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lunes, 16 de junio de 2014

Pierre Magistretti, neurobiólogo; coautor de un modelo fisiológico para el psicoanálisis



El cerebro nunca es igual a sí mismo. No puedes pensar dos veces con el mismo cerebro, porque cambia con cada experiencia y a cada instante.

¿Cómo?
Las neuronas se organizan y reorganizan en redes, que la experiencia va modificando. Y esa es la más prometedora frontera de la neurociencia: la plasticidad neuronal.

¿En qué consiste?
Neurones that fire together, wire together, las neuronas que se enlazan acaban formando un cableado, un mapa, un sistema. Y ese proceso se repite modelando y remodelando nuestro cerebro continuamente.

La experiencia se hace órgano.
La experiencia modifica la sinapsis, la transferencia de información entre neuronas. Cuando usted crea una imagen, deja una huella en el cerebro, un mapa mental, y cada vez que evoca esa imagen la reactiva, pero creando otro mapa nuevo. Es la base fisiológica de la creatividad y del psicoanálisis.

Eso lo suscribiría Woody Allen.
Freud explica cómo la reasociación de imágenes en cada ocasión es el fundamento del inconsciente. La experiencia deja un recuerdo y una imagen, una huella sináptica, pero al evocar esa imagen previa siempre obtenemos otra nueva con conexiones de la anterior, pero reorganizadas de forma nueva.

La memoria es un país en el que siempre somos extranjeros.
En esa recreación mental continua está el punto de contacto entre el psicoanálisis, la creatividad y la neurología. La palabra es también una experiencia y por eso modifica la sinapsis, las conexiones neuronales que conforman, al cabo, esa red de redes que es nuestro cerebro.

Y el verbo se hace carne.
Y cura. La palabra puede curar como un fármaco. Por eso el cerebro no es un mero contenedor de capacidades como el área del habla, el cálculo, la memoria...También es una formidable máquina temporal.

¿A qué se refiere?
Hay un psicoanálisis del devenir de nuestra mente que indaga en ella hasta descifrar y darle sentido y así revela y alivia nuestros traumas. Pero también hay otro psicoanálisis que opera en el instante.

Sincrónico y diacrónico, como en la definición de lenguaje de Saussure.
El ser humano se debate entre su tendencia destructiva a la repetición y su vocación de reinventar. La repetición es destructiva, la reinvención es creativa. Por eso, Einstein dice que inventar es pensar al lado, fuera de la caja. Lo que también se llama hoy pensamiento lateral.

¿Por qué nos gusta repetir?
La repetición nos gratifica, pero al mismo tiempo ese mecanismo de gratificación en la repetición inicia uno de penalización; cualquier hábito produce placer y desplacer de modo complejo y complementario para lograr un equilibrio homeostático...

Veamos.
Nuestro cerebro incentiva y desincentiva a la vez. Por eso el ser humano es el único que puede hallar placer en el desplacer.

El primer sorbo de vino es el mejor.
Porque, al principio, cualquier adicción genera mucho placer y poco desplacer, pero al ir repitiendo la acción en busca de más gratificación obtenemos menos: la proporción de placer y desplacer se va invirtiendo.

¿Cómo?
Las adicciones, obsesiones y conductas compulsivas obedecen a ese mecanismo. Gozamos la primera dosis y paulatinamente tenemos que aumentarla ya no para obtener placer, sino sólo para evitar el desplacer...

Cada vez tomas más y gozas menos.
De forma que al final no actuamos para obtener más placer, sino sólo para no sufrir más desplacer. Es lo que le sucede al adicto: al principio aumenta las dosis para obtener más placer y después tan sólo para no sufrir el síndrome de abstinencia. Placer y desplacer son inversamente proporcionales.

Y así puede llegar a la muerte.
Freud intenta analizar el principio del placer y sus mecanismos, pero fracasa, porque descubre que el ser humano busca algo más allá del placer, algo que puede llevarlo a la muerte. Somos seres paradójicos.

¿En qué sentido?
El ser humano no busca su propio bien: desea estar sano, pero fuma; ama a su pareja, pero se va con otra... Y después vuelve a enamorarse de la siguiente pareja, pero reproduce la pesadilla... Una y otra vez...

Al hombre le cuesta desear a la que ama y amar a la que desea.
Buscamos equilibrio y por eso llegamos al desequilibrio. Y al indagar en el principio del placer, Freud descubre que persiguiendo ese equilibrio podemos llegar sin saberlo a desear la autodestrucción y la muerte.

Es el equilibrio definitivo al cabo.
La pulsión de muerte es un instinto autodestructivo, pero no sólo individual. También explica el comportamiento irracional de algunos pueblos, su agresiva psique colectiva. Y sería la última explicación de la guerra.

¿Tiene alguna?
Es el modo en que los pueblos descargan su pulsión de muerte sobre otros pueblos.

El cerebro puede ser un mal bicho.
Es una máquina de adaptarse al medio y crear un equilibrio, pero también es un instrumento para desequilibrarse, soñar, depender de una sustancia, una conducta, una relación... Es una red paradójica en múltiples sentidos.


"La palabra puede curar como un fármaco"

lunes, 17 de febrero de 2014

Desmontando a Estivill

Desmontando a Estivill

Hará ya unos quince años que cayó en mis manos el primer y único texto de Estivill que  he leído. Era una versión resumida del famoso libro Duérmete niño que, como no era de extrañar, nos regalaba a los médicos un laboratorio farmacéutico. Incluía estos consejos para madres y padres de bebés:
“…lo lógico es que llore, grite, vomite, patalee, diga “sed”, “hambre”, “pupa”, “no te quiero”…lo que sea con tal de conseguir que os dobleguéis, pero ni os inmutéis…Y si os cuesta mucho, pensad que lo estáis haciendo por su salud y la de toda la familia…” “…lo más probable es que en ese momento esté llorando a moco tendido…ni caso. Seguid hablando como si nada…”.
A un niño vomitar no le cuesta mucho, y aunque se de golpes –cosa que en principio os puede alarmar y con razón- no llegará a hacerse daño y lo dejará correr tan pronto entienda que vosotros no le dais ninguna importancia” . “Debéis desaparecer de la habitación antes de que el niño se duerma. No tenéis que ayudarle a coger el sueño, acunándolo, acariciándolo o haciéndole fiestas”.
“Nunca dialogaréis con el niño ni haréis caso de sus protestas. Ahora sabéis que sólo está haciendo servir acciones para conseguir reacciones. De hecho, no le pasa nada. Por tanto, no os pongáis nerviosos ni desfallezcáis en ningún momento, ni tan solo cuando veis que el niño vomita o se da golpes”
Lo lógico de verdad habría sido que semejante texto fuera denunciado por los servicios de protección a la infancia. Nada más lejos de la realidad: por desgracia fue durante años uno de los libros mas vendidos en nuestro país. Y para más INRI fue a su vez recetado por muchísimos médicos, especialmente pediatras. Yo, optimista incorregible, suelo pensar que el tiempo pone a cada uno en su sitio, y confié en que poco a poco, con los libros, charlas, y conferencias de excelentes pediatras como Carlos González, Jose María Paricio o Adolfo Gómez Papí, y psicólogas como Rosa Jové, los terribles y dañinos consejos de Estivill quedarían en el olvido. Me equivoqué. El tiempo está tardando demasiado en poner a este majadero en su sitio y yo voy a ver si puedo hacer algo para desmontar tanta mentira.
Tal vez sea más difícil de lo que parece. Con su pinta de majete Estivill consiguió embaucar incluso a mi admirado Juan José Millás, que le dedicó todo un reportaje en El País semanal. En una fotografía salía Estivill tocando la guitarra, lo que me pareció todo un símbolo: el clásico lobo con piel de inofensivo cordero.
Como psiquiatra infantil y como madre el Duérmete niño me parecía una apología del maltrato infantil, y así lo he repetido numerosas veces. No digo yo que establecer ciertas rutinas no pueda ser beneficioso en ocasiones, pero la parte final de esa rutina que propone Estivill supone desatender el llanto de los bebés, dejándolos llorar solos en su cuna y habitación,  una barbaridad que se paga muy cara. En mi consulta he pasado años intentando arreglar los desaguisados y estropicios que el librito ha producido a tantísimos niños y niñas así como a sus  familias. Demasiadas veces deseé para mis adentros que Estivill no pudiera dormir, que escuchara durante noches el llanto de todos esos bebés a los que hizo llorar sin posibilidad de consuelo. Bebés que tal vez se sentían solos, o tal vez tenían otitis, o tal vez estaban siendo maltratados en la guardería, o tal vez… A saber la infinidad de razones por las que puede llorar un bebé en medio de la noche.
Me he sentido desolada al ver esas secuelas que Estivill insistentemente niega, y que a veces tienen la forma de trastornos de ansiedad de separación, depresiones infantiles, enuresis o graves trastornos de conducta en la adolescencia. Cuando se ha conseguido que una madre o un padre desatiendan el llanto de su bebé dejándole sólo en otra habitación, cuando ya se ha producido esa primera quiebra, la confianza en los demás, la bondad, la empatía del niño o niña se pueden ver mermadas de por vida.
Leo ahora una entrevista reciente a Estivill y compruebo nuevamente como su avaricia no parece de tener límites, al igual que su ignorancia y su osadía.  Sólo así se entiende que sea capaz de seguir afirmando semejantes falacias y encima mentir con desfachatez al decir que él “no opina, sólo dice lo que dice la ciencia”. Sus afirmaciones recientes no tienen desperdicio, empezando por el disparate este de que “actualmente, creo que la crisis ayudará a educar mejor a los niños porque no podremos darles todo“. Me parece ofensivo cuando vemos como se dispara la cantidad de niños y niñas que viven en situación de pobreza en nuestro país (ver La crisis se ceba con la infancia). Ilustra muy bien con que cinismo argumenta sus sandeces Estivill.  En cualquier caso no tiene ni pies ni cabeza que haga y publique cosas como ésta donde cuenta que trató a 9 adultos insomnes con olanzapina Eso se llama matar moscas a cañonazos. La olanzapina es un potente antipsicótico con muchos efectos adversos, buen fármaco para las fases maníacas o los brotes psicóticos, pero de ahí a usarlo como hipnótico…
Pero vayamos con la ciencia que tanto le gusta a este hombre:
Duérmete niño es algo científico, funciona. Yo no soy un gurú ni un predicador. Mi único mérito ha sido poner en palabras muy fáciles los conocimientos científicos sobre el sueño”…”esta línea científica es la misma que recomienda la Sociedad Americana de Pediatría, la Academia Americana de Trastornos del Sueño…, es decir, son normas mundiales respaldadas por todo el estamento científico actual” “Internet se ha encargado de recoger las opiniones divergentes, sin embargo, nunca las encontraremos en el mundo científico”
Está demostrado que los niños que no duermen bien tienen más problemas de conducta, los que duermen con sus padres tienen más dependencia, los que hacen colecho tienen más riesgo de sufrir problemas de autoestima. Y todo esto está demostrado y publicado. No hay ningún niño traumatizado por pasarse los primeros días de guardería todo el rato llorando”
Para empezar la Academia Americana de Pediatría recomienda dormir en la misma habitación que el bebé  (se puede leer aquí). Desaconseja compartir la cama, pero aclara que esto lo señalan sobre todo para madres y padres fumadores, que consumen alcohol o que duermen en camas de agua, costumbre afortunadamente no extendida en nuestro país. Eso sí es sentido común.  Para seguir, esto que dice de que las opiniones contrarias no las encontramos en el mundo científico es absolutamente falso. Lo que no encontramos a día de hoy es ni un sólo experto en neurociencia que recomiende dejar llorar solo a un bebé. ¿Dónde hará Estivill sus búsquedas científicas?
Mi hobby particular es la neurobiología del apego. Y en este campo, fascinante, ha habido unos avances inmensos en la última década.
Me gustaría que Estivill leyera a fondo de verdad los trabajos de algunos de ellos. Por ejemplo las investigaciones de Allan Schore, neuropsicólogo de la prestigiosa UCLA (Universidad de Los Angeles, California) y verdadera eminencia mundial. Está especializado en comprender cómo el apego y el estrés afectan al desarrollo cerebral, y está demostrando cómo el cuidado emocional que recibimos en los dos primeros años de nuestra vida marca el resto de nuestra existencia, incluso define la morfología de nuestro cerebro. Schore explica en sus brillantes artículos científicos fenomenalmente porqué sucede eso que Estivill mencionaba de que después de mucho llorar el bebé suele terminar vomitando. En este enlace, al final de la página 15 comienza la descripción del “frenético terror” que supone para un bebé llorar sin recibir consuelo, los cambios bioquímicos que acontecen en su cerebro, y cómo la huella de ese estrés si se va repitiendo marcará a esa persona de por vida. Ha explicado cómo el cerebro del bebé se construye en esa relación íntima con la madre y el padre, y cómo de importante es el consuelo. Schore además ha investigado procesos similares en otros mamíferos como los elefantes: también a ellos la ruptura temprana del vínculo les deja unas secuelas gravísimas.  Ojalá alguien tradujera sus trabajos al castellano. Todo este esfuerzo le ha llevado a ganar reconocimiento mundial, que aprovecha para alertar de los riesgos que pueden conllevar las guarderías antes de los tres años o divulgar cómo la ciencia está re-descubriendo la sabiduría maternal ancestral.
Otra investigadora imprescindible es Ruth Feldman, neuropsicóloga israelita que investiga sobre los aspectos neurohormonales de la sincronía que se produce entre madres y bebés y también con los padres. Es otra de las que recomienda, basándose en sus trabajos, lactancia materna, contacto corporal estrecho y una atención inmediata al llanto de los bebés, hasta bien pasado el primer año de vida.
La respuesta de las madres al llanto del bebé de hecho se toma como el marcador más importante en neurobiología del apego, la prueba de que la madre es sensible y cuidará eficazmente a su cría. Ya hay muchos grupos viendo en vivo y en directo que áreas del cerebro de madres y padres se activan con el llanto del bebé, activación que produce la conducta inmediata de coger al bebé y consolarlo. James Swain, psiquiatra infantil en Yale, lo ha investigado a fondo y recogido en este magnífico trabajo.
Lo que hace Estivill aprovechándose de su autoridad como médico para pedir a los padres y madres que no sigan la llamada de su corazón ni de su cerebro es muy grave. Tira por tierra toda la evidencia científica, miente como un bellaco y anima a madres y padres a volver la espalda a sus bebés. Por si alguien aún dudaba termina acusando a las madres que le critican de enfermas:
“Es más, existen investigaciones muy serias sobre las mamás que están en contra de estas ideas y la mayoría presentan una psicopatología en su forma de ser”
¿A qué se refiere? ¿No estará hablando de su chapucero estudio comparando a 9 madres barcelonesas con 37 madres de Sao Paulo que se quejaban de que sus bebés no dormían y que en un simple cuestionario daban puntuaciones sugerentes de depresión? No hay más que leer su estudio para comprender que eso no es ciencia: compara dos muestras nada representativas y saca conclusiones de Perogrullo como que las madres de bebés “con insomnio” dormían mal. Menuda bazofia.
Por favor señor Estivill: ¡basta ya!

domingo, 3 de junio de 2012

La Investigación de las Emociones: Antonio Damasio en "El error de Descartes"



Si hubiéramos vivido alrededor de 1900 y tuviéramos cierto interés por las cuestiones de la intelectualidad, probablemente habríamos pensado que era el momento de que la ciencia abordara la comprensión de las emociones en todas sus vertientes para dar una respuesta definitiva a la curiosidad creciente del público hacia este tema. Una década antes, Charles Darwin demostró que algunos fenómenos emocionales se producen de forma sorprendentemente parecida en especies no humanas; William James y Carl Lange presentaron una innovadora propuesta para explicar el disparador de la emociones; Sigmund Freud hizo de las emociones el eje de su investigación sobre estados psicopatológicos; y Charles Sherrington inició la investigación neurofisiológica de los circuitos cerebrales que intervienen en las emociones. Sin embargo, en aquella época nunca se llegó a abordar de forma decisiva el tema de las emociones. Por el contrario, a medida que prosperaban las ciencias de la mente y el cerebro durante el siglo XX, sus intereses se dispersaron y las especialidades que hoy en día agrupamos en términos generales bajo la denominación de neurociencia dejaron de lado definitivamente la investigación de las emociones. Es cierto que los psicoanalistas nunca se olvidaron de ellas, y que existían nobles excepciones: farmacólogos y psiquiatras preocupados por las alteraciones del estado de ánimo, y psicólogos y neurocientíficos que cultivaban por su cuenta un interés por la afectividad. No obstante, dichas excepciones solo subrayan el desinterés por las emociones como objeto de investigación. El conductismo, la revolución cognitiva y la neurociencia computacional no lograron mitigar esa desatención de manera significativa.
El líneas generales, esa era todavía la situación en 1994, año de publicación de El error de Descartes por primera vez, aunque el terreno ya había empezado a cambiar. El libro trataba íntegramente, sobre la ciencia del cerebro en relación con las emociones y sus consecuencias en la toma de decisiones en general y el comportamiento social en particular. Esperaba presentar mi punto de vista con discreción sin que me echaran del ruedo, pero no podía esperar pancartas de bienvenida ni un audotorio atento. Sin embargo, me recibió un público cordial, atento. Sin embargo, me recibió un público cordial, atento y generoso, aquí y en el extranjero, y algunas ideas de mi libro se han abierto camino en el pensamiento de muchos colegas y del público no especialista. Igualmente inesperado fue el hecho de que hubiera tantos lectores deseosos de entablar conversación, plantear preguntas, hacer sugerencias y proponer correcciones. En muchos casos mantuve correspondencia con ellos, y algunos se han convertido en amigos. Aprendí mucho, y todavía aprendo, ya que es raro el día que pasa sin recibir correo sobre El error de Descartes desde algún lugar del mundo.
Pasada una década, la situación es del todo distinta. Poco después de El error de Descartes, dos de los neurocientíficos que habían estudiado las emociones en los animales publicaron sus libros El cerebro emocional (1996), de Joseph Le Doux, y Affective Neuroscience (1998), de Jaak Pankseep. Les siguieron otros y pronto los laboratorios neurocientíficos de Estados Unidos y Europa centraron su atención en la investigación de las emociones, y los libros que sacaban partido de la ciencia de los sentimientos gozaban de una gran popularidad. España, donde muchos libros sobre las emociones se han convertido en éxito de ventas, no es ajena a este fenómeno. Por fin se otorga a las emociones el reconocimiento que nuestros ilustres predecesores habrían deseado para ellas, aunque sea con un siglo de retraso.
 El tema principal de El error de Descartes es la relación entre las emociones y la razón. Partiendo de la base de mi estudio de pacientes neurológicos con defectos en la toma de decisiones y un desorden emocional, aventuré la hipótesis (conocida como la hipótesis del marcador somático) de que las emociones entraban en la espiral de la razón, y podían ayudar en el proceso de razonamiento en vez de perturbarlo sin excepción, que era la creencia común. Hoy en día a nadie sorprende esa idea, pero en el momento de presentar el concepto muchos quedaron estupefactos y hasta se contemplaba la idea con escepticismo. Para compensar, la idea tuvo una gran repercusión, tanta que en alguna ocasión se distorsionó. Por ejemplo, nunca insinué que las emociones fueran un sustituto de la razón, pero en algunas versiones superficiales de la obra sonaba como si estuviera afirmando que si se seguían los dictados del corazón en vez de la razón todo saldrían bien [...]

En el Post Scriptum de El error de Descartes aparecía una idea que apuntaba al futuro de la investigación neurobiológica: los mecanismos de la homeostasis básica constituyen una vía de desarrollo cultural de los valores humanos que  nos permite juzgar las acciones como buenas o malas, y clasificar los objetos como bonitos o feos. En aquella época, escribir sobre esta idea me hizo albergar la esperanza de establecer un doble puente entre la neurobiología y las humanidades, para así abrirnos el camino hacia una mejor comprensión del conflicto humano y una explicación más global de la creatividad. Me complace informarles de que se está avanzando hacia la construcción de este tipo de puente. Por ejemplo, algunos estamos investigando activamente los estados del cerebro asociados al razonamiento moral, mientras otros intentan descubrir el funcionamiento del cerebro durante las experiencias estéticas. La intención no es reducir la ética o la estética a circuitos cerebrales, sino explorar los hilos que conectan la neurobiología y la cultura. Creo que es un proyecto que agradaría a muchos científicos y pensadores españoles, como Cajal o Unamuno. Hoy todavía albergo mayores esperanzas de que ese puente en apariencia utópico se pueda hacer realidad y veo con optimismo que podrremos disfrutar de sus beneficios sin necesidad de esperar otro siglo.

Antonio Damasio. University of Southern California. Marzo de 2006.



http://www.youtube.com/watch?v=w7UsKugHElE&feature=colike Zaz -Je Veux- Cantando en la Calle.