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sábado, 23 de diciembre de 2017

Las cosas de Michel Onfray...



   Durante la última semana he estado sumergido hasta las cejas en Freud. El crepúsculo de un ídolo, último libro de Onfray presentado como la enésima puñalada definitiva contra el psicoanálisis, la bomba H final que arrasaría para siempre esa odiosa disciplina que tanto molesta a las TCC y, por el camino, a su séquito de crípticos y cándidos seguidores. En primer lugar, debo reseñar que Onfray es un enemigo notabilísimo y que cualquier simpatizante del psicoanálisis más o menos inquieto debería batirse el cobre contra su texto en un arriesgado cuerpo a cuerpo. Seguro que mis colegas más dotados escribirán más y mejor sobre/contra las tesis de Onfray, pero por mi parte, no puedo dejar de publicar unas brevísimas notas al hilo de lo leído.


Onfray parece partir de una extraña hipótesis: Freud es un filósofo que genera una técnica -el psicoanálisis- cuya validez se agota en... el propio Freud. De hecho, se diría que todo el corpus psicoanalítico no es sino un esfuerzo para que la psique del doctor vienés no estallara en miles de pedazos. De ahí, por ejemplo, la supuesta universalidad del Edipo. Ahora bien, Onfray olvida que su propio texto comienza confesando que la obra de tres autores (Marx, Nietzsche... y el propio Freud) configuraron su estructura mental después de una experiencia traumática de corte religioso-sexual. De hecho, con una voluntad marcadamente irónica, Onfray escribe: "¿Se aprecia alguna vez hasta qué punto las ideas de un filósofo pueden producir efectos sobre la existencia futura de un joven lector?" (p. 21). Ironía que no es tal, sin duda, ya que Onfray admite que las palabras escritas en esos libros, de alguna manera imprecisa -¿pensamiento mágico?- le guiaron hacia lo que es. Yo mismo podría poner aquí mi propio ejemplar del Zaratustra que leí y llené de -sonrojantes- apostillas cuando cumplí los 17. Con lo que él mismo -y los estudiantes para los que el verbo freudiano resultaba mucho más personal y excitante que "el imperativo kantiano o el superhombre nietzscheano" (p. 24)- afirma haberse sentido tocado por la obra freudiana... para luego acabar resumiendo que el psicoanálisis sólo fue útil para su creador. Extraña contradicción.


Onfray, pese a lo que pueda parecer, no aporta ni una sóla crítica nueva al psicoanálisis. Su mérito -que sin duda lo tiene- ha sido más bien recopilar, ordenar, redactar cuidadosamente y generar un discurso retórico potente -una "palabra eficaz" de esas de las que el propio autor parece desconfiar- con todos los lugares comunes, los secretos de alcoba y las miserias del padre fundador. Y, hablando de padres, resulta curioso que Onfray critique a Freud por luchar contra su figura paterna, en un libro destinado a... derrumbar la figura paterna total del psicoanálisis. Pero, al margen de eso, es una lástima que no maneje las últimas referencias bibliográficas con respecto a la inútil discusión del psicoanálisis como ciencia o de las relaciones entre inconsciente y dinero. Un libro como Sigmund Freud: Partes de guerra de John Forrester encara casi toda la problemática del volúmen de Onfray, sin su talento retórico... pero con una notable capacidad de síntesis. De hecho, sería interesante contar cuántas de las casi 500 páginas que componen la versión española del Anti-Freud no son sino repeticiones, vueltas sobre lo mismo, enumeraciones interminables que pretenden darle una cierta verosimilitud -fíjense ustedes, se me amontonan las pruebas-, convirtiéndose al final en un trabajo que, sintetizado y sin los "excursos personales del autor" -francamente, sigo sin entender por qué se siente obligado a confesar los gustos pederastas de los curas, por no hablar de la risible defensa de un tipo como Reich, que ni siquiera le dura al autor tres páginas (p. 449-451)- no pasaría de los tres centenares. El problema con Reich demuestra cómo trabaja el autor: Onfray nada dice de auténticas supercherías como la Energía Orgónica o sus Cajas del Orgón, sino que convierte al bueno de Wilhlem en algo así como un mártir marxista por la revolución sexual.


Al comenzar su trabajo,Onfray guarda silencio sobre sus motivaciones reales a la hora de escribir este libro. De hecho, habrá que esperar hasta la página 461, en el apartado bibliográfico (al que sin duda no acudirá el lector medio), para descubrir que su caída del caballo, su iluminación antifreudiana vino dada nada menos que por el famoso Libro negro del psicoanálisis. Lamentablemente, semejante fallo de sinceridad -semejante boquete en la "declaración de intenciones" inicial- le hurta al lector toda la orientación sobre las motivaciones del propio Onfray. De una manera absolutamente tramposa y reduccionista, el autor cita el lamentable Anti-livre noir editado por losmilleristas como la "respuesta del psicoanálisis", cuando centenares de psicoanalistas de las más variadas escuelas -empezando por el propio Zizek, que demuestra la verdadera intención ideológica represiva del Libro negro en su En defensa de causas perdidas- ya han demostrado sus garrafales errores. Por supuesto, Onfray se cuida muy mucho de citar su hermano mellizo: El libro negro del comunismo. Si se hubiera molestado en manejar la bibliografía actualizada con respecto a ciertos problemas que despacha en su libro con demasiada rapidez -por ejemplo, los "cinco análisis" de Freud- sabría que los casos se siguen trabajando, psicoanalítica pero también históricamente. Por poner un simple ejemplo, cada vez parece más claro que El Hombre de los Lobos está en realidad vinculado con el artículo Pegan a un niño, y nada tiene que ver con la figura de Anna Freud, como Onfray parece sugerir. Remitimos a los últimos trabajos de Jesús González Requena al respecto.

Más allá de todos los fallos (y los aciertos) que el autor despliega durante gran parte del texto, nos parece que su quinta parte (Ideología: La revolución conservadora) es, simple y llanamente, una manipulación total. Podríamos empezar remitiendo a la izquierda lacaniana de Jorge Alemán -mucho más compleja, activa y actualizada que Marcuse, todo hay que decirlo-, pero me atreveré a enfrentarme a Onfray en otro terreno más pantanoso. Durante una notable cantidad de páginas, el francés parece decepcionado, enfurecido,indignado -nótese el matiz irónico con el que introduzco el verbo- con un Freud anti-ilustrado que no cree en la humanidad, no-pacifista, cenizo, deprimente y depresivo, dominado por el sufrimiento, un Freud para el que el hombre es un error cósmico y la humanidad un fracaso, para el que las tesis pacifistas de Einsten son una pura tontería. En un momento de dulce candidez revolucionaria, Onfray llega a escribir: "El pesimismo trágico prohibe el optimismo social" (p. 413). Sin embargo, el autor en ningún momento explica por qué Freud está equivocado, dónde encuentra él esas pruebas fabulosas para creer en el ser humano, de dónde surge, hacia dónde va, cuáles son los intereses del "optimismo social". Y así, Onfray se hermana con Bauman y con otros autores postmodernos que lloran, se golpean en el pecho, se quejan de la falta de ilusiones, esperanzas, valores, compromisos... pero se niegan en redondo a poner en negro sobre blanco de manera real cuáles son esos compromisos y cómo podemos acometerlos políticamente. Eso, por lo visto, no compete al filósofo ni al sociólogo. Síndrome 15M: Todo por la puesta en escena, nada sobre la solución política real. Incluso el Zizek político -con el que disto mucho de coincidir- se atreve a dar una (discutible, pero impresa) lista de acciones políticas, soluciones, marcas ideológicas, discute con sus oponentes, pone en claro, se arriesga. Puede estar equivocado, pero se arriesga.
    Onfray no. Onfray simplemente dice que Freud era un cenizo, un antifilósofo, pero no explica por qué debemos confiar ni en el hombre ni en el "optimismo social", y lo que es peor, se niega a debatir con todos los que suscribimos letra por letra los capítulos más oscuros de El malestar en la cultura y, sobre todo, Más allá del principio del placer. Por mi parte, creo en esa visión del mundo negativa, errada, mundo pulsional que no puede escapar ni de la muerte, ni de la guerra, ni del sufrimiento. Y, sobre todo, me niego en redondo a pensar que ningún tipo de institución política pueda/deba meterse o regular mi coto particular de deseo -esto es, de dolor. Y sigo con absoluta cercanía a ese Freud que piensa que "la masa es bárbara, intolerante, brutal" o que "el hombre es naturalmente malo y ninguna revolución podría hacerlo bueno; la desigualdad no depende de una historia o de una economía sobre las cuales se pueda actuar, sino de la naturaleza, contra la cual no se puede hacer nada" (pps. 432-433). Y Onfray, además de sentirse indignado por semejante postulado, no hace absolutamente nada por desactivarlo. Defiendo -y defenderé- que el gesto más noble de la cultura cinematográfica de este 2011 que termina ha sido el plano final de Melancolía.

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    Soy consciente de que me dejo muchas cosas en el tintero: el intento de "provocar" a las masas con las habituales historias de alcoba entre Freud y su cuñada, la vieja historia en la que Anna Freud se hizo lesbiana por culpa de su padre -¿acaso cabe algo más conservador?-, el psicoanálisis como secta, la negación de la cura, y cómo no, el uso de la hagiografía de Ernest Jones como objeto de tiro al blanco -hurtando al lector, queda dicho, que la fuente de la "conversión" de Onfray fue nada menos que el Libro negro...
    En cualquier caso, y me gustaría cerrar con la misma idea que planteé al principio, hay que leer el libro de Onfray. Como bien me dijo hace años uno de mis maestros: "Hay libros que te llevan a rincones oscuros y te intentan robar la cartera". El filósofo francés es un experto caco, un buenísimo escritor, un retórico brutal. Y, sin embargo, la careta ideológica -su "buen rollismo social", su crítica religiosa, su pose provocadora de manual, su Épater la bourgeoisie en pleno 2011, su Freud Real Ya- le impide darse cuenta de que, en el fondo, escribe para su autopromoción, y no tanto contra el psicoanálisis.



Artículo sugerido por Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta. 
Zaragoza: 653 379 269


El séptimo sello

viernes, 11 de septiembre de 2015

Elisabeth Roudinesco: Michel Onfray


Entrevista a Elisabeth Roudinesco sobre el libro de Michel Onfray


Proyectaría sus propios fantasmas en Freud
Ya el 19 de enero de 2013 nos alertaba el doctor en filosofía y crítico literario, Inaki Urdanibia en un artículo en Kaos en la red “La historia de la filosofía según Onfray”, que “Los dos tomos que ahora han visto la luz: VIII. Les freudiens hérétiques y IX. Les consciences réfractaires sirven bien para detectar ciertos resentimientos y unas fobias que no suenan a novedad, pues tales tonalidades ya asomaban sin disimulo en algunas obras anteriores. Simplemente diré cómo sus trabajos sobre Freud y sobre Camus han sido construidos de manera nada rigurosa, ni ejemplar desde luego”.
Mismo defecto, falta de rigurosidad de Michel Onfray en sus trabajos, aparecía ya denunciado en una entrevista de la catedrática Ingrid Galster a la doctora psicoanalítica Elisabeth Roudinesco, doctora en historia, aparecida en el periódico “Neue Zürcher Zeitung” el 26 de abril de 2011:
Elisabeth Roudinesco, usted en abril de 2010, cuando apareció en Francia el libro de Michel Onfray, protestó vehementemente. ¿Por qué?
- Como usted sabe yo colaboro en el suplemento semanal de literatura de “Le Monde” y reseño entre otras cosas libros que hablan sobre Freud y el freudismo. Por tanto era normal que comentase este escrito incendiario. No se trata de una “protesta” sino de un trabajo normal. Claro está, aquí hablamos de un autor que desde años escribe sobre todo y todos y que está en contra de todo: un rebelde profesional. Michel Onfray ve por doquier conspiraciones. Cree que se le echa en cara su vida privada, algo que en realidad a nadie interesa, y cree que él es el único que dice la verdad sobre todo: sobre la filosofía, la religión, la literatura y ahora sobre Freud y el psicoanálisis. Lo hace con gesto maniqueo: aquí el bien, allí el mal… Y todo ello resulta cómico. No soy la primera que lo dice. Con cada uno de sus libros pone a todos los especialistas de la materia, que trata, en contra suya. Y se entiende el porqué: Presupone ser el primero que ha descubierto a los materialistas de la antigüedad –que en realidad se los estudia en todas partes-; afirma que Platon y Kant fueron pre-nazis, que Sade fue también un precursor del nazismo, al igual que también el judaísmo, el cristianismo, el Islam… Si se le critica a él asume la actitud de un mártir, de una víctima de los conformistas. Pero con su anti-Freud se ha pasado tres pueblos, porque hacer de Freud un nazi, alguien conducido por el incesto, un enemigo de los homosexuales, un violador, un misógino, un bellaco, un mentiroso, un drogodependiente... es algo que no se puede admitir. Él no ha puesto en su contra a la “milicia de los freudianos” sino a la opinión pública: a los medios escritos desde la derecha a la izquierda, desde el “Figaro” al “Humanité”, a los profesores, a los intelectuales sin hablar de los analíticos y pacientes. No se puede olvidar que en Francia, según datos oficiales, sufren problemas psíquicos de cinco a ocho millones de personas. Onfray ha estigmatizado con su libro todo tipo de terapias y no sólo la psicología, y afirma fundar una nueva escuela terapéutica, cuya cabeza quiere ser él. La extrema derecha le ha apoyado por haber rehabilitado la tesis del médico Pierre Debray-Ritzen (1922-1993), un miembro activo de la Nouvelle Droite, de la nueva derecha.
Ya en 2005 apareció en Francia el “Livre noir de la psychanalyse” –el Libro negro del psicoanálisis-. También entonces usted se expresó en un libro. ¿Quizá Onfray ha aportado nuevos argumentos?
- No, ningún argumento nuevo, pero este libro es distinto a aquel libro negro en el que se manifestaban cuarenta autores, entre los que había antifreudianos radicales y terapeutas pertenecientes a la psicología cognitiva.
El libro de Onfray, al igual que otros suyos editados, se mantuvo durante semanas en la lista de libros más vendidos. No considero exagerado hablar en Francia de un “fenómeno Onfray” –como si de un modo latente se necesitasen sus libros “desmitologizadores”. ¿Cómo se explica esto?
- De hecho numerosos libros de Onfray son bestseller. Es un autor populista, que resulta interesante para determinados medios audiovisuales necesitados de una alta cuota de pantalla y a los que les agrada su anti-inlelectualismo y su arte de estigmatizar a “los grandes de este mundo”, al saber universitario y a los profesores, contraponiendo las supuestas virtudes de la provincia a la decadencia de los supuestos parisinos. Conocemos el tema. Y existe la fascinación, que alguien practica, de quien hable de lo que hable siempre lo hace con gran seguridad ubicando a todo quisque a derecha e izquierda. Es algo que siempre funciona. ¿Pero hasta cuándo va a durar? Onfray ha dejado su editorial, Grasset, porque no le apoyaba lo suficiente, que fue la que lanzó al mercado su anti-Freud con numerosos errores garrafales. Veremos si tales errores se corrigen en la edición alemana. Recuerdo algunos de los más cómicos y obscenos: Freud embaraza a su nuera (cuñada?), teniendo ésta 58 años. Freud está en Berlín en 1935 y colabora con los nazis (se confunde con Ernest Jones). Las hermanas de Freud son deportadas a Auschwitz y se encuentran con Rudolf Höss; cuando la realidad es que fueron asesinadas en Treblinka y Maly Trostenets. Freud apoya a Mussolini porque él en 1933 a petición de Eduardo Weiss escribió una dedicatoria humorística en su libro “¿Por qué guerra?”. Y, finalmente, Onfray evalúa equivocadamente a la izquierda freudiana porque la defiende sin saber de lo qué habla. La izquierda freudiana –desde Reich a Marcuse, Fromm y Fenichel- era crítica con Freud y a menudo marxista pero no antifreudiana.
Usted misma ha escrito numerosas obras en el ámbito del psicoanálisis, ¿corrige o modifica la teoría de Freud? ¿No está como todas marcada por la huella de su época?
- Para mí ése no es el problema. En la historia del psicoanálisis desde hace tiempo se han sometido las teorías de Freud a una revisión y han sido criticadas con razón. Hoy en la historia del pos-freudismo hay numerosas corrientes divergentes. El verdadero problema está en que los psicoanalíticos sólo ejercen y apenas se interesan por la historia de su disciplina y menos por Freud. Por eso impresiona su dificultad a la hora de defender su disciplina o a la hora de intervenir en un debate como el presente si no es porque se sientes ultrajados. Hoy conocemos todo sobre la vida de Freud, no se encubre nada, y si sigue habiendo psicoanalíticos que creen en leyendas áureas no quiere decir que ahora haya que inventarse tramas negras.

domingo, 28 de junio de 2015

Crítica: Freud y Onfray

Nos decía Rilke que no se debe hacer críticas. Nos explica que no es estético. No es bello. Es de mal gusto.
Onfray, el filósofo ateo y díscolo ha escrito un amplio ensayo que se podría resumir diciendo: "contra Freud y el freudismo". Sin mucho rigor histórico del psicoanálisis.
La obra se titula: "Freud. El crepúsculo de un ídolo".
Me quedo con los hermosos consejos de Rainer María Rilke en "Cartas a un joven poeta".

Rodrigo Córdoba Sanz
Psicólogo y Psicoterapeuta
Tel: 653 379 269

viernes, 26 de junio de 2015

El odio a un ídolo: Freud y Onfray



Vídeo de Michel Onfray presentando su libro

Este trabajo de Michel Onfray, un filósofo potente y con alta productividad, ha alcanzado las sensibilidades de los más firmes defensores del psicoanálisis. A mi entender, el psicoanálisis es una "inspiración", no un modelo firme y rígido. Es más, de este último modo, coincido con Onfray en que es peligroso pero el texto parece tener un cierto sesgo, probablemente buscado y por otra parte, inconsciente.
Recomiendo leerlo, en dosis pequeñas, masticarlo y digerirlo con cariño crítico porque no todo es cierto aunque puede que la crítica a la atmósfera del psicoanálisis como "la cura" es acertada..
Rodrigo Córdoba Sanz

“Odio”

El libro ha generado airadas protestas y acusaciones desde círculos intelectuales de Francia.
La historiadora y psicoanalista Elisabeth Roudinesco aseguró en un artículo publicado por Le Nouvel Observateur que el nuevo texto de Onfray está “plagado de errores y cruzado por rumores”.
Roudinesco acusó a Onfray de haber sacado las cosas de contexto y sostuvo que Freud “de ninguna manera se adhiere al fascismo y nunca hizo apología de los regimenes autoritarios”.
“Cuando sabemos que ocho millones de personas en Francia se tratan con terapias derivadas del psicoanálisis, está claro que en el libro y en las palabras del autor hay una voluntad de daño”, sostuvo.
En su debate con Onfray, Kristeva defendió el psicoanálisis como un mecanismo capaz de tratar problemas como la histeria, el complejo de Edipo o las conductas anoréxicas y bulímicas, entre otros.
“Onfray nos insulta cuando dice que el psicoanálisis no cura”, escribió el psiquiatra y psicoanalista Serge Hefez en el semanario Le Point. “¿Qué hacemos todos nosotros en nuestros consultorios, centros de terapia familiar, conyugal, nuestros hospitales y servicios hospitalarios si no es ayudar al sujeto a convertirse en actor de su propia historia?”.
Hefez afirmó que “el psicoanálisis sí cura, es un tratamiento útil y vivo, practicado por miles de terapeutas concienzudos que conocen de fracasos, éxitos parciales y éxitos”.
Onfray respondió que muchas reacciones contra su libro evitan responder sus argumentos centrales y, en un artículo publicado en el diario Le Monde, preguntó si es imposible hacer una relectura crítica de Freud.
“Con este libro, algunos amigos me habían anticipado el odio porque me metía con el monedero”, escribió. “Hoy me doy cuenta lo acertados que estaban…”.
No podemos pedirle a Onfray que sea más ingenioso y original de lo que es capaz de ser y que se abstenga de usar descalificaciones tan tópicas, ramplonas y esloganescas como aquellas que hacen referencia al presunto fascismo de Freud, pero, en general, su ensayo no carece del todo de interés. Aunque ciertos puntos que trata de divulgar sean algo que debiera ser ya consabido por todos los interesados en la investigación psicológica. Que la historia de las modernas ciencias de Psique son un relato lleno de arbitrariedades, prejuicios, subjetividad y despistes como no se da en ninguna otra rama de las ciencias naturales es algo que tenemos que etiquetar de obvio. Que, sin embargo, en contraste con sus auténticas utilidad y verosimilitud, bien enfocado como negocio es uno de los más prósperos y boyantes que existen, lo hablé no más que hace un par de días con un colega (que es, dicho sea de paso, junto con las ratas, tan pobre como yo). Lo que la ciencia médica aporta al enfermo físico guarda infinita mejor proporción con el honorario al uso que lo que aportan al enfermo mental la psiquiatría y la psicología (aunque siga siendo también una proporción muy injusta). No, no sólo es un problema del Psiconálisis. Onfray se queda corto. Yo hablo de toda la ciencia psicológica en general. Si nos atrevemos al sensacionalismo de gritar que no cura el Psicoanálisis, habría que seguir avisando que tampoco lo hacen el Conductismo, ni la evolutiva, ni la cognitiva, ni la Gestalt, ni… Ni la Psicología junguiana. Me viene a la mente el título de aquel ensayo del junguiano Hillman y Michael Ventura titulado “Cien años de psicoanálisis y todo sigue igual”.
Pensemos. La medicina ha alargado la esperanza de vida bastante en un siglo. La psicología se encuentra sin embargo cada década ante más y más prevalencia de la problemática mental. Eso sí: más clientes, claro.
¿Y ya está? ¿Éstos son los términos entre los que debe enmarcarse el debate? No. La primera responsabilidad como ciencia de la psicología es tratar de comprender y conocer la psique. Intentar curarla viene después. Atendiendo a esta prioridad, decimos de nuevo que el panorama en general es tan triste como lo es el paisaje de la práctica clínica, pero no del todo es tan así. Por ejemplo, un junguiano, inherentemente, concibe la psique como algo que se adapta hasta cierto punto a las consignas filosóficas que predica Freud, y el conductismo, y Adler, y el cognitivismo, y… Y después de cualquiera de esos puntos, continua hacia niveles más allá, hacia las últimas fronteras. La auténtica filosofía, ciencia, de lo que es la psique, es holística, o no es. Onfray avisa de que el psicoanálisis es sobre todo algo a imagen y semejanza de su autor. Bueno, dejando ahora de lado que eso pasa con todo, en realidad, incluso con las matemáticas (y, por supuesto, entre la obra de Onfray y él mismo -cosa de la que él mismo es consciente-), podemos contraponer que precisamente un investigador con un carácter más vasto y más complejo, creará una teoría psíquica de mayor alcance y, por tanto, más cerca de su objetivo final. En Psicología, como en ninguna otra disciplina, la importancia del sujeto investigador, su experiencia biográfica, y la complejidad de su temperamento es vital en el alcance y veracidad de su producción científica. Los mapas los hemos confeccionado explorando el mundo. Los mapas de la psique los confeccionan los que se aventuran por sus entresijos. No olvidemos nunca que en este área el investigador y el objeto de estudio coinciden. Lo que uno no descubre en sí mismo, no lo hará a través de ningún electroencefalograma ni estudiando ratas.
El primer problema llega alrededor del problema de la falsabilidad. Colón indicó el camino a América y todo el mundo desde entonces pudo ir. Jung habló de ciertas realidades que, no nos engañemos, la mayor parte de la gente jamás hará conscientes. Por eso Freud sigue teniendo más fama y popularidad. Porque el sexo es una realidad flagrante en todos.
Ahora vayamos con el problema de la terapia. Para mí, y para mucha gente, la comprensión, el análisis de lo psíquico, es el principal hilo curativo. Por eso tengo muy claro que una mala filosofía sobre la psique, un cuerpo teórico pobre, como es en efecto el Psicoanálisis, y como es en general el que presenta la ciencia psicológica moderna, no puede propiciar un verdadero reajuste psíquico. Excepto los casos en que la psique del paciente se conforme con un trabajo al nivel que sí alcance la eventual teoría de su sanador y aquellos, muy abundantes, en que la transferencia, la relación sentimental con el terapeuta, sea el alivio en sí que necesite, al menos temporalmente, como una taza de tila, esa psique dolorida. La mayor parte de los alivios terapéuticos se producen a través de la mera acción de acompañamiento, de enfermería, que hace el terapeuta. El amigo alquilado. Una vez alguien me dijo “Si hubiera en el mundo más amistad no harían falta tantos psicólogos”. Exacto. Así es. En relación a esto, ¿qué más da que el amigo alquilado sea junguiano, o freudiano, o conductista? Esta forma de “éxito terapéutico” se da especialmente (obvio) en caracteres sentimentales. Lo cual no justifica las enormes sumas que se cobran, pero sí empieza a justificar en algo el ejercicio de esta polémica profesión. Por otra parte, el mero hecho de la transferencia bien sabemos que moviliza ciertas estructuras inconscientes que pueden poner en marcha el mecanismo de una más auténtica curación, el cual puede abrirse paso más allá del mero acompañamiento fraternal hasta producir el necesario reajuste realmente curativo. Digámoslo así: hasta en la consulta de los conductistas (y en las reuniones de Onfray con sus amigos ateos) los arquetipos, los dioses, están presentes. Así que nada queda al margen de lo que él llama “efecto placebo”. Y yo entiendo que nos abre hacia el concepto de la autocuración. Lo cual es el quid de toda la clínica psicológica.
El terapeuta no es un cirujano. No podemos intervenir la psique. Es algo que queda mucho más allá de cualquier voluntad, poder y alcance. Lo digo mucho: sólo ayudamos a quienes se ayudan a sí mismos. Aunque, dicho con más exactitud, sería: “sólo ayudamos a quienes ayuda el Sí mismo”. Si consideramos, como hay considerar, la auténtica cura como la integración de lo inconsciente en la conciencia, el incremento de conciencia, presupuesto que el Psicoanálisis y la Psicología junguiana comparten, el terapeuta sólo ayuda si es usado por el Self para poner voz a los contenidos inconscientes que quiere mostrarle al ego del paciente y obligarle a asimilar. El terapeuta sólo es útil si queda atrapado, sincrónicamente, en el destino que traza la línea curativa del “cuando el paciente está preparado, aparece el terapeuta”. Entonces, lo que suele además suceder es que el sanador se transforma a la vez que su cliente.
El proceso no puede compararse a un tratamiento médico físico, con su cartesiana linealidad. Nadie aplica un método, pues el método se impone a la voluntad de los dos participantes en el proceso. La acción del terapeuta es esencialmente indirecta. Todo está en manos de la actitud y aptitud del paciente y de la disposición de su inconsciente. Todo es Dios mediante. Todo es un experimento alquímico. A veces los síntomas (de los dos) atraviesan un aparentemente contradictorio período de empeoramiento, que es de todos modos necesario. A veces el fruto del encuentro sólo aparecerá mucho tiempo después, lejos ya del tiempo de las sesiones. A veces, por supuesto, no madura nunca fruto ninguno.
La postura del profesional es profundamente pasiva frente al poder de los arquetipos (los verdaderos guías y médicos). En ciertos casos, es imposible distinguir lo que llega a la consulta de lo que aparece por la calle en forma de amistad o relaciones sentimentales. Son los mismos temas, las mismas tipologías, las mismas constelaciones arquetípicas, los mismos retos. En esos casos, todo es destino. El que el terapeuta haya llegado a estar ahí. El que cierta gente dé con él. Por un lado, estoy convencido de que el Self de las personas que van a terapia podría enviarles la misma información de otra manera. O sea, que el analista es contingente, prescindible. Al mismo tiempo, sin embargo, sé que están todos ahí convocados por el karma.
Ésta es la perspectiva junguiana más pura. Sinceramente, creo que quien aborde este trabajo de otro modo, quizás como se empeña uno en la fontanería u otra “profesión de provecho”, se va a forrar vivo, seguro, pero está engañando al mundo y a sí mismo, aunque su consulta mantenga la media estadística de éxito alrededor del efecto placebo autocurativo. Esto no es una forma más de ganarse la vida y medrar en sociedad. Esto es una forma de entregarla.
Hay mejores y peores psicologías, en tanto hay mejores y peores científicos y ciencias. Pero no. Ni la mejor podemos decir que cura. La mejor lo es porque se pone al servicio del proceso autocurativo tratando de ser el mejor placebo posible.
Homeopatía, magnetismo, radiestesia, exorcismo, astrología… Qué gratas y certeras comparaciones. Es así. La verdadera disciplina terapéutica encuentra en estas cosas sus hermanas. Las verdades más esclarecedoras, curativas y exactas que sin embargo nadie va a atrapar fácilmente en un laboratorio ni haciendo estadística, sujetas todas al Principio de elusividad cósmica. Antipopulares y aristocráticas por esencia. Se pensará Onfray, con su típica razón de adolescente terrible, que ofende diciendo eso…

miércoles, 24 de junio de 2015

El Crepúsculo de un Ídolo: Michel Onfray


Bajo la pretensión de edificar una ciencia, Sigmund Freud (1856-1939) erigió, en realidad, una construcción artística, una filosofía que ha ejercido enorme influencia en Occidente pero que tiene más que ver con la literatura y el pensamiento mágico que con un análisis del mundo que pueda ser universalmente compartido. Esa es, a grandes rasgos, la tesis nuclear del ensayo Freud. El crepúsculo de un ídolo (Taurus), que se puso a la venta el pasado viernes y que dibuja a un Freud megalómano y mentiroso, adicto a la cocaína durante diez años, con una relación insana con sus padres –y ya no digamos con su hija Anna– y “obsesionado en extender al mundo entero sus propias neurosis con el fin de hacerlas más digeribles”.