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Paz y Ciencia
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miércoles, 29 de enero de 2020

La Rebelión del Talento




¿Quién puede negar que cada año parece más intenso el esfuerzo que medios, instituciones, colectivos, y centros de formación hacen por concienciar a familias, docentes -y con suerte también a técnicos y políticos de la administración-, de la necesidad de transformar la educación? ¿Qué docente no se reconoce saturado, desbordado y desorientado por la cantidad de “innovaciones” que surgen aquí y allá, de formaciones a las que voluntaria o involuntariamente asiste? ¿Qué familia no está ya embarcada en la búsqueda del cole más “in” para sus hijos?
Pero.. ¿quién no reconoce que a pesar de todo, todo sigue igual? ¿O incluso estemos yendo a peor? Los centros se llenan de programas. Certificado bilingüe, apple, google, de aprendizaje cooperativo o aprendizaje por proyectos. Y cuando aún no hemos entendido y aplicado los primeros, ya estamos inmersos en una carrera por ser los “early birds” de la innovación educativa, y llenamos nuestro vocabulario y discursos con nuevas propuestas como “aprendizaje y servicio”, “paisajes de aprendizaje”, “aprendizaje basado en el pensamiento”… y aunque viejo pero siempre alejado de las aulas, “multinivel, emprendimiento y creatividad”.
Los eventos de “innovación educativa” se llenan y cada vez sus aforos y frecuencia son mayores. Reflejo, sin duda de la demanda existente. De la necesidad de los docentes por encontrar el mensaje, la idea, la propuesta, que le permita resolver los frenos que encuentra para garantizar eso que le dicen que es su responsabilidad: atender a todos. Pero por encima de todo, atender a un modelo estructurado, rígido, y homogeneizante, en un sistema funcional sin apoyos, sin cooperación y sin herramientas compartidas. Sin embargo, también la decepción y la desorientación aumenta.
Entonces, ¿qué encontramos en estos (algunos, no todos) “movimientos innovadores”?. Gadgets. Sí, cacharros tecnológicos. Queda mejor decir “techno devices and apps”.. pero en definitiva son cacharros. Caramelos y juguetes que pretenden hacernos creer que innovar en educación fue en su momento cambiar el tintero por un boli, y hoy, el boli por una tablet. Este es el nivel de la innovación que nos quieren hacer “comprar”.
Llamativas aplicaciones que en lugar de mostrar fotos 2D como hacen los libros de texto, nos las muestran en 3D, y que en lugar de los dibujos de caritas de niños de los libros, el narrador es un personaje de otra galaxia. O que evita a los niños leer las preguntas porque ya se las lee el sistema de voz. Pizarras digitales que retan al docente a preparar increíbles presentaciones con fantásticas aplicaciones que ponen de manifiesto, que sí, que nuestros docentes son creativos, pero aún no han entendido que la creatividad a estimular es la de sus alumnos. Que todo ese esfuerzo que hacen por esas presentaciones dinámicas y coloridas, mejora la comprensión y atractivo del contenido y es un esfuerzo valioso, pero no suficiente.
No, no soy una troglodita. Creo en la tecnología, y en cómo ésta nos abre el camino hacia la personalización del aprendizaje y más allá, hacia la gestión del mismo. Ella nos facilita y permite plantear objetivos personalizados de aprendizaje para cada alumno, construir un perfil de alumnos y combinar éstos en agrupamientos que generen sinergias de aprendizaje alrededor de áreas y fortalezas comunes o complementarias, trazar el desarrollo y avance de los alumnos, a lo largo de todos sus años de escolarización, compartir la información de curso a curso, de asignatura a asignatura, de docente a docente, y de éstos hacia las familias y viceversa. Nos permite dar un feedback continuo y personalizado a cada alumno que le permita entender y mejorar sus propias estrategias de aprendizaje, aplicación y transferencias del mismo y aportarle en cada momento, las herramientas que necesita para ir siempre un paso más allá y lograr sus objetivos. Nos permite al fin, personalizar la educación en los contextos actuales de ratio y recursos.
Es lo que se hace en una gran empresa. Contar con sistemas informáticos (“innovación” que existe desde hace unos 50 años, década arriba o abajo según el país), para registrar el perfil de sus trabajadores, sus capacidades, formación, fortalezas, perfil psicológico, personal y familiar, aspiraciones, y motivaciones, para desarrollar un plan de carrera compartido y coordinado, con el objetivo de mantener elevada su motivación e implicación y, por tanto, su desempeño y capacidad para aportar al proyecto común. Permite a los responsables gestionar, no a 25 o 40 alumnos, sino a miles y a kms de distancia. Se llama gestión de recursos humanos, existe en las empresas desde hace dos siglos, y desde hace 20 años, centrado en la gestión del talento.
Talento en que la escuela no parece creer, y desde luego, no está orientada a atender. Pregunta a cuántos docentes conozcas sobre su labor. Muy pocos dirán “desarrollar el talento de mis alumnos” y casi todos responderán, de un modo u otro “mi función es que los niños se aprendan los temas”.. (para qué les sirve, cómo los transforma o lo que hagan con ellos, no parece ser importante)

Entonces, ¿no innovamos?

La innovación en las escuelas es un clamor. Raro es el docente que no se considera innovador. Cada uno ha elegido su método, sus herramientas, sus enfoques. Y muchos además dedican su tiempo a divulgarlas para aplauso de esa comunidad virtual docente que coopera en las redes, mientras trabaja aislada en los centros.
Sólo que hemos limitado esa innovación a incorporar tecnología que sustituye al docente en la elaboración y transmisión de contenidos, mientras mantiene al alumno en una actitud pasiva de aprendizaje basado en la acumulación de esos contenidos, en seleccionar la respuesta adecuada, y pasar al siguiente tema, al mismo tiempo que los demás, con la misma profundidad, enfoque y complejidad.
Y por eso, cuando aún ni siquiera hemos conseguido concienciar a toda la comunidad educativa de la importancia y urgencia de un “cambio educativo”, más urgente que el climático, político y cultural, pues es la educación la que aporta las herramientas necesarias para que las jóvenes generaciones enfrenten los retos del futuro y transformen nuestra cultura, nuestra sociedad, nuestra economía y nuestros sistemas de forma creativa -que ya está bien de aplicar siempre las mismas recetas fallidas-, se alzan ya las conciencias “anti-innovación”, tildando de demagogia todo aquello que propone un cambio.
Cuando aún apenas hemos avanzado, ya algunos nos piden reflexionar para ir más despacio aún, o para no moverse hasta no estar seguros. Buscando, claro, la seguridad de sus pasos, la rentabilidad de sus esfuerzos, pero obviando, o planteándolo como un “daño colateral menor”, los efectos de la inacción en nuestro alumnado. “A nosotros nos ha ido bien así”, “este sistema ha democratizado el acceso a la Universidad”, “mi hijo o hija ha aprendido así y ahora esta estudiando ingeniería, medicina, arquitectura,.. tan malo no es el sistema”
Y aquí es donde se nos revela el problema. El objetivo no ha variado. Queríamos cambiar los métodos, ajustándolos y probando su eficacia en la medida en que éstos nos garantizaban el ajuste al sistema organizativo, que tampoco estamos dispuestos a cambiar, y al “noble” objetivo de que nuestros alumnos saquen los mejores resultados en las pruebas estandarizadas, y accedan con notas de honor, a las carreras más “techno” posibles. Que el niño “tenga carrera” es la prueba de que nuestro sistema “funciona” y que, por tanto, no hay nada que cambiar. Y mientras nuestras universidades sigan llenas de estudiantes, nuestra misión se habrá cumplido. Lo estamos haciendo “bien”.
Pero lo cierto es que nos estamos engañando. Disfrazando el objetivo de la educación, vendiendo a nuestra juventud el mismo engaño que nosotros compramos. Sácate una carrera, nos dijeron, y sácatela en aquello que más se demande, sea o no tu pasión.. y además sácatela en un centro oficial, para que puedas acceder a una oposición, y tendrás el futuro asegurado.
Funcionó para la generación del “Baby Boom” porque vivieron en una época de expansión económica y escasez de profesionales, de “cuello blanco”. Pero fue una promesa incumplida para un elevado porcentaje de la generación X, una decepción para los Milennials que ven como sus títulos apenas les servían para obtener puestos de becarios, la Generación Z ya ni siquiera se cree esta promesa, y nuestros “Alpha Gen” transitarán por las aulas conscientes del tiempo perdido que eso les supone, si nada cambia.
Psicólogo Zaragoza Col.: A-1324
Tfno.: +34 653 379 269
Instagram: psicoletrazaragoza 

lunes, 6 de enero de 2020

Los tres anillos de Joseph Renzulli

Altas Capacidades

Cómo  identificara los ‘niños regalo’

Solemos utilizar el término “diagnóstico” cuando nos referimos a la “identificación” de las Altas Capacidades o superdotación. Sin embargo, atendiendo al significado real de las palabras, deberíamos hablar mejor de “identificación”. En España, las identificaciones oficiales las realizan las comunidades autónomas.
La palabra “diagnosticar”, según la Real Academia de la Lengua Española, significa, en su primera acepción, “recoger y analizar datos para evaluar problemas de diversa naturaleza”, y en la segunda, “determinar el carácter de una enfermedad mediante el examen de sus signos”. En el primer caso, diagnóstico significa evaluar “un problema” y en el segundo, “una enfermedad”, y las altas capacidades no son ni lo uno, ni lo otro. En este sentido, los anglosajones utilizan un término mucho más apropiado para hablar de altas capacidades: “gifted”. Quizás deberíamos aprender de ellos y entender las Altas Capacidades Intelectualescomo “un don”, como “un regalo”.
Todos, tengamos o no Altas Capacidades, necesitamos aprender a comprendernos y amarnos para poder amar y comprender a los demás. Las personas que tienen este “don” necesitan entender, desde niños, cómo funcionan sus cerebros para poder utilizarlos en su propio beneficio y en el de aquellos que les rodean. Seamos como seamos, es muy importante tener una perspectiva positiva de nosotros mismos para ser felices.

Características de las Altas Capacidades

Dicho esto, vamos a hablar de cómo se identifican las Altas Capacidades. Ya hemos comentado en otras entradas de este blog que las personas superdotadas suelen reunir una serie de características que las diferencian de los demás. No se trata de genios o de pequeños adultos atrapados en cuerpos de niño, no. Son niños, como todos los demás, pero reúnen algunas características que, a ojos de buen observador, les hacen diferentes del resto.
En la mayor parte de los casos, suelen ser los padres quienes observan estas características en sus hijos. El siguiente paso debe ser acudir a un especialistapara identificar realmente la superdotación y ayudar al niño a desarrollarse y a ser feliz. En España, las identificaciones oficiales las realiza la Administración correspondiente, es decir, las comunidades autónomas, ya que las competencias en materia educativa están transferidas. Así, cada comunidad autónoma sigue su propio protocolo de identificación.

La mala interpretación del Modelo Renzulli

El modelo elegido mayoritariamente por la administración española para la detección o identificación de las altas capacidades intelectuales es el denominado ‘Modelo Renzulli’.
Actualmente, en la Comunidad de Madrid y en algunas otras Comunidades Autónomas españolas, para considerar que un alumno presenta necesidades específicas de apoyo educativo por sus altas capacidades, la Administración suele exigir tres requisitos: presentar una capacidad intelectual general equivalente en escala CI a 130 o más (2 % superior de la población), evidenciar un alto potencial creativo (percentil 60 o superior valorado mediante prueba objetiva) y presentar un perfil aptitudinal armónico. Según explica el propio Centro Renzulli, “la existencia de estos requisitos responde a una mala interpretación del modelo de los Tres Anillos de Renzulli”.
Este error deja fuera del apoyo educativo que marca la ley a miles de niños superdotados que, a ojos del evaluador, no son lo suficientemente creativos o no tienen el “perfil armónico” que exige la Administración, o cuya cifra de CI es 128, en lugar de 130.
Según afirma el Centro Renzulli en su página web, “podríamos estar hablando -y en la práctica nos consta de primera mano que así ocurre-, de niños con una capacidad intelectual general muy superior y con características socioemocionales relevantes desde un punto de vista estrictamente educativo, dejados a su suerte por el incumplimiento de un requisito en absoluto refrendando por criterios psicopedagógicos”.
Al margen de si existe o no un determinado punto de corte, de si se tiene en cuenta una única o múltiples puntuaciones o de si esas puntuaciones son “interpretables” o no, merece la pena recordar que reducir a las personas a meros números quizás no sea lo más adecuado.
El propio Joseph Renzulli(1), en el reciente monográfico sobre altas capacidades de la Revista del Ministerio de Educación (página 101), aseguraba que “son las personas y no los instrumentos los que toman las decisiones”
En este VÍDEO, publicado por Juan Carlos López Garzón en www.mascapaces.net, se explica con claridad el error que comete la Administración cuando trata de identificar a los niños superdotados utilizando el modelo de los Tres Anillos de Renzulli: https://youtu.be/SUV4mfS43_o