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Paz y Ciencia
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domingo, 6 de diciembre de 2020

Jorge L. Tizón: Pandemia

 


Jorge Tizón: «En esta pandemia se actúa con modelos psicológicos envejecidos»

El coronavirus ha puesto en serio peligro la salud individual y colectiva, ese valor esencial. Esto ha hecho saltar por los aires toda sensación de estabilidad, la base de una tranquilidad vital en la que sostenernos, y ha disparado nuestros miedos. Así que esta crisis sanitaria global ha atacado no solo a nuestra salud física, sino también a la mental y emocional.

¿Cómo es realmente esta pandemia? ¿Qué diferencias hay entre esta y otras? ¿Qué papel juegan en ella el poder del miedo, la medicalización de la vida cotidiana y las desigualdades sanitarias? ¿Cuáles son las demás emociones que nos invaden y qué papel desempeñan? ¿Cómo podemos gestionar a nivel emocional esta crisis que nos ha sobrevenido sin tiempo de prepararnos para asimilarla? Todo esto se pregunta y nos explica Jorge L. Tizón en Salud emocional en tiempos de pandemia.

Doctor en Medicina, psiquiatra, psicoanalista y neurólogo, Jorge L. Tizón (A Coruña, 1946) dirigió durante veintidós años las unidades de salud mental para niños, adultos, trastornos mentales graves y equipos de investigación de La Verneda, La Pau y La Mina, en Barcelona. Posteriormente, fundó y dirigió el Equipo de Prevención en Salud Mental y Atención Precoz a los Pacientes en riesgo de Psicosis (EAPPP) del Institut Català de la Salut de Barcelona, el primer equipo español íntegramente dedicado a dicha labor. En la actualidad ejerce la docencia en el Instituto Universitario de Salud Mental de la Universidad Ramon Llull (URL) y es profesor invitado en diversas universidades e institutos de formación tanto nacionales como extranjeros.

En su libro, Tizón quiere aproximarnos a la comprensión de lo que nos está sucediendo a nivel psicológico como protagonistas de la pandemia de la Covid-19. Más allá del miedo, las emociones que se mueven en una crisis así abarcan un espectro mucho más amplio. Hablamos con él de todo esto y de sus reflexiones que nos puedan orientar sobre el futuro y cómo repensarlo.

¿Se le está dando a la salud emocional la importancia que tiene durante esta pandemia?
Evidentemente no. A nivel psicológico, políticos, administradores, periodistas e incluso psiquiatras parecen actuar como en otras situaciones: dominados por el mito narcisista de que «sobre nuestra psicología, cada uno es el que más sabe» y utilizando conocimientos y modelos psicológicos «del sentido común» o envejecidos.

«A nivel psicológico, políticos, administradores, periodistas e incluso psiquiatras parecen actuar como en otras situaciones: dominados por el mito narcisista de que ‘sobre nuestra psicología, cada uno es el que más sabe’»

¿Cuáles son los principales peligros que corremos? ¿Puede tener consecuencias a más largo plazo?
De los costes sociales y económicos nos hablan cada día los medios más o menos sensacionalistas, pero también expertos y gobernantes más objetivos y cuidadosos. Es una forma de practicar con todos nosotros el «shock del miedo». De los peligros biológicos, aún muy ciertos, nos hablan menos, y con grandes dosis de «emocionalidad manipulada». Y emocionalidad manipulada no es lo mismo que «emociones».

En cuanto a las repercusiones psicológicas de la pandemia, suele hablarse en términos muy generales. Por ejemplo, según investigaciones anteriores, se piensa que habrá un repunte de los trastornos por ansiedad, depresión, estrés postraumático… Y lo que tendríamos que preguntarnos es: ¿esperamos a que esos supuestos trastornos se den o aumenten? ¿O, desde ya, igual que hay medios para protegernos de la enfermedad, usamos medios y sistemas colectivos, no siempre profesionalistas, para atender a nuestra salud emocional?

De vez en cuando, nos informan de los resultados de trastornos psiquiátricos variopintos y variopintas necesidades sanitarias en este campo, en situaciones de crisis. Pero de lo que nos informan menos, y casi ni podemos imaginar, es de los costes emocionales que ha supuesto estar encerrada en la casa con tu maltratador, y tal vez con tus hijos; estar encerrado en un centro de internamiento para extranjeros o en una cárcel; estar encerrada en una residencia de ancianos y ver desaparecer día a día a las cuidadoras y ver morir a tu lado a las otras huéspedes; estar encerrado en un «Centro Residencial para la Adolescencia y la Infancia» y no recibir la visita de nadie, ni poder «respirar» con la familia de acogida temporal o con las visitas, muy importante en esas edades; estar encerrado en casa si eres una persona con una psicosis aguda o subaguda, o con un trastorno fóbico-evitativo, o con una depresión real… O, menos dramáticamente (y es un decir), no tener dónde estar encerrado (los «sin techo»); o soportar una noche de lluvia y faena en el mar, a la intemperie, en un frágil cascarón junto con tres, cuatro o cinco compañeros; o conducir durante 12 o 18 horas un «cinco ejes» sin tan siquiera tener un lugar donde evacuar las necesidades más elementales ―porque poner servicios en las autovías y autopistas «encarecía su coste»―; o tener que contenerse una y otra vez el sufrido agente que debe esforzarse para convencer a ciudadanos más o menos despectivos o conspiranoicos para que cumplan la cuarentena…

Y todo ello, si la crisis económica que se avecina es tan profunda y larga como auguran casi todos los voceros, no va a mejorar: por lógica (económica) del sistema de clases, tenderá a empeorar.

«Se piensa que habrá un repunte de los trastornos por ansiedad, depresión, estrés postraumático… Y tendríamos que preguntarnos: ¿esperamos a que esos trastornos se den o aumenten? ¿O desde ya usamos medios y sistemas colectivos para atender a nuestra salud emocional?»

Durante esta pandemia, parece que los medios de comunicación recurrimos a los filósofos para recoger sus reflexiones y análisis sobre esta crisis sanitaria global —no solo medios como el nuestro, que se dedica específicamente a la filosofía y el pensamiento, sino incluso los medios generalistas y de audiencias más amplias—, pero no tanto a psicólogos o psiquiatras. ¿A qué cree que se ha debido?
Fundamentalmente, a que los conocimientos psicológicos más actualizados, que son utilizados cotidianamente en la publicidad y en la «psicopolítica», parecen no interesar al gran público y, tal vez, a pocos filósofos profesionales. Desde luego, al gran público no se le ponen a su alcance: por ejemplo, los conocimientos acerca de la importancia de la vida emocional para las relaciones humanas… y para el pensamiento humano. No parecen tenerlos en cuenta ni siquiera los expertos en crisis (médicos, epidemiólogos, especialistas en comunicación, sociólogos, antropólogos…).

Probablemente también porque hoy psiquiatría y psicopatología han llegado a tal grado de abstruso enrevesamiento ateorético, lo que algunos llamamos la «psiquiatría biocomercial», que proporcionan escasas herramientas para el pensamiento (e incluso para investigación contextual).

También porque creo que a menudo se da una distancia excesiva entre las generalizaciones científicas y el pensamiento filosófico: a menudo este tiende a asentarse en datos o modelos científicos envejecidos. En las siempre recurrentes discusiones acerca de la relación entre ciencia y filosofía, al menos desde Aristóteles y Descartes, a menudo es un tema que queda en la trastienda. Además, se complica por las relaciones complejas con otro gran tema científico y filosófico: la relación, más o menos conflictiva, pero a veces claramente disociada, entre razón y emoción; por ejemplo, en Hobbes, en el círculo de Viena, Popper, Piaget, Marx, Althusser, Kuhn, Feyerabend, Turbayne, Foucault… Y en esa realidad, creo que los que nos dedicamos a la ciencia y a la técnica también tenemos responsabilidades, por profesionalismo y cientificismo tecnocráticos, y por el difundido desprecio ante la filosofía que llevan decenios extendiendo empiristas de todo tipo, que son los que dominan la enseñanza de muchas ciencias y técnicas hoy.

«De los peligros biológicos, aún muy ciertos, nos hablan con grandes dosis de ‘emocionalidad manipulada’. Y emocionalidad manipulada no es lo mismo que ‘emociones’»

¿Qué diferencia a esta pandemia de otras que hayan podido producirse en otros momentos de la historia?
Varios de los capítulos de mi libro se refieren a esas diferencias. A lo largo de la historia los seres humanos hemos sufrido diferentes epidemias y pandemias graves. Baste recordar la «peste antonina», la «peste de Cipriano», la peste negra, la viruela, las pandemias de cólera durante el siglo XIX, la mal llamada «gripe española»,  el sida… En esquema, mantengo que la pandemia de la Covid-19 se diferencia de muchas de ellas porque:

  • Es una epidemia desde el mundo desarrollado y urbanizado.
  • Reveladora de otros muchos virus, distorsiones, disfunciones e injusticias negadas, sumergidas y marginadas de nuestro mundo.
  • Es una pandemia que revela nuestra vulnerabilidad sanitaria y la crisis del aislacionismo y supremacismo sanitario en un mundo globalizado.
  • Lleva a una pandemia social, no solo biológica.
  • Inicialmente se pensó que era una «pandemia paradójica», pues su severidad parecía más motivada por las emociones que por la gravedad biológica (hasta que se valoró más a fondo y menos maníacamente la tercera característica).
  • Pero a pesar de todo, es una «pandemia de la emocionalidad compartida», ha revelado más que nunca la importancia de las emociones en las relaciones humanas.
  • En ese sentido, es una pandemia »gicos y psicosociales que hoy deberían estar mucho más presentes en nuestra cultura y nuestra filosofía.
  • Podría ser una pandemia potencialmente integradora y globalizadora a nivel social.

Habla en su libro del miedo como «sistema emocional» y de la «histeria de masas». ¿Cree que se ha dado en esta pandemia esa histeria? ¿Cree que el acceso a información continua, como en este siglo XXI tenemos y en esta situación estamos viviendo, evita el miedo o lo facilita? ¿Conviene «desconectar» de vez en cuando o, al revés, la información permite tenerlo bajo control?
En realidad, sostengo que los fenómenos a los cuales la medicina «tecnológica» sigue llamando «histeria de masas» o «enfermedad sociogénica de masas» deberían entenderse como episodios de difusión emocional masiva (DEM). Y las emociones son mucho más contagiosas que cualquier germen de los hoy conocidos. Son, probablemente, el elemento humano más «contagioso». Tanto el miedo como las otras seis emociones primigenias humanas. Por eso, ante esos fenómenos psicosociales masivos, los enfoques y modelos para enfocarlas deberían ser psicológicos y psicosociales: la medicina y la asistencia sanitaria tendrían que aceptar los avances en esos campos de otras ciencias diferentes de las biomédicas e incluso de las neurociencias.

En definitiva, para entender y atender este tipo de fenómenos como la Covid-19 hay que tener en cuenta las emociones y la emocionalidad desde un punto de vista científico. Eso significa un punto de vista psicológico y psico(pato)lógico actualizado que no estreche el ángulo de visión hasta dejarlo reducido a perspectivas taxonomistas, biologistas y «biocomerciales» que de poco valen para la comprensión y cuidado de los fenómenos de DEM más perturbadores y, por lo tanto, para la comprensión y cuidado de crisis sociales en general.

«Para entender y atender este tipo de fenómenos como la Covid-19 hay que tener en cuenta las emociones y la emocionalidad desde un punto de vista científico. Eso significa un punto de vista psicológico y psico(pato)lógico actualizado que no estreche el ángulo de visión»

Uno de los elementos clave en estos cuidados emocionales es qué hacer con la información, que tal vez por primera vez en la historia ha podido desbordarnos. Y cómo entender desde el punto de vista psico(pato)lógico la enorme proliferación de bulos, trolas y fake news. Ciertamente, hay motivaciones políticas de muchas de ellas, pero también hay muchas personas que difunden mentiras por placer, que engañar para ellos es un placer en sí mismo y que situaciones de alta emocionalidad hacen que destaquen esas características de su personalidad. ¿Cómo entender estas reacciones?

Cuándo entrar a fondo en las informaciones y con qué limites, y cuándo disociarse de ese aluvión es un tema de salud emocional, de salud mental y también de investigación empírica. Se trata de un tema vinculado a nuestras limitaciones para el procesamiento de informaciones, sí, pero eso no significa que sea tan solo un tema cognitivo, intelectual, sino de emocional-cognitivo: ¡otra vez el atraso científico y el sectarismo de algunos científicos —y filósofos— con respecto «a esa parte despreciable de nuestro ser en el mundo» que son las emociones!

Resiliencia, solidaridad, compasión… son conceptos que se han recuperado durante esta pandemia. ¿Han vuelto para quedarse o van/irán desapareciendo según la vamos/vayamos superando?
Los conceptos ya estaban. Se han recuperado los sentimientos, las emociones que subyacen a tales conceptos (y a muchos otros). Y eso ha «revitalizado» conceptos tales como resiliencia, contención, gratitud, empatía, solidaridad… Los conceptos, incluso filosóficos, también tienen una base emocional. Tener en cuenta esta realidad ayuda en el desarrollo de la filosofía y la cultura.

Por ejemplo, en esta crisis social se ha apelado una y otra vez a tomar medidas «racionales» y «razonables». Pero, cuando se piden estrategias «racionales», en vez de pensar en que se trata de estrategias «basadas en las pruebas o en hipótesis científicas», se está pensando en «basadas en la razón, en la cognición, en las informaciones», una perspectiva del ser humano enormemente parcial y poco científica (y más del ser humano en epidemia y aislado).

«Uno de los elementos clave en los cuidados emocionales es qué hacer con la información, que ha podido desbordarnos. Y cómo entender desde el punto de vista psico(pato)lógico la enorme proliferación de bulos»

Otras aproximaciones propugnan que sería mucho más eficaz y eficiente enfocar esas situaciones y los cuidados de las mismas actualizando nuestros conocimientos, y entre ellos, los conocimientos psicológicos, al menos en cuatro aspectos:

  • Con una perspectiva actualizada de las emociones, el componente humano más contagioso, mucho más contagioso que cualquier virus.
  • Con una perspectiva actualizada de los procesos psicológicos y psicosociales ante la frustración y las pérdidas, y ante los procesos de duelo por las mismas.
  • Por tanto, con estrategias de comunicación muy diferentes de las comúnmente utilizadas.
  • Y con un estudio previo de los «niveles para la contención» o conjunto de sistemas psicosociales que ayuden a la contención emocional de las crisis, más que a su descontención y a DEM improductivas para la salud de la población (entendida en tanto que salud total y entendida en tanto que salud de la colectividad).

¿Qué deberíamos haber aprendido de esta pandemia?
Esta pandemia ha puesto de manifiesto dramáticamente la profunda y rígida división de clases en nuestras sociedades, hasta el extremo de que, claramente, ya sabemos que tampoco, como ninguna otra pandemia, ha sido «una guadaña igualitaria». Y en este caso, menos que en otras pandemias: los datos prueban que ha afectado más a los grupos empobrecidos (social y emocionalmente) de nuestras sociedades y al precariado. Los ancianos y las clases trabajadoras de urbes superpobladas, así como los grupos y países marginados o semimarginados y sumergidos son los que están pagando la mayor parte de las consecuencias de la crisis, tanto emocionales y socioeconómicas, como en cuanto a morbilidad y mortalidad. También, al menos en países como el nuestro, ha golpeado más a las mujeres.

No podemos esperar por tanto que la respuesta a su pregunta sea unívoca: estará marcada también por los «intereses de clase»; por las antiparras ideológicas de los intereses económicos, culturales y morales de los grupos de poder o alternativos. Por eso no creo que yo pueda hablar de qué deberíamos haber aprendido, sino de qué aspectos sería perentorio desarrollar desde mi perspectiva, parcial y limitada. Lo que ha podido verse es la vulnerabilidad de nuestra especie en una situación excepcional. Excepcional pero que, posiblemente, se repetirá, dados los atentados que se han cometido y están cometiendo con el ecosistema humano y, en general, con todos los ecosistemas planetarios.

«Esta pandemia ha puesto de manifiesto dramáticamente la profunda y rígida división de clases en nuestras sociedades»

De ahí que algunos estén aprendiendo a marchas forzadas cómo mejorar el control de las poblaciones por vías directamente represivas, mediante la reaparición y desarrollo de regímenes y culturas autoritarios y supremacistas, o mediante la «psicopolítica». Otros, por el contrario, creemos que deberíamos aprender cómo organizar más autogestionariamente los sistemas sanitarios, los servicios sociales comunitarios, la política y las organizaciones democráticas; cómo replantearse el cuidado de los ancianos en nuestras envejecidas sociedades, o el cuidado y educación de los hijos (¿presidido por profesionalismo o «más tiempo con los hijos disfrutando de ellos»?).

Este tipo de crisis, y otras de base no biológica, van a seguirse dando en nuestras sociedades. Entre otros motivos, por el estrechamiento de los nichos ecológicos de nuestra especie y los que estamos imponiendo a otras especies. Estar preparados para afrontarlas no es cuestión de heroísmo y solidaridad puntual, sino de medidas y organización sanitaria adecuadas, y de una cultura y una ética de los cuidados y la reparatividad.

En las familias y grupos sociales con ingresos familiares más bajos y en el precariado, probablemente aparecerá una alta prevalencia de alteraciones emocionales. Pero alteración emocional no equivale a trastorno mental, y ni una ni otro han de conllevar forzosamente tratamiento psiquiátrico generalizado. No son medidas de salud mental, y menos aún, medidas psiquiátrico-farmacológicas, lo que debe aplicarse para el bienestar emocional de la población durante una crisis social y psicosocial, sino medidas sociales y psicosociales. Algo que, por cierto, ya se había descubierto en salud pública y epidemiología: las medidas más eficaces y eficientes son las que se apoyan en mejoras socioeconómicas y sociosanitarias.

Otra importante serie de reflexiones afectan a las cuestiones de género, un problema y un conflicto que había adquirido en los últimos años el lugar que merece en nuestra cultura, pero que la salida regresiva de la crisis puede contribuir a oscurecer o apagar. Hay datos aún controvertidos acerca de que en España la enfermedad Covid-19 afecta más a las mujeres que a los hombres. Ante ese dato hay que tener en cuenta ante todo que la amplia feminización actual de todas las profesiones de cuidados ha colocado a las mujeres en la primera línea de peligro en la pandemia y en la primera línea de esfuerzos en la salida de ella. Es el momento de reivindicar la «capacidad de cuidar» (una expresión culturalizada del «sistema emocional de los cuidados»), para ambos sexos, como una de las actividades fundamentales de la vida, con todas las repercusiones culturales que ello posee. La emoción del apego y los cuidados es una emoción humana primigenia, no el resultado de la cultura y diversas religiones.

La pandemia de la Covid-19 nos encara también con un amplio reto sanitario y psicosocial: replantearse la forma de vivir y cuidar/cuidar-se los mayores en nuestras sociedades, precisamente en las sociedades más envejecidas del planeta. Un tema, como el de los niños y la pandemia, que merece toda una amplia reflexión especializada.

«La amplia feminización actual de todas las profesiones de cuidados ha colocado a las mujeres en la primera línea de peligro en la pandemia y en la primera línea de esfuerzos en la salida de ella»

El otro tema para reflexionar ampliamente es el de la infancia en las crisis y, por ende, el cuidado de la infancia en nuestras sociedades. Como en pocos momentos de la historia de nuestras formaciones sociales, ha quedado de manifiesto uno de los extrañamientos o alienaciones más radicales que un sistema social orientado al beneficio económico y consumista privado e inmediato está ejerciendo sobre el conjunto de la población: la alienación con respecto a sus propios hijos. La profesionalización de la infancia y sus cuidados ha llegado en nuestro país y en algunos otros a cotas difícilmente superables. El cuidado de la infancia ha dejado de ser un placer y una dedicación voluntaria de los padres para convertirse en un duro deber y trabajo, que hay que postergar lo más posible y, si se puede, encargar a otros asalariados mal pagados. Con una consecuencia directa: cada vez somos menos capaces de atenderlos, entenderlos, cuidarlos, educarlos, estar con ellos…

¿Puede suponer la Covid-19 una oportunidad transformadora? ¿Hay que repensar el futuro?
La pandemia ha supuesto una crisis social, que posiblemente se agravará en los próximos años y que repercutirá en numerosas crisis personales y de colectivos enteros. Por supuesto que, como toda crisis, es una oportunidad transformadora: progresamos por crisis.

Pero de una situación social y psicosocial como esta no podremos salir con un progreso real si no nos atrevemos a soportar la turbulencia afectiva y social necesaria, el «nacimiento de las cien flores» de nuevos conflictos ideológicos y sociales y una creatividad civil contestataria creciente. Y en campos, motivos, organizaciones y desarrollos diferentes y múltiples: una auténtica «floración múltiple y transversal», una nueva y más vital «primavera de las cien flores». Esa floración ya ha comenzado durante la pandemia, y hemos de fertilizarla en el futuro próximo. ¿Estamos dispuestos, están ustedes dispuestos a soportar las turbulencias que la acompañarán?

Para que pueda fertilizar se necesita democracia real para el pensamiento, y no solo en «nichos culturales» y «conciliábulos» de la intelligentsia y la nomenklatura: los temas de comunicación y de control realmente democrático de los medios de comunicación serán fundamentales en los próximos años para que se pierda o se pueda aprovechar esta oportunidad (y no nos quedan muchas). Precisamente por el gran poder que las dos formas de entender la psicopolítica, la de Byung-Chul Han y la que yo mantengo, han logrado en nuestros días.

Esa tan nombrada «nueva normalidad», la nueva realidad a la que tenemos que enfrentarnos y en la que tendremos que desarrollar nuestra vida cotidiana, ¿será mejor, peor o simplemente distinta a la anterior?
Me temo que, a pesar de lo que nos orientan egregios pensadores como Zizek, Chomsky, Agambem, Han u otros, lo único que podemos decir es que será una realidad diferente. Mejor o peor depende de nuestra actitud y actividad en los próximos años, en lo que hagamos para articular, en nuestra mente y en la realidad social, potentes iniciativas tendentes a extender el dato científico, y filosófico, y emocional, de la humanidad como «objeto total» , como «objeto» fundamentante de nuestras mentes y cultura.

Para eso necesitaremos valor, actividad y grandes dosis de lo que yo llamo “integridad”, en un sentido psicológico y antropológico. La capacidad para el goce basado en la gratitud y la capacidad para la resignación sin amargura excesiva se hallan en la base de la integridad. Algo que durante la crisis de la pandemia hemos podido ver con claridad tanto por su ausencia en algunas personas y personajes, como por su abundante presencia en otras muchas personas y momentos.

«La profesionalización de la infancia y sus cuidados ha llegado en nuestro país y en algunos otros a cotas difícilmente superables»

De alguna forma más o menos intuitiva, el individuo dominado por esa perspectiva de la integridad siente que una vida individual es la coincidencia accidental de un solo ciclo de vida con solo un fragmento de la historia, que diría Erikson. Por eso sus relaciones tienden a ilustrar una especie de «amor posnarcisista» hacia la especie y hacia uno mismo, como miembro único, aunque perecedero, de aquella, aceptando que sólo somos un grano de arena o una lágrima en la larga saga de oleadas y oleadas de generaciones que desaparecen para dar lugar a nuevas generaciones humanas.

Con la pandemia perderemos posesiones, dinero, contratos, medios económicos…Y desde luego, salud y vidas. Pero precisamente por eso no podemos dejar de buscar, de indagar (otra emoción básica). Indagar, conocer, reflexionar, discutir por ejemplo sobre:

  • Qué podemos ganar en la vía del humanismo radical (considerar a la humanidad como un todo en el que todo puede difundirse, para bien y para mal),
  • Y del ecologismo radical (todo lo que no hagamos para cuidar el planeta y nuestro medio humano ha de volverse y se está volviendo contra nosotros).

Eso sería aprovechar la crisis, o, en lenguaje tradicional, «hacer de la necesidad virtud». Pero nada nos dice que esta sea la posibilidad que triunfe. Depende de nuestras prácticas científico-técnicas, políticas e ideológicas y de nuestra prácticas teóricas en los próximos años.

Jorge L. Tizón. 
Rodrigo Córdoba. Psicólogo Clínico. Zaragoza. Gran Vía 32. 3° izquierda.
Presencial/Online. 
Instagram: @psicoletrazaragoza



lunes, 23 de noviembre de 2020

Ecofeminismo: Yayo Herrero

 


Yayo Herrero  | © CCCB, 2020. Autor: Miquel Taverna

Yayo Herrero

Antropóloga, ingeniera agrícola, educadora social y una de las principales voces del ecofeminismo. Actualmente es profesora de educación ambiental y desarrollo sostenible de la Cátedra UNESCO de la UNED. Su trayectoria investigadora se ha centrado en la crítica al modelo de desarrollo y producción capitalista como una amenaza para el planeta y la vida, investigación que combina con el activismo y la colaboración con diversos medios de comunicación como eldiario.es. Fue coordinadora estatal de la plataforma Ecologistas en Acción y directora de FUHEM. Ha escrito en libros colectivos como Cambiar las gafas para mirar el mundo (Libros en Acción, 2011), La gran encrucijada (Libros en Acción, 2016) y Petróleo (Arcadia, 2018). También es coautora del libro ilustrado Cambio climático (Litera, 2019), en el que despliega una narrativa divulgativa para hacer inteligible el actual colapso ecológico.

Escuchó hablar de ello a Yayo Herrero, una destacada antropóloga, en una charla y nunca volvió a mirar el mundo igual. María Garrido, coordinadora del área de ecofeminismo de Ecologistas en Acción, es una de las grandes defensoras de este movimiento, que propugna que la degradación del medio ambiente tiene mucho que ver con la de la mujer. En la Huelga feminista del 8 de marzo, esta corriente estará muy presente. Para entender mejor en qué consiste, hablamos con Garrido de este movimiento, cuyas raíces se remontan a los años 70. 

El ecofeminismo es un diálogo entre el ecologismo y el feminismo. Se defiende, por el lado del femismo, la búsqueda de la equidad de género y se intenta plantar cara al sistema patriarcal. Por el del ecologismo, la defensa de la tierra y una crítica al antropocentrismo. Juntando estas dos miradas, se aporta una visión del ser humano, de sus necesidades, y de la manera de resolverlas. Además, también se hace una crítica al modelo actual, jerárquico, cisheteropatriarcal, antropocéntrico y que, en definitiva, está en guerra contra la vida de diversas maneras.

Yo diría que se puede ver como una analogía, pero no solo como eso. Es, en realidad, parte del mismo sistema. Porque el capitalismo, para conseguir su crecimiento y acumulación de capital, se apropia tanto del trabajo gratuito de mujeres que lo hacen de forma obligada (a través del sentido del deber, o la socialización del género), como de los recursos naturales que obtiene despojando a los pueblos del sur global y haciendo un daño irreparable a la naturaleza. Yo creo que esa doble invisibilización de la mujer y de la naturaleza son parte de lo mismo, más allá de ser una analogía. Son el mismo esquema.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Zaragoza. N° A-1324

Psicoterapeuta. Tfno : 653 379 269

Instagram: @psicoletrazaragoza

Página Web: Psicólogo Zaragoza Rodrigo Córdoba

miércoles, 7 de octubre de 2020

Espiritualidad

 




La felicidad duradera, a diferencia del bienestar material, es un estado interior, y sólo podemos experimentarlo a través del cultivo de la inteligencia espiritual.


Que no existe un único tipo de inteligencia lo sabemos desde hace mucho. Sabemos que hay personas con una gran habilidad lógico-matemática y una reducida inteligencia lingüística, y otras con una inteligencia espacial muy desarrollada y una notable falta de habilidad emocional. ¿Y la inteligencia espiritual? Es la que nos permite transcender, crear y, en última instancia, ser felices de una manera profunda y duradera.



Francesc Torralba nos lo explica.



¿Qué es la inteligencia espiritual?



Francesc Torralba
: Es una modalidad de inteligencia que también se denomina existencial o trascendente. Completa el mapa de las inteligencias múltiples que desarrolló, hace más de dos decenios, Howard Gardner. Nos referimos a una inteligencia que nos faculta para preguntar por el sentido de la existencia, para tomar distancia de la realidad, para elaborar proyectos de vida, para trascender la materialidad, para interpretar símbolos y comprender sabidurías de vida. El ser humano es capaz de un conjunto de actividades que se no explican sin referirse a este tipo de inteligencia. Es especialmente cultivada en los grandes maestros espirituales, en los filósofos y artistas, también en los creadores.


el ser humano, ¿es un ser espiritual?



El ser humano es un ser que trasciende lo material. Es una unidad de cuerpo y alma. En sentido estricto, no “tenemos” un cuerpo. Más bien vivimos en él, nos expresamos en él, lo gozamos y lo padecemos. Tampoco “tenemos” un espíritu, como si fuera un objeto o una propiedad anexa. Hay en el ser humano algo que escapa a la racionalidad y a la materialidad, un destello de eternidad, un enigma.



¿Cómo se manifiesta esta espiritualidad? ¿Qué nos aporta?



Lo espiritual en el ser humano permite el ejercicio de la libertad y crear un mundo interior, tomar distancia de la vida instintiva. Lo fundamental es invisible a los ojos, decía Saint Exupéry. No se conoce a un ser humano hasta que no se penetra en su vida espiritual, hasta que no nos da permiso para acceder a este territorio. Lo espiritual se expresa en lo corporal, en el gesto, en la palabra, en el silencio, en el obrar y, de un modo particular, en la creación. No tiene una vida paralela; está profundamente arraigado en lo material.


Esta espiritualidad, ¿responde a necesidades prácticas de supervivencia o tiene otro origen?



No sabemos por qué somos seres espirituales. Existen distintas hipótesis. Pero las necesidades espirituales se detectan en todo ser humano, especialmente cuando éste sufre alguna situación límite. Todos deseamos, como decía Albert Camus, vivir una vida con sentido, hallar una salida al absurdo, formar parte de un todo, experimentar la libertad, tomar distancia de la realidad, trascender el tiempo y el espacio. En suma, ser felices.

¿Cuáles son los beneficios de la espiritualidad?



El cultivo de la espiritualidad no se debe comprender como algo paralelo al cultivo de la corporeidad. Ambas dimensiones se entrelazan profundamente. Una persona que vive su vida con sentido, que es capaz de articular su proyecto vital, que puede valorar sus actos y tomar nota de lo bueno y de lo bello que hay en ellos, vive con más plenitud y gozo su existencia que otra que tiene atrofiada la inteligencia espiritual. Los beneficios de la inteligencia espiritual son múltiples: la profundidad, el sentido del humor, la gratuidad, el sentido de pertenencia al Todo, la relatividad de lo que pasa...

¿Cuáles son las desventajas de acallar (o atrofiar) la espiritualidad?



La atrofia de la inteligencia espiritual conlleva graves problemas. El fanatismo, la banalidad, el servilismo, el dogmatismo, el sectarismo y otros graves dramas que atañen al mundo actual son la clara consecuencia de un déficit de inteligencia espiritual. Una persona espiritualmente inteligente tiene capacidad para analizar con profundidad lo que ocurre en su vida y en la vida de los otros, tiene el poder para descubrir sus recursos más íntimos y desconoce el aburrimiento. Tiene un alto grado de libertad, pues sabe relativizar y tomar distancia de los estímulos externos.


¿Cómo podemos desarrollar la espiritualidad?



Los grandes maestros de las grandes tradiciones espirituales enseñan distintos caminos y métodos para cultivar y desarrollar la espiritualidad. Como el cuerpo, la espiritualidad también requiere de una ejercitación para que alcance su plena madurez. La práctica de la soledad, el gusto por el silencio, la contemplación estética, la práctica de la meditación, el diálogo socrático e incluso el ejercicio físico son formas de desarrollar la espiritualidad. No existe un único modo, sino una pluralidad de formas que la historia nos ha legado como un patrimonio intangible.


¿En qué consiste tener una vida espiritual?


La vida espiritual es, en primer lugar, autoconciencia. El ser humano no sólo es capaz de salir fuera de sí mismo y establecer vínculos con los otros y con el mundo sino que, además, es capaz de adentrarse, de dialogar consigo mismo, de tomar consciencia de que existe. Esta toma de consciencia es fundamental para convertir su vida en un proyecto personal, en una obra de arte. La vida espiritual no es, necesariamente, reclusión, ni mucho menos aislamiento de lo que san Juan de la Cruz llamaba el mundanal ruido. Requiere de la soledad, pero también se alimenta de lo que el mundo enseña. La permeabilidad es la base de la vida espiritual. No es una vida paralela a la vida social o psíquica o física. Influye directamente en los modos de interaccionar, en los pensamientos y sentimientos que fluyen por la mente y en el mismo rendimiento físico.


¿A qué llamamos espiritualidad laica, en qué consiste?



Existe una espiritualidad abierta a la trascendencia, pero también una espiritualidad sin Dios, sin iglesia y sin dogmas. En la primera, el ser humano se halla confrontado a un ser que le trasciende, un ser que halla en la más íntima de sus intimidades, un interlocutor que está ahí y con el que establece un diálogo de amor. Este diálogo es la oración. San Agustín le llamaba maestro interior. También existe una espiritualidad laica que entiende el cultivo de la vida espiritual como un diálogo con uno mismo, como una especie de autodiálogo como diría don Miguel de Unamuno. En este segundo caso, existe también vida espiritual, sentido de pertenencia al mundo, incluso puede haber experiencia mística, superación de la dualidad, pero no se reconoce a Dios como interlocutor.


¿Cómo sabemos que la necesidad de trascendencia no es una mera búsqueda de intensidad, de darle un sentido más profundo a la vida, un autoengaño más?



No lo podemos demostrar empíricamente, ni racionalmente. Unamuno lo expresa en un verso de su antología poética: “¿Soy yo creación de Dios o es Dios creación de mi congoja?”. La necesidad de sentido todavía no demuestra que el mundo tenga sentido, pero expresa una carencia fundamental en el ser humano, un rasgo único que le hace particularmente problemático en el conjunto del cosmos, le convierte en un ser paradójico y, a la vez, espiritual. Se trata de una apuesta, pero que no carece de razones.


¿Cómo sabemos que las experiencias espirituales (en la meditación, oración, cánticos) no son sólo experiencias psicológicasquímicas del organismo?


Todas las prácticas de vida espiritual tienen repercusiones en la vida física, psíquica y social. No cabe duda que la repetición de determinados mantras u oraciones o máximas en el seno de la consciencia acaban calando y tienen repercusión en el desarrollo de la persona. Cuando un corredor de fondo se repite a sí mismo que es capaz de seguir corriendo, de superar los obstáculos y de terminar una maratón, este pensamiento positivo, reiterado, tiene efectos directos en el rendimiento, puesto que la fuerza espiritual afecta también la fuerza física.


¿En qué se diferencia la felicidad espiritual de los momentos fugaces de felicidad mundana a los que nos referimos comúnmente?


La sabiduría no es la erudición. La sabiduría tiene como fin la felicidad, la vida plena. Un sabio infeliz es una contradicción en los términos. La sabiduría es el arte de vivir bien. Los grandes sabios de Occidente y de Oriente nos han legado máximas para alcanzar tal estado. No existe una ciencia de la felicidad, pero sí una constelación de itinerarios, de puntos de referencia. La lucha contra la envidia, el resentimiento, los celos, es fundamental para acercarse a tal estado. La felicidad espiritual emerge de lo más profundo del ser humano y no depende de estímulos exteriores, del vaivén de los acontecimientos, del reconocimiento o el aplauso.
Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Zaragoza
Psicoterapeuta. Tfno.: 653 379 269
Instagram: @psicoletrazaragoza

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Sistema Patriarcal

 


En nuestro sistema patriarcal, donde el corazón y el amor no se suponen, necesitamos recuperar la espontaniedad y la educación emocional.

VOLVER A LA ESPONTANEIDAD Y LA CREATIVIDAD

Usted aboga por una educación desde el corazón, que tenga en cuenta el ser, el conocimiento de uno mismo. ¿Cómo debería ser una escuela de este tipo?

El énfasis para mí está en la formación de los educadores, no tanto en el tipo de escuela. Tengo la impresión de que si no se formara a los educadores con información e ideas, sino que recibieran una formación emocional, la cosa iría de otra manera.

Eso significa también una formación terapéutica porque, a nivel emocional, los que participamos en la civilización occidental estamos enfermos.

Somos todos víctimas de una misma plaga, la plaga del déficit de amor.

De generación en generación, los niños se ven cortos de “maternaje”, y esto no solo no ha mejorado, sino que ha empeorado con el hecho de que, hoy en día, las madres tienen que ganarse la vida fuera de casa. Son madres cada vez más ausentes y los niños se están poniendo cada vez más rabiosos, más difíciles. Llegan a la escuela más perturbados, y la escuela no se hace cargo de que ese daño emocional es significativo para la vida.

Los niños difíciles se ven como casos terapéuticos que los psicopedagogos pueden tomar en sus manos como si fueran una excepción, y no como una realidad universal.

Si se está educando a los niños para ser trabajadores y entrar en el ciclo consumista, ¿qué cambios son necesarios para transformar esta realidad?

Tendría que haber por parte de los educadores un interés por la felicidad de los educados en lugar de seguir el patrón implícitamente severo que ha tenido la educación hasta el momento. Creer que donde hay problemas es la mano dura la que los va a resolver es un mal social muy generalizado.

Pero cuanto más se criminaliza al mundo para arreglarlo, más criminal se vuelve este. La educación es reflejo de esa misma actitud. Hay muchas mujeres en el magisterio que tienen perfecta capacidad materna, y en su casa la ejercen, pero cambian al ponerse el uniforme del sistema.

Este es un sistema patriarcal: no se supone que haya corazón.

No se supone que la relación humana sea relevante ni que lo sea la relación personal con los estudiantes. Por eso no importa el tipo de escuela; el educador debe tener algo para dar y sentirse con libertad para darlo.

Aprender en la naturaleza de una forma más experimental, fomentar la creatividad... Muchas escuelas alternativas basan su programa en estas ideas.

Estas escuelas están un poco prohibidas. Están muy bien, pero no llegan a la mayoría de la gente. Uno de los temas que más me interesa es cuál es la naturaleza de la resistencia a este tipo de proyectos nuevos si se sabe que funcionan.

¿Son los miembros de un ministerio, individualmente reacios, individualmente cómplices, de que la educación no eduque? ¿Existe la mente sistémica, que hace difícil cambiar el paso? No solo es la educación emocional lo que falla, a mí me interesa mucho el asunto de la libertad, la condición civilizada que ahora se está empezando a poner en tela de juicio.

Hay quienes interpretan la crisis de nuestro tiempo como una crisis de la civilización misma. Es la crisis de una situación en la que somos seres domesticados; nuestra animalidad, nuestra “instintividad”, el órgano básico que tenemos para navegar por la vida, ha sido castrado hace mucho tiempo. Domesticamos a los animales hace miles de años y hemos aprendido a domesticar también a nuestros hijos.

La falta de libertad de ser como uno es nos deshumaniza e interfiere con nuestro animal interior.

A mí me interesa mucho la vuelta a la espontaneidad. El ser humano necesita su creatividad para salir de donde se ha metido, y si no existe la espontaneidad, no hay creatividad.

En cuanto al programa SAT que dirige, ¿cómo se educa a los maestros?

Un elemento es la libertad de la que hablaba antes, la espontaneidad, el ser uno mismo. El atreverse y confiar en lo natural, en los impulsos. Otro elemento son las emociones. Hay emociones inferiores y emociones superiores. Las inferiores son lo que los cristianos llamaban pasiones, los pecados. Hoy se les llama necesidades neuróticas.

Pero más allá de las neurosis está el amor, y a eso hay que llamarlo por su nombre. Todavía está prohibido hablar de amor en el mundo burocrático y académico. En el SAT hablo de competencias existenciales, las que se requieren para ser un ser humano. Entre esas competencias están la solidaridad, el sentido de los ideales, los valores...

Hemos hablado de educar para la libertad, de educar para el amor. ¿Y para la sabiduría?

Hoy en día no se sabe lo que es la sabiduría. Tanto domina el saber que poco tiene que ver con la sabiduría. La sabiduría pasa por la paz y el desapego. Pasa por valores que no están vivos en la cultura.

La gente se vuelve sabia pese a sí misma por las pérdidas, por los golpes, porque la vida le enseña, pero son pocas las personas que se vuelven sabias por una disciplina, como en las culturas espirituales orientales. Hoy en día no tenemos una escuela de sabiduría occidental.

Yo creo que lo que llamamos educación debería volverse más coherente con los principios de la sabiduría.

Un ser humano inteligente y con corazón se torna sabio cuando conecta con su esencia, con su espiritualidad y con su misión.

 Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Zaragoza

Psicoterapeuta. Psicólogo Clínico.

Teléfono: +34 653 379 269

Instagram: @psicoletrazaragoza

Gran Vía 32. 3° izquierda

martes, 31 de marzo de 2020

Traumas Biográficos



Los factores de la historia del individuo pueden agruparse en agudos y crónicos:
- Agudos: acontecimientos súbitos, que se han presentado de pronto, inesperadamente.
- Crónicos: son los que operan de modo paulatino, sumativo, a lo largo de un espacio relativamente amplio de tiempo y van dejando una secuela progresiva.

Se dibujan también otros dos estilos:
- Microtraumas: son rotundos, sólidos, terribles, pueden llegar a cambiar la vida, como un giro de ciento ochenta grados. Tardan en olvidarse. Y, lo que es más grave, muchas veces no se superan.
- Microtraumas: tienen menos trascendencia, son menudos, pequeños, más triviales, pero lo que aquí cuenta es su número, su insistencia, la reiteración con que van calando en la intimidad diariamente. Forjan una tupida red de tensiones y conflictos. Entre ellos, como si se tratara de unos hilos sedosos, se vértebra la ansiedad, enlazándolos.

Rodrigo Córdoba Sanz.
Psicólogo y Psicoterapeuta.
N° Col.: A-1324
Instagram: @psicoletrazaragoza
Página de Web: www.rcordobasanz.es

lunes, 9 de marzo de 2020

Todos hemos sido niños



Nuestro niño interior posee el espíritu de la verdad, de la espontaneidad y la autenticidad absoluta. Sus acciones manifiestan la naturalidad que hay en nosotros, la capacidad de actuar adecuadamente y la aptitud para resolver cualquier situación. Culver Barker, un psicólogo británico, observó la importancia de conocer al niño interior, de relacionarse con él de modo consciente y de afianzarse gracias a él. A este respecto escribió:

"Cuando hablo del niño interior me refiero a ese aspecto del adulto que todavía refleja algunas de las cualidades del niño divino... Cuando, por el motivo que sea, no somos consciente de él, cuando no estamos en contacto con él, esta fuerza contiene en potencia toda actividad destructiva o constructiva. Toda la dinámica creativa de la personalidad humana, toda su fuerza motriz, está circunscrita a él".

"Sólo cuando escucho la voz del niño que hay en mi interior", dice la célebre psicoanalista suiza Alice Miller, "puedo sentirme auténtica y creativa".

La voz del niño es fundamental en el proceso de llegar a ser nosotros mismos. La individuación, el proceso de desarrollo de la propia personalidad a lo largo de la vida, está ligada -y gira en torno a- la identidad singular del yo infantil. Von Franz concuerda con Miller en este aspecto cuando señala que: "El niño interior es la parte auténtica, y la parte auténtica en nuestro niño interior es la que sufre... Muchos adultos escinden esta parte de sí mismos y por ello no alcanzan la individuación, ya que sólo si se le acepta, y se acepta con ella el sufrimiento que conlleva, puede tener lugar el proceso de individuación".

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta Nº Col.: A-1324
Tfno.: (+34) 653 379 269
Instagram: @psicoletrazaragoza
Página Web: www.rcordobaasanz.es