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Paz y Ciencia
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sábado, 1 de enero de 2022

Virginia Gawel. Centro Transpersonal

 


VIRGINIA GAWEL


¿Qué es el "desapego apasionado"?

No es raro escuchar hoy en día expresiones tales como "Tenés que soltar, dejarlo fluir...". Y sí, es algo así como una moda que se ha instalado. Sin embargo, la hondura de esa expresión va mucho más allá de cualquier moda: refiere a una práctica que la Psicología Transpersonal ha recogido de antiguas Tradiciones de Oriente, profundamente válidas para nuestra vida cotidiana.

La palabra "desapego" poco tiene que ver con estar desligado, distante, frío; por el contrario, quien practica esa actitud puede experimentar la vida con entrega, intensamente, pero sin perder su eje, sin salir de su centro (o al menos sabiendo volver a él cuando el apego le haya atrapado). Por eso es posible combinar estas dos palabras: "desapego apasionado", ya que justamente sólo puede darse por entero aquél que no se pierde en los demás ni en los hechos que le toca atravesar.

Es una tarea ardua, y a la vez iluminadora; permite no quedarse estancado en lo que ya no es o aferrado a lo que lastima, no generarse sufrimiento inútil o dolor de más... en síntesis, ser internamente más libre. Virginia Gawel nos llevará a recorrer este tema más allá del intelecto, para volverlo una experiencia personal, una actitud posible; con conceptos de la Psicología y de las Neurociencias, imágenes y poemas y saberes sensibles, nos invitará a hacer propia esa habilidad del espíritu: la de vivir una vida más viva, con una mirada más fresca hacia nosotros mismos, hacia nuestra historia, nuestro presente y nuestro futuro.

viernes, 26 de noviembre de 2021

Virginia Gawel

 


¿Quién de entre nosotros no ha sentido ese impulso? ¿Quién no ha deslizado una palabra que al otro “le resulte iluminadora” de aquello que creemos (o sabemos) que no se da cuenta? ¿Quién no ha dejado un libro como al descuido para que esa persona encuentre en él lo que “le transformará la vida”?

Hemos sugerido, indicado, subrayado vehementemente lo que habría de serle conveniente… Hemos enviado posts inspiradores, recomendado películas… Hemos tenido gestos simbólicos y concretos, argumentos enfáticos y balbuceantes, diálogos estériles y frustrantes soliloquios… para que el otro, -por su bien, siempre por su bien-, AL FIN cambie. Hemos rodeado con paciente persistencia su castillo para que alce sus puentes, disperse a sus cocodrilos y deje ingresar nuestra palabra justa, nuestra interpretación de lo que le sucede, aquello que provocará el gran “click” que amplíe su conciencia… Pero muchas (demasiadas) veces… simplemente NO FUNCIONA.

Y hoy no estoy hablando de quien manipula al otro para la propia conveniencia, con malicia (aunque a veces creemos no estar manipulando… y sí lo estamos haciendo, pero quisiera dejar ese punto de lado). Pongamos el mejor escenario posible: hablo de aquella situación en la que una persona a la que amamos (o al menos apreciamos en alguna medida) está limitada en su conciencia de sí, no se ve, no advierte su propio potencial no desplegado, o no reconoce su autoengaño… y nosotros, desde afuera, la vemos con claridad (o al menos eso suponemos!). Entonces nos desesperamos para que esa persona tenga la misma visión que nosotros podemos tener, y pueda cambiar. Imaginemos que estuviéramos en lo cierto: que lo que vemos NO fuese proyectivo, una distorsión, una interpretación, sino algo veraz que, si el otro pudiera advertir, le aliviaría dolor, o le permitiría una expansión personal que no le será posible hasta que vea. Qué doloroso es! Cuánto desencuentro!

Quiero decir esto (por propia experiencia, de la que guardo cuantiosas cicatrices!): si la más antigua metáfora de la transformación íntima es la de darse a luz a sí mismo, el parto interior no puede ser inducido por la intención de nadie que no sea el mismo “parturiento”. Ni, en el mundo interno, NADIE NACE POR CESÁREA. Esperar su tiempo puede ser penoso, claro! Es difícil aguardar los procesos del ser amado hasta que pueda. Inclusive más doloroso si es que no llega a poder: ver de cuánto sería capaz y que, sin embargo, desde adentro… NO PUJA!

Hay un proverbio africano que siempre me gusta citar cuando hablamos de este tema: “Se puede llevar el buey al río, mas no se le puede obligar a beber”. Podemos hablar, sugerir, expresar… pero lo cierto es que para que alguien se despliegue, cambie, se transforme, es él mismo quien tiene que QUERER. (Y muchas veces veremos que nuestra buena intención nos hace ser intrusivos, entrometidos en las elecciones del otro… o tremendamente errados en nuestra manera de interpretar SU realidad!).

Hay algo que veo con claridad en mí: cuando me doy cuenta de que hay algo mío que quiero desplegar, cambiar, transformar, el trabajo de parto no es menor por el solo hecho de tener la firme decisión para ese cambio: requerirá constancia, esfuerzo, paciencia… Entonces: si a mí, si a cada uno de nosotros que SÍ queremos cambiar, DE TODOS MODOS NOS CUESTA... ¿cómo habría de cambiar quien NO TIENE NINGUNA INTENCIÓN DE HACERLO? Querer que cambie “ya” es como querer hacer madurar una fruta junto al fuego…

Esta situación se da muchas veces en los vínculos amorosos: alguien se enamora de otro porque tiene el talento para ver lo que ese otro PODRÍA llegar a ser en el caso de que se fuera desplegando. Y asume, entonces, como tarea de amor, el ser algo así como el jardinero de esos talentos dormidos, de ese “darse cuenta” que “aún no se dio”. Entonces riega con persistencia, quita las hierbas, cuida de las heladas… Pero si el otro no abre su semilla desde adentro… no habrá jardinería que valga! Así, ese pobre jardinero queda VINCULÁNDOSE CON UN POTENCIAL: alguien que podría ser… pero que NO ES (y hasta resulta factible que nunca llegue a serlo!)

Queriendo que el otro quiera, a veces lastimamos con nuestra torpeza. Y a veces nos hacemos daño a nosotros mismos. Darnos cuenta de esta trampa es comenzar a salir de ella. Dejamos de ser como el Pigmalión del mito, que, no pudiendo encontrar a la esposa "perfecta", decidió esculpirla él mismo, enamorándose de su propia escultura. Pero... a una escultura no le sucede que no quiera cambiar!

Es más: si el otro cambiar hacia donde nos parece que debería cambiar, ¿se convertiría en quien realmente vino a ser?

El arquetipo de quien hace despertar lo mejor del otro para que el Amor sea posible es muy tentador. Es más: inclusive, a veces SÍ sucede! Sin embargo, la mayor parte de las veces nos confundimos, y quedamos entrampados en ese otro arquetipo: el del que desperdicia su vida tratando de cambiar a quien no quiere ni va a cambiar. ¿Alguien quiso cambiarte a ti? ¿Cómo te sentiste? Es difícil el aprendizaje. Pero para ello estamos en esta Tierra!

Virginia Gawel
www.centrotranspersonal.com.ar

Donde está el Silencio

 

@psicoletrazaragoza

Es súper habitual conversar con nosotros mismos, analizando, sacando conclusiones y adelantándonos a lo que vendrá. En esos diálogos internos conviven distintas voces (positivas o negativas). Según el estado emocional o anímico que tengamos, y hasta por cuestiones físicas y químicas del organismo, variará la intensidad del movimiento mental generado.

Podemos experimentar una catarata de palabras, reflexionar con mucha tranquilidad o gozar de unos instantes de silencio. Tanto influye esto en nuestro bienestar, que los antiguos se han dedicado a estudiar estos comportamientos, le han llamado "parásito" o "diálogo interno" a esa voz interna que muchas veces nos distrae de la observación de la realidad concreta que nos rodea. 

La mente, la consciencia y las emociones

La mente utiliza un vehículo de proceso y almacenamiento de la información que es el cerebro, pero los científicos tratan de saber en qué parte del organismo se encuentra y no llegan a una respuesta.

Además de la mente existe la conciencia individual, un “yo” que opera por sobre todo. La conciencia es la parte mental asociada con la voluntad de la persona y es la que decide con cuáles de esas líneas de pensamiento que la mente propone, se va a continuar el diálogo. Elije sobre qué tema se va a conversar, qué asunto se va a analizar. En ese sentido la conciencia es el estado superior de la mente concreta. Claro que durante mucho tiempo podemos pensar que estas partes que trabajan coordinadamente son lo mismo, pero no es así. Buena parte del entrenamiento en meditación es acerca de diferenciar estos dos aspectos de “uno mismo”: uno es automático y el otro es voluntario.

jueves, 20 de agosto de 2015

Respuestas prefijadas


Amo a la gente que dice “No sé” cuando no sabe. La respeto. Aprendo con ella.

Le hará falta ser paciente con la propia ignorancia. Ser modesto. Y, si estamos buscando ayuda, ser muy, muy prudentes. Porque una de las cosas difíciles de decir es “No sé”. Y cuando no se puede decirlo, tomamos la etiquetadora de remarcar los precios en el supermercado, pero la usamos para generar confusión pegando etiquetas explicativas. “Tu cáncer de estómago es por algo que no quisiste digerir”. “Esta fobia se debe a que hay una energía densa que estás absorbiendo de tu pareja y de su hijo”. “Típico del complejo de castración: no habrá pareja que se quede a tu lado”. “El enojo que se aloja en tu plexo solar es resultado de tu vida anterior, en el que fuiste herida en medio de la batalla cuando tenías a tu niño en brazos”. “Esta técnica es para alinear tu ego con el eje de la galaxia”. “Voy a decodificar de tus células el karma de tu familia y el de los hijos que tengan tus descendientes”. “Me lo han dicho los Maestros Guías”. “Lo sé por las plantas sagradas”. “Me ha bajado esta información”. 
No piensen que estoy inventando todo esto: ¡no me alcanzaría la creatividad! Son cosas que escuché, junto con muchísimas más, ante pacientes atribulados por el gran “hallazgo” del sanador en cuestión.

viernes, 14 de agosto de 2015

Los sueños repetitivos

Los sueños repetitivos


El Inconsciente trabaja día y noche; una de sus múltiples tareas podría describirse simplemente así: digerir la vida (lo que los psicólogos llamamos “elaborar”). Utilizo ese verbo porque es casi literal: “nos comemos la vida”, con todas su impresiones (nos percatemos de ellas o no) y el Inconsciente, con su inteligencia autónoma, desmenuza la información que ha ingresado, la reordena, le da significado… De eso que hemos “comido” se nutre nuestro psiquismo (adquirimos experiencia, con miras a volvernos más sabios) y lo que “no sirve” se “excreta”, quedando en planos de intrascendente olvido…

Ahora bien: hay instancias vitales que, siguiendo esta metáfora, podríamos decir que son “platos difíciles de digerir”: situaciones traumáticas, dolorosas, confusas… que el Inconsciente tendrá que elaborar con tiempos más largos, reparando las heridas emocionales que esas situaciones hayan provocado. Esto puede tomar meses… o años (y mucho dependerá del trabajo que hagamos intencionalmente sobre eso que nos sucedió).

Muchos sueños repetitivos son la expresión de que el Inconsciente está procurando integrar episodios emocionalmente difíciles: volvemos a soñar una y otra vez con ese hecho doloroso (con frecuencia bajo la forma de pesadillas), y no es raro que una vez que esos sentires se elaboran el sueño repetitivo desaparezca; el Inconsciente habrá logrado transformar esas cargas psíquicas e insertar lo ocurrido en el decurso de nuestra historia consciente, mas ya desprovisto de tantas emociones penosas.  Un proceso terapéutico puede ayudar a que esa “digestión” tome menos tiempo y que el Inconsciente, al ser escuchado, no necesite de esas pesadillas para elaborar lo que tan profundamente nos ha impactado.
Así, es claro que los sueños repetitivos pueden responder al trabajo que el Inconsciente está haciendo para reparar heridas afectivas (lo cual está implicando una sabiduría intrínseca que todos tenemos, y que podemos aprender a aprovechar; comprender el significado de nuestros sueños, escuchando lo que el Inconsciente tiene para decirnos, es una manera bien concreta de hacerlo.)

Otras veces los sueños repetitivos tienen distinto origen; por ejemplo, dado que así el Inconsciente  “nos da su parecer” respecto de nuestra vida, hay sueños recurrentes que están indicando que, sin darnos cuenta, estamos ejerciendo un mismo rasgo que en situaciones del pasado nos ha traído problemas. Para ilustrar este mecanismo, recuerdo un sueño que me regaló una mujer en el que cada tanto aparecía ella en su automóvil pero, en vez de ser la conductora, permanecía encadenada al asiento de atrás, impotente e inmóvil, sin poder siquiera gritar… hasta despertar desesperada. El conductor variaba según la ocasión, pudiendo ser su esposo, una amiga, alguien desconocido… Ocurría en diversos escenarios: una montaña en pendiente, su ciudad natal, una autopista vertiginosa… Procurando comprender qué quería avisarle su Inconsciente mediante estas producciones oníricas fue registrando en su diario no sólo el sueño en cuestión, sino las situaciones vitales en que aparecía. Así se dio cuenta de que el sueño, en sus distintas versiones, coincidía con momentos en los que el rasgo que le jugaba una mala pasada era el delegar responsabilidad sobre su vida, sometiéndose complacientemente a lo que otros pudieran necesitar o desear. Sí: ella NO estaba conduciendo su auto-nomía, sino que se auto-encadenaba, renunciando al volante y a la ruta a seguir.

Jung  decía que cuando uno comprende lo que el Inconsciente le está diciendo a través de un sueño tiene que tomar responsabilidad sobre ello y trabajar para que esa información se vuelva un factor que transforme nuestra vida vigil, tomando el tiempo que sea. Lo que esta mujer decidió fue ir haciéndose cargo de cuándo abdicaba de ser ella misma para no ser rechazada, y aprender a modificar su actitud: decir que NO cuando era NO, y no perder su propio criterio de realidad.

Una estructura similar que hace que un sueño pueda presentarse reiterativamente es que el Inconsciente (como en el anterior caso) quiera mostrar que, ante una situación similar a la del pasado en que ahora se encuentre el soñante, sería deseable que activara determinado patrón de comportamiento, que está latente pero no actualizado, y que le sería necesario para modificar esa situación también repetitiva. Un ejemplo de este mecanismo es el de los sueños que me regaló (para compartirlo donde hiciera falta) un alumno con dificultades para asumir determinaciones que requiriesen autoridad, tanto en su profesión (Psicólogo) como en su vida personal (rasgos que, al decir de Jung, aún permanecían en la Sombra, con necesidad de ser recuperados). El sueño que se le configuraba cuando necesitaba asumir ese aspecto relegado de sí mismo era siempre teniendo como personaje central la figura de un policía (siempre sólo uno, y desconocido, que invariablemente tenía una disposición firme pero amable: ésa era la combinación que él necesitaba desplegar en su conducta para no estar en desacuerdo consigo mismo). Comprendiendo el sentido de estos sueños (cuyo contenido ahora simplifico) se dispuso a trabajar para que el proceso de afirmación de este rasgo no fuera solamente onírico: hacerse cargo de lo que el Inconsciente está mostrando!

Existen otras causas que dan origen a los sueños repetitivos. En otro momento con gusto las abordaré.  Antes de despedirme, solamente quiero subrayar que, admirando esa inteligencia autónoma del Inconsciente (que tanto señalaba Jung como Tradiciones que estudiaron este tema siglos atrás), los sueños sirven para algo fundamental: estar más despiertos.

Virginia Gawel: Timidez y Audacia



Es natural que una parte nuestra sea tímida. “Tímido” viene del latín, “timus”: “temeroso”. Y, sí, vivir implica salir a un mundo imprevisible que despierta las alarmas de algo básico: nuestro instinto de supervivencia. Sin embargo, ese instinto (necesario, por cierto!), no es lo único que nos mueve: existe algo aun más profundo que es el impulso exploratorio. Gracias a él nos alejamos alguna vez de la falda materna. Gracias a él nos atrevimos a lo incierto. Gracias a él podemos cumplir con algo que hace a otra parte de nuestra naturaleza, con raíz en la hondura: la que nos insta a hacer de nuestra vida un experimento.
Gandhi llamó a su autobiografía, justamente, “Mis experimentos con la Verdad”. Maravilloso título! También dijo de sí mismo y de todos: “Yo, débil, tímido, casi insignificante, si siendo como soy hice lo que hice, imagínense lo que pueden hacer todos ustedes juntos.” Él también era tímido! Pero decidió que su vida fuera dirigida por otra parte de sí: su parte audaz, atrevida. “Atrevido” es una bella palabra: significa, en su raíz, “atribuirse, asignarse a sí mismo la capacidad de hacer algo”. Para que nuestra vida cumpla con su Sentido necesitamos ser audaces!
Ser audaz tiene un ingrediente más que la valentía: uno puede ser valiente para soportar la adversidad que viene hacia nosotros. La audacia, en cambio, nos propulsa a salir al encuentro de la vida, hacer que las cosas sucedan, aceptar nuestras reales limitaciones y a la vez crear nuestras propias circunstancias, moviéndonos más allá de donde la timidez manda, con la conciencia de que... la vida es un experimento! No sólo la propia: quizás la vida humana, en sí misma, lo sea, y todos vayamos desplegando, cada cual con su propio Intento, una porción de la evolución colectiva que la Humanidad requiere.
En ese Intento estamos profundamente interconectados, y a la vez es preciso asumirlo como un proceso solitario: nadie puede gestarlo por nosotros. Atrevámonos = atribuyámonos la capacidad de que nuestra vida sea guiada no sólo por el instinto de supervivencia, sino también por el impulso de exploración, esculpiendo con nuestro propio cincel una vida con propósito (para sí mismos, para el Todo). Como dijo el poeta checo Rainer María Rilke:
“Somos solitarios.
Tenemos que aceptar nuestra existencia
tan ampliamente como sea posible.
Todo, aun lo inaudito, 
debe ser posible en ella.

Pues sólo quien está apercibido para todo,
quien nada excluye, ni aun lo más enigmático,
sentirá las relaciones con otro ser como algo vivo.
Todos los dragones de nuestra vida tal vez sean
princesas que sólo esperan
vernos un día hermosos y atrevidos.”
Que en los tiempos venideros ejerzamos la audacia, para nuestro bien y para el bien común. Que sepamos fortalecer la solitariedad y la solidaridad. Que seamos capaces de tejer redes de afinidad para apoyarnos mutuamente en el Camino. Que nos atrevamos a atribuirnos nuestra propia vida! Un cálido abrazo para cada un@ de Ustedes, verdadero y cercano:
© Virginia Gawel
Psicóloga, Directora del
Centro Transpersonal de Buenos Aires

lunes, 3 de agosto de 2015

"Abrir los sentidos": Virginia Gawel

Virginia Gawel es una mujer más que extraordinaria. Tal vez porque ha traspasado los límites de lo personal hacia lo TRANSpersonal. Una suerte de comunión con las tradiciones de Oriente y Occidente, una unión con los animales, los humanos, el mundo. Me parece sumamente dulce, esclarecedora, seductora (en el mejor de los sentidos), una mujer que traspasa los límites de lo humano, en el sentido de lo terrenal. Entendido como lo rutinario, lo establecido y lo dirigido por corrientes dogmáticas. Este vídeo supone trasladarnos a un sueño compartido entre la autora y aquel que escucha y ve el inmenso y maravilloso paisaje donde se desarrolla el vídeo.

martes, 7 de julio de 2015

Las No-Madres: por Virginia Gawel




“¿Usted tiene hijos?” “No, nunca quise tenerlos”. ¿Qué piensa quien recibe esta respuesta acerca de quien se la dio? Si quien respondió es un hombre, posiblemente no llame demasiado la atención. Es un hombre, y punto: no tiene por qué “sentir la imperiosa llamada de las entrañas” para parir. Pero… ¿y si quien responde es una mujer? No es raro que, socialmente, suceda algo de todo esto que quisiera enumerar:

-Por un lado, que la mujer que enuncia esa respuesta se sienta algo así como en falta, con necesidad de dar alguna explicación de por qué no quiso tener hijos (cual si fuese un contribuyente ante el fisco, dando razones de por qué no pagó sus impuestos). Se sienta, sí, sospechada de algo, acusada, juzgada (sea eso real desde su interlocutor, o no).

-Por otro, no es infrecuente que quien la escucha sienta o bien que está ante una fémina desnaturalizada, o una fanática feminista algo desquiciada, o tal vez una mujer que no ha reconocido que prefiere a alguien de su mismo sexo… Quién sabe. Pero “algo raro hay” en esa mujer que no quiere tener hijos. Mmmmm…

- Otras personas, al recibir esa respuesta, no es raro que piensen o sientan automáticamente algo así como “Pobre, no pudo realizarse”. Si éste es el caso, no es raro que le diga entonces algo que suene a “Bueno, pero al menos tienes hijos del espíritu”, o“Bueno, pero tus escritos (tus cuadros, tus alumnos, tus fotos, tu obra…) son como tus hijos”. (Como si se estuviera anunciando que esa mujer no-madre ha salido al menos favorecida con un “premio consuelo” en vez de tener el premio principal.)

- Hay un cierto porcentaje de personas que, en cambio, inmediatamente tienen esta etiqueta para pegar en la frente de la susodicha: “Ésta sí que tiene la vida fácil: no le toca fregar, correr, afligirse… Tiene todo el tiempo para mirar al techo y limarse las uñas.”Cuando esto es mecánico y meramente prejuicioso, no se considera que la vida de esa mujer puede estar cuajada de otros temas para resolver, otras dificultades, anhelos, prodigios… otras solidaridades por las que correr, amar, afligirse y gozar. Pues, como todo prejuicio, es así de estrecho, escasísimo para una realidad que le excede por los cuatro costados sin que la persona lo advierta.

Claro: el mundo tiene 7.000 millones de habitantes, y hay entre tantos seres todas las circunstancias posibles. Lo que quisiera es dar espacio digno, no-sospechable, no necesitado de consuelo alguno, no merecedor de prejuicios a la minuta a quien, siendo plenamente mujer, íntegramente persona en muchísimos otros roles, ha elegido no ser mamá. Y quiero decir claramente que eso no necesariamente es una “represión del instinto”, no es “debido a un trauma de la infancia”, no es “una autonegación de la plenitud”. Ni siquiera que “no encontró el hombre adecuado con quien tener familia, pobre”. Tampoco necesariamente es que esa mujer sea egoísta, centrada en sí misma, mezquina para el amor… porque eligió no tener hijos. Hay quienes sí, podrán caber en cualquiera de esos casilleros. Pero no estoy hablando de ellas. No. Quiero decir clarito que hay otra posibilidad. Que…

- Hay mujeres que, simplemente, no tienen el anhelo de ser mamá, y son psicológicamente sanas, emocionalmente abiertas y afectuosas, solidarias, emprendedoras, participativas en mejorar el mundo… pero que el tener hijos les resulta tan deseable como lo sería entrenarse para ser astronauta de la NASA. Indiferente a su anhelo, no es una posibilidad perdida o negada, porque la han desestimado como posibilidad para sí mismas.

- Dado que esas mujeres no desean ni desearon tener hijos, no requieren de compasión alguna al respecto, ni son dignas de lástima: no guardan frustración ante esa circunstancia, simplemente porque la eligieron y la siguen eligiendo.

- Sí es posible que esa mujer tenga que lidiar en lo cotidiano con todas estas proyecciones que acabo de enumerar. Y no siempre es fácil. Necesitamos ver cuándo, socialmente, colocamos esas etiquetas desde la ignorancia, sin comprender, por ende, cómo es el mundo interno de esa mujer que toma una opción menos frecuente (y, sin embargo, cada vez más frecuente en nuestra cultura). Es preciso que nos demos cuenta de si algo de esto nos sucede, porque el cambio social sólo viene (ya lo sabemos) si cada uno de nosotros es parte personal de su asunción cotidiana.

- Es preciso comprender que la obra que una mujer sin hijos brinde hacia el mundo no es“un premio consuelo”, un “sustituto” de la familia no constituida, una “sublimación” del instinto materno. Eso que esa mujer realiza no son sus “hijos del espíritu”. Por favor, considérese esto: cuando un hombre sin hijos crea obras hacia el mundo nadie cataloga su quehacer como sustituto, sublimación ni premio consuelo. Es su obra, no sus “hijos del espíritu” (pobre!”). La obra de una mujer hacia el mundo es, así de simple: su obra, lisa y llanamente, como lo es la de un hombre.

Y estemos atentas, queridas mujeres, porque, por formateo cultural, quienes en este caso ejercen esta suerte de inconsciente discriminación que he enumerado, más que los varones suelen ser otras mujeres; sí: no se trata en este caso de etiquetas que el género opuesto coloca en la frente de la fémina no-madre: son las otras féminas que puede que a veces la miren como bicho de otra especie.
Estemos atentas y aprendamos todas de todas: quienes tienen hijos, de las que ejercen su derecho a no tenerlos con tanta naturalidad como ejercen el inhalar y exhalar unas 15 veces por minuto, sin siquiera planteárselo y sin que nadie les pregunte por qué lo hacen.


Y estemos atentas las que hemos elegido no tener hijos así, de modo simple y llano, escuchando nuestro corazón, porque no es difícil, en este tiempo en que la sociedad redefine tantas fronteras, que alguna no-madre (ni nombre hay para esa condición!) crea que es más mujer o más “evolucionada” por no haber cambiado pañales o tenido insomnio tantas noches ante el destino de un hijo (como los millones de madres de todos los tiempos y culturas). Ésa sería otra modalidad de discriminación. No: cada una es valiosa en su lugar, con el destino que ha elegido o que le tocó. Todas necesitamos aprender de todas. Todos de todos. Porque la pandemia más peligrosa no es el ébola ni la gripe aviar: es la ignorancia disfrazada con la ropa de la verdad. El antídoto es esa disposición a aprender. Y el maestro es el otro, si leo los capítulos de sus libros. Que no nos suceda como decía el querido Don Atahualpa Yupanqui: “El alma escribe sus libros, pero ninguno los lee”. Abre tu pecho: quiero leerte. Necesito que me leas, tal como estoy escrita. Así.

viernes, 3 de julio de 2015

Virginia Gawel: un personaje con duende


Nació en Buenos Aires en 1961. Psicóloga, terapeuta, docente y escritora, siendo pionera en la difusión de la Psicología Transpersonal para Argentina y América, en 1994 fundó el Centro Transpersonal de Buenos Aires, institución de la cual es Directora. Desde 1984 se especializó en la integración de las Psicologías de Oriente y Occidente, buscando que este paradigma fuera incluido en la currícula de distintas universidades (Universidad Kennedy, Universidad de la Marina Mercante, Universidad Maimónides, Universidad Católica Boliviana "San Pablo" y otros centros académicos), generando sus propios aportes a este paradigma (tal como lo son el concepto de reminiscencia y el de Complejo de Inadecuación Esencial). Ha generado su propia metodología de trabajo a la que llamó TADIs (Técnicas de Acceso Directo al Inconsciente), acerca de la cual brinda formación de post-título a profesionales de la salud. (Este Retiro tendrá como base los conceptos y prácticas esenciales de ese modelo terapéutico y de autoexploración.)

sábado, 20 de junio de 2015

martes, 27 de enero de 2015

La Sombra: el lado oculto de la personalidad

Virginia Gawel: Hermano árbol

¿Qué es la psicología transpersonal?

Definiéndola en un solo párrafo, lo más relevante sería decir que se trata de una Psicología que fue cobrando cuerpo desde fines de la década de 1960, como continuación natural de la Psicología Humanista (Maslow, Rogers, Frankl y otros), haciendo hincapié (en sus conceptos y sus técnicas) en ayudar al mayor despliegue de la persona, incluyendo en ello su búsqueda de un Sentido Trascendente en relación a la realidad y a su propia vida.
    Recordemos que la Psicología nació del estudio de personas que padecían severas neurosis o psicosis; eso dio pie a que los posteriores desarrollos de esa disciplina se configuraran a partir de una mirada patologizante de la interioridad humana. El Movimiento Humanista empezó por subrayar que definir el mapa del psiquismo partiendo de la enfermedad distorsionaba la mirada hacia el otro; que, así como existía una Psicopatología, debía estudiarse la Psicología del Bienestar y del Desarrollo, e investigar a las personas que, en su propio despliegue, eran capaces de construir vidas valiosas, admirables, creativas, basadas en valores del Ser (como les llamó Abraham Maslow).
    Así empezó a nacer otra Psicología: otra manera de concebirse a sí mismo y a los demás, otro encuadre para trabajar en la práctica clínica (más sensible y cercano), otra apreciación de los recursos con los que un individuo puede contar para expresar su singularidad y un bagaje de herramientas para apoyar esa expresión fundamental.
 

 
    En los años ’60 suceden distintos hechos que modificarían para siempre a Occidente: desde la guerra de Vietnam a los movimientos pacifistas, la invasión china al Tibet con la diáspora de sus habitantes, el advenimiento de conocimientos desde Oriente (la Meditación, el Yoga, el Tai-Chi, otro paradigma de la medicina…) fueron preparando el terreno para que aconteciera esta necesidad radical: la de incorporar a la Psicología el aspecto espiritual del ser humano (minimizado por el paradigma clásico, y muchas veces visto, inclusive, como una patología). Tan complejo sigue siendo este punto que hasta la palabra “espiritual” suena escurridiza y difícil de decir. Podemos referirnos a ella señalando la búsqueda de un Sentido Trascendente, que va más allá del intelecto y del ego, y sin el cual la vida se vuelve árida y asfixiante, o bien chata y sin vuelo.
    Esta Psicología fue formalmente instaurada por Abraham Maslow y Anthony Sutich en 1969 con la publicación del Journal of Transpersonal Psychology, seguida de la fundación de la Association for Transpersonal Psychology en California (EEUU) en 1972. Posteriormente, destacados terapeutas e investigadores fueron desarrollando sus principales conceptos. Entre ellos cabría destacar a Ken Wilber, Stanislav Grof, Frances Vaughan, Roger Walsh, Charles Tart, John Welwood, y otros.
    Dice Frances Vaughan: “La Psicología Transpersonal nació de la visión compartida de un grupo de psicólogos que se dieron cuenta de que las teorías psicológicas predominantes de la época eran demasiado estrechas para hacer justicia a todo el espectro de la potencialidad humana. Las definiciones de la salud mental se han expandido gradualmente hasta incluir estados óptimos de conciencia.”
    Y también: “‘Transpersonal’ significa literalmente ‘más allá de lo personal’. Con el estudio del desarrollo humano más allá del ego, la Psicología Transpersonal afirma la posibilidad de totalidad y autotrascendencia. La trascendencia se explora y manifiesta a través de la experiencia personal. Una visión Transpersonal de las relaciones humanas reconoce que existimos impregnados en un tejido de relaciones mutuamente condicionadas entre sí y con el entorno natural. Por esta razón, cualquier intento de mejorar la condición humana debe tomar en cuenta los temas globales, sociales y del entorno.” (De su artículo publicado en “La Evolución de la Conciencia”, compilado de Editorial Kairós.)
    En la configuración de la Psicología Transpersonal se fueron fusionando conocimientos y técnicas que ya habían existido en Oriente desde 3000 o más años antes de que Freud naciera: el Budismo Zen y Tibetano, el Taoísmo, el Sufimo, la Vedanta, y también la sabiduría de pueblos originarios de América, generaron técnicas y conceptos referidos a cada aspecto del psiquismo humano: las emociones, su relación con el pasado o el futuro, el vínculo con su cuerpo, sus sueños, su interacción con los demás y con una concepción más grande de lo que la vida pueda significar… Ya Carl Jung (1884-1961) había señalado la importancia de estos antiguos conocimientos para completar la visión del ser humano de este tiempo, (visión sin la cual cualquier Psicología o cualquier terapia queda truncada en su núcleo más vital).
 

    Los recientes aportes de las Neurociencias, en este trayecto, han sido decisivos para lograr una constatación biológica de cómo las antiguas técnicas de Oriente tienen un valor innegable. (Valga como muestra las reuniones que el Mind & Life Institute de Estados Unidos genera para que el Dalai Lama y científicos de distintas disciplinas intercambien conocimientos, publicando sus hallazgos en libros y videos, hoy en día accesibles a quienes quieran ampliar su mapa de la interioridad humana.)
    Hoy en día, el enfoque Transpersonal se ha expandido por los cinco continentes, irradiándose a través de Asociaciones y Centros de Estudios en distintos países del mundo. Diferenes Universidades de avanzada han incorporado este paradigma a la currícula de sus carreras, y se ha vuelto el marco de trabajo de profesionales y científicos de las más variadas áreas, a tal punto que los congresos y convenciones que reúnen a quienes adscriben a este paradigma, convocan a terapeutas, científicos, filósofos, educadores y hasta a líderes religiosos de los más variados sectores, en consonante búsqueda de lograr un enfoque integral del conocimiento humano.

lunes, 12 de enero de 2015

Virginia Gawel: Deja de ser mi propio obstáculo


“Soy mi propio sostén / y me lo quito”, dice con filosa contundencia el poeta Roberto Juarroz. Si en el fondo de fondo sólo puedo contar conmigo, al final de los finales, pero vivo anulando mi valor: con quién contaré, a la hora de contar?

Autodescalificarse es un hábito. Un hábito mental y emocional, que deriva en un conjunto de conductas. Y, como todo hábito, puede ser cambiado. De hecho, la palabra “hábito” define un conjunto de estrategias que implementamos para habitar este extraño planeta una vez que empezamos a vivir en él. Sí, es cierto: cuando un hábito se enraiza, de alguna manera una parte primitiva del cerebro lo interpreta como “eficaz”: nos permitió sobrevivir (habitar) hasta ahora. Tan es así que algunas adicciones se sostienen en el hecho de que el cerebro interpreta que contar con aquello a lo que se es adicto es un antídoto contra la muerte: “me acompaña a vivir”. Pero, curiosamente, el “antídoto”, en ese caso, es el que puede matar.

Así, en algún momento podemos deconstruir esas conexiones cerebrales y emocionales, y, -a veces muy trabajosamente- “destejer” hábitos que nos dan una mala vida, nos hieren, nos enferman, o lastiman a otros.

Y autodescalificarse es un hábito. (Sí, sé que ya lo dije. Lo vuelvo a decir:autodescalificarse es un hábito.) Así, viéndoselo como un hábito podemos ir trabajando en deshabituarnos. El primer paso es observar cómo lo hacemos: de cuán diversas maneras “siendo nuestro propio sostén, nos lo quitamos”. Desmerecemos lo que hicimos; no sabemos cobrar por nuestro tiempo o nuestros saberes; abaratamos nuestros talentos; tememos al Ego como si fuera el cuco de la Psicología; sentimos que van a dejar de querernos todos los que nos rodean, -como si autoapreciar lo que somos no fuera a alegrar a quienes verdaderamente nos aman!-.

Así, sufrimos de un extraño mal: cuando la valoración desde afuera finalmente viene, la declinamos considerándola o un error o una exageración (“No lo menciones”… “No es tan así”… “Sí, estoy más delgada pero tengo el pelo horrible!”…) Aun ante un “Gracias” decimos “De nada”! Evadimos la asunción de esa valoración, y luego tenemos anemia estimativa! Observémoslo. Y al observarlo, elijamos otra cosa. “Gracias” puede responderse como “Me da gusto haberte ayudado”. “Sos una hermosa persona” puede responderse con un “Me alegra que así lo sientas”. Encogerse nos hace tanto bien como a un pie calzar un zapato tres talles más chicos. A benefició de qué o de quién?

Y algo que, en lo personal, considero sumamente importante de observar es darme cuenta de cuándo alguien (yo misma, por ejemplo!) está como conduciendo con el freno de mano puesto. Así, vivimos a medias, y la pasión vital se vuelve una brasita tibia, -cuando lo que teníamos como materia prima era pleno fervor!-.

La gente que nos hace bien es la que no priva al mundo de sí. La que, de modo sencillo y pleno, da lo que tiene, pues da lo que es. Y disfruta del darse a sí mismo, “libre y sin cesar”, -como decía Walt Whitman-.

Conversando hace muy poco con el extraordinario músico (y humano) que es Pedro Aznar, respecto de este “manejar con el freno de mano puesto”, expresó:

“Yo creo que quien es creativo y anda con el freno de mano puesto como decís, es porque se contagió de alguna forma de la mezquindad. Porque se lo debés a los demás, no solo a vos mismo. Le debés a los demás compartir a los demás eso que se manifiesta a través tuyo. Es tu don. Y cada uno de nosotros tiene por lo menos uno. Todos los tenemos. Y tenemos muchos, pero por lo menos hay uno que sobresale, el que sea. Descubrilo. Descubrilo y ponelo a disposición, hacelo valer. Porque no es solamente para tu vida, no solamente va a llenar de maravillas tu vida, sino que va a llenar de maravillas la vida de los demás. Si todos nos dedicamos a brillar intensamente, no va a ser una batalla de egos; al contrario, vamos a ser un montón de soles que vamos a dar muchísima luz. Es lo mismo que el símbolo de Brother David multiplicando la luz de una única vela: no se apaga nadie; al contrario, todos brillamos cada vez más. Compartiéndose y dándose, se es mucho más.”

Brother David (Steindl-Rast) es un monje benedictino-zen, psicólogo, que hace poco estuvo en la Patagonia argentina; entre otros bellos momentos, celebró una ceremonia en la que con una vela encendía la de cada uno de quienes estábamos allí; así, la luz se multiplicaba no sólo en la candela de cada uno, sino también en sus ojos, centelleantes en la oscuridad. Así ha de ser lo que demos: multiplicación palpitante y total. Sin freno de mano: andando.

(Quien quiera acceder al video del encuentro con Pedro puede hacerlo clickeando este enlace: https://www.youtube.com/watch?v=iP9lbmEhRjE. Que la disfruten!)

Virginia Gawel: Tu desafío mayor


Va caminando por la calle empedrada, con su pequeña mochila en la espalda. Está al borde de la escalera de adoquines que baja hacia el mar. De pronto, hace algo inesperado: como si la fuerza de gravedad quedara suspendida, salta como una langosta, apoya sus pies contra un paredón de la calle y se propulsa hacia el aire, dando una cabriola grácil que le deja trepado al borde del balcón del mirador; en un instante más, gira haciendo un trompo y aterriza, como si nada, en el escalón de piedra de donde había partido. Parece hecho de aire. Pero es de carne y hueso. Se llama Edgard y tiene 20 años. Modesto y sensible, no se envanece de su habilidad. Vive en Valparaíso, Chile. A veces trabaja como Hombre Araña animando fiestas infantiles. Y es mi guía por esa ciudad. Estudia Psicología en la Universidad Viña del Mar, donde ese día yo daré un taller para jóvenes de su edad. Con Carito, de cabello rojo, me llevan a conocer los recovecos de ese lugar increíble que es “Valpo”, construida en las colinas de los Andes, con funiculares de más de 100 años, escaleras y calles inclinadas, colorida y fuera del tiempo.

Edgard practica parkour: una disciplina de origen francés, que consiste en desplazarse por cualquier entorno usando las habilidades del propio cuerpo y procurando ser lo más eficiente posible en cada movimiento para que sea seguro. Esto significa superar los obstáculos que se presenten en el recorrido: vallas o barandas, muros, escaleras… Y aquí viene algo fundamental: la filosofía del parkour también implica que el practicante sostenga esa misma actitud ante las dificultades de la vida diaria para aprender y crecer como persona, viendo la dificultad como una oportunidad y no como un problema.

“Me hace mucho bien para centrarme. Si salto contra esta pared, por ejemplo, y no estoy plenamente presente al hacerlo, o quiero resultar interesante para que me admiren, corro el riesgo de lastimarme. Me enseña a vivir totalmente en el ahora, pues si me quedo pensando en la columna que dejé o en el balcón sobre el cual me voy a trepar, pierdo pie respecto de donde estoy parado en este instante”.

Yo aprendo. Absorbo los colores de Valparaíso que me envuelven como en un velo onírico. Escaleras públicas que suben y bajan. Callecitas que se entrecruzan invitando a perderse gentilmente. Todo es luminoso. Sin embargo, hace sólo siete meses aconteció el mayor incendio de la región, quemándose allí mismo casi 3.000 viviendas. Yo aprendo: la vida se empeña en seguir viva. El color vuelve a emerger. Las ciudades, los pueblos, son como las personas: hacen de sus cicatrices la posibilidad de lo Nuevo. Para ello, estos mismos estudiantes ayudaron a remover escombros, rescatar lo posible, reconstruir. “Como aún no estamos graduados de Psicólogos, sólo podíamos ofrecer mano de obra para esas tareas. Sin embargo, ante cada remoción de escombros, los pobladores se apoyaban en que les pudiéramos escuchar su dolor, su pérdida, su desesperación… y eso nos hizo sentir útiles de otra manera también”, dice Edgard con su pequeña mochila a cuestas. Carito calla mansamente, envuelta en su largo pelo rojo. Yo aprendo. 

El sol busca el horizonte del Pacífico para bañarse; el cielo tiene el mismo color del cabello de Carito. Ella es parte del paisaje: silenciosa y perceptiva, también aprende. “Antes, yo pensaba que lo que Edgard hacía era sólo saltar; luego aprendí a escucharlo: desde dónde lo hacía, por qué, para qué, la filosofía que había detrás”. Quizás sea así con cada persona que vemos: observamos su accionar, pero desconocemos qué la mueve a hacer lo que hace. Tal vez hasta pensemos que está actuando egocéntricamente, pero su realidad sea una tenaz búsqueda del espíritu… Yo aprendo.

Edgard me cuenta su historia de vida y me habla de los dolores personales superados, de sus anhelos. “Cuando una persona practica parkour, su desafío es, simplemente, su próximo salto. Aprendí que cada desafío es igual de importante: no es menor el de quien tiene que saltar un metro, respecto de quien salta desde una terraza, pues no se trata de metros, se trata de superar el miedo y las limitaciones mentales. Y tiene tanto mérito animarse a un metro como a diez, pues el mérito está en animarse”. Yo aprendo. 

El día termina. Los graffittis de Valparaíso tienen vida propia: nos hablan de la resurrección de los colores después de cada negrura. Ningún incendio puede con la persistencia del espíritu. 

Y en todas partes hay buenos maestros, de cualquier edad, que irradian su enseñanza, a veces sin advertirlo. Si estamos atentos, aprendemos. Al menos, eso quiero para mí. Ahora y siempre.