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jueves, 22 de abril de 2021

Lacan y el Océano Borderline

 


Rodrigo Córdoba. Psicólogo Y Psicoterapeuta. Teléfono: 653 379 269 Zaragoza -Gran Vía- Y Online. Instagram: @psicoletrazaragoza rcordobasanz@gmail.com.                          Página Web: www.rcordobasanz.es

Artículo Externo. Delicioso 👇

Rafael Pozo Gowland

RESUMEN

El presente trabajo realiza un recorrido histórico sobre algunos aportes realizados desde el psicoanálisis y la psiquiatría en relación a la categoría diagnóstica borderline. Se hace particular hincapié en diferentes propuestas realizadas por autores de orientación lacaniana, analizando los puntos de convergencia y divergencia, así como las consecuencias clínicas que se extraen de las diferentes conceptualizaciones. PALABRAS CLAVE: limítrofe, personalidad, estructura, locura, psicosis.

ABSTRACT  

The Lacanian perspective againstthe polemic of the limits. This work makes a historical tour of some contributions made from psychoanalysis and psychiatry in relation to the diagnostic category borderline. Particular emphasis is placed on different proposals made by authors of Lacanian orientation, analyzing the points of convergence and divergence, as well as the clinical consequences extracted from the different conceptualizations. KEY WORDS borderline, personality, structure, madness, psychosis.

RESUM  

La perspectiva lacaniana enfrontla polèmica dels límits. El present treball realitza un recorregut històric sobre algunes aportacions des de la psicoanàlisi i la psiquiatria en relació amb la categoria diagnòstica borderline. Es fa un èmfasi particular en diferents propostes realitzades per autors d’orientació lacaniana, analitzant els punts de convergència i divergència, així com les conseqüències clíniques que s’extreuen de les diferents conceptualitzacions. PARAULES CLAU: límit, personalitat, estructura, bogeria, psicosi.  

Introducción  

Los intentos de categorización de la psicopatología siempre han sido complejos, sin importar la disciplina o la orientación teórica. De Freud al DSM, la revisión constante de las categorías remite, por un lado, a cierta imposibilidad frente a los esfuerzos por establecer lími­tes inamovibles y, por otro, a cómo la clínica funciona como cuestionador constante de estos intentos. La problemática de las estructuras clínicas, a su vez, ha provocado siempre mucha polémica dentro del psi­coanálisis, generando diferencias y divisiones y dando lugar a propuestas teóricas tan diversas que cuesta por momentos ubicar un denominador común entre dife­rentes autores. De ahí la clásica distinción entre “el psi­coanálisis” y “los psicoanálisis”. Aquellos pacientes coloquialmente denominados como borders, que no son fácilmente ubicables dentro de las categorías más clásicas, han sido objeto de un amplio interés por parte de prácticamente todas las líneas psicoanalíticas. El presente artículo pretende realizar una revisión sobre esta problemática, hacien­do hincapié en propuestas realizadas por autores de orientación lacaniana. Por un lado, debe aclararse que la misma representa un claro recorte que no pretende ser exhaustivo y, por otro, que no es lo mismo aclarar  “desde Lacan” que “desde una orientación lacaniana”, siendo esta última más amplia, ya que incluye la varie­dad de propuestas realizadas por los seguidores de La­can, algunas de ellas con diferencias significativas.

Recorrido histórico

Pocos conceptos han resultado tan problemáticos dentro del campo de la psicopatología como ocurre con el de borderline. Más allá incluso de su uso vulgarizado en el lenguaje popular, parece existir poco consenso al­rededor del mismo dentro del campo de la Salud Men­tal. Según Gabbard (2002), el diagnóstico de Borderline en sentido amplio o como organización de la personali­dad engloba una amplia variedad de casos, incluyendo a los diferentes Trastornos de la Personalidad del Grupo A y B, al punto de que se ha convertido en un “tacho de basura psiquiátrico, sobreutilizado y mal utilizado” (p. 447). Cabe realizar entonces una primera distinción del término: como trastorno de la personalidad, en tanto diagnóstico sintomático propuesto por el DSM (1994) y como estructura psíquica u organización de la perso­nalidad propuesta por el psicoanálisis. Si bien existen puntos de intersección (tanto históricos como clínicos) entre ambos constructos, pertenecen no solo a noso­grafías distintas sino que parten también de paradigmas y fundamentos diversos. Su homologación, ya sea por falta de rigurosidad o intentos de simplificación, puede resultar no sólo confuso sino también problemático, ya que quedan desdibujadas las implicancias clínicas que se desprenden de las diferentes conceptualizaciones. La historia del término Borderline como categoría diagnóstica es extensa y sus avatares responden a di­ferentes problemáticas, tanto clínicas como teóricas, que han ido surgiendo a lo largo de la historia de la psiquiatría y el psicoanálisis. Un modo de sintetizar la gran polémica entre autores es plantear si se trata de una estructura en sí misma, un estado, o un episodio dentro de una neurosis o una psicosis. Pero incluso to­mando partido por alguna de estas posturas, surge un nuevo debate en relación a cómo se entiende el con­cepto de estructura o qué estatuto darle a estos estados o episodios. Si bien el primer autor que parece haber utilizado el término limítrofe en la descripción clínica de pacientes fue Hughes en 1984 al referirse a “personas que pasa­ron toda su vida a uno u otro lado de la línea” (citado en Conti y Stagnaro, 2004, p. 271), Matusevich, Ruiz, y Vairo (2010) señalan varios antecedentes del mismo dentro de la psiquiatría clásica: La Locura Histérica de Falret, Prichard y su Locura Moral, Rosse y su cuestiona­miento al límite entre normalidad y enfermedad men­tal, entre otros. Dentro del ámbito del psicoanálisis, Freud ya mostró interés por aquellos pacientes en los que no resultaba sencillo determinar si se trataba de casos de neurosis o de psicosis. En uno de sus primeros textos, afirma que “no es raro que una psicosis de defensa interrumpa episódicamente la trayectoria de una neurosis histérica o mixta” (1894, p. 61). Este punto seguirá siendo una preocupación en sus desarrollos y, en 1924, se pregun­tará por los mecanismos subyacentes a estos casos en sus textos Neurosis y psicosis (1924a) y La pérdida de rea­lidad en la neurosis y la psicosis (1924b). Allí aclara que, tanto en la neurosis como en la psicosis, hay un “afloja­miento del nexo con la realidad” (1924b, p. 191) y, por lo tanto, “el tajante distingo entre neurosis y psicosis debe amenguarse, pues tampoco en la neurosis faltan intentos de sustituir la realidad indeseada por otra más acorde al deseo” (1924b, p. 196). Como ocurre con muchos de los problemas abor­dados por Freud, la verdadera polémica surgió luego de su muerte, frente al creciente número de psicoana­listas que teorizaban sobre sus pacientes, el aumento y variedad de experiencias clínicas que comenzaron a acumularse, así como las diferencias institucionales que empezaron a originarse. Porque si hay un punto que no puede dejarse de lado para un análisis serio sobre la temática es que las diferencias no son nunca solo teóri­co- clínicas, sino que se encuentran atravesadas a su vez por una dimensión política. En la historia del psicoanálisis ha habido numerosos aportes en relación a este tipo de pacientes. Diferentes autores han hecho referencias clínicas o teóricas, ya sea sobre las etapas del desarrollo evolutivo cuya perturba­ción puede dar lugar a este tipo de cuadros, las modali­dades particulares de transferencia con estos pacientes y los posibles objetivos del tratamiento psicoanalítico (cuando el mismo se considera viable). A los fines del presente trabajo serán desarrollados brevemente algu­nos aportes realizados por autores en relación a esta temática. Stern (1938, citado en Conti y Stagnaro, 2004) fue el primero de ellos en realizar una descripción sobre estos “estados limítrofes”, caracterizados por una sen­sibilidad extrema hacia las estímulos interpersonales,   una intolerable vivencia de dolor subjetivo y ansiedad, pudiendo incluso verse afectado el criterio de realidad. Helen Deutsch publica en 1942 un importante artículo sobre lo que ella denomina las “personalidades como sí”. Allí describe pacientes normales en apariencia pero con una actitud extremadamente pasiva y de naturale­za imitativa frente al medio, particular tendencia a la identificación, fácilmente sugestionables; con escasas respuestas afectivas aunque presenten intentos de si­mular una experiencia afectiva, falta de individualidad y carácter. La autora hace hincapié sobre las diferencias entre este tipo de pacientes y las descripciones más clá­sicas de neurosis y psicosis. Los desarrollos de Deutsch han sido retomados y reformulados por numerosos autores. Desde la perspectiva lacaniana, han sido par­ticularmente trabajados en relación al problema de las psicosis no desencadenadas y sus modos de compensa­ción imaginaria (Lacan, 1955-56; Maleval, 1996). En 1968, Grinker publica un análisis estadístico sobre este tipo de pacientes, a partir del cual inten­ta delimitar el ya en ese entonces polémico término Borderline. Lo destaca como un síndrome específico con consistencia interna y estabilidad, pero identifica, a su vez, cuatro subgrupos dentro del mismo. Dentro de un continuum, ubica en los extremos al Borderline psicótico y neurótico y entre éstos a las personalidades como si y al fronterizo central (Matusevich et al., 2010; Gabbard, 2002). Uno de los autores psicoanalíticos que más en pro­fundidad se ha abocado el problema de los pacientes Borderline, tanto en relación al diagnóstico como al tratamiento, ha sido Otto Kernberg. Sus concepto de organización Borderline no remite a un Trastorno de la Personalidad específico, ya que aclara que la misma incluye pacientes con trastornos narcisista, antisocial, paranoide, esquizoide, etc. (Gabbard, 2002). Si bien no descarta el valor clínico de un diagnóstico descriptivo (y realiza una revisión detallada de los síntomas princi­pales), destaca las limitaciones del mismo y hace hin­capié en la importancia del diagnóstico estructural a la hora de pensar el pronóstico y el tratamiento. Kernberg (1987) propone la existencia de tres organizaciones es­tructurales (neurótica, psicótica y límite) que difieren en el grado de integración de la identidad, el tipo de operaciones defensivas que predominan y el juicio de realidad. Kernberg señala a su vez que las modalida­des de funcionamiento pueden variar en un paciente con un diagnóstico determinado. Señala, por ejemplo, que pacientes esquizofrénicos pueden presentar en de­terminados momentos de remisión una organización neurótica o límite de la personalidad. Otro autor que resulta pertinente destacar es Jean Bergeret. Siguiendo su razonamiento, para la gran ma­yoría de los autores es evidente la existencia de pacien­tes con funcionamientos que no responden a los dos grandes marcos estructurales, pero los desacuerdos ra­dican en la posición nosológica que se les debe acordar. Destaca que, en estos casos, de lo que se trata es de una falla en la posibilidad de estructuración, motivo por el cual propone el concepto de una “a-estructura”, la cual podría orientarse en el desarrollo hacia una neurosis o una psicosis. Bergeret (1974), a su vez, hace mucho hincapié en los síntomas depresivos, vinculados al te­mor por la pérdida del objeto, que caracterizan a estos pacientes. Se trata un planteamiento que tiene impor­tantes implicaciones a nivel clínico, particularmente a la hora de pensar el trabajo con adolescentes. Sobre este punto y en relación a la posibilidad de transición entre estructuras sostenida por diferentes autores, Bergeret aclara que su conceptualización “no implica esas tran­siciones sino en el momento de la adolescencia, o en algunos momentos ulteriores que puedan corresponder a retardos de adolescencia” (1974, p. 184). Otro psicoanalista francés que ha trabajado extensa­mente este tema a lo largo de su obra es André Green. Sus trabajos tienen una marcada dimensión clínica y un cuestionamiento constante de las diferentes propues­tas (incluidas las suyas). Considera a los estados límites como el funcionamiento propio de esta época, dada su predominancia, y asegura que “definen el campo psi­coanalítico contemporáneo” (2011). Su concepción al respecto se fue modificando a lo largo de los años, des­de una visión más estructuralista, hacia un cuestiona­miento de las categorías estancas y una complejización de las relaciones y entrecruzamientos que existen entre las mismas (Lanza Castelli, 2016). Según Green (1991), el concepto de caso límite se encuentra, debido a su multiplicidad polimorfa, mal circunscrito. Opta enton­ces por un enfoque clínico en vez de una aproximación psicopatológica, motivo por el cual desarrolla la idea de “estados en los límites de la analizabilidad” para refe­rirse a aquellos “funcionamientos no neuróticos”. Hace hincapié en los afectos, los trastornos del pensamiento, las relaciones de objeto, la destructividad, y el narcisis­mo. Sus desarrollos son complejos, y entran en diálogo con diferentes autores: Freud, Winnicott, Bion, Piera Aulagnier, entre otros. Si bien toma muchos elemen­tos propuestos por Lacan (con quien se formó durante años), asegura que éste “niega o sencillamente ignora la especificidad de los funcionamientos limítrofes” (2011, parr. 5).  

Perspectivas lacanianas

Tal como ocurre con muchos temas, las referencias explícitas al concepto de Borderline no abundan en la obra de Lacan. Esto, sin embargo, no implica que no puedan extraerse diferentes conclusiones sobre el tema a partir de sus teorizaciones. Si hay algo que caracte­rizaba a Lacan era su constante diálogo con diversas disciplinas y autores, dentro de los cuales incluía fre­cuentemente autores psicoanalíticos contemporáneos o previos. No dudaba en marcar sus diferencias, pero demostrando siempre haberse detenido en una lectura precisa de las otras propuestas, algo que parece haber­se perdido actualmente entre sus seguidores. Tal como señala Muñoz (2011), si Lacan “adoptó esa postura de respeto y cuidado por sus colegas es porque entendió que había un núcleo de verdad en sus desarrollos en torno de los llamados núcleos psicóticos de la personalidad o casos fronterizos” (p. 48). A esto, además, se le su­man varios desarrollos o propuestas realizadas poste­riormente por autores que parten de la enseñanza de Lacan. Lacan utiliza el término Borderline una única vez como categoría clínica, en el Seminario 10 (1962-1963), para referirse al caso del Hombre de los Lobos. El tér­mino fue llamativamente eliminado de la versión oficial de dicho seminario (Soria, 2016). En dicho seminario, también trabaja algunos casos presentados como bor­derlines por la psicoanalista Margaret Little, a quienes Lacan, en cambio, entiende como estructuras psicó­ticas. Destaca, a su vez, la importancia de diferenciar estructura psicótica y psicosis clínica o sintomática. Ya había señalado este punto en otras oportunidades, por ejemplo en el Seminario 3 (1955-56), cuando realiza la tan citada aclaración: “nada se asemeja tanto a una sin­tomatología neurótica como una sintomatología pre-psicótica” (p. 273). Muñoz (2010a) destaca que, desde la perspectiva la­caniana, las estructuras planteadas por Freud “no in­tersectan y no son combinables” (p. 350), motivo por el cual no puede hablarse de desencadenamientos o núcleos psicóticos dentro de una estructura neurótica. A su vez, el autor argentino (2009) aclara que tampoco se hace uso del concepto de Borderline: los casos ha­bitualmente incluidos por otros autores en esta catego­ría son entendidos como neuróticos desestabilizados y con un grado importante de desorganización o como pacientes psicóticos que logran mantenerse estables en situaciones frente a las cuales otros se desestabiliza­rían. Llama a su vez la atención sobre la proliferación de trabajos sobre psicosis no tan evidentes y que pue­den pasar desapercibidas, lo cual contrasta con la poca producción en relación a los casos inversos, aquellos que por su presentación parecen claros casos de psico­sis pero el tratamiento demuestra luego que se trataba de una neurosis (Muñoz, 2011). Aclara, sin embargo, que, en la actualidad, la extensión de nuevos concep­tos como el de “psicosis ordinaria” vuelve a plantear el problema de las fronteras entre estructuras, al punto de “configurar una nueva categoría border pero de orienta­ción lacaniana” (Muñoz, 2010a, p. 350).

Locura

Dada la posición de los autores lacanianos con res­pecto al concepto de Borderline, el término “locura” resulta útil (e incluso necesario) a la hora de describir y teorizar sobre aquellos casos complejos en lo que hace al diagnóstico estructural. El mismo permite nombrar ciertos fenómenos o episodios que fácilmente pueden confundirse con una psicosis pero que se presentan en el marco de una neurosis (Muñoz, 2009). Se trata así de establecer una clara diferencia entre el fenómeno y la estructura: la locura atraviesa y puede ser articulada a las tres estructuras: psicosis, neurosis y perversión (Mu­ñoz, 2010b). Dicha articulación entre neurosis y locura ha sido tra­bajada por diferentes autores lacanianos, con diversas propuestas conceptuales que intentan dar cuenta de los mecanismos en juego. Jean-Claude Maleval es uno de los autores que, además de haber sido quien reintrodu­jo el debate, más ha trabajado este tema en diferentes momentos y con distintas elaboraciones al respecto. Sus desarrollos sobre el mecanismo de forclusión in­tentan ubicarlo en relación a la neurosis y la psicosis, llegando a postular la idea de “forclusión restringida”, que se diferencia de la forclusión del Nombre-del-Pa­dre (en tanto significante fundamental) propia de las psicosis. De este modo, siguiendo las ideas de Maleval, de lo que se trata en las locuras histéricas es de “una forclusión parcial sobre un significante que no acarrea la perturbación del conjunto del lenguaje para un suje­to” (Muñoz, 2009, p. 128). Otro autor que realiza un desarrollo similar es Juan David Nasio, al postular la idea de “forclusión local o parcial”, la cual tampoco recae sobre el significan­te del Nombre-del-Padre. Este autor critica la idea de una única realidad psíquica, planteando la existencia de multiplicidad de espacios psíquicos, independientes y coexistentes. Se trata así de “realidades locales”, algu­nas producidas por represión y otras por forclusión (Nasio, 1987, 2001). Otra propuesta que cabe destacar por su precisión conceptual e interés clínico son los desarrollos de Jean-Jacques Rassial (1999). A diferencia de la mayoría, este psicoanalista de orientación lacaniana no descarta el término Borderline, al cual le otorga la categoría de esta­do. Según este autor, se trata de un diagnóstico que des­cribe con gran claridad al sujeto moderno, que escapa de las descripciones semiológicas clásicas y dogmas psi­copatológicos. Sus descripciones parten de los últimos desarrollos de Lacan (principalmente en relación al sinthome y los modos de anudamiento de la estructura), en diálogo con ideas de André Green y con una pers­pectiva que hace mucho hincapié en la dimensión social y cultural: “el estado límite es ante todo una respuesta adecuada a esa incertidumbre de los puntos de refe­rencia característica del lazo social contemporáneo” (p. 27). Al entenderlo justamente como estado y no como estructura, se pregunta sobre la temporalidad y el cam­bio, así como por las condiciones que pueden dar lugar a una detención en este estado. En este punto, realiza a su vez un paralelismo entre la idea de estado límite y la adolescencia, en tanto operación psíquica fundamental y testimonio ejemplar de la civilización.  

Psicosis ordinarias

La posición de Lacan frente a la problemática de las estructuras varía a lo largo de su obra, ya que la misma se articula conceptualmente con otros desarrollos teóri­cos también reformulados. En un principio, el plantea­miento respondía a una lógica más lineal y asociada a un “todo o nada” (Fernández, 2009, p. 181). Más hacia el final de su obra, se puede ubicar lo que algunos autores han denominado como una “segunda clínica lacaniana” (Fernández, 2009, p. 181), continuista, más elástica, que permitiría reconocer matices diferenciales, en términos de anudamientos y desanudamientos de la estructura. Esto, a su vez, ha dado lugar a una línea de desarrollos teóricos que se centra más en las diferentes manifes­taciones clínicas, en la posibilidad de trazar una lógica detrás de ciertos “casos raros” donde tanto las manifes­taciones clínicas como el desarrollo de las mismas no responden a un modelo clásico. Belucci (2013) destaca que “lo que la última enseñanza de Lacan aporta es, entre otras cosas, la idea de que hay distintos modos en los que la estructura se anuda y desanuda y distintos soportes que le permiten al sujeto hacer con su condi­ción estructural”. Siguiendo esta perspectiva, algunos autores (Miller et al., 2003) proponen en el marco de una línea de inves­tigación el término “psicosis ordinaria” (aludiendo así a psicosis compensadas, no desencadenadas, en análi­sis, en terapia, medicadas, etc.) como un modo de dar cuenta de una variedad de casos clínicos y sus posi­bilidades de tratamiento. La propuesta de las psicosis ordinarias dio lugar a importantes debates dentro del ámbito lacaniano, ya que parecía ser una respuesta inte­resante para todos aquellos casos “difíciles de ubicar” en los términos más clásicos. Sin embargo, comenzó a observarse una extensión excesiva del término aplica­ble a todo aquello que no era fácilmente identificable, justamente una de las críticas dirigidas más frecuente­mente al concepto de estructura u organización bor­derline (y en otro ámbito, también a los Trastornos de la Personalidad). Estos autores señalan como operativo para la direc­ción de la cura la posibilidad de ubicar el desenganche de un sujeto en relación al otro, lo cual hace referencia, retroactivamente, al elemento que hacía de enganche, dirigiendo así el tratamiento a un posible reenganche. Proponen, a su vez, la idea de “neodesencadenamien­to”, como un intento de actualización del más clásico concepto de desencadenamiento (vinculado muchas veces a las formas más típicas), aludiendo a su vez a un aggiornamiento de la elaboración teórica de la clínica. La idea de neodesencadenamiento no solo remite al des­encadenamiento psicótico, sino que también interroga el modo en que el sujeto se desengancha del lazo social. Plantean la idea del desenganche asociado a una clíni­ca del funcionamiento, partiendo de la base de que no toda psicosis implica un desencadenamiento irreversi­ble al estilo de Schreber. Señalan que en muchos casos el mismo puede ser discreto o incluso difícil de localizar. En relación a estas formas de presentación, también destacan que “el trabajo delirante es un work in progress que puede durar toda una vida” (Miller et al., 2003, p. 73), con sus diferentes avatares. Laurent (2007) señala que, en las psicosis extraordinarias, solían encontrarse trastornos del comportamiento masivos, pero que estas presentaciones se modificaban frente al desarrollo de la psicofarmacología y ciertos deslizamientos sociocultu­rales. En los casos agrupados como ordinarios, se trata más bien de rarezas, estilos particulares de vida, inven­ciones, fenómenos difíciles de asignar. Laurent aclara que se trata de un campo que debe ser clínicamente explorado, pero manteniendo la distinción de neurosis y psicosis como polos fundamentales. Según Miller (2008), es una categoría más epistémica que objetiva, abierta a discusión, que surgió, en prin­cipio, frente a la necesidad de replantear la rigidez de una clínica binaria (neurosis o psicosis). Señala, a su vez, que se trata de una clínica delicada, orientada por peque­ños detalles o en términos de intensidad. Partiendo de una referencia de Lacan (1957-58), quien habla de “un desorden provocado en la juntura más íntima del senti­miento de la vida en el sujeto” (p. 540), Miller destaca la idea de desorden, diferenciándolo del término trastorno y lo ubica en relación a una triple externalidad. Por un lado, en cuanto a la identificación social, pue­de tratarse de una relación negativa (marcado por la di­ficultad en asumir alguna función o rol social, priman­do la desconexión o el desamparo) o positiva (cuando se evidencia una identificación demasiado intensa). También se observa un desorden en relación al cuer­po, donde el sujeto necesita crear lazos artificiales para reapropiarse de un cuerpo que se descompone (como podrían ser los piercings o tatuajes). Como último re­gistro, Miller (2008) ubica la externalidad subjetiva. En este punto señala como propio de las psicosis ordina­rias una experiencia de vacío o vacuidad, que, a diferen­cia de lo que ocurre en las neurosis, resulta indialectiza­ble. Junto a estos indicios, Miller también destaca como frecuente cierta identificación a un lugar de “desecho”, que no es de carácter simbólico, y que se evidencia, por ejemplo, en descuidos de la propia persona que pueden llegar a ser muy graves. Si bien Miller (2008), en su aclaración entre desorden y trastorno, intenta distinguir claramente su propuesta de las descripciones psiquiátricas y las conceptualiza­ciones de otros autores psicoanalíticos, resulta inevita­ble el paralelismo entre sus ideas y los “sentimientos de vacío” o la “difusión de la identidad”, entre otros. Gustavo Dessal (2008) ubica en las psicosis ordina­rias, además de las particularidades del desencadena­miento, una fenomenología muy variada, que puede acercarse a un exceso de normalidad o a una carac­teropatía grave, pero en la que nunca falta un núcleo delirante, muchas veces encapsulado. A esto agrega un discurso fabricado que puede funcionar a modo de no­minación, cierta pobreza en relación a la historia perso­nal, con poca implicación subjetiva, y un vínculo social atravesado muchas veces por componentes agresivos o de desconfianza. Destaca, a su vez, que el término psicosis ordinaria da cuenta de una estructura psicó­tica más extendida de lo que se supuso durante años, algo que, sin embargo, muchos autores de psiquiatría clásica ya parecían haber vislumbrado. En cuanto a las clasificaciones psiquiátricas más actuales concluye lo siguiente: los redactores del DSM han atomizado la psicosis ordinaria en una multiplicidad de síndromes y trastornos de la personalidad. Sin duda, no les falta la experiencia, en el sentido de la observación de un sin­número de fenómenos clínicos. El problema es cómo leerlos, cómo descifrarlos; cuál es el paradigma teórico a partir del cual se ordenan (p. 3).  

Conclusiones

A partir del recorte realizado resulta evidente que la polémica en relación a los pacientes llamados Borderli­ne, remite a un problema mucho más amplio que tiene que ver con el lugar del diagnóstico en psicoanálisis. En relación a esto, pueden ubicarse tres cuestiones cen­trales que surgen a partir del recorrido por diferentes aportes en relación a este tipo de casos.  Por un lado, se evidencia la multiplicidad y am­plia variedad (llegando incluso a puntos de contra­dicción) que existe entre propuestas de autores de orientación psicoanalítica. Incluso cabe aclarar que, en muchos casos, la utilización de un mismo término puede crear la ilusión de que se está hablando de lo mismo, cuando en realidad remiten a concepciones diversas, como también ocurre claramente con el concepto de estructura. Sumado a esto, resulta un excelente exponente de la complejidad y particula­ridades del entrecruzamiento entre el psicoanálisis y la psiquiatría.  Por último, los debates surgidos en relación a este tema demuestran el complejo vínculo que existe entre clínica y teoría y cómo las distintas presentaciones pueden poner en jaque categorías que, en algún momento, pueden ha­berse considerado incuestionables, invitando constante­mente a repensar el modo en que trabajamos y el lugar desde donde lo hacemos. Un análisis más profundo sobre las consecuencias clínicas que se desprenden de las diferencias concep­tuales, si bien arduo y extenso, resultaría sumamente fructífero.  

lunes, 22 de marzo de 2021

Qué es el Psicoanálisis

 

El escritor Stefan Zweig escribió que el siglo XX se inició con dos hechos importantes: Roentgen, con los rayos X, pudo explorar el interior del cuerpo humano vivo, y Sigmund Freud, con el psicoanálisis, pudo explorar el alma humana.

Eso es el psicoanálisis en su esencia: una disciplina científica que estudia, investiga y describe el alma humana: cómo se forma, cómo se desarrolla, cómo está estructurada y cómo funciona. Todo esto en sus aspectos así llamados “normales” o sanos. Y también cómo se enferma… y cómo se cura.

Completamos la definición del psicoanálisis desde tres puntos de vista, remitiéndonos a palabras del mismo Freud:

  1. Un método para explorar los procesos mentales inconcientes.
  2. Una técnica para tratar las enfermedades psíquicas.
  3. Un cuerpo de teorías derivadas de la aplicación de los puntos 1) y 2).

Es decir, en lo que hasta Freud había sido terreno de teólogos y filósofos, de anatomistas y neurofisiólogos, se instala el psicoanálisis, como una disciplina científica autónoma e inédita.

El progreso intenso, amplio y permanente de la investigación, y la acumulación de conocimientos psicoanalíticos, ha llevado a la posibilidad de aplicar esos conocimientos, no sólo a diversas categorías de trastornos mentales, sino también a las patologías psicosomáticas, a la comprensión de ciertos aspectos de patologías sociales, y en general a diversos tópicos de la cultura: el arte, el cine, la literatura, entre otros.

También este desarrollo ha agregado al tratamiento técnicas en encuadres terapéuticos diversos, como la terapia de parejas, de grupos, de niños y adolescentes, de la tercera edad, de familias, multifamiliares, entre otras. En nuestro país, el psicoanálisis ha alcanzado gran difusión y forma parte de la cultura contemporánea. Para dar un ejemplo casi cotidiano: los actos fallidos de políticos y personajes públicos son inmediatamente reconocidos y casi siempre bien interpretados.

Los mismos, tienen un carácter intuitivo, dando cuenta de complejos mecanismos psíquicos, que un psicoanalista podría describir así: procesos mentales inconcientes, deseos contrapuestos, mecanismos de represión, de fracaso de la represión y de retorno de lo reprimido. Finalmente, y para completar este brevísimo intento de definición, diré que la gran fuerza interna de desarrollo del psicoanálisis, ha llevado a la creación de diversos modos de pensar la teoría psicoanalítica, modos que han alcanzado en algunos casos la categoría de “escuelas”, o esquemas referenciales. Así, a los freudianos originales se han agregado kleinianos, winnicottianos, escuela americana, lacanianos, etc., estableciendo el pluralismo de ideas que actualiza e ilumina el tronco del Psicoanálisis.

Las diferencias entre estos modos de pensar algunas cuestiones teóricas y técnicas, han llevado a menudo a intercambios y debates controversiales, que reflejan la vitalidad del psicoanálisis, pero que fundamentalmente resultan en fertilizaciones cruzadas de ideas. La historia ya ha mostrado que a la postre, los principios básicos del psicoanálisis se siguen manteniendo.

Rodrigo Córdoba. Psicólogo Y Psicoterapeuta. Teléfono: +34 653 379 269 Zaragoza. Gran Vía 32 [Online/Offline] ---> Página Web: Conóceme

domingo, 28 de junio de 2020

Elisabeth Roudinesco: Entrevista



Roudinesco es una au­toridad intelectual en Francia. Hija del Mayo del 68, es de las mayores expertas del mundo en historia del psicoanálisis. Es miembro de la Escuela Freudiana de París (fundada por Jacques Lacan), miembro de la Sociedad Francesa de Historia de la Medicina, investigadora en la Universidad de París VII y eminente biógrafa de Freud y Lacan. Mis preguntas le disgustan por elementales, se enfada porque le pido que resuma a Lacan en una frase. Yo creo que todo es sintetizable (véase E=mc2), pero ella no puede…La dejo irse al Instituto Francés a perorar, invitada por la Asociación Europea de Historia del Psicoanálisis (www.historiapsicoanalisis.es).

“Los nazis pasaron, pero el odio a Freud persiste”

 
Estudia usted la historia del psicoanálisis…

El psicoanálisis ha evolucionado según cada sociedad y cultura en cada momento.

¿Qué es el psicoanálisis?

Una respuesta humanista al salvajismo de una sociedad depresiva que tiende a reducir al hombre a una máquina puramente biológica, sin pensamiento ni afecto. ¡Una gran aventura individual y colectiva!

¿Colectiva?

Desvela que las sociedades se conducen por pulsiones no siempre racionales.

Ya me parecía…

Y cada individuo puede analizar sus pulsiones inconscientes y exponerlas a la luz de su conciencia: sanará neurosis y será más libre.

¿Eso pretende el psicoanálisis?

Freud fue el primero en entender que la histeria de algunas de sus pacientes expresaba represiones hondas no conscientes, corsés emocionales y sexuales que eran propios de la cultura europea de aquel momento.

Y subió al inconsciente al escenario.

Se tomó en serio los sueños como afloración del lenguaje del inconsciente mientras está durmiendo nuestra conciencia.

Los egipcios ya interpretaban sueños…

Y los hebreos, vea a José en la corte del fa­raón. Freud conocía bien los relatos del Pentateuco, el Talmud hebreo: no se quedó en lo simbólico ni teológico, entendió que detrás latían deseos escondidos. ¡Él fue más allá!

¿Y cómo llegó usted al psicoanálisis?

Mi madre se separó y reemparejó: crecí con tres progenitores, en una familia atípica, en un entorno muy proustiano…

¿Y eso enlaza con el psicoanálisis?

Mi madre era amiga personal de Lacan.

Jacques Lacan, ¿discípulo de Freud?

Así es, y fue el fundador de la escuela psico­analítica parisina.

¿Recuerda usted a Lacan?

Entraba y salía de casa. Yo no le hacía mucho caso. Era un amigo de mamá, sólo eso, y yo recelaba un poco de él, igual que mi padre.

Aquí detecto aspectos analizables…

Después me entusiasmaría su obra. Y tuve que escuchar de labios de mi madre: “¡Ya te lo decía yo, ya te decía que era genial!”.

¿A qué se dedicaba su madre?

Trataba a niños pequeños abandonados por sus padres o afectados por traumas tempranos. Lo sabía todo sobre la psique infantil.

¿Qué idea de Lacan me reseñaría?

Llevo escritos montones de libros sobre Lacan, su biografía incluida, como también la de Freud, para reducirlo todo en una línea.

Insisto, se lo pido por mis lectores.

Ya veo que es usted un periodista ignorante que me entrevista sin saber qué he escrito…

Ignorante soy: ¡ilústreme! Ayúdeme usted a divulgar ahora su visión de Lacan.

¡Qué idiotez! No banalizaré aquí a Lacan, monsieur: ¡para conocerle, hay que leerle!

¿Dejamos aquí esta entrevista, pues?

¿Sabe usted al menos que los nazis quemaron los libros de Freud? ¿Sabe que le hubiesen asesinado, si no llega a huir de Austria?

Terrible, pero…

¡Hablamos de cosas serias, monsieur! ¡No frivolicemos! El psicoanálisis ha sido ferozmente perseguido por todas las dictaduras…

Terrible, pero le pido que…

¡Los nazis pasaron, pero el odio a Freud persiste!

¿Por qué dice eso?

Es la verdad: ¡aún escandaliza mucho saber que no somos dueños de nosotros mismos!

Yo lo tengo ya asumido.

Ahora esto altera mucho a los científicos, igual que antes alteraba a los sacerdotes.

¿Compara la ciencia de hoy con la Iglesia de ayer?

Los científicos tiran el agua sucia –lo que ­está bien– con el bebé dentro –lo que está mal–: ¡incurren en fanatismo, muchos de ellos!

¿Qué les diría a esos científicos?

Que toda pretensión de dar una explicación unívoca a un fenómeno… será fallida.

Es lo que venía a preguntarle: el psicoanálisis ¿es ciencia o es arte?

Ni religión ni ciencia. ¡Jamás dogma! Este pecado ya lo cometió el psicoanálisis: creyó ser explicación única de todo. Y es un pecado que hoy está cometiendo la ciencia.

¿Debería yo psicoanalizarme?

¡No es obligatorio! Yo lo hago, para escla­recer mi inconsciente y conocerme mejor. Pero tú hazlo sólo si tienes muchas ganas. Y hazlo sólo con un muy buen psicoanalista.

Esto es cosa de ricos.

Empezó siéndolo, pero dejó de serlo en los años 60 y 70, ¡y hoy debería ser para todos!

¿Y dedicarle veinte años de mi vida?

¡No! Con dos sesiones semanales, dos años bastarán. Un psicoanálisis inacabable es tan impropio como la actual insistencia psiquiátrica en hipermedicar todas las aflicciones del alma. ¡El ser humano no es sólo química!

Gracias por la entrevista.

¡Basta de esos psicoanalistas que te tienden en el diván y que callan! Son como un burócratas ausentes. ¡Hay que hablar!

Pues si tiene algo más que decir…

Lo diré: es falso que a un niño le perjudique ser criado por una pareja homoparental. Le dañará, sólo, no haber sido amado. Y con ser muy bien amado por una sola persona, ese niño crecerá con una psique sana y salva.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Zaragoza 

Online y Presencial (Gran Vía 32, 3° izquierda)

Teléfono: 653 379 269

Instagram: @psicoletrazaragoza

Página Web: www.rcordobasanz.es




jueves, 15 de diciembre de 2016

Integración Primaria. Winnicott



Hablar de un proceso de integración hace suponer que, al comienzo existe un estado de no integración primaria, a partir del cual, el individuo, todavía no diferenciado de su entorno, tiende a organizarse en un ser único, reuniendo sus experiencias múltiples y fragmentadas. 
Esas primeras experiencias son en principio sensoriales y motrices: lo que llegará a ser un yo, en ese momento no es más que una suma de sensaciones dispersas, no ligadas entre sí. Al término del proceso de integración, cuya complejidad va creciendo, aparece lo que Winnicott cuya complejidad va creciendo, aparece lo que Winnicott considera el establecimiento de un self unitario: el sujeto tiene el sentimiento de existir como individualidad. Entre la no-integración primaria y la integración satisfactoria, hay una buena madre y dos tipos de experiencias que favorecen activamente la integración: los cuidados infantiles ("el hecho de que el niño sea abrigado, manipulado, bañado, mecido y llamado por su nombre") y las agudas experiencias instintiva "que, desde el interior, reúnen los elementos de la personalidad haciendo de ellos un todo". Ese proceso tiene su ritmo y sus oscilaciones, el movimiento hacia la integración alterna con algunas fases de regreso a la no-integración.
"Hay largos períodos en la vida de un niño pequeño normal durante los cuales le importa poco estar fragmentado o entero, o vivir en el rostro de la madre o dentro de su propio cuerpo, a condición de que de cuando en cuando se ponga en orden y sienta alguna cosa".
Paradójicamente, Winnicott asocia la creatividad del adulto a su capacidad de permanecer en contacto con ese self primitivo, no integrado, de donde emanan los sentimientos más intensos y las sensaciones más vivas de la existencia. En el contacto con la experiencia artística cotejamos cierta forma de no integración y el terror que ello provoca.
Asímismo, en la experiencia analítica, hay un espacio para la no integración, que Winnicott expresa como "una suerte de crédito abierto a la personalidad a la personalidad no integrada". El paciente, en el diván, por tanto está como un niño con sus juguetes en un estado donde no hay objetivos: sus palabras, sus ideas, sus sensaciones forman una secuencia una secuencia sin vínculos, sin hilo conductor, que el analista debe aceptar así, sin intentar ponerle orden o encontrarles un sentido.
La no integración es entonces una experiencia positiva, característica de ir a una locura sin angustia. Por el contrario, la desintegración es una simple regresión. El esquizoide, por ejemplo, siente un temor a una angustia inimaginable e impensable que resulta del holding maternal. El temor al derrumbamiento domina en este tipo de cuadros.
Winnicott vuelve insistentemente sobre una locura que no es desintegración. O bien, "una disposición muy elaborada de defensas cuyo objeto es prevenir la repetición de la desintegración" (1977).
Esa angustia inimaginable se asocia con cuadros borderline y psicóticos.
La expresión de primitiva agonía que utiliza Winnicott a veces para hablar de ella sugiere que entraña un carácter de desamparo extremo, en los límites de lo que un ser es capaz de soportar.





Claude Geets Winnicott Pediatría y Psicoanálisis
Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta

viernes, 13 de junio de 2014

Sigmund Freud y Melanie Klein: Melancolía

Notas sobre la depresión en el pensamiento de Sigmund Freud y de Melanie Klein



La depresión es un trastorno de estado de ánimo que resulta de un conflicto que proviene de dificultades para integrar impulsos agresivos, las cuales se vuelven contra el yo.

Freud en “Duelo y melancolía” comparó los mecanismos psicológicos de la melancolía (así llamaba lo que hoy día se conoce como ‘depresión’) con los del duelo,  que es un estado de tristeza normal por la pérdida del objeto de amor en la realidad. La diferencia esencial estaría en el narcismo del melancólico, cuya intolerancia a experiencias de pérdida debido a sus fijaciones orales, lo llevan a la identificación con el objeto perdido, para poseerlo subjetivamente en su ausencia real, pero en su ambivalencia es atacado por haber abandonado al sujeto, con el resultante de que el atacado resulta ser el yo.

Por otro lado, la persona en duelo se encuentra enfrentado a la penosa dificultad de separar la libido investida en el objeto perdido para así re-investirla en objetos en el mundo exterior. Esto también es parte del trabajo de elaboración que requiere el paciente deprimido.
Es importante tomar en cuenta que Freud no pretende reducir toda manifestación melancólica a la explicación por él dada en “Duelo y menlancolía”.

En contraste con Freud, la concepción de Melanie Klein de la depresión está ligada a la comprensión a través del proceso de la posición depresiva. Para esta autora, la situación actual reactiva el conflicto propio de la posición depresiva al sentir nuevamente perder un objeto interno bueno.

Cuando predominan fantasías de la catastrófica e irreparable destrucción del objeto, el sujeto posee muy poca confianza en sus capacidades libidinales, los sentimientos de culpabilidad se hacen intolerables y sentimientos de tristeza son masivamente negados. El yo solo puede recurrir a mecanismos de defensa arcaicos: escisión, negación, identificación proyectiva, idealización, etc, es decir, los mecanismos propios del funcionamiento esquizoparanoide o la dinámica de la extrema melancolía, con confusión entre el yo y el objeto atacado, lo cual se muestra en el conflicto depresivo del paciente fronterizo y del psicótico.
 En cambio, cuando predominan fantasías de daño severo y apenas reparable o muerte de los objetos, el yo estará confrontado con sentimientos intensos de culpa y tristeza. La represión significativa de las impulsos agresivos hacia el objeto (una agresividad que refuerza la severidad del superyó) hará posible que los afectos negativos sean parcialmente negados. El yo tendrá éxito en mantener el conflicto intenalizado, pero con el costo de de diversas inhibiciones en las funciones del yo, recurriendo a defensas maníacas y melancólicas, las cuales determinan las manifestaciones clínicas de los trastornos del ánimo.

Un tercer caso es cuando prevalecen sentimientos de abandono y rechazo, la tristeza será consciente y la culpa menos intensa, y por tanto, podrá hacerse consciente con mayor facilidad. La mayor confianza del yo significará más fantasías de reparación que contrarrestarán el daño hecho al objeto. Estas fantasías subyacen muchos de los mecanismos neuróticos de defensa, especialmente del tipo obsesivo, por ejemplo anulación retroactiva, formación reactiva, etc. Bajo su influencia, las capacidades del yo podrán permitir una mayor posibilidad de expresión simbólica.

Según Hugo Bleichmar (“Algunos subtipos de depresión, sus interrelaciones y consecuencias para el tratamiento psicoanalítico”, 2003) los componentes que caracterizan el estado depresivo son, una fijación a un deseo no realizable
, una representación de sí mismo como impotente para satisfacer ese deseo, y el afecto depresivo con un grado de inhibición psicomotriz.

Para este autor, pueden citarse como factores, experiencias tempranas de frustración o trauma oral; identificación con progenitores depresivos (cita a Anna Freud: “Lo que sucede es que tales infantes alcanzan su sentimiento de unidad y armonía con la madre depresiva no mediante logros en el desarrollo sino a través de producir en ellos el estado de ánimo de la madre”); o un trastorno narcisista previo.

Freud: "Duelo y Melancolía"

jueves, 12 de junio de 2014

Melanie Klein con palabras llanas

MELANIE KLEIN


El texto que vamos a leer es un resumen brillante de la obra de Melanie Klein, disfruten, el lenguaje no es demasiado difícil pero hay que ajustarse a la terminología de Melanie Klein. Rodrigo Córdoba Sanz, Psicólogo y Psicoterapeuta.

Principal representante de la escuela inglesa. M. Klein abrió un nuevo rumbo para la teoría pues fue ella quien traslado el énfasis a las relaciones objetales.
El principal interés de esta teórica es el mundo interno, como espacio mental donde interactúan los objetos. Para ella se nace con el yo, relación objetal.
Planteó dos posiciones básicas:
1. Posición Esquizo-paranoide
Klein sostiene que la ansiedad se origina en la acción interna del instinto de muerte. La alteración del equilibrio pulsional es inaugurada por el nacimiento y se repite cada vez que privaciones de origen interno o externo intensifican las pulsiones agresivas.
Klein considera que el niño está en un conflicto pulsional entre la libido y la agresividad desde los inicios, conflicto que encara a través de la deflexión (desviación) del instinto de muerte y la constitución de un objeto escindido.
Supone la existencia de un yo temprano, débil y no integrado pero no obstante capaz de instrumentar, bajo la acción de las pulsiones de vida, los primeros mecanismos de defensa: escisión, proyección, introyección. Estos mecanismos son de defensa ante la ansiedad de aniquilamiento. Ese yo incipiente registra la angustia, se relaciona con un primer objeto y opera mecanismos de defensa primitivos y, por lo tanto, extremos. Dicho de otro modo, opera con fantasías relacionadas con un objeto. En relación a las características de ese yo, Klein manifiesta su acuerdo con Winnicott en cuanto a considerarlo carente de cohesión y con una tendencia a integrarse que alterna con una tendencia a desintegrarse.
A partir de las primeras experiencias el lactante se relaciona con un objeto parcial bueno, resultante de la proyección de la pulsión de vida (pecho bueno) y con un objeto parcial malo, resultante de la proyección de la pulsión de muerte (pecho malo). Cuando la disociación se realiza bajo predominio de la pulsión de muerte encontramos que las características del objeto viran de bueno a idealizado y de malo a persecutorio, terrorífico. Las características de tales objetos están, por lo tanto, íntimamente relacionadas con las características de los impulsos que sobre ellos se proyectan. El pecho como primer objeto, y los objetos que se internalizan posteriormente, adquieren en los momentos en que el bebé atraviesa estados de frustración y odio las características oral-sádico, sádico-uretrales y sádico-anales de las pulsiones del lactante.
Se trata de objetos parciales tanto por constituirse a partir de una parcialidad del objeto causada por el dominio de la pulsión oral como por tener sólo una cualidad: bueno o malo. Puede decirse que el objeto parcial es totalmente bueno o totalmente malo.
Las privaciones, al intensificar las pulsiones agresivas, generan la voracidad con el consiguiente aumento de la frustración y, por lo tanto, de la ansiedad persecutoria. La voracidad es una emoción básicamente oral, muy vinculada con la envidia.
Considera que la fórmula instintual está constitucionalmente determinada, aunque toma en cuenta las características reales del vínculo en cuanto a su capacidad de acrecentar o atemperar la ansiedad persecutoria.
El pecho gratificador que ha sido internalizado bajo el dominio de la libido de succión es sentido como completo y actúa como núcleo del yo, contrarrestando los procesos de escisión y dispersión y favoreciendo la integración. O sea que la introyección estable del objeto bueno es una precondición para el desarrollo normal.
El clivaje o escisión del objeto se realiza principalmente por el clivaje de los impulsos y su proyección, secundariamente por las características de gratificación o frustración de la relación con el objeto. En la medida que el interjuego de introyección y proyección está en el origen del yo, la escisión del objeto implica la escisión del yo.
Durante la posición esquizo-paranoide hay momentos de integración del objeto y del yo, que implican un comienzo de la ambivalencia (carga afectiva o valor con que se carga un objeto, en términos de amor u odio), aunque en relación a objetos parciales
El progreso en los procesos de síntesis atenúa la escisión objeto bueno-objeto malo y lleva a que el niño se relacione con su madre como una totalidad. Esto inaugura la posición depresiva e inicia el Complejo de Edipo temprano.
En 1946, introduce un concepto en la elaboración de la posición esquizo-paranoide, aunque el uso de este mecanismo no es privativo de dicha posición. Este mecanismo es:
La Identificación proyectiva: Y lo considera como;
...una forma especial de identificación que establece el prototipo de una agresiva relación de objeto(...) Los ataques contra el pecho de la madre evolucionan también hacia ataques de naturaleza similar contra su cuerpo, el que pasa a ser sentido, por así decirlo, como una continuación del pecho, aún antes de que la madre pueda ser concebida como una persona total.
La identificación proyectiva descansa sobre fantasías, de tipo oral y anal, de expulsar afuera del self sustancias peligrosas o aspectos rechazados u odiados de la propia persona, y ubicarlos dentro del objeto con el propósito de dañarlo o de tomar posesión de él y controlarlo. El resultado es un empobrecimiento de la persona y un incremento del odio hacia el objeto. Sin embargo, también puede implicar aspectos positivos del yo que son colocados dentro de la madre. Esto también ocasiona empobrecimiento del yo, en tanto lleva a considerar como perdidas partes importantes del yo, incremento de la ansiedad persecutoria e idealización del objeto. De una u otra forma se colocan en el objeto partes del self, lo que implica que se trata de una identificación narcisista.
La consideración de la identificación proyectiva, con su complementaria, la identificación introyectiva, implica un concepto de espacio presente en las primeras relaciones de objeto.
Klein va complejizando los alcances del concepto considerándolo, en sus formas más evolucionadas, base de la capacidad de empatía. La introducción del estudio de los fenómenos confusionales, a partir de 1952, constituye una profundización de la teoría kleiniana, de indudable valor clínico. M.Klein llegó inclusive a considerar los estados confusionales como estados que se presentan normalmente en el pasaje entre las dos posiciones básicas, y que pueden dar lugar a la formación de núcleos confusionales que se encuentran en múltiples manifestaciones patológicas. Este concepto fue muy importante en el tratamiento de pacientes psicóticos y fronterizos y fue retomado y desarrollado por Bion, Rosenfeld y Otto Kernberg.
El exceso de escisión y proyección de partes del yo y de los objetos internos explica el perturbado juicio de realidad de las psicosis. La realidad, tanto interna como externa, resulta alterada, modificada por la adjudicación omnipotente de partes escindidas del yo al objeto. Esto se relaciona con la vivencia de fin del mundo del esquizofrénico. El uso excesivo de la escisión provoca el sentimiento de que el yo está hecho pedazos, pudiendo llegar a sentimientos de desintegración.
...el amor y la comprensión de la madre pueden ser considerados como el mejor aliado que tiene el niño para superar estados de desintegración y angustias de naturaleza psicótica.
Ciertas formas de deficiencia mental se relacionan con los efectos de un exceso de ansiedad persecutoria y mecanismos esquizoides en la temprana infancia. Klein considera que la identificación proyectiva es la base de muchas situaciones de ansiedad y se relaciona centralmente con la esquizofrenia y la paranoia; no sólo sustenta los sentimientos de fragmentación sino también los de confusión. Esto dificulta sobremanera discriminar entre las partes buenas y malas del self, entre el objeto bueno y malo y entre la realidad externa e interna.
Otro concepto acuñado por Klein es:
Envidia primaria :
Este desarrollo conceptual alejó a su discípula Paula Heimann y a otro pensador, Winnicott.
El concepto de envidia deriva de los trabajos acerca de la identificación proyectiva en su relación con el instinto de muerte y acerca de los estados confusionales. Klein supone que la envidia y el instinto de muerte tienen en común algo esencial: ambos atacan la vida y las fuentes de la vida. La envidia primaria corresponde a las formas arcaicas y masivas de la identificación proyectiva, destinadas a ubicar en el objeto la destructividad propia que está amenazando al yo. Implica no sólo la introyección destructiva propia de la voracidad sino también una modalidad destructiva de la identificación proyectiva. Supone el ataque sádico-anal y sádico-uretral al pecho bueno y a la capacidad creadora de la madre y se relaciona con lo que podríamos llamar ira narcisista ante la percepción de que el objeto tiene algo valioso.
Se diferencia de los celos por cuanto surge en una relación dual con un objeto parcial.
La envidia es el sentimiento enojoso contra otra persona que posee o goza de algo deseable, siendo el impulso envidioso el de quitárselo o dañarlo. Además la envidia implica la relación del sujeto con una sola persona y se remonta a la relación más temprana y exclusiva con la madre. Los celos están basados sobre la envidia, pero comprenden una relación de por lo menos dos personas y conciernen principalmente al amor que el sujeto siente que le es debido y le ha sido quitado o está en peligro de serlo por su rival.
Klein reconstruye el concepto a partir de la transferencia, especialmente la reacción terapéutica negativa, en la que considera que tiene gran importancia la envidia y las defensas contra la misma. Considera que su intensidad depende en gran medida de factores constitucionales (intensidad del instinto de muerte en relación al de vida). Es un sentimiento que daña la capacidad de gozar pues no permite la seguridad en el establecimiento del objeto interno bueno. La envidia al pecho nutricio estaría en la base de otras modalidades, como ser la envidia al pene. Tiene suma importancia en la patología de las posiciones, aportando a la génesis de los estados confusionales: al atacar al objeto bueno lo convierte en malo mediante la fragmentación y la proyección.
Su contrapartida es el sentimiento de gratitud, derivado de la capacidad de amar y de la elaboración de la ansiedad depresiva.
2. Posición depresiva
El cambio de la relación de objeto de parcial a total marca la entrada en la posición depresiva, modificando las ansiedades y, por lo tanto, las defensas.
De los tres a los seis meses se observa un mayor desarrollo de las funciones yoicas y de la organización fantasmática del bebé, la instauración del pecho bueno disminuye los procesos de escisión y los estados de integración son cada vez más frecuentes.
La ambivalencia es ahora hacia un objeto total, los procesos de integración y síntesis hacen que el conflicto entre el amor y el odio surja muy claramente, en el marco de un mayor reconocimiento de la realidad psíquica.
La ansiedad se modifica cualitativamente, el bebé está expuesto a la vivencia de pérdida pues las pulsiones agresivas ponen en peligro al objeto amado. Al ser percibida la madre como objeto total, como persona, se modifica la identificación del bebé con la misma. Es sentida como un refugio ante los temores persecutorios pero también se la considera expuesta al ataque de los perseguidores internos e, incluso, al propio odio y sadismo del bebé.
La pérdida en la realidad psíquica del objeto total confronta al niño a una nueva gama de sentimientos, al dolor y la tristeza se agrega la culpa, por cuanto la omnipotencia lo lleva a considerar que el peligro que corre el objeto es consecuencia de sus propios impulsos y fantasías.
Su objetivo es centralmente negar la realidad psíquica en cuanto es fuente de dolor y temores depresivos, esto implica cierta negación de la realidad exterior. La negación de la realidad psíquica puede implicar la negación del amor. La tríada maníaca está constituida por: control-triunfo-desprecio.
El control omnipotente, al estar aplicado ahora a la ansiedad depresiva, es utilizado para evitar la frustración y la consiguiente agresión, la que constituiría un peligro para el objeto.
La modificación del uso de la escisión consiste en que su aplicación deriva en un objeto indemne y un objeto muerto o moribundo, siendo el temor a que los objetos internos estén muertos o moribundos el núcleo de la aflicción en los estados depresivos. Los sentimientos de culpa ante la creencia de haber dañado al objeto amado ponen en marcha la tendencia a la reparación, originada en las pulsiones de vida. Klein considera unidas la culpa y la reparación. El niño vivencia la reparación de sus objetos en íntima relación con los logros de su propio desarrollo, de esta manera las ansiedades paranoides y depresivas van modificándose a lo largo de la primera infancia.
Son sumamente importantes en la reparación del objeto las defensas obsesivas, las que pueden también estar en relación a la ansiedad paranoide. El equilibrio entre las defensas obsesivas y las maníacas será determinante en la relación con el objeto que se teme dañado.
Al igual que en relación a la posición esquizo-paranoide Klein considera que un uso adecuado de las defensas disminuye la ansiedad y promueve la integración, pero un uso excesivo de las mismas dificulta y puede impedir la elaboración de las problemáticas específicas de cada posición, persistiendo constelaciones fantasmáticas que constituyen puntos de fijación.
Encontramos en la posición esquizo-paranoide los puntos de fijación de la esquizofrenia y la paranoia; en los inicios de la posición depresiva los puntos de fijación de la manía y la melancolía.
Conjuntamente con la posición depresiva se inicia el Complejo de Edipo temprano, ya que los procesos de integración llevan a la necesidad de preservar al pecho y a la madre como objeto total, estimulando el pasaje al pene paterno y al padre; y al reconocimiento del tercero. El bebé necesita proteger al objeto y al yo de la intensificación y modificación de la agresión provocada por las frustraciones orales (destete) y la dentición.
La elaboración de la posición depresiva es crucial en la capacidad posterior de elaborar duelos. Su superación supone la introyección estable del objeto amado y el establecimiento de la capacidad de reparar y simbolizar. Aunque los aspectos fundamentales se dan en la segunda mitad del primer año de vida, se va elaborando a lo largo de la primera infancia a través de la neurosis infantil...una combinación de procesos mediante los cuales las ansiedades de naturaleza psicótica son ligadas, elaboradas y modificadas. La neurosis infantil termina al comienzo de la latencia, con la modificación de las ansiedades tempranas y el dominio de las pulsiones genitales. Es en el desarrollo de la neurosis infantil donde vemos claramente el accionar de las defensas obsesivas y, a partir del segundo año, de la represión, mecanismo que, a diferencia de la escisión, no implica el riesgo de la desintegración del yo. Todos los aspectos del desarrollo contribuyen a la modificación de la ansiedad, la cual a su vez influye sobre dichos procesos.
En el segundo año, con el progreso en el desarrollo del yo, el niño utiliza su creciente adaptación a la realidad externa y su creciente control de las funciones corporales para poner a prueba los peligros internos por medio de la realidad externa.
Klein considera que el juicio de realidad es decisivo en el trabajo de duelo, y que en cada situación en que la persona se ve confrontada con el penar por la pérdida de objetos amados se consideran en peligro los objetos internos y la conexión con la realidad tiene como fin reestablecer el mundo interno destruido.
Cuando el niño pasa a través de la posición depresiva, lucha en su inconsciente con la tarea de establecer e integrar el mundo interno, del mismo modo que el sujeto en duelo sufre con el reestablecimiento y la reintegración de este mundo.
Según klein hay un Edipo y un súper yo temprano:
Complejo de Edipo Temprano
Este en su teoría queda desvinculado el Complejo de Edipo de la fase fálica tal como la describe Freud. Sus orígenes pasan a ser ubicados en las fases pre-genitales y la fase fálica tiene para Klein las características de fase genital completa. En los desarrollos teóricos previos a la formulación de la posición depresiva considera que las frustraciones orales (destete) constituyen el factor principal en la liberación de las tendencias edípicas. La ansiedad persecutoria junto a la búsqueda de reencontrar las gratificaciones que se obtuvieron con el pecho impulsan tanto a la niña como al varón hacia el pene, con el que se revive la doble relación conflictiva.
El pasaje a la relación triádica, o sea, del pecho al pene, se sostiene tanto en la fantasía oral de incorporación para calmar la frustración en relación al pecho como en la necesidad de buscar un nuevo objeto que amortigüe las fantasías retaliativas que sufre en relación a los ataques fantaseados al cuerpo materno.
Los análisis tempranos muestran que el conflicto de Edipo se hace presente en la segunda mitad del primer año de vida, y que al mismo tiempo el niño comienza a modificarlo y a construir su Superyo.
Esta definición de Klein implica una redefinición de la etapa fálica clásica. La amenaza de castración tiene como contenido primario y fundamental el temor al vaciamiento y destrucción del cuerpo del bebé. Pasa a poseer especificidad en ambos sexos en relación a los genitales masculinos y femeninos y la capacidad de procreación, la cual está ligada básicamente a las ansiedades de la posición depresiva y a la posibilidad de reparar los objetos amados.
El dolor y la preocupación por la pérdida temida de los objetos buenos, es decir, la posición depresiva, es, según su experiencia, la fuente más profunda de los conflictos dolorosos en la situación edípica, así como en las relaciones del niño con su medio ambiente general.
Las teorías sexuales infantiles son principalmente expresión del polimorfismo temprano y no de la desmentida de la castración en una lógica fálico-castrado. Dicha lógica aparece defensivamente, es decir, secundariamente.
Superyó temprano
En 1948 afirma que el desarrollo del Superyó es previo e independiente de Edipo, se origina en la escisión y proyección del instinto de muerte y condiciona el desarrollo del Complejo de Edipo.
La evolución del concepto de Superyó está íntimamente relacionada a la del concepto de posiciones. El Superyó tiene un doble origen, con aspectos buenos y malos. La introyección del primer objeto, el pecho materno, constituye el núcleo del Superyó en ambos sexos. En la relación con objetos parciales, a la internalización del pecho se suma la internalización del pene y ambos, en sus aspectos buenos y malos, se constituyen en los primeros objetos internos protectores y auxiliadores, por un lado, y atacantes y agresivos, por el otro. A esto se van sumando las internalizaciones de los padres como objetos totales y como figuras combinadas.
La evolución del yo y del Superyó sucede en forma paralela, formándose ambos a través de una larga serie de introyección, proyección y reintroyecciones, en una compleja relación dialéctica entre el mundo interno y el mundo externo. A lo largo de todo el proceso, se mantiene una estrecha relación entre el desarrollo del Yo, el Superyó y el Complejo de Edipo.Este modo de conceptualizar el origen del Superyó implica que el carácter del mismo corresponde más a una función que puede ser asumida por diferentes objetos internos, correspondientes a distintos momentos introyectivos-proyectivos, que a una estructura definitiva.
La última fase en el pensamiento kleiniano acerca del Superyó corresponde a 1958, cuando atribuye la formación del mismo, además de a procesos introyectivos, a un clivaje dentro del yo por el cual una parte se enfrenta a otra parte.
Técnica psicoanalítica del juego :
Klein reconoce el juego como una estrategia metódica para la terapia, ya que para ella es el predominio del inconsciente en el niño lo que determina el modo de representación simbólica.