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domingo, 17 de enero de 2016
19 semanas con Charcot
Freud aprendió mucho sobre la histeria. La histeria viene de hysteria que significa útero o matriz.
Al principio se atribuía solo a las mujeres. El propio Charcot, en su "circo" llevaba mujeres que parecían entrar en trance. Esta cuestión depende de la sugestionabilidad para ser hipnotizadas
Charcot cambió el paradigma diciendo que no era una enfermedad solo de las mujeres, que no es una enfermedad imaginaria sino que era una neurosis. La histeria ignora la anatomía, es un trastorno funcional, más que un factor estrutural. Freud se planteó si era una enfermedad de las ideas.
Charcot enseñó la similitud entre el estado de trance hinótico y los síntomas histéricos.
Freud era una excelente investigador y una persona muy capaz. Él pensó en utilizar la hipnosis como terapia pero no resultó ser un buen hipnotizador y siguió investigando otros modos en los que las Ideas tuvieran el efecto de abreacción y curación.
La relación con Josef Breuer en el período de 18142-1925 tuvo como epicentro el caso de una persona con histeria. A partir de ese momento comenzaron a trabajar y escribieron juntos sobre ese caso. El caso de Anna O.
Rodrigo Córdoba Sanz
Psicólogo y Psicoterapeuta
Nº Col: A-1324
Etiquetas:
Charcot,
Psicoanálisis Rodrigo Córdoba Sanz
sábado, 16 de enero de 2016
La época de Charcot
Jean Marie Charcot fue un médico notable, un hombre de su tiempo como diríamos hoy. Hijo de un rico comerciante estudió medicina y se especializó en Neurología, cambiando la faz del asilo de la Salpetrière que pasó de ser un antro manicomial a uno de las catedrales de la ciencia europea. Pero nada de esto hubiera sido posible sin la concurrencia de un determinado estado de cosas que hemos venido en llamar modernidad.
Allí acudieron a estudiar los grandes médicos de su tiempo, los que cambiarían nuestra comprensión de lo humano y de sus sufrimientos y todo gracias a una “epidemia” de casos clinicos que se conociían con el nombre de histeria, las grandes histéricas vivían allí en la Salpetrière. Allí fue donde Charcot hizo su principal aportación a la medicina: la histeria, una enfermedad incomprensible con sintomas mudables e inexplicables segun los criterios anatómicos de la época, tenia una génesis psicológica. No era pues una enfermedad orgánica sino psicógena. Charcot lo demostró induciendo, provocando y deteniendo histéricos a través de la sugestión y la hipnosis. Los síntomas histéricos podían ser removidos a través de ciertas tecnologías puramente psicológicas y no sólo eso sino que se podían construir y modelar a través de la sugestión.
Pero Charcot pasó por alto lo más importante y seguramente fue porque su interés no estaba focalizado en las enfermas concretas sino en la histeria en sí misma, en la definición y nosotaxia de la misma; elaboró grandes listados de síntomas que catalogó como histéricos y puso a punto una propedéutica para su discriminación. En sus sesiones de los martes todo París acudía a la Salpetrière a observar como sus histéricas convulsionaban o dejaban de hacerlo siguiendo las instrucciones del maestro. Boquiabiertos, los espectadores de aquel teatro de la mente aplaudían, vociferaban o asistían impertérritos a aquellas sesiones precoces de “reality shows” en versión francesa ilustrada que daba a las asiladas cierta expectativa de fama y notoriedad.
Médicos venidos de todos los puntos de Europa como Freud o el propio Janet, sin embargo, se planteaban otra cuestión: ahora que ya sabíamos el carácter psicogenético de la histeria ¿cual era su causa?
A Charcot no le interesaba hallar la causa de la histeria y se alineaba con la tradición de pensar que era una enfermedad típicamente femenina, que estaba en la base de su misma condición: una tendencia al emotivismo, la falsificación, la manipulación y la fácil sugestionabilidad.
Pero a Freud y a Janet, médicos ambiciosos y de profundo intelecto no les bastaba con esa explicación y pretendieron ir más allá. Ambos fueron en la misma dirección durante cierto tiempo y ambos concluyeron y publicaron una teoría que con el tiempo resultaría muy controvertida: la causa de la histeria es traumática. Y más concretamente -según Freud- se debe a un trauma sexual.
Francia vivió desde 1789, año de la revolución y la toma de la Bastilla hasta 1870 -año en que se consolida la República- un periodo de crisis institucional, de desastres, guerras y calamidades políticas que dejaron un lastre de atrocidades que aun resuenan en la memoria de los franceses de hoy. Fue en este convulso periodo donde Charcot y la psiquiatria francesa alcanzazaron la hegemonía cientifica mundial. Lo que estaba en juego en aquella época era una guerra entre el “ancien regime“, aristocratas y eclesiásticos frente al poder republicano civil y laico. Ni que decir que las ideas de aquellos médicos se alienaban con el progreso que representaban las nuevas ideas que pretendían imponerse en Francia y arrinconar a los antiguos poderosos a lo que son hoy, un poder marginal.
Es posible decir que las ideas laícas de la revolución francesa se impusieron por fin, no solamente en Francia sino en toda Europa. La izquierda (por asi decir) le ganó la batalla a la derecha. Aunque debo decir en este momento que las ideas de izquierda y derecha se hallaban muy lejos de los contendientes de aquel tiempo, se trataba de otra guerra. El conflicto izquierda-derecha es un conflicto más bien del siglo XX.
Pero sea como fuere lo cierto es que en aquella batalla entre laícos y aristócratas hubo dos perdedores muy claros: las mujeres y los niños. Es curioso que ninguno de los contendientes recordaran las condiciones de miseria moral, política y sexual que las mujeres de aquel tiempo arrastraban, cercenadas y amputadas en sus derechos civiles tanto por los antiguos como por los modernos poderes; tan solo las sufragistas emergieron públicamente para llamar la atención de sus gobernantes de que las mujeres no podían votar en aquella sociedad civil, laica y republicana. Es curioso señalar que hasta 1848 Francia no concedió el derecho al voto a las mujeres, España aun tardaría 20 años más.
Es en este contexto histórico donde la histeria adquiere visibilidad y acapara el interés de aquellos médicos progresistas de entonces.
Pero para entender algo de esta historia es necesario que el lector entienda quién o quienes vivian en aquel lugar llamado la Salpetrière.
Seguramente ustedes pensaran que alli habitaban sobre todo “enfermos mentales” pero esta idea no es cierta. En aquellos lugares se daban cita tanto “enfermos mentales verdaderos” como maleantes, oligofrénicos, dementes, alcohólicos, psicoapatas, ladrones, holgazanes diversos, prostitutas, huérfanos, mujeres repudiadas por su maridos o criadas repudiadas por sus amos. El pabellón que atendia Charcot albergaba a las histéricas que no eran sino mujeres campesinas, analfabetas que habían sufrido enormes malos tratos, abusos sexuales, explotación y toda clase de atrocidades en su vida hasta llegar a aquel lugar de asilo. Vivir allí, era para ellas un seguro de vida dado que el alta de aquella institución era una condena a muerte segura. No es de extrañar que estas mujeres se hallaran tan dispuestas a prestar sus servicios al teatro de Charcot.
Y es también curioso que Charcot nunca hablara con ellas y se limitara a anotar sus síntomas tratando de definir nosológicamente aquella curiosa enfermedad. Charcot carecía de interés personal en sus historias. Fue con Janet y con Freud cuando estas mujeres comenzaron a hablar, a tener horas y horas de paciente escucha y fue asi como tanto Janet como Freud llegaron a la conclusión de que la histeria era un conjunto de síntomas -reminiscencias- que remitían a un trauma sexual pues la casi totalidad de aquellas mujeres habían sido abusadas sexualmente. Fue asi que en “La etiología de la histeria” Freud hace una contribución esencial a la medicina al descubrir que la causa de la histeria es el trauma y que trauma es igual a histeria.
Fue la primera vez en la historia de la medicina en que se habla de traumatismo psíquico y donde se hace un emparejamiento entre ciertos acontecimientos psíquicos y una enfermedad posterior.
Lo cierto es que Freud sólo estuvo un año en París y luego volvió a Viena donde ejercía la medicina privada y por tanto el perfil de sus observaciones cambió de repente: las muchachas burguesas de Viena desarrollaban también casos de histeria y de síntomas inexplicables pero no habían sufrido abusos sexuales en su infancia. ¿Qué había sucedido? ¿Era falsa su teoría del trauma?
Para terminar de enmascarar el asunto Freud se dio cuenta de que en su búsqueda de traumas sexuales de la infancia, las pacientes trataban de complacerle ofreciéndole -bajo hipnosis- sugerentes historias verdes totalmente falsas e inventadas. Freud abandonó la hipnosis cuando se dio cuenta de que durante sus efectos las pacientes “le decían lo que quería oír”
viernes, 25 de julio de 2014
La histeria antes de Freud
Biblioteca de los Alienistas del Pisuerga
VV AA, La histeria antes de Freud, Biblioteca de los Alienistas del Pisuerga. Ergon. Madrid, 2011.
La Biblioteca de los Alienistas del Pisuerga, una colección de textos clásicos de la psicopatología, inéditos en castellano, que ya contaba con tres volúmenes, pasa a engrosarse con un cuarto: La Histeria antes de Freud. En esta ocasión se trata de una reunión de artículos, capítulos o selecciones de obras de varios clínicos que, durante el siglo XIX, se acercaron desde distintas perspectivas a la histeria. De este modo, Gilles de la Tourette, Briquet, Charcot, Lasègue, Jules Falret, Colin, Kraepelin, Bernheim y Grasset, comparten estas páginas para dar al lector una perspectiva bastante completa de la respuesta que las dos principales escuelas psiquiátricas, la francesa y la alemana, daban a esta neurosis, cuando este término aún remitía al sistema nervioso, es decir, antes de que Freud elaborara la teoría psicoanalítica.
Como es habitual en esta colección, los Alienistas no se conforman con reclutar una serie de textos interesantes y traducirlos. Desde la excepcional Presentación que firman los tres de Valladolid, a la propia estructura del libro, el lector dará un paso hacia delante en la comprensión de los distintos elementos que la histeria precisa para desplegarse. Se encontrará con que el histérico necesita un escenario social, por un lado, y un saber al que enfrentarse, por otro. Es en esta suerte de triangulación donde se confirman las tres características indiscutibles que destacan los prologuistas: su antigüedad y permanencia a lo largo de la historia, su indefinición o imposibilidad de encorsetamiento dentro de los cánones científicos y su mutabilidad o capacidad plástica y mimética para forjar los síntomas. Estos tres atributos ayudan, en nuestra opinión, a que el lector se guíe a lo largo de los cuatro bloques del libro.
El título del primer capítulo, "La histeria en la historia de la medicina", da cuenta de su presencia en toda la historia de la humanidad. Entendida como una estrategia del deseo, la histeria aparece como un "proceder que existe desde el comienzo de los tiempos... En tanto que somos sujetos de deseo, quien más y quien menos utiliza de continuo recursos histéricos para resolver las dificultades que se le presentan", nos recuerdan los compiladores. Así las cosas, la obra se inaugura con un abordaje histórico que correrá de la mano de Gilles de la Tourette. Consideraciones históricas acerca de la histeria -primer capítulo del tratado sobre la histeria que el médico francés publicó en 1891- supone un recorrido por las distintas teorías que sobre la histeria se han ido forjando desde la antigua Grecia a La Salpêtrière, trayecto que el lector encontrará más que teñido por la conocida idolatría que el médico tenía por su maestro Charcot.
En un segundo paso, con "Médicos ante la histeria", se abre un capítulo en el que cuatro grandes nombres de la medicina de la época dejarán constancia de la impotencia del saber médico ante la histeria, una insuficiencia que quedará reflejada en los textos como incomodidad, distancia y hasta rechazo por parte de los autores. De este modo, encontramos una interesante selección del Tratado clínico y terapéutico de la histeria de Pierre Briquet de 1859, una insólita presentación de Un caso de histeria en el varón que el maestro Charcot expuso en una de sus lecciones de 1887, una detallada y minuciosa descripción del rechazo alimenticio en Sobre la anorexia histérica por parte de Charles Lasègue en 1873 y, por último, un ilustrativo ejemplo de la capacidad para incomodar y desconcertar al clínico, El carácter histérico, de Jules Falret, epígrafe de 1866, incluido dentro del capítulo sobre las locuras razonantes de sus Estudios clínicos, ya que para el francés la propia naturaleza histérica era, en sí misma, un tipo de locura moral. En este orden de cosas, asistimos a un capítulo en cuyo telón de fondo podemos situar la oposición, ocultación y seducción, propias de la estrategia histérica y guías fundamentales de su plasticidad clínica frente a la ciencia. La histeria siempre se sitúa ante el saber para despertar su deseo, mantenerlo vivo y, finalmente, dejarlo insatisfecho. Es así como explicamos la maleabilidad de los síntomas histéricos, la plasticidad de sus manifestaciones en los asilos y su gran capacidad para simular con el cuerpo lo que la ciencia iba buscando, es decir y como anunciábamos más arriba, su indefinición.
La tercera parte del libro, "Histeria y locura", aborda la controvertida relación entre ambas categorías, problema psicopatológico de primer orden, que lleva a cuestionarse las raíces de la propia psicosis y la naturaleza misma de la histeria. Es aquí donde más claramente distinguimos la mutabilidad y el desafío de la histeria, pues obliga al debate de las escuelas y fuerza la creación de nuevas categorías diagnósticas. Dilema que si antes se reducía al problema sobre las locuras histéricas, ahora se ve incrementado por la confusión provocada por la fragmentación diagnóstica de los manuales. El lector encontrará en primer lugar una representación de las descripciones francesas de la folie hystérique a lo largo del capítulo que Henri Colin le dedica dentro de su ensayo sobre el Estado mental de los histéricos de 1890. A continuación, un caso clínico de Kraepelin sobre la locura histérica dará cuenta de la tendencia del alemán a la categorización de la clínica, pues nos consta que la hysterische Irresein varió su localización diagnóstica y significado clínico a lo largo de sus ocho ediciones de la Introducción a la clínica psiquiátrica. El bloque se cierra con la interesante y siempre a contracorriente opinión del jefe de la Escuela de Nancy y máximo oponente de Charcot, Hyppolite Bernheim, que publica, ya jubilado, dentro de su obra sobre la histeria, en 1913.
En cuarto y último lugar, encontramos "Perspectiva general de la histeria antes de Freud", capítulo compuesto por un único pero amplio artículo de Joseph Grasset titulado Histeria fin de siglo. Este escrito ocupó, en 1899, la entrada "Histeria" del Diccionario Enciclopédico de las Ciencias Médicas, y comprende una minuciosa descripción de la histeria que llegaría al siglo XX, en la que el francés intenta mantenerse al margen de las diferencias entre escuelas y dota de una estructura didáctica y universitaria a su trabajo: definición, estudio histórico, etiología, sintomatología, diagnóstico y tratamiento. Cabe señalar en este capítulo la extensión del apartado dedicado a la sintomatología, dato que vuelve a subrayar la capacidad proteica de la histeria para presentarse ante la Medicina.
No son pocas las cuestiones que los textos aquí recopilados plantean al lector. En nuestra opinión, el simple gesto de llamar la atención sobre la histeria ya supone una revolución frente a la psiquiatría contemporánea. En El Poder Psiquiátrico, Foucault nos recordaba el importante papel de las histéricas en el juego asilar y diagnóstico del siglo XIX, llamándonos a saludarlas "como las verdaderas militantes de la antipsiquiatría", añadiendo que "solo ellas conseguían los síntomas más precisos y determinados... [...] en un juego tal que, cuando se quiere dar una realidad a su enfermedad, jamás se consigue hacerlo, porque en el momento que su síntoma parece remitir a un sustrato orgánico, muestra que no hay sustrato...". Es esta vertiente de la histeria, la del mimetismo, la plasticidad y el escurridizo diagnóstico, la que infringe el golpe definitivo a la psiquiatría, pues lo asesta en su más profundo narcisismo, en su deseo de poder. Por ello, tal impacto permanece aún en nuestros días como una herida sangrante, como demuestra el hecho de que la histeria lleve años fuera de las categorías diagnósticas, se encuentre dinamitada en sus síntomas y quede oculta tras la depresión y el trastorno bipolar. La realidad histérica se vuelve insoportable para la medicina, por eso resulta especialmente útil el libro que hoy comentamos, pues permite al lector realizar un pliegue histórico por el psicoanálisis y casi equiparar el afán explicativo, descriptivo, distante e incluso arrogante de la psiquiatría de nuestro tiempo con el de la que inmediatamente precedió a Freud.
Una vez más, José María Álvarez, Fernando Colina y Ramón Esteban, nos ofrecen la oportunidad de profundizar en el estudio de la psicopatología bajo el precepto de que el respeto por lo que nos precede siempre pasa por su conocimiento. En esta ocasión, lo haremos alertados por la dificultad de mantener la posición de saber frente a la histeria y, a la vez, dejar bastante alejada la teoría para que ésta no nos impida escucharla. Que de eso se trata.
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martes, 20 de noviembre de 2012
La descripción de Riviére
La tendencia a considerar femenina con una enfermedad sufrió un duro golpe en 1952, año en que la Asociación Americana de Psiquiatría, una referencia profesional, dejó de contemplarla en su manual. El término fue cayendo en desuso entre algunos especialistas. En tantos siglos, la ciencia no había definido esta neurosis de una manera definitiva.
La descripción de Riviére
Un escrito sobre la histeria de Lazare Riviére (1589-1655), médico francés del rey Luis XIII, nos obsequia con una visión que retrata su época:
"El furor uterino es una especie de locura, que proviene de un deseo vehemente de abrazo carnal, el deseo desbanca la facultad racional hasta el punto de que la paciente profiere discursos licenciosos y lascivos...
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