PEACE

PEACE
Paz y Ciencia
Mostrando entradas con la etiqueta Emilio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Emilio. Mostrar todas las entradas

jueves, 31 de diciembre de 2020

Emilio o de la Educación

 


Indagando cómo el individuo puede conservar su bondad natural y originaria —corrompida por las cadenas de la tradición—, en Emilio, o de la Educación Jean Jacques Rousseau recomienda cómo formar a un niño ficticio que sirve de molde para todas sus propuestas. Escrito en 1762, este tratado es considerado la primera obra de filosofía de la pedagogía; está dividido en cinco libros y acá les presentamos citas de su primera parte: infancia de Emilio, desarrollo del lenguaje y libertad de movimiento. Los páginas indicadas corresponden a la traducción de Ricardo Viñas.

«De estas tres educaciones distintas, la de la naturaleza no pende de nosotros, y la de las cosas sólo en parte está en nuestra mano. La única de que somos verdaderamente dueños es la de los hombres, y esto mismo todavía es una suposición; porque ¿quién puede esperar que ha de dirigir por completo los razonamientos y las acciones de todos cuantos a un niño se acerquen?» (p.10).

«Lo mismo sucede con las inclinaciones de los hombres. Mientras que permanecen en un mismo estado, pueden conservar las que resultan de la costumbre y menos naturales son; pero luego que varía la situación, se gasta la costumbre y vuelve lo natural. La educación, ciertamente, no es otra cosa que un hábito. ¿Pues no hay personas que se olvidan de su educación y la pierden, mientras que otras la conservan?» (p. 11).

«Desconfiemos de aquellos cosmopolitas, que en sus libros van a buscar en apartados climas obligaciones que no se dignan cumplir en torno de ellos. Filósofo hay que se aficiona a los tártaros para excusarse de querer bien a sus vecinos» (p. 12).

«Quien se quiera formar idea de la educación pública, lea La República de Platón, que no es una obra de política, como piensan los que sólo por los títulos juzgan de los libros, sino el más excelente tratado de educación que se haya escrito» (p.14).

«El verdadero estudio nuestro es el de la condición humana. Aquel de nosotros que mejor sabe sobrellevar los bienes y males de esta vida, es, a mi parecer, el más educado; de donde se infiere que no tanto, en preceptos como en ejercicios consiste la verdadera educación. Desde que empezamos a vivir, empieza nuestra instrucción; nuestra educación empieza cuando empezamos nosotros; la nodriza es nuestro primer preceptor» (p.16).

«¿[P]uede, imaginarse método más desatinado que el de educar a un niño como si nunca hubiese de salir de su habitación y hubiera de vivir siempre rodeado de su gente? Si da este desgraciado un solo paso en la tierra, si baja un escalón solo, está perdido» (p.17).

«El hombre civilizado nace, vive y muere en esclavitud; al nacer le cosen en una envoltura; cuando muere, le clavan dentro de un ataúd; y mientras que tiene figura humana, le encadenan nuestras instituciones» (p.17).

«En los países donde no toman tan extravagantes precauciones, son los hombres todos altos, robustos y bien proporcionados. Los países en que se fajan los niños abundan en jorobados, cojos, patizambos, gafos, raquíticos y contrahechos de todos géneros» (p.18).

«Decís que sus voces primeras son llantos. Yo lo creo; desde que nacen los atormentáis; las primeras dádivas que de vosotros reciben son cadenas y el primer trato que experimentan es de tormento. No quedándoles libre otra cosa que la voz, ¿cómo no se han de servir de ella para quejarse? » (p.19).

«Dícese que dejando a los niños libres pueden tomar posturas malas y hacer movimientos que perjudiquen a la buena conformación de sus miembros. Este es uno de tantos vanos raciocinios de nuestra equivocada sabiduría, que nunca se ha confirmado por la experiencia. De los muchísimos niños que en pueblos más sensatos que nosotros se crían con toda la libertad de sus miembros, no se ve que uno solo se hiera ni se estropee; no pueden imprimir a sus movimientos la fuerza suficiente para que sean peligrosos, y cuando toman una postura violenta, el dolor les advierte en breve que la cambien» (p.20).

« [U]n niño seis o siete años en manos de mujeres […] después de haber sofocado su índole natural con las pasiones que en él se han sembrado, entregan este ser ficticio en manos de un preceptor que acaba de desarrollar los gérmenes artificiales que ya encuentra formados, y le instruye en todo, menos en conocerse, menos en dar frutos de sí propio, menos en saber vivir y labrar su felicidad. Finalmente, cuando este niño esclavo y tirano, lleno de ciencia y falto de razón, tan flaco de cuerpo como de espíritu, es lanzado al mundo, descubriendo su ineptitud, su soberbia y sus vicios todos, hace que se compadezca la humana miseria y perversidad» (p.26).

«[E]s la madre la verdadera nodriza, el verdadero preceptor es el padre. Pónganse ambos de acuerdo tanto en el orden de las funciones como en su sistema, y pase el niño de las manos de la una a las del otro» (p.27).

«Cuando un padre engendra y mantiene a sus hijos, no hace más que la tercera parte de su misión. Debe a su especie hombres; debe a la sociedad hombres sociables, y debe ciudadanos al Estado. Todo hombre que puede satisfacer esta triple deuda y no lo hace, es culpable, y más culpable acaso cuando la paga a medias» (p.28).

«Pero ¿qué hace ese rico, ese padre de familia, tan atareado y precisado, según dice, a dejar abandonados a sus hijos? Paga a otro para que desempeñe afanes que le son gravosos. ¡Alma mezquina! ¿Crees que con dinero das a tu hijo otro padre? Pues le engañas, que ni siquiera le das un maestro; ese es un sirviente y presto formará otro como él» (p.28).

«¿Cómo es posible que un niño sea bien educado por uno que lo fue mal?» (p.29).

«Uno, de quien no sé más que su jerarquía, me propuso que educara a su hijo. Sin duda fue mucha honra para mí; pero lejos de quejarse de mi negativa, debe alabar mi prudencia. Si hubiera admitido su oferta y errado en mi método, la educación habría resultado mala; al acertar con él sería peor; su hijo, hubiera renegado del título de príncipe» (p.29).

«[M]e he decidido a tomar un alumno imaginario y a suponerme con la edad, la salud, los conocimientos y todo el talento que conviene para desempeñar su educación, conduciéndola desde el instante de su nacimiento hasta aquel en que, ya hombre formado, no necesite más gula que a sí propio» (p.30).

Emilio

«Escojamos pues, a un rico; estaremos ciertos de haber hecho un hombre más, mientras un pobre puede hacerse hombre por sí solo» (p.33).

«[Y]o no sé, de modo alguno, enseñar a vivir a quien sólo piensa en librarse de la muerte» (p.34).

«Es necesario que para obedecer al alma sea vigoroso el cuerpo; un buen sirviente ha de ser robusto» (p.34).

«La ciencia que instruye y la medicina que sana, buenas son, sin duda; pero funestísimas la ciencia que engaña y la medicina que mata. Enséñennos a distinguirlas; esa es la dificultad» (p.35).

«¿Queréis hallar hombres de verdadero valor? Buscadlos en los países donde no hay médicos, donde se ignoran las consecuencias de las enfermedades y donde se piensa poco en la muerte. El hombre naturalmente sabe padecer con constancia y muere en paz. Los médicos con sus recetas, los filósofos con sus preceptos, los sacerdotes con sus exhortaciones, son los que acobardan su ánimo y hacen que no sepa morir» (p.36).

«[L]os ejemplos de longevidad los ofrecen casi todos los hombres que más ejercicio han hecho, y que más fatigas y afanes han sufrido» (p.38).

«Mientras que sólo en las cosas, y nunca en las voluntades, hallen resistencia los niños, no serán iracundos ni coléricos y se conservarán más sanos. Esta es una de las causas porqué los niños de la gente pobre, más libres, más independientes, son en general menos achacosos, menos delicados, más robustos que los que se pretende educar mejor sujetándoles sin cesar; pero siempre hemos de tener presente que hay mucha diferencia de obedecerlos a quitarles sus gustos» (p.54).

«Lejos de tener los niños fuerzas sobrantes, ni aun tienen la suficientes para todo lo que les pide la naturaleza; por tanto hay que dejarles el uso de todas cuantas les da y de que no pueden abusar. Primera máxima.
Es preciso ayudarles y suplir lo que les falta, ya sea, inteligencia, ya fuerza, en todo cuanto fuere de necesidad física. Segunda máxima.
En la ayuda que se les diere, es necesario limitarse únicamente a la utilidad real, sin conceder nada al capricho o deseo infundado, porque los antojos no los atormentarán cuando no se les hayan dejado adquirir, atendido que no son naturales. Tercera máxima» (p.57).

«Jactarse de no tener acento, es jactarse de quitar a las frases la gracia y energía. El acento es el alma del razonamiento, el que le da respiración y vida. Menos miente el acento que las palabras; y acaso por eso le temen tanto las personas bien educadas» (p.63)

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Clínico y Psicoterapeuta. N° Col.: A-1324 Zaragoza.          Teléfono: 653 379 269 Gran Vía 32. 3°Izqda.      Instagram: @psicoletrazaragoza.                        Página Web: Psicólogo Zaragoza-TLP

domingo, 12 de julio de 2020

Rousseau



Muy pocos filósofos han hablado tanto sobre su propia vida como Jean-Jacques Rousseau (1712-1778). Además de legar sus extensas Confesiones a la posteridad, una obra que aún hoy sigue vendiéndose como un auténtico best seller, el músico, pensador, dramaturgo, literato y, en definitiva, multifacético autor ginebrino nos legó una ingente cantidad de material epistolar que, en sus obras completas, reúne un total de 52 inapreciables tomos.

Lo interesante de este último dato es que, además de situarse en permanente diálogo con sus coetáneos (de la más variopinta condición), la correspondencia más cotidiana le servía a Rousseau como un auténtico tour por los más inextricables secretos del sí mismo: escribir cartas no sólo nos pone en contacto con los otros, sino también y sobre todo con nosotros mismos. El género epistolar, es pues, una forma de autoconocimiento. Las cartas facilitan la entrada a un mundo donde quedamos enfrentados, cara a cara, con nuestro yo: un escenario en el que, desde luego, pueden llegar a rendirse las más terribles batallas. Más terribles que las que libramos con los demás. Lo Otro, lo más extraño, mora en nuestro interior…

Es cierto que, a pesar de la fama que obtuvo en vida (gracias, sobre todo, a sus éxitos literarios e incluso a sus composiciones musicales), Rousseau no logró alcanzar una estabilidad vital ni emocional que le permitiría creerse feliz durante largos períodos, a pesar de que él mismo asegura en una de las misivas recogidas que “el objeto de la vida humana es la felicidad del hombre, ¿pero quién de nosotros sabe cómo se consigue?”.

En el fondo de todas las almas existe un principio innato de justicia y de verdad moral anterior a todos los prejuicios nacionales, a todas las máximas de la educación. Este principio es la regla involuntaria sobre la cual, a pesar de nuestras propias máximas, nosotros juzgamos nuestras acciones y las ajenas como buenas o malas, y es a este principio al que doy el nombre de “conciencia”.

En estas abundantes cartas, topamos con ese Rousseau tan difícil de clasificar por el que a ratos suspiraremos, al que en ocasiones detestaremos, y al que, acaso, llegaremos a admirar y amar. Y todo, además, sobre el fondo de su magnífica pluma, un encanto que ni siquiera el mismísimo Kant pudo sortear. El inmortal filósofo de Königsberg aseguraba que la “fuerza mágica de la elocuencia” de Rousseau le obligó a releer continuamente a nuestro protagonista “hasta que la belleza de su estilo no me distraiga y pueda estudiarlo ante todo con la razón”.

Una de sus convicciones más fuertes fue siempre la bondad natural del hombre. Hoy, cuando se cumple el aniversario de su nacimiento, seleccionamos algunas de sus mejores frases:

"Las cartas de amor se escriben empezando sin saber lo que se va a decir, y se terminan sin saber lo que se ha dicho".

"La falsedad tiene infinitas combinaciones, pero la verdad tiene solo una forma de ser".

"Siempre es más valioso tener el respeto que la admiración de las personas".

"La única costumbre que hay que enseñar a los niños es que no se sometan a ninguna".

"La juventud es el momento de estudiar la sabiduría; la vejez, el de practicarla".

"No conozco mayor enemigo del hombre que el que es amigo de todo el mundo".

"El hombre que más ha vivido no es aquél que más años ha cumplido, sino aquel que más ha experimentado la vida".

"El hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe".

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Zaragoza

N° Col.: A-1324 Psicoterapeuta

Teléfono: 653 379 269

Instagram: @psicoletrazaragoza

Página Web:www rcordobasanz.es

domingo, 23 de diciembre de 2012

Rousseau: el orden social



En el orden social, donde todos los puestos están marcados, cada cual debe estar educado para el suyo. Si un particular formado para su puesto sale de él, ya no sirve para nada. La educación solo es útil mientras la fortuna concuerda con la vocación de los padres; en cualquier otro caso es perjudicial para el alumno, aunque solo sea por lo prejuicios que le ha dado. En Egipto, donde el hijo estaba obligado a abrazar el estado de su padre, la educación tenía por lo menos un fin asegurado; pero entre nosotros, donde solo permanecen los rangos, y donde los hombres cambian constantemente en ellos nadie sabe si educando a su hijo para el suyo está trabajando contra él.
En el orden natural, por ser todos los hombres iguales, su vocación común es el estado de hombre, y quien está bien educado para ese no puede cumplir mal los que se relacionan con él. Poco me importa que destinen a mi alumno a la espada, a la Iglesia o a los tribunales. Antes que la vocación de los padres, la naturaleza lo llama a la vida humana. Vivir es el oficio que quiero enseñarle. Lo admito, al salir de mis manos no será ni magistrado, ni soldado, ni sacerdote: será ante todo hombre; todo lo que un hombre debe ser sabrá serlo, llegado el caso, tan bien como cualquier otro, y por más que la fortuna le haga cambiar de puesto, estará siempre en el suyo.

Nuestro verdadero estudio es el de la condición humana. Aquel de nosotros que mejor sepa soportar los bienes y los males de esta vida es en mi opinión el mejor educado: de donde se sigue que la verdadera educación consiste menos en preceptos que en ejercicios. Comenzamos a instruirnos al comenzar a vivir; nuestra educación comineza con nosotros, nuestro primer preceptor es la nodriza. Por eso esta palabra de educación tenía entre los antiguos un sentido distinto, que nosotros ya no le damos: significaba nutrición. De este modo la educación, la institución y la instrucción son tres cosas tan diferentes en su objeto como el aya, el preceptor y el maestro. Pero estas distinciones son mal entendidas; y para ser bien guiado, el niño solo debe seguir a un guía.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Nacemos débiles, necesitamos fuerzas; nacemos desprovistos de todo, necesitamos asistencia; nacemos estúpidos, necesitamos juicio. Todo cuanto no tenemos en nuestro nacimiento y que necesitamos de mayores, nos es dado por la educación.
Esta educación nos viene de la naturaleza, o de los hombres, o de las cosas. El desarrollo interno de nuestras facultades y de nuestros órganos es la educación de la naturaleza; el uso que nos enseñan a hacer de tal desarrollo es la educación de los hombres; y la adquisición de nuestra propia experiencia sobre los objetos que nos afectan es la educación de las cosas.
Así pues, cada uno de nosotros es formado por tres clases de maestros. El discípulo en el que sus lecciones diversas se oponen se halla mal educado, y nunca estará de acuerdo consigo mismo. Aquel en quien todas ellas coinciden en los mismos puntos y tienden a los mismos fines, va solo a su meta y vive consecuentemente. Solo este se halla bien educado.
De estas tres educaciones diferentes, la de la naturaleza depende de nosotros, la de las cosas solo depende en ciertos aspectos; la de los hombres es la única de la que somos realmente dueños; todavía no lo somos más que por suposición: porque, ¿quién puede esperar dirigir por entero las palabras y acciones de todos cuantos rodean al niño?
Jean-Jacques Rousseau
Emilio o de la Educación

Rousseau Libro I Emilio

Todo está bien al salir de las manos del autor de las cosas: todo degenera entre las manos del hombre. Fuerza a una tierra a.nutrirr las producciones de otra; a un árbol a llevar los frutos de otro. Mezcla y confunde los climas, las estaciones. Mutila a su perro, a su caballo, a su esclavo. Transforma todo, desfigura todo: ama la deformidad, los monstruos; no quiere nada tal como lo ha hecho la naturaleza, ni siquiera al hombre [...]

miércoles, 13 de junio de 2012

Sinopsis de Emilio o de la Educación: Durkheim



Resumen de Emilio o de la Educación

Silvia de la Torre López

25 de junio de 2009


EMILIO O DE LA EDUCACIÓN

Pocos hombres han tenido tanta influencia sobre el pensamiento moderno como Juan Jacobo Rousseau y pocos han llevado una vida tan agitada y tan contraria en las ideas que se difundieron en sus obras como este pensador. Su carácter era contradictorio; exigía amistad y no conservaba a sus amigos; adoraba la independencia y vivía de regalos y favores; y lo más curioso, condenaba a la aristocracia y no podía pasar los días sin la compañía de los aristócratas.
Aunque Rousseau se preocupó toda su vida por el problema de la educación, no podemos decir que fuera un educador, era más bien un filósofo, y aunque sería un error buscar en su obra técnicas pedagógicas, el Emilio es una novela educativa que sería imposible exponer en breve síntesis sin discutir detalladamente la filosofía de la educación que este pensador propone.
Son tres los postulados esenciales del sistema, que por otra parte son los principios del autor que más se han difundido en el pensamiento moderno.
El primero afirma que la naturaleza es buena y como la raza humana proviene de ella, también es bondadosa, porque es de origen divino. Pero en la realidad, esta naturaleza, a la que Rousseau no se cansa se exaltar, es rápidamente pervertida por el pecado social. “Los niños no tienen los mismos deseos que los hombres, pero expuestos como ellos, a la suciedad que repugna los sentidos, de esta sola sujeción pueden tomar las mismas lecciones de bien parecer” (Rousseau, J. 1970).
Y esto nos lleva al segundo postulado dice que la sociedad actual es mala. Rousseau plantea un sistema educativo que permita al “hombre natural” convivir con esa sociedad corrupta. Así mismo, en la novela del joven Emilio y su tutor, el autor ilustra cómo se debe educar al ciudadano ideal. La educación del niño se debe realizar al margen de la vida social.
De los cinco libros en los que se divide la obra de Rousseau, el primero está dedicado a un modelo para la educación de Emilio hasta llegar a los 5 años. En el segundo libro se desarrolla el modelo hasta los 12 años del niño. En el tercero, una vez ya adquiridas las sensaciones, las habilidades y la inteligencia para los razonamientos, se emplea el modelo para los 15 años, donde se despiertan en Emilio conocimientos más difíciles, se formulan preguntas que derivan de experiencias. El cuarto libro formula el modelo para la adolescencia del humano, es concentrado en valores, vivencias y, también, se reflexiona sobre las relaciones sexuales y la necesidad de una pareja para el ahora joven. Por último, el quinto libro alude a la educación de Sofía la “mujer ideal” y futura esposa de Emilio, y a la vida doméstica y civil de éste.
Para Rousseau, la libertad es la obediencia absoluta a las leyes de la ciudad y en consecuencia la educación se ha de proponer inculcar en el niño las convicciones de que tendrá necesidad en su vida ciudadana. La vigilancia y la introducción del educando en un grupo cerrado son las perspectivas en que debe inculcarse la educación.
CONCLUSIÓN
Emilio o de la educación describe un análisis del proceso por el cual el niño pasa, desde aprender y socializar hasta perder su inocencia natural. El libro propone una educación que siga y promueva los procesos naturales humanos sin transformarlos y que se base en los sentimientos naturales del amor a sí mismo y a los demás. Emilio se educa a sí mismo para dar lugar a una nueva sociedad, más libre y cercana a su estado natural.