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Paz y Ciencia
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domingo, 2 de octubre de 2016

Anorexia: Psicoanálisis



El avance en la teoría psicoanalítica entre 1889 y 1895 es evidente. Con la denominación de sexualidad rudimentaria alude, sin duda, a aspectos genéticos, lo que sustituye con ventaja a las anteriores alusiones traumáticas.

Estudios sobre la histeria (1895). Surgen en este escrito relaciones entre histeria y anorexia:

Por lo que respecta a la teoría, nos han demostrado, en efecto, dichos resultados que el factor accidental posee en la patología de la histeria un valor determinante, mucho más elevado de lo que generalmente se acepta y reconoce. En la histeria "traumática" está fuera de duda que es el accidente lo que ha provocado el síndrome, y cuando de las manifestaciones de los enfermos de ataques histéricos, nos es posible deducir que en todos y cada uno de sus ataques vive de nuevo por la alucinación aquel mismo proceso que provocó el primero que padecieron, también se nos muestra de una manera evidente la conexión causal. No así en otros distintos fenómenos. Pero nuestros experimentos nos han demostrado que síntomas muy diversos, considerados como productos espontáneos -"idiopáticos"-, podríamos decir- de la histeria, poseen con el trauma causal una conexión tan estrecha como la de los fenómenos antes mencionados, transparentes en este sentido. Hemos podido referir a tales factores causales neuralgias y anestesias de formas muy distintas, que en algunos casos venían persistiendo a través de años enteros; contracturas y parálisis, ataques epileptoides, diagnosticadas de epilepsia por todos los observadores; petit mal y afecciones de la naturaleza de los "tics", vómitos persistentes y anorexia, llevada hasta la repulsa de todo alimento, perturbaciones de la visión, alucinaciones visuales continuas, etc. La desproporción entre el sistema histérico, persistente a través de años enteros, y su motivación, aislada y momentánea, es la misma que estamos habituados a observar en la neurosis traumática. Con frecuencia, la causa de los fenómenos patológicos, más o menos graves, que el paciente presenta, está en sucesos de su infancia.

Vemos que en este caso, Freud habla de la anorexia en relación al concepto de trauma.



Poco más tarde, en El método psicoanalítico de Freud (1903).

Del mismo modo que entre la salud y la enfermedad no existe una frontera definida y sólo prácticamente podemos establecerla, el tratamiento no podrá proponerse otro fin que la curación del enfermo, el restablecimiento de su capacidad y de goce. Cuando el tratamiento no ha sido suficientemente prolongado o no ha alcanzado éxito, se consigue, por lo menos, un importante alivio del estado psíquico general, aunque los síntomas continúen subsistiendo, aminorada siempre su importancia para el sujeto y sin hacer de él un enfermo. El procedimiento terapéutico es, con pequeñas modificaciones, el mismo para todos los cuadros sintomáticos de las múltiples formas de la histeria y para todas las formas de la neurosis obsesiva. su empleo no es, desde luego, ilimitado. La naturaleza del método psicoanalítico crea indicaciones y contraindicaciones, tanto por lo que se refiere a las personas a las cuales ha de aplicarse el tratamiento como el cuadro patológico. Los casos más favorables para su aplicación son los psiconeurosis crónicas con síntomas poco violentos y peligrosos, esto es, en primer lugar, todas las fobias y las abulias, y, por último, todas las formas somáticas de la histeria habrá de esperarse la aparición de una fase más tranquila, y en aquellos en los cuales predomina el agotamiento nervioso, deberá evitarse un tratamiento que exige por sí mismo un cierto esfuerzo, no realiza sino muy lentos progresos y tiene que prescindir durante algún tiempo de la subsistencia de los síntomas. Para que el tratamiento tenga amplias probabilidades de éxito, debe también reunir el sujeto determinadas condiciones. En primer lugar, debe ser capaz de un estado psíquico normal, pues en períodos de confusión mental o de depresión melancólica no es posible intentar nada, ni siquiera en casos de la histeria. Deberá poseer asimismo un cierto grado de inteligencia natural y un cierto nivel ético. Con las personas de escaso valor pierde pronto el médico el interés que le capacita para ahondar en la vida anímica del enfermo.

Se puede ver que Freud detecta el perfil peculiar de ciertas anorexias que impiden, por la urgencia, la cura tradicional en toda su extensión, la observación se reitera en el trabajo siguiente y aún de manera más específica.

Sobre la psicoterapia (1904)

La edad de los enfermos desempeña también un papel en su selección para el tratamiento analítico, pues, en primer lugar, las personas próximas a los cincuenta años suelen carecer de la plasticidad de los procesos anímicos, con la cual cuenta la terapia -los viejos ya no educables-, y en segundo, la acumulación de material psíquico prolongaría excesivamente el análisis. El límite opuesto sólo individualmente puede determinarse; los individuos muy jóvenes, impúberes aún, son a veces muy asequibles a la influencia analítica.
No se acudirá tampoco al psicoanálisis cuando se trate de la rápida supresión de fenómenos amenazadores; por ejemplo, en una anorexia histérica.

Es evidente que los dispositivos técnicos ad hoc para el tratamiento de la neurosis no se acoplan con facilidad a la curación de la anorexia, en este sentido las técnicas que se emplean en el análisis de las psicosis armonizan mejor con sus exigencias.

En Tres ensayos (1905) aparece una descripción acabada sobre el vínculo inicial entre sexualidad y hambre:

La primera actividad del niño y la de más importancia para él, la succión del pecho de la madre (o de sus subrogados) le ha hecho conocer, apenas nacido, este placer... En un principio la satisfacción de la zona erógena parece asociada con el hambre. La actividad sexual se apoya primeramente en una de las actividades puestas al servicio de la conservación de la vida, pero luego se hace independiente de ella.

Muchos años después (1979), la microbióloga Lynn Margullis escribirá:

La evolución de los primeros ciclos sexuales meióticos tuvo lugar en varios pasos. El primero fue, probablemente, el canibalismo. Aun hoy, en situaciones límites, los protoctistas (organismos eucariotas) unicelulares engullen cualquier cosa que se ponga a su alcance antes de sucumbir... A veces, sin embargo tales fusiones -el englobado devorado por el devorador- pueden revertir, especialmente cuando las dos células fundidas son muy semejantes... Cuando ambos "socios" sobrevivían el resultado era un paso evolutivo intermedio entre el acto de comer y la fecundación duplicatoria del sexo meiótico.

Antes que ella el biólogo Lemuel Roscoe Cleveland, quien estudió desde 1936 hasta su muerte en 1969 a los hipermastigotos, un grupo de protoctistas nadadores que digieren la madera, anunciaba:

Al engullirse unos a otros, los mastigotes fusionaban sus membranas celulares y nucleares. Pretendían comer, pero en vez de eso se fundían...

Ese es el comienzo del ciclo meiosis-fecundación.

Nos es pues ni caprichosa ni reciente la relación entre oralidad, sexo y vínculo. Estas consideraciones permiten entender que el síndrome rechazo del alimento, escaso investimiento sexual y retraimiento, no es fruto de circunstancias fortuitas, sino que encuentra fundamentos arcaicos en la propia biología.







domingo, 24 de agosto de 2014

La Histeria antes de Freud




VV AA, La histeria antes de Freud, Biblioteca de los Alienistas del Pisuerga. Ergon. Madrid, 2011.
La Biblioteca de los Alienistas del Pisuerga, una colección de textos clásicos de la psicopatología, inéditos en castellano, que ya contaba con tres volúmenes, pasa a engrosarse con un cuarto: La Histeria antes de Freud.En esta ocasión se trata de una reunión de artículos, capítulos o selecciones de obras de varios clínicos que, durante el siglo XIX, se acercaron desde distintas perspectivas a la histeria. De este modo, Gilles de la Tourette, Briquet, Charcot, Lasègue, Jules Falret, Colin, Kraepelin, Bernheim y Grasset, comparten estas páginas para dar al lector una perspectiva bastante completa de la respuesta que las dos principales escuelas psiquiátricas, la francesa y la alemana, daban a esta neurosis, cuando este término aún remitía al sistema nervioso, es decir, antes de que Freud elaborara la teoría psicoanalítica.
Como es habitual en esta colección, los Alienistas no se conforman con reclutar una serie de textos interesantes y traducirlos. Desde la excepcional Presentación que firman los tres de Valladolid, a la propia estructura del libro, el lector dará un paso hacia delante en la comprensión de los distintos elementos que la histeria precisa para desplegarse. Se encontrará con que el histérico necesita un escenario social, por un lado, y un saber al que enfrentarse, por otro. Es en esta suerte de triangulación donde se confirman las tres características indiscutibles que destacan los prologuistas: su antigüedad y permanencia a lo largo de la historia, su indefinición o imposibilidad de encorsetamiento dentro de los cánones científicos y su mutabilidad o capacidad plástica y mimética para forjar los síntomas. Estos tres atributos ayudan, en nuestra opinión, a que el lector se guíe a lo largo de los cuatro bloques del libro.
El título del primer capítulo, "La histeria en la historia de la medicina", da cuenta de su presencia en toda lahistoria de la humanidad. Entendida como una estrategia del deseo, la histeria aparece como un "proceder que existe desde el comienzo de los tiempos... En tanto que somos sujetos de deseo, quien más y quien menos utiliza de continuo recursos histéricos para resolver las dificultades que se le presentan", nos recuerdan los compiladores. Así las cosas, la obra se inaugura con un abordaje histórico que correrá de la mano de Gilles de la Tourette. Consideraciones históricas acerca de la histeria -primer capítulo del tratado sobre la histeria que el médico francés publicó en 1891- supone un recorrido por las distintas teorías que sobre la histeria se han ido forjando desde la antigua Grecia a La Salpêtrière, trayecto que el lector encontrará más que teñido por la conocida idolatría que el médico tenía por su maestro Charcot.
En un segundo paso, con "Médicos ante la histeria", se abre un capítulo en el que cuatro grandes nombres de la medicina de la época dejarán constancia de la impotencia del saber médico ante la histeria, una insuficiencia que quedará reflejada en los textos como incomodidad, distancia y hasta rechazo por parte de los autores. De este modo, encontramos una interesante selección del Tratado clínico y terapéutico de la histeria de Pierre Briquet de 1859, una insólita presentación de Un caso de histeria en el varón que el maestro Charcot expuso en una de sus lecciones de 1887, una detallada y minuciosa descripción del rechazo alimenticio en Sobre la anorexia histérica por parte de Charles Lasègue en 1873 y, por último, un ilustrativo ejemplo de la capacidad para incomodar y desconcertar al clínico, El carácter histérico, de Jules Falret, epígrafe de 1866, incluido dentro del capítulo sobre las locuras razonantes de sus Estudios clínicos, ya que para el francés la propia naturaleza histérica era, en sí misma, un tipo de locura moral. En este orden de cosas, asistimos a un capítulo en cuyo telón de fondo podemos situar la oposición, ocultación y seducción, propias de la estrategia histérica y guías fundamentales de su plasticidad clínica frente a la ciencia. La histeria siempre se sitúa ante el saber para despertar su deseo, mantenerlo vivo y, finalmente, dejarlo insatisfecho. Es así como explicamos la maleabilidad de los síntomas histéricos, la plasticidad de sus manifestaciones en los asilos y su gran capacidad para simular con el cuerpo lo que la ciencia iba buscando, es decir y como anunciábamos más arriba, su indefinición.
La tercera parte del libro, "Histeria y locura", aborda la controvertida relación entre ambas categorías, problema psicopatológico de primer orden, que lleva a cuestionarse las raíces de la propia psicosis y la naturaleza misma de la histeria. Es aquí donde más claramente distinguimos la mutabilidad y el desafío de la histeria, pues obliga al debate de las escuelas y fuerza la creación de nuevas categorías diagnósticas. Dilema que si antes se reducía al problema sobre las locuras histéricas, ahora se ve incrementado por la confusión provocada por la fragmentación diagnóstica de los manuales. El lector encontrará en primer lugar una representación de las descripciones francesas de la folie hystérique a lo largo del capítulo que Henri Colin le dedica dentro de su ensayo sobre el Estado mental de los histéricos de 1890. A continuación, un caso clínico de Kraepelin sobre la locura histérica dará cuenta de la tendencia del alemán a la categorización de la clínica, pues nos consta que la hysterische Irresein varió su localización diagnóstica y significado clínico a lo largo de sus ocho ediciones de la Introducción a la clínica psiquiátrica. El bloque se cierra con la interesante y siempre a contracorriente opinión del jefe de la Escuela de Nancy y máximo oponente de Charcot, Hyppolite Bernheim, que publica, ya jubilado, dentro de su obra sobre la histeria, en 1913.
En cuarto y último lugar, encontramos "Perspectiva general de la histeria antes de Freud", capítulo compuesto por un único pero amplio artículo de Joseph Grasset titulado Histeria fin de siglo. Este escrito ocupó, en 1899, la entrada "Histeria" del Diccionario Enciclopédico de las Ciencias Médicas, y comprende una minuciosa descripción de la histeria que llegaría al siglo XX, en la que el francés intenta mantenerse al margen de las diferencias entre escuelas y dota de una estructura didáctica y universitaria a su trabajo: definición, estudio histórico, etiología, sintomatología, diagnóstico y tratamiento. Cabe señalar en este capítulo la extensión del apartado dedicado a la sintomatología, dato que vuelve a subrayar la capacidad proteica de la histeria para presentarse ante la Medicina.
No son pocas las cuestiones que los textos aquí recopilados plantean al lector. En nuestra opinión, el simple gesto de llamar la atención sobre la histeria ya supone una revolución frente a la psiquiatría contemporánea. En El Poder Psiquiátrico, Foucault nos recordaba el importante papel de las histéricas en el juego asilar y diagnóstico del siglo XIX, llamándonos a saludarlas "como las verdaderas militantes de la antipsiquiatría", añadiendo que "solo ellas conseguían los síntomas más precisos y determinados... [...] en un juego tal que, cuando se quiere dar una realidad a su enfermedad, jamás se consigue hacerlo, porque en el momento que su síntoma parece remitir a un sustrato orgánico, muestra que no hay sustrato...". Es esta vertiente de la histeria, la del mimetismo, la plasticidad y el escurridizo diagnóstico, la que infringe el golpe definitivo a la psiquiatría, pues lo asesta en su más profundo narcisismo, en su deseo de poder. Por ello, tal impacto permanece aún en nuestros días como una herida sangrante, como demuestra el hecho de que la histeria lleve años fuera de las categorías diagnósticas, se encuentre dinamitada en sus síntomas y quede oculta tras la depresión y el trastorno bipolar. La realidad histérica se vuelve insoportable para la medicina, por eso resulta especialmente útil el libro que hoy comentamos, pues permite al lector realizar un pliegue histórico por el psicoanálisis y casi equiparar el afán explicativo, descriptivo, distante e incluso arrogante de la psiquiatría de nuestro tiempo con el de la que inmediatamente precedió a Freud.
Una vez más, José María Álvarez, Fernando Colina y Ramón Esteban, nos ofrecen la oportunidad de profundizar en el estudio de la psicopatología bajo el precepto de que el respeto por lo que nos precede siempre pasa por su conocimiento. En esta ocasión, lo haremos alertados por la dificultad de mantener la posición de saber frente a la histeria y, a la vez, dejar bastante alejada la teoría para que ésta no nos impida escucharla. Que de eso se trata.
Laura Martín López-Andrade

JOSÉ LUIS PESET, Las melancolías de Sancho. Humores y pasiones entre Huarte y Pinel, AEN. 2010. 240 pp.
La colección de Historia de la AEN parece tener dos frentes de trabajo. Por un lado, ha recuperado una secuencia de volúmenes de comienzos del siglo XX relacionados con la psique, como los de Schreber, Gaupp o Zilsel (sobreEl genio), y también de finales de esa centuria, como los de Queneau y G. Swann, o incluso Los náufragos de Patrick Declerck, escrito en 2001, que se acerca a las gentes que viven hoy en la calle. Por otra parte, está lo referente al legado antiguo al respecto hasta la Ilustración: desde Cicerón (maestro del Renacimiento) y el humanista Ficino hasta Tissot y Diderot, así como parte de la psiquiatría que arranca de Pinel: Daquin, Esquirol y Leuret.
Muchos de estos últimos libros se ven revisados y comentados en las páginas, tan recientes, de Las melancolías de Sancho. Peset es un historiador de las ciencias, dedicado especialmente al estudio de la cultura médica, en relación con su profesión, con la enfermedad y su tratamiento; y este ensayo inédito suyo revela preocupaciones psiquiátricas - Peset es, además, médico de formación - pero asimismo aborda un tema histórico-cultural: la melancolía en ciertos escritos españoles de los siglos de Oro y de la Ilustración.
En efecto, al inicio del libro de Peset está presente Felice Gambin, autor de Azabache. El debate sobre la melancolía en la España de los siglos de Oro (2008), que ha sido comentado en esta Revista. Pero destacan sus fuentes hispánicas sobre el desánimo, poco manejadas. Son Fadrique Furió Ceriol y su Consejo y consejeros del Príncipe (1559), Pedro Mercado y sus Diálogos de filosofía natural y moral (1558), Alfonso de Santa Cruz y suSobre la melancolía (c. 1569), Huarte de San Juan, y su Examen de ingenios para las ciencias (1575) - un autor del que Peset es especialista acreditado -, así como otro médico, Andrés Velázquez y su Libro de la melancolía(1585). Por supuesto que también resuenan autores europeos: un Bright, en A Treatise of Melancholy de 1586; un Jacques Ferrand, Melancolía erótica o enfermedad de amor; o un Burton, en su fundamental The Anatomy of Melancholy, aparecido poco después. Estos tres títulos han sido publicados por la AEN de modo que del contexto cultural melancólico hoy se tienen suficientes noticias como para que la tristeza antigua sea algo más que una metáfora literaria.
Peset ya había estudiado ciertas las relaciones entre padecimiento y cultura, así en Ciencia y marginación(1983), para el siglo XIX, Las heridas de la ciencia (1993), para el siglo XVIII, y Genio y desorden (1999), justamente para el período que aquí aborda (de Huarte a Torres Villarroel). Pero Las melancolías de Sanchoencara específicamente el abatimiento, una patología con "origen" clásico (Hipócrates, Aristóteles, Galeno) que, temida por sus negros efectos, será revisada mucho en el Humanismo desde Marsilio Ficino (u otros encerrados asimismo con los libros), en la crisis mental y cultural del Barroco y en la Ilustración correctora de tantos desmanes.
Peset nos dice pronto: "Las búsquedas de su amada, los descensos al infierno, las viejas imágenes y las secas melancolías de Alonso Quijano nos vienen a la memoria. Éste y sus libros adorados pueden vivir en la nostalgia y en la locura". Pero ese hombre doble que ofrece el Quijote lo empareja con una novela rara del siglo XVIII, laHistoria del más famoso escudero Sancho Panza, después de la muerte de Don Quixote de la Mancha (1794) de Pedro Gatell. El Sancho cervantino será heredado - en el relato de Peset - por un Sancho menor surgido en las Luces de Gatell, de modo que, en su retoque ilustrado, éste nos permite ver (gracias a Peset) cómo se percibe la tristeza a lo largo del mundo moderno, y nos muestra cómo la melancolía, la imagen y la palabra se van construyendo juntas en el transcurso de dos siglos decisivos.
Los títulos de las cuatro partes son reveladores. Por un lado "Una melancolía razonada", arranca de la locura del hidalgo. Su pesadumbre está vinculada con los viejos temperamentos y esa teoría humoralista que se quiebra aproximadamente tras la muerte de Cervantes; también se relaciona con el poder de los astros que lastran a los humanos. Pero a esa visión natural, física y cósmica, del pesar se asocia con las pasiones humanas y su vida en sociedad. Se refleja en libros, en músicas ('En el nacimiento del canto'), en pinturas, en invitaciones a la risa y la conversación. El "Teatro de los ingenios" es la segunda parte: el drama barroco está plagado de tristes, de curaciones momentáneas, de fracasos. Se inicia la narración de cómo la medicina dialoga y pretende acoger al apagado, al mustio, en sus tratados y asilos ('Médicos en la España barroca'), mientras la melancolía pretende refugiarse en alegres Arcadias, huyendo de la modernidad. El teatro, la novela, los tratados médicos y filosófico-morales se convierten en el Texto del Mundo.
El Sancho cervantino y el Sancho menor son centros visibles de las dos partes restantes: "La tristeza del escudero" y "Arcadia en las luces". Vemos que la sociedad poco a poco entra en horma, y la obligación - que es propia del quehacer moderno - contrasta cada vez más con los vagabundeos (no sólo del hidalgo y del escudero), al tiempo que la medicina entra en diálogo con las artes en general, sin olvidar la omnipotente religión. Si en un largo camino fáustico, dice el autor, vemos cómo Sancho Panza - gracias a su caballero - adquiere melancolía y saber, todo nos recuerda que en la Ilustración las exhortaciones al trabajo y la higiene apremian implacablemente.


viernes, 25 de julio de 2014

La histeria antes de Freud

 
 
Biblioteca de los Alienistas del Pisuerga

VV AA, La histeria antes de Freud, Biblioteca de los Alienistas del Pisuerga. Ergon. Madrid, 2011.
La Biblioteca de los Alienistas del Pisuerga, una colección de textos clásicos de la psicopatología, inéditos en castellano, que ya contaba con tres volúmenes, pasa a engrosarse con un cuarto: La Histeria antes de Freud. En esta ocasión se trata de una reunión de artículos, capítulos o selecciones de obras de varios clínicos que, durante el siglo XIX, se acercaron desde distintas perspectivas a la histeria. De este modo, Gilles de la Tourette, Briquet, Charcot, Lasègue, Jules Falret, Colin, Kraepelin, Bernheim y Grasset, comparten estas páginas para dar al lector una perspectiva bastante completa de la respuesta que las dos principales escuelas psiquiátricas, la francesa y la alemana, daban a esta neurosis, cuando este término aún remitía al sistema nervioso, es decir, antes de que Freud elaborara la teoría psicoanalítica.
Como es habitual en esta colección, los Alienistas no se conforman con reclutar una serie de textos interesantes y traducirlos. Desde la excepcional Presentación que firman los tres de Valladolid, a la propia estructura del libro, el lector dará un paso hacia delante en la comprensión de los distintos elementos que la histeria precisa para desplegarse. Se encontrará con que el histérico necesita un escenario social, por un lado, y un saber al que enfrentarse, por otro. Es en esta suerte de triangulación donde se confirman las tres características indiscutibles que destacan los prologuistas: su antigüedad y permanencia a lo largo de la historia, su indefinición o imposibilidad de encorsetamiento dentro de los cánones científicos y su mutabilidad o capacidad plástica y mimética para forjar los síntomas. Estos tres atributos ayudan, en nuestra opinión, a que el lector se guíe a lo largo de los cuatro bloques del libro.
El título del primer capítulo, "La histeria en la historia de la medicina", da cuenta de su presencia en toda la historia de la humanidad. Entendida como una estrategia del deseo, la histeria aparece como un "proceder que existe desde el comienzo de los tiempos... En tanto que somos sujetos de deseo, quien más y quien menos utiliza de continuo recursos histéricos para resolver las dificultades que se le presentan", nos recuerdan los compiladores. Así las cosas, la obra se inaugura con un abordaje histórico que correrá de la mano de Gilles de la Tourette. Consideraciones históricas acerca de la histeria -primer capítulo del tratado sobre la histeria que el médico francés publicó en 1891- supone un recorrido por las distintas teorías que sobre la histeria se han ido forjando desde la antigua Grecia a La Salpêtrière, trayecto que el lector encontrará más que teñido por la conocida idolatría que el médico tenía por su maestro Charcot.
En un segundo paso, con "Médicos ante la histeria", se abre un capítulo en el que cuatro grandes nombres de la medicina de la época dejarán constancia de la impotencia del saber médico ante la histeria, una insuficiencia que quedará reflejada en los textos como incomodidad, distancia y hasta rechazo por parte de los autores. De este modo, encontramos una interesante selección del Tratado clínico y terapéutico de la histeria de Pierre Briquet de 1859, una insólita presentación de Un caso de histeria en el varón que el maestro Charcot expuso en una de sus lecciones de 1887, una detallada y minuciosa descripción del rechazo alimenticio en Sobre la anorexia histérica por parte de Charles Lasègue en 1873 y, por último, un ilustrativo ejemplo de la capacidad para incomodar y desconcertar al clínico, El carácter histérico, de Jules Falret, epígrafe de 1866, incluido dentro del capítulo sobre las locuras razonantes de sus Estudios clínicos, ya que para el francés la propia naturaleza histérica era, en sí misma, un tipo de locura moral. En este orden de cosas, asistimos a un capítulo en cuyo telón de fondo podemos situar la oposición, ocultación y seducción, propias de la estrategia histérica y guías fundamentales de su plasticidad clínica frente a la ciencia. La histeria siempre se sitúa ante el saber para despertar su deseo, mantenerlo vivo y, finalmente, dejarlo insatisfecho. Es así como explicamos la maleabilidad de los síntomas histéricos, la plasticidad de sus manifestaciones en los asilos y su gran capacidad para simular con el cuerpo lo que la ciencia iba buscando, es decir y como anunciábamos más arriba, su indefinición.
La tercera parte del libro, "Histeria y locura", aborda la controvertida relación entre ambas categorías, problema psicopatológico de primer orden, que lleva a cuestionarse las raíces de la propia psicosis y la naturaleza misma de la histeria. Es aquí donde más claramente distinguimos la mutabilidad y el desafío de la histeria, pues obliga al debate de las escuelas y fuerza la creación de nuevas categorías diagnósticas. Dilema que si antes se reducía al problema sobre las locuras histéricas, ahora se ve incrementado por la confusión provocada por la fragmentación diagnóstica de los manuales. El lector encontrará en primer lugar una representación de las descripciones francesas de la folie hystérique a lo largo del capítulo que Henri Colin le dedica dentro de su ensayo sobre el Estado mental de los histéricos de 1890. A continuación, un caso clínico de Kraepelin sobre la locura histérica dará cuenta de la tendencia del alemán a la categorización de la clínica, pues nos consta que la hysterische Irresein varió su localización diagnóstica y significado clínico a lo largo de sus ocho ediciones de la Introducción a la clínica psiquiátrica. El bloque se cierra con la interesante y siempre a contracorriente opinión del jefe de la Escuela de Nancy y máximo oponente de Charcot, Hyppolite Bernheim, que publica, ya jubilado, dentro de su obra sobre la histeria, en 1913.
En cuarto y último lugar, encontramos "Perspectiva general de la histeria antes de Freud", capítulo compuesto por un único pero amplio artículo de Joseph Grasset titulado Histeria fin de siglo. Este escrito ocupó, en 1899, la entrada "Histeria" del Diccionario Enciclopédico de las Ciencias Médicas, y comprende una minuciosa descripción de la histeria que llegaría al siglo XX, en la que el francés intenta mantenerse al margen de las diferencias entre escuelas y dota de una estructura didáctica y universitaria a su trabajo: definición, estudio histórico, etiología, sintomatología, diagnóstico y tratamiento. Cabe señalar en este capítulo la extensión del apartado dedicado a la sintomatología, dato que vuelve a subrayar la capacidad proteica de la histeria para presentarse ante la Medicina.
No son pocas las cuestiones que los textos aquí recopilados plantean al lector. En nuestra opinión, el simple gesto de llamar la atención sobre la histeria ya supone una revolución frente a la psiquiatría contemporánea. En El Poder Psiquiátrico, Foucault nos recordaba el importante papel de las histéricas en el juego asilar y diagnóstico del siglo XIX, llamándonos a saludarlas "como las verdaderas militantes de la antipsiquiatría", añadiendo que "solo ellas conseguían los síntomas más precisos y determinados... [...] en un juego tal que, cuando se quiere dar una realidad a su enfermedad, jamás se consigue hacerlo, porque en el momento que su síntoma parece remitir a un sustrato orgánico, muestra que no hay sustrato...". Es esta vertiente de la histeria, la del mimetismo, la plasticidad y el escurridizo diagnóstico, la que infringe el golpe definitivo a la psiquiatría, pues lo asesta en su más profundo narcisismo, en su deseo de poder. Por ello, tal impacto permanece aún en nuestros días como una herida sangrante, como demuestra el hecho de que la histeria lleve años fuera de las categorías diagnósticas, se encuentre dinamitada en sus síntomas y quede oculta tras la depresión y el trastorno bipolar. La realidad histérica se vuelve insoportable para la medicina, por eso resulta especialmente útil el libro que hoy comentamos, pues permite al lector realizar un pliegue histórico por el psicoanálisis y casi equiparar el afán explicativo, descriptivo, distante e incluso arrogante de la psiquiatría de nuestro tiempo con el de la que inmediatamente precedió a Freud.
Una vez más, José María Álvarez, Fernando Colina y Ramón Esteban, nos ofrecen la oportunidad de profundizar en el estudio de la psicopatología bajo el precepto de que el respeto por lo que nos precede siempre pasa por su conocimiento. En esta ocasión, lo haremos alertados por la dificultad de mantener la posición de saber frente a la histeria y, a la vez, dejar bastante alejada la teoría para que ésta no nos impida escucharla. Que de eso se trata.

martes, 18 de marzo de 2014

Feliz encuentro

Hay en el Polifemo de Góngora varias exclamaciones, pero solamente dos preguntas:

Huye la ninfa bella; y el marino
amante nadador; ser bien quisiera
ya que no áspid a su pie divino,
dorado pomo a su veloz carrera;
mas, ¿cuál diente moral, cuál meta fino
la fuga suspender podrá ligera
que el desdén solicita? ¡Oh cuánto yerra
delfín que sigue en agua corza en tierra!

Galatea huyendo de sus amadores.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Sentidos denotativos de la palabra Disociación



1. La palabra se emplea en la literatura para designar conceptos diferentes que incluyen síntomas, mecanismos psíquicos y trastornos mentales.

2. Existen términos como el de "conversión" que se mantienen en el DSM como una herencia de la tradición psicoanalítica, pero que no encajan en una clasificación ateórica no basada en el modelo psicoanalítico.

3. Las clasificaciones internacionales se basan en la descripción clínica de síntomas y no en el mecanismo etiopatogénico. Por ello hay trastornos conectados por su etiopatogenia. Por ello hay trastornos conectados por su etiopatogenia, como el trastorno de estrés postraumático, los trastornos disociativos y conversivos y los trastornos por somatización, que están clasificados en distintos capítulos. Esto no facilita a los profesionales una comprensión global de los fenómenos psíquicos.

4. La dualidad mente-cuerpo propia del pensamiento médico-científico occidental ha llevado a separar trastornos muy ligados, como los trastornos somatomorfos, conversivos y disociativos, basándose únicamente en que la sintomatología se expresa a través del cuerpo o de funciones psíquicas.

5. Algunos autores hablan de la disociación como un fenómeno normal, estableciendo un continuum que va desde la disociación cotidiana y adaptativa hasta el otro extremo, donde estaría el trastorno de identidad disociativo. Otros consideran la disociación como un mecanismo patológico.

6. El concepto de disociación que estamos acostumbrados a manejar implica una disminución o estrechamiento de la conciencia. En esta concepción nos encajan bien síntomas como el estupor disociativo o la despersonalización. Sin embargo, la psicopatología del TID, antes llamado trastorno de personalidad múltiple, se corresponde no con una disminución del nivel de conciencia, sino con una fragmentación de la misma. Para la teoría de la disociación estructural, toda respuesta ante el trauma se entiende desde este concepto de fragmentación. En el primer caso (disminución o estrechamiento de la conciencia), estamos ante una concepción horizontal de los distintos estados de conciencia. En el segundo caso (fragmentación), se trata de una concepción vertical de la disociación:  hay una escisión o separación entre distintos estados de conciencia, que no tienen por qué estar a distinto nivel.

7. También es controvertido si algunos conceptos incluidos en las escalas de evaluación, como la absorción (perderse o ensimismarse en los propios pensamientos en una película, etc,), son o no fenómenos disociativos.

Anabel González: "Trastornos disociativos". Ed. Pléyades

Rodrigo Córdoba Sanz: Hay que matizar que este concepto tiene un marcado componente cultural. Por ejemplo, en EEUU se diagnostican muchos más casos de TID, en oriente, sin embargo, la disociación se tiene como objetivo. El focalizar en una sola cosa y abstraerse del resto. El Mindfulness entraría dentro de esa corriente.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Trastornos Disociativos: Psicosis Histérica o Trastorno disociativo psicótico

 
Psicosis Histérica o Trastorno Disociativo Psicótico. El Problema de la Nosología Psiquiátrica
Histeria y psicosis histérica en psicoanálisis
Freud inició la construcción del psicoanálisis sobre las bases de la histeria. En 1893 (Freud 1893) partió de la “teoría traumática”. Considerando trauma a toda vivencia que suscite afectos penosos. Un año después (Freud 1894), ya anuncia que el trauma era de tipo sexual y considera a la conversión como el mecanismo característico de la histeria (aunque hoy día la mayoría lo descartan o, como Green (citado por Bleichmar 1985), lo sustituyen por la “disociación” como eje de la categoría nosológica). Dos años después (Freud 1896) es cuando hace explícita la “Teoría de la seducción”: el trauma es causado por una seducción. Pero no es sino hasta 1906 (Freud 1906) cuando expresa por primera vez su abandono de la creencia en la etiología traumática (por seducción) e insiste en la importancia de las fantasías inconscientes. Sin embargo, en la nota a pie de página (p. 168 en la Standar Edition) agregada por Freud en 1924, señala que la seducción conserva cierto significado para la etiología. Como puede verse, Freud consideraba a la histeria de origen psicológico, aunque siempre siguió pensando que en algún momento futuro se conseguirían bases biológicas y un tratamiento correspondiente. En el ámbito psicoanalítico, tal como lo señala Emilce Bleichmar (Bleichmar 1985) “la dispersión de opiniones [sobre la histeria] es máxima: ¿es oral o fálica?, ¿corresponde a mujeres impulsivas y exhibicionistas o impera la regresión?, ¿corresponde a personalidades infantiles o a la última etapa del desarrollo psicosexual?, ¿es dependiente y complaciente o competitiva y castradora?, ¿se ha producido un deslizamiento de la neurosis al carácter, y es la fobia sexual la forma típica de la histeria actual?”. Bleichmar destaca el aspecto camaleónico, cambiante, de sus manifestaciones; su transformación a través de la historia; su deslizamiento de la neurosis al carácter y a la fobia sexual en la actualidad. Lacan incluso llega a universalizar la histeria al plantearla como modelo de estructuración del deseo humano, siempre incapaz de ser colmado. Bleichmar señala con acierto el caos nosológico de la histeria y la dificultad de sostener una explicación unitaria para cuadros tan diferentes como una personalidad infantil e impulsiva, un carácter histérico marcado por la represión, el carácter fálico-narcisista o los síntomas conversivos en una paranoia. Este pluralismo llevó a Saurí (citado por Bleichmar 1985) a escribir un libro llamado “Las histerias”. Recordemos ahora que antes citamos el libro de Chinchilla, “Las esquizofrenias”, con lo cual queremos subrayar la dificultad de encontrar cuadros nosológicos puros y bien delimitados. Freud tuvo varios pacientes que algunos han considerado padecían psicosis histérica Después revisaremos como clasifica el Libro de casos del DSM-IV a la paciente Anna O, pero puede decirse que él no la llamaba psicosis histérica, primero porque conceptualmente para Freud la histeria era una neurosis con fijaciones más tardías en el desarrollo psicosexual (etapa fálica), de las más benignas y mejor organizadas; y, en segundo lugar, porque cuando él, Jung y otros psicoanalistas se relacionaron con la escuela de Zurich, aceptaron las concepciones psiquiátricas de Bleuler, quien las incluyó dentro de la esquizofrenia. Como puede verse, si se siguen las concepciones freudianas, la noción de psicosis histérica es en sí misma una contradicción. Sin embargo, atendiendo a postulaciones kleinianas que ven a la histeria como fundamentalmente oral y como defensa ante angustias esquizoparanoides, hay analistas como Rosenfeld y Green (citados por Bleichmar 1985) que consideran que ante pérdidas significativas se pueden producir psicosis pasajeras en las histerias. Bleichmar (Bleichmar 1985) propone sustituir la categoría de la psicosis histérica por la de personalidad borderline. En esto no concuerdo con ella porque no en todo trastorno de personalidad límite se producen cuadros psicóticos, pero lo que si está claro es que es en este tipo de trastorno de personalidad (junto con los histriónicos) en los que con más frecuencia se ven episodios psicóticos agudos y, por tanto introducen otra complicación en el concepto de psicosis histérica. En este sentido, Otto Kernberg (Kernberg 1975) (Kernberg 1984), ha diferenciado dentro de los trastornos de personalidad varias configuraciones que podrían aclarar el panorama nosológico del espectro de la histeria. Él propone un continuo entre la “personalidad histérica”, que sería una neurosis de carácter de tipo superior y no borderline, y la “personalidad infantil” mucho más inmadura, regresiva y borderline. Probablemente es en esta última donde puedan verse las psicosis histéricas. Cabe preguntarse qué ha sido de aquellos casos floridos de “psicosis histérica” que antes se describían. Muchos autores consideran que hoy día se expresan de otros modos. Según Roberto Mazzuca (Mazzuca 2003) las formas actuales son al menos cuatro: 1. dentro del grupo de las esquizofrenias; 2. las anorexias; 3. el síndrome de personalidad múltiple; 4. los fenómenos de posesión demoníaca.
Validez de la psicosis histérica en la historia de la psiquiatría
La psicosis histérica era un cuadro nosológico que contemplaban tanto los clásicos alemanes como franceses. Demetrio Barcia (Barcia 1998) publicó un artículo sobre Wernicke, quien en 1908 se refirió a este cuadro con el nombre de pseudodemencia histérica. Barcia lamenta la ausencia de estudios actuales sobre las psicosis histéricas. Según sus palabras es “un cuadro sin embargo real y que se observa en la clínica”.
También Bleuler describió lo que llamó los estados crepusculares histéricos con síntomas muy parecidos. Así mismo, el diagnóstico de Boufée Delirante, introducido por Valentín Magnan en 1895, tiene características muy similares a las que después han descrito para la psicosis histérica Hollander y Hirsch (Hollander y Hirsch 1964). Estos autores publicaron en 1964, en el American Journal of Psychiatry, la primera descripción formal de la entidad, que caracterizaron como una reacción psicótica con un arranque súbito y dramático, relacionada en el tiempo con un hecho profundamente perturbador (rasgo que consideran esencial), generalmente en personalidades histéricas. Las manifestaciones clínicas incluyen delirios, alucinaciones, despersonalización y conducta desorganizada. El episodio agudo rara vez dura más de dos a tres semanas y al producirse la recuperación no queda prácticamente residuo alguno. Linn (Linn 1982), en el Tratado de psiquiatría de Freedman, Kaplan y Sadock, utilizó exactamente la misma descripción de Hollander y Hirsch para la psicosis histérica. Las descripciones de diversos autores se asemejan y, como señalamos, continúan siendo parecidas en distintos países. Además, recuerdan a varios de los primeros casos de Freud (Freud 1893), entre ellos Anna O., la paciente atendida por Breuer, con la que puede decirse que se inicia el psicoanálisis. La fama del caso de Anna O. llevó a que el Libro de casos del DSM-IV (1996) le dedicase una revisión a la luz de la nosología actual. Concluyen que hay varios diagnósticos distintos en diferentes etapas de la enfermedad: primero trastorno de conversión y luego trastorno disociativo no especificado. Señalan que como presentaba síntomas psicóticos, el uso rígido del DSM-IV podría llevar al diagnóstico de esquizofrenia pero no conseguiría describir el trastorno, por tanto piensan que sus síntomas psicóticos se podrían clasificar como Trastorno Psicótico No Especificado. Sin embargo, con este enfoque por categorías se fragmenta la enfermedad de Anna O en diversos diagnósticos, cada uno de los cuales describe una fase distinta.
La psicosis histérica en el DSM-IV y el CIE-10
El DSM-IV (DSM-IV 1994) no hace mención de la psicosis histérica aunque, como acabamos de ver, en el Libro de casos del DSM-IV se podría clasificar como Trastorno Psicótico No Especificado. Sin embargo, en base a los síntomas también podría clasificarse como Trastorno Psicótico Breve. Pero aquí no acaba la dispersión de posibilidades diagnósticas porque debido a que los cuadros psicóticos agudos tienen una alta prevalencia en África occidental, en la India y en las islas del Caribe, el DSM-IV-TR también los ha clasificado como Síndrome Ligado a la Cultura. Incluso podrían clasificarse como trastorno esquizoafectivo, trastorno esquizofreniforme o trastorno del humor con síntomas psicóticos. Tampoco en el CIE-10 la psicosis histérica tiene fácil ubicación. Por una parte, se incluye como sinónimo, en el apartado de “Trastornos disociativos (de conversión)”, pero por otra, teniendo en cuenta que los conceptos de bouffée delirante y psicosis cicloides tuvieron enorme influencia en la formulación de los Trastornos Psicóticos Agudos y Transitorios, observamos que varios de los trastornos que incluyen son iguales o muy similares a los que a través de la historia se han relacionado con la psicosis histérica, como lo han señalado García-Valdecasas y col. (García-Valdecasas et al. 2005). Por ejemplo, el Trastorno Psicótico Agudo Polimorfo Con o Sin Síntomas de Esquizofrenia (que incluyen las bouffées delirantes y las psicosis cicloides); los Otros Trastornos Psicóticos Agudos Con Predominio de Ideas Delirantes, (que podrían incluir las reacciones paranoides y la psicosis psicógena paranoide); el Trastorno Psicótico Agudo y Transitorio Sin Especificación (que incluye la psicosis reactiva breve). Por lo tanto, como concluyen García-Valdecasas y col, aunque la CIE se pronuncia claramente en situar éstas en los trastornos disociativos y no en los psicóticos, los varios subtipos de Trastornos Psicóticos Agudos y Transitorios describen cuadros que recuerdan a las psicosis histéricas. O sea, que en está clasificación tendríamos la opción de incluir la psicosis histérica entre los trastornos psicóticos o entre los disociativos, con la confusión que ello genera. Por otra parte, en Pamplona, Peralta y col (Peralta el al. 2008) han publicado varias investigaciones sobre las psicosis cicloides (que para algunos son equivalentes de las psicosis histéricas) y sus investigaciones, dicen, confirman las características cicloides y la subdivisión en grupos que varios autores han destacado, como es el caso de la “escuela de Wernicke-Kleist-Leonhard” y de Mojtabai. Sin embargo, comentan que otros, como Perris, consideran que el solapamiento de síntomas es la regla y se oponen a la clasificación por tipos, que la investigación no ha demostrado. Peralta y col. piensan que muchos han tomado erróneamente como sinónimos a las psicosis cicloides y a los trastornos psicóticos agudos pero, al contrario, aportan bibliografía que demuestra que las psicosis cicloides no se corresponden con ninguna de las categorías del DSM-III, DSM-III-TR, DSM-IV ni CIE-10 y que solo existe una concordancia de entre un 30 a 54%, pues la mayoría de los casos son diagnosticados como psicosis reactiva breve, trastorno esquizoafectivo, trastorno esquizofreniforme, trastorno del humor con síntomas psicóticos o trastorno psicótico no especificado. Concuerdo con el grupo de Peralta cuando señalan que, a pesar de que los datos disponibles no muestran una etiología ni fisiopatología específicas de las psicosis cicloides, su validez histórica, aparente y empírica es evidente, y que una razón importante para reconocer el constructo son las implicaciones clínicas, pronósticas y terapéuticas que conlleva un diagnóstico equivocado. Sin embargo, no concuerdo con el planteamiento de estos autores sobre el que las psicosis cicloides formen parte del concepto de espectro esquizoafectivo y del continuo de las psicosis, por lo que deberían incluirse dentro de los trastornos psicóticos breves o transitorios. Creo que deben clasificarse entre los trastornos disociativos, pero en todo caso, si hubiera que ubicarlas dentro de los trastornos psicóticos, considero preferible usar la nominación de “Trastorno Psicótico Breve” (quizás ampliando el tiempo de duración hasta 6 meses) que la de Trastornos Psicóticos Agudos y Transitorios”, pues estos últimos están muy subdivididos y aún más dispersos sin que, a mi modo de ver, esto ayude a estudiar mejor la categoría.

domingo, 25 de agosto de 2013

Necesidad de Afecto

El hecho de que en nuestra cultura haya más "histéricas" es debido a que antes, y podemos ceñirnos a la historia, la antropología cultural y la sociología, las mujeres han sido fieles sirvientes. El amor fue el único dominio en el que destacaron. Hay quien se dejó la vida, como Marylin Monroe. Era el único recurso para progresar. Así, le sería posible alcanzar la felicidad, la seguridad y el prestigio
Rodrigo Córdoba Sanz
Psicólogo y Psicoterapeuta

martes, 6 de agosto de 2013

Histeria y Neurosis

Las psiconeurosis fueron también llamadas por Freud neurosis de defensa.
En el Manucrito del 1 de enero de 1896 llamado “Un cuento navideño” desarrolla su teoría sobre las neurosis de defensa: “se trata de un esfuerzo voluntario para rechazar un recuerdo penoso, y la neurosis proviene de ello”.

 Rodrigo Córdoba Sanz




Rosa Lopez.
Psicoanalista en Madrid.

Hablar de la actualidad de un asunto, implica situarlo en un contexto temporal en el que el presente se conjugue con la revisión del pasado y con la interrogación sobre el futuro. Si el tema en cuestión es el de la histeria, la referencia histórica se hace todavía más necesaria, pues si algo tiene esta patología es “una historia tan grande y tan bella - nos dirá Pierre Janet- que sería una pena renunciar a ella”. Efectivamente, la historia de la histeria es tan fascinante, que no solo sirve a los fines de la investigación de los profesionales de la clínica, sino que puede ser leída, por los profanos, como una gran novela llena de personajes insólitos (las histéricas) y de médicos no menos bizarros. Podemos remitirnos a los asombrosos casos de histeria con los que Charcot ensayaba la hipnosis en la Salpretiere de París a finales del siglo XIX, construyendo con las pacientes del manicomio una escenografía mitad científica, mitad circense, en la que el poder de sugestión del medico endiosado hacia, a su albedrío, nacer un síntoma, desaparecer otro, incluso transferir una cojera de una enferma a la siguiente. También podemos estudiar las denominadas locuras histéricas, que con tanto rigor recuperó Jean Claude Maleval en uno de sus libros, y en el que se nos describen esas mujeres poseídas por el demonio, o por la fuerza divina. Están también las histéricas sacrificiales capaces de beber el agua con la que lavaban los pies a los enfermos o mostrar los estigmas sangrantes en su cuerpo. Un cuerpo convertido en el escenario de todo el drama subjetivo, es decir de la lucha encarnizada entre el deseo sexual y la censura moral.

De modo que la histeria tiene una larga historia, y de hecho se pueden encontrar restos de ella en civilizaciones pasadas y es tan antigua como la aparición de los primeros tratados de medicina. Remontandonos en sus orígenes podemos llegar al más antiguo texto medico conocido: un papiro egipcio descubierto en Kahoun en 1900 a. C. En lo poco que se conserva de este documento se refiere esencialmente a esta enfermedad denominándola “perturbaciones del útero”. Lo interesante es cómo la teoría diagnostica, la descripción de los síntomas y la idea del tratamiento que aparece en este papiro fueron aceptados hasta el siglo XIX. La idea principal es que la enfermedad histérica era imputable a un órgano femenino muy concreto: el útero que se halla en estado de inanición: no tiene lo que desea y entonces, manifiesta su descontento desplazándose de manera intempestiva por el cuerpo. Recordemos que Platón en el Timeo escribe: “En las mujeres lo que se llama matriz o útero es un animal que vive en ella con el deseo de hacer hijos. Cuando permanece mucho tiempo estéril después del período de la pubertad apenas se le puede soportar: se indigna, va errante por todo el cuerpo, bloquea los conductos del aliento, impide la respiración, causa una molestia extraordinaria y ocasiona enfermedades de todo tipo” Platón, Timeo (91,b,c) en Diálogos.

El útero es considerado como una especie de animal que vive en el cuerpo de la mujer. Un animal hambriento que se desplaza con una especie de ansiedad motriz, empujando a los demás órganos a su paso: aplasta los pulmones y por ello produce ahogos. Golpea el corazón y de ahí las palpitaciones, se sube a la garganta y forma como una bola. Con semejante planteamiento de la causalidad de esta enfermedad, podrán imaginar que los tratamientos que se inventaban era casi delirantes, y no podemos creer que su aplicación fuera imputable al desconocimiento de la anatomía humana, pues desde muy antiguo se practicaba la cesárea o la autopsia. Más bien, los tratamientos, respondía a una especie de fantasía cargada de prejuicios sobre lo femenino, pues en realidad esta concepción de la histeria se basa en tomar la parte (el útero) por el todo (la mujer). Para persuadir al útero a retornar a su lugar había que engañarle o seducirle mediante ciertas estrategias. O bien se actuaba desde arriba haciendo ingerir a la paciente productos nauseabundos y respirar olores pútridos, o bien el tratamiento se hacia desde abajo, insertando en la vagina dulces o suaves perfumes balsámicos. Pero, a veces las prácticas eran todavía más disparatadas y cruentas: la presión sobre el vientre para hacer descender el útero, los gritos en el oído acompañados de insuflados de vinagre en la nariz, o soplar mediante una cánula virutas de hierro en el intestino para provocar una inflamación, hasta el propio Charcot, siglos más tarde, inventó un aparato denominado compresor de ovarios, con el que conseguía desencadenar en publico una crisis, casi orgasmática, que culminaba en una especie de alivio.

Con Hipocrates el tratamiento se hace más timorato: Nada de fumigaciones, ni por arriba, ni por abajo. La prescripción aconsejaba tomar esposo lo más rápidamente posible. Desde entonces el tratamiento más eficaz para este tipo de perturbación consistiría en casar rápidamente a las vírgenes y volver a desposar a las viudas. De este modo se le otorga al hombre, más concretamente a su órgano, una papel terapéutico fundamental. Esta idea ha sido transmitida a lo largo de la historia y le fue revelada a Freud por uno de sus maestros, el ginecólogo de la Universidad de Viena, Chrobac, quien acuñó la celebre frase que aparece en La historia del Movimiento Psicoanalítico “el tratamiento de la histeria requiere penis normalis en dosis repetutum”. De este brevísimo paso por la historia de la histeria se puede destacar el hecho de que la hipótesis del útero móvil no responde al mero azar, producto del desconocimiento de la anatomía humana, sino que supone desde un principio una etiología eminentemente sexual de dicho cuadro y específicamente femenina.

Convengamos de entrada que la patología histérica puede también afectar a algunos varones, pero que la práctica clínica nos demuestra que en su mayoría la encontramos en las mujeres. En cierto sentido esto se debe a que la histérica presentifica perfectamente este enigma de la relación del sexo femenino con la falta de un lugar especifico en el campo simbólico, o lo que es lo mismo en el mundo en que nos es dado habitar a los seres hablantes. Si Aristóteles prescribía para cada objeto un lugar en el mundo que le sería natural, la histérica es quien viene a perturbar la concepción de un universo donde cada objeto estaría en su lugar; más concretamente, la histérica viene a recordarnos el enigma del lugar que estaría reservado naturalmente para el sexo femenino. En rigor, esta falta de ubicación natural del ser hablante en el mundo que lo rodea, es absolutamente universal y nos afecta a todos independientemente de nuestra identidad sexual. Todos somos exiliados de la naturaleza, porque el lenguaje nos ha dejado fuera de la misma y a cambio nos ofrece lugares simbólicos siempre inestables, indefinibles y precarios. Es a esto a lo que los psicoanalistas denominamos la falta en ser del sujeto de la palabra. Ahora bien, por razones que después trataré de exponer, la posición femenina radicaliza esta condición de falta en ser común a todo sujeto

Volvamos a retomar la historia de la histeria, para llegar a nuestro verdadero punto de partida, el momento en que el medico vienes Sigmund Freud toma el asunto en sus manos y otorga una unidad posible a aquellos síntomas tan variados: Anestesias sensoriales, contracturas, parálisis, convulsiones epileptoides, tics, vómitos permanentes, anorexia, perturbaciones de la visión, alucinaciones visuales recurrentes. Toda esta gama de síntomas que no poseen un correlato, ni una fuente orgánica son anudados por Freud con la teoría traumática de la histeria y posteriormente explicados mediante el mecanismo de la represión.

Se iniciaba así un nuevo camino para la investigación, los síntomas histéricos son el resultado de una transposición o CONVERSIÓN de un conflicto psíquico inconsciente en una inervación somática y su expresión no corresponde al funcionamiento de la estructura anatómica tal como ocurre en las enfermedades orgánicas. El cuerpo de la histeria dibuja e inscribe otra lectura de la anatomía. Fue Freud quien sacó a la histeria del pozo vergonzoso al que hasta entonces la habían condenado los prejuicios médicos y le otorgó una dignidad clínica fundamental, convirtiendola en la piedra angular sobre la que empezó a construir el psicoanálisis. Los ataques histéricos, que sirvieron a Freud para concebir su idea del síntoma como la transacción entre fuerzas opuestas, ponían en escena una parodia de encuentro sexual pues la sujeto, en pleno estado de trance, con una mano trataba de desnudarse y con la otra de impedirlo, acabando finalmente en un desfallecimiento tan gozoso que no había que ser muy agudo para compararlo con el obtenido en el orgasmo.

Impresionante puesta en escena que le dio a Freud la clave de un descubrimiento fundamental. No tanto del hecho de que los síntomas tuvieran un carácter sexual, eso ya se sabia desde el inicio de los tiempos, sino lo que es más importante, la constatación de que el sujeto humano está dividido. Esta noción de un sujeto dividido ha constituido el verdadero escandalo provocado por psicoanálisis. La tercera herida narcisista infligida el ser humano. Después de que Copérnico nos mostrara que no somos el centro del Universo y Darwin nos hiciera descender del mono, Freud nos viene a decir que estamos divididos por el Inconsciente. Que el sujeto de la palabra no es autónomo y trasparente par si mismo, como pretendía toda la tradición filosófica, sino que por el contrario esta determinado por causas inconscientes que le resultan desconocidas y que le empujan a actuar en contra de sus ideales y aún incluso en contra de su propia salud y bienestar.

Pues bien, este axioma que inaugura una nueva concepción del sujeto en la historia del pensamiento, fue extraído de la sintomatología histeria. Podemos afirmar que la histeria es la forma clínica por excelencia que muestra la división del sujeto. Esa división que hace que el sujeto no puede encontrar nunca en sí mismo el fundamento de su existencia, que su propio deseo es inconsistente y que no tiene asegurado el lugar en el Otro. La histeria nos dice, con su queja, su demanda, su sufrimiento, que hay que ir a hacer algo con el Otro. Ella necesita preguntarse hasta donde tiene valor su propia existencia para el Otro, hasta dónde el Otro la puede perder o no y qué huella deja en el Otro su perdida.

Plantearé en este punto tres características fundamentales de la histeria: El problema de la perdida de amor, el problema de la inexistencia y el problema de la insatisfacción.

El problema de la perdida de amor en la posición femenina adquiere una potencia especial en la medida en que estructuralmente, como dijimos antes, hay una afinidad especial entre lo femenino y la falta en ser. Todos conocemos a través de la literatura y de la vida real, el odio que aparece en la mujer cuando el partenaire masculino, con su modo de gozar más bien "autístico", muestra poder deshacerse de ella sin mayores consecuencias. “Soy amada, ergo, soy”, es el cogito histérico que hace del amor el resorte de la identidad del sujeto. La histérica quiere ser “todo para el hombre”, lo cual es equivalente a “ser aquello que a él le falta” y este anhelo puede conducirla a empresas descabelladas con sujetos poco recomendables o a dejarse engatusar con frases que desafían la inteligencia. Por ejemplo, la joven mujer que entra a un bar una noche y a la que se le acerca un hombre que la mira fijamente y la dice “¿donde te habías metido hasta ahora, llevo toda la vida esperándote?”, lo que ella creyó a pies juntillas ofreciéndole su propia casa para vivir. Las histéricas puede dedicarse en cuerpo y alma a la empresa de crear a un hombre, lo que las lleva a realizar elecciones verdaderamente desastrosas, con hombres inconsistentes, alcohólicos, Toxicomanías, incluso psicóticos, en la idea de que con su amor pueden trasformarlos, sacar de ellos no se que tesoro oculto, redimirlos. Muchas se pierden en esta tarea que solo puede conducir al fracaso. Otras se pierden en el discurso del partenaire y dejan de ser ellas mismas para identificarse a los fantasmas del otro.
En todos los casos el denominador común es que la relación con el hombre se convierte en el laboratorio de pruebas por excelencia donde declinar de todas las formas posibles la pregunta acerca de qué lugar ocupo en el deseo del Otro.

Notemos que el lugar que la mujer histérica no acaba de encontrar ni en su propio cuerpo, ni en el seno de la familia, ni en el trabajo, ni en la ciudad en la que habita, y que la lleva a deambular por el mundo en una búsqueda tan incesante como infructuosa, es tan difícil de encontrar porque está marcado por la pregunta más original y dramática que se plantea el infans humano: ¿Quién soy yo para el Otro (inicialmente la madre)?. ¿Cuánto valgo en el deseo del Otro?. ¿Qué le provocaría mi perdida?. En definitiva, el drama histérico es no sentirse nunca segura respecto al lugar que el Otro le da en su deseo, sea la madre, el padre, el partenaire amoroso o cualquier otra encarnación de esta instancia a la que llamamos Otro.

El problema de la inexistencia es correlativo al anterior. “Él está siempre ocupado en sus cosas, su trabajo, la televisión, el ordenador, yo no existo”. “En los momentos en que me siento mirada por los demás ya no soy yo, no puedo opinar nada, me anulo, dejo de existir”. “Mi vida es una farsa nada de lo que hago me resulta real o verdadero, solo estoy segura de existir cuando estoy angustiada”. Estas son frases de distintas pacientes, tomadas de mi propia clínica y que, por tanto, corresponden al momento actual. En todas ellas se declina el drama existencial de la histérica, y este drama lo encontraremos también tras los semblantes de esas mujeres poderosas que hacen cuadrar al ejercito a su paso. Las Margaret Thatcher, que se colocan en el lugar del gran amo para ocultar la miseria de su vacío.

El problema de la insatisfacción, es probablemente el más característicos de todos. La relación de la histérica con el deseo lleva siempre la marca de la insatisfacción. Una insatisfacción eterna que se verifica en todos los campos de su vida, pero que afecta muy particularmente a la vida amorosa y sexual. Las mujeres se quejan frecuentemente de los hombres, hay un grado de insatisfacción permanente con el partenaire que es específicamente femenino. La razón de ello es que la mujer conserva intacto en el inconsciente la imagen del padre ideal (fíjense que no me refiero al padre que han tenido, sino al idealizado), ese que para ellas funciona como el representante emblemático del príncipe azul, el hombre anhelado frente al cual ninguno da la medida. “La histérica no desea a quien la quiere, sino que en general desea a otro, a alguien inaccesible: “estoy casada y quiero mucho a mi marido, pero en realidad yo sabía desde el principio que él no era el hombre ideal” Lucien Israel. La histérica expresa su deseo en términos de insatisfacción, porque expresar que un deseo permanece insatisfecho es la mejor manera, con todo, de probar que ese deseo existe”. Con ello no hace más que mostrarnos la condición general del deseo humano. Sabemos que el deseo se alimenta de la falta, y perece cuando se realiza. Por eso con la insatisfacción la histérica se dedica a sostener el deseo, el suyo y el del otro, porque al perderse el deseo la propia existencia del sujeto se ve amenazada. La caída del deseo arrastra para el sujeto histérico la caída del cuerpo entero, que a duras penas se mantiene.
En este sentido podemos entender mejor un síntoma tan propio de la histeria como es la frigidez, pues no se trata de una incapacidad para experimentar el placer sexual, sino más bien de una especie de rechazo, una negación e incluso una lucha contra el placer, porque su verdadera preocupación estriba en preservar algo que podría ser infinitamente más precioso que el placer posible en la ocasión, algo que está ligado a la conservación del deseo de un goce absoluto.

Retomando nuestro recorrido histórico diremos que con Freud la histeria se pone de moda, todo el mundo empieza a hablar del tema pues se produce una rápida divulgación de las teorías psicoanalíticas, que desde luego ha tenido sus efectos sobre la propia sintomatología histérica . En el siglo XIX asistimos a una verdadera cultura de la histeria. Cada uno reivindica la histeria como prueba de su talento, Flaubert será presa de incoercibles después de haber descrito la agonía de Madame Bovary envenenándose con arsénico, más tarde escribe la famosa frase: “Madame Bovary soy yo”. Baudelaire, por su parte, afirmaba “He cultivado la histeria con gozo y terror”. La expansión de la histeria en la vida cultural, se verifica así mismo en el campo de la ciencia. En la medicina se produce una verdadera transformación copernicana pues el interés se desplaza del medico al paciente. Con Freud la histeria se colocó definitivamente en el primer plano de la actualidad clínica. Ahora bien, en un solo siglo la neurosis histérica pasó del protagonismo al olvido. Los últimos años del siglo XX nos trajeron una nueva manera de pensar las enfermedades mentales. Guiados por el anhelo del consenso universal asistimos al nacimiento de los DSM, manuales de clasificación de las enfermedades mentales, que pretenden establecer un lenguaje común que sirva, teóricamente, a los fines de una comunicación clínica simple, inequívoca y universal. Pongo por caso, con los manuales DSM un psiquiatra que diagnostica en Albacete puede pasar un informe que se utilice en Toronto. Pero lo que de este modo se transmite es una clasificación del objeto y en absoluto la particularidad del sujeto en cuestión. Esta nueva visión de la clínica, malogra las explicaciones etimológicas alcanzadas por el psicoanálisis, tachándolas de anticuadas, en la medida en que predomina la idea de que “lo mejor es lo actual” y que la medicina progresa en una linea directa hacia la verdad absoluta y, por tanto, lo que se conoce hoy es, por definición, más verdadero, mejor y superior a lo que se conocía ayer.

Lo interesante es que estos manuales han borrado de un plumazo el diagnostico de histeria, sustituyéndolo por innumerables síndromes basados en los fenómenos y que, como es lógico, se multiplican a medida que pasa el tiempo, pues los fenómenos varían de acuerdo con el discurso imperante. Tratar de dar cuenta de una categoría diagnostica como la histeria mediante una descripción de sus manifestaciones es como perseguir un imposible, la histérica siempre ira un paso por delante, obligando al clasificador a una permanente actualización que a penas se haya establecido quedará obsoleta.

Con la desaparición de la histeria se ha perdido una indicación diagnostica de una relevancia fundamental cuando uno se enfrenta a la fenomenología de las enfermedades psíquicas. La histeria no es solo una categoría clínica sino un gran ordenador que nos permite agrupar muy distintos fenómenos en una misma lógica y por ende diferenciar estos de aquellos otros que tienen que ver con las otras grandes estructuras clínicas: perversiones y psicosis fundamentalmente.

Me propongo, ahora, transmitirles la enorme actualidad que tiene la histeria en los tiempos que corren, aunque algunos nos hagan creer que es un termino anacrónico propio de la prehistoria. Son esos mismos los que, enarbolando la bandera del progreso, no han hecho sino retroceder hacia el oscurantismo anterior, perdiendo la sabiduría nosográfica de la psiquiatría clásica y despreciando el aporte fundamental del psicoanálisis: único discurso que explica la etiología de las enfermedades mentales.

Es Jacques Lacan quien, siguiendo el camino de Freud, establece la verdadera dimensión de la histeria dándole la categoría de un discurso fundamental, es decir una de las modalidades de lazo social. El discurso histérico es uno de los cuatro grandes discurso con los que Lacan explica el funcionamiento del lenguaje y los enormes poderes de la palabra. Nombro los cuatro discurso para que entiendan que sólo la histeria alcanzó este estatuto y no las otras categorías clínicas. Los discursos son: El discurso del amo, el discurso de la histeria, el discurso universitario y el discurso analítico. Como ven, no hay un discurso de la psicosis o de la neurosis obsesiva.

Este salto cualitativo, dado por Lacan, extiende de una manera impensable las enseñanzas que pueden extraerse de la histeria. Frente al efecto silenciador de los DSM tenemos el efecto amplificador de Lacan. La histeria neurosis y la histeria discurso, serán ahora el objeto de nuestro interés.

Notemos previamente la importancia que tiene en la clínica psicoanalítica la diferencia entre el fenómeno y la estructura. Podemos decir que el plano del fenómeno hay variables que cambian según las épocas, las modas y las identificaciones que se ponen en juego. Mientras que la estructura nos indica lo invariable, el esqueleto sobre el cual se presentan las distintas figuras, la constante que nos guía con mayor seguridad a la hora de dilucidar un diagnostico.

No digo que no haya fenómenos que por si mismos tengan la elocuencia suficiente para hacernos pensar un diagnostico. Si un sujeto nos dice que tiene alucinaciones auditivas, que escucha voces y que estas le dan ordenes o le injurian, con toda probabilidad estamos frente a una psicosis. Pero no siempre las cosas se presentan de manera tan clara y es entonces cuando es necesario no dejarse engañar por los modos fenoménicos y orientarse según lo que sabemos de la estructura. Hay que distinguir la envoltura formal del síntoma, es decir su modo de presentarse, de la estructura que lo ha configurado

Lacan cuando se plantea el mecanismo de constitución de los síntomas histéricos, coloca en el primer plano, no la conversión, sino otro mecanismo freudiano, la identificación al síntoma del otro. Es una elección que hace Lacan colocando el foco en otra faceta de la histeria, aquella que le otorga esa apariencia de imitación o de contagio, como en el ejemplo del pensionado de señoritas que nos cuenta Freud: cuando una interna que recibe una carta en la que el novio rompe con ella y produce un síntoma (ataque o desmayo) que es reproducido por sus compañeras. Lo decisivo para Lacan es acentuar que, aunque el resultado parezca un puro contagio, la vía por la que se produce es la identificación de sujeto a sujeto en el deseo. Esta vertiente clínica le permitió tomar la histeria no solo como una patología sino también como la modalidad misma por la que se trasmite el deseo. Y la transmisión del deseo implica siempre un movimiento que va del sujeto hacia un Otro al que se le dirige una llamada. Lo esencial a dilucidar en un análisis es el tipo de relación que el sujeto ha establecido con el Otro. En este sentido podemos afirmar que la existencia de la histérica depende totalmente del Otro a quien se dirige: medico, sacerdote, curandero, psicoanalista o psicoterapeuta. Siguiendo la misma lógica podemos entender que su destino en la historia depende de la particularidad de ese Otro que la recibe. El Otro de la medicina, frente a la enorme variabilidad de su sintomatología y a la falta de fundamento orgánico de la misma, la única realidad que ha sabido reconócele a la histeria es la un punto de imposibilidad en el saber: “un mal epistemológico” según la acertada expresión de Gerard Wajerman (Le maître et la hysterique” 1982). Sabemos que si algo le molesta profundamente al corpus medico es que le abran un agujero en su saber, de ahí proviene la rabia que genera la histérica y que la lleva a deambular de un servicio a otro. Es la imposibilidad del médico para fijar la enfermedad en una patología de orden y lógica orgánica la que le deja paralizado o impotente. De la impotencia medica surge la pregunta agresiva ¿se trata de una simulación? o peor todavía, el acto agresivo: hacerlas pasar por quirófano.
Si el Otro es un sacerdote de la Iglesia el tratamiento ira desde el sermón moralizante, pasando por el exorcismo, hasta llegar a la aniquilación en la hoguera, en un intento de domesticar la “lujuria” sexual de la histeria. Si el Otro es un psicoterapeuta perderá el rumbo de la cura con “el furor sanandis”, pues cuanto más trata el terapeuta de promover el bien del paciente histérico, más reacciones terapéuticas negativas produce. Los que ejercemos la práctica analítica sabemos muy bien que una respuesta de tipo “paternal” basta para exacerbar la sintomatología.
Ahora bien, desde que Freud tomó la cuestión en sus manos el gran Otro de la histeria ha sido el psicoanalista, produciendo un giro importante en las formas sintomáticas de esta patología, que en muchos sentidos han quedado verdaderamente mitigadas.

Si pensamos esto en términos históricos o temporales, podemos decir que, efectivamente, ya no es habitual encontrar las histéricas clásicas, con ataques en arco, síntomas de conversión espectaculares, crisis casi alucinatorias que describía Freud en sus “Estudios sobre la Histeria”. Probablemente si viéramos hoy en día ese tipo de histerias de los albores del psicoanálisis las confundiríamos con psicosis, se habla fácilmente de psicosis a propósito de casos que si releemos la bibliografía, no llegan a ser lo que fueron aquellos que trataban Charcot o Freud . En la actualidad la queja subjetiva tiene otros modos de manifestarse y por ello hablamos de síntomas contemporáneos. La anorexia, que fue registrada hace mas de un siglo, cobra ahora un protagonismo no solo clínico sino también edípico. Las fibromialgias, recién nacidas al campo de la Clasificación Internacional de enfermedades (CIE 10) en 1992. Las Toxicomanías. La hiperactividad. Las depresiones generalizadas. La esterilidad no orgánica. Las enfermedades autoinmunes.

Examinemos, por ejemplo, un fenómeno que está de absoluta actualidad: La anorexia. Hemos de decir que, como tal fenómeno, puede responder a distintas estructuras patológicas, es decir que hay anorexia neurótica, perversa y psicótica. Ahora bien, la clínica de la histeria, tiene una especial disposición a la elección anoréxica,. Cuando la histérica no encuentra un lugar en el Otro, cuando no logra que el Otro la eche de menos, puede experimentar profundas vivencias depresivas y en ocasiones un autentico desmoronamiento identificatorio. Es éste registro decisivo en el que se juega, en general, la depresión neurótica: un desajuste de identidad, suscitado por la perdida de un objeto que le servía al sujeto de sostén de su narcisismo y cuya perdida despoja a la histérica de todo valor. Ejemplo de Máximo Recalcati: “La perdida infantil de objeto de amor, renovada con una separación reciente de un hombre, da lugar a una especie de coleccionismo narcisista de la propia imagen. La sujeto se fotografiaba todos los días para preservar el valor fálico de su propia imagen del riesgo de una hemorragia narcisista”.
Con este ejemplo que nos ofrece la anorexia, tocamos un punto fundamental en la histeria: La fragilidad de su identidad, y consecuentemente los problemas en el campo de la imagen y en la relación con su propio cuerpo.

La enorme plasticidad histérica, que se demuestra en la diversidad de sus manifestaciones, proviene de su tendencia a identificarse con los deseos y los síntomas ajenos. Es por eso que la histeria plantea a la clínica las mayores dudas diagnosticas pues en ocasiones puede emparentarse con la vivencia esquizofrénica del cuerpo fragmentado, o presentar las ideas delirantes de la paranoia, el desdoblamiento de la personalidad u otras patologías. La histérica puede representar distintos personajes, precisamente porque su identidad no quedó bien constituida en la fase en que se estructura el yo. Por eso en la pantomima histérica no se trata de engañar al otro, como se ha pensado, sino de un sujeto que no sabe ni quien es y que para ceñir su ser a algo necesita identificarse al otro.

Lacan, considera que la histérica se identifica imaginariamente con un hombre, para desde allí interrogarse sobre la sexualidad femenina: en qué, por qué y cómo una mujer suscita y sostiene el deseo sexual de un hombre. La histérica trata de identificarse con el hombre deseante, pero también con la mujer deseada, haciendo todo lo posible para que el deseo se mantenga (recuerden el ejemplo del ataque histérico). Ahora bien, el denodado intento de la histérica por identificarse al ideal femenino de la mujer es la prueba de que no existe ninguna seguridad de serlo. La mujer no existe, decía Lacan, refiriéndose como el lógico a esa mujer que respondería por completo a la esencia de la femineidad. En su lugar hay una ausencia, y esa ausencia es el secreto que debe conservarse. La feminidad no constituye un misterio que puede conducir alguna vez a una solución definitiva. Es un misterio porque es uno de los caminos que lleva a la nada como fundamento del ser hablante. Ahora bien, la nada ha de vestirse, velarse, maquillarse. La nada así vestida recibe en psicoanálisis el nombre de falo (objeto del deseo por excelencia). Ser el falo que no se tiene, encarnar la imagen del significante ausente es el arte especifico de las mujeres: hacer que la luz de la belleza vuelva ciega la mirada, para que no se descubra la ausencia. Pero a la vez debe sugerirla, porque si esa ausencia no llega a sugerirse la imagen no podría convocar el deseo. Una mujer se sostiene así en el linde, en el límite entre la falta y su mascara.

Es la imagen lo que, de un cuerpo, es amado y deseado: la imagen es por sus orígenes mismos el soporte del deseo y lo que permite darle una sensación de unidad al cuerpo. El cuerpo, si se experimenta como privado de imagen, se convierte en radicalmente extraño, algo que el sujeto no siente como propio. Por eso podemos decir que el cuerpo es lo Otro más radical (el neurótico dice tengo un cuerpo, no soy un cuerpo). La histérica acentúa la imagen para defenderse de la vivencia de un cuerpo en el que no podría reconocerse, y que por tanto es el lugar de lo siniestro, presto a fragmentarse a desmoronarse. Ella se hace deseable para un hombre, pero el hombre que inicialmente puede desearla por su imagen global, sexualmente solo puede gozarla a pedazos, excitándose con un trozo particular del cuerpo femenino, fragmentado esa imagen que ella trabajosamente trata de sostener unida. Entonces, el goce del cuerpo, demasiado “material” es reemplazado por aquel que idealmente se mantiene sólo con la imago, que se quiere perfecta para el sosiego de la mirada del Otro. La belleza es entonces la última tentativa de mantener una presencia que, a pesar de ser fálica, proteja del deseo. Es, como dice Lacan, la última defensa contra la muerte; excepto cuando una repentina revelación de una falla, del minúsculo defecto, le hacen caer brutalmente en la fosa. La histérica se esfuerza y despliega su celo para protegerse de esa caída, pero a la vez nos da la impresión de un sujeto siempre a punto de desmoronarse.

Si queremos pensar la época actual y los efectos que se producen en los sujetos que la habitan, podríamos decir que si algo caracteriza nuestra época es la caída del Otro con mayúscula. Un Otro que históricamente se presentaba para el sujeto como consistente, lugar de la autoridad y también del Ideal. Asistimos en este momento a un verdadero desmoronamiento del Otro, que ya no es capaz de cumplir una función ordenadora y sostener una creencia (decadencia de la figura paterna que cuya personalidad se muestra ahora ausente, humillada, dividida o artificial). Frente a este socavamiento del Otro nos encontramos con sujetos desengañados y erráticos. Sujetos que han advertido, inconscientemente, que el Otro no es más que un semblante. Entonces en lugar del síntoma dirigido al Otro al que se le supone el poder de resolverlo, lo que encontramos es la angustia pura y dura. “El uso de los semblante es vano, inoperante, hasta profundamente nocivo si se omite lo real en juego” (JAM). Efectivamente, el sujeto queda perdido en el mundo de las identificaciones más diversas y cambiante, sin defensa porque nada de lo real viene a protegerlo de los semblantes y los simulacros. Es en este punto que el psicoanálisis debe mantener, ahora más que nunca, su orientación hacia lo real y jugar un papel fundamental en lo que Lacan llamaba la dirección de la subjetividad moderna. (Lo real como lo invariable, lo que no tiene estructura de ficción pero está presente en el síntoma como el punto imposible de soportar). La histérica trata de resistirse a esta dinámica y es la portavoz de la denuncia sobre el falso amo que no es más que un semblante. Solo que ahora ya no hay un amo que le responda. A Falta de un Otro consistente que establezca una guia moral para la vida y sostenga los grandes designios, nos encontramos con la multiplicación de Otros por parte de las instituciones sociales. Si el niño es rebelde y los padre no saben qué hacer con él, son los sevicios sociales son los que se ocupan. En cuanto a las mujeres hemos asistido a la lucha del feminismo por la igualdad, pero tambien al efecto domesticador de la posición femenina en la cultura liberal, que ha conseguido absorver a la mujer en un contrato de trabajo, no muy igualitario por otra parte.
El problema es que hoy, tanto los hombres como las mujeres estan determinados por el aislamiento en su propio goce. Nos preguntamos entonces qué pasa con la identificación, tan crucial para la histerica, si el Otro no existe. Si lo esencial en la constitución psiquica del sujeto es su relación al Otro y en la actualidad el Otro no está, podriamos decir que hay un cierto desamparo subjetivo. Entonces lo que se impone es la propia vacuidad del sujeto, su propio culto al yo, su propio desarrollo, su autorreferencia, unido al correspondiente deber de vivir y de gozar. El deber de gozar es el imperativo actual, que se impone con especial ferocidad. !Hay que disfrutar de la vida!, es verdaderamente enloquecedor porque finalmente nos conduce a todos a la insatisfacción con culpabilidad añadida. Por otra parte forzar a la histerica a gozar tiene consecuencias nefastas, presentes en la gran cantidad de depresiones femeninas actuales.

En estos momentos, ¿qué es la identificación?: el objeto de una preocupación creciente de la opinión pública. ¿Cón quienes se van a identificar nuestros jóvenes, en una época donde ya no hay héroes que salven el mundo, sino personajes televisivos que se elevan a la popularidad por su mediocridad y su debilidad mental (el perfil de los integrantes del Gran Hermano)?. Si hasta mediados del siglo pasado los ideales estaban aún acivos, ahora la identificación mayor que se propone es la de satisfacer al consumidor. Entonces el deseo fundamental no incluye al otro, al partenair, sino a un sujeto que lo que quiere es renovar el objeto de consumo porque ha pasado de moda. El goce autista, que no incluye al otro, se impone y si para el neurótico obsesivo, mayoritariamente masculino, va en la línea de su propia neurosis, para la histeria es un verdadero estrago, pues la condena a desprenderse del deseo del Otro y hay está su mayor peligro. Tomemos el ejemplo de la anorexia. Si la joven anoréxica, en un primer momento utiliza su síntoma como una provocación, un verdadero desafío, dirigido a los padres o a la sociedad, al no encontrar un Otro que pueda acusar recibo de su demanda de la buena manera, tenderá a desvincularse del Otro y su síntoma se hará cada vez más autista, puro goce pulsional, sin Otro y comandado por la pulsión de muerte. Por eso es fundamental que el psicoanalista está ahí, transformando ese Otro que no existe en un S.S.S. sobre la demanda histérica.

Quisiera referirme para finalizar a la relación de la histeria con el saber. Lo primero que hay que tener claro es que el saber sobre la histeria se nos escurre como el agua que tratamos de atrapar entre las manos, porque la histérica siempre conseguirá abrirnos nuevos interrogantes. Suele pensarse que los casos que más dificultades presentan son los de psicosis, la practica, sin embargo, nos demuestra que son los sujetos histéricos los que más errores hacen cometer al psicoanalista. El propio Freud tan proclive a dejarse enseñar por las histérica, comete su mayor equivocación, cuando colocándose en posición de amo del saber pretende adoctrinar el deseo de su paciente Dora, quien le demuestra que todo ese saber tan extraordinario sobre sus sueños y sus síntomas no toca en absoluto lo esencial de su goce. De manera que hay que estar muy analizado para dirigir la cura de una histeria, solo así el analista puede no dejarse llevar por la decepción, la impotencia o incluso la agresividad, que la histérica puede llegar a provocar.

La histeria es la patología más propicia a realizar una llamada al saber del Otro, a dirigirle su pregunta y colocarle en el lugar del Amo. Pero la pregunta no es cualquiera, pues se refiera a la causa última del deseo y el goce, por tanto seríamos muy ingenuos si en algún momento pensáramos que disponemos de la respuesta. Entonces la histérica nos demostrará que nuestro saber, por muy interesante que sea, no alcanza para dar cuenta de lo que verdaderamente esta en juego. Freud mismo dejo testimonio de que ningún psicoanalista está libre de caer en las trampas de la histérica, pues si ella busca siempre un amo del saber, es para derrocarlo después y denunciar su impotencia. Les pondré un ejemplo que me pareció muy ilustrativo: Se trata de una paciente histérica que, en un verdadero acting.out, le confiesa al analista que se acaba de enamorar de un tetrapléjico y que es el hombre de su vida porque “es como si él hubiera descifrado mi código y supiera manejarme a mi antojo”. Fíjense que frase tan rotunda. Este hombre, impotente para casi todo, es el que ha sabido descifrar el código de su caprichoso deseo, dejando al analista condenado a la impotencia: “Ud. que es un hombre tan sabio y juicioso no consigue dar con la clave”. Es la lección histérica sobre el deseo, que desafía el sentido común, los intereses más evidentes y apunta a la excentricidad. Conviene que el analista acepte la lección y sepa llevar al sujeto a formular esa clave de su antojo que dice haber sido revelada. Formidable frase la de “manejarme a mi antojo” (no fue un lapsus) porque es casi un oximoron, una contradicción en los términos que, revela sin embargo, la complejidad del deseo, siendo por un lado el deseo del Otro, pero a la vez aquel que responde a mi capricho, más intimo y desconocido por mi misma. El otro me maneja según mi deseo que yo misma desconozco. Es la gran maniobra histérica, apelar al amo del saber sobre la causa del deseo, dejarle creer que él quien lleva las riendas y finalmente hacerle fracasar. Esta posición del sujeto respecto del Otro, ha enervado a los médicos, y también a algunas corrientes del psicoanálisis que terminan planteándose la inanalizabilidad de las histéricas.

¿Qué quiere la histérica?. Si, como clínicos, llegamos a plantearnos esta pregunta es porque ya hemos perdido el norte de nuestra práctica. La histérica no quiere lo que demanda y en eso se confunde el marido que trata de contentarla o de hacerla callar, porque lo que la histérica quiere es querer.

Es la enseñanza de Lacan la que nos permite situarnos de otra manera frente a esta dificultad. Reconocer la maniobra histérica sin prejuicios y estar lo suficientemente analizados como para no caer en sus brazos o no tirarlas por la ventana.
Es esencial que el psicoanálisis no deje de escuchar a las histérica, porque en los tiempos que corren a penas va quedando lugar para la queja del sujeto. El avance de la ciencia y de la tecnología nos lleva a augurar un progresivo borramiento del sujeto y la histérica, que es el sujeto por excelencia, corre el riesgo de quedar aplastada por esta tendencia. El nudo actual entre capitalismo, tecnología científica y trabajo pulsional como mercancía, establece un destino nada prometedor para el sujeto histérico, pues le viene a decir: “Solo te deseo mientras signifiques una ganancia, y a condición de que prestes tu cuerpo para la experimentación tecnológica, y a condición, también de que trabajes como un hombre esclavo y sin otro ser que el de tu capacitación evaluada numéricamente. Si no lo has terminado de entender, te aseguro que es así como deberás recorrer un largo camino.” (Juan Carlos Indart)
En los tiempo del Otro que no existe, del Otro que no es más que un semblante vano e inoperante, psicoanálisis e histeria deberán encontrarse más que nunca y reforzar la asociación de los primeros tiempos, pues el uno no puede existir sin la otra y viceversa.

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