La
antipsiquiatria: una radical redefinición de la enfermedad mental y la locura.
David G. Cooper fue un psiquiatra nacido en Ciudad del cabo (Sudáfrica), teórico y líder de la antipsiquiatría junto con R. D. Laing, Thomas Szasz y Michel Foucault.
Trabajó en varios hospitales, y dirigió una unidad especial para jóvenes esquizofrénicos llamada "Villa 21". Allí ensayó su peculiar tratamiento basado en la absoluta libertad, sin restricciones ni reglas, y desarrolló su teoría en la que establece que la locura y la psicosis son producto de una sociedad enferma.
En su primer libro establece que la verdadera cura solo es posible mediante la revolución, y con ese fin viaja a Argentina, país al cual consideraba como potencialmente revolucionario.
Más tarde volvió a Inglaterra por un tiempo, y después se estableció en Francia, donde pasó el resto de su vida.
"La mayoría de las personas a las que se llama locas y a las
cuales se convierte en victimas sociales en virtud de esa designación
(encerrándolas, sometiéndolas a electrochoques, a drogas
tranquilizadoras y a operaciones mutiladoras del cerebro, etc.) provienen de
situaciones familiares en las que existe una desesperada necesidad de encontrar
algún chivo expiatorio, a alguien que acepte tomar sobre si, en un determinado
punto de intensidad del total de relaciones del grupo familiar, la perturbación
de cada uno de los demás y, en cierto sentido, acepte padecer por ellos. De esta
manera, la persona convertida en chivo expiatorio se convertirá en un objeto
enfermo del sistema familiar, que buscara cómplices médicos para sus
maquinaciones. Los médicos pondrán la etiqueta de esquizofrenia al objeto
enfermo y luego se lanzaran sistemáticamente a la destrucción de este objeto
mediante los procedimientos físicos y sociales a los que se da el nombre de
tratamiento psiquiátrico".
Lo que dejo a continuación es un fragmento del capítulo "La reinvención del amor", del libro "La gramática de la vida", en el cual cuenta sobre diferentes experimentos que Cooper realizó, y concluye lo siguiente:
"El mayor temor de todos no tiene nada que ver con el odio y los actos agresivos. El mayor temor consiste en amar y ser amado. En las curiosas contorsiones de la mente, el amor se equipara a la locura. Se lo siente como una pérdida total del yo, lo que es equivalente a una temida locura. Esto es cierto en cuanto al acto de amar, incluso en momentos en que el orgasmo no está contenido en la experiencia. Si mediante algún tipo de experiencia terapéutica, no necesariamente profesional (de hecho es mucho menos común en la terapia profesional), podemos aprender a aceptar esta pérdida del yo con la certeza anticipada del retorno del yo, estamos abiertos al amor. El amor ha sido perdido y tiene que ser re-inventado. El amor es una estructura que ha sido falsamente desestructurada a través del desarrollo de la propiedad como mediadora de las relaciones humanas. El amor sólo puede ser reinventado con una desestructuración de la falsa estructura existente, mediante un cambio en las relaciones de propiedad. Este cambio sólo puede producirse a través del desarrollo comunitario, o de pasos cuantitativos hacia la revolución cualitativa de toda la sociedad."
David Cooper
I. Psiquiatría, descansa en paz
La
profunda y constante marea de transformaciones que sacude a nuestra época
alcanza, entre muchas otras cosas, a la naturaleza misma de las disciplinas
científicas. Son muchas las ciencias, las teorías, los sistemas de pensamiento
que, en las últimas décadas, se han visto exigidas a revisar completamente sus
conceptos y postulados, a remozar sus categorías, a superar o desalojar
doctrinas, orientaciones o modelos que han demostrado entrar en franca
obsolescencia.
Lo ocurrido con la psiquiatría es un ejemplo de esto. En
los últimos cuarenta años se ha producido, en el terreno de esta disciplina, un
cambio radical de perspectiva; desde el seno mismo de la psiquiatría se ha
insistido en una redefinición de sus categorías y suposiciones básicas, se ha
cuestionado a fondo su modelo de tratamiento de las enfermedades mentales. Se ha
llegado a decir que la psiquiatría, tal como se ha considerado tradicionalmente,
está agonizando. E. Fuller Torrey, en su libro La muerte de la psiquiatría (el
titulo es, por sí solo, absolutamente significativo), escribe: "La psiquiatría
se muere, en definitiva, porque hoy se la ve como no funcional. El modelo
médico, al abordar los problemas del comportamiento humano, produce confusiones
en lugar de ofrecer soluciones... Su muerte no es necesariamente un
acontecimiento negativo, puesto que hace posible el nacimiento de una auténtica
ciencia del comportamiento. Esta no puede salir a luz mientras la psiquiatría
dure".
El origen de la psiquiatría -como tratamiento médico de las
conductas irracionales- puede ubicarse en el siglo XIX. Por cierto, el modelo
médico tienen antecedentes históricos lejanos: la teoría de los humores de los
griegos de la Antigüedad. Los diversos tipos de comportamiento irracional se
atribuían a un desequilibrio de humores (la depresión, por ejemplo, se debía a
un exceso de bilis). En la Edad Media, sin embargo, la explicación religiosa
predominó sobre la explicación médica. La noción griega de que las personas que
actuaban irracionalmente estaban "enfermas" fue reemplazada por la idea
teológica de que se hallaban "poseídas" por el demonio. En tal época, la locura
fue brujería y para su curación se requirió de exorcismo.
En el
Renacimiento, la corriente médica comenzó nuevamente a ganar terreno y se
transitó esta vez de la brujería al trastorno de la salud. En los siglos XVII y
XVIII empezó ya a gestarse lo que el siglo XIX tomó como la materia fundamental
de la psicopatología. También en este tiempo la locura comenzó a ser considerada
un peligro para la sociedad, y los locos fueron confinados, recluidos entre
paredes. Los buques cargados de dementes se tornaron en "asilos" y
"hospitales".
Se consideraban como agentes principales de la conducta
irracional las "acciones morbosas" del cerebro y la masturbación. Benjamin Rush,
fundador de la psiquiatría norteamericana, suponía que la locura era de origen
arterial, producida por "una acción morbosa en los conductos sanguíneos del
cerebro", y utilizaba como instrumento terapéutico una silla giratoria para
descongestionar la sangre en la cabeza. La hipótesis de la masturbación como
otra causa de la locura duró hasta las primeras décadas del siglo XX y las
técnicas de tratamiento eran realmente escalofriantes: en las mujeres,
extirpación del clítoris u ovarectomía; en los hombres, cinturones de castidad,
anillos de púas durante la noche que obligaban a despertar en caso de erecciones
nocturnas, separación completa de los nervios dorsales del pene.
La
psiquiatría nace como tal en el siglo antepasado. Su tesis central es que los
locos son enfermos y deben ser tratados médicamente. Por el año 1890 se acuña el
término psicoterapia. Médicos como Pinel, Esquirol y Charcot son considerados
algunos de los principales responsables de clasificar la conducta irracional
como "enfermedad mental". El loco sale del asilo donde estaba recluido como
antisocial y entra al hospital psiquiátrico como paciente. Más tarde, Freud
aportó también en gran medida a la concepción de los locos como pacientes con su
teoría psico-patológica de la conducta. La psico-medicalización alcanzó su punto
culminante con Emil Kraepelin, en los primeros años del siglo XX, quien estampó
definitivamente el sello médico en la conducta irracional al clasificarla y
darle una nomenclatura. A partir de allí, "enfermedades mentales denominadas
"demencia precoz", "paranoia", "esquizofrenia", etc., podían ser tratadas y
curadas por una institución médica: la psiquiatría. Esta es, en apretada
síntesis, la historia de la psiquiatría, verdadera institución en nuestro siglo
que cuenta con todo un aparato ideológico y bibliográfico, con millones de
funcionarios en todo el mundo, con hospitales, sanatorios, reformatorios y
cátedras universitarias en cada sociedad; que opera con presupuesto del Estado y
de diversas y numerosas fundaciones; que juega importantes roles en la
educación, el mercado de trabajo, la policía, la industria, los tribunales y el
ejército. No obstante todo esto, los vientos de la crítica y el descrédito han
comenzado a azotarla desde hace algunas décadas. Desde su propio interior (desde
un grupo de psiquiatras) se ha desarrollado un examen extremadamente crítico de
sus presupuestos básicos. En particular, dos son las tesis que resultan
cuestionadas (pero su cuestionamiento implica una total revisión de la
naturaleza entera de la psiquiatría): 1) que la conducta irracional sea una
"enfermedad" y 2) que este tipo de conducta implique sólo al "paciente" en su
singularidad como individuo "psicótico". Esta postura de cuestionamiento y
revisión de los conceptos fundamentales de la psiquiatría ha constituido un
controvertido movimiento conocido hoy como la antipsiquiatría.
II.
La critica antipsiquiatrica
Que lo que comúnmente se concibe como
"enfermedad mental" no es una enfermedad, que el estudio de las conductas
psicóticas es un estudio de situaciones y no simplemente de individuos, que la
aparente irracionalidad del comportamiento de una persona cobra una determinada
forma de inteligibilidad cuando se la investiga en un contexto social mayor (la
familia, por ejemplo), son las ideas centrales del movimiento antipsiquiátrico,
provocadoras de mucha polémica y causantes del viraje total del enfoque
psicoterapéutico. Los principales impulsadores de la antipsiquiatría son los
doctores Ronald D. Laing y David Cooper; a sus nombres pueden también sumarse
los de los psiquiatras Aaron Esterson, Leon Redler y Joseph Berke. Aplicando
principios y conceptos de la filosofía existencial y el pensamiento dialéctico
(se recurre, entre otros, a Sartre, Heidegger e incluso a Hegel) a la
comprensión de los estados psicóticos, en particular la esquizofrenia, los
antipsiquiatras llegan a conclusiones que traen por los suelos las anteriores
interpretaciones de la conducta irracional. Como sostiene Laing en su libro La
política de la experiencia (una de sus obras más notables): "Parece que se está
produciendo una revolución en torno a la demencia y cordura, tanto dentro como
fuera del campo de la psiquiatría. El punto de vista clínico está cediendo ante
un punto de vista que es, al mismo tiempo, existencial y social".
Toda la
existencia social es un entretejido conjunto de contextos en los que se va desde
microsituaciones hasta macrosituaciones. El contexto singular del individuo debe
insertarse en el contexto más amplio de la familia, éste debe colocarse dentro
del contexto de organizaciones e instituciones aun más grandes y así
sucesivamente. Cuando tal es la perspectiva desde la cual se examina una
conducta irracional, el cuadro que se presenta adquiere otra fisonomía, según
sostienen los antipsiquiatras. La "enfermedad mental" deja de ser tal; no es en
absoluto la enfermedad de una persona, una manifestación singular de
comportamiento psicótico, sino que se revela como una anomalía en el sistema de
relaciones que rigen la vida de un grupo microsocial (generalmente, la
familia).
"El problema no está en el supuesto "enfermo" sino en una red
de interacciones personales ( y señaladamente en la familia) que, por medio de
un gambito conceptual, abstraen de algún modo al paciente. En suma, la locura no
está "en" una persona sino en un sistema de relaciones en que el futuro
"enfermo" participa. La esquizofrenia, si tal palabra tiene sentido, es un modo
más o menos característico de comportamiento colectivo perturbado" (D. Cooper,
Psiquiatría y antipsiquiatría).
"Lo que comúnmente se llama "enfermedad
mental" no es una "enfermedad" (según el actual uso médico-psiquiátrico del
término) sino un ejemplo de sufrimiento emocional originado por un trastorno de
todo un campo de relaciones sociales, en primer lugar la familia. En otras
palabras, una "enfermedad mental" refleja lo que está sucediendo en un grupo de
personas trastornadas y que a su vez trastornan, especialmente cuando se resumen
en una sola persona. Con mucha frecuencia, aquel a quien se diagnostica como
"mentalmente enfermo" es el chivo expiatorio; es decir, la víctima propiciatoria
del trastorno emocional de su propia familia o asociados, y en realidad puede
ser el miembro más sano de su grupo" (J. Berke, Viaje a través de la
locura).
Comprendida de este modo, la conducta del "enfermo mental" no
carece de racionalidad: es irracional porque no es congruente con las reglas de
convivencia vigentes al interior del grupo microsocial a que pertenece, pero es
inteligible en cuanto tiende a ser una estrategia para lograr la autonomía y la
coherencia personal bajo la intensa presión que su familia le impone. El
"enfermo mental" se convierte en tal al querer mantener su autenticidad en el
mundo inauténtico, lleno de tensión, trastorno y presión, de su grupo
microsocial.
La familia, con vistas a preservarse intacta, enmascara el
medio de privación de libertad, de actos propios, de autenticidad en que
florecen sus miembros, disfraza su ambiente de alineación, encubre sus
conflictos internos y su trastorno de comunicación inventando una enfermedad,
fabricando un chivo expiatorio en alguno de sus miembros. La ciencia médica,
para satisfacer las exigencias sociales y morales de la familia, produce a su
vez toda una gama de clínicas psiquiátricas, personal y especialistas que
etiquetan a la víctima familiar con el estigma de "enfermo mental" y lo internan
para su tratamiento y curación.
En este punto, la maraña se hace cada vez
más compleja. Es muy difícil que el "enfermo mental" salga de ella; lo más
probable es que enloquezca cada vez más. Los antipsiquiatras dicen a voces y en
tonos muy explícitos que el hospital psiquiátrico, en lugar de ayudar a la
persona que ingresa como paciente, tiende a perpetuar el mismo tipo de
situaciones y relaciones interpersonales "trastornadas" que en origen provocaron
la "locura" del sujeto.
Por otra parte, el psicoterapeuta concibe la
conducta del interno como un signo de un fenómeno patológico que se efectúa
solamente en él, sin ponerla en relación con contextos sociales más amplios. Al
aislar al "enfermo" de todo sistema social no lo sigue ya estimando como
persona, sino como un mero objeto. Así, no se interesará genuinamente en
comunicarse con él, sino en tratarlo. Rota la comunicación, toda conducta del
paciente será considerada irracional, ininteligible, digna de un "loco". No
queda, pues, otro camino que el tratamiento psiquiátrico: la reclusión, la
administración de drogas tranquilizantes, el electrochoque y el coma insulínico,
tratamiento que hará, ahora sí, del paciente un ser desquiciado. Este es, en
líneas generales, el argumento crítico del movimiento antipsiquiátrico,
argumento que incluso ha sido proyectado más allá de los marcos específicos del
tratamiento de la enfermedad psicótica hasta alcanzar la crítica de la sociedad
y sus estructura de poder en general. La antipsiquiatría representa una
impugnación de los criterios convencionales de nuestro mundo respecto a lo que
es cordura o locura. Y también, la denuncia que hace de todo el aparato de poder
que va desde la familia hasta las instituciones sociales a su servicio (aparato
en los que se inventa, se reprime, se encarcela, se aniquila) puede llevarse,
con mayor fundamento todavía, al plano elevado de las "razones de estado". ¿Qué
no lograrán -en orden a hacer impuestas- los grupos políticos que tienen en sus
manos todo el poder?.
Los mismos antipsiquiatras han conducido sus
planteamientos sobre la "enfermedad mental" hasta sus implicaciones culturales,
sociales y políticas en sus libros, congresos y conferencias. Un ejemplo fue el
congreso sobre Dialéctica de la liberación, celebrado en Londres en julio de
1967 y organizado por Laing, Cooper, Redler y Berke. El asunto central fue la
yuxtaposición de la violencia de la psiquiatría institucional mundial. Entre los
invitados a conferenciar estuvieron Paul Goodman, Stokelly Carmichael, Lucien
Goldmann y Herbert Marcuse. También, en Kingsley Hall -edificio londinense que,
durante cinco años, fue la "comunidad" en la que Laing, Cooper y varios otros
doctores establecieron sus métodos de "tratamiento antipsiquiátrico" a los
esquizofrénicos-, no faltaron las reuniones con numerosos movimientos de
contracultura:, grupos de teatro experimental, científicos sociales de la Nueva
Izquierda, miembros de la Antiuniversidad de Londres, dirigentes del movimiento
de "comunas", poetas, artistas, músicos, miembros de la "Escuela Libre" de
Inglaterra, etc.
El mismo Ronald Laing es considerado, más que un
psiquiatra con ideas radicales, un pensador, un "crítico de la cultura", un
"profeta", un impugnador de los fundamentos de la civilización occidental. Entre
los interesados lectores de sus obras y comentaristas de sus ideas se cuentan
estudiosos de la filosofía, sociólogos, gente de letras y religiosos (aunque muy
pocos psiquiatras, seguramente). Presidente de la Philadelphia Association,
hombre de gran experiencia, carisma y erudición, Laing, fallecido hace algunos
años, según me comunicó un psiquiatra conocido (yo nunca pude confirmar esta
información), ha resaltado indiscutiblemente como la primera figura en este
controvertido movimiento de la antipsiquiatría.
III. La locura
como travesía
Uno de los testimonios más impresionantes de los
resultados a que conduce el tratamiento antipsiquiátrico lo constituye el relato
que hacen Mary Barnes y Joseph Berke en la obra Viaje a través de la locura.
Mary Barnes ingresó a los cuarenta y dos años a Kingsley Hall; había pasado por
clínicas psiquiátricas, por fármacos y por electrochoques, y su estado psicótico
continuaba. En esta "comunidad antipsiquiátrica" se hizo cargo de ella el doctor
Berke, aun cuando no resulta en absoluto adecuado hablar aquí de una "terapia" o
de una "relación médico-paciente" concebida en términos clásicos. Durante tres
años y medio, Mary Barnes -prescindiendo de medicamentos y de todas las formas
tradicionales y consagradas de la psicoterapia- "viajó" en su locura,
hundiéndose, regresando en el tiempo hasta su etapa intrauterina para luego
resurgir, renacer diferente, equilibrada, curada. Durante todo este tiempo,
Joseph Berke estuvo a su lado, compartiendo su experiencia, apoyándola,
entregándole afecto y comprensión.
Escribe Mary: "Gran parte de mi ser
estaba retorcido, enterrado y confuso dentro de mí misma, como una madeja de
lana enredada en la que se ha perdido el hilo. La gran confusión comenzó antes
de que yo naciera. Y cada vez fue peor. Mi padre entró también en ello, y luego
mi hermano. Llegaron mis dos hermanas, y la confusión aun se hizo mayor.
Conforme fui creciendo, fue naciendo en mi mente la vaga idea de que había una
gran división en mí, entre la cabeza y el corazón. Yo vivía con grandes ideas en
la cabeza, totalmente separadas de la vida en mi corazón.
En 1953, cuando
estuve un año en el hospital psiquiátrico Saint Bernard`s, me instalaron en una
celda acolchada. Me encontraba tan mal que me limitaba a yacer allí, sin
moverme, ni comer, ni hacer mis necesidades. No me dejaron morir; me alimentaron
con tubos. Yo deseaba que me cuidaran. No sabía entonces -ahora sí- que lo que
yo intentaba hacer era volver al seno de mi madre para nacer de nuevo, para
surgir limpia de toda confusión.
El doctor Theodor A. Werner, analista,
me sacó de Saint Bernard`s. Ese no era el lugar donde, tras hundirme, me fuera
posible resurgir. El doctor R. D. Laing -Ronnie- consiguió el lugar adecuado. Me
dijo, cuando lo encontró, que era el lugar donde Gandhi había vivido durante su
estancia en Londres. Fui adonde estaba el lugar. Era a principios de la
primavera de 1965... Sobre la puerta estaba escrito: "Kingsley Hall"".
La
"comunidad" en la que ingresó Mary no dividía entre personal médico y pacientes,
no exigía convencionalismos, no jerarquizaba ni configuraba modelos de autoridad
y subordinación de ninguna especie. Allí se reunían gentes diversas, que se
relacionaban de muchos modos y establecían también variados tipos de
entendimiento. Los habitantes de Kingsley Hall pagaban su dinero de alquiler a
un fondo comunal, el que se utilizaba para comida, calefacción, electricidad,
reparaciones y mantenimiento del edificio. No había reglas estrictas, sino un
ambiente de tolerancia, comprensión, afecto, libertad. El gurú de la "comunidad"
era Ronald Laing, pero muchos otros terapeutas vivían y trabajaban también allí,
explorando estas nuevas maneras de relacionarse y tratar con sujetos con
problemas de conducta.
Viaje a través de la locura está dividido en seis
partes, tres de las cuales están escritas por Mary Barnes y las otras por Joseph
Berke. La mujer cuenta su vida, la relación con su familia "anormalmente
agradable", su trabajo como enfermera, sus angustias, sus temores, su soledad,
sus experiencias antes de ingresar a Kingsley Hall y luego su periplo a través
de su psicosis en la "comunidad". Berke relata sus dudas, cuando estudiante,
respecto de las "verdades" psiquiátricas, su alejamiento más tarde de los
métodos tradicionales, su contacto con Ronald Laing, su decisión de ir a
trabajar a Kingsley Hall, su encuentro con Mary Barnes y la relación posterior
establecida durante el "viaje" de ella. Es un libro de páginas desgarradoras,
lúcidas, inquietantes, un espejo donde la naturaleza humana percibe en toda su
desnudez la imagen de su dramática existencia.
Mary se hundió y resurgió.
Se convirtió en un bebé que defecaba y orinaba en la cama, al que había que
alimentar con biberón. Y, desde allí, comenzó nuevamente a crecer, esta vez sin
traumas, sin complejos. Le costó más de tres años, y costó a Berke y a los demás
miembros de la "comunidad" más de un dolor de cabeza... pero finalmente la
paciencia, la dedicación, el esfuerzo y el sacrificio dieron sus frutos. Estando
"sumergida", Mary comenzó a pintar, cosa que nunca antes había hecho. Sus
primeras pinturas las hizo embadurnando con excrementos las paredes de la
habitación. Terminó pintando al óleo sobre lienzos. Al ser conocidas, sus
pinturas (realizó una exposición pública en 1969 y, además, fueron comentadas
por muchos periodistas que reportearon Kingsley Hall) causaron una gran
impresión, gustaron mucho y se vendieron bien. Mary Barnes también se convirtió
en una buena escritora de poemas y narraciones cortas.
Varias otras
personas han sido tratadas por la antipsiquiatría, lográndose similares
resultados: han quedado finalmente liberadas del acoso, la presión, la angustia,
que hacían de sus vidas una oscura senda sin destino. No obstante estos
testimonios del éxito de las prácticas antipsiquiátricas con que se cuenta, el
movimiento no ha obtenido una acogida abierta y sin reservas. Sus ideas han
tenido mayor conocimiento en los sectores jóvenes de la cultura que en los
maduros. La psiquiatría institucional, como es obvio, lo acusó constantemente de
inconsistencia, errores, confusiones, ignorancias.
También se dice que la
atracción que ejerce se debe, mayormente, a su carácter impugnador y crítico de
la sociedad contemporánea, y no tanto a sus métodos innovadores en el
tratamiento de las dolencias psíquicas. Mas, cualquiera sea el punto actual de
las discusiones sobre la antipsiquiatría se debe reconocer que su surgimiento y
desarrollo son un signo de las condiciones peculiares de nuestra época, a saber:
la inestabilidad de las instituciones y el despliegue frecuente de ideas y
concepciones alternativas, impactantes, novedosas.
Por
Rogelio Rodríguez M.
http://www.creces.cl/new/index.asp?tc=1&nc=5&tit=&art=468&pr=
Para saber más- E.
Fuller Torrey: La muerte de la psiquiatría, Ediciones Martínez Roca.
- R.
Boyers y R. Orrill: Laing y la antipsiquiatría, Alianza Editorial.
- M.
Barnes y J. Berke: Viaje a través de la locura, Ediciones Martínez
Roca.
- David Cooper: Psiquiatría y antipsiquiatría, Editorial
Paidós.