptual e interés clínico son los desarrollos de Jean-Jacques Rassial (1999). A diferencia de la mayoría, este psicoanalista de orientación lacaniana no descarta el término Borderline, al cual le otorga la categoría de esta­do. Según este autor, se trata de un diagnóstico que des­cribe con gran claridad al sujeto moderno, que escapa de las descripciones semiológicas clásicas y dogmas psi­copatológicos. Sus descripciones parten de los últimos desarrollos de Lacan (principalmente en relación al sinthome y los modos de anudamiento de la estructura), en diálogo con ideas de André Green y con una pers­pectiva que hace mucho hincapié en la dimensión social y cultural: “el estado límite es ante todo una respuesta adecuada a esa incertidumbre de los puntos de refe­rencia característica del lazo social contemporáneo” (p. 27). Al entenderlo justamente como estado y no como estructura, se pregunta sobre la temporalidad y el cam­bio, así como por las condiciones que pueden dar lugar a una detención en este estado. En este punto, realiza a su vez un paralelismo entre la idea de estado límite y la adolescencia, en tanto operación psíquica fundamental y testimonio ejemplar de la civilización.  

Psicosis ordinarias

La posición de Lacan frente a la problemática de las estructuras varía a lo largo de su obra, ya que la misma se articula conceptualmente con otros desarrollos teóri­cos también reformulados. En un principio, el plantea­miento respondía a una lógica más lineal y asociada a un “todo o nada” (Fernández, 2009, p. 181). Más hacia el final de su obra, se puede ubicar lo que algunos autores han denominado como una “segunda clínica lacaniana” (Fernández, 2009, p. 181), continuista, más elástica, que permitiría reconocer matices diferenciales, en términos de anudamientos y desanudamientos de la estructura. Esto, a su vez, ha dado lugar a una línea de desarrollos teóricos que se centra más en las diferentes manifes­taciones clínicas, en la posibilidad de trazar una lógica detrás de ciertos “casos raros” donde tanto las manifes­taciones clínicas como el desarrollo de las mismas no responden a un modelo clásico. Belucci (2013) destaca que “lo que la última enseñanza de Lacan aporta es, entre otras cosas, la idea de que hay distintos modos en los que la estructura se anuda y desanuda y distintos soportes que le permiten al sujeto hacer con su condi­ción estructural”. Siguiendo esta perspectiva, algunos autores (Miller et al., 2003) proponen en el marco de una línea de inves­tigación el término “psicosis ordinaria” (aludiendo así a psicosis compensadas, no desencadenadas, en análi­sis, en terapia, medicadas, etc.) como un modo de dar cuenta de una variedad de casos clínicos y sus posi­bilidades de tratamiento. La propuesta de las psicosis ordinarias dio lugar a importantes debates dentro del ámbito lacaniano, ya que parecía ser una respuesta inte­resante para todos aquellos casos “difíciles de ubicar” en los términos más clásicos. Sin embargo, comenzó a observarse una extensión excesiva del término aplica­ble a todo aquello que no era fácilmente identificable, justamente una de las críticas dirigidas más frecuente­mente al concepto de estructura u organización bor­derline (y en otro ámbito, también a los Trastornos de la Personalidad). Estos autores señalan como operativo para la direc­ción de la cura la posibilidad de ubicar el desenganche de un sujeto en relación al otro, lo cual hace referencia, retroactivamente, al elemento que hacía de enganche, dirigiendo así el tratamiento a un posible reenganche. Proponen, a su vez, la idea de “neodesencadenamien­to”, como un intento de actualización del más clásico concepto de desencadenamiento (vinculado muchas veces a las formas más típicas), aludiendo a su vez a un aggiornamiento de la elaboración teórica de la clínica. La idea de neodesencadenamiento no solo remite al des­encadenamiento psicótico, sino que también interroga el modo en que el sujeto se desengancha del lazo social. Plantean la idea del desenganche asociado a una clíni­ca del funcionamiento, partiendo de la base de que no toda psicosis implica un desencadenamiento irreversi­ble al estilo de Schreber. Señalan que en muchos casos el mismo puede ser discreto o incluso difícil de localizar. En relación a estas formas de presentación, también destacan que “el trabajo delirante es un work in progress que puede durar toda una vida” (Miller et al., 2003, p. 73), con sus diferentes avatares. Laurent (2007) señala que, en las psicosis extraordinarias, solían encontrarse trastornos del comportamiento masivos, pero que estas presentaciones se modificaban frente al desarrollo de la psicofarmacología y ciertos deslizamientos sociocultu­rales. En los casos agrupados como ordinarios, se trata más bien de rarezas, estilos particulares de vida, inven­ciones, fenómenos difíciles de asignar. Laurent aclara que se trata de un campo que debe ser clínicamente explorado, pero manteniendo la distinción de neurosis y psicosis como polos fundamentales. Según Miller (2008), es una categoría más epistémica que objetiva, abierta a discusión, que surgió, en prin­cipio, frente a la necesidad de replantear la rigidez de una clínica binaria (neurosis o psicosis). Señala, a su vez, que se trata de una clínica delicada, orientada por peque­ños detalles o en términos de intensidad. Partiendo de una referencia de Lacan (1957-58), quien habla de “un desorden provocado en la juntura más íntima del senti­miento de la vida en el sujeto” (p. 540), Miller destaca la idea de desorden, diferenciándolo del término trastorno y lo ubica en relación a una triple externalidad. Por un lado, en cuanto a la identificación social, pue­de tratarse de una relación negativa (marcado por la di­ficultad en asumir alguna función o rol social, priman­do la desconexión o el desamparo) o positiva (cuando se evidencia una identificación demasiado intensa). También se observa un desorden en relación al cuer­po, donde el sujeto necesita crear lazos artificiales para reapropiarse de un cuerpo que se descompone (como podrían ser los piercings o tatuajes). Como último re­gistro, Miller (2008) ubica la externalidad subjetiva. En este punto señala como propio de las psicosis ordina­rias una experiencia de vacío o vacuidad, que, a diferen­cia de lo que ocurre en las neurosis, resulta indialectiza­ble. Junto a estos indicios, Miller también destaca como frecuente cierta identificación a un lugar de “desecho”, que no es de carácter simbólico, y que se evidencia, por ejemplo, en descuidos de la propia persona que pueden llegar a ser muy graves. Si bien Miller (2008), en su aclaración entre desorden y trastorno, intenta distinguir claramente su propuesta de las descripciones psiquiátricas y las conceptualiza­ciones de otros autores psicoanalíticos, resulta inevita­ble el paralelismo entre sus ideas y los “sentimientos de vacío” o la “difusión de la identidad”, entre otros. Gustavo Dessal (2008) ubica en las psicosis ordina­rias, además de las particularidades del desencadena­miento, una fenomenología muy variada, que puede acercarse a un exceso de normalidad o a una carac­teropatía grave, pero en la que nunca falta un núcleo delirante, muchas veces encapsulado. A esto agrega un discurso fabricado que puede funcionar a modo de no­minación, cierta pobreza en relación a la historia perso­nal, con poca implicación subjetiva, y un vínculo social atravesado muchas veces por componentes agresivos o de desconfianza. Destaca, a su vez, que el término psicosis ordinaria da cuenta de una estructura psicó­tica más extendida de lo que se supuso durante años, algo que, sin embargo, muchos autores de psiquiatría clásica ya parecían haber vislumbrado. En cuanto a las clasificaciones psiquiátricas más actuales concluye lo siguiente: los redactores del DSM han atomizado la psicosis ordinaria en una multiplicidad de síndromes y trastornos de la personalidad. Sin duda, no les falta la experiencia, en el sentido de la observación de un sin­número de fenómenos clínicos. El problema es cómo leerlos, cómo descifrarlos; cuál es el paradigma teórico a partir del cual se ordenan (p. 3).  

Conclusiones

A partir del recorte realizado resulta evidente que la polémica en relación a los pacientes llamados Borderli­ne, remite a un problema mucho más amplio que tiene que ver con el lugar del diagnóstico en psicoanálisis. En relación a esto, pueden ubicarse tres cuestiones cen­trales que surgen a partir del recorrido por diferentes aportes en relación a este tipo de casos.  Por un lado, se evidencia la multiplicidad y am­plia variedad (llegando incluso a puntos de contra­dicción) que existe entre propuestas de autores de orientación psicoanalítica. Incluso cabe aclarar que, en muchos casos, la utilización de un mismo término puede crear la ilusión de que se está hablando de lo mismo, cuando en realidad remiten a concepciones diversas, como también ocurre claramente con el concepto de estructura. Sumado a esto, resulta un excelente exponente de la complejidad y particula­ridades del entrecruzamiento entre el psicoanálisis y la psiquiatría.  Por último, los debates surgidos en relación a este tema demuestran el complejo vínculo que existe entre clínica y teoría y cómo las distintas presentaciones pueden poner en jaque categorías que, en algún momento, pueden ha­berse considerado incuestionables, invitando constante­mente a repensar el modo en que trabajamos y el lugar desde donde lo hacemos. Un análisis más profundo sobre las consecuencias clínicas que se desprenden de las diferencias concep­tuales, si bien arduo y extenso, resultaría sumamente fructífero.  

sábado, 22 de julio de 2017

La Neurosis

Suelo oír hablar de la neurosis como algo que se puede tener, y estoy de acuerdo en que no es parte de mi naturaleza esencial. Aun así, me gusta decir que ahora soy yo la neurosis, que soy botella, tapón y vino, y también quien se queja de que el vino no fluya. Es el miedo el que me hace de tapón. Es el miedo el que me hace cristalizar una parte de mí que luego uso para crear el tapón. Pero el miedo, al cual se le reconoce fácilmente una connotación negativa, es en realidad algo que es, sí, negativo, pero como la cualidad de ausencia de otra cosa. Es como decir "el vaso está vacío", pero esta cualidad de vacío se refiere sólo a la potencia de contener...

El signo positivo, en el símil eléctrico. Al juntarse con el negativo, es cuando se produce la luz.

La estructura de la nada Antoni Llorens

miércoles, 14 de enero de 2015

Claudio Naranjo: El camino que nos aparta de la neurosis


Claudio Naranjo
El doctor Claudio Naranjo, psiquiatra chileno nacido en 1932, trabajó en la Clínica psiquiátrica de la Universidad de Chile, Fue director del Centro de Estudios de Antropología Medica, realizó investigaciones sobre psicofarmacología y tipos de personalidad. En la década de los 60 fue uno de los discípulos más brillantes de Fritz Perls.
Claudio Naranjo trabajó con sus pacientes desde la Psicoterapia Gestalt, con la firme creencia de que el ser humano tiene una capacidad innata para auto-regularse mediante una inteligencia emocional un auto-conocimiento que va más allá de su capacidad intelectual. De hecho, para Naranjo laintelectualización es en demasiadas ocasiones uno de los mecanismos de defensa con los que nos auto-engañamos y nos desconectamos de nuestras emociones. Para Naranjo suspender la inercia de la “chicharrera” mental nos permite vivir más desde los sentidos y facilita un acercamiento a la verdadera realidad del hombre y al encuentro con su identidad.
El estudio de la neurosis fue uno de aspectos a los que Claudio Naranjo prestó más atención. El paciente neurótico, observa este autor, presenta una dificultad a la hora relacionarse con el otro expresando con libertad lo que realmente es, siente y necesita.
Para Naranjo la psicoterapia será efectiva si el psicólogo se centra en la persona y en el presente en lugar de permanecer inmerso en sus hipótesis y en el afán por efectuar cambios en el paciente.
Para que el proceso terapéutico funcione con éxito, dice Naranjo, resulta imprescindible el establecimiento de un vínculo de confianza, que solo emergerá si el terapeuta es capaz de experimentar  y trasmitir a la persona que es captada como ser humano, aceptada incondicionalmente, y percibida la problemática actual que la llevó a la terapia. Para ello es necesario que el terapeuta sea sólidamente formado, de manera que sus propias motivaciones, expectativas, creencias y emociones no interfieran en el proceso terapéutico.

miércoles, 7 de enero de 2015

Teoría Psicodinámica de Karen Horney



CONCEPTUALIZACIONES TEORÍCAS.

Definición de tendencia neurótica

Al tratar de entender una personalidad perturbada, es importante conocer las fuerzas impulsoras que producen la perturbación. Estas serían, según Karen Horney, las tendencias neuróticas que define como los “impulsos inconscientes, desarrollados para poder afrontar la vida, pese a los temores, a la impotencia y al aislamiento”(HORNEY, 1960, p.33)
La génesis de estas tendencias se producen en las etapas iniciales de la vida, por un efecto combinado de las influencias temperamentales y ambientales. Es importante conocer los factores que en la infancia favorecerían el desarrollo de la ansiedad básica que, según Horney, es la fuente de las necesidades neuróticas.

Características de las tendencias neuróticas

  1. Son inconscientes: Las tendencias son inconscientes, aunque la persona puede tener consciencia de sus efectos. De este modo, se atribuirá a sí mismo determinados rasgos del carácter (por ejemplo, puede llegar a advertir que tiene una necesidad de afecto o perfección), pero nunca se da cuenta hasta que punto está bajo el dominio de esos impulsos, hasta que punto determinan su vida.
  2. Son compulsivas: Está característica se expresa en dos formas: primero, sus objetivos son perseguidos indiscriminadamente y estos con un menosprecio de la realidad y por el verdadero interés personal. Segundo, se produce una reacción de angustia tras la frustración.
Horney hace la siguiente distinción entre los sentimientos normales y las tendencias neuróticas : “las actividades neuróticas son casi una caricatura de los valores humanos a los que se asemeja. Les falta espontaneidad y sentido”( Horney,1960, p.52). Además, las tendencias neuróticas no representan lo que la persona desea verdaderamente, sino el sujeto es arrastrado a realizar algo que el no quería.

Clasificación de las tendencias neuróticas

Las tendencias neuróticas pueden ser clasificadas en tres líneas principales: movimiento “hacia” la gente, movimiento “en contra” de la gente y movimiento “aparte” de la gente. Las necesidades neuróticas enumeradas para cada movimiento pueden no encontrarse en su totalidad en un individuo concreto, pero sirven como un “tipo ideal” a través del cual se puede describir y analizar el carácter de un individuo determinado. 
  • Movimiento hacia la gente: Ésta es una respuesta frecuente frente a la hostilidad del mundo, a lo cual el neurótico responderá tratando de buscar amor y cariño para poder escudarse detrás de él, porque se siente impotente de responder por su cuenta.

    1. La necesidad neurótica de afecto y aprobación: La necesidad compulsiva de recibir afecto es una característica común dentro de las personas que sufren de un cuadro y es "uno de los más fieles signos de la angustia reinante y de su intensidad aproximada"(HORNEY, 1946,p.96). Se caracteriza por una fuerte necesidad de agradar a los demás, ser querido y recibir aprobación por parte del prójimo. Se vive de manera automática, de acuerdo a las esperanzas, opiniones y deseos de los demás ,temiéndose la hostilidad de los demás.
      El neurótico que está en busca de afecto presenta una hostilidad encubierta que interfiere en todas sus relaciones, haciéndolas fracasar, sin que el neurótico sepa porque . Esto lo lleva a concluir que la culpa de sus fracasos se encuentra en los otros, lo que lo lleva a buscar compulsivamente ese amor que no encuentra. Frente a esto el neurótico se enfrenta a la disyuntiva de ser incapaz de amar y de necesitar urgentemente del amor de los demás.
      Este tipo de neurótico que busca el amor no se percata de su necesidad imperiosa de amar y ser amado. “La mayoría confunde su necesidad del prójimo con una presunta disposición al amor, ya sea por señalada persona o por la humanidad en general" (HORNEY, 1946, p.101). Ellos tienen que mantener esta impresión, pues de lo contrario, develarían su hostilidad hacia el mundo. No es posible amar y odiar al mismo tiempo por lo que su disposición hostil debe estar alejada de la conciencia. “La ilusión del amor, aunque resultado de un comprensible equivoco entre el autentico apego y la necesidad neurótica, cumple la indudable función de permitir la conquista del cariño."(HORNEY, 1946, p.101).
      Dentro de su búsqueda de afecto el neurótico encuentra, además, otra dificultad: a pesar de obtener el cariño buscado, es incapaz de aceptarlo. La aceptación del cariño que le es entregado es solo temporal. Esto esta dado por que estas muestras de afecto se enfrentan con su desconfianza y hostilidad interna  desencadenando resistencia y ansiedad.
      Esta desconfianza lo lleva a no creer en ellas, pues esta convencido de que el no puede ser amado por nadie. Esto está dado por que su "convicción de ser indigno del amor se vincula íntimamente con la incapacidad de sentirlo y, en realidad es un reflejo consciente de ésta."( HORNEY, 1946, p.102) .Cualquier entrega de cariño será recibida con desconfianza llegando a creer el neurótico que esta obedece a intereses ocultos, e incluso la entrega efusiva de cariño es recibida como un insulto hacia él, pues no le es posible aceptar que alguien sienta algún sentimiento positivo hacia él. Es común que a ciertos neuróticos la expresión de afecto  pueda provocarles un cuadro de ansiedad. “un neurótico inclusive puede experimentar autentico terror cuando se halla a punto de comprender que alguien le ofrece sincero cariño o amor."(HORNEY, 1946, p.102).
    2. La necesidad neurótica de un compañero que se encargue de la vida de uno: El compañero debería colmar todas las esperanzas de la vida y asumir la responsabilidad del bien y del mal. Hay una sobreestimación del amor, por suponer que es este el que resuelve todos los problemas. En esta necesidad neurótica hay un temor al abandono y a estar solo.
    3. La necesidad de restringir la propia vida dentro de estrechos límites: Esta necesidad se caracteriza por que el individuo es poco exigente, se contenta fácilmente y restringe las ambiciones y deseos de cosas materiales; existe un temor de plantear exigencias y de afirmar deseos expansivos. Se observa la necesidad de no llamar la atención y se considera la modestia como un valor supremo; hay un impulso a ahorrar.

  • Movimiento contra la gente: Esta respuesta a la hostilidad del mundo se caracteriza por considerar la vida como una lucha, donde lo importante es mantener la superioridad sobre los demás y manejar la situación, sea de manera directa o indirecta.

    1. Necesidad neurótica de poder: El poseer el dominio sobre los demás, la devoción a una causa, deber, responsabilidad. No se respeta la individualidad ni la dignidad de los demás, teniéndose sólo como su subordinación. Hay una gran adoración por la fuerza y un desprecio por la debilidad. Se da el temor a lo ingobernable y a la impotencia.
      1. La necesidad neurótica de fiscalizarse a sí mismo y fiscalizar a los demás, por medio de la razón y la presciencia (se puede presentar en personas demasiado inhibidas para ejercer el poder en forma directa). Hay fe en la omnipotencia de la inteligencia y la razón, produciéndose una negación del poder de las fuerzas emocionales y desprecio por éstas.
        Hay temor a advertir las limitaciones objetivas del poder de la razón; hay temor a la estupidez y a los malos juicios.
      2. Necesidad neurótica de creer en la omnipotencia de la voluntad (Variedad introvertida de la anterior, que existe en personal altamente ubicadas, para las cuales un ejercicio del poder significa exceso de contacto con los demás): Se posee un sentimiento de fortaleza, logrado con la creencia en el poder mágico de la voluntad. Se presenta una reacción de desolación por cualquier frustración de los deseos, por lo que el individuo renuncia a los deseos por temor a los fracasos. También hay temor a reconocer las limitaciones de la voluntad pura.
    2. Necesidad neurótica de explotar a los demás y sacar partidos de ellos a las buenas o a las malas: Los demás son valorados según puedan explotarse o no. Existen diversos móviles de explotación, como el dinero, las ideas, la sexualidad, los sentimientos. Hay un orgullo de la  explotación y temor a ser explotados y, por ende, a ser estúpidos.
    3. Necesidad neurótica de reconocimiento o prestigio social: Todas las cosas, los objetos, el dinero, las personas son valorados según su valor de prestigio. Poseen una autoevaluación que depende cien por ciento de la naturaleza de la aceptación pública. Temor a la humillación y al desprestigio.
    4. Necesidad neurótica de admiración personal: Imagen hipertrofiada del yo, narcisismo. La necesidad de ser admirado, no por lo que posee o representa, sino por el yo imaginado. Una estimación de sí mismo implica confianza en vivir al nivel de esta imagen y en que esta sea admirada. Temor a perder la admiración.
    5. La ambición neurótica de hazañas personales: Necesidad de superar a los demás, por diversas actividades. Lo importante es que la autoevaluación lo identifique como un ser superior, aunque también importa el reconocimiento de los demás y suscita resentimiento la falta del mismo. Existe una mezcla de tendencias destructoras. Infatigable impulso del yo hacia proezas mayores. Temor al fracaso y la  humillación.

  • Movimiento aparte de la gente : Se caracteriza por el despego neurótico, cual sería “la íntima necesidad de poner una distancia emocional entre ellos [los neuróticos] y los demás” (HORNEY, 1959, p.73). El individuo experimenta ansiedad cuando los demás se entrometen en sus asuntos.

    1. Necesidad neurótica de autosuficiencia e independencia: El individuo no requiere jamás la ayuda de nadie y no cede a influencia alguna; se intenta no quedar atado a nada, ya que podría llevar a una posible esclavización. Distancia y alejamiento son la fuente de seguridad. Hay temor a necesitar de los demás o a los vínculos.
    2. Necesidad neurótica de perfección e inexpugnabilidad: Infatigable impulso a la perfección; cavilaciones y autoreconocimiento sobre posibles fallas. Sentimiento de superioridad por ser perfecto. Temor a encontrar fallas en sí mismo o cometer errores. Temor a críticas o reproches.

Consecuencias de las necesidades neuróticas.

Las tendencias neuróticas influyen notablemente en el carácter de la persona. Estas tendencias obligan al sujeto a crearse ciertas actitudes, sentimientos y tipos de conducta subsidiarias tendientes a suprimir el conflicto, que causan un gasto de energía tal que impiden a la persona la expresión de sus capacidades. Puede presentarse una indecisión ante todo, una ineficacia general y/o una inercia general.
Las tendencias también influyen en la imagen que tiene una persona de lo que es o debiera; todos los neuróticos son inestables en su autoevaluación, que va de un imagen hipertrofiada a una disminuida de sí mismo. Es característica la presencia de una imagen idealizada, obstáculo al crecimiento, que niega los defectos o los condena, sin intentar superarlos.
Las tendencias neuróticas influyen en como las personas ven a los demás; La persona que ansía prestigio juzgará exclusivamente a los demás de acuerdo al prestigio que gozan; la persona que debe explotar a los demás puede tomarle cierta simpatía al que se presta a la explotación, pero también lo despreciará.
Gracias a las tendencias neuróticas se producen inhibiciones; estás pueden referirse a una acción, sensación o emoción concreta. También pueden ser amplias y abarcar grandes zonas de la vida ( espontaneidad, acercamiento a la gente, etc.). Estas inhibiciones pueden ser sutiles de modo que el sujeto que las sufre no se da cuenta.
Las necesidades neuróticas proporcionan una salida a las calamidades iniciales, prometiendo que se podrá afrontar la vida, pese a las relaciones perturbadas consigo mismo y con los demás, pero también producen perturbaciones nuevas: ilusiones sobre el mundo, sobre uno mismo, inhibiciones. Al principio son una salida, pero después proporcionan nuevos conflictos.

DISCUSIÓN

Ventajas:

  • La teoría de la neurosis de Horney es esencialmente optimista, ya que considera la posibilidad del cambio real, al reconocer el neurótico las tendencias contradictorias y resolver el conflicto básico; la existencia de necesidades neuróticas no es una característica inherente al ser humano y, por lo tanto, puede ser evitada la formación de éstas y resueltas con la ayuda del terapeuta. En cambio, Freud es esencialmente pesimista al respecto, porque consideraba que siempre estamos a merced de los conflictos inconscientes y todas nuestras acciones de resolución son sólo sublimaciones.
  • Dentro de las teorías psicodinámicas, su postura es culturalista. Ésta la lleva a considerar como factor importante para la formación del carácter la cultura en que vive y se desarrolla el individuo, junto a la experiencia temprana con los padres. La presencia de una necesidad neurótica específica en los individuos de una sociedad estará determinada por los valores predominantes en ésta; de este modo, si en una sociedad se privilegia la docilidad, una tendencia constitucional a la agresión constituirá, con probabilidad, una fuente de conflicto.
  • La teoría de Horney brinda la posibilidad al individuo que necesita ayuda de hacer una instrospección profunda, que le permita descubrir sus necesidades neuróticas, para facilitar así al terapeuta su labor.

Desventajas:

  • Su trabajo se centra preferentemente, sino exclusivamente, en la neurosis. Muchos trastornos, tales como los ataque de pánico y fobias, son explicados dando por supuesto que son síntomas neuróticos, opinión que es contradictoria con otras teorías como la conductista, que señalaría que estas conductas son producto de condicionamientos. Además, se preocupa de la psicosis sólo de un modo tangencial.

Limitaciones:


  • Esta teoría de la personalidad habla principalmente del individuo anormal, que sufre de neurosis, y no se centra en declarar las características del individuo sano: para Horney, sería meramente  un individuo sin conflicto básico. Al igual que Freud, su trabajo se basa en el estudio de casos clínicos con individuos enfermos.
  • La enumeración de tendencias neuróticas que da Horney no es completa, ya que como ella misma dice: “la lista no es completa ni terminante” (HORNEY,1960,p.45).
  • Aborda el tema de la neurosis desde la perspectiva de su propia cultura (occidental), sin hacer estudios sobre otras culturas.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Ternura y Agresividad



Se trata de un manual sobre el análisis del carácter realizado por un psicoterapeuta, psiquiatra, profundamente conocedor de la gestalt, la bioenergética y el eneagrama. el texto define el marco teórico entre Reich y Perls, aborda la teoría del análisis del carácter y recorre extensamente, uno por uno, los tipos caracterológicos bionergéticos, aportando datos de su estructura corporal, etiología, psicodinámica y otros. Simultaneamente se correlacionan con la tipología del eneagrama. Un libro para psicoterapeutas que se interesan por el carácter.

El carácter es también consecuencia de la interdependencia entre todas las funciones intrínsecas a la naturaleza humana, que se estructuran en una unidad indivisible. Del desarrollo armónico del carácter depende la manifestación individual de cada persona, y el devenir de la capacidad de darnos cuenta de nuestra propia vida, de tener consciencia de la vida, ya que es a través de su filtro como la percibimos. También del desarrollo armónico de esta unidad indivisible que conocemos como Ser Humano, depende el cómo se mantenga la dirección unívoca de su Impulso de Vida, el cual originalmente va orientado hacia el Bien Estar y el Placer (interacción erótica con la vida).
Busco también concluir ofreciendo un punto de vista sobre cada uno de los caracteres, en el que se integran tanto la dinámica energética, el desarrollo y su arraigamiento corporal, sensorial y sensitivo, como los aspectos emocionales y cognitivos, que van parejos en el proceso evolutivo de cada persona.
Juan José Albert
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domingo, 8 de septiembre de 2013

Autoacusaciones



Las autoacusaciones no constituyen por fuerza expresiones de culpabilidad, reside en el hecho de que en su inconsciente el neurótico no está nada convencido de ser por completo inútil e indigno. Inclusive cuando da la impresión de hallarse dominado por sentimientos de culpabilidad, puede resentirse profundamente si los demás se muestran inclinados a tomar en serio sus autocensuras.
Esta observación nos lleva a un último factor, señalado por Freud al examinar las autoacusaciones de la melancolía; la contradicción entre los sentimientos de culpabilidad manifiestos y la falta de humildad que por lógica debiera acompañarlos. Al tiempo que proclama su indignidad a los cuatro vientos, el neurótico abriga y denota grandes exigencias de miramiento y admiración, mostrándose muy reacio a aceptar la más ligera crítica.
El temor a la reprobación es harto común en las neurosis. Casi todo neurótico, aunque de primera impresión aparente hallarse muy seguro de sí mismo y ser indiferente a las opiniones ajenas, está dominado por desmedido temor o por hipersensibilidad a los reproches, a que se le critique, acuse o desenmascare. Ya hemos señalado que semejante aprensión a la censura suele interpretarse como indicio de subyacentes sentimientos de culpabilidad; en otras palabras, se la estima como consecuencia de éstos.
Estos "sentimientos de culpabilidad" desaparecen cuando, al no encontrar reproche alguno, el neurótico adquiere suficiente confianza para relatarlos. El neurótico sufre de una profunda angustia porque al no contar con su aprobación, depende, en gran medida, de la valoración externa.
Los sentimientos de culpabilidad no constituyen la causa, sino el resultado del temor a la reprobación.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Freud a través de Karen Horney

Gracias al ingenioso método de la asociación libre, creado por Freud, es factible observar con exactitud, en el curso del análisis, el vínculo entre la angustia y la apetencia de afecto, prestando atención a las fluctuaciones de ésta en el paciente. Después de cierto período de labor constructiva durante el cual el enfermo coopera con el analista, es posible que de súbito se produzca un cambio en su conducta, empezando a exigirle más dedicación, o deseando con fervor su amistad, admirándolo ciegamente, tornándose celoso en demasía, afanoso y desgraciado de ser "sólo un paciente". Al mismo tiempo, crece la angustia, lo que se expresa en los sueños, en la nerviosidad o en síntomas típicos como la diarrea o la frecuente necesidad de orinar. El enfermo no reconoce que está angustiado o que la mayor fijación al analista obedece a su angustia.
Karen Horney: "La personalidad neurótica de nuestro tiempo". Paidós. 2010. Barcelona.

martes, 6 de agosto de 2013

Histeria y Neurosis

Las psiconeurosis fueron también llamadas por Freud neurosis de defensa.
En el Manucrito del 1 de enero de 1896 llamado “Un cuento navideño” desarrolla su teoría sobre las neurosis de defensa: “se trata de un esfuerzo voluntario para rechazar un recuerdo penoso, y la neurosis proviene de ello”.

 Rodrigo Córdoba Sanz




Rosa Lopez.
Psicoanalista en Madrid.

Hablar de la actualidad de un asunto, implica situarlo en un contexto temporal en el que el presente se conjugue con la revisión del pasado y con la interrogación sobre el futuro. Si el tema en cuestión es el de la histeria, la referencia histórica se hace todavía más necesaria, pues si algo tiene esta patología es “una historia tan grande y tan bella - nos dirá Pierre Janet- que sería una pena renunciar a ella”. Efectivamente, la historia de la histeria es tan fascinante, que no solo sirve a los fines de la investigación de los profesionales de la clínica, sino que puede ser leída, por los profanos, como una gran novela llena de personajes insólitos (las histéricas) y de médicos no menos bizarros. Podemos remitirnos a los asombrosos casos de histeria con los que Charcot ensayaba la hipnosis en la Salpretiere de París a finales del siglo XIX, construyendo con las pacientes del manicomio una escenografía mitad científica, mitad circense, en la que el poder de sugestión del medico endiosado hacia, a su albedrío, nacer un síntoma, desaparecer otro, incluso transferir una cojera de una enferma a la siguiente. También podemos estudiar las denominadas locuras histéricas, que con tanto rigor recuperó Jean Claude Maleval en uno de sus libros, y en el que se nos describen esas mujeres poseídas por el demonio, o por la fuerza divina. Están también las histéricas sacrificiales capaces de beber el agua con la que lavaban los pies a los enfermos o mostrar los estigmas sangrantes en su cuerpo. Un cuerpo convertido en el escenario de todo el drama subjetivo, es decir de la lucha encarnizada entre el deseo sexual y la censura moral.

De modo que la histeria tiene una larga historia, y de hecho se pueden encontrar restos de ella en civilizaciones pasadas y es tan antigua como la aparición de los primeros tratados de medicina. Remontandonos en sus orígenes podemos llegar al más antiguo texto medico conocido: un papiro egipcio descubierto en Kahoun en 1900 a. C. En lo poco que se conserva de este documento se refiere esencialmente a esta enfermedad denominándola “perturbaciones del útero”. Lo interesante es cómo la teoría diagnostica, la descripción de los síntomas y la idea del tratamiento que aparece en este papiro fueron aceptados hasta el siglo XIX. La idea principal es que la enfermedad histérica era imputable a un órgano femenino muy concreto: el útero que se halla en estado de inanición: no tiene lo que desea y entonces, manifiesta su descontento desplazándose de manera intempestiva por el cuerpo. Recordemos que Platón en el Timeo escribe: “En las mujeres lo que se llama matriz o útero es un animal que vive en ella con el deseo de hacer hijos. Cuando permanece mucho tiempo estéril después del período de la pubertad apenas se le puede soportar: se indigna, va errante por todo el cuerpo, bloquea los conductos del aliento, impide la respiración, causa una molestia extraordinaria y ocasiona enfermedades de todo tipo” Platón, Timeo (91,b,c) en Diálogos.

El útero es considerado como una especie de animal que vive en el cuerpo de la mujer. Un animal hambriento que se desplaza con una especie de ansiedad motriz, empujando a los demás órganos a su paso: aplasta los pulmones y por ello produce ahogos. Golpea el corazón y de ahí las palpitaciones, se sube a la garganta y forma como una bola. Con semejante planteamiento de la causalidad de esta enfermedad, podrán imaginar que los tratamientos que se inventaban era casi delirantes, y no podemos creer que su aplicación fuera imputable al desconocimiento de la anatomía humana, pues desde muy antiguo se practicaba la cesárea o la autopsia. Más bien, los tratamientos, respondía a una especie de fantasía cargada de prejuicios sobre lo femenino, pues en realidad esta concepción de la histeria se basa en tomar la parte (el útero) por el todo (la mujer). Para persuadir al útero a retornar a su lugar había que engañarle o seducirle mediante ciertas estrategias. O bien se actuaba desde arriba haciendo ingerir a la paciente productos nauseabundos y respirar olores pútridos, o bien el tratamiento se hacia desde abajo, insertando en la vagina dulces o suaves perfumes balsámicos. Pero, a veces las prácticas eran todavía más disparatadas y cruentas: la presión sobre el vientre para hacer descender el útero, los gritos en el oído acompañados de insuflados de vinagre en la nariz, o soplar mediante una cánula virutas de hierro en el intestino para provocar una inflamación, hasta el propio Charcot, siglos más tarde, inventó un aparato denominado compresor de ovarios, con el que conseguía desencadenar en publico una crisis, casi orgasmática, que culminaba en una especie de alivio.

Con Hipocrates el tratamiento se hace más timorato: Nada de fumigaciones, ni por arriba, ni por abajo. La prescripción aconsejaba tomar esposo lo más rápidamente posible. Desde entonces el tratamiento más eficaz para este tipo de perturbación consistiría en casar rápidamente a las vírgenes y volver a desposar a las viudas. De este modo se le otorga al hombre, más concretamente a su órgano, una papel terapéutico fundamental. Esta idea ha sido transmitida a lo largo de la historia y le fue revelada a Freud por uno de sus maestros, el ginecólogo de la Universidad de Viena, Chrobac, quien acuñó la celebre frase que aparece en La historia del Movimiento Psicoanalítico “el tratamiento de la histeria requiere penis normalis en dosis repetutum”. De este brevísimo paso por la historia de la histeria se puede destacar el hecho de que la hipótesis del útero móvil no responde al mero azar, producto del desconocimiento de la anatomía humana, sino que supone desde un principio una etiología eminentemente sexual de dicho cuadro y específicamente femenina.

Convengamos de entrada que la patología histérica puede también afectar a algunos varones, pero que la práctica clínica nos demuestra que en su mayoría la encontramos en las mujeres. En cierto sentido esto se debe a que la histérica presentifica perfectamente este enigma de la relación del sexo femenino con la falta de un lugar especifico en el campo simbólico, o lo que es lo mismo en el mundo en que nos es dado habitar a los seres hablantes. Si Aristóteles prescribía para cada objeto un lugar en el mundo que le sería natural, la histérica es quien viene a perturbar la concepción de un universo donde cada objeto estaría en su lugar; más concretamente, la histérica viene a recordarnos el enigma del lugar que estaría reservado naturalmente para el sexo femenino. En rigor, esta falta de ubicación natural del ser hablante en el mundo que lo rodea, es absolutamente universal y nos afecta a todos independientemente de nuestra identidad sexual. Todos somos exiliados de la naturaleza, porque el lenguaje nos ha dejado fuera de la misma y a cambio nos ofrece lugares simbólicos siempre inestables, indefinibles y precarios. Es a esto a lo que los psicoanalistas denominamos la falta en ser del sujeto de la palabra. Ahora bien, por razones que después trataré de exponer, la posición femenina radicaliza esta condición de falta en ser común a todo sujeto

Volvamos a retomar la historia de la histeria, para llegar a nuestro verdadero punto de partida, el momento en que el medico vienes Sigmund Freud toma el asunto en sus manos y otorga una unidad posible a aquellos síntomas tan variados: Anestesias sensoriales, contracturas, parálisis, convulsiones epileptoides, tics, vómitos permanentes, anorexia, perturbaciones de la visión, alucinaciones visuales recurrentes. Toda esta gama de síntomas que no poseen un correlato, ni una fuente orgánica son anudados por Freud con la teoría traumática de la histeria y posteriormente explicados mediante el mecanismo de la represión.

Se iniciaba así un nuevo camino para la investigación, los síntomas histéricos son el resultado de una transposición o CONVERSIÓN de un conflicto psíquico inconsciente en una inervación somática y su expresión no corresponde al funcionamiento de la estructura anatómica tal como ocurre en las enfermedades orgánicas. El cuerpo de la histeria dibuja e inscribe otra lectura de la anatomía. Fue Freud quien sacó a la histeria del pozo vergonzoso al que hasta entonces la habían condenado los prejuicios médicos y le otorgó una dignidad clínica fundamental, convirtiendola en la piedra angular sobre la que empezó a construir el psicoanálisis. Los ataques histéricos, que sirvieron a Freud para concebir su idea del síntoma como la transacción entre fuerzas opuestas, ponían en escena una parodia de encuentro sexual pues la sujeto, en pleno estado de trance, con una mano trataba de desnudarse y con la otra de impedirlo, acabando finalmente en un desfallecimiento tan gozoso que no había que ser muy agudo para compararlo con el obtenido en el orgasmo.

Impresionante puesta en escena que le dio a Freud la clave de un descubrimiento fundamental. No tanto del hecho de que los síntomas tuvieran un carácter sexual, eso ya se sabia desde el inicio de los tiempos, sino lo que es más importante, la constatación de que el sujeto humano está dividido. Esta noción de un sujeto dividido ha constituido el verdadero escandalo provocado por psicoanálisis. La tercera herida narcisista infligida el ser humano. Después de que Copérnico nos mostrara que no somos el centro del Universo y Darwin nos hiciera descender del mono, Freud nos viene a decir que estamos divididos por el Inconsciente. Que el sujeto de la palabra no es autónomo y trasparente par si mismo, como pretendía toda la tradición filosófica, sino que por el contrario esta determinado por causas inconscientes que le resultan desconocidas y que le empujan a actuar en contra de sus ideales y aún incluso en contra de su propia salud y bienestar.

Pues bien, este axioma que inaugura una nueva concepción del sujeto en la historia del pensamiento, fue extraído de la sintomatología histeria. Podemos afirmar que la histeria es la forma clínica por excelencia que muestra la división del sujeto. Esa división que hace que el sujeto no puede encontrar nunca en sí mismo el fundamento de su existencia, que su propio deseo es inconsistente y que no tiene asegurado el lugar en el Otro. La histeria nos dice, con su queja, su demanda, su sufrimiento, que hay que ir a hacer algo con el Otro. Ella necesita preguntarse hasta donde tiene valor su propia existencia para el Otro, hasta dónde el Otro la puede perder o no y qué huella deja en el Otro su perdida.

Plantearé en este punto tres características fundamentales de la histeria: El problema de la perdida de amor, el problema de la inexistencia y el problema de la insatisfacción.

El problema de la perdida de amor en la posición femenina adquiere una potencia especial en la medida en que estructuralmente, como dijimos antes, hay una afinidad especial entre lo femenino y la falta en ser. Todos conocemos a través de la literatura y de la vida real, el odio que aparece en la mujer cuando el partenaire masculino, con su modo de gozar más bien "autístico", muestra poder deshacerse de ella sin mayores consecuencias. “Soy amada, ergo, soy”, es el cogito histérico que hace del amor el resorte de la identidad del sujeto. La histérica quiere ser “todo para el hombre”, lo cual es equivalente a “ser aquello que a él le falta” y este anhelo puede conducirla a empresas descabelladas con sujetos poco recomendables o a dejarse engatusar con frases que desafían la inteligencia. Por ejemplo, la joven mujer que entra a un bar una noche y a la que se le acerca un hombre que la mira fijamente y la dice “¿donde te habías metido hasta ahora, llevo toda la vida esperándote?”, lo que ella creyó a pies juntillas ofreciéndole su propia casa para vivir. Las histéricas puede dedicarse en cuerpo y alma a la empresa de crear a un hombre, lo que las lleva a realizar elecciones verdaderamente desastrosas, con hombres inconsistentes, alcohólicos, Toxicomanías, incluso psicóticos, en la idea de que con su amor pueden trasformarlos, sacar de ellos no se que tesoro oculto, redimirlos. Muchas se pierden en esta tarea que solo puede conducir al fracaso. Otras se pierden en el discurso del partenaire y dejan de ser ellas mismas para identificarse a los fantasmas del otro.
En todos los casos el denominador común es que la relación con el hombre se convierte en el laboratorio de pruebas por excelencia donde declinar de todas las formas posibles la pregunta acerca de qué lugar ocupo en el deseo del Otro.

Notemos que el lugar que la mujer histérica no acaba de encontrar ni en su propio cuerpo, ni en el seno de la familia, ni en el trabajo, ni en la ciudad en la que habita, y que la lleva a deambular por el mundo en una búsqueda tan incesante como infructuosa, es tan difícil de encontrar porque está marcado por la pregunta más original y dramática que se plantea el infans humano: ¿Quién soy yo para el Otro (inicialmente la madre)?. ¿Cuánto valgo en el deseo del Otro?. ¿Qué le provocaría mi perdida?. En definitiva, el drama histérico es no sentirse nunca segura respecto al lugar que el Otro le da en su deseo, sea la madre, el padre, el partenaire amoroso o cualquier otra encarnación de esta instancia a la que llamamos Otro.

El problema de la inexistencia es correlativo al anterior. “Él está siempre ocupado en sus cosas, su trabajo, la televisión, el ordenador, yo no existo”. “En los momentos en que me siento mirada por los demás ya no soy yo, no puedo opinar nada, me anulo, dejo de existir”. “Mi vida es una farsa nada de lo que hago me resulta real o verdadero, solo estoy segura de existir cuando estoy angustiada”. Estas son frases de distintas pacientes, tomadas de mi propia clínica y que, por tanto, corresponden al momento actual. En todas ellas se declina el drama existencial de la histérica, y este drama lo encontraremos también tras los semblantes de esas mujeres poderosas que hacen cuadrar al ejercito a su paso. Las Margaret Thatcher, que se colocan en el lugar del gran amo para ocultar la miseria de su vacío.

El problema de la insatisfacción, es probablemente el más característicos de todos. La relación de la histérica con el deseo lleva siempre la marca de la insatisfacción. Una insatisfacción eterna que se verifica en todos los campos de su vida, pero que afecta muy particularmente a la vida amorosa y sexual. Las mujeres se quejan frecuentemente de los hombres, hay un grado de insatisfacción permanente con el partenaire que es específicamente femenino. La razón de ello es que la mujer conserva intacto en el inconsciente la imagen del padre ideal (fíjense que no me refiero al padre que han tenido, sino al idealizado), ese que para ellas funciona como el representante emblemático del príncipe azul, el hombre anhelado frente al cual ninguno da la medida. “La histérica no desea a quien la quiere, sino que en general desea a otro, a alguien inaccesible: “estoy casada y quiero mucho a mi marido, pero en realidad yo sabía desde el principio que él no era el hombre ideal” Lucien Israel. La histérica expresa su deseo en términos de insatisfacción, porque expresar que un deseo permanece insatisfecho es la mejor manera, con todo, de probar que ese deseo existe”. Con ello no hace más que mostrarnos la condición general del deseo humano. Sabemos que el deseo se alimenta de la falta, y perece cuando se realiza. Por eso con la insatisfacción la histérica se dedica a sostener el deseo, el suyo y el del otro, porque al perderse el deseo la propia existencia del sujeto se ve amenazada. La caída del deseo arrastra para el sujeto histérico la caída del cuerpo entero, que a duras penas se mantiene.
En este sentido podemos entender mejor un síntoma tan propio de la histeria como es la frigidez, pues no se trata de una incapacidad para experimentar el placer sexual, sino más bien de una especie de rechazo, una negación e incluso una lucha contra el placer, porque su verdadera preocupación estriba en preservar algo que podría ser infinitamente más precioso que el placer posible en la ocasión, algo que está ligado a la conservación del deseo de un goce absoluto.

Retomando nuestro recorrido histórico diremos que con Freud la histeria se pone de moda, todo el mundo empieza a hablar del tema pues se produce una rápida divulgación de las teorías psicoanalíticas, que desde luego ha tenido sus efectos sobre la propia sintomatología histérica . En el siglo XIX asistimos a una verdadera cultura de la histeria. Cada uno reivindica la histeria como prueba de su talento, Flaubert será presa de incoercibles después de haber descrito la agonía de Madame Bovary envenenándose con arsénico, más tarde escribe la famosa frase: “Madame Bovary soy yo”. Baudelaire, por su parte, afirmaba “He cultivado la histeria con gozo y terror”. La expansión de la histeria en la vida cultural, se verifica así mismo en el campo de la ciencia. En la medicina se produce una verdadera transformación copernicana pues el interés se desplaza del medico al paciente. Con Freud la histeria se colocó definitivamente en el primer plano de la actualidad clínica. Ahora bien, en un solo siglo la neurosis histérica pasó del protagonismo al olvido. Los últimos años del siglo XX nos trajeron una nueva manera de pensar las enfermedades mentales. Guiados por el anhelo del consenso universal asistimos al nacimiento de los DSM, manuales de clasificación de las enfermedades mentales, que pretenden establecer un lenguaje común que sirva, teóricamente, a los fines de una comunicación clínica simple, inequívoca y universal. Pongo por caso, con los manuales DSM un psiquiatra que diagnostica en Albacete puede pasar un informe que se utilice en Toronto. Pero lo que de este modo se transmite es una clasificación del objeto y en absoluto la particularidad del sujeto en cuestión. Esta nueva visión de la clínica, malogra las explicaciones etimológicas alcanzadas por el psicoanálisis, tachándolas de anticuadas, en la medida en que predomina la idea de que “lo mejor es lo actual” y que la medicina progresa en una linea directa hacia la verdad absoluta y, por tanto, lo que se conoce hoy es, por definición, más verdadero, mejor y superior a lo que se conocía ayer.

Lo interesante es que estos manuales han borrado de un plumazo el diagnostico de histeria, sustituyéndolo por innumerables síndromes basados en los fenómenos y que, como es lógico, se multiplican a medida que pasa el tiempo, pues los fenómenos varían de acuerdo con el discurso imperante. Tratar de dar cuenta de una categoría diagnostica como la histeria mediante una descripción de sus manifestaciones es como perseguir un imposible, la histérica siempre ira un paso por delante, obligando al clasificador a una permanente actualización que a penas se haya establecido quedará obsoleta.

Con la desaparición de la histeria se ha perdido una indicación diagnostica de una relevancia fundamental cuando uno se enfrenta a la fenomenología de las enfermedades psíquicas. La histeria no es solo una categoría clínica sino un gran ordenador que nos permite agrupar muy distintos fenómenos en una misma lógica y por ende diferenciar estos de aquellos otros que tienen que ver con las otras grandes estructuras clínicas: perversiones y psicosis fundamentalmente.

Me propongo, ahora, transmitirles la enorme actualidad que tiene la histeria en los tiempos que corren, aunque algunos nos hagan creer que es un termino anacrónico propio de la prehistoria. Son esos mismos los que, enarbolando la bandera del progreso, no han hecho sino retroceder hacia el oscurantismo anterior, perdiendo la sabiduría nosográfica de la psiquiatría clásica y despreciando el aporte fundamental del psicoanálisis: único discurso que explica la etiología de las enfermedades mentales.

Es Jacques Lacan quien, siguiendo el camino de Freud, establece la verdadera dimensión de la histeria dándole la categoría de un discurso fundamental, es decir una de las modalidades de lazo social. El discurso histérico es uno de los cuatro grandes discurso con los que Lacan explica el funcionamiento del lenguaje y los enormes poderes de la palabra. Nombro los cuatro discurso para que entiendan que sólo la histeria alcanzó este estatuto y no las otras categorías clínicas. Los discursos son: El discurso del amo, el discurso de la histeria, el discurso universitario y el discurso analítico. Como ven, no hay un discurso de la psicosis o de la neurosis obsesiva.

Este salto cualitativo, dado por Lacan, extiende de una manera impensable las enseñanzas que pueden extraerse de la histeria. Frente al efecto silenciador de los DSM tenemos el efecto amplificador de Lacan. La histeria neurosis y la histeria discurso, serán ahora el objeto de nuestro interés.

Notemos previamente la importancia que tiene en la clínica psicoanalítica la diferencia entre el fenómeno y la estructura. Podemos decir que el plano del fenómeno hay variables que cambian según las épocas, las modas y las identificaciones que se ponen en juego. Mientras que la estructura nos indica lo invariable, el esqueleto sobre el cual se presentan las distintas figuras, la constante que nos guía con mayor seguridad a la hora de dilucidar un diagnostico.

No digo que no haya fenómenos que por si mismos tengan la elocuencia suficiente para hacernos pensar un diagnostico. Si un sujeto nos dice que tiene alucinaciones auditivas, que escucha voces y que estas le dan ordenes o le injurian, con toda probabilidad estamos frente a una psicosis. Pero no siempre las cosas se presentan de manera tan clara y es entonces cuando es necesario no dejarse engañar por los modos fenoménicos y orientarse según lo que sabemos de la estructura. Hay que distinguir la envoltura formal del síntoma, es decir su modo de presentarse, de la estructura que lo ha configurado

Lacan cuando se plantea el mecanismo de constitución de los síntomas histéricos, coloca en el primer plano, no la conversión, sino otro mecanismo freudiano, la identificación al síntoma del otro. Es una elección que hace Lacan colocando el foco en otra faceta de la histeria, aquella que le otorga esa apariencia de imitación o de contagio, como en el ejemplo del pensionado de señoritas que nos cuenta Freud: cuando una interna que recibe una carta en la que el novio rompe con ella y produce un síntoma (ataque o desmayo) que es reproducido por sus compañeras. Lo decisivo para Lacan es acentuar que, aunque el resultado parezca un puro contagio, la vía por la que se produce es la identificación de sujeto a sujeto en el deseo. Esta vertiente clínica le permitió tomar la histeria no solo como una patología sino también como la modalidad misma por la que se trasmite el deseo. Y la transmisión del deseo implica siempre un movimiento que va del sujeto hacia un Otro al que se le dirige una llamada. Lo esencial a dilucidar en un análisis es el tipo de relación que el sujeto ha establecido con el Otro. En este sentido podemos afirmar que la existencia de la histérica depende totalmente del Otro a quien se dirige: medico, sacerdote, curandero, psicoanalista o psicoterapeuta. Siguiendo la misma lógica podemos entender que su destino en la historia depende de la particularidad de ese Otro que la recibe. El Otro de la medicina, frente a la enorme variabilidad de su sintomatología y a la falta de fundamento orgánico de la misma, la única realidad que ha sabido reconócele a la histeria es la un punto de imposibilidad en el saber: “un mal epistemológico” según la acertada expresión de Gerard Wajerman (Le maître et la hysterique” 1982). Sabemos que si algo le molesta profundamente al corpus medico es que le abran un agujero en su saber, de ahí proviene la rabia que genera la histérica y que la lleva a deambular de un servicio a otro. Es la imposibilidad del médico para fijar la enfermedad en una patología de orden y lógica orgánica la que le deja paralizado o impotente. De la impotencia medica surge la pregunta agresiva ¿se trata de una simulación? o peor todavía, el acto agresivo: hacerlas pasar por quirófano.
Si el Otro es un sacerdote de la Iglesia el tratamiento ira desde el sermón moralizante, pasando por el exorcismo, hasta llegar a la aniquilación en la hoguera, en un intento de domesticar la “lujuria” sexual de la histeria. Si el Otro es un psicoterapeuta perderá el rumbo de la cura con “el furor sanandis”, pues cuanto más trata el terapeuta de promover el bien del paciente histérico, más reacciones terapéuticas negativas produce. Los que ejercemos la práctica analítica sabemos muy bien que una respuesta de tipo “paternal” basta para exacerbar la sintomatología.
Ahora bien, desde que Freud tomó la cuestión en sus manos el gran Otro de la histeria ha sido el psicoanalista, produciendo un giro importante en las formas sintomáticas de esta patología, que en muchos sentidos han quedado verdaderamente mitigadas.

Si pensamos esto en términos históricos o temporales, podemos decir que, efectivamente, ya no es habitual encontrar las histéricas clásicas, con ataques en arco, síntomas de conversión espectaculares, crisis casi alucinatorias que describía Freud en sus “Estudios sobre la Histeria”. Probablemente si viéramos hoy en día ese tipo de histerias de los albores del psicoanálisis las confundiríamos con psicosis, se habla fácilmente de psicosis a propósito de casos que si releemos la bibliografía, no llegan a ser lo que fueron aquellos que trataban Charcot o Freud . En la actualidad la queja subjetiva tiene otros modos de manifestarse y por ello hablamos de síntomas contemporáneos. La anorexia, que fue registrada hace mas de un siglo, cobra ahora un protagonismo no solo clínico sino también edípico. Las fibromialgias, recién nacidas al campo de la Clasificación Internacional de enfermedades (CIE 10) en 1992. Las Toxicomanías. La hiperactividad. Las depresiones generalizadas. La esterilidad no orgánica. Las enfermedades autoinmunes.

Examinemos, por ejemplo, un fenómeno que está de absoluta actualidad: La anorexia. Hemos de decir que, como tal fenómeno, puede responder a distintas estructuras patológicas, es decir que hay anorexia neurótica, perversa y psicótica. Ahora bien, la clínica de la histeria, tiene una especial disposición a la elección anoréxica,. Cuando la histérica no encuentra un lugar en el Otro, cuando no logra que el Otro la eche de menos, puede experimentar profundas vivencias depresivas y en ocasiones un autentico desmoronamiento identificatorio. Es éste registro decisivo en el que se juega, en general, la depresión neurótica: un desajuste de identidad, suscitado por la perdida de un objeto que le servía al sujeto de sostén de su narcisismo y cuya perdida despoja a la histérica de todo valor. Ejemplo de Máximo Recalcati: “La perdida infantil de objeto de amor, renovada con una separación reciente de un hombre, da lugar a una especie de coleccionismo narcisista de la propia imagen. La sujeto se fotografiaba todos los días para preservar el valor fálico de su propia imagen del riesgo de una hemorragia narcisista”.
Con este ejemplo que nos ofrece la anorexia, tocamos un punto fundamental en la histeria: La fragilidad de su identidad, y consecuentemente los problemas en el campo de la imagen y en la relación con su propio cuerpo.

La enorme plasticidad histérica, que se demuestra en la diversidad de sus manifestaciones, proviene de su tendencia a identificarse con los deseos y los síntomas ajenos. Es por eso que la histeria plantea a la clínica las mayores dudas diagnosticas pues en ocasiones puede emparentarse con la vivencia esquizofrénica del cuerpo fragmentado, o presentar las ideas delirantes de la paranoia, el desdoblamiento de la personalidad u otras patologías. La histérica puede representar distintos personajes, precisamente porque su identidad no quedó bien constituida en la fase en que se estructura el yo. Por eso en la pantomima histérica no se trata de engañar al otro, como se ha pensado, sino de un sujeto que no sabe ni quien es y que para ceñir su ser a algo necesita identificarse al otro.

Lacan, considera que la histérica se identifica imaginariamente con un hombre, para desde allí interrogarse sobre la sexualidad femenina: en qué, por qué y cómo una mujer suscita y sostiene el deseo sexual de un hombre. La histérica trata de identificarse con el hombre deseante, pero también con la mujer deseada, haciendo todo lo posible para que el deseo se mantenga (recuerden el ejemplo del ataque histérico). Ahora bien, el denodado intento de la histérica por identificarse al ideal femenino de la mujer es la prueba de que no existe ninguna seguridad de serlo. La mujer no existe, decía Lacan, refiriéndose como el lógico a esa mujer que respondería por completo a la esencia de la femineidad. En su lugar hay una ausencia, y esa ausencia es el secreto que debe conservarse. La feminidad no constituye un misterio que puede conducir alguna vez a una solución definitiva. Es un misterio porque es uno de los caminos que lleva a la nada como fundamento del ser hablante. Ahora bien, la nada ha de vestirse, velarse, maquillarse. La nada así vestida recibe en psicoanálisis el nombre de falo (objeto del deseo por excelencia). Ser el falo que no se tiene, encarnar la imagen del significante ausente es el arte especifico de las mujeres: hacer que la luz de la belleza vuelva ciega la mirada, para que no se descubra la ausencia. Pero a la vez debe sugerirla, porque si esa ausencia no llega a sugerirse la imagen no podría convocar el deseo. Una mujer se sostiene así en el linde, en el límite entre la falta y su mascara.

Es la imagen lo que, de un cuerpo, es amado y deseado: la imagen es por sus orígenes mismos el soporte del deseo y lo que permite darle una sensación de unidad al cuerpo. El cuerpo, si se experimenta como privado de imagen, se convierte en radicalmente extraño, algo que el sujeto no siente como propio. Por eso podemos decir que el cuerpo es lo Otro más radical (el neurótico dice tengo un cuerpo, no soy un cuerpo). La histérica acentúa la imagen para defenderse de la vivencia de un cuerpo en el que no podría reconocerse, y que por tanto es el lugar de lo siniestro, presto a fragmentarse a desmoronarse. Ella se hace deseable para un hombre, pero el hombre que inicialmente puede desearla por su imagen global, sexualmente solo puede gozarla a pedazos, excitándose con un trozo particular del cuerpo femenino, fragmentado esa imagen que ella trabajosamente trata de sostener unida. Entonces, el goce del cuerpo, demasiado “material” es reemplazado por aquel que idealmente se mantiene sólo con la imago, que se quiere perfecta para el sosiego de la mirada del Otro. La belleza es entonces la última tentativa de mantener una presencia que, a pesar de ser fálica, proteja del deseo. Es, como dice Lacan, la última defensa contra la muerte; excepto cuando una repentina revelación de una falla, del minúsculo defecto, le hacen caer brutalmente en la fosa. La histérica se esfuerza y despliega su celo para protegerse de esa caída, pero a la vez nos da la impresión de un sujeto siempre a punto de desmoronarse.

Si queremos pensar la época actual y los efectos que se producen en los sujetos que la habitan, podríamos decir que si algo caracteriza nuestra época es la caída del Otro con mayúscula. Un Otro que históricamente se presentaba para el sujeto como consistente, lugar de la autoridad y también del Ideal. Asistimos en este momento a un verdadero desmoronamiento del Otro, que ya no es capaz de cumplir una función ordenadora y sostener una creencia (decadencia de la figura paterna que cuya personalidad se muestra ahora ausente, humillada, dividida o artificial). Frente a este socavamiento del Otro nos encontramos con sujetos desengañados y erráticos. Sujetos que han advertido, inconscientemente, que el Otro no es más que un semblante. Entonces en lugar del síntoma dirigido al Otro al que se le supone el poder de resolverlo, lo que encontramos es la angustia pura y dura. “El uso de los semblante es vano, inoperante, hasta profundamente nocivo si se omite lo real en juego” (JAM). Efectivamente, el sujeto queda perdido en el mundo de las identificaciones más diversas y cambiante, sin defensa porque nada de lo real viene a protegerlo de los semblantes y los simulacros. Es en este punto que el psicoanálisis debe mantener, ahora más que nunca, su orientación hacia lo real y jugar un papel fundamental en lo que Lacan llamaba la dirección de la subjetividad moderna. (Lo real como lo invariable, lo que no tiene estructura de ficción pero está presente en el síntoma como el punto imposible de soportar). La histérica trata de resistirse a esta dinámica y es la portavoz de la denuncia sobre el falso amo que no es más que un semblante. Solo que ahora ya no hay un amo que le responda. A Falta de un Otro consistente que establezca una guia moral para la vida y sostenga los grandes designios, nos encontramos con la multiplicación de Otros por parte de las instituciones sociales. Si el niño es rebelde y los padre no saben qué hacer con él, son los sevicios sociales son los que se ocupan. En cuanto a las mujeres hemos asistido a la lucha del feminismo por la igualdad, pero tambien al efecto domesticador de la posición femenina en la cultura liberal, que ha conseguido absorver a la mujer en un contrato de trabajo, no muy igualitario por otra parte.
El problema es que hoy, tanto los hombres como las mujeres estan determinados por el aislamiento en su propio goce. Nos preguntamos entonces qué pasa con la identificación, tan crucial para la histerica, si el Otro no existe. Si lo esencial en la constitución psiquica del sujeto es su relación al Otro y en la actualidad el Otro no está, podriamos decir que hay un cierto desamparo subjetivo. Entonces lo que se impone es la propia vacuidad del sujeto, su propio culto al yo, su propio desarrollo, su autorreferencia, unido al correspondiente deber de vivir y de gozar. El deber de gozar es el imperativo actual, que se impone con especial ferocidad. !Hay que disfrutar de la vida!, es verdaderamente enloquecedor porque finalmente nos conduce a todos a la insatisfacción con culpabilidad añadida. Por otra parte forzar a la histerica a gozar tiene consecuencias nefastas, presentes en la gran cantidad de depresiones femeninas actuales.

En estos momentos, ¿qué es la identificación?: el objeto de una preocupación creciente de la opinión pública. ¿Cón quienes se van a identificar nuestros jóvenes, en una época donde ya no hay héroes que salven el mundo, sino personajes televisivos que se elevan a la popularidad por su mediocridad y su debilidad mental (el perfil de los integrantes del Gran Hermano)?. Si hasta mediados del siglo pasado los ideales estaban aún acivos, ahora la identificación mayor que se propone es la de satisfacer al consumidor. Entonces el deseo fundamental no incluye al otro, al partenair, sino a un sujeto que lo que quiere es renovar el objeto de consumo porque ha pasado de moda. El goce autista, que no incluye al otro, se impone y si para el neurótico obsesivo, mayoritariamente masculino, va en la línea de su propia neurosis, para la histeria es un verdadero estrago, pues la condena a desprenderse del deseo del Otro y hay está su mayor peligro. Tomemos el ejemplo de la anorexia. Si la joven anoréxica, en un primer momento utiliza su síntoma como una provocación, un verdadero desafío, dirigido a los padres o a la sociedad, al no encontrar un Otro que pueda acusar recibo de su demanda de la buena manera, tenderá a desvincularse del Otro y su síntoma se hará cada vez más autista, puro goce pulsional, sin Otro y comandado por la pulsión de muerte. Por eso es fundamental que el psicoanalista está ahí, transformando ese Otro que no existe en un S.S.S. sobre la demanda histérica.

Quisiera referirme para finalizar a la relación de la histeria con el saber. Lo primero que hay que tener claro es que el saber sobre la histeria se nos escurre como el agua que tratamos de atrapar entre las manos, porque la histérica siempre conseguirá abrirnos nuevos interrogantes. Suele pensarse que los casos que más dificultades presentan son los de psicosis, la practica, sin embargo, nos demuestra que son los sujetos histéricos los que más errores hacen cometer al psicoanalista. El propio Freud tan proclive a dejarse enseñar por las histérica, comete su mayor equivocación, cuando colocándose en posición de amo del saber pretende adoctrinar el deseo de su paciente Dora, quien le demuestra que todo ese saber tan extraordinario sobre sus sueños y sus síntomas no toca en absoluto lo esencial de su goce. De manera que hay que estar muy analizado para dirigir la cura de una histeria, solo así el analista puede no dejarse llevar por la decepción, la impotencia o incluso la agresividad, que la histérica puede llegar a provocar.

La histeria es la patología más propicia a realizar una llamada al saber del Otro, a dirigirle su pregunta y colocarle en el lugar del Amo. Pero la pregunta no es cualquiera, pues se refiera a la causa última del deseo y el goce, por tanto seríamos muy ingenuos si en algún momento pensáramos que disponemos de la respuesta. Entonces la histérica nos demostrará que nuestro saber, por muy interesante que sea, no alcanza para dar cuenta de lo que verdaderamente esta en juego. Freud mismo dejo testimonio de que ningún psicoanalista está libre de caer en las trampas de la histérica, pues si ella busca siempre un amo del saber, es para derrocarlo después y denunciar su impotencia. Les pondré un ejemplo que me pareció muy ilustrativo: Se trata de una paciente histérica que, en un verdadero acting.out, le confiesa al analista que se acaba de enamorar de un tetrapléjico y que es el hombre de su vida porque “es como si él hubiera descifrado mi código y supiera manejarme a mi antojo”. Fíjense que frase tan rotunda. Este hombre, impotente para casi todo, es el que ha sabido descifrar el código de su caprichoso deseo, dejando al analista condenado a la impotencia: “Ud. que es un hombre tan sabio y juicioso no consigue dar con la clave”. Es la lección histérica sobre el deseo, que desafía el sentido común, los intereses más evidentes y apunta a la excentricidad. Conviene que el analista acepte la lección y sepa llevar al sujeto a formular esa clave de su antojo que dice haber sido revelada. Formidable frase la de “manejarme a mi antojo” (no fue un lapsus) porque es casi un oximoron, una contradicción en los términos que, revela sin embargo, la complejidad del deseo, siendo por un lado el deseo del Otro, pero a la vez aquel que responde a mi capricho, más intimo y desconocido por mi misma. El otro me maneja según mi deseo que yo misma desconozco. Es la gran maniobra histérica, apelar al amo del saber sobre la causa del deseo, dejarle creer que él quien lleva las riendas y finalmente hacerle fracasar. Esta posición del sujeto respecto del Otro, ha enervado a los médicos, y también a algunas corrientes del psicoanálisis que terminan planteándose la inanalizabilidad de las histéricas.

¿Qué quiere la histérica?. Si, como clínicos, llegamos a plantearnos esta pregunta es porque ya hemos perdido el norte de nuestra práctica. La histérica no quiere lo que demanda y en eso se confunde el marido que trata de contentarla o de hacerla callar, porque lo que la histérica quiere es querer.

Es la enseñanza de Lacan la que nos permite situarnos de otra manera frente a esta dificultad. Reconocer la maniobra histérica sin prejuicios y estar lo suficientemente analizados como para no caer en sus brazos o no tirarlas por la ventana.
Es esencial que el psicoanálisis no deje de escuchar a las histérica, porque en los tiempos que corren a penas va quedando lugar para la queja del sujeto. El avance de la ciencia y de la tecnología nos lleva a augurar un progresivo borramiento del sujeto y la histérica, que es el sujeto por excelencia, corre el riesgo de quedar aplastada por esta tendencia. El nudo actual entre capitalismo, tecnología científica y trabajo pulsional como mercancía, establece un destino nada prometedor para el sujeto histérico, pues le viene a decir: “Solo te deseo mientras signifiques una ganancia, y a condición de que prestes tu cuerpo para la experimentación tecnológica, y a condición, también de que trabajes como un hombre esclavo y sin otro ser que el de tu capacitación evaluada numéricamente. Si no lo has terminado de entender, te aseguro que es así como deberás recorrer un largo camino.” (Juan Carlos Indart)
En los tiempo del Otro que no existe, del Otro que no es más que un semblante vano e inoperante, psicoanálisis e histeria deberán encontrarse más que nunca y reforzar la asociación de los primeros tiempos, pues el uno no puede existir sin la otra y viceversa.

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