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viernes, 27 de agosto de 2010

Sobre Bion y Klein: Sobre el sentimiento de soledad (1963)

Parece que el lenguaje de Bion, heredero del pensamiento de Klein se ha atragantado a más de una persona. Se entiende porque hay que estar familiarizado con la obra de Klein para entender esos conceptos que parecen un poco extraños si el lector se acerca desde el desconocimiento de la obra. Como espacio también de divulgación voy a tratar de popularizarlo.
Klein considera que existe un superyo temprano, esto significa que desde bebé el infans tiene fantasías de atacar el pecho materno cuando lo considera malo por no satisfacer sus deseos. También puede resultar un pecho bueno, gratificador cuando le proporciona alimento. Klein al contrario de Winnicott da primacía a las fantasías del infans, le da un corpus teórico y en sesión analiza sus fantasías a través del juego. Fantasías que rondan a través del conflicto edípico. Klein no considera el efecto del "mundo externo", se centra en las fantasías del bebé que ella infiere en una teoría muy sofisticada que ha cautivado a muchos analistas. La obra de Klein es extensa y aborda en su pensamiento el desarrollo de las psicosis maniaco-depresivas, de la esquizofrenia, del juego de los niños y otras facetas interesantes. A mí personalmente me gusta el trabajo titulado "Sobre el sentimiento de soledad" que lo copiaré al final de este estudio.
Klein fue pionera en el análisis de niños, hubo antes otras analistas que hicieron intentos pero con muy malos resultados, ella lo sistematizó.
Klein considera que hay dos etapas, la esquizoparanoide y la depresiva, en la primera el infans ataca el pecho malo por envidia y sadismo, en la depresiva el bebé comienza la reparación al darse cuenta que ese pecho que antes había escindido entre bueno y malo es el mismo, corresponde a la madre y esta le presta alimento y protección.
Bion es un continuador de la obra de Klein aunque realizó aportes interesantes, pero sigue obviando el papel del mundo externo aunque parece que lo considera en cierta medida, él escribe algo así como "al margen del efecto del medio ambiente" (sic), en "Volviendo a Pensar" Ed. Hormé.
Las reservas a la hora de aceptar la obra de Klein como correcta, al margen de lo fascinante que resulta el que haya una teoría para conocer el contenido de las fantasías de un bebé resulta demasiado especulativa. Sin embargo en cuanto a la clínica para abordar la psicopatología de cierto tipo de pacientes resulta de mucha enjundia. Les dejo con el trabajo de 1963 de Klein:



SOBRE EL SENTIMIENTO DE SOLEDAD (l963)
En el presente trabajo me propongo investigar el origen del sentimiento de soledad. Por sentimiento de soledad no me refiero a la situación objetiva de verse privado de compañía externa, sino a la sensación intensa de soledad, a la sensación de estar solo sean cuales fueren las circunstancias externas, de sentirse solo incluso cuando se está rodeado de amigos o se recibe afecto. Este estado de soledad interna, como intento demostrar, es producto del anhelo omnipresente de un inalcanzable estado
interno perfecto. Este tipo de soledad, que todos experimentamos en cierta medida, proviene de ansiedades paranoides y depresivas, las cuales son derivados de las ansiedades psicóticas del bebé. Tales ansiedades existen, en algún grado, en todo individuo, pero son excesivamente intensas en el individuo enfermo; por consiguiente, la soledad forma parte también de la enfermedad, tanto de índole esquizofrénica como depresiva. Para poder comprender cómo aparece el sentimiento de soledad, debemos -lo mismo que en el caso de otras actitudes y emociones retroceder hasta la temprana infancia y rastrear la influencia de dicho período en las etapas posteriores de la vida. Como ya he explicado en muchas ocasiones, el yo existe y actúa desde el momento del nacimiento.
Al principio acusa una considerable falta de cohesión y está dominado por mecanismos de escisión. El peligro de ser destruido por el instinto de muerte dirigido contra el si-mismo contribuye a la disociación de los impulsos en buenos y malos y, en virtud de la proyección de dichos impulsos en el objeto primario, también se disocia a éste en uno bueno y otro malo. En consecuencia, en las etapas más tempranas la parte buena del yo y el objeto bueno están, en cierta medida, protegidos, ya que se evita que la agresión se dirija contra ellos. Estos son los procesos específicos de
escisión que, como he señalado, constituyen la base de una seguridad relativa en el bebé muy pequeño, hasta donde es factible lograr seguridad en dicho período; mientras que otros procesos de escisión, como los que conducen a la fragmentación, son nocivos para el yo y su fortaleza.
Juntamente con la apremiante necesidad de disociar, existe desde el comienzo de la vida una tendencia a la integración, la cual va creciendo a medida que el yo se desarrolla. Este proceso de integración está basado en la introyección del objeto bueno, que inicialmente es un objeto parcial: el pecho de la madre, si bien otros aspectos de ésta también entran a formar parte de la relación más temprana. Si el objeto bueno se establece con relativa firmeza, se convierte en el núcleo central del yo en desarrollo.
Una relación temprana satisfactoria con la madre (la cual no es forzoso que esté basada en la lactancia natural, puesto que el biberón puede también representar simbólicamente al pecho), implica un estrecho contacto entre el inconsciente de la madre y el del niño; esto constituye el principio fundamental de la más plena experiencia de ser comprendido y está esencialmente vinculado a la etapa preverbal. Por gratificador que sea, en el curso de la vida futura, comunicar los propios pensamientos y sentimientos a alguien con quien se congenia, subsiste el anhelo insatisfecho de una comprensión sin palabras, en última instancia, de algo similar a la primitiva relación que se tenía con la madre. Dicho anhelo contribuye al sentimiento de soledad y deriva de la vivencia depresiva de haber sufrido una pérdida
irreparable.
Incluso en el mejor de los casos, la relación placentera con la madre y con el pecho de ésta siempre se verá perturbada, ya que inevitablemente surgirá la ansiedad persecutoria. La ansiedad persecutoria está en pleno apogeo durante los tres primeros meses de vida, o sea, el período de la posición esquizo-paranoide; aparece desde el comienzo de la vida como resultado del conflicto entre los instintos de vida y de muerte, al que se suma también la experiencia del nacimiento. Toda vez que surgen violentos impulsos destructivos, la madre y el pecho de ésta se viven en virtud de la proyección como persecutorios, y por lo tanto el bebé experimenta
inevitablemente cierta inseguridad, siendo esta inseguridad paranoide una de las causas esenciales de la soledad.
Cuando se alcanza la posición depresiva -por lo común al promediar la primera mitad del primer año de vida-, el yo se encuentra ya más integrado, lo cual se manifiesta en una mayor sensación de totalidad, con lo que el bebé está en mejores condiciones para relacionarse con la madre, y más adelante con otra gente, como una persona total. De este modo la ansiedad paranoide, como elemento constitutivo de la soledad, va siendo reemplazada cada vez más por la ansiedad depresiva. Pero el verdadero
proceso de integración acarrea a su vez nuevos problemas, y me propongo analizar aquí algunos de ellos y su relación con la soledad.
Uno de los factores que estimulan la integración es que los procesos de escisión, por cuyo intermedio el yo temprano intenta contrarrestar la inseguridad, tienen una eficacia sólo transitoria, lo cual impulsa al yo a tratar de contemporizar con los impulsos destructivos. Esta tendencia contribuye a la necesidad de integración ya que, de poder alcanzarla, la integración tendría el efecto de mitigar el odio por medio del amor, reduciendo así la violencia de los impulsos destructivos. El yo sentiría entonces una mayor seguridad, no sólo con respecto a su propia supervivencia, sino también a la de su objeto bueno. Esta es una de las razones por las que la falta de integración resulta tan extremadamente penosa.
Sin embargo, cuesta mucho aceptar la integración. La unión de los impulsos destructivos y amorosos, y de los aspectos buenos y malos del objeto, despierta el temor de que los sentimientos destructivos puedan sofocar los sentimientos amorosos y amenazar al objeto bueno. Así, existe un conflicto entre la búsqueda de la integración como protección contra los impulsos destructivos, y el miedo a la integración por la posibilidad de que los impulsos destructivos amenacen al objeto bueno y a las partes buenas del sí-mismo. He escuchado a algunos pacientes expresar lo doloroso de la integración en términos de sentirse solos y abandonados, de encontrarse absolutamente a solas frente a lo que para ellos era una parte mala del símismo.
Y el proceso se vuelve doblemente penoso cuando un superyó cruel ha causado una muy fuerte represión de los impulsos destructivos y pretende mantenerla.
La integración se realiza sólo en forma muy gradual, y es factible que la seguridad que proporciona se vea perturbada en momentos de fuerte presión interna y externa; y esto conserva su validez durante toda la vida.
Nunca se llega a una integridad total y permanente, ya que siempre persiste cierta polaridad entre los instintos de vida y de muerte, la cual sigue siendo la causa más profunda de conflicto. Puesto que nunca se logra una integración total, tampoco es posible comprender y aceptar plenamente las propias emociones, fantasías y ansiedades, y esto subsiste como un factor importante en la soledad. El anhelo de comprenderse a sí mismo se encuentra también ligado a la necesidad de ser comprendido por el objeto bueno internalizado. Encontramos una expresión de tal anhelo en la fantasía universal de tener un hermano gemelo, fantasía sobre la que Bion llamó la atención en un trabajo inédito. Según la hipótesis de Bion, esta figura
gemela representa a las partes no comprendidas y escindidas y apartadas que el individuo anhela recuperar, con la esperanza de alcanzar totalidad y una comprensión plena; ocasionalmente, dichas partes se viven como partes ideales. En otros casos, el hermano gemelo representa también un objeto interno totalmente confiable, de hecho, idealizado.
Existe además otra relación entre la soledad y el problema de la integración, que es importante considerar en este momento: generalmente se supone que la soledad puede nacer de la convicción de que no se pertenece a ninguna persona o grupo; esta convicción tiene, en realidad, un significado mucho más profundo. Por mucho que progrese la integración, ésta no logra eliminar la sensación de que no se dispone de ciertos componentes del símismo porque están escindidos y apartados y es imposible recuperarlos. Como veremos más adelante en forma más detallada, algunas de estas
partes escindidas y apartadas han sido proyectadas en otras personas, lo cual contribuye a crear la sensación de que no se está en posesión total del propio sí-mismo, que uno no se pertenece por completo a sí mismo ni, por lo tanto, tampoco a nadie más. Además, se tiene la vivencia de que también las partes ausentes se sienten solas.
Ya he señalado que ni siquiera las personas sanas logran superar por completo las ansiedades paranoides y depresivas, las cuales constituyen la base de cierto grado de soledad. Existen considerables diferencias individuales en la manera como se experimenta la soledad. Cuando la ansiedad persecutoria es relativamente intensa, aunque siempre dentro de los límites de la normalidad, es probable que la relación con el objeto bueno interno se vea perturbada, y se lesione la confianza en la parte buena del símismo.
En consecuencia, existe una mayor proyección de sentimientos y suspicacias paranoides en los demás, con el consiguiente sentimiento de soledad.
En la verdadera esquizofrenia estos factores están necesariamente presentes, pero en forma muy exacerbada; la falta de integración que, hasta el momento, hemos estado examinando en el campo de la normalidad, aparece ahora en su forma patológica. Indudablemente, todas las, características de la posición esquizo-paranoide aparecen aquí en grado superlativo.
Antes de entrar a ocuparnos de la soledad en el esquizofrénico es importante considerar con mayores detalles algunos de los procesos de la posición esquizo-paranoide, en particular la escisión y la identificación proyectiva. La identificación proyectiva está basada en la escisión del yo y en la proyección de partes del si-mismo en otras personas, primariamente la madre y el pecho de ésta, y deriva de los impulsos orales, anales y uretrales del individuo. En ese mecanismo algunas partes del sí-mismo se expelen omnipotentemente por medio de las sustancias corporales y se proyectan dentro de la madre a fin de controlarla y tomar posesión de ella. De este modo, no se vive a la madre como un individuo separado sino como un
aspecto del sí-mismo. Si estos excrementos son expelidos con odio, entonces se vive a la madre como peligrosa y hostil. Pero lo que se escinde y aparta, y se proyecta, no son sólo las partes malas del sí-mismo sino también las buenas. Por lo común, como ya hemos visto, a medida que el yo se desarrolla la escisión y la proyección disminuyen y el yo alcanza una mayor integración. Con todo, si el yo es muy débil -lo cual constituye, a mi juicio, un rasgo congénito- y si han existido problemas en el nacimiento y a comienzos de la vida, entonces la capacidad de integrar -de juntar las partes escindidas y apartadas del yo- será también débil, existiendo además una
mayor tendencia a disociar a fin de evitar la ansiedad que despiertan los impulsos destructivos dirigidos contra el sí-mismo y el mundo externo. Esta incapacidad para tolerar las ansiedades encierra, en consecuencia, una importancia trascendental, ya que no sólo incrementa la necesidad de escindir excesivamente al yo y al objeto, lo cual puede llevar a un estado de fragmentación sino que impide también la elaboración de las ansiedades tempranas.
En el esquizofrénico observamos el efecto de estos procesos no resueltos: él tiene la vivencia de que está irremediablemente reducido a fragmentos, y de que nunca estará en posesión de su sí-mismo. El hecho de encontrarse tan fragmentado le impide internalizar suficientemente a su objeto primario (la madre) como objeto bueno y, por ende, contar con el fundamento necesario para lograr estabilidad; no puede confiar en un objeto bueno interno ni externo, como tampoco puede confiar en su propio simismo.
Este factor está vinculado a la soledad, ya que intensifica la vivencia del esquizofrénico de que se ha quedado solo, por así decirlo, con su infortunio. Esta sensación de verse rodeado de un mundo hostil, característica del aspecto paranoide de la esquizofrenia, no sólo incrementa todas las ansiedades del individuo, sino que tiene también un efecto trascendental sobre su sentimiento de soledad.
Otro factor que concurre a la soledad del esquizofrénico es la confusión, producto de una serie de factores, en particular de la fragmentación del yo y del uso excesivo de la identificación proyectiva, demodo que el individuo se siente constantemente no sólo reducido a fragmentos sino también confundido con las demás personas. Así, le resulta imposible hacer una discriminación entre las partes buenas del sí-mismo y las malas, entre el objeto bueno y el malo, y entre la realidad externa y la interna. De este modo, el esquizofrénico no puede comprenderse a si
mismo ni confiar en sí mismo. Estos factores, sumados a su desconfianza paranoide con respecto a los demás, engendran en él un estado de retraimiento que destruye su capacidad de establecer relaciones objetales y de obtener de ellas la reaseguración y el placer que, al fortalecer su yo, podrían contrarrestar su soledad. El anhela establecer relaciones con la gente, pero le resulta imposible hacerlo.
Es importante no subestimar el dolor y el sufrimiento del esquizofrénico, si bien no resulta demasiado fácil detectarlos debido al constante uso defensivo que aquél hace del retraimiento y la dispersión de sus emociones. Sin embargo, tanto yo como algunos de mis colegas, de los que sólo mencionaré al doctor Davidson, el doctor Rosenfeld y la doctora Hanna Segal, que hemos tratado a esquizofrénicos y lo estamos haciendo en la actualidad, conservamos aún cierto optimismo con respecto a los
resultados de la terapia. Este optimismo se funda en el hecho de que, incluso en personas tan enfermas como éstas, existe una tendencia a la integración y también cierta relación, por rudimentaria que sea, con el objeto bueno y el sí-mismo bueno.
Quisiera ocuparme ahora de la soledad característica del predominio de la ansiedad depresiva, en primer lugar dentro del campo de la normalidad. Frecuentemente he señalado que la vida emocional temprana se caracteriza por experiencias recurrentes de pérdida y recuperación. Cada vez que la madre está ausente, el bebé puede tener la vivencia de haberla perdido, ya sea porque está dañada o porque ella se ha convertido en un perseguidor. La sensación de haberla perdido equivale al temor de que haya muerto. En virtud de la introyección, la muerte de la madre externa significa también la muerte del objeto bueno interno, lo cual intensifica el temor que le despierta al bebé la idea de su propia muerte. Si bien estas ansiedades y
emociones son más intensas durante el período de la posición depresiva, no
es menos cierto que, a lo largo de toda la vida, el miedo a la muerte
desempeña un papel importante en la soledad.
Ya he sugerido que el dolor que acompaña a los procesos de integración también contribuye a la soledad, por cuanto significa enfrentarse a los propios impulsos destructivos y a las partes odiadas del sí-mismo, que a veces parecen incontrolables y constituyen, por ende, una amenaza para el objeto bueno. Con la integración y un creciente sentido de realidad, la omnipotencia forzosamente disminuye, lo cual a su vez se suma a lo penoso de la integración, ya que entraña una menor capacidad de
esperanza. Si bien existen otras fuentes de esperanza, que nacen de la fortaleza del yo y de la confianza en uno mismo y en los demás, siempre existirá en la esperanza un elemento de omnipotencia.
La integración también significa perder parte de la idealización -tanto con respecto al objeto como a una parte del sí-mismo- que siempre caracterizó a la relación con el objeto bueno. El hecho de tomar conciencia de que el objeto bueno jamás podrá aproximarse siquiera a la perfección que se espera del objeto ideal produce la desidealización; y resulta incluso más doloroso percatarse de que no existe ninguna parte verdaderamente ideal del si-mismo. En mi experiencia, jamás se renuncia por completo a la necesidad de idealizar, si bien, en el curso del desarrollo normal, el hecho de enfrentarse a la realidad interna y externa tiende a debilitar dicha
necesidad. Como lo expresara un paciente, al tiempo que admitía todo el alivio obtenido gracias a algunos progresos en la integración: "el encanto se ha perdido". El análisis reveló que el encanto que había desaparecido era la idealización del sí-mismo y del objeto, y esta pérdida provocó sentimientos de soledad.
Algunos de estos factores tienen una mayor participación en los procesos mentales característicos de la enfermedad maníaco-depresiva. El paciente maníaco-depresivo ha dado ya algunos pasos hacia la posición depresiva, esto es, percibe al objeto más como un todo, y sus sentimientos de culpa, si bien ligados aún a mecanismos paranoides, son más intensos y menos fugaces. Por consiguiente experimenta, en mayor medida que el esquizofrénico, el anhelo de tener dentro de sí al objeto bueno a fin de protegerlo y ponerlo a salvo. Pero se siente incapaz de hacerlo puesto que, al mismo tiempo, no ha elaborado suficientemente la posición depresiva, de modo que su capacidad de reparar, de sintetizar al objeto bueno y alcanzar la integración del yo, no se han desarrollado lo suficiente. En la medida en que en su relación con el objeto bueno existe todavía una cantidad considerable de odio y, por consiguiente, de miedo, no está lo bastante capacitado para repararlo, y por lo tanto su relación con dicho objeto no le proporciona alivio sino tan sólo la sensación de ser odiado y no querido, y él siente que su objeto bueno está constantemente expuesto a la amenaza de sus propios impulsos destructivos. El anhelo de poder superar todas estas
dificultades respecto del objeto bueno forma parte del sentimiento de soledad. En casos extremos esto se expresa en la tendencia al suicidio.
En las relaciones externas operan procesos similares. El maníacodepresivo logra sólo ocasionalmente, y en forma muy transitoria, obtener alivio de la relación con una persona sincera, puesto que, como le proyecta casi enseguida su propio odio, resentimiento, envidia y miedo, se encuentra constantemente lleno de desconfianza. En otras palabras, sus ansiedades paranoides siguen siendo muy intensas. Por consiguiente, el sentimiento de soledad del maníaco-depresivo se centra más en su incapacidad para mantener un contacto interno y externo duradero con un objeto bueno, y no tanto en el hecho de estar reducido a fragmentos.
Examinaré a continuación algunas dificultades adicionales de los conflictos entre los elementos masculinos y femeninos en ambos sexos.
Sabemos que existe en la bisexualidad un factor biológico, pero lo que me interesa aquí es el aspecto psicológico. En las mujeres existe sin excepción el deseo de ser hombres, el cual se expresa tal vez con máxima claridad en términos de envidia del pene; análogamente, encontramos entre los hombres la posición femenina, el anhelo de poseer pechos y de poder concebir hijos.
Estos deseos están ligados a una identificación con ambos progenitores y están acompañados de sentimientos de competencia y de envidia, como también de admiración por las codiciadas posesiones. La intensidad y la calidad de dichas identificaciones varia según prevalezca la admiración o la envidia. En el niño pequeño parte del deseo de integración se manifiesta en la tendencia a integrar estos diferentes aspectos de la personalidad.
Además, el superyó impone la conflictual exigencia de identificación con ambos progenitores, apremiado por la necesidad de reparar a causa de tempranos deseos de despojarlos a ambos, y expresando así el deseo de mantenerlos vivos internamente. Si el elemento de culpa predomina, ello dificultará la integración de estas identificaciones. Si, en cambio, dichas identificaciones se realizan de manera satisfactoria, se convierten en una fuente de enriquecimiento y en punto de partida para el desarrollo de una serie de talentos y capacidades.
A fin de ilustrar las dificultades de este aspecto particular de la integración y su relación con la soledad, citaré el sueño de un paciente. Una niñita está jugando con una leona y sostiene con su mano un aro por el que aquélla debe saltar; pero del otro lado del aro se abre un precipicio. La leona obedece y encuentra la muerte. Simultáneamente, un niño mata a una serpiente. Como ya había surgido anteriormente material similar, el paciente mismo reconoció que la niña representaba su parte femenina y el niño su parte masculina. En la situación transferencial la leona presentó muchos puntos de contacto conmigo, de los que sólo daré un ejemplo: en el sueño la niña tenía un gato, y esto condujo a asociaciones acerca de mi propio
gato, el cual con frecuencia había aparecido como imagen mía. Al paciente le fue muy penoso admitir que, en razón de que estaba en competencia con mi feminidad, su propósito era destruirme y, en el pasado, destruir a su madre. Este reconocimiento de que una parte de su ser quería matar a la amada leona -la analista-, con lo cual quedaría privado de su objeto bueno, despertó en él sentimientos no sólo de congoja y de culpa, sino también de soledad en la transferencia. Le resultó igualmente mortificante admitir que la rivalidad con su padre lo había impulsado a destruir la potencia y el pene paternos, representados por la serpiente.
Este material nos llevó a una labor analítica muy penosa relacionada con la integración. El sueño de la leona que acabo de relatar había sido precedido por otro en el que la mujer se suicidaba arrojándose al vacío desde un edificio muy alto y, a diferencia de su actitud habitual, el paciente no experimentó ningún tipo de horror. El análisis, que por esa época se centraba en sus dificultades con respecto a la posición femenina, la cual estaba entonces en todo su apogeo, reveló que la mujer representaba su parte femenina, y que él realmente deseaba verla destruida. La vivencia del paciente era que dicha parte femenina no sólo perjudicaría su relación con las mujeres, sino que además lesionaría su masculinidad y todas las tendencias constructivas inherentes a ella, incluyendo la tendencia a reparar a la madre, lo cual se puso de manifiesto en relación con mi persona. Esta propensión a colocar toda su envidia y competencia en su parte femenina
era, según se comprobó, una forma de disociar y, simultáneamente, parecía obnubilar la enorme admiración y estima que le merecía la feminidad.
Además, era obvio que mientras consideraba que la agresión masculina era comparativamente franca y por lo tanto más sincera, atribuía al lado femenino toda la envidia y la falacia y, como detestaba cualquier tipo de doblez y de mala fe, ello contribuía a sus dificultades en la integración.
El análisis de estas actitudes, retrocediendo hasta llegar a sus más tempranos sentimientos de envidia contra la madre, coadyuvó a una mejor integración de las partes femenina y masculina de su personalidad y a la disminución de la envidia, tanto en el rol masculino como en el femenino.
Esto hizo que mejoraran sus relaciones con los demás, ayudándolo así a combatir el sentimiento de soledad.
A continuación presentaré otro ejemplo, tomado del análisis de un paciente, un hombre que no estaba enfermo ni se sentía desdichado y que tenía éxito en su trabajo y en sus relaciones. Tenía conciencia de que en su infancia siempre se había sentido muy solo, y que ese sentimiento de soledad nunca había desaparecido totalmente.

martes, 4 de agosto de 2009

Sentimiento de soledad




A la izquierda Susana Kaysen, autora de Girl´s Intermupted, libro sobre el que se basa la película Inocencia Interrumpida, en una conferencia; a la derecha una obra del Reina Sofía Cindy Sherman. Sin título. Gelatinobromuro de plata.
1976/2000

Sentirse solo rodeado de gente, en un supermercado, en el trabajo, en el matrimonio, con los amigos, en la vida, en el mundo, entre las personas existe el sentimiento de soledad.
La soledad es una forma de sentirse en relación a uno mismo, un sentimiento, en el que no hay ningún objeto que pueda ser ligado al sujeto porque las barreras están firmemente levantadas. Una emoción reflexiva ligada al proceso primario. Esa "magia" de la que habla Sartre que deforma las percepciones. Dicho desde Castilla del Pino es la relación del sujeto con el objeto lo que se realiza a través de la imagen que tiene el sujeto del objeto, con lo cual es una relación que se nutre y nace la de la fantasía, y cada cual tiene sus sueños y sus pesadillas, sus inclinaciones.
Alguien me decía que no siente sintonía con muchas personas, que se siente "una torpe social". Una persona extraordinaria en muchos aspectos por otra parte.
La soledad es una experiencia de lo negativo (André Green), quien intenta sistematizar el legado de Winnicott en un intento complicado. Este interesante autor y otros hablan de "la presencia de lo negativo", de lo que no estuvo y no está pero cuya ausencia significa una pérdida en cuanto a la formación de los afectos, de los sentimientos y, por ende, de la percepción que tiene el sujeto de la realidad y de su self.
Estar solo es terrible, aunque tu marido esté alli dándote besos y sosteniéndote, llevando el pan a casa mientras no eres capaz de levantarte de la cama. Por la cuestión que sea.
La soledad conlleva una pérdida de esperanza. Esto me hace recordar a uno de los libros que empleo como biblioterapia de ve en cuando, siempre que procede: "El hombre en busca de sentido", de Vitor Frankl. Allí Frankl habla de su experiencia en un campo de concentración, de hecho el título original era "Un psicólogo en un campo de concetración", luego se reformuló el texto añadiendo técnica de la logoterapia y se cambió el nombre de la obra. Lo esencial es el relato de Frankl, como ese Cómic, premio Pullitzer titulado MAUS, donde los nazis son gatos enfurecidos y los judíos ratas.
La soledad decía Frankl lleva a la enfermedad, tiene que ver con esa frase de Spinoza que el cita una decena de veces en el texto: "Quién tiene un porqué para vivir puede tolerar cualquier cómo".
Las biografías más duras hacen vulnerable a nuevas vivencias catastróficas o simplemente estresantes al individuo. Como diría un cognitivista, ese acontecimiento es la llave que abre la cerradura (caracterial) que abre las puertas a ese sufrimiento que se recuerda, se revive. Winnicott invitaba a realizar esa regresión como Balint hablara del "new beginning". Editar nuevas experiencias emocionales sobre la presencia de lo negativo, de lo que no ha existido, empatía, cariño, leyes dóciles, guía, educación en los afectos, en lo instrumental, sostén y un largo etcétera.
La soledad se encuentra con ese vacío falto de sentido, que no encuentra palabras, ni razones ni motivos, Winnicott las llamaba "angustias impensables". Son angustias terroríficas para las que el aparato psíquico no está capacitado para procesar. En términos cognitivistas se darían por tanto trastornos en el procesamiento de la información, errores cognitivos como inferencias arbitrarias y otras.
Sentirse solo o sola en compañía es sentirse también diferente, sin verse reconocido en el reflejo que el otro propone, en esto Heinz Kohut ofrece un modelo especular de tratamiento para esos trastornos del self.
Sentirse solo es verse desamparado, al límite, sin nada a lo que agarrarse, sin ningún porqué, ni ningún cómo. Una máquina que sigue impulsos llevados desde fuera, como se plantea en la película MATRIX, donde Neo y otros eligen la pastilla roja que les lleva a poder vivir la realidad (pero qué es la realidad), en la película es la tecnología y la guerra lo que ha llevado a que el hombre y su conciencia sea controlada por las máquinas.
Existe otra forma menos peliculera de despersonalización, de no sentirse dueño de los actos, de no reconocerse en la identidad, cambiar de autoconcepto, de autoimagen y sus aditivos sintomáticos de inestabilidad, ira y confusión. Sin olvidar un poso de tristeza por no poder encontrar un espacio calmado para sentarse al Sol y disfrutar de lo que nos rodea.
Los que se sienten solos están mal donde quiera que estén pero tener una fuente de calor afectivo a su lado contribuye a que este vacío se llene, no obstante no resulta operativo ad infitum una relación de dependencia emocional y/o instrumental. Porque a veces dormir con un hombre tras una noche de pasión es un requisito para lo verdaderamente valioso el levantarse junto a esa especie de desconocido y poder hablar, sentirse arropado, querido, respetado y amado.
El sentimiento de soledad puede seguir profundizando en el dolor mermando ya no solo la confianza por uno mismo sino la confianza y esperanza en los demás, construyendo un muro defensivo cuasi paranoide que nos separe del posible objeto. Y esto lleva a una vida de repliegue y ensimismamiento donde los dedos se hacen huéspedes y el contacto con la realidad se empobrece. También con el corolario de síntomas que corresponda a la salida de esa angustia (angustia vital le llamaba López Ibor siguiendo las lecturas germanófilas).
Sentirse solo es abrasador, puede ser entendido desde la búsqueda incesante de objetos para llenar el amor que somos capaces de dar y que no ha sido correspondido. A veces ese amor se canaliza hacia una persona, otras tiene un periplo más amplio y latoso. Pero la capacidad de amar puede llevar a salir del sentimiento de soledad.
Sobre eso Kierkegard nos podría decir interesantes cosas, como que caracteriza la existencia. Estamos hablando en casos de trastornos como el TLP donde el amor y su expresión más cercana, el cariño cumplen un papel tan relevante en la reversión de la perspectiva. Melanie Klein tiene un excelente trabajo titulado "Sobre el sentimiento de soledad".

sábado, 30 de mayo de 2009

Soledad Noógena

Si pensamos en estos términos tenemos que acudir a Victor Frankl o mirar hacia dentro.

La neurosis nóogena es un concepto trabajado por Frankl en "El hombre en busca de sentido", trata de encontrar un significado a la existencia para poder proyectar el sujeto en la vida.

La soledad noógena consistiría entonces en una ausencia de sensación de pertenencia, de pertinencia casi existencial en un ambiente vital del que no se consigue lo suficiente para encontrar un sentido.

La soledad puede ser rodeado de personas, quizá en un espacio de gran tránsito pero el individuo tiene una sensación vaga y difusa de entendimiento, compañía y comprensión. Lo que un día figuró en las pesadillas del individuo pasan a acompañarle en la vacía silla que tiene junto a él.

La soledad noógena es la síntesis de dos conceptos con alcance propio, la soledad: mal universal en una sociedad petrificada por los contactos superficiales y el apellido de Frankl, noógena: esto es, de sentido, significado, frustración existencial. Y para ello es lo clarividente de una descripción y de suficiente vigor como para entender que la parálisis de la consecución de un proyecto vital es acompañado por el tedioso sentido de pesadumbre embotada.

Finalmente, pensar un poquito más sobre la posibilidad de cercar el afecto negativo, términos empleados en una sociedad que reduce la pluralidad del predicado del sujeto a signos polares. Cercar el afecto menos dentro de una inscripción de contacto tenue con el mundo externo, procurando un contacto superficial con las demás personas. Esto cursa con el ensimismamiento de la persona, esto es, su narcisización, emprobreciendo el contacto con la realidad y amalgamando la fantasía. Transformándola en fantaseo, que difumina la realidad objetiva, abrazándola de connotación. +

Entonces que es la soledad noógena sino eso que puedes poner en google para cerrar una intuición fundamental que no encuentra un papel consecuente con tu vivencia inefable...

Dirigido a los buscadores.

Este documento se confeccionó en una noche del viernes al sábado en la hermosa ciudad de Zaragoza después de investigar las últimas búsquedas de google que fueron a parar a esta página.
No estás solo.

[La anécdota: Frankl le dijo a un consultante que llevaba 5 años en análisis que no era el conflicto con su padre sino su malestar en el trabajo, una labor que no le hacía sentir bien, que falseaba su identidad...
Cambió de trabajo y mejoró.]
Generalmente la vida no se puede plasmar en un libro así de hermoso. Es más prosaica y dolorosa. Encontremos los versos.

jueves, 19 de marzo de 2009

Sobre la Soledad en las psicosis

“El pecado es una página web”. Joaquín Sabina.


Por sentimiento de soledad no me refiero a la situación objetiva de verse privado de compañía externa, sino a la sensación intensa de soledad, a la sensación de estar solo sean cuales fueren las circunstancias externas, de sentirse solo incluso cuando se está rodeado de amigos o se recibe afecto. Este estado de soledad interna, como intento demostrar, es producto del anhelo omnipresente de un inalcanzable estado
interno perfecto…
Una relación temprana satisfactoria con la madre (la cual no es forzoso que esté basada en la lactancia natural, puesto que el biberón puede también representar simbólicamente al pecho), implica un estrecho contacto entre el inconsciente de la madre y el del niño; esto constituye el principio fundamental de la más plena experiencia de ser comprendido y está esencialmente vinculado a la etapa preverbal. Por gratificador que sea, en el curso de la vida futura, comunicar los propios pensamientos y sentimientos a alguien con quien se congenia, subsiste el anhelo insatisfecho de una comprensión sin palabras, en última instancia, de algo similar a la primitiva relación que se tenía con la madre. Dicho anhelo contribuye al sentimiento de soledad y deriva de la vivencia depresiva de haber sufrido una pérdida
irreparable…
Sin embargo, cuesta mucho aceptar la integración. La unión de los impulsos destructivos y amorosos, y de los aspectos buenos y malos del objeto, despierta el temor de que los sentimientos destructivos puedan sofocar los sentimientos amorosos y amenazar al objeto bueno. Así, existe un conflicto entre la búsqueda de la integración como protección contra los impulsos destructivos, y el miedo a la integración por la posibilidad de que los impulsos destructivos amenacen al objeto bueno y a las partes buenas del sí-mismo. He escuchado a algunos pacientes expresar lo doloroso de la integración en términos de sentirse solos y abandonados, de encontrarse absolutamente a solas frente a lo que para ellos era una parte mala del símismo.
Y el proceso se vuelve doblemente penoso cuando un superyó cruel ha causado una muy fuerte represión de los impulsos destructivos y pretende mantenerla…
En el esquizofrénico observamos el efecto de estos procesos no resueltos: él tiene la vivencia de que está irremediablemente reducido a fragmentos, y de que nunca estará en posesión de su sí-mismo. El hecho de encontrarse tan fragmentado le impide internalizar suficientemente a su objeto primario (la madre) como objeto bueno y, por ende, contar con el fundamento necesario para lograr estabilidad; no puede confiar en un objeto bueno interno ni externo, como tampoco puede confiar en su propio simismo.
Este factor está vinculado a la soledad, ya que intensifica la vivencia del esquizofrénico de que se ha quedado solo, por así decirlo, con su infortunio. Esta sensación de verse rodeado de un mundo hostil, característica del aspecto paranoide de la esquizofrenia, no sólo incrementa todas las ansiedades del individuo, sino que tiene también un efecto trascendental sobre su sentimiento de soledad.
Otro factor que concurre a la soledad del esquizofrénico es la confusión, producto de una serie de factores, en particular de la fragmentación del yo y del uso excesivo de la identificación proyectiva, de modo que el individuo se siente constantemente no sólo reducido a fragmentos sino también confundido con las demás personas. Así, le resulta imposible hacer una discriminación entre las partes buenas del sí-mismo y las malas, entre el objeto bueno y el malo, y entre la realidad externa y la interna. De este modo, el esquizofrénico no puede comprenderse a si
mismo ni confiar en sí mismo. Estos factores, sumados a su desconfianza paranoide con respecto a los demás, engendran en él un estado de retraimiento que destruye su capacidad de establecer relaciones objetales y de obtener de ellas la reaseguración y el placer que, al fortalecer su yo, podrían contrarrestar su soledad. El anhela establecer relaciones con la gente, pero le resulta imposible hacerlo…
La integración también significa perder parte de la idealización -tanto con respecto al objeto como a una parte del sí-mismo- que siempre caracterizó a la relación con el objeto bueno. El hecho de tomar conciencia de que el objeto bueno jamás podrá aproximarse siquiera a la perfección que se espera del objeto ideal produce la desidealización; y resulta incluso más doloroso percatarse de que no existe ninguna parte verdaderamente ideal del si-mismo. En mi experiencia, jamás se renuncia por completo a la necesidad de idealizar, si bien, en el curso del desarrollo normal, el hecho de enfrentarse a la realidad interna y externa tiende a debilitar dicha
necesidad…
El goce siempre está ligado a la gratitud; si ésta es profunda incluye el deseo de retribuir la bondad recibida y representa así la base de la generosidad. Siempre existe una estrecha relación entre la capacidad de recibir y la capacidad de dar, y ambas forman parte de la relación con el objeto bueno y, por lo tanto, contrarrestan la soledad. Además, el sentimiento de generosidad subyace a la creatividad, y esto se aplica tanto a las más primitivas actividades constructivas del bebé como a la creatividad del adulto…
Sólo mencionaré someramente aquí la importancia del superyó en relación con todos estos procesos. Un superyó rígido no puede nunca ser sentido como indulgente para con los impulsos destructivos; de hecho, lo que pretende es que no existan. Si bien el superyó se construye en gran medida a partir de una parte escindida y apartada del yo, sobre la cual se proyectan los impulsos, también se ve inevitablemente afectado por la introyección de las personalidades de los padres reales y de la relación que éstos tienen con el bebé. Cuanto más severo es el superyó, tanto más
intensa será la soledad, ya que las rigurosas imposiciones de aquél acrecientan las ansiedades depresivas y paranoides.

Hasta aquí Melanie Klein: “Sobre el sentimiento de soledad”, 1963.
Este mosaico de ideas kleinianas son una forma de entender los sentimientos que se desprenden del artículo del Dr. González. El sentimiento de pérdida, de abandono, el sentimiento de soledad y la presencia de lo negativo tiene efectos en la estructuración psíquica. En la forma de organizar el psiquismo. En el pensamiento, en el procesamiento de la información. Recordemos que las estructuras biológicas que reaccionan emocionalmente ante los inputs son automáticas, de allí que hablara Freud, intuitivamente casi en esa época, de inconsciente. Inconsciente en cuanto a que no es algo a lo que se pueda acceder, a veces resulta una experiencia inefable que puede ser captada como una aroma en un artículo de excelente factura como el del Dr. González. En dicho artículo se habla de una experiencia interna, de una vivencia, de cómo se construyen los módulos psíquicos, se habla de soledad, de vacío, de falta, de la nada. Se mencionan biólogos, filósofos, recordemos que la persona que lo realiza es un Philosophical Doctor (PhD).
Habla del superyo, de un superyo sádico, estricto, punitivo, exigente, virulento. Sin padre, sin psiquiatra, sin Dios, es decir nada de ESPERANZA. Nadie con quien contar, una desilusionada mirada a lo que es la Ley, la autoridad, el amor verdadero de un padre, el papel sustituto de un psiquiatra o psicólogo, el sentimiento de pertenencia y protección que produce Dios.
Esto significa el desarraigo, el desgarro, la ruptura, la quiebra que se da en una biografía truncada por una experiencia que si procediera de otra cultura sería valorada como espiritual y se convertiría en referente de la tribu. Aquí, donde lo importante es producir de manera “adaptada” a un sistema vigente de valores y virtudes eso es invalidado, discapacitado, esquizofrénico.
Hablaba del superyo, podemos hablar, como Piera Aulagnier, del ideal del yo en cuanto a desubjetivar, esto es, robar la individuación de un sujeto y transmitir a través del lenguaje (“El inconsciente está estructurado como un lenguaje” Lacan) la negación de la identidad del sujeto, el Yo real. Como el yo real no puede advenir, no hay un crecimiento del Yo y el tiempo sigue siendo pasado, no existe el presente ni el futuro, no existe la esperanza. Melanie Klein en su artículo comenta que los ancianos miran al pasado y los jóvenes al futuro, es el ideal de los objetos internos lo que proyecta el tiempo. Cuando el pasado no da origen a un presente es la muerte lo que se vive, es la experiencia de vivir con “monos” y no con humanos. No hay lugar para lo que constituye como sujeto, una identidad con su subjetividad, una manera de percibir, unas preferencias, un estilo. La negación de esto irrumpe en la biografía futura y rompe los tiempos de crecimiento, el yo deja de crecer y se regresa en estado patológico, lo llamado desintegración. Donde las ansiedades paranoides y depresivas gobernaban el funcionamiento psíquico, si seguimos a Klein.

martes, 8 de julio de 2008

Sobre la Niña de los Sueños

La Niña de los Sueños es un relato literario escrito por un "escribiente", psicólogo y psicoterapeuta psicoanalítico, por tanto, aquellos que quieran indagar, pueden buscar referencias en Winnicott, en Klein, en Ferenczi, Balint, Freud y autores modernos como Watzlawick, Varela y Maturana, Marina, Claudio Naranjo, Green, Kernberg. De la literatura,V. Woolf y el Círculo de Bloomsbury (cercanos a Winnicott y su esposa Clare) y otros muchos. Aquí, hoy, por el último escrito voy a poner el vínculo a una descarga directa del artículo de 1963 de Melanie Klein titulado "Sobre el Sentimiento de Soledad" (1963). En este artículo Melanie Klein habla del sentimiento de soledad del esquizoide, del esquizofrénico y de la patología maniaco-depresiva, punto fuerte de su trabajo. Pionera. El vínculo es el siguiente: http://66.240.239.19/0/4/0/4069.ZIP

El sentimiento de soledad parte de la escisión, de las ansiedades paranoides y depresivas, de un superyó rígido, de una dificultad para sintetizar e integrar los objetos "buenos" y "malos". En todo caso, para tener una composición más cabal y ordenada de estas ideas habría que leer al menos: "Notas sobre algunos mecanismos esquizoides", "Psicoanálisis de Niños", "Envidia y Gratitud", "Contribución a la psicogénesis de los estados maniaco-depresivos", entre otros.