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martes, 2 de marzo de 2021

Jacques Alain-Miller: Inconsciente

 


Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta. Zaragoza. Presencial Y Online Página Web: www.rcordobasanz.es  rcordobasanz@gmail.com.                        IG:psicoletrazaragoza Twitter:@psicoletra


El inconsciente nos determina, es parte nuestra y es necesario conocerlo.

El inconsciente

El sujeto está sujetado por el inconsciente

«De todos los errores, el de buena fe es el más imperdonable” decía Lacan en Escritos 1. Y es que el inconsciente, por más que se lo desconozca, actúa en nosotros y luego nos enteramos de ello por las consecuencias. Nos lleva a lugares, pensamientos y goces que pensamos que no tienen nada que ver con nuestra persona, que es una confusión, o que será el famoso destino que nos brinda una excusa para intentar borrar nuestra responsabilidad como sujetos del inconsciente.

La importancia de conocer nuestro inconsciente radica en dejar de actuar pasivamente frente a él y prestarle atención. Al respecto, indica Miller que «la manera de obrar del inconsciente  les prohíbe, en efecto, invocar su buena fe, su buena intención, su alma bella. “No quise esto”, no vale la absolución. Sí, lo que hiciste, o que resulta de lo que hiciste, lo quisiste, porque lo que quisiste no lo sabes. Te lo enseñan las consecuencias. El hombre está condenado a no saber más que a posteriori lo que quiso» ( La ternura de los terroristas).

Miller explica que no hay liberación posible de las consecuencias de las tonterias del sujeto del inconsciente, y que esto se opone a la ética de la intención que siempre hace del sujeto un inocente.

«El inconsciente quiere decir: tus intenciones amables, tus ideas (…), todo eso es un disfraz. Son las consecuencias las que pesan, y de las que eres responsable» continúa Jacques Alain Miller.

Ya advertía Lacan que «de nuestra posición de sujetos somos siempre responsable». En tanto sujetos del inconsciente es preciso descifrarlo para no caer en la neurosis de destino, donde las cosas suceden por culpa del azar, del destino o por un tercero.

jueves, 21 de julio de 2016

De los nombres del padre. Jacques Alain-Miller

¡Qué éxito el nombre del padre! Significa algo para todo el mundo. La paternidad posee poca evidencia natural. "El nombre del padre, señala Lacan, crea la función del padre".
¿Pero entonces de de dónde viene ese plural?
No es pagano, está en la Biblia. Quien habla de la Zarza ardiente dice de sí mismo que Él no tiene un único; entiéndase, no tiene Nombre propio. No es una figura, es una función. El padre tiene tantos nombres como soportes.
¿Si función? La función religiosa por excelencia: unir. ¿Qué? El significante y el significado, la Ley y el deseo, el pensamiento y el cuerpo. Para resumir, lo simbólico y lo imaginario. Sólo que si estos se abusan de a tres con lo Real, el Nombre del Padre no es más que un semblante. En cambio, si sin éste todo se desata, es el síntoma del nudo mal hecho.
Jacques Alain-Miller: De los Nombres del Padre

domingo, 15 de marzo de 2015

Vicente Palomera: Una voz que sonoriza la mirada


Jacques Lacan subraya en el Seminario X el vínculo existente entre la angustia y lo imaginario y empieza a estudiar la angustia partiendo del registro escópico. Primero, parte de la imagen especular y de todos los trastornos de la relación con la propia imagen, lo Unheimlich del doble, hasta llegar, finalmente, a los momentos en que la imagen empieza a cobrar autonomía, cuando la imagen misma empieza a mirar.
En el clímax de la demostración, Lacan aporta un caso de una paciente psicótica que dice “Io sono vista”, y que en italiano supone decir tanto "soy vista" como "soy la vista". La paciente esquizofrénica, Isabella, había hecho un dibujo donde hay un árbol con tres ojos. Lacan se interesa especialmente por el marco, por los significantes que enmarcan las ramas del árbol. No es sólo la mirada de lo que se trata, sino lo que la enmarca, una cadena significante que se impone en su dimensión de voz: “Io sono sempre vista” [1].
El alcance de este ejemplo llegó veinte años después, en 1983, de la mano de Jacques-Alain Miller cuando lo leyó con el fondo de una nota en "De una Cuestión Preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis", que mostraba cómo el objeto, en tanto estructura de pérdida vital, se encontraba presente en este caso y, también, cómo el campo de la realidad se constituye a partir de la extracción de la mirada como objeto [2].
Es en este sentido que se puede afirmar que la pérdida de la realidad es equivalente a la pérdida del marco de la realidad. El mutismo de Isabella se debe a que ella misma ocupa el lugar de la apertura obtenida por la extracción del objeto. La mirada está siempre ahí, enmarcada, "recortada", pero Isabella no puede despegarse de ella. En definitiva, el sujeto psicótico revela que el objeto (a) puede estar recortado pero esto no basta para despegarse de él.
Por otro lado, la observación de Lacan aparece tras un comentario sobre el sueño del hombre de los lobos: "Si esta observación tiene para nosotros un carácter inagotado e inagotable, es porque se trata esencialmente, de cabo a rabo, de la relación del fantasma con lo real. ¿Qué vemos en el sueño? La hiancia súbita de una ventana. El fantasma se ve más allá de un cristal, y por una ventana que se abre. El fantasma está enmarcado"[3].
En este sueño, "el marco son los lobos en las ramas". En el caso de Isabella, prosigue diciendo: "lo que desempeña el papel que desempeñan los lobos para el hombre de los lobos, son significantes. Más allá de las ramas del árbol, ella ha escrito la fórmula de su secreto, “Io sono sempre vista".
Detengámonos, por un instante, en el dibujo de Isabella. Nos invita a ello la frase que envuelve el árbol y, además, el comentario que Freud hace en La Interpretación de los sueños, a propósito de los medios de representación del sueño ("Die Darstellungsmittel des Traumes"). Freud establece allí una analogía entre sueño y dibujo: "La falta de esta capacidad de expresión (de los sueños) debe depender del material psíquico con el que el sueño es elaborado. A una análoga limitación se hallan sometidas las artes plásticas, comparadas con la poesía, que puede servirse de la palabra, y también en ellas depende tal impotencia del material por medio de cuya elaboración tienden a exteriorizar algo. Antes de que la pintura llegase al conocimiento de sus leyes de expresión, se esforzaba en compensar esta desventaja haciendo salir de la boca de sus personajes filacterias en las que constaban escritas las frases que el pintor desesperaba de poder exteriorizar con la expresión de sus figuras" [4]. En ésta se atisba la esquicia existente entre sonido y voz.
Como esas filacterias en las que estaban escritas las frases que el pintor desesperaba de poder extraer, "Io sono sempre vista" es lo que –como lo señala Lacan- Isabella nunca había podido decir hasta entonces. Isabella permanece en un mutismo aterrado y, a través del dibujo, lo infigurable aparece en la figura, una enunciación silenciosa es puesta en el dibujo. Es la voz inaudible pero que se muestra en un objeto en sí mismo irrepresentable. Lo que no se puede figurar –la voz- vuelve en el cuadro como figurable y, sólo por abuso de términos, se diría que "da voz a la mirada".
Tratándose del sueño y de la pintura, Freud no hablaba de una limitación en la representación sino de un límite: lo no figurable no procede de una impotencia sino de una imposibilidad, propia de la lógica de la expresión figurada. Digamos que si los pintores dejaron de recurrir a las filacterias es porque los cuadros van a centrarse y organizarse en torno a un vacío central. Es este vacío el que no encontramos en el caso de Isabella.
En 1982, en su Curso de la Orientación lacaniana, Jacques-Alain Miller señalaba precisamente que la mirada no pertenece necesariamente al orden visual. La mirada puede ser un ruido, puede tener otro sensorium, pertenecer a otro orden de los sentidos distinto del visual- Jacques Lacan lo ilustra con el ejemplo de Jean-Paul Sartre, donde el sujeto se ve mirar en el momento en que el ruido se hace oír [5].Otro tanto ocurre en el caso que Freud publica en "Un caso de paranoia contrario a la teoría psicoanalítica" donde el ruido de un clic (das Geräusch des Abdrückens), desencadena la sospecha de detrás de la cortina está oculto alguien que espía. La vergüenza por la desnudez de "la belleza expuesta" retorna en el sentimiento de ser atrapada por la mirada del otro [6].
Por su parte, la voz tiene una temporalidad distinta de la mirada. En la misma sesión de su Curso, Miller los señala: "en el objeto mirada, hay una suspensión temporal", es decir, la mirada está en el registro de la duración, de un "no sabía cuánto tiempo miraba eso", sin embargo, respecto a la mirada, siempre estamos en el registro del instante. Sin embargo, con la voz estamos atrapados en la duración. En la voz "hay envolvimiento –señala Miller- hay modulación". El obstáculo principal para captar el lugar de la voz está en el hecho de que "estamos obnubilados por la función del sonido, por la función fónica".
De nuevo, en "De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis", Lacan precisa que hay una función de la voz que está ligada, esencialmente, a la cadena significante como tal, independiente del acceso que se tenga por tal o cual sentido: "la alucinación verbal no es reducible ni a un sensorium particular…ni sobre todo a un percipiens que la daría su unidad". Existe, pues, una independencia de la voz respecto a cualquier sensorium, respecto a cualquier sentido. La voz en Lacan está tan presente en lo que se oye como en lo que se lee, es una voz que no está ligada esencialmente a la sustancia sonora.
Esta es la razón por la que, Jacques-Alain Miller concluye que "la voz está hecha de un vaciamiento de la sustancia sonora"[7].Es esto de lo que Antonin Artaud testimonia en L’Omblic des limbes: una voz que no pasa por las rutas del sonido ("esa carne que no se siente más en la vida, esta lengua que no llega a salir de su corteza, esa voz que no pasa más por las rutas del sonido") [8]. Pero este "vaciamiento de la sustancia" es generalizable a todos los objetos (a): "el vaciamiento de la sustancia es precisamente uno de los rasgos de los objetos (a)" [9]. Es lo que pone de manifiesto el recuerdo infantil de un sujeto que organiza su fantasma en la intrincación del objeto (a), en sus diferentes formas, en el regalo de "mal gusto" que sus padres, en forma de don, le habían entregado en pleno control de sus esfínteres: una bacinilla de juguete en cuyo fondo había dibujado un ojo enmarcado por la fórmula: "¡Ojo que te veo! En este ejemplo, hace ver bien que el objeto anal no es el excremento, sino el vaciamiento de esta sustancia. Es este objeto el que organiza, en su existencia, su ob-cesión, es decir, entre la evitación y el rechazo. Es este vaciamiento de la sustancia del objeto (a) lo que lleva a Lacan a afirmar, en el Seminario sobre Le sinthome, que "el objeto (a) no es sino uno solo y el mismo objeto" [10]. Es decir, que las "cinco formas" del objeto (a) pueden entenderse como las cinco formas de un mismo objeto.
En 1975, Lacan presenta una nueva tesis sobre la paranoia señalando que "la paranoia es un pegoteo imaginario, es una voz que sonoriza la mirada, es un asunto de congelación del deseo" [11]. Evidentemente, esta definición se sustenta en el hecho de una voz vaciada de su sustancia sonora.
Hace unos años, tuve la ocasión de presentar el caso de una parafrenia para ilustrar este aspecto de la tesis de Lacan. Se trataba de un ejemplo de "máquina de influir" en el que un sujeto, Orlando, relataba cómo "el Aparato fija planos, haciendo aparecer a las mujeres con la piel especialmente blanca y brillante, las imágenes proyectadas en planos fijos, intercala colores (…): los labios aparecen muy rojos y marcadamente voluminosos, una luz da un brillo espectacular a la mirada, hasta el punto de sentir miedo (...) Entonces, la mirada hablaba". Se ve bien que la voz sonoriza la mirada en el momento en que las imágenes quedan congeladas o, como el sujeto aclara, "proyectadas en planos fijos".
Lacan vuelve a referirse, en La Tercera, a la voz. Este "Discurso de Roma" de 1975, es un discurso que "me permite simplemente poner la voz en la rúbrica de los cuatro objetos que he llamado (a), es decir, volver a vaciarla de la sustancia que podría haber en el ruido que hace, es decir, volver a colocarla en la cuenta de la operación significante, la que yo especifiqué con los efectos llamados de metonimia" [12].Orlando es testigo de cómo los efectos de metonimia se ven obstaculizados, detenidos por la intervención de esos planos que fijan la imagen. Digamos que sufre, en esos instantes, de una primacía de la "forma mirada" sobre la "forma voz" del mismo objeto.
Lo que mediante la expresión de "pegoteo imaginario" hace escuchar Lacan, es que la voz queda subordinada a la mirada, pegada en la fijeza escópica. Ese momento es para Orlando de un gran pavor ("una luz da un brillo espectacular a la mirada hasta sentir miedo, (…) entonces, la mirada hablaba"). Orlando habla entonces de un brillo que lo enceguece, momento en que el objeto mirada aparece obturando la metonimia del deseo. La angustia es precisamente ese embudo temporal, instante donde el tiempo se detiene, quedando suspendido e inmovilizado.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Jacques Alain-Miller


NUEVA ESCUELA LACANIANA: Jacques-Alain Miller

"Amamos a aquel que responde a nuestra pregunta: ¿Quién soy yo?"
"Hijo espiritual" de Jacques Lacan, Jacques-Alain Miller explora a su vez la cuestión del amor que el padre del pensamiento psicoanalítico contemporáneo evocaba en 1973, en uno de sus más famosos seminarios "Aún" en El Seminario, vol XX (Seuil, "Essais", 1999). Es igualmente el fundador de la Escuela de la Causa Freudiana. Ultima obra aparecida Le secret des dieux (Navarin editores, 2005)
"Amamos a la persona que protege, o una imagen narcisista de uno mismo".
El amor se dirige a aquel que, pensamos, conoce nuestra verdad y nos ayuda a encontrarla soportable, explica Jacques-Alain Miller. Mirada de un psicoanalista sobre esta cuestión fundamental.
Psicologías: ¿El psicoanálisis enseña algo sobre el amor?
Jacques-Alain Miller: Mucho, pues es una experiencia cuyo resorte es el amor. Se trata de ese amor automático, y a menudo inconsciente, que el analizante dirige al analista, y que se llama la transferencia. Es un amor artificial, pero de la misma estofa que el amor verdadero. Saca a la luz su mecánica: el amor se dirige a aquel que usted piensa que conoce vuestra verdad verdadera. Pero el amor permite imaginar que esta verdad será amable, agradable, mientras que de hecho es muy difícil de soportar.
P.: ¿Entonces, qué es verdaderamente amar?
J-A Miller: Amar verdaderamente a alguien es creer que amándolo, se accederá a una verdad sobre sí mismo. Amamos a aquel o a aquella que esconde la respuesta, o una respuesta a nuestra pregunta: "¿Quién soy yo?"
P.: ¿Por qué algunos saben amar y otros no?
J-A Miller: Algunos saben provocar el amor en el otro, los serial lovers, si puedo decirlo, hombres y mujeres. Saben qué botones apretar para hacerse amar. Pero ellos no aman necesariamente, juegan más bien al gato y al ratón con sus presas.Para amar, hay que confesar su falta, y reconocer que se necesita al otro, que le falta. Aquéllos que creen estar completos solos, o quieren estarlo, no saben amar. Y a veces, lo constatan dolorosamente. Manipulan, tiran de los hilos, pero no conocen del amor ni el riesgo ni las delicias.
P.: "Estar completo solo": sólo un hombre puede creer eso…
J-A Miller: ¡Bien dicho! Amar, decía Lacan es dar lo que no se tiene. Lo que quiere decir: amar, es reconocer su falta y darla al otro, ubicarla en el otro. No es dar lo que se posee, bienes, regalos, es dar algo que no se posee, que va más allá de sí mismo. Para eso, hay que asumir su falta, su "castración", como decía Freud. Y esto, es esencialmente femenino. Sólo se ama verdaderamente a partir de una posición femenina. Amar feminiza. Por eso el amor es siempre un poco cómico en un hombre. Pero si se deja intimidar por el ridículo, es que en realidad, no está muy seguro de su virilidad.
P.: ¿Sería más difícil amar para los hombres?
J-A Miller: ¡Oh sí! Incluso un hombre enamorado tiene retornos de orgullo, lo asalta la agresividad contra el objeto de su amor, porque este amor lo pone en una posición de incompletad, de dependencia. Por ello puede desear a mujeres que no ama, para reencontrar la posición viril que él pone en suspenso cuando ama. Freud llama a este principio la "degradación de la vida amorosa" en el hombre: la escisión del amor y del deseo.
P.: ¿Y en las mujeres?
J-A Miller: Es menos habitual. En el caso más frecuente, hay desdoblamiento del partenaire masculino. De un lado, está el amante que las hace gozar y que desean, pero está también el hombre del amor, que está feminizado profundamente castrado. Sólo que no es la anatomía la que comanda: hay mujeres que adoptan una posición masculina, incluso las hay cada vez más. Un hombre para el amor, en la casa, y hombres para el goce, que se encuentran en Internet, en la calle, o en el tren…
P.: ¿Por qué cada vez más?
J-A Miller: Los estereotipos socioculturales de la feminidad y de la virilidad están en plena mutación. Los hombres son invitados a alojar sus emociones, a amar, a feminizarse; las mujeres conocen por el contrario un cierto "empuje al hombre": en nombre de la igualdad jurídica, se ven conducidas a repetir "yo también". Al mismo tiempo, los homosexuales reivindican los derechos y los símbolos de los héteros, como el matrimonio y la filiación. De allí que hay una gran inestabilidad de los roles, una fluidez generalizada del teatro del amor, que contrasta con la fijeza de antaño. El amor se vuelve "líquido" constata el sociólogo Zygmunt Bauman[1]Cada uno es conducido a inventar su propio "estilo de vida", y a asumir su modo de gozar y de amar. Los escenarios tradicionales caen en lento desuso. La presión social para adecuarse a ello no ha desaparecido, pero es baja.
P.: "El amor siempre es recíproco", decía Lacan. ¿Aún es verdadero en el contexto actual? ¿Qué significa eso?
J-A Miller: Se repite esta frase sin comprenderla, o se la comprende de través. No quiere decir que basta con amar a alguien para que él lo ame. Eso sería absurdo. Quiere decir: "Si yo te amo, es que tú eres amable. Soy yo quien ama, pero tú, tú también estas implicado, puesto que hay en ti algo que hace que te ame. Es recíproco porque hay un ir y venir: el amor que tengo por ti es el efecto de retorno de la causa de amor que tú eres para mí. Por lo tanto, algo tú tienes que ver. Mi amor por ti no es sólo asunto mío, sino también tuyo. Mi amor dice algo de ti que quizá tú mismo no conozcas." Esto no asegura en absoluto que al amor de uno responderá el amor del otro: cuando eso se produce siempre es del orden del milagro, no se puede calcular por anticipado.
P.: No se encuentra a su cada uno o cada una por azar. ¿Por qué él? ¿Por qué ella?
J-A Miller: Existe lo que Freud llama Liebsbedingung, la condición de amor, la causa del deseo. Es un rasgo particular – o un conjunto de rasgos- que tiene en cada uno una función determinante en la elección amorosa. Esto escapa totalmente a las neurociencias, porque es propio de cada uno, tiene que ver con la historia singular e íntima. Rasgos a veces ínfimos están en juego. Freud, por ejemplo, había señalado como causa del deseo en uno de sus pacientes ¡un brillo de luz en la nariz de una mujer!
P.: Nos es difícil creer en un amor fundado sobre esas naderías.
J-A Miller: La realidad del inconsciente supera a la ficción. Usted no tiene idea de todo lo que se funda, en la vida humana, y especialmente en el amor, en bagatelas, cabezas de alfiler, "divinos detalles". Es verdad que es sobre todo en el macho que encontramos tales causas del deseo, que son como fetiches cuya presencia es indispensable para desencadenar el proceso amoroso. Particularidades nimias, que recuerdan al padre, la madre, el hermano, la hermana, tal personaje de la infancia, juegan también su papel en la elección amorosa de las mujeres. Pero la forma femenina del amor es más erotómana que fetichista: quieren ser amadas, y el interés, el amor que se les manifiesta, o que suponen en el otro, es a menudo una condición sine qua non para desencadenar su amor, o al menos su consentimiento. El fenómeno está en la base de la conquista masculina.
P.: ¿Usted no le adjudica ningún papel a los fantasmas?
J-A Miller: En las mujeres, sean conscientes o inconscientes, son determinantes para la posición de goce más que para la elección amorosa. Y es a la inversa para los hombres. Por ejemplo, ocurre que una mujer no pueda obtener el goce – digamos el orgasmo – sino a condición de imaginarse a sí misma durante el acto, siendo golpeada, violada, o siendo otra mujer, o incluso estando en otra parte, ausente.
P.: ¿Y el fantasma masculino?
J-A Miller: Está muy en evidencia en el enamoramiento. El ejemplo clásico, comentado por Lacan, está en la novela de Goethe [2], la súbita pasión del joven Werther por Charlotte, en el momento en que la ve por primera vez, alimentando a un grupo de niños que la rodea. Aquí es la cualidad maternal de la mujer lo que desencadena el amor. Otro ejemplo, tomado de mi práctica, es este: un jefe en la cincuentena recibe candidatas en un puesto de secretaria; una joven mujer de 20 años se presenta; le desencadena inmediatamente su fuego. Se pregunta lo que le pasó, entra en análisis. Allí descubre el desencadenante: encontró en ella rasgos que le evocaban lo que él mismo era a los 20 años, cuando se presentó a su primera solicitud de trabajo, de algún modo se enamoró de sí mismo.
P.: ¡Se tiene la impresión de que somos marionetas!
J-A Miller: No, entre tal hombre y tal mujer, nada está escrito por anticipado, no hay brújula, no hay relación preestablecida. Su encuentro no está programado como el del espermatozoide y el del óvulo; nada que ver tampoco con los genes. Los hombres y las mujeres hablan, viven en un mundo de discurso, es eso lo que es determinante. Las modalidades del amor son ultrasensibles a la cultura ambiente. Cada civilización se distingue por el modo en que estructura su relación entre los sexos. Ahora, ocurre que en occidente, en nuestras sociedades, a la vez liberales mercantiles y jurídicas, lo "múltiple" está en camino de destronar el "uno". El modelo ideal de "gran amor para toda la vida" cede poco a poco el terreno ante el speed dating, el speed living y toda una profusión de escenarios amorosos alternativos, sucesivos, incluso simultáneos.
P.: ¿Y el amor en su duración?, ¿en la eternidad?
J-A Miller: Balzac decía: "Toda pasión que no se crea eterna es repugnante".[3] ¿Pero el vínculo puede mantenerse toda la vida en el registro de la pasión? Cuanto más un hombre se consagra a una sola mujer, más ella tiende a tomar para él una significación maternal: tanto más sublime e intocable cuanto más amada. Son los homosexuales casados lo que desarrollan mejor este culto de la mujer: Aragon canta su amor por Elsa: cuando muere, ¡buen día a los muchachos! Y cuando una mujer se apega a un solo hombre, lo castra. Por lo tanto, el camino es estrecho. “El mejor destino del amor conyugal es la amistad”, decía en esencia Aristóteles.
P.: El problema, es que los hombres dicen no comprender lo que quieren las mujeres, y las mujeres, lo que los hombres esperan de ellas…
J-A Miller: Sí. Lo que es una objeción a la solución aristotélica, es que el diálogo de un sexo con el otro es imposible, suspiraba Lacan. Los enamorados están de hecho condenados a aprender indefinidamente la lengua del otro, a tientas, buscando las claves, siempre revocables. El amor, es un laberinto de malentendidos cuya salida no existe.

domingo, 16 de marzo de 2014

Forclusión

Forclusión

De Wikipedia, la enciclopedia libre
Forclusión es un concepto elaborado por Jacques Lacan para designar el mecanismo específico que opera en la psicosis por el cual se produce el rechazo de un significante fundamental, expulsado del universo simbólico del sujeto. Cuando se produce este rechazo, el significante está forcluido. No está integrado en el inconsciente. La no inscripción del significante en el inconsciente es un mecanismo mucho más radical que el de la represión. Así como, para los contenidos que fueron objeto de la represión, el retorno de lo reprimido es un proceso psíquico que ocurre a través de diversas formaciones del inconsciente (sueños, actos fallidos, síntomas neurótico), en el caso de la forclusión (mecanismo por excelencia de la psicosis) el retorno es en forma alucinatoria, es decir, lo forcluido retorna en lo real.
La forclusión es, para la teoría psicoanalítica lacaniana el proceso que ocurre en las personas que sufren de psicosis. Se trata de que durante la temprana infancia (antes de los cuatro años) se produce un repudio o rechazo inconsciente a la función paterna (que corresponde al significante fundamental), y por ende implica una carencia de La Ley, ley que mediante el Registro de Lo Simbólico mantiene en orden al pensar (en orden con el principio de realidad).
La forclusión puede deberse ya sea a que la madre no ha sabido transmitir la función paterna (ha considerado a "su" hijo o hija como 'propiedad' o 'apéndice ' suyo, ó todo lo contrario, le ha despreciado absolutamente), o ya sea porque el padre o quien debería haber cumplido la función paterna, por sus actitudes (sadismo etc.) ha sido repudiado inconscientemente durante la temprana infancia.
Jacques Lacan, el introductor del término, lo tomó del derecho. En el "Seminario sobre la Psicosis" (Seminario III) planteó la estructura de la psicosis como efecto de la "forclusión" del significante del Nombre del Padre.


Etimología

Término inicialmente usado en el ámbito del derecho, compuesto por las palabras latinas: foris (fuero, foro) y claudere (cerrar); en tal sentido forclusión posee el significado de excluir y rechazar de un modo concluyente.

Historia del concepto forclusión[editar]

El término "forclusión" fue introducido por J. Lacan en la última clase de su Seminario dedicado a Las Psicosis, el 4 de julio de 1956.
La génesis de este concepto se remonta a la noción de alucinación negativa, utilizada por Hippolyte Bernheim para designar la falta de percepción de un objeto presente en el campo del sujeto, después de la hipnosis. Sigmund Freud tomó el sentido de esta noción aplicándole el término alemán Verwerfung (desmentida) en 1894, en el tercer apartado de su artículo "Las neuropsicosis de defensa", a propósito de la psicosis alucinatoria: "Existe un tipo de defensa mucho más enérgica y mucho más eficaz, que consiste en que el yo rechaza (en alemán verwirft) la representación intolerable, simultáneamente con su afecto, y se comporta como si la representación no hubiera llegado jamás al yo". Pero el texto freudiano en el que Lacan se ha basado principalmente para promover su noción de forclusión (falta del nombre del padre) es, sin duda, " Historia de una neurosis infantil", en el que los términos verwerfen y Verwerfung (Desmentida) son repetidamente utilizados. El pasaje más demostrativo es aquel en el que se propone la coexistencia, en el sujeto, de tres actitudes distintas respecto de la castración: "[...] la tercera corriente, la más antigua y la más profunda, que había pura y simplemente rechazado (verworfen) la castración y en la cual no se trataba todavía de juzgar sobre la realidad de ésta, esta corriente era todavía reactivable. En otro lugar he comunicado una alucinación que dicho paciente tuvo a la edad de cinco años [...]"
Si bien la Verwerfung (Desmentida) y la Verdrängung (represión) se diferencian claramente en uso y connotación en los escritos freudianos, no sucede lo mismo con los términos Verneinung (negación) y Verleugnung (renegación), introducidos en la teoría en la década 1920-1930. Verneinung es el nombre del mecanismo verbal mediante el cual lo reprimido es reconocido de manera negativa por el sujeto, sin ser no obstante aceptado. La Verleugnung designa la negativa del sujeto a reconocer la realidad de una percepción: por ejemplo, la falta de pene en la madre. Asimismo, se encuentran en Freud otros términos, distintos a Verwerfung, utilizados en un sentido que parece autorizar, de acuerdo con el contexto, una aproximación al concepto de repudio: ablehnen (apartar, rehusar), aufheben (suprimir, abolir). Y en contraposición, el término Verwerfung no siempre corresponde, en Freud, al significado de repudio: está usado en, por lo menos, otras dos acepciones diferentes de la mencionada. Una es el sentido amplio de un rechazo que puede ejercerse aun en forma de represión; y otra es el sentido de un rechazo que adopta la forma de un juicio consciente de condenación.
Paralelamente, en Francia, Édouard Pichon introducía el término "escotomización" para designar el mecanismo de ceguera inconsciente mediante el cual el sujeto hacía desaparecer hechos desagradables de su memoria o su conciencia. En 1925, una polémica opuso a Freud y René Laforgue a propósito de esta palabra. Laforgue proponía traducir por escotomización tanto la renegación (Verleugnung) como otro mecanismo, propio de la psicosis y sobre todo de la esquizofrenia. Freud se negó a seguirlo y distinguió la Verleugnung respecto de la Verdrängung. La situación que describía Laforgue suscitaba la idea de una anulación de la percepción, mientras que la expuesta por Freud mantenía la percepción en el marco de una negatividad. Desde el punto de vista clínico, esta polémica no hace sino revelar la falta de un término específico para designar el mecanismo de rechazo propio de la psicosis, término faltante en el vocabulario freudiano, a pesar de la exigencia constante en Freud por hallarlo y definirlo.
En el año 1928, en Francia, Édouard Pichon publica (en colaboración con Jacques Damourette) un artículo titulado "Sur la signification psychologique de la négation en français". A partir de la lengua, toma del discurso jurídico el adjetivo "forclusivo" para significar que el segundo miembro de la negación en francés se aplica a hechos que la persona que habla ya no encara como formando parte de la realidad: son hechos forcluidos. El ejemplo en el que se basan los autores es un artículo periodístico sobre circunstancias ligadas al "caso Dreyfus". Pichon y Damourette dicen: "La lengua francesa, mediante el forclusivo, expresa el deseo de escotomización, traduciendo de tal modo el fenómeno normal del cual la escotomización descrita en patología mental por M. Laforgue y uno de nosotros [Pichon] es la exageración patológica".
En 1954, Lacan comenzó a actualizar la cuestión del forclusivo y la escotomización en oportunidad de un debate con el filósofo hegeliano Jean Hyppolite, quien abordaba la cuestión a través de la Verneinung, que se proponía traducir como denegación. Por su parte, Lacan se inspiró en el trabajo de Merleau-Ponty, Phénoménologie de la perception, para proponer la alucinación como "fenómeno de desintegración de lo real", componente de la intencionalidad del sujeto. En el seno de este diálogo, Lacan comenta el caso freudiano del Hombre de los Lobos, dando como equivalente francés de 'Verwerfung la palabra retranchement (supresión). Dos años más tarde, en su Seminario, al retomar la distinción freudiana entre neurosis y psicosis, después de comentar intensamente la paranoia de Schreber y elaborar el significante nombre-del-padre, propuso traducir Verwerfung por forclusión. Se entiende por tal el mecanismo específico de la psicosis, consistente en el rechazo primordial de un significante fundamental, que queda expulsado (forcluido) del universo simbólico del sujeto. Los significantes que sufren este destino retornan en lo real, en una alucinación o un delirio que invaden la palabra y la percepción del sujeto.
Esta interpretación de Lacan permite resolver el problema que Freud había dejado planteado en el Historial de Schreber, al desechar la proyección como mecanismo explicativo del fenómeno psicótico manteniendo la radical diferencia de éste respecto de los síntomas de las psiconeurosis: "No era exacto decir que la sensación reprimida en el interior se proyectaba al exterior; más bien reconocemos que lo que había sido suprimido en el interior retorna desde el exterior". A lo largo del Seminario 3 (titulado Las psicosis), y basándose en el texto freudiano "La negación", Lacan define el repudio a partir de un proceso primario que comporta dos operaciones complementarias: la Einbeziehung ins Ich (la introducción en el sujeto), y la Ausslossung aus dem Ich (la expulsión fuera del sujeto). A la primera de estas operaciones la denomina en alemán Bejahung (proposición, afirmación) primaria. La segunda constituye lo real: el dominio que persiste fuera de la simbolización. Esta etapa, previa a toda articulación simbólica (anterioridad lógica, no cronológica), es primordial en la relación del sujeto con el símbolo -es decir, con el lenguaje-. "Puede entonces suceder que algo primordial en lo tocante al ser del sujeto no entre en la simbolización, y sea, no reprimido, sino rechazado...En el origen hay pues Bejahung, a saber, afirmación de lo que es, o Verwerfung". Los significantes sometidos a la Bejahung sufrirán diversos destinos (por ejemplo, la Verdrängung); lo afectado por la Verwerfung primitiva sufrirá otro: se manifestará en lo real.
J. Lacan termina la última clase del Seminario 3 proponiendo el término "forclusión": "No retorno a la noción de Verwerfung de la que partí, y para la cual, luego de haberlo reflexionado bien, les propongo adoptar definitivamente esta traducción que creo la mejor: la forclusión". Una anotación de los responsables del establecimiento y traducción al español del texto de este Seminario (Diana Rabinovich y Jacques-Alain Miller), fechada en 1984, aclara que:
"clásicamente este término tenía dos acepciones en francés:
1) En derecho: el vencimiento de una facultad o derecho no ejercido en los plazos prescritos*.
2) Figurativamente: exclusión forzada, imposibilidad de entrar, de participar.
En castellano no existe ningún equivalente exacto. Por otra parte, su difusión ha precedido la publicación del Seminario 3 , y forclusión se ha vuelto de uso habitual en el ambiente psicoanalítico. En relación con esta difusión y al hecho de que el Petit Robert (1978), del cual están tomadas las dos acepciones anteriores, incluye una tercera acepción:
3) Psicoanálisis: mecanismo que está en el origen de los estados psicóticos,
hemos decidido mantener el término forclusión, que aparece pues como un vocablo específicamente psicoanalítico y vinculado a la teoría de Jacques Lacan".
  • En efecto en el derecho legal francés la palabra forclusión se define como: "La forclusion, en droit, est l’extinction de la possibilité d’agir en justice pour une personne qui n'a pas exercé cette action dans les délais légalement prescrits." (La forclusión, en derecho, es la extinción de la posibilidad de actuar en justicia, para una persona que no ha ejercido su derecho dentro de los plazos legalmente prescritos).

jueves, 19 de septiembre de 2013

Jacques Lacan

Lacan desarrolló su pensamiento en diálogo constante con los grandes nombres, tanto pasados como presentes, del pensamiento y arte europeos. ¿Si hubiera otra serie de nombres rara vez o jamás mencionados por Lacan, pero conectados con su pensamiento por un vínculo secreto y cruciales para una comprensión apropiada de su obra?

jueves, 10 de septiembre de 2009

Cura del sentimiento de culpa

Culpa según Lacan es El deseo del hombre largamente sondeado, anestesiado, adormecido por los moralistas, domesticado por los educadores, traicionado por las academias, se refugió, se reprimió muy sencillamente, en la pasión más sutil y también la más ciega, como nos lo muestra la Historia de Edipo, la pasión del saber (1959).

El reducir el sentimiento de culpa del analista es el propósito que Jacques Alain-Miller propone para curar a otros. Lo dice así: "Se puede decir, en tono de chiste, que el núcleo de la formación de los analistas es curarlos del sentimiento de culpa. No hay tratamiento posible con culpa".

La responsabilidad es ética, y para circular libremente en tratamiento los puntos ciegos del analista han de ser trabajados.

Las religiones, por lo menos, no han ignorado el sentimiento de culpa en la cultura. Y en efecto sustentan la pretensión -cosa que yo no había apreciado en otro trabajo- de redimir a la humanidad de este sentimiento de culpa, que ellas llaman pecado. Simgund Freud.

La culpa con el poderoso efecto del superyo severo y punitivo está detrás de muchas patologías, por ello Miller y Lacan advierten de su disposición para que el analista no caiga en las redes de la culpa, dejando su análisis sin terminar.

Lacan dice: "Hacer las cosas en nombre del bien, y más aún, en nombre del bien del otro, esto es lo que está muy lejos de ponernos al abrigo, no sólo de la culpa, sino de toda suerte de catástrofes interiores".

En Análisis Terminable e Interminable Freud dice:
"La experiencia nos ha enseñado que la terapéutica psicoanalítica -la liberación de algunos de los síntomas neuróticos, inhibiciones y anormalidades del carácter- es un asunto que consume mucho tiempo. Por ello ya desde hace mucho tiempo se han hecho intentos para abreviar la duración de los análisis. Tales intentos no requieren justificación y es evidente que se basan en imperativas consideraciones de razón y conveniencia".
El analista, por excelencia es el analizado hasta el final.
Fuente: Elkin E. Villegas M. ¿A qué llamamos cura del sentimiento de culpa?