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Paz y Ciencia
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domingo, 30 de septiembre de 2012

Factor Común

FACTOR COMÚN

 

Este texto lo comparto con ustedes por una linda cuestión referente a la clínica y al estilo personal que todos tenemos. Un chico, un niño, un adolescente, pero sobre todo unniño, y un niño inteligente, había estado previamente en tratamiento con una psicológa. Era una terapia de pautas de conducta y maternaje que al final le agotó al muchacho, al mismo tiempo: niño, adolescente y algún acceso de adulto.

Los primeros días, en psicoanálisis preliminares, en mi jerga, "de toma de contacto", el muchacho fue mostrando su rabia, su sufrimiento y su malestar. Con raíces que aquí no caben decir. En todo caso, asociaba (típico), acudir a un psicólogo y psicoterapeuta con una enfermedad mental grave, crónica e irreparable. Mito que ha difundido la "ciencia", por desgracia.

"De a poquito", como diría Bucay o cualquier compañero de esas latitudes, empezamos a desmitificar lo que él representaba con lo que se podía pensar, esto es, un trabajo entre él y yo.

Le presté el libro de Jorge Bucay: "Déjame que te cuente". En esa edición ponía "Autoayuda" y le supo a rayos. Yo le expliqué que es un libro de cuentos. Por tanto, no el típico libro de autoayuda donde indican cómo pensar, qué sentir, qué ser, qué hacer, como si el ser humano fuera una máquina programable sin variaciones, sin idiosincrasia.
 
Y al día siguiente de dejarle el cuento, vino con el libro, con un marcador en el cuento que aparece aquí.
 
JORGE BUCAY: DÉJAME QUE TE CUENTE. Los Cuentos que me enseñaron a Vivir:
FACTOR COMÚN
 
 
 
Cuando llegué por primera vez al consultorio de Jorge, sabía que no iba a ver a un analista convencional. Claudia, que me lo había recomendado, me avisó que “El Gordo” –como ella lo llamaba— era un tipo “un poco especial”
Yo ya estaba harto de las terapias convencionales, y sobre todo de algunos años aburridos en un diván psicoanalítico. Así que llamé y pedí una hora.
La primera impresión superaba todos los cálculos. Era una calurosa tarde de noviembre; yo había llegado cinco minutos antes y esperaba abajo, en la puerta de su edificio, que fuera la hora exacta.
A las cuatro y media en punto toqué timbre, el portero eléctrico sonó, empujé la puerta y subí al noveno.
Esperé en el pasillo.
Esperé.
¡Y esperé!
Y cuando me cansé de esperar, toqué timbre en la puerta del departamento.
Me abrió la puerta un tipo que a primera vista parecía vestido para irse de picnic: estaba en vaqueros, zapatillas de tenis y una remera de color naranja rabioso.
—Hola –me dijo y su sonrisa me tranquilizó.
—Hola –contesté— soy Demián.
—Sí, claro, ¿qué te pasó que tardaste tanto en llegar arriba? ¿Te perdiste?
—No, no tardé. No quise tocar el timbre para no molestar… Por si estaba atendiendo…
—¿“Para no molestar”?… Así te debe ir a ti… –me devolvió.
Me quedé mudo.
Era la segunda frase que me decía y me estaba diciendo algo que sin lugar a dudas era verdad pero… ¡Qué hijo de puta!….El lugar donde Jorge atendía (no me animaría a llamar a eso “un consultorio”), era tal como Jorge: informal, desarreglado, desprolijo, cálido, colorido, sorprendente y, para qué negarlo, un poco sucio. Nos sentamos en dos sillones frente a frente y mientras yo le contaba algunas cosas, Jorge tomaba mate
(¡tomaba mate durante la sesión!).
Me ofreció uno:
—Bueno –le dije.
—Bueno ¿qué?
—Bueno, el mate…
—No entiendo.
—Que te voy a aceptar un mate.
Jorge me hizo una servil y burlona reverencia y me dijo:
—Gracias, Majestad por “aceptarme” un mate… ¿Por qué no me dices si quieres un mate o no, en lugar de hacerme favores?
Este tipo me iba a volver loco.
—¡Sí! –dije.
Y ahora sí el gordo me dio un mate.
Decidí quedarme un poco más.
Le conté entre mil cosas que algo debía andar mal en mí, porque tenía dificultades en mis relaciones con la gente.
Jorge preguntó cómo sabía yo que el problema era mío.
Le contesté que tenía dificultades en mi casa con mi padre, con mi madre, con mi hermano, con mi pareja… y que por lo tanto, obviamente el problema debía ser yo.
Allí fue cuando por primera vez Jorge me contó “algo”.
Aprendería después, con el tiempo, que al gordo le gustaban las fábulas, las parábolas, los cuentos, las frases inteligentes y las metáforas logradas.
Según él, la única otra manera de comprender un hecho sin vivenciarlo directamente, es teniendo una clara representación interior simbólica del suceso.
—Una fábula, un cuento, o una anécdota –afirmaba Jorge—
puede ser cien veces más recordada que mil explicaciones teóricas, interpretaciones psicoanalíticas o planteos formales.
Ese día, Jorge me dijo que podría haber algo desacompasado en mí, pero agregó que mi deducción era peligrosa, que mi conclusión autoacusadora no estaba apoyada en hechos que la determinaran. Y me relató una de esas historias que él contaba en primera persona y que nunca se sabía si eran parte de su vida o de su fantasía:
Mi abuelo era bastante borrachín.
Lo que más le gustaba tomar era anís turco.
Él tomaba anís y le agregaba agua (para rebajarlo), pero igual se emborrachaba.
Entonces tomaba whisky con agua y se emborrachaba.
Y tomaba vino con agua y se emborrachaba.
Hasta que un día decidió curarse.. ¡Y suspendió… el agua!.
 
RBA del NUEVO EXTREMO. BIBLIOTECA JORGE BUCAY: "Déjame que te Cuente". pp.: 15-18



http://youtu.be/ZYLdT-Qite8 Mario Benedetti -Queda Prohibido-
http://youtu.be/vUdAzA_meRQ Pablo Neruda -Tengo Miedo-
http://youtu.be/IuLCpsgvIr4 Reflexión sobre el poema de William Shakespeare -Con el Tiempo-
http://youtu.be/Fvvz5qJWIM0 Aprenderás -William Shakespeare-
http://youtu.be/tMCBEAWm_Ug Pablo Neruda -Tu eres el resultado de ti mismo-

sábado, 15 de septiembre de 2012

Arcoiris


En una ciudad azul,
donde todo era azul,
debajo de un árbol azul,
descansaba sobre el césped azul.
El hombre azul se desperezó
y abrió sus ojos azules al cielo azul.
De pronto vio recostado a su lado
a un hombre verde,
vestido de verde.
El hombre azul, entre sorprendido y asombrado le preguntó:
- ¿Y usted qué hace aquí?
- ¿Yo? -contestó el hombre verde-. Me escapé de otro cuento porque allí me aburría.

Jorge Bucay: "Cuenta Conmigo". RBA de Bolsillo. 2005. Buenos Aires-Barcelona. Pp.: 187-188

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Cuenta Conmigo

Al llegar a lo de Jorge, Paula, desde luego, fue el tema de la sesión:
- Dime si no es una postura loca. Dejar que el destino nos reúna... un delirio.
- Si por loco queremos entender "todo lo que excede lo previsible", tal vez sea loco... Algo para aprender:

Se cuenta de cierto campesino que tenía un caballo de tiro ya viejo y casi ciego.
En un lamentable descuido, el caballo cayó en un pozo. No dejaba de relinchar, trataba de hacer fuerza con sus patas para impulsarse. A cada intento del caballo, el campesino le sentía agonizar, y él trataba de ayudarlo haciendo palanca.
El caballo y el campesino lo intentaban por todos los medios.
El campesino "sentía" la agonía del caballo como propia. Así que tras baldíos esfuerzos por sacar al caballo de su prisión, decidió llamar a los vecinos para acabar con la agonía del animal.
El pueblo se unió con palas para ayudar al vecino y al propio caballo. Urgidos, comenzaron a echar tierra y piedras.
El caballo continuaba bramando enfurecido y pataleando. A cada palada, el caballo, tras sentir los guijarros en su lomo y la tierra, se revolvía luchando por salir del pozo.
A cada palada más titánicos los esfuerzos del caballo, que iba retirando de sí la tierra...
La tierra iba cayendo, lentamente, bajo las patas del animal. Seguía luchando contra el pánico.
Los campesinos comenzaron a darse cuenta de que el esfuerzo del animal le esraba ayudando a dejar debajo de él la tierra, así que redoblaron esfuerzos.
Finalmente, con la tierra de lo que se presumía su tumba, logró dar un salto suficientemente grande como para liberarse de aquella agonía.
El campesino aprendió que mucho tenía que aprender de su viejo caballo de tiro y que tenía que quitarse de encima que cargaba a sus espaldas y a subirse a sus dificultades..

Fuente: Jorge Bucay: "Cuenta Conmigo". RBA de Bolsillo. 2005. Buenos Aires-Barcelona. Pp.: 86-87

Rerecontado por Rodrigo Córdoba Sanz.
Psicólogo y Psicoterapeuta.

viernes, 24 de agosto de 2012

Cuando se va de casa tu pareja

 
EL MIEDO DEL HOMBRE INVENTÓ TODOS LOS CUENTOS. LEÓN FELIPE.
 
Una vida sin sentido, no tiene sentido para ser vivida. Victor Frankl
 
Parecía un cuadro, una perfecta belleza, una obra de arte ficticia e inmóvil. Jorge Bucay
Los consejos no son para seguirlos, los consejos son para tenerlos en cuenta. Jorge Bucay
Voy por el camino y me doy cuenta de que un esclavo está soñando que es libre. ¿Qué debemos hacer con él, lo despertamos o no? No lo sé. Socrates

Han dejado de engañarte no de quererte porque sufres como si hubieran dejado de quererte. Antonio Porchia


[...] "Cuidado, Demián -me dije-, no vuelvas a confundirte. Ella es todo eso que ves, pero también es todas las muchas cosas que ahora no ves".
Cualquiera que no hubiese convivido con ella la describiría como una mujer fuerte, libre y autosuficiente. Ciertamente, eso era lo que parecía poder leerse en cada milímetro de su cuerpo, en su postura, en sus gestos.
Pero no.
O sí, pero no solo.
O sí, pero no tanto.

Debo reconocer que tuve que hacer todo un esfuerzo para no caer de nuevo en un sortilegio, para no dejarme atrapar una vez más por la pasión, por lo bien que hacíamos el amor, por el placer que me daba compartir todas esas cosas con ella.
Después de estar juntos más de cinco años, yo había aprendido que detrás de esa mujer absolutamente desenvuelta y cosmopolita, económicamente exitosa y declaradamente independiente se ocultaba (como si fuera solo para mí) una niña insegura y demandante que reclamaba caprichosamente lo mismo que casi todas las mujeres que he conocido, dijeran lo que dijeran en las reuniones sociales.
Gaby, la poderosa Gaby, la tigresa Gaby, la superada Gaby, también fantaseaba, aunque le daba vergüenza admitirlo, con encontrar un compañero eterno. Una especie de ridículo príncipe azul con quien construir una pareja maravillosa, que se decantase naturalmente en el deseo de ser excelentes padres de una familia que durase toda la vida.
Por mucho que nos amáramos, nos gustáramos, nos atrajéramos y nos disfrutáramos, yo sabía que no iba a funcionar.
Por mucho que nos juráramos, nos comprometiéramos, renunciáramos y nos resignáramos, no iba a funcionar.
Quizá por eso, cuando ella ya estaba cerrando la puerta después de despedirse desde lejos, al darme cuenta de que se dejaba su jersey sobre la silla y que esa era una maravillosa excusa para provocar un nuevo encuentro, salté de la cama, le lancé el jersey y le dije:
- No te vayas sin tu abrigo, que hace frío.
- Ah, gracias, No me había dado cuenta -me dijo y sonrió, haciéndose la distraída.
Yo no quise decir nada más, solo le guiñé un ojo, como para que supiera otra vez, que era inútil, que yo no había cambiado de idea y que me negaba a soportar espinas clavadas en el corazón aun al precio de no sentir ya su latido.

Jorge Bucay: "Cuenta Conmigo". RBA bolsillo, 2005, Buenos Aires-Barcelona. Pp.: 41-42




"Que tu alimento sea la medicina y que la medicina sea tu alimento". Hipócrates
 
 
 
Louise L. Hay
 
Si no puedes intimar con otras personas, es porque no sabes cómo intimar con tu propio niño interior. El pequeño que hay dentro de ti está dolido y asustado. Ayuda y acompaña a tu niño.
Uno de los asuntos más importantes que necesitamos comenzar a abordar es la curación del olvidado niño interior. Muchos de nosotros nos hemos pasado demasiado tiempo sin hacer caso de nuestro propio niño interior.
Tengas la edad que tengas, hay en tu interior un pequeño que necesita amor y aceptación. Si eres una mujer, por muy independiente que seas, tienes en tu interior a una niña muy vulnerable que necesita ayuda; si eres un hombre, por muy maduro que seas, llevas de todas formas un niño dentro que tiene hambre de calor y afecto.



LA HUMILDAD
 
Con frecuencia hemos oído hablar de los “humildes” y los “poderosos”, así como hemos oído también hablar de los “humildes” y los “orgullosos”. Vemos que, en ambos casos, damos a la humildad un sentido y un valor completamente diferentes. En el primer caso hacemos de la humildad un sinónimo de pobreza y en el segundo aplicamos el calificativo de humilde a quienes ocultan o tratan de ocultar sus valores, sean éstos morales o materiales.


 
http://youtu.be/RRdmnzSe8iU Quiero -Jorge Bucay-
http://youtu.be/7e2zEuS-jn4 La Tristeza y la Furia -Jorge Bucay-
http://youtu.be/9wM2E3UDg68 La Felicidad -Jorge Bucay-

domingo, 19 de agosto de 2012

Pedro Valdez: Cuento


En el altavoz trasero, la impecable voz de Juan Alberto Badía se aprestaba a relatar un cuento de un talentoso escritor latinoamericano, nacido en la República Dominicana.

Ese día en el desayuno, el camarero le acercó una bandeja que en lugar de las consabidas seis tostadas que acompañaban cada mañana a su mermelada, contenía siete.
El hecho hubiera quedado en el olvido si no fuera porque el billete de autobús que había tomado al salir de su casa tenía el número 07070707.
El señor Pérez se dio cuenta de que todo esto era mucho más que una coincidencia. Era una especie de señal. Una extraña señal, sobre todo al recordar en un leve ejercicio de memoria que él mismo había nacido un 7 de julio.
Como para alejar de sí estas extrañas ideas, abrió el periódico al azar, no casualmente en la página siete.
Allí, en el centro de la hoja, se encontró con la foto de un caballo llamado "fortunaamispatas" que, con el número siete, competiría en la carrera número siete del día siguiente, día 7.
El señor Pérez contó las letras del nombre del caballo, eran 16 y sumó 6+1=7.
Y en un reflejo ancestral alzó la vista al cielo en señal de gratitud.
A la mañana siguiente entró en el banco y retiró todos sus ahorros y como le parecieron magros hipotecó la casa y consiguió un préstamo.
Luego cogió un taxi, cuya placa por supuesto, terminaba en siete.
Llegó al hipódromo y apostó todo el dinero al caballo número siete en la séptima carrera; coincidentemente, aunque esta vez con su complicidad, hizo su jugada en la ventanilla siete.
Después de la apuesta se sentó -podría jurar que fue sin darse cuenta- en la butaca siete de la fila siete. Y esperó.
Cuando arrancó la séptima carrera, la grada se puso de pie y estalló en un orden desproporcionado; pero él se mantuvo con serenidad.
El caballo siete tomó la delantera desde el arranque y pasó al frente del pelotón en las gradas, entre el repicar de los cascos, la vorágine de polvo y los gritos de la multitud.
La carrera finalizó precisamente a las siete en punto y el caballo número siete de la carrera siete... Como todo lo indicaba... Llegó séptimo.

Jorge Bucay: "Cuenta Conmigo". RBA Bolsillo, 2005. Buenos Aires-Barcelona. Pp.: 35-37.

jueves, 16 de agosto de 2012

Cuento sobre el Amor de Pareja


Había una vez un rey que disfrutaba mucho de la caza del jabalí. Una vez por semana, en compañía de sus amigos más cercanos y del mejor de sus arqueros, salía de palacio y se internaba en el bosque a la búsqueda de los peligrosos animales, que ciertamente, eran una complicación para todos los granjeros y agricultores del reino. La emoción de la aventura se complementaba así con el servicio que se le prestaba a los súbditos al librarlos de sus peores enemigos, depredadores y asesinos.
La técnica de caza era siempre la misma, se localizaba a un grupo de cerdos, se los rodeaba y se los forzaba a dirigirse a un claro donde tendría lugar el enfrentamiento.
Para que la caza conservara su lado deportivo era necesario que el cazador (alguno de los amigos o el mismo rey) dejara su caballo y se enfrentara a pie con el animal, armado solamente con una lanza y un filoso cuchillo de monte. Había que usar toda la agilidad para escapar de sus afilados dientes y aguzar los reflejos para no ser tumbado por una embestida. Era necesaria una gran destreza y velocidad para clavar el filo de la lanza en algún punto vital y luego tener el coraje de saltar sobre el animal herido para rematarlo con un cuchillo.
El arquero real era la única defensa del cazador si algo salía mal. Mientras todos se quedaban rodeando la escena atentos a la lucha, el guardia permanecía con los ojos muy abiertos, su arco ya tensado y la flecha lista. La precisión de su disparo podía significar la diferencia entre un susto para el cazador y una desgracia irreparable.
Un día, mientras perseguía un grupo de jabalíes que asolaban la región más occidental de su reino, se internó con sus compañeros en un bosque que nunca había recorrido. No era demasiado diferente a otros bosques excepto por el hecho de que en casi cada árbol del pequeño bosque estaba dibujado un rudimentario blanco de tiro. Tres círculos concéntricos de cal más un pequeño redondel blanco en el centro. Al rey no le llamaban la atención los círculos pintados en los troncos, pero sí le sorprendió ver que en el mismísimo centro de cada blanco había una flecha clavada.
Treinta o cuarenta daban fe de la certeza de los flechazos, cada árbol con un blanco, cada blanco con una flecha, cada flecha en el centro justo del objetivo. Flechas que siempre lucían los mismos colores en sus plumas. Flechas iguales, disparadas posiblemente por el mismo arquero.
El rey preguntó a alguno de los guías por el autor de esos precisos blancos, pero nadie supo contestar.
- Un arquero así sería la mejor garantía de la seguridad del rey - comento alguien.
- Ojalá sea solamente uno - dijo el arquero real-, porque si no, nos quedaríamos todos sin trabajo.
El rey asintió y, rascándose la barbilla, mandó llamar al jefe de sus sirvientes y le dijo:
- Quiero a ese arquero en mi palacio mañana a la tarde. Convéncelo de que me vea, ordénale que venga, o tráelo con la guardia, ¿está claro?
- Sí, majestad -dijo el otro. Y cogiendo un caballo se dirigió al pueblo en busca del arquero infalible.
Al día siguiente, un paje golpeó en la puerta de la alcoba real para decirle que su sirviente había llegado y podía ver al rey.
El monarca se vistió presuroso y salió entusiasmado al encuentro del visitante.
Al llegar al salón de recepción solamente vio junto a su emisario a un jovencito de unos quince o dieciséis años, que sostenía displicéntemente un pequeño arco en la mano.
- ¿Quién es este jovencito? -preguntó el rey.
- Es el joven que me pediste que trajera -dijo el sirviente-, el que disparó las flechas del bosque.
- ¿Es verdad, jovencito? ¿Tú disparaste esas flechas? Ten cuidado con las mentiras, mi amiguito, podrían costarte la cabeza...
El joven bajó la mirada y balbuceando de miedo contestó:
- Sí, es verdad, yo las disparé.
- ¿Todas? -preguntó el rey.
- Cada una de ellas -dijo el joven.
- ¿Quién te enseñó a tirar con el arco? -dijo el monarca.
- Mi padre -contestó el arquero.
- Y él, ¿dónde está? -preguntó todavía el rey.
- Murió hace seis meses -dijo con dolor el adolescente.
No tenemos al maestro, pero tenemos a su mejor alumno, pensó el rey.
- ¿Cuál es la técnica? -preguntó el rey.
- ¿Técnica? -repitió el joven.
- La manera de conseguir una flecha en el exacto centro de cada blanco -le aclaró el rey.
- Muy fácil -dijo el muchachito-, yo disparo la flecha al árbol, y después pinto los círculos alrededor.

No creo que sea buena idea dibujar una pareja que se amolde al perfil de vuestras dificultades y desencuentros. Cuando seáis capaces de saber dónde está el centro del vínculo que deseáis, podréis apuntar en esa dirección.

Jorge Bucay: "Cuenta conmigo". RBA Bolsillo, 2005, Buenos Aires-Barcelona.

domingo, 5 de agosto de 2012

Pigmalión


Pigmalión era un escultor. Posiblemente el mejor de los artistas que trabajaban la piedra en todo el imperio. Una noche sueña con una hermosa mujer que camina altiva y sensual por su cuarto. Pigmalión cree que es Afrodita, la diosa del amor y del sexo, y piensa que es ella misma quien le envía esa imagen como manera de pedirle que esculpa en un bloque de mármol una estatua en honor a su divinidad.
A la mañana siguiente Pigmalión va a la cantera de piedra y encuentra, como esperándolo, un gran trozo de mármol que encaja a la perfección con la idea de la obra, la mujer de su sueño, a tamaño natural, de pie, apenas reclinada en una pared, mirando con orgullo el mundo de los mortales.
Durante los siguientes meses, el artista se dedica a quitarle piedra todo lo que le sobra para dejar que aparezca la belleza perfecta de la obra. Cada día trabajaba incansablemente, cada noche sueña con esa cara, ese cuerpo, esas manos, ese gesto. La estatua va tomando forma y dado que Pigmalión duerme en su taller de trabajo, cada mañana es la mujer de mármol la primera figura que se encuentra.
Pigmalión no solo puede ver la obra terminada, sino que empieza a imaginar como sería esa mujer si cobrara vida. En cada talla el escultor pone de manifiesto lo que ya sabe, porque lo imaginó, de esa hembra perfecta. Para ayudarse a definirla le ha puesto nombre. Se llama Galatea.

Finalmente, el día llega. Solamente resta el pulido y Galatea podrá ser presentada en sociedad.
- El mundo quedará sin palabras frente a tu belleza -le dice al mármol
Esa noche, una brisa que entra desde la ventana lo despierta. Una mujer bellísima está de pie frente a Galatea. Emana de ella un brillo intenso. Es Afrodita en persona. Ha bajado hasta el taller a ver la obra de Pigmalión en su honor.
- Te felicito, escultor, es una obra maestra. Me siento muy satisfecha. Pídeme lo que quieras y te lo concederé -dice la diosa.
Pigmalión no duda. El sabe lo que desea. Lo ha estado pensando desde hace semanas.
- Gracias, Afrodita. Mi único deseo es que le des la vida a mi estatua. Que permitas que se vuelva una mujer de carne y hueso, una mujer que sea, sienta y piense como yo la imaginé...
La diosa lo piensa y finalmente decide que el escultor se lo ha ganado.
- Concedido -dice Afrodita y luego desaparece del cuarto.

Con su alegría con su asombro Pigmalión ve cómo Galatea abre sus enormes ojos y su piel va cambiando del frío blanco del mármol al tibio y rosado color de la piel humana.
El artista se acerca y le tiende la mano para que la mujer baje de la tarima.
Con un gesto principesco, Galatea acepta la mano de Pigmalión y va baja caminando con altivez hacia la ventana.
- Galatea -dice Pigmalión-, eres mi creación. Por dentro y por fuera eres tal y como te imaginé y te deseé. Este es el momento más feliz de la vida de cualquier mortal. La mujer que soñabas, tal como la soñaste frente a ti. Cásate conmigo, hermosa Galatea.
La bellísima mujer gira la cabeza, le mira por encima del hombro por un instante y le dice con esa voz que Pigmalión.imaginó que tendría, lo que el artista jamás pensó:
- Tü sabes perfectamente cómo pienso y cómo soy. ¿De verdad crees que alguien como yo podría conformarse con alguien como tü?

Fin..

Jorge Bucay: "Déjame que te Cuente"

El lector o lectora con intuición extrae, al menos una lectura, amén de las autorreferenciales: Las cosas no son como las vemos sino como creemos que son.
Andamos por la vida imaginando, construyendo imágenes mentales anheladas. De darse la rara coincidencia de encontrar a alguien que encaje en el molde, surge el aburrimiento y la relación se disipa como la diosa del amor, por la ventana. No hay fórmulas pero la libertad, el amor y la diversidad, como la discrepancia, vivifican, dan sentido al amor y al aprendizaje.
No olvidemos que Galatea es fruto de una obsesión, no se trata de la obra en sí, sino la urgencia insomne con que realiza la obra para tener a su amada. Rodrigo Córdoba Sanz.

viernes, 3 de agosto de 2012

Cuento: Aprender-Desaprender


"¿Para qué tanta cabeza?
- Quizá para no terminar de aceptar...
¿No aceptar qué?...
- La verdad, claro".

El hombre llegó a la tienda de Baldwin el sabio, y le dijo:
- He leído mucho y he estado con muchos hombres sabios e iluminados. Creo haber podido atesorar todo ese conocimiento que pasó por mis manos, y el que esos otros maestros dejaron en mí. Hoy creo que solo tú puedes enseñarme lo que sigue. Estoy seguro de que si me aceptas como discípulo puedo completar lo que sé con lo poco o lo mucho que me falta.
El maestro Baldwin le dijo:
- Siempre estoy dispuesto a compartir lo que sé. Tomemos un poco de té antes de empezar nuestra primera clase.
El maestro se puso de pie y trajo dos hermosas tazas de porcelana medio llenas de té y una jarrita de cobre, donde humeaba el aroma de una infusión deliciosa.
El discípulo asió una de las tazas y el maestro cogió la tetera y empezó a inclinarla para agregar té en su taza.
El líquido no tardó en llegar al borde de la porcelana, pero el maestro no pareció notarlo. Badwin siguió echando té en la taza, que después de desbordar y llenar el platillo que sostenía el alumno empezó a derramarse en la alfombra de la tienda.
Fue entonces cuando el discípulo se animó a llamar la atención del maestro:
- Badwin -le dijo-, no sigas echando té, la taza está llena, no cabe más té en ella...
- Me alegro de que lo notes -dijo el maestro-, la taza no tiene lugar para más té. ¿Tienes tú lugar para lo que pretendes aprender conmigo...? -y siguió-. Si estás dispuesto a incorporar profundamente lo que aprendas, deberás animarte a veces a vaciar tu taza, tendrás que abandonar lo que llenaba tu mente, será necesario estar dispuesto a dejar lo conocido sin siquiera saber qué ocupará su lugar.

Aprender, siguiendo a los sufíes, es como encontrarse con un melocotón. Al principio solo se ve lo áspero y rugoso. El fruto no parece demasiado atractivo ni tentador; pero después de pasar la primera etapa, se descubre la pulpa y el aprendizaje se vuelve jugoso, dulce y nutritivo. Más adelante nos encontearemos con la dura madera del hueso. Es el momento de cuestionamiento de todo lo anterior, el momento más difícil. Su nos animamos a traspasar la dura corteza del apego a lo jugoso y tierno de lo anterior, si conseguimos sumar lo nuevo a lo viejo para sacar partido de ambos llegaremos a la semilla. El centro de todo. La potencialidad absoluta. El germen de los nuevos frutos.
El comienzo de un nuevo ciclo de aprendizaje atravesando el fértil vacío.

Jorge Bucay: "Cuenta conmigo". RBA, 2005, Barcelona.

Podrán ver que hay paralelismos con "La Rosa de Paracelso" del maestro Jorge Luis Borges, "El Alquimista" de Pablo Coelho, haitu del Budismo Zen, cuentos populares, etcétera.
Lo arquetípico está en la realidad externa y en nuestro mundo interno, con sus productos oníricos dulces como una fruta.
"El Anhelo del Ser", es mi homenaje a una compañera del microcosmos Twitter, donde aprendo mucho cada día. A su vez, me sumo a la dedicatoria de Bucay a este libro: "A todos los lectores de D jame que te cuente, que hicieron posible la existencia de este libro
... y de este autor".
Rodrigo Córdoba Sanz.
Psicólogo, Psicoterapeuta y Escritor.

¡Un abrazo!