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miércoles, 17 de marzo de 2021

Slavoj Zizek: Un verdadero ateísta no elige el ateísmo

 


Alguien le preguntó a Herr Keuner si hay un Dios. Herr Keuner dijo: “le aconsejo que piense cómo su comportamiento cambiará con respecto a la respuesta a esta pregunta. Si no cambia, podemos dejar la pregunta. Si cambia, entonces puedo ayudarte, en la medida en que puedo decirte: ya has decidido: necesitas un dios.”

Nunca estamos en una posición directa para escoger entre teísmo y ateísmo, ya que la elección como tal ya está situada dentro del campo de la creencia. “Ateísmo” (en el sentido de decidir no creer en Dios) es una postura miserable y patética de aquellos que anhelan a Dios pero no pueden encontrarlo (o que se “rebelan contra Dios”). Un verdadero ateísta no elige el ateísmo: para él, la cuestión en sí misma es irrelevante; esta es la postura de un tema verdaderamente ateo.

 

Así, la verdadera fórmula del ateísmo no es que Dios está muerto -incluso basando el origen de la función del padre sobre su asesinato- la verdadera fórmula del ateísmo es Dios es inconsciente.

Como se sabe, el hijo del padre Karamazov, Ivan [Texto: Los hermanos Karamazov; de Fiódor Dostoyevski], lleva a este último a las audaces avenidas tomadas por el pensamiento del hombre cultivado y, en particular, dice, si Dios no existe … Si Dios no existe, el padre dice, entonces todo está permitido. Evidentemente, una noción ingenua, pues los analistas sabemos muy bien que, si Dios no existe, entonces ya no se permite nada. Los neuróticos nos lo demuestran todos los días.

El ateo moderno piensa que sabe que Dios está muerto; lo que no sabe es que, inconscientemente, sigue creyendo en Dios. Lo que caracteriza a la modernidad ya no es la figura estándar del creyente que secretamente alberga dudas íntimas sobre su creencia y se involucra en fantasías transgresoras; Hoy tenemos, por el contrario, un sujeto que se presenta como un hedonista tolerante dedicado a la búsqueda de la felicidad y cuyo inconsciente es el lugar de las prohibiciones: lo reprimido no son deseos o placeres ilícitos, sino prohibiciones en sí. “Si Dios no existe, entonces todo está prohibido” significa que cuanto más te percibes a ti mismo como ateo, más tu inconsciente está dominado por prohibiciones que sabotean tu goce. (No debe olvidarse de complementar esta tesis con su opuesto: si Dios existe, entonces todo está permitido, ¿no es ésta la definición más sucinta de la situación del fundamentalista religioso? Para él, Dios existe plenamente, se percibe como su instrumento, que es por eso que puede hacer lo que quiera, sus actos son redimidos de antemano, ya que expresan la voluntad divina …).

En lugar de llevar la libertad, la caída de la autoridad opresora da lugar a nuevas y más severas prohibiciones. ¿Cómo explicar esta paradoja? Piense en la situación conocida por la mayoría de nosotros desde nuestra juventud: el niño desafortunado que, el domingo por la tarde, tiene que visitar a su abuela en lugar de jugar con sus amigos. El viejo mensaje autoritario del padre al niño reticente habría sido: “No me importa cómo te sientas. Simplemente cumple con tu deber, ve a visitar a la abuela y compórtate adecuadamente”. En este caso, la situación del niño no es tan mala: aunque forzado a hacer algo que claramente no quiere, conservará su libertad interior y la capacidad de (Más tarde) rebelarse contra la autoridad paterna. Mucho más complicado habría sido el mensaje de un padre “no-autoritario” sino de uno posmoderno: “¡Sabes cuánto te quiere tu abuela! Pero, no quiero obligarte a visitarla, ve a verla sólo si realmente quieres”. Todos los niños que no son estúpidos (y por regla general no son estúpidos) reconocerán inmediatamente la trampa de este permiso; bajo la apariencia de una libre elección hay una demanda aún más opresiva que la formulada por el padre autoritario tradicional, a saber, un mandamiento implícito no sólo de visitar a la abuela, sino de hacerlo voluntariamente, por libre voluntad del niño. Semejante falso libre albedrío es la obscena orden del super ego que priva al niño incluso de su libertad interior, ordenándole no sólo qué hacer, sino qué quiere hacer (su deseo).

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Slavoj Žižek
Interrogando lo Real
Cómo leer a Lacan

viernes, 1 de enero de 2021

Slavoj Zizek: "La gente está drogada, dormida, hay que despertarla"




Slavoj Zizek: “La gente está drogada, dormida, hay que despertarla” El filósofo esloveno dice que no defiende el viejo comunismo, sino un nuevo comunalismo globalista. Los nuevos retos, afirma, son la ecología, renovar el Estado del Bienestar y evitar la "guerra digital cognitiva".

Slavoj Zizek, el gran provocador. Genial, paradójico, contradictorio, torrencial, mediático. Las reflexiones sobre la actualidad de este filósofo esloveno de 69 años, posmarxista, psicoanalítico, cinéfilo hasta el infinito y enamorado de los chistes como espejo cóncavo de la vida siguen provocando pasiones. Jamás deja a nadie indiferente.

El autor del trepidante Problemas en el paraíso, entre otros muchos títulos, acaba de publicar dos libros: El coraje de la desesperanza (Anagrama) y una minisíntesis de su obra (“siempre me canibalizo, me autoplagio”, alega). La titula La vigencia de ‘El manifiesto comunista’, aunque en ella sostiene que “hoy en día el comunismo no es el nombre de una solución, sino el nombre de un problema”. Desmadejado y de verbo seductor, nos recibe entre sus libros, en su casa de Liubliana.

PREGUNTA.Usted dio la bienvenida a Donald Trump.

RESPUESTA. Porque Trump es una bendición, aunque protagoniza un tipo de conducta horrible, capaz de todas las rupturas. Precisamente por eso puede despertar, desencadenar, alguna reacción. Lo que hace Trump es una locura, pero antes ocurría lo mismo paulatinamente. Con el medio ambiente, con todo. Algunos izquierdistas hacen comparaciones erróneas. Si te disgusta Trump o el nuevo autoritarismo, y eres vago para analizarlo, la analogía es cómoda: “¡Oh, es fascismo!”. Esa analogía con los años treinta es demasiado sencilla. Es más adecuado remitirnos a la decadencia anterior a la Primera Guerra Mundial cuando, igual que hoy, todos se preparaban para la guerra, pero nadie la creía posible.

P. La tesis leninista de “cuanto peor, mejor” nunca trajo nada bueno.

 Lenin sostuvo que la guerra era buena porque traería la revolución. Dudo que ahora una guerra aportase nada. Mi afirmación era específica para EE UU, no para otros casos. Ahora están pasando cosas cruciales en el Partido Demócrata, surgen los nuevos demócratas de izquierdas. Eso no habría ocurrido sin Trump. Fue quien rompió el consenso liberal centrista. Las democracias son homogéneas y funcionan muy bien; todas las luchas se producen compartiendo un trasfondo de valores y procedimientos. Por eso cuando la derecha llegó por primera vez al poder en Suecia, mantuvo el sistema socialdemócrata. Republicanos y demócratas también compartían muchas cosas. Ahora ese pacto se está quebrando.

P. Mientras, mucha gente sufre más con Trump que sin él. Esa pretendida buena noticia cuesta cara a ciudadanos concretos.

R. Sí, pero no idealice el estado de las cosas antes de Trump. ¿Qué le llevó al poder? El abandono a la clase media y baja. Este proceso ya existía antes. No culpe de todo a Trump. ¿De dónde llegó? ¿De la luna?

P. Es al revés, la reforma sanitaria de Obama protegía a la clase media baja.

R. Estoy de acuerdo en que la señal de Trump puede ser extremadamente peligrosa. EE UU atraviesa un estado de guerra civil fría interna. Las corrientes políticas no hablan el mismo lenguaje. No pueden pactar. Eso no durará. Habrá que ir hacia otro consenso, que será más radical, algo más a la izquierda. Ya ocurre con Sanders y sus seguidores. O con el milagro de Jeremy Corbyn.

“Abogaría por una cierta apertura de fronteras [a la inmigración]. Pero con condiciones”

P. ¡Vaya milagro! No es un heraldo del futuro, sino del pasado.

R. Le entiendo, ni siquiera tiene grandes ideas. Pero es un milagro en el sentido de que nadie lo habría previsto hace 10 años. Vivimos una época extraña. Muchas socialdemocracias eran más radicales hace medio siglo que los Sanders o Corbyn de hoy.

P. Usted sostiene que los problemas de la inmigración no son solo culpa nuestra, sino también de ella.

R. Por decir esto, ¿sabe cuántos izquierdistas ya me tildan de neofascista? El gran error de la izquierda no es pensar que no hay problemas, sino que el único culpable es nuestro racismo, que nuestro colonialismo ha provocado la desgracia en todo el mundo, por tanto, pase lo que pase, somos culpables. Que no somos bastante abiertos para integrar a los inmigrantes. ¿Por qué suponemos que quieren integrarse? Muchos no quieren, prefieren mantener su estilo de vida. No forman un grupo único. En Alemania muchos jóvenes se vuelven más radicales que sus padres.

P. Entonces, ¿hay que cerrar fronteras?

 No. Yo abogaría por una cierta apertura. Pero con condiciones. Primero, moralizar el problema de aceptar o no a los inmigrantes es erróneo. Debemos pensar de una manera más estratégica: ¿por qué vienen? Repensemos nuestra política en Siria, Irak, Libia, Yemen. Vienen. Forman parte del problema del mal funcionamiento del capitalismo actual. No es solo un problema moral. Sino económico. Segundo, asumamos que hay un conflicto entre estilos de vida. Deberíamos admitir que hay un auge del fundamentalismo en todo el mundo. Que explosiona como reacción al progreso occidental en los derechos de los homosexuales, los transexuales...

P. También vienen por causas políticas, les atrae la libertad europea.

R. Eso ya es más problemático.

P. Huyen de la guerra, así que vienen por la libertad.

R. En principio, sí. Estoy de acuerdo…, pero ¿qué quiere decir con libertad? ¿Nuestra libertad?

“Es fundamental para Europa seguir unida como Unión Europea, con todas sus imperfecciones”

P. Sí. Hablar con libertad, publicar como usted publica…

R. Estoy de acuerdo, solo me pregunto si la mayoría… Usted idealiza la situación. A la mayoría de la gente que viene, los refugiados pobres, le preocupa la seguridad y el hambre, pero dudo hasta qué punto viene por la libertad en nuestro sentido occidental.

P. Hay muchos que quieren acogerse al derecho de asilo, consagrado en la ley internacional. ¿Dónde colocar los límites entre refugiados económicos y políticos?

R. Mi argumento contrario es este: ¿por qué solo hablamos de nuestros límites, si vivimos en un mundo global? ¿Qué hay que cambiar en él? El error es que ya somos cómplices en su creación. Mire a Libia. La fastidiamos por el modo en que derrocamos a Gadafi. O el Congo y otros países africanos. Serán un caos, pero están totalmente integrados en el capitalismo mundial. ¿Dónde establecemos el estándar para la coexistencia multicultural? El multiculturalismo es una noción complicada. El primer estándar es la tolerancia hacia otras culturas. No solo deberíamos tolerarlos a ellos, sino que ellos deberían tolerarnos a nosotros incondicionalmente. ¿Y ante un conflicto en su comunidad? No me preocupa que las musulmanas se cubran. Pero sí que obliguen a hacerlo a una chica que no quiere taparse. Es una víctima por falta de libertad individual. Debemos protegerla.

P. Porque al final los derechos humanos son una ideología válida en todo el mundo.

R. Aquí empiezan los problemas. Nos dirán: “Ustedes imponen su colonialismo”. Nos culparán de que los derechos humanos europeos dan demasiada preferencia al individuo, que ellos tienen derechos colectivos. Los musulmanes quieren que respetemos su estilo de vida. Pueden incluso respetar a un cristiano. Pero no a gente como yo, que soy ateo.

P. Las libertades y el Estado de bienestar siguen teniendo un inmenso poder de atracción.

R. Aceptemos que la gente viene aquí porque, a pesar de toda la corrupción, seguimos ofreciendo al mundo quizás el gran modelo de bienestar relativo, un modelo único que combina bienestar y libertad, el mejor hasta ahora en la historia mundial. Por tanto, deberíamos estar orgullosos de nuestro destino europeo. Lo fantástico de nuestra tradición democrática es que la imperfección está dentro del sistema, forma parte de la capacidad de nuestra democracia para ser crítica consigo misma. Es un sistema único que incluye la autocrítica.

P. ¿Existe algo así como un capitalismo global?

R. No en el ámbito político. Existe como mercado mundial.

“Los musulmanes pueden respetar a un cristiano, pero no a gente como yo, que soy ateo”

P. El mercado no es el capitalismo. Hay muchas formas de capitalismo.

R. Y coexisten. El asunto consiste en qué forma de capitalismo se está volviendo predominante. El capitalismo socialdemócrata, con Estado del bienestar, está amenazado. Se dice que el comunismo no funcionó. Pero mire lo que ha pasado en China en el último medio siglo. ¿Ha habido alguna vez en la historia de la humanidad un desarrollo económico tan explosivo? Es impresionante. La figura que anunció nuestra época fue Lee Kuan Yew, el fallecido líder de Singapur. Creó la fórmula de autoritarismo “de valores asiáticos”. China demuestra, a nivel masivo, que funciona. El chino es el capitalismo bajo dominio de un partido autoritario. Es una nueva combinación de capitalismo mundial en la que el país participa en el mercado global, pero ideológicamente funciona hacia adentro de una manera patriótica, etnocéntrica.

P. Inquietante.

R. Lo que me preocupa es que Europa está perdiendo. Por eso apoyo el último llamamiento de Emmanuel Macron y Merkel para crear un Ejército europeo. Es fundamental para Europa seguir unida como Unión Europea, con todas sus imperfecciones y con su corrupción. Trump y Putin trabajan sistemáticamente para des­unir a Europa. Ese es su objetivo. Putin, de una manera muy perversa, estaba a favor de la secesión de Cataluña. O del Brexit. Fue muy hipócrita. Siempre que la unidad europea muestra problemas…

P. Sí, y tiene problemas económicos con China, baja su demanda por las medidas proteccionistas de EE UU.

R. La clave es el nuevo desarrollo de los coches eléctricos. El temor es que China intente desarrollar este tipo de coches. Pues no es ya solo la cadena de ensamblaje de la economía mundial, sino que desarrolla su propia economía. Los izquierdistas tradicionales odian dos cosas del orden mundial actual: al mercado libre, loco, con su caos; y a los Estados autoritarios. China aúna ambas cosas. Ahora instaura el miedo. Los disidentes son marxistas, estudiantes que estudian marxismo y proponen organizar a los trabajadores, tan explotados allí. Esto es lo peor que puedes hacer en China hoy: proteger los derechos de los trabajadores. Los “desaparecen” durante 15 días.

UN PROVOCADOR PROFESIONAL

Zizek quiso ser director de cine. Esa pasión la incorpora a todos sus libros, plagados de pelis como parábolas. Y ocupa muchas tardes como habitual en las salas de proyección de Liubliana. Pero no se vio con talento suficiente para el séptimo arte. Optó por su segundo amor, la filosofía. Y agradece a “la opresión comunista” no haber encontrado empleo durante años. Solo apaños de traductor y tareas menores, para acabar al fin en un pequeño instituto de investigación: “Por eso soy del todo libre para investigar, no como un profesor de pueblo”.

Eso le catapulta a afrontar “los nuevos retos”, que resume en el ecológico, la renovación del Estado del bienestar, o la “digitalización directa del cerebro humano” mediante la que el ordenador “detecta lo que piensas” y resultas vulnerable a cualquier dominación sofisticada. “No defiendo el viejo comunismo de ninguna manera”, se parapeta, sino un nuevo comunalismo globalista, porque “nuestro cerebro es nuestra herencia común”.

Reconoce ser un provocador profesional, para incomodar al público y hacerle reaccionar. Considera que la gente está “drogada, dormida” y que hay que “despertarla”. De modo que “la medida de la libertad de expresión es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”. Sobre todo a la izquierda con la que sintoniza, y a aquella con la que disiente: las libertades occidentales “serán falsas, pero las estalinistas no eran siquiera falsas”; o “no creo en eso de escuchar a la gente normal y corriente, como dice Pablo Iglesias, porque la gente normal y corriente está atrapada por la ideología, está a favor de echar a los inmigrantes”.

Respeta a Marx, pretende entroncar con sus preguntas fundacionales y se ríe de quien le tacha de “leninista loco”: “Mis ideas”, dice, “son hegelianas”. Su enfoque estriba en centrarse en cómo pueden salir mal las cosas, y luego preguntarse hasta qué punto era necesario que fuese así. “Por ejemplo”, aunque admira al vicepresidente de Evo Morales, Álvaro García- Linera, tiene “el honor de no haber sido engañado por Hugo Chávez”. Zizek advirtió durante años que el militar acabaría mal, porque “no veía lo nuevo”, solo era “un Fidel con dinero, no resolvía los problemas, echaba dinero a los problemas”.

Así que el pensamiento crítico “duele” y “trae malas noticias”. Pero siempre “hay que provocar”. Aunque cuando profetiza males mayores, de tan estentóreo, cuesta adivinarle la intención provocadora. Así, le inquieta al máximo el “extraordinario progreso que está registrando la industria del armamento”, por su cruce con la civilización digital. Nos abocamos a “una guerra digital, cognitiva”, que “influirá en los cerebros”.

China puede ser el paradigma de la nueva tensión. Como lleva décadas sin experimentar su armamento sobre el terreno, a diferencia de EEUU “necesita probarlo, y la mejor forma de hacerlo es con una guerra”. Es “la situación más peligrosa”, deletrea.

EL PAÍS.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Clínico Zaragoza. Psicoterapeuta. Humanista.              Teléfono: 653 379 269 Gran Vía 32. 3° Izqda.    Página Web: Psicólogo Zaragoza TLP

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Slavoj Zizek

 

Mientras que, hace 25 años, la “deconstrucción” competía con el tipo de liberalismo de John Rawls, en la filosofía actual predominan dos tipos de orientaciones: las “ciencias del cerebro” cognitivistas “duras”, que tratan de naturalizar por completo la mente humana, y la visión “blanda” del hombre como algo que puede ser herido, como una víctima potencial. Es este potencial para sufrir, mucho más que sus potencialidades creativas, lo que se considera la característica básica de un ser humano. La explicación a esa transformación hay que buscarla en los cambios sociales y políticos que ha experimentado el mundo en estos años. En 1992, andábamos inmersos en el sueño de lo que Francis Fukuyama denominó el fin de la historia y el capitalismo democrático liberal conseguía implantarse gradualmente en todo el planeta. La caída del comunismo parecía haber enterrado las utopías. Hoy, un cuarto de siglo después, sabemos que la verdadera utopía fueron aquellos felices noventa: la historia no terminó, no. Más bien al contrario. Hemos experimentado el regreso triunfal de los conflictos, las crisis, la violencia e incluso la amenaza de una tercera guerra mundial. El problema es cómo Occidente ha reaccionado a este giro imprevisto.

Cuando en 1982 se estrenó ET, la taquillera película de Steven Spielberg, Suecia, Noruega y Dinamarca prohibieron su exhibición al considerar que la imagen poco amistosa que en el filme se daba de los adultos podía poner en peligro la relación entre padres e hijos. Visto en retrospectiva, aquel veto puede contemplarse como un indicio precoz de la obsesión con la corrección política y el empeño contemporáneo de proteger a las personas de toda experiencia que pudiera resultar traumática. Desde entonces, se piensa en la nuestra como una especie vulnerable a la que es preciso cuidar mediante una compleja serie de normas. No sólo se censuran experiencias del mundo real, sino también las relativas a la ficción. Lo hemos visto en numerosas universidades de Estados Unidos. En la de Columbia, en Nueva York, aún retumba en la memoria un famoso incidente, cuando una alumna sufrió una crisis provocada por la lectura de las gráficas descripciones de violaciones contenidas en las Metamorfosis de Ovidio; como consecuencia, se ordenó a los profesores que incluyeran advertencias sobre aquellos pasajes del canon literario que pudieran herir la sensibilidad de los estudiantes.

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Después del fin de la historia

El filósofo esloveno, uno de los pensadores más influyentes del último cuarto de siglo, repasa el devenir cultural y social de las ideas de una época convulsa

Mientras que, hace 25 años, la “deconstrucción” competía con el tipo de liberalismo de John Rawls, en la filosofía actual predominan dos tipos de orientaciones: las “ciencias del cerebro” cognitivistas “duras”, que tratan de naturalizar por completo la mente humana, y la visión “blanda” del hombre como algo que puede ser herido, como una víctima potencial. Es este potencial para sufrir, mucho más que sus potencialidades creativas, lo que se considera la característica básica de un ser humano. La explicación a esa transformación hay que buscarla en los cambios sociales y políticos que ha experimentado el mundo en estos años. En 1992, andábamos inmersos en el sueño de lo que Francis Fukuyama denominó el fin de la historia y el capitalismo democrático liberal conseguía implantarse gradualmente en todo el planeta. La caída del comunismo parecía haber enterrado las utopías. Hoy, un cuarto de siglo después, sabemos que la verdadera utopía fueron aquellos felices noventa: la historia no terminó, no. Más bien al contrario. Hemos experimentado el regreso triunfal de los conflictos, las crisis, la violencia e incluso la amenaza de una tercera guerra mundial. El problema es cómo Occidente ha reaccionado a este giro imprevisto.

Cuando en 1982 se estrenó ET, la taquillera película de Steven Spielberg, Suecia, Noruega y Dinamarca prohibieron su exhibición al considerar que la imagen poco amistosa que en el filme se daba de los adultos podía poner en peligro la relación entre padres e hijos. Visto en retrospectiva, aquel veto puede contemplarse como un indicio precoz de la obsesión con la corrección política y el empeño contemporáneo de proteger a las personas de toda experiencia que pudiera resultar traumática. Desde entonces, se piensa en la nuestra como una especie vulnerable a la que es preciso cuidar mediante una compleja serie de normas. No sólo se censuran experiencias del mundo real, sino también las relativas a la ficción. Lo hemos visto en numerosas universidades de Estados Unidos. En la de Columbia, en Nueva York, aún retumba en la memoria un famoso incidente, cuando una alumna sufrió una crisis provocada por la lectura de las gráficas descripciones de violaciones contenidas en las Metamorfosis de Ovidio; como consecuencia, se ordenó a los profesores que incluyeran advertencias sobre aquellos pasajes del canon literario que pudieran herir la sensibilidad de los estudiantes.

“Si no eres capaz de afrontar Hiroshima en el teatro, corres el riesgo de que se repita la tragedia”. Esta frase, del dramaturgo Edward Bond, ofrece el mejor argumento contra aquellos que se oponen a las descripciones detalladas de la violencia sexual y otras atrocidades con la excusa de que fomentan las mismas actitudes que dicen exponer. Para comprender de verdad la violencia sexual es necesario que nos sintamos conmocionados, incluso traumatizados por ella; si nos limitamos a un conocimiento epidérmico estaremos haciendo lo mismo que quienes llaman a la tortura “técnica de interrogatorio mejorada”, o a la violación “práctica de seducción aumentada”. Para vacunarnos contra algo debemos probarlo; si no, acabaremos comportándonos como progres tan bien intencionados como ilusamente protegidos por una burbuja irreal.

Las advertencias sobre el contenido no están para proteger a las víctimas sino para protegernos de ellas y volverlas invisibles.

Para mantener a raya esos peligros irreales, las nuevas ciencias del cerebro proponen emplear sofisticadas técnicas que permitan un conocimiento mejorado —biológico y psicológico— de nosotros mismos: al registrar lo que comemos, compramos, leemos, vemos y escuchamos, así como nuestros estados de ánimo, miedos y satisfacciones, obtendremos una imagen, nos prometen, mucho más exacta que la que será capaz de proporcionarnos nuestro yo consciente. Como ya sabemos, tal cosa (ese yo consciente) ni siquiera existe como entidad consolidada, sino que está formado por relatos que, de forma retroactiva, intentan imponer cierta coherencia en el caos de nuestras experiencias, para lo que borran las vivencias y los recuerdos que las alteran. Lo que nos prometen las máquinas desarrolladas en el tiempo que este suplemento cultural conmemora es una utopía en la que es posible tomar la decisión correcta a partir de la recogida de datos. ¿Por qué, entonces, no permitir que estas nuevas tecnologías tomen también nuestras decisiones políticas? Mi yo humano puede dejarse seducir repentinamente por un demagogo populista, pero la máquina tendrá en cuenta todas mis frustraciones anteriores, registrará la incongruencia entre mis pasiones pasajeras y mis otras opiniones. Así que, ¿por qué no dejar que vote ella en mi lugar? Es fácil defender esta opción con un argumento muy creíble: no se trata de que el ordenador que registra nuestra actividad sea omnipotente e infalible, es simplemente que, en general, sus decisiones son mucho más acertadas que las de nuestra mente: en medicina, hace mejores diagnósticos que un médico normal, y así sucesivamente, hasta llegar al trading algorítmico en los mercados de valores, en el que unos programas que pueden descargarse de forma gratuita están ya obteniendo mejores resultados que los asesores financieros [...]  Slavoj Zizek

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Clínico y Psicoterapeuta. Pensador. Gran Vía 32, 3° Izqda Teléfono: 653 379 269                            Instagram: @psicoletrazaragoza                  Página Web: www.rcordobasanz.es