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Paz y Ciencia
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sábado, 1 de enero de 2022

El Sentido de la Vida


El sentido de la vida existe y no tiene nada que ver con la charlatanería

Poseer un propósito infiere ánimo y convicción, pero también mejora el estado de salud. Hasta sus genes tienen algo que decir…



Como dijo el psicoanalista Erich Fromm, el sentido de la vida no es más que el acto de vivir en uno mismo. Cómo experimentamos cada una de la horas y los días, de los meses y los años, moldea el propósito de nuestra existencia. Y este, a su vez, es el responsable de sentir plenitud. Muy filosófico. Pero es que además, tal y como avalan numerosos estudios científicos, incide en nuestra salud. Hay muchos ejemplos: la investigación dirigida por la psicóloga Mei-Chuan Wang, de la Universidad de Memphis, en el que se dice que que ayuda a reducir el estrés y las tendencias suicidas. O la coordinada por Patricia A. Boyle, del Centro Rush para el alzhéimer de Chicago, que asegura que reduce la incidencia de la enfermedad y el deterioro cognitivo leve en personas mayores. Kim Erich, del departamento de Psicología de la Universidad de Michigan, ha estudiado cómo disminuye el riesgo de infarto en la tercera edad. E incluso favorece que un toxicómano pueda dejar sus vicios, según los resultados obtenidos por investigadores del Centro de Estudios sobre el Alcohol y la Adicción de la Universidad Brown de Providencia (EE UU). Hace muchos, muchos años que la comunidad científica internacional trabaja para ver hasta dónde el estado de la mente influye en el del cuerpo, un pack indisoluble e hiperconectado. Una de las conclusiones más sorprendentes: estar motivado influye hasta en los genes. Así lo asegura Steve Cole, profesor de Medicina y Psiquiatría de la Universidad de California en Los Ángeles, quien, bajo la dirección de la profesora y psicóloga Barbara Fredrickson, de la Universidad de Carolina del Norte, lleva años estudiando cómo reaccionan nuestros genes ante el estrés y cómo sentirnos bien mentalmente incide en el genoma.


"Los placeres hedonistas son como calorías vacías: no aportan nada. Todo indica que, a nivel celular, respondemos positivamente a un bienestar psicológico basado en la conexión y el propósito" (Barbara Frederickson, de la Universidad de Carolina del Norte)

Para realizar el estudio, Cole distinguió dos tipos de bienestar psicológico. Uno, vinculado a los eudaimonistas, poseedores de una motivación que da sentido a su existencia; y dos, el hedonista, que básicamente obtiene satisfacción de la constante autogratificación, especialmente a través de la búsqueda y posesión del placer material y físico. De forma inesperada –¿justicia poética o bioquímica?– Cole descubrió que, mientras el perfil genético de los eudaimonistas es favorable a las células del sistema inmune (potencia niveles bajos de inflamación y una fuerte expresión de genes vinculados a anticuerpos), el hedonista se manifiesta de forma contraria: alta inflamación y baja expresión de los genes antivirales y anticuerpos. ¿Cómo puede ser si ambos grupos, en principio, mostraron un mismo nivel de felicidad? Seguramente, opina Cole, la actitud de los primeros les lleva a vivir con más tranquilidad, con todos los beneficios que esto conlleva. Los hedonistas, en cambio, parece que viven con mucha más presión, lo que les acarrea estrés. Y este, entre otros muchos perjuicios, puede dañar los telómeros, los extremos de los cromosomas cuya función es evitar daños en el ADN, haciendo que envejezcan antes. Los placeres hedonistas, concluye Frederickson, son como calorías vacías que no aportan nada y no contribuyen a beneficiarnos físicamente. “Todo indica que a nivel celular el cuerpo responde positivamente al bienestar psicológico basado en el sentido de conexión y el propósito”, resume.

Y usted… ¿qué tipo de motivación tiene?

Aunque todos los indicios científicos apuntan a que tener un propósito en la vida nos beneficia y mucho, es evidente que no todo el mundo se apasiona por las mismas cosas, y que no todas despiertan el mismo grado de pasión ni de bienestar. Según explica el psicólogo Jonathan García-Allen, hay distintas maneras de clasificar las motivaciones. Una es diferenciarlas entre extrínsecas e intrínsecas. “Las primeras son externas al individuo y a la actividad que realiza. Por ejemplo, alguien puede trabajar o estudiar mucho porque lo que le mueve es ganar dinero o el reconocimiento social”, explica. En cambio, la intrínseca procede del interior de la persona, la cual no espera ninguna recompensa externa. “Esto se asocia a los deseos de autorrealización y de crecimiento personal. La experimentan, entre otros, aquellos que trabajan para el bienestar de la comunidad o que forman parte de un equipo deportivo”, observa. También hay motivaciones positivas, en las que la propia actividad es la que genera endorfinas. 

domingo, 6 de diciembre de 2020

Ahora, más que nunca. La Filosofía

 


Solo una vez en sus 92 años el filósofo Emilio Lledó había sentido una sensación parecida a la que le embarga estos días de cuarentena por el coronavirus. “De repente, mi cabeza se ha llenado de recuerdos de la Guerra Civil. Yo era un niño, pero me vienen imágenes muy vivas. La misma inseguridad. Los hábitos del miedo: no salir a la calle, protegerse, ponerse a cubierto. Sin embargo, aquel era un miedo concreto, sabíamos quién era el enemigo. Este es un miedo abstracto, difuso, extraño. Por eso estamos tan desconcertados. Estoy desconcertado”, confiesa por teléfono desde su encierro a solas en su casa de Madrid. “Y este es el gran problema. El desconcierto no ayuda a pensar bien, cuando lo que más necesitamos en este momento es justo lo contrario: la razón contra el caos”.

La filosofía nace precisamente para intentar poner orden en el caos. El conocimiento como contrapunto al azar y el miedo. Así que ante esta gran “epifanía de la contingencia”, como la define el pensador Santiago Alba Rico, también por teléfono desde un pueblo de Ávila, la mejor arma parece ser la razón. “No hay que olvidar que atravesamos un peligroso periodo de desdemocratización y auge de los populismos. Se entiende que el estado de alarma es necesario, pero hay que tener cuidado porque esta situación puede enardecer esa tendencia. Podemos aprovechar el parón para revisar con calma nuestro modelo social o, por el contrario, dejarnos llevar por el ardor del momento y acabar como la República de Weimar”, advierte Alba Rico, recordando el ascenso de Hitler en Alemania.

Acudamos primero a los clásicos. Fernando Savater recuerda al romano Lucrecio (siglo I a. C.) y su obra De rerum natura, que contiene un pasaje en el que reflexiona sobre los estragos de la epidemia que había matado a más de 100.000 personas en Atenas cuatro siglos antes, descrita cruentamente por Tucídides en su Historia de la guerra del Peloponeso. “Siguiendo el precepto de Epicuro de intentar reducir los padecimientos de la vida, en lugar de encontrarles un sentido en un orden superior como hace el platonismo, Lucrecio propone la plena aceptación de la contingencia: no necesitamos explicaciones consoladoras, pues eso lleva irremediablemente a buscar justificaciones irracionales a lo que no entendemos. Aún hoy ocurre: el sida como castigo divino, locas teorías conspiratorias para el coronavirus…”, comenta Savater, a quien la cuarentena ha pillado “por suerte” en San Sebastián.

Savater invita a atreverse a pensar “lo peor”. “Eso no significa pensar dramáticamente. En la naturaleza no hay drama, el drama lo ponemos nosotros” aclara. “Lo que quiero decir es que hay que aprender a vivir por encima del drama. Como decía George Santayana (1863-1952): ‘Vivimos dramáticamente en un mundo que no es dramático’. Lo explica también el francés Clément Rosset (1939-2018) en su Lógica de lo peor. Puede que su pensamiento nos parezca cruel, pues no ofrece consuelo, pero en realidad proclama la alegría como fuerza mayor”.

Otra gran pensadora española, Adela Cortina, apuesta por una filosofía intermedia para afrontar este momento. “No nos va a servir ni el idealismo desarraigado, que desdeña los hechos, ni el materialismo que los ensalza y que solo conduce al conformismo. Tenemos más bien que colocarnos en una posición ilustrada: crítica pero a la vez con sentido de futuro. Y sobre todo, dialogante”, propone desde su casa en Valencia. Para ello, cree Cortina que es imprescindible recomponer la cohesión social: “Debemos recuperar el concepto de ‘amistad cívica’ de Aristóteles. Vivimos en un mundo demasiado polarizado, el enfrentamiento es constante, no hay diálogo sino batalla, los vínculos están rotos. Y no nos damos cuenta de lo importante que es la cohesión social hasta que llega una catástrofe como la que vivimos”.

De pronto, nos hemos descubierto frágiles. “La historia de la humanidad puede entenderse como una especie de carrera contra lo que no podemos controlar. A estas alturas hemos conseguido un enorme poder científico y tecnológico sobre la realidad, aunque eso tiene un efecto perverso: cuando creíamos que lo podíamos todo, la naturaleza nos pone en nuestro sitio”, comenta el filósofo y expresidente del Senado Manuel Cruz. “El globo se ha pinchado. Es hora de redimensionarnos y extraer lecciones”, plantea.

Esa lección, augura Cruz, dependerá mucho de cuál sea el desenlace de la crisis. “Si la ciencia descubre una vacuna, posiblemente nos reforcemos aún más en esa fantasía de invulnerabilidad que hemos ido creando. Si por el contrario en EE UU empieza a morir mucha gente, por ejemplo, la lectura podría ser que el capitalismo es un infierno”. Alba Rico coincide: “En plena apoteosis de lo virtual, hemos recordado que tenemos cuerpo. Supongo que de estos cuerpos encerrados y amenazados que somos ahora podría surgir una reflexión sobre nuestras relaciones sociales, económicas y políticas. Pero todavía es difícil predecir cuál va a ser la reacción, es pronto”. Cortina advierte: “No sé si conseguiremos aprender algo de todo esto. ¿Acaso aprendimos algo de la crisis de 2007?”.

Ana de Miguel reflexiona en el mismo sentido. “Podría ser el momento para salir de la insignificancia del pensamiento posmoderno que te invita a ponerte a ti y tus deseos en el centro. Es una filosofía mediocre, en realidad parece publicidad, hábil para legitimar esa mezcla de consumo y transgresión que ha predominado las últimas décadas: ‘Tú, que no admites las reglas, bebe tal ginebra’; ‘Esta es una cuenta bancaria para rebeldes’, etc.”, dice.

Trauma garantizado

Desde Barcelona, la pensadora Marina Garcés destaca también lo que podemos aprender de esta situación. “La filosofía, más que insistir en la perplejidad, nos tiene que ayudar a problematizar lo que no vemos o lo que no queríamos ver. ¿Por qué no veíamos lo que se avecinaba, cuando había tantas señales a la vista? ¿Qué ficciones sostienen lo que llamamos la vida normal? ¿Para quién funciona y hasta dónde? ¿Quién no ha formado nunca parte de ella?”, subraya, al tiempo que se pregunta: “¿Cómo saldremos de esto? ¿Más egoístas o más conscientes de la profunda injusticia que sustenta este modelo?”.

El trauma, en todo caso, está garantizado. “Los que hoy son niños posiblemente recordarán este momento como yo recuerdo la Guerra Civil”, opina Lledó. “Habrá consecuencias económicas y políticas, eso seguro, pero es que incluso nuestras relaciones personales se ven afectadas. Hay una gran paradoja ahí: por un lado se nos pide que combatamos unidos esta batalla, por otra parte no podemos estar físicamente juntos. ¿Podremos recuperar la confianza en el colectivo después de esto?”, plantea Cruz. Garcés matiza: “Hay que distinguir entre la desconfianza hacia el sistema y la desconfianza entre unos y otros”.

Toda crisis tiende a alimentar el abismo entre los individuos, recuerda Garcés. Para esquivar ese futuro indeseado, insisten los filósofos, es necesario empuñar las armas del pensamiento: la razón y los conceptos. “Y con ellos sentarnos a pensar —insiste De Miguel—. Esa sentencia que dice “primum vivere, deinde filosofare” [primero vivir, después filosofar] puede ser ideal para vender tazas de café con asa, pero no es real. El ser humano lo es porque se sienta a pensar o cuando se sienta a pensar cómo quiere vivir. Y en esta situación es exactamente igual: piensa cómo quieres vivir estos días. O meses”

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Clínico y Psicoterapeuta. Tfno.: 653 379 269 Zaragoza. Gran Vía 32, 3°Izquierda. Instagram:@psicoletrazaragoza Página Web: www.rcordobasanz.es